Vannes es una ciudad medieval con sus murallas, sus puertas fortificadas, su catedral y sus calles y plazas empedradas considerada la capital del golfo de Morbihan, en el sur de Bretaña.

El día ha salido soleado y cálido, nos congratula pensar que el fabricante de niebla nos ha olvidado. Pero en la Bretaña nunca se sabe. Nos sentamos a tomar un café en la plaza de Saint Pierre, rodeados de casas típicas teniendo la torre de la catedral a la vista. Como en tantos otros casos, esta iglesia gótica también está construida sobre los restos de otra anterior románica. Con sus 110 metros de longitud es uno de los mayores templos de Bretaña. Fue un centro religioso muy importante en la Edad Media, por albergar las reliquias de San Vicente Ferrer.

Este dominico nacido en Valencia fue hombre de gran cultura, filósofo, taumaturgo y escritor, dominaba varias lenguas. Se le suele representar con dos alas, en alusión a su título de ángel del Apocalipsis que se había ganado con sus predicaciones por Europa. Todo un personaje en su tiempo, lo mismo predicaba a los judíos y los convertía por las buenas o por las malas, que intervenía en el Cisma de Aviñón o participaba en el Compromiso de Caspe, donde se decidía que Fernando de Antequera debía ser elegido rey de Aragón. Reyes, papas y obispos le reconocían como una autoridad.

Sus predicaciones le trajeron a Vannes. Sintiéndose enfermo se dispuso a viajar a Valencia, pero una tremenda tempestad le impidió salir del puerto, lo que él interpretó como la voluntad divina de que permaneciera en esta ciudad. Aquí murió el 5 de abril de 1419, siendo enterrado en la catedral. En un tiempo que los creyentes atribuían gran valor a las reliquias, Vicente Ferrer, canonizado en 1455, se convirtió en el tesoro de Vannes, atracción de grandes peregrinaciones.

Pues bien, en el momento de nuestra visita la catedral se encuentra en obras, cerrada al culto y cubierta de andamios.

Esta es nuestra última parada en tierra bretona y, aunque ya tenemos vistos muchos modelos de casas con entramado de madera, aquí nos interesa una especialmente. Callejeamos en busca de la pareja que ocupa la casa más conocida de la ciudad, en la esquina de las calles Bienheureux-Pierre-René-Rogue y Noé. Dos bustos que representan a una pareja que parecen dar la bienvenida a los clientes. Se les conoce como Vannes y su mujer. Se cree que formaban parte del rótulo de una antigua tienda, simbolizan el espíritu medieval de la ciudad.


Vannes conserva 170 casas de entramado de madera, de las 900 que llegó a tener en el siglo XV.




En la misma calle Noé se encuentra el castillo Gaillard, que fue sede del Parlamento bretón, actualmente ocupado por el Museo de Historia y Arqueología de Morbihan. Como en el caso de la catedral, también está cerrado por obras.
Un poco más abajo, en la plaza del Lices, damos con el mercado cubierto, del que hemos leído buenas críticas. Este no está en obras, pero cierra los lunes, que es el día de nuestra visita.

Otro de los atractivos de esta ciudad son sus murallas medievales, bien conservadas, en algún tramo están rodeadas de grandes zonas ajardinadas. Cuando nos disponemos a subir a la pasarela, un señor nos dice que hoy no pueden recorrerse. Decididamente, no hemos escogido un buen día para visitar Vannes.


Atravesamos la puerta de Saint Vicent y aprovechamos el sol y la buena temperatura para dar un paseo por el puerto, despidiéndonos de Vannes y, en ella, de la Bretaña, que tanto nos ha gustado.
Fotos: ©Valvar


