Villafranca Montes de Oca

Villafranca Montes de Oca fue sede episcopal y un hito en el Camino de Santiago. De sus pasadas glorias conserva el hospital de peregrinos mandado levantar por la reina Violante y su permanente deseo de recuperación, en lucha contra el olvido de la historia.

Situada al borde del Camino de Santiago y de la carretera N-120, a unos treinta kilómetros de la ciudad de Burgos, al pie del puerto de La Pedraja, la población aparece ya en el Codex Calixtinus, libro atribuida a Aymeric Picaud, una especie de guía medieval del camino para los peregrinos a Santiago. Picaud señala en este punto el comienzo de Castilla y Tierra de Campos, un lugar entonces frecuentado también por ladrones que se escondían en la abundancia boscosa de los Montes de Oca para asaltar a los peregrinos.

Esta Villafranca es heredera de la ciudad romana de Auca/Oca, límite de turmódigos y autrigones, donde en la época visigoda se estableció una sede episcopal. A finales del siglo IX, con la repoblación, Oca es cabeza de alfoz, en la que en el 1068 el rey Sancho II restaura la vieja sede episcopal. Es el tiempo de resonancias histórico-literarias. A su paso por el Camino, Gonzalo de Berceo dejó escrito: “Fromesta del Camino cerca es de Fitero, Ferrera con sus aldeas, Auca la del Otero”. “Entonces era Castilla un pequeño rincón/ nación de castellanos Montes de Oca mojón”, refiere el Cantar de Mío Cid.

Poco después, se traslada la sede episcopal a Gamonal y de ahí, en 1075 a Burgos por mandato de Alfonso VI. Durante el siglo XII Oca se convierte en campo de batalla en el enfrentamiento entre la reina Urraca de Castilla y su marido, el rey Alfonso I de Aragón.

Paulatinamente, el antiguo asentamiento en torno a la iglesia de la Virgen de la Oca, se va despoblando en beneficio de una nueva población, junto al Camino de Santiago, está naciendo Villafranca, llamada a convertirse en uno de los hitos de la senda de peregrinación. En 1283, la reina Violante, esposa de Alfonso X el Sabio, funda un hospital de peregrinos, conocido como Hospital de la Reina, que un siglo después será restaurado o reconstruido por Juana Manuel, mujer del rey Enrique II de Castilla. Sea por animadversión familiar a la reina Violante, de quien el infante Juan Manuel, padre de Juana, había escrito maldades sin cuento, o por haberse deteriorado el primitivo hospital, esta se reclama como fundadora del mismo. “Yo mandé facer el mi Hospital de la mi villa de Villafranca Montes de Oca para servicio de Dios e para mantenimiento de los pobres e de las otras personas cuitadas que pasaron por el dicho lugar de Villafranca”, reza la carta de donación de la reina Juana fechada en 1370.

La donación incluye “la dicha mi villa de Villafranca con todas sus aldeas, e de la villa de Torrelobatón con todas sus aldeas, e de Tamarit de Campos (…) con condición que … no puedan ser dadas, nin vendidas, nin empeñadas, nin enajenadas a ninguna persona”. En 1377 el rey Enrique II confirma los privilegios “por hacer bien y merced a doña Juana”.

Las cuantiosas donaciones hicieron de este hospital una institución realmente poderosa, exenta del pago de pechos, montazgo6 de, pontazgo y barcaza, exenta del portazgo en todo el reino para 4.000 cabezas de ganado ovino.

Nada queda de aquella primera fundación, aunque permanece el Hospital de Peregrinos, bajo la advocación de San Antón. Esta obra es debida a uno de esos hombres que hacen cosas grandes y luego se quedan en un recoveco de la historia: Juan de Ortega, homónimo del santo fundador del monasterio situado adelante del Camino.

Este Juan, probablemente burgalés de nacimiento y quizá converso, sirvió en la corte de los Reyes Católicos e intervino en la creación y funcionamiento de la Hermandad General del Reino. Disfrutó del amparo del poderoso cardenal Pedro González de Mendoza, conocido como el tercer rey, fue el primer obispo de Almería y capellán de la princesa Isabel, primogénita de los reyes, luego reina de Portugal.

Por alguna razón que desconocemos, Juan debía sentirse vinculado a esta parte de Burgos, pues en 1476, siendo ya obispo de Almería, lo encontramos como provisor de Villafranca, renovando el Hospital de la Reina y el monasterio jerónimo de San Juan de Ortega. No solo eso, entre 1505 y 1515 el provisor mantuvo un pleito con la reina Juana I en defensa de los privilegios que asistían al hospital.

Nuestro hombre murió, probablemente en Burgos, en 1515. En la iglesia del convento burgalés de Santa Dorotea se conserva su sepulcro, de bella factura renacentista, obra de Nicolás de Vergara, si bien no es seguro que se encuentren sus restos, que algunas fuentes sitúan en la misma catedral. Junto a esta sepultura de las doroteas hay una segunda, de tipo gótico, en la que descansa su sobrino, Alonso de Ortega, que fue capellán del infante Juan, hijo de los Reyes Católicos.

A la intervención de Juan de Ortega corresponde la portada de arco carpanel del hospital, en cuya clave permanece algo desgastado el escudo de los Reyes Católicos protegido por el águila bicéfala coronada.

Todavía en 1787 el inventario indica que el hospital haposeía 1.300 fincas rústicas repartidas en 25 pueblos, con una cabida de 1.500 fanegas, que le proporcionaban cuantiosas rentas. En Villafranca el Hospital tenía molino y panadería propios. Los ingresos se cuantificaban en unos 20.000 reales de juros y derechos; otros 30.000 de rentas y tercios sobre el grano y 10.000 de censos y préstamos. Su administrador tenía la potestad de conservar una de las tres llaves de las alcabalas del vino de la ciudad de Burgos.

Casi todos sus ejercicios se saldaban con superávit, excepto los de la última mitad del siglo XIX. Las sucesivas desamortizaciones de Godoy, Mendizábal y Madoz le privaron de la mayor parte de sus bienes, poniendo en riesgo su supervivencia. En 1888 fue víctima de una estafa por parte de Darío Corral, quien se fugó a América con títulos al portador por valor de 122.887,37 pesetas, de las que solo se pudieron recuperar unas 40.000.

El hospital funcionaba como un complejo sanitario y asistencial, disponía de salas para peregrinos distinguidos y anónimos, para enfermos contagiosos y no contagiosos. Contaba con una plantilla fija de médico, boticario y cirujano, enfermera y limosneros, con secciones para hombres, la de San Fernando, y para mujeres, Santa Rosa. En 1868 atendió a 157 enfermos que contabilizaron 1.320 estancias. Cuando la afluencia de peregrinos disminuyó se reconvirtió en hospital de pobres, permaneciendo abierto hasta los años cuarenta del pasado siglo.

El albergue ofrecía comida y alojamiento a los peregrinos con un dormitorio para hombres con catorce camas y otro para mujeres, con cuatro.

En 1990, fecha de nuestra primera visita a este hospital, lo encontramos en ruinas. Posteriormente, la Junta de Castilla y León restauró el edificio que actualmente está ocupado por un hotel/albergue privado que, como el de San Juan de Ortega, cierra en invierno. En noviembre de 2024 coincidimos con un grupo de peregrinos que lamentaban estos cierres, que les obliga a alargar la etapa hasta Atapuerta. Business is business, también en el Camino de Santiago.

En aquella primera visita pudimos ver abundante documentación que se almacenaba en una sala municipal junto a material quirúrgico procedente del viejo hospital.

En sus mejores tiempos Villafranca contó con una parroquia y nueve ermitas, de las que solo quedan tres y una en ruinas. La parroquia dedicada a Santiago, que se levantaba en la parte superior de la población, bajo el castillo, probablemente románica, desapareció en el siglo XVIII. Con sus piedras se construyó la fábrica actual en cuyo interior se guardan algunas piezas de valor artístico.

La ermita de Nuestra Señora de Oca, originariamente prerrománica, solo conserva de sus orígenes una celosía cegada y una talla de la Virgen con el Niño que se guarda en la catedral de Burgos.

Una placa recuerda que “El papa Francisco fue titular entre 1992-1998, de la antigua diócesis de Auca, hoy Villafranca Montes de Oca, una de las sedes de la actual Diócesis de Burgos”. ¿El papa actual obispo de una diócesis que desapareció en el siglo XII?, pregunto al Colega. Él atento a la celosía románica, ni me oye. En la eternidad de la iglesia nueve siglos es un suspiro, me respondo a mí misma.

En torno a esta ermita se celebra la fiesta mayor el tercer fin de semana de agosto, cuando los aucenses recorren en romería los dos kilómetros que les separan de Villafranca, cuya imagen y la de San Isidro se sacarán en procesión. Ante estas imágenes bailarán el grupo de danzantes vestidos con faldas, enaguas y pantalón bombacho corto, con banda cruzada al pecho y pañuelo alrededor de la cabeza, dirigidos por el Cachiburrio. El paloteo, la Valseada de Arco, las Ovejitas, la Garibaldina, la Marcha real, la Amasadera y los Oficios, son algunas de las danzas tradicionales muy cercanas al folclore riojano recuperadas después de largo tiempo perdidas. En su origen estas danzas estaban reservadas a los hombres, pero en su recuperación se ha abierto la participación a las niñas y mujeres.

Justo enfrente de la ermita permanece en pie un viejo mural de la Diputación de Burgos que parece aludir a la cercana presa de Alba que abastece de agua a la comarca. Por el estado lamentable en que se encuentra se diría que los diputados no frecuentan mucho este lugar.

Del monasterio de San Felices de Oca solo quedan las ruinas del ábside, que los peregrinos encuentran antes de entrar en Villafranca. Existía ya en 863 y, según la tradición, en ella fue enterrado el conde Diego Rodríguez, fundador de Burgos, extremo negado por el historiador Gonzalo Martínez Díez, que atribuye la tradición a falsedades emanadas de documentos salidos del monasterio de San Millán de la Cogolla.

Foto: Wikimedia

Discusión ociosa, pues del monasterio prerrománico no quedan sino ruinas y cada vez menos. “La ciudad de Burgos en su MC aniversario al conde Diego R. Porcelos, su fundador, quien según la tradición aquí reposa. I-III-MCMLXXXIV”, indica una placa conmemorativa adosada a sus piedras.

Ya que no su antiguo esplendor, Villafranca Montes de Oca ha recuperado y conserva unas fiestas de origen medieval en honor de San Antón y San Antoñito. El 17 de enero se bendecían los panes y se ofrecía limosna a los enfermos del hospital, los viajeros, mendigos y vecinos compartían en el refectorio del hospital un guiso típico consistente en habas y carne de cerdo. En ausencia de enfermos y con el hospital cerrado, la fiesta consiste en la bendición de los panes, que conservan para los animales domésticos cuando están enfermos, y una comida consistentes en garbanzos, chorizo, morcilla y picadillo compartida por residentes y visitantes. El día de San Antoñito celebran su fiesta los casados.

Antes de seguir camino paramos a comer en El Pájaro, bar-restaurante de carretera en la misma Villafranca, frecuentado por camioneros y peregrinos, donde comimos en aquella primera exploración periodística hace treinta y cuatro años y donde solemos parar cada vez que pasamos, aunque solo sea para celebrar que seguimos vivos y en el camino. Dejamos Villafranca, apoyando su reclamación de que se construya una variante de la carretera que atraviesa su centro urbano como un bisturí, y seguimos viaje.

A poca distancia se encuentra la fuente del Carnero, agradable paraje que invita al descanso. Frente a él, al otro lado de la carretera, se levanta lo que queda de la ermita de Valdefuentes, que en la Edad Media fue también hospital regentado por cistercienses, al que Alfonso VIII llegó a conceder fuero en 1187. En su muro sur una placa fechada en 1965 recuerda el paso por aquí de Gonzalo de Berceo. “Yo maestro Gonzalvo de Berceo nominado iendo en romería caescí en un prado verde e bien sencido de flores bien poblado lugar codiciadero para omine cansado”.

El lugar se encuentra próximo al abandono, desmereciendo a Berceo y a quien colocó la placa y se desentendió del resto. Los peregrinos del Camino pasan junto a los restos de la ermita para adentrarse en el monte.

Fotos: ©Valvar, Wikimedia

Fuentes: Real Academia de la Historia. Juan de Ortega. 👇

Románico digital. Villafranca Montes de Oca 👇

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