Museo Reina Sofía de Madrid

El arte moderno español tiene su casa en el Museo Reina Sofía de Madrid. Un edificio admirable por sí mismo que acoge las obras de pintores o escultores de cualquier nacionalidad nacidos a partir de 1881, a la sombra del rey del lugar: el Guernica de Picasso.

El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, que tal es su pomposo nombre, es el segundo más visitado de España, se encuentra frente a la estación de Atocha y forma parte del Paseo del Arte de la capital y del llamado Paisaje de la Luz, declarado Patrimonio de la Humanidad en 2021.

El edificio que lo alberga hunde sus cimientos en la Casa de Austria y se alza con los Borbones, ocupado durante tres siglos por establecimientos hospitalarios. El primer hospital -llamado Hospitium Pauperum- fue proyectado en tiempo de Felipe II. Cuando llegó Fernando VI mandó demolerlo para construir uno más moderno, diseñado por el arquitecto militar José de Hermosilla. No habían concluido las obras cuando llegó Carlos III, encomendando el proyecto a dos arquitectos famosos: Francisco Sabatini y Juan de Villanueva, quien se hizo cargo de las obras a la muerte del primero. Sabatini proyectó un hospital grandioso, mayor en dimensiones que el mismísimo palacio real, en cuya ampliación también trabajaba, que finalmente quedó reducido a menos de la mitad. En 1780 se constituyó como Hospital General de Madrid y de la Pasión. En un edificio anejo, que actualmente ocupa el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, se instaló el Real Colegio de Cirujanos de Medicina.

Durante la francesada, el rey José Bonaparte reservó el centro para hospital militar de las tropas francesas, obligando al desalojo de los enfermos locales. En 1875 se creó el Hospital Clínico de San Carlos dentro del Hospital General. En 1965 se acordó su cierre definitivo, pasando el Clínico a ocupar un edificio moderno en Moncloa. Se inició entonces un debate entre partidarios de su demolición y partidarios de su declaración como monumento histórico artístico. Por una vez, ganaron estos.

Quienes creen en estas cosas aseguran que los espíritus de algunos antiguos ocupantes, incluso de tres monjas que aparecieron enterradas, pululan aún en las salas ahora ocupadas por las obras de pintores y escultores modernos, provocando fenómenos paranormales: luces que se apagan, objetos que se mueven sin causa aparente y cosas así. Cuando acompañamos a algún visitante novato, me gusta contarle que detrás del metrónomo situado en la segunda planta hay un alma en pena que nos mira, ora con el ojo abierto, ora con el ojo cerrado.

Durante años, el viejo hospital fue sometido a una rehabilitación que lo transformó en el maravilloso lugar que hoy puede transitarse. En 1986 recibió las primeras exposiciones temporales; en 1992 se inauguró definitivamente como museo, recibiendo los fondos antes recogidos en el Museo de Arte Moderno, creado en 1894, y el de Arte Contemporáneo, de 1951. Pronto se vio que el edificio Sabatini era insuficiente y en 2005 se amplió con un edificio diseñado por Jean Nouvel.

Si el pétreo edificio Sabatini conserva sus líneas clásicas, sus impresionantes escaleras, sus largos pasillos de bellas perspectivas, sus paredes rugosas, su acogedor patio y sus modernos ascensores exteriores, el área Nouvel es casi etéreo, transparente, una aleación de metal y cristal. El primero acoge la colección permanente y algunas temporales, el segundo, las temporales, las dependencias administrativas, un salón de actos y la biblioteca, con un patio que de vez en cuando alberga actuaciones musicales, presidido por una pincelada-escultura de Roy Lichtenstein. El museo tiene dos sedes anexas en el Parque del Retiro de Madrid: el Palacio de Velázquez y el maravilloso Palacio de Cristal.

El Reina Sofía ha contribuido bastante a desasnar a dos indocumentados en arte contemporáneo como nosotros. Somos de la opinión de que uno va a los museos a aprender pero, sobre todo, a disfrutar, se detiene en aquello que le gusta y trata de entender lo que le gusta menos o pasa de ello. El Reina Sofía nos ha permitido disfrutar mucho y nos ha enseñado a entender.

Hasta hace poco, el museo tenía el prurito de impedir que se fotografiara al Guernica, la obra de Picasso, que es lo más vip del lugar. Pero en 2023 llegó un nuevo director, Manuel Segade, y eliminó la prohibición sin que se hundiera el universo por ello.

Hemos seguido al Guernica desde su llegada a España, instalado entonces en el Casón del Buen Retiro. Al contrario que al Colega, a mí nunca me gustó especialmente. Hasta que, en las postrimerías de la pandemia del covid acudimos un día al museo y nos encontramos los dos solos en su sala. Como si lo mirara por primera vez, lo que vi me impresionó de tal manera que me puse a llorar. Desde entonces, cada vez que vamos paso a echarlo una ojeada y rara es la vez que no descubro algo nuevo. Me gusta especialmente esa flor que se empeña en sobresalir entre tanta desolación.

Hoy directores que tienen a gala tener las obras del museo en continuo movimiento. Segade cambió de sitio “Un mundo”, el impresionante lienzo de Ángeles Santos Torroella, dándole más visibilidad. En nuestra última visita le ha vuelto a esconder, como si le pusiera de espaldas a la pared.

El Colega es un especialista en detectar cambios y, sobre todo, fallos. Si hay una cartela con errata ante la que ha pasado millón y medio de personas llega él, la ve y se apresura a dar la voz de alarma. En esos casos, yo finjo que no le conozco, aunque, en general, le agradecen la atención. Pues bien, en nuestra última visita detectamos que en la colección permanentemente no estaba un cuadro de Modesto Ciruelos,n un notabilísimo pintor de Cuevas de San Clemente (Burgos) que se codeó con lo mejorcito de su tiempo. Preguntamos a la vigilante de la sala, quien nos sugirió que acudiéramos a información. Lo hicimos. El cuadro de Los ciclistas ha sido retirado sin más. El Colega está pensando en hacer saber al nuevo director que los de Burgos hemos tomado nota de esa baja.

En cambio, redescubrimos un nuevo lienzo que se nos había pasado por alto. Se trata del Autorretrato de Alfonso Ponce de León, obra presentada a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1936.

Este pintor, vinculado al realismo mágico, se había formado en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde coincidió con Salvador Dalí, Maruja Mallo, Remedios Varo y Margarita Manso, con quien luego se casó. En Madrid fue amigo de García Lorca y Moreno Villa. En París, de Picasso. Hizo algunos decorados para los espectáculos de La Barraca, que dirigía García Lorca. También hizo cine como actor y director y colaboró con Edgar Neville. Es el autor de algunos de los carteles de Falange Española, a la que se afilió desde su fundación.

La obra impresiona más cuando se conoce el final de su autor. Detenido en Madrid en septiembre de 1936 y trasladado a la checa de Fomento, su cadáver apareció días después en una cuneta. Poco después fueron asesinados su padre y dos hermanos.

Los museos son una lección permanente, de arte y de la vida. Se aprende de todo. Valga el caso, te enteras de que esa mole metálica de 38 toneladas, que el museo compró al escultor Richard Serra, sobre cuyo significado o intención te habías interrogado mientras dabas vuelta en torno a ella, puede evaporarse sin dejar rastro. Desaparecida sigue. Aquí explican las interioridades del asunto 👇.

Aprendes que cubistas fueron Juan Gris y Marie Blanchard, españoles y pintores ambos, pero que la fama y los lienzos del caballero siempre ocupan lugar preferente sobre los de ella. Y suerte que recientemente se ha empezado a hablar de las mujeres artistas de la República, véase la generación de las Sinsombrero, porque hasta no hace demasiado tiempo parecía que en esos años de esplendor artístico solo hubieran trabajado ellos. Esas cosas también se aprenden en los museos.

Empero, nosotros vamos a los museos a disfrutar y, por lo general, nos damos el gusto. En el Reina Sofía tenemos varias visitas imprescindibles, la hermana de Dalí mirando por la ventana, Adán y Eva de Rosario de Velasco, Un mundo y La tertulia de Ángeles Santos, y, sobre todas ellas, La mujer con abanico de Maria Blanchard, aquí firmado M. Gutiérrez, que, si pudiera, me llevaba a casa. Más fácil de colocar que la mole de Serra sí es.

Para terminar la visita del Reina Sofía nada como sentarse un rato en alguno de los bancos del patio mirando tranquilamente el móvil de Calder y disfrutando del ingenio y la maestría de Sabatini. Me gusta pensar que acaso su espíritu zascandilee entre estas piedras puesto que su cuerpo, enterrado en la iglesia de San Martín, desapareció en 1809 cuando se derribó el templo.

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Fotos: ©Valvar y Museo Reina Sofía

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