Vallbona de las Monjas

Vallbona de las Monjas es uno de los vértices del triángulo monástico cisterciense catalán que se cierra con Poblet y las Santes Creus, femenino el primero, los dos últimos masculinos, a derecha e izquierda de la autovía AP-2, que une Lleida con Tarragona.

Como somos visitantes habituales de esta zona conocíamos bien los monasterios de Poblet y Santes Creus, no así el de Vallbona de las Monjas, cuya visita se nos había frustrado en alguna ocasión. En nuestra excursión de octubre de 2023, abandonamos la autovía en Les Borges Blanques, aprovechamos para comer la rica comida catalana en la Masía Les Garrigues, y, siguiendo las órdenes del GPS, llegamos al monasterio justo a tiempo de inscribirnos en la visita guiada de las cuatro de la tarde, que se anuncia en catalán.

El día ha salido otoñal, el sol no aparece y a ratos llovizna, si nos esperamos a la visita en castellano de las cinco no tendremos luz para las fotos. Hasta unos minutos antes de empezar somos los únicos visitantes, la guía nos advierte que ella se adapta igual a una lengua que a otra, si no hay nadie más nos explicará en castellano. Pero, en el último momento, llega un grupo de señoras y luego otra pareja hablando catalán así que nos hacemos un Aznar y seguimos la visita en la lengua de Mercè Rodoreda y Ausias March. Entendemos casi y todo y lo que no, lo preguntamos.

En una sala que se abre en el ala este nos proyectan un vídeo en el que se narra la historia del monasterio. En este valle donde se levantó el recinto monacal hubo anteriormente agrupaciones mixtas de ermitaños, que luego se organizaron en comunidad doble, fundada por Ramón de Vallbona, bajo la regla de San Benito. Existen documentos que lo datan en 1153.

En 1175 los monjes se trasladan a Montsan y la comunidad femenina adopta la Orden del Císter bajo el mandato de la abadesa Oria Ramírez, llegada del monasterio de Tulebras (Navarra). La abadía desecó el valle y promovió el asentamiento de nuevos residentes y la creación de granjas. Enseguida se extiende en nuevas fundaciones cistercienses: Sant Hilari de Lleida, Bonrepós en la Morera del Montsant, la Saidia en Valencia, el Pedregal en Barcelona…

Vallbona contó con el impulso de Alfonso I el Casto y de su esposa, la reina Sancha de Castilla, que aquí fijaron su corte itinerante durante algún tiempo. Jaime el Conquistador y Alfonso el Sabio también se alojaron en Vallbona con sus esposas y sus cortes. El papa Inocencio III concedió al monasterio inmunidad, protección de bienes e independencia del episcopado.

Centro de espiritualidad y de influencia política, desde sus inicios, el monasterio recibió cuantiosas donaciones que conformaron un gran patrimonio. La abadesa Saurena de Anglesola compró al rey Pedro III de Aragón la jurisdicción civil y militar de estas posesiones, estableciendo el Señorío con gran extensión y jurisdicción propia. La comunidad alcanzaba por entonces 150 monjas, procedentes de las mejores familias del condado de Urgel y de Cataluña.

Una prueba de la vitalidad de la comunidad femenina de Vallbona es que tuvo su propia escuela monacal, donde las doncellas de la nobleza aprendían gramática, caligrafía, liturgia, música, bordado o miniatura. Esta escuela tenía un scriptorium, en el que las monjas copiaban e iluminaban los códices.

El concilio de Trento (siglo XVI) prohibió la existencia de monasterios femeninos aislados, lo que impulsó la creación de una nueva población con gentes procedentes de Montesquiu en terrenos cedidos por las monjas alrededor del recinto monacal.

No todo fue vida y dulzura en Vallbona. En el siglo XVII litigó con el monasterio de Poblet por una cuestión de tributos. Eso, unido a los daños ocasionados por las guerras de los Segadores (1640-52), de Sucesión (1705-17) o del Rosellón (1788-95) contribuyeron al declive del cenobio. La exclaustración y la desamortización del siglo XIX obligaron a la comunidad a ausentarse durante medio año, pero causó menos daños que al vecino Poblet, con el que, inevitablemente, se sigue midiendo Vallbona. La muralla que en parte rodea los edificios monásticos perduró hasta 1920, cuando fue desmontada. El monasterio fue declarado monumento histórico artístico en 1931.

La visita guiada comienza por el claustro del monasterio, un espacio de forma trapezoidal que habla de la historia del cenobio desde los siglos XIII al XVI, cada una de sus pandas corresponde a un siglo y estilo diferente. A partir del ala sur, la más antigua y de estilo románico, se observa una evolución hasta el ala norte, claramente ojival. El ala de poniente es neorrománica con elementos renacentistas. Todas ellas en la austeridad ornamental propia del Císter. En el ala este se abre el acceso a la farmacia que suministraba remedios a los pueblos del Señorío.

En la panda norte se ha abierto una capilla dedicada a la Virgen del Claustro (XII), escultura que probablemente fuera la que presidía el templo durante el periodo románico.

Desde este ala se accede a la sala capitular, del siglo XIV, donde se puede ver una imagen de la Virgen de la Misericordia, de alabastro policromado, atribuida a Pere Joan (XV, autor de la fachada del palacio de la Generalitat de Barcelona) y lápidas sepulcrales de las primeras abadesas.

La puerta exterior (XIII), es lo más románico de la iglesia. En su tímpano aparece el que se tiene por uno de los relieves de la Virgen. El muro de la iglesia tiene adosadas varias tumbas.

Pero las monjas acceden al templo desde la sala capitular. Este es construcción de los siglos XII y XIII, de transición del románico al gótico. Es de planta de cruz latina, de una sola nave y tres ábsides cuadrados. La crucería ojival de la cubierta es obra del XIV, sustituyendo a la bóveda románica.

La iglesia es, en parte, un panteón de nobles: en el presbiterio están las tumbas de la reina Violante de Hungría, esposa de Jaime I, y de su hija Sancha; en un ala del crucero se encuentran los sepulcros de los señores de Guimerá (XIII), de muy buena factura; y en el suelo del recinto sacro se reparten lápidas sepulcrales de abadesas.

Preside el culto una Virgen del coro, de piedra policromada, debida a Guillem Seguer (XIV).

Tiene esta iglesia la particularidad de poseer dos cimborrios, el primero, en la intersección de la nave con el crucero, es de planta octogonal sobre trompas, con las campanas de las horas.

El segundo cimborrio campanario tiene forma de linterna de ocho caras. Aparte su indudable belleza, es una audaz obra de arquitectura medieval. De 30 metros de altura y 6,5 metros de diámetro, se apoya totalmente sobre bóvedas que carecen de contrafuertes. El arquitecto e historiador Domenech Puig y Cadafalch, que dirigió la restauración en 1922, lo calificó como “el monumento más atrevido del medievo catalán”.

La construcción de este cimborrio fue impulsada por la abadesa Elisenda de Copons, cuyo mandato (1340-48) coincidió con el periodo de máximo esplendor del monasterio. Algunas fuentes creen que la iniciativa es un asunto de rivalidad entre hermanos, de tener por cierto que Elisenda era hermana del abad de Poblet, Ponç de Copons, que por entonces estaba construyendo el cimborrio de la iglesia monacal. La abadesa ocupa por mérito propio un lugar preferente en el solar de la sala capitular.

En el coro, junto a la reja, se encuentra la capilla del Corpus Christi. De su altar proceden los dos antipendios, tapices del siglo XIV, que se exponen en el Museo Nacional de Arte de Cataluña. Lo cual da una idea aproximada de las riquezas que llegó a acumular el cenobio.

El monasterio se ayuda para su mantenimiento con una hospedería y la venta de artículos de artesanía realizados por una de las monjas con la que, para variar, hemos pegado la hebra. La religiosa elogia lo bien que se habla castellano en Burgos y, a cambio, nosotros compramos una de sus piezas. Si no fuera porque vamos con la agenda apretada nos quedábamos en la hospedería.

Fotos: ©Valvar y MNAC

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