Dinan

Dinan👇 es un pequeño y pintoresco pueblo de la Bretaña, encaramado sobre el río Rance, con auténtico ambiente medieval: calles empedradas, casas con entramado de madera, murallas y castillo.

Los bretones, para quienes todo lo suyo es lo más de lo más, afirman que este es uno de los pueblos más bellos de toda Francia, la joya de la Costa de Armor. Como no somos bretones ni conocemos todos los pueblos de Francia no podemos afirmar ni negar tal aserto, pero bonito es un rato largo.

Aunque sobre el mapa este matiz no se aprecia, Dinan se extiende en dos niveles: arriba, la ciudad amurallada -casi tres kilómetros de muralla- con su castillo, su catedral, su torre del Reloj, sus casas de entramado de madera, sus calles de resonancia medieval; abajo, el puerto deportivo, un barrio alegre, lleno de pequeños bistrós y terrazas, alegre y bucólico, según la hora del día.

Hemos reservado un alojamiento que se anuncia como casa típica bretona en la ribera del río Rance. La publicidad no miente: es una casona de la Bretaña antigua, bien podría ser de la época de la duquesa Ana. La planta baja es un restaurante y en la planta superior, en lo que debió de ser el pajar, se han habilitado las habitaciones -con gusto y confort, es verdad-. La escalera de acceso es estrecha y empinada, nada de ascensor. El Colega alardea ante las Herederas y la Nieta de haber dormido de niño en una “morena” (RAE: montón de mieses apiladas en el rastrojo o en la era), pero yo soy de la especie urbanita, siempre he dormido en colchón. Pasado el efecto escalera, lo anotamos como una experiencia viajera. A mi edad, ya no se me van a presentar muchas ocasiones de dormir en un pajar.

A cambio, desde la ventana se nos ofrece una bonita vista y podemos aparcar el coche en la puerta. La cama es grande y cómoda.

Dejamos el equipaje y subimos a la ciudad amurallada por una carretera tortuosa. La puerta de San Luis que nos lleva directamente a la basílica de San Salvador, que conserva un poco del escaso románico bretón.

La fábrica original fue encargada por Rolland de Dinan, es mencionada ya en 1123. De esta época conserva el pórtico occidental y el muro sur, con algunas coincidencias con pórticos del Poitou y Saintonge.

Pero es en el siglo XIV cuando se convierte en lugar emblemático: aquí reposa el corazón de Beltrán du Guesclin, héroe de la guerra de los Cien Años, el mismo Duguesclín famoso en España por aquello de que “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”. De él se cuenta que compensaba su extrema fealdad con un arrojo y astucia en la guerra que le llevaron a ser nombrado Condestable de Francia. Mediante la guerra de guerrillas logró expulsar a los ingleses de buena parte del territorio francés que entonces ocupaban.

Fue enviado a Castilla al mando de las Grandes Compañías para apoyar a Enrique de Tratámara, que disputaba el trono castellano a su hermanastro Pedro I, el Cruel o el Justiciero, según como se mire. Tras la batalla de Montiel en 1369, Beltrán propició el asesinato del rey Pedro a manos de Enrique, despachándose ante la historia con la frase que le ha dado fama en España. Murió guerreando en 1380. Su cuerpo recibió sepultura en la basílica de Saint Denis, donde se enterraban los reyes de Francia, pero su corazón quedó en su Bretaña natal, en esta basílica de San Salvador. Dinan le tiene como uno de sus héroes, ha erigido una estatua en su honor y le ha dedicado una plaza.

En el siglo XV se amplió la iglesia con una nave y nuevas capillas laterales; en el XVII se levantó el campanario que coronaba el conjunto. Las sucesivas guerras impidieron acabar las obras proyectadas, quedando un edificio asimétrico.

La Revolución desacralizó el lugar, en el siglo XIX el arquitecto Victor Ruprich Robert dirigió una restauración para combinar armoniosamente los estilos románico y gótico de la iglesia.

En su interior se guardan varias sepulturas de caballeros bretones, incluida la de Rolland de Dinan, su fundador, muerto en 1186.

Del exterior, destaca su portada, de estilo románico, con un portal decorado con arquivoltas y esculturas, en la que se aprecian influencias orientales, quizá resultado de las cruzadas. No es frecuente encontrar en el corazón de la Bretaña una pareja de camellos y otros animales exóticos.

El castillo de Dinan es obra del siglo XIV, residencia de los duques de Bretaña, dueños de una parte de la ciudad. Aquí se refugió la duquesa Ana, tras enviudar del rey Carlos VIII. También ha sido residencia del gobernador y luego, prisión hasta 1904. Actualmente acoge el museo de la ciudad.

La torre del Reloj es otro de los monumentos del centro medieval de Dinan. Construida en el siglo XV, sus 47 metros de altura hacen de ella el edificio más alto de la ciudad. Su reloj data de 1502 y es de los más antiguos de Europa en funcionamiento, sigue dando sus campanadas cada cuarto de hora.

La torre puede visitarse si una se ve dispuesta a subir 158 escalones. No es nuestro caso, ni siquiera el Colega, siempre presto a trepar, se anima.

Cerca de la torre, en la misma calle del Reloj, se encuentra la Casa del Gisant, del siglo XI. En unas obras de restauración del edificio se encontró una escultura funeraria representando a Roland de Dinan, que ahora reposa sobre un murete de piedra.

Otro lugar desde donde ver la ribera del río es la Torre de Santa Catalina, resto de una defensa medieval del siglo XIV,, al borde de la muralla, en una zona que llaman Jardín Inglés.

Aunque a estas alturas ya llevamos vistas muchas casas medievales bretonas de entramado de madera, hay que admirar la belleza y buena conservación de estas de Dinan, más de un centenar que se extienden por las calles centrales de la ciudad: la del Reloj, Petit-Pain, Cordonnerie, Cordeliers, o Jerzal, antaño puerta de entrada a la ciudad, la calle donde se colocaban los puestos de los mercaderes.

Mientras el Colega pasea por el claustro del antiguo convento los Cordeliers, aprovecho para entrar en una tienda de conservas bretonas -La belle-îloise-, famosas en el mundo entero desde tiempos inmemoriales, según me asegura la persona que me atiende. Me llevo sardinas en todas las preparaciones posibles. Cuando el Colega me coge las bolsas de la compra rezonga un poco. Tienes hambre ¿eh?, dice.

Dinan presenta a esas horas de final de la tarde una animación sin barullo ni aglomeraciones. Las terrazas están concurridas, en un ambiente familiar. Creo que somos los únicos forasteros.

Optamos por bajar de nuevo y cenar en la zona del puerto. Aquí hay animación y mayor presencia de visitantes. Nos sentamos en una terraza y pedimos una sopa de cebolla y una tabla de quesos y patés. En Cancale he descubierto la sidra bretona, que toman en unas tazas de cerámica, y le he cogido gusto. Al Colega le ha pasado algo parecido con el muscadet, un vino blanco que se obtiene de la variedad uva melón, también muy rico. En la espera, especulamos sobre la relación de la Costa de Armor y Dinan, que está a una veintena de kilómetros del mar. Recurrimos al comisario Dupin: en bretón, Armórica es la tierra del mar, frente a Argoat, que es la tierra de los árboles, el interior de la región. Dinan pertenece a la primera.

Bien descansados en el colchón del pajar, a la mañana siguiente madrugamos tanto que aún no ha abierto el restaurante. La señora que lo atiende nos invita a dar un paseo por el río mientras lo prepara. Sabio consejo. Durante casi una hora recorremos la ribera a uno y otro lado, cruzándonos con apenas media docena de personas que hacen deporte.

A la vuelta tenemos la mesa preparada. Panecillos y cruasanes recién hechos, , fruta, zumo, mantequilla salada, mermelada… Y un sol que reverbera en el río, a nuestro lado. Decididamente, la duquesa Ana no dormiría en el pajar, pero apuesto a que tampoco desayunaba mejor que nosotros.

Fotos: ©Valvar

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