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  • Museo Reina Sofía de Madrid

    Museo Reina Sofía de Madrid

    El arte moderno español tiene su casa en el Museo Reina Sofía de Madrid. Un edificio admirable por sí mismo que acoge las obras de pintores o escultores de cualquier nacionalidad nacidos a partir de 1881, a la sombra del rey del lugar: el Guernica de Picasso.

    El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, que tal es su pomposo nombre, es el segundo más visitado de España, se encuentra frente a la estación de Atocha y forma parte del Paseo del Arte de la capital y del llamado Paisaje de la Luz, declarado Patrimonio de la Humanidad en 2021.

    El edificio que lo alberga hunde sus cimientos en la Casa de Austria y se alza con los Borbones, ocupado durante tres siglos por establecimientos hospitalarios. El primer hospital -llamado Hospitium Pauperum- fue proyectado en tiempo de Felipe II. Cuando llegó Fernando VI mandó demolerlo para construir uno más moderno, diseñado por el arquitecto militar José de Hermosilla. No habían concluido las obras cuando llegó Carlos III, encomendando el proyecto a dos arquitectos famosos: Francisco Sabatini y Juan de Villanueva, quien se hizo cargo de las obras a la muerte del primero. Sabatini proyectó un hospital grandioso, mayor en dimensiones que el mismísimo palacio real, en cuya ampliación también trabajaba, que finalmente quedó reducido a menos de la mitad. En 1780 se constituyó como Hospital General de Madrid y de la Pasión. En un edificio anejo, que actualmente ocupa el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, se instaló el Real Colegio de Cirujanos de Medicina.

    Durante la francesada, el rey José Bonaparte reservó el centro para hospital militar de las tropas francesas, obligando al desalojo de los enfermos locales. En 1875 se creó el Hospital Clínico de San Carlos dentro del Hospital General. En 1965 se acordó su cierre definitivo, pasando el Clínico a ocupar un edificio moderno en Moncloa. Se inició entonces un debate entre partidarios de su demolición y partidarios de su declaración como monumento histórico artístico. Por una vez, ganaron estos.

    Quienes creen en estas cosas aseguran que los espíritus de algunos antiguos ocupantes, incluso de tres monjas que aparecieron enterradas, pululan aún en las salas ahora ocupadas por las obras de pintores y escultores modernos, provocando fenómenos paranormales: luces que se apagan, objetos que se mueven sin causa aparente y cosas así. Cuando acompañamos a algún visitante novato, me gusta contarle que detrás del metrónomo situado en la segunda planta hay un alma en pena que nos mira, ora con el ojo abierto, ora con el ojo cerrado.

    Durante años, el viejo hospital fue sometido a una rehabilitación que lo transformó en el maravilloso lugar que hoy puede transitarse. En 1986 recibió las primeras exposiciones temporales; en 1992 se inauguró definitivamente como museo, recibiendo los fondos antes recogidos en el Museo de Arte Moderno, creado en 1894, y el de Arte Contemporáneo, de 1951. Pronto se vio que el edificio Sabatini era insuficiente y en 2005 se amplió con un edificio diseñado por Jean Nouvel.

    Si el pétreo edificio Sabatini conserva sus líneas clásicas, sus impresionantes escaleras, sus largos pasillos de bellas perspectivas, sus paredes rugosas, su acogedor patio y sus modernos ascensores exteriores, el área Nouvel es casi etéreo, transparente, una aleación de metal y cristal. El primero acoge la colección permanente y algunas temporales, el segundo, las temporales, las dependencias administrativas, un salón de actos y la biblioteca, con un patio que de vez en cuando alberga actuaciones musicales, presidido por una pincelada-escultura de Roy Lichtenstein. El museo tiene dos sedes anexas en el Parque del Retiro de Madrid: el Palacio de Velázquez y el maravilloso Palacio de Cristal.

    El Reina Sofía ha contribuido bastante a desasnar a dos indocumentados en arte contemporáneo como nosotros. Somos de la opinión de que uno va a los museos a aprender pero, sobre todo, a disfrutar, se detiene en aquello que le gusta y trata de entender lo que le gusta menos o pasa de ello. El Reina Sofía nos ha permitido disfrutar mucho y nos ha enseñado a entender.

    Hasta hace poco, el museo tenía el prurito de impedir que se fotografiara al Guernica, la obra de Picasso, que es lo más vip del lugar. Pero en 2023 llegó un nuevo director, Manuel Segade, y eliminó la prohibición sin que se hundiera el universo por ello.

    Hemos seguido al Guernica desde su llegada a España, instalado entonces en el Casón del Buen Retiro. Al contrario que al Colega, a mí nunca me gustó especialmente. Hasta que, en las postrimerías de la pandemia del covid acudimos un día al museo y nos encontramos los dos solos en su sala. Como si lo mirara por primera vez, lo que vi me impresionó de tal manera que me puse a llorar. Desde entonces, cada vez que vamos paso a echarlo una ojeada y rara es la vez que no descubro algo nuevo. Me gusta especialmente esa flor que se empeña en sobresalir entre tanta desolación.

    Hoy directores que tienen a gala tener las obras del museo en continuo movimiento. Segade cambió de sitio “Un mundo”, el impresionante lienzo de Ángeles Santos Torroella, dándole más visibilidad. En nuestra última visita le ha vuelto a esconder, como si le pusiera de espaldas a la pared.

    El Colega es un especialista en detectar cambios y, sobre todo, fallos. Si hay una cartela con errata ante la que ha pasado millón y medio de personas llega él, la ve y se apresura a dar la voz de alarma. En esos casos, yo finjo que no le conozco, aunque, en general, le agradecen la atención. Pues bien, en nuestra última visita detectamos que en la colección permanentemente no estaba un cuadro de Modesto Ciruelos,n un notabilísimo pintor de Cuevas de San Clemente (Burgos) que se codeó con lo mejorcito de su tiempo. Preguntamos a la vigilante de la sala, quien nos sugirió que acudiéramos a información. Lo hicimos. El cuadro de Los ciclistas ha sido retirado sin más. El Colega está pensando en hacer saber al nuevo director que los de Burgos hemos tomado nota de esa baja.

    En cambio, redescubrimos un nuevo lienzo que se nos había pasado por alto. Se trata del Autorretrato de Alfonso Ponce de León, obra presentada a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1936.

    Este pintor, vinculado al realismo mágico, se había formado en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde coincidió con Salvador Dalí, Maruja Mallo, Remedios Varo y Margarita Manso, con quien luego se casó. En Madrid fue amigo de García Lorca y Moreno Villa. En París, de Picasso. Hizo algunos decorados para los espectáculos de La Barraca, que dirigía García Lorca. También hizo cine como actor y director y colaboró con Edgar Neville. Es el autor de algunos de los carteles de Falange Española, a la que se afilió desde su fundación.

    La obra impresiona más cuando se conoce el final de su autor. Detenido en Madrid en septiembre de 1936 y trasladado a la checa de Fomento, su cadáver apareció días después en una cuneta. Poco después fueron asesinados su padre y dos hermanos.

    Los museos son una lección permanente, de arte y de la vida. Se aprende de todo. Valga el caso, te enteras de que esa mole metálica de 38 toneladas, que el museo compró al escultor Richard Serra, sobre cuyo significado o intención te habías interrogado mientras dabas vuelta en torno a ella, puede evaporarse sin dejar rastro. Desaparecida sigue. Aquí explican las interioridades del asunto 👇.

    Aprendes que cubistas fueron Juan Gris y Marie Blanchard, españoles y pintores ambos, pero que la fama y los lienzos del caballero siempre ocupan lugar preferente sobre los de ella. Y suerte que recientemente se ha empezado a hablar de las mujeres artistas de la República, véase la generación de las Sinsombrero, porque hasta no hace demasiado tiempo parecía que en esos años de esplendor artístico solo hubieran trabajado ellos. Esas cosas también se aprenden en los museos.

    Empero, nosotros vamos a los museos a disfrutar y, por lo general, nos damos el gusto. En el Reina Sofía tenemos varias visitas imprescindibles, la hermana de Dalí mirando por la ventana, Adán y Eva de Rosario de Velasco, Un mundo y La tertulia de Ángeles Santos, y, sobre todas ellas, La mujer con abanico de Maria Blanchard, aquí firmado M. Gutiérrez, que, si pudiera, me llevaba a casa. Más fácil de colocar que la mole de Serra sí es.

    Para terminar la visita del Reina Sofía nada como sentarse un rato en alguno de los bancos del patio mirando tranquilamente el móvil de Calder y disfrutando del ingenio y la maestría de Sabatini. Me gusta pensar que acaso su espíritu zascandilee entre estas piedras puesto que su cuerpo, enterrado en la iglesia de San Martín, desapareció en 1809 cuando se derribó el templo.

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    Fotos: ©Valvar y Museo Reina Sofía

  • Cañón de Río Lobos y San Bartolomé

    Cañón de Río Lobos y San Bartolomé

    El Parque Natural Cañón de Río Lobos es un espacio de una belleza salvaje, que guarda una joya arquitectónica, la ermita de San Bartolomé, mezcla de hermosura románica y misterios a medio resolver.

    El Cañón de Río Lobos, tiene una extensión de 12.238 hectáreas y un paisaje bucólico hasta en el nombre. Está declarado Parque Natural, desde 1985, uno de los primeros Espacios Naturales Protegidos en la Comunidad de Castilla y León, catalogado, asimismo, como Zona de Especial Protección para las Aves y Zona de Especial Conservación.

    El espectacular paisaje ha sido formado por la paciente erosión del agua y la acción del hielo y el deshielo. En él coexisten los páramos calizos, los cortados y la ribera con su fauna -buitres, águilas, halcones, alimoches, cernícalos, búhos, cárabos, mochuelos, corzos, jabalíes, ardillas, zorros, murciélagos…- y flora -sabinas, pinos, encinas, aliagas, espliegos, tomillos, salvias, sauces, chopos, avellanos, abedules, nenúfares…- propias.

    Nosotros venimos frecuentando el Cañón desde nuestra primera juventud, cuando los vehículos podían transitar sin control por los caminos e incluso acampar en el Cañón, pero, afortunadamente, ahora el acceso está controlado y los coches han de aparcar en los lugares designados para ello. Los abundantes carteles distribuidos por el parque solicitan moderación a los visitantes y un silencio respetuoso hacia la fauna autóctona. Así y todo, en nuestra última visita, agosto de 2024, la afluencia al parque era tan numerosa como bullanguera.

    Desistimos de pasear por los senderos y nos dirigimos directamente a la ermita de San Bartolomé, que es nuestro objetivo. Queremos aprovechar que ahora permanece abierta durante buena parte del año para conocer su interior. La iglesia está ubicada en un meandro del río Lobos, cobijada por enormes crestones de piedra, que aumentan la impresión de monumentalidad de un lugar sobre el que pesan mitos y leyendas para todos los gustos.

    Para empezar, se dice que se levanta en el lugar señalado por la espada del apóstol Santiago, caída durante un salto prodigioso del caballo que montaba el santo. Construida en las primeras décadas del siglo XIII, en un punto equidistante del cabo de Creus y del Finisterre peninsular, por donde sale y se pone el sol en la Península, estuvo vinculada al Temple hasta la supresión de la Orden, lo que explica la simbología de algunos canecillos, cuyo significado permanece oculto para el visitante actual.

    Sean ciertas o no las leyendas, se conozca o se ignore el significado de los símbolos que abundan en sus muros, la ermita es de una belleza rotunda. Llaman la atención los rosetones de influencia mudéjar abiertos en los brazos de la iglesia, con una trama formada por una línea sin principio ni fin que forman cinco corazones entrelazados encerrando una estrella de cinco puntos, un pentáculo invertido.

    Conviene ayudarse por un buen objetivo -o unos prismáticos- para distinguir los canecillos que se distribuyen por la portada y el ábside. Junto a motivos habituales en el románico -cabezas humanas, pareja de luchadores, un músico itifálico, Adán, el crismón- aparecen otros de simbología más oculta: el sol y la luna, cuatro cabezas formando cruz, la pata de oca, la letra H, que evoca al constructor del templo de Jerusalén-.

    Desde el punto de vista artístico, lo más interesante de la ermita está en el exterior pero entrar en un lugar que arrastra tal cantidad de leyendas y mitos sobrecoge un poco.

    Estamos en un templo románico de transición al gótico, de planta de cruz latina, con un crucero más bajo que la nave y ábside semicircular, de sobria ornamentación interior. En las capillas que conforman los brazos de la cruz se conservan sendos arcosolios, de carácter funerario.

    Preside el altar un Cristo crucificado del siglo XVII, la capilla sur, una imagen de San Bartolomé y la capilla norte un retablo con la Virgen de la Salud, del XVIII, que goza de mucha devoción en la zona. En el borde de esta capilla se observa un losa con el grabado de una cruz patada en la que, según las alineaciones astronómicas estudiadas por Rafael Fuster y Jordi Aguadé, es iluminada por un rayo de sol en el solsticio de invierno.

    En nuestra visita de agosto, la mayoría de visitantes brujulea alrededor de la iglesia, dudando si entrar o seguir el paseo. Delante de nosotros una familia se dispone a entrar. La entrada cuesta un euro, poco más que el precio del folletito que entregan al visitante. El marido dice que él no paga eso, que prefiere esperar a la mujer fuera. Él se lo pierde.

    Frente a la ermita, al otro lado del río, se abre la entrada a la cueva grande del Cañón, una boca de 25 metros de altura que conduce a un espacio de unos cien metros de largo que se cree estuvo habitado en la prehistoria y que ese día estaba tan concurrido como cualquier calle de una gran ciudad.

    Recorremos el camino de vuelta por el itinerario del río, deteniéndonos en las señalizaciones de los árboles que lo bordean y, como en tantos otros lugares, preguntándonos cuál será la forma adecuada de mantener el equilibrio entre el razonable deseo de conocer nuevos lugares y el respeto a parajes singulares como la ermita de San Bartolomé y el Cañón de Río Lobos.

    Fotos: ©Valvar

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    Arteguías: ermita de San Bartolomé 👇

    Alineaciones astronómicas en la ermita de San Bartolome de Ucero 👇

  • San Pantaleón de Losa

    San Pantaleón de Losa

    San Pantaleón de Losa posee una de las iglesias más singulares del románico castellano. Ubicada en una peña que evoca la proa de un barco presto a surcar las tierras del norte burgalés, rodeado por el río Jerea, conserva un conjunto de esculturas de difícil interpretación y encierra un ramillete de leyendas nacidas a lo largo de siglos.

    A nosotros nos gusta sobremanera la iglesia y el entorno, que solemos visitar con alguna frecuencia y adonde llevamos a nuestros invitados. Tantas veces como vayas te sorprenderás al descubrir entre el arbolado la silueta de la peña y la ermita como el puente de mando de una embarcación.

    En nuestra última visita tuvimos la suerte de estar acompañados de Elvira, vecina del pueblo, persona muy involucrada en el cuidado y protección de la actual ermita.

    A pesar de los arriscado de su ubicación se puede acceder con el coche hasta un aparcamiento habilitado por el Ayuntamiento no lejos de la ermita y desde allí ascender unos metros hasta San Pantaleón. Al margen del interés por la construcción románica, el lugar ofrece un atractivo telúrico: los montes, los valles, el silencio, la hermosura del entorno…

    Algo parecido intuirían los primitivos ocupantes, que habitaron el lugar en la Edad del Hierro. Luego, aquí se asentó un castro romano -cerca discurre una vía romana que una la meseta con Cantabria- y, probablemente, durante la repoblación del valle, entre los siglos IX al XI, en la cima de la ahora bautizada como Peña Colorada existiera un castillo o fortaleza defensiva, de la que no quedan restos. Realmente, la peña es una fortaleza en sí misma, donde el río Jerea ejerce como foso, un lugar infranqueable. La población ocupó durante siglos la falda del montículo que remata la iglesia antes de trasladarse al llano, protegida por la Peña.

    La iglesia se levantó en el último tercio del siglo XII, si bien con anterioridad pudo existir un templo, pues en 1133 el rey Alfonso VI donaba una iglesia de San Pantaleón al monasterio de Oña. En 1158 pasó a manos del monasterio de San Juan de Burgos al que en 1178 Alfonso VIII reitera la donación. Más tarde es la Orden de San Juan de Jerusalén, conocida como de los caballeros hospitalarios, quien se hace con su propiedad. Una lápida que se conserva en su interior data la consagración del tempo el 27 de febrero de 1207 por el obispo de Burgos García .

    La fábrica es un modelo de adaptación a la pendiente pronunciada del terreno, que explica los casi diez metros de altura de fachada y los apenas dos del ábside.

    La portada se abre en el hastial a occidente. En su lado izquierdo encontramos una figura de larga cabellera con una piel al hombro, que parece un atlante y que los expertos consideran que representa a Sansón. Abunda en la idea que sobre esta figura se encuentra otra que parece representar un león siendo desquijarado por el mismo personaje bíblico. Adosado a ella otro relieve de una loba amamantando, ambos muy deteriorados.

    En el lado derecho queda un resto zigzagueado que, según se cree acompañaba a una imagen de San Pedro, de manera que a ambos lados estaban representados el Antiguo y el Nuevo Testamento, como es frecuente en el románico.

    Los capiteles que rematan las columnas en las que apean las arquivoltas de esta puerta representan las formas de martirio que sufrió San Pantaleón, finalmente decapitado.

    En la segunda de las arquivoltas aparecen figuras emparedadas de las que solo se ven la cabeza y los pies, imágenes que se repiten en la ventana sur del ábside, sin que se conozca con precisión su significado.

    Encima de la portada se abre una ventana con tres columnas rematadas en capiteles con motivos vegetales, una cabeza grotesca que saca la lengua y Adán y Eva acompañados de una enorme cabeza.

    En las ventanas exteriores se repiten los motivos vegetales junto a una abundancia de rostros y cabezas similares a las que se encuentran en el monasterio de Estíbaliz y un gluton comiéndose el fuste, motivo frecuente en el románico francés.

    El interior es un templo de nave única, con una cúpula sobre pechinas y un ábside semicircular con bóveda de horno. El desnivel del terreno se resuelve mediante escalones que unen la nave con el hemiciclo absidal.

    Parece que en el siglo XVI, en momentos de gran afluencia de peregrinos, se vio la conveniencia de ampliar el templo. Como la pendiente del terreno impedía alargar la nave, se optó por abrir un brazo al norte con dos pequeñas naves en estilo gótico, adonde se trasladó un sepulcro románico, protegido por baldaquino. La obra primitiva y su ampliación se comunican mediante sendos arcos en el presbiterio y en la nave.

    Entre los capiteles del interior hay dos que muestran a una enorme serpiente mordiendo a un humano, que escenificarían el milagro vivido por el santo al conseguir la resurrección del niño por intercesión divina, lo que condujo a su conversión. También hay una pareja de dragones y el relieve de un gato, animal que se identifica con el mal.

    En el presbiterio luce una imagen de la Virgen sedente con el Niño en brazos, copia de la original del siglo XIII que se conserva en el Museo del Retablo de Burgos.

    Sostiene la tradición que durante mucho tiempo aquí permaneció una ampolla con restos de la sangre de San Pantaleón que se licuaba cada 27 de julio, coincidiendo con su festividad. En algún momento, la reliquia salió de su ermita y se trasladó al monasterio madrileño de la Encarnación donde los creyentes asisten cada año a la licuación milagrosa.

    Los enigmáticos mensajes que emanan de los muros de esta iglesia y su vinculación con la Orden de San Juan, que asumió parte de los bienes y algunas de las tradiciones templarias, han contribuido a rodear a San Pantaleón de Losa de un cierto aire esotérico, vinculado al Santo Grial, esto es, el cáliz utilizado en la Última Cena.

    Viene a corroborar esta creencia que la tradición medieval situa el Grial en Mont-Salvat y que el Valle de Losa, donde se ubica San Pantaleón, se cierre en la Sierra Salvada, así como que cerca de la ermita se encuentra el pueblo de Criales, de resonancia similar. Elvira añade que, por la razón que fuere, durante siglos los peregrinos se desviaban del Camino de Santiago para visitar San Pantaleón.

    Sobre el arco triunfal de la ermita se levanta una espadaña que debió tener un segundo cuerpo pero que solo conserva uno con dos troneras. En una de nuestras visitas, en 2008, la espadaña lucía aún una campana, que fue robada en hecha indeterminada. En 2020 ya no estaba y ahora, en 2024, tampoco. Elvira expresa su confianza en que sea devuelta como han sido devueltas algunas piezas de un retablo que alguien se llevó y devolvió medio siglo después.

    La ermita de San Pantaleón, peculiar por tantas circunstancias, lo es también por la protección que recibe de los -muy escasos- vecinos del pueblo. Ellos -más justo sería decir ellas- realizan pequeñas manualidades para obtener ingresos que revierten en la ermita. Y, pues la Junta de Castilla y León no incluye la ermita entre los monumentos abiertos en verano, es el Ayuntamiento quien costea el salario de la persona encargada de abrirlo al público y explicar su historia. Lo que viene a corroborar una vez más que el patrimonio artístico se salva, en las ocasiones en que se salva, más por intervención de la sociedad civil que por la intervención de los organismos oficiales.

    La ermita de San Pantaleón es Monumento Histórico Artístico, además de un lugar interesante y singular, muy por encima de la escasa señalización que anime a visitarlo.

    Fotos: ©Valvar

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  • Agen

    Agen

    Agen es una ciudad francesa de interior entre Toulouse y Burdeos, bañada por el río Garona. Tiene una catedral dedicada a San Caprasio, dos iglesias góticas, y un museo digno de visita, pero se presenta a sí misma como la capital de la ciruela pasa.

    Para decir la verdad, la hemos escogido para no hacer demasiado largo el camino de vuelta a casa desde Conques y por el señuelo del ábside de San Caprasio.

    Hacemos una entrada regulera. A través de Booking hemos contratado un apartamento que nos impide entrar antes de las cuatro de la tarde y nos obliga a dejarlo antes de las nueve y media de la mañana, lo que nos parece un abuso, pero, contra nuestra costumbre, en este viaje hemos contratado los alojamientos a última hora y entendemos que ese es el peaje a pagar. No será el único peaje. Al llegar descubrimos que el apartamento se encuentra en un edificio dedicado exclusivamente a alojamientos turísticos, del que somos los únicos ocupantes. La llave se encuentra en una caja a la que se accede mediante clave que solo nos proporcionan después de haber ordenado a nuestro banco una «prefianza» de 200 euros como garantía de hipotéticos daños. Traspasada la puerta encontramos que la escalera de caracol está vieja y mal cuidada y, aunque el apartamento está bien situado y se corresponde con lo anunciado, esta es una forma especulativa de explotación turística con la que no estamos de acuerdo porque acaba expulsando a los vecinos residentes en el centro de las ciudades. De hecho, los edificios colindantes parecen tan vacíos como el que ocupamos.

    Tendríamos que haber estado más atentos a lo que contratábamos porque somos conscientes de que viajar es una actividad que exige responsabilidad hacia los lugares que se visitan y no olvidar que las ciudades son de quienes las habitan. De momento, hemos borrado a Booking de nuestros contactos.

    Tras la experiencia, nos sobreponemos y salimos a descubrir Agen. Estamos muy cerca del Ayuntamiento, que ocupa el antiguo palacio de Justicia, obra del siglo XVII. Nos refrescamos del sofoco en un kiosco que hay en un jardincillo desde donde podríamos contemplar a placer el Museo de Bellas Artes, instalado en tres palacios renacentistas, si dicho museo no se encontrara cubierto por lonas y andamios por hallarse en obras.

    Así que nos encaminamos a la catedral de San Caprasio -Saint Caprais-, obra del siglo XII, que ha vivido no pocas peripecias a lo largo de su historia. Construida inicialmente como colegiata, pasó a catedral en 1803, después de que la Revolución destruyese la de San Esteban, sede de la diócesis de Agen. Este es un caso de reutilización según los vientos de la historia. La actual fábrica se construyó sobre una basílica anterior del siglo VI, destruida por los normando en el IX. Las guerras de religión la dañaron y la Revolución la utilizó como almacén de forraje.

    Entre unas cosas y otras la catedral actual es un monumento de difícil catalogación. De la primitiva construcción románica conserva el ábside, muy restaurado. La multitud de sus canecillos y capiteles sorprenden por el buen estado que presentan vistos a pie de calle.

    El objetivo fotográfico nos hace sospechar que muchas de ellas son tallas modernas. Me llama la atención esta sirena de aspecto andrógino.

    El campanario de la iglesia fue reconstruido en 1835, sustituyendo a una torre de madera. De este tiempo es también la fachada sur.

    El interior de la catedral se corresponde con una iglesia gótica, con sus muros adornados por los coloridos frescos de Jean-Louis Bézar, pintor tolosano que trabajó aquí entre 1845 y 1869, dejando escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento y de las vidas de los mártires de Agen, incluido San Caprasio.

    La vida de este San Caprasio está trufada de leyendas. La principal de ellas dice que murió martirizado el año 303, en época del emperador Maximiano, junto con otros muchos cristianos, entre ellos Santa Fe, que en el momento del martirio tenía trece años.

    Los restos de la santa fueron depositados en su propio templo, actualmente sin culto. A ella llegó en el 866 el monje Ariviscus de Conques y se quedó durante una década para no despertar sospechas respecto a sus intenciones, que eran las de llevarse los restos de la santa a la abadía de Conques que carecía de reliquias. De esta forma aumentaron los peregrinos que acudían a la abadía al señuelo de los milagros de Santa Fe.

    El culto de la iglesia de Santa Fe de Agen se ha trasladado a la de Saint Hillaire, San Hilario, iglesia gótica de buena planta, en el boulevard Scaliger.

    Para cerrar el capítulo eclesiástico de la ciudad hay que mencionar la enorme iglesia de ladrillo de los Jacobinos, del siglo siglo XIII, antigua capilla de los dominicos, hoy centro cultural.

    Cerca de aquí se encuentra la calle Beauville, con sus casas medievales y voladizos. Otro atractivo de Agen es su puente-canal, una obra de 538 metros de longitud mediante el que atraviesa el río el canal lateral del Garona.

    Si te apetece disfrutar de estos atractivos, la publicidad de Agen señala que el último fin de semana de agosto se celebra la gran fiesta de la ciruela…


    Fotos: ©Valvar

  • Románico palentino

    Románico palentino

    Palencia es una de las provincias que cuenta con un mayor números de iglesias románicas, algunas de primer orden, la mayoría de ellas cerradas al público. En verano y semana santa la Junta de Castilla y León dispone un horario de apertura, pero son los vecinos quienes en verdad cuidan de esos tesoros.

    Como nos hemos encontrado tantas veces cerradas iglesias cuyo interior nos interesaba, en cuanto la Junta publica su lista de monumentos nos hacemos con una copia y nos disponemos a romaniquear. La visita, casi siempre es una aventura.

    Tenía yo empeño en conocer la pila bautismal de Calahorra de Boedo, una pieza de primer orden, que en la campaña 2024 ha sido incluida entre los monumentos abiertos. Un viernes de julio preparamos viaje a la comarca de la Valdavia con el propósito de visitar Arenillas de San Pelayo, Revilla de Collazos, Zorita del Páramo y Calahorra de Boedo. Dudamos si podremos visitar Collazos de Boedo, que está incluida en el itinerario, no así en la relación de iglesias. El horario en todas ellas es de 11 a 13,30 y de 17 a 19. Arenillas y Calahorra solo abren de viernes a domingo, las otras dos de martes a domingo.

    A las 11 en punto estamos en la puerta de Arenillas de San Pelayo. Coincidimos con un señor que también se dirige a la iglesia, donde le espera una señora, dispuesta ya para trabajar. Son vecinos, no sé si coyunturales o permanentes, que están restaurando la urna de un Cristo yacente. Llamamos por teléfono al número que indica un cartel en la puerta y enseguida se presenta una joven muy amable que nos informa de las características del templo y nos permite brujulear a nuestro aire.

    La iglesia de San Pelayo, que da apellido a la población, es lo que queda de un antiguo monasterio premostratense del siglo XII. De la construcción original es la cabecera, el antecuerpo de la portada y los muros perimetrales de la sala capitular.

    La fábrica sufrió un incendio en 1554 que obligó a reconstruir la iglesia, a esa reconstrucción corresponden las naves. La impresión general es que se ha ido parcheando a lo largo de los siglos, lo que resulta más evidente aún en el exterior.

    A pesar de todo conserva una portada muy interesante. Sus siete arquivoltas apean sobre columnas rematadas por capiteles. Los dieciocho personajes de la segunda arquivolta representan distintas fases de la acuñación de moneda. Tres dovelas escenifican el combate o juicio de Dios y otras, un acróbata, un músico tocando la viola de arco, un escriba y varios personajes leyendo. Los capiteles externos del lado izquierdo son vegetales, los dos interiores son figurados y representan una pareja asistiendo al castigo de un personaje devorado por una máscara y estos personajes introduciendo sus manos en la máscara, escena que alude a los castigos del infierno.

    En el interior destacan los dos capiteles del arco triunfal del ábside, especialmente el del lado del evangelio, que representa una pareja de leones en actitud amenazadora.

    A ambos lados del altar mayor se encuentran dos sepulcros con sendas esculturas yacentes identificadas con los señores territoriales, él de la familia Castro y ella de los Muñoz de Saldaña. Junto al caballero Castro alguien ha dejado un cabo de vela y dos mecheros. Será por si el caballero se levanta por la noche, le comento al Colega, más atento a las labores de restauración de la voluntaria del pueblo que a mis comentarios.

    La sala capitular se utiliza como espacio de exposición. De sus tres capiteles el primero ofrece decoración de cestería con pequeños rostros en los ángulos y y el segundo de hojas de acanto rematados en piñas.

    En la capilla del evangelio hay una pila bautismal también románica, de forma troncocónica invertida, decorada con dos orlas. Nos despedimos de la joven que atiende la iglesia, que se queja de la poca publicidad que se hace a los monumentos de los pequeños pueblos. Estamos a trasmano de todo, se lamenta.

    Siguiendo el folleto editado por la Junta de Castilla y León nos dirigimos a Revilla de Collazos. Antes de llegar, tomamos el desvío a Collazos de Boedo, lugar que se incluye en el esquema aunque no en la relación de iglesias. El pueblo parece desierto, una señora que surge junto a la iglesia nos indica que cree que está cerrada, como así es. Adosada al ábside, una furgoneta permanece chupando cámara. ¿No tendrá mejor sitio para aparcar en todo el pueblo?

    Seguimos, pues, a Revilla. La puerta está cerrada pero un cartel indica el teléfono al que hay que llamar para que abran. Lo hacemos y al minuto aparece la persona encargada de la llave que se justifica por la ausencia. Como vienen pocas personas espero en casa a que me llamen. La señora enciende las luces y espera que hagamos las fotos que queramos.

    La parte románica de esta iglesia, dedicada a San Andrés, es obra de finales del siglo XII, de la que queda la cabecera y el presbiterio. El cuerpo del templo corresponde a los siglos XVI y XVIII.

    Al exterior, conserva una sola ventana absidal de medio punto flanqueada por una pareja de columnas rematadas en sendos capiteles, el de la izquierda decorado con una pareja de centauros barbados y cubiertos con extraños tocados, afrontados en posición heráldica. La ventana repite el esquema de las de Vallespinoso de Aguilar y Perazancas y los centauros se asemejan a los de la portada de la galería de Rebolledo de la Torre (Burgos).

    En el interior llaman la atención los capiteles historiados que rematan las dobles columnas del arco de triunfo, lamentablemente revocados con una pintura que imita el veteado del mármol. El capitel del lado de la epístola trae un tema del románico tardío conocido como la Pax Dei o la Tregua Domini: dos caballeros armados con casco cónico, cota de malla, escudo normando, espada al cinto y lanza en ristre se disponen a enfrentarse en duelo mientras que un personaje mediador, aquí y en la mayoría de ejemplos, representado por una mujer, detiene las monturas sujetándola por las riendas. La escena se repite en Boada de Villadiego y Fuente Urbel en la provincia de Burgos, Retortillo (Cantabria) y en la misma provincia palentina en Cezura, Gama, Resoba o Villavega de Aguilar.

    El capital del lado del evangelio ofrece una escena más infrecuente en el románico: la ascensión de Alejandro o el Señor de los animales. El monarca de Macedonia asciende a los cielos llevado en volandas por dos grifos que intentan atrapar la carne ensartada en dos varas que sostiene Alejandro. La escena representa tanto la figura del héroe, trasunto de la de Cristo, como el pecado de soberbia aunque, por el contexto, aquí más parece la alusión positiva. A pesar del revoque, ambos capiteles tienen afinidad con la obra de Rebolledo de la Torre y con el apostolado de Moarves.

    La pieza más conocida de esta iglesia es la columna de 120 cm. que se utiliza de atril en la que una figura, identificada como el rey David, vestida con túnica bajo sayón tañe una viola con arco. Remata la columna dos series de tallos perlados y rematados con cuatro bolas. Se supone que procede de la ventana central del ábside desaparecida. El estilo de esta columna sugiere una relación del escultor con el maestro de la galería de Rebolledo de la Torre.

    Aunque el retablo de la iglesia es barroco, el altar se sustenta en capiteles vegetales, con el borde decorado con ovas o semibezantes, claramente relacionados con San Andrés del Arroyo.

    La iglesia de San Andrés nos ha dejado un poco apabullados, pero cuando retomamos el camino la voz del GPS nos advierte que estamos circulando por una calle que lleva el nombre de uno de los generales que en 1936 se sublevaron contra el gobierno de la República y vamos a entrar en la calle de José Antonio. Salgamos rápido, que estamos rodeados, dice el Colega.

    Tomamos, pues, la ruta que nos lleva a Zorita del Páramo, en terrenos que en el medievo fueron de la poderosa familia de los Lara, para conocer la iglesia de San Lorenzo, monumento Histórico-Artístico desde 1966, tenida como fundamental para comprender el románico del norte de la provincia de Palencia por sus conexiones con San Andrés del Arroyo y Santa Eufemia de Cozuelos.

    La iglesia se levantó a finales del siglo XII hasta entrado el XIII. Lo primero que sorprende de ella son sus grandes dimensiones. La torre occidental y el coronamiento meridional del gran arco abierto al pórtico son obra del siglo XVII.

    Se accede por la portada sur, plateresca, que vino a sustituir a la primitiva tardorrománica que remataba en un friso con los apóstoles del tipo de Moarves de Ojeda o Carrión de los Condes. Los apóstoles se han recolocado en hornacinas renacentistas y en el tímpano la escena de Cristo. Toda la portada fue repintada en 1833. Los excrementos de las palomas están «repintándola» permanentemente.

    El templo es de planta de cruz latina con cimborrio sobre el crucero y presbiterio rectangular.

    En una segunda portada a poniente se observan claras influencias de San Andrés del Arroyo.

    El ábside exterior muestra una serie de canecillos con los motivos propios del románico en siglo XII.

    Ya en el interior de la iglesia nos atiende un señor a la altura de nuestra edad, que nos pregunta por nuestra procedencia y nos ofrece las entradas al precio de un euro. La iglesia está en una oscuridad total, cuando da la luz tarda un buen rato en hacer el interior escasamente visible.

    Por fin podemos distinguir que, como en la portada, en el interior se ha pasado una o varias manos de pintura que desvirtúan la riqueza de la iglesia. Mal que bien, y gracias a la cámara del Colega, contemplamos los capiteles del arco toral, con Daniel en el pozo de los leones y un combate entre un guerrero armado con escudo, casco, cota de mallas y lanza, y un grifo.

    En las trompas del cimborrio se distinguen bajorrelieves policromados con los símbolos del Tetramorfos.

    El ábside está decorado con pinturas murales del siglo XV representando al Pantocrátor rodeado del Tetramorfos.

    Adosada en la parte superior del brazo norte del crucero hay una escultura con la Virgen sedente y el Niño con un libro sobre la rodilla, pieza labrada en piedra policromada a comienzos del siglo XIII, atribuida al mismo taller que trabajó en San Andrés del Arroyo.

    En una capilla del muro norte se encuentra la pila bautismal, tardorrománica también, decorada con entrelazos y vástagos serpenteantes.

    Bajo el coro se distingue -malamente por falta de luz- un artesonado, probablemente también del siglo XV.

    En ninguno de los lugares que hemos visitado hay información visible que explique lo que el visitante va a encontrar, el significado de estos monumentos, su relación con otros del entorno. Nada. Ni un folleto. Ni la Junta de Castilla y León ni la iglesia, de quien depende esta parte del patrimonio de la Comunidad, tienen el mínimo interés en que se conozca, se visite o se aprecie lo que, se pongan como se pongan, es propiedad de todos.

    Con esta sensación nos dirigimos a Calahorra de Boedo para conocer, por fin, su famosísima pila bautismal. En ella se han plasmado escenas de la Resurrección de Cristo, el descenso a los infiernos (katabasis) y de la liberación de los justos (anabasis): la visita de las Tres Marías al sepulcro vacío, los soldados dormidos, Cristo portando el nimbo crucífero arremetiendo contra las puertas del infierno, Adán el primero de los justos, seguido de Eva, de nuevo desnuda.

    Llegamos cuando el sol calienta a placer y en el pueblo no se ve un alma. La iglesia, dedicada a la Purificación de Nuestra Señora, más conocida como de las Candelas, está cerrada a cal y canto. No hay cartel que diga dónde podemos acudir. Decidimos preguntar alrededor y encontramos que las tres casas más próximas muestran carteles de “Se vende” y las otras dos están cerradas y con las persianas bajas. El Colega se decide a llamar en una de ellas de la que al rato sale un señor, a simple vista de nuestra quinta. Él nos indica una casa en la misma calle donde cree que tendrán la llave.

    Cuando nos dirigimos a la casa en cuestión aparece un coche -de alta gama- del que sale una señora que pregunta qué queremos, porque el Colega está llamando en su casa. La llave de la iglesia, respondo. No la tengo pero creo que sé quién la tiene, nos dice, si me permiten un momento que ayudo a sacar la compra de esta señora, voy a por ella.

    Efectivamente, del coche sale otra señora más mayor -a estas alturas nos movemos en edades superlativas- cargando como puede con alguna bolsa. La señora del coche -que se llama Maribel- ayuda a trasladar la compra al interior de la casa y se va en busca de la llave. Enseguida vuelve con la mala noticia de que no la ha encontrado.

    En el interín ha llegado un coche que aparca junto a la iglesia, del que sale un señor que mira y comprueba que la puerta está cerrada. No encontramos la llave, le informamos.

    Se diría que estamos solos en el pueblo así que Maribel ha aparcado el coche a nuestro lado, en mitad de la plazuela. Al momento aparece una camioneta llevando una farola -en el pueblo están colocando nuevo alumbrado- al que el coche le impide el paso. Es que no puedo torcer por la farola, se justifica el conductor con una sonrisa. Dan ganas de traer aquí a los parlamentarios para que aprendan modales. Maribel mueve el coche y al tiempo que le damos las gracias por sus amables gestiones, aprovechamos para pegar la hebra.

    Nos cuenta que en la iglesia están haciendo obras, que cada tarde los obreros entregan la llave hasta el día siguiente y que ignora la razón por la que ese día -justo ese día- no están los obreros ni la señora de la llave. En esas estamos cuando aparece una señora mayor con una llave enorme que solo puede ser de la iglesia o de una bodega. Es de la iglesia. Albricias.

    Maribel se presta a acompañarnos para mostrarnos la pila bautismal. La iglesia está a oscuras y nadie sabe donde está el interruptor de corriente así que hay que moverse con cuidado para no tropezar. La pila, que es el tesoro de la iglesia, del pueblo y probablemente de la comarca, está en un espacio independiente, a la entrada y, dice Maribel, que bien iluminada cuando hay luz. Se accede a ella por una puerta corredera, que tampoco se abre. Sorteando los materiales de la obra llegamos al baptisterio. El Colega enciende la linterna de su móvil para distinguir algo mientras yo hago fotos con el mío. Así es como obtenemos las imágenes que mostramos.

    Intuimos que la pila debe ser la maravilla que sospechábamos, pero no podemos dar fe de ello. De lo que sí podemos dar fe es de que lo mejor de esta Comunidad es su sociedad civil, de la que Maribel es un ejemplo. Ella sola es un compendio de los servicios sociales que quien está obligado no presta. Porque resulta que mientras la Junta de Castilla y León incluye entre los monumentos abiertos una iglesia de la que no se ha enterado que está en obras -y parece que para rato- una vecina del pueblo es la que se encarga de llevar al personal a hacer la compra, de buscar la llave de la iglesia y de enseñar esta. Ay, qué bien nos iría si los responsables de la Junta se tomaran la mitad de interés por el patrimonio del que se toman algunos de su vecinos.

    Nos volvemos a casa con un sabor agridulce, de un lado, por tanto hermosura que hemos visto, por otro, el olvido por parte de la administración autonómica del patrimonio disperso en su territorio, que es la única empresa que les queda a estos pueblos, verdaderamente olvidados.

    Si te interesa, aquí tienes más información de estos lugares extraída de Románico Digital:

    Arenillas de San Pelayo 👇

    Revilla de Collazos 👇

    Zorita del Páramo 👇

    Calahorra de Boedo 👇

    Fotos: ©Valvar

  • Conques

    Conques

    Conques es un pequeño pueblo en el Departamento de Aveyron en la Occitania francesa famoso por su abadía dedicada a Santa Fe y, más especialmente, por el tímpano de su portada y por la riqueza de su tesoro, muy visitado por los peregrinos que recorren el Camino de Santiago y por los amantes del románico o de la belleza sin adjetivos.

    Ya hablamos del lugar en nuestra primera visita que te contamos aquí 👇, realizada en 2016. En aquella ocasión nos alojamos en Rocamadour, lugar bonito, sin duda, pero, aparte de sufrir un fiasco con las fotos, pensamos que pasar una noche en Conques debía tener su encanto. Hemos vuelto, pues, para conocer el encanto nocturno del lugar y para fotografiar el tímpano con la cámara buena del Colega. Podemos afirmar que Conques nos ha devuelto ciento por uno.

    En esta ocasión llegamos por el sur, desde Toulouse, con la sensación de que las carreteras son algo mejores -el Colega se ha pasado la semana protestando por lo malas que son las vías secundarias francesas- y los pueblos del tramo entre Rodez y Conques parecen más vivos, incluso con centros comerciales a la vera de la carretera. Hay que advertir que esta región está lejos de lo que consideramos la Francia turística.

    Desde que hemos entrado en el país nos ha sorprendido encontrar algunos indicadores de pueblos colocados del revés. No parece accidental, pues los carteles están bien sujetos al poste. Luego sabremos que se trata de una iniciativa de los agricultores en protesta contra el Gobierno francés y el de la UE,

    La primera comprobación de cómo han cambiado las cosas en Conques es que el aparcamiento disuasorio que se encuentra a la entrada de la población, que hace ocho años nos costó un euro, ahora vale tres. Llegamos a media mañana, dejamos el coche y nos vamos corriendo a la abadía. Desaparecido el factor sorpresa, ahora nos dedicamos a recorrer el tímpano detalle a detalle, admirando más si cabe a los extraordinarios talladores capaces de resumir en una superficie reducida el Juicio Final, los bienaventurados a la derecha de Dios, los condenados a su izquierda.

    Confieso tener debilidad por las figuras que asoman en la arquivolta del tímpano, unos ángeles curiosos que esperan el veredicto del Juicio Final que se desarrolla bajo su mirada. Como periodista, me identifico totalmente con ellos, me representan.

    Al interior también le han pasado una mano de limpieza. Han desaparecido las telarañas y los cables que rodeaban alguno de los 250 capiteles, historiados o con motivos vegetales que se distribuyen por la iglesia, según se cree salidos del taller que trabajó en la fachada de Platerías de Santiago de Compostela.

    Admira la perfección de la Anunciación, situada en el brazo izquierdo del transepto, que se atribuye al mismo autor que trabajó en el tímpano.

    En el tesoro, que antes permitían hacer fotos, ahora están prohibidas. Todo en él gira en torno a la reliquia de Santa Fe de Agen, su cráneo alojado en una estatua de madera, cubierta de oro, plata y piedras preciosas.

    En el claustro, los ocupantes del capitel del barco nos miran con ojos de eternidad.

    Después de esta primera visita damos un paseo por el pueblo que está cuidado y más hermoso aún de lo que recordábamos. Descubrimos que el agua de la fuente de Plô, cuyas virtudes admirables se elogiaban ya en el Liber sancti Jacobi o Código Calixtino, y que durante siglos ha dado de beber a miles de peregrinos, actualmente no es potable. En el tejado de una casa vemos un secador de castañas -secadou-, producto tradicional en la comarca. También comprobamos que ha cerrado el restaurante Sainte Foy, donde antaño el Colega comió la famosa vaca aubriac que, ocho años después, aún recuerda. Buscamos la alternativa y la encontramos en el restaurante Charlemagne donde nos ofrecen la carne de la región en una terraza con vistas al valle que nos proporciona la sensación de estar en el lado de los bienaventurados del tímpano de la abadía. Ya puestos, en la tienda frente a la iglesia compro un rascador de madera, habida cuenta el buen resultado del que compré en la visita anterior.

    El hotel que hemos reservado -La Conquise- se encuentra en la parte superior del pueblo. Hay que advertir que en Conques la oferta hotelera es escasa y dirigida, principalmente, a los peregrinos. Como el tráfico está prohibido en todo el recinto urbano, para llegar hemos de dar un rodeo por los alrededores pero, finalmente, encontramos un aparcamiento junto a la puerta de la Vinzelle, al lado del castillo y de nuestro alojamiento, que resulta ser un lugar encantador, con unas vistas maravillosas. Si viviera el señor del castillo podríamos compartir la sal por las ventanas, así de cerca lo tenemos.

    Hemos visto anunciado un concierto de música tradicional a las 9 en la abadía. Nos dirigimos con bastante antelación y al poco de llegar vemos que la gente va entrando a la iglesia, aunque falta una hora para el concierto. La tarde está fresca y en la iglesia hay dispuestas mantas para protegerse del frío. Tomamos una y nos tapamos. Enseguida descubrimos que lo que empieza no es el concierto sino un oficio religioso. Tres curas -uno de ellos con cierto parecido a Felipe González- inician el canto de una salmodia, cuya letra puede seguirse en unos papeles repartidos en los bancos. Los asistentes participan con fervor. Nosotros seguimos el ritual, independientemente de las creencias personales es gratificante unirse a personas de otras partes del mundo -entre los asistentes hay un grupo de orientales- que han llegado a disfrutar de un lugar de paz y belleza.


    Al terminar el oficio el cura parecido a González toma una cesta y reparte un pequeño librito a quienes se acercan hasta él. Le hago una seña al Colega para que vaya, me dice que no, así que voy yo. Es un ejemplar del Evangelio según San Marcos.

    Luego, salimos todos mientras se prepara el concierto. El mismo cura se planta bajo el tímpano explicando cada escena y el significado del mismo. A medida que avanza en la explicación más me parece estar viendo al expresidente, no como fue mientras gobernó sino como es ahora que no gobierna pero pontifica.

    Por fin, entramos al concierto. Las dos jóvenes cantoras entonan muy bien y se acompañan de un violonchelo y otro instrumento que no identificamos. El lugar y la música nos transportan totalmente. No podemos sustraernos a la idea de estar ocupando un espacio por el que en los últimos nueve siglos han pasado miles, quizá millones de personas que, como nosotros, admiran la belleza del recinto y de cuanto contiene.

    Más aún cuando abren la puerta de las tribunas (previo pago de 6 euros). Pasear por las alturas de la abadía teniendo como fondo sonoro la música popular del Aveyron es una experiencia emocionante. Las figuras y los capiteles adquieren una apariencia diferente, una especie de vibración a la luz de los focos. Hemos traído solo la cámara pequeña -una Canon G16- con la que el Colega no para de disparar, quizá para constatar luego que no lo hemos soñado.

    La condena de Santa Fe, el Cristo con las dos copas, el reencuentro de Pedro y el Maestro, la crucifixión de Pedro, la ascensión de Alejandro Magno, el avaro, la sirena, los grifos, las águilas, el ángel, capiteles e imágenes ofrecen otra perspectiva, se diría que nos miran directamente. Recorremos las naves y la girola una y otra vez haciendo pequeños descubrimientos.

    Finalmente, salimos a la calle donde nos espera la última sorpresa. El tímpano aparece iluminado con la policromía que se supone tuvo originariamente. La luz juega sobre las imágenes, destacando escenas, jugando con las figuras esculpidas.

    Nos recogemos, todavía emocionados, caminando por las calles iluminadas por la luna, saboreando el instante de belleza absoluta que nos ha regalado Conques.

    Si te interesa Conques, este es el enlace con la Oficina de Turismo 👇

    Fotos: ©Valvar

  • Toulouse II

    Toulouse II

    Toulouse es una ciudad de contrastes. De ciudad medieval en el Camino de Santiago, ha pasado a avanzado parque tecnológico de investigación aeroespacial. Conocida como la Ciudad Rosa por el color de sus edificios, cuenta con dos construcciones a cual más bellos: San Sernin y los Jacobinos.

    Aparte de sus encantos más conocidos, la ciudad ha sabido proteger su ritmo de vida tranquilo y ofrece muchos lugares que hacen agradable la visita, incluidas las riberas de sus canales y del río Garona, y su rica oferta gastronómica, con el cassoulet y el foie en el centro de sus devociones.

    Esta es nuestra segunda visita a Toulouse. En la primera vivimos una de las situaciones más chuscas que recuerdo de nuestros viajes y que contamos aquí 👇. Tengo que enseñar la foto porque incluso a mí me parece increíble. Ocurrió en 2016, cuando Francia se encontraba en alerta total después de haber sufrido atentados terroristas. La policía y el ejército patrullaban las calles e identificaban a la gente al acceder a algunos lugares.

    En la puerta de San Sernín había apostados cuatro soldados como cuatro armarios con las armas a punto. Y allí que se fue el Colega a preguntarles por su trabajo y a hablarles del Camino de Santiago y de la importancia del arte. Los soldados le miraban como si fuera un extraterrestre. Yo pensé que me lo encerraban en la comisaría o en el manicomio. Optaron por irse antes de que les diera otra chapa a la salida.

    Hemos vuelto, pues, a San Sernin que ahora, sin soldados ni temores, nos parece más grandioso y bonito que la primera vez. Volvemos a fotografiar sus tropecientos canecillos y capiteles, sus ábsides y absidiolos, casi perfectos por dentro y por fuera.

    Llegamos a primera hora de la mañana, antes que los visitantes, que vendrán enseguida, la mayoría escolares con sus profesores.

    San Sernín es obra del siglo XI, prevista ya como una iglesia de peregrinaciones, de ahí sus muchas reliquias y tesoros, que atraían el interés de los peregrinos. De las cuatro iglesias situadas a mitad del Camino en territorio francés: San Martín de Tours, San Marcial de Limoges, Santa Fe de Conques y San Sernin, esta es la que posee el más antiguo de los deambulatorios, previstos para que las multitudes pudieran moverse por el interior del templo, admirar el edificio y visitar las reliquias. La iglesia es de planta de cruz latina, de cinco naves, transepto de tres naves y cimborrio alto sobre el transepto. Tiene además dos niveles o tribunas, que amplían notablemente la capacidad de la iglesia.

    Se cree que en San Sernin trabajaron al menos tres talleres, que desarrollaron un programa iconográfico novedoso para el tiempo en que fue creado. Con todo, lo más destacable es la llamada puerta Miegeville, que significa media villa, pues está en el centro de la ciudad. En su diseño recuerda un arco de triunfo -en concreto al de Orange-. El tímpano representa la Ascensión de Jesús, llevado por dos ángeles. En la parte inferior se distribuyen los apóstoles que miran la escena de la Ascensión. Las mochetas son extraordinarias: la de la izquierda representa al rey David tocando un rabel, sentado sobre una pareja de leones; en la de la derecha aparecen dos personajes femeninos tocados con gorros frigios y dos cabezas de leones en sus regazos. Ambas tienen un pie calzado y otro descalzo.

    En la enjuta de la derecha se distingue a San Pedro sobre Simón el mago acuciado por los demonios, personaje que da nombre al pecado de simonía.

    En el lado opuesto, Santiago sobre un hombre barbudo y dos mujeres sobre leones. Se interpreta como un ejemplo de amancebamiento del clero o nicolaísmo.

    Los capiteles representan escenas bíblicas: la expulsión de Adán y Eva del paraíso, la Anunciación de San Gabriel a la Virgen María, la Visitación y la matanza de los Inocentes; dos leones y la cabeza de un tercero.

    Los estudiosos han advertido similitudes entre este puerta y otras edificaciones del Camino de Santiago como el claustro de la catedral de Jaca, San Isidoro de León, la fachada de Platerías de Compostela y Santa Marta de Tera. Si quieres saber más de San Sernin Arteguías de lo cuenta aquí 👇

    Aunque Toulouse es una ciudad grande, sus atractivos están todos en un puño. De San Sernin al Capitol hay un trecho corto y corto también del Capitol a los Jacobinos. La plaza de Capitol es grande, de líneas elegantes, flanqueada por edificios de ladrillo rosa, entre otros el ayuntamiento, el teatro y el palacio que le da nombre, que acoge el salón de los Ilustres. La mitad de la plaza está ocupada por mesas de los cafés y restaurantes, casi siempre llenos de tolosanos y de visitantes.

    El convento de los Jacobinos 👇 fue fundado por los dominicos en el siglo XII, su construcción se prolongó hasta el siglo XIV, guarda las reliquias de Santo Tomás de Aquino. El convento fue clausurado durante la Revolución Francesa y adaptado para servir de cuartel de caballería. Declarado monumento histórico en 1841, su restauración se prolongó de 1920 a 1972.

    La iglesia es de planta rectangular, con dos naves separadas por siete columnas en el eje central. La cabecera es la joya de los Jacobinos de Toulouse. Por muchas veces que lo veas no dejará de sorprenderte la palmera de piedra de la cabecera, con sus veintidós nervaduras. En esta ocasión han cambiado la iluminación del templo y da más sensación de irrealidad.

    El claustro fue construido a principios del siglo XIII, después de desmantelar el anterior. Sus cuatro pandas se comunican con el patio interior mediante arquerías de arcos apuntados de ladrillo sobre columnas pareadas de fustes cilíndricos de mármol. La ornamentación de los capiteles es mayoritariamente floral, excepto unos pocos figurados. Por lo que pudimos colegir en nuestra visita, una de las tareas en los colegios tolosanos es descubrir los rostros que se esconden en estos capiteles, tarea a la que nos unimos alegremente.

    El entorno del claustro tiene una encanto especial para nosotros, aparte de por las hamacas dispuestas para contemplar el entorno tranquila y descansadamente. El primero, la sala capitular, espaciosa, con bóvedas de crucería de ladrillo sobre columnas, abierta al claustro mediante una arquería. El día que visitamos los Jacobinos ha amanecido nublado pero durante nuestra visita se abrieron un rato las nubes dejando entrar algunos rayos de sol que proporcionan al lugar un aspecto entre fantástico y misterioso. El segundo, que desde el claustro se tiene la mejor vista de la torre campanario -ya sin campana-, de planta octogonal, con 45 metros de altura.

    Alrededor del claustro, se abren también el refectorio, la sacristía y la capilla de San Antonín, en la que se enterraba a los religiosos del convento, que conserva murales del siglo XIV.

    La catedral de Toulouse es un edificio enorme, en realidad la mezcla de dos iglesias, una románica y otra gótica. La primera vez que la vimos nos pareció un poco pastiche pero en esta ocasión la hemos encontrado un punto entre kich y artístico.

    Otro atractivo no menor de la ciudad son su río, el Garona, y sus canales. Es un verdadero placer pasear por sus orillas tan cuidadas, agradables y frecuentadas. Una señora a la que preguntamos si quedaba mucho para San Sernin nos descubrió el canal de Brienne, que con el de Midi y el Lateral del Garona atraviesan la ciudad. El del Midi une Toulouse con Sète, ya en el Mediterráneo, y está declarado Patrimonio de la Humanidad. Se conecta con el Lateral del Garona que llega al Atlántico.

    El paseo por el canal fue verdadera placentero y, contra mi temor, no me picaron los mosquitos.

    En otro paseo por el Garona descubrimos la basílica de la Dorada, junto a la Academia de Bellas Artes. El edificio es obra de los siglos XVIII-XIX, levantado sobre las ruinas de otro románico que, a su vez, ocupó un tempo romano dedicado a Apolo. En su interior se guarda la Virgen Negra, conocida como la Brunette, la Morena, superviviente del culto a la diosa madre, que es tenida por muy milagrosa y disfruta de muchos devotos entre las parturientas como protectora de los recién nacidos. La imagen fue realizada en 1806 por el escultor tolosano Jean Louis Ajon. Era tradición que los trajes de la Brunette se colocaran sobre la cama durante el parto, ahora se envían cintas a las embarazadas que lo piden. Posee 32 trajes, ofrendas de los fieles desde el siglo XVIII, que se cambian según el calendario litúrgico.

    La iglesia cuenta con dos órganos, ambos obra de tolosanos. El gran órgano es de 1864 y el del coro de 1881.

    Muy cerca está el Café de los Artistas, lugar muy frecuentado, donde nos tomamos un refresco.

    Una cita casi imprescindible si visitas Toulouse es el mercado Victor Hugo, en el número 7 de la calle de su nombre. No ya por la oferta de sus puestos, algunos de ellos con apellidos españoles, pues la ciudad fue refugio del exilio español después de 1939, sino porque su primera planta está ocupada por restaurantes populares frecuentados por los tolosanos y por los visitantes avisados. Es famoso su cassoulet, pero la oferta es tan amplia como se quiera y, de nuestra experiencia, todo bueno.

    Cerramos nuestra visita tomándome una copa de champán en la plaza Capitol -el Colega es más de cañas que de champán- agradeciendo a Toulouse la acogida a los miles de refugiados españoles republicanos que aquí encontraron su hogar y los buenos momentos que nos ha ofrecido a nosotros.
    Fotos: ©Valvar

  • Moissac II

    Moissac II

    A Moissac, en la vía Podiensis del Camino de Santiago, se puede ir por muchas razones, por devoción, por afición o porque sí, cualquiera vale. Todos los visitantes sin excepción se maravillan ante su claustro y la portada de su abadía de San Pedro, uno de los mejores ejemplares del románico francés.

    Nosotros hemos venido en esta ocasión por puro vicio y porque, de algún modo, este año estamos despidiéndonos de algunos de los lugares románicos que más nos han gustado y a los que, sin duda, ya no volveremos. Lo hacemos con alegría, contentos de las oportunidades que nos ha ofrecido la vida pero sabiendo que llegará día en que perderemos la autonomía que ahora tenemos. Hay que aprovechar el presente, pues.

    De Moissac ya hablamos aquí 👇. En un lugar donde el tiempo se cuenta en siglos, poco ha variado desde nuestra primera visita, pero lo poco que ha variado es a mejor. Han dispuesto mayores aparcamientos y más aseos públicos, esto último es una diferencia notable de Francia respecto a España, por su abundancia y porque suelen estar muy limpios y cuidados.

    Han dispuesto también otro acceso al claustro, del siglo XI, más acorde con la importancia del monumento. El claustro reúne 76 capiteles de los que 46 son historiados: pasajes bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamento, vidas de santos, representaciones vegetales y zoomorfas. Todo el repertorio románico distribuido en las cuatro pandas del claustro: Adán y Eva, Caín y Abel, Daniel en el foso de los leones, Sansón desquijarando al león, las bodas de Canáa, la decapitación del Bautista, la samaritana, San Esteban, San Lorenzo, San Martín de Tours, aves, leones, grifos, dragones…

    En pilares ubicados en las cuatro esquinas y en el centro de las pandas, los apóstoles San Pedro, San Pablo, San Juan, Santiago, San Felipe, San Andrés, San Bartolomé, San Mateo, Simón y el abad de Moissac y obispo Durand de Bredons. Los arcos apuntados del claustro corresponden a la reconstrucción del siglo XIII. (Si quieres conocer más de la abadía de Moissac Arteguías te lo cuenta aquí👇)

    Mientras lo visitamos oímos varias veces el paso del tren, lo que nos recuerda que la línea férrea arrasó una parte de la abadía. Es sabido que el dinero no tiene corazón y el capitalismo carece de emoción.

    Por muchas veces que lo hayas visto es imposible no admirarse ante la portada de Moissac, realizada en el siglo XII, y bendecir la memoria de los artistas anónimos que aquí trabajaron. Parece milagroso que haya llegado hasta nosotros después de los innumerables ataques sufridos en los últimos nueve siglos. El penúltimo de estos ataques ocurrió durante la Revolución francesa, cuando fue vendida a un particular y luego, a la ciudad. Durante un motín fueron saqueados el claustro, la iglesia, su mobiliario, sus vidrieras, ornamentos y el tesoro sacro. Durante el Primer Imperio, los edificios se convirtieron en cuartel y luego, en una fábrica de sal. Ya en el siglo XIX, los ingenieros del gobierno francés diseñaron un trazado ferroviario que a poco termina definitivamente con la abadía. Se salvó el claustro, que pasa rozando, pero se llevó el refectorio y las cocinas.

    Como es habitual en este tiempo y en las construcciones románicas, aquí se despliega un catecismo para fieles analfabetos. En el tímpano, un Cristo en Majestad, coronado, sentado en el trono, bendiciendo con la mano derecho y sosteniendo el Libro de la Vida en la izquierda. Le rodean los cuatro símbolos del Tetramorfos; abajo y a los lados, los veinticuatro ancianos del Apocalipsis miran a Cristo y portan instrumentos musicales.

    El mainel de la portada lleva relieves de leones entrelazado trepando en su cara frontal. A los lados, San Pablo y Jeremías. Este último es uno de los relieves más hermosos de Moissac.

    En las jambas laterales con perfiles en arcos, San Pedro e Isaías.

    En los muros laterales, escenas bíblicas. A la derecha, el ciclo de la Navidad entero: la Anunciación, la Visitación, la adoración de los Reyes, la Huida a Egipto, la presentación en el templo… Al otro lado, la parábola del pobre Lázaro y del rico Epulón y escenas de pecadores con sus respectivos castigos.

    Pedimos que nos haga una foto a un chico que resulta ser de Zaragoza y está haciendo la ruta en bicicleta hasta el Mediterráneo.

    Entramos en la iglesia buscando el grupo escultórico del Santo Entierro del siglo XV, que me gusta especialmente. Tiene también un Cristo románico y un sarcófago paleocristiano.

    En esta ocasión llegamos un lunes, día de cierre del restaurante Florentin, situado frente a la portada, del que tan buen recuerdo guardamos. Comemos en un local nuevo ubicado al costado de la iglesia. Comemos muy bien pero el Colega

    Conocer Moissac y disfrutar de su belleza es un regalo de la vida. Haber estado dos veces es la releche, le digo al Colega, que sigue suspirando por el Florentin.

    Fotos: ©Valvar

  • Montauban

    Montauban

    Montauban, capital de Tarn y Garona, es una ciudad fundada en el siglo XII por el conde de Toulouse. Resulta un lugar tranquilo, con un rico patrimonio cultural. Su cementerio guarda los restos de quien fue presidente de la República española: Manuel Azaña.

    Llegamos a Montauban con el objetivo de rendir homenaje a don Manuel 5Azaña pero ya que hemos llegado hasta aquí, no vamos a perder la oportunidad de dar una vuelta por la ciudad. El Puente Viejo está en obras, lo que dificulta el tráfico que, al menos aparentemente, es un problema que no debería tener una población de este porte. Finalmente, conseguimos aparcar justo bajo el puente, en el corazón de Montauban, sin tener que pagar por ello, que en estas tierras es casi como poner una pica en Flandes.

    El Colega está exultante. Frente al aparcamiento, una escalera conduce a la calle principal. Puedes subir por ella, faltaría más, pero si prefieres una subida más cómoda, a la derecha de esa escalera hay un rincón poco visible y en él un ascensor que te deja al nivel de la calle Hôtel de Ville, que, naturalmente, conduce al ayuntamiento. Siguiéndola se llega a la catedral, un edificio enorme de líneas clásicas, que está en obras.

    Estamos es la zona de marcha, llena de restaurantes y bistrots, así que aprovechamos y comemos en uno de ellos rodeados de gente joven.

    Deshacemos el camino, ahora por la paralela calle de la República, en busca de la iglesia de Sant Jacques. Estamos enfrascados sobre el plano que nos han dado en la Oficina de Turismo cuando se nos acerca un señor. Tomen esa calle que les lleva a la plaza Nationale y enseguida llegan a Sant Jacques, nos dice y se presta a acompañarnos hasta la plaza. El hombre habla un razonable castellano. ¿No será usted descendiente del exilio republicano?, le pregunto. Yo no, pero de por aquí seguro que soy el único que no lo soy, nos dice. Aunque no todo fueron bienvenidas y se cometieron muchas injusticias, hay que reconocer que las poblaciones del sur de Francia acogieron a miles de refugiados republicanos al término de la guerra civil. El hombre que nos ha ofrecido ayuda nos cuenta que tiene casa en Alicante, donde pasa temporadas, de ahí su conocimiento del idioma.

    La plaza Nationale es el corazón del casco histórico, una gran plaza bordeada de arcadas y vistosos edificios de ladrillo. Nos dicen que en ella a diario se monta un mercado, pero cuando llegamos solo se ven restaurantes y gente comiendo.

    La iglesia de Santiago está cerca de la plaza y del Puente Viejo. De su origen románico conserva un espléndido campanario octogonal de tipo tolosano. Es el único testigo medieval de la ciudad, se sabe que ya existía en 1147. Varias veces destruida, las grandes familias montalbanesas se han aplicado a la reconstrucción de esta iglesia para expiar sus inclinaciones cátaras. Es de nave única con nervios transversales. Conserva huellas de las balas de cañón del asedio sufrido en 1621, durante las guerras de religión. El propio Richelieu ordenó su reconstrucción; en el siglo XIX se le añadió a la fachada una decoración neorrománica y pinturas murales al interior.

    El Puente Viejo es obra del siglo XIV con siete arcos ojivales sobre el río Tarn. Se concluyó en 1335. Mide 205 metros de largo y 23 de alto. Como en el puente de Toulouse, sus aberturas le permiten resistir las crecidas del río. Es el puente más antiguo de la ciudad, monumento histórico desde 1919 y la imagen icónica de Montauban. El andamiaje de las obras nos impide hacer una foto decente a cambio de ofrecernos aparcamiento gratis.

    Junto a él se levanta el antiguo palacio episcopal (siglo XIII), habilitado como museo dedicado al pintor Jean-Auguste-Dominique Ingres y al escultor Émile Antoine Bourdelle, ambos artistas locales.

    Cerca también, el palacio Lefranc de Pompignan.

    Montauban fue fundada en el siglo XII por el conde de Toulouse, un siglo después comienza su periodo de prosperidad, que finaliza con la peste negra y la guerra de los Cien Años. Entre los siglos XVI y XVII fue un bastión protestante, junto a La Rochelle y Nimes, hasta que en 1629 se rinde a las tropas reales. Vivió una intensa vida cultural en el siglo XIX alentada por sus dos hijos ilustres, Ingres y Bourdelle. Nos pareció una ciudad amable y tranquila, que se precia de cultivar el arte de vivir y la aventura suave👇.

    El viaje coincide con mi 77 cumpleaños. Tantas veces siete me hacen pensar que no hay mucho tiempo que perder y que más me vale ir haciendo las cosas que tengo pendientes, como expresar el reconocimiento a quienes pagaron un precio tan alto en su empeño por modernizar España. Como nuestro itinerario románico de este viaje pasaba cerca de Montauban le he propuesto al Colega acercarnos a visitar la tumba y rendir homenaje al ilustre jurista, literato y político que fue don Manuel Azaña, presidente de la segunda República, cuya memoria ha sido insultada y maltratada. Nos dirigimos, pues, al cementerio viejo. Llevamos el plano del lugar donde se encuentra su tumba pero el Colega, que no pierde ocasión de confraternizar con los franceses, se dirige al edificio de entrada del camposanto donde a la primera frase, el señor que le atiende, en un castellano tan macarrónico como el francés suyo, le acompaña a un rincón cercano donde hay un buzón en el que los visitantes dejan sus cartas y un cartel referidos a Azaña. En cuanto le he oído he sabido adonde venía, dice. La tumba se encuentra en el trapeze Q, section 7. Así y todo, nos cuesta encontrarla, algo constreñida entre los mausoleos de las familias Matignon y Gaubert.

    Manuel Azaña Díaz (1880-1940) consumió su vida tratando de mejorar la sociedad española. Con Fernando de los Ríos y José Ortega y Gasset fundó la Liga de Educación Política. Dirigió varias publicaciones, estuvo vinculado al Ateneo de Madrid entre 1913 y 1932 como secretario y presidente. Fue uno de los fundadores de Acción Republicana y formó parte del Comité Revolucionario que contribuyó a la instauración de la República en 1931. Ministro de la Guerra y presidente del Gobierno, del que dimite en 1933, durante el bienio negro sufrió varios atentados. En abril de 1934, estando en la oposición, funda Izquierda Republicana. Propicia la creación del Frente Popular que resulta ganador en las elecciones de 1936. De nuevo preside el Gobierno, el 10 de mayo es elegido presidente de la República, cargo que ocupa hasta 1939.

    En 1936, Azaña, confiando en la neutralidad de Suiza, cede los cuadernos en que ha ido escribiendo sus memorias a su cuñado y amigo Cipriano Rivas, nombrado cónsul en Ginebra. Tres de esos cuadernos son robados por el vicecónsul, Antonio Espinosa, quien los entrega al gobierno rebelde, que durante la guerra civil los utiliza como propaganda contra el gobierno republicano.

    Aparte de su dedicación política, plagada de aciertos y de algún error notable, Azaña fue un intelectual de prestigio, Premio Nacional de Literatura en 1926 por su obra Vida de Juan Valera. Escribió novelas, ensayos y teatro. La velada de Benicarló, se considera una seria reflexión sobre la década de los años treinta del siglo XX español. Sus Memorias son un documento imprescindible para el conocimiento de la República. El haber sido jefe del Estado español no le ahorró sufrimientos ni humillaciones, como a otros miles de intelectuales, obligados a salir de su país para salvar la vida. El enorme agujero de conocimiento dejado por tantos científicos, escritores, pintores, médicos, etc, hombres y mujeres muertos fuera de su tierra explica el retraso cultural de España en el pasado siglo.

    Cuando cae Cataluña, el 5 de febrero de 1939, Azaña se exilia en Francia. En Vajol, tras pasar revista al batallón presidencial, recoge la bandera que, dice, le ha de servir de mortaja. El 27 de febrero dimite como jefe del Estado, después de que Francia e Inglaterra reconocieran al gobierno rebelde. La policía franquista le perseguirá incluso en el exilio, con la complicidad del gobierno del mariscal Petain, y la ayuda de la Gestapo alemana.

    Instalado inicialmente en Pyla-sur-Mer tiene que salir huyendo. Sus perseguidores saquean su casa, roban sus papeles, incluida la bandera, y detienen a Cipriano Rivas, que es condenado a muerte, pena luego conmutada.

    En septiembre se instala en Montauban, de donde se le prohíbe salir. Allí muere el 3 de noviembre de 1940, después de una larga enfermedad. Es enterrado el día 5, perseguido con saña hasta la tumba. Las autoridades francesas impiden que la bandera republicana cubra su féretro. La embajada mejicana presta su bandera y su protección.

    El señor que nos ha atendido en la entrada asegura que son bastantes los españoles que se acercan a rendir homenaje a esta tumba, de una sencillez solo equiparable a la de don Antonio, el exiliado de Colliure. Ambos fueron amigos. Machado prologó el libro –Los españoles en guerra– en el que se recogían los cuatro discursos decisivos que Azaña pronunció durante la contienda. Como tantos hombres y mujeres valiosos de aquel tiempo, ambos reposan en tierra ajena, en un exilio eterno.

    Cada año, en torno al 3 de noviembre, las autoridades locales francesas, acuden a realizar una ofrenda en representación del Estado francés, acompañada de un breve concierto de música clásica.

    Incluso después de muerto, la dictadura no cejó en los ataques a Azaña, focalizando en su nombre los males del republicanismo. Por si había dudas de quién instigaba la persecución la bandera hurtada en 1939 apareció en las dependencias de la policía española en Madrid en 1984. Los cuadernos robados por Antonio Espinosa permanecieron en poder de la familia Franco hasta que en 1996, dos décadas después de la muerte del dictador, su hija, Carmen Franco Polo, los entrega al Estado español. Por extraño que parezca nadie se vio en la necesidad de pedir algún tipo de responsabilidad por el robo.

    Salimos del cementerio de Montauban y de la ciudad con la alegría de haber cumplido un deseo largamente acariciado y con la pesadumbre de constatar una vez más la pena de olvido a la que han sido condenados los políticos e intelectuales de la República española.

    Por si te interesa conocer a Manuel Azaña:

    Biografía 👇

    Exilio 👇

    Fotos: ©Valvar

  • Pau

    Pau

    Pau es la capital histórica del Bearn francés. Del pasado conserva un castillo, varias iglesias y un aire de dama de buena estirpe. En épocas recientes ha añadido un funicular y un bulevar convertido en balcón sobre los Pirineos.

    Llegamos a Pau como primera etapa de nuestro viaje por el sur de Francia siguiendo el rastro de sus monumentos románicos, después de visitar Oloron y Marvaas, cerca de aquí. En principio solo es un lugar donde pasar la noche pero enseguida descubrimos una ciudad con enorme encanto, una ciudad provinciana con aires de dama aristocrática que luce sus joyas con discreción. Lamartine dijo de Pau que es la más hermosa vista de tierra, como Nápoles es la más hermosa vista de mar.

    La ciudad antigua se levanta sobre un promontorio coronado por el castillo que se divisa desde cualquier punto de la ciudad y alrededores, con el río Gave a sus pies. El castillo feudal fue fortaleza de los vizcondes de Bearn, fortificado en tiempos de Gastón Febo, a quien se debe la construcción en ladrillo de la torre del homenaje, con una altura de 33 metros. Enrique de Albret y María de Angulema lo transforman en residencia real en el Renacimiento, que a lo largo de los siglos ha sido palacio real, imperial o nacional y, actualmente, museo. Es famoso porque el 13 de diciembre de 1553 vio nacer a Enrique III de Navarra, que habría de ser el primer rey Borbón de Francia, como Enrique IV, conocido como Buen Rey, monarca querido por los franceses. Educado por su madre en la fe protestante, se convirtió al catolicismo para ser proclamado rey. Suya es la frase París bien vale una misa. A él está dedicado el museo, en su interior guarda una notable colección de tapices flamencos y gobelinos de los siglos XVI al XVIII y algunas curiosidades como la llamada sala de los cien cubiertos, con su enorme mesa de roble, la cuna en forma de caparazón de tortuga en la habitación del rey o las porcelanas del apartamento de la emperatriz Eugenia.

    Cerca del castillo se encuentra el edificio que fue parlamento de Navarra. En el siglo XV el reino de Navarra se extendía al sur y el norte de los Pirineos, hasta que en 1512 Fernando II de Aragón, el rey Católico, en ese momento regente de Castilla tras mantener cautiva a la reina Juana I, conquistó en nombre de su hija la parte del reino al sur de la cordillera, conocida como la Baja Navarra. El rey y la corte abandonan Pamplona trasladando la capital del reino a Pau. En 1523 se instala en este edificio el Parlamento de Navarra y ahí se mantiene hasta la Revolución Francesa, en 1789.

    En el siglo XIX el buen clima de la ciudad atrae a algunos ingleses pudientes, para alojarlos se levantaron edificios señoriales que dan una pátina aristocrática a la ciudad. A esos visitantes debe Pau el Beaumont Park, al final del bulevar de los Pirineos y, quizá, contar desde 1856 con el primer campo de golf del continente europeo, el segundo centro de entrenamiento equino en importancia, o un estadio de aguas bravas único en el país para actividades acuáticas en el río Gave. En 1909 los hermanos Wright crearon aquí la primera escuela de aviación del mundo, luego transformada en escuela de pilotos del ejército francés. La ciudad conoce un nuevo impulso con la llegada del tren, al construirse la línea que lleva a Lourdes a miles de peregrinos.

    La calle Maréchal Joffre y la plaza Clemenceau, en la que desemboca la primera, son las zonas comerciales por excelencia, las que aportan el signo de distinción de toda ciudad de provincia que se precie. Ahí está el centro comercial Palais des Pyrénées y las Galerías Lafayette. Un touche de glamour.

    El bulevar de los Pirineos es un paseo de 1.800 metros al que se abre, entre otras, la magnífica plaza Real. En días claros desde el bulevar se disfruta de bonitas panorámicas, razón por la que la ciudad se conoce como balcón de los Pirineos. En nuestro caso, el día estaba claro pero solo lo suficiente para entrever la cordillera.

    El perfil de Pau contra el cielo es una sucesión de torres, además de las del castillo las dos de la iglesia de San Jaime y la de San Martín. Ambas son obra del siglo XIX, de estilo neogótico, con bonitas vidrieras. La torre de San Martín mide 77 metros de altura.

    Para superar el desnivel entre el bulevar y la estación de ferrocarril, que está junto al río, desde 1908 funciona un funicular que sube y baja con una frecuencia de entre 3 a 5 minutos, gratis total. Nosotros lo utilizamos para descender del bulevar al río, paseamos un rato entre una agradable arboleda antes de cruzar el puente hacia el antiguo lavadero, situado a la derecha.

    En un jardincillo encontramos un cartel que habla de una etapa política penosa para Francia: la colaboración del gobierno de Vichy, liderado por el mariscal Petain, con las fuerzas alemanas de Hitler. «A la memoria de los 1070 muertos en el Campo de Gurs y de los veinte mil hombres, mujeres, viejos y niños, deportados víctimas de la cruel colaboración Vichy-Alemania«, reza el cartel.

    El lavadero es poco más que una vieja estructura de madera pero desde este punto se contempla una hermosa vista de la ciudad, al otro lado de un río que baja rápido y ancho, como la mayoría de ríos franceses.

    No lejos de aquí se encuentra una pequeña iglesia dedicada a Notre Dame du Bout du Pont, construida en el siglo XX en recuerdo del oratorio que hubo junto al castillo. Esta virgen se consideraba protectora de los pastores y de las mujeres parturientas. Se cuenta que a ella le cantó Juana de Albret antes del nacimiento de quien había de ser Enrique IV. Cosa inusual en Francia, encontramos la iglesia cerrada, parece que los domingos no es buen día para ver iglesias por estos lares.

    Pau conserva algunas viejas edificaciones, que coexisten pacíficamente con los edificios señoriales, en una de ellas una placa indica que ahí nació Charles Jean Bernardotte, -general de Napoleón- rey de Suecia por el deseo unánime de los suecos.

    Cenamos en un bistrot donde, siguiendo el ritual de todos los viajes a Francia, pido los caracoles a la bourgiñona, que, con el agua Perrier son mi santo y seña francés. Hemos elegido el céntrico hotel De Gramont, próximo a un aparcamiento, ya que la circulación rodada está bastante restringida en la ciudad. La vista desde nuestra habitación nos muestra una imagen resumen de Pau.

    Fotos: ©Valvar