Valencia de Don Juan es regalo que encontramos en el camino de vuelta de nuestra excursión de finales de noviembre de 2023, quizá para compensar el habernos puesto a remojo durante el viaje. Viajábamos de Puebla de Sanabria a Burgos cuando el Colega se paró para repostar. Mientras llenaba el depósito observé un cartel: Valencia de Don Juan, 7 kilómetros. Esa es una Valencia en la que no hemos estado, pensé.
¿Quién es el Don Juan de esa Valencia?, pregunto al Colega, cuando vuelve al coche. Ni idea. En la web del Ayuntamiento nos enteramos de que se trata del infante don Juan de Portugal, hijo de Pedro I de Portugal y de Doña Inés de Castro, primer duque de la villa. La historia de los trágicos amores de Inés y Pedro es harto conocida. (Si quieres refrescar la memoria, clica aquí 👇)




Evocamos los sepulcros de ambos en el Monasterio de Alcobaça. Se cuenta que el rey pidió que situaran su sepultura frente a la de Inés para ser lo primero que viera en el día del juicio final. Podíamos acercarnos a verlo, propone el Colega. Llegamos enseguida y aparcamos lo más cerca posible de su imponente castillo para distraer a la lluvia que nos sigue como la sombra.

Lo primero que nos llama la atención es el Jardín de los Patos, que se abre junto a la fortaleza, sembrado de pequeños carteles en los que se narra de manera didáctica la historia de la ciudad.
Así nos enteramos de que Valencia se llamó antes Coyanza -derivación de Coviacense Castrum, el oppidum o castro que fue, del que conserva el gentilicio, coyentino-, que en este terreno a orillas del río Esla ya hubo asentamientos en la edad de bronce, que fue enclave predominante en la edad de hierro y con los romanos, que fue ocupada por los suevos en el siglo V, que sus pobladores resistieron el ataque de los godos de Teodorico II y que los musulmanes destruyeron el primitivo castillo, situado al norte del actual.



En el año 1055 el rey Fernando I y su esposa, la reina Sancha, convocaron aquí el Concilio de Coyanza, al que asistieron nobleza y clero “para la restauración de nuestra cristiandad”.
En el Tratado de Cabreros de 1206 aparece por primera vez con el nombre de Valencia. Aquí tuvo lugar la decisiva entrevista mantenida entre las dos esposas de Alfonso IX de León, doña Teresa y doña Berenguela, reina de Castilla, donde esta convenció a aquella de que su hijo Fernando III debía heredar de su padre el reino de León en vez de las hijas de doña Teresa. Accedió esta a la renuncia, a cambio de importantes donaciones, consiguiéndose así unir las coronas de Castilla y de León.
Hasta finales del siglo XIV se conoció a la villa como Valencia de León o de Campos, indistintamente. Hasta que en 1387 el rey Juan I de Castilla concedió al infante Juan de Portugal el ducado de Valencia de Campos, que así pasó a apellidarse de Don Juan. El nuevo duque se pasó la vida intrigando infructuosamente para reinar en Portugal y acabó quedándose a vivir en Castilla. Murió en 1397 sin hijo varón, por lo que el ducado de Valencia volvió a la corona.
Al año siguiente, el mismo Enrique III concedió el condado de Valencia de Don Juan a Martín Vázquez de Acuña, noble portugués que había apoyado las pretensiones del infante don Juan y casado con su hija María de Portugal, recibiendo como dote el señorío sobre la villa.



Los Acuña y Portugal se asentarían aquí y levantarían el castillo, que domina el perfil urbano, bello ejemplar de arquitectura gótica militar. En la torre del homenaje se ha habilitado un museo, que puede ser visitado.

Entre el castillo y el jardín de los Patos se ha acondicionado un auditorio al aire libre donde en verano se ofrecen conciertos.
De las doce iglesias que tuvo Valencia de don Juan solo quedan dos: la de Nuestra Señora del Castillo Viejo, donde se conserva el panteón de los condes de Valencia de Don Juan, y la de San Pedro Apóstol, con una esbelta torre.
Cerca de la Plaza Mayor se conservan dos casas solariegas: la de los condes de Valencia de Don Juan y la de don Eliseo Ortiz, de estilo modernista.
La población se dedica mayoritariamente a la agricultura, siendo una de las pocas poblaciones de Castilla y León que no solo no ha perdido población, sino que ha ganado, con un censo que recientemente ha superado los 5.000 habitantes. En 1950 recibió el título de ciudad.
En 1975 los coyantinos se levantaron contra el proyecto de instalar una central nuclear en su término municipal, consiguiendo el apoyo de las poblaciones colindantes. Tal fue la protesta que, en plena dictadura, se desistió del proyecto.
A cambio, han habilitado una Vía Verde, paseo natural arbolado de 11,5 kilómetros recuperando el trazado del ferrocarril de vía estrecha -conocido como tren burra- que unía la ciudad con la vecina Castrofuerte.








Al llegar a la ciudad nos ha sorprendido un edificio de pisos, de aire gaudiniano, rematado en varias veletas artísticas. Preguntamos y nos informan de que se trata de una iniciativa del constructor Santiago Nava, que la convirtió en el proyecto de su vida. Un edificio en el que se mezclan materiales tradicionales y modernos: tapial, cantos rodados, madera, mármol, hormigón… Contó con la colaboración del escultor Manuel Chiches, autor de las veletas que coronan el edificio: un águila, una cobra, un guerrero y San Miguel con el demonio a sus pies. La construcción debió llamarse Edificio Centinela, en alusión al guerrero-veleta. La obra, iniciada en 1990, con el visado de un arquitecto, ha vivido una serie de peripecias que la mantienen inacabada.
Vista con ojos profanos, se trata de un edificio verdaderamente singular, de una rara y sorprendente belleza. Imagino al constructor dando vueltas a su proyecto, diseñando una ventana y otra y otra, cada una diferente, recabando los materiales para rematar un muro, una techumbre y desearía que pudiera verlo acabado. Parece un proyecto a la medida de una ciudad aguerrida, batalladora contra corriente, empeñada en seguir avanzando.
Volvemos a la carretera sin que haya cesado la lluvia ni un instante. Me gustaría volver en primavera, recorrer sus calles con tranquilidad, le digo al Colega. Y ver el museo del castillo, responde él. Y hacer fotos sin lluvia…
Fotos: ©Valvar



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