Saint Malo 👇es una ciudad corsaria, un fuerte amurallado que se mira en la mar. Sus habitantes conservan el espíritu independiente y combativo de sus días de gloria y ofrecen al visitante historia, monumentos, playas y gastronomía.

Donde hoy se levanta la ciudad existió ya en época romana un asentamiento humano, pero fue en el siglo XII cuando los insistentes ataques normando obligaron a reforzar sus defensas. Algunos tramos de muralla son de ese siglo, en el que también se inicia su primitiva catedral románica.
Situado en la frontera entre el ducado de Bretaña y el reino de Francia, convertido ya en importante puerto, fue indistintamente bretón y francés. Durante cuatro años, entre 1590 y 1594, se declaró independiente, la República de Saint Malo. De entonces es su lema: Ni francés ni bretón, malouin. Lo que viene a ser la quintaesencia del bretonismo, que lleva el independentismo en su núcleo existencial.
Integrada definitivamente en la corona de Francia en el siglo XVI, su estratégica situación favoreció el comercio con las tierras recién descubiertas del continente americano al otro lado del océano, enriqueciendo a los grandes armadores y comerciantes. Ellos fueron los primeros constructores de las grandes mansiones, de granito de Chausey, llamadas malouinières, que bordean la ciudad como una segunda muralla.

Entre los siglos XVI al XIX la ciudad vive su momento de esplendor económico favorecido primero por el comercio textil, pero, sobre todo, por la piratería legalizada por los monarcas franceses, la patente de corso. Aunque el botín era propiedad real, correspondían a los corsarios una parte de las riquezas conseguidas.
El negocio corsario estaba en manos de mercaderes de Saint Malo, en cuyos barcos ondeaba la bandera de azul con la cruz blanca; el millar de barcos capturados con grandes cantidades de oro, plata y piedras preciosas fue una fuente de riqueza que hizo prosperar a la ciudad. Durante casi tres siglos dominaron los océanos: apresaban barcos mercantes enemigos, se hacían con la carga, secuestraban a la tripulación y la liberaban a cambio de un rescate. También escoltaban a las propias embarcaciones mercantes, además de ahuyentar a los barcos ingleses, el gran adversario.

La Revolución frenó el negocio corso, entonces Saint Malo, además de potenciar su flota pesquera, se convierte en un punto de referencia en la trata de esclavos entre África y América, con destino a las plantaciones de caña del Nuevo Mundo. Algunas de las grandes fortunas malouinas tienen su origen en ese comercio.
En el siglo XIX la gran burguesía francesa descubrió los encantos del veraneo en la Costa Esmeralda, que se extiende desde Cancale al Cabo Fréhel, con Saint Malo como ciudad principal. Por aquí pasaron Víctor Hugo o Picasso y, según se cuenta, aquí escribió Edmond Rostand su Cyrano de Bergerac. Dinard, al otro lado de la bahía del río Rance, fue el lugar favorito de los ingleses, que sembraron el litoral de villas neogóticas, muchas de las cuales aún permanecen.
Tras el desembarco de los aliados en Normandía, en la Segunda Guerra Mundial, los alemanes se refugiaron en la ciudad, duramente bombardeada por la aviación aliada. Solo las murallas se salvaron. Los malouinos repiten con orgullo que ningún enemigo ha doblegado las defensas, Saint Malo siempre ha resistido.

Después de la guerra la catedral y los edificios señoriales de estilo clasicista fueron reconstruidos siguiendo el modelo original. Hoy es una ciudad de 50.000 habitantes repartidos entre sus barrios periféricos y el casco antiguo, intramuros de sus murallas. El turismo de balneario tiene en esta zona uno de sus lugares predilectos.
Las murallas de Saint Malo conforman una circunferencia de casi dos kilómetros, que se puede recorrer íntegramente, con acceso desde distintos puntos de la ciudad. Es una experiencia. O varias, pues además de las distintas perspectivas que ofrece, estas varían según la marea esté alta o baja.

Desde el bastión de Hollande se ve la piscina dentro del mar, a la que en marea baja se accede desde la playa. También se distingue el camino que conduce a los islotes Gran Bé y Pequeño Bé. En el primero se encuentra la tumba del escritor François René Chateaubriand; en el segundo, el Fuerte Nacional, obra de 1689, construido en granito según proyecto de Vauban, arquitecto favorito del Rey Sol, Luis XIV, para proteger a la ciudad. Hoy es propiedad privada.

La ciudadela fortificada -la Ville Close- es el corazón de Saint Malo. En palabras del escritor malouin Chateaubriand, su tamaño no supera el Jardín de las Tullerías de París, a pesar de lo cual, ha regalado al mundo más personalidades famosas que ciudades mucho mayores. Entre estos malouines ilustres hay que señalar a Jacques Cartier, explorador que llegó hasta la costa de Canadá, René Moreau de Maupertuis, director de la Compañía de las Indias Occidentales de Saint Malo o René Duguay-Trouin, entre cuyas hazañas se cuenta la toma de Río de Janeiro en 1811, donde liberó a un millar de presos franceses y obligó a la ciudad a pagar un gran rescate.

Su trazado urbano es el de una ciudad medieval: calles estrechas de suelo empedrado, casas de piedra con sus peculiares chimeneas, tejados de pizarra… La multitud de locales turísticos, restaurantes, bares, tiendas de porcelana, de recuerdos, de ropa y de todo lo susceptible de compra y venta nos advierten que los malouinos viven el siglo XXI.

La Bretaña no es pródiga en monumentos románicos, así que aprovechamos lo poco que queda de este estilo en la catedral de Saint Malo 👇para darnos un gusto. Dedicada a San Vicente, se encuentra en el centro de la ciudadela y es uno de sus monumentos emblemáticos.

A partir de su primitiva construcción románica en los siglos sucesivos ha ido añadiendo estilos diversos, prevaleciendo el gótico. Fue prácticamente destruido por los bombardeos de 1944 y reconstruida de nuevo. Está declarada monumento histórico. Acoge los restos de Jacques Cartier y de René Duguay-Trouin.


Nos gusta la pila bautismal, situada a la entrada.




El gran rosetón es de 1968. Aún aceptando su modernidad, impresiona su belleza y la del resto de sus vidrieras. Es un templo de singular atractivo.




En la calle Asfeld, se encuentra uno de los pocos palacios corsarios originales que se conservan: la Casa del Corsario, mandada construir por el poderoso armador François-Auguste Magon de la Lande, del siglo XVIII.

Comemos en la zona baja de la Cité, junto al puerto deportivo, plagada de pequeños restaurantes, todos con una suculenta carta de pescados y mariscos. El Colega se decide por “La Perle Malouine”. Yo pido la especialidad de la casa, “la choucroute del pescador”, verdaderamente rica. El Colega pide un entrecot bretón, en honor del comisario Dupin, que tanto nos ha ilustrado sobre este viaje.


Volvemos al lugar donde hemos dejado el coche recorriendo de nuevo la muralla. Ahí está el Castillo, sede del ayuntamiento de la ciudad, con sus cuatro torres angulares en torno a la del Homenaje: la General, de las Damas, de los Molinos y la Quic-en Groigne, que viene a significar porque yo lo digo. Esta es la respuesta dada por Ana de Bretaña a las protestas de los malouines, que se oponían a su construcción: “Quic-en-Groigne, ainsi sera, tel est mon bon plaisir”.

En la plaza de Quebec encontramos la escultura de un corsario famoso bajo el mandato de Napoleón: Robert Surcouf. Fue casi todo: escritor, armador de barcos pesqueros, pirata y comerciante de esclavos.


Ha empezado a subir la marea, ocultando la piscina interior que habíamos visto en nuestro primer paseo y cubriendo el camino a las islas Bé. Extramuros de las murallas se encuentra la Cité d’Alet, refugio de artistas y bohemios.




Nos despedimos de la ciudad corsaria, tomada ahora por los turistas de media Europa, incluidos los ingleses, antaño enemigos. De camino a Dinan. cruzamos el río Rance por el puente de la central mareomotriz construida en 1961, un proyecto pionero que aprovecha el movimiento de las mareas para generar electricidad verde, de la que se benefician 350.000 habitantes. Donde el pasado y el futuro de Bretaña se dan la mano.
Fotos: ©Valvar


