Albarracín

Albarracín es una ciudad medieval con muralla, catedral y fortaleza, construida en lo alto de un risco rodeado por un meandro del río Guadalaviar al que miran sus casas colgadas. Una ciudad fortaleza, se diría que inaccesible. Un lugar al que hay que ir al menos una vez en la vida.

Hay que ir aunque la tecnología sea adversa, como nos ocurrió a nosotros. De vuelta de un breve viaje a Cataluña, habíamos reservado dos días para visitar Teruel pasando por Gandesa para ver su cooperativa, un edificio modernista. A última hora, el Colega propone visitar también Albarracín, aprovechando su cercanía a Teruel. Ponemos Albarracín en el GPS y, para nuestra sorpresa, el aparato responde repetidamente que no puede calcular el itinerario. La supersticiosa que vive dentro de mí le sugiere al Colega que a lo mejor el GPS es la voz del destino y nos avisa de que, por lo que sea, no vayamos. Él insiste y en esas nos pasamos la salida de Reus en la autovía. Unos kilómetros más adelante retomamos la ruta hacia Teruel por una carretera de montaña y, finalmente, llegamos a Gandesa. Segundo contratiempo: la cooperativa está cerrada al público el martes, precisamente. Esto es otro aviso del destino, insisto, pero el Colega sigue en su empeño. Compramos vino, vermut, almendras y avellanas y seguimos camino.

Se nos ocurre poner un pueblo cercano, Gea de Albarracín, el GPS entra en razón y nos señala la ruta. Entre unas cosas y otras, cuando divisamos Albarracín se ha hecho la hora de comer. Entramos en el restaurante Señorío de Albarracín, desde el que se ve la ciudad allá a lo alto. Por primera vez en la jornada, acertamos al primer intento.

Hay que advertir que está vedado el acceso en coche a la ciudad, salvo a los residentes, para lo cual se han habilitado aparcamientos en las inmediaciones, todos de pago.

Visto desde abajo, las edificaciones asemejan una muralla infranqueable. Se entiende perfectamente por qué Albarracín era una plaza irreductible, a ver qué ejército se atrevía a subir los pertrechos bélicos por semejante cuesta.

La dificultad no es menor si llegas en son de paz. ¿Cómo trepar por ese muro de edificios? Yo no resisto hasta allá arriba, le advierto al Colega, y si llego date por viudo. Subimos poco a poco y cuando nos cansemos, paramos, propone. Estamos a mitad de la escalinata cuando nos cruzamos con una pareja andaluza que baja y nos informan de que el acceso por la carretera es más largo pero de pendiente más suave que la de las escaleras.

En una de las paradas del ascenso observo la ropa tendida en una de las casas colgadas. Se te cae una prenda de ese tendedero y tienes que ir a buscarla a Teruel, pienso.

Cuando por fin llegamos al recinto urbano vemos que las calles están llenas de coches. Para mí que no todos son de residentes. Nos cruzamos con uno matrícula de Burgos ocupado por una pareja de nuestra quinta, tirando por bajo. Los miramos descaradamente. Me había parecido mi prima Begoña, dice el Colega para disimular.

Según los restos arqueológicos encontrados en los alrededores parece que esta tierra estuvo habitada por la tribu celta de los lobetanos. Por aquí anduvieron luego los romanos, que construyeron un acueducto de 25 kilómetros para llevar el agua del río Guadalaviar desde Albarracín a Cella, pasando por Gea. Esta es una obra de ingeniería extraordinaria, discurre entre terrenos de compleja orografía alternando galerías excavadas en la roca, a 60 metros de profundidad en algún tramo, con canales a cielo abierto. Tenía una pendiente de tres por mil y registraba un caudal de 300 litros por segundo. Desde la carretera hemos visto alguno de los huecos abiertos en la montaña, luego utilizados como refugio de pastores.

En el siglo XI el clan bereber de Benu Razin se hace fuerte en la plaza convirtiéndose en dinastía soberana, la taifa de Al Banu Racín, de donde tomaría nombra el asentamiento. De esa época es parte de la muralla y la alcazaba.

Los Benu Razin cedieron el poder a la familia cristiana de los Azagra, de origen navarro, que desde 1170 mantuvieron la taifa independiente de los reinos cristianos de Castilla y de Aragón, levantando su propia catedral y nombrando obispo, como gesto de autonomía. Jaime I intentó en vano conquistar la ciudad en 1220; fue Pedro III quien la sitió en 1300 y consiguió incorporarla a la corona de Aragón.

Cuando conseguimos recuperarnos de la subida, nos topamos con la catedral del Salvador, levantada entre 1572 y 1600 sobre una fábrica anterior románica y mudéjar. Puede visitarse previa reserva en la Fundación Santa María de Albarracín.

Unido a la catedral a través de un claustro se encuentra el palacio episcopal, un edificio enorme del siglo XVIII, hoy dedicado a uso cultural, sede de la Fundación.

Llegamos hasta el alto del risco, donde se levanta la alcazaba, núcleo original de la ciudad. Ha sido alcázar y residencia de los señores de la ciudad, ocupado hasta el siglo XVI. Sufrió graves daños en la guerra de Sucesión del siglo XVIII, restaurado recientemente.

En torno a la alcazaba se fue ampliando la ciudad a lo largo de los siglos, en un espacio forzosamente reducido por la orografía, lo que explica la verticalidad de sus construcciones. Luego, se extendió fuera de la muralla, en lo que se conoce como el arrabal.

Las murallas rodean totalmente la ciudad, edificadas por etapas. Tienen una longitud de 3.400 metros y once torres. La torre Andador en el punto más alto es visible desde prácticamente todos los rincones del núcleo urbano. Se llega a ellas únicamente a pie. Puedes subir si eres joven y te embarga el espíritu aventurero, porque carecen de protección.

Aparte de la importancia de sus edificios emblemáticos, a nosotros nos pareció que lo mejor de la ciudad está en el callejeo, en contemplar sus viejos edificios, sus puertas y ventanas de rejería, la perspectiva de su muralla, el color rojizo del caserío. Albarracín es conjunto Conjunto Histórico Artístico desde 2011 y miembro de la red de Pueblos más Bonitos de España.

La plaza, de trazado irregular, data del siglo XI, es una de las imágenes imprescindibles de la ciudad. La Casa Consistorial es del siglo XVI, con soportales protegidos por una arquería de medio punto.

En Albarracín, todo lo que sobrepase el siglo XV es moderno. Casi en el límite se encuentra la Casa de la Julianeta, del XIV, de yeso y madera, que parece a punto de venirse abajo, pero que se mantiene en pie y en uso, bien restaurada. Se encuentra junto al portal de Molina, con el portal del Agua los dos únicos accesos a la ciudad medieval. Probablemente fue el fielato donde se pagaban los impuestos.

Otra modernez del siglo XVIII es la Casa Azul, cuyo color destaca entre el tono rojizo del caserío. Circulan dos versiones para explicar esta originalidad. Uno habla de un ricohombre local que casó con una mujer andaluza y la trajo a vivir aquí. Como la muchacha añoraba el color de su pueblo el marido mandó poner rejas a las ventanas, llenarlas de geranios y pintar en ese color la casa. La segunda versión, más prosaica, habla de una chulería de la familia propietaria, ricos empresarios laneros, que de este modo quisieron distinguirse del vecindario.

Como toda ciudad medieval que se precie, Albarracín tiene su leyenda, esta en torno a una de las torres de la muralla: la torre de doña Blanca. Dicha torre es obra del siglo XIII y la doña es Blanca de Aragón.

La leyenda refiere que doña Blanca era una joven hermosísima, hermana menor de uno de los reyes de Aragón. Cuentan que la esposa del rey andaba celosa de la belleza de su cuñada, que, a la vista de esta rivalidad, los nobles aconsejaron a esta que se alejara de la corte aragonesa y se refugiara en Castilla. Camino del exilio paró en Albarracín, a la sazón señorío de la familia Azagra, que la acogió alojándola en la torre. Nunca más se supo de ella. Es creencia que murió de melancolía y fue enterrada en la que había sido su última morada. Concluye la leyenda que cada verano, en noches de luna llena, con el tañido de las campanas de Santa María que señalan la medianoche, se alcanza a ver la silueta de una mujer que baja a bañarse en el río Guadalaviar. Es el alma en pena de doña Blanca.

En la cruda realidad, en el siglo XVII la torre fue cedida a la orden de los dominicos, que estaban construyendo un convento junto a ella, y la utilizaron de biblioteca. En el siglo XIX desapareció el convento y la torre fue abandonada. Recientemente pasó a ser gestionada por la susodicha Fundación.

Creas o no en las leyendas, lo cierto es que el entorno de Albarracín es de una belleza abrumadora. El día nos ha salido soleado, con ese tono especial del otoño que vuelve multicolor las arboledas, en contraste con el rojo de la tierra.

De camino a Teruel hacemos un alto en la carretera para contemplar los restos de un castillo roquero identificado como de Santa Croche. Fue construido sobre un altozano por los Heredia de Albarracín durante el señorío independiente cristiano para controlar el acueducto romano. La información asegura que estuvo habitado hasta mediados del siglo pasado. Cuesta creerlo, apenas quedan de él unos muros almenados junto a un torreón que también amenaza ruina.

No lejos de aquí, en el término de Frías de Albarracín, nace el río Tajo, que desembocará en Lisboa, después de haber recorrido poco más de mil kilómetros en tierras de España y Portugal.

Tendríamos que venir con más tiempo, subir con el coche, como los de Burgos, y hacer noche en la ciudadela, sugiero al Colega. No me responde, sigue preguntando al GPS por qué ignora el camino de Albarracín.

Fotos: ©Valvar

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