Montauban, capital de Tarn y Garona, es una ciudad fundada en el siglo XII por el conde de Toulouse. Resulta un lugar tranquilo, con un rico patrimonio cultural. Su cementerio guarda los restos de quien fue presidente de la República española: Manuel Azaña.
Llegamos a Montauban con el objetivo de rendir homenaje a don Manuel 5Azaña pero ya que hemos llegado hasta aquí, no vamos a perder la oportunidad de dar una vuelta por la ciudad. El Puente Viejo está en obras, lo que dificulta el tráfico que, al menos aparentemente, es un problema que no debería tener una población de este porte. Finalmente, conseguimos aparcar justo bajo el puente, en el corazón de Montauban, sin tener que pagar por ello, que en estas tierras es casi como poner una pica en Flandes.

El Colega está exultante. Frente al aparcamiento, una escalera conduce a la calle principal. Puedes subir por ella, faltaría más, pero si prefieres una subida más cómoda, a la derecha de esa escalera hay un rincón poco visible y en él un ascensor que te deja al nivel de la calle Hôtel de Ville, que, naturalmente, conduce al ayuntamiento. Siguiéndola se llega a la catedral, un edificio enorme de líneas clásicas, que está en obras.

Estamos es la zona de marcha, llena de restaurantes y bistrots, así que aprovechamos y comemos en uno de ellos rodeados de gente joven.
Deshacemos el camino, ahora por la paralela calle de la República, en busca de la iglesia de Sant Jacques. Estamos enfrascados sobre el plano que nos han dado en la Oficina de Turismo cuando se nos acerca un señor. Tomen esa calle que les lleva a la plaza Nationale y enseguida llegan a Sant Jacques, nos dice y se presta a acompañarnos hasta la plaza. El hombre habla un razonable castellano. ¿No será usted descendiente del exilio republicano?, le pregunto. Yo no, pero de por aquí seguro que soy el único que no lo soy, nos dice. Aunque no todo fueron bienvenidas y se cometieron muchas injusticias, hay que reconocer que las poblaciones del sur de Francia acogieron a miles de refugiados republicanos al término de la guerra civil. El hombre que nos ha ofrecido ayuda nos cuenta que tiene casa en Alicante, donde pasa temporadas, de ahí su conocimiento del idioma.

La plaza Nationale es el corazón del casco histórico, una gran plaza bordeada de arcadas y vistosos edificios de ladrillo. Nos dicen que en ella a diario se monta un mercado, pero cuando llegamos solo se ven restaurantes y gente comiendo.



La iglesia de Santiago está cerca de la plaza y del Puente Viejo. De su origen románico conserva un espléndido campanario octogonal de tipo tolosano. Es el único testigo medieval de la ciudad, se sabe que ya existía en 1147. Varias veces destruida, las grandes familias montalbanesas se han aplicado a la reconstrucción de esta iglesia para expiar sus inclinaciones cátaras. Es de nave única con nervios transversales. Conserva huellas de las balas de cañón del asedio sufrido en 1621, durante las guerras de religión. El propio Richelieu ordenó su reconstrucción; en el siglo XIX se le añadió a la fachada una decoración neorrománica y pinturas murales al interior.

El Puente Viejo es obra del siglo XIV con siete arcos ojivales sobre el río Tarn. Se concluyó en 1335. Mide 205 metros de largo y 23 de alto. Como en el puente de Toulouse, sus aberturas le permiten resistir las crecidas del río. Es el puente más antiguo de la ciudad, monumento histórico desde 1919 y la imagen icónica de Montauban. El andamiaje de las obras nos impide hacer una foto decente a cambio de ofrecernos aparcamiento gratis.

Junto a él se levanta el antiguo palacio episcopal (siglo XIII), habilitado como museo dedicado al pintor Jean-Auguste-Dominique Ingres y al escultor Émile Antoine Bourdelle, ambos artistas locales.

Cerca también, el palacio Lefranc de Pompignan.
Montauban fue fundada en el siglo XII por el conde de Toulouse, un siglo después comienza su periodo de prosperidad, que finaliza con la peste negra y la guerra de los Cien Años. Entre los siglos XVI y XVII fue un bastión protestante, junto a La Rochelle y Nimes, hasta que en 1629 se rinde a las tropas reales. Vivió una intensa vida cultural en el siglo XIX alentada por sus dos hijos ilustres, Ingres y Bourdelle. Nos pareció una ciudad amable y tranquila, que se precia de cultivar el arte de vivir y la aventura suave👇.
El viaje coincide con mi 77 cumpleaños. Tantas veces siete me hacen pensar que no hay mucho tiempo que perder y que más me vale ir haciendo las cosas que tengo pendientes, como expresar el reconocimiento a quienes pagaron un precio tan alto en su empeño por modernizar España. Como nuestro itinerario románico de este viaje pasaba cerca de Montauban le he propuesto al Colega acercarnos a visitar la tumba y rendir homenaje al ilustre jurista, literato y político que fue don Manuel Azaña, presidente de la segunda República, cuya memoria ha sido insultada y maltratada. Nos dirigimos, pues, al cementerio viejo. Llevamos el plano del lugar donde se encuentra su tumba pero el Colega, que no pierde ocasión de confraternizar con los franceses, se dirige al edificio de entrada del camposanto donde a la primera frase, el señor que le atiende, en un castellano tan macarrónico como el francés suyo, le acompaña a un rincón cercano donde hay un buzón en el que los visitantes dejan sus cartas y un cartel referidos a Azaña. En cuanto le he oído he sabido adonde venía, dice. La tumba se encuentra en el trapeze Q, section 7. Así y todo, nos cuesta encontrarla, algo constreñida entre los mausoleos de las familias Matignon y Gaubert.


Manuel Azaña Díaz (1880-1940) consumió su vida tratando de mejorar la sociedad española. Con Fernando de los Ríos y José Ortega y Gasset fundó la Liga de Educación Política. Dirigió varias publicaciones, estuvo vinculado al Ateneo de Madrid entre 1913 y 1932 como secretario y presidente. Fue uno de los fundadores de Acción Republicana y formó parte del Comité Revolucionario que contribuyó a la instauración de la República en 1931. Ministro de la Guerra y presidente del Gobierno, del que dimite en 1933, durante el bienio negro sufrió varios atentados. En abril de 1934, estando en la oposición, funda Izquierda Republicana. Propicia la creación del Frente Popular que resulta ganador en las elecciones de 1936. De nuevo preside el Gobierno, el 10 de mayo es elegido presidente de la República, cargo que ocupa hasta 1939.

En 1936, Azaña, confiando en la neutralidad de Suiza, cede los cuadernos en que ha ido escribiendo sus memorias a su cuñado y amigo Cipriano Rivas, nombrado cónsul en Ginebra. Tres de esos cuadernos son robados por el vicecónsul, Antonio Espinosa, quien los entrega al gobierno rebelde, que durante la guerra civil los utiliza como propaganda contra el gobierno republicano.
Aparte de su dedicación política, plagada de aciertos y de algún error notable, Azaña fue un intelectual de prestigio, Premio Nacional de Literatura en 1926 por su obra Vida de Juan Valera. Escribió novelas, ensayos y teatro. La velada de Benicarló, se considera una seria reflexión sobre la década de los años treinta del siglo XX español. Sus Memorias son un documento imprescindible para el conocimiento de la República. El haber sido jefe del Estado español no le ahorró sufrimientos ni humillaciones, como a otros miles de intelectuales, obligados a salir de su país para salvar la vida. El enorme agujero de conocimiento dejado por tantos científicos, escritores, pintores, médicos, etc, hombres y mujeres muertos fuera de su tierra explica el retraso cultural de España en el pasado siglo.
Cuando cae Cataluña, el 5 de febrero de 1939, Azaña se exilia en Francia. En Vajol, tras pasar revista al batallón presidencial, recoge la bandera que, dice, le ha de servir de mortaja. El 27 de febrero dimite como jefe del Estado, después de que Francia e Inglaterra reconocieran al gobierno rebelde. La policía franquista le perseguirá incluso en el exilio, con la complicidad del gobierno del mariscal Petain, y la ayuda de la Gestapo alemana.

Instalado inicialmente en Pyla-sur-Mer tiene que salir huyendo. Sus perseguidores saquean su casa, roban sus papeles, incluida la bandera, y detienen a Cipriano Rivas, que es condenado a muerte, pena luego conmutada.
En septiembre se instala en Montauban, de donde se le prohíbe salir. Allí muere el 3 de noviembre de 1940, después de una larga enfermedad. Es enterrado el día 5, perseguido con saña hasta la tumba. Las autoridades francesas impiden que la bandera republicana cubra su féretro. La embajada mejicana presta su bandera y su protección.

El señor que nos ha atendido en la entrada asegura que son bastantes los españoles que se acercan a rendir homenaje a esta tumba, de una sencillez solo equiparable a la de don Antonio, el exiliado de Colliure. Ambos fueron amigos. Machado prologó el libro –Los españoles en guerra– en el que se recogían los cuatro discursos decisivos que Azaña pronunció durante la contienda. Como tantos hombres y mujeres valiosos de aquel tiempo, ambos reposan en tierra ajena, en un exilio eterno.


Cada año, en torno al 3 de noviembre, las autoridades locales francesas, acuden a realizar una ofrenda en representación del Estado francés, acompañada de un breve concierto de música clásica.
Incluso después de muerto, la dictadura no cejó en los ataques a Azaña, focalizando en su nombre los males del republicanismo. Por si había dudas de quién instigaba la persecución la bandera hurtada en 1939 apareció en las dependencias de la policía española en Madrid en 1984. Los cuadernos robados por Antonio Espinosa permanecieron en poder de la familia Franco hasta que en 1996, dos décadas después de la muerte del dictador, su hija, Carmen Franco Polo, los entrega al Estado español. Por extraño que parezca nadie se vio en la necesidad de pedir algún tipo de responsabilidad por el robo.
Salimos del cementerio de Montauban y de la ciudad con la alegría de haber cumplido un deseo largamente acariciado y con la pesadumbre de constatar una vez más la pena de olvido a la que han sido condenados los políticos e intelectuales de la República española.
Por si te interesa conocer a Manuel Azaña:
Fotos: ©Valvar



¿Tendrán algo que compartir el Montauban francés, el Montalvão
portugués y el Montalván español?
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No sabría decirte, Valentín, aunque etimológicamente tienen idéntica formación el Montalbán español y el Montauban francés, en occitano Montalbán también, como «monte blanco». Ignoró el origen de Montalvão, que supongo similar.
Un gusto verte por aquí.
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he encontrado otra similitud, Montalbano, en el norte de Sicilia.
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Montalbanos unidos.
Un abrazo, Valentín
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