San Millán de la Cogolla como población se divide en varios barrios, pero a efectos de la historia y del arte se divide en Suso, arriba, y Yuso, abajo. El monasterio de Yuso es la expresión de la importancia que el santo alcanzó en los siglos pasados, del nivel erudito de sus monjes y de su significación en el nacimiento de las nuevas lenguas peninsulares.
Para llegar hasta aquí el visitante ha pasado ya por Berceo, lo que es un primer aviso de que está transitando por el valle de la lengua. Por si le quedan dudas, lo primero que encuentra tan pronto pone el pie en Yuso es el monumento a la lengua castellana.

Yuso es la continuación natural de Suso. Aquí son trasladados los restos de San Millán mediado el siglo XI, cuando la iglesia lo reconoce entre sus santos. Para entonces los reyes de Navarra lo han declarado patrón del reino y Fernán González, de Castilla.
Cuenta la leyenda que la intención del rey don García era llevar los restos al monasterio de Santa María la Real de Nájera, pero los portadores de la arqueta que los contenía quedaron inmovilizados al llegar al valle, lo que se interpretó como la voluntad de San Millán de permanecer en el lugar donde había discurrido buena parte de su vida. Don García manda construir en ese lugar el nuevo monasterio para guardar la arqueta con los restos del santo patrón. El 26 de septiembre de 1067 se inaugura la iglesia adonde se trasladan los restos de San Millán. Reina Sancho IV el Noble y predica Domingo de Silos, natural de la localidad cercana de Cañas, que había sido prior del monasterio y se encontraba desterrado en Castilla, donde fundaría el monasterio que lleva su nombre.
Durante todo el siglo permanecerán abiertos los dos monasterios, Suso sigue siendo dúplice y fiel a la regla mozárabe, en Yuso hay una comunidad benedictina, que a partir del siglo XII quedará como única. En el valle de la Cogolla se vive un momento de esplendor religioso, artístico y cultural. La producción de su scriptorium marcará un hito: de él saldrá el manuscrito conocido como Glosas Emilianenses.
Mil años atrás, un monje del que no se conoce el nombre, tiene ante sí un códice escrito en latín. Sobre la página 72 del Códice 60 Emilianense va tomando notas para preparar un sermón. Esas notas escritas en la lengua que usa el pueblo en esos momentos son las Glosas Emilianenses. Curiosamente, en páginas distintas del mismo Códice el monje escribe otras notas en vascuence. Está escribiendo la primera página de la literatura española. El visitante puede contemplar un facsímil del Códice, cuyo original se guarda en la Real Academia de Historia.
Y, como un endemismo de esta tierra, casi al lado, en torno a 1196 nace Gonzalo de Berceo, que aprende las primeras letras en el monasterio de la Cogolla, estudia en la universidad de Palencia y, ya preste, hacia 1226 vuelve a Berceo, donde concilia su labor de clérigo con la de notario del monasterio de San Millán, lo que le da acceso al archivo y a la biblioteca monacal, instaladas ya en Yuso.
Allí encuentra la Vita latina, biografía del santo escrita por San Braulio, que le servirá para escribir su primera obra, la Vida de San Millán, a la que seguirá otra biografía de Santo Domingo de Silos. Gonzalo de Berceo es el primer poeta conocido en lengua castellana.



Entre los siglos XVI y XVII, sobre el monasterio y la iglesia del siglo XI se levanta la fábrica entre gótica y barroca que actualmente encuentra el visitante. Trabajaron en ella el arquitecto Pablo de Basave, autor de la portada de la iglesia, y el escultor Diego de Lizarraga. El relieve de San Millán reproduce el lienzo de fray Juan de Rizzi (s. XVII), que se encuentra en el retablo mayor de la iglesia, donde se ve al santo eremita -con hábito de monje agustino- combatiendo a los moros en la batalla de Hacinas.

Esta batalla, recogida con todo tipo de detalles en el poema de Fernán González: héroe sobrenatural, enemigo superior, dragones, ejércitos comandados por espíritus superiores, profecías, sueños… habría tenido lugar en la localidad burgalesa de Hacinas y durante siglos se tuvo por cierta, incluida la intervención de un San Millán matamoros. Ocurre, sin embargo, que Fernán González y Almanzor nunca pudieron enfrentarse pues el primero murió el año 970, cuando el segundo no había iniciado sus razias por tierras de Castilla. Lo que no merma ni un ápice el interés del lienzo y del relieve de la puerta del monasterio de Yuso.

La iglesia se levanta entre 1504 y 1540. Realiza el retablo mayor fray Juan de Rizzi, que pinta la famosa batalla de Hacinas, la Asunción de la Virgen y otros seis lienzos. Destaca la rejería, obra de Sebastián de Medina (1676) y el púlpito, decorado con relieves de los evangelistas, obra de la escuela de Berruguete, realizada en una única pieza de nogal.

A decir verdad, la iglesia luce esplendorosa con sus muchos dorados relucientes aunque se agradece un poco la sencillez de los claustros inacabados, el superior cubierto por acoger las dependencias monacales. Llama la atención el enlosado de este claustro, que es el original de 1616.


La sacristía (siglo XVIII) pasa por ser una de las más bonitas de España, presidida por una talla de Nuestra Señora de los Ángeles. Sus frescos conservan los colores originales. Cubren sus paredes veinticuatro lienzos de la escuela flamenca.


Sin restar mérito a los dorados y floripondios de esta parte de Yuso, que para gusto se hicieron los colores, a nosotros nos llevan sobre todo los marfiles románicos de las arcas y la exposición de códices y cantorales, que dan una idea de lo que fue el scriptoriun medieval. Aparte de los veinticinco cantorales, copias de entre 1729 y 1731, nos gustaron los facsímiles del Códice Calixtino y de la Gramática de Lebrija. El archivo y la biblioteca de la abadía están considerados entre los mejores de España, de gran valor para los investigadores.





Por fin, después de muchas subidas y bajadas poco aptas para la clientela de estas visitas, entre la que abundan los jubilados y personas de edad, llegamos a la sala donde se encuentran las arcas que contienen las reliquias de San Millán y San Felices, obras maestras de la eboraria románica.


Los marfiles de la arqueta de San Millán son del siglo XI y los de San Felices, del XII. Se conservaron íntegramente hasta la francesada, cuando las tropas de Napoléon arrancaron y se llevaron las piedras preciosas y los metales. La posterior salida de los monjes propició el robo de las placas de marfil, alguna de las cuales acabaron en colecciones de San Petersburgo, Berlín, Florencia, Washington y Nueva York.

Los catorce marfiles de la arqueta de San Millán que se conservan son un relato en imágenes de la vida del santo, una especie de comic medieval. De la de San Felices se conservan cuatro de los seis que tuvo originalmente.
La visita a Yuso dura unos 50 minutos y, como en Suso, conviene reservar y siempre es guiada. Nuestro grupo estaba formado por varias decenas de personas, lo que hace difícil seguir la explicación del guía. La organización, tan eficaz en general, debería ir pensando en introducir auriculares individuales, como ya existen, por ejemplo, en el monasterio de las Huelgas Reales de Burgos. Lo normal entre los jubilados es que andemos duros de oído.

El valor histórico, religioso, paisajístico, cultural y lingüistico de los monasterios de Suso y Yuso, sus casi 1500 años de vida monástica, su condición de cuna del idioma le valieron en 1997 el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO.

Contentos como estamos, alimentados nuestros espíritus, nos disponemos a comer. Dudamos entre la hostería del monasterio y un restaurante situado enfrente, que lleva también el nombre del santo. Entramos en una tienda a comprar vituallas de la tierra, donde nos indican que en ambos comeríamos bien pero en la hostería estaríamos acompañados por quienes viajan en grupos organizados, lo que nos decide por el otro en busca de tranquilidad. En este restaurante nos proporcionan una mesa junto a la ventana desde la que se divisa un apacible paisaje, ahora que ha despejado la niebla. Comemos muy bien. Mientras tomamos un café vemos llegar tres autobuses cargados de visitantes, que descargan junto a la hostería. De la que nos hemos librado, decimos al unísono, mientras admiramos la sabiduría y el pragmatismo de quienes gestionan el emporio de la lengua que es San Millán de la Cogolla.
Fuentes: Monasterio de San Millán – Yuso
Poema de Fernán González. La batalla de Hacinas
Fotos: ©Valvar



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