El último lunes de noviembre de 2023 salimos de Burgos hacia el noroeste de la península. El objetivo era comer unas ostras en Vigo y, de paso, ver un poco de románico, no vaya a ser que se nos olvide. Aviso: la cosa salió regular. De entrada, nos llovió casi todos los días, lo cual, si bien es beneficioso para la tierra, dificulta la obtención de buenas fotos. En segundo lugar, ostras, Vigo y lunes no concuerdan bien.
Empero, el primer día apenas llovió. Nuestra parada era Vigo, un municipio que, además de una iluminación navideña casi estratosférica, tiene dos iglesias románicas notables que nos proponíamos visitar: Santiago en Bembrive y Santa María en Castrelos. Ahí descubrimos que el municipio vigués es enorme, nos salvó el GPS, que los dioses conserven.

Bembrive deriva de la locución latina bene vivere, esto es, buen vivir. De ahí que hace siglos en el lugar se asentara una población que erigió un oratorio, antecedente de la actual iglesia de Santiago.

Esta es una construcción datada en el siglo XII, con posteriores reformas, no muy grande, de una sola nave, ábside decagonal y tres puertas, que encontramos cerradas todas ellas.


En el hastial de poniente se abre una puerta de arco apuntado, con dos arquivoltas, protegido por un arco ajedrezado. La arquivolta exterior muestra una línea de flores hexapétalas, que se repite en la cornisa del ábside. Las columnas rematan en sendos capiteles con adornos vegetales.


La puerta sur es muy simple, adintelada, con un grabado en el que creemos ver un oso enredado en un árbol.


La puerta septentrional es la más interesante. Un arco ligeramente apuntado con un tímpano en el que se distingue una cruz o triquetra de cuatro puntas que a su vez contiene espirales y círculos. Estas inscripciones abundan en los muros de la iglesia, lo que parece aludir a la existencia de un templo anterior paleocristiano y de inspiración celta.




Los canecillos del ábside muestran figuras antropomorfas y vegetales, en regular estado de conservación. En mejor estado parece el crucero.

Dejamos este lugar de bien vivir -en el barrio de Mosteiro o Monasterio- y, GPS mediante, nos dirigimos a Castrelos. Subimos y bajamos cuestas, tomamos curvas a derecha e izquierda y, finalmente, aparece ante nuestros ojos la iglesia. Indico al Colega el acceso al aparcamiento pero él, emocionado tras el rally vigués, toma la primera vía que ve junto a los muros de Santa María.

El coche hace un primer clock, luego un segundo y un tercer y definitivo clock. Inmediatamente nos rodean varias señoras indicándonos con gestos de alarma que paremos. Estamos bajando por unas escaleras, le digo al Colega, quien, evidentemente, también se ha percatado.
Me pregunto de dónde han salido tantas señoras juntas, mientras él ya ha iniciado la marcha atrás, observado por las mismas señoras y con mi inestimable ayuda consistente en sucesivos ayayayay, seguidos de pordios, pordios, pordios. Finalmente volvemos a la carretera, giramos en el acceso debido y aparcamos. El coche huele a quemado, igual nos lo hemos cargado, comento, en un alarde de optimismo. Ná, dice el Colega, hazte a la idea de que nos hemos gastado cinco euros en desgaste de las ruedas. Los economistas y su mente analítica, benditos sean.
Cuando bajamos del coche nos percatamos de que al otro lado del aparcamiento hay un centro escolar, de donde salen los niños que recogen las señoras que nos advertían. No crea que son ustedes los primeros que bajan por las escaleras, nos dice una de ellas. Miro los escalones finales y me dan escalofríos. Ahí sí que habíamos dejado el coche.

Con el susto aún en el cuerpo comprobamos que Santa María de Castrelos es una pequeña maravilla, bastante bien conservada. Su construcción se fecha en 1216, de una nave, con un tramo presbiterial más estrecho unido a un ábside semicircular por un contrafuerte a cada lado.

Como en Bembrive, en el hastial occidental se abre una portada abocinada con tres arquivoltas apuntadas con decoración de flores hexapétalas enmarcadas en círculos y chambrana exterior ajedrezada. El tímpano muestra una cruz patada o de Malta rodeada de seis árboles.


Este tímpano se repite en la portada sur, algo más ornamentada que aquella en las arquivoltas. En las enjutas se abren dos ventanas de arquivolta ojival con abundancia de las misma flores hexapétalas en torno a las saeteras y chambrana ajedrezada.




La tercera portada, en el muro norte, es similar en su decoración. En el tímpano, un círculo en el que se inscribe una cruz con los extremos circulares.

En el ábside se abren tres rosetones -uno de ellos oculto por la sacristía- de moldura ajedrezada en cuyo interior se abre un hueco en forma de cruz. Sorprende la situación de estos ventanales, por debajo de lo que es habitual, que se explica por la pendiente en que se encuentra la iglesia, más alta en la cabecera que en los pies. En el interior, los rosetones ocupan la altura habitual de las ventanas.


Junto al muro norte se levanta un crucero de buena factura rodeado de cables. Cualquier día de tormenta la escultura recibirá un calambrazo.


Repuestos del sobresalto de la escalera tomamos el camino del centro de Vigo, donde se encuentra nuestro hotel. Hemos escogido el lunes para nuestra estancia en Vigo pensando que sería un día menos concurrido pero nos hemos equivocado. La eficaz campaña turística del alcalde Abel Caballero para atraer visitantes a su iluminación navideña seduce a miles de visitantes desde el primer al último día de encendido de los millones de leds. A ojo, se diría que se encuentra aquí la población Imserso que no se ha inscrito en los viajes de invierno. Las quince plantas del hotel Bahía de Vigo están a tope. Hemos reservado habitación con vista al mar y así nos dan.



Salimos a recorrer la ciudad y, justo frente al hotel, descubrimos una enorme y extraña escultura, lo que parece un joven caído contra el asfalto. Se trata de “El bañista”, obra en bronce del escultor Francisco Leiro, que tiene su gemelo en la plaza de la Estrella -”El nadador”-. Los responsables artísticos de Vigo deben de ser aficionados a este escultor, pues en la muy céntrica Puerta del Sol, sobre dos columnas de mármol negro de 11 metros de altura, se levanta “El sireno”, este en acero inoxidable. Un personaje entre pez y hombre, sin brazos pero con piernas, escamas por el cuerpo y cabeza con una gran nariz.
Primera sorpresa: la Piedra, famosa calle donde a diario se venden las ostras por cientos, solo abre por la mañana. Segunda sorpresa, las calles del centro están abarrotadas antes incluso de encenderse las luces. Tercera sorpresa, contra nuestra prevención de que la iluminación navideña es hortera por definición, en Vigo tiene un punto de buen gusto. Eso y que ofrece entretenimiento para todas las edades explica su atractivo. Luego nos comentarán que los vecinos están hartos de tanto gentío y tanto ruido, pero esa es otra historia.








Dispuestos a comer ostras dondequiera que hubiera acudimos al restaurante que nos han recomendado en el hotel, que encontramos cerrado. Nos atiende una joven amabilísima que, al vernos derrengados, se ofrece a sacarnos un vino en la pequeña terraza exterior del local hasta que este abra. Por si nos quedaban dudas, comprobamos que ni ese era nuestro día ni Vigo nuestro mejor destino: en el restaurante quedan cuatro ostras, cuatro (y pequeñas). Es que el lunes no abre la lonja y ayer tuvimos una invasión de gente, se justifica la joven amable. El Colega quiere comer percebes y menos mal que quedaba una ración (tampoco muy abundante, dicho sea de paso). Sí hay pulpo, zamburiñas y nécoras que acompañamos con una botella de Martín Codax. Alegres por el vinillo pedimos la cuenta y en ese momento el Colega se percata de que no tiene la cartera. Pues al salir del hotel la llevaba, asegura. Mientras pago con mi tarjeta, él sale a la calle y -oh, milagro- allí, bajo la silla donde hemos esperado que abriera el restaurante, está su cartera, al parecer, oculta a la vista de los cientos de personas que han pasado junto a ella. Hemos salvado el día en el límite, comento, antes de percatarme de que nos han cobrado cuatro nécoras en vez de las dos que nos han servido. Eso pasa por no revisar la cuenta.

Al levantarnos al día siguiente observamos que el frente marítimo que alcanza nuestra vista ha sido tomado por un enorme crucero y que el día se ha metido en agua. Así que desayunamos, volvemos al coche y salimos de Vigo sin mirar atrás. Quizá en otra ocasión tengamos más suerte.
Fotos: ©Valvar


