Ejea de los Caballeros

Ejea de losCaballeros se considera la capital de la comarca de las Cinco Villas y lo será si se tiene en cuenta sus más de 17.000 habitantes. Aunque su aspecto es el de una población moderna, con buenas avenidas y edificaciones, se trata de una villa milenaria. Aquí se asentaron los celtíberos, luego los romanos, que la bautizaron Segia, construyeron buenas calzadas para comunicarse con ciudades como Caesaraugusta (Zaragoza) o Pompaelo (Pamplona) y acuñaron moneda. Mencionada como Setia por Ptolomea, Segia por Plinio y Seglam en el Anónimo de Rávena, los musulmanes lo llamaron Siya o Sayya y convirtieron el lugar en baluarte defensivo frente a otras plazas ya reconquistadas. El topónimo de Ejea aparece a finales del siglo XI.

Se cree que fue Alfonso I el Batallador quien la reconquistó en el año 1105 y le dio fueros; en 1135 Ramiro II le confirmó y aumentó los privilegios, reservando para los judíos una zona de la parte superior de la población, cerca del castillo, corroborado por Pedro II. Jaime I convocó cortes en la villa en 1265 y 1272 y le concedió la celebración de quince días de feria anual exentos de impuestos.

Según el estudio del investigador Marcelino Cortés Valenciano, la adición del sintagma “de los Caballeros” aparece por primera vez en un documento fechado en 1399 en el que el rey Martín I confirma los privilegios concedidos por Alfonso I el Batallador, adición que se consolida en el siglo XV. En este caso el adyacente preposicional no tiene un valor posesivo ni honorífico sino designativo, especifica el estatus de la villa en la organización jurídica del Reino de Aragón.

Del castillo de Ejea apenas quedan unos restos junto al ábside de la iglesia de Santa María de la Corona. Parece que sus murallas con sus puertas se conservaron hasta el siglo XVIII, pero la Guerra de Sucesión causó grandes daños al castillo, al amurallamiento y a otras construcciones históricas de la villa.

Los siglos de prosperidad en la villa fueron los XII y XIII, época a la que corresponden los monumentos que nos conducen a Ejea de los Caballeros: San Salvador y Santa María. Estábamos sumergidos en el mundo del Maestro Agüero, embelesados con sus bailarinas y no podíamos irnos sin contemplar las que el maestro dejó aquí.

Empero, andábamos aún en una de las pausas del confinamiento durante el verano de 2021 y resultó que Sádaba y otras poblaciones estaban abiertas pero Ejea permanecía cerrada para los forasteros. Como se nos agotaba la estancia y no se levantaba el confinamiento, un día nos arriesgamos a entrar en Ejea, bien embozados con nuestras respectivas mascarillas, encomendándonos al duque de Ahumada para no encontrar un control de la Guardia Civil que nos sancionara por saltarnos el confinamiento. Aparcamos en una calle próxima a la iglesia de San Salvador tratando de pasar desapercibidos como si fuéramos Bonnie and Clyde dirigiéndose a atracar un banco.

San Salvador se levantó entre los siglos XII y XIII, originariamente siguiendo el canon románico, con la notoria aportación del taller del Maestro Agüero, a la sazón nuestro ídolo. Como Ejea era una villa rica -todo parece indicar que sigue siéndolo- con el tiempo se reformó adoptando el estilo gótico, levantando una torre que le confiere un aire de fortaleza con reminiscencias de Disneylandia; la otra quedó inacabada.

Consagrada el año 1222, a nuestros ojos lo más valioso son sus dos portadas. La fachada occidental se abre a una graciosa plazoleta con su fuente. La portada es de tres arquivoltas apuntadas y tímpano, este con crismón entre dos ángeles arrodillados, modelo repetido en otras iglesias de las Cinco Villas, como Biota o Uncastillo.

Los capiteles de sus columnas muestran leones, águilas y otros animales reales y fantásticos. Y, sobre todo, la famosa bailarina del Maestro Agüero, con una carnalidad y un realismo que dan ganas de acompañar con palmas la música imaginaria del arpista que la acompaña.

En las mochetas sendas cabezas de león engullendo a un hombre y a un animal.

Nos quedamos un rato largo embelesados ante tamaña maestría y tanta belleza antes de doblar la esquina para ver la portada norte que, para nuestra sorpresa, estaba cubierta con andamios y lonas. Varias personas trabajaban en su restauración. La obra iba para largo y, según nos aseguraron, una vez acabada tampoco íbamos a poder hacer fotos de la portada. Estábamos buenos. Por supuesto, el interior estaba cerrado a cal y canto, pero nosotros nos fuimos contentos por haber podido presentar nuestros respetos a la bailarina y al arpista.

En septiembre de 2022 volvimos a la zona para visitar el castillo de Loarre y nos acercamos a Ejea. Finalizada la restauración, un panel transparente cubría la parte labrada de la portada norte dificultando hacer fotos, efectivamente. Así que nos dedicamos a fotografiarla pieza a pieza, escena a escena. Si tienes curiosidad por conocerlo, en este enlace el estudioso del románico Antonio García Omedes te los identifica aquí.

El tímpano presenta una Última Cena enmarcada en las arquivoltas, donde se plasma la vida de Jesús junto a otras escenas profanas.

Nos sorprendió identificar varias escenas con los Reyes Magos como protagonistas, especialmente esa en la que un ángel protege su sueño, escena no muy frecuente, que no pudimos ver en la catedral de Autun.

Ahí estaba de nuevo nuestra bailarina, igualmente hermosa pero quizá menos carnal que la de la portada sur. Nos dio por pensar, sin otro fundamento que nuestra imaginación, que quizá esta era obra del maestro y la otra del taller. Así y todo, San Salvador bien vale no dos sino varios viajes para contemplar ambas portadas.

En este segundo viaje, ya sin confinamiento, ascendimos hasta el casco primitivo de la villa, conocido como el barrio de la Corona, para ver la iglesia de Santa María la Corona, levantada junto al desaparecido castillo sobre un antiguo templo que unos autores creen mezquita y otros, cristiano. Románica en su construcción inicial, consagrada en 1174, fue modificada después hasta el punto de que de la fábrica primitiva solo queda la portada en el muro sur y una torre.

Esta portada era el acceso original a la iglesia. Protegida por un tejaroz, es de cuatro arquivoltas de medio punto que apean sobre columnas labradas. En el tímpano se adivina un crismón circular de siete brazos con roseta central de anillo, todo ello muy deteriorado.

La fachada barroca del muro oeste es obra del siglo XVIII. Estuvo fortificada, compartiendo defensas con el castillo. Es Bien de Interés Cultural desde 1983. Ha sido restaurada en la década de 1970 y en 1996. A pesar del evidente deterioro de esta iglesia, su entorno se encuentra muy cuidado lo que contribuye a hacer agradable la visita.

Fotos: ©Valvar

Fotos: ©Valvar

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