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Murcia

La ciudad de Murcia es capital de la autonomía uniprovincial del mismo nombre. Una urbe esencialmente barroca, atravesada por el río Segura, que tiene en la catedral, el Museo Salcillo, la gastronomía y la memoria de Alfonso X sus principales pero no únicos atractivos.

Llegamos a Murcia una soleada mañana de enero, nueva etapa de la excursión organizada por el Colega que nos lleva por el sudeste peninsular. Hemos reservado alojamiento en el Hotel Conde de Floridablanca, que se encuentra en la calle Princesa. Introducimos el dato en el GPS, pero como no indicamos el código postal nos lleva a la calle de igual nombre pero en Beniaján, en plena huerta murciana. Atinamos al rebote. El hotel pertenece a la cadena Catalonia, que nos gusta por su política medioambiental y por la disponibilidad de su personal. Nos dan una habitación a la calle y nos orientan sobre lugares de interés.

Nos lanzamos en primer lugar al Museo Salcillo para aprovechar los horarios de apertura. El corazón de la ciudad se recorre fácilmente a pie. Atravesamos el Puente de los Peligros y siguiendo el curso del río llegamos al mercado de Verónicas, casi adosado a la antigua muralla, tomamos la calle Juan de la Cierva y luego la de García Alix, que nos conducen al museo.





La parte más relevante de la obra del escultor murciano del siglo XVIII, uno de los grandes artistas barrocos dedicados a la escultura religiosa, se encuentra en la iglesia de Nuestro Padre Jesús, los belenes y los pasos procesionales de Semana Santa: La Dolorosa, la Última Cena, San Juan o La Oración del Huerto. Tras la iglesia se amplía el espacio museístico con un edificio vanguardista, muy bien incardinados ambos. Los belenes son un retrato de la sociedad murciana del SVIII. Al Colega le interesan especialmente los bocetos, que fotografía para luego tomar como modelo.




Terminada la visita, callejeamos por el centro en dirección a la Plaza de las Flores, que a mediodía de este miércoles está muy animada. Nos sentamos en terrazas al aire libre, aprovechando el tibio sol de enero, y picamos aquí y allí las ricas especialidades murcianas. Si vienes a Murcia tienes que pasar por esta plaza y rendir culto al tapeo. Una fuente ocupa el centro de la plazoleta, junto a ella, La niña de las flores, escultura de bronce de José Fuentes Aynar, añade encanto al lugar.


Callejeando volvemos de nuevo al Puente Viejo, el más antiguo de la ciudad y una de las primeras obras de ingeniería civil. Fue construido en el siglo XVIII y es más conocido como Puente de los Peligros 👇 por la imagen de la advocación mariana que de siempre ha presidido este paso sobre el río Segura. Cuentan los cronistas que las riadas eran tan catastróficas que quien tenía que atravesar el puente se encomendaba a la Virgen de los Peligros, santiguándose antes de pasar. Costumbre que, según aseguran, aún conservan muchos murcianos, sin que podamos dar fe de ello.


Desde la margen derecha del puente se divisa una imagen icónica de Murcia tanto de día como de noche, con el río en primer término y en el agua, el monumento al Entierro de la Sardina con la silueta de su catedral al fondo.

Junto al puente se encuentran Los molinos del río, remembranza de los antiguos molinos harineros del siglo XIX, ahora centro cultural.


Desde la acera de la izquierda se distingue el puente peatonal diseñado por Javier Monterola, inaugurado en 1997, que comunica el barrio del Carmen con el mercado de Verónicas y el palacio de Almudí, conocido como Pasarela Manterola, el contrapunto moderno al Puente Viejo.

Llegamos por fin a la catedral de Murcia, impulsada por el cardenal Belluga, benefactor de la ciudad, que a cambio puso su nombre a la hermosa plaza, centro de encuentro y lugar de celebración de los eventos en la ciudad.


En esta plaza se levanta el palacio episcopal, obra del siglo XVIII, de estilo rococó, con muy bonitas portadas, que evoca a los palacios italianos renacentistas. Un edificio a la altura de su entorno.

Nos paramos a saborear la imborrable imagen de la catedral de Santa María, en la que confluyen tres estilos: gótico, renacimiento y barroco. La fachada o imafronte es la joya del barroco y única en su género.


Su torre campanario está compuesta de cinco cuerpos decrecientes en anchura. mide 90 metros -95 con la veleta- y es la segunda más alta de España, tras la Giralda de Sevilla.


El tercer cuerpo de esta torre exenta es realmente un conjuradero múltiple: cinco espacios dedicados a la oración bajo la protección de los patrones de la diócesis que coronan los templetes de sus cuatro esquinas (Santa Florentina, San Fulgencio, San Isidoro y San Leandro), más un balconcillo desde el que se invocaba la protección divina ante las avenidas del río. Los conjuraderos o conjuratorios -esconjuraderos en Aragón, comunidors en Cataluña- eran lugares dedicados a ahuyentar las incidencias climáticas, plagas o terremotos que amenazaban las cosechas o las vidas del vecindario, mediante oraciones o exorcismos pero también utilizando campanas o cohetes para alejar las nubes que pudieran descargar pedrisco, según las necesidades de cada lugar. Algunas poblaciones disponían de su propio edificio conjuradero, como en Villegas (Burgos) o en Alquézar (Huesca), en otras se utilizaron los lugares elevados, como las torres de iglesias. Es el caso de las catedrales de Vitoria, Calahorra, Santo Domingo de la Calzada, Logroño, Huesca, Lérida, Girona o esta de Murcia.

Conjuradero de Villegas 
Esconjuradero de Alquézar Las actas municipales de Murcia dan cuenta de conjuros al menos desde 1640, cuando el licenciado Juan Conejero, presbítero de Mula, acudió a conjurar la langosta. Entre 1680 y 1683 se exorcizaban los pájaros y en 1729 se rogaba el cese de los terremotos que nos afligen. El conjuradero o conjuratorio de la catedral entró en funcionamiento en 1761, contando con un lignum crucis para potenciar la eficacia de los conjuros.
El interior de la catedral se distribuye en tres naves con girola y capillas, dedicadas a los nobles y obispos que impulsaron o colaboraron en su construcción; es gótico en su mayor parte.




Entre estas capillas destacan la de los Vélez, expresión del gótico flamígero, con su cúpula estrellada de diez puntas, y la Junterones, tenida como una de las grandes obras del renacimiento español.



No hay que perder de vista el gran órgano Merklin, con sus cuatro teclados y sus casi 4.000 tubos.

Nos sorprende que en uno de los grupos de poderosas columnas se abra una puerta. La explicación está a la vuelta: por ella se accede al púlpito.

Llevo un tiempo trajinando por el reinado de Alfonso X, que, con la imprescindible ayuda de su suegro, Jaime I de Aragón, conquistó la ciudad y el reino en el siglo XIII. Alfonso sintió predilección por Murcia, le concedió fuero, creó un studium, preludio de su universidad, y aquí quiso que quedara depositado su corazón, así que tengo curiosidad por conocer dónde está guardada la víscera. En verdad, él quiso que en Murcia descansaran sus restos y el corazón fuera enterrado en Jerusalén, al final, su cuerpo quedó en Sevilla y sus entrañas, corazón incluido, se trajeron a Santa María la Real de Murcia. A la izquierda del altar mayor, dos heraldos de piedra custodian la reliquia, depositada en una urna también de piedra.



La visita a la catedral concluye en el antiguo claustro, habilitado como museo, que, entre otras obras, tiene un frontal de sarcófago romano, algunas pinturas del trecento italiano y una delicada Virgen de la Leche de Francisco Salcillo.




De la catedral parte una ruta que une distintos monumentos para acabar en la estatua a Alfonso X. A un costado de la catedral nace la calle Trapería, vía peatonal y arteria popular de la ciudad. En la primera parte de su recorrido se levanta un edificio señorial: el Casino de Murcia, toda una institución que puede presumir de su título de Real, concedido por el anterior rey, Juan Carlos I.


Ocupa una construcción de mediados del siglo XIX, declarado monumento histórico-artístico nacional en 1983. Entre 2006 y 2009 fue rehabilitado íntegramente, dotándose de servicios avanzados y eliminando barreras arquitectónicas. Pese a tratarse de un club privado, la planta baja del edificio puede visitarse, siendo el edificio civil más visitado de la región. Un espacio exclusivo y selecto que se proclama abierto a la sociedad de hoy.
Como no sabíamos que puede visitarse, nos limitamos a contemplarlo desde la calle. No vemos, pues, ni su patio árabe con sus más de 20.000 láminas de pan de oro, ni su biblioteca, ni su tocador de señoras decorado con alegorías femeninas de la diosa Selene, menos aún el neobarroco salón de baile, con los retratos de los ilustres murcianos: Romea, Salzillo, Floridablanca y Villacís, testigo de la vida social de la burguesía murciana del último siglo.

A través de una de las enormes ventanas que dan a la calle, conocida como las peceras, se divisa a un señor repantingado en el sillón, leyendo un periódico, ajeno a nuestras miradas de viajeros curiosos.

Un poco más adelante se encuentran la casa de los Celdranes, el palacio Almodóvar y el de los Pagán. La calle Trapería desemboca en la Gran Vía Alfonso X el Sabio, donde, a la derecha se levanta el convento de Santa Ana, fundado en 1490, aunque el edificio actual es del siglo XVIII, y a la izquierda, el convento de Santa Clara. Este conjunto monástico data del siglo XIV y se construyó sobre el antiguo Alcázar musulmán. Conserva restos del palacio árabe, un claustro gótico y una iglesia barroca del siglo XVIII.



En este apacible paseo llegamos a la Plaza Circular, a cuya linde se sitúa la estatua al rey Sabio, instalada en 2005 por iniciativa de un grupo de empresarios murcianos como testimonio de gratitud de la ciudad. Una escultura de Alfonso X para el “Tontódromo” 👇 tituló la información el periódico “La Verdad” al dar la noticia el 8 de julio de 2005. Como se deduce, la Gran Vía de Murcia es el tontódromo local.
Deshacemos lo andado esta vez por la arteria paralela, la Avenida de la Constitución, que une la Plaza Circular con el Puente de los Peligros, a la que se abren multitud de comercios de las firmas y franquicias más conocidas, y por la que no cesan de pasar coches y autobuses.
Para evitar el tráfico, por Santa Clara volvemos a la calle Trapería y de ahí a la plaza del cardenal Belluga. Ha caído ya la noche y el centro de Murcia luce entre espectacular y misteriosa.


Aún paseamos un rato por la Glorieta de España, donde se alza el Ayuntamiento.

Cruzamos una última vez el Puente Viejo camino del hotel.



Nos despedimos de la sardina del río Segura y del Sardinero, obra de Juan José Quirós, que homenajea a las agrupaciones que participan en el Entierro de la Sardina durante las Fiestas de Primavera.

Atravesamos el Jardín de Floridablanca, el primer jardín público de España, abierto a mediados del siglo XIX, al tiempo que Carlos III abría a los madrileños una zona del Buen Retiro. Es una gozada pasear entre sus enormes ficus, tipuanas, jacarandas y álamos entre otras especies arbóreas, que conforman el pequeño parque, declarado Bien de Interés Cultural con categoría de «jardín histórico», presidido por una estatua del ilustre murciano, José Moñino y Redondo, político español del siglo XVIII, a quien Carlos III concedió el título de conde de Floridablanca.


En el hotel obsequian a sus huéspedes habituales con una copa de cava que nosotros acompañamos con una cena de especialidades murcianas. ¡Quién me iba a decir que me iba a gustar tanto Murcia!, le confieso al Colega. Yo, te lo había dicho yo, responde, tan contento.
Fuentes: Turismo de Murcia
A la sombra de las catedrales: cultura, poder y guerra en la Edad Moderna. Borreguero Beltrán, Cristina, Melgosa Oter, Oscar, Pereda López, Ángela, Retortillo Atienza, Asunción. Universidad de Burgos, 2021
Fotos: ©Valvar

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Albacete

Albacete es una ciudad modelo de capital de provincia: moderna, animada, cómoda para pasear, con amplios espacios verdes, accesible y la menos contaminada de Europa con una población de más de 100.000 habitantes. Vale la pena la visita.
Tenéis que ir porque os va a gustar, nos animó la Heredera Menor a la vuelta de un reciente viaje. No sé yo, le dije, un poco reticente. El Colega, en cambio, lo anotó en el número uno de proyectos viajeros. Así que allí nos plantamos un día soleado y gélido de enero.

Empezamos regular. Hemos reservado alojamiento en el Gran Hotel, que está en zona peatonal y en el primer intento de meter el coche en el garaje nos equivocamos, lo que nos obliga a pasearnos por zona prohibida hasta que atinamos con la entrada. El hotel ocupa un edificio de muy buena traza con vistas a la calle Marqués de Molins, una de las arterias principales de la ciudad, pero nos dan una habitación con vistas a un patio.
Sin merma de entusiasmo nos lanzamos a la calle que a media mañana está llena de gente. Será por las rebajas, comentamos. Pero los cafés no están de rebajas y también están llenos. Nuestra lista de prioridades albaceteñas incluye: la catedral, el pasaje de Lodares, el parque y el museo.


Empezamos por el pasaje de Lodares 👇, que está cerca del hotel. Se trata de una galería comercial cubierta por un enorme tragaluz, del tipo que es frecuente encontrar en ciudades italianas como Milán, a la que asoman las viviendas de un edificio modernista de principios del siglo XX, que comunica las calles Mayor y Tinte, según proyecto del arquitecto Buenaventura Ferrando. Toma el nombre del promotor Gabriel Lodares, alcalde, diputado y senador, hombre de fortuna a quien se debe también la construcción del Gran Hotel y el suministro de agua potable. Las viviendas de este edificio eran lo más lujoso del momento. No puedes decir que has estado en Albacete si no has pasado por él. Lo visitamos varias veces y en todas ellos lo encontramos concurrido.

La catedral, dedicada a San Juan Bautista 👇, está abierta todos los días en un horario relajado, para no madrugar y luego, echar siesta, a cambio el acceso es gratuito. Tenemos que esperar al segundo intento para encontrarla abierta. Resulta una construcción rara, por fuera es un poco anodina, como hecha a plazos, que es como realmente fue hecha; si te fijas bien encuentras trazas mudéjares y aportaciones del siglo XX.





Levantada a partir de 1515 sobre una antigua iglesia mudéjar, su base es gótica y así eran también sus columnas, hasta que en 1538 se sustituyeron por otras renacentistas, lo que ocasionó la caída de las bóvedas. La catedral permaneció a cielo abierto hasta que en 1619 se construyeron las actuales bóvedas barrocas. Durante la guerra civil de 1936-39 el templo sufrió grandes daños. La fachada principal corresponde a la posterior restauración.



En su interior se muestran retablos renacentistas, como el de la Virgen de los Llanos, patrona de la ciudad, tablas barrocas como la de la Virgen de la Estrella o una pila bautismal rococó.

Frente a la catedral se encuentra el Museo de la Cuchillería 👇, abierto en 2004 en la rehabilitada Casa de Hortelano, edificio modernista de 1912. Se recuperó así un edificio de buena planta y se dispuso de un espacio donde conservar la herencia cuchillera y dinamizar un sector artesano e industrial identificado con la ciudad.
Comemos en el restaurante Arazana, lugar frecuentado por los albaceteños, en el que conviene reservar. Llegamos pronto y nos colocan en el comedor interior, que enseguida se llena. Comida sencilla, casera y rica.

De vuelta al hotel pasamos por el Teatro Circo 👇, levantado por iniciativa de un grupo de ciudadanos deseosos de disfrutar de espectáculos teatrales en la ciudad, inaugurado en 1887. Fue ese un año trascendente para Albacete: se instaló la luz eléctrica y se proyectó el primer cinematógrafo. El primitivo teatro era de estilo neomudéjar, con un aforo de más de 1.000 localidades. Así permaneció hasta los años cuarenta del pasado siglo, cuando se reforma, se moderniza y se decora suntuosamente; el Ayuntamiento lo compró en 1993. El Teatro Circo no solo es una institución en la ciudad, es también el más antiguo del mundo y el más singular, por sus arquerías neoárabes, únicas en los teatros europeos.
Después de una breve siesta para compensar el madrugón volvemos a la calle. Por Marqués de Molins -que es peatonal y sigue concurrida- y Tesifonte Gallego llegamos al Parque Abelardo Sánchez, una maravilla de lugar inaugurado en 1910, 105.203 metros cuadrados de jardines, arbolado y servicios accesibles en el corazón de la ciudad.



En el mismo parque, muy bien incardinado en el entorno, se encuentra el Museo de Albacete 👇, el objetivo principal del Colega. Confieso que voy un poco a remolque porque aún no tengo cogido el punto a las excavaciones arqueológicas, así en abstracto, que a él tanto le gustan. Máxime cuando tengo vistas en el Museo Arqueológico Nacional (MAN) la mayoría de las piezas obtenidas en las excavaciones de la provincia. Allí se encuentra la mujer oferente extraída del Pozo Moro o del Cerro de los Santos de Montealegre del Castillo, a la altura de las primeras damas iberas, y las cabezas esculpidas por los artistas primitivos, de una modernidad sorprendente.







En el MAN se encuentran también la bicha de Balazote o la esfinge del Salobral, que nos plantean interesantes cuestiones.


La primera sorpresa es que la entrada es gratuita. Pero lo que nos deja con la boca abierta es el espacio museístico. Una maravilla de lugar para contemplar los fondos depositados, que no son demasiados, menos de los que encuentran depositados en Madrid en el Museo Arqueológico Nacional. Hay alguna copia de esas piezas, pero hay otras muchas originales realmente extraordinarias.

Gran Dama Oferente (Copia Museo Albacete) 
Bicha de Balazote (Copia Museo Albacete) Este edificio, proyectado por el arquitecto Antonio Escario, se inauguró en 1978. Su estructura orgánica sigue siendo moderna medio siglo después.

Empezamos la visita por las salas de Arqueología, siguiendo un itinerario cronológico: obras de la prehistoria, de la cultura ibérica -riquísima en esta zona- romana, visigótica, islámica, desde el siglo VI antes de nuestra era a nuestros días.












Mientras el Colega se deleita con las monedas de todos los siglos, yo me asombro con la perfección de algunas esculturas, la finura de la cerámica, me emociono con las inscripciones de las estelas funerarias, que nos hablan de la vida de hace dos milenios: «Lo hizo Calinus para su hermano Crispino de treinta años. Aquí yace enterrado. que la tierra te sea ligera«, dice una; «Julio Paterno mandó que se pusiera en su testamento para sí y para Cornelia, su querida esposa con cargo a sus bienes comunes«. O con la colección de muñecas, las barbies del imperio romano, tan parecidas a las actuales.




El recorrido de este ala incluye la Cruz de término de Albacete y otras piezas que alcanzan hasta el siglo XIX.


El museo tiene una sala dedicada a obras de los siglos XVI al XVIII y otras con la colección donada por el pintor Benjamín Palencia, albaceteño de Barrax.
Nos llevamos de recuerdo una paloma de cerámica, convertida en el icono de Albacete. Contra lo que pudiera parecer, no reproduce ninguna obra antigua, es obra de un médico local.

Cuando abandonamos el museo bandadas de pájaros -tordos o estorninos- atronan el espacio con sus graznidos. Oye, que me ha gustado mucho el museo, le digo al Colega. Ya te dije que valía la pena venir a Albacete, responde. Y tiene razón.
Fotos: ©Valvar

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Chinchilla de Montearagón

Chinchilla de Montearagón (Albacete) es una población colgada en el cerro de San Blas, con unas excavaciones arqueológicas extraordinarias, unas edificaciones que hablan de su importancia como villa cristiana y un urbanismo intrincado que evoca su origen árabe.
En este bonito pueblo estrenamos nuestra primera andanza de 2025. Preparamos el viaje tan pronto como los Reyes Magos se recogieron en sus predios y empezaron las rebajas de enero. La Heredera Menor ha estado recientemente en Albacete y ha venido hablando maravillas de la ciudad y provincia, convenciendo al Colega. Eso, unido a su fervor por las producciones iberas expuestas en el Museo Arqueológico Nacional (MAN) procedentes del yacimiento Pozo Moro de Chinchilla de Montearagón, acabó de decidirnos.





Ya puestos, podemos pasar por Murcia y llegar a Cartagena, propone él. Sé que me espera una inmersión en los hallazgos arqueológicos y el mundo romano, que no es el viaje de mi vida, pero me acomodo de buen grado, unas veces por uno, otras por otro.
Cuando preparamos la salida pregunto al Colega qué ropa quiere llevar: el chambergo, responde. Su chambergo es una especie de tanque plumífero para expediciones a la estepa siberiana, alternativamente, para el invierno burgalés. La Aemet da máximas de 14º en Albacete y de 22º en Murcia y Cartagena, le informo, quizá será suficiente con una cazadora de cuero, propongo y él acepta.

Salimos de Madrid todavía de noche, vemos amanecer en la carretera y a las 10 de la mañana estamos en Chinchilla de Montearagón, a 13 kilómetros de la capital albaceteña. En los 250 kilómetros recorridos la temperatura no ha subido de los 2º y ahí sigue cuando aparcamos el coche junto al castillo, apenas visible por la niebla que nos ha acompañado en los últimos kilómetros. Por si fuera poco, sopla un viento gélido. Hasta yo echo en falta el chambergo del Colega.



Como el castillo está cerrado, descendemos hasta las Cuevas de San Julián, viviendas excavadas en la ladera, con sus características chimeneas cónicas. Las vistas desde allí son estupendas -se divisan los llanos de la Mancha, los Montes de Chinchilla y, a lo lejos, las Sierras del Segura y Alcaraz- y deben serlo aún más a la caída de la tarde pues una de las cuevas se ofrece como Mirador del Atardecer.




Se cree que estas casas-cueva son de origen árabe, aunque se extendieron a partir del siglo XVI, tras la expulsión de judíos y musulmanes en tiempo de los Reyes Católicos, en un intento de sus habitantes de mantenerse fuera del control administrativo y eclesiástico.


Cuenta la tradición que este población donde ahora tiritamos fue fundada por Hércules en persona, hacia el siglo VII a.C. La producción expuesta en el MAN, extraída del yacimiento arqueológicos cercano, de la que ya hemos hablado, demuestra que la zona estuvo ocupada desde tiempos remotos.
Los musulmanes se asentaron en el siglo VIII y durante el califato de Córdoba fue una de las poblaciones más famosas del reino de Murcia. Las tropas castellanas de Alfonso X -todavía infante-, junto a las de la Orden de Calatrava y las de Jaime I de Aragón la conquistan en 1242. En 1244 el futuro Alfonso X pacta con los descendientes de Ibn Hud, último rey de Murcia, la cesión del dominio de la plaza.
En el ámbito del poderoso marqués de Villena, en el siglo XIV Juan II la incorpora a la corona de Castilla; por su resistencia a ser conquistada por Aragón recibe el título de ciudad, capital de la Mancha de Aragón. Los Reyes Católicos juran sus Privilegios en 1488, concediéndole el título de Ciudad Noble y Muy Leal que aparece en su escudo.

Su posición estratégica y fortificada fue escenario de frecuentes guerras; en la de Sucesión española fue tomada por el archiduque Carlos y en la de la Independencia las tropas francesas se apoderaron del castillo y volaron el torreón del homenaje.
Fernando VII le concedió el título de Fidelísima; durante el Trienio Liberal fue capital de la provincia de Chinchilla, que acabó recayendo en Albacete, con la división administrativa de 1833, zanjando así una rivalidad que se arrastró durante décadas. La ubicación de Chinchilla en un promontorio de complicado acceso la perjudicó en su rivalidad con la entonces aldea de Albacete, situada en llano.






De esa larga historia conserva su fortaleza amurallada en la que se asentaron iberos, romanos y árabes antes de que en el siglo XV se levantara la construcción actual, con un foso excavado en la roca de diez metros de ancho y seis de profundidad; sus cuevas y baños árabes; los conventos de Santo Domingo y Santa Ana, la ermita de San Antón, la iglesia de Santa María del Salvador; su Ayuntamiento de fachada dieciochesca, sus casonas de piedra blasonadas, todo lo cual hace de Chinchilla Conjunto Histórico Artístico.
Es famosa su Semana Santa, que arranca en el siglo XVI, y su Festival de Teatro Clásico, que se celebra anualmente en el mes de julio. Considerada cuna de la alfarería provincial, cuenta desde 1980 con un Museo Nacional de Alfarería con dos millares de piezas.
Bien oreados en nuestro paseo por el castillo y las cuevas, descendemos por el intrincado callejero hasta la Plaza de la Mancha, el corazón ciudadano, donde se levanta la iglesia de Santa María del Salvador, de portada gótica, interior barroco y buena rejería fechada en 1503, el Ayuntamiento y el Casino, y por donde no cesan de pasar coches.

De uno de los balcones cuelga una pancarta en la que se lee: “No a la planta de biogas”. Al fondo de la calle, aparece el castillo, testigo del paso del tiempo.

Nos dirigimos a la Oficina de Turismo, que ocupa el renacentista Pósito de los Pacheco, apellido unido al marquesado de Villena, y la encontramos cerrada, por estar atendiendo a una visita guiada. Decididamente, no hemos escogido un buen día para visitar Chinchilla de Montearagón.


Todavía vivimos una peripecia para salir del laberinto callejero, empeñado el GPS en que pasemos por donde no cabe el coche, ni para adelante ni para atrás, alcanzamos por fin la carretera, donde tomamos un café para entrar en calor.
Tendremos que volver cuando no haga tanto frío ni niebla, propongo. El Colega, aún dolorido por el raspón de su coche, asiente con la cabeza.
Fuentes: Ayuntamiento de Chinchilla de Montearagón
Fotos: ©Valvar
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Urracas López de Haro

Si visitas el monasterio de Cañas (La Rioja) te admirarás del extraordinario sepulcro de Urraca López de Haro, que aquí está enterrada. Y si visitas el Museo del Retablo en Burgos te encontrarás con otro sepulcro de Urraca López de Haro, procedente del monasterio de Vileña (Burgos). ¿Qué ha pasado aquí?


Eso es lo que nos preguntábamos nosotros. ¿Hubo dos Urracas López de Haro en el siglo XIII? ¿Una misma Urraca fue enterrada en dos lugares distintos? No resulta fácil discernir el entuerto porque incluso las referencias serias -como la Real Academia de la Historia- confunden a ambas damas, cada una de ellas merecedora de un mejor conocimiento. Ambas transitaron por la vida en un tiempo, entre los siglos XII y XIII, en el que las mujeres de la nobleza aún tenían poder efectivo, fundaban monasterios, tejían alianzas, elegían y decidían. Eso es lo que ellas hicieron.
Cronológicamente, la primera de estas Urracas era hija de Lope Díaz, I conde de Haro y IV señor de Vizcaya y de Aldonza Ruiz de Castro. Debió de ser una de las hijas menores del matrimonio, por lo que pudo nacer hacia 1160 pues el padre murió en 1170.
Los Haro eran ya por entonces figuras poderosas en las cortes peninsulares, por lo que no es extraño que Urraca, dueña de posesiones en Tierra de Campos, apareciera en la corte leonesa, mantuviera relaciones con el rey Fernando II y tuviera dos hijos con él -García, muerto a poco de nacer en 1183, y Sancho, nacido en 1184-. La pareja acabó casándose en 1187, cuando el rey estaba en las últimas, pues murió al año siguiente.
Urraca, bien respaldada por los Haro 👇, pretendió que su hijo Sancho heredara el trono leonés, empezando por expulsar de la corte a Alfonso, hijo del rey con otra Urraca, esta de Portugal, quien, finalmente, acabó reinando con el apoyo de la nobleza leonesa. Tan pronto como se asentó en el trono este Alfonso XI se tomó la revancha sobre su madrastra, desposeyéndola de los castillos que habían sido su dote.
Por si fuera poco, Urraca perdió a su hijo Sancho, destrozado por un oso en 1220. Dos años después fundó un monasterio cisterciense en Vileña, de donde fue señora y quizá profesó. La señora del monasterio no era necesariamente monja, ejercía su poder civil como una especie de patronazgo. Algunas de estas nobles protectoras acababan profesando, incorporándose a la comunidad, por lo común para ser abadesas. Aquí murió y fue sepultada en 1224 nuestra Urraca.
El monasterio de Vileña perteneció jurídicamente al cenobio cisterciense de las Huelgas Reales de Burgos, seguramente el más poderoso de Castilla, al tiempo que gozaba de la protección de la no menos poderosa familia Rojas, lo que le proporcionó una existencia saneada, sus muros cobijaron a una comunidad de medio centenar de religiosas y una notable colección de obras de arte, parte de las cuales se encuentran actualmente distribuidas en el Museo de Burgos, incluido el retablo de su iglesia, obra de Pedro López de Gamiz (1581), que habla por sí solo de su pasado esplendor.









La placidez monacal no estuvo exenta de sobresaltos. En el siglo XIV Eduardo de Woodstock, heredero del trono inglés, conocido como el Príncipe Negro, que había acudido en socorro del rey Pedro I en su guerra contra su hermanastro Enrique de Trastamara, asaltó el monasterio, apoderándose de sus obras más valiosas y ocasionándole grandes pérdida económicas. Cuando la comunidad se había recuperado llegaron las tropas francesas de Napoleón, exigiéndole el pago de más de 4.000 reales para evitar la ocupación del monasterio.
Todavía en el siglo XIX, en 1835 llegó la exclaustración decretaba por la desamortización de Mendizábal. La revolución de 1868 suprimió el monasterio obligando a las religiosas a refugiarse en las Huelgas Reales de Burgos. Regresaron en 1872 y dos años después las dieciséis monjas que quedaban dejaron de depender de las Huelgas para pasar al arzobispado de Burgos. Lamentablemente, en mayo de 1970 un terrible incendio asoló el cenobio obligando a las monjas a trasladarse a otro convento de la orden en Villarcayo.



Otra parte del patrimonio cultural que atesoraba el monasterio puede contemplarse en el Museo del Retablo de Burgos. Ahí está también el sepulcro de Urraca López de Lara.







Hacia 1169, los padres de esta Urraca, Lope Díaz de Haro y su segunda esposa Aldonza Ruiz de Castro, fundaron un monasterio en la localidad riojana de Cañas, que encomendaron también a la orden del Císter. El monasterio se llamó primero Santa María y luego San Salvador de Cañas. Muerto Lope en 1170, al año siguiente Aldonza ingresó en su fundación con sus hijas pequeñas, al tiempo que hacía una importante donación a la comunidad.

Sarcófago de Mencía Lope de Haro Entre estas hijas pequeñas se encontraba Mencía López de Haro, que salió del monasterio para casarse con Álvaro Pérez de Lara, quien falleció en 1173, al poco de la boda. Mencía, viuda, rica, inteligente y poderosa, fundó se propio monasterio, acogido igualmente a la orden del Císter: San Andrés del Arroyo 👇, del que fue abadesa hasta su muerte, hacia 1228. Como si se tratara de un hábito familiar, en la sala capitular del monasterio permanece el sarcófago de esta mujer del linaje de los Haro.
La segunda de las Urracas era nieta de los fundadores de Cañas, hija de Diego López II conde de Haro, señor de Vizcaya, y de Toda Pérez de Azagra, y sobrina de las fundadoras de Vileña y de San Andrés del Arroyo. Siguiendo la costumbre de las mujeres de la familia, primero casó con Álvaro Núñez, señor de Lara, de Lerma, Montes de Oca y Pancorbo y, como sus predecesoras, enviudó joven, refugiándose en el monasterio familiar de Cañas.
En 1225 fue elegida abadesa, la cuarta desde su fundación y, sin duda, una de las más decisivas 👇. Utilizó sus influencias para obtener donaciones y realizó obras en el cenobio, que en ese tiempo alcanzó un momento de esplendor. La decadencia de la Casa de Haro influyó en la economía monacal, deteniendo las obras. Se recuperarían en el siglo XVI, continuarían en el XVIII y concluirían en el XIX, con sucesivos momentos de crecimiento y paralización, según la situación política y económica de la región.
El monasterio de San Salvador acoge aún hoy una comunidad cisterciense, custodia de unas riquezas que remiten a un pasado de mayor magnificencia.







Esta Urraca López de Haro falleció en 1262, todavía abadesa, con fama de santidad. Su cuerpo descansa en un precioso sarcófago en el centro de la sala capitular, que ella había mandado hacer.










Es una de las joyas del monasterio, para nuestro gusto, la principal del rico y abundante joyero. Obra de los siglos XIII-XIV, la tapa muestra a Urraca con los atributos abaciales, flanqueada por ángeles y novicias. En la caja se representan escenas de su vida, su entierro y su ascenso al cielo, un total de veintiséis personajes: obispos, abades, acólitos, damas y frailes.

Me gusta sobremanera ese diálogo eterno que en una de las esquinas del sepulcro mantienen una sonriente monja y un clérigo.
El cuerpo de la abadesa Urraca ha permanecido incorrupto, según se ha comprobado en las cuatro ocasiones en que ha sido abierto el sarcófago, entre 1898 y 1989. De hecho, la comunidad de Cañas -una docena de monjas en 2024- cada 6 de mayo celebra la fiesta de la “beata” Urraca, pese a que la iglesia no ha iniciado causa alguna para su beatificación.
La abadesa Urraca de Cañas reposa en un sarcófago de mejor factura que el de Urraca de Vileña pero ambos siguen un relato similar. Ocurre, sin embargo, que el de Cañas puede contemplarse a placer por cualquiera de sus lados. El de Vileña estuvo hasta hace un año en la nave de la iglesia de San Esteban de Burgos, sede del Museo del Retablo. Como el lugar es utilizado para actividades culturales, se decidió desalojar la nave para acomodar a los asistentes. El sarcófago de Urraca de Vileña ha sido desplazado a un ala de la planta baja del museo, tan pegada al muro que apenas se puede ver completo. Pobre doña Urraca castigada contra la pared.
Fotos: ©Valvar

Museo del Retablo, Burgos (Iglesia de San Esteban) -
San Martín de Frómista

San Martín de Frómista es el modelo de construcción románica medieval en el Camino de Santiago. Fundada en el siglo XI por doña Mayor de Castilla, la iglesia se diría como recién hecha. Y se diría bien.
Frómista (Palencia) es una población que no alcanza el millar de habitantes, bien dotada de iglesias, además de la de San Martín cuenta con un templo dedicado a Santa María del Camino y otro a San Pedro, ambos de traza gótica, además de la ermita del Otero. Los visitantes que acuden hasta aquí son principalmente de dos tipos: peregrinos hacia Santiago de Compostela y quienes desean vivir una aventura marinera en plena meseta pues por aquí corre el Canal de Castilla, una obra hidráulica del siglo XVIII proyectada para facilitar el trasiego de mercancías entre Castilla la Vieja y los puertos del Cantábrico. Enseguida el tren superó en rentabilidad económica al canal, pero no impidió que pequeñas embarcaciones siguieran navegando entre las provincias de Burgos, Palencia y Valladolid, ahora con interés ecológico y turístico.


Nosotros hemos visitado Frómista varias veces, la última en octubre de 2024, siempre con la mirada puesta en San Martín. Y esperamos que esta no sea la última, por muchas veces que vuelvas siempre te ofrecerá algo nuevo.

Esta construcción que tenemos a la vista es lo que queda del monasterio benedictino fundado por doña Mayor, viuda de Sancho III Garcés, por testamento fechado en 1066, que siempre fue patrimonio regio. En 1118 la reina Urraca donó el monasterio al priorato de San Zoilo de Carrión de los Condes, vecina de Frómista, perdiendo su autonomía. A finales del siglo XIII desaparece la comunidad de monjes de San Martín. San Zoilo de Carrión atraviesa su propia crisis y se desentiende de Frómista, encomendando su abadengo a Juana Gómez de Manzanedo, esposa de Luis de Castilla, hijo de Fernando III y de su segunda esposa Juana de Ponthieu. Un siglo después lo que queda del antiguo monasterio es entregado en encomienda a los señores de la población, como era costumbre entonces, hasta que en 1427 San Zoilo zanja la cuestión de sus derechos vendiendo su jurisdicción sobre San Martín al señor de la villa Gómez de Benavides, excepto la iglesia subprioral. San Martín contó con su propio hospital, que desapareció en 1453 en un incendio.
El gran momento de Frómista se vivió en el siglo XV, cuando solo el barrio de San Martín contaba doscientos vecinos. Su aljama era de las más importantes de la provincia, de ahí que la expulsión de los judíos repercutiera negativamente en su desarrollo económico.
Como en tantos otros lugares, la desamortización de 1835 condujo a la ruina a lo único que quedaba de la fundación de doña Mayor, la iglesia de San Martín, cerrada al culto en 1874. En su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, publicado en 1850, Pascual Madoz, lamentaba la situación de sus bóvedas, lo que no le impidió autorizar como ministro de Hacienda una nueva desamortización cinco años después. En 1894 fue declarado Monumento histórico artístico, encomendándose su restauración al arquitecto Manuel Aníbal Álvarez, catedrático de la Escuela de Arquitectura. Reinaba por entonces entre los arquitectos de postín el criterio historicista encarnado por Violet le Duc, empeñados en devolver a los monumentos intervenidos su apariencia original. O a lo que ellos pensaban que era original, sin diferenciar lo antiguo con lo moderno.
En el caso de Frómista se desmontó totalmente la mitad sur de la iglesia, manteniendo en pie únicamente el ábside norte, se eliminó la torre campanario levantada sobre el cimborrio, la escalera y la galería volada que servían de acceso a la torre; se acondicionaron los muros meridional y occidental; se abrió la portada meridional que había sido cegada y se reconstruyó una de las torres cilíndricas; y se abrió una nueva puerta en el muro oeste, que probablemente nunca antes hubo. Se sustituyeron los sillares por otros de piedra nueva, eliminándose los mechinales primitivos.

No menos radical fue la intervención en su escultura. Muchos de los capiteles fueron sustituidos por copias, no en todos los casos señaladas como tal con la preceptiva “R”. Algunos de los originales se encuentran en el Museo de Palencia, pero otros más desaparecieron misteriosamente sin que se conozca su paradero.
Con estos antecedentes, son muchos los entendidos que miran con cierto desdén la iglesia restaurada, como algo artificioso. No es nuestro caso. Aunque tenemos fichado a Violet le Duc como un poco fantasma desde que conocimos Carcasona, San Martín de Frómista nos parece un monumento a la altura de cualquiera de los grandes del Camino jacobeo, una fábrica tan equilibrada, proporcionada, exuberante, que te obliga a pararte a pensar quiénes fueron capaces de mezclar la arquitectura bizantina con las basílicas latinas para idear algo tan hermoso cuando se estrenaba el primer milenio.















Eso, sin mencionar su ornamentación escultórica, un prodigio de técnica, de arte, de imaginación y de cultura. Trescientos canecillos distribuidos en portadas y aleros en los que abundan las cabezas y cuerpos de animales, perros, bóvidos y monos, también bustos y cuerpos de personas y algunos de vegetales.











Admirables igualmente son los capiteles de las ventanas de la iglesia, en los que abundan los de temática vegetal, y también historiados, en competencia a cual más bello. El hastial meridional remata en dos torres cilíndricas. Todo el perímetro está recorrido por impostas taqueadas.
Llegamos a Frómista desde Burgos una soleada y fría mañana de otoño castellano. Cuando estamos admirando el exterior, tratando de adivinar qué es original y qué añadido, vemos llegar un grupo numeroso de personas, así que nos apresuramos a entrar -por la puerta antes inexistente- para disfrutar de un rato de tranquilidad antes de lo que suponemos invasión.



El interior de la iglesia se divide en tres naves de cuatro tramos con cabeza de ábside semicircular. El crucero remata en cúpula semiesférica sobre trompas en cada una de ellas se ha incrustado las esculturas de los cuatro evangelistas. La cúpula, la torre y el entronque absidal son las grandes aportaciones arquitectónicas de Frómista, que veremos repetidos en muchos otros templos románicos de Castilla y León.

Nos lanzamos a la derecha del arco toral a fotografiar el capitel de la Orestiada, llamado así porque su autor se inspiró en un sepulcro romano del siglo II que se encontraba en Husillos, población cercana a Frómista, hoy depositado en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, por esa razón conocido como Maestro de la Orestiada. En él se representa en sucesivas escenas la historia recogida por Esquilo, en la que Orestes, ayudado por su amigo Pylades, mata a su madre, Clitemnestra y a Egisto, amante de esta, en venganza por la muerte de su padre, Agamenón, asesinado por ambos, y la absolución de Orestes en el Aerópago de Atenas.

No se sabe si el autor conocía o no a Esquilo y se cree que el capitel representa a Caín matando a Abel. En suma, el modelo y su copia vendrían a representar un crimen familiar y su castigo.

El autor demuestra tener una amplia cultura y un no menor conocimiento de la anatomía humana y de la escultura. El resultado es un capitel de clara influencia grecorromana, que sigue atrayendo nuestras miradas, aún sabiendo que estamos ante una reproducción. Su ubicación, en la parte superior del ábside, resulta muy adecuada para evitar tentaciones, pues el original fue brutalmente mutilado por espíritus sensibles y martillo salvaje cuando se desmontó para las obras del siglo XIX. Lo que quedó de él se encuentra en el Museo de Palencia.




El autor fue sin duda un figura de su tiempo pues fue requerido para dejar muestra de su arte en iglesias del Camino tan significativas como la catedral de Jaca -suyo es el capitel del sacrificio de Isaac- y uno de los signos zodiacales de la fachada de San Isidoro de León. En todos ellos se retrata al protagonista con las piernas abiertas y ligeramente cruzadas.

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Catedral de Jaca 
San Isidoro de León Este capitel, quizá el más famoso de los de San Martín, está bien acompañado por otros a su altura en calidad y belleza. Prueba de la calidad de los maestros que trabajaron en las iglesias del Camino y de la riqueza de estas que podían pagar a los mejores entre los buenos. Los capiteles ofrecen escenas bíblicas o moralizantes, como la representación de la fábula de la zorra y el cuervo, y algunos más vegetales.









Ahí están Adán y Eva en el momento de pecar, de autor distinto al de la Orestiada, capitel que algunos autores ven relacionado a otro de la colegiata de Saint-Gaudens (Francia).



Saint Gaudens O el de los porteadores, con semejanzas al de la colegiata de Santillana del Mar, o al de la iglesia de San Pedro de Valdecal, que puede verse también en el MAN

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Frómista 
Santillana del Mar A simple vista, en la clave de la cúpula distinguimos unas letras que con ayuda del objetivo de las cámaras conseguimos descifrar: Reconstruydo por el Sr. Arquitecto Don Manuel Anibal. Y en un círculo interior, otro recuerdo: Reynando S.M. Don Alfonso XIII. 1901. En el centro, el escudo de España. Republicanos como somos, nos reservamos la opinión que nos merece el dicho rey. En cuanto a don Manuel, seguramente era un moderno de su tiempo que hizo lo que sabía. Viendo de cerca la iglesia reconstruida nos preguntamos qué hubiéramos encontrado hoy de no haber tenido lugar aquella intervención, por mejorable que fuera.


Entre unas cosas y otras llevamos más de una hora recorriendo una y otra vez la iglesia en todos los sentidos posibles cuando nos percatamos de que seguimos solos. Quizá el grupo eran peregrinos que seguían su camino a Santiago.
Nosotros, en cambio, nos dirigimos a Palencia, para contemplar lo que su museo conserva de Frómista. El Museo de Palencia ocupa la Casa del Cordón, un edificio que abre a la plaza del mismo nombre. Su interior fue totalmente vaciado para crear un espacio adecuado para el uso museístico, con un resultado sorprendente.


Nos dirigimos directamente a la sección donde se encuentran los capiteles desmontados de San Martín. Los moralistas con martillo se ensañaron con el pobre muchacho del capitel de la Orestiada, no solo mutilaron sus órganos viriles, lo borraron totalmente. Una bárbara damnatio puditatis, lo califica el museo.



Hay otro capitel con personajes cabalgando leones, uno de pelícanos muy dañado también.

Copia en Frómista 


Como afortunadamente va siendo habitual en los museos grandes o pequeños, coincidimos con los alumnos de un colegio, que ocupan una sala aparte. El personal se deshace en atenciones y responde con conocimiento a las preguntas que formulamos. Admiramos un mosaico romano, que es la pieza del mes, damos las gracias al personal que nos ha atendido y nos vamos a comer.


Alguien nos ha sugerido una tasca muy frecuentada por los palentinos: El Perejil. Se nos ocurre pedir una tabla mixta (carne y pescado) para compartir. El Colega comió dos días con el táper que nos prepararon. Unos amigos a los que les dimos la dirección, pudieron con la tabla entera, parece que estamos perdiendo facultades.
Fotos: Valvar
Fuentes: Románico digital/Frómista
Arteguías/Frómista
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Villafranca Montes de Oca

Villafranca Montes de Oca fue sede episcopal y un hito en el Camino de Santiago. De sus pasadas glorias conserva el hospital de peregrinos mandado levantar por la reina Violante y su permanente deseo de recuperación, en lucha contra el olvido de la historia.
Situada al borde del Camino de Santiago y de la carretera N-120, a unos treinta kilómetros de la ciudad de Burgos, al pie del puerto de La Pedraja, la población aparece ya en el Codex Calixtinus, libro atribuida a Aymeric Picaud, una especie de guía medieval del camino para los peregrinos a Santiago. Picaud señala en este punto el comienzo de Castilla y Tierra de Campos, un lugar entonces frecuentado también por ladrones que se escondían en la abundancia boscosa de los Montes de Oca para asaltar a los peregrinos.
Esta Villafranca es heredera de la ciudad romana de Auca/Oca, límite de turmódigos y autrigones, donde en la época visigoda se estableció una sede episcopal. A finales del siglo IX, con la repoblación, Oca es cabeza de alfoz, en la que en el 1068 el rey Sancho II restaura la vieja sede episcopal. Es el tiempo de resonancias histórico-literarias. A su paso por el Camino, Gonzalo de Berceo dejó escrito: “Fromesta del Camino cerca es de Fitero, Ferrera con sus aldeas, Auca la del Otero”. “Entonces era Castilla un pequeño rincón/ nación de castellanos Montes de Oca mojón”, refiere el Cantar de Mío Cid.
Poco después, se traslada la sede episcopal a Gamonal y de ahí, en 1075 a Burgos por mandato de Alfonso VI. Durante el siglo XII Oca se convierte en campo de batalla en el enfrentamiento entre la reina Urraca de Castilla y su marido, el rey Alfonso I de Aragón.
Paulatinamente, el antiguo asentamiento en torno a la iglesia de la Virgen de la Oca, se va despoblando en beneficio de una nueva población, junto al Camino de Santiago, está naciendo Villafranca, llamada a convertirse en uno de los hitos de la senda de peregrinación. En 1283, la reina Violante, esposa de Alfonso X el Sabio, funda un hospital de peregrinos, conocido como Hospital de la Reina, que un siglo después será restaurado o reconstruido por Juana Manuel, mujer del rey Enrique II de Castilla. Sea por animadversión familiar a la reina Violante, de quien el infante Juan Manuel, padre de Juana, había escrito maldades sin cuento, o por haberse deteriorado el primitivo hospital, esta se reclama como fundadora del mismo. “Yo mandé facer el mi Hospital de la mi villa de Villafranca Montes de Oca para servicio de Dios e para mantenimiento de los pobres e de las otras personas cuitadas que pasaron por el dicho lugar de Villafranca”, reza la carta de donación de la reina Juana fechada en 1370.
La donación incluye “la dicha mi villa de Villafranca con todas sus aldeas, e de la villa de Torrelobatón con todas sus aldeas, e de Tamarit de Campos (…) con condición que … no puedan ser dadas, nin vendidas, nin empeñadas, nin enajenadas a ninguna persona”. En 1377 el rey Enrique II confirma los privilegios “por hacer bien y merced a doña Juana”.
Las cuantiosas donaciones hicieron de este hospital una institución realmente poderosa, exenta del pago de pechos, montazgo6 de, pontazgo y barcaza, exenta del portazgo en todo el reino para 4.000 cabezas de ganado ovino.

Nada queda de aquella primera fundación, aunque permanece el Hospital de Peregrinos, bajo la advocación de San Antón. Esta obra es debida a uno de esos hombres que hacen cosas grandes y luego se quedan en un recoveco de la historia: Juan de Ortega, homónimo del santo fundador del monasterio situado adelante del Camino.
Este Juan, probablemente burgalés de nacimiento y quizá converso, sirvió en la corte de los Reyes Católicos e intervino en la creación y funcionamiento de la Hermandad General del Reino. Disfrutó del amparo del poderoso cardenal Pedro González de Mendoza, conocido como el tercer rey, fue el primer obispo de Almería y capellán de la princesa Isabel, primogénita de los reyes, luego reina de Portugal.
Por alguna razón que desconocemos, Juan debía sentirse vinculado a esta parte de Burgos, pues en 1476, siendo ya obispo de Almería, lo encontramos como provisor de Villafranca, renovando el Hospital de la Reina y el monasterio jerónimo de San Juan de Ortega. No solo eso, entre 1505 y 1515 el provisor mantuvo un pleito con la reina Juana I en defensa de los privilegios que asistían al hospital.

Nuestro hombre murió, probablemente en Burgos, en 1515. En la iglesia del convento burgalés de Santa Dorotea se conserva su sepulcro, de bella factura renacentista, obra de Nicolás de Vergara, si bien no es seguro que se encuentren sus restos, que algunas fuentes sitúan en la misma catedral. Junto a esta sepultura de las doroteas hay una segunda, de tipo gótico, en la que descansa su sobrino, Alonso de Ortega, que fue capellán del infante Juan, hijo de los Reyes Católicos.

A la intervención de Juan de Ortega corresponde la portada de arco carpanel del hospital, en cuya clave permanece algo desgastado el escudo de los Reyes Católicos protegido por el águila bicéfala coronada.

Todavía en 1787 el inventario indica que el hospital haposeía 1.300 fincas rústicas repartidas en 25 pueblos, con una cabida de 1.500 fanegas, que le proporcionaban cuantiosas rentas. En Villafranca el Hospital tenía molino y panadería propios. Los ingresos se cuantificaban en unos 20.000 reales de juros y derechos; otros 30.000 de rentas y tercios sobre el grano y 10.000 de censos y préstamos. Su administrador tenía la potestad de conservar una de las tres llaves de las alcabalas del vino de la ciudad de Burgos.
Casi todos sus ejercicios se saldaban con superávit, excepto los de la última mitad del siglo XIX. Las sucesivas desamortizaciones de Godoy, Mendizábal y Madoz le privaron de la mayor parte de sus bienes, poniendo en riesgo su supervivencia. En 1888 fue víctima de una estafa por parte de Darío Corral, quien se fugó a América con títulos al portador por valor de 122.887,37 pesetas, de las que solo se pudieron recuperar unas 40.000.
El hospital funcionaba como un complejo sanitario y asistencial, disponía de salas para peregrinos distinguidos y anónimos, para enfermos contagiosos y no contagiosos. Contaba con una plantilla fija de médico, boticario y cirujano, enfermera y limosneros, con secciones para hombres, la de San Fernando, y para mujeres, Santa Rosa. En 1868 atendió a 157 enfermos que contabilizaron 1.320 estancias. Cuando la afluencia de peregrinos disminuyó se reconvirtió en hospital de pobres, permaneciendo abierto hasta los años cuarenta del pasado siglo.
El albergue ofrecía comida y alojamiento a los peregrinos con un dormitorio para hombres con catorce camas y otro para mujeres, con cuatro.


En 1990, fecha de nuestra primera visita a este hospital, lo encontramos en ruinas. Posteriormente, la Junta de Castilla y León restauró el edificio que actualmente está ocupado por un hotel/albergue privado que, como el de San Juan de Ortega, cierra en invierno. En noviembre de 2024 coincidimos con un grupo de peregrinos que lamentaban estos cierres, que les obliga a alargar la etapa hasta Atapuerta. Business is business, también en el Camino de Santiago.

En aquella primera visita pudimos ver abundante documentación que se almacenaba en una sala municipal junto a material quirúrgico procedente del viejo hospital.
En sus mejores tiempos Villafranca contó con una parroquia y nueve ermitas, de las que solo quedan tres y una en ruinas. La parroquia dedicada a Santiago, que se levantaba en la parte superior de la población, bajo el castillo, probablemente románica, desapareció en el siglo XVIII. Con sus piedras se construyó la fábrica actual en cuyo interior se guardan algunas piezas de valor artístico.


La ermita de Nuestra Señora de Oca, originariamente prerrománica, solo conserva de sus orígenes una celosía cegada y una talla de la Virgen con el Niño que se guarda en la catedral de Burgos.

Una placa recuerda que “El papa Francisco fue titular entre 1992-1998, de la antigua diócesis de Auca, hoy Villafranca Montes de Oca, una de las sedes de la actual Diócesis de Burgos”. ¿El papa actual obispo de una diócesis que desapareció en el siglo XII?, pregunto al Colega. Él atento a la celosía románica, ni me oye. En la eternidad de la iglesia nueve siglos es un suspiro, me respondo a mí misma.

En torno a esta ermita se celebra la fiesta mayor el tercer fin de semana de agosto, cuando los aucenses recorren en romería los dos kilómetros que les separan de Villafranca, cuya imagen y la de San Isidro se sacarán en procesión. Ante estas imágenes bailarán el grupo de danzantes vestidos con faldas, enaguas y pantalón bombacho corto, con banda cruzada al pecho y pañuelo alrededor de la cabeza, dirigidos por el Cachiburrio. El paloteo, la Valseada de Arco, las Ovejitas, la Garibaldina, la Marcha real, la Amasadera y los Oficios, son algunas de las danzas tradicionales muy cercanas al folclore riojano recuperadas después de largo tiempo perdidas. En su origen estas danzas estaban reservadas a los hombres, pero en su recuperación se ha abierto la participación a las niñas y mujeres.



Justo enfrente de la ermita permanece en pie un viejo mural de la Diputación de Burgos que parece aludir a la cercana presa de Alba que abastece de agua a la comarca. Por el estado lamentable en que se encuentra se diría que los diputados no frecuentan mucho este lugar.

Del monasterio de San Felices de Oca solo quedan las ruinas del ábside, que los peregrinos encuentran antes de entrar en Villafranca. Existía ya en 863 y, según la tradición, en ella fue enterrado el conde Diego Rodríguez, fundador de Burgos, extremo negado por el historiador Gonzalo Martínez Díez, que atribuye la tradición a falsedades emanadas de documentos salidos del monasterio de San Millán de la Cogolla.

Foto: Wikimedia Discusión ociosa, pues del monasterio prerrománico no quedan sino ruinas y cada vez menos. “La ciudad de Burgos en su MC aniversario al conde Diego R. Porcelos, su fundador, quien según la tradición aquí reposa. I-III-MCMLXXXIV”, indica una placa conmemorativa adosada a sus piedras.

Ya que no su antiguo esplendor, Villafranca Montes de Oca ha recuperado y conserva unas fiestas de origen medieval en honor de San Antón y San Antoñito. El 17 de enero se bendecían los panes y se ofrecía limosna a los enfermos del hospital, los viajeros, mendigos y vecinos compartían en el refectorio del hospital un guiso típico consistente en habas y carne de cerdo. En ausencia de enfermos y con el hospital cerrado, la fiesta consiste en la bendición de los panes, que conservan para los animales domésticos cuando están enfermos, y una comida consistentes en garbanzos, chorizo, morcilla y picadillo compartida por residentes y visitantes. El día de San Antoñito celebran su fiesta los casados.
Antes de seguir camino paramos a comer en El Pájaro, bar-restaurante de carretera en la misma Villafranca, frecuentado por camioneros y peregrinos, donde comimos en aquella primera exploración periodística hace treinta y cuatro años y donde solemos parar cada vez que pasamos, aunque solo sea para celebrar que seguimos vivos y en el camino. Dejamos Villafranca, apoyando su reclamación de que se construya una variante de la carretera que atraviesa su centro urbano como un bisturí, y seguimos viaje.

A poca distancia se encuentra la fuente del Carnero, agradable paraje que invita al descanso. Frente a él, al otro lado de la carretera, se levanta lo que queda de la ermita de Valdefuentes, que en la Edad Media fue también hospital regentado por cistercienses, al que Alfonso VIII llegó a conceder fuero en 1187. En su muro sur una placa fechada en 1965 recuerda el paso por aquí de Gonzalo de Berceo. “Yo maestro Gonzalvo de Berceo nominado iendo en romería caescí en un prado verde e bien sencido de flores bien poblado lugar codiciadero para omine cansado”.

El lugar se encuentra próximo al abandono, desmereciendo a Berceo y a quien colocó la placa y se desentendió del resto. Los peregrinos del Camino pasan junto a los restos de la ermita para adentrarse en el monte.

Fotos: ©Valvar, Wikimedia
Fuentes: Real Academia de la Historia. Juan de Ortega. 👇
Románico digital. Villafranca Montes de Oca 👇

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Las desventuras de Mío Cid

El Cid es carne de leyenda, mito medieval de quien es difícil conocer datos de su biografía real. Sus restos fueron depositados en el monasterio de San Pedro de Cardeña (Burgos) donde han vivido una odisea a la altura de su leyenda, esparcidos por media Europa.


Rodrigo de Vivar debió de nacer entre 1041 a 1047, hijo del noble castellano Diego Laínez, descendiente de Laín Calvo, uno de los míticos jueces castellanos. Huérfano de padre todavía niño, fue criado en la corte de Fernando I, y armado caballero con el infante Sancho, quien fue asesinado por Vellido Dolfos, heredando la corona su hermano, Alfonso VI.

Solar del Cid en Burgos Recelosos los castellanos de que Alfonso hubiera intervenido en la muerte de su hermano, le hicieron prestar juramente de inocencia por tres veces, de acuerdo con el Fuero viejo de Castilla, siendo Rodrigo Díaz el encargado de tomar el juramento en la iglesia burgalesa de Santa Gadea.

Iglesia de Santa Gadea en Burgos A pesar de la leyenda, Alfonso no se sintió ofendido por la exigencia de juramento, siguiendo el Fuero, y recibió a Rodrigo en su círculo de fieles y vasallos personales. Hasta tal punto fue así que en 1074 lo casó con una dama de estirpe real, Jimena Díaz, hija del conde de Oviedo y sobrina de Alfonso. El matrimonio sellaba la alianza entre castellanos y leoneses y atraía al ámbito de León al héroe castellano.

Empero, las relaciones entre el rey y su vasallo no debieron ser fáciles, intoxicadas además por nobles envidiosos de los éxitos del burgalés. Razones de índole estratégica causaron la ira o el desafecto real que empujó al exilio al Cid en dos ocasiones, en 1081 y 1086. El Cantar supone que Jimena y sus hijos se acogieron al monasterio de San Pedro de Cardeña durante la ausencia de Rodrigo, extremo que algunos historiadores ponen en duda.




El Cid se dedica a luchar por sí mismo, conquistando Valencia. En 1092 Rodrigo y Alfonso hacen las paces. La hija mayor de Rodrigo y Jimena casará con el infante navarro Ramiro Sánchez; uno de sus hijos, García Ramírez, será rey de Navarra; la menor, María, lo hará con el conde de Barcelona Ramón Berenguer III. En 1097 muere Diego, hijo de Rodrigo, luchando junto a Alfonso VI en Consuegra. Dos años después muere Rodrigo, dejando a Jimena el señorío de Valencia y su mesnada.
En 1201 los almorávides atacan Valencia. Alfonso VI, considerando que la plaza era indefendible, mandó abandonarla llevándose los restos embalsamados de Rodrigo. Jimena eligió trasladarlos a San Pedro de Cardeña. Entre 1207 y 1210 se escribe el Poema de Mío Cid. A él le sigue la Leyenda de Cardeña (1265) y en 1280, reinando Alfonso X, la Primera Crónica General de España. Del conjunto de estas tres obras resultará un personaje mítico, casi un santo, el héroe que el reino -y más aún el monasterio de Cardeña- están necesitando.
De Rodrigo de Vivar solo quedarán los restos mortales y estos vivirán peripecias aún mayores que las protagonizadas por el Cid. En 1104 murió Jimena y fue enterrada en el mismo monasterio que su marido.

Quiere el relato que el cadáver del Cid permaneciera sentado durante diez años en la iglesia monacal, con la espada en la mano, ataviado con paños enviados por el sultán de Persia. Así permaneció hasta que se le desprendió la nariz del rostro y el cadáver fue depositado en un nicho en el mismo altar. En 1272 el rey Alfonso X mandó hacer un sepulcro de piedra y colocarlo en el lado de la epístola del altar. Un poco más abajo descansaba Jimena, en un sepulcro de madera policromada.
En 1447 se derriba la iglesia románica y se construye una nueva gótica; el sepulcro del Cid se traslada a la sacristía, apoyado en cuatro leones de piedra. En 1496 pasó por Cardeña el cardenal Cisneros, quien pidió abrir el sepulcro para contemplar los restos del héroe y besar sus huesos, “que eran grandes, más que del mayor caballero que en nuestros tiempos hay”, según relato de Juan de Vallejo. Otro autor que tuvo acceso a los restos de Jimena dejó escrito que sus huesos eran “tan grandes que espantan, y parecen más de hombre que de mujer”.
En 1541 el sepulcro del Cid volvió al lado derecho del altar y el de Jimena fue trasladado al claustro. El Consejo de Burgos y el Condestable Fernández de Velasco, consideraron el traslado una ofensa y presentaron recurso al rey Carlos I, quien ordenó devolverlos junto al altar mayor.
En 1669 llega a Cardeña el rey Carlos II, a quien se atribuye la frase: “El Cid no fue rey pero hizo reyes”. En 1736, reinando Felipe V, se construyó una capilla lateral, dedicada a los Reyes, Condes e Ilustres Varones (sic) y consagrada a San Sisebuto, abad coetáneo de Rodrigo y Jimena, a la que se trasladan los restos de ambos y de otros personajes vinculados a ellos, veintiséis en total, estos encajados en los muros de la capilla. En 1948 se traerán también las tumbas de los tenidos por fundadores del monasterio: Sancha y Teodorico, García Fernández y su esposa Ava, que estaban en el altar mayor.


La fama del Cid se extendió a Francia, en buena medida debido al escritor Pierre Corneille, autor de una obra teatral sobre el héroe, de gran éxito popular. Así que cuando las tropas de Napoleón llegaron a Burgos, los franceses sabían bien quién era y dónde descansaba Rodrigo de Vivar. El 10 de noviembre de 1808 se libró la batalla de Gamonal; el ejército francés, al mando del general Lasalle, desbarató la defensa hispana y asoló la ciudad. Las tropas se dedicaron al saqueo de casas, conventos e iglesias. Al día siguiente llegó Napoleón a la ciudad. Tomó las banderas arrebatadas al ejército derrotado y se las envió al Cuerpo Legislativo francés como testimonio del esfuerzo realizado por el ejército galo.
El saqueo llegó a Cardeña, abandonado por los monjes benedictinos. Los soldados se llevaron todo lo que de valor encontraron en el monasterio, abrieron los sepulcros del Cid y de Jimena en busca de joyas, causando daños en la efigie del héroe de la cubierta del sepulcro.
Conocemos lo que ocurrió por el relato de Pierre Durand, adjunto al intendente del ejército francés, hombre experto en bienes culturales. En su primera visita a Cardeña se llevó trozos de los cráneos de Rodrigo y Jimena. “Las tumbas del Cid y de Jimena no son respetadas por los guerreros franceses ni defendidas por los hijos de España”, escribió de aquellos días su esposa.
Días después llegó a Burgos una comisión del Cuerpo Legislativo para agradecer a Napoleón el envío de las banderas y felicitarlo por sus éxitos bélicos. Componían esta comisión el príncipe de Salm, Stanislas de Girardin y Lamardelle. Aquí encontraron a Dominique Vivant-Denon, director del Museo Napoleón, precursor del Louvre, en cuya compañía visitaron Cardeña el 16 de diciembre. Todos ellos recogieron restos del Cid y de Jimena, se los repartieron, documentaron el expolio y se lo llevaron a Francia.
De la sepultura del Cid extrajeron el hueso de mandíbula inferior con sus dientes; un fragmento del cráneo del lado de la oreja y otro que formaba parte del occiput, además de otros pedazos de cráneo. Del sepulcro de Jimena tomaron el esternón y los dos fémures y muchos trozos de la caja casi reducidos a polvo.
Salm se llevó el hueso de la mandíbula menos un diente y el pedazo de cráneo del sitio de la oreja con otras parte del mismo, el esternón de Jimena, uno de sus fémures y los fragmentos de la caja. A Demardelle le correspondieron la parte del occiput del Cid y el segundo fémur de Jimena. El fémur se lo regaló luego a Girardín y permanece desaparecido. El occiput se lo regaló a un amigo. Desde 1968 se conserva en la Real Academia de Española, adonde llegó por mediación de Camilo José Cela. Menéndez Pidal, experto cidiano, pudo verlo y besarlo devotamente en su último cumpleaños. El acta de autenticidad está escrita sobre el mismo hueso: “Hueso del cráneo de Rodrigo, cogido en su tumba en la Cartuja cerca de Burgos, en presencia del príncipe Salm Dick, el conde Stanislas de Girardin, el barón Delardelle, miembros del cuerpo Legislativo, el barón Denon, director general del museo, y el barón Desgenetes, médico jefe del ejército de España. Regalado al Señor de Labensky por el firmante barón Delamardelle”.
Denon se llevó un trozo del cráneo de Rodrigo y otro del fémur de Jimena, que más tarde entregó al Conde de Metternich, embajador del emperador de Austria. Las reliquias acabarían en el castillo de Kynzvart, en la República Checa, donde fueron descubiertas en 2006.
Denon volvió a Burgos en diciembre de 1808 con el propósito de llevarse algunos cuadros de los conventos suprimidos con destino al museo de París. Le acompañaba el pintor Benjamin Zix, quien pintó una acuarela que tituló “Vivant-Denon devolviendo los huesos del Cid a su tumba”. No hubo tal.
Denon guardaba en su domicilio un relicario con “fragmentos de hueso del Cid y de Jimena, encontrados en su sepultura en Burgos” y de muchos otros personajes célebres, como Abelardo y Eloísa, Inés de Castro, Molière o Lafontaine. Además de los que un siglo después se hallaron en la República Checa.
A ellos hay que añadir otro expoliador: Antoine Denniée, intendente general del ejército francés, quien recogió los cráneos de Rodrigo y Jimena, los llevó a Francia y se los regaló al ministro de la Guerra.
Más aún, en enero de 1809, el conde de Tournon visitó la tumba del Cid orando ante ella. Su ayudante, Comptour, creyendo que se trataba de un santo, tomó una vértebra y un metacarpo y se las llevó como reliquias. Al llegar a Francia quiso devolvérselas a su superior pero Tournon mandó devolverlas al sepulcro. En febrero murió Tournon y Comptour se llevó las reliquias a su casa, en Charlieu, conservándolas en una urna de cristal. En 1962 la prensa española descubrió la historia y el Ayuntamiento de Burgos acordó reclamar los restos, sin que se hicieran más gestiones.
En 1882, los restos sustraídos por Salm fueron descubiertos por el periodista y arqueólogo Francisco Turbino en el castillo alemán de Sigmaringen, dentro de una arqueta y debidamente identificados. El príncipe Hohenzollern, propietario del castillo, accedió a devolverlos, levantándose acta de la entrega, depositada en el Archivo municipal de Burgos. Turbino publicó su aventura en los periódicos La Ilustración Española y Les Matinées Españoles. De la noticia se hizo eco la prensa internacional. Es creencia que el mariscal Soult se llevó los cabellos del Cid sin que se levantara acta del robo.
En 1809 Napoleón constató el espanto causado por sus tropas en Burgos y nombró al general Thiébault gobernador de Castilla la Vieja para poner orden entre tanto desafuero. Una de las primeras medidas adoptadas por el gobernador fue que manos francesas reconstruyeran la tumba del Cid y de Jimena que había sido destruida por dragones franceses.
Él mismo fue al monasterio, acompañado de las autoridades civiles de la provincia y del monje benedictino que quedaba en el convento, recogió los huesos esparcidos y los guardó en un lienzo, asegurándose de que nadie los tocara. Thiébault construyó un monumento en el paseo del Espolón donde instaló los huesos recogidos en Cardeña. Con una sola excepción: le dio algunos huesos a Denon, que se lo había pedido para regalárselos a la princesa polaca Izabela Czartoryska, dueña de un museo en su palacio de Pulawy.
El monumento cidiano permaneció en el centro de un jardincillo habilitado en el paseo del Espolón, entre los puentes de Santa María y San Pablo desde 1809 hasta 1826, cuando, a petición del abad de Cardeña, se deshizo el monumento y se exhumaron los restos para retornarlos al monasterio.
Sorprendentemente, en el sepulcro se hallaron dos esqueletos íntegros de un hombre y una mujer, “faltando algunos huesecillos del carpo, metacarpo, tarso, metatarso, algunas falanges de los dedos”, según certifica el acta, firmada por el cirujano titular y otros testigos. Cipriano López, el cirujano, aprovechó para llevarse un radio del Cid. En 1934, un nieto del general Ros de Olano, a quien se había regalado la reliquia, devolvió el hueso al Ayuntamiento de Burgos. Actualmente permanece en el Arco de Santa María.
En 1835, tras la desamortización de los bienes eclesiásticos, el monasterio de Cardeña volvió a quedar vacío. Para evitar un nuevo expolio de los restos cidianos en 1842 se acordó trasladarlos al Ayuntamiento, certificando que se trataba los mismos restos reconocidos en 1826.
En 1867 el Ayuntamiento burgalés rechazó la petición de trasladar estos restos a la iglesia de San Francisco el Grande de Madrid, donde se pretendía hacer un panteón de Hombres Ilustres.
La custodia municipal no fue todo lo estricta que cabía esperar. El escritor Edmundo de Amicis, relata su propia experiencia, entre otras más, durante su paso en 1871: “Estos -dijo la portera- son los huesos del Cid; y estos los de Ximena, su mujer. Tomé en la mano una canilla del uno y una costilla de la otra, los contemple, los palpé y revolví de mil modos; pero no consiguiendo rehacer la fisionamía del marido ni de la esposa, vine a dejarlos donde estaban”.
En 1897, el coadjutor de la iglesia de San Cosme y San Damián devolvió al Ayuntamiento unos huesos de Rodrigo y de Jimena que le habían sido entregados bajo secreto de confesión.

Finalmente, lo que quedara de los huesos recogidos por Thièbault, los que guardaron Salm y el príncipe de Hohenzollern fueron inhumados en la misma catedral, en la perpendicular de su magnífico cimborrio, en una ceremonia solemne a la que asistieron los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia. Sobre una lápida de mármol rojo se fijaron las letras de la inscripción redactada por Menéndez Pidal:
RODERICUS DIDACI CAMPIDOCTOR
MXCIX ANNO VALENTIAE MOSTUUS
A TODOS ALCANÇA GIBDRA
POR EL QUE EN BUEN ORA NACIO
EXIMINA UXOR EIUS
DIDACI COMITIS OVETENSIS FILIA
REGALI GENERE NATA

¿Qué hay, entonces, en la tumba oficial de Rodrigo y Jimena, en el monasterio de Cardeña?
En 1889, durante la estancia de los frailes escolapios en Cardeña realizaron una excavación en el claustro de los Mártires, encontrando una caja que contenía varios huesos, acompañados de un pergamino firmado por personalidades notables, haciendo constar que en 1808 los habían extraído de los sepulcros del Cid y de Jimena, profanados por las tropas francesas, para ocultarlos en evitación de ulteriores saqueos. Los restos y la arqueta que los contenía fueron introducidos en el panteón que existía en el monasterio.

Como todo lo que se refiere al Cid está rodeado de bruma no se sabe si estos huesos fueron recogidos antes o después de la visita de los comisionados franceses, es decir, si los monjes recogieron el contenido del sepulcro o lo que quedaba esparcido después del saqueo de los parlamentarios. Lo que resulta incuestionable es que no puede haber dos esqueletos de un mismo difunto así que o bien en la catedral o bien en Cardeña se guardan los huesos de alguien que no era ni Rodrigo ni Jimena. Lo cual, si bien se mira, tampoco importa demasiado.
Tampoco hay constancia de que en vida Rodrigo de Vivar hubiera pisado el monasterio a pesar de loo cual el Cid ha invadido totalmente el espacio físico y la tradición monacal de Cardeña. Realmente, importa poco hasta dónde llega el personaje histórico y dónde empieza el héroe legendario o dónde repose el polvo de sus restos. Como escribió el general Thipebault, que lo trató con respeto, “ya sea el Cid un personaje histórico o fabuloso, ocupa en la memoria de los hombres un lugar que no sería mayor con la prueba de sus existencia, igual que las pruebas de lo contrario no podrían hacer que fuese menor”.

Hemos conocido la peripecia vivida por los restos del Cid y Jimena siguiendo la extraordinaria investigación y el magnífico relato de Ana Fernández y Leyre Barriocanal, madre e hija, recogido en su libro Los huesos del Cid y Jimena, que se lee como una novela de misterio.
Antes de volver al camino echamos una última mirada a Cardeña recordando a Federico García Lorca, rendido también a la leyenda cuando escribió desde aquí: “El sol pone transparencias de aguas verdes sobre el prado en el que parlotean doña Sol y doña Elvira”.
Fuentes: Los huesos del Cid y Jimena. Expolios y destierros. Leyre Barriocanal Fernández y Ana Fernández Beobide. Diputación de Burgos, 2013
Fotos: ©Valvar

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San Pedro de Cardeña

San Pedro de Cardeña es un monasterio próximo a la ciudad de Burgos con una historia trufada de desgracias y leyendas. Por él han pasado varias órdenes religiosas y de él han salido algunos de los códices medievales más hermosos. Visitarlo es vivir una inmersión en la historia.

Situado en un pequeño valle, a diez kilómetros de Burgos, rodeado de arbolado y cultivos, el lugar resulta agradable en cualquier época del año, más aún en otoño, cuando el campo se cubre con todos los tonos verdes y ocres. Y además, la visita es más cómoda porque hay menos gente que en verano.
Eso si no vas a mediodía de un domingo, cuando la explanada ante el monasterio se encuentra atiborrada de coches como el aparcamiento de un supermercado, de los fieles que asisten a la misa de 11 de la mañana y que llenan la iglesia.
A Cardeña hay que llegar advertido de que no es fácil separar la realidad histórica de la leyenda, empezando por su propia fundación. Quiere esta que su creación se remonte al año 537, cuando el infante Teodorico, hijo del rey ostrogodo del mismo nombre y de su mujer Sancha, murió después de haber bebido agua de una fuente, mientras participaba en una cacería. Su madre mandó enterrarlo en una ermita cercana dedicada a los apóstoles Pedro y Pablo, que sería el origen del actual monasterio.
Excavaciones realizadas en 1967 hallaron una estela con una inscripción y cruz patada, datada a finales del siglo IX, y un sepulcro antropomorfo con cabeza en arco de herradura habitual en el siglo X. Documentos del año 899 hablan de que en este lugar se fundó un monasterio encomendado a una comunidad de monjes benedictinos, siguiendo el plan de Alfonso III de repoblar los territorios reconquistados a los musulmanes.
A medio camino entre la realidad y la leyenda están los mártires de Cardeña. La narración sitúa en el 6 de agosto del año 934 el ataque de las tropas de Abderramán III durante el que unos doscientos monjes del monasterio fueron pasados a cuchillo.
Ninguna fuente cristiana contemporánea recogió el hecho ni el Islam facilitaba la recuperación de los cuerpos de cristianos muertos en su territorio. No obstante, el monasterio distribuyó entre los templos del entorno reliquias de los mártires y la iglesia católica los canonizó en 1603. Se admite como posible que el cenobio fuera atacado en alguna razia musulmana y la tradición oral magnificara el hecho.

El monasterio fue favorecido por donaciones de los nobles que ampliaron sus posesiones a tierras de Segovia y Palencia. La bonanza económica permitió levantar una iglesia románica, quizá sobre una anterior prerrománica, de la que solo queda la torre campanario, conocida como Torre del Cid o de doña Jimena, levantada en el siglo XI.


En el XII se construye el claustro románico, luego llamado de los Mártires. Las dovelas de color rojo y blanco de sus arcos evocan las arquerías de la mezquita de Córdoba.
Mientras la fama del monasterio crecía con el eco de sus mártires, entre los siglos X al XII trabajaban en su scriptorium los frailes Díaz, Endura, Gómez o Sebastian, autores de pergaminos y códices de buena caligrafía, bellamente iluminados. En esta producción se incluye la llamada Biblia de Burgos que se conserva en la Biblioteca Municipal de Burgos; el Beato de Cardeña, una parte del cual posee el Museo Arqueológico Nacional; las Etimologías guardadas en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia; un Pasionario y un Becerro tutelados en El Escorial; una segunda Biblia en poder de la catedral burgalesa y un Becerro gótico. Aparte de los libros que han salido al extranjero, como el Pasionario de la British Library de Londres.
Este es el siglo de esplendor de los monasterios de Castilla. Es el tiempo del abad Sisebuto en Cardeña, el de Domingo en la abadía de Silos, de Íñigo en Oña y de García en San Pedro de Arlanza, todos ellos regidores de grandes abadías, todos también elevados a los altares. Es asimismo el tiempo de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, cuya leyenda estará unida para siempre a Cardeña, al que dedicaremos su propio espacio. Castillla, recién nacida como reino, necesitaba de esos grandes monasterios y de héroes legendarios para alimentar su propia identidad y aglutinar a su población.
Durante el siglo XII, por decisión del rey Alfonso VII y el beneplácito del obispo, el cenobio pasó a depender de la abadía de Cluny. La experiencia duró tres años al cabo de los cuales volvieron los benedictinos a Cardeña, pasando a depender directamente del papa.
En el siglo XV, el abad don Pedro del Burgos comienza la construcción de la nueva iglesia; sobre los cimientos románicos y prerrománicos, que amenazaban ruina, se levanta una fábrica gótica de tres naves y bóvedas de crucería. Las obras duraron diez años y se costearon con limosnas y donativos que se devolvían en indulgencias concedidas por el papa Eugenio IV a quienes contribuyeran a la construcción del templo.


En los siglos siguientes se construyeron los claustros altos, la sala capitular y la escalera de caracol, atribuida a Gil de Siloé. Entre los siglos XVII y XVIII se levanta la escalera monumental, el claustro herreriano, y la fachada barroca del monasterio, en la que aparece el Cid sobre el caballo, en modo matamoros, como un nuevo Santiago. De hecho, muchos visitantes creen que se trata del santo compostelano. Un incendio ocurrido en 1666 destruyó en parte el llamado palacio del Cid.

El siglo XIX resultó fatídico para Cardeña. Las tropas de Napoleón asaltaron el monasterio y se llevaron cuanto de valor encontraron, ayudados por algunos vecinos, al decir de los monjes, quienes hubieron de huir para salvar la vida. Derrotado el ejército francés, los benedictinos volvieron dispuestos a restaurar lo destrozado, pero en 1835 se vieron obligados a abandonar definitivamente el convento; sus bienes fueron confiscados por el Estado en el proceso de desamortización de Mendizábal.
En 1864 el monasterio fue adquirido por el arzobispado de Burgos para su utilización como hospital y, sobre todo, como Casa de Corrección de los Clérigos que se desviaran de la norma. Las tierras quedaron en manos de particulares. Poco tiempo después, los benedictinos de Solesmes trataron de instalarse en Cardeña, ante el temor de ser expulsados de Francia. El arzobispo los orientó hacia Silos pues ya había ofrecido el convento a los monjes trapenses. Estos tampoco se asentaron, sea por el frío, sea por el alto precio de las tierras circundantes, que ellos precisaban para cumplir su lema Ora et labora. Quienes sí se quedaron fueron los escolapios, pero solo entre los años 1888 a 1901, dedicados a la enseñanza. Tras ellos llegaron los cartujos, con el propósito de alojar a los monjes exiliados de Francia. Pero en 1903, también se fueron.
Las instalaciones monacales fueron entonces ocupadas por los capuchinos de Toulouse, que habían sido expulsados de su país. Como en los casos anteriores, coexistiendo con la Casa de Corrección de Clérigos. En 1921 también los capuchinos volvieron a sus conventos de origen. En 1922 la Diputación de Burgos propuso su utilización como manicomio, propuesta que no llegó a cuajar.
Cardeña parecía abocada a la ruina, como estaba ocurriendo con su vecina San Pedro de Arlanza. Así lo vio García Lorca, que dejó escrito a su paso: “Todo el monasterio, al que ya aman las yedras y las golondrinas, enseña sus ojos vacíos de una tristeza desconsoladora y desmoronándose lentamente deja que las yedras lo cubran y los saúcos en flor”.
Cuando los cistercienses de San Isidro de Dueñas se interesaban por crear una nueva comunidad en Cardeña se produjo el levantamiento militar de 1936 y la subsiguiente guerra civil. Desde 1937 a 1939 el monasterio fue convertido en campo de concentración, ocupado por cuatro millares de presos, muchos de ellos pertenecientes a las Brigadas Internacionales que habían acudido a defender la República.
En 1942 pudieron por fin asentarse los cistercienses, después de adquirir 132 hectáreas de terreno, para dedicar a la labranza. Una comunidad formada por diez monjes y nueve hermanos, que en 1946 adquirirán su autonomía jurídica. Desde 1948 San Pedro de Cardeña es formalmente una abadía.
El 1 de febrero de 1967 un incendio estuvo a punto de acabar con el proyecto monacal y con el mismo convento. Los daños fueron enormes, pero la comunidad se aplicó a reconstruir los destrozos, añadiendo, incluso, nuevas instalaciones, como una fábrica para elaborar el licor Tizona, o restaurando la bodega donde se guardarán los vinos elaborados bajo la etiqueta Valdevegón. En la segunda década del siglo XXI, siguiendo la tradición cervecera trapense de las abadías belgas, la oferta se ha incrementado con una cerveza que lleva el nombre de Cardeña. Los vinos, licores, el chocolate y la cerveza y algunos productos más procedentes de otros monasterios trapenses se comercializan en la tienda, ubicada en la planta baja de la torre de San Benito. Nosotros, como la mayoría de los visitantes, también picamos en la tienda, nos llevamos vino, chocolate y cervezas. De ello y de la hospedería vive la comunidad.

Las visitas al monasterio se inician en la puerta de la iglesia y son guiadas por el monje Román, un personaje él mismo, que parece sacado de un relato medieval. En confianza, si le pillas con ganas de charla, solo conocerle vale el viaje.

La iglesia se levanta al sur del edificio monacal, su fachada es gótica en su parte inferior, rematada por una espadaña barroca.

Ocupa el tímpano de la portada un grupo escultórico en el que aparece el abad don Pedro de Burgos, promotor de la iglesia, arrodillado ante San Pedro y San Benito, titulares del cenobio.

Remata el hastial una espadaña donde aparecen varias cabezas de personajes vinculados al monasterio: San Benito con báculo abacial; los santos Pedro y Pablo, un tramo más abajo, los personajes históricos: el rey Alfonso III, doña Sancha, Teodorico y Garcí Fernández, como fundadores del monasterio y en el centro, una hornacina con la escultura del Cid.



El interior de la iglesia mide 44 metros de largo, 28 de ancho y 18 de altura. Llama la atención que la cabecera y el presbiterio ocupan dos tercios de su longitud, indicio de que las obras se concluyeron apresuradamente al acabarse el presupuesto. Como en las iglesias cistercienses la ornamentación en naves y columnas es escasa o nula y nunca historiada.


Rematan en bóvedas de crucería sencilla en cuyas claves aparecen escudos de la orden cisterciense, de algunos de los patronos o del papa Eugenio IV, que favoreció su construcción.




En la nave de la epístola se abre la capilla conocida como de San Sisebuto o del Cid, donde permanecen los sepulcros del héroe y de doña Jimena y los restos o el recuerdo de algunos de sus familiares y de los fundadores del monasterio. El retablo de nogal de esta capilla es obra de fray Pedro Martínez, monje del monasterio en el siglo XVIII. A un lado y otro del retablo dos cuadros de temática cidiana, obra del pintor burgalés Cándido. En la remodelación de 1735 se construyó la portada barroca, gemela de la que se abre en la nave del evangelio, dedicada a los Santos Mártires, que comunica con el claustro.
En 1992, cuando se cumplía el medio siglo de la instalación cisterciense, el Cabildo de Burgos devolvió a Cardeña las reliquias de San Sisebuto, que habían sido trasladadas a la catedral tras la desamortización.

El hueco de la torre románica está ocupado por una pequeña capilla dedicada a San Benito, que abre un arco gótico flamígero en el que se cree pudo intervenir alguno de los Colonia.

Sobre el altar reposa una buena talla de San Pedro (s.XVII), en el suelo, dos capiteles románicos, restos de la primitiva iglesia.

La cabecera es rectangular, presidida por una imagen de la Virgen -como en todos los conventos cistercienses- flanqueada por imágenes de San Benito y San Bernardo, santos de la orden, todas ellas del siglo pasado.

El coro de nogal es del siglo XVI, fue traído de San Juan de Ortega, en los años cuarenta y ha sido adaptado al perfil de esta cabecera.

El Cristo de madera policromada, que de lejos parece talmente románico, es obra de fray David, monje de la casa, autor también del retablillo que enmarca el sagrario.

La capilla del evangelio ha estado dedicada a la Virgen desde siempre, pero actualmente guarda una arqueta con reliquias de los Santos Mártires, por lo que ha pasado a ser de Nuestra Señora de los Santos Mártires de Cardeña. Hay que observar detenidamente su bóveda, en cuyas nervaduras aparecen monstruos representantes del mal, y más detenidamente aún su clave, en la que aparece una imagen de la Virgen. Como los jubilados andamos regulinchi de la vista, nos percatamos de ello al abrir las fotos. Tenemos que volver a contemplarlo en directo, le propongo al Colega. Pues la próxima nos van a poner un plato en la mesa, me responde, porque hemos ido dos veces en una semana.

No sería la primera vez que nos ponen plato ni es mala idea la de comer en Cardeña, cuya hospedería ofrece una olla poderida que ya quisiera algún restaurante.
Fray Román sigue su explicación ahora en la sacristía, donde cuelga un Cristo policromado de traza románica que creemos original y lo es, efectivamente, pero de fray David, que es un monje artista total, pues suya es también la casulla bordada al modo del siglo XVIII.


Aquí, como en el resto del monasterio los muros lucen obras de arte realizados por los monjes y por notables artistas contemporáneos: José Vela Zanetti, Juan Vallejo, Próspero García Gallardo y otros.

De la sacristía anterior se pasa a un espacio en el que se cree trabajó Diego de Siloé, autor de la hornacina utilizada como lavabo para las abluciones de los oficiantes. Al otro lado de este muro se encuentra el cementerio de la comunidad. De la pared cuelga un tapiz bordado por las monjas concepcionistas de Burgos que reproduce la expulsión de Adán y Eva del paraíso, ampliación de la escena recogida en la Biblia de Cardeña.


Al salir de este espacio aparece uno de los rincones más bellos del monasterio: la escalera de caracol atribuida a Siloé. Una espiral de piedra trazada en el aire.

La visita concluye en la sala capitular, separada del claustro por un panel de cristal, obra del siglo XIII, de cuyas paredes cuelgan notables lienzos atribuidos a Ribera y a Juan de Juanes. Desde aquí se puede contemplar lo que queda del claustro románico del siglo XII, la panda que linda con la iglesia. La arcada orientada al este es reproducción posterior de la anterior. La otra mitad, de estilo neoclásico, es obra del siglo XVII.

La tradición sostiene que en este lugar fueron enterrados los monjes martirizados. En un costado se conserva la fuente de la que, según se aseguraba, en un tiempo manaba sangre y cada 6 de agosto, fiesta de los Santos, se teñía de un líquido rojizo.
Nos despedimos de fray Román con la esperanza de volver a encontrarlo con el mismo espíritu en otra visita. Una pareja también jubilada procedente de Galicia, con la que hemos coincidido en la segunda de las visitas, sale encantada de la gentileza del fraile.


Antes de volver a casa, echamos una última ojeada a la fachada del monasterio, con su torreón de San Pedro a la izquierda, el de San Benito a la derecha, cobijando sendas imágenes de los santos titulares.
Atraviesan la portada varias personas alojadas en la hospedería, privilegiados ocupantes de un monasterio milenario, cuya historia se escribe con tinta de leyenda.
Fuentes: El monasterio de San Pedro de Cardeña a lo largo de la historia. Sánchez Domingo, Rafael, Coordinador. Diputación de Burgos, 2018
Vamos a San Pedro de Cardeña. Fray Jesús Marrodán, O.C.S.O. Diputación Provincial de Burgos, 2006
Fotos: ©Valvar

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Santa María de la Piscina

Que la ermita de Santa María de la Piscina es un lugar especial se intuye solo con oír su nombre, se sospecha al ver su silueta y se constata al pisar el lugar donde se levanta, sobre una colina desde la que se divisa un paisaje paradisíaco, en un entorno habitado desde tiempos prehistóricos.

La ermita se encuentra próxima a San Vicente de la Sonsierra y a un kilómetro de Peciña, topónimo derivado de piscina. Totalmente exenta, puede contemplarse desde cualquier ángulo sin estorbo alguno. Excepto el viento, que por aquí sopla con brío y que el día de nuestra visita parecía decidido a hacer una demostración de poderío.

Llegamos hasta aquí en los primeros días de noviembre, después de mucha insistencia del Colega, empeñado en conocer el lugar. Nos hemos inscrito en una visita guiada organizada por la Oficina de Turismo de San Vicente de la Sonsierra. Salimos de Burgos, madrugando para no llegar tarde. Tanto madrugamos que llegamos con más de una hora de antelación. Desde la puerta de casa nos acompaña una niebla cerrada que dificulta la circulación. En cuanto lleguemos al alto de la Brújula despeja, ya lo verás, asegura el Colega. Pero no solo no despeja sino que se va cerrando más a medida que nos acercamos al curso del río Ebro.




Paseamos por San Vicente de la Sonsierra, casi desierto, envuelto en la bruma matinal, y continuamos ruta hasta nuestro destino. La ermita es un lugar muy visitado, como prueba el aparcamiento dispuesto en sus inmediaciones, pero cuando llegamos no se ve a nadie. A la espera de nuestros hipotéticos compañeros nos encaminamos a la iglesia.

A la niebla le acompaña ahora un aire, que nos azota sin clemencia. Tanto tiempo esperando y hemos ido a escoger buen día, lamentamos, solo un instante, porque la vista de la ermita compensa cualquier inclemencia. Solos como estamos, nos dedicamos a ametrallarla a fotos. No estamos ante la construcción románica más espectacular pero su ubicación, sus dimensiones, su buena conservación y el paisaje que le rodea le aportan un encanto y una fotogenia especial.


Abundan los rosetones de ocho, de seis y de cuatro pétalos y los canecillos con ornamentación vegetal, figuras de animales y humanas. La mayoría de los canecillos bajo el alero de la fachada sur son reconstruidos, un cuadrúpedo que agarra un baquetón y una bailarina sin cabeza son originales.




La portada es sencilla, de tres arquivoltas de medio punto decoradas con semiesferas y capullos florales, que apoyan en jambas sin columnas. Hay un pequeño tímpano liso.


El escudo de la Divisa colocado sobre la portada es una reproducción del blasón original, que se encontraba muy deteriorado.

A la hora convenida vemos llegar un coche. Es la guía – Rocío- y nosotros somos los únicos visitantes. A ella debemos un recuerdo tan placentero como interesante de esta excursión. Nos trató como si fuéramos los sucesores directos de Ramiro, genuinos diviseros.
Porque esta construcción ante la que estamos se la debemos al infante don Ramiro Sánchez, cuya familia es en sí misma un novelón 👇 que daría para una serie turca y varios números del Hola. Él se estableció en Valencia, gobernada entonces por Rodrigo Díaz de Vivar, con cuya hija Cristina se casó en 1098.
Quiere la tradición que Ramiro se uniera a la primera cruzada mandada por Godofredo de Bouillón y que entrara a Jerusalén por la puerta de los Leones -entonces de las Ovejas- cerca de la cual se encuentra la Piscina Probática de Bethesda, famosa por sus aguas curativas y porque en ella se sitúa la curación de Jesús a un paralítico. En Jerusalén el infante encontró además un trozo de la Vera Cruz y una imagen de la Virgen, talla atribuida a San Lucas, amén de otras reliquias que se trajo de vuelta.
En recuerdo de aquella cruzada y para custodiar esas reliquias el infante Ramiro dejó mandado en su testamento que se levantara una fábrica semejante a la Piscina de Bethesda, cuya guarda encomendó a sus descendientes, así reyes como soldados, con tal de que respetasen las leyes de caballería: la Divisa de Nuestra Señora de la Piscina, cuyo primer patrón será su hijo Sancho.

Quiere la tradición que el albacea testamentario fue don Virila, abad del monasterio de San Pedro de Cardeña (Burgos) adonde Ramiro se había retirado, donde fue redactado el testamento y donde quiso que reposaran sus restos. “Cuando mi espíritu abandonare esta vida, dispongo que mi cuerpo reciba sepultura en este monasterio, con Mío Cid, con mi amadísima doña Elvira, mi castísima cónyuge, con mi suegra y demás cristianos piadosos que en él están sepultados”, dejó dicho.
Investigaciones recientes 👇 descartan por incompatibilidad de fechas la posibilidad de que Ramiro interviniera en la primera Cruzada. Niegan, incluso, la veracidad del testamento en que mandaba levantar la iglesia. Mas, como resulta incuestionable la existencia de la ermita y de la Divisa convendremos en que Ramiro, estuviera o no en Jerusalén, dispuso que se erigiera una iglesia y esta se hizo.En la Capilla Real y de los Caballeros del monasterio de Cardeña luce una lápida con su nombre y el de su esposa, bien que haciendo a ambos reyes de Navarra y atribuyendo a ella un nombre que corresponde a la leyenda recogida en el Cantar de Mío Cid. Como es sabido, en el poema épico las hijas del héroe se llaman Elvira y Sol, cuando las hijas del personaje histórico y de doña Jimena se llamaban Cristina y María


El relato oficial sostiene que el testamento se leyó en 1110 y en 1137 el obispo de Calahorra consagraba la iglesia cuando se había construido la cabecera. Las obras se prolongaron durante los siglos XII y XIII. Es una de las iglesias románicas más antiguas de La Rioja, que no ha sido modificada desde su construcción, salvo el escudo de la Divisa adosado sobre su portada en 1537. Cuenta cuatro accesos, tres que abren a la nave septentrional adosada y uno que abre a la nave de la iglesia.


La Divisa estuvo en funcionamiento hasta el siglo XVIII. Hasta entonces, cada año, coincidiendo con la festividad de la Virgen del 15 de agosto, los diviseros se reunían en la ermita. El culto cesó en 1752. La imagen de la Virgen se traslado a San Vicente de la Sonsierra, en cuya ermita de Nuestra Señora de los Remedios permanece.

La edificación fundada por don Ramiro fue arruinándose lentamente, atacada además durante la guerra de la Independencia, hasta que en 1975 se restauró. Se intervinieron las bóvedas, se reprodujeron algunos capiteles y se rehizo el escudo de la Divisa, casi desaparecido. Al año siguiente la Divisa, Solar y Casa Real se constituyeron como Cofradía Divisa.
Rocío abre la puerta con una llave enorme y abre también la puerta de la cámara aneja a fin de que entre algo de luz pero la niebla se obstina en tapar el mínimo rayo de sol así que nos apañamos como podemos a la hora de fotografiar el interior. Es emocionante pisar este suelo, testigo de una historia común, a veces olvidada.


Construida en piedra de sillería, la ermita consta de una nave de cuatro tramos cubierta con bóveda de cañón con tres arcos fajones de de medio punto, presbiterio rectangular algo más estrecho y de menor altura y ábside semicircular con bóveda de horno.
La cámara rectangular adosada en el muro norte se cubre con bóveda de cuarto de cañón, sigue siendo utilizada como sala de reunión de los diviseros. La torre campanario que se levanta en el hastial de poniente es una construcción de planta cuadrada con una ventana con arcos de medio punto en cada uno de los cuatro costados. Curiosamente, el campanario no tiene acceso ni al exterior ni en el interior y el toque de la campana está reservada a las familias vinculadas a la Divisa. Rocío, que tiene derecho a toque, me cede generosamente el turno. Fue un momento emocionante, con permiso del infante Ramiro.




Los capiteles de la nave muestran labor de cestería, figuras atadas con una cuerda y otras con torso humano y cuartos traseros de animal. Algunos son copias de los originales. El ábside y el presbiterio conservan algunos restos de pinturas románicas, probablemente del siglo XIII. Se cree que narraban la conquista de Jerusalén en la que quizá había participado el infante Ramiro Sánchez.
Al este de la ermita hay una necrópolis de repoblación, los restos de un poblado medieval de los siglos X al XIV, un poblado de viviendas rupestres y restos de fortificaciones o atalayas.


La necrópolis desciende sobre una suave ladera formando escalones tallados en la roca caliza del suelo. En la excavación se descubrieron 53 tumbas, 49 labradas en la roca y cuatro junto al muro de la iglesia, cerca del ábside. Las más antiguas son antropomorfas, las de la última época son de lajas, de este tiempo hay también algún sarcófago exento.



Una piscina o pila circular excavada en la roca permite suponer que se trate de una piscina bautismal, anterior a la iglesia actual. La excavación descubrió asimismo una pileta ovalada sobre una roca con forma de trapecio y un banco tallado del tamaño de una tumba, que pudieron servir para lavar a los muertos. Otras formas descubiertos inducen a creer que aquí existió también un lagar pétreo.
La existencia de tumbas del siglo X apuntan la existencia de una población anterior a la fundación del infante Ramiro. El asentamiento medieval se despobló como consecuencia de la guerra civil castellana y sus habitantes crearon uno nuevo, la actual Peciña, topónimo derivado de Piscina. A medio kilómetro de la ermita se encuentra el dolmen de la Cascaja, prueba de que la zona estuvo poblada desde tiempos prehistóricos.
Como se nos ha hecho la hora de comer buscamos un restaurante, relamiéndonos de antemano con la buena gastronomía riojana. No fue fácil encontrarlo porque noviembre es un mes de descanso para buen número de restauradores.

Pasamos por Cihuri, atravesando su puente medieval sobre el río Tirón.












Paramos en Tirgo para ver su iglesia del Salvador -románico tardío- que encontramos cerrada. Los capiteles de su ábside y de la nave y sus dos portadas son interesantes.

Como siempre que encontramos rostros así de bien definidos me pregunto quién sería la dama retratada y cuáles sus méritos para traerla a un lugar tan destacado.
Seguimos hasta Cuzcurrita de Río Tirón, donde tomamos un camino de zahorra que conduce a la ermita de Santa María de Sorejana, en otro tiempo parroquia de un poblado desaparecido, con elementos románicos y góticos.








Entre los canecillos nos llama la atención por infrecuente este de la cerda amamantando a dos lechones.

Como no podemos comer en Cuzcurrita volvemos a Tirgo, acogiéndonos a la hospitalidad del Mesón Lupe, de cocina sencilla y rotunda. Frente al mesón hay una tienda de productos riojanos ecológicos donde hacemos acopio de cosas ricas.
Desandando lo andado volvemos a la carretera LR-201 que nos lleva a Ochánduri. Su iglesia de Santa María de la Concepción se da un aire a la del Salvador de Tirgo. Tiene un ábside semicircular con una ventana y una portada muy interesante también.















Llegamos hasta Treviana, donde hay un Centro del Románico, que encontramos cerrado. Entre una parada y otra se va yendo la tarde quedándonos sin luz, así que emprendemos camino de vuelta a casa envueltos en la niebla que nos ha acompañado todo el día. Ni el frío ni la niebla nos han impedido disfrutar de una jornada estupenda. Cuando llegamos a Burgos luce un sol casi veraniego.
Fuentes: Santa María de la Piscina 👇
El infante don Ramiro y la Divisa 👇
Fotos: ©Valvar

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Los Ausines

Los Ausines se encuentran a una veintena de kilómetros de Burgos, un poco más si se toma la carretera N-324 hasta Revillarruz. Nosotros esta vez fuimos por la Bu-800, en la ida por el ramal de Modúbar de la Cuesta, la vuelta por Modúbar de San Cibrián. El otoño de 2024, lluvioso y cálido, está tiñendo el paisaje con una paleta de colores espectacular.

Esta villa toma el nombre del río Ausín, afluente del Arlanzón, en cuya cabecera se sitúa. Aparece documentalmente como Agosin en el siglo XII, aunque probablemente sea muy anterior, pues desde mediados del siglo X existió un alfoz perteneciente a la merindad de Castrojeriz. La tradición quiere que aquí naciera doña Sancha de Ausines, esposa de Fernán González, primer conde independiente de Castilla. Documentos del siglo XIV hablan de la existencia de un monasterio de Santa María o de Los Ausines regido por las abadesas doña Leonor y doña María Rodríguez, del que no se conocen restos.


La villa de Los Ausines se divide en tres barrios: San Juan, Quintanilla y Sopeña. El barrio de San Juan tiene una iglesia dedicada al santo del que toma el nombre (s. XVI), el barrio de Quintanilla otra dedicada a Santa Eulalia, obra de los siglos XV-XVI.

La iglesia del barrio de Sopeña está dedicada a San Miguel. Es un edificio gótico-renacentista de una sola nave, solo la portada es románica, un poco tapada por un pórtico de hechura posterior.

Tiene esta portada doble arquivolta y guardapolvo con cabezas de clavo. La arquivolta interior es de grueso zigzag e historiada la exterior. Veinte figuras en posición radial, la mayoría muy deterioradas, con personajes de pie o sedentes, un personaje a caballo mutilado y un monstruo androcéfalo.

Las arquivoltas apean sobre dos pares de columnas con sus respectivos capiteles con ornamentación vegetal y de animales fantásticos. En el exterior derecho aparecen cuatro personajes de buena talla.




Por la disposición de las figuras, se vincula esta portada al taller de Moradillo de Sedano, incluso a la influencia silense. Esta iglesia y la de Quintanilla guardan sendas pilas bautismales que no pudimos ver en esta oportunidad por hallarse cerradas. En otra ocasión será.
Pertenece también a Los Ausines el núcleo de San Quirce, actualmente de propiedad privada, cuya abadía fue consagrada en 1147, en la que fueron enterrados los alcaides del castillo de Lara. Tiene una notabilísima ornamentación románica y está declarada Bien de Interés Cultural. Andamos queriendo conocerla, a merced de que la suerte siga acompañándonos.
En esta ocasión venimos a Los Ausines a conocer la ermita románica de Nuestra Señora del Castillo.

Siguiendo las indicaciones que parten del barrio de San Juan, después de circular un tramo por un camino de zahorra, llegamos al explanada junto a la pequeña iglesia. La mañana está espléndida y en lo alto del risco de Castillejo donde se asienta la ermita hay una luz que embellece cuanto ilumina. Desde lo alto se divisan los tres barrios y una amplia extensión de la comarca.


El Colega se arrima al risco sobre el barrio de Sopeña, y extiende los brazos, yo me agarro a su cintura, porque tengo vértigo y porque soy un poco miedica. Parecemos los protagonistas de Titanic, viejillos y de secano, le digo, mientras me retiro de las rocas y él va saltando de piedra en piedra, poniéndome de los nervios.

Me dirijo hacia la portada de la ermita, que tiene cierto parecido con la de Monasterio de Rodilla. Al poco, me vuelvo para contárselo al Colega. Ha desaparecido. Le llamo a voces. Nada. Se ha despeñado, pienso.



Estoy a punto de llamar al 112, a los bomberos de la Diputación, incluso de tuitear con Oscar Puente, que tiene fama de rapidez resolviendo, cuando aparece tras el muro norte de la ermita. Aquí hay un canecillo con la cabeza de una vaca, me dice.

La ermita de Nuestra Señora del Castillo toma el nombre de una antigua torre o fortaleza ya desaparecida. Estamos ante una fábrica de nave única, planta rectangular y cabecera recta, algo elevada y más estrecha que la nave, construida en sillarejo la primera y en sillería la nave. Pérez Carmona, sacerdote estudioso del románico, sitúa su construcción entre los siglos XII-XIII. Fue restaurada en 1960. Adosada al hastial de poniente una pequeña construcción sirvió de vivienda al ermitaño hasta hace una treintena de años.

Hacemos fotos a los canecillos, algunos muy deteriorados, de la cornisa del muro sur, recorrida por una hilera de puntas de diamante, cabezas zoomorfas y humanas, un tonel, hojas de acanto, realizados por un cantero o taller con oficio y preocupado por la composición.


El campanario está coronado por una imagen de la Virgen con Niño. Descubrimos que las campanas disponen de un sistema mecánico.


El Colega sigue el camino en dirección contraria al que hemos traído para comprobar si se puede bajar con el coche y al doblar un recodo le pierdo de vista. Al cabo de un rato largo le distingo a lo lejos acompañado de un adulto y un niño.

Resulta que en el camino se ha encontrado con un vecino de Sopeña que se dirigía a enseñar a su hijo una buitrera cercana, con tanta fortuna que resulta ser el hijo de quienes guardan la llave de la ermita. El Colega se ofrece a subir a la madre con el coche a la ermita y volver a bajarla, pero el chico, que es muy joven y se llama Fran, se ofrece a subir él mismo con la llave. Un rato después, efectivamente, sube con la llave y nos abre la ermita. Si eso no es tener suerte, ya me diréis qué es.

El interior de la pequeña iglesia tiene la cabecera de bóveda de cañón ligeramente apuntada, dividida en dos tramos por arco fajón rematado por ménsulas. En el extremo opuesto, un coro cierra la nave.


Separa el presbiterio de la nave un arco triunfal apoyado sobre semicolumnas, cuyas cestas presentan capitel fitomórfico en el lado del evangelio y una curiosa escena de lucha ecuestre en el lado de la epístola, que se interpreta como una dobla tregua o paz de Dios. Dos parejas de jinetes, calzando espuelas y vistiendo cota de malla, alguno con espada y escudo de cometa, el mediador detiene la espada del jinete de la izquierda, el de la derecha sujeta las riendas de los caballos. En el centro del capitel, una pequeña cabeza zoomorfa separa a ambas parejas.





Aunque la escena de la paz o tregua de Dios tuvo éxito en la escultura medieval, existiendo escenas semejantes en Boada de Villadiego, Fuenteúrbel o La Cerca, solo en la provincia de Burgos, esta de la ermita de Nuestra Señora del Castillo es realmente original.

Boada de Villadiego 
Fuenteúrbel 
La Cerca Mientras visitamos el interior de la ermita llega un grupo de tres ciclistas que se unen a la visita. ¡Qué suerte hemos tenido!, dicen también al encontrarla abierta.

Nos despedimos de ellos, de Fran y del niño, que se dirigen a ver a los buitres. Esta mañana he visto un rebaño por aquí y luego, a los buitres volando cerca, seguro que se ha perdido algún animal, nos dice Fran.

En efecto, junto al camino de vuelta han tomado posición tres buitres que nos miran con descaro mientras los fotografiamos. Solo les falta pedirnos el móvil para hacerse un selfie. De pronto, lo tres salen volando, haciendo círculos sobre el terreno, ajenos a nuestra presencia.

Ya solo nos queda poder entrar en San Quirce, para completar la suerte.
Fotos: ©ValvarFuente: Románico digital. Los Ausines


