La iglesia de la Natividad de Lara de los Infantes encierra misterios aún no descifrados acerca de su origen, sus promotores o su construcción. En combate contra el abandono y el paso del tiempo, su hermosura la mantiene enhiesta, testigo del nacimiento de un país.

Transitar las tierras de Lara es pisar un terreno legendario sobre el que se asientan las raíces de Castilla y sus cantares de gesta y en el que se mece el poder de los señores feudales. Bien es cierto que el paisaje en el que se extiende el señorío de Lara -el picón de su castillo, la meseta de Carazo, las Mamblas- tiene un aire épico que hace creíble cualquier relato por fantástico que resulte.
Estos lugares fueron escogidos para asentamiento por arévacos, vaceos, turmódigos y por los romanos, que tuvieron aquí una importante población, a tenor del abundante rastro que se conserva en el Museo de Burgos, descontado el que se ha perdido en manos privadas.









Es probable que, desaparecido el imperio romano, persistiera la población durante el dominio visigodo -cerca de aquí se levanta la iglesia visigótica de Quintanilla de las Viñas- de manera que en la repoblación cristiana se “refundara” la nueva población.
En torno al castillo de Lara, cuyos cimientos probablemente fueran romanos, se creó un pueblo que sería el centro del alfoz medieval que alumbraría primero el condado y luego, el reino de Castilla.

La leyenda asegura que entre los muros de este castillo vino al mundo Fernán González, hijo de Muniadona y de Gonzalo Fernández, que en 931 concedió fueros a un amplio territorio que incluía la Sierra de la Demanda, los montes de Oca o el cañón de Río Lobos.

Aquí está también la cuna del linaje de los Lara, hacedores y deshacedores de reyes, representantes del señorío feudal, prestos a desafiar al poder real si este amenazaba sus privilegios. El primer Lara del que existe constancia es Gonzalo Núñez, quien en el año 1083 ya era tenente de las fortalezas de Lara, Carazo y Orta, en el Arlanza, a las que unirá el señorío sobre Andaluz (Soria), las tierras de Almazán repobladas por él y la tenencia de Medinaceli. Probablemente el noble más rico y poderoso de Castilla en ese momento.
Casado con doña Goto el matrimonio tiene dos hijos: Pedro y Rodrigo González de Lara, que recibirán el título de condes y tendrán gran notoriedad también en el reino leonés. La reina doña Urraca, hija de Alfonso VI, nombrará mayordomo a Pedro, la máxima dignidad en la corte, y acabará teniendo un hijo con él, al que llaman Fernando Pérez.
No con todos los reyes hubo tanta concordia. Como era usual entre los ricoshombres de la época, los Lara se rebelaron con frecuencia contra los reyes. Lo hicieron contra Fernando III, quien en 1217 puso sitio a la fortaleza; con Alfonso X a ratos estuvieron a buenas y a ratos se sublevaron, en 1255 el rey entregó el castillo a la ciudad de Burgos; en 1299 los Lara recuperaron el castillo que, no obstante, siguió estando controlado por la que ya entonces era cabeza de Castilla, a través de los sucesivos alcaides: los Cartagena, Maluenda, Martínez de Bilbao… A comienzos del siglo XVI la fortaleza estaba ya totalmente arruinada.
La fama y poder evocador de Lara bien merecía un cantar de gesta y lo tuvo. La leyenda de los Siete Infantes de Lara tiene como escenario esta tierra donde en el siglo X dos familias emparentadas se disputan el poder: Gonzalo Gustios y su esposa doña Sancha, señores de la Casa de Salas y padre de los siete infantes de Salas; don Ruy Velázquez y doña Lambra de Bureba, señora de Barbadillo del Mercado y hermana de Gustios.
Quiere la leyenda que en las bodas de don Ruy y doña Lambra se suscite una pelea en la que resulta herido un vasallo de la novia. Esta se lo toma tan a mal que hace jurar a su marido que tomará venganza en la familia de don Gonzalo.
Don Ruy aprovecha una embajada de Gustios a Córdoba para entregarle una carta para Almanzor en la que pide que mate al portador de la misiva, pero Almanzor se apiada de él y se limita a encerrarlo. Poco encerrado debía estar porque el castellano aprovechó el tiempo para tener un hijo con su cuidadora, de nombre Zaida, a quien la leyenda hace hermana del mismísimo Almanzor.

No menos diligente pero en sentido contrario anduvo don Ruy, tendiendo una emboscada a los hijos de don Gonzalo, quienes perdieron la vida “en campos de Arabiana” a manos de las huestes árabes de Galbe, capitán moro de Gormaz, quien mandó decapitar a ellos y a su ayo Nuño Salido y enviar sus cabezas a Córdoba. Almanzor se las muestra a Gustios y lo deja libre. Gonzalo regresa a Salas. Los cuerpos de los infantes y de su ayo fueron trasladados al monasterio de Suso en San Millán de la Cogolla, cuyo pórtico pasó a convertirse en panteón de los infantes castellanos.

En el año 1579, en la iglesia de Santa María de Salas se descubrió un arca conteniendo restos de ocho cabezas, letreros y pinturas con los nombres de los infantes y del ayo. Un acta notarial certifica que se trata de los restos que faltaban.
Hasta el siglo XVI los monasterios de Suso y de San Pedro de Arlanza se disputaron la posesión de las sepulturas de los siete infantes decapitados. A tal punto llegó la disputa que el año 1600 el abad de la Cogolla mandó abrir los sarcófagos del pórtico de Suso para que un notario pudiera certificar la autenticidad de los enterramientos, apareciendo, en efecto, siete cadáveres descabezados.

Mudarra, el hijo de don Gonzalo y de Zaida, llegó a Castilla con la intención de conocer a su padre y hacer justicia a sus hermanos. “A Dios digo verdat que del mundo es señor, / poca serié la mi vida si estas cabeças non vengo yo”, refiere el romance. Es tradición que este hermano vengador fue enterrado en el monasterio de San Pedro de Arlanza. De allí procede el arcosolio actualmente ubicado en el claustro bajo de la catedral de Burgos identificado como sepulcro de Mudarra.
Durante siglos la leyenda fue representada en sus supuestos escenarios. El tecnológico siglo XXI no es ajeno al atractivo de este drama. El grupo de teatro Tierra de Lara 👇 representa cada año el cantar de Los Siete Infantes y el de Fernán González en los escenarios de San Pedro de Arlanza o en la misma iglesia de Lara, con gran éxito de público.
Desde tiempo inmemorial Salas y Lara se disputan el dominio de los siete infantes. Salas, que hasta el siglo XVI era conocida como Salas del Alfoz de Lara, pasó a llamarse Salas de los Infantes. Alfonso XIII le concedió el título de ciudad en 1925. Lara tomó el apellido de los Infantes a partir del siglo XIX.
Siguiendo el rastro de los famosos y desgraciados infantes, nos encontramos frente a la iglesia de la Natividad de Lara un soleado domingo de noviembre. Rodea el templo un vallado de piedra con dos accesos que se abren sin dificultad. Aunque su torre es visible desde muchos kilómetros a la redonda, de cerca sorprende comprobar las enormes dimensiones del templo, situado en la parte más elevada del pueblo.

Paseamos en torno a la iglesia, admirando su ábside, con dos niveles separados por una imposta en cuyo paño central se abre una saetera de medio punto.

El muro sur presenta los restos de una probable galería desaparecida, algunos canecillos algo deteriorados, entre los que se distingue una pareja abrazada.


En el costado oriental se levanta la torre campanario.

En el hastial de poniente se abre una puerta, cerrada con cadena y candado, desde la que se ve la portada de entrada a la iglesia.

Esta portada románica es de arco medio punto con cinco arquivoltas que apean sobre una docena de capiteles. Metemos los objetivos de las cámaras a través de la reja -los jubilados solemos andar escasos de vista- y, pese al enjalbegado, constatamos la belleza de esos capiteles en los que se distinguen arpías, grifos, dragones, leones devorando a un animal, animales picoteando sus patas, así como una pareja de guerreros armados con escudos y una Anunciación, todo ello con un claro aire silense.









Cuando volvemos al coche lamentando que la iglesia estuviera cerrada encontramos a una señora. ¿No hay misa hoy?, le pregunto. No hay ni feligreses ni cura, responde. Qué pena, porque nos hubiera gustado ver la iglesia por dentro, insisto. Ah, si es por eso no se preocupe, Fausto tiene la llave y se la enseña con mucho gusto, nos dice.
El Colega localiza enseguida a Fausto, un vecino de 94 años, que está preparándose para ir a la misa en Campolara. A mí no me importaría ir pero mejor que les acompañe mi hija, que está más ágil, propone. La hija es la amabilidad en persona. Nos abre la puerta, nos da las luces y nos agradece el interés por la iglesia del pueblo. Decididamente, los domingos son nuestro día de suerte.

Lo primero que sorprende de la iglesia de la Natividad es su amplitud en anchura y altura. De una sola nave, la cabecera es netamente románica, de ábside semicircular con bóveda de horno y arquerías ciegas. Además del retablo mayor, de buena factura, tiene otros menores, también interesantes.
La cabecera conserva algunos capiteles que hechura tosca, nada que ver con los de la portada, parece evidente que en la iglesia trabajaron maestros de al menos dos talleres distintos.



Sobre la columna de la derecha del arco triunfal los capiteles representan leones, bichas y personas a los que el historiador Pérez Carmona atribuye un carácter psicomáquico, es decir, son una alegoría de las virtudes humanas, de la lucha contra los vicios.



En otras cestas se observan felinos, gallos afrontados y máscaras barbadas.

En algún momento de su historia, la iglesia fue totalmente enjalbegada, cubriendo la policromía que parece atisbarse en alguno de los capiteles.

Altar privilegiado perpetuo, reza un cartel en el muro sur de la cabecera, memoria de alguna prerrogativa que ahora parece lejana.


La nave se cubre con bóvedas estrelladas y remata con un coro alto tardogótico levantado sobre arco escarzano y cubierto con crucería flamígera.

Bajo el coro se encuentra una pila bautismal también románica de copa semiesférica y basa circular.

Cuando salimos de la iglesia nos detenemos de nuevo ante los capiteles de la portada, que con el entusiasmo de la visita nos parecen mejor aún que antes.
Félix Palomero Aragón e Irene Palomero Ilardia, autores de un estudio arqueológico del templo, concluyeron que hubo una primitiva construcción, de la que solo queda parte de uno de sus muros. En una segunda etapa se construyó una iglesia de tres naves de la que permanece en pie la caja de los muros. Todavía en estilo románico se realiza el ábside con triple cabecera. A finales del siglo XII se abren las portadas occidental y meridional y en el XIII se adosa una galería porticada a estas fachadas.


En la época bajomedieval esta fábrica se reformó elevando la altura de los muros, convirtiéndola en iglesia de una sola nave articulada en tres tramos con bóvedas de crucería.
La torre se realiza en tres fases: la base es románica y se levanta al mismo tiempo que el templo de tres naves; el segundo cuerpo es de época bajomedieval y el tercero parece levantarse, ya como campanario, en la segunda mitad del siglo XVII.
En los inicios del siglo XVI se elimina una parte de la galería y sobre ella se construyen las trojes y el palacio y, quizá, una sacristía entre la portada y la torre. Hacia 1663 se recompone y se rehace la cerca del atrio y cementerio, y entre 1689 y 1690 se construye el husillo adosado al muro norte. Mediado el siglo XVIII se transforma de nuevo la iglesia: se elimina la bóveda del presbiterio, se recrecen los muros y al sur se adosa la llamada sacristía nueva.

En el XIX se abren nuevos vanos en el muro norte, se reforman los del palacio y se reconstruye una parte que se había caído. En la última década del siglo XX se limpiaron y repusieron los elementos deteriorados y se desescombraron algunas estancias arruinadas.

En la vertiente norte de la iglesia se extiende el cementerio del pueblo. No parece mal sitio este para descansar, como aspiraba Serrat, en la ladera de un monte, más alto que el horizonte, garantizada la buena vista.
Con la emoción se nos han pasado por alto las inscripciones que hablan del momento fundacional de la población y de sus héroes legendarios: los Siete Infantes (Los 7 infantes / que septem heroas / que septem fulmina belli / Lara olim genvit).

La primera de estas inscripciones, en latín y letra visigótica, sería copia de la original, rescatada de la ermita de San Julián y depositada en el Museo de Burgos. «En nombre del Señor Gundesalvo y Friderico hicieron esta ciudad bajo el rey don Alfonso en la era de 900«, reza.
Retomamos el camino pasando junto a la iglesia de Quintanilla de las Viñas, dejando atrás el picón del castillo, preguntándonos de dónde sale la iglesia de Lara, quién y cuándo ordena su construcción. En algunos documentos de San Pedro de Arlanza consta que cerca de Lara hubo un cenobio familiar que con el tiempo pasó a depender del de Arlanza. Estas fundaciones solían tener función de panteón familiar y ser iniciativa de las mujeres del linaje, a quien se encomendaba el cuidado de los difuntos. Y quién con más autoridad y posibilidad que los Lara para crear su propio panteón familiar, emulando iniciativas similares de los monarcas. Es el caso del monasterio de las Huelgas Reales en Burgos, de Santa María la Real en Nájera, Santa María de Poblet, promovidas por los reyes de Castilla, Navarra o Aragón, respectivamente.
El poder de los Lara declina a partir del siglo XIV, momento en que quizá la fundación familiar y su iglesia pasasen a San Pedro de Arlanza, rico monasterio que bien pudo acometer las obras de ampliación y modernización del templo, luego convertido en parroquial de Lara, que guarda celosa sus secretos.
Fuentes:
Martínez Díez, Gonzalo. La primera casa nobiliaria en Castilla: los Lara
Abásolo, José Antonio. Lara de los Infantes, mvnicipium a pesar de la arqueología.
Fotos: ©Valvar


