Salimos de Vigo lloviendo y el agua, a ratos mezclada con la niebla, nos acompañó durante el resto del viaje. Contentos deben andar con nosotros los labradores y las eléctricas. No nos apenamos mucho, peor sería tener que ir a trabajar a la intemperie.
Nuestra siguiente parada era el monasterio de San Salvador de Bravães, en el municipio de Ponte de Barca, distrito de Viana do Castelo, a unos 40 kilómetros al sur de Valença do Miño, que se nos despistó en nuestra anterior visita a tierras portuguesas. Es Monumento Nacional desde 1910. Aparcamos junto a una cerca de piedra de granito, en cuyo centro se alza una pequeña iglesia; en un rincón al nordeste nos llama la atención una espadaña rematada por cuatro altavoces.

La iglesia es lo que queda de un monasterio benedictino que se cree fue fundado a finales del siglos XI por Vasco Nunes de Bravães, que luego fue de la orden de San Agustín -o de los templarios y caballeros de la Orden de Cristo- y desde el siglo XV quedó en parroquia. Actualmente es propiedad estatal.



La fábrica es de una sola nave, de cabecera rectangular, tan frecuente en el románico luso y gallego, con un hermoso rosetón en el muro a levante. El ábside es más estrecho y bajo que la nave, austero, con solo unas aspilleras de iluminación, canecillos geométricos y moldura ajedrezada en el alero. En el muro norte se ha añadido una sacristía. En un rincón descansan dos sarcófagos antropomorfos. No encontramos a nadie que pudiera abrirnos la iglesia así que hubimos de conformarnos con contemplar sus muros exteriores, singularmente sus tres puertas, a cual más interesante.

La puerta septentrional es la más sencilla, su tímpano muestra una cruz formada por varios lazos, entre dos cuadrúpedos.





La puerta meridional tiene dos arquivoltas apuntadas; en el tímpano, un Agnus Dei sostiene la cruz con una de sus patas; en el dintel, dos mochetas con cabezas de animales.

La puerta a poniente justifica el viaje y la lluvia que estamos soportando. Tiene cinco arquivoltas de medio punto, la primera decorada con ajedrezado, la segunda, sogueado y las tres exteriores totalmente figuradas con personas, leones y aves, sucesivamente, rematada con guardapolvos floreado.


Las arquivoltas se apoyan en cuatro parejas de columnas con los fustes también esculpidos con relieves acordes con la iconografía de los capiteles respectivos (algo erosionados): aves, leones, serpientes entrelazadas y dos figuras humanas: una femenina y otra masculina, que se identifican con la Virgen María y San Grabriel.

El dintel muestra un Cristo en Majestad en mandorla flanqueada por dos ángeles. En las mochetas, dos cabezas de bóvidos.

Si se mira al frente, el conjunto tiene un aire arcaico, de haber visto el paso de los siglos y de miles de personas, no en vano se encuentra en el Camino de Santiago portugués.

Si se da la espalda al conjunto se constata el cuidado que Portugal presta a sus monumentos. Un edificio reciente sirve de presentación histórico-artística del antiguo monasterio y un monumento granítico que canta a Bravães, su historia, su paisaje… El pasado y el presente entrelazados.
Nos despedimos de San Salvador de Bravães, con su abigarrada belleza, atravesamos el río Limia y enfilamos a Valença do Miño, nuestra siguiente parada.

Esta Valença que antes se llamó Ganfei o Contrasta, a la que se acude a comprar toallas y sábanas o de paso a otros lugares estuvo habitada ya en la prehistoria por grupos que dejaron su impronta en los grabados rupestres del Monte de Lage y Tapada de Ouzão, clasificados como Bienes de Interés Público.
Los romanos hicieron pasar por aquí la vía que unía Bracara (Braga) con Lucus (Lugo) sobre el río Miño y levantaron el Castellum de Valença. Tras el declinar del imperio romano, y el paso de los suevos y godos, los árabes capitaneados por Almanzor destruyeron Ganfei en su camino hacia Santiago de Compostela. La Reconquista integró el territorio en el Condado Portucalense.
Sancho I le concedió el primer fuero y levantó aquí una construcción defensiva permanente, aprovechando la frontera natural que formaba el río Miño. En las guerras con el reino de León fue parcialmente destruida pero, en 1217, Alfonso II mejoró los privilegios a los habitantes de Contrasta, convertida ya en punto estratégico. En 1262 Alfonso III amplió el amurallamiento e introdujo cambios en su sistema defensivo, incluido el nombre, que pasó a llamarse Valença.




Las murallas de la fortaleza de Valença se reforzaron en el siglo XVII, para protegerse de los ataques españoles. Su casi cinco kilómetros de perímetro amurallado, con diez baluartes resultó una obra muy innovadora para su época, de manera que en el siglo XVIII Valença era una de las plazas fuertes más importante de la frontera portuguesa y la más importante del Miño.

En 1886 Portugal y España inauguraron el Puente Internacional sobre el río Miño que permitía el tránsito por carretera y ferrocarril, obra del ingeniero español Pelayo Mancebo y Ágreda. Mide 400 metros de longitud y está compuesto de dos tableros metálicos superpuestos, asentados sobre cuatro pilares de granito. El ferrocarril discurre por el tablero superior mientras que por el piso inferior transitan coches y peatones.





La Valença actual se distribuye en dos niveles. En la parte baja se extiende la ciudad moderna, igual a cualquier otra ciudad del mundo, con sus servicios, sus supermercados y sus edificios de pisos; en la parte superior se extiende la Fortaleza, la ciudad antigua, llena de tiendas de textiles y algunos hoteles, incluida la Pousada de San Teotonio, donde nos alojamos.


Cuando llegamos estamos tan mojados que nos dan la habitación antes de la hora establecida. Una hermosa y confortable habitación desde cuya balconada se distingue la ciudad hermana de Tuy, al otro lado del río Miño que fue frontera y ya solo es vecino. Se distinguiría mucho mejor si no hubiera esta niebla empecinada en dificultarnos las fotos, pero se distingue. Como somos algo asiduos de la zona podemos evocar la riqueza patrimonial de Tuy y de Valença con las fotos que hicimos durante nuestra visita en enero de este mismo año y el verano anterior.





Inasequibles al desaliento, salimos a las calles de Valença, en esta ocasión casi vacías. Suponemos que al día siguiente, día de mercado como cada miércoles, estarán más concurridas. Aprovechamos para hacer acopio de ginghina y esas compras irremediables cuando se visita Valença y volvemos a la Pousada, donde ya luce el belén.


En el comedor solo hay dos mesas ocupadas. En una charlan animadamente dos hombres. Pido sopa de cebolla -muy rica- y un balalhau à brás, el Colega, un caldo verde y un bacalao especialidad de la Pousada de San Teotonio, que además de dar nombre al hotel es el primer portugués canonizado y tiene estatua en lugar preferente de la fortaleza.

Salimos a dar un paseo y nos cruzamos con dos vejetes que se ofrecen a hacernos una foto y nos dan instrucciones para colocarnos de manera que se vea bien Tuy, de donde proceden ambos. Suponemos que han debido de venir paseando.


Como en Portugal el huso horario es de una hora menos que en España a media tarde ya ha anochecido y nos encontramos recorriendo la muralla casi solos. Los pocos transeúntes con los que nos cruzamos nos miran con conmiseración. Nosotros, en cambio, estamos encantados. Valença es una ciudad magnífica pero casi siempre demasiado concurrida, tenerla para nosotros solos nos parece un enorme privilegio que disfrutamos con fruición.
Fotos: ©Valvar


