-
Burdeos

Burdeos, también conocida como la perla de Aquitania, es Patrimonio Mundial de la Unesco por sus muchos e importantes monumentos, por sus espectaculares plazas y por su arquitectura de hermosas fachadas.

Tenida como la hermana pequeña de la capital francesa, la visita a Burdeos es cómoda y agradable, el núcleo central puede hacerse a pie sin gran dificultad. Estuvimos por primera vez en 2017, hemos vuelto en septiembre de 2025 en esta ocasión acompañados por una pareja amiga. Lo que descubrimos entonces lo hemos saboreado ahora.
Nos alojamos en un hotel junto a la plaza Gambetta, frente a un parking. Pusimos especial empeño en el aparcamiento para acceder fácilmente pero, a la hora de la verdad, el gps se despistó obligándonos a un tour involuntario por la ciudad hasta llegar a nuestro destino. Peccata minuta.





Empezamos el recorrido por la catedral de San Andrés. Sus cimientos se remontan al siglo XI, en el estilo románico. En este lugar contrajeron matrimonio en 1137 Leonor de Aquitania y quien había de ser rey de Francia como Luis VII y, cinco siglos después, Ana de Austria -hija de Felipe III de España- y Luis XIII.
Los siglos posteriores fueron particularmente tumultuosos en esta zona, las luchas feudales entre ingleses y franceses, o entre los Plantagenet y los Anjou, que se prolongaría durante cien años causaron enormes daños en esta y otras iglesias que obligaron a su reconstrucción en el siglo XIV, ya en estilo gótico. Durante la Revolución se utilizó como almacén y en el siglo XIX fue pasto del fuego.



La construcción está enmarcada por dos torres gemelas de 81 metros de altura. Su interior impresiona por su majestuosidad, mide 124 metros de largo y 23 de alto. En la Puerta Real (siglo XIII) se representa la Última Cena, la Ascensión y el triunfo del Redentor.


Anexa a la iglesia se alza la torre Pey Berland, que toma el nombre del obispo que ordenó su construcción, una torre campanario lo suficientemente fuerte para sostener las campanas que hubieran derribado las agujas de la catedral. Cuando se construiyó en 1440 se remataba con una flecha, que una tormenta derribó en 1617, entonces sustituida por una cruz. La imagen dorada que ahora se contempla es la de Notre-Dame d’Aquitaine, instalada en 1863. La campana de la torre pesa once toneladas y es la cuarta mayor de Francia. Se puede acceder a ella a condición de superar los 231 escalones. Reto que nosotros gustosamente cedemos a los jóvenes.



Otra torre igualmente exenta que también sirve de campanario es la de la basílica de San Miguel, de 114 metros de altura.



La iglesia, de estilo gótico florido, se encuentra en obras, visitamos su interior y seguimos camino. Las fotos exteriores corresponden a la visita de 2017.

Desde aquí nos acercamos al mercado de los Capuchinos, cita imprescindible para los aficionados a las ostras, que es nuestro caso.
La ciudad tiene otras dos iglesias que ostentan el título de Patrimonio de la Humanidad por su condición de hitos en el Camino Jacobeo: Saint Seurin y la Santa Cruz.



Saint Seurin (Severino) fue el cuarto obispo de la ciudad, su iglesia es la más antigua de las que se conservan en Burdeos. Situada extramuros de la ciudad, se llega a ella por las calles Judaique y Mártires de la Resistencia. El primer templo fue levantado en el siglo V, destruido en el VIII, reconstruido en el IX sobre la cripta donde reposan los restos del santo. La fábrica actual corresponde a la construcción del siglo XIII. De las pocas iglesias no destruidas por la Revolución, fue modificado durante el siglo XIX; a este tiempo corresponde la portada cubierta por un porche neo románico.
Cuenta la tradición que esta iglesia poseyó durante siglos el olifante de marfil de Roldán, el héroe muerto en Roncesvalles, depositado por el mismo Carlomagno. La reliquia desapareció antes de la Revolución.
La actual iglesia de la Santa Cruz es lo que resta de la antigua abadía benedictina medieval que conformaron este barrio bordolés. El primer edificio religioso del siglo VII fue incendiado el año 732. La tradición dice que fue restaurado por Carlomagno y arrasado por los normandos mediado el siglo IX. En el siglo X el conde Guillermo V el Bueno funda el monasterio benedictino, en torno al que se levanta una población que vivía de la pesca en el río Garona y de la vid. En el siglo XIV el Ayuntamiento construye el amurallamiento que encerraba la abadía y el nuevo barrio.





La Revolución confiscó sus terrenos y cerró los edificios abaciales, destinados a hospicio para ancianos y desheredados. En 1860, el arquitecto Charles Burguet restauró el coro de la iglesia, mientras el arquitecto Paul Abadie reconstruía la fachada, tan espectacular como discutida.




Encontramos la iglesia rodeada de obras que dificultan el acceso y hacen imposible captar una foto decente. Abierta, como todas las iglesias de Francia -país tan laico y tan dispuesto a dar a conocer su patrimonio religioso- somos los únicos visitantes a esa hora. El Colega pega la hebra, como suele, con un señor que parece estar para responder sus preguntas. Philippe, que así se llama, es la amabilidad hecha persona. Es él quien nos muestra el órgano, uno de los tesoros de la iglesia, obra maestra de Dom Bedos, restaurada a finales de la década de 1990 por François Chapelet, organista que también restauró el órgano de la colegiata de Covarrubias, a quien nosotros admiramos.




En la pequeña capilla donde se encuentra la pila bautismal, una talla moderna de la Virgen sostiene en brazos la imagen infrecuente de un Niño Jesús chupándose el dedo. La iglesia y el barrio no viven sus mejor momento. Philippe nos muestra el resultado de un incendio provocado recientemente en un rincón del claustro.


Concluido el cupo eclesial, nos encaminamos a la plaza de la Bolsa, construida en 1720, uno de los símbolos y la moderna tarjeta de presentación de la ciudad por su simetría y la hermosura de sus edificios. Su diseño se debe a Jacques Gabriel, arquitecto de Luis XV.

Inicialmente, ocupaba el centro una estatua del rey, luego sustituida por otra de Napoleón, reemplazada a su vez en 1869 por la fuente de las Tres Gracias.
Georges Haussmann, prefecto de Burdeos y casado con una bordelesa, utilizó el modelo de Gabriel cuando el emperador Napoleón III le encomendó transformar París en una capital moderna, trabajo que le valió en título de barón. En consecuencia, no es que Burdeos recuerde inevitablemente las construcciones típicas parisinas sino que estas son copia del modelo bordelés.





Si la plaza de la Bolsa era ya hermosa, la incorporación del espacio conocido como Espejo del Agua ha aumentado su espectacularidad y el juego de sus simetrías. El Espejo es obra del paisajista Michel Corajoud. Se trata de una alfombra de dos centímetros de agua que cada 15 minutos se vacía y da paso a unos minutos de bruma, cambios que le confieren algo de hipnótico. Es frecuentado por bordoleses y visitantes, niños y mayores. Algunos se animan a pasear sobre las aguas, descalzos o no.


Aunque en el siglo XVIII Burdeos rompió el corsé medieval que impedía su extensión urbanística, quedan algunas puertas de sus viejas murallas. Dos son especialmente populares: la Grosse Cloche y la Porte Cailhaud. La Grosse Clocha (Gran Campana) es el campanario del antiguo ayuntamiento, construido en el siglo XV sobre la antigua Puerta Saint Eloy. Consta de dos torres circulares de 40 metros de altura unidas por un cuerpo central. La campana pesa 7.800 kilos, fue fundida en 1775, mide dos metros de altura y tiene nombre propio: Armande-Louise. Solo suena a mediodía del primer domingo de mes y en seis fechas señaladas del año. Aparte de su valor civil, la puerta es una de las paradas del Camino de Santiago en suelo francés.


La Puerta Cailhaud, también del siglo XV, tiene el aspecto de un pequeño castillo, era la entrada principal a la ciudad, como expresa la efigie del rey Carlos VIII en su fachada. Acompañan a la efigie real el cardenal d’Épinay y San Juan Bautista. Adorna su arco apuntado un escudo de flores de lis. Conserva los elementos defensivos originales: matacanes, aspilleras, almenas desde las que disparar.

Con solo cruzar la calzada, procurando esquivar el ir y venir de tranvías, nos encontramos en los muelles del Garona, también conocidos como Puerto de la Luna, por la curva que aquí hace el río. Los antiguos almacenes portuarios se han convertido en lugares de esparcimiento; los viejos muelles son ahora parques, jardines, tiendas, bares y restaurantes muy frecuentados.

En uno de estos bares hacemos una pausa para refrescarnos. Los chicos se toman una cerveza, nosotras pedimos un Aperol Spritz que tiene la virtud de provocarnos un ataque de risa sin que seamos capaces de recordar de qué nos reíamos. Cosas de la edad, seguramente.


A la derecha se encuentra el Puente de Piedra, otro de los símbolos y privilegiado mirador de Burdeos. Inaugurado en 1822, durante siglo y medio fue el único paso entre los dos orillas del Garona. Cuenta diecisiete arcos, tantos como letras tiene el nombre de Napoleón Bonaparte, su promotor.



En el muelle casi lindante con el Puente de Piedra tomamos uno de los barcos que recorren el río. Como ya nos hemos mojado, optamos por alojarnos a cubierto mientras el resto del pasaje prefiere situarse en la parte superior, lo que nos convierte en los privilegiados únicos pasajeros de este paseo, en el que nos sirven bebida y un típico canelé, dulce de canela típico de la comarca.







El paseo ofrece una imagen del Burdeos moderno, resumido en el edificio de la Ciudad del Vino o en sus magníficos puentes.


Permanecemos dos días en Burdeos, durante los que pateamos de norte a sur y de este a oeste la ciudad. Imprescindible visitar el Gran Teatro, inaugurado en 1780, tenido como uno de los más bellos del mundo, de acústica perfecta. Cerca de él permanece la cabeza del escultor español Jaume Plensa. Volvemos a fotografiarnos junto a ella como ya hicimos en nuestra visita anterior.


La plaza de Quinconces, junto al Garona, es la más grande de Francia, en parte arbolada, sobria y monumental. Rematada por el monumento a los Girondinos, es lugar de conciertos, ferias y mercados.


Nos vamos de la ciudad con deseos de volver por el gusto de pasear sus calles y plazas y saborear su rica gastronomía en cualquiera de sus muchos restaurantes o bistrots. .
Si quieres ampliar información sobre Burdeos, clica aquí
Fotos: ©Valvar

-
Convento de San Plácido de Madrid

La iglesia del convento de San Plácido de Madrid se presenta como recién terminada, a pesar de haberse levantado en el siglo XVII. El visitante tiene suerte de poder comprobarlo porque en estos cuatro siglos ha permanecido cerrada excepto para las monjas benedictinas que lo ocupaban.


Madrid tiene escasos restos románicos, en cambio, posee un abundante censo de iglesias y conventos, casi todos plagados de consejas sobre hechos prodigiosos o sabrosas historias de amoríos. El de San Plácido reúne un poco de todo ello, además de una notable muestra de arte y artistas del siglo en que se construyó: Claudio Coello, Francisco Ricci y el mismísimo Diego de Velázquez quien pintó para este lugar su famoso Cristo.
El monasterio de benedictinas de San Plácido fue fundado en 1623 por Teresa del Valle de la Cerda, dama noble que había estado prometida en matrimonio con el protonotario de Aragón, Jerónimo de Villanueva. El novio abandonado, además de hacer también voto de castidad, financió la fundación, comprando varias casas del actual barrio de Malasaña, a cambio de la oración de las monjas y un mausoleo propio en el interior del templo. Acababa de llegar al trono de España Felipe IV y con él su valido, el conde duque de Olivares, de quien Jerónimo era amigo.

La iglesia se construyó en solo tres años, entre 1655 y 1658, según planos de fran Lorenzo de San Nicolás, prestigioso arquitecto, autor del Manual Arte y uso de la arquitectura. Este diseñó un templo de planta de cruz latina, de brazos cortos, cubierta por una cúpula encamonada. A partir de ahí todo se hizo a lo grande.




En 1668 llega Francisco Rizzi, autor de los frescos de la cúpula, distribuida en ocho sectores, con las cruces de las órdenes militares y adornos de motivos vegetales y pequeños ángeles. En las pechinas representó a cuatro santas benedictinas: Hildegarda, Isabel de Schonangia, Francisca Romana y Juliana de Mont-Cornillón.

Fragmentada en ocho sectores, presenta motivos vegetales, jarrones, elementos arquitectónicos y pequeños ángeles cuyos volúmenes y escorzos marcan la profundidad de las composiciones. El motivo central son cruces de las órdenes militares.
A Rizzi se añade Claudio Coello, quien con solo 20 años realizó el lienzo de la Anunciación o Encarnación del retablo mayor, obra de más de siete metros de alto, en la que, junto al tema central, en la parte inferior desarrolla un tratado teológico, uniendo a profetas y sibilas del Antiguo Testamento, y en la superior representó al Espíritu Santo y a los ángeles de la corte celestial, con gran colorido, un dominio sorprendente de la técnica y una novedosa iconografía.

Coello es el autor también de los lienzos de los retablos laterales, en el de la epístola Santa Gertrudis y en el del evangelio San Benito y su hermana Santa Escolástica.
Los retablos son obra de los hermanos Pedro y José de la Torre, con estructura típicamente barroca, incluido el de la Inmaculada, situada en una capilla lateral, donde también se encuentra un extraordinario Cristo yacente, el último de los realizados por Gregorio Fernández. El escultor portugués Pereira es el autor de las tallas de los santos benedictinos. A esta enorme y valiosa relación de obras se añadieron en el siglo XVIII unas pinturas de Vírgenes madrileñas de Atocha y del Milagro, obra de Meléndez. Es creencia que por aquí anduvo también Rubens, autor de un boceto para el altar mayor, que no llegó a realizar.
A los pies de la iglesia se abrió un arco por el que se accedía a la capilla del Santo Cristo del Sepulcro, donde se veneraba un Cristo yacente de Gregorio Fernández. La capilla fue destruida en las obras realizadas a principios del siglo XX, en su lugar se construyó la actual capilla de la Inmaculada Concepción, donde permanece el mismo Cristo yacente.



Tamaño museo de arte religioso quedó al alcance exclusivo de la comunidad benedictina de San Plácido y de sus ilustres visitantes, lo que pudo servir de consuelo y desagravio a las primeras residentes, envueltas en un complejo proceso inquisitorial.
En 1628, apenas cinco años después de su fundación, las monjas fueron acusadas de estar poseídas por el demonio, y su confesor fray Francisco García Calderón, de inducirlas a la herejía de los iluminados. No se libró Jerónimo de Villanueva, por ser el patrono del convento. Las monjas permanecieron cuatro años recluidas en el convento de Sto. Domingo el Real de Toledo, ajenas a la comunidad religiosa, y el confesor fue condenado por herejía a encierro perpetuo en un convento. Villanueva resultó absuelto. Una versión sostiene que en agradecimiento por esta sentencia encargó al pintor Diego de Velázquez un Cristo crucificado, que colgó del coro del convento.
En 1638 la orden de San Benito pidió la revisión del proceso inquisitorial resultando la inocencia de las monjas, que pudieron volver a su convento. En 1644 se reabrió el caso para Villanueva, resultando detenidas las obras. Muerto don Jerónimo en 1653, tomaría el relevo en el patronazgo su sobrino y homónico Jerónimo de Villanueva Fernández de Heredia, II marqués

En 1908 se derribó una parte del convento, obligando a su reconstrucción, que concluyó en 1913. En 1943 fue declarado monumento nacional.

Otra historia truculente ronda entre las paredes del convento. Se sabe que Jerónimo de Villanueva residía en una casa frente a San Plácido, en la que se había construido un pasadizo que comunicaba casa y cenobio. En esta casa se reunía el bueno de don Jerónimo con los prebostes del momento, incluido Felipe IV y el conde duque de Olivares. El rey, a quien se atribuyen una treintena de hijos extramatrimoniales, además de los diez habidos en el primer matrimonio y los seis nacidos en el segundo, era un tipo rijoso sin que distinguiera entre laico y sagrado. Así, parece que se enamoró de sor Margarita, una monja joven, que rechazaba sistemáticamente las pretensiones reales. Tanta era la insistencia del rey que las monjas tuvieron que fingir la muerte de la religiosa. Una segunda versión sobre la presencia del Cristo de Velázquez en el convento atribuye el encargo al mismo rey, para hacerse perdonar sus excesos. Allí estuvo, en todo caso, hasta que el valido Godoy se lo llevó a su palacio. Tiempo después fue recuperado y actualmente puede contemplarse en las salas del Museo del Prado dedicadas al pintor sevillano 👇. Una copia de este lienzo cuelga en el coro bajo de la iglesia.

Se cuenta igualmente que el reloj del convento, cuyas campanas tañen el toque de difuntos, fue asimismo regalo penitencial del rey. La leyenda real se narra en un manuscrito de autor desconocido que se conserva en la Biblioteca Nacional de España: Relación de todo lo suzedido en el casso del Convento de la Encanazión Benita.
Más recientemente, en 1994, el convento fue noticia al encontrarse bajo un altar los cuerpos momificados de un hombre y una mujer, datados en la época del fallecimiento de Velázquez. Ministerio de Cultura y Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid crearon una comisión para comprobar si se trataba de los restos del ilustre pintor y de su esposa, Juana Pacheco. Tras aprovechar la oportunidad para zurrarse mutua e institucionalmente, la comisión concluyó que no se trataba de los Velázquez 👇.

La comunidad fundada por Teresa del Valle de la Cerda había quedado tan disminuida y sus monjas eran tan ancianas que en 2023 la orden benedictina cerró el convento. Así es como quedó abierta la iglesia a las visitas exteriores. El visitante no avisado corre el riesgo de pasar de largo por la calle de San Roque, pues en el exterior el convento de San Plácido es tan desprovisto de ornamentación que pasa inadvertido. Lo que vendría a demostrar una vez más que no hay que fiarse de las apariencias.
Fotos: ©Valvar

-
Santa Cristina de Lena

Santa Cristina de Lena es una ermita prerrománica, tenida como la primera de este tipo, con influencias visigóticas, datada en el siglo IX, declarada patrimonio de la humanidad en 1885. Para colmo de dichas, tiene un horario de apertura casi todo el año.
Los aficionados al románico nos llevamos muchos disgustos cuando nos encontramos cerradas iglesias que sabemos esconden preciosos tesoros. A cambio, a veces se nos aparece la virgen, esto es, tenemos suerte de darnos con un auténtico tesoro y lo encontramos abierto. Es lo que nos ocurrió en Santa Cristina de Lena.
Volvíamos a la meseta después de una plácida y soleada excursión por tierras gallegas, a punto de adentrarnos en el antaño temible puerto de Pajares, perseguidos por una tormenta de viento, agua y nieve, cuando un cartel al borde de la carretera nos señala la salida a Santa Cristina. Estamos al lado, dijo el Colega, alborozado, podíamos desviarnos un rato. Nos desviamos. Siguiendo las indicaciones llegamos, efectivamente, a los pies del montículo en el que se alza la ermita, que en la distancia parece una primorosa maqueta.
Tomamos el camino blanco y estrecho, en el que apenas cabe un coche. Como coincidamos con uno de bajada, a ver quién da la vuelta, aventura el Colega. Coche, no, pero como a mitad de camino nos encontramos a una señora de mediana edad. ¿Van ustedes a la ermita?, nos pregunta. Sí, ¿sabe si está abierta?, preguntamos nosotros. Yo les abro, responde. Suba al coche y le acercamos, propone el Colega. No, llego antes andando, dice ella.
Ya me parece raro que en este camino, en medio de un temporal nos encontremos como por casualidad con quien tiene las llaves. Cuando reanudamos la marcha comento: Si llega antes que nosotros es una aparición. Seguro que sí, contesta el Colega.
Cuando llegamos junto a la ermita encontramos un coche maniobrando para salir del camino. Ocupamos el espacio que ha dejado y cuando nos apeamos, vemos a la señora en la campa de la ermita. Te he dicho que es una aparición, no ha tenido tiempo de subir por su propio pie, insisto. Da igual, si nos abre como si es el ángel de la guarda, dice el Colega.

Acelero para acercarme a la señora. Vaya día desapacible, comento, por decir algo. Sí, hace un poco de aire. El poco de aire nos lleva en volandas hasta la puerta de la ermita, que ella abre con una llave que a ojo bien podría ser románica. Qué suerte hemos tenido de encontrarla, dice el Colega, temíamos que la iglesia estuviera cerrada. No, señor, menos los lunes y todo el mes de noviembre, en invierno yo abro todas las mañanas de 11 a una. La señora nos da nuestras entradas, pagamos dos euros (332 ptas.) cada uno y nos disponemos a disfrutar del privilegio de tener el monumento para nosotros solos. A los pocos minutos suena un teléfono. La señora lo coge y enseguida pega la hebra con su interlocutor/a. Parece que en estos tiempos las apariciones se cuelgan al teléfono como tú, me dice el Colega con sorna.

La ermita es una pequeña y sencilla construcción que se encuadra en la etapa ramirense -de Ramiro I (842-850)- del prerrománico asturiano, cuando la arquitectura del reino astur alcanzó su apogeo, con la trilogía de Santa María del Naranco, San Migel de Lillo y la propia Santa Cristina. De la estima que desde antiguo ha merecido esta ermita baste decir que fue declarada monumento histórico artístico ya en 1885.

Lo primero que sorprende es lo bien conservada que se encuentra, tras las restauraciones llevadas a cabo a finales del siglo XIX y en la década de los 30 del XX. Se cree que la construcción pudo corresponder a una fundación monástica o bien tratarse de la capilla de un palacio de recreo de la familia real, teoría que se fundamenta en la existencia de la tribuna regia y que el lugar se sitúe en las inmediaciones de Vega del Rey. La advocación de Santa Cristina se estima que pudo ser posterior a su construcción.
La iglesia se configura a partir de una sola nave a la que se adosan cuatro estancias en cada uno de sus lados: la cabecera orientada al este siguiendo el canon, un nártex a los pies, y sendas cámaras al norte y al sur, de fechas posteriores. Esta distribución es rara en el prerrománico asturiano, donde predominan las plantas basilicales, y la relaciona con las construcciones visigóticas. Por la simetría de sus volúmenes cúbicos exteriores y los contrafuertes que respaldan sus muros, se la conoce como la iglesia de las esquinas.

En la fachada poniente se abre la puerta de acceso, un arco de medio punto dovelado, apeado sobre columnas entregas sin decoración. Se accede al interior a través de un nártex abovedado, sobre el que se sitúa la tribuna regia. Recorre los muros interiores una galería de arcos ciegos de medio punto que descansan sobre semicolumnas adosadas al muro, rematadas en los capitales troncopiramidales propios del estilo ramirense.


En las emjutas de la arquería se encuentran tres medallones o clípleos en relieva en cuyo interior se adivinan siluetas de cuadrúpedos. En el hastial norte se distinguen dos paneles en los que aparecen jinetes cabalgando y portando una lanza.




Llama la atención la arquería transversal tras el último tramo de la nave, a la manera de iconostasio, que separa el presbiterio y el altar del resto de la nave, destinado a los fieles. La arquería consta de tres arcos de medio punto sobre columnas de mármol y capiteles de tipo clásico. Estamos ante una estructura única en las construcciones medievales hispanas, relacionadas lejanamente con las arquerías de la mezquita de Córdoba o con la iglesia mozárabe de San Miguel de Escalada (León).



Igualmente llamativas son las cinco celosías que animan el iconostasio para cuya elaboración se utilizaron placas visigóticas. En una de ellas se conserva un epitafio dedicado a un tal Telio en el año 681 de la cronología visigoda, nuestro 643.


Para reforzar la barrera litúrgica najo el arco central de la arquería se colocaron tres piezas monolíticas visigóticas también reaprovechadas y decoradas con clípeos y formas vegetales de buena labra. «El abad Flaino lo ofrece en honor de los apóstoles del Señor Pedro y Pablo», se lee en las piezas ensambladas.

Excepcionalmente también, Santa Cristina de Lena presenta un solo ábside cuadrangular, frente a la mayoría de construcciones contemporáneas suyas, triabsidales.



Los muros del templo estuvieron cubiertos de pinturas murales, que no se han conservado. A destacar igualmente las ventanas de tres vanos separados por dos columnillas -tríforos- del muro de la cabecera y de la capilla lateral, así como las celosías cruciformes, reproducciones del original que se encuentra en el Museo Arqueológico de Asturias.
Ateridos de frío, permanecemos un rato largo en la pequeña iglesia. Finalmente, nos despedimos por señas de la señora quien, sentada en un lugar recogido tras la puerta, sigue hablando por teléfono. Veo que al Colega se le está poniendo cara de pitorreo sobre la aparición, así que me adelanto. También a ti se te ha aparecido la virgen, que ni en sueños pensabas encontrar la iglesia abierta, le digo, mientras el viento zumba a nuestro alrededor.

Antes de volver al coche echamos una última mirada a la ermita donde hace doce siglos se reunían los creyentes. La autovía, allá abajo, parece de otro mundo.
Fuentes:
Fotos: ©Valvar

-
San Martín de Mondoñedo

San Martín de Mondoñedo (Foz, Lugo) es la catedral más antigua de España. Hoy es una basílica románica de una sorprendente y apabullante belleza, anexa a la cual se encuentra un Centro de Interpretación del Románico.

Esta mole románica que el visitante encuentra al llegar, se levantó en el siglo XI sobre un viejo monasterio prerrománico; los enormes contrafuertes datan del siglo XVIII.
Para entonces arrastraba ya una compleja historia: fue sede del obispado de Dumio (Braga, Portugal) cuando esta fue atacada por los musulmanes y de Bretonia (Lugo), atacado por los vikingos. En 1112 la sede episcopal pasó a Mondoñedo, quedando San Martiño como monasterio agustiniano hasta 1543, cuando el papa lo cede al obispado; desde el siglo XVII es iglesia parroquial, Bien de Interés Cultural desde 1931 y basílica desde 2007. El museo, abierto en 2018, ocupa la antigua casa rectoral.
Aparte de las dimensiones de la iglesia, sorprende de ella la influencia del estilo lombardo, raro por estos lares, donde predomina el románico borgoñón introducido a través del Camino de Santiago. El conjunto conserva elementos de los siglos X, XI y XII. Por extraño que parezca, en un lugar de pocos habitantes, la iglesia puede visitarse durante la mayor parte del año con un horario fijo👇.


La visita comienza por centro de interpretación, dedicado a San Rosendo y a San Gonzalo, de quien se muestra el báculo y anillo -datados en el siglo VIII- y otras reliquias, una reproducción del diploma del rey Silo del año 775, el más antiguo conservado en España, un facsímil del Tumbo de Bernardo, cuyo original se guarda en la catedral de Santiago y un lauda con caracteres visigóticos hallada en las excavaciones de la propia iglesia. En sus salas se informa sobre la historia de la iglesia y de sus pinturas románicas del siglo XII, las más antiguas de Galicia, y se muestra una colección de monedas de los siglos XI al XVII.

San Martín/Martiño de Mondoñedo se encuentra a 90 kilómetros de Lugo y a unos cinco de Foz, municipio al que pertenece. Nosotros llegamos procedentes de Allariz, después de transitar por tramos de carreteras en condiciones de subdesarrollo, a las que durante dos horas largas el Colega ha dedicado una letanía de juramentos en arameo, con recuerdos al ministro y al consejero del ramo.

El enfado desaparece ante la visión de San Martiño y queda totalmente olvidado al acceder a su interior. Impresionan sus hechuras de catedral en un pueblo de pocos habitantes. Hay que serenarse para apreciar los múltiples atractivos de la iglesia: las pinturas de los ábsides, los capiteles, el altar. Nos sentamos un rato para tratar de comprender dónde estamos y qué es lo que estamos viendo. Por un momento ambos hemos tenido la impresión de habernos introducido en un túnel del tiempo.



Llaman la atención los once capiteles del crucero, de los que nueve parecen obra de un mismo escultor, bautizado como Maestro de Mondoñedo, el mismo autor del antipendio, el paramento que adorna la parte delantera del altar. Este maestro está dotado de un estilo propio, cercano a lo naif, en la representación de figuras y escenas propias del románico, de un gran encanto.

En un capitel orientado a la nave central un personaje parece tirar de una fiera acompañado de otro hombre que levanta la mano derecha, escena que se interpreta como de caza o representación alegórica.



En el pilar meridional del crucero vemos una cesta con un cuadrípedo rampante, un águila en posición frontal y alas desplegadas, una sirena y una mujer de cuyos pechos se alimentan dos sapos.




La cesta opuesta representa el banquete del rico Epulón y el pobre Lázaro.



Similar composición ofrece el capitel contiguo, con el banquete de Herodes y el baile de Salomé, en un lado, y la ejecución de San Juan Bautista en el otro.


Frente al capitel de Lázaro, adosado al muro sur de la iglesia, otro capitel muestra a unas bestias que parecen devorar la cabeza de un hombre y una mujer, en lo que algunos expertos interpretan como el pecado de Adán y Eva y otros como una alegoría del pecado de pensamiento.

Finalmente, a cada lado del arco del presbiterio se encuentran dos capiteles representando el de la izquierda un grifo y un ser monstruoso y el de la derecha figuras unicéfalas armadas con espadas.


Los dos capiteles de un autor distinto ofrecen decoración vegetal y dos felinos entre el follaje.

El antipendio de San Martiño es una rara pieza del románico hispano, considerado el precedente medieval de los retablos figurados que gozarán de éxito en los siguientes siglos. Una pieza de 160 por 110 centímetros presidida en el centro por un clípeo sostenido por ángeles con la efigie de un Cristo en majestad. Bajo él dos figuras eclesiásticas con las cabezas inclinadas en señal de reverencia y otros dos ángeles. En el ángulo inferior izquierdo un águila y bajo ella otra figura eclesiástica en actitud reverente. En el ángulo superior izquierdo el Agnus Dei con la cruz de la Resurrección inserto en otro clípeo. Una ordenación sacerdotal o una consagración episcopal son algunas de las múltiples interpretaciones que se da a esta pieza.

En el muro del evangelio aparecen empotrados dos figuras, probablemente procedentes de otro lugar, en el que parece distinguirse un espinario.

En el muro de los pies, tres figuras, igualmente trasladadas de otro emplazamiento. A la derecha, un condenado con la soga al cuello; a la izquierda, un personaje tocando un cuerno.

Las pinturas murales fueron descubiertas en la restauración . en los años 2007-2008, representan escenas del árbol de Jesé, la Asunción de la Virgen y el juicio final. En la bóveda se distinguen algunas filigranas vegetales y grupos de personajes.

Antes de abandonar el interior de esta iglesia singular, de la que en esos momentos somo sus únicos visitantes, rendimos homenaje de gratitud a quienes aquí trabajaron legándonos la expresión de su arte.



San Martiño tiene dos portadas, la más primitiva, del siglo XI, en el muro norte se encuentra cegada. La segunda se abre en el muro de los pies, se cree que es obra del siglo XII. Destaca en esta el tímpano, en el que vemos labrado un crismón trinitario, representación rara en Galicia. Sobre él, un Agnus Dei, probablemente procedente de otro lugar.


No menos interesante es la colección de canecillos bajo las cornisas, entre los que se distinguen varios rostros humanos, animales y una pareja abrazada.


Cuando terminamos la visita llegan dos coches con otras tantas parejas, más o menos de nuestra quinta. Los jubilados somos los sostenedores de la industria turística fuera de temporada (y quizá dentro).

En el jardín de una casa frente a la iglesia se alza un enorme limonero, cuajado de frutos cuyas ramas ocupan parte del camino. Buscamos a alguien a quien pedir permiso para coger algún limón pero no aparece nadie y nos vamos de vacío. Lástima.
Fuente: Arteguías. San Martín de Mondoñedo👇
Fotos: ©Valvar

-
Allariz

Hay muchas razones para visitar y enamorarse de Allariz y su gente, su paisaje, su cultura, su patrimonio o su gastronomía, advierte atinadamente la Oficina de Turismo de la ciudad. Nosotros llegamos persiguiendo una pequeña imagen de marfil y el recuerdo de una reina olvidada.

Allariz (Ourense) es una villa que conjuga su encanto medieval -sus casonas, sus iglesias, sus cruceiros, su puente, los restos de su castillo y sus murallas- con sus atractivos modernos, como el comercio outlet de las primeras marcas de moda que se extiende por su calles principales.
El castillo fue mandado levantar por Alfonso VI en el siglo XI; en el siguiente, Alfonso VII le concede fuero haciéndola Villa Real. Alfonso X pasó en ella largas temporadas, aquí aprende la lengua galaico-portuguesa que utilizará en algunas de sus Cantigas. Por entonces la villa contaba ya con una importante judería. En 1268, la reina Violante, esposa del rey Sabio, funda un convento de clarisas, donde pide ser enterrada. Su hijo, Sancho IV, nombra a la villa llave del reino de Galicia.
En 1560 el convento es adquirido por Pedro Pimentel, señor de Allariz, quien cede al municipio el terreno de la Barreira, donde actualmente se celebran las ferias.

Los cuatro cruceros que se distribuyen en la población se instalaron en 1579 como protección contra la peste. En ese siglo y el siguiente se levantaron numerosas casas hidalgas y se fundó el Pósito Agrícola.

En el XVIII un incendio destruye el monasterio fundado por doña Violante, que vuelve a construirse con arreglo a los gustos barrocos del siglo, manteniendo la estructura anterior. Su claustro se compone de galerías con 72 arcos de medio punto.


En el siglo XIX, la invasión de las tropas francesas de Napoleón y las desamortizaciones estuvieron a punto de acabar con el patrimonio allaricano. Se desmanteló el Castillo, parte de la muralla y el puente de la Zapateiría; la exclaustración obligó a las religiosas clarisas a abandonar el monasterio, que sufre un gran deterioro. Mediado el siglo XX, un nuevo grupo de clarisas de monasterio de Cantalapiedra vuelve a Allariz. Las instituciones contribuyen a la restauración del edificio, del que solo es visitable la iglesia y el pequeño pero preciado museo.
En el mismo Campo de Barreira donde se levanta el monasterio se encuentra otra iglesia barroca dedicada a San Benito -o Bento-, patrono de la villa, flanqueada por dos cruceros.

Tras el desastroso siglo XIX, Allariz pareció recuperar su esplendor en el XX con el cultivo del lino; a la caída de esta producción sucedió el auge del curtido del cuero, actividad que también decayó a partir de los años 60.
Actualmente, Allariz, cuyo casco antiguo es Conjunto Histórico-Artístico, cuenta con un Museo del Juguete con más de 2.000 piezas, un Museo Gallego de la Moda y un Museo Etnográfico del Río Arnoia. Su entorno fue declarado Reserva de la Biosfera en 2005. Aparte de la tentadora oferta de su outlet, cada sábado ofrece un mercado de productos de la Reserva de la Biosfera.

Llegamos a Allariz en plena celebración del Entroido, que pareciendo sinónimo de Carnaval tiene en Galicia un significado algo diferente, con un enorme arraigo y participación popular. Los días que estuvimos, de domingo a miércoles, fueron una continua fiesta para los allaricanos.



Parece que los vecinos son propensos al jolgorio callejero pues cada año el fin de semana previo al Corpus Cristi celebran la Festa do Boi, que, en esencia, se trata de recorrer las calles con un buey ensogado.

También para nosotros la estancia en Allariz fue una fiesta, aunque por razones diferentes. Ya he dicho que íbamos siguiendo el rastro de la reina Violante, mujer tan interesante como desconocida, por lo que nuestro objetivo era conocer el entorno donde se desenvolvió su estancia en la villa y, sobre todo, su monasterio.
Mientras el resto de España se protegía de una lluvia incesante, aprovechamos la soleada jornada para recorrer las calles de Allariz hasta la orilla del río, donde se encuentra la Oficina de Turismo. Allí nos atendió José Manuel, un profesional competente que, prácticamente, nos dio hecha la agenda de los siguientes días: nos proporcionó nombre y teléfonos de quien podría abrirnos la iglesia de Augas Santas, que en otras ocasiones habíamos encontrado cerrada, y otros consejos sumamente útiles. Gracias le sean dadas.

Tuvimos tiempo de callejear hasta la judería, donde descubrimos las tijeras que dan testimonio del antiguo gremio de sastres.


Al día siguiente, acudimos puntuales al museo del monasterio 👇, atendido por Inma, que nos regaló -la entrada es gratuita- una interesante explicación sobre los dos objetos que nos interesaban, donación de la reina a su monasterio: una Virgen abrideira 👇 y una Cruz de cristal. Ambas piezas ocupan un espacio independiente del museo, dentro de sendas urnas de cristal, lo cual, si bien garantiza su protección, dificulta las fotos.

La Cruz 👇 está formada por cuatro piezas de cristal de roca tallado insertadas en un perfil de plata dorada, adornada con miniaturas sobre pergamino de aire bizantino, sosteniendo un Cristo de tres clavos. En la base ocupan espacio las figuras de la Dolorosa y San Juan y dos personajes orantes, se supone representan a los donantes. La peana, que es una obra de arte por sí sola, se encuentra en restauración, nos hacemos una idea por las fotos que se ofrecen.




La Virgen es una talla de marfil de 25 cm. Cerrada es una imagen sedente con el niño Jesús sobre su rodilla sostenido por su brazo y mano derecha, del tipo Sedes Sapientiae. En la mano derecha, algo levantada, probablemente portaba una flor; el pie derecho pisa un animal, dragón o león. Viste túnica ceñida y lleva velo, el rostro sonríe ligeramente, con una expresión tan delicada que -aunque no seáis una moñas como yo- emociona. El Niño ofrece el gesto de bendecir y en la mano izquierda porta una bola, símbolo del poder.

Lo de cómo es cerrada hemos de imaginarlo pues lo que se nos ofrece es la imagen abierta en tríptico -de ahí lo de abridera o abrideira- convertida en un retablo de nueve compartimentos representando los gozos de la Virgen: la Natividad, Ascensión, Coronación, Epifanía, Pentecostés, Anunciación, Resurrección y dos ángeless con cirio). Inicialmente debió de lucir policromía, de la que ahora apenas queda resto. Sorprende que en una superficie tan reducida puedan tallarse estas escenas con tanto primor.
Es tradición que ambas piezas formaban parte de la capilla privada de doña Violante y que fueron donadas por ella al monasterio antes o después de su fallecimiento, siguiendo el mandato testamentario, donde se dona “toda mi capiella, assí lo que les yo di como lo que yo tengo”. La primera referencia que tenemos de la Virgen de Allariz la debemos al humanista Ambrosio de Morales, en su Viage por orden del Rey D. Phelippe II a los Reinos de León, Galicia y el Principado de Asturias, de 1572.
Suyo es también el relato o leyenda que atribuye la autoría de la obra al infante Enrique, hijo de Sancho IV y nieto de doña Violante, según la cual el niño habría nacido mudo y recuperó el habla después de elaborar la pieza. La intervención de un niño -el infante murió a los once años- explicaría la talla de piezas tan pequeñas, que parecen imposibles para las manos de un adulto.
La leyenda tiene su encanto y, sobre todo, abunda en la idea de donación real, pero esta Virgen abrideira de Allariz es una de las piezas más valiosas de la eboraria, obra de un artista de primer orden. Los estudiosos sostienen que estas tallas abundaron en Francia, si bien es posible que la obra pudiera haber salido de un taller gallego, creado por algún artista foráneo. De este tipo de virgen abridera de los gozos solo existen otras dos en la península ibérica, una en Salamanca y otra en Évora.










De nuestras visitas anteriores conocemos las iglesias de Allariz –Santiago, San Esteban, San Pedro y Santa María de Vilanova-, a pesar de lo cual volvemos a visitarlas con gusto.







Pasamos ante la de Santa María de Vilanova en dirección al puente medieval, magnífico ejemplar, hermano pequeño del de Orense. Volvemos al hotel paseando por el bien cuidado paseo junto al río Arnoia, que bordea la villa.



Inspirados acaso por doña Violante, habíamos elegido para alojarnos un hotel lo más próximo al convento, el O Portelo Rural 👇, una acogedora y confortable casona antigua, de cuyas paredes cuelgan hermosos dibujos de Agustín Ibarrola, gestionada por Pilar y su equipo de mujeres. Aparte de los consejos que nos ofrecieron para aprovechar nuestro tiempo, nos hicieron sentir en casa. Culpa suya también es que ya estemos buscando excusas para volver a Allariz.
Como la villa se encuentra en el centro de varias poblaciones con ricos ejemplares románicos, aprovechamos para hacer excursiones por los alrededores.













En San Pedro de A Mezquita 👇volvimos a deleitarnos con su misteriosa iglesia. Llegamos tarde al pasacalles de los gallos del entroido, uno de los participantes nos describe pieza a pieza su traje -que no disfraz- sobre el que lucían las mejores joyas familiares y nos muestra los enormes gallos que adornaban el tractor durante el desfile.
Y, por fín, se nos abre la iglesia de Santa Mariña de Augas Santas👇 , tan enorme como una catedral. Como no hay dicha completa, no podemos fotografiar los capiteles del arco toral, visibles desde el coro, porque este está cerrado en previsión de obras. Así y todo, la visita merece la pena.










Esta Mariña que aquí es venerada era una joven que vivía en la villa romana de Armeá, cercana al lugar, de la que se encaprichó el prefecto. Al ver rechazadas sus pretensiones, sometió a la joven a todo tipo de torturas naturales y sobrenaturales, incluida la presencia del diablo en forma de dragón. Todo resultó inútil. Condenada a morir quemada en un horno, San Pedro la deja indemne junto a un estanque. El prefecto decidió terminar de una vez mandando que fuera decapitada. Así se hizo, la cabeza cayó al suelo en tres rebotes, brotando una fuente en cada uno de los lugares donde cayó, de ahí el nombre de Augas Santas. Sobre el emplazamiento de su tumba se levantó un templo, donde nadie más recibió sepultura. Esa es la iglesia parroquial que visitábamos.




Cerca de aquí han sido excavados restos de castros y romanos vinculados a la devoción a Santa Mariña. La tradición obliga a beber de la fuente que mana junto a la iglesia, tradición que cumplimos devotamente, pese a nuestra descreencia, agradeciendo la generosa amabilidad con que hemos sido tratados, lo cual, si bien se mira, resulta casi milagrosa en los tiempos que vivimos.
Fotos: ©Valvar

-
Cartagena

Cartagena es una ciudad que vale como repaso a la historia de España. Por su puerto han entrado todos los pueblos y civilizaciones mediterráneas que nos conforman como sociedad, de todas conserva un legado histórico-artístico que hacen de ella uno de los municipios más interesantes del país.
En sus cuevas Victoria, de los Aviones, del Caballo o de los Mejillones, de los Pájaros, en el poblado de las Amoladeras o en la Cala del Pino se han encontrado restos que hablan de neandertales, del Neolítico o de la la Edad de Bronce. Se cree que los tartesios se asentaron en la ciudad de Mastia y, según atestiguan los yacimiento de Los Nietos y Cala Reona, los iberos explotaron el plomo y la plata,.
Aprovechando las inexpugnables defensas naturales que ofrece el lugar y la riqueza de sus minas de plata, en el año 227 antes de nuestra era el general cartaginés Asdrúbal fundó aquí la ciudad Qart-Hadast, que hizo la capital púnica de la península.

De aquí partió Aníbal en su legendaria expedición militar a conquistar Roma. Convertida ya en Cartago Nova, nuestra ciudad se convierte en uno de los puertos romanos más importantes en el Mediterráneo. César le otorga estatuto jurídico de colonia; Augusto manda construir el teatro y el foro; la ciudad vive un desarrollo arquitectónico y urbanístico extraordinarios. A finales del siglo IV, Diocleciano crea la provincia Carthaginensis.
Luego, sigue el saqueo de vándalos y visigodos hasta que llegan los bizantinos y el emperador Justiniano hace de Cartagena la capital de la provincia de Spania. En el siglo VII, Suintila la reduce a ruinas. La recuperación llega con los árabes, que la llaman Qartayannat al-Halfa, la convierten en una importante base naval, con medina, muralla, mezquita y alcazaba.
En 1245, el ejército castellano conquista la ciudad, convirtiéndola en concejo castellano. Alfonso X restaura su diócesis y repuebla el término con gentes venidas de Castilla y Aragón. Los Reyes Católicos la hacen ciudad de realengo y puerto de Castilla. En vísperas de la batalla de Lepanto, aquí vivieron durante algún tiempo Juan de Austria y Miguel de Cervantes. Aquí se organizaron y abastecieron los Tercios en su camino a Flandes.
En 1726 es nombrada capital del Departamento Marítimo del Mediterráneo, comienza la construcción del gran arsenal. Carlos III la convierte en plaza fuerte inexpugnable dotándola de cuarteles, fuertes, baterías, murallas, puertas y castillos. Durante la guerra de la Independencia es la primera población en constituirse como Junta Soberana, proclama a Fernando VII como su rey y se dispone a hacer frente a Napoleón.
Miembro activo de los movimientos liberales republicanos del siglo XIX, en 1872 protagoniza la sublevación cantonal, que acaba tras un asedio que destruye buena parte de la ciudad. El auge minero propicia la reconstrucción de su trazado urbano, se levantan nuevos y hermosos edificios modernistas, estilo que tiene en la ciudad ejemplares de primer nivel.
Tras la primera guerra mundial se cierran las minas, las fábricas se paralizan y la ciudad se sume en una crisis de la que tardará una década en sobreponerse. El actividad del astillero renueva su vida económica y cultural, situándola entre las diez primeras ciudades españolas.
En la guerra civil se convierte en uno de los bastiones principales de la República, razón por la que sufre bombardeos y es casi destruida. De nuevo tardará una década en recuperarse. Las actividades agrícolas, mineras, industriales y navales y, sobre todo, el complejo petroquímico e industrial de Escombreras y, en menor medida, el turismo contribuirán a su reactivación.
Incluida en la Región de Murcia en la delimitación autonómica, a finales de los años 80 confluyen en ella una crisis económica, social y de incardinación autonómica: se cierran las instalaciones militares, se produce la reconversión industrial, Cartagena pierde peso social y cultural sin que se arbitren soluciones a la emergencia, se suceden huelgas y manifestaciones, cunde el desaliento. Hasta que estalla el crac de 1992.
En febrero de ese año los sindicatos convocan una manifestación ante la Asamblea Regional, aprovechando la comparecencia del presidente autonómico. La policía antidisturbios reprime con contundencia a los manifestantes, que reaccionan tratando de asaltar el edificio donde permanecen los parlamentarios. Se produjeron decenas de heridos entre civiles y policías, además de graves daños materiales. Cuando después de varias horas se iniciaba el repliegue, desde un grupo de manifestantes se lanzó un cóctel molotov al interior de la Asamblea, provocando un incendio que se extendió por la primera planta del edificio. Las llamas de la Asamblea Regional eran el reflejo de la situación de la ciudad. Quienes debían hacerlo se dieron por aludidos e inmediatamente se puso es marcha un Plan Especial de Desarrollo de Cartagena.
En la década de los 90 nosotros visitamos con frecuencia la ciudad. Se arrastraban las consecuencias de la crisis y de la explotación minera descontrolada. Se hablaba de las excavaciones romanas, era una ciudad en obras.

El Colega estaba empeñado en volver porque había leído sobre el teatro y anfiteatro romano, que es un tema que le va. Reservamos alojamiento en el hotel Cartagena Puerto, junto al Ayuntamiento. Nos dan una habitación con vista al puerto. Salimos a reconocer la ciudad.

Empezamos por el Teatro Romano 👇, cuyo acceso está al otro lado de la calle. Sorprende la integración que el arquitecto Rafael Moneo ha conseguido entre los restos milenarios, la catedral vieja y el tejido urbano actual.

Se accede al conjunto por el Museo del Teatro, donde se exponen las piezas encontradas en las sucesivas excavaciones.


A partir de ahí los visitantes van contemplando restos de los distintos momentos históricos de la población hasta desembocar en el Teatro Romano, cubierto durante siglos por construcciones sucesivas, descubierto y excavado entre los años 1996 a 2006.


Aunque sepas que te espera un teatro romano, descubrir la inmensidad del auditorio impresiona no poco. A la segunda pisada, tropiezo. El Colega me advierte: Cuidado, estás pisando piedra romana. A esas horas somos apenas una docena de visitantes, españoles, únicamente nosotros.


Descendemos la cavea hasta la scena, a la que subimos con la emoción de pisar el lugar donde, quizá, se representaron las obras de Plauto o Séneca en versión original. Una de las francesas que nos acompañan se ofrece a hacernos una foto.

Permanecemos un rato sobre las tablas casi solos, saboreando el privilegio y contemplando el contraste de la obra romana del teatro y la románica de la Catedral vieja que durante siglos la ocultó.

Recordábamos esta zona de la ciudad como un barrio deprimido y abandonado y lo que hemos encontrado es una zona espectacular con el espléndido Palacio Consistorial 👇y edificios rehabilitados a la sombra del Castillo.

Hemos sacado el combinado de visita al Teatro, Foro y Castillo así que nos dirigimos al cerro del Molinete, donde se encuentra el Foro 👇, que es uno de los mayores parques arqueológicos urbanos de España y cuenta también con su propio Museo 👇. A través de las piezas que en él se muestran se narra la historia de la ciudad, desde la fundación púnica hasta el siglo XX.




Coincidimos con varios grupos escolares que siguen atentamente las explicaciones de sus guías. Nosotros paseamos por el senado local -la Curia- con su pavimento de mármol; el Foro colonial, centro neurálgico de la ciudad; el Santuario de Iris, escenario de los cultos mistéricos a los dioses egipcios; las calzadas con rodadas de los carros; las Termas del Puerto y el Atrio, donde se celebraban los grandes banquetes.
Nos sentamos en una terraza a tomar un refresco. Es media mañana de jueves laborable de enero y los bares y cafés están llenos. Tras un breve descanso nos encaminamos hacia el Castillo de la Concepción 👇, al que se sube en ascensor. El lugar ha sido sucesivamente templo romano dedicado a Esculapio, alcazaba musulmana, castillo medieval, observatorio para advertir de los bombardeos durante la última guerra civil.

La explanada a los pies de la fortaleza es el mirador adecuado para contemplar la ciudad de Cartagena, los montes que la protegen, sus monumentos más destacados y el puerto. Una profesora indica a un grupo de escolares que visita el lugar que la ciudad está rodeada por siete colinas, como Roma.








A la sombra del Castillo una escultura de Alfonso X «que amó a Cartagena dándole sus fueros y término concejil y soñó con ella como capital de Castilla en el Mediterráneo«.

Utilizamos de nuevo el ascensor para descender y llegamos al paseo marítimo. Comemos en la terraza del restaurante Mare Nostrum un arroz buenísimo, junto al mar.

Bordeamos la muralla paseando hasta el hotel, donde descansamos un rato antes de seguir nuestra excursión cartagenera. Hemos echado en falta el submarino de Isaac Peral, que recordábamos en la Plaza de los Héroes de Cavite. Nos indican que ha sido trasladado al Paseo de Alfonso XIII, así que nos dirigimos allí. Subimos por la calle del Aire hasta Puertas de Murcia, atajamos por Santa Florentina, admirando los edificios modernistas👇 que encontramos al paso.


Dejamos atrás el Museo Histórico Militar y por la calle Ángel Bruna llegamos al Paseo de Alfonso XIII. En esa confluencia se encuentra el edificio construido por Tomás Rico entre 1902 y 1904, su oficina y vivienda, para promocionar la ampliación de la ciudad que iba a acometer la Compañía del Ensanche y Saneamiento de Cartagena.

Ya ha oscurecido y en el mismo paseo nos sorprende un edificio profusamente iluminado en color rosa. Parece un club de carretera, le digo al Colega. Luego nos enteramos que se trata de la Asamblea Regional y con ese color se homenajea a las mujeres víctimas de violencia, lo que demuestra que no hay fiarse de las apariencias. Es un edificio de carácter ecléctico con elementos alusivos a la historia de la región.

El submarino ocupa el cruce del paseo con la calle Capitanes Ripoll. Rendimos humilde homenaje a Isaac Peral y Caballero 👇, ilustre cartagenero, marino e inventor, que murió en el olvido, víctima de las intrigas y de la envidia de sus coetáneos.

Volvemos paseando al hotel, atravesamos la calzada romana y bordeamos la romana Casa de la Fortuna. Se diría que el subsuelo de la ciudad está sembrado de restos romanos.

En el puerto aún se mantiene el árbol de navidad. Nos sentamos frente al Mediterráneo. En esos mismos días otros vecinos de este mar están perdiendo la vida en sus aguas huyendo de la miseria o de la muerte, y algunos más estén siendo asesinados sin que seamos capaces de evitar su genocidio. El Mare Nostrum…
Fuente: Turismo de Murcia 👇
Fotos: ©Valvar

-
Murcia

La ciudad de Murcia es capital de la autonomía uniprovincial del mismo nombre. Una urbe esencialmente barroca, atravesada por el río Segura, que tiene en la catedral, el Museo Salcillo, la gastronomía y la memoria de Alfonso X sus principales pero no únicos atractivos.

Llegamos a Murcia una soleada mañana de enero, nueva etapa de la excursión organizada por el Colega que nos lleva por el sudeste peninsular. Hemos reservado alojamiento en el Hotel Conde de Floridablanca, que se encuentra en la calle Princesa. Introducimos el dato en el GPS, pero como no indicamos el código postal nos lleva a la calle de igual nombre pero en Beniaján, en plena huerta murciana. Atinamos al rebote. El hotel pertenece a la cadena Catalonia, que nos gusta por su política medioambiental y por la disponibilidad de su personal. Nos dan una habitación a la calle y nos orientan sobre lugares de interés.

Nos lanzamos en primer lugar al Museo Salcillo para aprovechar los horarios de apertura. El corazón de la ciudad se recorre fácilmente a pie. Atravesamos el Puente de los Peligros y siguiendo el curso del río llegamos al mercado de Verónicas, casi adosado a la antigua muralla, tomamos la calle Juan de la Cierva y luego la de García Alix, que nos conducen al museo.





La parte más relevante de la obra del escultor murciano del siglo XVIII, uno de los grandes artistas barrocos dedicados a la escultura religiosa, se encuentra en la iglesia de Nuestro Padre Jesús, los belenes y los pasos procesionales de Semana Santa: La Dolorosa, la Última Cena, San Juan o La Oración del Huerto. Tras la iglesia se amplía el espacio museístico con un edificio vanguardista, muy bien incardinados ambos. Los belenes son un retrato de la sociedad murciana del SVIII. Al Colega le interesan especialmente los bocetos, que fotografía para luego tomar como modelo.




Terminada la visita, callejeamos por el centro en dirección a la Plaza de las Flores, que a mediodía de este miércoles está muy animada. Nos sentamos en terrazas al aire libre, aprovechando el tibio sol de enero, y picamos aquí y allí las ricas especialidades murcianas. Si vienes a Murcia tienes que pasar por esta plaza y rendir culto al tapeo. Una fuente ocupa el centro de la plazoleta, junto a ella, La niña de las flores, escultura de bronce de José Fuentes Aynar, añade encanto al lugar.


Callejeando volvemos de nuevo al Puente Viejo, el más antiguo de la ciudad y una de las primeras obras de ingeniería civil. Fue construido en el siglo XVIII y es más conocido como Puente de los Peligros 👇 por la imagen de la advocación mariana que de siempre ha presidido este paso sobre el río Segura. Cuentan los cronistas que las riadas eran tan catastróficas que quien tenía que atravesar el puente se encomendaba a la Virgen de los Peligros, santiguándose antes de pasar. Costumbre que, según aseguran, aún conservan muchos murcianos, sin que podamos dar fe de ello.


Desde la margen derecha del puente se divisa una imagen icónica de Murcia tanto de día como de noche, con el río en primer término y en el agua, el monumento al Entierro de la Sardina con la silueta de su catedral al fondo.

Junto al puente se encuentran Los molinos del río, remembranza de los antiguos molinos harineros del siglo XIX, ahora centro cultural.


Desde la acera de la izquierda se distingue el puente peatonal diseñado por Javier Monterola, inaugurado en 1997, que comunica el barrio del Carmen con el mercado de Verónicas y el palacio de Almudí, conocido como Pasarela Manterola, el contrapunto moderno al Puente Viejo.

Llegamos por fin a la catedral de Murcia, impulsada por el cardenal Belluga, benefactor de la ciudad, que a cambio puso su nombre a la hermosa plaza, centro de encuentro y lugar de celebración de los eventos en la ciudad.


En esta plaza se levanta el palacio episcopal, obra del siglo XVIII, de estilo rococó, con muy bonitas portadas, que evoca a los palacios italianos renacentistas. Un edificio a la altura de su entorno.

Nos paramos a saborear la imborrable imagen de la catedral de Santa María, en la que confluyen tres estilos: gótico, renacimiento y barroco. La fachada o imafronte es la joya del barroco y única en su género.


Su torre campanario está compuesta de cinco cuerpos decrecientes en anchura. mide 90 metros -95 con la veleta- y es la segunda más alta de España, tras la Giralda de Sevilla.


El tercer cuerpo de esta torre exenta es realmente un conjuradero múltiple: cinco espacios dedicados a la oración bajo la protección de los patrones de la diócesis que coronan los templetes de sus cuatro esquinas (Santa Florentina, San Fulgencio, San Isidoro y San Leandro), más un balconcillo desde el que se invocaba la protección divina ante las avenidas del río. Los conjuraderos o conjuratorios -esconjuraderos en Aragón, comunidors en Cataluña- eran lugares dedicados a ahuyentar las incidencias climáticas, plagas o terremotos que amenazaban las cosechas o las vidas del vecindario, mediante oraciones o exorcismos pero también utilizando campanas o cohetes para alejar las nubes que pudieran descargar pedrisco, según las necesidades de cada lugar. Algunas poblaciones disponían de su propio edificio conjuradero, como en Villegas (Burgos) o en Alquézar (Huesca), en otras se utilizaron los lugares elevados, como las torres de iglesias. Es el caso de las catedrales de Vitoria, Calahorra, Santo Domingo de la Calzada, Logroño, Huesca, Lérida, Girona o esta de Murcia.

Conjuradero de Villegas 
Esconjuradero de Alquézar Las actas municipales de Murcia dan cuenta de conjuros al menos desde 1640, cuando el licenciado Juan Conejero, presbítero de Mula, acudió a conjurar la langosta. Entre 1680 y 1683 se exorcizaban los pájaros y en 1729 se rogaba el cese de los terremotos que nos afligen. El conjuradero o conjuratorio de la catedral entró en funcionamiento en 1761, contando con un lignum crucis para potenciar la eficacia de los conjuros.
El interior de la catedral se distribuye en tres naves con girola y capillas, dedicadas a los nobles y obispos que impulsaron o colaboraron en su construcción; es gótico en su mayor parte.




Entre estas capillas destacan la de los Vélez, expresión del gótico flamígero, con su cúpula estrellada de diez puntas, y la Junterones, tenida como una de las grandes obras del renacimiento español.



No hay que perder de vista el gran órgano Merklin, con sus cuatro teclados y sus casi 4.000 tubos.

Nos sorprende que en uno de los grupos de poderosas columnas se abra una puerta. La explicación está a la vuelta: por ella se accede al púlpito.

Llevo un tiempo trajinando por el reinado de Alfonso X, que, con la imprescindible ayuda de su suegro, Jaime I de Aragón, conquistó la ciudad y el reino en el siglo XIII. Alfonso sintió predilección por Murcia, le concedió fuero, creó un studium, preludio de su universidad, y aquí quiso que quedara depositado su corazón, así que tengo curiosidad por conocer dónde está guardada la víscera. En verdad, él quiso que en Murcia descansaran sus restos y el corazón fuera enterrado en Jerusalén, al final, su cuerpo quedó en Sevilla y sus entrañas, corazón incluido, se trajeron a Santa María la Real de Murcia. A la izquierda del altar mayor, dos heraldos de piedra custodian la reliquia, depositada en una urna también de piedra.



La visita a la catedral concluye en el antiguo claustro, habilitado como museo, que, entre otras obras, tiene un frontal de sarcófago romano, algunas pinturas del trecento italiano y una delicada Virgen de la Leche de Francisco Salcillo.




De la catedral parte una ruta que une distintos monumentos para acabar en la estatua a Alfonso X. A un costado de la catedral nace la calle Trapería, vía peatonal y arteria popular de la ciudad. En la primera parte de su recorrido se levanta un edificio señorial: el Casino de Murcia, toda una institución que puede presumir de su título de Real, concedido por el anterior rey, Juan Carlos I.


Ocupa una construcción de mediados del siglo XIX, declarado monumento histórico-artístico nacional en 1983. Entre 2006 y 2009 fue rehabilitado íntegramente, dotándose de servicios avanzados y eliminando barreras arquitectónicas. Pese a tratarse de un club privado, la planta baja del edificio puede visitarse, siendo el edificio civil más visitado de la región. Un espacio exclusivo y selecto que se proclama abierto a la sociedad de hoy.
Como no sabíamos que puede visitarse, nos limitamos a contemplarlo desde la calle. No vemos, pues, ni su patio árabe con sus más de 20.000 láminas de pan de oro, ni su biblioteca, ni su tocador de señoras decorado con alegorías femeninas de la diosa Selene, menos aún el neobarroco salón de baile, con los retratos de los ilustres murcianos: Romea, Salzillo, Floridablanca y Villacís, testigo de la vida social de la burguesía murciana del último siglo.

A través de una de las enormes ventanas que dan a la calle, conocida como las peceras, se divisa a un señor repantingado en el sillón, leyendo un periódico, ajeno a nuestras miradas de viajeros curiosos.

Un poco más adelante se encuentran la casa de los Celdranes, el palacio Almodóvar y el de los Pagán. La calle Trapería desemboca en la Gran Vía Alfonso X el Sabio, donde, a la derecha se levanta el convento de Santa Ana, fundado en 1490, aunque el edificio actual es del siglo XVIII, y a la izquierda, el convento de Santa Clara. Este conjunto monástico data del siglo XIV y se construyó sobre el antiguo Alcázar musulmán. Conserva restos del palacio árabe, un claustro gótico y una iglesia barroca del siglo XVIII.



En este apacible paseo llegamos a la Plaza Circular, a cuya linde se sitúa la estatua al rey Sabio, instalada en 2005 por iniciativa de un grupo de empresarios murcianos como testimonio de gratitud de la ciudad. Una escultura de Alfonso X para el “Tontódromo” 👇 tituló la información el periódico “La Verdad” al dar la noticia el 8 de julio de 2005. Como se deduce, la Gran Vía de Murcia es el tontódromo local.
Deshacemos lo andado esta vez por la arteria paralela, la Avenida de la Constitución, que une la Plaza Circular con el Puente de los Peligros, a la que se abren multitud de comercios de las firmas y franquicias más conocidas, y por la que no cesan de pasar coches y autobuses.
Para evitar el tráfico, por Santa Clara volvemos a la calle Trapería y de ahí a la plaza del cardenal Belluga. Ha caído ya la noche y el centro de Murcia luce entre espectacular y misteriosa.


Aún paseamos un rato por la Glorieta de España, donde se alza el Ayuntamiento.

Cruzamos una última vez el Puente Viejo camino del hotel.



Nos despedimos de la sardina del río Segura y del Sardinero, obra de Juan José Quirós, que homenajea a las agrupaciones que participan en el Entierro de la Sardina durante las Fiestas de Primavera.

Atravesamos el Jardín de Floridablanca, el primer jardín público de España, abierto a mediados del siglo XIX, al tiempo que Carlos III abría a los madrileños una zona del Buen Retiro. Es una gozada pasear entre sus enormes ficus, tipuanas, jacarandas y álamos entre otras especies arbóreas, que conforman el pequeño parque, declarado Bien de Interés Cultural con categoría de «jardín histórico», presidido por una estatua del ilustre murciano, José Moñino y Redondo, político español del siglo XVIII, a quien Carlos III concedió el título de conde de Floridablanca.


En el hotel obsequian a sus huéspedes habituales con una copa de cava que nosotros acompañamos con una cena de especialidades murcianas. ¡Quién me iba a decir que me iba a gustar tanto Murcia!, le confieso al Colega. Yo, te lo había dicho yo, responde, tan contento.
Fuentes: Turismo de Murcia
A la sombra de las catedrales: cultura, poder y guerra en la Edad Moderna. Borreguero Beltrán, Cristina, Melgosa Oter, Oscar, Pereda López, Ángela, Retortillo Atienza, Asunción. Universidad de Burgos, 2021
Fotos: ©Valvar

-
Albacete

Albacete es una ciudad modelo de capital de provincia: moderna, animada, cómoda para pasear, con amplios espacios verdes, accesible y la menos contaminada de Europa con una población de más de 100.000 habitantes. Vale la pena la visita.
Tenéis que ir porque os va a gustar, nos animó la Heredera Menor a la vuelta de un reciente viaje. No sé yo, le dije, un poco reticente. El Colega, en cambio, lo anotó en el número uno de proyectos viajeros. Así que allí nos plantamos un día soleado y gélido de enero.

Empezamos regular. Hemos reservado alojamiento en el Gran Hotel, que está en zona peatonal y en el primer intento de meter el coche en el garaje nos equivocamos, lo que nos obliga a pasearnos por zona prohibida hasta que atinamos con la entrada. El hotel ocupa un edificio de muy buena traza con vistas a la calle Marqués de Molins, una de las arterias principales de la ciudad, pero nos dan una habitación con vistas a un patio.
Sin merma de entusiasmo nos lanzamos a la calle que a media mañana está llena de gente. Será por las rebajas, comentamos. Pero los cafés no están de rebajas y también están llenos. Nuestra lista de prioridades albaceteñas incluye: la catedral, el pasaje de Lodares, el parque y el museo.


Empezamos por el pasaje de Lodares 👇, que está cerca del hotel. Se trata de una galería comercial cubierta por un enorme tragaluz, del tipo que es frecuente encontrar en ciudades italianas como Milán, a la que asoman las viviendas de un edificio modernista de principios del siglo XX, que comunica las calles Mayor y Tinte, según proyecto del arquitecto Buenaventura Ferrando. Toma el nombre del promotor Gabriel Lodares, alcalde, diputado y senador, hombre de fortuna a quien se debe también la construcción del Gran Hotel y el suministro de agua potable. Las viviendas de este edificio eran lo más lujoso del momento. No puedes decir que has estado en Albacete si no has pasado por él. Lo visitamos varias veces y en todas ellos lo encontramos concurrido.

La catedral, dedicada a San Juan Bautista 👇, está abierta todos los días en un horario relajado, para no madrugar y luego, echar siesta, a cambio el acceso es gratuito. Tenemos que esperar al segundo intento para encontrarla abierta. Resulta una construcción rara, por fuera es un poco anodina, como hecha a plazos, que es como realmente fue hecha; si te fijas bien encuentras trazas mudéjares y aportaciones del siglo XX.





Levantada a partir de 1515 sobre una antigua iglesia mudéjar, su base es gótica y así eran también sus columnas, hasta que en 1538 se sustituyeron por otras renacentistas, lo que ocasionó la caída de las bóvedas. La catedral permaneció a cielo abierto hasta que en 1619 se construyeron las actuales bóvedas barrocas. Durante la guerra civil de 1936-39 el templo sufrió grandes daños. La fachada principal corresponde a la posterior restauración.



En su interior se muestran retablos renacentistas, como el de la Virgen de los Llanos, patrona de la ciudad, tablas barrocas como la de la Virgen de la Estrella o una pila bautismal rococó.

Frente a la catedral se encuentra el Museo de la Cuchillería 👇, abierto en 2004 en la rehabilitada Casa de Hortelano, edificio modernista de 1912. Se recuperó así un edificio de buena planta y se dispuso de un espacio donde conservar la herencia cuchillera y dinamizar un sector artesano e industrial identificado con la ciudad.
Comemos en el restaurante Arazana, lugar frecuentado por los albaceteños, en el que conviene reservar. Llegamos pronto y nos colocan en el comedor interior, que enseguida se llena. Comida sencilla, casera y rica.

De vuelta al hotel pasamos por el Teatro Circo 👇, levantado por iniciativa de un grupo de ciudadanos deseosos de disfrutar de espectáculos teatrales en la ciudad, inaugurado en 1887. Fue ese un año trascendente para Albacete: se instaló la luz eléctrica y se proyectó el primer cinematógrafo. El primitivo teatro era de estilo neomudéjar, con un aforo de más de 1.000 localidades. Así permaneció hasta los años cuarenta del pasado siglo, cuando se reforma, se moderniza y se decora suntuosamente; el Ayuntamiento lo compró en 1993. El Teatro Circo no solo es una institución en la ciudad, es también el más antiguo del mundo y el más singular, por sus arquerías neoárabes, únicas en los teatros europeos.
Después de una breve siesta para compensar el madrugón volvemos a la calle. Por Marqués de Molins -que es peatonal y sigue concurrida- y Tesifonte Gallego llegamos al Parque Abelardo Sánchez, una maravilla de lugar inaugurado en 1910, 105.203 metros cuadrados de jardines, arbolado y servicios accesibles en el corazón de la ciudad.



En el mismo parque, muy bien incardinado en el entorno, se encuentra el Museo de Albacete 👇, el objetivo principal del Colega. Confieso que voy un poco a remolque porque aún no tengo cogido el punto a las excavaciones arqueológicas, así en abstracto, que a él tanto le gustan. Máxime cuando tengo vistas en el Museo Arqueológico Nacional (MAN) la mayoría de las piezas obtenidas en las excavaciones de la provincia. Allí se encuentra la mujer oferente extraída del Pozo Moro o del Cerro de los Santos de Montealegre del Castillo, a la altura de las primeras damas iberas, y las cabezas esculpidas por los artistas primitivos, de una modernidad sorprendente.







En el MAN se encuentran también la bicha de Balazote o la esfinge del Salobral, que nos plantean interesantes cuestiones.


La primera sorpresa es que la entrada es gratuita. Pero lo que nos deja con la boca abierta es el espacio museístico. Una maravilla de lugar para contemplar los fondos depositados, que no son demasiados, menos de los que encuentran depositados en Madrid en el Museo Arqueológico Nacional. Hay alguna copia de esas piezas, pero hay otras muchas originales realmente extraordinarias.

Gran Dama Oferente (Copia Museo Albacete) 
Bicha de Balazote (Copia Museo Albacete) Este edificio, proyectado por el arquitecto Antonio Escario, se inauguró en 1978. Su estructura orgánica sigue siendo moderna medio siglo después.

Empezamos la visita por las salas de Arqueología, siguiendo un itinerario cronológico: obras de la prehistoria, de la cultura ibérica -riquísima en esta zona- romana, visigótica, islámica, desde el siglo VI antes de nuestra era a nuestros días.












Mientras el Colega se deleita con las monedas de todos los siglos, yo me asombro con la perfección de algunas esculturas, la finura de la cerámica, me emociono con las inscripciones de las estelas funerarias, que nos hablan de la vida de hace dos milenios: «Lo hizo Calinus para su hermano Crispino de treinta años. Aquí yace enterrado. que la tierra te sea ligera«, dice una; «Julio Paterno mandó que se pusiera en su testamento para sí y para Cornelia, su querida esposa con cargo a sus bienes comunes«. O con la colección de muñecas, las barbies del imperio romano, tan parecidas a las actuales.




El recorrido de este ala incluye la Cruz de término de Albacete y otras piezas que alcanzan hasta el siglo XIX.


El museo tiene una sala dedicada a obras de los siglos XVI al XVIII y otras con la colección donada por el pintor Benjamín Palencia, albaceteño de Barrax.
Nos llevamos de recuerdo una paloma de cerámica, convertida en el icono de Albacete. Contra lo que pudiera parecer, no reproduce ninguna obra antigua, es obra de un médico local.

Cuando abandonamos el museo bandadas de pájaros -tordos o estorninos- atronan el espacio con sus graznidos. Oye, que me ha gustado mucho el museo, le digo al Colega. Ya te dije que valía la pena venir a Albacete, responde. Y tiene razón.
Fotos: ©Valvar

-
Chinchilla de Montearagón

Chinchilla de Montearagón (Albacete) es una población colgada en el cerro de San Blas, con unas excavaciones arqueológicas extraordinarias, unas edificaciones que hablan de su importancia como villa cristiana y un urbanismo intrincado que evoca su origen árabe.
En este bonito pueblo estrenamos nuestra primera andanza de 2025. Preparamos el viaje tan pronto como los Reyes Magos se recogieron en sus predios y empezaron las rebajas de enero. La Heredera Menor ha estado recientemente en Albacete y ha venido hablando maravillas de la ciudad y provincia, convenciendo al Colega. Eso, unido a su fervor por las producciones iberas expuestas en el Museo Arqueológico Nacional (MAN) procedentes del yacimiento Pozo Moro de Chinchilla de Montearagón, acabó de decidirnos.





Ya puestos, podemos pasar por Murcia y llegar a Cartagena, propone él. Sé que me espera una inmersión en los hallazgos arqueológicos y el mundo romano, que no es el viaje de mi vida, pero me acomodo de buen grado, unas veces por uno, otras por otro.
Cuando preparamos la salida pregunto al Colega qué ropa quiere llevar: el chambergo, responde. Su chambergo es una especie de tanque plumífero para expediciones a la estepa siberiana, alternativamente, para el invierno burgalés. La Aemet da máximas de 14º en Albacete y de 22º en Murcia y Cartagena, le informo, quizá será suficiente con una cazadora de cuero, propongo y él acepta.

Salimos de Madrid todavía de noche, vemos amanecer en la carretera y a las 10 de la mañana estamos en Chinchilla de Montearagón, a 13 kilómetros de la capital albaceteña. En los 250 kilómetros recorridos la temperatura no ha subido de los 2º y ahí sigue cuando aparcamos el coche junto al castillo, apenas visible por la niebla que nos ha acompañado en los últimos kilómetros. Por si fuera poco, sopla un viento gélido. Hasta yo echo en falta el chambergo del Colega.



Como el castillo está cerrado, descendemos hasta las Cuevas de San Julián, viviendas excavadas en la ladera, con sus características chimeneas cónicas. Las vistas desde allí son estupendas -se divisan los llanos de la Mancha, los Montes de Chinchilla y, a lo lejos, las Sierras del Segura y Alcaraz- y deben serlo aún más a la caída de la tarde pues una de las cuevas se ofrece como Mirador del Atardecer.




Se cree que estas casas-cueva son de origen árabe, aunque se extendieron a partir del siglo XVI, tras la expulsión de judíos y musulmanes en tiempo de los Reyes Católicos, en un intento de sus habitantes de mantenerse fuera del control administrativo y eclesiástico.


Cuenta la tradición que este población donde ahora tiritamos fue fundada por Hércules en persona, hacia el siglo VII a.C. La producción expuesta en el MAN, extraída del yacimiento arqueológicos cercano, de la que ya hemos hablado, demuestra que la zona estuvo ocupada desde tiempos remotos.
Los musulmanes se asentaron en el siglo VIII y durante el califato de Córdoba fue una de las poblaciones más famosas del reino de Murcia. Las tropas castellanas de Alfonso X -todavía infante-, junto a las de la Orden de Calatrava y las de Jaime I de Aragón la conquistan en 1242. En 1244 el futuro Alfonso X pacta con los descendientes de Ibn Hud, último rey de Murcia, la cesión del dominio de la plaza.
En el ámbito del poderoso marqués de Villena, en el siglo XIV Juan II la incorpora a la corona de Castilla; por su resistencia a ser conquistada por Aragón recibe el título de ciudad, capital de la Mancha de Aragón. Los Reyes Católicos juran sus Privilegios en 1488, concediéndole el título de Ciudad Noble y Muy Leal que aparece en su escudo.

Su posición estratégica y fortificada fue escenario de frecuentes guerras; en la de Sucesión española fue tomada por el archiduque Carlos y en la de la Independencia las tropas francesas se apoderaron del castillo y volaron el torreón del homenaje.
Fernando VII le concedió el título de Fidelísima; durante el Trienio Liberal fue capital de la provincia de Chinchilla, que acabó recayendo en Albacete, con la división administrativa de 1833, zanjando así una rivalidad que se arrastró durante décadas. La ubicación de Chinchilla en un promontorio de complicado acceso la perjudicó en su rivalidad con la entonces aldea de Albacete, situada en llano.






De esa larga historia conserva su fortaleza amurallada en la que se asentaron iberos, romanos y árabes antes de que en el siglo XV se levantara la construcción actual, con un foso excavado en la roca de diez metros de ancho y seis de profundidad; sus cuevas y baños árabes; los conventos de Santo Domingo y Santa Ana, la ermita de San Antón, la iglesia de Santa María del Salvador; su Ayuntamiento de fachada dieciochesca, sus casonas de piedra blasonadas, todo lo cual hace de Chinchilla Conjunto Histórico Artístico.
Es famosa su Semana Santa, que arranca en el siglo XVI, y su Festival de Teatro Clásico, que se celebra anualmente en el mes de julio. Considerada cuna de la alfarería provincial, cuenta desde 1980 con un Museo Nacional de Alfarería con dos millares de piezas.
Bien oreados en nuestro paseo por el castillo y las cuevas, descendemos por el intrincado callejero hasta la Plaza de la Mancha, el corazón ciudadano, donde se levanta la iglesia de Santa María del Salvador, de portada gótica, interior barroco y buena rejería fechada en 1503, el Ayuntamiento y el Casino, y por donde no cesan de pasar coches.

De uno de los balcones cuelga una pancarta en la que se lee: “No a la planta de biogas”. Al fondo de la calle, aparece el castillo, testigo del paso del tiempo.

Nos dirigimos a la Oficina de Turismo, que ocupa el renacentista Pósito de los Pacheco, apellido unido al marquesado de Villena, y la encontramos cerrada, por estar atendiendo a una visita guiada. Decididamente, no hemos escogido un buen día para visitar Chinchilla de Montearagón.


Todavía vivimos una peripecia para salir del laberinto callejero, empeñado el GPS en que pasemos por donde no cabe el coche, ni para adelante ni para atrás, alcanzamos por fin la carretera, donde tomamos un café para entrar en calor.
Tendremos que volver cuando no haga tanto frío ni niebla, propongo. El Colega, aún dolorido por el raspón de su coche, asiente con la cabeza.
Fuentes: Ayuntamiento de Chinchilla de Montearagón
Fotos: ©Valvar
-
Urracas López de Haro

Si visitas el monasterio de Cañas (La Rioja) te admirarás del extraordinario sepulcro de Urraca López de Haro, que aquí está enterrada. Y si visitas el Museo del Retablo en Burgos te encontrarás con otro sepulcro de Urraca López de Haro, procedente del monasterio de Vileña (Burgos). ¿Qué ha pasado aquí?


Eso es lo que nos preguntábamos nosotros. ¿Hubo dos Urracas López de Haro en el siglo XIII? ¿Una misma Urraca fue enterrada en dos lugares distintos? No resulta fácil discernir el entuerto porque incluso las referencias serias -como la Real Academia de la Historia- confunden a ambas damas, cada una de ellas merecedora de un mejor conocimiento. Ambas transitaron por la vida en un tiempo, entre los siglos XII y XIII, en el que las mujeres de la nobleza aún tenían poder efectivo, fundaban monasterios, tejían alianzas, elegían y decidían. Eso es lo que ellas hicieron.
Cronológicamente, la primera de estas Urracas era hija de Lope Díaz, I conde de Haro y IV señor de Vizcaya y de Aldonza Ruiz de Castro. Debió de ser una de las hijas menores del matrimonio, por lo que pudo nacer hacia 1160 pues el padre murió en 1170.
Los Haro eran ya por entonces figuras poderosas en las cortes peninsulares, por lo que no es extraño que Urraca, dueña de posesiones en Tierra de Campos, apareciera en la corte leonesa, mantuviera relaciones con el rey Fernando II y tuviera dos hijos con él -García, muerto a poco de nacer en 1183, y Sancho, nacido en 1184-. La pareja acabó casándose en 1187, cuando el rey estaba en las últimas, pues murió al año siguiente.
Urraca, bien respaldada por los Haro 👇, pretendió que su hijo Sancho heredara el trono leonés, empezando por expulsar de la corte a Alfonso, hijo del rey con otra Urraca, esta de Portugal, quien, finalmente, acabó reinando con el apoyo de la nobleza leonesa. Tan pronto como se asentó en el trono este Alfonso XI se tomó la revancha sobre su madrastra, desposeyéndola de los castillos que habían sido su dote.
Por si fuera poco, Urraca perdió a su hijo Sancho, destrozado por un oso en 1220. Dos años después fundó un monasterio cisterciense en Vileña, de donde fue señora y quizá profesó. La señora del monasterio no era necesariamente monja, ejercía su poder civil como una especie de patronazgo. Algunas de estas nobles protectoras acababan profesando, incorporándose a la comunidad, por lo común para ser abadesas. Aquí murió y fue sepultada en 1224 nuestra Urraca.
El monasterio de Vileña perteneció jurídicamente al cenobio cisterciense de las Huelgas Reales de Burgos, seguramente el más poderoso de Castilla, al tiempo que gozaba de la protección de la no menos poderosa familia Rojas, lo que le proporcionó una existencia saneada, sus muros cobijaron a una comunidad de medio centenar de religiosas y una notable colección de obras de arte, parte de las cuales se encuentran actualmente distribuidas en el Museo de Burgos, incluido el retablo de su iglesia, obra de Pedro López de Gamiz (1581), que habla por sí solo de su pasado esplendor.









La placidez monacal no estuvo exenta de sobresaltos. En el siglo XIV Eduardo de Woodstock, heredero del trono inglés, conocido como el Príncipe Negro, que había acudido en socorro del rey Pedro I en su guerra contra su hermanastro Enrique de Trastamara, asaltó el monasterio, apoderándose de sus obras más valiosas y ocasionándole grandes pérdida económicas. Cuando la comunidad se había recuperado llegaron las tropas francesas de Napoleón, exigiéndole el pago de más de 4.000 reales para evitar la ocupación del monasterio.
Todavía en el siglo XIX, en 1835 llegó la exclaustración decretaba por la desamortización de Mendizábal. La revolución de 1868 suprimió el monasterio obligando a las religiosas a refugiarse en las Huelgas Reales de Burgos. Regresaron en 1872 y dos años después las dieciséis monjas que quedaban dejaron de depender de las Huelgas para pasar al arzobispado de Burgos. Lamentablemente, en mayo de 1970 un terrible incendio asoló el cenobio obligando a las monjas a trasladarse a otro convento de la orden en Villarcayo.



Otra parte del patrimonio cultural que atesoraba el monasterio puede contemplarse en el Museo del Retablo de Burgos. Ahí está también el sepulcro de Urraca López de Lara.







Hacia 1169, los padres de esta Urraca, Lope Díaz de Haro y su segunda esposa Aldonza Ruiz de Castro, fundaron un monasterio en la localidad riojana de Cañas, que encomendaron también a la orden del Císter. El monasterio se llamó primero Santa María y luego San Salvador de Cañas. Muerto Lope en 1170, al año siguiente Aldonza ingresó en su fundación con sus hijas pequeñas, al tiempo que hacía una importante donación a la comunidad.

Sarcófago de Mencía Lope de Haro Entre estas hijas pequeñas se encontraba Mencía López de Haro, que salió del monasterio para casarse con Álvaro Pérez de Lara, quien falleció en 1173, al poco de la boda. Mencía, viuda, rica, inteligente y poderosa, fundó se propio monasterio, acogido igualmente a la orden del Císter: San Andrés del Arroyo 👇, del que fue abadesa hasta su muerte, hacia 1228. Como si se tratara de un hábito familiar, en la sala capitular del monasterio permanece el sarcófago de esta mujer del linaje de los Haro.
La segunda de las Urracas era nieta de los fundadores de Cañas, hija de Diego López II conde de Haro, señor de Vizcaya, y de Toda Pérez de Azagra, y sobrina de las fundadoras de Vileña y de San Andrés del Arroyo. Siguiendo la costumbre de las mujeres de la familia, primero casó con Álvaro Núñez, señor de Lara, de Lerma, Montes de Oca y Pancorbo y, como sus predecesoras, enviudó joven, refugiándose en el monasterio familiar de Cañas.
En 1225 fue elegida abadesa, la cuarta desde su fundación y, sin duda, una de las más decisivas 👇. Utilizó sus influencias para obtener donaciones y realizó obras en el cenobio, que en ese tiempo alcanzó un momento de esplendor. La decadencia de la Casa de Haro influyó en la economía monacal, deteniendo las obras. Se recuperarían en el siglo XVI, continuarían en el XVIII y concluirían en el XIX, con sucesivos momentos de crecimiento y paralización, según la situación política y económica de la región.
El monasterio de San Salvador acoge aún hoy una comunidad cisterciense, custodia de unas riquezas que remiten a un pasado de mayor magnificencia.







Esta Urraca López de Haro falleció en 1262, todavía abadesa, con fama de santidad. Su cuerpo descansa en un precioso sarcófago en el centro de la sala capitular, que ella había mandado hacer.










Es una de las joyas del monasterio, para nuestro gusto, la principal del rico y abundante joyero. Obra de los siglos XIII-XIV, la tapa muestra a Urraca con los atributos abaciales, flanqueada por ángeles y novicias. En la caja se representan escenas de su vida, su entierro y su ascenso al cielo, un total de veintiséis personajes: obispos, abades, acólitos, damas y frailes.

Me gusta sobremanera ese diálogo eterno que en una de las esquinas del sepulcro mantienen una sonriente monja y un clérigo.
El cuerpo de la abadesa Urraca ha permanecido incorrupto, según se ha comprobado en las cuatro ocasiones en que ha sido abierto el sarcófago, entre 1898 y 1989. De hecho, la comunidad de Cañas -una docena de monjas en 2024- cada 6 de mayo celebra la fiesta de la “beata” Urraca, pese a que la iglesia no ha iniciado causa alguna para su beatificación.
La abadesa Urraca de Cañas reposa en un sarcófago de mejor factura que el de Urraca de Vileña pero ambos siguen un relato similar. Ocurre, sin embargo, que el de Cañas puede contemplarse a placer por cualquiera de sus lados. El de Vileña estuvo hasta hace un año en la nave de la iglesia de San Esteban de Burgos, sede del Museo del Retablo. Como el lugar es utilizado para actividades culturales, se decidió desalojar la nave para acomodar a los asistentes. El sarcófago de Urraca de Vileña ha sido desplazado a un ala de la planta baja del museo, tan pegada al muro que apenas se puede ver completo. Pobre doña Urraca castigada contra la pared.
Fotos: ©Valvar

Museo del Retablo, Burgos (Iglesia de San Esteban)

