San Martín de Frómista

San Martín de Frómista es el modelo de construcción románica medieval en el Camino de Santiago. Fundada en el siglo XI por doña Mayor de Castilla, la iglesia se diría como recién hecha. Y se diría bien.

Frómista (Palencia) es una población que no alcanza el millar de habitantes, bien dotada de iglesias, además de la de San Martín cuenta con un templo dedicado a Santa María del Camino y otro a San Pedro, ambos de traza gótica, además de la ermita del Otero. Los visitantes que acuden hasta aquí son principalmente de dos tipos: peregrinos hacia Santiago de Compostela y quienes desean vivir una aventura marinera en plena meseta pues por aquí corre el Canal de Castilla, una obra hidráulica del siglo XVIII proyectada para facilitar el trasiego de mercancías entre Castilla la Vieja y los puertos del Cantábrico. Enseguida el tren superó en rentabilidad económica al canal, pero no impidió que pequeñas embarcaciones siguieran navegando entre las provincias de Burgos, Palencia y Valladolid, ahora con interés ecológico y turístico.

Nosotros hemos visitado Frómista varias veces, la última en octubre de 2024, siempre con la mirada puesta en San Martín. Y esperamos que esta no sea la última, por muchas veces que vuelvas siempre te ofrecerá algo nuevo.

Esta construcción que tenemos a la vista es lo que queda del monasterio benedictino fundado por doña Mayor, viuda de Sancho III Garcés, por testamento fechado en 1066, que siempre fue patrimonio regio. En 1118 la reina Urraca donó el monasterio al priorato de San Zoilo de Carrión de los Condes, vecina de Frómista, perdiendo su autonomía. A finales del siglo XIII desaparece la comunidad de monjes de San Martín. San Zoilo de Carrión atraviesa su propia crisis y se desentiende de Frómista, encomendando su abadengo a Juana Gómez de Manzanedo, esposa de Luis de Castilla, hijo de Fernando III y de su segunda esposa Juana de Ponthieu. Un siglo después lo que queda del antiguo monasterio es entregado en encomienda a los señores de la población, como era costumbre entonces, hasta que en 1427 San Zoilo zanja la cuestión de sus derechos vendiendo su jurisdicción sobre San Martín al señor de la villa Gómez de Benavides, excepto la iglesia subprioral. San Martín contó con su propio hospital, que desapareció en 1453 en un incendio.

El gran momento de Frómista se vivió en el siglo XV, cuando solo el barrio de San Martín contaba doscientos vecinos. Su aljama era de las más importantes de la provincia, de ahí que la expulsión de los judíos repercutiera negativamente en su desarrollo económico.

Como en tantos otros lugares, la desamortización de 1835 condujo a la ruina a lo único que quedaba de la fundación de doña Mayor, la iglesia de San Martín, cerrada al culto en 1874. En su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, publicado en 1850, Pascual Madoz, lamentaba la situación de sus bóvedas, lo que no le impidió autorizar como ministro de Hacienda una nueva desamortización cinco años después. En 1894 fue declarado Monumento histórico artístico, encomendándose su restauración al arquitecto Manuel Aníbal Álvarez, catedrático de la Escuela de Arquitectura. Reinaba por entonces entre los arquitectos de postín el criterio historicista encarnado por Violet le Duc, empeñados en devolver a los monumentos intervenidos su apariencia original. O a lo que ellos pensaban que era original, sin diferenciar lo antiguo con lo moderno.

En el caso de Frómista se desmontó totalmente la mitad sur de la iglesia, manteniendo en pie únicamente el ábside norte, se eliminó la torre campanario levantada sobre el cimborrio, la escalera y la galería volada que servían de acceso a la torre; se acondicionaron los muros meridional y occidental; se abrió la portada meridional que había sido cegada y se reconstruyó una de las torres cilíndricas; y se abrió una nueva puerta en el muro oeste, que probablemente nunca antes hubo. Se sustituyeron los sillares por otros de piedra nueva, eliminándose los mechinales primitivos.

No menos radical fue la intervención en su escultura. Muchos de los capiteles fueron sustituidos por copias, no en todos los casos señaladas como tal con la preceptiva “R”. Algunos de los originales se encuentran en el Museo de Palencia, pero otros más desaparecieron misteriosamente sin que se conozca su paradero.

Con estos antecedentes, son muchos los entendidos que miran con cierto desdén la iglesia restaurada, como algo artificioso. No es nuestro caso. Aunque tenemos fichado a Violet le Duc como un poco fantasma desde que conocimos Carcasona, San Martín de Frómista nos parece un monumento a la altura de cualquiera de los grandes del Camino jacobeo, una fábrica tan equilibrada, proporcionada, exuberante, que te obliga a pararte a pensar quiénes fueron capaces de mezclar la arquitectura bizantina con las basílicas latinas para idear algo tan hermoso cuando se estrenaba el primer milenio.

Eso, sin mencionar su ornamentación escultórica, un prodigio de técnica, de arte, de imaginación y de cultura. Trescientos canecillos distribuidos en portadas y aleros en los que abundan las cabezas y cuerpos de animales, perros, bóvidos y monos, también bustos y cuerpos de personas y algunos de vegetales.

Admirables igualmente son los capiteles de las ventanas de la iglesia, en los que abundan los de temática vegetal, y también historiados, en competencia a cual más bello. El hastial meridional remata en dos torres cilíndricas. Todo el perímetro está recorrido por impostas taqueadas.

Llegamos a Frómista desde Burgos una soleada y fría mañana de otoño castellano. Cuando estamos admirando el exterior, tratando de adivinar qué es original y qué añadido, vemos llegar un grupo numeroso de personas, así que nos apresuramos a entrar -por la puerta antes inexistente- para disfrutar de un rato de tranquilidad antes de lo que suponemos invasión.

El interior de la iglesia se divide en tres naves de cuatro tramos con cabeza de ábside semicircular. El crucero remata en cúpula semiesférica sobre trompas en cada una de ellas se ha incrustado las esculturas de los cuatro evangelistas. La cúpula, la torre y el entronque absidal son las grandes aportaciones arquitectónicas de Frómista, que veremos repetidos en muchos otros templos románicos de Castilla y León.

Nos lanzamos a la derecha del arco toral a fotografiar el capitel de la Orestiada, llamado así porque su autor se inspiró en un sepulcro romano del siglo II que se encontraba en Husillos, población cercana a Frómista, hoy depositado en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, por esa razón conocido como Maestro de la Orestiada. En él se representa en sucesivas escenas la historia recogida por Esquilo, en la que Orestes, ayudado por su amigo Pylades, mata a su madre, Clitemnestra y a Egisto, amante de esta, en venganza por la muerte de su padre, Agamenón, asesinado por ambos, y la absolución de Orestes en el Aerópago de Atenas.

No se sabe si el autor conocía o no a Esquilo y se cree que el capitel representa a Caín matando a Abel. En suma, el modelo y su copia vendrían a representar un crimen familiar y su castigo.

El autor demuestra tener una amplia cultura y un no menor conocimiento de la anatomía humana y de la escultura. El resultado es un capitel de clara influencia grecorromana, que sigue atrayendo nuestras miradas, aún sabiendo que estamos ante una reproducción. Su ubicación, en la parte superior del ábside, resulta muy adecuada para evitar tentaciones, pues el original fue brutalmente mutilado por espíritus sensibles y martillo salvaje cuando se desmontó para las obras del siglo XIX. Lo que quedó de él se encuentra en el Museo de Palencia.

El autor fue sin duda un figura de su tiempo pues fue requerido para dejar muestra de su arte en iglesias del Camino tan significativas como la catedral de Jaca -suyo es el capitel del sacrificio de Isaac- y uno de los signos zodiacales de la fachada de San Isidoro de León. En todos ellos se retrata al protagonista con las piernas abiertas y ligeramente cruzadas.

Este capitel, quizá el más famoso de los de San Martín, está bien acompañado por otros a su altura en calidad y belleza. Prueba de la calidad de los maestros que trabajaron en las iglesias del Camino y de la riqueza de estas que podían pagar a los mejores entre los buenos. Los capiteles ofrecen escenas bíblicas o moralizantes, como la representación de la fábula de la zorra y el cuervo, y algunos más vegetales.

Ahí están Adán y Eva en el momento de pecar, de autor distinto al de la Orestiada, capitel que algunos autores ven relacionado a otro de la colegiata de Saint-Gaudens (Francia).

O el de los porteadores, con semejanzas al de la colegiata de Santillana del Mar, o al de la iglesia de San Pedro de Valdecal, que puede verse también en el MAN

A simple vista, en la clave de la cúpula distinguimos unas letras que con ayuda del objetivo de las cámaras conseguimos descifrar: Reconstruydo por el Sr. Arquitecto Don Manuel Anibal. Y en un círculo interior, otro recuerdo: Reynando S.M. Don Alfonso XIII. 1901. En el centro, el escudo de España. Republicanos como somos, nos reservamos la opinión que nos merece el dicho rey. En cuanto a don Manuel, seguramente era un moderno de su tiempo que hizo lo que sabía. Viendo de cerca la iglesia reconstruida nos preguntamos qué hubiéramos encontrado hoy de no haber tenido lugar aquella intervención, por mejorable que fuera.

Entre unas cosas y otras llevamos más de una hora recorriendo una y otra vez la iglesia en todos los sentidos posibles cuando nos percatamos de que seguimos solos. Quizá el grupo eran peregrinos que seguían su camino a Santiago.

Nosotros, en cambio, nos dirigimos a Palencia, para contemplar lo que su museo conserva de Frómista. El Museo de Palencia ocupa la Casa del Cordón, un edificio que abre a la plaza del mismo nombre. Su interior fue totalmente vaciado para crear un espacio adecuado para el uso museístico, con un resultado sorprendente.

Nos dirigimos directamente a la sección donde se encuentran los capiteles desmontados de San Martín. Los moralistas con martillo se ensañaron con el pobre muchacho del capitel de la Orestiada, no solo mutilaron sus órganos viriles, lo borraron totalmente. Una bárbara damnatio puditatis, lo califica el museo.

Hay otro capitel con personajes cabalgando leones, uno de pelícanos muy dañado también.

Como afortunadamente va siendo habitual en los museos grandes o pequeños, coincidimos con los alumnos de un colegio, que ocupan una sala aparte. El personal se deshace en atenciones y responde con conocimiento a las preguntas que formulamos. Admiramos un mosaico romano, que es la pieza del mes, damos las gracias al personal que nos ha atendido y nos vamos a comer.

Alguien nos ha sugerido una tasca muy frecuentada por los palentinos: El Perejil. Se nos ocurre pedir una tabla mixta (carne y pescado) para compartir. El Colega comió dos días con el táper que nos prepararon. Unos amigos a los que les dimos la dirección, pudieron con la tabla entera, parece que estamos perdiendo facultades.

Fotos: Valvar

Fuentes: Románico digital/Frómista
Arteguías/Frómista

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