Teruel

Teruel existe, sí y bien vale una visita. Tres son los polos de atracción que seducen a los visitantes: su mudéjar, las construcciones modernistas y los Amantes. No es lo único, pero sí lo que le proporciona fama mundial.

Algunos autores sostienen que por lo que hoy conocemos como Teruel anduvieron ya los fenicios, que la llamaron Thorbet, los celtíberos, que la bautizaron Thurba, o Ptolomeo, quien habló de ella como Túrbula. Los árabes la apodaron Tirwal, esto es, torre. Pero su fundación como ciudad con fuero y privilegios surge en 1171 cuando Alfonso II de Aragón crea un baluarte fronterizo frente a la taifa musulmana de Valencia. En 1347 Pedro IV, llamado el Ceremonioso, le dio título de ciudad.

Cuenta la leyenda que la elección del lugar se decidió por el mugido de un toro que apareció en lo alto del montículo, sobre el que brillaba una estrella. Toro y estrella aparecen en la bandera y en el escudo turolense. La iconografía añadió luego un peñista que se enfrenta al animal y un ángel sobre todos ellos.

Teruel defendió con denuedo sus fueros, primero ante el Tribunal de la Inquisición, cuya actuación además, amenazaba a judíos y conversos, sostenedores de la economía de la ciudad. Luego, ante Felipe II y su intención de reformarlo. Situado en la línea del frente durante la guerra civil de 1936-39, la ciudad sufrió graves daños en todo su caserío.

A finales de octubre de 2023 pasamos dos días en la ciudad que nos han dejado un regusto muy agradable. Esta es nuestra segunda visita, la primera fue hace muchos años cuando, al hacer balance de nuestros viajes, caímos en la cuenta de que era la única capital de provincia peninsular que no habíamos visitado. Lo resolvimos un fin de semana del que guardamos memoria borrosa, sea por la edad o por el tiempo transcurrido, cuando aún usábamos cámaras de fotos analógicas.

Nos debatimos entre alojarnos en el Parador o en el centro, siguiendo nuestra costumbre; reservamos en el Parador, que está a las afueras, y nos equivocamos, aunque el servicio en él sea tan bueno como siempre. Para empezar, el acceso al casco antiguo desde la ronda de circunvalación estaba cortado por obras, sin que el Ayuntamiento hubiera tenido el detalle de advertirlo a nuestro GPS, que, tras la experiencia de Albarracín, a poco se nos demencia del todo. La primera vez que intentamos entrar en la ciudad, después de muchas vueltas, encontramos aparcamiento justo debajo de la torre de San Martín, que resultó reservado a residentes. Una pareja nos advierte del error y nos indica un aparcamiento público. “Tuerzan a la izquierda y sigan recto hasta el final de la calle, antes de estempanarse giren a la derecha y llegan al paseo del Óvalo, allí está”, nos indican. Estempanar no aparece en el diccionario de la RAE pero los que somos castellanos de pueblo sabemos qué significa así que, después de darles las gracias, vamos con cuidado para no estromparnos, que tampoco aparece en el libro de la Docta Casa y tiene similares efectos.

La segunda vez nos perdemos totalmente. El Colega se baja del coche, pregunta a un señor que pasaba y nos explica que podemos aparcar en la estación del tren y subir por el ascensor que deja en el mismo paseo del Óvalo, pero ya hemos aprendido el camino del aparcamiento de la Glorieta y allí lo dejamos.

Teruel es una ciudad pequeña pero muy apañada, que tiene su corazón en la plaza del Torico, el lugar del mugido iniciático. El casco antiguo se recorre sin dificultad de norte a sur y de este a oeste, excepto por alguna cuesta. En la oficina de Turismo, que está bajo el mausoleo de los Amantes, proporcionan un plano y documentación suficiente. Nos paramos a leerla mientras tomamos un café a los pies del Torico, que luce reluciente, restauradísimo después del percance sufrido en junio de 2022, cuando la columna en que se apoya se rompió y la pequeña escultura perdió un cuerno y una pata. Bajo este solar se encuentran unos aljibes medievales, construidos a partir del siglo XIV, en los que se almacenaba agua para prevenir la escasez.

Estamos en la ciudad del mudéjar, el arte realizado por los musulmanes que permanecieron en los territorios conquistados por los cristianos. En él se mezclan el románico y el gótico que nos llega de Europa con la técnica y los elementos decorativos de la arquitectura musulmana: el arco de medio punto o la ojiva, realizados en ladrillo y decorados con cerámica vidriada, y la techumbre de madera. El mudéjar es un estilo exclusivamente peninsular y Teruel es su mejor exponente, hasta el punto de que desde 1986 el mudéjar turolense es Patrimonio de la Humanidad.

Como es una ciudad pequeña mires donde mires divisas una torre mudéjar, lo que nos parece un horizonte magnífico porque las torres son bonitas y, al menos en apariencia, están bien cuidadas. Todas ellas son del tipo torres-puerta.

Empezamos nuestra visita por el mausoleo de los Amantes y la iglesia de San Pedro, de los que hablaremos en capítulo aparte, y seguimos por la catedral de Santa María de Mediavilla, que está hecha como a retazos, a salto de siglos. La fábrica inicial románica del siglo XII se transforma en los siglos XIII y XIV en un templo gótico-mudéjar. En el XVI se construye el cimborrio, obra de Martín de Montalban, sustituyendo a otro anterior.

La portada meridional es neomudéjar y neorrománica. Santa María de Mediavilla fue iglesia parroquial, en 1342 pasó a colegiata, en 1587, al crearse el obispado de Teruel, elevada a catedral.

La espectacular cubierta de madera de 32 metros de largo y 7,76 de ancho, es obra del XIII, policromada con pinturas al temple sobre tabla que representan escenas profanas y religiosas, con elementos iconográficos propios del bestiario románico junto a retratos de los autores de este ejemplar único, el auténtico tesoro catedralicio. (Si quieres conocer más de esta catedral, clica aquí 👇)

Adosada a la iglesia se levanta la torre campanario, de planta cuadrada y tres cuerpos, realizada entre los años 1257-58, en el siglo XVII se remató con una linterna octogonal. Se aprecia la conjunción de lo románico: arcos, ventanas, ajimeces, con lo mudéjar: cerámica vidriada en blanco y verde. En la base de la torre de abre un pasadizo con bóveda de cañón apuntado. Se echa en falta algún banco, sea en la plaza de la catedral o en la del Venerable Frances de Aranda, donde sentarse a poder contemplar tranquilamente la torre y los cambios que se producen en ella a medida que el sol lame sus flancos.

La torre del Salvador se levanta junto a la Puerta de Guadalaviar, ya desaparecida, por la que se entraba al oeste del recinto medieval; es la más moderna, de tipo alminar almohade, como la de San Martín, dos torres -la interior de mampostería de yeso y la exterior de ladrillo- entre las cuales se construye la escalera; por ella se puede acceder al cuerpo superior de campanas, a condición de subir los 119 peldaños de la escalera. Nosotros no lo hicimos, que ya tenemos una edad. Es sede del Centro de Interpretación del Mudéjar. Está adosada a la iglesia del mismo nombre, mudéjar también en su origen, pero reconstruida tras el hundimiento de 1677.

A esta sinfonía de torres mudéjares hay que sumar la de San Martín (1315-1316), también del tipo alminar almohade, una torre dentro de otra y entre ambas las escaleras del campanario. El pasadizo que se abre bajo ella conduce a la Cuesta de la Andaquilla, vinculada a la historia de los Amantes.

Teruel ha vivido momentos de prosperidad y otros de miseria, guerras o peste. Su tiempo de esplendor en el medievo le permitió levantar sus hermosas construcciones mudéjares. En el siglo XIX hubo de soportar la ocupación de las tropas francesas durante la guerra de la Independencia, luego, el asedio de las tropas carlistas, mientras la ciudad se alineaba con el bando liberal. Pero a finales de siglo y en las primeras décadas del XX, la ciudad vive un momento de expansión y prosperidad económica. La burguesía local se apunta a la corriente modernista a la hora de construir sus viviendas, en ese momento aparece en la ciudad Pablo Monguió Segura (1865-1956), arquitecto y urbanista, desde 1896 arquitecto municipal de Teruel y a partir de 1906, arquitecto provincial. Aunque nacido en Tarragona, realizó en la ciudad la obra de su vida y en ella permaneció hasta 1920, cuando ganó plaza del cuerpo de arquitectos del Ministerio de Hacienda.

En sus inicios, Monguió experimentó con el ladrillo y la cerámica, a comienzos del siglo XX se inclinó por el modernismo influenciado por la arquitectura del arquitecto catalán Lluís Domènec i Montaner. Sus obras más importantes se localizan en Teruel y Tortosa, donde también ejerció. El Modernismo une lo funcional y lo decorativo, con una exuberancia de motivos vegetales en sus elementos ornamentales y estructurales.

Monguió dejó aquí edificios de un estilo artístico y funcional hasta entonces desconocido en la ciudad. Están documentadas como suyas la Casa Ferrán, la Casa del Torico y La Madrileña; otras se le atribuyen a falta de documentación, es el caso de la Casa Bayo, la Casa Escriche o la Casita de la Farmacia. Suyas son también las Escuelas del Arrabal o la iglesia del Salvador en Villaspesa. En todas ellas se aprecia la influencia del Art Nouveau que en esos momentos triunfa en Europa, interpretado bajo el prisma del Modernismo catalán, con un acabado que potencia la calidad del proyecto, debido a la profesionalidad de los artesanos locales, con mención expresa al herrero Matías Abad, cuya obra causa admiración.

La colaboración de Monguió y Abad encontró su mejor expresión en la portada meridional neomudéjar de la catedral.

Entre 1921 y 1922 José Torán realizó la Escalinata, que salva el desnivel entre la estación de ferrocarril y la meseta en la que se levanta el casco antiguo de Teruel. Actualmente, la pendiente se salva más cómodamente aún mediante dos ascensores que dejan al usuario al comienzo del paseo del Óvalo. Desde 2012 Teruel forma parte de la Ruta Europea del Modernismo.

Tan orgullosos están los turolenses de su urbanismo que cada año, el tercer sábado de noviembre celebra una fiesta modernista, en la que se organizan conferencias, exposiciones, conciertos, concursos y bailes populares. Una inmersión en los alegres años del modernismo.

A pesar de alguna cuesta, callejear por Teruel es una delicia. En la parte alta se conserva memoria de la Judería. Existe constancia de la existencia de una aljama ya en 1250, que llegó a ser la cuarta en importancia del reino de Aragón. La crudeza de la guerra civil destrozó lo que pudiera quedar de la presencia judía.

Siguiendo hacia el norte y tras atravesar las murallas, en parte rehabilitadas, llegamos al acueducto de los Arcos, obra del siglo XIV, que mejoraba el suministro de agua a la ciudad. Realizado según proyecto de Pierres Vedel, inspirado en las obras hidráulicas romanas, es el principal acueducto renacentista español y tiene la virtud de conjugar belleza y utilidad.

En la confluencia del acueducto con la muralla se encuentra una de las puertas de la muralla, el Portal de San Miguel, también conocida como la Puerta de la Traición, por haber sido esta la que Gil Torres, juez de la villa, abrió a las tropas castellanas de Pedro I, que sitiaban la ciudad.

De vuelta al centro entramos en el Museo de Teruel, que ocupa la Casa de la Comunidad, edificio renacentista del siglo XVI. Aunque su contenido no es espectacular, sí permite hacer un repaso a los 300.000 años del territorio. Tiene alguna virtud más: aparte de ser gratuito, se puede acceder en ascensor hasta la cuarta planta y, desde ella salir a la terraza, que ofrece una hermosa panorámica del centro de Teruel.

Justo en el otro extremo, a orilla de la Ronda Glorieta, se encuentra la escultura icónica de la ciudad: el toro, el ángel y el peñista coronados por una estrella. Obra en chapa de hierro soldado del escultor José Gonzalvo, representa la fiesta de la Vaquilla del Ángel de Teruel, que se celebra el segundo domingo después de San Pedro.

Al volver de nuestro paseo a la caída de la tarde observamos que la luna llena se asoma sobre el grupo escultórico representativo de Teruel. Ni de encargo.

Fotos: ©Valvar

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