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La diosa de Carazo

Entre los aficionados al arte es harto conocido el llamado ídolo de Carazo. A lo largo de los siglos se viene discutiendo si la pieza es romana o celtibérica, si procede de Carazo o de Clunia. Lo raro es que tratándose de la cabeza de una mujer no se le llame directamente diosa.
El asunto viene de lejos. El historiador y cronista Prudencio de Sandoval (1551-1620) ya habló de que en tiempos de gentiles hubo un templo dedicado a un ídolo llamado Karaço (Carazo) de quien fue devota Faustina, mujer del Emperador Marco Aurelio.
En el siglo XIX, el abad de Silos, fray Ildefonso Guepin, afirmaba que esta cabeza había sido objeto de culto en el pueblo de Carazo o en el cerro que lo domina, hasta que el mismísimo Santo Domingo de Silos la rescató y destruyó los restos de idolatría👇.

Jaime del Álamo, hablando sobre Cascajares de la Sierra👇, indica que entre las divinidades traídas por los romanos se encuentran las diosas matres o de la fecundidad, que en Barbadillo eran adoradas como Matres endeiterae y en Salas como Matres Manitucinae. Refiere también que en Carazo existió un templo dedicado a un ídolo llamado Karazo, de quien fue muy devota la mujer del emperador.
Ignacio Ruiz Vélez y Emilio Serrano Gómez 👇 creen que el tocado de la diosa, peinado con raya en el centro, triple trenza trasera, más ancha la central, y una diadema de hojas con broche circular, corresponde a la época postconstantiniana del siglo V.
Este peinado sería tomado por las mujeres de la comarca como tocado nupcial hasta que a comienzos del siglo XVII la Inquisición prohibió tal costumbre bajo pena de excomunión y multa de diez ducados para gastos de guerra contra los infieles.
La pequeña cabeza de bronce, incontestablemente femenina, mide 18 centímetros de altura, está hueca y muestra dos orificios, en la boca y en la oreja derecha. Parece sonreír y es bellísima. Puede contemplarse en el museo del monasterio de Santo Domingo de Silos, en una urna que dificulta no poco las fotos.

La información del museo rebaja el nivel épico del antiguo abad y señala que se trata de una “cabeza romana (s. III-IV), que representa una cabeza femenina realizada en bronce, procedente con toda probabilidad de la ciudad romana de Clunia Sulpicia, donde el monasterio tenía posesiones y hasta un priorato ya a mediados del siglo XI”.
Ruiz y Serrano creen que se trata de una efigie de Aelia Flaccila, mujer del emperador Teodosio, que la pieza puede estar relacionada con Clunia, como algunos de los sarcófagos de la Colegiada de Covarrubias, que fueron reutilizados para el servicio de personas distinguidas.
Aelia Flaccilla Augusta 👇 (356-386), de origen hispano, fue la primera esposa de Teodosio I, con quien se casó el año 376 y con el que tuvo tres hijos, Arcadio, Honorio y Pulcheria. En su condición de Augusta las monedas de su tiempo llevaron su nombre y su efigie. Tenida como mujer virtuosa, fue enterrada en Constantinopla, el Senado le erigió una estatua y la iglesia ortodoxa la venera como santa.
Ídolo según la definición de la Real Academia Española es «imagen de una deidad objeto de culto» y, en segunda acepción, «persona o cosa amada o admirada con exaltación«. Como sinónimos ofrece: fetiche, tótem, efigie, amuleto, reliquia, deidad, divinidad, héroe, mito, modelo, favorito, campeón, amado. Acepciones y sinónimos que, en femenino, cuadran con el objeto al que nos referimos. Esto de los sinónimos y el género tiene también su puntito. Valga de ejemplo, si introduces el término «diosa» en la versión digital de un diccionario de sinónimos te indica que no existen sinónimos, pero si introduces «dios» te ofrece una veintena de alternativas. La RAE no contempla el vocablo «ídola».
Sea esta la cabeza de la emperatriz Aelia Flaccilla o de cualquiera otra, lo evidente es que, diosa o no, se trata de una mujer. Si damos por buena la versión del abad silense de que fue el mismo Santo Domingo quien rescató la cabeza y destruyó «los restos de idolatría», si aceptamos que las mujeres de la comarca la veneraban como una de «las deidades matres», ¿por qué no renombrarla como «la diosa de Carazo«?. Las mujeres sabemos bien que lo que no se nombra no existe.
Fotos: ©Valvar

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Monasterio de Rodilla

Monasterio de Rodilla es un lugar de aspecto placentero en la comarca burgalesa de la Bureba, a orilla de la carretera N-I con una historia más agitada de lo que su apariencia actual podría inferir. Ha sido mansión romana, castillo medieval, monasterio, población junto a la roda y ermita dedicada al cobro del diezmo. Quizá algo más. ¿Quién sabe?
En el entorno de lo que hoy conocemos como Monasterio de Rodilla hubo una mansión romana, la Tritium Augtrigonum del Itinerario de Antonino que iba de Braga a Burdeos. En la Edad Media la encontramos como Monesterio y Nava Fenosa, topónimos que aluden a una tierra de pastos altos (nava) y cultivos de heno (fenosa). A la sombra de su castillo roquero se asentó una población y un monasterio, ora propiedad de San Salvador de Oña, ora de San Millán de la Cogolla.
En el siglo XII era cabeza del alfoz castellano de Monasterio. En 1188 formó parte de la dote que Alfonso VIII donó a su hija Berenguela en su compromiso matrimonial con Conrado, hijo de Federico I de Alemania, matrimonio que finalmente no llegó a celebrarse. Del castillo roquero apenas quedan cuatro piedras, el resto ha servido de material para construcción de caminos.

La población original de Monasterio se localiza en la ladera bajo el castillo, en torno a la iglesia de Santa Marina, conocida como Barrio de Arriba. Con el tiempo una parte de la población se trasladó al llano, junto a la “roda” -de ahí “rodilla”-, la vía Bayona-Burgos por la que discurría una rama del Camino de Santiago, más tarde el importante tráfico de lana entre Burgos y Flandes y actualmente la Nacional I. Se crea así el Monasterio de Rodilla o Barrio de Abajo. Fernando III concedió al monasterio de las Huelgas el portazgo que se cobraba en Monasterio de Rodilla sobre la circulación de la sal.
En cuanto al monasterio al que alude el topónimo, se sabe que el rey García de Pamplona concedió al abad Gonzalo del monasterio de la Cogolla un pequeño cenobio, probablemente vinculado a la familia del abad, en la villa de Naba Fenosa. Dos décadas después el mismo abad dona el cenobio a perpetuidad al abad Íñigo del monasterio de Oña.
Algunos documentos posteriores hablan de la existencia en Monasterio de la cella de Santa María y de una iglesia bajo la advocación de la Beata María siempre Virgen. En el siglo XIII aparecen ya Navahenosa, Monasterio de Rodilla y la iglesia de Santa María del Valle, propiedad del monasterio de Oña, donde los vecinos de los dos primeros van a pagar el diezmo, contribución que los fieles abonaban a la iglesia, consistente en la décima parte de sus frutos. De hecho, hasta principios del siglo XX los vecinos entregaban una parte de su cosecha al ermitaño, que residía con su familia en una dependencia anexa a la ermita.
A pesar de que hay cierto enredo documental, parece que la casa, palacio o monasterio de la Beata María siempre Virgen se construyó a finales del siglo XII o comienzos del XIII, con un capellán a cargo llamado Fernando.

Algunos historiadores sostienen que en este lugar vino a tomar el hábito -o quizá a pasar el duelo- la condesa Elvira Ramírez, esposa de Rodrigo Gómez, a la muerte de su marido, ocurrida en 1153, de donde deducen que se trataría de un monasterio femenino, del que no se tienen noticias. Tampoco se tienen muchas noticias fiables del momento de su construcción. Es el tiempo en que Oña, propietario del monasterio, hasta entonces en poder de Navarra, pasa a dominio castellano, cuando Fernando I de Castilla vence a su hermano García de Navarra en la batalla de Atapuerca (1054), anexionándose la comarca de la Bureba.



A nosotros lo que nos lleva a este lugar es la llamada ermita de Nuestra Señora del Valle, situada en un paraje que por sí solo bien vale una visita en cualquier época del año. Se trata de una fábrica de hermosas proporciones, del tipo de San Pedro de Tejada, una construcción de una sola nave con torre de 16,5 metros de altura a la que se accede por un husillo.

El ábside presenta al exterior una triple arquería ciega de medio punto en cuyos arcos se abren sendos vanos. Ábside y portada se decoran profusamente con ajedrezados y puntas de diamante y abundancia de canecillos, más elaborados los de la portada.

Una inscripción insertada en el ábside podría indicar la fecha de su consagración, lamentablemente inutilizada por la manipulación sufrida en tiempos recientes.

Un aspecto que llama la atención en la decoración escultórica es la ausencia absoluta de cualquier referencia religiosa, excepto dos relieves en las fachadas norte y sur de la torre: una Virgen con el Niño en la pared sur y un San Miguel, muy deteriorado, en la norte.





Encontramos capiteles y canecillos con decoración vegetal, zoomórfica y figurativa: basiliscos, monstruos alados, quimeras, una curiosa sirena con un pez en la mano, dos figuras mutiladas mostrando sus órganos sexuales, una pareja, músicos, un equilibrista, una cabeza de dama, algunos de ellos con incisiones y perforaciones decorativas.




La inexpresividad de los veinticuatro canecillos de la cornisa ajedrezada del ábside apunta que fueron realizados por un taller distinto al que trabajó en la portada y en las cornisas norte y sur de la nave, de mayor naturalismo y viveza, que remiten al taller del segundo maestro de Silos.




Entre todos ellos, destaca la expresividad y buena factura de los siete que sustentan el tejaroz de la portada.

Otro tanto cabe decir de las dos ménsulas de la puerta, figuradamente dos leones, todos ellos atribuidos a un maestro de Rodilla.


De los dos accesos que tuvo la nave el del muro oeste, que comunicaba con la casa del ermitaño, está parcialmente cerrado. La portada, algo avanzada respecto al muro norte, es obra de finales del siglo XII. Se organiza sobre dos pares de columnas exentas rematadas por capiteles decorados con representaciones de animales. Las arquivoltas parten de una moldura a la altura de los cimacios.



Nosotros somos de los que hemos frecuentado el área recreativa de la ermita, incluso con la prole, pero nunca habíamos podido acceder al interior, habitualmente cerrado. Para nuestra fortuna, el equipo de Vía Románica 👇 organizó una visita guiada el segundo sábado de noviembre de 2024, al que nos apuntamos con entusiasmo.



De esta manera podemos atestiguar que si la ermita es hermosa al exterior, el interior no le va a la zaga. La nave se divide en tres tramos, con bóveda de medio cañón los dos primeros; el ábside se cubre con bóveda de medio cañón y de horno semicircular.

El tramo que hace de falso crucero se cubre con cúpula semiesférica sobre pechinas y arcos torales, modelo ya utilizado en otras iglesias de la provincia como San Pantaleón de Losa y Aguilar de Bureba.


La originalidad de la iglesia de Santa María del Valle es que en los muros norte y sur de este tramo que ejerce de falso crucero se abren unos nichos de 90 centímetros de profundidad a la manera de absidiolos o capillas resguardados por semibaldaquinos rematados por un frontón triangular, modelo que recuerda a los existentes en Santa María Magdalena de Zamora y San Juan de Duero de Soria. Adosados a esta estructura, unos altares rudimentarios sobre una base circular. Se cree que pudieron servir para un culto privado o semipúblico esporádico y restringido.




Los capiteles del arco toral son toscos, de relieve casi plano. Próximos a ellos, otros capiteles con ornamentación de palmetas y hojas de acanto. De mejor factura los que rematan las semicolumnas que delimitan los dos primeros tramos de la nave.
Entre los años 1954-56 se realizaron excavaciones en el entorno de la ermita apareciendo varios sarcófagos, actualmente dispersos por la zona utilizados como abrevaderos. Entre 1965 y 1968 se realizaron obras de restauración de la ermita y acondicionamiento. Se eliminaron la sacristía y la llamada casa del ermitaño, habilitándose una zona recreativa muy frecuentada en verano.

Hay algo extraño en esta iglesia. Se diría que esconde algún secreto, la razón última de su existencia. Pues, si el cenobio estaba en el barrio de Santa Marina, ¿qué pinta aquí la iglesia? Y si hubiera existido aquí un cenobio, teniendo en cuenta su dependencia de Oña o de la Cogolla, ¿qué sentido tiene una iglesia monacal carente de símbolos religiosos? Y, ¿que hacía aquí la condesa doña Elvira Ramírez, cuyos restos descansan junto a su esposo en el monasterio de Oña? Si no hubo cenobio ni tampoco población cercana, ¿para qué se necesitaban dos altares añadidos en los absidiolos laterales? ¿Es Santa María del Valle la misma advocación que la Beata María siempre Virgen u otra distinta? Si tuvo un uso exclusivamente recaudatorio, ¿el monasterio de Oña -o el de San Millán de la Cogolla- necesitaban tamaña construcción únicamente para recibir los diezmos existiendo ya la iglesia de Santa Marina? ¿Pudo existir alguna fundación nobiliaria vinculada al monasterio de Oña? ¿Es la condesa Elvira u otra dama hipotéticamente donante la cabeza retratada sobre la portada? ¿Quienes ocuparon los sarcófagos hallados en el entorno de Santa María del Valle?


La visita guiada sigue un recorrido que pasa por la cercana iglesia de Santa Marina, en el Barrio Alto, que conserva una ventana, portada y varios canecillos románicos, el resto es gótico. Su estado de abandono produce cierta desolación.

Concluye el recorrido en la parroquia de Santa María del Barrio Bajo, donde se guarda la imagen que presidió el altar de la ermita -la actual es una copia-, de madera policromada, y un Cristo crucificado también de madera, de tipo bizantino.

La cruz mide 186 centímetros de alto por 170 de ancho. La imagen tiene la cabeza adelantada, inclinada a su derecha. El rostro es alargado, con los ojos entreabiertos y hundidos. El cabello, tallado en mechones individuales, se reparte a ambos lados del pecho. Es una talla excelente que resalta con gran dominio la anatomía del Crucificado, cubierta en parte por un perizonium -lienzo atado a la cintura en las imágenes de Cristo desnudo- que llega hasta las rodillas, formando pliegues.
Durante años, este Cristo ocupó el vano de uno de los absidiolos de la ermita; para ajustar la cruz al espacio disponible se le cortaron los dedos pulgares de ambas manos y el índice de la mano derecha.
Volvemos contentos de esta visita y de iniciativas como esta para dar a conocer el patrimonio cultural de la provincia. Y dándole vueltas a los interrogantes que nos ha suscitado el recorrido. Tenemos que volver más veces, le propongo al Colega. Pues ya solo nos falta trasladarnos a vivir a la ermita, responde.
Fuente: Románico digital. Monasterio de Rodilla 👇
Fotos: ©Valvar

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Lara de los Infantes

La iglesia de la Natividad de Lara de los Infantes encierra misterios aún no descifrados acerca de su origen, sus promotores o su construcción. En combate contra el abandono y el paso del tiempo, su hermosura la mantiene enhiesta, testigo del nacimiento de un país.

Transitar las tierras de Lara es pisar un terreno legendario sobre el que se asientan las raíces de Castilla y sus cantares de gesta y en el que se mece el poder de los señores feudales. Bien es cierto que el paisaje en el que se extiende el señorío de Lara -el picón de su castillo, la meseta de Carazo, las Mamblas- tiene un aire épico que hace creíble cualquier relato por fantástico que resulte.
Estos lugares fueron escogidos para asentamiento por arévacos, vaceos, turmódigos y por los romanos, que tuvieron aquí una importante población, a tenor del abundante rastro que se conserva en el Museo de Burgos, descontado el que se ha perdido en manos privadas.









Es probable que, desaparecido el imperio romano, persistiera la población durante el dominio visigodo -cerca de aquí se levanta la iglesia visigótica de Quintanilla de las Viñas- de manera que en la repoblación cristiana se “refundara” la nueva población.
En torno al castillo de Lara, cuyos cimientos probablemente fueran romanos, se creó un pueblo que sería el centro del alfoz medieval que alumbraría primero el condado y luego, el reino de Castilla.

La leyenda asegura que entre los muros de este castillo vino al mundo Fernán González, hijo de Muniadona y de Gonzalo Fernández, que en 931 concedió fueros a un amplio territorio que incluía la Sierra de la Demanda, los montes de Oca o el cañón de Río Lobos.

Aquí está también la cuna del linaje de los Lara, hacedores y deshacedores de reyes, representantes del señorío feudal, prestos a desafiar al poder real si este amenazaba sus privilegios. El primer Lara del que existe constancia es Gonzalo Núñez, quien en el año 1083 ya era tenente de las fortalezas de Lara, Carazo y Orta, en el Arlanza, a las que unirá el señorío sobre Andaluz (Soria), las tierras de Almazán repobladas por él y la tenencia de Medinaceli. Probablemente el noble más rico y poderoso de Castilla en ese momento.
Casado con doña Goto el matrimonio tiene dos hijos: Pedro y Rodrigo González de Lara, que recibirán el título de condes y tendrán gran notoriedad también en el reino leonés. La reina doña Urraca, hija de Alfonso VI, nombrará mayordomo a Pedro, la máxima dignidad en la corte, y acabará teniendo un hijo con él, al que llaman Fernando Pérez.
No con todos los reyes hubo tanta concordia. Como era usual entre los ricoshombres de la época, los Lara se rebelaron con frecuencia contra los reyes. Lo hicieron contra Fernando III, quien en 1217 puso sitio a la fortaleza; con Alfonso X a ratos estuvieron a buenas y a ratos se sublevaron, en 1255 el rey entregó el castillo a la ciudad de Burgos; en 1299 los Lara recuperaron el castillo que, no obstante, siguió estando controlado por la que ya entonces era cabeza de Castilla, a través de los sucesivos alcaides: los Cartagena, Maluenda, Martínez de Bilbao… A comienzos del siglo XVI la fortaleza estaba ya totalmente arruinada.
La fama y poder evocador de Lara bien merecía un cantar de gesta y lo tuvo. La leyenda de los Siete Infantes de Lara tiene como escenario esta tierra donde en el siglo X dos familias emparentadas se disputan el poder: Gonzalo Gustios y su esposa doña Sancha, señores de la Casa de Salas y padre de los siete infantes de Salas; don Ruy Velázquez y doña Lambra de Bureba, señora de Barbadillo del Mercado y hermana de Gustios.
Quiere la leyenda que en las bodas de don Ruy y doña Lambra se suscite una pelea en la que resulta herido un vasallo de la novia. Esta se lo toma tan a mal que hace jurar a su marido que tomará venganza en la familia de don Gonzalo.
Don Ruy aprovecha una embajada de Gustios a Córdoba para entregarle una carta para Almanzor en la que pide que mate al portador de la misiva, pero Almanzor se apiada de él y se limita a encerrarlo. Poco encerrado debía estar porque el castellano aprovechó el tiempo para tener un hijo con su cuidadora, de nombre Zaida, a quien la leyenda hace hermana del mismísimo Almanzor.

Sarcófagos en Suso (San Millán de la Cogolla) No menos diligente pero en sentido contrario anduvo don Ruy, tendiendo una emboscada a los hijos de don Gonzalo, quienes perdieron la vida “en campos de Arabiana” a manos de las huestes árabes de Galbe, capitán moro de Gormaz, quien mandó decapitar a ellos y a su ayo Nuño Salido y enviar sus cabezas a Córdoba. Almanzor se las muestra a Gustios y lo deja libre. Gonzalo regresa a Salas. Los cuerpos de los infantes y de su ayo fueron trasladados al monasterio de Suso en San Millán de la Cogolla, cuyo pórtico pasó a convertirse en panteón de los infantes castellanos.

Arca en la iglesia de Santa María de Salas de los Infantes En el año 1579, en la iglesia de Santa María de Salas se descubrió un arca conteniendo restos de ocho cabezas, letreros y pinturas con los nombres de los infantes y del ayo. Un acta notarial certifica que se trata de los restos que faltaban.
Hasta el siglo XVI los monasterios de Suso y de San Pedro de Arlanza se disputaron la posesión de las sepulturas de los siete infantes decapitados. A tal punto llegó la disputa que el año 1600 el abad de la Cogolla mandó abrir los sarcófagos del pórtico de Suso para que un notario pudiera certificar la autenticidad de los enterramientos, apareciendo, en efecto, siete cadáveres descabezados.

Arcosolio ubicado en el claustro bajo de la catedral de Burgos Mudarra, el hijo de don Gonzalo y de Zaida, llegó a Castilla con la intención de conocer a su padre y hacer justicia a sus hermanos. “A Dios digo verdat que del mundo es señor, / poca serié la mi vida si estas cabeças non vengo yo”, refiere el romance. Es tradición que este hermano vengador fue enterrado en el monasterio de San Pedro de Arlanza. De allí procede el arcosolio actualmente ubicado en el claustro bajo de la catedral de Burgos identificado como sepulcro de Mudarra.
Durante siglos la leyenda fue representada en sus supuestos escenarios. El tecnológico siglo XXI no es ajeno al atractivo de este drama. El grupo de teatro Tierra de Lara 👇 representa cada año el cantar de Los Siete Infantes y el de Fernán González en los escenarios de San Pedro de Arlanza o en la misma iglesia de Lara, con gran éxito de público.
Desde tiempo inmemorial Salas y Lara se disputan el dominio de los siete infantes. Salas, que hasta el siglo XVI era conocida como Salas del Alfoz de Lara, pasó a llamarse Salas de los Infantes. Alfonso XIII le concedió el título de ciudad en 1925. Lara tomó el apellido de los Infantes a partir del siglo XIX.
Siguiendo el rastro de los famosos y desgraciados infantes, nos encontramos frente a la iglesia de la Natividad de Lara un soleado domingo de noviembre. Rodea el templo un vallado de piedra con dos accesos que se abren sin dificultad. Aunque su torre es visible desde muchos kilómetros a la redonda, de cerca sorprende comprobar las enormes dimensiones del templo, situado en la parte más elevada del pueblo.

Paseamos en torno a la iglesia, admirando su ábside, con dos niveles separados por una imposta en cuyo paño central se abre una saetera de medio punto.

El muro sur presenta los restos de una probable galería desaparecida, algunos canecillos algo deteriorados, entre los que se distingue una pareja abrazada.


En el costado oriental se levanta la torre campanario.

En el hastial de poniente se abre una puerta, cerrada con cadena y candado, desde la que se ve la portada de entrada a la iglesia.

Esta portada románica es de arco medio punto con cinco arquivoltas que apean sobre una docena de capiteles. Metemos los objetivos de las cámaras a través de la reja -los jubilados solemos andar escasos de vista- y, pese al enjalbegado, constatamos la belleza de esos capiteles en los que se distinguen arpías, grifos, dragones, leones devorando a un animal, animales picoteando sus patas, así como una pareja de guerreros armados con escudos y una Anunciación, todo ello con un claro aire silense.









Cuando volvemos al coche lamentando que la iglesia estuviera cerrada encontramos a una señora. ¿No hay misa hoy?, le pregunto. No hay ni feligreses ni cura, responde. Qué pena, porque nos hubiera gustado ver la iglesia por dentro, insisto. Ah, si es por eso no se preocupe, Fausto tiene la llave y se la enseña con mucho gusto, nos dice.
El Colega localiza enseguida a Fausto, un vecino de 94 años, que está preparándose para ir a la misa en Campolara. A mí no me importaría ir pero mejor que les acompañe mi hija, que está más ágil, propone. La hija es la amabilidad en persona. Nos abre la puerta, nos da las luces y nos agradece el interés por la iglesia del pueblo. Decididamente, los domingos son nuestro día de suerte.

Lo primero que sorprende de la iglesia de la Natividad es su amplitud en anchura y altura. De una sola nave, la cabecera es netamente románica, de ábside semicircular con bóveda de horno y arquerías ciegas. Además del retablo mayor, de buena factura, tiene otros menores, también interesantes.
La cabecera conserva algunos capiteles que hechura tosca, nada que ver con los de la portada, parece evidente que en la iglesia trabajaron maestros de al menos dos talleres distintos.



Sobre la columna de la derecha del arco triunfal los capiteles representan leones, bichas y personas a los que el historiador Pérez Carmona atribuye un carácter psicomáquico, es decir, son una alegoría de las virtudes humanas, de la lucha contra los vicios.



En otras cestas se observan felinos, gallos afrontados y máscaras barbadas.

En algún momento de su historia, la iglesia fue totalmente enjalbegada, cubriendo la policromía que parece atisbarse en alguno de los capiteles.

Altar privilegiado perpetuo, reza un cartel en el muro sur de la cabecera, memoria de alguna prerrogativa que ahora parece lejana.


La nave se cubre con bóvedas estrelladas y remata con un coro alto tardogótico levantado sobre arco escarzano y cubierto con crucería flamígera.

Bajo el coro se encuentra una pila bautismal también románica de copa semiesférica y basa circular.

Cuando salimos de la iglesia nos detenemos de nuevo ante los capiteles de la portada, que con el entusiasmo de la visita nos parecen mejor aún que antes.
Félix Palomero Aragón e Irene Palomero Ilardia, autores de un estudio arqueológico del templo, concluyeron que hubo una primitiva construcción, de la que solo queda parte de uno de sus muros. En una segunda etapa se construyó una iglesia de tres naves de la que permanece en pie la caja de los muros. Todavía en estilo románico se realiza el ábside con triple cabecera. A finales del siglo XII se abren las portadas occidental y meridional y en el XIII se adosa una galería porticada a estas fachadas.


En la época bajomedieval esta fábrica se reformó elevando la altura de los muros, convirtiéndola en iglesia de una sola nave articulada en tres tramos con bóvedas de crucería.
La torre se realiza en tres fases: la base es románica y se levanta al mismo tiempo que el templo de tres naves; el segundo cuerpo es de época bajomedieval y el tercero parece levantarse, ya como campanario, en la segunda mitad del siglo XVII.
En los inicios del siglo XVI se elimina una parte de la galería y sobre ella se construyen las trojes y el palacio y, quizá, una sacristía entre la portada y la torre. Hacia 1663 se recompone y se rehace la cerca del atrio y cementerio, y entre 1689 y 1690 se construye el husillo adosado al muro norte. Mediado el siglo XVIII se transforma de nuevo la iglesia: se elimina la bóveda del presbiterio, se recrecen los muros y al sur se adosa la llamada sacristía nueva.

En el XIX se abren nuevos vanos en el muro norte, se reforman los del palacio y se reconstruye una parte que se había caído. En la última década del siglo XX se limpiaron y repusieron los elementos deteriorados y se desescombraron algunas estancias arruinadas.

En la vertiente norte de la iglesia se extiende el cementerio del pueblo. No parece mal sitio este para descansar, como aspiraba Serrat, en la ladera de un monte, más alto que el horizonte, garantizada la buena vista.
Con la emoción se nos han pasado por alto las inscripciones que hablan del momento fundacional de la población y de sus héroes legendarios: los Siete Infantes (Los 7 infantes / que septem heroas / que septem fulmina belli / Lara olim genvit).

La primera de estas inscripciones, en latín y letra visigótica, sería copia de la original, rescatada de la ermita de San Julián y depositada en el Museo de Burgos. «En nombre del Señor Gundesalvo y Friderico hicieron esta ciudad bajo el rey don Alfonso en la era de 900«, reza.
Retomamos el camino pasando junto a la iglesia de Quintanilla de las Viñas, dejando atrás el picón del castillo, preguntándonos de dónde sale la iglesia de Lara, quién y cuándo ordena su construcción. En algunos documentos de San Pedro de Arlanza consta que cerca de Lara hubo un cenobio familiar que con el tiempo pasó a depender del de Arlanza. Estas fundaciones solían tener función de panteón familiar y ser iniciativa de las mujeres del linaje, a quien se encomendaba el cuidado de los difuntos. Y quién con más autoridad y posibilidad que los Lara para crear su propio panteón familiar, emulando iniciativas similares de los monarcas. Es el caso del monasterio de las Huelgas Reales en Burgos, de Santa María la Real en Nájera, Santa María de Poblet, promovidas por los reyes de Castilla, Navarra o Aragón, respectivamente.
El poder de los Lara declina a partir del siglo XIV, momento en que quizá la fundación familiar y su iglesia pasasen a San Pedro de Arlanza, rico monasterio que bien pudo acometer las obras de ampliación y modernización del templo, luego convertido en parroquial de Lara, que guarda celosa sus secretos.
Fuentes:
Martínez Díez, Gonzalo. La primera casa nobiliaria en Castilla: los Lara
Abásolo, José Antonio. Lara de los Infantes, mvnicipium a pesar de la arqueología.
Fotos: ©Valvar

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San Juan de Ortega cerrado

Decir San Juan de Ortega en el Camino de Santiago es pronunciar palabras mayores. Situado a una veintena de kilómetros de la ciudad de Burgos, rodeado de bosques en los antaño peligrosos Montes de Oca, en este punto se encuentra la iglesia levantada en el siglo XI para acoger a los peregrinos medievales y los restos del santo promotor.

Este Juan que luego llegaría a santo había nacido en Quintanaortuño en el año 1080. Desde muy joven se unió a Domingo de la Calzada, que también llegaría a los altares, primero como eremita y luego, abriendo caminos y construyendo puentes por los que pudieran transitar los peregrinos que se dirigían a Santiago. Tras la muerte de Domingo, en 1109, peregrinó a Jerusalén. A la vuelta de este viaje sufrió un naufragio, momento en que se encomendó a San Nicolás, prometiendo dedicarle una capilla si se salvaba. Cumplió su promesa construyendo una pequeña iglesia en una zona de los Montes de Oca conocida como Urtica, esto es, ortiga o maleza, de donde tomó nombre el lugar. Junto a la iglesia levantó un albergue para peregrinos. Ambas son el germen de lo que los peregrinos se encuentran hoy.

Puente de Agés La tradición le atribuye la finalización de la calzada entre Nájera y Burgos y la construcción de los puentes primitivos de Logroño, Nájera, Santo Domingo, Belorado, Cubo de Bureba y Agés.


No estaba solo, se le fueron uniendo nuevos colabores en las labores hospitalarias, de manera que hacia 1138 se crearía el monasterio de San Nicolás, conocido a partir del siglo siguiente como de San Juan de Ortega.
Encontró además el apoyo decisivo del rey Alfonso VI -empeñado en que Castilla se uniera a las corrientes culturales que llegaban de Europa a través de la ruta jacobea- y de sus sucesores: en 1142 Alfonso VII le donará el realengo de los Montes de Oca y otras propiedades. Sancho III lo ampliará con el señorío de las villas de Ojuela y Hoyuelos con todas sus posesiones.
En 1163 muere Juan de Quintanaortuño dejando garantizada la pervivencia de su fundación. La comunidad creada en torno a él, convertida en canónigos regulares agustinos, será avalada por el papa Inocencio II, bajo la dependencia y protección papal.
En 1170, Alfonso VIII cede el monasterio de San Juan de Ortega a la catedral de Burgos, pasando a ser administrado y gobernado por una dignidad del cabildo, con el cargo de abad. Los siglos siguientes decayó el número de monjes agustinos de manera que en 1432 el obispo de Burgos acordó con el monasterio jerónimo de Fresdelval que San Juan de Ortega pasase a ser monasterio de esta orden. Recuperó su independencia dos años después.
Las peripecias de la comunidad no mermaron la devoción popular al santo de Quintanaortuño, que pronto tuvo fama de milagrero. Acudían a él enfermos y accidentados y, muy especialmente, mujeres deseosas de ser madres. Es el caso de la reina Isabel la Católica, que llegó hasta aquí en 1477 rogando al santo que le diera un hijo, a poder ser, varón. La reina había dado a luz en 1470 a su primogénita, Isabel, y temía por la sucesión de la corona, máxime porque aún vivía su sobrina Juana, mal llamada la Beltraneja, a quien ella había disputado el trono. El santo debió apiadarse de la tía más que de la sobrina pues al año siguiente la reina daba a luz a un niño, Juan, el único hijo varón de los Reyes Católicos. Agradecida, la reina encargó a Hernando de Talavera hacer un santo de plata para el monasterio por el que pagará 75.000 maravedís y contribuirá a financiar las obras de la iglesia, como expresan los escudos reales en las claves de las bóvedas de crucería del templo. Y así continuó hasta la desamortización del siglo XIX.
La iglesia de San Juan de Ortega 👇 está, pues, dedicada a San Nicolás. Iniciada en estilo románico, tiene cabecera de tres ábsides, el central mayor que los dos laterales, con tres naves con crucero, se proyectó como una construcción de grandes dimensiones.


La muerte del fundador paralizó durante años la construcción y cuando se retomó se hizo con arreglo al nuevo estilo imperante también en Europa: el gótico. Empero, el conjunto resulta armonioso y conserva la grandeza, si no las dimensiones, con la que seguramente se había proyectado desde el principio.


En el exterior, destacan los canecillos de los ábsides, la única parte románica del edificio.



ø; En el interior, es famoso su capitel de la Anunciación sobre el que cada solsticio de primavera y de otoño, a las cinco de la tarde un rayo de sol que penetra por un ventanal de la fachada va iluminando escenas de la infancia de Jesús: la Anunciación a la Virgen, la Visitación a Santa Isabel, el Nacimiento y la anunciación a los pastores.

Otro de los capiteles representa el combate entre un infante armado de espada, cubierto de cota de malla y yelmo con escudo de cometa, que se enfrenta a un jinete armado con lanza.

No menos famoso es el monumento funerario de estilo gótico mandado realizar por los condestables de Castilla, Pedro Fernández de Velasco y su esposa Mencía de Mendoza y Figueroa, cuyos escudos aparecen en el baldaquino. Sobre la caja se labró una efigie del santo y en los laterales escenas de su vida y milagros.
La capilla de San Nicolás de Bari es conocida como capilla del santo por creerse que es aquí donde inicialmente fueron enterrados sus restos. El resto de dependencias corresponden al monasterio jerónimo, obras realizadas entre los siglos XV al XVIII


El sepulcro tardorrománico que ocupaba el interior del baldaquino estuvo un tiempo en la cripta y ahora puede verse en la iglesia.
La etapa de San Juan de Ortega es una de las más importantes del Camino de Santiago, por la fama del santo, por la dureza del paso de los Montes de Oca, por la belleza del lugar y por la fama de su albergue de peregrinos ya desde la época del santo.
Este es un lugar especial para nosotros porque aquí, un día de finales de los años ochenta descubrimos el Camino en la amable compañía de algunos miembros de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago, que ya por entonces habían asumido la tarea de promoción del Camino, su defensa y conservación. Ellos y nosotros acogidos al amable y generoso amparo de José María Alonso Marroquín 👇 y sus sopas de ajo.
No se había producido aún el auge que luego tuvo el Camino ni existían muchas de las estructuras de apoyo que ahora encuentran los peregrinos. José María, párroco de la iglesia y hospitalero, estaba dedicado en cuerpo y alma al Camino y a los peregrinos y contribuyó a crear esos servicios. Pablo Arribas Briones, uno de aquellos amigos y estudioso del Camino, definió a José María como “el hito más humano y cabal de cuantos atendieron a los peregrinos en los últimos años”. Él fue quien nos animó a escribir sobre la peregrinación y, efectivamente, publicamos en Diario de Burgos una serie de reportajes sobre el itinerario en Burgos que tuvieron éxito y por el que los Amigos del Camino nos dieron una premio que guardamos con afecto.

A su muerte, ocurrida en 2008, el arzobispado de Burgos cedió la administración del albergue a la Fundación Diper 👇, una privativación de servicios al fin y a la postre.
Desde entonces acostumbramos a visitar San Juan de Ortega al menos una vez al año, generalmente en verano, para afianzarnos en la constancia de que seguimos en el buen camino. En esta ocasión lo hicimos el segundo domingo de noviembre de 2024 y cuál no fue nuestra sorpresa al encontrar cerrados la iglesia y el albergue. Lloviznaba ligeramente, los peregrinos se paraban un momento y, al ver cerradas las puertas, seguían caminando. En la caseta de información, un cartel, colocado por los vecinos del pueblo, advertía de que a ellos también les sorprendía el cierre.

El lunes llamamos al arzobispado para conocer las razones de la clausura, donde nos informan que la iglesia está cerrada desde el Pilar (12 de octubre) hasta marzo y el albergue depende de la fundación. La web de esta👇 indica que tras el cierre el 14 de octubre se realizarán los trabajos de mantenimiento del monasterio y del albergue para preparar la temporada siguiente. ¿Quién sella la compostela?, pregunto en el arzobispado. No la sella nadie, responde una voz masculina al otro lado del teléfono.
El Camino de Santiago es, con Jerusalén y Roma, una de las tres grandes rutas de peregrinación cristiana. Incluso aceptando que muchos de quienes hacen el camino no lo hacen por razones religiosas, esta es la ruta por la que entraron las formas de hacer arte en la Edad Media, que distribuyó los usos y costumbres de Europa, entre las muchas razones que podrían esgrimirse en su defensa baste el hecho de que desde 1987 sea el primera Itinerario Cultural Europeo calificado por el Consejo de Europa y que cada año transitan por él cerca de medio millón de personas, 438.307 en 2023, 446.078 en los nueve primeros meses de 2024.
Para alguien poco fan de la iglesia católica pero aficionada al arte, que ha recorrido bastantes iglesias de Francia -país laico donde los haya- encontrándolas siempre abiertas lo de las iglesias cerradas a cal y canto en España es un misterio insondable. Pero las muchas ocasiones en que me he dado con la puerta en las narices me autoriza a preguntar para qué diablos quiere la iglesia inmatricular tantos templos si luego los cierra a fieles e infieles.
El domingo de nuestra visita, mientras hablo con una pareja de peregrinos franceses que se ha refugiado junto a la caseta de información, el Colega ha pegado la hebra con un vecino. ¿Qué te ha dicho?, le pregunto. El Colega, hombre cortés e ilustrado, doblemente licenciado en ciencias y letras, pero que en sus ratos libres bien podría enseñar des-lenguaje a los émulos de Camilo José Cela, lo resume así: Que están hasta los cojones del arzobispado y que lo contemos a ver si el arzobispo se entera de una vez.
Dicho queda.
Fotos: ©Valvar

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San Millán de la Cogolla: Yuso

San Millán de la Cogolla como población se divide en varios barrios, pero a efectos de la historia y del arte se divide en Suso, arriba, y Yuso, abajo. El monasterio de Yuso es la expresión de la importancia que el santo alcanzó en los siglos pasados, del nivel erudito de sus monjes y de su significación en el nacimiento de las nuevas lenguas peninsulares.
Para llegar hasta aquí el visitante ha pasado ya por Berceo, lo que es un primer aviso de que está transitando por el valle de la lengua. Por si le quedan dudas, lo primero que encuentra tan pronto pone el pie en Yuso es el monumento a la lengua castellana.

Yuso es la continuación natural de Suso. Aquí son trasladados los restos de San Millán mediado el siglo XI, cuando la iglesia lo reconoce entre sus santos. Para entonces los reyes de Navarra lo han declarado patrón del reino y Fernán González, de Castilla.
Cuenta la leyenda que la intención del rey don García era llevar los restos al monasterio de Santa María la Real de Nájera, pero los portadores de la arqueta que los contenía quedaron inmovilizados al llegar al valle, lo que se interpretó como la voluntad de San Millán de permanecer en el lugar donde había discurrido buena parte de su vida. Don García manda construir en ese lugar el nuevo monasterio para guardar la arqueta con los restos del santo patrón. El 26 de septiembre de 1067 se inaugura la iglesia adonde se trasladan los restos de San Millán. Reina Sancho IV el Noble y predica Domingo de Silos, natural de la localidad cercana de Cañas, que había sido prior del monasterio y se encontraba desterrado en Castilla, donde fundaría el monasterio que lleva su nombre.
Durante todo el siglo permanecerán abiertos los dos monasterios, Suso sigue siendo dúplice y fiel a la regla mozárabe, en Yuso hay una comunidad benedictina, que a partir del siglo XII quedará como única. En el valle de la Cogolla se vive un momento de esplendor religioso, artístico y cultural. La producción de su scriptorium marcará un hito: de él saldrá el manuscrito conocido como Glosas Emilianenses.
Mil años atrás, un monje del que no se conoce el nombre, tiene ante sí un códice escrito en latín. Sobre la página 72 del Códice 60 Emilianense va tomando notas para preparar un sermón. Esas notas escritas en la lengua que usa el pueblo en esos momentos son las Glosas Emilianenses. Curiosamente, en páginas distintas del mismo Códice el monje escribe otras notas en vascuence. Está escribiendo la primera página de la literatura española. El visitante puede contemplar un facsímil del Códice, cuyo original se guarda en la Real Academia de Historia.
Y, como un endemismo de esta tierra, casi al lado, en torno a 1196 nace Gonzalo de Berceo, que aprende las primeras letras en el monasterio de la Cogolla, estudia en la universidad de Palencia y, ya preste, hacia 1226 vuelve a Berceo, donde concilia su labor de clérigo con la de notario del monasterio de San Millán, lo que le da acceso al archivo y a la biblioteca monacal, instaladas ya en Yuso.
Allí encuentra la Vita latina, biografía del santo escrita por San Braulio, que le servirá para escribir su primera obra, la Vida de San Millán, a la que seguirá otra biografía de Santo Domingo de Silos. Gonzalo de Berceo es el primer poeta conocido en lengua castellana.



Entre los siglos XVI y XVII, sobre el monasterio y la iglesia del siglo XI se levanta la fábrica entre gótica y barroca que actualmente encuentra el visitante. Trabajaron en ella el arquitecto Pablo de Basave, autor de la portada de la iglesia, y el escultor Diego de Lizarraga. El relieve de San Millán reproduce el lienzo de fray Juan de Rizzi (s. XVII), que se encuentra en el retablo mayor de la iglesia, donde se ve al santo eremita -con hábito de monje agustino- combatiendo a los moros en la batalla de Hacinas.

Esta batalla, recogida con todo tipo de detalles en el poema de Fernán González: héroe sobrenatural, enemigo superior, dragones, ejércitos comandados por espíritus superiores, profecías, sueños… habría tenido lugar en la localidad burgalesa de Hacinas y durante siglos se tuvo por cierta, incluida la intervención de un San Millán matamoros. Ocurre, sin embargo, que Fernán González y Almanzor nunca pudieron enfrentarse pues el primero murió el año 970, cuando el segundo no había iniciado sus razias por tierras de Castilla. Lo que no merma ni un ápice el interés del lienzo y del relieve de la puerta del monasterio de Yuso.

La iglesia se levanta entre 1504 y 1540. Realiza el retablo mayor fray Juan de Rizzi, que pinta la famosa batalla de Hacinas, la Asunción de la Virgen y otros seis lienzos. Destaca la rejería, obra de Sebastián de Medina (1676) y el púlpito, decorado con relieves de los evangelistas, obra de la escuela de Berruguete, realizada en una única pieza de nogal.

A decir verdad, la iglesia luce esplendorosa con sus muchos dorados relucientes aunque se agradece un poco la sencillez de los claustros inacabados, el superior cubierto por acoger las dependencias monacales. Llama la atención el enlosado de este claustro, que es el original de 1616.


La sacristía (siglo XVIII) pasa por ser una de las más bonitas de España, presidida por una talla de Nuestra Señora de los Ángeles. Sus frescos conservan los colores originales. Cubren sus paredes veinticuatro lienzos de la escuela flamenca.


Sin restar mérito a los dorados y floripondios de esta parte de Yuso, que para gusto se hicieron los colores, a nosotros nos llevan sobre todo los marfiles románicos de las arcas y la exposición de códices y cantorales, que dan una idea de lo que fue el scriptoriun medieval. Aparte de los veinticinco cantorales, copias de entre 1729 y 1731, nos gustaron los facsímiles del Códice Calixtino y de la Gramática de Lebrija. El archivo y la biblioteca de la abadía están considerados entre los mejores de España, de gran valor para los investigadores.





Por fin, después de muchas subidas y bajadas poco aptas para la clientela de estas visitas, entre la que abundan los jubilados y personas de edad, llegamos a la sala donde se encuentran las arcas que contienen las reliquias de San Millán y San Felices, obras maestras de la eboraria románica.


Los marfiles de la arqueta de San Millán son del siglo XI y los de San Felices, del XII. Se conservaron íntegramente hasta la francesada, cuando las tropas de Napoléon arrancaron y se llevaron las piedras preciosas y los metales. La posterior salida de los monjes propició el robo de las placas de marfil, alguna de las cuales acabaron en colecciones de San Petersburgo, Berlín, Florencia, Washington y Nueva York.

Los catorce marfiles de la arqueta de San Millán que se conservan son un relato en imágenes de la vida del santo, una especie de comic medieval. De la de San Felices se conservan cuatro de los seis que tuvo originalmente.
La visita a Yuso dura unos 50 minutos y, como en Suso, conviene reservar y siempre es guiada. Nuestro grupo estaba formado por varias decenas de personas, lo que hace difícil seguir la explicación del guía. La organización, tan eficaz en general, debería ir pensando en introducir auriculares individuales, como ya existen, por ejemplo, en el monasterio de las Huelgas Reales de Burgos. Lo normal entre los jubilados es que andemos duros de oído.

El valor histórico, religioso, paisajístico, cultural y lingüistico de los monasterios de Suso y Yuso, sus casi 1500 años de vida monástica, su condición de cuna del idioma le valieron en 1997 el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO.

Contentos como estamos, alimentados nuestros espíritus, nos disponemos a comer. Dudamos entre la hostería del monasterio y un restaurante situado enfrente, que lleva también el nombre del santo. Entramos en una tienda a comprar vituallas de la tierra, donde nos indican que en ambos comeríamos bien pero en la hostería estaríamos acompañados por quienes viajan en grupos organizados, lo que nos decide por el otro en busca de tranquilidad. En este restaurante nos proporcionan una mesa junto a la ventana desde la que se divisa un apacible paisaje, ahora que ha despejado la niebla. Comemos muy bien. Mientras tomamos un café vemos llegar tres autobuses cargados de visitantes, que descargan junto a la hostería. De la que nos hemos librado, decimos al unísono, mientras admiramos la sabiduría y el pragmatismo de quienes gestionan el emporio de la lengua que es San Millán de la Cogolla.
Fuentes: Monasterio de San Millán – Yuso
Poema de Fernán González. La batalla de Hacinas
Fotos: ©Valvar
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San Millán de la Cogolla: Suso

San Millán de la Cogolla es un pequeño y antiguo municipio de La Rioja convertido en emporio de la lengua. Al amparo del eremita San Emiliano/Millán se ubican los monasterios de Suso y de Yuso, donde se escribieron algunas de las primeras palabras en castellano y vasco que nos han llegado.
La historia de San Millán es un ejemplo palmario de aprovechamiento histórico a favor de parte, de suerte que un pobre pastor convertido en eremita pasa a figura mitológica y patrón de los reinos cristianos.
En estas tierras vino a nacer Millán hacia el 473 de nuestra era, en una familia hispano romana cuando el imperio romano anda de retirada y en el norte de la península ibérica se asientan los visigodos. Reina Eurico y el cristianismo lucha por hacerse un hueco a base de nuevos símbolos, hechos fabulosos y leyendas.
Millán -o Emiliano- se dedica al pastoreo y a la vida bucólica hasta que a los veinte años un ángel le indica que acuda al ermitaño Felices, quien le orientará sobre su futuro. Con Felices, santo varón, pasará Millán un tiempo -quizá en las tierras próximas de Lara, donde hubo un eremitorio y hay una iglesia bajo su advocación- hasta que decide volver a su tierra de origen, refugiándose en una cueva en la montaña donde durante cuarenta años lleva una vida ascética.
A pesar de que la comunicación en la época debía de ser harto precaria la fama de santidad Millán llega hasta el obispo de Tarazona, de nombre Dídimo, quien la ordena sacerdote y le nombra párroco de Berceo, pueblo lindando con el suyo. Mas, Millán no está hecho para las tareas parroquiales y, en vez de administrar los ingresos, reparte los bienes de la iglesia entre los pobres, ganándose una acusación de malversación y la destitución.
Vuelve de nuevo a su vida eremita mientras su fama de hombre santo se extiende entre los cristianos de la época atrayendo a otros y otras seguidores hasta formar una comunidad, entre otros, por Aselo, Geroncio, Citonato, Sofronio, Oria y Potamia.

Millán muere a los 101 años y es enterrado en el oratorio de la comunidad; los monjes eligen nuevo abad y la vida sigue en el eremitorio. Así, hasta que un siglo después, en el 574, el monje de la Cogolla Frominiano le cuenta la historia de Millán a su hermano Braulio, obispo de Zaragoza, y el obispo escribe una biografía que se convierte en un best seller entre los cristianos hispanos.
Millán se revela como un santo milagroso y en su honor en el siglo VII se levanta un primer santuario en torno al primitivo eremitorio. A esta etapa corresponden el arco de herradura y los dos capiteles visigóticos de tipo corintio de la entrada a la iglesia y las dos capillas cuadradas del interior.



El monasterio goza de la protección de la nobleza. En el 959, García Sánchez I de Pamplona, primer rey de Nájera también, asiste a la consagración de la iglesia de estilo mozárabe, orientada hacia el este. Consta de un atrio y tres naves, una de las cuales es la ocupada por las cuevas, con bóvedas de estilo califal y arcos de herradura. Ocupa el monasterio una comunidad dúplice que sigue la regla mozárabe.



Conmueve ver la sencillez de la capilla donde oraban los monjes, cuyo altar es tenido como el más antiguo de los que se conservan en la península.

En un lado de este oratorio se levanta un espléndido cenotafio de San Millán, en alabastro oscuro, obra del siglo XII. El santo aparece vestido con ropas sacerdotales visigodas llevando un portapaz sobre el pecho con una cruz con decoración de hojas de ortiga, también visigótica. Alrededor del cuerpo del santo se representan sus milagros: dos ciegos a los que devolvió la vista y un perro lazarillo, una niña que resucitó al contacto con su sepultura y varios anacoretas. El cenotafio se apoya en seis expresivas ménsulas.





Antes de finalizar las obras de la nueva iglesia, en el 1002 aparece por aquí el caudillo árabe Muhammad ibn Abí Amir, el temido por los cristianos caudillo Almanzor, que prende fuego y arrasa el monasterio, desapareciendo con ello la decoración mozárabe. Quiere la tradición que tras el incendio Almanzor enfermara gravemente y fuera a morir en Medinaceli.
Después de la acometida de Almanzor Sancho el Mayor de Navarra promueve la recuperación del monasterio. Se amplían las naves con dos nuevos tramos de medio punto cubiertos por bóvedas de cañón y posiblemente, se construye un coro en el costado occidental. Entre los siglos XI y XII se construyen los arcos de medio punto en las primitivas cuevas.


El pórtico de la iglesia está ocupado por los sepulcros de varias reinas de Pamplona: doña Toda, un personaje de primera que representa el poder de la mujer noble en la Edad Media, de quien el Colega es súper fan, doña Jimena y doña Elvira, así como don Tello González. Aquí están también los sepulcros de los siete Infantes de Lara, cuya muerte ocurrida en el siglo siglo X fue recogida en un cantar de gesta incorporada al romancero popular, con gran éxito en Castilla. Acompaña a los infantes en el descanso eterno su ayo, don Nuño Salido.




Mediado el siglo XI la comunidad había aumentado hasta el punto de hacer necesario un monasterio mayor que se levantó en el valle. Así nació Yuso -abajo- como sucesor de Suso -arriba-.
El año 1030 la iglesia canonizó a San Millán, tras lo cual su cuerpo fue solemnemente trasladado al nuevo monasterio de Yuso, con asistencia de Sancho el Mayor, su mujer, doña Muniadonna, y los obispos de Pamplona, Oca, Álava y Huesca.
La visita a Suso -restos arqueológicos y sentimentales testigos de un pasado religioso, político y bélico- es independiente de la de Yuso. Conviene reservar pero las personas que lo gestionan tratan de ayudar a los visitantes. A nosotros nos acomodaron una hora antes de la que habíamos reservado para que pudiéramos aprovechar mejor el tiempo. La central de reservas está en el sótano, junto al aparcamiento. La carretera hasta Suso está cerrada al tráfico de vehículos particulares, un autobús sube y baja a los visitantes cada media hora, duración de la visita, que siempre es guiada.
Tuvimos suerte, al ser una hora temprana nuestro grupo era de solo una docena de personas. No hay que confiarse. San Millán de la Cogolla -Suso y Yuso- es un lugar con mucho tirón. Realmente, al margen del interés histórico o artístico del monasterio, su ubicación es de una gran belleza, a la que el otoño añade color, a pesar de la niebla matinal que nos envuelve.

De camino al autobús recuerdo a algunos de los antiguos eremitas: Aselo, Geroncio, Citonato, Sofronio, Oria, Potamia, Frominiano… Vaya nombres para un bautizo, le digo al Colega. ¿Qué tienen de particular esos nombres?, pregunta él. Entonces me acuerdo de que mi suegro se llamaba Lupicinio, y sus hermanos Abilio, Evencio, Dióscoro… Nada, nada de particular, le respondo.
Fuentes: Monasterio de San Millán. Suso 👇
Fotos: ©Valvar

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San Millán de Lara

San Millán de Lara es una hoy pequeña población ubicada en la burgalesa Sierra de Mencilla, entre la tierra de Lara y la Sierra de la Demanda, que conserva de su época medieval una iglesia otrora vinculada a un monasterio ambos rodeados de leyendas.
Salimos de la A-1 por Sarracín y tomamos la N-234 con intención de salir en Mambrillas de Lara pero el Colega duda y el GPS nos envía hasta Barbadillo del Mercado y de ahí a la Bu-V-8205. Una vuelta innecesaria pero que nos permite contemplar las iglesias de Vizcaínos y Jaramillo de la Fuente, ambas cerradas. Me pongo en lo peor.
Esta parte de la sierra es una zona no demasiado conocida llena de encantos en cualquier estación del año. Nosotros acudimos un domingo de otoño suave y nos encontramos con multitud de personas buscando setas, de las que esta tierra es pródiga. El Colega propone que hagamos una parada a ver si encontramos boletus, pero desistimos, esta vez vamos a rolex. Disfrutamos con la variedad cromática de los montes, de una belleza que eleva el espíritu.
Estamos convencidos de que, después de dos intentos, esta vez sí vamos a encontrar la iglesia abierta. Nos han dicho que en ella se oficia misa los domingos a las 11,30 horas. A las 11 estamos en la puerta, que permanece cerrada.

La leyenda sostiene que en el siglo V el mismísimo San Millán de la Cogolla habitó la cueva en la que se asienta la iglesia que tenemos ante nosotros, que se habría levantado por voluntad del conde Fernán González, devoto del santo. Documentalmente aparece en 1059 en una permuta entre las abadías de San Pedro de Cardeña y Silos. En 1072 otro documento la menciona en otra permuta múltiple. En 1157 el rey Sancho III dona al obispo y cabildo de Burgos el monasterio de Sanctus Emilianus de Lara y sus posesiones, que se suponen considerables. En la bula pontificia de Alejandro III, en 1163, en la que se ratifican los límites diocesanos de Burgos y las iglesias propias de su cabildo se la cita de nuevo. El cabildo mantuvo el título de abadía de San Millán y nombró abad a uno de sus canónigos. En 1222 el cabildo catedralicio mantuvo un pleito sobre derechos eclesiásticos con varios monasterios, incluido el de San Millán de Lara, que se falló a favor de la mitra. Fernando III donó varias propiedades a la abadía, que fueron confirmadas por sus sucesores, Alfonso X y Alfonso XI. En 1354 el obispo desposeyó por absentismo al canónigo y abad Hugo de Mirabello, siendo sustituido por Juan Fernández de Aguilera. De donde se deduce que la ausencia clerical no es cosa de ahora.
En el libro de las Behetrías San Millán aparece como “lugar de la iglesia de Santa María de Burgos y abadengo porque siempre fue señor el abad de dicho lugar”. Recuperó su autonomía jurisdiccional en el siglo XVIII, a esa época corresponde el rollo de justicia, en el que aún se aprecia el hueco para apoyar la cabeza del reo.

Mediado el siglo XIX, el diccionario de Pascual Madoz señala que el pueblo cuenta “con un edificio de antigua construcción que ha sido convento de Benedictinos”. Disponía por entonces de tres canónigos para la cura de almas; los vecinos del barrio de Iglesiapinta estaban obligados a asistir a misa las cinco festividades principales del año y a ser bautizados, a pesar de tener su parroquia.

Leyenda aparte, en el siglo XII se construye la iglesia de estilo románico de tres naves con cabecera de tres ábsides semicirculares. Posteriormente, el ábside meridional fue sustituido por un edificio ocupado actualmente por la sacristía. El ábside central tiene una ventana adornada con arquivoltas y capiteles muy deteriorados.


La torre, rematada en hermoso campanario, se levanta a los pies de la construcción, sobre la antigua cueva de San Millán. Una inscripción sobre un sillar del cuerpo bajo de esta torre indica que Benedicto, Miguel y Martín hicieron la obra en el año 1165. El historiador Pérez Carmona estima que esta fecha corresponde a la torre y es posterior a la fábrica del templo.


La nave presenta dos portadas, la del muro sur es de arco de medio punto con arquivoltas y capiteles muy desgastados con temas vegetales, grifos y arpías. Esta portada y la cabecera se adscribe a la Escuela de la Sierra, que dejó excelentes ejemplares cerca de aquí, como Jaramillo de la Fuente o Vizcaínos.




La portada occidental presenta cuatro arquivoltas apuntadas y capiteles con arpías y otros figurados que se cree aluden a la degollación de San Juan Bautista, dos rostros humanos y una cacería de jabalí, todos ellos muy deteriorados. De un tímpano desaparecido queda el dintel con una cruz patada y una mocheta con cabeza de león. Algunos autores creen que esta portada es obra de un taller adscrito a la llamada Escuela Silense.







Haciendo tiempo, damos una vuelta por los alrededores hasta que encontramos con un señor de edad pareja a la nuestra. Primera sorpresa: no hay misa, el cura se ha ido y si antes oficiaba en domingos alternos, ahora, con suerte, los feligreses tienen misa una vez al mes. O no. Hoy es del no.
¿Sabe quién tiene la llave?, preguntamos. El alcalde, pero no digan que se lo he dicho yo, que no quiero líos, responde. Le prometemos ser discretos sin ninguna dificultad. Mal podríamos decir el nombre de nuestro informador, a quien no conocemos de nada.
Encontramos al alcalde trajinando en una nave próxima a su casa. Cuando le contamos nuestro propósito nos mira con suspicacia. Tengo la llave pero no puedo estar atendiendo a todo el que viene, ahora ustedes, dentro de una hora otros… nos dice.
El Colega usa sus dotes persuasivas, le cuenta al alcalde -don Aurelio Andrés Blanco- que somos admiradores del románico, que venimos de Madrid y vamos a Burgos y siempre hemos encontrada cerrada la iglesia. Lo de Madrid parece impresionar al buen hombre que por fin se compromete a abrir la iglesia si le damos diez minutos para acabar lo que está haciendo y le prometemos no estar más de otros diez minutos dentro.
Volvemos a la iglesia donde nos espera otro vecino deseoso de palique. Le cuenta al Colega que en su quinta fueron 120 mozos, que organizaban sus buenas fiestas, a las que venían hasta de Pinta (Iglesiapinta). Y ahora, ya ve, cuando nos vayamos yendo los viejos aquí no queda nadie, concluye. En 1950 la población censada era de 365 habitantes frente a los 63 de 2023. En suma, una radiografía de la España vaciada.
El alcalde llega puntual, abre la iglesia y conecta las luces del interior. Se lo he dicho muchas veces al cura, que el arzobispado debía poner a alguien con un horario para enseñar la iglesia, pero ni caso, se justifica y nos deja a nuestro aire.

Visto solo el exterior, nadie sospecharía la grandeza del templo, de tres naves de cuatro tramos separadas por arcos formeros apuntados que apoyan en pilares cruciformes, la central más amplia que las laterales, las tres de igual altura con cubierta de madera, añadida en la reforma realizada el siglo pasado.

San Millán de Lara 
Navas de Bureba Nos apresuramos a recorrerlo lo más rápidos posible para no hacer perder el tiempo al alcalde. El Colega, que está más ágil, sube la escalera que conduce a la cueva primitiva por una puerta de arco polilobulado, como algunas ventanas de las iglesias burebanas de Los Barrios y Navas de Bureba y de las riojanas de Treviana y Valgañón. En el interior encuentra una portada mudéjar de arco de herradura, de la obra primitiva, que se fotografía con dificultad por falta de luz. Sobre este espacio se levanta la torre.

A los pies de esa escalera se encuentra una pila bautismal de forma trococónica adornada con incisiones alargadas y circulares. En esta nave del evangelio hay que andar con cuidado porque en el suelo aflora la piedra en la que se asienta la iglesia.


Los capiteles de las columnas muestran ornamentación vegetal y algunos figurados, uno que parece Daniel en el foso con los leones o dos figuras rodeadas de serpientes.


La cabecera, originalmente de tres ábsides, conserva el central y el del evangelio, mayor el primero. Carece de transepto. El alcalde nos señala una pequeña escultura que representa a “San Claudio”, a quien se rinde culto en la iglesia. Se trata de San Victoriano Pío, fraile de La Salle asesinado durante la Revolución de Asturias y canonizado en 1999, nacido en el pueblo como Claudio Bernabé Cano.

Nos hubiera gustado permanecer más tiempo en el interior de la iglesia y disponer de mejor iluminación para ver la cueva y distinguir la ornamentación de las columnas pero agradecemos al alcalde que nos ha dedicado su tiempo sin tener obligación de hacerlo. Está vez hemos tenido suerte pero la originalidad de la iglesia y su historia merecerían una mejor promoción por parte de los responsables de la cultura en las instituciones provincial y autonómica.
Damos una última vuelta por los alrededores de la iglesia, por donde corre un arroyo bautizado con el nombre del santo que da nombre al pueblo y a la iglesia: San Millán.


En la parte superior, junto a la carretera, encontramos en el mismo punto la estela que fotografiamos la primera vez hace años.

Emprendemos el camino a Burgos tomando la carretera BU-V-8202 y en el cruce con Torrelara, la BU-P-8012 que conduce a la capital. A la altura de los Ausines se produce un pequeño atasco, dos coches delante del nuestro han parado para no atropellar a una gallina que se pasea entre los vehículos con la parsimonia de una modelo en la pasarela, ajena a nuestra presencia. Todos esperamos hasta que la gallina deja atrás nuestros coches. La España vaciada, pero respetuosa.
Fuentes: Románico digital. San Millán de Lara 👇
Arteguías, San Millán de Lara 👇
Fotos: ©Valvar

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Boada de Villadiego

Boada de Villadiego es una pequeña población con un gran tesoro: su iglesia de la Asunción. No es la mayor ni la más importante de la provincia, pero guarda en su interior dos de los capiteles más hermosos y mejor conservados del románico burgalés.


Llegar a conocerlos ha supuesto para nosotros una pequeña odisea. Andamos ahora haciendo recuento de capiteles que representen la Paz o Tregua de Dios y la lucha contra el dragón, motivos bastante frecuentes en las construcciones románicas. Ambos se encuentran en la iglesia de Boada de Villadiego. Llamamos a la Oficina de Turismo de Villadiego, de donde depende la pedanía de Boada, para ver cuándo podríamos visitarla. Imposible, nos respondieron, la iglesia está cerrada, no tiene culto.
Hicimos una petición de ayuda en las redes. Solo Eva M. Peña -@empenha- se hizo eco de mi petición. Así estábamos cuando a los pocos días le llama al Colega un compañero de colegio. Que qué día queréis ir a ver la iglesia de Boada, dice. Cualquier día nos viene bien, responde él.
Debo aclarar que los compañeros de colegio del Colega son una especie de lobby -no quiero decir mafia, dadas las circunstancias, para no molestar a nadie-. Hay entre ellos abogados, economistas, pintores, gestores… En un grupo tan variopinto siempre hay un roto para un descosido. Alguien que conoce a un fontanero, a un pintor, o a un especialista de la próstata, llegado el caso.
Así fue cómo un antiguo alumno leyó el mensaje, lo comentó con el alcalde de Canicosa de la Sierra y diputado provincial, este a su vez se lo contó al alcalde de Villadiego y él habló con el alcalde pedáneo de Boada. Y así es cómo la mañana del viernes 4 de octubre nos encontramos en la puerta de la iglesia de la Asunción y cómo nos recibió don Máximo Bartolomé.
Máximo es un hombre de 84 años, menudo, ágil y de vivo ingenio, que llega con la llave de la iglesia. No es su responsabilidad abrir el templo, lo hace hoy por amistad con el alcalde de Villadiego, que se lo ha pedido. Soy un hombre libre, siempre lo he sido y así quiero seguir, si me da por salir al campo, pues salgo, no puedo estar todo el día pendiente de si viene alguien a ver la iglesia, nos dice.
Nos dice muchas más cosas porque a Máximo le gusta hablar y a nosotros oírle. Por ejemplo, nos cuenta que toda su vida ha sido labrador pero en la mili le tocó vigilar a los presos del penal de Burgos. Lo que habré visto allí, dice. Que le gusta vivir en el pueblo y en Madrid se moriría, que sus padres tuvieron ocho hijos, machos todos, recalca, y que el día más feliz de su vida fue cuando su nuera trajo al mundo una niña, su nieta del alma. Es una cosa, mire usted, que no le puedo explicar la alegría que me da esa niña. La nuera parió gemelos, la niña y un niño, pero a los chicos ya estaba acostumbrado. De hecho, él y Teresa, su mujer, también tuvieron un hijo, Alberto Bartolomé, que es el alcalde pedáneo de Boada de Villadiego. Como Alberto y su familia viven en Madrid, Máximo nos recibe en representación suya. Ni en sueños podíamos haber tenido mejor guía.
Boada de Villadiego es un pueblo tan antiguo que aparece por primera vez en la carta de arras del Cid, el 19 de julio de 1074. En el Becerro de Behetrías se le cita como señorío de Juan Rodríguez de Sandoval, en la merindad de Villadiego. Actualmente es pedanía de Villadiego, de donde dista ocho kilómetros. La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, ubicada en un pequeño altozano sobre el caserío, se distingue en la lejanía.


En verdad, esta no era la primera vez que estamos en Boada, estuvimos hace dos años y tuvimos que conformarnos con ver el exterior. La iglesia es de planta rectangular, de una nave y ábside semicircular. La fábrica original románica solo ha tenido ligeras modificaciones en la espadaña y la cubierta. En la reforma realizada en 1994 la bóveda se sustituyó por cubierta de madera y se retiraron las construcciones anexas.

El ábside se divide en tres paños, cada uno de ellos con una ventana con capiteles labrados. En la ventana meridional, el capitel de la izquierda muestra una cabeza de animal de cuya boca salen formas vegetales, con círculos a los lados de la cabeza.


El capitel de la derecha de la ventana central representa la pesca milagrosa, aquí, tres personajes en una barca, dos remando y uno pescando un pez. Esta escena se repite en las iglesias cercanas de Fuenteúrbel y La Cerca.

Boada de Villadiego 
Fuenteúrbel 
La Cerca La ventana septentrional es la más deteriorada, en su capitel de la izquierda se aprecia una cabeza de ciervo. El alero se adorna con cabezas de animales y humanas, un músico, dos figuras sin cabeza y un saltimbanqui. Hay también una escena infrecuente en la que se distingue a una juglaresa junto a un perro apoyado en las patas traseras.


En el lado del presbiterio se abren dos ventanas, la orientada al sur ha sido sustituida por una recreación en piedra pulida. La orientada al norte tiene un pequeño tímpano con una cruz y dos capiteles con cabezas humanas enfrentadas.


Los muros de la nave, de buena piedra de sillería, son totalmente lisos. La portada, de tres arquivoltas ligeramente apuntadas, se abre en el muro sur. Sobre el hastial de poniente se levanta una pequeña espadaña con dos campanas en sus correspondientes troneras.


Entramos, por fin, en la iglesia acompañados de Máximo, quien se apresta a dar las luces. Yo doy la luz y, si prefieren hacer las fotos sin ella, la quito cuando me digan, nos propone desde su experiencia de guía a su pesar. Efectivamente, la luz nos ayuda a distinguir bien el ábside y el presbiterio pero incomoda para fotografiar los capiteles del arco toral.

La iglesia tuvo un retablo y bóvedas barrocas que fueron retirados durante la restauración. Los restos del retablo se guardan en la antigua sacristía, las bóvedas fueron sustituidas por un artesonado sencillo de madera.
El hemiciclo del ábside está decorado por cinco arcos de medio punto y remata en una bóveda de horno. En sus capiteles se distinguen en cada extremo una cabeza con melena partida, otra de gesto grotesco, con pelo rizado y gruesos labios, que se interpreta como un personaje de raza negra, como si los personajes se estuvieran mirando; el resto están adornados con motivos vegetales.




En el muro norte hay una falsa ventana, probablemente gemela de la desaparecida en el muro sur. El capitel del lado izquierdo muestra una arpía con la boca abierta; el derecho, una cabeza monstruosa engullendo a una persona. En el tímpano de este arco se distingue una roseta central junto a dos más pequeñas sobre un fondo que imita un trabajo de cestería.



El presbiterio se cubre con bóveda de cañón ligeramente apuntado. En esta y en la del ábside se conservan restos de pinturas murales: un medallón con el Agnus Dei y el Tetramorfos, el sol realizadas en el siglo XVI. A esta intervención corresponde también la policromía de los capiteles del arco del triunfo objeto de nuestro interés.



Et voilà, ahí está, en el lado del evangelio, representando la lucha del bien contra el mal, nuestro esplendoroso y joven San Miguel, vestido con túnica y armado con escudo de cometa, alanceando al dragón de cuerpo anillado y larga cola, esculpido con tal maestría que ganas dan de pedirle arcángel que le perdone la vida.


En el lado de la epístola una mujer vestida con manto y ceñidor toma las riendas de las monturas de dos caballeros dispuestos para la lucha, vestidos con túnicas cortas y espuelas y cubiertos los rostros con yelmos. El guerrero de la izquierda se cubre con escudo redondo y ataca con lanza al de la derecha, que aparece desarmado y para la lanza con su escudo de cometa. La escena representa la llamada Paz o Tregua de Dios, un movimiento pacifista vigente entre los siglos XI al XIII, auspiciado por la iglesia y el campesinado que prohibía las luchas de los señores feudales en determinadas fechas, generalmente de viernes a domingo y en Navidad. La escena representaba a dos combatientes a caballo que pelean con espada o lanza, con frecuencia un personaje, habitualmente una mujer, los contiene sujetando las riendas de los caballos.


Ejemplares de este tipo se encuentran cerca de aquí en Fuenteúrbel y La Cerca, también en Butrera y Rebolledo de la Torre en la provincia de Burgos, Caracena (Soria) y en el palacio real de Estella (Navarra), donde los caballeros están identificados como Roldán y Ferragut.

Estella 
Caracena 
Fuenteúrbel 
Rebolledo de la Torre 
La Cerca 
Butrera A los pies de la nave permanece una pila bautismal de piedra caliza en forma de copa, de 137 cm. de diámetro y 89 de altura con decoración gallonada. Máximo nos asegura que el último bautizo en esta pila tuvo lugar hace 51 años, cuando fue cristianado su hijo.

La última restauración ha limpiado la madera del coro, dejando ver una espléndida viga con decoración mudéjar.

Se estima que la cabecera de la iglesia de Boada fue construida a finales del siglo XII por el mismo taller que trabajó en Fuenteúrbel y La Piedra. La nave se levantó avanzado ya el siglo XIII cuando se introducían las primeras formas góticas, que se manifiestan en la espadaña.
La visita ha sido una experiencia gratísima, por su contenido, por su continente, por el paisaje que le rodea, porque hizo un hermoso día de otoño y, sobre todo, porque tuvimos un guía extraordinario. Ahora bien, nos preguntamos si no sería posible visitar esta y otras iglesias igual de interesantes sin tanta parafernalia, sin molestar a nadie, sin el privilegio de los antiguos alumnos. Si la Iglesia católica, propietaria de la mayoría de los templos, no podría llegar a algún tipo de convenio con la Junta de Castilla y León o con las Diputaciones, o con quien sea, para que las iglesias, la mayoría rehabilitadas con dinero público, pudieran abrirse a las visitas en días señalados o previa reserva, con personal contratado legalmente, o con mecanismos similares a los que ya existen en los Museos vivos de la provincia de Burgos.
Fuente: Románico digital. Boada de Villadiego 👇
Fotos: ©Valvar

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Museo Reina Sofía de Madrid

El arte moderno español tiene su casa en el Museo Reina Sofía de Madrid. Un edificio admirable por sí mismo que acoge las obras de pintores o escultores de cualquier nacionalidad nacidos a partir de 1881, a la sombra del rey del lugar: el Guernica de Picasso.

El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, que tal es su pomposo nombre, es el segundo más visitado de España, se encuentra frente a la estación de Atocha y forma parte del Paseo del Arte de la capital y del llamado Paisaje de la Luz, declarado Patrimonio de la Humanidad en 2021.


El edificio que lo alberga hunde sus cimientos en la Casa de Austria y se alza con los Borbones, ocupado durante tres siglos por establecimientos hospitalarios. El primer hospital -llamado Hospitium Pauperum- fue proyectado en tiempo de Felipe II. Cuando llegó Fernando VI mandó demolerlo para construir uno más moderno, diseñado por el arquitecto militar José de Hermosilla. No habían concluido las obras cuando llegó Carlos III, encomendando el proyecto a dos arquitectos famosos: Francisco Sabatini y Juan de Villanueva, quien se hizo cargo de las obras a la muerte del primero. Sabatini proyectó un hospital grandioso, mayor en dimensiones que el mismísimo palacio real, en cuya ampliación también trabajaba, que finalmente quedó reducido a menos de la mitad. En 1780 se constituyó como Hospital General de Madrid y de la Pasión. En un edificio anejo, que actualmente ocupa el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, se instaló el Real Colegio de Cirujanos de Medicina.
Durante la francesada, el rey José Bonaparte reservó el centro para hospital militar de las tropas francesas, obligando al desalojo de los enfermos locales. En 1875 se creó el Hospital Clínico de San Carlos dentro del Hospital General. En 1965 se acordó su cierre definitivo, pasando el Clínico a ocupar un edificio moderno en Moncloa. Se inició entonces un debate entre partidarios de su demolición y partidarios de su declaración como monumento histórico artístico. Por una vez, ganaron estos.
Quienes creen en estas cosas aseguran que los espíritus de algunos antiguos ocupantes, incluso de tres monjas que aparecieron enterradas, pululan aún en las salas ahora ocupadas por las obras de pintores y escultores modernos, provocando fenómenos paranormales: luces que se apagan, objetos que se mueven sin causa aparente y cosas así. Cuando acompañamos a algún visitante novato, me gusta contarle que detrás del metrónomo situado en la segunda planta hay un alma en pena que nos mira, ora con el ojo abierto, ora con el ojo cerrado.



Durante años, el viejo hospital fue sometido a una rehabilitación que lo transformó en el maravilloso lugar que hoy puede transitarse. En 1986 recibió las primeras exposiciones temporales; en 1992 se inauguró definitivamente como museo, recibiendo los fondos antes recogidos en el Museo de Arte Moderno, creado en 1894, y el de Arte Contemporáneo, de 1951. Pronto se vio que el edificio Sabatini era insuficiente y en 2005 se amplió con un edificio diseñado por Jean Nouvel.





Si el pétreo edificio Sabatini conserva sus líneas clásicas, sus impresionantes escaleras, sus largos pasillos de bellas perspectivas, sus paredes rugosas, su acogedor patio y sus modernos ascensores exteriores, el área Nouvel es casi etéreo, transparente, una aleación de metal y cristal. El primero acoge la colección permanente y algunas temporales, el segundo, las temporales, las dependencias administrativas, un salón de actos y la biblioteca, con un patio que de vez en cuando alberga actuaciones musicales, presidido por una pincelada-escultura de Roy Lichtenstein. El museo tiene dos sedes anexas en el Parque del Retiro de Madrid: el Palacio de Velázquez y el maravilloso Palacio de Cristal.










El Reina Sofía ha contribuido bastante a desasnar a dos indocumentados en arte contemporáneo como nosotros. Somos de la opinión de que uno va a los museos a aprender pero, sobre todo, a disfrutar, se detiene en aquello que le gusta y trata de entender lo que le gusta menos o pasa de ello. El Reina Sofía nos ha permitido disfrutar mucho y nos ha enseñado a entender.
Hasta hace poco, el museo tenía el prurito de impedir que se fotografiara al Guernica, la obra de Picasso, que es lo más vip del lugar. Pero en 2023 llegó un nuevo director, Manuel Segade, y eliminó la prohibición sin que se hundiera el universo por ello.

Hemos seguido al Guernica desde su llegada a España, instalado entonces en el Casón del Buen Retiro. Al contrario que al Colega, a mí nunca me gustó especialmente. Hasta que, en las postrimerías de la pandemia del covid acudimos un día al museo y nos encontramos los dos solos en su sala. Como si lo mirara por primera vez, lo que vi me impresionó de tal manera que me puse a llorar. Desde entonces, cada vez que vamos paso a echarlo una ojeada y rara es la vez que no descubro algo nuevo. Me gusta especialmente esa flor que se empeña en sobresalir entre tanta desolación.

Hoy directores que tienen a gala tener las obras del museo en continuo movimiento. Segade cambió de sitio “Un mundo”, el impresionante lienzo de Ángeles Santos Torroella, dándole más visibilidad. En nuestra última visita le ha vuelto a esconder, como si le pusiera de espaldas a la pared.

El Colega es un especialista en detectar cambios y, sobre todo, fallos. Si hay una cartela con errata ante la que ha pasado millón y medio de personas llega él, la ve y se apresura a dar la voz de alarma. En esos casos, yo finjo que no le conozco, aunque, en general, le agradecen la atención. Pues bien, en nuestra última visita detectamos que en la colección permanentemente no estaba un cuadro de Modesto Ciruelos,n un notabilísimo pintor de Cuevas de San Clemente (Burgos) que se codeó con lo mejorcito de su tiempo. Preguntamos a la vigilante de la sala, quien nos sugirió que acudiéramos a información. Lo hicimos. El cuadro de Los ciclistas ha sido retirado sin más. El Colega está pensando en hacer saber al nuevo director que los de Burgos hemos tomado nota de esa baja.

En cambio, redescubrimos un nuevo lienzo que se nos había pasado por alto. Se trata del Autorretrato de Alfonso Ponce de León, obra presentada a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1936.

Este pintor, vinculado al realismo mágico, se había formado en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde coincidió con Salvador Dalí, Maruja Mallo, Remedios Varo y Margarita Manso, con quien luego se casó. En Madrid fue amigo de García Lorca y Moreno Villa. En París, de Picasso. Hizo algunos decorados para los espectáculos de La Barraca, que dirigía García Lorca. También hizo cine como actor y director y colaboró con Edgar Neville. Es el autor de algunos de los carteles de Falange Española, a la que se afilió desde su fundación.
La obra impresiona más cuando se conoce el final de su autor. Detenido en Madrid en septiembre de 1936 y trasladado a la checa de Fomento, su cadáver apareció días después en una cuneta. Poco después fueron asesinados su padre y dos hermanos.
Los museos son una lección permanente, de arte y de la vida. Se aprende de todo. Valga el caso, te enteras de que esa mole metálica de 38 toneladas, que el museo compró al escultor Richard Serra, sobre cuyo significado o intención te habías interrogado mientras dabas vuelta en torno a ella, puede evaporarse sin dejar rastro. Desaparecida sigue. Aquí explican las interioridades del asunto 👇.
Aprendes que cubistas fueron Juan Gris y Marie Blanchard, españoles y pintores ambos, pero que la fama y los lienzos del caballero siempre ocupan lugar preferente sobre los de ella. Y suerte que recientemente se ha empezado a hablar de las mujeres artistas de la República, véase la generación de las Sinsombrero, porque hasta no hace demasiado tiempo parecía que en esos años de esplendor artístico solo hubieran trabajado ellos. Esas cosas también se aprenden en los museos.






Empero, nosotros vamos a los museos a disfrutar y, por lo general, nos damos el gusto. En el Reina Sofía tenemos varias visitas imprescindibles, la hermana de Dalí mirando por la ventana, Adán y Eva de Rosario de Velasco, Un mundo y La tertulia de Ángeles Santos, y, sobre todas ellas, La mujer con abanico de Maria Blanchard, aquí firmado M. Gutiérrez, que, si pudiera, me llevaba a casa. Más fácil de colocar que la mole de Serra sí es.




Para terminar la visita del Reina Sofía nada como sentarse un rato en alguno de los bancos del patio mirando tranquilamente el móvil de Calder y disfrutando del ingenio y la maestría de Sabatini. Me gusta pensar que acaso su espíritu zascandilee entre estas piedras puesto que su cuerpo, enterrado en la iglesia de San Martín, desapareció en 1809 cuando se derribó el templo.
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Fotos: ©Valvar y Museo Reina Sofía

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Cañón de Río Lobos y San Bartolomé

El Parque Natural Cañón de Río Lobos es un espacio de una belleza salvaje, que guarda una joya arquitectónica, la ermita de San Bartolomé, mezcla de hermosura románica y misterios a medio resolver.



El Cañón de Río Lobos, tiene una extensión de 12.238 hectáreas y un paisaje bucólico hasta en el nombre. Está declarado Parque Natural, desde 1985, uno de los primeros Espacios Naturales Protegidos en la Comunidad de Castilla y León, catalogado, asimismo, como Zona de Especial Protección para las Aves y Zona de Especial Conservación.




El espectacular paisaje ha sido formado por la paciente erosión del agua y la acción del hielo y el deshielo. En él coexisten los páramos calizos, los cortados y la ribera con su fauna -buitres, águilas, halcones, alimoches, cernícalos, búhos, cárabos, mochuelos, corzos, jabalíes, ardillas, zorros, murciélagos…- y flora -sabinas, pinos, encinas, aliagas, espliegos, tomillos, salvias, sauces, chopos, avellanos, abedules, nenúfares…- propias.




Nosotros venimos frecuentando el Cañón desde nuestra primera juventud, cuando los vehículos podían transitar sin control por los caminos e incluso acampar en el Cañón, pero, afortunadamente, ahora el acceso está controlado y los coches han de aparcar en los lugares designados para ello. Los abundantes carteles distribuidos por el parque solicitan moderación a los visitantes y un silencio respetuoso hacia la fauna autóctona. Así y todo, en nuestra última visita, agosto de 2024, la afluencia al parque era tan numerosa como bullanguera.


Desistimos de pasear por los senderos y nos dirigimos directamente a la ermita de San Bartolomé, que es nuestro objetivo. Queremos aprovechar que ahora permanece abierta durante buena parte del año para conocer su interior. La iglesia está ubicada en un meandro del río Lobos, cobijada por enormes crestones de piedra, que aumentan la impresión de monumentalidad de un lugar sobre el que pesan mitos y leyendas para todos los gustos.


Para empezar, se dice que se levanta en el lugar señalado por la espada del apóstol Santiago, caída durante un salto prodigioso del caballo que montaba el santo. Construida en las primeras décadas del siglo XIII, en un punto equidistante del cabo de Creus y del Finisterre peninsular, por donde sale y se pone el sol en la Península, estuvo vinculada al Temple hasta la supresión de la Orden, lo que explica la simbología de algunos canecillos, cuyo significado permanece oculto para el visitante actual.

Sean ciertas o no las leyendas, se conozca o se ignore el significado de los símbolos que abundan en sus muros, la ermita es de una belleza rotunda. Llaman la atención los rosetones de influencia mudéjar abiertos en los brazos de la iglesia, con una trama formada por una línea sin principio ni fin que forman cinco corazones entrelazados encerrando una estrella de cinco puntos, un pentáculo invertido.


Conviene ayudarse por un buen objetivo -o unos prismáticos- para distinguir los canecillos que se distribuyen por la portada y el ábside. Junto a motivos habituales en el románico -cabezas humanas, pareja de luchadores, un músico itifálico, Adán, el crismón- aparecen otros de simbología más oculta: el sol y la luna, cuatro cabezas formando cruz, la pata de oca, la letra H, que evoca al constructor del templo de Jerusalén-.













Desde el punto de vista artístico, lo más interesante de la ermita está en el exterior pero entrar en un lugar que arrastra tal cantidad de leyendas y mitos sobrecoge un poco.

Estamos en un templo románico de transición al gótico, de planta de cruz latina, con un crucero más bajo que la nave y ábside semicircular, de sobria ornamentación interior. En las capillas que conforman los brazos de la cruz se conservan sendos arcosolios, de carácter funerario.



Preside el altar un Cristo crucificado del siglo XVII, la capilla sur, una imagen de San Bartolomé y la capilla norte un retablo con la Virgen de la Salud, del XVIII, que goza de mucha devoción en la zona. En el borde de esta capilla se observa un losa con el grabado de una cruz patada en la que, según las alineaciones astronómicas estudiadas por Rafael Fuster y Jordi Aguadé, es iluminada por un rayo de sol en el solsticio de invierno.


En nuestra visita de agosto, la mayoría de visitantes brujulea alrededor de la iglesia, dudando si entrar o seguir el paseo. Delante de nosotros una familia se dispone a entrar. La entrada cuesta un euro, poco más que el precio del folletito que entregan al visitante. El marido dice que él no paga eso, que prefiere esperar a la mujer fuera. Él se lo pierde.


Frente a la ermita, al otro lado del río, se abre la entrada a la cueva grande del Cañón, una boca de 25 metros de altura que conduce a un espacio de unos cien metros de largo que se cree estuvo habitado en la prehistoria y que ese día estaba tan concurrido como cualquier calle de una gran ciudad.


Recorremos el camino de vuelta por el itinerario del río, deteniéndonos en las señalizaciones de los árboles que lo bordean y, como en tantos otros lugares, preguntándonos cuál será la forma adecuada de mantener el equilibrio entre el razonable deseo de conocer nuevos lugares y el respeto a parajes singulares como la ermita de San Bartolomé y el Cañón de Río Lobos.
Fotos: ©Valvar
Si quieres ampliar información sobre ambos, clica aquí:
Arteguías: ermita de San Bartolomé 👇
Alineaciones astronómicas en la ermita de San Bartolome de Ucero 👇


