Conques es un pequeño pueblo en el Departamento de Aveyron en la Occitania francesa famoso por su abadía dedicada a Santa Fe y, más especialmente, por el tímpano de su portada y por la riqueza de su tesoro, muy visitado por los peregrinos que recorren el Camino de Santiago y por los amantes del románico o de la belleza sin adjetivos.

Ya hablamos del lugar en nuestra primera visita que te contamos aquí 👇, realizada en 2016. En aquella ocasión nos alojamos en Rocamadour, lugar bonito, sin duda, pero, aparte de sufrir un fiasco con las fotos, pensamos que pasar una noche en Conques debía tener su encanto. Hemos vuelto, pues, para conocer el encanto nocturno del lugar y para fotografiar el tímpano con la cámara buena del Colega. Podemos afirmar que Conques nos ha devuelto ciento por uno.







En esta ocasión llegamos por el sur, desde Toulouse, con la sensación de que las carreteras son algo mejores -el Colega se ha pasado la semana protestando por lo malas que son las vías secundarias francesas- y los pueblos del tramo entre Rodez y Conques parecen más vivos, incluso con centros comerciales a la vera de la carretera. Hay que advertir que esta región está lejos de lo que consideramos la Francia turística.

Desde que hemos entrado en el país nos ha sorprendido encontrar algunos indicadores de pueblos colocados del revés. No parece accidental, pues los carteles están bien sujetos al poste. Luego sabremos que se trata de una iniciativa de los agricultores en protesta contra el Gobierno francés y el de la UE,

La primera comprobación de cómo han cambiado las cosas en Conques es que el aparcamiento disuasorio que se encuentra a la entrada de la población, que hace ocho años nos costó un euro, ahora vale tres. Llegamos a media mañana, dejamos el coche y nos vamos corriendo a la abadía. Desaparecido el factor sorpresa, ahora nos dedicamos a recorrer el tímpano detalle a detalle, admirando más si cabe a los extraordinarios talladores capaces de resumir en una superficie reducida el Juicio Final, los bienaventurados a la derecha de Dios, los condenados a su izquierda.










Confieso tener debilidad por las figuras que asoman en la arquivolta del tímpano, unos ángeles curiosos que esperan el veredicto del Juicio Final que se desarrolla bajo su mirada. Como periodista, me identifico totalmente con ellos, me representan.



Al interior también le han pasado una mano de limpieza. Han desaparecido las telarañas y los cables que rodeaban alguno de los 250 capiteles, historiados o con motivos vegetales que se distribuyen por la iglesia, según se cree salidos del taller que trabajó en la fachada de Platerías de Santiago de Compostela.





Admira la perfección de la Anunciación, situada en el brazo izquierdo del transepto, que se atribuye al mismo autor que trabajó en el tímpano.

En el tesoro, que antes permitían hacer fotos, ahora están prohibidas. Todo en él gira en torno a la reliquia de Santa Fe de Agen, su cráneo alojado en una estatua de madera, cubierta de oro, plata y piedras preciosas.

En el claustro, los ocupantes del capitel del barco nos miran con ojos de eternidad.



Después de esta primera visita damos un paseo por el pueblo que está cuidado y más hermoso aún de lo que recordábamos. Descubrimos que el agua de la fuente de Plô, cuyas virtudes admirables se elogiaban ya en el Liber sancti Jacobi o Código Calixtino, y que durante siglos ha dado de beber a miles de peregrinos, actualmente no es potable. En el tejado de una casa vemos un secador de castañas -secadou-, producto tradicional en la comarca. También comprobamos que ha cerrado el restaurante Sainte Foy, donde antaño el Colega comió la famosa vaca aubriac que, ocho años después, aún recuerda. Buscamos la alternativa y la encontramos en el restaurante Charlemagne donde nos ofrecen la carne de la región en una terraza con vistas al valle que nos proporciona la sensación de estar en el lado de los bienaventurados del tímpano de la abadía. Ya puestos, en la tienda frente a la iglesia compro un rascador de madera, habida cuenta el buen resultado del que compré en la visita anterior.



El hotel que hemos reservado -La Conquise- se encuentra en la parte superior del pueblo. Hay que advertir que en Conques la oferta hotelera es escasa y dirigida, principalmente, a los peregrinos. Como el tráfico está prohibido en todo el recinto urbano, para llegar hemos de dar un rodeo por los alrededores pero, finalmente, encontramos un aparcamiento junto a la puerta de la Vinzelle, al lado del castillo y de nuestro alojamiento, que resulta ser un lugar encantador, con unas vistas maravillosas. Si viviera el señor del castillo podríamos compartir la sal por las ventanas, así de cerca lo tenemos.




Hemos visto anunciado un concierto de música tradicional a las 9 en la abadía. Nos dirigimos con bastante antelación y al poco de llegar vemos que la gente va entrando a la iglesia, aunque falta una hora para el concierto. La tarde está fresca y en la iglesia hay dispuestas mantas para protegerse del frío. Tomamos una y nos tapamos. Enseguida descubrimos que lo que empieza no es el concierto sino un oficio religioso. Tres curas -uno de ellos con cierto parecido a Felipe González- inician el canto de una salmodia, cuya letra puede seguirse en unos papeles repartidos en los bancos. Los asistentes participan con fervor. Nosotros seguimos el ritual, independientemente de las creencias personales es gratificante unirse a personas de otras partes del mundo -entre los asistentes hay un grupo de orientales- que han llegado a disfrutar de un lugar de paz y belleza.

Al terminar el oficio el cura parecido a González toma una cesta y reparte un pequeño librito a quienes se acercan hasta él. Le hago una seña al Colega para que vaya, me dice que no, así que voy yo. Es un ejemplar del Evangelio según San Marcos.

Luego, salimos todos mientras se prepara el concierto. El mismo cura se planta bajo el tímpano explicando cada escena y el significado del mismo. A medida que avanza en la explicación más me parece estar viendo al expresidente, no como fue mientras gobernó sino como es ahora que no gobierna pero pontifica.

Por fin, entramos al concierto. Las dos jóvenes cantoras entonan muy bien y se acompañan de un violonchelo y otro instrumento que no identificamos. El lugar y la música nos transportan totalmente. No podemos sustraernos a la idea de estar ocupando un espacio por el que en los últimos nueve siglos han pasado miles, quizá millones de personas que, como nosotros, admiran la belleza del recinto y de cuanto contiene.

Más aún cuando abren la puerta de las tribunas (previo pago de 6 euros). Pasear por las alturas de la abadía teniendo como fondo sonoro la música popular del Aveyron es una experiencia emocionante. Las figuras y los capiteles adquieren una apariencia diferente, una especie de vibración a la luz de los focos. Hemos traído solo la cámara pequeña -una Canon G16- con la que el Colega no para de disparar, quizá para constatar luego que no lo hemos soñado.







La condena de Santa Fe, el Cristo con las dos copas, el reencuentro de Pedro y el Maestro, la crucifixión de Pedro, la ascensión de Alejandro Magno, el avaro, la sirena, los grifos, las águilas, el ángel, capiteles e imágenes ofrecen otra perspectiva, se diría que nos miran directamente. Recorremos las naves y la girola una y otra vez haciendo pequeños descubrimientos.
















Finalmente, salimos a la calle donde nos espera la última sorpresa. El tímpano aparece iluminado con la policromía que se supone tuvo originariamente. La luz juega sobre las imágenes, destacando escenas, jugando con las figuras esculpidas.



Nos recogemos, todavía emocionados, caminando por las calles iluminadas por la luna, saboreando el instante de belleza absoluta que nos ha regalado Conques.
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Fotos: ©Valvar


