Villamayor de los Montes

El monasterio cisterciense de Villamayor de los Montes (Burgos) es, aparte de consideraciones espirituales, una lección de historia pasada y del presente y un ejemplo de supervivencia. Los visitantes acuden principalmente por su claustro románico o por los dulces que elaboran las monjas. Cualquier excusa es buena.

Villamayor de los Montes, inicialmente Valzalamio, es uno de los lugares de repoblación en el siglo X, entonces a la sombra del conde Fernán González. Mediado el siglo, la condesa madre, Muniadonna, lo dona al monasterio de San Pedro de Cardeña, bajo cuyo amparo crece con la incorporación de las aldeas próximas: San Andrés de Nava, San Bartolomé de Valzalamio, Santa María, El Ángel, Villahizán y Zorita. Ya como Villamayor y con el apellido de los Montes, probablemente por la abundancia de encinares y robledal del entorno, en el siglo XIII pasa a propiedad de la entonces poderosa familia Fernández Arias.

Siguiendo la costumbre de las familias ilustres o aspirantes a serlo de la época, don García Fernández y su esposa, doña Mayor Arias, compran la fundación y los derechos del cenobio masculino de San Vicente, radicado en Villamayor desde el siglo XI. Su intención es crear allí un monasterio cisterciense femenino con monjas de Santa María de las Huelgas de Burgos, cuya primera abadesa será doña Marina Arias, hermana de doña Mayor, y que sirva a su vez de panteón familiar, como así ocurrió a la muerte del matrimonio fundador.

Los Fernández Arias ampliaron la vieja edificación y construyeron un nuevo convento con autonomía jurídica y patrimonial. Las obras se inician en 1223 y en 1228 es consagrada la iglesia, momento en que los fundadores dotan económicamente al monasterio a lo que se suman privilegios reales. La fundación toma el nombre de Santa María, habitual de los monasterios cistercienses. La población pasó a ser de abadengo, la abadesa regía la vida municipal y así siguió hasta el siglo XIX cuando se suprimieron los señoríos.

La iglesia, en la que probablemente trabajaron los mismos constructores franceses de las Huelgas siguiendo el modelo de la fundación real, es ya una fábrica gótica, con bóvedas de crucería y esbeltas columnas, capiteles sencillos de ornamentación vegetal, siguiendo el modelo cisterciense.

La tranquilidad monacal fue alterada en 1575 por un incendio que afectó al coro. En 1617 el primer duque de Lerma, Francisco Gómez de Sandoval se llevó la comunidad a Lerma con el propósito de fundar allí su propio monasterio. El proyecto no cuajó y en 1627 las monjas volvieron al convento de Villamayor, que, entretanto, había sufrido algunos robos. Durante la francesada el monasterio sufrió otro incendio. La desamortización de 1835 se apropió de bienes monásticos pero el convento permaneció.

El exterior del monasterio es una construcción de líneas sobrias, acorde con el ascetismo de la Orden que la habita. Flanquean la portada dos escudos que explican la historia y las vicisitudes del monasterio. El primero, habla de su fundación, en 1228. El segundo, de su salvación, en 1964.

Traspasada la puerta principal, hay que llamar a un segundo timbre si se desea visitar el cenobio, extremo muy aconsejable. La visita guiada cuesta 1,50 euros por persona. En los últimos años ejerce de guía la hermana Presentación, una monja carismática y locuaz, que entró en el convento la víspera de San José de 1964 y, a pesar de la clausura, conoce lo suficiente del mundo para saber que la suya fue una decisión acertada. Sus explicaciones hacen más agradable e interesante una visita que ya es grata por sí misma. La comunidad se comunica con el mundo a través de esta web 👇.

Al sur de la iglesia se esconde el claustro románico, que desprende una sensación de armonía total. Su estructura, de una sola planta, recuerda al de las Claustrillas de Huelgas y corresponde al románico tardío cisterciense del norte de Castilla. Se conserva en un excelente estado. De planta rectangular, con lados de 18 y 20 arcos de medio punto que se apoyan en dobles columnas, no muy altas pero muy esbeltas, con capiteles sencillos de ornamentación vegetal. Las esquinas se apoyan en una columna central rodeada de cuatro más delgadas.

Llama la atención el suelo de las galerías, que data del siglo XVI o XVII, empedrado de guijarros que forman filigranas, con figuras de animales heráldicos, aves, conejos, ciervos, y humanas, motivos geométricos y el escudo del monasterio.

El claustro comunica con el coro de la iglesia a través de la Puerta de las Monjas, de finales del siglo XIII, con capiteles vegetales de hermosa factura.

A los pies de la iglesia se sitúa el coro abacial, donde la comunidad celebra sus oraciones y oficios diarios. La estancia se cubre por una bóveda barroca de yeso que sustituyó al primitivo techo de madera, probablemente mujéjar, incendiado en 1575. La sillería, clasicista y sobria, fue realizada con la compensación del duque de Lerma.

De su antiguo esplendor, seguramente restos de un retablo desaparecido, conserva un calvario, un sagrario, un Padre Eterno románico y una talla gótica de Santa María la Real que da nombre al monasterio.

Ni la intención de los fundadores ni la protección real lograron salvarlo de la decadencia y a mediados del siglo XX su situación era de práctica ruina. La providencia tomó entonces el nombre de Patricio Echevarría, un industrial de Legazpia creador de la firma Bellota, hombre piadoso y generoso, que ayudó a la restauración total del convento. En su memoria luce el escudo de la familia Echevarría Aguirre.

Nueve siglos después de su fundación, la comunidad, actualmente formada por dieciocho mujeres, algunas de ellas procedentes de países extranjeros, se declara en fase de “restauración”. El monasterio ofrece una hospedería como lugar de recogimiento y oración. Las monjas se ayudan para vivir con los ingresos que proporciona la venta de dulces y bordados elaborados por ellas mismas, vinos y libros. Entre el carisma de la hermana Presentación y que al Colega le gusta pegar la hebra con las monjas en cada visita a Villamayor de los Montes salimos cargados de pastas y vino dulce, ambos muy ricos, todo sea dicho.

La iglesia que sirve de parroquial en el pueblo se construyó en el siglo XVI adosada al monasterio. Está dedicada a San Vicente, Santa Sabina y Santa Cristeta y guarda una hermosa pila bautismal románica.

Desde el otero en el que se asienta se divisa el pequeño cementerio y varios palomares, los páramos de asceta que describió don Antonio Machado.

La Castilla rural que tanto complaciera a la Generación del 98, aquí pulcra y muy cuidada, sea la Casa Consistorial o los árboles que sombrean el paseo a la iglesia.

Y, aunque no fue por estos campos el bíblico jardín, pensando en la hermana Presentación y sus compañeras de comunidad, tampoco parece que este sea el lugar por donde se pasee errante la sombra de Caín, de la que habló don Antonio.

Fotos: ©Valvar

2 respuestas a «Villamayor de los Montes»

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