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  • Los castillos de la Dordoña

    Los castillos de la Dordoña

    La Dordoña es una de las regiones con los paisajes más bucólicos de Francia, acaso para compensar que durante cinco siglos estas tierras fueron escenario de luchas constantes. Testigos de este pasado feudal y bélico son los innumerables castillos que pueblan la idílica región.

    Denominada indistintamente Perigord o Dordoña fue escenario de luchas constantes: la aparición y eliminación de los cátaros entre los siglos XI y XII, la Guerra de los Cien Años del XIV al XV, las luchas feudales entre los Platagenet y los Capeto y en el siglo XVI de los guerreros defensores del catolicismo contra guerreros calvinistas, los hugonotes. El medievo está tan presente que si apareciera la gran duquesa Leonor de Aquitania (1122-1204) no produciría demasiada sorpresa. Porque, a su pesar, la poderosa dama condicionó la vida de esta tierra durante buena parte de la Edad Media.

    Para comprender la guerra secular entre ingleses y franceses hay que recordar que Leonor de Aquitania llevó una parte del Perigord como dote en su matrimonio con Enrique Plantagenet, quien había de ser rey de Inglaterra. El río Dordoña era la frontera entre el territorio inglés y la tierras en poder del rey francés, empeñado en hacerse con el rico ducado de Aquitania. Hasta que lo consiguió.

    Los señores feudales al servicio de ingleses o franceses fueron sembrando de castillos la región. Se asegura que llegó a haber 1001 fortalezas en el Perigord. Algunos de ellas desaparecieron pero la mayoría se mantienen en pie, acondicionados por sus propietarios como residencia o abiertas al público como testigos de la historia.

    En junio del 2025 recorrimos estas tierras siguiendo el rastro románico. Nos gustó tanto la región que pesamos en volver, lo hicimos en septiembre, ahora acompañados de una pareja de amigos, con el propósito de conocer sus castillos👇, de recorrer el Dordoña y de pasear por sus pueblos. Fue una buena idea.

    Después de visitar Burdeos, t loomamos como base el pueblo de Sarlat, uno de los más bonitos de Francia, auténtico escenario medieval, empezando por recorrer su mercado al aire libre en la plaza del Ayuntamiento, junto al mercado cubierto. Imposible resistirse a las exquisiteces que se ofrecían en los puestos: quesos, patés, foies, mermeladas, nueces, licores, verduras… Nos alojamos en un apartamento y compramos provisiones como para cenar una semana y no los tres días que estuvimos.

    Recorrimos Sarlat, su catedral, su linterna de los muertos y su Manoir de Gisson👇, casona medieval en el centro del pueblo. Ha sido restaurada y amueblada de acuerdo con los gustos sarladeses de la familia Gisson – abogados, caballeros y concejales- del siglo XVII y está abierta al público.

    En busca de auténticos castillos nos dirigimos al pueblo de Domme, en el corazón del Perigord negro, llamado así por sus tejados de pizarra.

    Domme👇 es una bastida, una ciudad fortificada, con plazas cuadradas y calles que se cruzan en ángulo recto, mandada construir en 1281 por el rey Felipe III en un acantilado que domina el valle del Dordoña. Tiene cuatro puertas, con sus torreones defensivos: la de Tours, de la Combe y del Bos. La ciudad entera está muy bien conservada, una auténtica ciudad medieval. En la puerta de Tours fueron encarcelados los templarios, dejando en sus paredes grabados aún visibles.

    Desde el Belvédère, una elevación de cien metros sobre el valle se puede contemplar una amplia panorámica, distinguiéndose el castillo de Castelnaud.

    Es típico del lugar el helado de fresa, pero durante nuestra visita nos acompañó la lluvia y no apetecía demasiado. Lo que sí hicimos fue visitar la cueva natural que se encuentra bajo el casco urbano. No está mal pero tampoco es para tirar cohetes si conoces otras del mismo tipo. Y no dejan hacer fotos.

    Como resulta imposible visitar uno por uno los muchos castillos que nos salían al paso, optamos por visitar uno por cada bando y otro de sus famosos jardines.

    Empezamos por Castelnaud la Chapelle👇, que se levanta en un espolón rocoso y reúne una colección de artilugios bélicos. Su historia es realmente dramática. Levantado en el siglo XII, perteneció a Bernard de Casnac, señor cátaro. Simon de Montfort tomó el castillo en 1214 dentro de la cruzada albigense. Pronto recuperado por Casnac, fue quemado por el arzobispo de Burdeos.

    Durante la guerra de los Cien Años lo tomaron los ingleses y fue devuelto a los propietarios, que lo equiparon con troneras y torres de artillería.

    Acondicionado como residencia en el siglo XV, durante la Revolución fue abandonado, deteriorándose con el paso del tiempo hasta que en 1968 fue declarado monumento histórico. Desde 1985 alberga el Museo medieval de la guerra medieval con más de 250 piezas: armas de asta, espadas, piezas de artillería, uniformes, armaduras.

    Entre el aparcamiento de coches y el acceso a la taquilla de castillo hay un trecho no muy largo pero empinado. Una cuesta incompatible con la resistencia de cuatro jubilados. Llegamos con las fuerzas justas. Mientras calculamos si nos alcanzan para recorrer el tramo que aún queda hasta la puerta de entrada sale una de las guías a preguntarnos si queremos hacer la visita. Estamos medio muertos, respondemos. Pues se les ve muy vivos, contesta ella.

    Finalmente, sopesamos el hipotético encanto del museo militar frente al maravilloso paisaje que se nos ofrece desde la posición del castillo y optamos por refugiarnos en el bar, donde los chicos se toman una cerveza -insuperable, según dijeron- y nosotras sendos helados. Ambas coincidimos en que eran los mejores que hemos tomado hasta donde nos alcanza la memoria. El lugar es tan fotogénico que incluso los insectos posan para las visitas.

    Los dueños de la fortaleza la habitaron poco tiempo porque preferían el confort de Les Milandes👇, otro castillo cercano, este ya del siglo XV, en cuyos jardines se ofrecen espectáculos con aves rapaces.

    La fama de Les Milandes es relativamente moderna: la cantante y vedette Joséphine Baker (1906-1975) lo compró como residencia familiar para su numerosa prole (adoptó doce niños de distintas procedencias).

    Si Castelnaud era la fortaleza inglesa, en el lado francés se alza imponente el castillo de Beynac. Construido en el 1115 sobre una elevación rocosa en el desfiladero formado por el río Dordoña, conserva de esa primera fase el impresionante torreón. Remodelado en los siglos siguientes, guarda una cocina del siglo XIII, un salón de Estados del XV o una escalera renacentista del XVII. La parte superior del torreón fue remodelada en el siglo XIV hasta alcanzar los 152 metros sobre el río, un extraordinario mirador desde el que se divisan cinco castillos del valle.

    Desde este balcón se comprende que la guerra se prolongara durante un siglo, había de ser difícil renunciar a un trozo de paraíso como el que se extiende a nuestros pies. Por otro lado, ¿quién querría guerrear en un lugar de tanta belleza?

    Llegamos a Beynac👇 bien comidos en un restaurante junto al río. El coche nos deja prácticamente a la puerta de la alcazaba, después de un ascenso que de ninguna manera hubiéramos podido hacer a pie.

    Si Castelnaud ofrece una panoplia militar, Beynac ha sido dispuesta como una lección de cinco siglos de la historia francesa. Partiendo de la omnipresencia de Leonor de Aquitania, por sus muros y salas pululan en proyecciones y cartelas muy didácticas Simon de Montfort, Ricardo Corazón de León, Juan sin Tierra y los señores feudales que lucharon en ambos frentes para defender sus respectivos intereses. Los salones muestran el mobiliario de la época correspondiente. Uno de ellos se presenta con el señuelo de haber sido el dormitorio de Ricardo Corazón de León.

    Como el mundo realmente es un pañuelo, en una de las salas el Colega se encuentra con una pareja joven oriunda también de la provincia de Burgos.

    Uno de los castillos que se ven desde el torreón es el de Marqueyssac, construido por el mismo señor de Beynac para vigilar al de Castelnaud, en tanto que este levantaba la fortaleza de Fayrac para vigilar al de Beynac.

    El palacete de Marqueyssac👇 es poco más que una casona de buena familia, amueblada al estilo del siglo XIX. Lo que le hace admirable es la enorme extensión ajardinada que le rodea y los paisajes y castillos que se divisan dondequiera que se mire: Castelnaud, Beynac, La Roque Gageac, Les Milandes…

    El parque tiene una extensión de 22 hectáreas, con más de seis kilómetros de senderos, con cascadas, miradores, rocallas, 150.000 bojes centenarios, podados a mano, una obra maestra del arte topiario. El recinto está dispuesto para el ocio familiar, con lugares para pícnic, juegos infantiles, o un restaurante sobre el valle que invita a quedase a vivir. Tiene otro atractivo especial para los jubilados andariegos: un coche eléctrico que va recogiendo a los visitantes agotados y los devuelve a la entrada. Que Leonor de Aquitania los bendiga.

    Para concluir el capítulo de los castillos y las luchas medievales, habrá que recordar que el conflicto anglo-francés acabó en 1453 con la victoria francesa en la batalla de Castillon👇, considerada también el primer triunfo de la artillería móvil en campaña. Rendida asimismo Burdeos, a los ingleses solo les quedó el reducto de Calais, donde aún permanecieron 134 años.

    Ya quedó dicho que otro de los encantos del Perigord-Dordoña son sus paisajes, las enormes cortadas cinceladas por el curso de los ríos Dordoña. El pueblo de La Roque-Gageac👇 sirve de ejemplo. Es uno de esos lugares que te dejan con la boca abierta. No hay nada discordante en el paisaje urbano ni en el río que le sirve de espejo.

    Por ponerme exquisita diré que solo tiene una pega: sus infinitas escaleras, que le hacen casi inaccesible para los cuatro jubilados boquiabiertos. Hay que estar muy en forma para vivir en una población que se recuesta en una pared perpendicular. Pues en esta pared se levantó un el siglo XIV una iglesia con un campanario típico y tejado de pizarra del Périgord. No lejos de ella, un jardín exótico con palmeras, plataneros, higueras y hasta bambúes.

    Destaca entre sus edificios notables el Manoir de Tarde, antigua residencia de los obispos de Sarlat y luego casa familiar de la familia Tarde. El canónigo Jean Tarde fue un hombre ilustrado, admirador y discípulo de Galileo Galilei. Reconstruyó los archivos de la catedral destruidos en las Guerras de Religión: en 1594 realizó un mapa de la diócesis, señalando los daños ocasionados por las guerras.

    Como en Burdeos por el Garona, también recorrimos un tramo del Dordoña embarcados en una gabarra como las que se utilizaron tradicionalmente para transportar el vino hasta la Roque-Gageac. He de decir que estos barquitos salen cada media hora, recorren el curso del agua durante una hora y al menos en el día que estuvimos nosotros, iban siempre llenos Los jubilados zascandiles sentimos una sana envidia de cómo cuidan los franceses su patrimonio.

    Concluimos el viaje en Bergerac👇, encantador pueblo que mantiene viva la memoria de Hercule Sanivien de Cyrano, nacido en París en 1619, de breve carrera como mosquetero gascón, que tomó el apellido de la ciudad, pasando a ser conocido como Cyrano de Bergerac, a quien ha levantado dos estatuas en sus calles.

    Cyrano fue escritor, poeta, dramaturgo y novelista, autor de obras de teatro satíricas. El escritor Edmond Rostand se inspiró en él para crear su personaje en su obra “Cyrano de Bergerac”.

    La ciudad, bañada por el Dordoña nos recibe con una luna llena en un cielo de azul purísimo, que no le agradecimos lo suficiente. Aparte de por su Cyrano, es famosa por su vino. Cruzamos su puente, recorrimos la plaza Pelissière, donde hicimos un pica-pica, saludamos a las dos efigies de Cyrano, y, tras pasar la noche en un hotel próximo a la autovía, nos despedimos del Dordoña, que nos había regalado un viaje inolvidable.

    Antes de tomar la autopista de Las Landas hacemos una breve parada en Arcachon para degustar sus ricas ostras. Porque además del espíritu conviene tener alimentado el cuerpo.

    Fotos: ©Valvar

  • Saint Émilion

    Saint Émilion

    La información oficial sobre Saint Émilion 👇le presenta como un delicioso pueblo medieval situado en el corazón de los famosos viñedos de Burdeos, único por la importancia de sus propiedades vinícolas, la calidad de sus vinos y la majestuosidad de su arquitectura y sus monumentos. El vino, en primer lugar.

    Nuestras herederas y algunos amigos nos han insistido en que vengamos a conocer lo que ellos consideran uno de los pueblos bonitos de Francia. Lo incluimos porque nos cuadra en la distribución de jornadas de un viaje largo para dos jubilados muy entrados en años.

    Queremos conocer, además, qué efectos tiene en el presente la Carta de Falaise emitida en 1199 por el rey de Inglaterra Juan sin Tierra, duque de Aquitania por herencia de su madre la gran duquesa Leonor. En aquella carta el rey delegaba poderes económicos, políticos y judiciales a una representación de ciudadanos para gestionar la administración general, creando así la Jurade.

    La autoridad de la Jurade desapareció con la Revolución de 1789, pero en 1948 algunos viticultores la resucitaron como hermandad; ella es la encargada de regular las denominaciones vinícolas en el Festival de Primavera, que se celebra en junio y de calificar las añadas de la cosecha anual en el mes de septiembre.

    La población debe su topónimo a un monje bretón de nombre Émilión que en el siglo VIII escogió el lugar entonces conocido como Ascumbas para retirarse. Durante un milenio los vecinos del lugar se dedicaron a excavar la montaña rocosa en la que se asentaban hasta abrir doscientos kilómetros de galerías subterráneas, cuya piedra caliza utilizaron para construir los edificios de la región y que proporciona el excelente suelo para el viñedo, que es el auténtico protagonista del pueblo y de la comarca, llegando las vides hasta el borde del centro urbano.

    El 1999 la Unesco inscribió el paisaje de Saint Émilion en el Patrimonio Mundial de la Humanidad, como “ejemplo notable de un paisaje vitícola histórico que ha permanecido intacto”. Y así sigue.

    Lo primero que nos sorprende al llegar es la enorme cantidad de coches aparcados en cualquier hueco desde muchos cientos de metros antes de llegar al pueblo. Ni que decir que las calles están abarrotadas de coches y de gente. En un primer intento no encontramos el hotel, como si el gps se hubiera vuelto loco. En cambio encontramos un hueco en un aparcamiento de pago y buscamos un lugar donde comer. Ahí tenemos más suerte y comemos razonablemente bien, dadas las circunstancias, en un restaurante sin aire acondicionado. Nos salva el abanico.

    ¿Saint Émilion está así siempre?, preguntamos al camarero. Más o menos, aquí viene gente de todo el mundo a comprar vino, pero además hoy se celebra la Jurade, que atrae a muchos visitantes de los alrededores, nos responde. Por si fuera poco, se está rodando un película. Puntería, la nuestra.

    Bien comidos, volvemos a la búsqueda del hotel y, ahora sí, lo encontramos. Es un establecimiento familiar que ocupa una casona antigua, tan antigua que su patio linda con la muralla. El joven que lo atiende nos recibe como si fuéramos de la familia, nos ofrece un refresco y nos da cuatro indicaciones para recorrer el pueblo sin agotarnos.

    Empeño inútil porque Saint Émilion es como un tobogán continuo, a una subida le sucede otra y hasta los descensos parecen cuesta arriba. Bajo un sol de justicia nos disponemos a conocer los monumentos locales. Empezamos por la iglesia monolítica, un edificio subterráneo del siglo XII, de 38 metros de largo por 12 de alto, sobre el que se asienta una torre campanario de 68 metros de altura, centro de peregrinación medieval. Descendemos desde la torre por una calleja empinada de piedra tan resbaladiza que han instalado una barandilla de asidero. El Colega baja sin problema pero yo no me rompo la crisma de puro milagro.

    El edificio ha vivido idénticas vicisitudes que el resto de templos de la región, devastación en los siglos XIV y XVI, maltratada por la Revolución, restaurada en el siglo XX. La iglesia se dedica al culto con su correspondiente horario de visitas, pero también acoge conciertos y ceremonias como las de la Cofradía de la Jurade. En resumen, este día, precisamente este, la iglesia no se abre por la tarde.

    Estamos en el corazón de Saint Émilion, justo al lado se encuentra el mercado cubierto, dominio también de la Jurade, desde donde vigilaban las operaciones mercantiles que se desarrollaban en la plaza. Nos sentamos un rato encomendados al abanico.

    Seguimos camino hacia la Torre del Rey, situada dentro del recinto amurallado, levantado sobre una roca. Desde la primera planta a la cima hay una altura de 32 metros y 118 escalones. Es obra del siglo XIII, unos historiadores sostienen que fue mandado construir en 1224 por el rey francés Luis VIII cuando conquistó a los ingleses esta parte de Aquitania, otros aseguran que se debe a Enrique III de Inglaterra en 1237 cuando la región volvió a poder inglés. También hay quien sostiene que fue levantada por la Jurade como sede de la corporación, equivalente al ayuntamiento. Quienquiera que lo ordenara, es la única torre románica de la región de la Gironda

    Hacemos una pausa para tomar un helado en un establecimiento cerca del campanario, que encontramos lleno de turistas orientales.

    Otro edificio religioso relevante en la parte alta de Saint Émilion es su colegiata, testigo de la presencia de los agustinos entre los siglos XII al XVIII, encargados de velar por el funcionamiento correcto de la vida religiosa en el pueblo. Como hoy no es nuestro día, en esos momentos está a punto de oficiarse una boda y desistimos de visitarla.

    Optamos por acogernos a la hospitalidad del hotelero, que nos ofrece una agradable charla sobre la vida local además de unos refrescos mientras descansamos en el acogedor patio hasta que cae el sol.

    Salimos de nuevo y optamos por pasear siguiendo el trazado de la muralla hasta llegar a la puerta Brunet, la única que queda de las siete puertas que tuvo la ciudad. Las murallas de Saint Émilion tenían una longitud de kilómetro y medio, más que defensivo eran de carácter suntuario, señalaban la prosperidad de la población. Sin perder la condición de paso impositivo: el lugar donde se pagaban el impuesto de portazgo.

    En una pequeña explanada junto a la puerta Brunet encontramos una minibiblioteca con libros de acceso libre. Desde el lugar se divisa una imagen casi idílica de la ciudad, nada que ver con la de la mañana.

    Siguiendo el paseo llegamos a lo que queda del monasterio de los “cordeliers”, como se conoce a los franciscanos, en alusión al cordón que ceñía su cintura. Franciscanos y dominicos llegaron a Saint Émilion en el siglo XIII pero el monasterio data del siglo XIV, con su claustro y bodega, que pueden visitarse en horario de visita. Cuando llegamos, acaban de cerrarlo.

    Nos rendimos a la fatalidad, al menos hemos constatado la vigencia de la ordenanza del rey Juan sin Tierra y los excelentes resultados en el cultivo del viñedo.

    Nos acostamos pronto y al día siguiente madrugamos. Decidimos salir temprano a dar un paseo antes de desayunar. Lo que encontramos nada tiene que ver con el día anterior, excepto las cuestas, que siguen inmutables.

    Encontramos el pueblo casi vacío, incluida la colegiata. También se han ido los camiones del rodaje. Así, solos los dos, podemos visitar la iglesia, hoy parroquia, y el claustro, con las tumbas de los poderosos canónigos de los siglos XIII y XIV.

    Acorde con los tiempos, el antiguo refectorio está ocupado hoy por la Oficina de Turismo. En una de las pandas del claustro descansas las mesas y sillas de un establecimiento cercano.

    Volvemos al hotel, donde nos espera el joven hotelero con el desayuno preparado en el agradable patio. Nos despedimos de Saint Émilion y emprendemos camino de vuelta a casa, cansados pero contentos. Debemos de ser los únicos que nos vamos sin haber comprado ni una botella de vino.

    Fotos: ©Valvar

  • Beaulieu-sur-Dordogne

    Beaulieu-sur-Dordogne

    Cuenta la leyenda que Beaulieu-sur-Dordogne 👇 (en lengua antigua Belloc, Bellolugar) fue fundado por Rodolphe de Turennes, quien, asombrado de la belleza del espacio abrazado por un meandro del río Dordoña, lo bautizó con tal nombre y mediado el siglo IX decidió crear una abadía benedictina para atraer a los peregrinos. Lugar fotogénico donde los haya, es la imagen viva del encanto del Valle de la Dordoña.

    A nosotros nos trae la iglesia de Saint Pierre con su tímpano del siglo XII, su tesoro y sus innumerables canecillos que parecen burlarse de los ajetreados visitantes del siglo XXI.

    En el siglo XI había entrado en decadencia, en manos de la familia Castelnou, pasando a la tutela de Cluny, en la que permaneció hasta 1213, mientras alrededor suyo crecía la población. También aquí las guerras de los Cien Años y de religión afectaron gravemente a la abadía y al pueblo. El monasterio fue saqueado y la iglesia pasó a ser templo protestante. En 1661 la abadía pasó a la congregación de Saint Maur, hasta que en 1789 la Revolución acabó definitivamente con la comunidad. De todo aquello se conserva la iglesia y la sala capitular.

    Lo más notable es el tímpano, protegido por el portal, datado en 1130, donde se representa el Triunfo de Cristo, rodeado de los elegidos; en la parte inferior, las bestias infernales.

    Aunque se aprecian los daños de tantas guerras, la portada sigue siendo extraordinaria.

    Dentro de la iglesia se conserva una imagen románica de la Virgen y una arqueta, ambas de un delicado trabajo.

    Beaulieu sur Dordogne (hay otro Beaulie, este sur Mer, en el Mediterráneo) es un pueblo turístico, de un turismo tranquilo, que se mueve sin prisas, recorre sus calles, se para en los monumentos, en los comercios, ocupa sus terrazas. Parece un pueblo vivo.

    Tomamos un café frente a la portada, deleitándonos en la vista tan próxima, y, mientras el Colega paga, entro en una tienda de regalos. Al salir no hay rastro suyo. Espero un rato, dos ratos, y sigue sin aparecer. Lo llamo por teléfono y no lo coge. Rodeo la iglesia y no le veo.

    Me paro un rato en la Place de la Bridolle, frente a la puerta oeste de la iglesia, fotografiando la llamada Maison Renaissance, que es monumento histórico desde 1928, con sus retratos de la antigua nobleza de Belloc: Gilbert de Hautefort y su segunda esposa Brunette de Cornil. La fachada está decorada con esculturas: un angelote, sirenas, un hombre salvaje, un alarbadero, un arquebucero, que recuerdan las fiestas organizadas durante el viaje de Catalina de Médicis para presentar al reino a su hijo Carlos IX entre 1564 y 1566.

    En el centro de la fachada, un escultor de época posterior añadió la figura de una mujer en el baño, popularmente conocida como la ninphe bellocoise -gentilicio de Beaulieu-.

    De paso, me entero que la fresa es la fruta típica del lugar hasta el punto de organizar un festival dedicado a ella durante dos fines de semana de mayo y que de mayo a octubre se organizan paseos en gabarra por el río, así como que la última gabarra turística que circula por aquí lleva el nombre de “Adále y Clarisse” en recuerdo de los últimos barqueros que hasta 1970 llevaban a vecinos y visitantes de uno a otro lado del río.

    Al fin aparece el Colega, feliz de la vida porque ha fotografiado los innumerables canecillos que orlan el alero de la iglesia. Pues a mí me ha dado tiempo a enterarme de la vida y milagros de la mitad del censo bellocoise, le digo.

    Fotos: ©Valvar

  • El románico de la Auvernia

    El románico de la Auvernia

    La Auvernia francesa es una región de grandes espacios, con volcanes, lagos, bosques y una enorme biodiversidad, sin contar su variedad de quesos. En ella se asientan castillos, fortalezas y algunas de las abadías más destacadas en el Camino de Santiago francés.

    Nuestro objetivo en esta etapa del viaje es visitar tres de esas abadías: Orcival, Saint Nectaire y Saint Austremoine👇.

    Orcival 👇es un centro turístico y deportivo frecuentado por los amantes del senderismo, el ciclismo, la pesca, la escalada o el esquí nórdico. Su nombre parece estar relacionado con el culto pagano a las fuentes.

    Se afirma que en el siglo XI existía un priorato donde se veneraba una imagen de la Virgen tallada por San Lucas, que ahora recibe culta en la basílica que se levanta en el centro del pueblo, obra del siglo XII, construida en piedra de lava, impulsada por la peregrinación jacobea y la posesión de reliquias.

    Se trata de una imponente iglesia tanto en su exterior, de cabecera con ábsides superpuestos como su interior, con un magnífico conjunto de capiteles y la Virgen en majestad atribuida a San Lucas. Quienquiera que fuera su autor nos legó una preciosa talla en majestad.

    La torre que corona la fábrica resultó dañada por un terremoto ocurrido en el siglo XV.

    El pueblo tiene una abundante oferta de restaurantes, nosotros escogemos uno frente a la portada de la abadía, lo que nos permite deleitarnos simultáneamente con la vista y el gusto.

    No lejos de Orcival se encuentra el lago Guery, de origen volcánico y glacial, que suele cubrirse de hielo en invierno, donde acuden los aficionados a la pesca practican este deporte.

    De Orcival a Saint Nectaire hay 26 kilómetros por una carretera tortuosa de montaña que parece no acabar nunca. Cuando llevábamos casi tres cuartos de hora de coche, en uno de los pocos tramos rectos del camino descubrimos un valle hermosísimo al fondo del que se levanta nuestro pueblo que, entre otros muchos encantos, tiene un queso autóctono, cremoso y con sabor a avellana.

    Se cuenta que la población, ocupada ya en el Neolítico, fue evangelizada en el siglo III por Saint Nectaire, que acabaría dando nombre al pueblo. Siguiendo el ejemplo de los romanos, sus abundantes fuentes fueron utilizadas en el siglo XIX como centros de hidroterapia, estableciendo dos pueblos gemelos: arriba, en el monte Cornadore, la iglesia de Saint Nectaire, la parte espiritual; abajo, los balnearios, incluido un casino, dedicados al goce del cuerpo. Estos últimos ya desaparecidos.

    Nosotros vamos tras su abadía, dedicada al santo que da nombre al pueblo: Saint Nectaire 👇, levantada por los monjes de La Chaise-Dieu en el siglo XII. En realidad, la iglesia está totalmente restaurada y luce como recién terminada.

    En su exterior guarda muchas similitudes con la abadía de Orcival. Construida igualmente en piedra de lava, tiene una cúpula y dos torres. En su interior conserva 103 capiteles de extraordinaria factura, la mayoría policromados. El tesoro incluye una imagen de la Notre Dame du Mont Cornadore y numerosas reliquias. Permanece abierta todo el año y el acceso es gratuito.

    Saint Nectaire ofrece la posibilidad de visitar las termas romanas y los megalitos antiguos. Los verdaderamente aficionados pueden asistir además a cursos sobra fabricación de su queso típico, hacer senderismo o rutas ciclistas. Nosotros descartamos tan sugestiva oferta y seguimos camino.

    La etapa concluye en Issoire 👇, una población situada en la confluencia de los ríos Allier y Couze, que resultó mucho más interesante de lo que pensábamos.

    Nuestro objetivo, como cabe suponer, era la abadía de San Austremonio, considerado evangelizador de la Auvernia, a quien se atribuye la construcción del templo primitivo y cuyas reliquias se veneraban aquí en el siglo III.

    La iglesia actual es obra de mediados del siglo XII. Como en el resto de la región las guerras de esos siglos afectaron gravemente a la iglesia y la Revolución acabó cerrándola y vendiéndola. En el siglo XIX se restauró con criterio historicista y escaso rigor, incluido el repintado del interior.

    Dejando de lado las intervenciones de los seguidores de Violet le Duc, la iglesia ofrece una imagen impresionante: su monumental cabecera, sus armoniosas proporciones, sus columnas, incluso sus repintados capiteles historiados, y su portada del siglo XIX merecen una visita.

    A destacar en el exterior, los mosaicos y las esculturas de los doce signos del zodiaco, originales todos excepto el carnero.

    La cripta de la iglesia está considerada de las más bellas de Auvernia. Para nuestra mala suerte la encontramos cerrada, cosa rara en estos lares. Issoire organiza cada verano un Festiva de Arte Románico, que goza de mucho predicamento.

    Cumplido nuestro objetivo, nos encaminamos a conocer la Torre del Reloj, viejo campanario comunal del siglo XV, otro de los monumentos locales. Desistimos de ascender las muchas escaleras que conducen al mirador y continuamos nuestro paseo callejero. Descubrimos una ciudad muy animada, con un casco antiguo bien conservado e interesante, y algunos edificios modernos notables.

    El Colega entra en uno de ellos mientras yo hago algunas fotos. Al cabo de un buen rato sale en animada charla con un coetáneo local invitándome ambos a entrar. Resulta que en el centro cultural se ha organizado una exposición fotográfica de aficionados locales cuyos premios se concederán por votación popular. Los organizadores nos invitan muy amablemente a votar. Nos costó decidirnos porque la muestra era de bastante calidad. Quede constancia.

    Fotos: ©Valvar

  • La Dordoña románica II

    La Dordoña románica II

    La segunda etapa por el románico de la Dordoña la dedicamos a visitar pequeños pueblos con encanto y con grandes monumentos románicos: Cénac, Carsac y Souillac. Iglesias, alguna fuera de la población, abiertas al público a cualquier hora del día. Qué envidia.

    Empezamos por Cenac y empezamos mal porque, a pesar de los muchos indicadores que señalan el templo, nos perdemos y acabamos en Domme. Como somos de los que cuando a setas a setas y cuando a rolex a rolex, pasamos de largo por este interesante pueblo, sin percatarnos de lo que nos estamos perdiendo.

    Finalmente, encontramos la iglesia de Notre Dame de la Nativité de Cénac et Saint Julian, que tal es el nombre de la población. La fábrica inicial data del siglo XII y formaba parte de un priorato dependiente de la abadía de Moissac. De este tiempo conserva la cabecera triabsidal y el transepto, además de la interesante colección de capiteles y canecillos.

    De camino a nuestro siguiente destino, Carsac-Aillac, nos encontramos con uno de los muchos castillos que se levantaron en la región, el de la familia Montfort. A Simon de Montfort le entregó el rey de Aragón Pedro I la custodia de su hijo Jaime, que habría de ser el Conquistador. Le hacemos una fotillo de nada y seguimos ruta.

    Carsac y Aillac eran dos pueblos diferentes hoy unidos por causa de la despoblación. En su término se encuentran las cuevas de Pech de l’Azé. Nosotros vamos en busca de la iglesia de Saint Caprais, obra de los siglos XI-XII algo retocada en el XIV, en la que destacan su ábside y la torre.

    También su colección de canecillos y capiteles, de distinta factura y, probablemente, de distintas épocas.

    Concluida la visita, encontramos en el aparcamiento una furgoneta-tienda que vende pescado y otros alimentos a la que acuden las señoras del vecindario.

    Terminamos la jornada en Souillac👇, visitando su maravillosa iglesia abacial románico bizantina de Sainte Marie.

    Nos alojamos en el Pavillon Saint Martin, una casona del siglo XVIII rehabilitada como hotel con encanto, donde nos brindan un acogimiento amigable y nos ofrecen una habitación enorme cuyo ventanal se abre frente a la cabecera de la iglesia. Llegamos en un día muy caluroso que aliviamos con el agua de limón que los anfitriones han dispuesto para los huéspedes.

    Tradicionalmente, Souillac es una ciudad que ha sabido aprovechar su excelente ubicación. Ubicada junto a la carretera que va de Toulouse a París, en una fértil comarca regada por el río Dordoña, ya en el siglo XVII era un punto de tráfico fluvial de sal, pescado o vino. Hoy es un destino turístico por su patrimonio arquitectónico y su oferta gastronómica. Nosotros íbamos buscando lo primero pero disfrutamos de la oferta completa. De haber viajado en el mes de julio hubiéramos podido asistir al festival musical dedicado al jazz.

    Aunque conserva una maciza torre del siglo X, la prosperidad de Souillac arranca en el siglo XII cuando se establece un gran priorato benedictino y una abadía románica con una magnífica cabecera y un portal esculpido. También aquí, la guerra de los Cien años (1337-1453) dañó la abadía y asoló la comarca despoblando los alrededores de la ciudad.

    Cuando aún no se había recuperado del siglo bélico la abadía fue incendiada y saqueada durante las guerras de religión (1562-1598). La iglesia resistió como pudo tanta desgracia; durante el siglo XVII el conjunto fue reconstruido, pero a finales del XVIII la Revolución expulsó a los monjes, vendió los bienes eclesiásticos y dedicó la iglesia a la Razón. Con la llegada del siglo XIX el templo volvió a sus funciones religiosas, y en 1803 pasó a parroquial.

    Cuesta imaginarse cómo hubo de ser la abadía si lo que resta después de tantas calamidades es de tamaña belleza.

    El edificio es de nave única, con crucero, cubierta por dos cúpulas con linternas y una tercera cúpula en la confluencia de la nave y el transepto.

    La cabecera es consecuencia de la restauración del siglo XVII, tiene un ábside central con tres absidiolos y los laterales simples.

    Pero lo que atrae la atención de esta iglesia es su portal, verdadero hito de la escultura románica. En el siglo XVI fue trasladado al interior del templo, donde ahora puede contemplarse. Sobre la puerta, un gran relieve está dedicado a San Teófilo el Penitente, que hizo un pacto con el diablo pero acabó arrepintiéndose, encomendándose a la Virgen y elevado a los altares. Flanquean la escena San Benito y San Pedro.

    A la derecha del portal se ha adosado lo que fue columna del mainel original, una maraña de personajes y animales fantásticos, obra maestra escultórica.

    A la derecha de la puerta, el profeta Isaías; a la izquierda, Oseas. Las figuras recuerdan las de la portada de Moissac.

    Hemos llegado a Souillac a media tarde y nos acercamos a la iglesia con temor de encontrarla cerrada. Tenemos suerte, está abierta y seguirá estando durante el largo rato que permanecemos. Somos los únicos visitantes, testigos privilegiados y admiradores de la obra de los canteros medievales. Quienes trabajaron en esta portada conocían su oficio.

    Todavía tenemos tiempo de dar un paseo por el pueblo y cenar en un bistró próximo al hotel. Ni el Colega ni yo somos capaces de acabar la enorme y rica ensalada que nos sirven.

    Al día siguiente seguimos ruta, aún impresionados por lo que hemos visto y disfrutado en esta etapa junto a la Dordoña.

    Fotos: ©Valvar

  • La Dordoña románica

    La Dordoña románica

    La Dordoña es un río que atraviesa y da nombre a la región del Perigord, en el sureste de Francia. Estas tierras vienen a ser un compendio de la historia nacional: cuevas prehistóricas, pueblos medievales, castillos, monumentos y lugares históricos, quince de ellos declarados Patrimonio de la Humanidad.

    En el mes de junio de 2025 hicimos nuestra primera incursión por la región, dispuestos a descubrir sus iglesias románicas. Desde Burgos nos plantamos en Perigueux, capital del departamento de la Dordoña, en la región de Nueva Aquitania, parada de la Vía Lemovicense, uno de los cuatro ramales del Camino de Santiago, que comienza en Vézelay.

    La Cité, su centro histórico, se levanta sobre sobre un asentamiento galorromano: Vesunna, del que conserva algunos restos. Nosotros vamos a conocer su catedral de Saint-Front, la más grande de esta región francesa.

    Como siempre, hemos reservado hotel céntrico y con aparcamiento. Nuestra primera y grata sorpresa es que la ventana de nuestra habitación se asoma a la cabecera de Saint-Front. Que la iglesia esté medio cubierta por obras no merma la emoción de la cercanía.

    Construida en el siglo XII, de su origen románico la catedral conserva poco más que su airosa torre campanario; en el siglo XIX fue restaurada siguiendo la moda historicista impuesta por Violet le Duc. Mantiene su dignidad de vieja dama que se mira en el río l’Isle, cuyas aguas lamen sus cimientos.

    Sus cúpulas sirvieron de modelo a la iglesia del Sacre Coeur de París. El interior es de planta de cruz griega, cubierta con cinco cúpulas que recuerdan a la iglesia de los Santos Apóstoles en Constantinopla. La riqueza ornamental es exuberante 👇.

    La ciudad mezcla un cierto aire medieval con hermosas calles de edificios renacentistas y decimonónicos, rincones sombreados que alivian el calor de esos días.

    En la parte moderna de Perigueux se levanta un gran centro cultural bautizado con el nombre de Josephine Baker 👇, artista de variedades muy popular en Francia. Nacida en Estados Unidos, es la primera mujer negra enterrada en el Panteón, reservado a los héroes franceses.

    Para nuestra sorpresa, la totalidad de los comercios están cerrados por la tarde. Solo bares y restaurantes permanecen abiertos. Optamos por cenar en el restaurante del hotel, junto al río, teniendo a la vista un curioso edificio que parece sostenerse en precario equilibrio. Impresión errónea, pues se trata del puesto de vigilancia sobre el puente de Tournepiche, construido en 1347.

    Al día siguiente emprendemos el itinerario por las iglesias de la región empezando por la de Auriac, un pueblecito que parece sacado de un cuento, frecuentado por los amantes del turismo rural. La iglesia de Saint Etienne tiene aire de fortaleza, de hecho durante las muchas guerras ocurridas en la región el lugar sirvió de refugio a los vecinos. El campanario se incendió en 1949. Conserva algunos capiteles de interés.

    En lo que parece la plaza principal, una furgoneta ofrece servicios de peluquería itinerante. Cerca, un grupo de mujeres se entretiene jugando al croquet.

    Seguimos camino a Saint Amand de Coli, población que toma el nombre del ermitaño que evangelizó la región en el siglo VI. Su desarrollo corresponde al siglo XII, en torno a la abadía agustina. La iglesia es una fortaleza, no hay que olvidar que estamos en tierras de luchas largas y enconadas, reconstruida en el siglo XIX.

    Actualmente es un pueblo tranquilo típicamente rural y turístico. Conserva un antiguo hospital de pobres del siglo XIV.

    Saint Léon sur Vézére, nuestro siguiente destino, es una población igualmente turística a orillas del río Vézére, que tiene en su templo románico de Saint Leonce uno de sus principales atractivos.

    La iglesia del siglo XII es lo que queda de un priorato dependiente de Sarlat. Es de nave única con ábside y absidiolos. La restauración acometida tras la inundación de 1960 descubrió antiguos frescos en las bóvedas del ábside.

    En nuestra visita se nos une un gato adulto y rollizo, que parece el amo del templo, se pasea por la nave, maúlla como si estuviera en su casa y nos acompaña a la salida.

    El tráfico de barcazas sobre el río aportó riqueza a la población hasta el punto de crear un puerto en el siglo XVII. Actualmente, sus aguas conocen el trasiego de embarcaciones de recreo.

    Sus casas medievales, sus tejados en coyaux, (parte inferior con menor pendiente), sus callejuelas plagadas de talleres y tiendas de artesanía justifican la afluencia de visitantes.

    Sarlat la Canéda 👇es uno de los pueblos más bonitos de Francia, aseguran sus vecinos y una está por darles la razón. Lo es por la hermosura de sus casonas y palacios y más aún por haber sido capaces de parar el tiempo en el siglo de sus glorias a la vez que se acomodaban a las ventajas del presente.

    Los sarladaises alardean de contar con la mayor densidad de monumentos históricos. Es, sin duda, uno de los pueblos más fotogénicos de nuestra ruta. El primero en ser restaurado en aplicación de la ley Malraux de 1964. Un plató de cine. Una cita gourmet para los amantes del foie, la trufa y las nueces en sus mil combinaciones.

    Nosotros llegamos buscando todo eso y, además, su Linterna de los muertos o Torre Saint Bernat, una construcción medieval que hemos encontrado en otros pueblos de Francia.

    Las que llamamos linterna de los muertos se conocieron como lámpara o farol de cementerio. Se cree que originariamente las luminarias se colocaban sobre las tumbas para iluminar a las almas en su camino a la eternidad. Cuando fueron prohibidas a causa de los incendios que provocaban se construyeron edificios específicos, algunos muy bellos, para orientar también a los peregrinos y a quienes transitaban los caminos.

    La Linterna de Sarlat es del siglo XII, se encuentra muy cerca de la iglesia de Saint Sacerdos y del antiguo cementerio benedictino de Saint Benoit.

    El casco antiguo es un continuo comercio de productos de la tierra o artesanales. Compramos jabones y surtidos de delicatessen para nosotros y para las herederas y nos despedimos de la ciudad con pesadumbre. Sarlat es uno de esos lugares en que una quisiera quedarse.

    Fotos: ©Valvar

  • Burdeos

    Burdeos

    Burdeos, también conocida como la perla de Aquitania, es Patrimonio Mundial de la Unesco por sus muchos e importantes monumentos, por sus espectaculares plazas y por su arquitectura de hermosas fachadas.

    Tenida como la hermana pequeña de la capital francesa, la visita a Burdeos es cómoda y agradable, el núcleo central puede hacerse a pie sin gran dificultad. Estuvimos por primera vez en 2017, hemos vuelto en septiembre de 2025 en esta ocasión acompañados por una pareja amiga. Lo que descubrimos entonces lo hemos saboreado ahora.

    Nos alojamos en un hotel junto a la plaza Gambetta, frente a un parking. Pusimos especial empeño en el aparcamiento para acceder fácilmente pero, a la hora de la verdad, el gps se despistó obligándonos a un tour involuntario por la ciudad hasta llegar a nuestro destino. Peccata minuta.

    Empezamos el recorrido por la catedral de San Andrés. Sus cimientos se remontan al siglo XI, en el estilo románico. En este lugar contrajeron matrimonio en 1137 Leonor de Aquitania y quien había de ser rey de Francia como Luis VII y, cinco siglos después, Ana de Austria -hija de Felipe III de España- y Luis XIII.

    Los siglos posteriores fueron particularmente tumultuosos en esta zona, las luchas feudales entre ingleses y franceses, o entre los Plantagenet y los Anjou, que se prolongaría durante cien años causaron enormes daños en esta y otras iglesias que obligaron a su reconstrucción en el siglo XIV, ya en estilo gótico. Durante la Revolución se utilizó como almacén y en el siglo XIX fue pasto del fuego.

    La construcción está enmarcada por dos torres gemelas de 81 metros de altura. Su interior impresiona por su majestuosidad, mide 124 metros de largo y 23 de alto. En la Puerta Real (siglo XIII) se representa la Última Cena, la Ascensión y el triunfo del Redentor.

    Anexa a la iglesia se alza la torre Pey Berland, que toma el nombre del obispo que ordenó su construcción, una torre campanario lo suficientemente fuerte para sostener las campanas que hubieran derribado las agujas de la catedral. Cuando se construiyó en 1440 se remataba con una flecha, que una tormenta derribó en 1617, entonces sustituida por una cruz. La imagen dorada que ahora se contempla es la de Notre-Dame d’Aquitaine, instalada en 1863. La campana de la torre pesa once toneladas y es la cuarta mayor de Francia. Se puede acceder a ella a condición de superar los 231 escalones. Reto que nosotros gustosamente cedemos a los jóvenes.

    Otra torre igualmente exenta que también sirve de campanario es la de la basílica de San Miguel, de 114 metros de altura.

    La iglesia, de estilo gótico florido, se encuentra en obras, visitamos su interior y seguimos camino. Las fotos exteriores corresponden a la visita de 2017.

    Desde aquí nos acercamos al mercado de los Capuchinos, cita imprescindible para los aficionados a las ostras, que es nuestro caso.

    La ciudad tiene otras dos iglesias que ostentan el título de Patrimonio de la Humanidad por su condición de hitos en el Camino Jacobeo: Saint Seurin y la Santa Cruz.

    Saint Seurin (Severino) fue el cuarto obispo de la ciudad, su iglesia es la más antigua de las que se conservan en Burdeos. Situada extramuros de la ciudad, se llega a ella por las calles Judaique y Mártires de la Resistencia. El primer templo fue levantado en el siglo V, destruido en el VIII, reconstruido en el IX sobre la cripta donde reposan los restos del santo. La fábrica actual corresponde a la construcción del siglo XIII. De las pocas iglesias no destruidas por la Revolución, fue modificado durante el siglo XIX; a este tiempo corresponde la portada cubierta por un porche neo románico.

    Cuenta la tradición que esta iglesia poseyó durante siglos el olifante de marfil de Roldán, el héroe muerto en Roncesvalles, depositado por el mismo Carlomagno. La reliquia desapareció antes de la Revolución.

    La actual iglesia de la Santa Cruz es lo que resta de la antigua abadía benedictina medieval que conformaron este barrio bordolés. El primer edificio religioso del siglo VII fue incendiado el año 732. La tradición dice que fue restaurado por Carlomagno y arrasado por los normandos mediado el siglo IX. En el siglo X el conde Guillermo V el Bueno funda el monasterio benedictino, en torno al que se levanta una población que vivía de la pesca en el río Garona y de la vid. En el siglo XIV el Ayuntamiento construye el amurallamiento que encerraba la abadía y el nuevo barrio.

    La Revolución confiscó sus terrenos y cerró los edificios abaciales, destinados a hospicio para ancianos y desheredados. En 1860, el arquitecto Charles Burguet restauró el coro de la iglesia, mientras el arquitecto Paul Abadie reconstruía la fachada, tan espectacular como discutida.

    Encontramos la iglesia rodeada de obras que dificultan el acceso y hacen imposible captar una foto decente. Abierta, como todas las iglesias de Francia -país tan laico y tan dispuesto a dar a conocer su patrimonio religioso- somos los únicos visitantes a esa hora. El Colega pega la hebra, como suele, con un señor que parece estar para responder sus preguntas. Philippe, que así se llama, es la amabilidad hecha persona. Es él quien nos muestra el órgano, uno de los tesoros de la iglesia, obra maestra de Dom Bedos, restaurada a finales de la década de 1990 por François Chapelet, organista que también restauró el órgano de la colegiata de Covarrubias, a quien nosotros admiramos.

    En la pequeña capilla donde se encuentra la pila bautismal, una talla moderna de la Virgen sostiene en brazos la imagen infrecuente de un Niño Jesús chupándose el dedo. La iglesia y el barrio no viven sus mejor momento. Philippe nos muestra el resultado de un incendio provocado recientemente en un rincón del claustro.

    Concluido el cupo eclesial, nos encaminamos a la plaza de la Bolsa, construida en 1720, uno de los símbolos y la moderna tarjeta de presentación de la ciudad por su simetría y la hermosura de sus edificios. Su diseño se debe a Jacques Gabriel, arquitecto de Luis XV.

    Inicialmente, ocupaba el centro una estatua del rey, luego sustituida por otra de Napoleón, reemplazada a su vez en 1869 por la fuente de las Tres Gracias.

    Georges Haussmann, prefecto de Burdeos y casado con una bordelesa, utilizó el modelo de Gabriel cuando el emperador Napoleón III le encomendó transformar París en una capital moderna, trabajo que le valió en título de barón. En consecuencia, no es que Burdeos recuerde inevitablemente las construcciones típicas parisinas sino que estas son copia del modelo bordelés.

    Si la plaza de la Bolsa era ya hermosa, la incorporación del espacio conocido como Espejo del Agua ha aumentado su espectacularidad y el juego de sus simetrías. El Espejo es obra del paisajista Michel Corajoud. Se trata de una alfombra de dos centímetros de agua que cada 15 minutos se vacía y da paso a unos minutos de bruma, cambios que le confieren algo de hipnótico. Es frecuentado por bordoleses y visitantes, niños y mayores. Algunos se animan a pasear sobre las aguas, descalzos o no.

    Aunque en el siglo XVIII Burdeos rompió el corsé medieval que impedía su extensión urbanística, quedan algunas puertas de sus viejas murallas. Dos son especialmente populares: la Grosse Cloche y la Porte Cailhaud. La Grosse Clocha (Gran Campana) es el campanario del antiguo ayuntamiento, construido en el siglo XV sobre la antigua Puerta Saint Eloy. Consta de dos torres circulares de 40 metros de altura unidas por un cuerpo central. La campana pesa 7.800 kilos, fue fundida en 1775, mide dos metros de altura y tiene nombre propio: Armande-Louise. Solo suena a mediodía del primer domingo de mes y en seis fechas señaladas del año. Aparte de su valor civil, la puerta es una de las paradas del Camino de Santiago en suelo francés.

    La Puerta Cailhaud, también del siglo XV, tiene el aspecto de un pequeño castillo, era la entrada principal a la ciudad, como expresa la efigie del rey Carlos VIII en su fachada. Acompañan a la efigie real el cardenal d’Épinay y San Juan Bautista. Adorna su arco apuntado un escudo de flores de lis. Conserva los elementos defensivos originales: matacanes, aspilleras, almenas desde las que disparar.

    Con solo cruzar la calzada, procurando esquivar el ir y venir de tranvías, nos encontramos en los muelles del Garona, también conocidos como Puerto de la Luna, por la curva que aquí hace el río. Los antiguos almacenes portuarios se han convertido en lugares de esparcimiento; los viejos muelles son ahora parques, jardines, tiendas, bares y restaurantes muy frecuentados.

    En uno de estos bares hacemos una pausa para refrescarnos. Los chicos se toman una cerveza, nosotras pedimos un Aperol Spritz que tiene la virtud de provocarnos un ataque de risa sin que seamos capaces de recordar de qué nos reíamos. Cosas de la edad, seguramente.

    A la derecha se encuentra el Puente de Piedra, otro de los símbolos y privilegiado mirador de Burdeos. Inaugurado en 1822, durante siglo y medio fue el único paso entre los dos orillas del Garona. Cuenta diecisiete arcos, tantos como letras tiene el nombre de Napoleón Bonaparte, su promotor.

    En el muelle casi lindante con el Puente de Piedra tomamos uno de los barcos que recorren el río. Como ya nos hemos mojado, optamos por alojarnos a cubierto mientras el resto del pasaje prefiere situarse en la parte superior, lo que nos convierte en los privilegiados únicos pasajeros de este paseo, en el que nos sirven bebida y un típico canelé, dulce de canela típico de la comarca.

    El paseo ofrece una imagen del Burdeos moderno, resumido en el edificio de la Ciudad del Vino o en sus magníficos puentes.

    Permanecemos dos días en Burdeos, durante los que pateamos de norte a sur y de este a oeste la ciudad. Imprescindible visitar el Gran Teatro, inaugurado en 1780, tenido como uno de los más bellos del mundo, de acústica perfecta. Cerca de él permanece la cabeza del escultor español Jaume Plensa. Volvemos a fotografiarnos junto a ella como ya hicimos en nuestra visita anterior.

    La plaza de Quinconces, junto al Garona, es la más grande de Francia, en parte arbolada, sobria y monumental. Rematada por el monumento a los Girondinos, es lugar de conciertos, ferias y mercados.

    Nos vamos de la ciudad con deseos de volver por el gusto de pasear sus calles y plazas y saborear su rica gastronomía en cualquiera de sus muchos restaurantes o bistrots. .

    Si quieres ampliar información sobre Burdeos, clica aquí

    Fotos: ©Valvar

  • Convento de San Plácido de Madrid

    Convento de San Plácido de Madrid

    La iglesia del convento de San Plácido de Madrid se presenta como recién terminada, a pesar de haberse levantado en el siglo XVII. El visitante tiene suerte de poder comprobarlo porque en estos cuatro siglos ha permanecido cerrada excepto para las monjas benedictinas que lo ocupaban.

    Madrid tiene escasos restos románicos, en cambio, posee un abundante censo de iglesias y conventos, casi todos plagados de consejas sobre hechos prodigiosos o sabrosas historias de amoríos. El de San Plácido reúne un poco de todo ello, además de una notable muestra de arte y artistas del siglo en que se construyó: Claudio Coello, Francisco Ricci y el mismísimo Diego de Velázquez quien pintó para este lugar su famoso Cristo.

    El monasterio de benedictinas de San Plácido fue fundado en 1623 por Teresa del Valle de la Cerda, dama noble que había estado prometida en matrimonio con el protonotario de Aragón, Jerónimo de Villanueva. El novio abandonado, además de hacer también voto de castidad, financió la fundación, comprando varias casas del actual barrio de Malasaña, a cambio de la oración de las monjas y un mausoleo propio en el interior del templo. Acababa de llegar al trono de España Felipe IV y con él su valido, el conde duque de Olivares, de quien Jerónimo era amigo.

    La iglesia se construyó en solo tres años, entre 1655 y 1658, según planos de fran Lorenzo de San Nicolás, prestigioso arquitecto, autor del Manual Arte y uso de la arquitectura. Este diseñó un templo de planta de cruz latina, de brazos cortos, cubierta por una cúpula encamonada. A partir de ahí todo se hizo a lo grande.

    En 1668 llega Francisco Rizzi, autor de los frescos de la cúpula, distribuida en ocho sectores, con las cruces de las órdenes militares y adornos de motivos vegetales y pequeños ángeles. En las pechinas representó a cuatro santas benedictinas: Hildegarda, Isabel de Schonangia, Francisca Romana y Juliana de Mont-Cornillón.

    Fragmentada en ocho sectores, presenta motivos vegetales, jarrones, elementos arquitectónicos y pequeños ángeles cuyos volúmenes y escorzos marcan la profundidad de las composiciones. El motivo central son cruces de las órdenes militares.

    A Rizzi se añade Claudio Coello, quien con solo 20 años realizó el lienzo de la Anunciación o Encarnación del retablo mayor, obra de más de siete metros de alto, en la que, junto al tema central, en la parte inferior desarrolla un tratado teológico, uniendo a profetas y sibilas del Antiguo Testamento, y en la superior representó al Espíritu Santo y a los ángeles de la corte celestial, con gran colorido, un dominio sorprendente de la técnica y una novedosa iconografía.

    Coello es el autor también de los lienzos de los retablos laterales, en el de la epístola Santa Gertrudis y en el del evangelio San Benito y su hermana Santa Escolástica.

    Los retablos son obra de los hermanos Pedro y José de la Torre, con estructura típicamente barroca, incluido el de la Inmaculada, situada en una capilla lateral, donde también se encuentra un extraordinario Cristo yacente, el último de los realizados por Gregorio Fernández. El escultor portugués Pereira es el autor de las tallas de los santos benedictinos. A esta enorme y valiosa relación de obras se añadieron en el siglo XVIII unas pinturas de Vírgenes madrileñas de Atocha y del Milagro, obra de Meléndez. Es creencia que por aquí anduvo también Rubens, autor de un boceto para el altar mayor, que no llegó a realizar.

    A los pies de la iglesia se abrió un arco por el que se accedía a la capilla del Santo Cristo del Sepulcro, donde se veneraba un Cristo yacente de Gregorio Fernández. La capilla fue destruida en las obras realizadas a principios del siglo XX, en su lugar se construyó la actual capilla de la Inmaculada Concepción, donde permanece el mismo Cristo yacente.

    Tamaño museo de arte religioso quedó al alcance exclusivo de la comunidad benedictina de San Plácido y de sus ilustres visitantes, lo que pudo servir de consuelo y desagravio a las primeras residentes, envueltas en un complejo proceso inquisitorial.

    En 1628, apenas cinco años después de su fundación, las monjas fueron acusadas de estar poseídas por el demonio, y su confesor fray Francisco García Calderón, de inducirlas a la herejía de los iluminados. No se libró Jerónimo de Villanueva, por ser el patrono del convento. Las monjas permanecieron cuatro años recluidas en el convento de Sto. Domingo el Real de Toledo, ajenas a la comunidad religiosa, y el confesor fue condenado por herejía a encierro perpetuo en un convento. Villanueva resultó absuelto. Una versión sostiene que en agradecimiento por esta sentencia encargó al pintor Diego de Velázquez un Cristo crucificado, que colgó del coro del convento.

    En 1638 la orden de San Benito pidió la revisión del proceso inquisitorial resultando la inocencia de las monjas, que pudieron volver a su convento. En 1644 se reabrió el caso para Villanueva, resultando detenidas las obras. Muerto don Jerónimo en 1653, tomaría el relevo en el patronazgo su sobrino y homónico Jerónimo de Villanueva Fernández de Heredia, II marqués

    En 1908 se derribó una parte del convento, obligando a su reconstrucción, que concluyó en 1913. En 1943 fue declarado monumento nacional.

    Otra historia truculente ronda entre las paredes del convento. Se sabe que Jerónimo de Villanueva residía en una casa frente a San Plácido, en la que se había construido un pasadizo que comunicaba casa y cenobio. En esta casa se reunía el bueno de don Jerónimo con los prebostes del momento, incluido Felipe IV y el conde duque de Olivares. El rey, a quien se atribuyen una treintena de hijos extramatrimoniales, además de los diez habidos en el primer matrimonio y los seis nacidos en el segundo, era un tipo rijoso sin que distinguiera entre laico y sagrado. Así, parece que se enamoró de sor Margarita, una monja joven, que rechazaba sistemáticamente las pretensiones reales. Tanta era la insistencia del rey que las monjas tuvieron que fingir la muerte de la religiosa. Una segunda versión sobre la presencia del Cristo de Velázquez en el convento atribuye el encargo al mismo rey, para hacerse perdonar sus excesos. Allí estuvo, en todo caso, hasta que el valido Godoy se lo llevó a su palacio. Tiempo después fue recuperado y actualmente puede contemplarse en las salas del Museo del Prado dedicadas al pintor sevillano 👇. Una copia de este lienzo cuelga en el coro bajo de la iglesia.

    Se cuenta igualmente que el reloj del convento, cuyas campanas tañen el toque de difuntos, fue asimismo regalo penitencial del rey. La leyenda real se narra en un manuscrito de autor desconocido que se conserva en la Biblioteca Nacional de España: Relación de todo lo suzedido en el casso del Convento de la Encanazión Benita.

    Más recientemente, en 1994, el convento fue noticia al encontrarse bajo un altar los cuerpos momificados de un hombre y una mujer, datados en la época del fallecimiento de Velázquez. Ministerio de Cultura y Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid crearon una comisión para comprobar si se trataba de los restos del ilustre pintor y de su esposa, Juana Pacheco. Tras aprovechar la oportunidad para zurrarse mutua e institucionalmente, la comisión concluyó que no se trataba de los Velázquez 👇.

    La comunidad fundada por Teresa del Valle de la Cerda había quedado tan disminuida y sus monjas eran tan ancianas que en 2023 la orden benedictina cerró el convento. Así es como quedó abierta la iglesia a las visitas exteriores. El visitante no avisado corre el riesgo de pasar de largo por la calle de San Roque, pues en el exterior el convento de San Plácido es tan desprovisto de ornamentación que pasa inadvertido. Lo que vendría a demostrar una vez más que no hay que fiarse de las apariencias.

    Fuente: Madrid con encanto 👇

    Traveler 👇

    Fotos: ©Valvar

  • Santa Cristina de Lena

    Santa Cristina de Lena

    Santa Cristina de Lena es una ermita prerrománica, tenida como la primera de este tipo, con influencias visigóticas, datada en el siglo IX, declarada patrimonio de la humanidad en 1885. Para colmo de dichas, tiene un horario de apertura casi todo el año.

    Los aficionados al románico nos llevamos muchos disgustos cuando nos encontramos cerradas iglesias que sabemos esconden preciosos tesoros. A cambio, a veces se nos aparece la virgen, esto es, tenemos suerte de darnos con un auténtico tesoro y lo encontramos abierto. Es lo que nos ocurrió en Santa Cristina de Lena.

    Volvíamos a la meseta después de una plácida y soleada excursión por tierras gallegas, a punto de adentrarnos en el antaño temible puerto de Pajares, perseguidos por una tormenta de viento, agua y nieve, cuando un cartel al borde de la carretera nos señala la salida a Santa Cristina. Estamos al lado, dijo el Colega, alborozado, podíamos desviarnos un rato. Nos desviamos. Siguiendo las indicaciones llegamos, efectivamente, a los pies del montículo en el que se alza la ermita, que en la distancia parece una primorosa maqueta.

    Tomamos el camino blanco y estrecho, en el que apenas cabe un coche. Como coincidamos con uno de bajada, a ver quién da la vuelta, aventura el Colega. Coche, no, pero como a mitad de camino nos encontramos a una señora de mediana edad. ¿Van ustedes a la ermita?, nos pregunta. Sí, ¿sabe si está abierta?, preguntamos nosotros. Yo les abro, responde. Suba al coche y le acercamos, propone el Colega. No, llego antes andando, dice ella.

    Ya me parece raro que en este camino, en medio de un temporal nos encontremos como por casualidad con quien tiene las llaves. Cuando reanudamos la marcha comento: Si llega antes que nosotros es una aparición. Seguro que sí, contesta el Colega.

    Cuando llegamos junto a la ermita encontramos un coche maniobrando para salir del camino. Ocupamos el espacio que ha dejado y cuando nos apeamos, vemos a la señora en la campa de la ermita. Te he dicho que es una aparición, no ha tenido tiempo de subir por su propio pie, insisto. Da igual, si nos abre como si es el ángel de la guarda, dice el Colega.

    Acelero para acercarme a la señora. Vaya día desapacible, comento, por decir algo. Sí, hace un poco de aire. El poco de aire nos lleva en volandas hasta la puerta de la ermita, que ella abre con una llave que a ojo bien podría ser románica. Qué suerte hemos tenido de encontrarla, dice el Colega, temíamos que la iglesia estuviera cerrada. No, señor, menos los lunes y todo el mes de noviembre, en invierno yo abro todas las mañanas de 11 a una. La señora nos da nuestras entradas, pagamos dos euros (332 ptas.) cada uno y nos disponemos a disfrutar del privilegio de tener el monumento para nosotros solos. A los pocos minutos suena un teléfono. La señora lo coge y enseguida pega la hebra con su interlocutor/a. Parece que en estos tiempos las apariciones se cuelgan al teléfono como tú, me dice el Colega con sorna.

    La ermita es una pequeña y sencilla construcción que se encuadra en la etapa ramirense -de Ramiro I (842-850)- del prerrománico asturiano, cuando la arquitectura del reino astur alcanzó su apogeo, con la trilogía de Santa María del Naranco, San Migel de Lillo y la propia Santa Cristina. De la estima que desde antiguo ha merecido esta ermita baste decir que fue declarada monumento histórico artístico ya en 1885.

    Lo primero que sorprende es lo bien conservada que se encuentra, tras las restauraciones llevadas a cabo a finales del siglo XIX y en la década de los 30 del XX. Se cree que la construcción pudo corresponder a una fundación monástica o bien tratarse de la capilla de un palacio de recreo de la familia real, teoría que se fundamenta en la existencia de la tribuna regia y que el lugar se sitúe en las inmediaciones de Vega del Rey. La advocación de Santa Cristina se estima que pudo ser posterior a su construcción.

    La iglesia se configura a partir de una sola nave a la que se adosan cuatro estancias en cada uno de sus lados: la cabecera orientada al este siguiendo el canon, un nártex a los pies, y sendas cámaras al norte y al sur, de fechas posteriores. Esta distribución es rara en el prerrománico asturiano, donde predominan las plantas basilicales, y la relaciona con las construcciones visigóticas. Por la simetría de sus volúmenes cúbicos exteriores y los contrafuertes que respaldan sus muros, se la conoce como la iglesia de las esquinas.

    En la fachada poniente se abre la puerta de acceso, un arco de medio punto dovelado, apeado sobre columnas entregas sin decoración. Se accede al interior a través de un nártex abovedado, sobre el que se sitúa la tribuna regia. Recorre los muros interiores una galería de arcos ciegos de medio punto que descansan sobre semicolumnas adosadas al muro, rematadas en los capitales troncopiramidales propios del estilo ramirense.

    En las emjutas de la arquería se encuentran tres medallones o clípleos en relieva en cuyo interior se adivinan siluetas de cuadrúpedos. En el hastial norte se distinguen dos paneles en los que aparecen jinetes cabalgando y portando una lanza.

    Llama la atención la arquería transversal tras el último tramo de la nave, a la manera de iconostasio, que separa el presbiterio y el altar del resto de la nave, destinado a los fieles. La arquería consta de tres arcos de medio punto sobre columnas de mármol y capiteles de tipo clásico. Estamos ante una estructura única en las construcciones medievales hispanas, relacionadas lejanamente con las arquerías de la mezquita de Córdoba o con la iglesia mozárabe de San Miguel de Escalada (León).

    Igualmente llamativas son las cinco celosías que animan el iconostasio para cuya elaboración se utilizaron placas visigóticas. En una de ellas se conserva un epitafio dedicado a un tal Telio en el año 681 de la cronología visigoda, nuestro 643.

    Para reforzar la barrera litúrgica najo el arco central de la arquería se colocaron tres piezas monolíticas visigóticas también reaprovechadas y decoradas con clípeos y formas vegetales de buena labra. «El abad Flaino lo ofrece en honor de los apóstoles del Señor Pedro y Pablo», se lee en las piezas ensambladas.

    Excepcionalmente también, Santa Cristina de Lena presenta un solo ábside cuadrangular, frente a la mayoría de construcciones contemporáneas suyas, triabsidales.

    Los muros del templo estuvieron cubiertos de pinturas murales, que no se han conservado. A destacar igualmente las ventanas de tres vanos separados por dos columnillas -tríforos- del muro de la cabecera y de la capilla lateral, así como las celosías cruciformes, reproducciones del original que se encuentra en el Museo Arqueológico de Asturias.

    Ateridos de frío, permanecemos un rato largo en la pequeña iglesia. Finalmente, nos despedimos por señas de la señora quien, sentada en un lugar recogido tras la puerta, sigue hablando por teléfono. Veo que al Colega se le está poniendo cara de pitorreo sobre la aparición, así que me adelanto. También a ti se te ha aparecido la virgen, que ni en sueños pensabas encontrar la iglesia abierta, le digo, mientras el viento zumba a nuestro alrededor.

    Antes de volver al coche echamos una última mirada a la ermita donde hace doce siglos se reunían los creyentes. La autovía, allá abajo, parece de otro mundo.

    Fuentes:

    Arteguías 👇

    Ayuntamiento de Lena👇

    Turismo prerrománico 👇

    Fotos: ©Valvar

  • San Martín de Mondoñedo

    San Martín de Mondoñedo

    San Martín de Mondoñedo (Foz, Lugo) es la catedral más antigua de España. Hoy es una basílica románica de una sorprendente y apabullante belleza, anexa a la cual se encuentra un Centro de Interpretación del Románico.

    Esta mole románica que el visitante encuentra al llegar, se levantó en el siglo XI sobre un viejo monasterio prerrománico; los enormes contrafuertes datan del siglo XVIII.

    Para entonces arrastraba ya una compleja historia: fue sede del obispado de Dumio (Braga, Portugal) cuando esta fue atacada por los musulmanes y de Bretonia (Lugo), atacado por los vikingos. En 1112 la sede episcopal pasó a Mondoñedo, quedando San Martiño como monasterio agustiniano hasta 1543, cuando el papa lo cede al obispado; desde el siglo XVII es iglesia parroquial, Bien de Interés Cultural desde 1931 y basílica desde 2007. El museo, abierto en 2018, ocupa la antigua casa rectoral.

    Aparte de las dimensiones de la iglesia, sorprende de ella la influencia del estilo lombardo, raro por estos lares, donde predomina el románico borgoñón introducido a través del Camino de Santiago. El conjunto conserva elementos de los siglos X, XI y XII. Por extraño que parezca, en un lugar de pocos habitantes, la iglesia puede visitarse durante la mayor parte del año con un horario fijo👇.

    La visita comienza por centro de interpretación, dedicado a San Rosendo y a San Gonzalo, de quien se muestra el báculo y anillo -datados en el siglo VIII- y otras reliquias, una reproducción del diploma del rey Silo del año 775, el más antiguo conservado en España, un facsímil del Tumbo de Bernardo, cuyo original se guarda en la catedral de Santiago y un lauda con caracteres visigóticos hallada en las excavaciones de la propia iglesia. En sus salas se informa sobre la historia de la iglesia y de sus pinturas románicas del siglo XII, las más antiguas de Galicia, y se muestra una colección de monedas de los siglos XI al XVII.

    San Martín/Martiño de Mondoñedo se encuentra a 90 kilómetros de Lugo y a unos cinco de Foz, municipio al que pertenece. Nosotros llegamos procedentes de Allariz, después de transitar por tramos de carreteras en condiciones de subdesarrollo, a las que durante dos horas largas el Colega ha dedicado una letanía de juramentos en arameo, con recuerdos al ministro y al consejero del ramo.

    El enfado desaparece ante la visión de San Martiño y queda totalmente olvidado al acceder a su interior. Impresionan sus hechuras de catedral en un pueblo de pocos habitantes. Hay que serenarse para apreciar los múltiples atractivos de la iglesia: las pinturas de los ábsides, los capiteles, el altar. Nos sentamos un rato para tratar de comprender dónde estamos y qué es lo que estamos viendo. Por un momento ambos hemos tenido la impresión de habernos introducido en un túnel del tiempo.

    Llaman la atención los once capiteles del crucero, de los que nueve parecen obra de un mismo escultor, bautizado como Maestro de Mondoñedo, el mismo autor del antipendio, el paramento que adorna la parte delantera del altar. Este maestro está dotado de un estilo propio, cercano a lo naif, en la representación de figuras y escenas propias del románico, de un gran encanto.

    En un capitel orientado a la nave central un personaje parece tirar de una fiera acompañado de otro hombre que levanta la mano derecha, escena que se interpreta como de caza o representación alegórica.

    En el pilar meridional del crucero vemos una cesta con un cuadrípedo rampante, un águila en posición frontal y alas desplegadas, una sirena y una mujer de cuyos pechos se alimentan dos sapos.

    La cesta opuesta representa el banquete del rico Epulón y el pobre Lázaro.

    Similar composición ofrece el capitel contiguo, con el banquete de Herodes y el baile de Salomé, en un lado, y la ejecución de San Juan Bautista en el otro.

    Frente al capitel de Lázaro, adosado al muro sur de la iglesia, otro capitel muestra a unas bestias que parecen devorar la cabeza de un hombre y una mujer, en lo que algunos expertos interpretan como el pecado de Adán y Eva y otros como una alegoría del pecado de pensamiento.

    Finalmente, a cada lado del arco del presbiterio se encuentran dos capiteles representando el de la izquierda un grifo y un ser monstruoso y el de la derecha figuras unicéfalas armadas con espadas.

    Los dos capiteles de un autor distinto ofrecen decoración vegetal y dos felinos entre el follaje.

    El antipendio de San Martiño es una rara pieza del románico hispano, considerado el precedente medieval de los retablos figurados que gozarán de éxito en los siguientes siglos. Una pieza de 160 por 110 centímetros presidida en el centro por un clípeo sostenido por ángeles con la efigie de un Cristo en majestad. Bajo él dos figuras eclesiásticas con las cabezas inclinadas en señal de reverencia y otros dos ángeles. En el ángulo inferior izquierdo un águila y bajo ella otra figura eclesiástica en actitud reverente. En el ángulo superior izquierdo el Agnus Dei con la cruz de la Resurrección inserto en otro clípeo. Una ordenación sacerdotal o una consagración episcopal son algunas de las múltiples interpretaciones que se da a esta pieza.

    En el muro del evangelio aparecen empotrados dos figuras, probablemente procedentes de otro lugar, en el que parece distinguirse un espinario.

    En el muro de los pies, tres figuras, igualmente trasladadas de otro emplazamiento. A la derecha, un condenado con la soga al cuello; a la izquierda, un personaje tocando un cuerno.

    Las pinturas murales fueron descubiertas en la restauración . en los años 2007-2008, representan escenas del árbol de Jesé, la Asunción de la Virgen y el juicio final. En la bóveda se distinguen algunas filigranas vegetales y grupos de personajes.

    Antes de abandonar el interior de esta iglesia singular, de la que en esos momentos somo sus únicos visitantes, rendimos homenaje de gratitud a quienes aquí trabajaron legándonos la expresión de su arte.

    San Martiño tiene dos portadas, la más primitiva, del siglo XI, en el muro norte se encuentra cegada. La segunda se abre en el muro de los pies, se cree que es obra del siglo XII. Destaca en esta el tímpano, en el que vemos labrado un crismón trinitario, representación rara en Galicia. Sobre él, un Agnus Dei, probablemente procedente de otro lugar.

    No menos interesante es la colección de canecillos bajo las cornisas, entre los que se distinguen varios rostros humanos, animales y una pareja abrazada.

    Cuando terminamos la visita llegan dos coches con otras tantas parejas, más o menos de nuestra quinta. Los jubilados somos los sostenedores de la industria turística fuera de temporada (y quizá dentro).

    En el jardín de una casa frente a la iglesia se alza un enorme limonero, cuajado de frutos cuyas ramas ocupan parte del camino. Buscamos a alguien a quien pedir permiso para coger algún limón pero no aparece nadie y nos vamos de vacío. Lástima.

    Fuente: Arteguías. San Martín de Mondoñedo👇

    Fotos: ©Valvar