El Mont Saint Michel

El Mont Saint Michel es una imagen icónica, una enorme abadía sobre un peñasco en la bahía, imperturbable al paso de la historia y al aluvión permanente de sus miles de visitantes. Una visión que impresiona, conmueve y a veces irrita.

La leyenda asegura que fue el mismo arcángel San Miguel quien eligió el lugar 👇apareciéndose al obispo Aubert el año 708 pidiéndole que levantara un santuario en la isla entonces conocida como Mont Tombe. A finales del siglo X el duque Ricardo I de Normandía creó una comunidad de benedictinos. Sobre la cima de aquel montículo, los monjes construyeron cuatro criptas y una abadía románica, enseguida convertida en lugar de peregrinación en el occidente cristiano. Por aquí pasaron reyes, nobles y villanos.

Por añadidura, la abadía produjo y conservó muchos manuscritos, que hicieron de ella un importante centro cultural.

Para atender este flujo de visitantes en la parte inferior del monte se fue creando un núcleo de población.

En el siglo XIII se añadió el conjunto gótico llamado La Merveille (la Maravilla) formado por dos edificios de tres plantas rematados por el claustro y el refectorio de los monjes. Es lo que constituye la parte superior del montículo, rematado actualmente por una escultura dorada de San Miguel, a 170 metros sobre el nivel del mar.

La guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra obligó a construir un refuerzo militar que permitió a la Roca, como también es conocido el lugar, resistir el asedio de tres décadas pero no pudo impedir el hundimiento del coro románico de la abadía, luego reemplazado por un coro gótico.

La Revolución expulsó a los monjes, nacionalizó el Monte y lo convirtió en prisión estatal, una bastilla de los mares por la que pasaron 14.000 prisioneros.

Los escritores románticos reclamaron el cierre de la prisión. El edificio fue restaurado y abierto al público, convertido en atracción para turistas ricos. Hasta entonces la Roca seguía siendo una isla, a la que solo se podía llegar a pie en la bajamar. La construcción de un dique de carretera convirtió la isla en península. En las primeras décadas del siglo XX un tranvía de vapor comunicaba la Roca con la ciudad de Pontorson.

Durante la Segunda Guerra Mundial fue ocupado por los alemanes. Desde 1966 una comunidad religiosa ofrece asistencia espiritual a los visitantes, actualmente, las Fraternidades Monásticas de Jerusalén. Desde 1979 es Patrimonio Mundial de la UNESCO.

Ya en el siglo XXI se ha acometido un proceso de transformación general de la bahía para evitar el progresivo entarquinamiento de las tierras limítrofes del Monte. Se construyó una presa en el Couesnon 👇 para repeler los sedimentos de las mareas, el antiguo camino del dique fue sustituido por un puente peatonal y se habilitaron aparcamientos en tierra firme.

Como primera medida, se ha alejado el tráfico rodado. Antes, en marea baja llegabas en coche hasta los muros de las murallas. Ahora el acceso de vehículos está restringido hasta La Caserne -a dos kilómetros del Monte-mediante vallas que solo se abren introduciendo la clave que los hoteles confían a sus huéspedes. Cada hotel tiene su propio aparcamiento. Autobuses lanzadera conducen a los visitantes hasta el puente peatonal junto al Monte.

Esta es una de nuestras etapas imprescindibles, no solo porque el lugar lo merece sino porque hemos planeado darle una segunda oportunidad y celebrar aquí mi cumpleaños. En septiembre de 1995 llegamos a la Roca con el propósito de pernoctar y recorrer la abadía pero encontramos tal muchedumbre en su calle Mayor que nos dimos media vuelta y salimos corriendo. En esta ocasión, al preparar el viaje a la Bretaña nos dijimos, ahora o nunca.

Primer error. La Roca no pertenece a la Bretaña, sino a la Normandía. Le Couesnon par sa folie a mis le Mont en Normandie (El Couesnon en su locura ha puesto el Monte en Normandía), dice un aforismo local. La frontera entre ambas regiones lo señala el río, la ribera este es normanda y la oeste, bretona.

Antes de empezar el viaje hemos sacado las entradas para visitar la abadía 👇a las 10 horas del día 10. Llegamos a media tarde del día 9. La lluvia que nos ha despedido de Cancale ha escampado al otro lado de la bahía. A ratos un rayo de sol se escapa entre las nubes. Tomamos un autobús para una primera visita a la Roca.

La emoción al divisarlo es la misma que la primera vez. Ese cono casi perfecto coronado por la imagen de San Miguel tiene algo telúrico, conmovedor. Nos hemos hecho la ilusión de que las restricciones de acceso limitarán el número de visitantes. Otro error. Al bajar del autobús nos cruzamos con cientos de personas que van o vuelven. Tres millones de personas lo visitan cada año, 20.000 personas al día en temporada alta.

Observamos que el nuevo acceso se ha movido hacia el oeste, pero hay que seguir atravesando las tres puertas -l’Avancée, que conduce al patio del Cuerpo de Guardia de los Burgueses, la del Boulevard, y la del Roy, con su puente levadizo- para entrar en la Grande rue o calle Mayor, cuajada de tiendas e igual de abarrotada que en nuestra primera visita. Encontramos un grupo de militares de vigilancia junto a la puerta.

A la derecha de la entrada, una escalera sube a la muralla, que bordea la isla. A la izquierda, el Albergue de la Mère Polard 👇, una institución local, creadora de la famosa tortilla que lleva su nombre.

Con el mejor de los espíritus subimos hasta la abadía, preguntamos si podemos adelantar la visita a esta tarde. El señor que nos atiende nos dice que sí, pero la señora que le acompaña se niega en redondo. Tienen que venir mañana, insiste con malos modos. Todavía tenemos la adrenalina intacta de reencontrarnos con la Roca y nos vamos sin protestar.

Hemos leído elogios a la iluminación nocturna del Monte así que aprovechamos para recorrer los alrededores mientras anochece. Llegamos hasta la presa del río Couesnon, donde se han instalado unos sillones confortables para descansar contemplando la bahía. Todavía es de día cuando retornamos paseando hasta la explanada de acceso; en el camino vemos un rebaño de ovejas pastando en el prado salado, cuya carne es muy apreciada por su sabor. El cielo está encapotado. La mayor parte de los visitantes ya se han retirado, solo quedamos los recalcitrantes.

De pronto, se abre un hueco entre las nubes y aparece el sol como fuego de un vivo color naranja. El espectáculo es de tal belleza que nos quedamos sobrecogidos. Hacemos mil fotos, ninguna de las cuales expresa el esplendor y grandiosidad de esta puesta de sol. Me lo tomo como un regalo de cumpleaños anticipado. La vida a veces es generosa.

El naranja del sol se va disolviendo lentamente en una gama de morados, rosas y azules que se resisten a apagarse del todo.

Luego, volvemos a entrar en la Roca. Para sorpresa nuestra, no hay nadie. Nadie es nadie. En la Grande rue estamos solos.

En la iglesia de San Pedro ponemos una vela, como descreídos buenos, y acabamos cenando en Las Terrazas de la Bahía, que está enfrente.

Los camareros miran a los pocos clientes que quedamos con cara de estar deseando cerrar e irse, en realidad en el recinto amurallado vive apenas una veintena de personas. Nadie sabe decirnos a qué hora se ilumina la abadía.

Volvemos paseando hacia el hotel con parada de nuevo en la presa del río. Lentamente, se van encendiendo unas pocas luces del Monte, pero nada más.

El día 10 madrugamos para llegar pronto a la Roca. Es un día luminoso y fresco. En la calle Mayor nos cruzamos con un grupo de militares muy jóvenes, que parecen acantonados aquí.

Cerca de nuestro hotel hemos encontrado dos monolitos en memoria de los generales norteamericanos Eisenhower y Patton, respectivamente, en homenaje por la liberación de Francia en 1944.

Tanto hemos madrugado, que tenemos que esperar un buen rato para la visita porque la señora del día anterior de nuevo se niega a dejarnos entrar. Vaya ejemplo de caridad cristiana en un lugar de peregrinación, me quejo. Este es un monumento nacional, no tiene nada que ver con la religión, responde. No me va a aguar el día, es mi cumpleaños, estoy contenta y jubilada, mientras usted está amargada y tiene que trabajar, le digo. Recorremos de nuevo la muralla desde la que se divisa la bahía, ahora con marea baja.

El Colega propone bajar a una terraza a hacer fotos. Echo una ojeada a las escaleras, proyectadas para curtidos visitantes medievales y no para jubiladas modernas, y opto por esperarlo arriba. Menos mal, porque un joven dinámico resbala en el primer escalón, se pega una costalada y baja todo el tramo arrastrando el trasero. Una chica que sube no puede evitar la risa. Ahí se ve la juventud, me digo. Si me pasa a mí, tienen que evacuarme en camilla.

Finalmente, a las 10 en punto, después de trepar por tercer vez la larga y empinada escalera, podemos entrar en la abadía. No sé a qué tantos remilgos con el control del acceso pues dentro somos legión.

Hacemos un recorrido rápido, subiendo y bajando escaleras, disputando un hueco entre los visitantes. Verdaderamente, admira la obra de ingeniería levantada en unos siglos con los medios precarios del momento.

Exponente de esos medios es la Gran Rueda, una grúa de tracción humana que servía para subir los materiales de construcción y los suministros para los residentes de la abadía, arrastrándolos por una enorme escala que parte de la base del monte.

Por las cartelas comprobamos que la mayor de la ornamentación son reproducciones, incluida una Virgen negra, patrona del Monte. Va a resultar que lo más antiguo son las telarañas, le digo al Colega.

Advertencia. Si eres mayor -y yo en esos momentos acabo de cumplir 79 años- hay que ser cauteloso para visitar Mont Saint Michel. Entre la multitud, las cuestas y las escaleras, te arriesgas a un pisotón, una costalada o un infarto.

Salimos del recinto bordeando los enormes muros de la secular abadía. Tomamos un refresco en las Terrazas, desde donde contemplamos los viejos muros a un lado y la arena blanca de la bahía al otro.

Todavía nos quedamos un rato largo despidiéndonos de la mítica Roca antes de volver al coche y seguir viaje.

Fotos: ©Valvar

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