Albacete es una ciudad modelo de capital de provincia: moderna, animada, cómoda para pasear, con amplios espacios verdes, accesible y la menos contaminada de Europa con una población de más de 100.000 habitantes. Vale la pena la visita.
Tenéis que ir porque os va a gustar, nos animó la Heredera Menor a la vuelta de un reciente viaje. No sé yo, le dije, un poco reticente. El Colega, en cambio, lo anotó en el número uno de proyectos viajeros. Así que allí nos plantamos un día soleado y gélido de enero.

Empezamos regular. Hemos reservado alojamiento en el Gran Hotel, que está en zona peatonal y en el primer intento de meter el coche en el garaje nos equivocamos, lo que nos obliga a pasearnos por zona prohibida hasta que atinamos con la entrada. El hotel ocupa un edificio de muy buena traza con vistas a la calle Marqués de Molins, una de las arterias principales de la ciudad, pero nos dan una habitación con vistas a un patio.
Sin merma de entusiasmo nos lanzamos a la calle que a media mañana está llena de gente. Será por las rebajas, comentamos. Pero los cafés no están de rebajas y también están llenos. Nuestra lista de prioridades albaceteñas incluye: la catedral, el pasaje de Lodares, el parque y el museo.


Empezamos por el pasaje de Lodares 👇, que está cerca del hotel. Se trata de una galería comercial cubierta por un enorme tragaluz, del tipo que es frecuente encontrar en ciudades italianas como Milán, a la que asoman las viviendas de un edificio modernista de principios del siglo XX, que comunica las calles Mayor y Tinte, según proyecto del arquitecto Buenaventura Ferrando. Toma el nombre del promotor Gabriel Lodares, alcalde, diputado y senador, hombre de fortuna a quien se debe también la construcción del Gran Hotel y el suministro de agua potable. Las viviendas de este edificio eran lo más lujoso del momento. No puedes decir que has estado en Albacete si no has pasado por él. Lo visitamos varias veces y en todas ellos lo encontramos concurrido.

La catedral, dedicada a San Juan Bautista 👇, está abierta todos los días en un horario relajado, para no madrugar y luego, echar siesta, a cambio el acceso es gratuito. Tenemos que esperar al segundo intento para encontrarla abierta. Resulta una construcción rara, por fuera es un poco anodina, como hecha a plazos, que es como realmente fue hecha; si te fijas bien encuentras trazas mudéjares y aportaciones del siglo XX.





Levantada a partir de 1515 sobre una antigua iglesia mudéjar, su base es gótica y así eran también sus columnas, hasta que en 1538 se sustituyeron por otras renacentistas, lo que ocasionó la caída de las bóvedas. La catedral permaneció a cielo abierto hasta que en 1619 se construyeron las actuales bóvedas barrocas. Durante la guerra civil de 1936-39 el templo sufrió grandes daños. La fachada principal corresponde a la posterior restauración.



En su interior se muestran retablos renacentistas, como el de la Virgen de los Llanos, patrona de la ciudad, tablas barrocas como la de la Virgen de la Estrella o una pila bautismal rococó.

Frente a la catedral se encuentra el Museo de la Cuchillería 👇, abierto en 2004 en la rehabilitada Casa de Hortelano, edificio modernista de 1912. Se recuperó así un edificio de buena planta y se dispuso de un espacio donde conservar la herencia cuchillera y dinamizar un sector artesano e industrial identificado con la ciudad.
Comemos en el restaurante Arazana, lugar frecuentado por los albaceteños, en el que conviene reservar. Llegamos pronto y nos colocan en el comedor interior, que enseguida se llena. Comida sencilla, casera y rica.

De vuelta al hotel pasamos por el Teatro Circo 👇, levantado por iniciativa de un grupo de ciudadanos deseosos de disfrutar de espectáculos teatrales en la ciudad, inaugurado en 1887. Fue ese un año trascendente para Albacete: se instaló la luz eléctrica y se proyectó el primer cinematógrafo. El primitivo teatro era de estilo neomudéjar, con un aforo de más de 1.000 localidades. Así permaneció hasta los años cuarenta del pasado siglo, cuando se reforma, se moderniza y se decora suntuosamente; el Ayuntamiento lo compró en 1993. El Teatro Circo no solo es una institución en la ciudad, es también el más antiguo del mundo y el más singular, por sus arquerías neoárabes, únicas en los teatros europeos.
Después de una breve siesta para compensar el madrugón volvemos a la calle. Por Marqués de Molins -que es peatonal y sigue concurrida- y Tesifonte Gallego llegamos al Parque Abelardo Sánchez, una maravilla de lugar inaugurado en 1910, 105.203 metros cuadrados de jardines, arbolado y servicios accesibles en el corazón de la ciudad.



En el mismo parque, muy bien incardinado en el entorno, se encuentra el Museo de Albacete 👇, el objetivo principal del Colega. Confieso que voy un poco a remolque porque aún no tengo cogido el punto a las excavaciones arqueológicas, así en abstracto, que a él tanto le gustan. Máxime cuando tengo vistas en el Museo Arqueológico Nacional (MAN) la mayoría de las piezas obtenidas en las excavaciones de la provincia. Allí se encuentra la mujer oferente extraída del Pozo Moro o del Cerro de los Santos de Montealegre del Castillo, a la altura de las primeras damas iberas, y las cabezas esculpidas por los artistas primitivos, de una modernidad sorprendente.







En el MAN se encuentran también la bicha de Balazote o la esfinge del Salobral, que nos plantean interesantes cuestiones.


La primera sorpresa es que la entrada es gratuita. Pero lo que nos deja con la boca abierta es el espacio museístico. Una maravilla de lugar para contemplar los fondos depositados, que no son demasiados, menos de los que encuentran depositados en Madrid en el Museo Arqueológico Nacional. Hay alguna copia de esas piezas, pero hay otras muchas originales realmente extraordinarias.


Este edificio, proyectado por el arquitecto Antonio Escario, se inauguró en 1978. Su estructura orgánica sigue siendo moderna medio siglo después.

Empezamos la visita por las salas de Arqueología, siguiendo un itinerario cronológico: obras de la prehistoria, de la cultura ibérica -riquísima en esta zona- romana, visigótica, islámica, desde el siglo VI antes de nuestra era a nuestros días.












Mientras el Colega se deleita con las monedas de todos los siglos, yo me asombro con la perfección de algunas esculturas, la finura de la cerámica, me emociono con las inscripciones de las estelas funerarias, que nos hablan de la vida de hace dos milenios: «Lo hizo Calinus para su hermano Crispino de treinta años. Aquí yace enterrado. que la tierra te sea ligera«, dice una; «Julio Paterno mandó que se pusiera en su testamento para sí y para Cornelia, su querida esposa con cargo a sus bienes comunes«. O con la colección de muñecas, las barbies del imperio romano, tan parecidas a las actuales.




El recorrido de este ala incluye la Cruz de término de Albacete y otras piezas que alcanzan hasta el siglo XIX.


El museo tiene una sala dedicada a obras de los siglos XVI al XVIII y otras con la colección donada por el pintor Benjamín Palencia, albaceteño de Barrax.
Nos llevamos de recuerdo una paloma de cerámica, convertida en el icono de Albacete. Contra lo que pudiera parecer, no reproduce ninguna obra antigua, es obra de un médico local.

Cuando abandonamos el museo bandadas de pájaros -tordos o estorninos- atronan el espacio con sus graznidos. Oye, que me ha gustado mucho el museo, le digo al Colega. Ya te dije que valía la pena venir a Albacete, responde. Y tiene razón.
Fotos: ©Valvar


