Nantes

Nantes fue la capital del ducado de Bretaña, pero tras la última reforma administrativa francesa ha pasado a serlo del departamento de Loira Atlántico y de la región de los Países del Loira, lo que no empece que los nanteses se sigan considerando bretones.

Es nuestra primera etapa por la Bretaña, a 771 kilómetros desde Burgos, el punto de partida. Madrugamos, hacemos paradas de descanso cada 200 kilómetros, comemos ligero y llegamos a Nantes a las 6 de la tarde. Hemos reservado dos noches de estancia para conocer la ciudad y empezar la ruta descansados.

Situada en el estuario del Loira, Nantes tiene un patrimonio monumental interesante y una vida cultural activa. Da sensación de ciudad sosegada y acogedora, muy cuidada, una mezcla de antiguo y moderno realizada con gusto. La ciudad fue muy dañada por las bombas durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que buena parte de su urbanismo es posterior a esos años.

Nos alojamos en el Hotel de la Cité, próximo al Palacio de Congresos, una zona ultramoderna, de edificios acristalados.

Un puente elevado sobrevuela las vías del tren y comunica el hotel con el centro histórico. Junto a este puente se alza una torre modernista con las iniciales LU 👇, esto es, Lieu Unique. La torre data del año 1909, tiene 38 metros de altura y está coronada con una escultura alegoría de la diosa de la fama y seis signos del zodiaco. Es una de las dos torres icónicas de la antigua fábrica de galletas LU, la segunda fue destruida por un bombardeo en la última gran guerra.

La empresa trasladó sus instalaciones fuera de Nantes y en el año 2000 el edificio se convirtió en un espacio de ocio y cultura según el proyecto del arquitecto Patrick Bouchain, especializado en la reutilización de espacios industriales.

El puente termina en un espacio abierto, entre plaza y avenida, por donde transitan fluidamente autobuses, tranvías, coches y peatones sin aparente dificultad. Caminamos por la course Saint Pierre hasta el obelisco de Luis XVI, monarca que aquí parece apreciado, ejecutado en la guillotina tras la Revolución de 1879.

El paseo bordea los dos grandes monumentos de la ciudad: el castillo de los duques y la catedral. Torcemos a la izquierda y nos topamos con la puerta de Saint Pierre, levantada sobre restos romanos del siglo III. La puerta, de estilo gótico, es lo que queda de las murallas medievales, durante siglos fue una de las entradas principales de la ciudad. El diseño castrense medieval fue modificado por los obispos para construir encima su residencia y las dependencias desde la que divisar lo que ocurría en la ciudad y controlar el acceso a la catedral, al otro lado de la calle.

Según especifica una inscripción en sus muros, la primera piedra de la catedral 👇 se colocó en 1434, sobre el solar que antes había ocupado un templo románico y antes que él, uno romano; las obras se dieron por concluidas en 1893. De estilo gótico flamígero, de iguales dimensiones que Notre Dame de París, pero con bóvedas más altas hasta los 37,5 metros, está ornada con dos grandes puertas y dos torres.

Si el concepto puede aplicarse a una iglesia cabría decir que la catedral de San Pedro y San Pablo, que tal es su advocación, tiene mala suerte. El año 1972 sufrió un devastador incendio que destruyó sus bóvedas de madera. Durante trece años se realizaron obras de restauración que devolvieron la antigua prestancia a sus piedras blancas.

Dos eran sus grandes tesoros: el órgano y la tumba del último duque de Bretaña, Francisco II, y de su segunda esposa, Margarita de Foix, considerada una obra maestra de escultura, mezcla de estilo medieval y renacentista. Los bultos de los duques reposaban sobre un sarcófago con las esculturas de los doce apóstoles, y estaban flanqueados por cuatro figuras femeninas que encarnan las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

El sepulcro fue encargado por Ana de Bretaña, hija de los duques difuntos, creado por Michel Colombe, y concluido en 1507. Inicialmente fue instalado en el convento de los carmelitas de Nantes, en 1817 fue trasladado a la catedral.

Las estatuas yacentes de los duques aparecen coronados, reivindicando la aspiración de Bretaña como reino independiente.

La malaventura catedralicia volvió a manifestarse el 18 de julio de 2020, cuando uno de los voluntarios encargados del cuidado del templo provocó un incendio aún más demoledor, que destruyó las vidrieras originales y el órgano de 2.400 tubos, del siglo XVII y debilitó la mampostería del templo. La contaminación originada por el plomo fundido obligó a cerrar la catedral.

En septiembre de 2025 se abrió provisionalmente; la apertura definitiva se espera que será en 2028, cuando concluya la restauración. Encontramos, pues, a la desdichada catedral rodeada de un vallado protector y su portada principal cubierta con una lona. ¡Lástima!

El interior es menos desolador. Hay un órgano, no sabemos si nuevo o restaurado, y las estatuas yacentes descansan sobre el suelo, rodeados de las virtudes cardinales.

No sabemos si porque es tarde de domingo o porque los nanteses son gente piadosa, la iglesia se encuentra muy concurrida.

El casco antiguo de Nantes se extiende por los barrios de Feydeau y Graslin, donde abundan los restaurantes frecuentados por locales y visitantes. Con ese olfato gourmet que tiene el Colega aterrizamos en Chez Maman, un “resto-brocante”, esto es, una mezcla de anticuario y bistrot, donde cenamos espléndidamente.

En la explanada del castillo descubrimos un pequeño estanque que, como El Espejo de Burdeos, parece destinado a reflejar los muros del palacio de los duques de Bretaña, imagen embellecida más aún a la caída del sol. La torre LU parece un faro en la noche nantesa.

Hemos llegado sabiendo que los lunes cierran las máquinas de la Isla 👇, que tanto nos hubiera gustado ver, y el Castillo de los Duques. La Isla es la que origina una bifurcación del río Loira a su paso por la ciudad. Bien descansados, este lunes nos proponemos patearnos la ciudad con calma. Empezamos por cruzar el río hasta la plaza Clémenceau-Lefeuvre para ver una de las instalaciones que proliferan por la ciudad: Brutalistas 👇.

Los artistas Martine Feipel y Jean Bechameil han construido aquí una composición geométrica como un cuadro tridimensional en el que se mezcla la ilusión, lo imaginario, lo insólito y lo ilógico, según informa un cartel. Las esculturas están equipadas con hornos, de manera que los vecinos pueden reunirse en la plazoleta con la excusa de hacer una barbacoa.

El Loira baja ancho y caudaloso. El Colega observa que el agua corre hacia el este, cuando debería hacerlo en sentido contrario, hacia su desembocadura en Saint Nazaire. Será que está subiendo la marea, le digo. No puede ser, el mar está a 60 kilómetros de aquí, responde. Pues será una de las rarezas de Bretaña, no se me ocurre otra respuesta.

Enfrente del castillo encontramos la Oficina de Turismo. Vamos provistos de la documentación necesaria, pero el Colega quiere saber por qué el río no sigue el curso lógico. El chico que nos atiende le saca un mapa de la zona donde se ve claramente la dirección del río. El Colega insiste: El agua fluye en dirección este. Eso es imposible, salvo que la marea esté subiendo. Las mareas aquí son muy fuertes, asegura el chico. Nos vamos, el Colega sigue rezongando. Primera lección bretona: aquí todo es superlativo, también las mareas, le recuerdo.

Al llegar a la puerta del castillo comprobamos que está abierta y por ella entran y salen grupos de escolares. Efectivamente, el museo local está cerrado pero puede visitarse todo lo demás. Estamos en una pequeña ciudadela amurallada👇 que ha servido como palacio ducal, fortaleza militar, cuartel y búnker alemán durante la Segunda Guerra Mundial.

Su apariencia gótica medieval se compadece mal con su interior, un conjunto de edificaciones renacentistas, de gusto refinado. Recorremos el adarve de la muralla que conecta sus siete torres y desde el que se contempla la ciudad.

Un cartel advierte de la prohibición de hacer pintadas en los muros, el Código Penal francés establece un agravamiento de penas cuando la degradación afecta al patrimonio cultural, como es el caso, de este monumento histórico desde 1840. Sea por la advertencia o por las cámaras que proliferan los muros aparecen limpios que da gloria verlos.

Frente a la puerta del castillo se encuentra una escultura de Ana de Bretaña👇, la gran figura de Nantes junto con Julio Verne, nantés universal. Grupos de escolares rodean a la gran duquesa mientras su profesora les plantea cuestiones que ellos responden y anotan en sus cuadernos.

La duquesa aparece joven, como en realidad era, pues murió a los 36 años. Había nacido en Nantes en 1477 y a la muerte de su padre fue declarada duquesa de Bretaña, con solo once años.

Quiso preservar el ducado fuera de la corona francesa y así lo negoció en sus dos matrimonios, primero con el rey Carlos VIII y luego con el heredero de este, Luis XII, convirtiéndose en la única mujer doblemente reina consorte. Soportó catorce embarazos, la mayoría acabaron en abortos o muertes prematuras, sin conseguir un heredero al trono. Dicen de ella que era inteligente y astuta, además de mecenas de las artes.

Al comienzo de la calle que conduce al castillo hemos encontrado una de las cuatro fuentes Wallace 👇 que surten de agua potable a los paseantes sedientos. Estas fuentes, ahora diseñadas por el dibujante Cyril Pedrosa siguiendo la idea del artista nantés Lebourg, que diseñó las fuentes de Paris en 1871, evocan la larga historia del feminismo y de la humanidad en busca de su propia emancipación.

No lejos, se encuentra el Museo de las Artes 👇, uno de nuestros imprescindibles. Recientemente se ha ampliado fusionando el palacio del siglo XIX del viejo museo con un moderno edificio en cubo. Atesora una muy valiosa colección desde el siglo XIII a las vanguardias. El Colega quiere ver a los La Tour, yo los Monet y Chagall. De propina encontramos a Sonia Delaunay y Rodin.

Llegada la hora de comer, el Colega propone ir al Bistrot Vasque pero también cierra los lunes, así que volvemos al Chez Mamam, menos concurrido de guiris que la noche anterior, donde comemos igual de bien. Comer a la sombra de la torre del campanario de la iglesia del Sacré Cour , con sus ángeles trompeteros y su campana Bouffay, fundida en 1663, tiene su punto.

El Pasaje Pommeraye 👇 es una preciosa galería decimonónica, donde se conjugan un aire decadente y un dinamismo comercial, con tiendas de moda, decoración y recuerdos. Sus tres niveles, que unen el barrio de Graslin con el de Commerce, hacen de ella un ejemplo único en Europa.

La plaza de Graslin, toma el nombre del financiero y economista de la Ilustración, promotor de la expansión urbanística del centro de Nantes. En esta plaza se levanta también el teatro de la ópera, uno de los cuatro teatros del siglo XVIII que se conservan en Francia. De estilo neoclásico, sus ocho columnas corintias sostienen a otras tantas musas.

Una inscripción recuerda que “este teatro fue acabado el año 1788, el décimotercero del reinado de Luis XVI, el bienhechor”. En el décimoctavo año de reinado sería guillotinado, lo que demuestra cuán voluble es la fama.

En esta plaza se encuentra la Cigale👇, una brasería centenaria, que conserva su decoración modernista.

A un paso de la de Graslin está la plaza Real, el corazón chic de Nantes. Fue diseñada en 1790 por el arquitecto Crucy. En el centro se encuentra la fuente del Loire (1865), con un Neptuno como personaje principal, símbolo de la relación del Atlántico, el Loira, sus afluentes y la propia ciudad de Nantes.

Desde la plaza se divisa la basílica de San Nicolás, levantada en la plaza Fournier. Nos sorprende su excelente estado de conservación, hasta que comprobamos que es una construcción de 1844-1869, según diseño de Jean-Baptiste Lassus, arquitecto colaborador del inefable Violec-le-Duc, empeñado en sembrar Francia de edificios neogóticos.

Como en tantos otros edificios de la región, los bombardeos de la guerra le causaron graves daños que obligaron a su reconstrucción entre 1953 y 1974. En 2004 fue restaurado de nuevo. Desde 1980 es monumento histórico.

Nantes es la ciudad ideal para recorrer a pie, pues el peatón parece tener siempre preferencia, excepto en presencia del tranvía. No nos quedó claro si existe un código desconocido por nosotros, si todo el casco antiguo es peatonal o si conductores y peatones son de una corrección exquisita, que también puede ser.

En todo caso, no encontramos grandes aglomeraciones de gente, incluso en las calles centrales pudimos pasear casi solos, lo que a estas alturas de invasión turística, nos pareció un verdadero privilegio.

El callejero de Nantes está atravesado por una línea verde que a lo largo de 12 kilómetros conduce a los puntos de interés de la ciudad. Siguiendo la línea en la plaza Bouffay encontramos el Éloge du Pas de Côté, un hombre que parece querer escapar de su base.

En la plaza del Comercio se encuentra la escultura de Georges de Villevois-Mareuil, noble francés casado con Paule Entrangin, prima de Edmond Rostand. Se cuenta que el escritor se inspiró en él para crear el personaje de Cyrano de Bergerac. A su espalda se levanta un edificio señorial que fue sede de la Bolsa y hoy lo es de la Fnac, dedicada a la venta de libros y discos.

Con línea verde o sin ella encontramos “El muro caído del cielo”, creado por Jean Luc Courcoult, y “Las dos bañistas”, obra de Claire Tabouret, en memoria del servicio de duchas instalado en 1860 a orillas del Loira para permitir el aseo a las lavanderas profesionales y a los trabajadores pobres.

Además de la hermosura del patrimonio nantés, nos encanta el olor dulzón que emana de la abundancia de zonas verdes y arbolado.

Superados con creces los 12 kilómetros de caminata de la línea verde, nos encaminamos al museo Verne👇, que sí abre el lunes, pero cuando llegamos ya ha cerrado. Optamos por volver al hotel tranquilamente bordeando el Sena. Al pasar por las instalaciones hospitalarias de Nantes vemos aterrizar en ellas un helicóptero.

Al otro lado del río, en la Isla de Nantes que forma la bifurcación del Loire, divisamos la zona de las Máquinas, hoy cerradas. Otra vez será.

Cuando en la mañana del martes nos disponemos a salir de la ciudad que tan buena impresión nos ha hecho, descubrimos que la entrada está tan congestionada como pueda estarlo cualquier gran ciudad a primera hora de una jornada laboral. No hay dicha completa, ni siquiera en Nantes.

Fotos: ©Valvar

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