La Costa de Granito Rosa forma parte de la Costa d’Armor👇, en el litoral norte de Bretaña. Una naturaleza magnífica, un coctel de playas salvajes, balnearios, abadías, faros, puertos pesqueros, archipiélagos y reservas naturales, bien agitado con historias y leyendas. Un resumen de Bretaña.

Esta jornada es una de nuestras imprescindibles. Nunca antes hemos estado aquí. Hemos salido de Dinan con un sol espléndido pero a medida que nos vamos acercando a la costa el cielo se va nublando y cuando llegamos a Perros-Guirec el sol ha desaparecido totalmente. Vamos bien preparados, pues las previsiones meteorológicas previas al viaje anunciaban una estancia lluviosa en el norte de la región.

Nos tomamos un café en el puerto del pueblo, balneario famoso, situado en lo alto de una península rocosa. Elegimos un coqueto local atendido por una señora que hace gala del humor bretón, alaba nuestra elección de recorrer la Bretaña, “que es un país muy bonito y no está lejos de Francia”. Otra de esas boutades que gustan a los bretones.
Elogiamos el café que nos ha servido, muy rico, y aprovecha para darnos una lección sobre las categorías de cafés bretones. El más fuerte es el café torré o stier, el café más suave es el de bonne soeur o café de monja, y el aguado, conocido como pisse de bardot (meado de mula). Cuando le comentamos las previsiones de lluvia nos dice que no hagamos caso, que siempre ocurre lo contrario de lo que dicen los meteorólogos.


La Costa de Granito Rosa va desde Perros-Guirec a Tréburden, unos 16 kilómetros que pueden hacerse a pie siguiendo el Sendero de los Aduaneros -oficialmente GR34-, que bordea el litoral ofreciendo panoramas de una belleza salvaje. El sendero bordea los acantilados de la costa bretona, tiene una longitud de 1.330 kilómetros y puede recorrerse a pie o en bicicleta. Antaño se utilizaba para vigilar la costa contra los contrabandistas y los depredadores de pecios, pues estas feroces aguas guardan miles de restos de naufragios.






El color rosa del granito se debe a una mezcla especial de cuarzo, mica, feldespato y óxido de hierro, sometida a altas temperaturas. Es un fenómeno que también se da en Córcega y en algunas zonas de China.

Queremos ver Castel Meur, la Casa entre las Rocas, que está en Plougrescant, pero nos despistamos en algún desvío y cuando queremos darnos cuenta estamos en Ploumanac’h, a media hora de distancia.

Volvemos por la carretera de la costa, llena de hoteles, grandes mansiones y chalets a la orilla de playas enormes de arena rosada, pequeñas calas de aguas verdes y balnearios. Dan ganas de pararse en todos los pueblos del recorrido. Una de las ventajas de Bretaña es la abundancia de aparcamientos gratuitos en los que dejar el coche para seguir los caminos que conducen a lugares de gran belleza. A estas alturas el sol ha desaparecido dejando paso a una rara luz blanquecina.

Castel Meur es quizá la casa más famosa de Bretaña, pues su imagen se ha utilizado profusamente como postal. Está incrustada entre dos enormes rocas, cerca de un abismo sobre el mar, al que da la espalda.

Fue construida en 1861 y desde entonces lleva resistiendo a los elementos. Por eso, o por el carácter burlón de los bretones fue bautizada como Castel Meur, esto es, Gran Castillo. Su constructor vivió en ella hasta su muerte, ha sido residencia intermitente de sus herederos y actualmente es el hogar de una nieta.

Estamos tentados de acercarnos y llamar a la puerta de la casa, pero por un lado, nos parece una invasión y, por otro, se ha hecho la hora de comer.

No lejos del aparcamiento hemos visto un restaurante, el Ty Gouffre, que significa Casa del Abismo, como también es conocida la casa entre las rocas. El Colega, con su buen olfato para encontrar tesoros gastronómicos, no lo duda. Acabamos de entrar en el paraíso de los manjares del mar. Comemos ostras, vieiras, pulpo y ventresca de bonito, bien regado con una sidra y un muscadet frío. Cuando pido sidra el camarero me pregunto si dulce o brut. Brut, respondo, sin dudar. El hombre me sonríe y levanta el pulgar en señal de aceptación. Recuerdo entonces que ese es uno de los signos que identifican a los bretones. Luego, nos aconseja una tarta de mantequilla típicamente bretona de nombre impronunciable: kouign-amann. Rematamos la comida con el lambig, un aguardiente de manzana. Cuidado con confundir con el Calvados de Normandía, también de manzana. Nada que ver, este el lambig es mejor, asegura nuestro camarero.

Cuando salimos del restaurante chispea ligeramente. Cogemos el coche hasta Perros-Guirec para retomar la Costa Rosa donde lo hemos dejado. Seguimos un tramo del Sendero de los Aduaneros en dirección al faro de Ploumanac’h, en bretón de Mean Ruz. En Bretaña abundan los faros históticos pero este no lo es: el original de 1860 fue bombardeado en la Segunda Guerra Mundial, en 1945 fue sustituido por esta construcción, de granito rosa, como cabe esperar.

Vamos pertrechados para protegernos de la lluvia, que sigue cayendo finamente. Es lo que los bretones llaman el crachin, los vascos chirimiri y los castellanos calabobos, parece que no llueve pero acabas empapado. Los vientos húmedos del Atlántico aumentan los efectos del crachin,


Pasamos por la Casa del Litoral, museo y centro de interpretación de la naturaleza, y por la Capilla del Diablo, llamado así por estar adornado con gárgolas con cabeza demoníacas. En realidad es un viejo cobertizo de barcas.





Se diría que en algún momento del tiempo geológico la naturaleza se puso creativa y esculpió en el granito formas abstractas y algunas concretas. Algunos identifican al Sombrero de Napoleón, la Cabaña de los Enamorados, las Fauces del Tiburón, la Botella, la Bastilla, la Seta, el Pie, la Liebre… también hay una cueva de los bandidos, del leproso, de los piratas, de las sirenas… Nosotros a duras penas creemos ver un enorme sapo, cerca ya del aparcamiento.







Más que ver, intuimos que estamos caminando por una costa exuberante y feérica, pero la lluvia nos impide disfrutarlo como nos gustaría. Ni siquiera alcanzamos a divisar las Siete Islas👇, que están ahí, enfrente de Ploumanac’h, la mayor reserva de aves marinas de Francia, poblada de alcatraces, frailecillos y focas grises, a la que nos hubiera gustado acercarnos en barco.
Pasamos cerca del oratorio de San Guirec , el lugar donde la tradición afirma que el santo bajó del barco que lo traía de Gran Bretaña. Es costumbre que las jóvenes casaderas de la comarca metan una aguja en la nariz del santo. Si la aguja queda clavada, significa que encontrarán marido ese año. Las madres jóvenes besan los pies de la imagen para que sus hijos aprendan a andar pronto.



Nos despedimos momentáneamente de Ar mor bras, el gran mar, como lo llamaban los celtas, antes de que los griegos lo bautizaran Atlantis thalasa, mar del titán Atlas, el Atlántico. Dejamos Armórica, la tierra del mar, y tomamos Argoat, la tierra de los árboles, camino a Brest, donde hemos reservado el alojamiento.
Fotos: ©Valvar


