Conques es una pequeña pero antigua población en el departamento del Aveyron, en la región francesa de Occitania, tenida por uno de los hitos en el Camino de Santiago.. Su iglesia abacial está considerada una de las más importantes de Europa por su portada y por el tesoro sacro que aún conserva.

Lo habíamos descubierto algunos años antes a través de una foto de sus curiosos, esas cabezas que asoman sobre una de las arquivoltas de la portada. Algún día tendríamos que ir a conocerla, propuse al Colega. Así que la incluimos en el periplo sobre el románico del sureste francés que hicimos en el verano de 2016.


Hemos salido de Arles, tomamos la A-54 hacia Nimes y allí, la A-9, autopista saturada de tráfico entre España y Europa. Pensamos salir de la A-9 en Montpellier y coger la A-75 en dirección al viaducto de Millau, pero nos pasamos de salida y tenemos que llegar hasta la de Béziers, que pasa por Sète, lugar de nacimiento de Paul Valery y de Georges Brassens, un sembrado de bateas que anotamos para futuros viajes.


El viaducto de Millau es una obra de ingeniería espectacular. Es un proyecto del ingeniero francés Michel Virlogueux y el arquitecto británico Norman Foster, que atraviesa el valle del Tarn, fue inaugurado en 2004. Mide 2.460 metros sin apenas tocar el suelo y ostenta el récord mundial de altura en 343 metros, según asegura la información oficial.

Hay un área de servicio desde la que pretendemos contemplar y fotografiar la obra pero la encontramos cerrada. Seguimos hasta el área de Aveyron, en Severac de Chateau, donde disfrutamos del entorno antes de tomar la N-88, que pasa por Rodez, de donde sale la carretera de Conques.


El Colega recuerda que Rodez tiene una notable catedral y hacemos una parada para visitarla. Esta construcción monumental levantada a lo largo de trescientos años, fue utilizada en el siglo XVIII como referencia para establecer el cálculo de la circunferencia de la Tierra y la definición del metro.

Ya en la carretera de Conques descubrimos la cascada de Salles-la Source y paramos de nuevo. En la siguiente parada estamos a las puertas de Conques. Es una parada obligatoria para pagar los dos euros que permiten acceder al aparcamiento situado en las afueras del pueblo, adonde solo pueden entrar los coches de los apenas tres centenares de vecinos. En Conques parece que el tiempo se hubiera parado en el medievo. Desde la carretera se divisan las torres de la abadía por encima del caserío.


Mientras en Compostela se descubrían los restos que serían identificados como del apóstol Santiago, en el año 819 el eremita Dado fundaba aquí un primer monasterio, dedicado a Saint-Sauveur, San Salvador. Con el propósito de atraer a los peregrinos, en el 866 Ariviscus, monje de Conques se hizo con las reliquias de Sainte Foy -Santa Fe- del monasterio de Agen y se las llevó a Conques. Otra versión de los hechos menos épica refiere que el monasterio guardó las reliquias durante los ataques vikingos del siglo IX y se quedó con ellas. Sainte Foy era una virgen martirizada en tiempos de Diocleciano, famosa por curar a los ciegos y liberar a los cautivos.


Las reliquias de la Santa atrajeron, efectivamente, a multitud de peregrinos y Conques conoció tiempos de esplendor hasta el punto de que en el siglo XI se hizo necesario construir una iglesia más grande para acoger a tantos peregrinos como acudían a rezar a Santa Fe a través de la Vía Podiensis. La abadía se inició por impulso del abad Odolrico, se concluyó en el año 1120 y resultó ser una obra maestra del románico occitano. Las joyas y las donaciones de los peregrinos conformaron un valioso tesoro para la abadía.



Se considera que esta es la primera de las iglesias de peregrinación románicas francesas, que incluye a Saint-Martial de Lim, Saint-Martin de Tours y Saint-Sernin de Toulouse y en España, la catedral de Santiago de Compostela. Características comunes de estas iglesias, aparte de estar en el Camino a Santiago de Compostela, son las de planta de cruz latina, de tres o cinco naves principales más el transepto de tres naves, girola alrededor del altar mayor con capillas radiales y tribunas sobre las naves laterales.

A partir del siglo XII empezó a decaer el prestigio de los monasterios benedictinos en beneficio de los del Cister, decadencia a la que siguió la peste negra y la guerra de los Cien Años. Los monjes benedictinos de Conques relajaron su disciplina monacal. En el 1514, el obispo de Rodes acudió a la abadía con el propósito de restablecer la disciplina pero los monjes ni lo recibieron, hasta que el 1537 el Papa disolvió la comunidad y creó una colegiata regular.
Peor le fue durante las guerras de religión. Los hugonotes ocuparon el pueblo y en 1571 saquearon e incendiaron la iglesia, se hundió una parte de la nave, pero se salvó el tímpano y el tesoro. Fue secularizada después de la Revolución. El tesoro se libró porque, al conocer que iba a ser requisado para ser entregado a la Casa de la Moneda de Toulouse, aprovechando una noche de tormenta, los vecinos se dirigieron a la abadía y se repartieron los relicarios, joyas y piezas de valor, que ocultaron en sus casas. Luego, acusaron del robo a unos supuestos caldereros ambulantes, sin que la investigación que se ordenó consiguiera aclarar lo sucedido. Una muestra de la honradez del vecindario, de la devoción a la santa y del aprecio a su patrimonio es que, cuando la Revolución se remansó, los vecinos devolvieron íntegramente las piezas del tesoro. Prosper Mérimée, que además de escritor era inspector de Monumentos históricos, refiriéndose a este tesoro declaró que “no estaba preparado para encontrar tanta riqueza en semejante desierto”.

Los visitantes pueden contemplar este tesoro en una sala especialmente habilitada en la galería sur del claustro. Compuesto por relicarios, destaca, entre todas las valiosas piezas, la llamada “majestad” de Santa Fe, datada entre los siglos IX y X. Se trata del cráneo de la santa alojado en una estatua de madera, oro, plata y gemas, convertido en objeto preciado de veneración. Está considerado uno de los cinco tesoros de orfebrería medieval más importantes de Europa y el único en Francia que reúne tantos objetos de la alta Edad Media.

Nosotros llegamos a Conques deseosos de contemplar el tímpano policromado, que se abre en la parte occidental de la abadía. Representa el Juicio final según el Evangelio de San Mateo, labrado en piedra, en los que se distinguen 124 personajes, veinte compartimentos, los justos por un lado, los condenados por otro. Una de las obras fundamentales de la escultura románica en Francia, tanto por sus cualidades artísticas como por sus dimensiones -el frontón tiene 6,70 metros de anchura- y originalidad.
















En el centro, Cristo en Majestad. Entre las figuras se reconoce a la Virgen María, a San Pedro, a Abraham, al abad fundador y a Carlomagno, a Santa Fe y a los prisioneros a los que ha liberado, pero también a los monjes indignos, a un borracho, y los pecados capitales. «Pecadores, si no cambiáis vuestras costumbres, sabed que sufriréis un juicio temible”, advierte una leyenda. El catecismo en piedra al alcance de todos los públicos.



Busco los “curiosos” que despertaron mi interés y me sorprende su pequeñez. Se trata de catorce figuras que se repiten en la arquivolta. La perfección numérica: 14:2=7. Con la octava figura que termina cada serie en horizontal, es la plenitud. En el románico nada es casual.




La abadía de Sainte Foy impresiona de cerca. Aunque lo que le ha dado fama y lo que le distingue sea su tímpano, del interior de la iglesia sorprenden sus dimensiones y su simplicidad. En España, exceptuando la catedral de Santiago, hay pocos ejemplares románicos de estas dimensiones.










Tiene también hermosos capitales que, sin embargo, quedan oscurecidos por la espectacularidad del tímpano. En el transepto izquierdo se encuentra un altorrelieve representando la Anunciación, del mismo maestro del tímpano.

Las 104 vidrieras de la iglesia son de cristal translúcido, fueron diseñadas por Pierre Soulages e instaladas en 1994.

Del primitivo claustro apenas quedan restos de la galería occidental, pues fue arrasado en el siglo XIX y sus piedras, utilizadas para la construcción de las casas del pueblo.




Como además del espíritu conviene alimentar el cuerpo, elegimos para comer un lugar a la altura del entorno: la terraza del restaurante del hotel Saint Foy, que resulta ser un remanso de paz. El Colega recordará para siempre la carne de vaca aubriac guisada al vino que comió allí. Los dos recordamos el ambiente de paz, la amabilidad del personal, la terraza umbría, con las torres de la abadía por encima de las flores de la jardinera. Un lugar pleno de belleza, donde no se siente el discurrir del tiempo.
Como acostumbramos, ambos nos dedicamos a fotografiar Conques como si no hubiera un mañana. El Colega tenía por entonces una cámara Nikon con un superobjetivo capaz de captar hasta el mínimo detalle de los monumentos que visitamos. El hecho es que al llegar a casa, a 1.000 kilómetros de distancia, observamos con espanto que las fotos que él había hecho en Conques tenían un inexplicable color azul, que no hay edición capaz de arreglar.
Desde entonces, cada vez que hacemos planes para viajar a Francia yo sugiero: Tendríamos que volver a Conques a hacer buenas fotos y a comer tu vaca aubriac… Y en esas estamos.
Fotos: ©Valvar



Los curiosos son divinos!! Me gustan más que la Santa sin ninguna duda. Deseando que volváis porque tendré otro viaje 😃
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