La ciudad de Murcia es capital de la autonomía uniprovincial del mismo nombre. Una urbe esencialmente barroca, atravesada por el río Segura, que tiene en la catedral, el Museo Salcillo, la gastronomía y la memoria de Alfonso X sus principales pero no únicos atractivos.

Llegamos a Murcia una soleada mañana de enero, nueva etapa de la excursión organizada por el Colega que nos lleva por el sudeste peninsular. Hemos reservado alojamiento en el Hotel Conde de Floridablanca, que se encuentra en la calle Princesa. Introducimos el dato en el GPS, pero como no indicamos el código postal nos lleva a la calle de igual nombre pero en Beniaján, en plena huerta murciana. Atinamos al rebote. El hotel pertenece a la cadena Catalonia, que nos gusta por su política medioambiental y por la disponibilidad de su personal. Nos dan una habitación a la calle y nos orientan sobre lugares de interés.

Nos lanzamos en primer lugar al Museo Salcillo para aprovechar los horarios de apertura. El corazón de la ciudad se recorre fácilmente a pie. Atravesamos el Puente de los Peligros y siguiendo el curso del río llegamos al mercado de Verónicas, casi adosado a la antigua muralla, tomamos la calle Juan de la Cierva y luego la de García Alix, que nos conducen al museo.





La parte más relevante de la obra del escultor murciano del siglo XVIII, uno de los grandes artistas barrocos dedicados a la escultura religiosa, se encuentra en la iglesia de Nuestro Padre Jesús, los belenes y los pasos procesionales de Semana Santa: La Dolorosa, la Última Cena, San Juan o La Oración del Huerto. Tras la iglesia se amplía el espacio museístico con un edificio vanguardista, muy bien incardinados ambos. Los belenes son un retrato de la sociedad murciana del SVIII. Al Colega le interesan especialmente los bocetos, que fotografía para luego tomar como modelo.




Terminada la visita, callejeamos por el centro en dirección a la Plaza de las Flores, que a mediodía de este miércoles está muy animada. Nos sentamos en terrazas al aire libre, aprovechando el tibio sol de enero, y picamos aquí y allí las ricas especialidades murcianas. Si vienes a Murcia tienes que pasar por esta plaza y rendir culto al tapeo. Una fuente ocupa el centro de la plazoleta, junto a ella, La niña de las flores, escultura de bronce de José Fuentes Aynar, añade encanto al lugar.


Callejeando volvemos de nuevo al Puente Viejo, el más antiguo de la ciudad y una de las primeras obras de ingeniería civil. Fue construido en el siglo XVIII y es más conocido como Puente de los Peligros 👇 por la imagen de la advocación mariana que de siempre ha presidido este paso sobre el río Segura. Cuentan los cronistas que las riadas eran tan catastróficas que quien tenía que atravesar el puente se encomendaba a la Virgen de los Peligros, santiguándose antes de pasar. Costumbre que, según aseguran, aún conservan muchos murcianos, sin que podamos dar fe de ello.


Desde la margen derecha del puente se divisa una imagen icónica de Murcia tanto de día como de noche, con el río en primer término y en el agua, el monumento al Entierro de la Sardina con la silueta de su catedral al fondo.

Junto al puente se encuentran Los molinos del río, remembranza de los antiguos molinos harineros del siglo XIX, ahora centro cultural.


Desde la acera de la izquierda se distingue el puente peatonal diseñado por Javier Monterola, inaugurado en 1997, que comunica el barrio del Carmen con el mercado de Verónicas y el palacio de Almudí, conocido como Pasarela Manterola, el contrapunto moderno al Puente Viejo.

Llegamos por fin a la catedral de Murcia, impulsada por el cardenal Belluga, benefactor de la ciudad, que a cambio puso su nombre a la hermosa plaza, centro de encuentro y lugar de celebración de los eventos en la ciudad.


En esta plaza se levanta el palacio episcopal, obra del siglo XVIII, de estilo rococó, con muy bonitas portadas, que evoca a los palacios italianos renacentistas. Un edificio a la altura de su entorno.

Nos paramos a saborear la imborrable imagen de la catedral de Santa María, en la que confluyen tres estilos: gótico, renacimiento y barroco. La fachada o imafronte es la joya del barroco y única en su género.


Su torre campanario está compuesta de cinco cuerpos decrecientes en anchura. mide 90 metros -95 con la veleta- y es la segunda más alta de España, tras la Giralda de Sevilla.


El tercer cuerpo de esta torre exenta es realmente un conjuradero múltiple: cinco espacios dedicados a la oración bajo la protección de los patrones de la diócesis que coronan los templetes de sus cuatro esquinas (Santa Florentina, San Fulgencio, San Isidoro y San Leandro), más un balconcillo desde el que se invocaba la protección divina ante las avenidas del río. Los conjuraderos o conjuratorios -esconjuraderos en Aragón, comunidors en Cataluña- eran lugares dedicados a ahuyentar las incidencias climáticas, plagas o terremotos que amenazaban las cosechas o las vidas del vecindario, mediante oraciones o exorcismos pero también utilizando campanas o cohetes para alejar las nubes que pudieran descargar pedrisco, según las necesidades de cada lugar. Algunas poblaciones disponían de su propio edificio conjuradero, como en Villegas (Burgos) o en Alquézar (Huesca), en otras se utilizaron los lugares elevados, como las torres de iglesias. Es el caso de las catedrales de Vitoria, Calahorra, Santo Domingo de la Calzada, Logroño, Huesca, Lérida, Girona o esta de Murcia.


Las actas municipales de Murcia dan cuenta de conjuros al menos desde 1640, cuando el licenciado Juan Conejero, presbítero de Mula, acudió a conjurar la langosta. Entre 1680 y 1683 se exorcizaban los pájaros y en 1729 se rogaba el cese de los terremotos que nos afligen. El conjuradero o conjuratorio de la catedral entró en funcionamiento en 1761, contando con un lignum crucis para potenciar la eficacia de los conjuros.
El interior de la catedral se distribuye en tres naves con girola y capillas, dedicadas a los nobles y obispos que impulsaron o colaboraron en su construcción; es gótico en su mayor parte.




Entre estas capillas destacan la de los Vélez, expresión del gótico flamígero, con su cúpula estrellada de diez puntas, y la Junterones, tenida como una de las grandes obras del renacimiento español.



No hay que perder de vista el gran órgano Merklin, con sus cuatro teclados y sus casi 4.000 tubos.

Nos sorprende que en uno de los grupos de poderosas columnas se abra una puerta. La explicación está a la vuelta: por ella se accede al púlpito.


Llevo un tiempo trajinando por el reinado de Alfonso X, que, con la imprescindible ayuda de su suegro, Jaime I de Aragón, conquistó la ciudad y el reino en el siglo XIII. Alfonso sintió predilección por Murcia, le concedió fuero, creó un studium, preludio de su universidad, y aquí quiso que quedara depositado su corazón, así que tengo curiosidad por conocer dónde está guardada la víscera. En verdad, él quiso que en Murcia descansaran sus restos y el corazón fuera enterrado en Jerusalén, al final, su cuerpo quedó en Sevilla y sus entrañas, corazón incluido, se trajeron a Santa María la Real de Murcia. A la izquierda del altar mayor, dos heraldos de piedra custodian la reliquia, depositada en una urna también de piedra.



La visita a la catedral concluye en el antiguo claustro, habilitado como museo, que, entre otras obras, tiene un frontal de sarcófago romano, algunas pinturas del trecento italiano y una delicada Virgen de la Leche de Francisco Salcillo.




De la catedral parte una ruta que une distintos monumentos para acabar en la estatua a Alfonso X. A un costado de la catedral nace la calle Trapería, vía peatonal y arteria popular de la ciudad. En la primera parte de su recorrido se levanta un edificio señorial: el Casino de Murcia, toda una institución que puede presumir de su título de Real, concedido por el anterior rey, Juan Carlos I.


Ocupa una construcción de mediados del siglo XIX, declarado monumento histórico-artístico nacional en 1983. Entre 2006 y 2009 fue rehabilitado íntegramente, dotándose de servicios avanzados y eliminando barreras arquitectónicas. Pese a tratarse de un club privado, la planta baja del edificio puede visitarse, siendo el edificio civil más visitado de la región. Un espacio exclusivo y selecto que se proclama abierto a la sociedad de hoy.
Como no sabíamos que puede visitarse, nos limitamos a contemplarlo desde la calle. No vemos, pues, ni su patio árabe con sus más de 20.000 láminas de pan de oro, ni su biblioteca, ni su tocador de señoras decorado con alegorías femeninas de la diosa Selene, menos aún el neobarroco salón de baile, con los retratos de los ilustres murcianos: Romea, Salzillo, Floridablanca y Villacís, testigo de la vida social de la burguesía murciana del último siglo.

A través de una de las enormes ventanas que dan a la calle, conocida como las peceras, se divisa a un señor repantingado en el sillón, leyendo un periódico, ajeno a nuestras miradas de viajeros curiosos.

Un poco más adelante se encuentran la casa de los Celdranes, el palacio Almodóvar y el de los Pagán. La calle Trapería desemboca en la Gran Vía Alfonso X el Sabio, donde, a la derecha se levanta el convento de Santa Ana, fundado en 1490, aunque el edificio actual es del siglo XVIII, y a la izquierda, el convento de Santa Clara. Este conjunto monástico data del siglo XIV y se construyó sobre el antiguo Alcázar musulmán. Conserva restos del palacio árabe, un claustro gótico y una iglesia barroca del siglo XVIII.



En este apacible paseo llegamos a la Plaza Circular, a cuya linde se sitúa la estatua al rey Sabio, instalada en 2005 por iniciativa de un grupo de empresarios murcianos como testimonio de gratitud de la ciudad. Una escultura de Alfonso X para el “Tontódromo” 👇 tituló la información el periódico “La Verdad” al dar la noticia el 8 de julio de 2005. Como se deduce, la Gran Vía de Murcia es el tontódromo local.
Deshacemos lo andado esta vez por la arteria paralela, la Avenida de la Constitución, que une la Plaza Circular con el Puente de los Peligros, a la que se abren multitud de comercios de las firmas y franquicias más conocidas, y por la que no cesan de pasar coches y autobuses.
Para evitar el tráfico, por Santa Clara volvemos a la calle Trapería y de ahí a la plaza del cardenal Belluga. Ha caído ya la noche y el centro de Murcia luce entre espectacular y misteriosa.


Aún paseamos un rato por la Glorieta de España, donde se alza el Ayuntamiento.

Cruzamos una última vez el Puente Viejo camino del hotel.



Nos despedimos de la sardina del río Segura y del Sardinero, obra de Juan José Quirós, que homenajea a las agrupaciones que participan en el Entierro de la Sardina durante las Fiestas de Primavera.

Atravesamos el Jardín de Floridablanca, el primer jardín público de España, abierto a mediados del siglo XIX, al tiempo que Carlos III abría a los madrileños una zona del Buen Retiro. Es una gozada pasear entre sus enormes ficus, tipuanas, jacarandas y álamos entre otras especies arbóreas, que conforman el pequeño parque, declarado Bien de Interés Cultural con categoría de «jardín histórico», presidido por una estatua del ilustre murciano, José Moñino y Redondo, político español del siglo XVIII, a quien Carlos III concedió el título de conde de Floridablanca.


En el hotel obsequian a sus huéspedes habituales con una copa de cava que nosotros acompañamos con una cena de especialidades murcianas. ¡Quién me iba a decir que me iba a gustar tanto Murcia!, le confieso al Colega. Yo, te lo había dicho yo, responde, tan contento.
Fuentes: Turismo de Murcia
A la sombra de las catedrales: cultura, poder y guerra en la Edad Moderna. Borreguero Beltrán, Cristina, Melgosa Oter, Oscar, Pereda López, Ángela, Retortillo Atienza, Asunción. Universidad de Burgos, 2021
Fotos: ©Valvar


