-
La Costa de Granito Rosa

La Costa de Granito Rosa forma parte de la Costa d’Armor👇, en el litoral norte de Bretaña. Una naturaleza magnífica, un coctel de playas salvajes, balnearios, abadías, faros, puertos pesqueros, archipiélagos y reservas naturales, bien agitado con historias y leyendas. Un resumen de Bretaña.

Esta jornada es una de nuestras imprescindibles. Nunca antes hemos estado aquí. Hemos salido de Dinan con un sol espléndido pero a medida que nos vamos acercando a la costa el cielo se va nublando y cuando llegamos a Perros-Guirec el sol ha desaparecido totalmente. Vamos bien preparados, pues las previsiones meteorológicas previas al viaje anunciaban una estancia lluviosa en el norte de la región.

Nos tomamos un café en el puerto del pueblo, balneario famoso, situado en lo alto de una península rocosa. Elegimos un coqueto local atendido por una señora que hace gala del humor bretón, alaba nuestra elección de recorrer la Bretaña, “que es un país muy bonito y no está lejos de Francia”. Otra de esas boutades que gustan a los bretones.
Elogiamos el café que nos ha servido, muy rico, y aprovecha para darnos una lección sobre las categorías de cafés bretones. El más fuerte es el café torré o stier, el café más suave es el de bonne soeur o café de monja, y el aguado, conocido como pisse de bardot (meado de mula). Cuando le comentamos las previsiones de lluvia nos dice que no hagamos caso, que siempre ocurre lo contrario de lo que dicen los meteorólogos.


La Costa de Granito Rosa va desde Perros-Guirec a Tréburden, unos 16 kilómetros que pueden hacerse a pie siguiendo el Sendero de los Aduaneros -oficialmente GR34-, que bordea el litoral ofreciendo panoramas de una belleza salvaje. El sendero bordea los acantilados de la costa bretona, tiene una longitud de 1.330 kilómetros y puede recorrerse a pie o en bicicleta. Antaño se utilizaba para vigilar la costa contra los contrabandistas y los depredadores de pecios, pues estas feroces aguas guardan miles de restos de naufragios.






El color rosa del granito se debe a una mezcla especial de cuarzo, mica, feldespato y óxido de hierro, sometida a altas temperaturas. Es un fenómeno que también se da en Córcega y en algunas zonas de China.

Queremos ver Castel Meur, la Casa entre las Rocas, que está en Plougrescant, pero nos despistamos en algún desvío y cuando queremos darnos cuenta estamos en Ploumanac’h, a media hora de distancia.

Volvemos por la carretera de la costa, llena de hoteles, grandes mansiones y chalets a la orilla de playas enormes de arena rosada, pequeñas calas de aguas verdes y balnearios. Dan ganas de pararse en todos los pueblos del recorrido. Una de las ventajas de Bretaña es la abundancia de aparcamientos gratuitos en los que dejar el coche para seguir los caminos que conducen a lugares de gran belleza. A estas alturas el sol ha desaparecido dejando paso a una rara luz blanquecina.

Castel Meur es quizá la casa más famosa de Bretaña, pues su imagen se ha utilizado profusamente como postal. Está incrustada entre dos enormes rocas, cerca de un abismo sobre el mar, al que da la espalda.

Fue construida en 1861 y desde entonces lleva resistiendo a los elementos. Por eso, o por el carácter burlón de los bretones fue bautizada como Castel Meur, esto es, Gran Castillo. Su constructor vivió en ella hasta su muerte, ha sido residencia intermitente de sus herederos y actualmente es el hogar de una nieta.

Estamos tentados de acercarnos y llamar a la puerta de la casa, pero por un lado, nos parece una invasión y, por otro, se ha hecho la hora de comer.

No lejos del aparcamiento hemos visto un restaurante, el Ty Gouffre, que significa Casa del Abismo, como también es conocida la casa entre las rocas. El Colega, con su buen olfato para encontrar tesoros gastronómicos, no lo duda. Acabamos de entrar en el paraíso de los manjares del mar. Comemos ostras, vieiras, pulpo y ventresca de bonito, bien regado con una sidra y un muscadet frío. Cuando pido sidra el camarero me pregunto si dulce o brut. Brut, respondo, sin dudar. El hombre me sonríe y levanta el pulgar en señal de aceptación. Recuerdo entonces que ese es uno de los signos que identifican a los bretones. Luego, nos aconseja una tarta de mantequilla típicamente bretona de nombre impronunciable: kouign-amann. Rematamos la comida con el lambig, un aguardiente de manzana. Cuidado con confundir con el Calvados de Normandía, también de manzana. Nada que ver, este el lambig es mejor, asegura nuestro camarero.

Cuando salimos del restaurante chispea ligeramente. Cogemos el coche hasta Perros-Guirec para retomar la Costa Rosa donde lo hemos dejado. Seguimos un tramo del Sendero de los Aduaneros en dirección al faro de Ploumanac’h, en bretón de Mean Ruz. En Bretaña abundan los faros históticos pero este no lo es: el original de 1860 fue bombardeado en la Segunda Guerra Mundial, en 1945 fue sustituido por esta construcción, de granito rosa, como cabe esperar.

Vamos pertrechados para protegernos de la lluvia, que sigue cayendo finamente. Es lo que los bretones llaman el crachin, los vascos chirimiri y los castellanos calabobos, parece que no llueve pero acabas empapado. Los vientos húmedos del Atlántico aumentan los efectos del crachin,


Pasamos por la Casa del Litoral, museo y centro de interpretación de la naturaleza, y por la Capilla del Diablo, llamado así por estar adornado con gárgolas con cabeza demoníacas. En realidad es un viejo cobertizo de barcas.





Se diría que en algún momento del tiempo geológico la naturaleza se puso creativa y esculpió en el granito formas abstractas y algunas concretas. Algunos identifican al Sombrero de Napoleón, la Cabaña de los Enamorados, las Fauces del Tiburón, la Botella, la Bastilla, la Seta, el Pie, la Liebre… también hay una cueva de los bandidos, del leproso, de los piratas, de las sirenas… Nosotros a duras penas creemos ver un enorme sapo, cerca ya del aparcamiento.







Más que ver, intuimos que estamos caminando por una costa exuberante y feérica, pero la lluvia nos impide disfrutarlo como nos gustaría. Ni siquiera alcanzamos a divisar las Siete Islas👇, que están ahí, enfrente de Ploumanac’h, la mayor reserva de aves marinas de Francia, poblada de alcatraces, frailecillos y focas grises, a la que nos hubiera gustado acercarnos en barco.
Pasamos cerca del oratorio de San Guirec , el lugar donde la tradición afirma que el santo bajó del barco que lo traía de Gran Bretaña. Es costumbre que las jóvenes casaderas de la comarca metan una aguja en la nariz del santo. Si la aguja queda clavada, significa que encontrarán marido ese año. Las madres jóvenes besan los pies de la imagen para que sus hijos aprendan a andar pronto.



Nos despedimos momentáneamente de Ar mor bras, el gran mar, como lo llamaban los celtas, antes de que los griegos lo bautizaran Atlantis thalasa, mar del titán Atlas, el Atlántico. Dejamos Armórica, la tierra del mar, y tomamos Argoat, la tierra de los árboles, camino a Brest, donde hemos reservado el alojamiento.
Fotos: ©Valvar

-
Dinan

Dinan👇 es un pequeño y pintoresco pueblo de la Bretaña, encaramado sobre el río Rance, con auténtico ambiente medieval: calles empedradas, casas con entramado de madera, murallas y castillo.

Los bretones, para quienes todo lo suyo es lo más de lo más, afirman que este es uno de los pueblos más bellos de toda Francia, la joya de la Costa de Armor. Como no somos bretones ni conocemos todos los pueblos de Francia no podemos afirmar ni negar tal aserto, pero bonito es un rato largo.

Aunque sobre el mapa este matiz no se aprecia, Dinan se extiende en dos niveles: arriba, la ciudad amurallada -casi tres kilómetros de muralla- con su castillo, su catedral, su torre del Reloj, sus casas de entramado de madera, sus calles de resonancia medieval; abajo, el puerto deportivo, un barrio alegre, lleno de pequeños bistrós y terrazas, alegre y bucólico, según la hora del día.

Hemos reservado un alojamiento que se anuncia como casa típica bretona en la ribera del río Rance. La publicidad no miente: es una casona de la Bretaña antigua, bien podría ser de la época de la duquesa Ana. La planta baja es un restaurante y en la planta superior, en lo que debió de ser el pajar, se han habilitado las habitaciones -con gusto y confort, es verdad-. La escalera de acceso es estrecha y empinada, nada de ascensor. El Colega alardea ante las Herederas y la Nieta de haber dormido de niño en una “morena” (RAE: montón de mieses apiladas en el rastrojo o en la era), pero yo soy de la especie urbanita, siempre he dormido en colchón. Pasado el efecto escalera, lo anotamos como una experiencia viajera. A mi edad, ya no se me van a presentar muchas ocasiones de dormir en un pajar.

A cambio, desde la ventana se nos ofrece una bonita vista y podemos aparcar el coche en la puerta. La cama es grande y cómoda.

Dejamos el equipaje y subimos a la ciudad amurallada por una carretera tortuosa. La puerta de San Luis que nos lleva directamente a la basílica de San Salvador, que conserva un poco del escaso románico bretón.

La fábrica original fue encargada por Rolland de Dinan, es mencionada ya en 1123. De esta época conserva el pórtico occidental y el muro sur, con algunas coincidencias con pórticos del Poitou y Saintonge.

Pero es en el siglo XIV cuando se convierte en lugar emblemático: aquí reposa el corazón de Beltrán du Guesclin, héroe de la guerra de los Cien Años, el mismo Duguesclín famoso en España por aquello de que “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”. De él se cuenta que compensaba su extrema fealdad con un arrojo y astucia en la guerra que le llevaron a ser nombrado Condestable de Francia. Mediante la guerra de guerrillas logró expulsar a los ingleses de buena parte del territorio francés que entonces ocupaban.
Fue enviado a Castilla al mando de las Grandes Compañías para apoyar a Enrique de Tratámara, que disputaba el trono castellano a su hermanastro Pedro I, el Cruel o el Justiciero, según como se mire. Tras la batalla de Montiel en 1369, Beltrán propició el asesinato del rey Pedro a manos de Enrique, despachándose ante la historia con la frase que le ha dado fama en España. Murió guerreando en 1380. Su cuerpo recibió sepultura en la basílica de Saint Denis, donde se enterraban los reyes de Francia, pero su corazón quedó en su Bretaña natal, en esta basílica de San Salvador. Dinan le tiene como uno de sus héroes, ha erigido una estatua en su honor y le ha dedicado una plaza.



En el siglo XV se amplió la iglesia con una nave y nuevas capillas laterales; en el XVII se levantó el campanario que coronaba el conjunto. Las sucesivas guerras impidieron acabar las obras proyectadas, quedando un edificio asimétrico.


La Revolución desacralizó el lugar, en el siglo XIX el arquitecto Victor Ruprich Robert dirigió una restauración para combinar armoniosamente los estilos románico y gótico de la iglesia.


En su interior se guardan varias sepulturas de caballeros bretones, incluida la de Rolland de Dinan, su fundador, muerto en 1186.





Del exterior, destaca su portada, de estilo románico, con un portal decorado con arquivoltas y esculturas, en la que se aprecian influencias orientales, quizá resultado de las cruzadas. No es frecuente encontrar en el corazón de la Bretaña una pareja de camellos y otros animales exóticos.

El castillo de Dinan es obra del siglo XIV, residencia de los duques de Bretaña, dueños de una parte de la ciudad. Aquí se refugió la duquesa Ana, tras enviudar del rey Carlos VIII. También ha sido residencia del gobernador y luego, prisión hasta 1904. Actualmente acoge el museo de la ciudad.



La torre del Reloj es otro de los monumentos del centro medieval de Dinan. Construida en el siglo XV, sus 47 metros de altura hacen de ella el edificio más alto de la ciudad. Su reloj data de 1502 y es de los más antiguos de Europa en funcionamiento, sigue dando sus campanadas cada cuarto de hora.

La torre puede visitarse si una se ve dispuesta a subir 158 escalones. No es nuestro caso, ni siquiera el Colega, siempre presto a trepar, se anima.

Cerca de la torre, en la misma calle del Reloj, se encuentra la Casa del Gisant, del siglo XI. En unas obras de restauración del edificio se encontró una escultura funeraria representando a Roland de Dinan, que ahora reposa sobre un murete de piedra.
Otro lugar desde donde ver la ribera del río es la Torre de Santa Catalina, resto de una defensa medieval del siglo XIV,, al borde de la muralla, en una zona que llaman Jardín Inglés.



Aunque a estas alturas ya llevamos vistas muchas casas medievales bretonas de entramado de madera, hay que admirar la belleza y buena conservación de estas de Dinan, más de un centenar que se extienden por las calles centrales de la ciudad: la del Reloj, Petit-Pain, Cordonnerie, Cordeliers, o Jerzal, antaño puerta de entrada a la ciudad, la calle donde se colocaban los puestos de los mercaderes.

Mientras el Colega pasea por el claustro del antiguo convento los Cordeliers, aprovecho para entrar en una tienda de conservas bretonas -La belle-îloise-, famosas en el mundo entero desde tiempos inmemoriales, según me asegura la persona que me atiende. Me llevo sardinas en todas las preparaciones posibles. Cuando el Colega me coge las bolsas de la compra rezonga un poco. Tienes hambre ¿eh?, dice.

Dinan presenta a esas horas de final de la tarde una animación sin barullo ni aglomeraciones. Las terrazas están concurridas, en un ambiente familiar. Creo que somos los únicos forasteros.

Optamos por bajar de nuevo y cenar en la zona del puerto. Aquí hay animación y mayor presencia de visitantes. Nos sentamos en una terraza y pedimos una sopa de cebolla y una tabla de quesos y patés. En Cancale he descubierto la sidra bretona, que toman en unas tazas de cerámica, y le he cogido gusto. Al Colega le ha pasado algo parecido con el muscadet, un vino blanco que se obtiene de la variedad uva melón, también muy rico. En la espera, especulamos sobre la relación de la Costa de Armor y Dinan, que está a una veintena de kilómetros del mar. Recurrimos al comisario Dupin: en bretón, Armórica es la tierra del mar, frente a Argoat, que es la tierra de los árboles, el interior de la región. Dinan pertenece a la primera.




Bien descansados en el colchón del pajar, a la mañana siguiente madrugamos tanto que aún no ha abierto el restaurante. La señora que lo atiende nos invita a dar un paseo por el río mientras lo prepara. Sabio consejo. Durante casi una hora recorremos la ribera a uno y otro lado, cruzándonos con apenas media docena de personas que hacen deporte.
A la vuelta tenemos la mesa preparada. Panecillos y cruasanes recién hechos, , fruta, zumo, mantequilla salada, mermelada… Y un sol que reverbera en el río, a nuestro lado. Decididamente, la duquesa Ana no dormiría en el pajar, pero apuesto a que tampoco desayunaba mejor que nosotros.
Fotos: ©Valvar

-
Saint Malo

Saint Malo 👇es una ciudad corsaria, un fuerte amurallado que se mira en la mar. Sus habitantes conservan el espíritu independiente y combativo de sus días de gloria y ofrecen al visitante historia, monumentos, playas y gastronomía.

Donde hoy se levanta la ciudad existió ya en época romana un asentamiento humano, pero fue en el siglo XII cuando los insistentes ataques normando obligaron a reforzar sus defensas. Algunos tramos de muralla son de ese siglo, en el que también se inicia su primitiva catedral románica.
Situado en la frontera entre el ducado de Bretaña y el reino de Francia, convertido ya en importante puerto, fue indistintamente bretón y francés. Durante cuatro años, entre 1590 y 1594, se declaró independiente, la República de Saint Malo. De entonces es su lema: Ni francés ni bretón, malouin. Lo que viene a ser la quintaesencia del bretonismo, que lleva el independentismo en su núcleo existencial.
Integrada definitivamente en la corona de Francia en el siglo XVI, su estratégica situación favoreció el comercio con las tierras recién descubiertas del continente americano al otro lado del océano, enriqueciendo a los grandes armadores y comerciantes. Ellos fueron los primeros constructores de las grandes mansiones, de granito de Chausey, llamadas malouinières, que bordean la ciudad como una segunda muralla.

Entre los siglos XVI al XIX la ciudad vive su momento de esplendor económico favorecido primero por el comercio textil, pero, sobre todo, por la piratería legalizada por los monarcas franceses, la patente de corso. Aunque el botín era propiedad real, correspondían a los corsarios una parte de las riquezas conseguidas.
El negocio corsario estaba en manos de mercaderes de Saint Malo, en cuyos barcos ondeaba la bandera de azul con la cruz blanca; el millar de barcos capturados con grandes cantidades de oro, plata y piedras preciosas fue una fuente de riqueza que hizo prosperar a la ciudad. Durante casi tres siglos dominaron los océanos: apresaban barcos mercantes enemigos, se hacían con la carga, secuestraban a la tripulación y la liberaban a cambio de un rescate. También escoltaban a las propias embarcaciones mercantes, además de ahuyentar a los barcos ingleses, el gran adversario.

La Revolución frenó el negocio corso, entonces Saint Malo, además de potenciar su flota pesquera, se convierte en un punto de referencia en la trata de esclavos entre África y América, con destino a las plantaciones de caña del Nuevo Mundo. Algunas de las grandes fortunas malouinas tienen su origen en ese comercio.
En el siglo XIX la gran burguesía francesa descubrió los encantos del veraneo en la Costa Esmeralda, que se extiende desde Cancale al Cabo Fréhel, con Saint Malo como ciudad principal. Por aquí pasaron Víctor Hugo o Picasso y, según se cuenta, aquí escribió Edmond Rostand su Cyrano de Bergerac. Dinard, al otro lado de la bahía del río Rance, fue el lugar favorito de los ingleses, que sembraron el litoral de villas neogóticas, muchas de las cuales aún permanecen.
Tras el desembarco de los aliados en Normandía, en la Segunda Guerra Mundial, los alemanes se refugiaron en la ciudad, duramente bombardeada por la aviación aliada. Solo las murallas se salvaron. Los malouinos repiten con orgullo que ningún enemigo ha doblegado las defensas, Saint Malo siempre ha resistido.

Después de la guerra la catedral y los edificios señoriales de estilo clasicista fueron reconstruidos siguiendo el modelo original. Hoy es una ciudad de 50.000 habitantes repartidos entre sus barrios periféricos y el casco antiguo, intramuros de sus murallas. El turismo de balneario tiene en esta zona uno de sus lugares predilectos.
Las murallas de Saint Malo conforman una circunferencia de casi dos kilómetros, que se puede recorrer íntegramente, con acceso desde distintos puntos de la ciudad. Es una experiencia. O varias, pues además de las distintas perspectivas que ofrece, estas varían según la marea esté alta o baja.

Desde el bastión de Hollande se ve la piscina dentro del mar, a la que en marea baja se accede desde la playa. También se distingue el camino que conduce a los islotes Gran Bé y Pequeño Bé. En el primero se encuentra la tumba del escritor François René Chateaubriand; en el segundo, el Fuerte Nacional, obra de 1689, construido en granito según proyecto de Vauban, arquitecto favorito del Rey Sol, Luis XIV, para proteger a la ciudad. Hoy es propiedad privada.

La ciudadela fortificada -la Ville Close- es el corazón de Saint Malo. En palabras del escritor malouin Chateaubriand, su tamaño no supera el Jardín de las Tullerías de París, a pesar de lo cual, ha regalado al mundo más personalidades famosas que ciudades mucho mayores. Entre estos malouines ilustres hay que señalar a Jacques Cartier, explorador que llegó hasta la costa de Canadá, René Moreau de Maupertuis, director de la Compañía de las Indias Occidentales de Saint Malo o René Duguay-Trouin, entre cuyas hazañas se cuenta la toma de Río de Janeiro en 1811, donde liberó a un millar de presos franceses y obligó a la ciudad a pagar un gran rescate.

Su trazado urbano es el de una ciudad medieval: calles estrechas de suelo empedrado, casas de piedra con sus peculiares chimeneas, tejados de pizarra… La multitud de locales turísticos, restaurantes, bares, tiendas de porcelana, de recuerdos, de ropa y de todo lo susceptible de compra y venta nos advierten que los malouinos viven el siglo XXI.

La Bretaña no es pródiga en monumentos románicos, así que aprovechamos lo poco que queda de este estilo en la catedral de Saint Malo 👇para darnos un gusto. Dedicada a San Vicente, se encuentra en el centro de la ciudadela y es uno de sus monumentos emblemáticos.

A partir de su primitiva construcción románica en los siglos sucesivos ha ido añadiendo estilos diversos, prevaleciendo el gótico. Fue prácticamente destruido por los bombardeos de 1944 y reconstruida de nuevo. Está declarada monumento histórico. Acoge los restos de Jacques Cartier y de René Duguay-Trouin.


Nos gusta la pila bautismal, situada a la entrada.




El gran rosetón es de 1968. Aún aceptando su modernidad, impresiona su belleza y la del resto de sus vidrieras. Es un templo de singular atractivo.




En la calle Asfeld, se encuentra uno de los pocos palacios corsarios originales que se conservan: la Casa del Corsario, mandada construir por el poderoso armador François-Auguste Magon de la Lande, del siglo XVIII.

Comemos en la zona baja de la Cité, junto al puerto deportivo, plagada de pequeños restaurantes, todos con una suculenta carta de pescados y mariscos. El Colega se decide por “La Perle Malouine”. Yo pido la especialidad de la casa, “la choucroute del pescador”, verdaderamente rica. El Colega pide un entrecot bretón, en honor del comisario Dupin, que tanto nos ha ilustrado sobre este viaje.


Volvemos al lugar donde hemos dejado el coche recorriendo de nuevo la muralla. Ahí está el Castillo, sede del ayuntamiento de la ciudad, con sus cuatro torres angulares en torno a la del Homenaje: la General, de las Damas, de los Molinos y la Quic-en Groigne, que viene a significar porque yo lo digo. Esta es la respuesta dada por Ana de Bretaña a las protestas de los malouines, que se oponían a su construcción: “Quic-en-Groigne, ainsi sera, tel est mon bon plaisir”.

En la plaza de Quebec encontramos la escultura de un corsario famoso bajo el mandato de Napoleón: Robert Surcouf. Fue casi todo: escritor, armador de barcos pesqueros, pirata y comerciante de esclavos.


Ha empezado a subir la marea, ocultando la piscina interior que habíamos visto en nuestro primer paseo y cubriendo el camino a las islas Bé. Extramuros de las murallas se encuentra la Cité d’Alet, refugio de artistas y bohemios.




Nos despedimos de la ciudad corsaria, tomada ahora por los turistas de media Europa, incluidos los ingleses, antaño enemigos. De camino a Dinan. cruzamos el río Rance por el puente de la central mareomotriz construida en 1961, un proyecto pionero que aprovecha el movimiento de las mareas para generar electricidad verde, de la que se benefician 350.000 habitantes. Donde el pasado y el futuro de Bretaña se dan la mano.
Fotos: ©Valvar

-
El Mont Saint Michel

El Mont Saint Michel es una imagen icónica, una enorme abadía sobre un peñasco en la bahía, imperturbable al paso de la historia y al aluvión permanente de sus miles de visitantes. Una visión que impresiona, conmueve y a veces irrita.

La leyenda asegura que fue el mismo arcángel San Miguel quien eligió el lugar 👇apareciéndose al obispo Aubert el año 708 pidiéndole que levantara un santuario en la isla entonces conocida como Mont Tombe. A finales del siglo X el duque Ricardo I de Normandía creó una comunidad de benedictinos. Sobre la cima de aquel montículo, los monjes construyeron cuatro criptas y una abadía románica, enseguida convertida en lugar de peregrinación en el occidente cristiano. Por aquí pasaron reyes, nobles y villanos.


Por añadidura, la abadía produjo y conservó muchos manuscritos, que hicieron de ella un importante centro cultural.


Para atender este flujo de visitantes en la parte inferior del monte se fue creando un núcleo de población.

En el siglo XIII se añadió el conjunto gótico llamado La Merveille (la Maravilla) formado por dos edificios de tres plantas rematados por el claustro y el refectorio de los monjes. Es lo que constituye la parte superior del montículo, rematado actualmente por una escultura dorada de San Miguel, a 170 metros sobre el nivel del mar.



La guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra obligó a construir un refuerzo militar que permitió a la Roca, como también es conocido el lugar, resistir el asedio de tres décadas pero no pudo impedir el hundimiento del coro románico de la abadía, luego reemplazado por un coro gótico.


La Revolución expulsó a los monjes, nacionalizó el Monte y lo convirtió en prisión estatal, una bastilla de los mares por la que pasaron 14.000 prisioneros.
Los escritores románticos reclamaron el cierre de la prisión. El edificio fue restaurado y abierto al público, convertido en atracción para turistas ricos. Hasta entonces la Roca seguía siendo una isla, a la que solo se podía llegar a pie en la bajamar. La construcción de un dique de carretera convirtió la isla en península. En las primeras décadas del siglo XX un tranvía de vapor comunicaba la Roca con la ciudad de Pontorson.
Durante la Segunda Guerra Mundial fue ocupado por los alemanes. Desde 1966 una comunidad religiosa ofrece asistencia espiritual a los visitantes, actualmente, las Fraternidades Monásticas de Jerusalén. Desde 1979 es Patrimonio Mundial de la UNESCO.


Ya en el siglo XXI se ha acometido un proceso de transformación general de la bahía para evitar el progresivo entarquinamiento de las tierras limítrofes del Monte. Se construyó una presa en el Couesnon 👇 para repeler los sedimentos de las mareas, el antiguo camino del dique fue sustituido por un puente peatonal y se habilitaron aparcamientos en tierra firme.
Como primera medida, se ha alejado el tráfico rodado. Antes, en marea baja llegabas en coche hasta los muros de las murallas. Ahora el acceso de vehículos está restringido hasta La Caserne -a dos kilómetros del Monte-mediante vallas que solo se abren introduciendo la clave que los hoteles confían a sus huéspedes. Cada hotel tiene su propio aparcamiento. Autobuses lanzadera conducen a los visitantes hasta el puente peatonal junto al Monte.


Esta es una de nuestras etapas imprescindibles, no solo porque el lugar lo merece sino porque hemos planeado darle una segunda oportunidad y celebrar aquí mi cumpleaños. En septiembre de 1995 llegamos a la Roca con el propósito de pernoctar y recorrer la abadía pero encontramos tal muchedumbre en su calle Mayor que nos dimos media vuelta y salimos corriendo. En esta ocasión, al preparar el viaje a la Bretaña nos dijimos, ahora o nunca.

Primer error. La Roca no pertenece a la Bretaña, sino a la Normandía. Le Couesnon par sa folie a mis le Mont en Normandie (El Couesnon en su locura ha puesto el Monte en Normandía), dice un aforismo local. La frontera entre ambas regiones lo señala el río, la ribera este es normanda y la oeste, bretona.
Antes de empezar el viaje hemos sacado las entradas para visitar la abadía 👇a las 10 horas del día 10. Llegamos a media tarde del día 9. La lluvia que nos ha despedido de Cancale ha escampado al otro lado de la bahía. A ratos un rayo de sol se escapa entre las nubes. Tomamos un autobús para una primera visita a la Roca.

La emoción al divisarlo es la misma que la primera vez. Ese cono casi perfecto coronado por la imagen de San Miguel tiene algo telúrico, conmovedor. Nos hemos hecho la ilusión de que las restricciones de acceso limitarán el número de visitantes. Otro error. Al bajar del autobús nos cruzamos con cientos de personas que van o vuelven. Tres millones de personas lo visitan cada año, 20.000 personas al día en temporada alta.




Observamos que el nuevo acceso se ha movido hacia el oeste, pero hay que seguir atravesando las tres puertas -l’Avancée, que conduce al patio del Cuerpo de Guardia de los Burgueses, la del Boulevard, y la del Roy, con su puente levadizo- para entrar en la Grande rue o calle Mayor, cuajada de tiendas e igual de abarrotada que en nuestra primera visita. Encontramos un grupo de militares de vigilancia junto a la puerta.


A la derecha de la entrada, una escalera sube a la muralla, que bordea la isla. A la izquierda, el Albergue de la Mère Polard 👇, una institución local, creadora de la famosa tortilla que lleva su nombre.

Con el mejor de los espíritus subimos hasta la abadía, preguntamos si podemos adelantar la visita a esta tarde. El señor que nos atiende nos dice que sí, pero la señora que le acompaña se niega en redondo. Tienen que venir mañana, insiste con malos modos. Todavía tenemos la adrenalina intacta de reencontrarnos con la Roca y nos vamos sin protestar.



Hemos leído elogios a la iluminación nocturna del Monte así que aprovechamos para recorrer los alrededores mientras anochece. Llegamos hasta la presa del río Couesnon, donde se han instalado unos sillones confortables para descansar contemplando la bahía. Todavía es de día cuando retornamos paseando hasta la explanada de acceso; en el camino vemos un rebaño de ovejas pastando en el prado salado, cuya carne es muy apreciada por su sabor. El cielo está encapotado. La mayor parte de los visitantes ya se han retirado, solo quedamos los recalcitrantes.




De pronto, se abre un hueco entre las nubes y aparece el sol como fuego de un vivo color naranja. El espectáculo es de tal belleza que nos quedamos sobrecogidos. Hacemos mil fotos, ninguna de las cuales expresa el esplendor y grandiosidad de esta puesta de sol. Me lo tomo como un regalo de cumpleaños anticipado. La vida a veces es generosa.




El naranja del sol se va disolviendo lentamente en una gama de morados, rosas y azules que se resisten a apagarse del todo.





Luego, volvemos a entrar en la Roca. Para sorpresa nuestra, no hay nadie. Nadie es nadie. En la Grande rue estamos solos.



En la iglesia de San Pedro ponemos una vela, como descreídos buenos, y acabamos cenando en Las Terrazas de la Bahía, que está enfrente.



Los camareros miran a los pocos clientes que quedamos con cara de estar deseando cerrar e irse, en realidad en el recinto amurallado vive apenas una veintena de personas. Nadie sabe decirnos a qué hora se ilumina la abadía.



Volvemos paseando hacia el hotel con parada de nuevo en la presa del río. Lentamente, se van encendiendo unas pocas luces del Monte, pero nada más.
El día 10 madrugamos para llegar pronto a la Roca. Es un día luminoso y fresco. En la calle Mayor nos cruzamos con un grupo de militares muy jóvenes, que parecen acantonados aquí.

Cerca de nuestro hotel hemos encontrado dos monolitos en memoria de los generales norteamericanos Eisenhower y Patton, respectivamente, en homenaje por la liberación de Francia en 1944.


Tanto hemos madrugado, que tenemos que esperar un buen rato para la visita porque la señora del día anterior de nuevo se niega a dejarnos entrar. Vaya ejemplo de caridad cristiana en un lugar de peregrinación, me quejo. Este es un monumento nacional, no tiene nada que ver con la religión, responde. No me va a aguar el día, es mi cumpleaños, estoy contenta y jubilada, mientras usted está amargada y tiene que trabajar, le digo. Recorremos de nuevo la muralla desde la que se divisa la bahía, ahora con marea baja.









El Colega propone bajar a una terraza a hacer fotos. Echo una ojeada a las escaleras, proyectadas para curtidos visitantes medievales y no para jubiladas modernas, y opto por esperarlo arriba. Menos mal, porque un joven dinámico resbala en el primer escalón, se pega una costalada y baja todo el tramo arrastrando el trasero. Una chica que sube no puede evitar la risa. Ahí se ve la juventud, me digo. Si me pasa a mí, tienen que evacuarme en camilla.


Finalmente, a las 10 en punto, después de trepar por tercer vez la larga y empinada escalera, podemos entrar en la abadía. No sé a qué tantos remilgos con el control del acceso pues dentro somos legión.














Hacemos un recorrido rápido, subiendo y bajando escaleras, disputando un hueco entre los visitantes. Verdaderamente, admira la obra de ingeniería levantada en unos siglos con los medios precarios del momento.



Exponente de esos medios es la Gran Rueda, una grúa de tracción humana que servía para subir los materiales de construcción y los suministros para los residentes de la abadía, arrastrándolos por una enorme escala que parte de la base del monte.



Por las cartelas comprobamos que la mayor de la ornamentación son reproducciones, incluida una Virgen negra, patrona del Monte. Va a resultar que lo más antiguo son las telarañas, le digo al Colega.


Advertencia. Si eres mayor -y yo en esos momentos acabo de cumplir 79 años- hay que ser cauteloso para visitar Mont Saint Michel. Entre la multitud, las cuestas y las escaleras, te arriesgas a un pisotón, una costalada o un infarto.


Salimos del recinto bordeando los enormes muros de la secular abadía. Tomamos un refresco en las Terrazas, desde donde contemplamos los viejos muros a un lado y la arena blanca de la bahía al otro.


Todavía nos quedamos un rato largo despidiéndonos de la mítica Roca antes de volver al coche y seguir viaje.
Fotos: ©Valvar

-
Rennes

Rennes es la capital administrativa de la Bretaña francesa, una ciudad típicamente bretona, con un casco antiguo medieval poblado de casas coloristas con entramado de madera, una catedral y los restos de una muralla medieval.

Salimos de Nantes a primera hora de la mañana para recorrer los 112 kilómetros que nos separan de Rennes, a medio camino del Mont Saint Michel, donde vamos a pasar la noche. En una web hemos visto que la catedral cierra los martes. Ya es mala suerte, la única iglesia de Francia que cierra y lo hace cuando llegamos nosotros, comento con el Colega.
La información que hemos recabado asegura que estamos en una capital regional a escala humana y una de las ciudades más agradables de Francia para vivir y para hacer una escala en el viaje a Bretaña. De momento, encontramos aparcamiento a la primera, junto al mercado, al ladito mismo de la catedral y las murallas, cosa que no siempre es fácil ni en Francia ni en ninguna parte.

La catedral de San Pedro👇 es un edificio clásico, estamos a punto de pasar de largo cuando vemos entrar a una pareja. ¿Quién dijo que en Francia hay una iglesia cerrada? Abierta de par en par.


El interior es suntuoso, con bonitas bóvedas y pinturas, como procede en un lugar donde durante siglos fueron coronados los duques de Bretaña. Aquí, como en tantas iglesias francesas, admira la belleza y grandiosidad de sus órganos.




Mientras hago fotos a las vidrieras -los templos franceses guardan verdaderos tesoros en este apartado- me percato que el Colega ha desaparecido. Como pasa el tiempo y no aparece, me pongo a buscarlo. Lo encuentro en una pequeña capilla que guarda lo que, a nuestro juicio, es el verdadero tesoro de la catedral: un retablo flamenco de madera de roble policromada y dorada, datado en Amberes en 1520.

Sus 80 personajes tallados representan la vida de la Virgen María y el Árbol de Jesé, con un dominio deslumbrante de la talla y del espacio. Dañado por filtraciones de agua y víctima de robos, ha sido recientemente restaurada y protegida por una reja de hierro.






Las imágenes, sobre todo las femeninas, nos recuerdan las que Gil de Siloé realizó en el retablo y en el sepulcro de los padres de Isabel la Católica –Juan II e Isabel de Portugal- en la Cartuja de Miraflores de Burgos. No sería extraña la influencia, pues Siloé se cree que nació en Amberes, aunque un siglo antes.

Contentos con nuestro descubrimiento salimos a recorrer el casco antiguo de Rennes. A un lado de la portada catedralicia nos topamos con una furgoneta de una empresa de chimeneas con un llamativo reclamo publicitario. Mira por dónde los jubilados somos un nicho de negocio, comento al Colega, que no se había percatado.






Lindando con la catedral se encuentran las calles de Chapitre, Palette, Saint-Sauveur, el cogollo de las casas de entramado de madera, de las que la ciudad cuenta con 286, solo superada por Estrasburgo, en la Alsacia. Hemos llegado tan pronto que ni siquiera han abierto las tiendas que se abren a estas calles y plaza. Solo nos cruzamos con un grupo de escolares.


Cerca de la catedral descubrimos las Puertas Mordelaises, antigua entrada principal a la ciudad, bajo la que los duques de Bretaña prestaban juramento. Sus torres simétricas protegían a la ciudad mediante un doble puente elevado. Son el resto de lo que fueron sus murallas.

De nuevo nos encontramos con un numeroso grupo de escolares de poca edad cuyos profesores a duras penas consiguen mantener atentos a sus explicaciones.

Una pareja joven se deleita fotografiándose mutuamente ante la puerta. En una de sus idas y venidas la joven no se percata del bolardo que hay a su espalda y se cae, literalmente, patas arribas, con gran regocijo de los pequeños escolares. La chica se levanta, se sienta en el bolardo y sigue haciendo fotos.
En Rennes estuvo el Parlamento de Bretaña donde se celebraban las reuniones hasta la Revolución Francesa, edificio que quedó destruido por un incendio en 1994. Una vez restaurado es la sede del Tribunal de Apelación de Bretaña y de Primera Instancia de Ille-et-Vilaine, comarca a la que pertenece la capital.
El mercado de la Place des Lices data de 1622 y es el segundo más grande de Francia. Los sábados por la mañana atrae a los productores locales de frutas y verduras, carne, queso, pescado fresco, así como flores y arreglos de jardín. En verano ofrece actuaciones musicales.

En verano ofrece además actuaciones musicales. Como no es sábado, nos despedimos de Rennes y tomamos el camino de Cancale que es, con Port de Bélon, la meca de las ostras, de su cría y reproducción.

Cancale se encuentra en una bahía en forma de concha marina, numerosos restaurantes se asientan a la orilla de un mar que aquí y hasta el cabo Frehel toma el nombre de Costa Esmeralda por el color de sus aguas.

Mi afición ostrera se despertó precisamente en este lugar en nuestra primera visita de 1995, hasta el que incluso los romanos llegaron en busca del apreciado molusco. Desde entonces he comido ostras de muy distintas procedencias, pero ninguna tan exquisita, suave y carnosa como la de Cancale. Dicen que los lugareños tiran las conchas vacías a la playa, pero ni entonces ni ahora vimos a nadie que lo hiciera así que las depositamos en las bandejas de la mesa.

En aquel primer viaje nos llamó la atención un vehículo que, según nos explicaron, transitaba por la bahía cuando bajaba la marea y navegaba como un barco con la marea alta. La joven que fui se fotografió ante aquel aparato. En esta ocasión no vimos ninguno, así que la anciana que soy se fotografía ante un plato de mejillones, unos moules frites, preludio de la degustación de las ostras.

Advierten los bretones que aquí el tiempo puede pasar de un extremo a otro en unos minutos, atravesar cuatro estaciones en un día. Va a ser verdad. Cuando a primera hora de la mañana hemos salido de Nantes el sol lucía esplendoroso, en Rennes el cielo estaba gris, cuando después de comer abandonamos el restaurante de Cancale empieza a llover. Al llegar al Mont Saint Michel vuelve a lucir el sol.
Fotos: ©Valvar

-
Nantes

Nantes fue la capital del ducado de Bretaña, pero tras la última reforma administrativa francesa ha pasado a serlo del departamento de Loira Atlántico y de la región de los Países del Loira, lo que no empece que los nanteses se sigan considerando bretones.
Es nuestra primera etapa por la Bretaña, a 771 kilómetros desde Burgos, el punto de partida. Madrugamos, hacemos paradas de descanso cada 200 kilómetros, comemos ligero y llegamos a Nantes a las 6 de la tarde. Hemos reservado dos noches de estancia para conocer la ciudad y empezar la ruta descansados.
Situada en el estuario del Loira, Nantes tiene un patrimonio monumental interesante y una vida cultural activa. Da sensación de ciudad sosegada y acogedora, muy cuidada, una mezcla de antiguo y moderno realizada con gusto. La ciudad fue muy dañada por las bombas durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que buena parte de su urbanismo es posterior a esos años.



Nos alojamos en el Hotel de la Cité, próximo al Palacio de Congresos, una zona ultramoderna, de edificios acristalados.

Un puente elevado sobrevuela las vías del tren y comunica el hotel con el centro histórico. Junto a este puente se alza una torre modernista con las iniciales LU 👇, esto es, Lieu Unique. La torre data del año 1909, tiene 38 metros de altura y está coronada con una escultura alegoría de la diosa de la fama y seis signos del zodiaco. Es una de las dos torres icónicas de la antigua fábrica de galletas LU, la segunda fue destruida por un bombardeo en la última gran guerra.

La empresa trasladó sus instalaciones fuera de Nantes y en el año 2000 el edificio se convirtió en un espacio de ocio y cultura según el proyecto del arquitecto Patrick Bouchain, especializado en la reutilización de espacios industriales.
El puente termina en un espacio abierto, entre plaza y avenida, por donde transitan fluidamente autobuses, tranvías, coches y peatones sin aparente dificultad. Caminamos por la course Saint Pierre hasta el obelisco de Luis XVI, monarca que aquí parece apreciado, ejecutado en la guillotina tras la Revolución de 1879.




El paseo bordea los dos grandes monumentos de la ciudad: el castillo de los duques y la catedral. Torcemos a la izquierda y nos topamos con la puerta de Saint Pierre, levantada sobre restos romanos del siglo III. La puerta, de estilo gótico, es lo que queda de las murallas medievales, durante siglos fue una de las entradas principales de la ciudad. El diseño castrense medieval fue modificado por los obispos para construir encima su residencia y las dependencias desde la que divisar lo que ocurría en la ciudad y controlar el acceso a la catedral, al otro lado de la calle.

Según especifica una inscripción en sus muros, la primera piedra de la catedral 👇 se colocó en 1434, sobre el solar que antes había ocupado un templo románico y antes que él, uno romano; las obras se dieron por concluidas en 1893. De estilo gótico flamígero, de iguales dimensiones que Notre Dame de París, pero con bóvedas más altas hasta los 37,5 metros, está ornada con dos grandes puertas y dos torres.
Si el concepto puede aplicarse a una iglesia cabría decir que la catedral de San Pedro y San Pablo, que tal es su advocación, tiene mala suerte. El año 1972 sufrió un devastador incendio que destruyó sus bóvedas de madera. Durante trece años se realizaron obras de restauración que devolvieron la antigua prestancia a sus piedras blancas.
Dos eran sus grandes tesoros: el órgano y la tumba del último duque de Bretaña, Francisco II, y de su segunda esposa, Margarita de Foix, considerada una obra maestra de escultura, mezcla de estilo medieval y renacentista. Los bultos de los duques reposaban sobre un sarcófago con las esculturas de los doce apóstoles, y estaban flanqueados por cuatro figuras femeninas que encarnan las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.



El sepulcro fue encargado por Ana de Bretaña, hija de los duques difuntos, creado por Michel Colombe, y concluido en 1507. Inicialmente fue instalado en el convento de los carmelitas de Nantes, en 1817 fue trasladado a la catedral.

Las estatuas yacentes de los duques aparecen coronados, reivindicando la aspiración de Bretaña como reino independiente.
La malaventura catedralicia volvió a manifestarse el 18 de julio de 2020, cuando uno de los voluntarios encargados del cuidado del templo provocó un incendio aún más demoledor, que destruyó las vidrieras originales y el órgano de 2.400 tubos, del siglo XVII y debilitó la mampostería del templo. La contaminación originada por el plomo fundido obligó a cerrar la catedral.

En septiembre de 2025 se abrió provisionalmente; la apertura definitiva se espera que será en 2028, cuando concluya la restauración. Encontramos, pues, a la desdichada catedral rodeada de un vallado protector y su portada principal cubierta con una lona. ¡Lástima!

El interior es menos desolador. Hay un órgano, no sabemos si nuevo o restaurado, y las estatuas yacentes descansan sobre el suelo, rodeados de las virtudes cardinales.

No sabemos si porque es tarde de domingo o porque los nanteses son gente piadosa, la iglesia se encuentra muy concurrida.
El casco antiguo de Nantes se extiende por los barrios de Feydeau y Graslin, donde abundan los restaurantes frecuentados por locales y visitantes. Con ese olfato gourmet que tiene el Colega aterrizamos en Chez Maman, un “resto-brocante”, esto es, una mezcla de anticuario y bistrot, donde cenamos espléndidamente.
En la explanada del castillo descubrimos un pequeño estanque que, como El Espejo de Burdeos, parece destinado a reflejar los muros del palacio de los duques de Bretaña, imagen embellecida más aún a la caída del sol. La torre LU parece un faro en la noche nantesa.



Hemos llegado sabiendo que los lunes cierran las máquinas de la Isla 👇, que tanto nos hubiera gustado ver, y el Castillo de los Duques. La Isla es la que origina una bifurcación del río Loira a su paso por la ciudad. Bien descansados, este lunes nos proponemos patearnos la ciudad con calma. Empezamos por cruzar el río hasta la plaza Clémenceau-Lefeuvre para ver una de las instalaciones que proliferan por la ciudad: Brutalistas 👇.



Los artistas Martine Feipel y Jean Bechameil han construido aquí una composición geométrica como un cuadro tridimensional en el que se mezcla la ilusión, lo imaginario, lo insólito y lo ilógico, según informa un cartel. Las esculturas están equipadas con hornos, de manera que los vecinos pueden reunirse en la plazoleta con la excusa de hacer una barbacoa.

El Loira baja ancho y caudaloso. El Colega observa que el agua corre hacia el este, cuando debería hacerlo en sentido contrario, hacia su desembocadura en Saint Nazaire. Será que está subiendo la marea, le digo. No puede ser, el mar está a 60 kilómetros de aquí, responde. Pues será una de las rarezas de Bretaña, no se me ocurre otra respuesta.
Enfrente del castillo encontramos la Oficina de Turismo. Vamos provistos de la documentación necesaria, pero el Colega quiere saber por qué el río no sigue el curso lógico. El chico que nos atiende le saca un mapa de la zona donde se ve claramente la dirección del río. El Colega insiste: El agua fluye en dirección este. Eso es imposible, salvo que la marea esté subiendo. Las mareas aquí son muy fuertes, asegura el chico. Nos vamos, el Colega sigue rezongando. Primera lección bretona: aquí todo es superlativo, también las mareas, le recuerdo.


Al llegar a la puerta del castillo comprobamos que está abierta y por ella entran y salen grupos de escolares. Efectivamente, el museo local está cerrado pero puede visitarse todo lo demás. Estamos en una pequeña ciudadela amurallada👇 que ha servido como palacio ducal, fortaleza militar, cuartel y búnker alemán durante la Segunda Guerra Mundial.




Su apariencia gótica medieval se compadece mal con su interior, un conjunto de edificaciones renacentistas, de gusto refinado. Recorremos el adarve de la muralla que conecta sus siete torres y desde el que se contempla la ciudad.





Un cartel advierte de la prohibición de hacer pintadas en los muros, el Código Penal francés establece un agravamiento de penas cuando la degradación afecta al patrimonio cultural, como es el caso, de este monumento histórico desde 1840. Sea por la advertencia o por las cámaras que proliferan los muros aparecen limpios que da gloria verlos.

Frente a la puerta del castillo se encuentra una escultura de Ana de Bretaña👇, la gran figura de Nantes junto con Julio Verne, nantés universal. Grupos de escolares rodean a la gran duquesa mientras su profesora les plantea cuestiones que ellos responden y anotan en sus cuadernos.

La duquesa aparece joven, como en realidad era, pues murió a los 36 años. Había nacido en Nantes en 1477 y a la muerte de su padre fue declarada duquesa de Bretaña, con solo once años.
Quiso preservar el ducado fuera de la corona francesa y así lo negoció en sus dos matrimonios, primero con el rey Carlos VIII y luego con el heredero de este, Luis XII, convirtiéndose en la única mujer doblemente reina consorte. Soportó catorce embarazos, la mayoría acabaron en abortos o muertes prematuras, sin conseguir un heredero al trono. Dicen de ella que era inteligente y astuta, además de mecenas de las artes.

Al comienzo de la calle que conduce al castillo hemos encontrado una de las cuatro fuentes Wallace 👇 que surten de agua potable a los paseantes sedientos. Estas fuentes, ahora diseñadas por el dibujante Cyril Pedrosa siguiendo la idea del artista nantés Lebourg, que diseñó las fuentes de Paris en 1871, evocan la larga historia del feminismo y de la humanidad en busca de su propia emancipación.









No lejos, se encuentra el Museo de las Artes 👇, uno de nuestros imprescindibles. Recientemente se ha ampliado fusionando el palacio del siglo XIX del viejo museo con un moderno edificio en cubo. Atesora una muy valiosa colección desde el siglo XIII a las vanguardias. El Colega quiere ver a los La Tour, yo los Monet y Chagall. De propina encontramos a Sonia Delaunay y Rodin.

Llegada la hora de comer, el Colega propone ir al Bistrot Vasque pero también cierra los lunes, así que volvemos al Chez Mamam, menos concurrido de guiris que la noche anterior, donde comemos igual de bien. Comer a la sombra de la torre del campanario de la iglesia del Sacré Cour , con sus ángeles trompeteros y su campana Bouffay, fundida en 1663, tiene su punto.




El Pasaje Pommeraye 👇 es una preciosa galería decimonónica, donde se conjugan un aire decadente y un dinamismo comercial, con tiendas de moda, decoración y recuerdos. Sus tres niveles, que unen el barrio de Graslin con el de Commerce, hacen de ella un ejemplo único en Europa.


La plaza de Graslin, toma el nombre del financiero y economista de la Ilustración, promotor de la expansión urbanística del centro de Nantes. En esta plaza se levanta también el teatro de la ópera, uno de los cuatro teatros del siglo XVIII que se conservan en Francia. De estilo neoclásico, sus ocho columnas corintias sostienen a otras tantas musas.

Una inscripción recuerda que “este teatro fue acabado el año 1788, el décimotercero del reinado de Luis XVI, el bienhechor”. En el décimoctavo año de reinado sería guillotinado, lo que demuestra cuán voluble es la fama.

En esta plaza se encuentra la Cigale👇, una brasería centenaria, que conserva su decoración modernista.

A un paso de la de Graslin está la plaza Real, el corazón chic de Nantes. Fue diseñada en 1790 por el arquitecto Crucy. En el centro se encuentra la fuente del Loire (1865), con un Neptuno como personaje principal, símbolo de la relación del Atlántico, el Loira, sus afluentes y la propia ciudad de Nantes.




Desde la plaza se divisa la basílica de San Nicolás, levantada en la plaza Fournier. Nos sorprende su excelente estado de conservación, hasta que comprobamos que es una construcción de 1844-1869, según diseño de Jean-Baptiste Lassus, arquitecto colaborador del inefable Violec-le-Duc, empeñado en sembrar Francia de edificios neogóticos.
Como en tantos otros edificios de la región, los bombardeos de la guerra le causaron graves daños que obligaron a su reconstrucción entre 1953 y 1974. En 2004 fue restaurado de nuevo. Desde 1980 es monumento histórico.
Nantes es la ciudad ideal para recorrer a pie, pues el peatón parece tener siempre preferencia, excepto en presencia del tranvía. No nos quedó claro si existe un código desconocido por nosotros, si todo el casco antiguo es peatonal o si conductores y peatones son de una corrección exquisita, que también puede ser.

En todo caso, no encontramos grandes aglomeraciones de gente, incluso en las calles centrales pudimos pasear casi solos, lo que a estas alturas de invasión turística, nos pareció un verdadero privilegio.

El callejero de Nantes está atravesado por una línea verde que a lo largo de 12 kilómetros conduce a los puntos de interés de la ciudad. Siguiendo la línea en la plaza Bouffay encontramos el Éloge du Pas de Côté, un hombre que parece querer escapar de su base.

En la plaza del Comercio se encuentra la escultura de Georges de Villevois-Mareuil, noble francés casado con Paule Entrangin, prima de Edmond Rostand. Se cuenta que el escritor se inspiró en él para crear el personaje de Cyrano de Bergerac. A su espalda se levanta un edificio señorial que fue sede de la Bolsa y hoy lo es de la Fnac, dedicada a la venta de libros y discos.

Con línea verde o sin ella encontramos “El muro caído del cielo”, creado por Jean Luc Courcoult, y “Las dos bañistas”, obra de Claire Tabouret, en memoria del servicio de duchas instalado en 1860 a orillas del Loira para permitir el aseo a las lavanderas profesionales y a los trabajadores pobres.


Además de la hermosura del patrimonio nantés, nos encanta el olor dulzón que emana de la abundancia de zonas verdes y arbolado.



Superados con creces los 12 kilómetros de caminata de la línea verde, nos encaminamos al museo Verne👇, que sí abre el lunes, pero cuando llegamos ya ha cerrado. Optamos por volver al hotel tranquilamente bordeando el Sena. Al pasar por las instalaciones hospitalarias de Nantes vemos aterrizar en ellas un helicóptero.
Al otro lado del río, en la Isla de Nantes que forma la bifurcación del Loire, divisamos la zona de las Máquinas, hoy cerradas. Otra vez será.
Cuando en la mañana del martes nos disponemos a salir de la ciudad que tan buena impresión nos ha hecho, descubrimos que la entrada está tan congestionada como pueda estarlo cualquier gran ciudad a primera hora de una jornada laboral. No hay dicha completa, ni siquiera en Nantes.
Fotos: ©Valvar

-
Paseo por la Bretaña francesa

Paseo por la Bretaña francesa
¿Por qué viajar a Bretaña, el Finisterre francés? La región donde todo es prodigioso, legendario y superlativo: aquí está la mayor concentración de monumentos históricos por kilómetro cuadrado, la mayor cantidad de conserveras de pescado del mundo, el mayor número de especies marinas, la mayor variedad de trajes regionales, con 1.266 modelos, incluso 7.770 santos propios, uno para cada necesidad.
Ofrece tantas razones como visitantes. Al Colega le gusta porque es la tierra de Astérix, Obélix y sus irreductibles galos, por sus recintos parroquiales y por los alineamientos de Carnac.

Yo quiero ir para ver la casa encastrada entre piedras en la costa de granito rosa, para volver a Quimper, ciudad de la que guardo un recuerdo romántico de pueblo bonito, comer ostras en Cancale y, sobre todo, para celebrar mi cumpleaños en el Mont Saint Michel.

Mont Saint Michel Elegido el destino -este año le toca elegir al Colega-, preparamos el viaje concienzudamente, como solemos. Establecemos los puntos imprescindibles del recorrido, los aconsejables y los sisepuede, a sabiendas de que los imponderables que siempre surgen condicionarán nuestra ruta definitiva. Partiendo de Burgos, nos proponemos pasar por Nantes, Rennes, Mont Saint Michel, Saint Malo, Dinan, la Costa Rosa, los faros del Finesterre, Quimper, Concarneau, Carnac, Vannes y Angulema.

Quimper En realidad, este es nuestro segunda visita a la Bretaña. Estuvimos ya en 1995, de vuelta de una estancia en París, un viaje rápido. En estos años hemos descubierto al escritor Jean Luc Bannalec 👇, seudónimo tras el que se esconde el traductor y editor alemán Jörg Bong, de origen bretón, buen conocedor de la región, sus gentes, sus tradiciones, sus costumbres, sus leyendas y sus manías. Bannalec es el autor de la serie de novelas protagonizadas por un policía de la prefectura de Concarneau -el comisario Dupin-, cuyas aventuras suceden en distintos puntos de la Bretaña.

La Ville Close en Concarneau Da un poco de rubor confesar que nuestros guías principales en este recorrido por Bretaña sean personajes de ficción, pero después de haber leído todos las historietas de Asterix y de seguir las peripecias de Georges Dupin a lo largo de catorce novelas, tenemos al comisario como uno de los mejores guías de la región. Él, su novia -ya esposa- Claire, su secretaria Nolwenn y los policías de la comisaría son para nosotros como de la cuadrilla.
A Bretaña hay que llegar advertido de que es la menos francesa de las regiones de Francia. Los bretones se consideran celtas. En la Edad Media gozó de independencia bajo el dominio del ducado de Bretaña, hasta que en 1532 fue incorporada como una provincia gala, perdiendo definitivamente cualquier atisbo de autonomía con la Revolución francesa. El nacionalismo bretón sigue reivindicándose como territorio histórico y defendiendo su idioma como parte de su identidad. El País Bretón se siente próximo al País Vasco, ambos se consideran singulares y vecinos de Francia.

Saint Malo Para ellos, Finisterre no es el fin del mundo sino, el principio, Bretaña es la cabeza del mundo “Penn ar bed”, en lengua bretona. Lo dejó escrito María de Francia en el siglo XII: Bretaña es poesía.
Incluso cuando los bretones hablan francés hay que prestar mucha atención para comprender sus palabras, algo parecido a lo que les sucederá a quien ha aprendido un castellano académico y quiera practicarlo en Galicia. Prácticamente todos los lugares de ámbito municipal y regional hace tiempo que están rotulados en la doble versión franco-bretona. Los bretones consideran un triunfo que el gobierno francés accediera a hacer lo propio en las carreteras de su competencia. De ahí que los indicadores se llenen de “ke” y ch”, en topónimos con frecuencia precedidos de “plou”, que significa pueblo.
En ocasiones, los periódicos de la región ironizan sobre el carácter bretón, incluyendo en sus páginas encuestas del tipo: Sabes que eres bretón cuando… entras en un bar muy concurrido de un rincón del Finisterre y proclamas a gritos que eres de París / te cuesta un poco relacionarte con los ingleses / no te parece que la andouille (embutido elaborado con las entrañas y grasa de cerdo, especiado y ahumado) huela a rayos / solo bebes sidra seca y dejas para los normandos la más suave. Los normandos son los de Lepe para los bretones; cualquiera que no descienda de varias generaciones de bretones es considerado forastero, los parisinos son los más extranjeros entre los forasteros.

Palacio de los Duques de Bretaña No siempre es fácil entender la ironía bretona, cuando te explican que en Bretaña hace buen tiempo pero solo cinco veces al día. En todo caso, mejor no intentar el compadreo: si eres forastero hacer bromas sobre Bretaña se considera de mala educación.
Lo legendario es inherente al alma celta de Bretaña. No hay lugar que no tenga su propia leyenda, trágica las más de las veces. Concarneau tiene varias, una de ellas habla de los amores de Pierre y una bellísima selkie (especie de sirena que puede convertirse en mujer) llamada Mauve, que vivían felices en la Ville Close. La dicha de la pareja suscitó la envidia de algunos vecinos, que se dedicaron a hostigar a arponazos a la pobre selkie hasta acabar con su vida. Afirma la leyenda que los selkies del mar se vengaron de manera lenta y paciente de los agresores hasta acabar con todos ellos.

Recinto parroquial de de Thegpmec Del faro de Tévennec, situado en el paso entre Raz y la isla de Sein, se dice que está habitado por un espíritu que devora el alma y enloquece a sus guardianes, ninguno de los cuales ha salido indemne. Sea por eso, o por la modernización del servicio, actualmente está automatizado.
En los campos de Morbihan, cerca de Vannes, se oculta el Bugul-noz o pastor de la noche, personaje parecido al hombre lobo, que viste abrigo oscuro y cubre su cabeza con sombrero de ala ancha. Se come a los niños que al anochecer corretean fuera de casa y a los pescadores rezagados.

Vannes En Locronan el 1 de noviembre se celebra el Samain o Año Nuevo celta, momento en que se difumina la línea entre el mundo de los vivos y los difuntos. El domingo siguiente se reparte de casa en casa el pan de los muertos con una lágrima de azúcar para endulzar las penas. El día de Todos los Santos se preparan crepes para las almas perdidas.
Otra de las leyendas bretonas cuenta que en el lago de Loc’h, una de las islas Glenan, se encuentra el escondite de Groac’h, la bruja de los naufragios, inmensamente rica, pues una corriente marina mágica le trae las riquezas de los barcos que naufragan. Su palacio está en el fondo del mar; el lago es el joyero donde guarda su tesoro. Muchos son los que se han lanzado a la búsqueda de esas riquezas. Ninguno ha vuelto. Groac’h los seduce, los fríe y se los come.

Costa de Granito Rosa No siempre es posible cumplir los planes. Habíamos reservado una etapa para conocer la costa oeste y sus famosos faros bretones, pero justo ese día amaneció con una niebla cerrada. Era inútil intentar recorrer la costa cuando ya resultaba difícil identificar las señales de la carretera en el interior.
Entre los sisepuede el Colega había incluido una visita al bosque de Paimpont o de Brocéliande, un lugar druídico, cuajado de leyendas en torno a Merlín, el rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda. Finalmente, saludamos cortésmente a Chétien de Troyes, escritor medieval, autor de la novela El Caballero del León, donde da vida a todos esos personajes, y pasamos de largo, sin visitar la tumba de Merlín.

Península de Quiberon En fin, durante diez días hemos recorrido unos 2.200 kilómetros en etapas sosegadas y hemos vuelto con las alforjas llenas de recuerdos y experiencias espléndidas. Somos conscientes de nuestra edad, frisando ya los ochenta, pero el Colega acaba de renovar el carnet de conducir sin problema y, en la medida de lo posible, queremos mantener nuestra autonomía, como los bretones, también a la hora de viajar, al menos mientras podamos valernos por nosotros mismos. Nuestras etapas son más cortas de lo que eran en 1995, pero nuestro disfrute viajero es el mismo o más intenso, sabemos que ya no tendremos oportunidad de volver a muchos de esos lugares. Por eso tenemos tanto interés en guardarlos en la retina, en nuestras fotos y en nuestra memoria. Y poder compartirlos con quienes nos leen.
Fotos: ©Valvar

-
Campos del Renacimiento

Campos del Renacimiento es un tesoro en el corazón de Palencia, testimonio de la riqueza de Tierra de Campos durante el siglo XVI y del talento de algunos de sus hijos o vecinos ilustres: los Berruguete padre e hijo, Jorge Manrique, Alejo de Vahía o el Cardenal Cisneros.
El Museo Territorial Campos del Renacimiento 👇 es el resultado de una rara colaboración institucional: la Diócesis y la Diputación de Palencia y la Junta de Castilla y León, con el diseño y gestión de la Fundación Las Edades del Hombre. Visitarlo es una gozosa experiencia.

En puridad, habría que hablar de los museos, en plural, pues cuatro son los centros expositivos que el visitante puede recorrer en esta visita a Tierra de Campos: la iglesia de Santa María de Becerril de Campos, la de Santa Eulalia de Paredes de Nava, de San Pedro y San Facundo y San Primitivo en Cisneros y Santa María en Fuentes de Nava. Cada uno con un eje expositivo.
Emprendemos esta excursión en compañía de otra pareja amiga, igualmente jubilada, lo que nos permite elegir un día laboral. En consecuencia, somos los únicos visitantes tras la resaca de la Semana Santa. Loados sean todos los dioses de universo.
En el momento de comprar la entrada el visitante tiene opción de elegir entre un solo centro, dos o los cuatro, en este caso con el plazo de seis meses para completar las visitas. Nosotros elegimos el paquete completo y nos beneficiamos de la tarifa reducida aplicada a los mayores de 65 años.

Becerril de Campos. Iglesia de Santa María Empezamos por Becerril de Campos, donde nos esperaba Eva para proporcionarnos las entradas e introducirnos en lo que íbamos a ver. Lo primero que sorprende son las dimensiones de estas iglesias, enormes para su población actual.



Máxime si se tiene en cuenta que algunos de estos pueblos llegaron a tener hasta siete templos de similar porte, demostración de la antigua pujanza económica de la comarca.




A partir de ahí, vamos de sorpresa en sorpresa, nos faltan ojos para mirar. Desde el artesonado, tan bien conservado que parece recién acabado, a su programa expositivo, aquí dedicado a la Virgen María.











Descubrimos a un artista poco conocido: Alejo de Vahía, oriundo del norte de Europa, que aquí montó su taller y conoció el éxito. Como no firmaba sus obras, los expertos han ido descubriéndolas identificando sus peculiaridades: unos rizos a modo de flequillo, el ondulado de sus cabellos, la posición de sus manos…

Caemos rendidos de admiración ante la efigie del Padre Eterno, con la Santa Faz en la parte inferior, el Santo Entierro, sus ángeles y sus santos.


Otro tanto nos ocurre con la Virgen con Niño de Juan de Juni, de una ternura conmovedora.
Al terminar la visita, lo propio hubiera sido dar un paseo por el pueblo pero optamos por visitar el museo de Paredes de Nava antes de comer.


Llegamos ya advertidos de las dimensiones de estas iglesias pero la de Santa Eulalia llama la atención por su torre, románica en su primera parte, rematada por una elegante pirámide.

Saludamos a Fernando, que nos introduce en el contenido que nos espera, con un protagonismo destacado de Pedro Berruguete y su hijo Alonso. En todos los museos, un código QR ofrece una visita guiada, muy didáctica e interesante.

La exposición se distribuye en varias instancias. Un relicario conserva lo que se afirma es una costilla de Santiago. A través de una escalera de caracol se accede a la planta superior, de fácil acceso para veteranos como nosotros pero no para personas con movilidad reducida. Lástima, porque ofrece una hermosa imagen del templo.

Se conserva la pila donde fueron bautizados los hijos ilustres de Paredes de Nava, los Berruguete padre e hijo y el militar y escritor Jorge Manrique, conocido especialmente por las Coplas a la muerte de su padre.




En el retablo mayor hay una selección de pinturas de Pedro Berruguete, entre las que destacan los reyes de Judá y especialmente la dedicada al rey David, de penetrante mirada, convertido en imagen icónica. En verdad, solo este retablo daría para echar la mañana entera.

En este recorrido nos encontramos con Alonso de Berruguete, hijo de Pedro, y su delicada Virgen con Niño.

Para acabar rendidos ante la maestría de Alejo de Vahía y su Abrazo de San Joaquín y Santa Ana.

En el exterior del templo, un monumento recuerda a Jorge Manrique, a quien saludamos con admiración y respeto.
Fernando nos ha informado sobre las opciones para comer en el pueblo o en los alrededores y optamos por quedarnos en Paredes. Acudimos al restaurante de Sofía, a esa hora convertido en una especie de ONU reducida, no muy diferente a lo que debió ser esta villa en el glorioso siglo XVI. Nos ofrecen un menú casero y abundante que rematamos con un café tranquilo en la terraza.


Junto al restaurante descubrimos la torre románica de la iglesia de San Juan, que -¡Oh, sorpresa!- está abierta. Como en Francia, comentamos con alegría.



En la oscuridad del templo vemos una instalación de pequeñas figuras que identificamos con un belén. Será que lo dejan de un año para otro, razonamos. El Colega nos saca del error, es lo contrario del belén, un escenario de la Pasión al que no le falta detalle.

A la iglesia le vendría bien una restauración, lo que resulta más evidente porque Paredes de Nava presenta un aspecto reluciente, limpia y cuidada, como hubo de ser en sus buenos tiempos.

A la entrada de la iglesia de San Pedro de Cisneros nos recibe una escultura de quien fue confesor de la reina Católica. En su interior encontramos a Daniel, que, como sus compañeros, nos presenta lo que vamos a ver, en buena medida dedicado al cardenal Cisneros (Torrelaguna, 1436-Roa, 1517), cuya familia era oriunda del lugar.







En la nave central destaca el precioso sepulcro de Gonzalo Ximénez de Cisneros, antepasado del cardenal. Nos deleitamos en las figuras, ya más góticas que románicas, de la sepultura y en la del personaje.



También en la nave, un segundo sepulcro, este de una dama desconocida, del siglo XIV. Adosado al muro de la nave del evangelio un último enterramiento en arcosolio del siglo XV.



El artista principal de este museo es Francisco Giralte, autor del grandioso retablo principal y de la antigua portada, ahora en el interior.




Una amplia colección de santos dominicos de estilo barroco, obra del siglo XVIII ocupa la nave de la epístola.


La oferta expositiva de Cisneros se reparte entre esta iglesia y la de los Santos Facundo y Primitivo. Hasta allí nos encaminamos seguidos por Daniel.





Este segundo centro es el paraíso para los amantes de los artesonados. Bajo una obra mudéjar espectacular, Daniel nos ilustra sobre las características de este tipo de techos. Boquiabiertos nos deja la cubierta de la Capilla de la Virgen del Castillo.

En la plazoleta de la iglesia se alza un sencillo homenaje al Danzante tradicional de Cisneros.
Terminamos nuestro recorrido en la iglesia de Santa María de Fuentes de Nava que, con la de los Santos Facundo y Primitivo, conforma el Centro de Interpretación de las Techumbres Mudéjares, adonde llegamos con agujetas en los ojos y el corazón desbordado por tanta belleza reunida. Teresa nos habla del momento histórico de esplendor de la comarca y del Canal de Castilla, obra de ingeniería hidráulica del siglo XVIII proyectada para el desarrollo de la comarca, solo un poco antes de la aparición del ferrocarril.



Agradecemos sus explicaciones y la proyección del vídeo donde nos descubren los secretos de la construcción de los artesonados, mientras los ojos se nos van a las cubiertas que tenemos sobre nuestras cabezas.




El retablo mayor es ya plenamente barroco. También aquí luce un buen órgano.


Rendidos como estamos a Alejo de Vahía admiramos su hermosa Asunción de la Virgen.

Teresa nos invita a subir a la torre de la iglesia, invitación que solo acepta nuestro amigo Luis, saludándonos desde lo alto cuando ya el sol declina en el horizonte.

Sorprendidos por tanta belleza, alentados por el conocimiento y la competencia de los profesionales que atienden las distintas iglesias, hemos querido completar el recorrido, hurtando tiempo a la visita a los pueblos por donde hemos pasado. Somos conscientes de que nos hemos perdido una parte no menos interesante del programa, por lo que nos emplazamos para volver en una próxima ocasión a conocer mejor los lugares por donde ahora hemos pasado demasiado rápido.
En el camino de vuelta alabamos sin reservas el acierto del proyecto y nos preguntamos cómo es posible que no abunden iniciativas de este tipo, que revitalizan el entorno donde se ubican, mientras el enorme patrimonio artístico de otras comarcas de la Comunidad -la España vaciada- permanece cerrado a cal y canto.













Fotos: ©Valvar

-
Los castillos de la Dordoña

La Dordoña es una de las regiones con los paisajes más bucólicos de Francia, acaso para compensar que durante cinco siglos estas tierras fueron escenario de luchas constantes. Testigos de este pasado feudal y bélico son los innumerables castillos que pueblan la idílica región.
Denominada indistintamente Perigord o Dordoña fue escenario de luchas constantes: la aparición y eliminación de los cátaros entre los siglos XI y XII, la Guerra de los Cien Años del XIV al XV, las luchas feudales entre los Platagenet y los Capeto y en el siglo XVI de los guerreros defensores del catolicismo contra guerreros calvinistas, los hugonotes. El medievo está tan presente que si apareciera la gran duquesa Leonor de Aquitania (1122-1204) no produciría demasiada sorpresa. Porque, a su pesar, la poderosa dama condicionó la vida de esta tierra durante buena parte de la Edad Media.

Para comprender la guerra secular entre ingleses y franceses hay que recordar que Leonor de Aquitania llevó una parte del Perigord como dote en su matrimonio con Enrique Plantagenet, quien había de ser rey de Inglaterra. El río Dordoña era la frontera entre el territorio inglés y la tierras en poder del rey francés, empeñado en hacerse con el rico ducado de Aquitania. Hasta que lo consiguió.
Los señores feudales al servicio de ingleses o franceses fueron sembrando de castillos la región. Se asegura que llegó a haber 1001 fortalezas en el Perigord. Algunos de ellas desaparecieron pero la mayoría se mantienen en pie, acondicionados por sus propietarios como residencia o abiertas al público como testigos de la historia.

En junio del 2025 recorrimos estas tierras siguiendo el rastro románico. Nos gustó tanto la región que pesamos en volver, lo hicimos en septiembre, ahora acompañados de una pareja de amigos, con el propósito de conocer sus castillos👇, de recorrer el Dordoña y de pasear por sus pueblos. Fue una buena idea.




Después de visitar Burdeos, t loomamos como base el pueblo de Sarlat, uno de los más bonitos de Francia, auténtico escenario medieval, empezando por recorrer su mercado al aire libre en la plaza del Ayuntamiento, junto al mercado cubierto. Imposible resistirse a las exquisiteces que se ofrecían en los puestos: quesos, patés, foies, mermeladas, nueces, licores, verduras… Nos alojamos en un apartamento y compramos provisiones como para cenar una semana y no los tres días que estuvimos.




Recorrimos Sarlat, su catedral, su linterna de los muertos y su Manoir de Gisson👇, casona medieval en el centro del pueblo. Ha sido restaurada y amueblada de acuerdo con los gustos sarladeses de la familia Gisson – abogados, caballeros y concejales- del siglo XVII y está abierta al público.

En busca de auténticos castillos nos dirigimos al pueblo de Domme, en el corazón del Perigord negro, llamado así por sus tejados de pizarra.



Domme👇 es una bastida, una ciudad fortificada, con plazas cuadradas y calles que se cruzan en ángulo recto, mandada construir en 1281 por el rey Felipe III en un acantilado que domina el valle del Dordoña. Tiene cuatro puertas, con sus torreones defensivos: la de Tours, de la Combe y del Bos. La ciudad entera está muy bien conservada, una auténtica ciudad medieval. En la puerta de Tours fueron encarcelados los templarios, dejando en sus paredes grabados aún visibles.




Desde el Belvédère, una elevación de cien metros sobre el valle se puede contemplar una amplia panorámica, distinguiéndose el castillo de Castelnaud.



Es típico del lugar el helado de fresa, pero durante nuestra visita nos acompañó la lluvia y no apetecía demasiado. Lo que sí hicimos fue visitar la cueva natural que se encuentra bajo el casco urbano. No está mal pero tampoco es para tirar cohetes si conoces otras del mismo tipo. Y no dejan hacer fotos.
Como resulta imposible visitar uno por uno los muchos castillos que nos salían al paso, optamos por visitar uno por cada bando y otro de sus famosos jardines.




Empezamos por Castelnaud la Chapelle👇, que se levanta en un espolón rocoso y reúne una colección de artilugios bélicos. Su historia es realmente dramática. Levantado en el siglo XII, perteneció a Bernard de Casnac, señor cátaro. Simon de Montfort tomó el castillo en 1214 dentro de la cruzada albigense. Pronto recuperado por Casnac, fue quemado por el arzobispo de Burdeos.
Durante la guerra de los Cien Años lo tomaron los ingleses y fue devuelto a los propietarios, que lo equiparon con troneras y torres de artillería.
Acondicionado como residencia en el siglo XV, durante la Revolución fue abandonado, deteriorándose con el paso del tiempo hasta que en 1968 fue declarado monumento histórico. Desde 1985 alberga el Museo medieval de la guerra medieval con más de 250 piezas: armas de asta, espadas, piezas de artillería, uniformes, armaduras.
Entre el aparcamiento de coches y el acceso a la taquilla de castillo hay un trecho no muy largo pero empinado. Una cuesta incompatible con la resistencia de cuatro jubilados. Llegamos con las fuerzas justas. Mientras calculamos si nos alcanzan para recorrer el tramo que aún queda hasta la puerta de entrada sale una de las guías a preguntarnos si queremos hacer la visita. Estamos medio muertos, respondemos. Pues se les ve muy vivos, contesta ella.




Finalmente, sopesamos el hipotético encanto del museo militar frente al maravilloso paisaje que se nos ofrece desde la posición del castillo y optamos por refugiarnos en el bar, donde los chicos se toman una cerveza -insuperable, según dijeron- y nosotras sendos helados. Ambas coincidimos en que eran los mejores que hemos tomado hasta donde nos alcanza la memoria. El lugar es tan fotogénico que incluso los insectos posan para las visitas.
Los dueños de la fortaleza la habitaron poco tiempo porque preferían el confort de Les Milandes👇, otro castillo cercano, este ya del siglo XV, en cuyos jardines se ofrecen espectáculos con aves rapaces.
La fama de Les Milandes es relativamente moderna: la cantante y vedette Joséphine Baker (1906-1975) lo compró como residencia familiar para su numerosa prole (adoptó doce niños de distintas procedencias).



Si Castelnaud era la fortaleza inglesa, en el lado francés se alza imponente el castillo de Beynac. Construido en el 1115 sobre una elevación rocosa en el desfiladero formado por el río Dordoña, conserva de esa primera fase el impresionante torreón. Remodelado en los siglos siguientes, guarda una cocina del siglo XIII, un salón de Estados del XV o una escalera renacentista del XVII. La parte superior del torreón fue remodelada en el siglo XIV hasta alcanzar los 152 metros sobre el río, un extraordinario mirador desde el que se divisan cinco castillos del valle.





Desde este balcón se comprende que la guerra se prolongara durante un siglo, había de ser difícil renunciar a un trozo de paraíso como el que se extiende a nuestros pies. Por otro lado, ¿quién querría guerrear en un lugar de tanta belleza?



Llegamos a Beynac👇 bien comidos en un restaurante junto al río. El coche nos deja prácticamente a la puerta de la alcazaba, después de un ascenso que de ninguna manera hubiéramos podido hacer a pie.













Si Castelnaud ofrece una panoplia militar, Beynac ha sido dispuesta como una lección de cinco siglos de la historia francesa. Partiendo de la omnipresencia de Leonor de Aquitania, por sus muros y salas pululan en proyecciones y cartelas muy didácticas Simon de Montfort, Ricardo Corazón de León, Juan sin Tierra y los señores feudales que lucharon en ambos frentes para defender sus respectivos intereses. Los salones muestran el mobiliario de la época correspondiente. Uno de ellos se presenta con el señuelo de haber sido el dormitorio de Ricardo Corazón de León.
Como el mundo realmente es un pañuelo, en una de las salas el Colega se encuentra con una pareja joven oriunda también de la provincia de Burgos.



Uno de los castillos que se ven desde el torreón es el de Marqueyssac, construido por el mismo señor de Beynac para vigilar al de Castelnaud, en tanto que este levantaba la fortaleza de Fayrac para vigilar al de Beynac.







El palacete de Marqueyssac👇 es poco más que una casona de buena familia, amueblada al estilo del siglo XIX. Lo que le hace admirable es la enorme extensión ajardinada que le rodea y los paisajes y castillos que se divisan dondequiera que se mire: Castelnaud, Beynac, La Roque Gageac, Les Milandes…





El parque tiene una extensión de 22 hectáreas, con más de seis kilómetros de senderos, con cascadas, miradores, rocallas, 150.000 bojes centenarios, podados a mano, una obra maestra del arte topiario. El recinto está dispuesto para el ocio familiar, con lugares para pícnic, juegos infantiles, o un restaurante sobre el valle que invita a quedase a vivir. Tiene otro atractivo especial para los jubilados andariegos: un coche eléctrico que va recogiendo a los visitantes agotados y los devuelve a la entrada. Que Leonor de Aquitania los bendiga.



Para concluir el capítulo de los castillos y las luchas medievales, habrá que recordar que el conflicto anglo-francés acabó en 1453 con la victoria francesa en la batalla de Castillon👇, considerada también el primer triunfo de la artillería móvil en campaña. Rendida asimismo Burdeos, a los ingleses solo les quedó el reducto de Calais, donde aún permanecieron 134 años.


Ya quedó dicho que otro de los encantos del Perigord-Dordoña son sus paisajes, las enormes cortadas cinceladas por el curso de los ríos Dordoña. El pueblo de La Roque-Gageac👇 sirve de ejemplo. Es uno de esos lugares que te dejan con la boca abierta. No hay nada discordante en el paisaje urbano ni en el río que le sirve de espejo.





Por ponerme exquisita diré que solo tiene una pega: sus infinitas escaleras, que le hacen casi inaccesible para los cuatro jubilados boquiabiertos. Hay que estar muy en forma para vivir en una población que se recuesta en una pared perpendicular. Pues en esta pared se levantó un el siglo XIV una iglesia con un campanario típico y tejado de pizarra del Périgord. No lejos de ella, un jardín exótico con palmeras, plataneros, higueras y hasta bambúes.

Destaca entre sus edificios notables el Manoir de Tarde, antigua residencia de los obispos de Sarlat y luego casa familiar de la familia Tarde. El canónigo Jean Tarde fue un hombre ilustrado, admirador y discípulo de Galileo Galilei. Reconstruyó los archivos de la catedral destruidos en las Guerras de Religión: en 1594 realizó un mapa de la diócesis, señalando los daños ocasionados por las guerras.


















Como en Burdeos por el Garona, también recorrimos un tramo del Dordoña embarcados en una gabarra como las que se utilizaron tradicionalmente para transportar el vino hasta la Roque-Gageac. He de decir que estos barquitos salen cada media hora, recorren el curso del agua durante una hora y al menos en el día que estuvimos nosotros, iban siempre llenos Los jubilados zascandiles sentimos una sana envidia de cómo cuidan los franceses su patrimonio.

Concluimos el viaje en Bergerac👇, encantador pueblo que mantiene viva la memoria de Hercule Sanivien de Cyrano, nacido en París en 1619, de breve carrera como mosquetero gascón, que tomó el apellido de la ciudad, pasando a ser conocido como Cyrano de Bergerac, a quien ha levantado dos estatuas en sus calles.




Cyrano fue escritor, poeta, dramaturgo y novelista, autor de obras de teatro satíricas. El escritor Edmond Rostand se inspiró en él para crear su personaje en su obra “Cyrano de Bergerac”.





La ciudad, bañada por el Dordoña nos recibe con una luna llena en un cielo de azul purísimo, que no le agradecimos lo suficiente. Aparte de por su Cyrano, es famosa por su vino. Cruzamos su puente, recorrimos la plaza Pelissière, donde hicimos un pica-pica, saludamos a las dos efigies de Cyrano, y, tras pasar la noche en un hotel próximo a la autovía, nos despedimos del Dordoña, que nos había regalado un viaje inolvidable.


Antes de tomar la autopista de Las Landas hacemos una breve parada en Arcachon para degustar sus ricas ostras. Porque además del espíritu conviene tener alimentado el cuerpo.
Fotos: ©Valvar

-
Saint Émilion

La información oficial sobre Saint Émilion 👇le presenta como un delicioso pueblo medieval situado en el corazón de los famosos viñedos de Burdeos, único por la importancia de sus propiedades vinícolas, la calidad de sus vinos y la majestuosidad de su arquitectura y sus monumentos. El vino, en primer lugar.

Nuestras herederas y algunos amigos nos han insistido en que vengamos a conocer lo que ellos consideran uno de los pueblos bonitos de Francia. Lo incluimos porque nos cuadra en la distribución de jornadas de un viaje largo para dos jubilados muy entrados en años.
Queremos conocer, además, qué efectos tiene en el presente la Carta de Falaise emitida en 1199 por el rey de Inglaterra Juan sin Tierra, duque de Aquitania por herencia de su madre la gran duquesa Leonor. En aquella carta el rey delegaba poderes económicos, políticos y judiciales a una representación de ciudadanos para gestionar la administración general, creando así la Jurade.

La autoridad de la Jurade desapareció con la Revolución de 1789, pero en 1948 algunos viticultores la resucitaron como hermandad; ella es la encargada de regular las denominaciones vinícolas en el Festival de Primavera, que se celebra en junio y de calificar las añadas de la cosecha anual en el mes de septiembre.
La población debe su topónimo a un monje bretón de nombre Émilión que en el siglo VIII escogió el lugar entonces conocido como Ascumbas para retirarse. Durante un milenio los vecinos del lugar se dedicaron a excavar la montaña rocosa en la que se asentaban hasta abrir doscientos kilómetros de galerías subterráneas, cuya piedra caliza utilizaron para construir los edificios de la región y que proporciona el excelente suelo para el viñedo, que es el auténtico protagonista del pueblo y de la comarca, llegando las vides hasta el borde del centro urbano.

El 1999 la Unesco inscribió el paisaje de Saint Émilion en el Patrimonio Mundial de la Humanidad, como “ejemplo notable de un paisaje vitícola histórico que ha permanecido intacto”. Y así sigue.
Lo primero que nos sorprende al llegar es la enorme cantidad de coches aparcados en cualquier hueco desde muchos cientos de metros antes de llegar al pueblo. Ni que decir que las calles están abarrotadas de coches y de gente. En un primer intento no encontramos el hotel, como si el gps se hubiera vuelto loco. En cambio encontramos un hueco en un aparcamiento de pago y buscamos un lugar donde comer. Ahí tenemos más suerte y comemos razonablemente bien, dadas las circunstancias, en un restaurante sin aire acondicionado. Nos salva el abanico.

¿Saint Émilion está así siempre?, preguntamos al camarero. Más o menos, aquí viene gente de todo el mundo a comprar vino, pero además hoy se celebra la Jurade, que atrae a muchos visitantes de los alrededores, nos responde. Por si fuera poco, se está rodando un película. Puntería, la nuestra.


Bien comidos, volvemos a la búsqueda del hotel y, ahora sí, lo encontramos. Es un establecimiento familiar que ocupa una casona antigua, tan antigua que su patio linda con la muralla. El joven que lo atiende nos recibe como si fuéramos de la familia, nos ofrece un refresco y nos da cuatro indicaciones para recorrer el pueblo sin agotarnos.



Empeño inútil porque Saint Émilion es como un tobogán continuo, a una subida le sucede otra y hasta los descensos parecen cuesta arriba. Bajo un sol de justicia nos disponemos a conocer los monumentos locales. Empezamos por la iglesia monolítica, un edificio subterráneo del siglo XII, de 38 metros de largo por 12 de alto, sobre el que se asienta una torre campanario de 68 metros de altura, centro de peregrinación medieval. Descendemos desde la torre por una calleja empinada de piedra tan resbaladiza que han instalado una barandilla de asidero. El Colega baja sin problema pero yo no me rompo la crisma de puro milagro.


El edificio ha vivido idénticas vicisitudes que el resto de templos de la región, devastación en los siglos XIV y XVI, maltratada por la Revolución, restaurada en el siglo XX. La iglesia se dedica al culto con su correspondiente horario de visitas, pero también acoge conciertos y ceremonias como las de la Cofradía de la Jurade. En resumen, este día, precisamente este, la iglesia no se abre por la tarde.

Estamos en el corazón de Saint Émilion, justo al lado se encuentra el mercado cubierto, dominio también de la Jurade, desde donde vigilaban las operaciones mercantiles que se desarrollaban en la plaza. Nos sentamos un rato encomendados al abanico.



Seguimos camino hacia la Torre del Rey, situada dentro del recinto amurallado, levantado sobre una roca. Desde la primera planta a la cima hay una altura de 32 metros y 118 escalones. Es obra del siglo XIII, unos historiadores sostienen que fue mandado construir en 1224 por el rey francés Luis VIII cuando conquistó a los ingleses esta parte de Aquitania, otros aseguran que se debe a Enrique III de Inglaterra en 1237 cuando la región volvió a poder inglés. También hay quien sostiene que fue levantada por la Jurade como sede de la corporación, equivalente al ayuntamiento. Quienquiera que lo ordenara, es la única torre románica de la región de la Gironda
Hacemos una pausa para tomar un helado en un establecimiento cerca del campanario, que encontramos lleno de turistas orientales.


Otro edificio religioso relevante en la parte alta de Saint Émilion es su colegiata, testigo de la presencia de los agustinos entre los siglos XII al XVIII, encargados de velar por el funcionamiento correcto de la vida religiosa en el pueblo. Como hoy no es nuestro día, en esos momentos está a punto de oficiarse una boda y desistimos de visitarla.
Optamos por acogernos a la hospitalidad del hotelero, que nos ofrece una agradable charla sobre la vida local además de unos refrescos mientras descansamos en el acogedor patio hasta que cae el sol.


Salimos de nuevo y optamos por pasear siguiendo el trazado de la muralla hasta llegar a la puerta Brunet, la única que queda de las siete puertas que tuvo la ciudad. Las murallas de Saint Émilion tenían una longitud de kilómetro y medio, más que defensivo eran de carácter suntuario, señalaban la prosperidad de la población. Sin perder la condición de paso impositivo: el lugar donde se pagaban el impuesto de portazgo.




En una pequeña explanada junto a la puerta Brunet encontramos una minibiblioteca con libros de acceso libre. Desde el lugar se divisa una imagen casi idílica de la ciudad, nada que ver con la de la mañana.

Siguiendo el paseo llegamos a lo que queda del monasterio de los “cordeliers”, como se conoce a los franciscanos, en alusión al cordón que ceñía su cintura. Franciscanos y dominicos llegaron a Saint Émilion en el siglo XIII pero el monasterio data del siglo XIV, con su claustro y bodega, que pueden visitarse en horario de visita. Cuando llegamos, acaban de cerrarlo.
Nos rendimos a la fatalidad, al menos hemos constatado la vigencia de la ordenanza del rey Juan sin Tierra y los excelentes resultados en el cultivo del viñedo.




Nos acostamos pronto y al día siguiente madrugamos. Decidimos salir temprano a dar un paseo antes de desayunar. Lo que encontramos nada tiene que ver con el día anterior, excepto las cuestas, que siguen inmutables.







Encontramos el pueblo casi vacío, incluida la colegiata. También se han ido los camiones del rodaje. Así, solos los dos, podemos visitar la iglesia, hoy parroquia, y el claustro, con las tumbas de los poderosos canónigos de los siglos XIII y XIV.

Acorde con los tiempos, el antiguo refectorio está ocupado hoy por la Oficina de Turismo. En una de las pandas del claustro descansas las mesas y sillas de un establecimiento cercano.


Volvemos al hotel, donde nos espera el joven hotelero con el desayuno preparado en el agradable patio. Nos despedimos de Saint Émilion y emprendemos camino de vuelta a casa, cansados pero contentos. Debemos de ser los únicos que nos vamos sin haber comprado ni una botella de vino.
Fotos: ©Valvar


