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Rennes

Rennes es la capital administrativa de la Bretaña francesa, una ciudad típicamente bretona, con un casco antiguo medieval poblado de casas coloristas con entramado de madera, una catedral y los restos de una muralla medieval.

Salimos de Nantes a primera hora de la mañana para recorrer los 112 kilómetros que nos separan de Rennes, a medio camino del Mont Saint Michel, donde vamos a pasar la noche. En una web hemos visto que la catedral cierra los martes. Ya es mala suerte, la única iglesia de Francia que cierra y lo hace cuando llegamos nosotros, comento con el Colega.
La información que hemos recabado asegura que estamos en una capital regional a escala humana y una de las ciudades más agradables de Francia para vivir y para hacer una escala en el viaje a Bretaña. De momento, encontramos aparcamiento a la primera, junto al mercado, al ladito mismo de la catedral y las murallas, cosa que no siempre es fácil ni en Francia ni en ninguna parte.

La catedral de San Pedro👇 es un edificio clásico, estamos a punto de pasar de largo cuando vemos entrar a una pareja. ¿Quién dijo que en Francia hay una iglesia cerrada? Abierta de par en par.


El interior es suntuoso, con bonitas bóvedas y pinturas, como procede en un lugar donde durante siglos fueron coronados los duques de Bretaña. Aquí, como en tantas iglesias francesas, admira la belleza y grandiosidad de sus órganos.




Mientras hago fotos a las vidrieras -los templos franceses guardan verdaderos tesoros en este apartado- me percato que el Colega ha desaparecido. Como pasa el tiempo y no aparece, me pongo a buscarlo. Lo encuentro en una pequeña capilla que guarda lo que, a nuestro juicio, es el verdadero tesoro de la catedral: un retablo flamenco de madera de roble policromada y dorada, datado en Amberes en 1520.

Sus 80 personajes tallados representan la vida de la Virgen María y el Árbol de Jesé, con un dominio deslumbrante de la talla y del espacio. Dañado por filtraciones de agua y víctima de robos, ha sido recientemente restaurada y protegida por una reja de hierro.






Las imágenes, sobre todo las femeninas, nos recuerdan las que Gil de Siloé realizó en el retablo y en el sepulcro de los padres de Isabel la Católica –Juan II e Isabel de Portugal- en la Cartuja de Miraflores de Burgos. No sería extraña la influencia, pues Siloé se cree que nació en Amberes, aunque un siglo antes.

Contentos con nuestro descubrimiento salimos a recorrer el casco antiguo de Rennes. A un lado de la portada catedralicia nos topamos con una furgoneta de una empresa de chimeneas con un llamativo reclamo publicitario. Mira por dónde los jubilados somos un nicho de negocio, comento al Colega, que no se había percatado.






Lindando con la catedral se encuentran las calles de Chapitre, Palette, Saint-Sauveur, el cogollo de las casas de entramado de madera, de las que la ciudad cuenta con 286, solo superada por Estrasburgo, en la Alsacia. Hemos llegado tan pronto que ni siquiera han abierto las tiendas que se abren a estas calles y plaza. Solo nos cruzamos con un grupo de escolares.


Cerca de la catedral descubrimos las Puertas Mordelaises, antigua entrada principal a la ciudad, bajo la que los duques de Bretaña prestaban juramento. Sus torres simétricas protegían a la ciudad mediante un doble puente elevado. Son el resto de lo que fueron sus murallas.

De nuevo nos encontramos con un numeroso grupo de escolares de poca edad cuyos profesores a duras penas consiguen mantener atentos a sus explicaciones.

Una pareja joven se deleita fotografiándose mutuamente ante la puerta. En una de sus idas y venidas la joven no se percata del bolardo que hay a su espalda y se cae, literalmente, patas arribas, con gran regocijo de los pequeños escolares. La chica se levanta, se sienta en el bolardo y sigue haciendo fotos.
En Rennes estuvo el Parlamento de Bretaña donde se celebraban las reuniones hasta la Revolución Francesa, edificio que quedó destruido por un incendio en 1994. Una vez restaurado es la sede del Tribunal de Apelación de Bretaña y de Primera Instancia de Ille-et-Vilaine, comarca a la que pertenece la capital.
El mercado de la Place des Lices data de 1622 y es el segundo más grande de Francia. Los sábados por la mañana atrae a los productores locales de frutas y verduras, carne, queso, pescado fresco, así como flores y arreglos de jardín. En verano ofrece actuaciones musicales.

En verano ofrece además actuaciones musicales. Como no es sábado, nos despedimos de Rennes y tomamos el camino de Cancale que es, con Port de Bélon, la meca de las ostras, de su cría y reproducción.

Cancale se encuentra en una bahía en forma de concha marina, numerosos restaurantes se asientan a la orilla de un mar que aquí y hasta el cabo Frehel toma el nombre de Costa Esmeralda por el color de sus aguas.

Mi afición ostrera se despertó precisamente en este lugar en nuestra primera visita de 1995, hasta el que incluso los romanos llegaron en busca del apreciado molusco. Desde entonces he comido ostras de muy distintas procedencias, pero ninguna tan exquisita, suave y carnosa como la de Cancale. Dicen que los lugareños tiran las conchas vacías a la playa, pero ni entonces ni ahora vimos a nadie que lo hiciera así que las depositamos en las bandejas de la mesa.

En aquel primer viaje nos llamó la atención un vehículo que, según nos explicaron, transitaba por la bahía cuando bajaba la marea y navegaba como un barco con la marea alta. La joven que fui se fotografió ante aquel aparato. En esta ocasión no vimos ninguno, así que la anciana que soy se fotografía ante un plato de mejillones, unos moules frites, preludio de la degustación de las ostras.

Advierten los bretones que aquí el tiempo puede pasar de un extremo a otro en unos minutos, atravesar cuatro estaciones en un día. Va a ser verdad. Cuando a primera hora de la mañana hemos salido de Nantes el sol lucía esplendoroso, en Rennes el cielo estaba gris, cuando después de comer abandonamos el restaurante de Cancale empieza a llover. Al llegar al Mont Saint Michel vuelve a lucir el sol.
Fotos: ©Valvar

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Nantes

Nantes fue la capital del ducado de Bretaña, pero tras la última reforma administrativa francesa ha pasado a serlo del departamento de Loira Atlántico y de la región de los Países del Loira, lo que no empece que los nanteses se sigan considerando bretones.
Es nuestra primera etapa por la Bretaña, a 771 kilómetros desde Burgos, el punto de partida. Madrugamos, hacemos paradas de descanso cada 200 kilómetros, comemos ligero y llegamos a Nantes a las 6 de la tarde. Hemos reservado dos noches de estancia para conocer la ciudad y empezar la ruta descansados.
Situada en el estuario del Loira, Nantes tiene un patrimonio monumental interesante y una vida cultural activa. Da sensación de ciudad sosegada y acogedora, muy cuidada, una mezcla de antiguo y moderno realizada con gusto. La ciudad fue muy dañada por las bombas durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que buena parte de su urbanismo es posterior a esos años.



Nos alojamos en el Hotel de la Cité, próximo al Palacio de Congresos, una zona ultramoderna, de edificios acristalados.

Un puente elevado sobrevuela las vías del tren y comunica el hotel con el centro histórico. Junto a este puente se alza una torre modernista con las iniciales LU 👇, esto es, Lieu Unique. La torre data del año 1909, tiene 38 metros de altura y está coronada con una escultura alegoría de la diosa de la fama y seis signos del zodiaco. Es una de las dos torres icónicas de la antigua fábrica de galletas LU, la segunda fue destruida por un bombardeo en la última gran guerra.

La empresa trasladó sus instalaciones fuera de Nantes y en el año 2000 el edificio se convirtió en un espacio de ocio y cultura según el proyecto del arquitecto Patrick Bouchain, especializado en la reutilización de espacios industriales.
El puente termina en un espacio abierto, entre plaza y avenida, por donde transitan fluidamente autobuses, tranvías, coches y peatones sin aparente dificultad. Caminamos por la course Saint Pierre hasta el obelisco de Luis XVI, monarca que aquí parece apreciado, ejecutado en la guillotina tras la Revolución de 1879.




El paseo bordea los dos grandes monumentos de la ciudad: el castillo de los duques y la catedral. Torcemos a la izquierda y nos topamos con la puerta de Saint Pierre, levantada sobre restos romanos del siglo III. La puerta, de estilo gótico, es lo que queda de las murallas medievales, durante siglos fue una de las entradas principales de la ciudad. El diseño castrense medieval fue modificado por los obispos para construir encima su residencia y las dependencias desde la que divisar lo que ocurría en la ciudad y controlar el acceso a la catedral, al otro lado de la calle.

Según especifica una inscripción en sus muros, la primera piedra de la catedral 👇 se colocó en 1434, sobre el solar que antes había ocupado un templo románico y antes que él, uno romano; las obras se dieron por concluidas en 1893. De estilo gótico flamígero, de iguales dimensiones que Notre Dame de París, pero con bóvedas más altas hasta los 37,5 metros, está ornada con dos grandes puertas y dos torres.
Si el concepto puede aplicarse a una iglesia cabría decir que la catedral de San Pedro y San Pablo, que tal es su advocación, tiene mala suerte. El año 1972 sufrió un devastador incendio que destruyó sus bóvedas de madera. Durante trece años se realizaron obras de restauración que devolvieron la antigua prestancia a sus piedras blancas.
Dos eran sus grandes tesoros: el órgano y la tumba del último duque de Bretaña, Francisco II, y de su segunda esposa, Margarita de Foix, considerada una obra maestra de escultura, mezcla de estilo medieval y renacentista. Los bultos de los duques reposaban sobre un sarcófago con las esculturas de los doce apóstoles, y estaban flanqueados por cuatro figuras femeninas que encarnan las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.



El sepulcro fue encargado por Ana de Bretaña, hija de los duques difuntos, creado por Michel Colombe, y concluido en 1507. Inicialmente fue instalado en el convento de los carmelitas de Nantes, en 1817 fue trasladado a la catedral.

Las estatuas yacentes de los duques aparecen coronados, reivindicando la aspiración de Bretaña como reino independiente.
La malaventura catedralicia volvió a manifestarse el 18 de julio de 2020, cuando uno de los voluntarios encargados del cuidado del templo provocó un incendio aún más demoledor, que destruyó las vidrieras originales y el órgano de 2.400 tubos, del siglo XVII y debilitó la mampostería del templo. La contaminación originada por el plomo fundido obligó a cerrar la catedral.

En septiembre de 2025 se abrió provisionalmente; la apertura definitiva se espera que será en 2028, cuando concluya la restauración. Encontramos, pues, a la desdichada catedral rodeada de un vallado protector y su portada principal cubierta con una lona. ¡Lástima!

El interior es menos desolador. Hay un órgano, no sabemos si nuevo o restaurado, y las estatuas yacentes descansan sobre el suelo, rodeados de las virtudes cardinales.

No sabemos si porque es tarde de domingo o porque los nanteses son gente piadosa, la iglesia se encuentra muy concurrida.
El casco antiguo de Nantes se extiende por los barrios de Feydeau y Graslin, donde abundan los restaurantes frecuentados por locales y visitantes. Con ese olfato gourmet que tiene el Colega aterrizamos en Chez Maman, un “resto-brocante”, esto es, una mezcla de anticuario y bistrot, donde cenamos espléndidamente.
En la explanada del castillo descubrimos un pequeño estanque que, como El Espejo de Burdeos, parece destinado a reflejar los muros del palacio de los duques de Bretaña, imagen embellecida más aún a la caída del sol. La torre LU parece un faro en la noche nantesa.



Hemos llegado sabiendo que los lunes cierran las máquinas de la Isla 👇, que tanto nos hubiera gustado ver, y el Castillo de los Duques. La Isla es la que origina una bifurcación del río Loira a su paso por la ciudad. Bien descansados, este lunes nos proponemos patearnos la ciudad con calma. Empezamos por cruzar el río hasta la plaza Clémenceau-Lefeuvre para ver una de las instalaciones que proliferan por la ciudad: Brutalistas 👇.



Los artistas Martine Feipel y Jean Bechameil han construido aquí una composición geométrica como un cuadro tridimensional en el que se mezcla la ilusión, lo imaginario, lo insólito y lo ilógico, según informa un cartel. Las esculturas están equipadas con hornos, de manera que los vecinos pueden reunirse en la plazoleta con la excusa de hacer una barbacoa.

El Loira baja ancho y caudaloso. El Colega observa que el agua corre hacia el este, cuando debería hacerlo en sentido contrario, hacia su desembocadura en Saint Nazaire. Será que está subiendo la marea, le digo. No puede ser, el mar está a 60 kilómetros de aquí, responde. Pues será una de las rarezas de Bretaña, no se me ocurre otra respuesta.
Enfrente del castillo encontramos la Oficina de Turismo. Vamos provistos de la documentación necesaria, pero el Colega quiere saber por qué el río no sigue el curso lógico. El chico que nos atiende le saca un mapa de la zona donde se ve claramente la dirección del río. El Colega insiste: El agua fluye en dirección este. Eso es imposible, salvo que la marea esté subiendo. Las mareas aquí son muy fuertes, asegura el chico. Nos vamos, el Colega sigue rezongando. Primera lección bretona: aquí todo es superlativo, también las mareas, le recuerdo.


Al llegar a la puerta del castillo comprobamos que está abierta y por ella entran y salen grupos de escolares. Efectivamente, el museo local está cerrado pero puede visitarse todo lo demás. Estamos en una pequeña ciudadela amurallada👇 que ha servido como palacio ducal, fortaleza militar, cuartel y búnker alemán durante la Segunda Guerra Mundial.




Su apariencia gótica medieval se compadece mal con su interior, un conjunto de edificaciones renacentistas, de gusto refinado. Recorremos el adarve de la muralla que conecta sus siete torres y desde el que se contempla la ciudad.





Un cartel advierte de la prohibición de hacer pintadas en los muros, el Código Penal francés establece un agravamiento de penas cuando la degradación afecta al patrimonio cultural, como es el caso, de este monumento histórico desde 1840. Sea por la advertencia o por las cámaras que proliferan los muros aparecen limpios que da gloria verlos.

Frente a la puerta del castillo se encuentra una escultura de Ana de Bretaña👇, la gran figura de Nantes junto con Julio Verne, nantés universal. Grupos de escolares rodean a la gran duquesa mientras su profesora les plantea cuestiones que ellos responden y anotan en sus cuadernos.

La duquesa aparece joven, como en realidad era, pues murió a los 36 años. Había nacido en Nantes en 1477 y a la muerte de su padre fue declarada duquesa de Bretaña, con solo once años.
Quiso preservar el ducado fuera de la corona francesa y así lo negoció en sus dos matrimonios, primero con el rey Carlos VIII y luego con el heredero de este, Luis XII, convirtiéndose en la única mujer doblemente reina consorte. Soportó catorce embarazos, la mayoría acabaron en abortos o muertes prematuras, sin conseguir un heredero al trono. Dicen de ella que era inteligente y astuta, además de mecenas de las artes.

Al comienzo de la calle que conduce al castillo hemos encontrado una de las cuatro fuentes Wallace 👇 que surten de agua potable a los paseantes sedientos. Estas fuentes, ahora diseñadas por el dibujante Cyril Pedrosa siguiendo la idea del artista nantés Lebourg, que diseñó las fuentes de Paris en 1871, evocan la larga historia del feminismo y de la humanidad en busca de su propia emancipación.









No lejos, se encuentra el Museo de las Artes 👇, uno de nuestros imprescindibles. Recientemente se ha ampliado fusionando el palacio del siglo XIX del viejo museo con un moderno edificio en cubo. Atesora una muy valiosa colección desde el siglo XIII a las vanguardias. El Colega quiere ver a los La Tour, yo los Monet y Chagall. De propina encontramos a Sonia Delaunay y Rodin.

Llegada la hora de comer, el Colega propone ir al Bistrot Vasque pero también cierra los lunes, así que volvemos al Chez Mamam, menos concurrido de guiris que la noche anterior, donde comemos igual de bien. Comer a la sombra de la torre del campanario de la iglesia del Sacré Cour , con sus ángeles trompeteros y su campana Bouffay, fundida en 1663, tiene su punto.




El Pasaje Pommeraye 👇 es una preciosa galería decimonónica, donde se conjugan un aire decadente y un dinamismo comercial, con tiendas de moda, decoración y recuerdos. Sus tres niveles, que unen el barrio de Graslin con el de Commerce, hacen de ella un ejemplo único en Europa.


La plaza de Graslin, toma el nombre del financiero y economista de la Ilustración, promotor de la expansión urbanística del centro de Nantes. En esta plaza se levanta también el teatro de la ópera, uno de los cuatro teatros del siglo XVIII que se conservan en Francia. De estilo neoclásico, sus ocho columnas corintias sostienen a otras tantas musas.

Una inscripción recuerda que “este teatro fue acabado el año 1788, el décimotercero del reinado de Luis XVI, el bienhechor”. En el décimoctavo año de reinado sería guillotinado, lo que demuestra cuán voluble es la fama.

En esta plaza se encuentra la Cigale👇, una brasería centenaria, que conserva su decoración modernista.

A un paso de la de Graslin está la plaza Real, el corazón chic de Nantes. Fue diseñada en 1790 por el arquitecto Crucy. En el centro se encuentra la fuente del Loire (1865), con un Neptuno como personaje principal, símbolo de la relación del Atlántico, el Loira, sus afluentes y la propia ciudad de Nantes.




Desde la plaza se divisa la basílica de San Nicolás, levantada en la plaza Fournier. Nos sorprende su excelente estado de conservación, hasta que comprobamos que es una construcción de 1844-1869, según diseño de Jean-Baptiste Lassus, arquitecto colaborador del inefable Violec-le-Duc, empeñado en sembrar Francia de edificios neogóticos.
Como en tantos otros edificios de la región, los bombardeos de la guerra le causaron graves daños que obligaron a su reconstrucción entre 1953 y 1974. En 2004 fue restaurado de nuevo. Desde 1980 es monumento histórico.
Nantes es la ciudad ideal para recorrer a pie, pues el peatón parece tener siempre preferencia, excepto en presencia del tranvía. No nos quedó claro si existe un código desconocido por nosotros, si todo el casco antiguo es peatonal o si conductores y peatones son de una corrección exquisita, que también puede ser.

En todo caso, no encontramos grandes aglomeraciones de gente, incluso en las calles centrales pudimos pasear casi solos, lo que a estas alturas de invasión turística, nos pareció un verdadero privilegio.

El callejero de Nantes está atravesado por una línea verde que a lo largo de 12 kilómetros conduce a los puntos de interés de la ciudad. Siguiendo la línea en la plaza Bouffay encontramos el Éloge du Pas de Côté, un hombre que parece querer escapar de su base.

En la plaza del Comercio se encuentra la escultura de Georges de Villevois-Mareuil, noble francés casado con Paule Entrangin, prima de Edmond Rostand. Se cuenta que el escritor se inspiró en él para crear el personaje de Cyrano de Bergerac. A su espalda se levanta un edificio señorial que fue sede de la Bolsa y hoy lo es de la Fnac, dedicada a la venta de libros y discos.

Con línea verde o sin ella encontramos “El muro caído del cielo”, creado por Jean Luc Courcoult, y “Las dos bañistas”, obra de Claire Tabouret, en memoria del servicio de duchas instalado en 1860 a orillas del Loira para permitir el aseo a las lavanderas profesionales y a los trabajadores pobres.


Además de la hermosura del patrimonio nantés, nos encanta el olor dulzón que emana de la abundancia de zonas verdes y arbolado.



Superados con creces los 12 kilómetros de caminata de la línea verde, nos encaminamos al museo Verne👇, que sí abre el lunes, pero cuando llegamos ya ha cerrado. Optamos por volver al hotel tranquilamente bordeando el Sena. Al pasar por las instalaciones hospitalarias de Nantes vemos aterrizar en ellas un helicóptero.
Al otro lado del río, en la Isla de Nantes que forma la bifurcación del Loire, divisamos la zona de las Máquinas, hoy cerradas. Otra vez será.
Cuando en la mañana del martes nos disponemos a salir de la ciudad que tan buena impresión nos ha hecho, descubrimos que la entrada está tan congestionada como pueda estarlo cualquier gran ciudad a primera hora de una jornada laboral. No hay dicha completa, ni siquiera en Nantes.
Fotos: ©Valvar

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Paseo por la Bretaña francesa

Paseo por la Bretaña francesa
¿Por qué viajar a Bretaña, el Finisterre francés? La región donde todo es prodigioso, legendario y superlativo: aquí está la mayor concentración de monumentos históricos por kilómetro cuadrado, la mayor cantidad de conserveras de pescado del mundo, el mayor número de especies marinas, la mayor variedad de trajes regionales, con 1.266 modelos, incluso 7.770 santos propios, uno para cada necesidad.
Ofrece tantas razones como visitantes. Al Colega le gusta porque es la tierra de Astérix, Obélix y sus irreductibles galos, por sus recintos parroquiales y por los alineamientos de Carnac.

Yo quiero ir para ver la casa encastrada entre piedras en la costa de granito rosa, para volver a Quimper, ciudad de la que guardo un recuerdo romántico de pueblo bonito, comer ostras en Cancale y, sobre todo, para celebrar mi cumpleaños en el Mont Saint Michel.

Mont Saint Michel Elegido el destino -este año le toca elegir al Colega-, preparamos el viaje concienzudamente, como solemos. Establecemos los puntos imprescindibles del recorrido, los aconsejables y los sisepuede, a sabiendas de que los imponderables que siempre surgen condicionarán nuestra ruta definitiva. Partiendo de Burgos, nos proponemos pasar por Nantes, Rennes, Mont Saint Michel, Saint Malo, Dinan, la Costa Rosa, los faros del Finesterre, Quimper, Concarneau, Carnac, Vannes y Angulema.

Quimper En realidad, este es nuestro segunda visita a la Bretaña. Estuvimos ya en 1995, de vuelta de una estancia en París, un viaje rápido. En estos años hemos descubierto al escritor Jean Luc Bannalec 👇, seudónimo tras el que se esconde el traductor y editor alemán Jörg Bong, de origen bretón, buen conocedor de la región, sus gentes, sus tradiciones, sus costumbres, sus leyendas y sus manías. Bannalec es el autor de la serie de novelas protagonizadas por un policía de la prefectura de Concarneau -el comisario Dupin-, cuyas aventuras suceden en distintos puntos de la Bretaña.

La Ville Close en Concarneau Da un poco de rubor confesar que nuestros guías principales en este recorrido por Bretaña sean personajes de ficción, pero después de haber leído todos las historietas de Asterix y de seguir las peripecias de Georges Dupin a lo largo de catorce novelas, tenemos al comisario como uno de los mejores guías de la región. Él, su novia -ya esposa- Claire, su secretaria Nolwenn y los policías de la comisaría son para nosotros como de la cuadrilla.
A Bretaña hay que llegar advertido de que es la menos francesa de las regiones de Francia. Los bretones se consideran celtas. En la Edad Media gozó de independencia bajo el dominio del ducado de Bretaña, hasta que en 1532 fue incorporada como una provincia gala, perdiendo definitivamente cualquier atisbo de autonomía con la Revolución francesa. El nacionalismo bretón sigue reivindicándose como territorio histórico y defendiendo su idioma como parte de su identidad. El País Bretón se siente próximo al País Vasco, ambos se consideran singulares y vecinos de Francia.

Saint Malo Para ellos, Finisterre no es el fin del mundo sino, el principio, Bretaña es la cabeza del mundo “Penn ar bed”, en lengua bretona. Lo dejó escrito María de Francia en el siglo XII: Bretaña es poesía.
Incluso cuando los bretones hablan francés hay que prestar mucha atención para comprender sus palabras, algo parecido a lo que les sucederá a quien ha aprendido un castellano académico y quiera practicarlo en Galicia. Prácticamente todos los lugares de ámbito municipal y regional hace tiempo que están rotulados en la doble versión franco-bretona. Los bretones consideran un triunfo que el gobierno francés accediera a hacer lo propio en las carreteras de su competencia. De ahí que los indicadores se llenen de “ke” y ch”, en topónimos con frecuencia precedidos de “plou”, que significa pueblo.
En ocasiones, los periódicos de la región ironizan sobre el carácter bretón, incluyendo en sus páginas encuestas del tipo: Sabes que eres bretón cuando… entras en un bar muy concurrido de un rincón del Finisterre y proclamas a gritos que eres de París / te cuesta un poco relacionarte con los ingleses / no te parece que la andouille (embutido elaborado con las entrañas y grasa de cerdo, especiado y ahumado) huela a rayos / solo bebes sidra seca y dejas para los normandos la más suave. Los normandos son los de Lepe para los bretones; cualquiera que no descienda de varias generaciones de bretones es considerado forastero, los parisinos son los más extranjeros entre los forasteros.

Palacio de los Duques de Bretaña No siempre es fácil entender la ironía bretona, cuando te explican que en Bretaña hace buen tiempo pero solo cinco veces al día. En todo caso, mejor no intentar el compadreo: si eres forastero hacer bromas sobre Bretaña se considera de mala educación.
Lo legendario es inherente al alma celta de Bretaña. No hay lugar que no tenga su propia leyenda, trágica las más de las veces. Concarneau tiene varias, una de ellas habla de los amores de Pierre y una bellísima selkie (especie de sirena que puede convertirse en mujer) llamada Mauve, que vivían felices en la Ville Close. La dicha de la pareja suscitó la envidia de algunos vecinos, que se dedicaron a hostigar a arponazos a la pobre selkie hasta acabar con su vida. Afirma la leyenda que los selkies del mar se vengaron de manera lenta y paciente de los agresores hasta acabar con todos ellos.

Recinto parroquial de de Thegpmec Del faro de Tévennec, situado en el paso entre Raz y la isla de Sein, se dice que está habitado por un espíritu que devora el alma y enloquece a sus guardianes, ninguno de los cuales ha salido indemne. Sea por eso, o por la modernización del servicio, actualmente está automatizado.
En los campos de Morbihan, cerca de Vannes, se oculta el Bugul-noz o pastor de la noche, personaje parecido al hombre lobo, que viste abrigo oscuro y cubre su cabeza con sombrero de ala ancha. Se come a los niños que al anochecer corretean fuera de casa y a los pescadores rezagados.

Vannes En Locronan el 1 de noviembre se celebra el Samain o Año Nuevo celta, momento en que se difumina la línea entre el mundo de los vivos y los difuntos. El domingo siguiente se reparte de casa en casa el pan de los muertos con una lágrima de azúcar para endulzar las penas. El día de Todos los Santos se preparan crepes para las almas perdidas.
Otra de las leyendas bretonas cuenta que en el lago de Loc’h, una de las islas Glenan, se encuentra el escondite de Groac’h, la bruja de los naufragios, inmensamente rica, pues una corriente marina mágica le trae las riquezas de los barcos que naufragan. Su palacio está en el fondo del mar; el lago es el joyero donde guarda su tesoro. Muchos son los que se han lanzado a la búsqueda de esas riquezas. Ninguno ha vuelto. Groac’h los seduce, los fríe y se los come.

Costa de Granito Rosa No siempre es posible cumplir los planes. Habíamos reservado una etapa para conocer la costa oeste y sus famosos faros bretones, pero justo ese día amaneció con una niebla cerrada. Era inútil intentar recorrer la costa cuando ya resultaba difícil identificar las señales de la carretera en el interior.
Entre los sisepuede el Colega había incluido una visita al bosque de Paimpont o de Brocéliande, un lugar druídico, cuajado de leyendas en torno a Merlín, el rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda. Finalmente, saludamos cortésmente a Chétien de Troyes, escritor medieval, autor de la novela El Caballero del León, donde da vida a todos esos personajes, y pasamos de largo, sin visitar la tumba de Merlín.

Península de Quiberon En fin, durante diez días hemos recorrido unos 2.200 kilómetros en etapas sosegadas y hemos vuelto con las alforjas llenas de recuerdos y experiencias espléndidas. Somos conscientes de nuestra edad, frisando ya los ochenta, pero el Colega acaba de renovar el carnet de conducir sin problema y, en la medida de lo posible, queremos mantener nuestra autonomía, como los bretones, también a la hora de viajar, al menos mientras podamos valernos por nosotros mismos. Nuestras etapas son más cortas de lo que eran en 1995, pero nuestro disfrute viajero es el mismo o más intenso, sabemos que ya no tendremos oportunidad de volver a muchos de esos lugares. Por eso tenemos tanto interés en guardarlos en la retina, en nuestras fotos y en nuestra memoria. Y poder compartirlos con quienes nos leen.
Fotos: ©Valvar

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Campos del Renacimiento

Campos del Renacimiento es un tesoro en el corazón de Palencia, testimonio de la riqueza de Tierra de Campos durante el siglo XVI y del talento de algunos de sus hijos o vecinos ilustres: los Berruguete padre e hijo, Jorge Manrique, Alejo de Vahía o el Cardenal Cisneros.
El Museo Territorial Campos del Renacimiento 👇 es el resultado de una rara colaboración institucional: la Diócesis y la Diputación de Palencia y la Junta de Castilla y León, con el diseño y gestión de la Fundación Las Edades del Hombre. Visitarlo es una gozosa experiencia.

En puridad, habría que hablar de los museos, en plural, pues cuatro son los centros expositivos que el visitante puede recorrer en esta visita a Tierra de Campos: la iglesia de Santa María de Becerril de Campos, la de Santa Eulalia de Paredes de Nava, de San Pedro y San Facundo y San Primitivo en Cisneros y Santa María en Fuentes de Nava. Cada uno con un eje expositivo.
Emprendemos esta excursión en compañía de otra pareja amiga, igualmente jubilada, lo que nos permite elegir un día laboral. En consecuencia, somos los únicos visitantes tras la resaca de la Semana Santa. Loados sean todos los dioses de universo.
En el momento de comprar la entrada el visitante tiene opción de elegir entre un solo centro, dos o los cuatro, en este caso con el plazo de seis meses para completar las visitas. Nosotros elegimos el paquete completo y nos beneficiamos de la tarifa reducida aplicada a los mayores de 65 años.

Becerril de Campos. Iglesia de Santa María Empezamos por Becerril de Campos, donde nos esperaba Eva para proporcionarnos las entradas e introducirnos en lo que íbamos a ver. Lo primero que sorprende son las dimensiones de estas iglesias, enormes para su población actual.



Máxime si se tiene en cuenta que algunos de estos pueblos llegaron a tener hasta siete templos de similar porte, demostración de la antigua pujanza económica de la comarca.




A partir de ahí, vamos de sorpresa en sorpresa, nos faltan ojos para mirar. Desde el artesonado, tan bien conservado que parece recién acabado, a su programa expositivo, aquí dedicado a la Virgen María.











Descubrimos a un artista poco conocido: Alejo de Vahía, oriundo del norte de Europa, que aquí montó su taller y conoció el éxito. Como no firmaba sus obras, los expertos han ido descubriéndolas identificando sus peculiaridades: unos rizos a modo de flequillo, el ondulado de sus cabellos, la posición de sus manos…

Caemos rendidos de admiración ante la efigie del Padre Eterno, con la Santa Faz en la parte inferior, el Santo Entierro, sus ángeles y sus santos.


Otro tanto nos ocurre con la Virgen con Niño de Juan de Juni, de una ternura conmovedora.
Al terminar la visita, lo propio hubiera sido dar un paseo por el pueblo pero optamos por visitar el museo de Paredes de Nava antes de comer.


Llegamos ya advertidos de las dimensiones de estas iglesias pero la de Santa Eulalia llama la atención por su torre, románica en su primera parte, rematada por una elegante pirámide.

Saludamos a Fernando, que nos introduce en el contenido que nos espera, con un protagonismo destacado de Pedro Berruguete y su hijo Alonso. En todos los museos, un código QR ofrece una visita guiada, muy didáctica e interesante.

La exposición se distribuye en varias instancias. Un relicario conserva lo que se afirma es una costilla de Santiago. A través de una escalera de caracol se accede a la planta superior, de fácil acceso para veteranos como nosotros pero no para personas con movilidad reducida. Lástima, porque ofrece una hermosa imagen del templo.

Se conserva la pila donde fueron bautizados los hijos ilustres de Paredes de Nava, los Berruguete padre e hijo y el militar y escritor Jorge Manrique, conocido especialmente por las Coplas a la muerte de su padre.




En el retablo mayor hay una selección de pinturas de Pedro Berruguete, entre las que destacan los reyes de Judá y especialmente la dedicada al rey David, de penetrante mirada, convertido en imagen icónica. En verdad, solo este retablo daría para echar la mañana entera.

En este recorrido nos encontramos con Alonso de Berruguete, hijo de Pedro, y su delicada Virgen con Niño.

Para acabar rendidos ante la maestría de Alejo de Vahía y su Abrazo de San Joaquín y Santa Ana.

En el exterior del templo, un monumento recuerda a Jorge Manrique, a quien saludamos con admiración y respeto.
Fernando nos ha informado sobre las opciones para comer en el pueblo o en los alrededores y optamos por quedarnos en Paredes. Acudimos al restaurante de Sofía, a esa hora convertido en una especie de ONU reducida, no muy diferente a lo que debió ser esta villa en el glorioso siglo XVI. Nos ofrecen un menú casero y abundante que rematamos con un café tranquilo en la terraza.


Junto al restaurante descubrimos la torre románica de la iglesia de San Juan, que -¡Oh, sorpresa!- está abierta. Como en Francia, comentamos con alegría.



En la oscuridad del templo vemos una instalación de pequeñas figuras que identificamos con un belén. Será que lo dejan de un año para otro, razonamos. El Colega nos saca del error, es lo contrario del belén, un escenario de la Pasión al que no le falta detalle.

A la iglesia le vendría bien una restauración, lo que resulta más evidente porque Paredes de Nava presenta un aspecto reluciente, limpia y cuidada, como hubo de ser en sus buenos tiempos.

A la entrada de la iglesia de San Pedro de Cisneros nos recibe una escultura de quien fue confesor de la reina Católica. En su interior encontramos a Daniel, que, como sus compañeros, nos presenta lo que vamos a ver, en buena medida dedicado al cardenal Cisneros (Torrelaguna, 1436-Roa, 1517), cuya familia era oriunda del lugar.







En la nave central destaca el precioso sepulcro de Gonzalo Ximénez de Cisneros, antepasado del cardenal. Nos deleitamos en las figuras, ya más góticas que románicas, de la sepultura y en la del personaje.



También en la nave, un segundo sepulcro, este de una dama desconocida, del siglo XIV. Adosado al muro de la nave del evangelio un último enterramiento en arcosolio del siglo XV.



El artista principal de este museo es Francisco Giralte, autor del grandioso retablo principal y de la antigua portada, ahora en el interior.




Una amplia colección de santos dominicos de estilo barroco, obra del siglo XVIII ocupa la nave de la epístola.


La oferta expositiva de Cisneros se reparte entre esta iglesia y la de los Santos Facundo y Primitivo. Hasta allí nos encaminamos seguidos por Daniel.





Este segundo centro es el paraíso para los amantes de los artesonados. Bajo una obra mudéjar espectacular, Daniel nos ilustra sobre las características de este tipo de techos. Boquiabiertos nos deja la cubierta de la Capilla de la Virgen del Castillo.

En la plazoleta de la iglesia se alza un sencillo homenaje al Danzante tradicional de Cisneros.
Terminamos nuestro recorrido en la iglesia de Santa María de Fuentes de Nava que, con la de los Santos Facundo y Primitivo, conforma el Centro de Interpretación de las Techumbres Mudéjares, adonde llegamos con agujetas en los ojos y el corazón desbordado por tanta belleza reunida. Teresa nos habla del momento histórico de esplendor de la comarca y del Canal de Castilla, obra de ingeniería hidráulica del siglo XVIII proyectada para el desarrollo de la comarca, solo un poco antes de la aparición del ferrocarril.



Agradecemos sus explicaciones y la proyección del vídeo donde nos descubren los secretos de la construcción de los artesonados, mientras los ojos se nos van a las cubiertas que tenemos sobre nuestras cabezas.




El retablo mayor es ya plenamente barroco. También aquí luce un buen órgano.


Rendidos como estamos a Alejo de Vahía admiramos su hermosa Asunción de la Virgen.

Teresa nos invita a subir a la torre de la iglesia, invitación que solo acepta nuestro amigo Luis, saludándonos desde lo alto cuando ya el sol declina en el horizonte.

Sorprendidos por tanta belleza, alentados por el conocimiento y la competencia de los profesionales que atienden las distintas iglesias, hemos querido completar el recorrido, hurtando tiempo a la visita a los pueblos por donde hemos pasado. Somos conscientes de que nos hemos perdido una parte no menos interesante del programa, por lo que nos emplazamos para volver en una próxima ocasión a conocer mejor los lugares por donde ahora hemos pasado demasiado rápido.
En el camino de vuelta alabamos sin reservas el acierto del proyecto y nos preguntamos cómo es posible que no abunden iniciativas de este tipo, que revitalizan el entorno donde se ubican, mientras el enorme patrimonio artístico de otras comarcas de la Comunidad -la España vaciada- permanece cerrado a cal y canto.













Fotos: ©Valvar

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Los castillos de la Dordoña

La Dordoña es una de las regiones con los paisajes más bucólicos de Francia, acaso para compensar que durante cinco siglos estas tierras fueron escenario de luchas constantes. Testigos de este pasado feudal y bélico son los innumerables castillos que pueblan la idílica región.
Denominada indistintamente Perigord o Dordoña fue escenario de luchas constantes: la aparición y eliminación de los cátaros entre los siglos XI y XII, la Guerra de los Cien Años del XIV al XV, las luchas feudales entre los Platagenet y los Capeto y en el siglo XVI de los guerreros defensores del catolicismo contra guerreros calvinistas, los hugonotes. El medievo está tan presente que si apareciera la gran duquesa Leonor de Aquitania (1122-1204) no produciría demasiada sorpresa. Porque, a su pesar, la poderosa dama condicionó la vida de esta tierra durante buena parte de la Edad Media.

Para comprender la guerra secular entre ingleses y franceses hay que recordar que Leonor de Aquitania llevó una parte del Perigord como dote en su matrimonio con Enrique Plantagenet, quien había de ser rey de Inglaterra. El río Dordoña era la frontera entre el territorio inglés y la tierras en poder del rey francés, empeñado en hacerse con el rico ducado de Aquitania. Hasta que lo consiguió.
Los señores feudales al servicio de ingleses o franceses fueron sembrando de castillos la región. Se asegura que llegó a haber 1001 fortalezas en el Perigord. Algunos de ellas desaparecieron pero la mayoría se mantienen en pie, acondicionados por sus propietarios como residencia o abiertas al público como testigos de la historia.

En junio del 2025 recorrimos estas tierras siguiendo el rastro románico. Nos gustó tanto la región que pesamos en volver, lo hicimos en septiembre, ahora acompañados de una pareja de amigos, con el propósito de conocer sus castillos👇, de recorrer el Dordoña y de pasear por sus pueblos. Fue una buena idea.




Después de visitar Burdeos, t loomamos como base el pueblo de Sarlat, uno de los más bonitos de Francia, auténtico escenario medieval, empezando por recorrer su mercado al aire libre en la plaza del Ayuntamiento, junto al mercado cubierto. Imposible resistirse a las exquisiteces que se ofrecían en los puestos: quesos, patés, foies, mermeladas, nueces, licores, verduras… Nos alojamos en un apartamento y compramos provisiones como para cenar una semana y no los tres días que estuvimos.




Recorrimos Sarlat, su catedral, su linterna de los muertos y su Manoir de Gisson👇, casona medieval en el centro del pueblo. Ha sido restaurada y amueblada de acuerdo con los gustos sarladeses de la familia Gisson – abogados, caballeros y concejales- del siglo XVII y está abierta al público.

En busca de auténticos castillos nos dirigimos al pueblo de Domme, en el corazón del Perigord negro, llamado así por sus tejados de pizarra.



Domme👇 es una bastida, una ciudad fortificada, con plazas cuadradas y calles que se cruzan en ángulo recto, mandada construir en 1281 por el rey Felipe III en un acantilado que domina el valle del Dordoña. Tiene cuatro puertas, con sus torreones defensivos: la de Tours, de la Combe y del Bos. La ciudad entera está muy bien conservada, una auténtica ciudad medieval. En la puerta de Tours fueron encarcelados los templarios, dejando en sus paredes grabados aún visibles.




Desde el Belvédère, una elevación de cien metros sobre el valle se puede contemplar una amplia panorámica, distinguiéndose el castillo de Castelnaud.



Es típico del lugar el helado de fresa, pero durante nuestra visita nos acompañó la lluvia y no apetecía demasiado. Lo que sí hicimos fue visitar la cueva natural que se encuentra bajo el casco urbano. No está mal pero tampoco es para tirar cohetes si conoces otras del mismo tipo. Y no dejan hacer fotos.
Como resulta imposible visitar uno por uno los muchos castillos que nos salían al paso, optamos por visitar uno por cada bando y otro de sus famosos jardines.




Empezamos por Castelnaud la Chapelle👇, que se levanta en un espolón rocoso y reúne una colección de artilugios bélicos. Su historia es realmente dramática. Levantado en el siglo XII, perteneció a Bernard de Casnac, señor cátaro. Simon de Montfort tomó el castillo en 1214 dentro de la cruzada albigense. Pronto recuperado por Casnac, fue quemado por el arzobispo de Burdeos.
Durante la guerra de los Cien Años lo tomaron los ingleses y fue devuelto a los propietarios, que lo equiparon con troneras y torres de artillería.
Acondicionado como residencia en el siglo XV, durante la Revolución fue abandonado, deteriorándose con el paso del tiempo hasta que en 1968 fue declarado monumento histórico. Desde 1985 alberga el Museo medieval de la guerra medieval con más de 250 piezas: armas de asta, espadas, piezas de artillería, uniformes, armaduras.
Entre el aparcamiento de coches y el acceso a la taquilla de castillo hay un trecho no muy largo pero empinado. Una cuesta incompatible con la resistencia de cuatro jubilados. Llegamos con las fuerzas justas. Mientras calculamos si nos alcanzan para recorrer el tramo que aún queda hasta la puerta de entrada sale una de las guías a preguntarnos si queremos hacer la visita. Estamos medio muertos, respondemos. Pues se les ve muy vivos, contesta ella.




Finalmente, sopesamos el hipotético encanto del museo militar frente al maravilloso paisaje que se nos ofrece desde la posición del castillo y optamos por refugiarnos en el bar, donde los chicos se toman una cerveza -insuperable, según dijeron- y nosotras sendos helados. Ambas coincidimos en que eran los mejores que hemos tomado hasta donde nos alcanza la memoria. El lugar es tan fotogénico que incluso los insectos posan para las visitas.
Los dueños de la fortaleza la habitaron poco tiempo porque preferían el confort de Les Milandes👇, otro castillo cercano, este ya del siglo XV, en cuyos jardines se ofrecen espectáculos con aves rapaces.
La fama de Les Milandes es relativamente moderna: la cantante y vedette Joséphine Baker (1906-1975) lo compró como residencia familiar para su numerosa prole (adoptó doce niños de distintas procedencias).



Si Castelnaud era la fortaleza inglesa, en el lado francés se alza imponente el castillo de Beynac. Construido en el 1115 sobre una elevación rocosa en el desfiladero formado por el río Dordoña, conserva de esa primera fase el impresionante torreón. Remodelado en los siglos siguientes, guarda una cocina del siglo XIII, un salón de Estados del XV o una escalera renacentista del XVII. La parte superior del torreón fue remodelada en el siglo XIV hasta alcanzar los 152 metros sobre el río, un extraordinario mirador desde el que se divisan cinco castillos del valle.





Desde este balcón se comprende que la guerra se prolongara durante un siglo, había de ser difícil renunciar a un trozo de paraíso como el que se extiende a nuestros pies. Por otro lado, ¿quién querría guerrear en un lugar de tanta belleza?



Llegamos a Beynac👇 bien comidos en un restaurante junto al río. El coche nos deja prácticamente a la puerta de la alcazaba, después de un ascenso que de ninguna manera hubiéramos podido hacer a pie.













Si Castelnaud ofrece una panoplia militar, Beynac ha sido dispuesta como una lección de cinco siglos de la historia francesa. Partiendo de la omnipresencia de Leonor de Aquitania, por sus muros y salas pululan en proyecciones y cartelas muy didácticas Simon de Montfort, Ricardo Corazón de León, Juan sin Tierra y los señores feudales que lucharon en ambos frentes para defender sus respectivos intereses. Los salones muestran el mobiliario de la época correspondiente. Uno de ellos se presenta con el señuelo de haber sido el dormitorio de Ricardo Corazón de León.
Como el mundo realmente es un pañuelo, en una de las salas el Colega se encuentra con una pareja joven oriunda también de la provincia de Burgos.



Uno de los castillos que se ven desde el torreón es el de Marqueyssac, construido por el mismo señor de Beynac para vigilar al de Castelnaud, en tanto que este levantaba la fortaleza de Fayrac para vigilar al de Beynac.







El palacete de Marqueyssac👇 es poco más que una casona de buena familia, amueblada al estilo del siglo XIX. Lo que le hace admirable es la enorme extensión ajardinada que le rodea y los paisajes y castillos que se divisan dondequiera que se mire: Castelnaud, Beynac, La Roque Gageac, Les Milandes…





El parque tiene una extensión de 22 hectáreas, con más de seis kilómetros de senderos, con cascadas, miradores, rocallas, 150.000 bojes centenarios, podados a mano, una obra maestra del arte topiario. El recinto está dispuesto para el ocio familiar, con lugares para pícnic, juegos infantiles, o un restaurante sobre el valle que invita a quedase a vivir. Tiene otro atractivo especial para los jubilados andariegos: un coche eléctrico que va recogiendo a los visitantes agotados y los devuelve a la entrada. Que Leonor de Aquitania los bendiga.



Para concluir el capítulo de los castillos y las luchas medievales, habrá que recordar que el conflicto anglo-francés acabó en 1453 con la victoria francesa en la batalla de Castillon👇, considerada también el primer triunfo de la artillería móvil en campaña. Rendida asimismo Burdeos, a los ingleses solo les quedó el reducto de Calais, donde aún permanecieron 134 años.


Ya quedó dicho que otro de los encantos del Perigord-Dordoña son sus paisajes, las enormes cortadas cinceladas por el curso de los ríos Dordoña. El pueblo de La Roque-Gageac👇 sirve de ejemplo. Es uno de esos lugares que te dejan con la boca abierta. No hay nada discordante en el paisaje urbano ni en el río que le sirve de espejo.





Por ponerme exquisita diré que solo tiene una pega: sus infinitas escaleras, que le hacen casi inaccesible para los cuatro jubilados boquiabiertos. Hay que estar muy en forma para vivir en una población que se recuesta en una pared perpendicular. Pues en esta pared se levantó un el siglo XIV una iglesia con un campanario típico y tejado de pizarra del Périgord. No lejos de ella, un jardín exótico con palmeras, plataneros, higueras y hasta bambúes.

Destaca entre sus edificios notables el Manoir de Tarde, antigua residencia de los obispos de Sarlat y luego casa familiar de la familia Tarde. El canónigo Jean Tarde fue un hombre ilustrado, admirador y discípulo de Galileo Galilei. Reconstruyó los archivos de la catedral destruidos en las Guerras de Religión: en 1594 realizó un mapa de la diócesis, señalando los daños ocasionados por las guerras.


















Como en Burdeos por el Garona, también recorrimos un tramo del Dordoña embarcados en una gabarra como las que se utilizaron tradicionalmente para transportar el vino hasta la Roque-Gageac. He de decir que estos barquitos salen cada media hora, recorren el curso del agua durante una hora y al menos en el día que estuvimos nosotros, iban siempre llenos Los jubilados zascandiles sentimos una sana envidia de cómo cuidan los franceses su patrimonio.

Concluimos el viaje en Bergerac👇, encantador pueblo que mantiene viva la memoria de Hercule Sanivien de Cyrano, nacido en París en 1619, de breve carrera como mosquetero gascón, que tomó el apellido de la ciudad, pasando a ser conocido como Cyrano de Bergerac, a quien ha levantado dos estatuas en sus calles.




Cyrano fue escritor, poeta, dramaturgo y novelista, autor de obras de teatro satíricas. El escritor Edmond Rostand se inspiró en él para crear su personaje en su obra “Cyrano de Bergerac”.





La ciudad, bañada por el Dordoña nos recibe con una luna llena en un cielo de azul purísimo, que no le agradecimos lo suficiente. Aparte de por su Cyrano, es famosa por su vino. Cruzamos su puente, recorrimos la plaza Pelissière, donde hicimos un pica-pica, saludamos a las dos efigies de Cyrano, y, tras pasar la noche en un hotel próximo a la autovía, nos despedimos del Dordoña, que nos había regalado un viaje inolvidable.


Antes de tomar la autopista de Las Landas hacemos una breve parada en Arcachon para degustar sus ricas ostras. Porque además del espíritu conviene tener alimentado el cuerpo.
Fotos: ©Valvar

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Saint Émilion

La información oficial sobre Saint Émilion 👇le presenta como un delicioso pueblo medieval situado en el corazón de los famosos viñedos de Burdeos, único por la importancia de sus propiedades vinícolas, la calidad de sus vinos y la majestuosidad de su arquitectura y sus monumentos. El vino, en primer lugar.

Nuestras herederas y algunos amigos nos han insistido en que vengamos a conocer lo que ellos consideran uno de los pueblos bonitos de Francia. Lo incluimos porque nos cuadra en la distribución de jornadas de un viaje largo para dos jubilados muy entrados en años.
Queremos conocer, además, qué efectos tiene en el presente la Carta de Falaise emitida en 1199 por el rey de Inglaterra Juan sin Tierra, duque de Aquitania por herencia de su madre la gran duquesa Leonor. En aquella carta el rey delegaba poderes económicos, políticos y judiciales a una representación de ciudadanos para gestionar la administración general, creando así la Jurade.

La autoridad de la Jurade desapareció con la Revolución de 1789, pero en 1948 algunos viticultores la resucitaron como hermandad; ella es la encargada de regular las denominaciones vinícolas en el Festival de Primavera, que se celebra en junio y de calificar las añadas de la cosecha anual en el mes de septiembre.
La población debe su topónimo a un monje bretón de nombre Émilión que en el siglo VIII escogió el lugar entonces conocido como Ascumbas para retirarse. Durante un milenio los vecinos del lugar se dedicaron a excavar la montaña rocosa en la que se asentaban hasta abrir doscientos kilómetros de galerías subterráneas, cuya piedra caliza utilizaron para construir los edificios de la región y que proporciona el excelente suelo para el viñedo, que es el auténtico protagonista del pueblo y de la comarca, llegando las vides hasta el borde del centro urbano.

El 1999 la Unesco inscribió el paisaje de Saint Émilion en el Patrimonio Mundial de la Humanidad, como “ejemplo notable de un paisaje vitícola histórico que ha permanecido intacto”. Y así sigue.
Lo primero que nos sorprende al llegar es la enorme cantidad de coches aparcados en cualquier hueco desde muchos cientos de metros antes de llegar al pueblo. Ni que decir que las calles están abarrotadas de coches y de gente. En un primer intento no encontramos el hotel, como si el gps se hubiera vuelto loco. En cambio encontramos un hueco en un aparcamiento de pago y buscamos un lugar donde comer. Ahí tenemos más suerte y comemos razonablemente bien, dadas las circunstancias, en un restaurante sin aire acondicionado. Nos salva el abanico.

¿Saint Émilion está así siempre?, preguntamos al camarero. Más o menos, aquí viene gente de todo el mundo a comprar vino, pero además hoy se celebra la Jurade, que atrae a muchos visitantes de los alrededores, nos responde. Por si fuera poco, se está rodando un película. Puntería, la nuestra.


Bien comidos, volvemos a la búsqueda del hotel y, ahora sí, lo encontramos. Es un establecimiento familiar que ocupa una casona antigua, tan antigua que su patio linda con la muralla. El joven que lo atiende nos recibe como si fuéramos de la familia, nos ofrece un refresco y nos da cuatro indicaciones para recorrer el pueblo sin agotarnos.



Empeño inútil porque Saint Émilion es como un tobogán continuo, a una subida le sucede otra y hasta los descensos parecen cuesta arriba. Bajo un sol de justicia nos disponemos a conocer los monumentos locales. Empezamos por la iglesia monolítica, un edificio subterráneo del siglo XII, de 38 metros de largo por 12 de alto, sobre el que se asienta una torre campanario de 68 metros de altura, centro de peregrinación medieval. Descendemos desde la torre por una calleja empinada de piedra tan resbaladiza que han instalado una barandilla de asidero. El Colega baja sin problema pero yo no me rompo la crisma de puro milagro.


El edificio ha vivido idénticas vicisitudes que el resto de templos de la región, devastación en los siglos XIV y XVI, maltratada por la Revolución, restaurada en el siglo XX. La iglesia se dedica al culto con su correspondiente horario de visitas, pero también acoge conciertos y ceremonias como las de la Cofradía de la Jurade. En resumen, este día, precisamente este, la iglesia no se abre por la tarde.

Estamos en el corazón de Saint Émilion, justo al lado se encuentra el mercado cubierto, dominio también de la Jurade, desde donde vigilaban las operaciones mercantiles que se desarrollaban en la plaza. Nos sentamos un rato encomendados al abanico.



Seguimos camino hacia la Torre del Rey, situada dentro del recinto amurallado, levantado sobre una roca. Desde la primera planta a la cima hay una altura de 32 metros y 118 escalones. Es obra del siglo XIII, unos historiadores sostienen que fue mandado construir en 1224 por el rey francés Luis VIII cuando conquistó a los ingleses esta parte de Aquitania, otros aseguran que se debe a Enrique III de Inglaterra en 1237 cuando la región volvió a poder inglés. También hay quien sostiene que fue levantada por la Jurade como sede de la corporación, equivalente al ayuntamiento. Quienquiera que lo ordenara, es la única torre románica de la región de la Gironda
Hacemos una pausa para tomar un helado en un establecimiento cerca del campanario, que encontramos lleno de turistas orientales.


Otro edificio religioso relevante en la parte alta de Saint Émilion es su colegiata, testigo de la presencia de los agustinos entre los siglos XII al XVIII, encargados de velar por el funcionamiento correcto de la vida religiosa en el pueblo. Como hoy no es nuestro día, en esos momentos está a punto de oficiarse una boda y desistimos de visitarla.
Optamos por acogernos a la hospitalidad del hotelero, que nos ofrece una agradable charla sobre la vida local además de unos refrescos mientras descansamos en el acogedor patio hasta que cae el sol.


Salimos de nuevo y optamos por pasear siguiendo el trazado de la muralla hasta llegar a la puerta Brunet, la única que queda de las siete puertas que tuvo la ciudad. Las murallas de Saint Émilion tenían una longitud de kilómetro y medio, más que defensivo eran de carácter suntuario, señalaban la prosperidad de la población. Sin perder la condición de paso impositivo: el lugar donde se pagaban el impuesto de portazgo.




En una pequeña explanada junto a la puerta Brunet encontramos una minibiblioteca con libros de acceso libre. Desde el lugar se divisa una imagen casi idílica de la ciudad, nada que ver con la de la mañana.

Siguiendo el paseo llegamos a lo que queda del monasterio de los “cordeliers”, como se conoce a los franciscanos, en alusión al cordón que ceñía su cintura. Franciscanos y dominicos llegaron a Saint Émilion en el siglo XIII pero el monasterio data del siglo XIV, con su claustro y bodega, que pueden visitarse en horario de visita. Cuando llegamos, acaban de cerrarlo.
Nos rendimos a la fatalidad, al menos hemos constatado la vigencia de la ordenanza del rey Juan sin Tierra y los excelentes resultados en el cultivo del viñedo.




Nos acostamos pronto y al día siguiente madrugamos. Decidimos salir temprano a dar un paseo antes de desayunar. Lo que encontramos nada tiene que ver con el día anterior, excepto las cuestas, que siguen inmutables.







Encontramos el pueblo casi vacío, incluida la colegiata. También se han ido los camiones del rodaje. Así, solos los dos, podemos visitar la iglesia, hoy parroquia, y el claustro, con las tumbas de los poderosos canónigos de los siglos XIII y XIV.

Acorde con los tiempos, el antiguo refectorio está ocupado hoy por la Oficina de Turismo. En una de las pandas del claustro descansas las mesas y sillas de un establecimiento cercano.


Volvemos al hotel, donde nos espera el joven hotelero con el desayuno preparado en el agradable patio. Nos despedimos de Saint Émilion y emprendemos camino de vuelta a casa, cansados pero contentos. Debemos de ser los únicos que nos vamos sin haber comprado ni una botella de vino.
Fotos: ©Valvar

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Beaulieu-sur-Dordogne

Cuenta la leyenda que Beaulieu-sur-Dordogne 👇 (en lengua antigua Belloc, Bellolugar) fue fundado por Rodolphe de Turennes, quien, asombrado de la belleza del espacio abrazado por un meandro del río Dordoña, lo bautizó con tal nombre y mediado el siglo IX decidió crear una abadía benedictina para atraer a los peregrinos. Lugar fotogénico donde los haya, es la imagen viva del encanto del Valle de la Dordoña.



A nosotros nos trae la iglesia de Saint Pierre con su tímpano del siglo XII, su tesoro y sus innumerables canecillos que parecen burlarse de los ajetreados visitantes del siglo XXI.

En el siglo XI había entrado en decadencia, en manos de la familia Castelnou, pasando a la tutela de Cluny, en la que permaneció hasta 1213, mientras alrededor suyo crecía la población. También aquí las guerras de los Cien Años y de religión afectaron gravemente a la abadía y al pueblo. El monasterio fue saqueado y la iglesia pasó a ser templo protestante. En 1661 la abadía pasó a la congregación de Saint Maur, hasta que en 1789 la Revolución acabó definitivamente con la comunidad. De todo aquello se conserva la iglesia y la sala capitular.







Lo más notable es el tímpano, protegido por el portal, datado en 1130, donde se representa el Triunfo de Cristo, rodeado de los elegidos; en la parte inferior, las bestias infernales.




Aunque se aprecian los daños de tantas guerras, la portada sigue siendo extraordinaria.


Dentro de la iglesia se conserva una imagen románica de la Virgen y una arqueta, ambas de un delicado trabajo.
Beaulieu sur Dordogne (hay otro Beaulie, este sur Mer, en el Mediterráneo) es un pueblo turístico, de un turismo tranquilo, que se mueve sin prisas, recorre sus calles, se para en los monumentos, en los comercios, ocupa sus terrazas. Parece un pueblo vivo.

Tomamos un café frente a la portada, deleitándonos en la vista tan próxima, y, mientras el Colega paga, entro en una tienda de regalos. Al salir no hay rastro suyo. Espero un rato, dos ratos, y sigue sin aparecer. Lo llamo por teléfono y no lo coge. Rodeo la iglesia y no le veo.



Me paro un rato en la Place de la Bridolle, frente a la puerta oeste de la iglesia, fotografiando la llamada Maison Renaissance, que es monumento histórico desde 1928, con sus retratos de la antigua nobleza de Belloc: Gilbert de Hautefort y su segunda esposa Brunette de Cornil. La fachada está decorada con esculturas: un angelote, sirenas, un hombre salvaje, un alarbadero, un arquebucero, que recuerdan las fiestas organizadas durante el viaje de Catalina de Médicis para presentar al reino a su hijo Carlos IX entre 1564 y 1566.

En el centro de la fachada, un escultor de época posterior añadió la figura de una mujer en el baño, popularmente conocida como la ninphe bellocoise -gentilicio de Beaulieu-.
De paso, me entero que la fresa es la fruta típica del lugar hasta el punto de organizar un festival dedicado a ella durante dos fines de semana de mayo y que de mayo a octubre se organizan paseos en gabarra por el río, así como que la última gabarra turística que circula por aquí lleva el nombre de “Adále y Clarisse” en recuerdo de los últimos barqueros que hasta 1970 llevaban a vecinos y visitantes de uno a otro lado del río.








Al fin aparece el Colega, feliz de la vida porque ha fotografiado los innumerables canecillos que orlan el alero de la iglesia. Pues a mí me ha dado tiempo a enterarme de la vida y milagros de la mitad del censo bellocoise, le digo.
Fotos: ©Valvar

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El románico de la Auvernia

La Auvernia francesa es una región de grandes espacios, con volcanes, lagos, bosques y una enorme biodiversidad, sin contar su variedad de quesos. En ella se asientan castillos, fortalezas y algunas de las abadías más destacadas en el Camino de Santiago francés.
Nuestro objetivo en esta etapa del viaje es visitar tres de esas abadías: Orcival, Saint Nectaire y Saint Austremoine👇.

Orcival 
Saint Nectaire 
Saint Austremoine Orcival 👇es un centro turístico y deportivo frecuentado por los amantes del senderismo, el ciclismo, la pesca, la escalada o el esquí nórdico. Su nombre parece estar relacionado con el culto pagano a las fuentes.


Se afirma que en el siglo XI existía un priorato donde se veneraba una imagen de la Virgen tallada por San Lucas, que ahora recibe culta en la basílica que se levanta en el centro del pueblo, obra del siglo XII, construida en piedra de lava, impulsada por la peregrinación jacobea y la posesión de reliquias.











Se trata de una imponente iglesia tanto en su exterior, de cabecera con ábsides superpuestos como su interior, con un magnífico conjunto de capiteles y la Virgen en majestad atribuida a San Lucas. Quienquiera que fuera su autor nos legó una preciosa talla en majestad.












La torre que corona la fábrica resultó dañada por un terremoto ocurrido en el siglo XV.

El pueblo tiene una abundante oferta de restaurantes, nosotros escogemos uno frente a la portada de la abadía, lo que nos permite deleitarnos simultáneamente con la vista y el gusto.

No lejos de Orcival se encuentra el lago Guery, de origen volcánico y glacial, que suele cubrirse de hielo en invierno, donde acuden los aficionados a la pesca practican este deporte.

De Orcival a Saint Nectaire hay 26 kilómetros por una carretera tortuosa de montaña que parece no acabar nunca. Cuando llevábamos casi tres cuartos de hora de coche, en uno de los pocos tramos rectos del camino descubrimos un valle hermosísimo al fondo del que se levanta nuestro pueblo que, entre otros muchos encantos, tiene un queso autóctono, cremoso y con sabor a avellana.
Se cuenta que la población, ocupada ya en el Neolítico, fue evangelizada en el siglo III por Saint Nectaire, que acabaría dando nombre al pueblo. Siguiendo el ejemplo de los romanos, sus abundantes fuentes fueron utilizadas en el siglo XIX como centros de hidroterapia, estableciendo dos pueblos gemelos: arriba, en el monte Cornadore, la iglesia de Saint Nectaire, la parte espiritual; abajo, los balnearios, incluido un casino, dedicados al goce del cuerpo. Estos últimos ya desaparecidos.



Nosotros vamos tras su abadía, dedicada al santo que da nombre al pueblo: Saint Nectaire 👇, levantada por los monjes de La Chaise-Dieu en el siglo XII. En realidad, la iglesia está totalmente restaurada y luce como recién terminada.




























En su exterior guarda muchas similitudes con la abadía de Orcival. Construida igualmente en piedra de lava, tiene una cúpula y dos torres. En su interior conserva 103 capiteles de extraordinaria factura, la mayoría policromados. El tesoro incluye una imagen de la Notre Dame du Mont Cornadore y numerosas reliquias. Permanece abierta todo el año y el acceso es gratuito.


Saint Nectaire ofrece la posibilidad de visitar las termas romanas y los megalitos antiguos. Los verdaderamente aficionados pueden asistir además a cursos sobra fabricación de su queso típico, hacer senderismo o rutas ciclistas. Nosotros descartamos tan sugestiva oferta y seguimos camino.
La etapa concluye en Issoire 👇, una población situada en la confluencia de los ríos Allier y Couze, que resultó mucho más interesante de lo que pensábamos.

Nuestro objetivo, como cabe suponer, era la abadía de San Austremonio, considerado evangelizador de la Auvernia, a quien se atribuye la construcción del templo primitivo y cuyas reliquias se veneraban aquí en el siglo III.








La iglesia actual es obra de mediados del siglo XII. Como en el resto de la región las guerras de esos siglos afectaron gravemente a la iglesia y la Revolución acabó cerrándola y vendiéndola. En el siglo XIX se restauró con criterio historicista y escaso rigor, incluido el repintado del interior.















Dejando de lado las intervenciones de los seguidores de Violet le Duc, la iglesia ofrece una imagen impresionante: su monumental cabecera, sus armoniosas proporciones, sus columnas, incluso sus repintados capiteles historiados, y su portada del siglo XIX merecen una visita.


A destacar en el exterior, los mosaicos y las esculturas de los doce signos del zodiaco, originales todos excepto el carnero.














La cripta de la iglesia está considerada de las más bellas de Auvernia. Para nuestra mala suerte la encontramos cerrada, cosa rara en estos lares. Issoire organiza cada verano un Festiva de Arte Románico, que goza de mucho predicamento.



Cumplido nuestro objetivo, nos encaminamos a conocer la Torre del Reloj, viejo campanario comunal del siglo XV, otro de los monumentos locales. Desistimos de ascender las muchas escaleras que conducen al mirador y continuamos nuestro paseo callejero. Descubrimos una ciudad muy animada, con un casco antiguo bien conservado e interesante, y algunos edificios modernos notables.

El Colega entra en uno de ellos mientras yo hago algunas fotos. Al cabo de un buen rato sale en animada charla con un coetáneo local invitándome ambos a entrar. Resulta que en el centro cultural se ha organizado una exposición fotográfica de aficionados locales cuyos premios se concederán por votación popular. Los organizadores nos invitan muy amablemente a votar. Nos costó decidirnos porque la muestra era de bastante calidad. Quede constancia.
Fotos: ©Valvar
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La Dordoña románica II

La segunda etapa por el románico de la Dordoña la dedicamos a visitar pequeños pueblos con encanto y con grandes monumentos románicos: Cénac, Carsac y Souillac. Iglesias, alguna fuera de la población, abiertas al público a cualquier hora del día. Qué envidia.

Souillac 
Carsac 
Cénac Empezamos por Cenac y empezamos mal porque, a pesar de los muchos indicadores que señalan el templo, nos perdemos y acabamos en Domme. Como somos de los que cuando a setas a setas y cuando a rolex a rolex, pasamos de largo por este interesante pueblo, sin percatarnos de lo que nos estamos perdiendo.

Finalmente, encontramos la iglesia de Notre Dame de la Nativité de Cénac et Saint Julian, que tal es el nombre de la población. La fábrica inicial data del siglo XII y formaba parte de un priorato dependiente de la abadía de Moissac. De este tiempo conserva la cabecera triabsidal y el transepto, además de la interesante colección de capiteles y canecillos.



De camino a nuestro siguiente destino, Carsac-Aillac, nos encontramos con uno de los muchos castillos que se levantaron en la región, el de la familia Montfort. A Simon de Montfort le entregó el rey de Aragón Pedro I la custodia de su hijo Jaime, que habría de ser el Conquistador. Le hacemos una fotillo de nada y seguimos ruta.


Carsac y Aillac eran dos pueblos diferentes hoy unidos por causa de la despoblación. En su término se encuentran las cuevas de Pech de l’Azé. Nosotros vamos en busca de la iglesia de Saint Caprais, obra de los siglos XI-XII algo retocada en el XIV, en la que destacan su ábside y la torre.



También su colección de canecillos y capiteles, de distinta factura y, probablemente, de distintas épocas.









Concluida la visita, encontramos en el aparcamiento una furgoneta-tienda que vende pescado y otros alimentos a la que acuden las señoras del vecindario.

Terminamos la jornada en Souillac👇, visitando su maravillosa iglesia abacial románico bizantina de Sainte Marie.

Nos alojamos en el Pavillon Saint Martin, una casona del siglo XVIII rehabilitada como hotel con encanto, donde nos brindan un acogimiento amigable y nos ofrecen una habitación enorme cuyo ventanal se abre frente a la cabecera de la iglesia. Llegamos en un día muy caluroso que aliviamos con el agua de limón que los anfitriones han dispuesto para los huéspedes.
Tradicionalmente, Souillac es una ciudad que ha sabido aprovechar su excelente ubicación. Ubicada junto a la carretera que va de Toulouse a París, en una fértil comarca regada por el río Dordoña, ya en el siglo XVII era un punto de tráfico fluvial de sal, pescado o vino. Hoy es un destino turístico por su patrimonio arquitectónico y su oferta gastronómica. Nosotros íbamos buscando lo primero pero disfrutamos de la oferta completa. De haber viajado en el mes de julio hubiéramos podido asistir al festival musical dedicado al jazz.
Aunque conserva una maciza torre del siglo X, la prosperidad de Souillac arranca en el siglo XII cuando se establece un gran priorato benedictino y una abadía románica con una magnífica cabecera y un portal esculpido. También aquí, la guerra de los Cien años (1337-1453) dañó la abadía y asoló la comarca despoblando los alrededores de la ciudad.
Cuando aún no se había recuperado del siglo bélico la abadía fue incendiada y saqueada durante las guerras de religión (1562-1598). La iglesia resistió como pudo tanta desgracia; durante el siglo XVII el conjunto fue reconstruido, pero a finales del XVIII la Revolución expulsó a los monjes, vendió los bienes eclesiásticos y dedicó la iglesia a la Razón. Con la llegada del siglo XIX el templo volvió a sus funciones religiosas, y en 1803 pasó a parroquial.
Cuesta imaginarse cómo hubo de ser la abadía si lo que resta después de tantas calamidades es de tamaña belleza.



El edificio es de nave única, con crucero, cubierta por dos cúpulas con linternas y una tercera cúpula en la confluencia de la nave y el transepto.



La cabecera es consecuencia de la restauración del siglo XVII, tiene un ábside central con tres absidiolos y los laterales simples.


Pero lo que atrae la atención de esta iglesia es su portal, verdadero hito de la escultura románica. En el siglo XVI fue trasladado al interior del templo, donde ahora puede contemplarse. Sobre la puerta, un gran relieve está dedicado a San Teófilo el Penitente, que hizo un pacto con el diablo pero acabó arrepintiéndose, encomendándose a la Virgen y elevado a los altares. Flanquean la escena San Benito y San Pedro.



A la derecha del portal se ha adosado lo que fue columna del mainel original, una maraña de personajes y animales fantásticos, obra maestra escultórica.


A la derecha de la puerta, el profeta Isaías; a la izquierda, Oseas. Las figuras recuerdan las de la portada de Moissac.






Hemos llegado a Souillac a media tarde y nos acercamos a la iglesia con temor de encontrarla cerrada. Tenemos suerte, está abierta y seguirá estando durante el largo rato que permanecemos. Somos los únicos visitantes, testigos privilegiados y admiradores de la obra de los canteros medievales. Quienes trabajaron en esta portada conocían su oficio.
Todavía tenemos tiempo de dar un paseo por el pueblo y cenar en un bistró próximo al hotel. Ni el Colega ni yo somos capaces de acabar la enorme y rica ensalada que nos sirven.
Al día siguiente seguimos ruta, aún impresionados por lo que hemos visto y disfrutado en esta etapa junto a la Dordoña.
Fotos: ©Valvar

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La Dordoña románica

La Dordoña es un río que atraviesa y da nombre a la región del Perigord, en el sureste de Francia. Estas tierras vienen a ser un compendio de la historia nacional: cuevas prehistóricas, pueblos medievales, castillos, monumentos y lugares históricos, quince de ellos declarados Patrimonio de la Humanidad.

En el mes de junio de 2025 hicimos nuestra primera incursión por la región, dispuestos a descubrir sus iglesias románicas. Desde Burgos nos plantamos en Perigueux, capital del departamento de la Dordoña, en la región de Nueva Aquitania, parada de la Vía Lemovicense, uno de los cuatro ramales del Camino de Santiago, que comienza en Vézelay.

La Cité, su centro histórico, se levanta sobre sobre un asentamiento galorromano: Vesunna, del que conserva algunos restos. Nosotros vamos a conocer su catedral de Saint-Front, la más grande de esta región francesa.

Como siempre, hemos reservado hotel céntrico y con aparcamiento. Nuestra primera y grata sorpresa es que la ventana de nuestra habitación se asoma a la cabecera de Saint-Front. Que la iglesia esté medio cubierta por obras no merma la emoción de la cercanía.



Construida en el siglo XII, de su origen románico la catedral conserva poco más que su airosa torre campanario; en el siglo XIX fue restaurada siguiendo la moda historicista impuesta por Violet le Duc. Mantiene su dignidad de vieja dama que se mira en el río l’Isle, cuyas aguas lamen sus cimientos.

Sus cúpulas sirvieron de modelo a la iglesia del Sacre Coeur de París. El interior es de planta de cruz griega, cubierta con cinco cúpulas que recuerdan a la iglesia de los Santos Apóstoles en Constantinopla. La riqueza ornamental es exuberante 👇.






La ciudad mezcla un cierto aire medieval con hermosas calles de edificios renacentistas y decimonónicos, rincones sombreados que alivian el calor de esos días.



En la parte moderna de Perigueux se levanta un gran centro cultural bautizado con el nombre de Josephine Baker 👇, artista de variedades muy popular en Francia. Nacida en Estados Unidos, es la primera mujer negra enterrada en el Panteón, reservado a los héroes franceses.


Para nuestra sorpresa, la totalidad de los comercios están cerrados por la tarde. Solo bares y restaurantes permanecen abiertos. Optamos por cenar en el restaurante del hotel, junto al río, teniendo a la vista un curioso edificio que parece sostenerse en precario equilibrio. Impresión errónea, pues se trata del puesto de vigilancia sobre el puente de Tournepiche, construido en 1347.





Al día siguiente emprendemos el itinerario por las iglesias de la región empezando por la de Auriac, un pueblecito que parece sacado de un cuento, frecuentado por los amantes del turismo rural. La iglesia de Saint Etienne tiene aire de fortaleza, de hecho durante las muchas guerras ocurridas en la región el lugar sirvió de refugio a los vecinos. El campanario se incendió en 1949. Conserva algunos capiteles de interés.





En lo que parece la plaza principal, una furgoneta ofrece servicios de peluquería itinerante. Cerca, un grupo de mujeres se entretiene jugando al croquet.








Seguimos camino a Saint Amand de Coli, población que toma el nombre del ermitaño que evangelizó la región en el siglo VI. Su desarrollo corresponde al siglo XII, en torno a la abadía agustina. La iglesia es una fortaleza, no hay que olvidar que estamos en tierras de luchas largas y enconadas, reconstruida en el siglo XIX.


Actualmente es un pueblo tranquilo típicamente rural y turístico. Conserva un antiguo hospital de pobres del siglo XIV.

Saint Léon sur Vézére, nuestro siguiente destino, es una población igualmente turística a orillas del río Vézére, que tiene en su templo románico de Saint Leonce uno de sus principales atractivos.






La iglesia del siglo XII es lo que queda de un priorato dependiente de Sarlat. Es de nave única con ábside y absidiolos. La restauración acometida tras la inundación de 1960 descubrió antiguos frescos en las bóvedas del ábside.



En nuestra visita se nos une un gato adulto y rollizo, que parece el amo del templo, se pasea por la nave, maúlla como si estuviera en su casa y nos acompaña a la salida.


El tráfico de barcazas sobre el río aportó riqueza a la población hasta el punto de crear un puerto en el siglo XVII. Actualmente, sus aguas conocen el trasiego de embarcaciones de recreo.


Sus casas medievales, sus tejados en coyaux, (parte inferior con menor pendiente), sus callejuelas plagadas de talleres y tiendas de artesanía justifican la afluencia de visitantes.



Sarlat la Canéda 👇es uno de los pueblos más bonitos de Francia, aseguran sus vecinos y una está por darles la razón. Lo es por la hermosura de sus casonas y palacios y más aún por haber sido capaces de parar el tiempo en el siglo de sus glorias a la vez que se acomodaban a las ventajas del presente.







Los sarladaises alardean de contar con la mayor densidad de monumentos históricos. Es, sin duda, uno de los pueblos más fotogénicos de nuestra ruta. El primero en ser restaurado en aplicación de la ley Malraux de 1964. Un plató de cine. Una cita gourmet para los amantes del foie, la trufa y las nueces en sus mil combinaciones.
Nosotros llegamos buscando todo eso y, además, su Linterna de los muertos o Torre Saint Bernat, una construcción medieval que hemos encontrado en otros pueblos de Francia.

Las que llamamos linterna de los muertos se conocieron como lámpara o farol de cementerio. Se cree que originariamente las luminarias se colocaban sobre las tumbas para iluminar a las almas en su camino a la eternidad. Cuando fueron prohibidas a causa de los incendios que provocaban se construyeron edificios específicos, algunos muy bellos, para orientar también a los peregrinos y a quienes transitaban los caminos.

Linterna de Fenioux 
Linterna de Oleron La Linterna de Sarlat es del siglo XII, se encuentra muy cerca de la iglesia de Saint Sacerdos y del antiguo cementerio benedictino de Saint Benoit.



El casco antiguo es un continuo comercio de productos de la tierra o artesanales. Compramos jabones y surtidos de delicatessen para nosotros y para las herederas y nos despedimos de la ciudad con pesadumbre. Sarlat es uno de esos lugares en que una quisiera quedarse.
Fotos: ©Valvar


