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  • San Martín de Frómista

    San Martín de Frómista

    San Martín de Frómista es el modelo de construcción románica medieval en el Camino de Santiago. Fundada en el siglo XI por doña Mayor de Castilla, la iglesia se diría como recién hecha. Y se diría bien.

    Frómista (Palencia) es una población que no alcanza el millar de habitantes, bien dotada de iglesias, además de la de San Martín cuenta con un templo dedicado a Santa María del Camino y otro a San Pedro, ambos de traza gótica, además de la ermita del Otero. Los visitantes que acuden hasta aquí son principalmente de dos tipos: peregrinos hacia Santiago de Compostela y quienes desean vivir una aventura marinera en plena meseta pues por aquí corre el Canal de Castilla, una obra hidráulica del siglo XVIII proyectada para facilitar el trasiego de mercancías entre Castilla la Vieja y los puertos del Cantábrico. Enseguida el tren superó en rentabilidad económica al canal, pero no impidió que pequeñas embarcaciones siguieran navegando entre las provincias de Burgos, Palencia y Valladolid, ahora con interés ecológico y turístico.

    Nosotros hemos visitado Frómista varias veces, la última en octubre de 2024, siempre con la mirada puesta en San Martín. Y esperamos que esta no sea la última, por muchas veces que vuelvas siempre te ofrecerá algo nuevo.

    Esta construcción que tenemos a la vista es lo que queda del monasterio benedictino fundado por doña Mayor, viuda de Sancho III Garcés, por testamento fechado en 1066, que siempre fue patrimonio regio. En 1118 la reina Urraca donó el monasterio al priorato de San Zoilo de Carrión de los Condes, vecina de Frómista, perdiendo su autonomía. A finales del siglo XIII desaparece la comunidad de monjes de San Martín. San Zoilo de Carrión atraviesa su propia crisis y se desentiende de Frómista, encomendando su abadengo a Juana Gómez de Manzanedo, esposa de Luis de Castilla, hijo de Fernando III y de su segunda esposa Juana de Ponthieu. Un siglo después lo que queda del antiguo monasterio es entregado en encomienda a los señores de la población, como era costumbre entonces, hasta que en 1427 San Zoilo zanja la cuestión de sus derechos vendiendo su jurisdicción sobre San Martín al señor de la villa Gómez de Benavides, excepto la iglesia subprioral. San Martín contó con su propio hospital, que desapareció en 1453 en un incendio.

    El gran momento de Frómista se vivió en el siglo XV, cuando solo el barrio de San Martín contaba doscientos vecinos. Su aljama era de las más importantes de la provincia, de ahí que la expulsión de los judíos repercutiera negativamente en su desarrollo económico.

    Como en tantos otros lugares, la desamortización de 1835 condujo a la ruina a lo único que quedaba de la fundación de doña Mayor, la iglesia de San Martín, cerrada al culto en 1874. En su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, publicado en 1850, Pascual Madoz, lamentaba la situación de sus bóvedas, lo que no le impidió autorizar como ministro de Hacienda una nueva desamortización cinco años después. En 1894 fue declarado Monumento histórico artístico, encomendándose su restauración al arquitecto Manuel Aníbal Álvarez, catedrático de la Escuela de Arquitectura. Reinaba por entonces entre los arquitectos de postín el criterio historicista encarnado por Violet le Duc, empeñados en devolver a los monumentos intervenidos su apariencia original. O a lo que ellos pensaban que era original, sin diferenciar lo antiguo con lo moderno.

    En el caso de Frómista se desmontó totalmente la mitad sur de la iglesia, manteniendo en pie únicamente el ábside norte, se eliminó la torre campanario levantada sobre el cimborrio, la escalera y la galería volada que servían de acceso a la torre; se acondicionaron los muros meridional y occidental; se abrió la portada meridional que había sido cegada y se reconstruyó una de las torres cilíndricas; y se abrió una nueva puerta en el muro oeste, que probablemente nunca antes hubo. Se sustituyeron los sillares por otros de piedra nueva, eliminándose los mechinales primitivos.

    No menos radical fue la intervención en su escultura. Muchos de los capiteles fueron sustituidos por copias, no en todos los casos señaladas como tal con la preceptiva “R”. Algunos de los originales se encuentran en el Museo de Palencia, pero otros más desaparecieron misteriosamente sin que se conozca su paradero.

    Con estos antecedentes, son muchos los entendidos que miran con cierto desdén la iglesia restaurada, como algo artificioso. No es nuestro caso. Aunque tenemos fichado a Violet le Duc como un poco fantasma desde que conocimos Carcasona, San Martín de Frómista nos parece un monumento a la altura de cualquiera de los grandes del Camino jacobeo, una fábrica tan equilibrada, proporcionada, exuberante, que te obliga a pararte a pensar quiénes fueron capaces de mezclar la arquitectura bizantina con las basílicas latinas para idear algo tan hermoso cuando se estrenaba el primer milenio.

    Eso, sin mencionar su ornamentación escultórica, un prodigio de técnica, de arte, de imaginación y de cultura. Trescientos canecillos distribuidos en portadas y aleros en los que abundan las cabezas y cuerpos de animales, perros, bóvidos y monos, también bustos y cuerpos de personas y algunos de vegetales.

    Admirables igualmente son los capiteles de las ventanas de la iglesia, en los que abundan los de temática vegetal, y también historiados, en competencia a cual más bello. El hastial meridional remata en dos torres cilíndricas. Todo el perímetro está recorrido por impostas taqueadas.

    Llegamos a Frómista desde Burgos una soleada y fría mañana de otoño castellano. Cuando estamos admirando el exterior, tratando de adivinar qué es original y qué añadido, vemos llegar un grupo numeroso de personas, así que nos apresuramos a entrar -por la puerta antes inexistente- para disfrutar de un rato de tranquilidad antes de lo que suponemos invasión.

    El interior de la iglesia se divide en tres naves de cuatro tramos con cabeza de ábside semicircular. El crucero remata en cúpula semiesférica sobre trompas en cada una de ellas se ha incrustado las esculturas de los cuatro evangelistas. La cúpula, la torre y el entronque absidal son las grandes aportaciones arquitectónicas de Frómista, que veremos repetidos en muchos otros templos románicos de Castilla y León.

    Nos lanzamos a la derecha del arco toral a fotografiar el capitel de la Orestiada, llamado así porque su autor se inspiró en un sepulcro romano del siglo II que se encontraba en Husillos, población cercana a Frómista, hoy depositado en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, por esa razón conocido como Maestro de la Orestiada. En él se representa en sucesivas escenas la historia recogida por Esquilo, en la que Orestes, ayudado por su amigo Pylades, mata a su madre, Clitemnestra y a Egisto, amante de esta, en venganza por la muerte de su padre, Agamenón, asesinado por ambos, y la absolución de Orestes en el Aerópago de Atenas.

    No se sabe si el autor conocía o no a Esquilo y se cree que el capitel representa a Caín matando a Abel. En suma, el modelo y su copia vendrían a representar un crimen familiar y su castigo.

    El autor demuestra tener una amplia cultura y un no menor conocimiento de la anatomía humana y de la escultura. El resultado es un capitel de clara influencia grecorromana, que sigue atrayendo nuestras miradas, aún sabiendo que estamos ante una reproducción. Su ubicación, en la parte superior del ábside, resulta muy adecuada para evitar tentaciones, pues el original fue brutalmente mutilado por espíritus sensibles y martillo salvaje cuando se desmontó para las obras del siglo XIX. Lo que quedó de él se encuentra en el Museo de Palencia.

    El autor fue sin duda un figura de su tiempo pues fue requerido para dejar muestra de su arte en iglesias del Camino tan significativas como la catedral de Jaca -suyo es el capitel del sacrificio de Isaac- y uno de los signos zodiacales de la fachada de San Isidoro de León. En todos ellos se retrata al protagonista con las piernas abiertas y ligeramente cruzadas.

    Este capitel, quizá el más famoso de los de San Martín, está bien acompañado por otros a su altura en calidad y belleza. Prueba de la calidad de los maestros que trabajaron en las iglesias del Camino y de la riqueza de estas que podían pagar a los mejores entre los buenos. Los capiteles ofrecen escenas bíblicas o moralizantes, como la representación de la fábula de la zorra y el cuervo, y algunos más vegetales.

    Ahí están Adán y Eva en el momento de pecar, de autor distinto al de la Orestiada, capitel que algunos autores ven relacionado a otro de la colegiata de Saint-Gaudens (Francia).

    O el de los porteadores, con semejanzas al de la colegiata de Santillana del Mar, o al de la iglesia de San Pedro de Valdecal, que puede verse también en el MAN

    A simple vista, en la clave de la cúpula distinguimos unas letras que con ayuda del objetivo de las cámaras conseguimos descifrar: Reconstruydo por el Sr. Arquitecto Don Manuel Anibal. Y en un círculo interior, otro recuerdo: Reynando S.M. Don Alfonso XIII. 1901. En el centro, el escudo de España. Republicanos como somos, nos reservamos la opinión que nos merece el dicho rey. En cuanto a don Manuel, seguramente era un moderno de su tiempo que hizo lo que sabía. Viendo de cerca la iglesia reconstruida nos preguntamos qué hubiéramos encontrado hoy de no haber tenido lugar aquella intervención, por mejorable que fuera.

    Entre unas cosas y otras llevamos más de una hora recorriendo una y otra vez la iglesia en todos los sentidos posibles cuando nos percatamos de que seguimos solos. Quizá el grupo eran peregrinos que seguían su camino a Santiago.

    Nosotros, en cambio, nos dirigimos a Palencia, para contemplar lo que su museo conserva de Frómista. El Museo de Palencia ocupa la Casa del Cordón, un edificio que abre a la plaza del mismo nombre. Su interior fue totalmente vaciado para crear un espacio adecuado para el uso museístico, con un resultado sorprendente.

    Nos dirigimos directamente a la sección donde se encuentran los capiteles desmontados de San Martín. Los moralistas con martillo se ensañaron con el pobre muchacho del capitel de la Orestiada, no solo mutilaron sus órganos viriles, lo borraron totalmente. Una bárbara damnatio puditatis, lo califica el museo.

    Hay otro capitel con personajes cabalgando leones, uno de pelícanos muy dañado también.

    Como afortunadamente va siendo habitual en los museos grandes o pequeños, coincidimos con los alumnos de un colegio, que ocupan una sala aparte. El personal se deshace en atenciones y responde con conocimiento a las preguntas que formulamos. Admiramos un mosaico romano, que es la pieza del mes, damos las gracias al personal que nos ha atendido y nos vamos a comer.

    Alguien nos ha sugerido una tasca muy frecuentada por los palentinos: El Perejil. Se nos ocurre pedir una tabla mixta (carne y pescado) para compartir. El Colega comió dos días con el táper que nos prepararon. Unos amigos a los que les dimos la dirección, pudieron con la tabla entera, parece que estamos perdiendo facultades.

    Fotos: Valvar

    Fuentes: Románico digital/Frómista
    Arteguías/Frómista

  • Villafranca Montes de Oca

    Villafranca Montes de Oca

    Villafranca Montes de Oca fue sede episcopal y un hito en el Camino de Santiago. De sus pasadas glorias conserva el hospital de peregrinos mandado levantar por la reina Violante y su permanente deseo de recuperación, en lucha contra el olvido de la historia.

    Situada al borde del Camino de Santiago y de la carretera N-120, a unos treinta kilómetros de la ciudad de Burgos, al pie del puerto de La Pedraja, la población aparece ya en el Codex Calixtinus, libro atribuida a Aymeric Picaud, una especie de guía medieval del camino para los peregrinos a Santiago. Picaud señala en este punto el comienzo de Castilla y Tierra de Campos, un lugar entonces frecuentado también por ladrones que se escondían en la abundancia boscosa de los Montes de Oca para asaltar a los peregrinos.

    Esta Villafranca es heredera de la ciudad romana de Auca/Oca, límite de turmódigos y autrigones, donde en la época visigoda se estableció una sede episcopal. A finales del siglo IX, con la repoblación, Oca es cabeza de alfoz, en la que en el 1068 el rey Sancho II restaura la vieja sede episcopal. Es el tiempo de resonancias histórico-literarias. A su paso por el Camino, Gonzalo de Berceo dejó escrito: “Fromesta del Camino cerca es de Fitero, Ferrera con sus aldeas, Auca la del Otero”. “Entonces era Castilla un pequeño rincón/ nación de castellanos Montes de Oca mojón”, refiere el Cantar de Mío Cid.

    Poco después, se traslada la sede episcopal a Gamonal y de ahí, en 1075 a Burgos por mandato de Alfonso VI. Durante el siglo XII Oca se convierte en campo de batalla en el enfrentamiento entre la reina Urraca de Castilla y su marido, el rey Alfonso I de Aragón.

    Paulatinamente, el antiguo asentamiento en torno a la iglesia de la Virgen de la Oca, se va despoblando en beneficio de una nueva población, junto al Camino de Santiago, está naciendo Villafranca, llamada a convertirse en uno de los hitos de la senda de peregrinación. En 1283, la reina Violante, esposa de Alfonso X el Sabio, funda un hospital de peregrinos, conocido como Hospital de la Reina, que un siglo después será restaurado o reconstruido por Juana Manuel, mujer del rey Enrique II de Castilla. Sea por animadversión familiar a la reina Violante, de quien el infante Juan Manuel, padre de Juana, había escrito maldades sin cuento, o por haberse deteriorado el primitivo hospital, esta se reclama como fundadora del mismo. “Yo mandé facer el mi Hospital de la mi villa de Villafranca Montes de Oca para servicio de Dios e para mantenimiento de los pobres e de las otras personas cuitadas que pasaron por el dicho lugar de Villafranca”, reza la carta de donación de la reina Juana fechada en 1370.

    La donación incluye “la dicha mi villa de Villafranca con todas sus aldeas, e de la villa de Torrelobatón con todas sus aldeas, e de Tamarit de Campos (…) con condición que … no puedan ser dadas, nin vendidas, nin empeñadas, nin enajenadas a ninguna persona”. En 1377 el rey Enrique II confirma los privilegios “por hacer bien y merced a doña Juana”.

    Las cuantiosas donaciones hicieron de este hospital una institución realmente poderosa, exenta del pago de pechos, montazgo6 de, pontazgo y barcaza, exenta del portazgo en todo el reino para 4.000 cabezas de ganado ovino.

    Nada queda de aquella primera fundación, aunque permanece el Hospital de Peregrinos, bajo la advocación de San Antón. Esta obra es debida a uno de esos hombres que hacen cosas grandes y luego se quedan en un recoveco de la historia: Juan de Ortega, homónimo del santo fundador del monasterio situado adelante del Camino.

    Este Juan, probablemente burgalés de nacimiento y quizá converso, sirvió en la corte de los Reyes Católicos e intervino en la creación y funcionamiento de la Hermandad General del Reino. Disfrutó del amparo del poderoso cardenal Pedro González de Mendoza, conocido como el tercer rey, fue el primer obispo de Almería y capellán de la princesa Isabel, primogénita de los reyes, luego reina de Portugal.

    Por alguna razón que desconocemos, Juan debía sentirse vinculado a esta parte de Burgos, pues en 1476, siendo ya obispo de Almería, lo encontramos como provisor de Villafranca, renovando el Hospital de la Reina y el monasterio jerónimo de San Juan de Ortega. No solo eso, entre 1505 y 1515 el provisor mantuvo un pleito con la reina Juana I en defensa de los privilegios que asistían al hospital.

    Nuestro hombre murió, probablemente en Burgos, en 1515. En la iglesia del convento burgalés de Santa Dorotea se conserva su sepulcro, de bella factura renacentista, obra de Nicolás de Vergara, si bien no es seguro que se encuentren sus restos, que algunas fuentes sitúan en la misma catedral. Junto a esta sepultura de las doroteas hay una segunda, de tipo gótico, en la que descansa su sobrino, Alonso de Ortega, que fue capellán del infante Juan, hijo de los Reyes Católicos.

    A la intervención de Juan de Ortega corresponde la portada de arco carpanel del hospital, en cuya clave permanece algo desgastado el escudo de los Reyes Católicos protegido por el águila bicéfala coronada.

    Todavía en 1787 el inventario indica que el hospital haposeía 1.300 fincas rústicas repartidas en 25 pueblos, con una cabida de 1.500 fanegas, que le proporcionaban cuantiosas rentas. En Villafranca el Hospital tenía molino y panadería propios. Los ingresos se cuantificaban en unos 20.000 reales de juros y derechos; otros 30.000 de rentas y tercios sobre el grano y 10.000 de censos y préstamos. Su administrador tenía la potestad de conservar una de las tres llaves de las alcabalas del vino de la ciudad de Burgos.

    Casi todos sus ejercicios se saldaban con superávit, excepto los de la última mitad del siglo XIX. Las sucesivas desamortizaciones de Godoy, Mendizábal y Madoz le privaron de la mayor parte de sus bienes, poniendo en riesgo su supervivencia. En 1888 fue víctima de una estafa por parte de Darío Corral, quien se fugó a América con títulos al portador por valor de 122.887,37 pesetas, de las que solo se pudieron recuperar unas 40.000.

    El hospital funcionaba como un complejo sanitario y asistencial, disponía de salas para peregrinos distinguidos y anónimos, para enfermos contagiosos y no contagiosos. Contaba con una plantilla fija de médico, boticario y cirujano, enfermera y limosneros, con secciones para hombres, la de San Fernando, y para mujeres, Santa Rosa. En 1868 atendió a 157 enfermos que contabilizaron 1.320 estancias. Cuando la afluencia de peregrinos disminuyó se reconvirtió en hospital de pobres, permaneciendo abierto hasta los años cuarenta del pasado siglo.

    El albergue ofrecía comida y alojamiento a los peregrinos con un dormitorio para hombres con catorce camas y otro para mujeres, con cuatro.

    En 1990, fecha de nuestra primera visita a este hospital, lo encontramos en ruinas. Posteriormente, la Junta de Castilla y León restauró el edificio que actualmente está ocupado por un hotel/albergue privado que, como el de San Juan de Ortega, cierra en invierno. En noviembre de 2024 coincidimos con un grupo de peregrinos que lamentaban estos cierres, que les obliga a alargar la etapa hasta Atapuerta. Business is business, también en el Camino de Santiago.

    En aquella primera visita pudimos ver abundante documentación que se almacenaba en una sala municipal junto a material quirúrgico procedente del viejo hospital.

    En sus mejores tiempos Villafranca contó con una parroquia y nueve ermitas, de las que solo quedan tres y una en ruinas. La parroquia dedicada a Santiago, que se levantaba en la parte superior de la población, bajo el castillo, probablemente románica, desapareció en el siglo XVIII. Con sus piedras se construyó la fábrica actual en cuyo interior se guardan algunas piezas de valor artístico.

    La ermita de Nuestra Señora de Oca, originariamente prerrománica, solo conserva de sus orígenes una celosía cegada y una talla de la Virgen con el Niño que se guarda en la catedral de Burgos.

    Una placa recuerda que “El papa Francisco fue titular entre 1992-1998, de la antigua diócesis de Auca, hoy Villafranca Montes de Oca, una de las sedes de la actual Diócesis de Burgos”. ¿El papa actual obispo de una diócesis que desapareció en el siglo XII?, pregunto al Colega. Él atento a la celosía románica, ni me oye. En la eternidad de la iglesia nueve siglos es un suspiro, me respondo a mí misma.

    En torno a esta ermita se celebra la fiesta mayor el tercer fin de semana de agosto, cuando los aucenses recorren en romería los dos kilómetros que les separan de Villafranca, cuya imagen y la de San Isidro se sacarán en procesión. Ante estas imágenes bailarán el grupo de danzantes vestidos con faldas, enaguas y pantalón bombacho corto, con banda cruzada al pecho y pañuelo alrededor de la cabeza, dirigidos por el Cachiburrio. El paloteo, la Valseada de Arco, las Ovejitas, la Garibaldina, la Marcha real, la Amasadera y los Oficios, son algunas de las danzas tradicionales muy cercanas al folclore riojano recuperadas después de largo tiempo perdidas. En su origen estas danzas estaban reservadas a los hombres, pero en su recuperación se ha abierto la participación a las niñas y mujeres.

    Justo enfrente de la ermita permanece en pie un viejo mural de la Diputación de Burgos que parece aludir a la cercana presa de Alba que abastece de agua a la comarca. Por el estado lamentable en que se encuentra se diría que los diputados no frecuentan mucho este lugar.

    Del monasterio de San Felices de Oca solo quedan las ruinas del ábside, que los peregrinos encuentran antes de entrar en Villafranca. Existía ya en 863 y, según la tradición, en ella fue enterrado el conde Diego Rodríguez, fundador de Burgos, extremo negado por el historiador Gonzalo Martínez Díez, que atribuye la tradición a falsedades emanadas de documentos salidos del monasterio de San Millán de la Cogolla.

    Foto: Wikimedia

    Discusión ociosa, pues del monasterio prerrománico no quedan sino ruinas y cada vez menos. “La ciudad de Burgos en su MC aniversario al conde Diego R. Porcelos, su fundador, quien según la tradición aquí reposa. I-III-MCMLXXXIV”, indica una placa conmemorativa adosada a sus piedras.

    Ya que no su antiguo esplendor, Villafranca Montes de Oca ha recuperado y conserva unas fiestas de origen medieval en honor de San Antón y San Antoñito. El 17 de enero se bendecían los panes y se ofrecía limosna a los enfermos del hospital, los viajeros, mendigos y vecinos compartían en el refectorio del hospital un guiso típico consistente en habas y carne de cerdo. En ausencia de enfermos y con el hospital cerrado, la fiesta consiste en la bendición de los panes, que conservan para los animales domésticos cuando están enfermos, y una comida consistentes en garbanzos, chorizo, morcilla y picadillo compartida por residentes y visitantes. El día de San Antoñito celebran su fiesta los casados.

    Antes de seguir camino paramos a comer en El Pájaro, bar-restaurante de carretera en la misma Villafranca, frecuentado por camioneros y peregrinos, donde comimos en aquella primera exploración periodística hace treinta y cuatro años y donde solemos parar cada vez que pasamos, aunque solo sea para celebrar que seguimos vivos y en el camino. Dejamos Villafranca, apoyando su reclamación de que se construya una variante de la carretera que atraviesa su centro urbano como un bisturí, y seguimos viaje.

    A poca distancia se encuentra la fuente del Carnero, agradable paraje que invita al descanso. Frente a él, al otro lado de la carretera, se levanta lo que queda de la ermita de Valdefuentes, que en la Edad Media fue también hospital regentado por cistercienses, al que Alfonso VIII llegó a conceder fuero en 1187. En su muro sur una placa fechada en 1965 recuerda el paso por aquí de Gonzalo de Berceo. “Yo maestro Gonzalvo de Berceo nominado iendo en romería caescí en un prado verde e bien sencido de flores bien poblado lugar codiciadero para omine cansado”.

    El lugar se encuentra próximo al abandono, desmereciendo a Berceo y a quien colocó la placa y se desentendió del resto. Los peregrinos del Camino pasan junto a los restos de la ermita para adentrarse en el monte.

    Fotos: ©Valvar, Wikimedia

    Fuentes: Real Academia de la Historia. Juan de Ortega. 👇

    Románico digital. Villafranca Montes de Oca 👇

  • Las desventuras de Mío Cid

    Las desventuras de Mío Cid

    El Cid es carne de leyenda, mito medieval de quien es difícil conocer datos de su biografía real. Sus restos fueron depositados en el monasterio de San Pedro de Cardeña (Burgos) donde han vivido una odisea a la altura de su leyenda, esparcidos por media Europa.

    Rodrigo de Vivar debió de nacer entre 1041 a 1047, hijo del noble castellano Diego Laínez, descendiente de Laín Calvo, uno de los míticos jueces castellanos. Huérfano de padre todavía niño, fue criado en la corte de Fernando I, y armado caballero con el infante Sancho, quien fue asesinado por Vellido Dolfos, heredando la corona su hermano, Alfonso VI.

    Solar del Cid en Burgos

    Recelosos los castellanos de que Alfonso hubiera intervenido en la muerte de su hermano, le hicieron prestar juramente de inocencia por tres veces, de acuerdo con el Fuero viejo de Castilla, siendo Rodrigo Díaz el encargado de tomar el juramento en la iglesia burgalesa de Santa Gadea.

    Iglesia de Santa Gadea en Burgos

    A pesar de la leyenda, Alfonso no se sintió ofendido por la exigencia de juramento, siguiendo el Fuero, y recibió a Rodrigo en su círculo de fieles y vasallos personales. Hasta tal punto fue así que en 1074 lo casó con una dama de estirpe real, Jimena Díaz, hija del conde de Oviedo y sobrina de Alfonso. El matrimonio sellaba la alianza entre castellanos y leoneses y atraía al ámbito de León al héroe castellano.

    Empero, las relaciones entre el rey y su vasallo no debieron ser fáciles, intoxicadas además por nobles envidiosos de los éxitos del burgalés. Razones de índole estratégica causaron la ira o el desafecto real que empujó al exilio al Cid en dos ocasiones, en 1081 y 1086. El Cantar supone que Jimena y sus hijos se acogieron al monasterio de San Pedro de Cardeña durante la ausencia de Rodrigo, extremo que algunos historiadores ponen en duda.

    El Cid se dedica a luchar por sí mismo, conquistando Valencia. En 1092 Rodrigo y Alfonso hacen las paces. La hija mayor de Rodrigo y Jimena casará con el infante navarro Ramiro Sánchez; uno de sus hijos, García Ramírez, será rey de Navarra; la menor, María, lo hará con el conde de Barcelona Ramón Berenguer III. En 1097 muere Diego, hijo de Rodrigo, luchando junto a Alfonso VI en Consuegra. Dos años después muere Rodrigo, dejando a Jimena el señorío de Valencia y su mesnada.

    En 1201 los almorávides atacan Valencia. Alfonso VI, considerando que la plaza era indefendible, mandó abandonarla llevándose los restos embalsamados de Rodrigo. Jimena eligió trasladarlos a San Pedro de Cardeña. Entre 1207 y 1210 se escribe el Poema de Mío Cid. A él le sigue la Leyenda de Cardeña (1265) y en 1280, reinando Alfonso X, la Primera Crónica General de España. Del conjunto de estas tres obras resultará un personaje mítico, casi un santo, el héroe que el reino -y más aún el monasterio de Cardeña- están necesitando.

    De Rodrigo de Vivar solo quedarán los restos mortales y estos vivirán peripecias aún mayores que las protagonizadas por el Cid. En 1104 murió Jimena y fue enterrada en el mismo monasterio que su marido.

    Quiere el relato que el cadáver del Cid permaneciera sentado durante diez años en la iglesia monacal, con la espada en la mano, ataviado con paños enviados por el sultán de Persia. Así permaneció hasta que se le desprendió la nariz del rostro y el cadáver fue depositado en un nicho en el mismo altar. En 1272 el rey Alfonso X mandó hacer un sepulcro de piedra y colocarlo en el lado de la epístola del altar. Un poco más abajo descansaba Jimena, en un sepulcro de madera policromada.

    En 1447 se derriba la iglesia románica y se construye una nueva gótica; el sepulcro del Cid se traslada a la sacristía, apoyado en cuatro leones de piedra. En 1496 pasó por Cardeña el cardenal Cisneros, quien pidió abrir el sepulcro para contemplar los restos del héroe y besar sus huesos, “que eran grandes, más que del mayor caballero que en nuestros tiempos hay”, según relato de Juan de Vallejo. Otro autor que tuvo acceso a los restos de Jimena dejó escrito que sus huesos eran “tan grandes que espantan, y parecen más de hombre que de mujer”.

    En 1541 el sepulcro del Cid volvió al lado derecho del altar y el de Jimena fue trasladado al claustro. El Consejo de Burgos y el Condestable Fernández de Velasco, consideraron el traslado una ofensa y presentaron recurso al rey Carlos I, quien ordenó devolverlos junto al altar mayor.

    En 1669 llega a Cardeña el rey Carlos II, a quien se atribuye la frase: “El Cid no fue rey pero hizo reyes”. En 1736, reinando Felipe V, se construyó una capilla lateral, dedicada a los Reyes, Condes e Ilustres Varones (sic) y consagrada a San Sisebuto, abad coetáneo de Rodrigo y Jimena, a la que se trasladan los restos de ambos y de otros personajes vinculados a ellos, veintiséis en total, estos encajados en los muros de la capilla. En 1948 se traerán también las tumbas de los tenidos por fundadores del monasterio: Sancha y Teodorico, García Fernández y su esposa Ava, que estaban en el altar mayor.

    La fama del Cid se extendió a Francia, en buena medida debido al escritor Pierre Corneille, autor de una obra teatral sobre el héroe, de gran éxito popular. Así que cuando las tropas de Napoleón llegaron a Burgos, los franceses sabían bien quién era y dónde descansaba Rodrigo de Vivar. El 10 de noviembre de 1808 se libró la batalla de Gamonal; el ejército francés, al mando del general Lasalle, desbarató la defensa hispana y asoló la ciudad. Las tropas se dedicaron al saqueo de casas, conventos e iglesias. Al día siguiente llegó Napoleón a la ciudad. Tomó las banderas arrebatadas al ejército derrotado y se las envió al Cuerpo Legislativo francés como testimonio del esfuerzo realizado por el ejército galo.

    El saqueo llegó a Cardeña, abandonado por los monjes benedictinos. Los soldados se llevaron todo lo que de valor encontraron en el monasterio, abrieron los sepulcros del Cid y de Jimena en busca de joyas, causando daños en la efigie del héroe de la cubierta del sepulcro.

    Conocemos lo que ocurrió por el relato de Pierre Durand, adjunto al intendente del ejército francés, hombre experto en bienes culturales. En su primera visita a Cardeña se llevó trozos de los cráneos de Rodrigo y Jimena. “Las tumbas del Cid y de Jimena no son respetadas por los guerreros franceses ni defendidas por los hijos de España”, escribió de aquellos días su esposa.

    Días después llegó a Burgos una comisión del Cuerpo Legislativo para agradecer a Napoleón el envío de las banderas y felicitarlo por sus éxitos bélicos. Componían esta comisión el príncipe de Salm, Stanislas de Girardin y Lamardelle. Aquí encontraron a Dominique Vivant-Denon, director del Museo Napoleón, precursor del Louvre, en cuya compañía visitaron Cardeña el 16 de diciembre. Todos ellos recogieron restos del Cid y de Jimena, se los repartieron, documentaron el expolio y se lo llevaron a Francia.

    De la sepultura del Cid extrajeron el hueso de mandíbula inferior con sus dientes; un fragmento del cráneo del lado de la oreja y otro que formaba parte del occiput, además de otros pedazos de cráneo. Del sepulcro de Jimena tomaron el esternón y los dos fémures y muchos trozos de la caja casi reducidos a polvo.

    Salm se llevó el hueso de la mandíbula menos un diente y el pedazo de cráneo del sitio de la oreja con otras parte del mismo, el esternón de Jimena, uno de sus fémures y los fragmentos de la caja. A Demardelle le correspondieron la parte del occiput del Cid y el segundo fémur de Jimena. El fémur se lo regaló luego a Girardín y permanece desaparecido. El occiput se lo regaló a un amigo. Desde 1968 se conserva en la Real Academia de Española, adonde llegó por mediación de Camilo José Cela. Menéndez Pidal, experto cidiano, pudo verlo y besarlo devotamente en su último cumpleaños. El acta de autenticidad está escrita sobre el mismo hueso: “Hueso del cráneo de Rodrigo, cogido en su tumba en la Cartuja cerca de Burgos, en presencia del príncipe Salm Dick, el conde Stanislas de Girardin, el barón Delardelle, miembros del cuerpo Legislativo, el barón Denon, director general del museo, y el barón Desgenetes, médico jefe del ejército de España. Regalado al Señor de Labensky por el firmante barón Delamardelle”.

    Denon se llevó un trozo del cráneo de Rodrigo y otro del fémur de Jimena, que más tarde entregó al Conde de Metternich, embajador del emperador de Austria. Las reliquias acabarían en el castillo de Kynzvart, en la República Checa, donde fueron descubiertas en 2006.

    Denon volvió a Burgos en diciembre de 1808 con el propósito de llevarse algunos cuadros de los conventos suprimidos con destino al museo de París. Le acompañaba el pintor Benjamin Zix, quien pintó una acuarela que tituló “Vivant-Denon devolviendo los huesos del Cid a su tumba”. No hubo tal.

    Denon guardaba en su domicilio un relicario con “fragmentos de hueso del Cid y de Jimena, encontrados en su sepultura en Burgos” y de muchos otros personajes célebres, como Abelardo y Eloísa, Inés de Castro, Molière o Lafontaine. Además de los que un siglo después se hallaron en la República Checa.

    A ellos hay que añadir otro expoliador: Antoine Denniée, intendente general del ejército francés, quien recogió los cráneos de Rodrigo y Jimena, los llevó a Francia y se los regaló al ministro de la Guerra.

    Más aún, en enero de 1809, el conde de Tournon visitó la tumba del Cid orando ante ella. Su ayudante, Comptour, creyendo que se trataba de un santo, tomó una vértebra y un metacarpo y se las llevó como reliquias. Al llegar a Francia quiso devolvérselas a su superior pero Tournon mandó devolverlas al sepulcro. En febrero murió Tournon y Comptour se llevó las reliquias a su casa, en Charlieu, conservándolas en una urna de cristal. En 1962 la prensa española descubrió la historia y el Ayuntamiento de Burgos acordó reclamar los restos, sin que se hicieran más gestiones.

    En 1882, los restos sustraídos por Salm fueron descubiertos por el periodista y arqueólogo Francisco Turbino en el castillo alemán de Sigmaringen, dentro de una arqueta y debidamente identificados. El príncipe Hohenzollern, propietario del castillo, accedió a devolverlos, levantándose acta de la entrega, depositada en el Archivo municipal de Burgos. Turbino publicó su aventura en los periódicos La Ilustración Española y Les Matinées Españoles. De la noticia se hizo eco la prensa internacional. Es creencia que el mariscal Soult se llevó los cabellos del Cid sin que se levantara acta del robo.

    En 1809 Napoleón constató el espanto causado por sus tropas en Burgos y nombró al general Thiébault gobernador de Castilla la Vieja para poner orden entre tanto desafuero. Una de las primeras medidas adoptadas por el gobernador fue que manos francesas reconstruyeran la tumba del Cid y de Jimena que había sido destruida por dragones franceses.

    Él mismo fue al monasterio, acompañado de las autoridades civiles de la provincia y del monje benedictino que quedaba en el convento, recogió los huesos esparcidos y los guardó en un lienzo, asegurándose de que nadie los tocara. Thiébault construyó un monumento en el paseo del Espolón donde instaló los huesos recogidos en Cardeña. Con una sola excepción: le dio algunos huesos a Denon, que se lo había pedido para regalárselos a la princesa polaca Izabela Czartoryska, dueña de un museo en su palacio de Pulawy.

    El monumento cidiano permaneció en el centro de un jardincillo habilitado en el paseo del Espolón, entre los puentes de Santa María y San Pablo desde 1809 hasta 1826, cuando, a petición del abad de Cardeña, se deshizo el monumento y se exhumaron los restos para retornarlos al monasterio.

    Sorprendentemente, en el sepulcro se hallaron dos esqueletos íntegros de un hombre y una mujer, “faltando algunos huesecillos del carpo, metacarpo, tarso, metatarso, algunas falanges de los dedos”, según certifica el acta, firmada por el cirujano titular y otros testigos. Cipriano López, el cirujano, aprovechó para llevarse un radio del Cid. En 1934, un nieto del general Ros de Olano, a quien se había regalado la reliquia, devolvió el hueso al Ayuntamiento de Burgos. Actualmente permanece en el Arco de Santa María.

    En 1835, tras la desamortización de los bienes eclesiásticos, el monasterio de Cardeña volvió a quedar vacío. Para evitar un nuevo expolio de los restos cidianos en 1842 se acordó trasladarlos al Ayuntamiento, certificando que se trataba los mismos restos reconocidos en 1826.

    En 1867 el Ayuntamiento burgalés rechazó la petición de trasladar estos restos a la iglesia de San Francisco el Grande de Madrid, donde se pretendía hacer un panteón de Hombres Ilustres.

    La custodia municipal no fue todo lo estricta que cabía esperar. El escritor Edmundo de Amicis, relata su propia experiencia, entre otras más, durante su paso en 1871: “Estos -dijo la portera- son los huesos del Cid; y estos los de Ximena, su mujer. Tomé en la mano una canilla del uno y una costilla de la otra, los contemple, los palpé y revolví de mil modos; pero no consiguiendo rehacer la fisionamía del marido ni de la esposa, vine a dejarlos donde estaban”.

    En 1897, el coadjutor de la iglesia de San Cosme y San Damián devolvió al Ayuntamiento unos huesos de Rodrigo y de Jimena que le habían sido entregados bajo secreto de confesión.

    Finalmente, lo que quedara de los huesos recogidos por Thièbault, los que guardaron Salm y el príncipe de Hohenzollern fueron inhumados en la misma catedral, en la perpendicular de su magnífico cimborrio, en una ceremonia solemne a la que asistieron los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia. Sobre una lápida de mármol rojo se fijaron las letras de la inscripción redactada por Menéndez Pidal:

    RODERICUS DIDACI CAMPIDOCTOR

    MXCIX ANNO VALENTIAE MOSTUUS

    A TODOS ALCANÇA GIBDRA

    POR EL QUE EN BUEN ORA NACIO

    EXIMINA UXOR EIUS

    DIDACI COMITIS OVETENSIS FILIA

    REGALI GENERE NATA

    ¿Qué hay, entonces, en la tumba oficial de Rodrigo y Jimena, en el monasterio de Cardeña?

    En 1889, durante la estancia de los frailes escolapios en Cardeña realizaron una excavación en el claustro de los Mártires, encontrando una caja que contenía varios huesos, acompañados de un pergamino firmado por personalidades notables, haciendo constar que en 1808 los habían extraído de los sepulcros del Cid y de Jimena, profanados por las tropas francesas, para ocultarlos en evitación de ulteriores saqueos. Los restos y la arqueta que los contenía fueron introducidos en el panteón que existía en el monasterio.

    Como todo lo que se refiere al Cid está rodeado de bruma no se sabe si estos huesos fueron recogidos antes o después de la visita de los comisionados franceses, es decir, si los monjes recogieron el contenido del sepulcro o lo que quedaba esparcido después del saqueo de los parlamentarios. Lo que resulta incuestionable es que no puede haber dos esqueletos de un mismo difunto así que o bien en la catedral o bien en Cardeña se guardan los huesos de alguien que no era ni Rodrigo ni Jimena. Lo cual, si bien se mira, tampoco importa demasiado.

    Tampoco hay constancia de que en vida Rodrigo de Vivar hubiera pisado el monasterio a pesar de loo cual el Cid ha invadido totalmente el espacio físico y la tradición monacal de Cardeña. Realmente, importa poco hasta dónde llega el personaje histórico y dónde empieza el héroe legendario o dónde repose el polvo de sus restos. Como escribió el general Thipebault, que lo trató con respeto, “ya sea el Cid un personaje histórico o fabuloso, ocupa en la memoria de los hombres un lugar que no sería mayor con la prueba de sus existencia, igual que las pruebas de lo contrario no podrían hacer que fuese menor”.

    Hemos conocido la peripecia vivida por los restos del Cid y Jimena siguiendo la extraordinaria investigación y el magnífico relato de Ana Fernández y Leyre Barriocanal, madre e hija, recogido en su libro Los huesos del Cid y Jimena, que se lee como una novela de misterio.

    Antes de volver al camino echamos una última mirada a Cardeña recordando a Federico García Lorca, rendido también a la leyenda cuando escribió desde aquí: “El sol pone transparencias de aguas verdes sobre el prado en el que parlotean doña Sol y doña Elvira”.

    Fuentes: Los huesos del Cid y Jimena. Expolios y destierros. Leyre Barriocanal Fernández y Ana Fernández Beobide. Diputación de Burgos, 2013

    Fotos: ©Valvar

  • San Pedro de Cardeña

    San Pedro de Cardeña

    San Pedro de Cardeña es un monasterio próximo a la ciudad de Burgos con una historia trufada de desgracias y leyendas. Por él han pasado varias órdenes religiosas y de él han salido algunos de los códices medievales más hermosos. Visitarlo es vivir una inmersión en la historia.

    Situado en un pequeño valle, a diez kilómetros de Burgos, rodeado de arbolado y cultivos, el lugar resulta agradable en cualquier época del año, más aún en otoño, cuando el campo se cubre con todos los tonos verdes y ocres. Y además, la visita es más cómoda porque hay menos gente que en verano.

    Eso si no vas a mediodía de un domingo, cuando la explanada ante el monasterio se encuentra atiborrada de coches como el aparcamiento de un supermercado, de los fieles que asisten a la misa de 11 de la mañana y que llenan la iglesia.

    A Cardeña hay que llegar advertido de que no es fácil separar la realidad histórica de la leyenda, empezando por su propia fundación. Quiere esta que su creación se remonte al año 537, cuando el infante Teodorico, hijo del rey ostrogodo del mismo nombre y de su mujer Sancha, murió después de haber bebido agua de una fuente, mientras participaba en una cacería. Su madre mandó enterrarlo en una ermita cercana dedicada a los apóstoles Pedro y Pablo, que sería el origen del actual monasterio.

    Excavaciones realizadas en 1967 hallaron una estela con una inscripción y cruz patada, datada a finales del siglo IX, y un sepulcro antropomorfo con cabeza en arco de herradura habitual en el siglo X. Documentos del año 899 hablan de que en este lugar se fundó un monasterio encomendado a una comunidad de monjes benedictinos, siguiendo el plan de Alfonso III de repoblar los territorios reconquistados a los musulmanes.

    A medio camino entre la realidad y la leyenda están los mártires de Cardeña. La narración sitúa en el 6 de agosto del año 934 el ataque de las tropas de Abderramán III durante el que unos doscientos monjes del monasterio fueron pasados a cuchillo.

    Ninguna fuente cristiana contemporánea recogió el hecho ni el Islam facilitaba la recuperación de los cuerpos de cristianos muertos en su territorio. No obstante, el monasterio distribuyó entre los templos del entorno reliquias de los mártires y la iglesia católica los canonizó en 1603. Se admite como posible que el cenobio fuera atacado en alguna razia musulmana y la tradición oral magnificara el hecho.

    El monasterio fue favorecido por donaciones de los nobles que ampliaron sus posesiones a tierras de Segovia y Palencia. La bonanza económica permitió levantar una iglesia románica, quizá sobre una anterior prerrománica, de la que solo queda la torre campanario, conocida como Torre del Cid o de doña Jimena, levantada en el siglo XI.

    En el XII se construye el claustro románico, luego llamado de los Mártires. Las dovelas de color rojo y blanco de sus arcos evocan las arquerías de la mezquita de Córdoba.

    Mientras la fama del monasterio crecía con el eco de sus mártires, entre los siglos X al XII trabajaban en su scriptorium los frailes Díaz, Endura, Gómez o Sebastian, autores de pergaminos y códices de buena caligrafía, bellamente iluminados. En esta producción se incluye la llamada Biblia de Burgos que se conserva en la Biblioteca Municipal de Burgos; el Beato de Cardeña, una parte del cual posee el Museo Arqueológico Nacional; las Etimologías guardadas en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia; un Pasionario y un Becerro tutelados en El Escorial; una segunda Biblia en poder de la catedral burgalesa y un Becerro gótico. Aparte de los libros que han salido al extranjero, como el Pasionario de la British Library de Londres.

    Este es el siglo de esplendor de los monasterios de Castilla. Es el tiempo del abad Sisebuto en Cardeña, el de Domingo en la abadía de Silos, de Íñigo en Oña y de García en San Pedro de Arlanza, todos ellos regidores de grandes abadías, todos también elevados a los altares. Es asimismo el tiempo de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, cuya leyenda estará unida para siempre a Cardeña, al que dedicaremos su propio espacio. Castillla, recién nacida como reino, necesitaba de esos grandes monasterios y de héroes legendarios para alimentar su propia identidad y aglutinar a su población.

    Durante el siglo XII, por decisión del rey Alfonso VII y el beneplácito del obispo, el cenobio pasó a depender de la abadía de Cluny. La experiencia duró tres años al cabo de los cuales volvieron los benedictinos a Cardeña, pasando a depender directamente del papa.

    En el siglo XV, el abad don Pedro del Burgos comienza la construcción de la nueva iglesia; sobre los cimientos románicos y prerrománicos, que amenazaban ruina, se levanta una fábrica gótica de tres naves y bóvedas de crucería. Las obras duraron diez años y se costearon con limosnas y donativos que se devolvían en indulgencias concedidas por el papa Eugenio IV a quienes contribuyeran a la construcción del templo.

    En los siglos siguientes se construyeron los claustros altos, la sala capitular y la escalera de caracol, atribuida a Gil de Siloé. Entre los siglos XVII y XVIII se levanta la escalera monumental, el claustro herreriano, y la fachada barroca del monasterio, en la que aparece el Cid sobre el caballo, en modo matamoros, como un nuevo Santiago. De hecho, muchos visitantes creen que se trata del santo compostelano. Un incendio ocurrido en 1666 destruyó en parte el llamado palacio del Cid.

    El siglo XIX resultó fatídico para Cardeña. Las tropas de Napoleón asaltaron el monasterio y se llevaron cuanto de valor encontraron, ayudados por algunos vecinos, al decir de los monjes, quienes hubieron de huir para salvar la vida. Derrotado el ejército francés, los benedictinos volvieron dispuestos a restaurar lo destrozado, pero en 1835 se vieron obligados a abandonar definitivamente el convento; sus bienes fueron confiscados por el Estado en el proceso de desamortización de Mendizábal.

    En 1864 el monasterio fue adquirido por el arzobispado de Burgos para su utilización como hospital y, sobre todo, como Casa de Corrección de los Clérigos que se desviaran de la norma. Las tierras quedaron en manos de particulares. Poco tiempo después, los benedictinos de Solesmes trataron de instalarse en Cardeña, ante el temor de ser expulsados de Francia. El arzobispo los orientó hacia Silos pues ya había ofrecido el convento a los monjes trapenses. Estos tampoco se asentaron, sea por el frío, sea por el alto precio de las tierras circundantes, que ellos precisaban para cumplir su lema Ora et labora. Quienes sí se quedaron fueron los escolapios, pero solo entre los años 1888 a 1901, dedicados a la enseñanza. Tras ellos llegaron los cartujos, con el propósito de alojar a los monjes exiliados de Francia. Pero en 1903, también se fueron.

    Las instalaciones monacales fueron entonces ocupadas por los capuchinos de Toulouse, que habían sido expulsados de su país. Como en los casos anteriores, coexistiendo con la Casa de Corrección de Clérigos. En 1921 también los capuchinos volvieron a sus conventos de origen. En 1922 la Diputación de Burgos propuso su utilización como manicomio, propuesta que no llegó a cuajar.

    Cardeña parecía abocada a la ruina, como estaba ocurriendo con su vecina San Pedro de Arlanza. Así lo vio García Lorca, que dejó escrito a su paso: “Todo el monasterio, al que ya aman las yedras y las golondrinas, enseña sus ojos vacíos de una tristeza desconsoladora y desmoronándose lentamente deja que las yedras lo cubran y los saúcos en flor”.

    Cuando los cistercienses de San Isidro de Dueñas se interesaban por crear una nueva comunidad en Cardeña se produjo el levantamiento militar de 1936 y la subsiguiente guerra civil. Desde 1937 a 1939 el monasterio fue convertido en campo de concentración, ocupado por cuatro millares de presos, muchos de ellos pertenecientes a las Brigadas Internacionales que habían acudido a defender la República.

    En 1942 pudieron por fin asentarse los cistercienses, después de adquirir 132 hectáreas de terreno, para dedicar a la labranza. Una comunidad formada por diez monjes y nueve hermanos, que en 1946 adquirirán su autonomía jurídica. Desde 1948 San Pedro de Cardeña es formalmente una abadía.

    El 1 de febrero de 1967 un incendio estuvo a punto de acabar con el proyecto monacal y con el mismo convento. Los daños fueron enormes, pero la comunidad se aplicó a reconstruir los destrozos, añadiendo, incluso, nuevas instalaciones, como una fábrica para elaborar el licor Tizona, o restaurando la bodega donde se guardarán los vinos elaborados bajo la etiqueta Valdevegón. En la segunda década del siglo XXI, siguiendo la tradición cervecera trapense de las abadías belgas, la oferta se ha incrementado con una cerveza que lleva el nombre de Cardeña. Los vinos, licores, el chocolate y la cerveza y algunos productos más procedentes de otros monasterios trapenses se comercializan en la tienda, ubicada en la planta baja de la torre de San Benito. Nosotros, como la mayoría de los visitantes, también picamos en la tienda, nos llevamos vino, chocolate y cervezas. De ello y de la hospedería vive la comunidad.

    Las visitas al monasterio se inician en la puerta de la iglesia y son guiadas por el monje Román, un personaje él mismo, que parece sacado de un relato medieval. En confianza, si le pillas con ganas de charla, solo conocerle vale el viaje.

    La iglesia se levanta al sur del edificio monacal, su fachada es gótica en su parte inferior, rematada por una espadaña barroca.

    Ocupa el tímpano de la portada un grupo escultórico en el que aparece el abad don Pedro de Burgos, promotor de la iglesia, arrodillado ante San Pedro y San Benito, titulares del cenobio.

    Remata el hastial una espadaña donde aparecen varias cabezas de personajes vinculados al monasterio: San Benito con báculo abacial; los santos Pedro y Pablo, un tramo más abajo, los personajes históricos: el rey Alfonso III, doña Sancha, Teodorico y Garcí Fernández, como fundadores del monasterio y en el centro, una hornacina con la escultura del Cid.

    El interior de la iglesia mide 44 metros de largo, 28 de ancho y 18 de altura. Llama la atención que la cabecera y el presbiterio ocupan dos tercios de su longitud, indicio de que las obras se concluyeron apresuradamente al acabarse el presupuesto. Como en las iglesias cistercienses la ornamentación en naves y columnas es escasa o nula y nunca historiada.

    Rematan en bóvedas de crucería sencilla en cuyas claves aparecen escudos de la orden cisterciense, de algunos de los patronos o del papa Eugenio IV, que favoreció su construcción.

    En la nave de la epístola se abre la capilla conocida como de San Sisebuto o del Cid, donde permanecen los sepulcros del héroe y de doña Jimena y los restos o el recuerdo de algunos de sus familiares y de los fundadores del monasterio. El retablo de nogal de esta capilla es obra de fray Pedro Martínez, monje del monasterio en el siglo XVIII. A un lado y otro del retablo dos cuadros de temática cidiana, obra del pintor burgalés Cándido. En la remodelación de 1735 se construyó la portada barroca, gemela de la que se abre en la nave del evangelio, dedicada a los Santos Mártires, que comunica con el claustro.
    En 1992, cuando se cumplía el medio siglo de la instalación cisterciense, el Cabildo de Burgos devolvió a Cardeña las reliquias de San Sisebuto, que habían sido trasladadas a la catedral tras la desamortización.

    El hueco de la torre románica está ocupado por una pequeña capilla dedicada a San Benito, que abre un arco gótico flamígero en el que se cree pudo intervenir alguno de los Colonia.

    Sobre el altar reposa una buena talla de San Pedro (s.XVII), en el suelo, dos capiteles románicos, restos de la primitiva iglesia.

    La cabecera es rectangular, presidida por una imagen de la Virgen -como en todos los conventos cistercienses- flanqueada por imágenes de San Benito y San Bernardo, santos de la orden, todas ellas del siglo pasado.

    El coro de nogal es del siglo XVI, fue traído de San Juan de Ortega, en los años cuarenta y ha sido adaptado al perfil de esta cabecera.

    El Cristo de madera policromada, que de lejos parece talmente románico, es obra de fray David, monje de la casa, autor también del retablillo que enmarca el sagrario.

    La capilla del evangelio ha estado dedicada a la Virgen desde siempre, pero actualmente guarda una arqueta con reliquias de los Santos Mártires, por lo que ha pasado a ser de Nuestra Señora de los Santos Mártires de Cardeña. Hay que observar detenidamente su bóveda, en cuyas nervaduras aparecen monstruos representantes del mal, y más detenidamente aún su clave, en la que aparece una imagen de la Virgen. Como los jubilados andamos regulinchi de la vista, nos percatamos de ello al abrir las fotos. Tenemos que volver a contemplarlo en directo, le propongo al Colega. Pues la próxima nos van a poner un plato en la mesa, me responde, porque hemos ido dos veces en una semana.

    No sería la primera vez que nos ponen plato ni es mala idea la de comer en Cardeña, cuya hospedería ofrece una olla poderida que ya quisiera algún restaurante.

    Fray Román sigue su explicación ahora en la sacristía, donde cuelga un Cristo policromado de traza románica que creemos original y lo es, efectivamente, pero de fray David, que es un monje artista total, pues suya es también la casulla bordada al modo del siglo XVIII.

    Aquí, como en el resto del monasterio los muros lucen obras de arte realizados por los monjes y por notables artistas contemporáneos: José Vela Zanetti, Juan Vallejo, Próspero García Gallardo y otros.

    De la sacristía anterior se pasa a un espacio en el que se cree trabajó Diego de Siloé, autor de la hornacina utilizada como lavabo para las abluciones de los oficiantes. Al otro lado de este muro se encuentra el cementerio de la comunidad. De la pared cuelga un tapiz bordado por las monjas concepcionistas de Burgos que reproduce la expulsión de Adán y Eva del paraíso, ampliación de la escena recogida en la Biblia de Cardeña.

    Al salir de este espacio aparece uno de los rincones más bellos del monasterio: la escalera de caracol atribuida a Siloé. Una espiral de piedra trazada en el aire.

    La visita concluye en la sala capitular, separada del claustro por un panel de cristal, obra del siglo XIII, de cuyas paredes cuelgan notables lienzos atribuidos a Ribera y a Juan de Juanes. Desde aquí se puede contemplar lo que queda del claustro románico del siglo XII, la panda que linda con la iglesia. La arcada orientada al este es reproducción posterior de la anterior. La otra mitad, de estilo neoclásico, es obra del siglo XVII.

    La tradición sostiene que en este lugar fueron enterrados los monjes martirizados. En un costado se conserva la fuente de la que, según se aseguraba, en un tiempo manaba sangre y cada 6 de agosto, fiesta de los Santos, se teñía de un líquido rojizo.

    Nos despedimos de fray Román con la esperanza de volver a encontrarlo con el mismo espíritu en otra visita. Una pareja también jubilada procedente de Galicia, con la que hemos coincidido en la segunda de las visitas, sale encantada de la gentileza del fraile.

    Antes de volver a casa, echamos una última ojeada a la fachada del monasterio, con su torreón de San Pedro a la izquierda, el de San Benito a la derecha, cobijando sendas imágenes de los santos titulares.

    Atraviesan la portada varias personas alojadas en la hospedería, privilegiados ocupantes de un monasterio milenario, cuya historia se escribe con tinta de leyenda.

    Fuentes: El monasterio de San Pedro de Cardeña a lo largo de la historia. Sánchez Domingo, Rafael, Coordinador. Diputación de Burgos, 2018

    Vamos a San Pedro de Cardeña. Fray Jesús Marrodán, O.C.S.O. Diputación Provincial de Burgos, 2006

    Fotos: ©Valvar

  • Santa María de la Piscina

    Santa María de la Piscina

    Que la ermita de Santa María de la Piscina es un lugar especial se intuye solo con oír su nombre, se sospecha al ver su silueta y se constata al pisar el lugar donde se levanta, sobre una colina desde la que se divisa un paisaje paradisíaco, en un entorno habitado desde tiempos prehistóricos.

    La ermita se encuentra próxima a San Vicente de la Sonsierra y a un kilómetro de Peciña, topónimo derivado de piscina. Totalmente exenta, puede contemplarse desde cualquier ángulo sin estorbo alguno. Excepto el viento, que por aquí sopla con brío y que el día de nuestra visita parecía decidido a hacer una demostración de poderío.

    Llegamos hasta aquí en los primeros días de noviembre, después de mucha insistencia del Colega, empeñado en conocer el lugar. Nos hemos inscrito en una visita guiada organizada por la Oficina de Turismo de San Vicente de la Sonsierra. Salimos de Burgos, madrugando para no llegar tarde. Tanto madrugamos que llegamos con más de una hora de antelación. Desde la puerta de casa nos acompaña una niebla cerrada que dificulta la circulación. En cuanto lleguemos al alto de la Brújula despeja, ya lo verás, asegura el Colega. Pero no solo no despeja sino que se va cerrando más a medida que nos acercamos al curso del río Ebro.

    Paseamos por San Vicente de la Sonsierra, casi desierto, envuelto en la bruma matinal, y continuamos ruta hasta nuestro destino. La ermita es un lugar muy visitado, como prueba el aparcamiento dispuesto en sus inmediaciones, pero cuando llegamos no se ve a nadie. A la espera de nuestros hipotéticos compañeros nos encaminamos a la iglesia.

    A la niebla le acompaña ahora un aire, que nos azota sin clemencia. Tanto tiempo esperando y hemos ido a escoger buen día, lamentamos, solo un instante, porque la vista de la ermita compensa cualquier inclemencia. Solos como estamos, nos dedicamos a ametrallarla a fotos. No estamos ante la construcción románica más espectacular pero su ubicación, sus dimensiones, su buena conservación y el paisaje que le rodea le aportan un encanto y una fotogenia especial.

    Abundan los rosetones de ocho, de seis y de cuatro pétalos y los canecillos con ornamentación vegetal, figuras de animales y humanas. La mayoría de los canecillos bajo el alero de la fachada sur son reconstruidos, un cuadrúpedo que agarra un baquetón y una bailarina sin cabeza son originales.

    La portada es sencilla, de tres arquivoltas de medio punto decoradas con semiesferas y capullos florales, que apoyan en jambas sin columnas. Hay un pequeño tímpano liso.

    El escudo de la Divisa colocado sobre la portada es una reproducción del blasón original, que se encontraba muy deteriorado.

    A la hora convenida vemos llegar un coche. Es la guía – Rocío- y nosotros somos los únicos visitantes. A ella debemos un recuerdo tan placentero como interesante de esta excursión. Nos trató como si fuéramos los sucesores directos de Ramiro, genuinos diviseros.

    Porque esta construcción ante la que estamos se la debemos al infante don Ramiro Sánchez, cuya familia es en sí misma un novelón 👇 que daría para una serie turca y varios números del Hola. Él se estableció en Valencia, gobernada entonces por Rodrigo Díaz de Vivar, con cuya hija Cristina se casó en 1098.

    Quiere la tradición que Ramiro se uniera a la primera cruzada mandada por Godofredo de Bouillón y que entrara a Jerusalén por la puerta de los Leones -entonces de las Ovejas- cerca de la cual se encuentra la Piscina Probática de Bethesda, famosa por sus aguas curativas y porque en ella se sitúa la curación de Jesús a un paralítico. En Jerusalén el infante encontró además un trozo de la Vera Cruz y una imagen de la Virgen, talla atribuida a San Lucas, amén de otras reliquias que se trajo de vuelta.

    En recuerdo de aquella cruzada y para custodiar esas reliquias el infante Ramiro dejó mandado en su testamento que se levantara una fábrica semejante a la Piscina de Bethesda, cuya guarda encomendó a sus descendientes, así reyes como soldados, con tal de que respetasen las leyes de caballería: la Divisa de Nuestra Señora de la Piscina, cuyo primer patrón será su hijo Sancho.

    Quiere la tradición que el albacea testamentario fue don Virila, abad del monasterio de San Pedro de Cardeña (Burgos) adonde Ramiro se había retirado, donde fue redactado el testamento y donde quiso que reposaran sus restos. “Cuando mi espíritu abandonare esta vida, dispongo que mi cuerpo reciba sepultura en este monasterio, con Mío Cid, con mi amadísima doña Elvira, mi castísima cónyuge, con mi suegra y demás cristianos piadosos que en él están sepultados”, dejó dicho.
    Investigaciones recientes 👇 descartan por incompatibilidad de fechas la posibilidad de que Ramiro interviniera en la primera Cruzada. Niegan, incluso, la veracidad del testamento en que mandaba levantar la iglesia. Mas, como resulta incuestionable la existencia de la ermita y de la Divisa convendremos en que Ramiro, estuviera o no en Jerusalén, dispuso que se erigiera una iglesia y esta se hizo.

    En la Capilla Real y de los Caballeros del monasterio de Cardeña luce una lápida con su nombre y el de su esposa, bien que haciendo a ambos reyes de Navarra y atribuyendo a ella un nombre que corresponde a la leyenda recogida en el Cantar de Mío Cid. Como es sabido, en el poema épico las hijas del héroe se llaman Elvira y Sol, cuando las hijas del personaje histórico y de doña Jimena se llamaban Cristina y María

    El relato oficial sostiene que el testamento se leyó en 1110 y en 1137 el obispo de Calahorra consagraba la iglesia cuando se había construido la cabecera. Las obras se prolongaron durante los siglos XII y XIII. Es una de las iglesias románicas más antiguas de La Rioja, que no ha sido modificada desde su construcción, salvo el escudo de la Divisa adosado sobre su portada en 1537. Cuenta cuatro accesos, tres que abren a la nave septentrional adosada y uno que abre a la nave de la iglesia.

    La Divisa estuvo en funcionamiento hasta el siglo XVIII. Hasta entonces, cada año, coincidiendo con la festividad de la Virgen del 15 de agosto, los diviseros se reunían en la ermita. El culto cesó en 1752. La imagen de la Virgen se traslado a San Vicente de la Sonsierra, en cuya ermita de Nuestra Señora de los Remedios permanece.

    La edificación fundada por don Ramiro fue arruinándose lentamente, atacada además durante la guerra de la Independencia, hasta que en 1975 se restauró. Se intervinieron las bóvedas, se reprodujeron algunos capiteles y se rehizo el escudo de la Divisa, casi desaparecido. Al año siguiente la Divisa, Solar y Casa Real se constituyeron como Cofradía Divisa.

    Rocío abre la puerta con una llave enorme y abre también la puerta de la cámara aneja a fin de que entre algo de luz pero la niebla se obstina en tapar el mínimo rayo de sol así que nos apañamos como podemos a la hora de fotografiar el interior. Es emocionante pisar este suelo, testigo de una historia común, a veces olvidada.

    Construida en piedra de sillería, la ermita consta de una nave de cuatro tramos cubierta con bóveda de cañón con tres arcos fajones de de medio punto, presbiterio rectangular algo más estrecho y de menor altura y ábside semicircular con bóveda de horno.

    La cámara rectangular adosada en el muro norte se cubre con bóveda de cuarto de cañón, sigue siendo utilizada como sala de reunión de los diviseros. La torre campanario que se levanta en el hastial de poniente es una construcción de planta cuadrada con una ventana con arcos de medio punto en cada uno de los cuatro costados. Curiosamente, el campanario no tiene acceso ni al exterior ni en el interior y el toque de la campana está reservada a las familias vinculadas a la Divisa. Rocío, que tiene derecho a toque, me cede generosamente el turno. Fue un momento emocionante, con permiso del infante Ramiro.

    Los capiteles de la nave muestran labor de cestería, figuras atadas con una cuerda y otras con torso humano y cuartos traseros de animal. Algunos son copias de los originales. El ábside y el presbiterio conservan algunos restos de pinturas románicas, probablemente del siglo XIII. Se cree que narraban la conquista de Jerusalén en la que quizá había participado el infante Ramiro Sánchez.

    Al este de la ermita hay una necrópolis de repoblación, los restos de un poblado medieval de los siglos X al XIV, un poblado de viviendas rupestres y restos de fortificaciones o atalayas.

    La necrópolis desciende sobre una suave ladera formando escalones tallados en la roca caliza del suelo. En la excavación se descubrieron 53 tumbas, 49 labradas en la roca y cuatro junto al muro de la iglesia, cerca del ábside. Las más antiguas son antropomorfas, las de la última época son de lajas, de este tiempo hay también algún sarcófago exento.

    Una piscina o pila circular excavada en la roca permite suponer que se trate de una piscina bautismal, anterior a la iglesia actual. La excavación descubrió asimismo una pileta ovalada sobre una roca con forma de trapecio y un banco tallado del tamaño de una tumba, que pudieron servir para lavar a los muertos. Otras formas descubiertos inducen a creer que aquí existió también un lagar pétreo.

    La existencia de tumbas del siglo X apuntan la existencia de una población anterior a la fundación del infante Ramiro. El asentamiento medieval se despobló como consecuencia de la guerra civil castellana y sus habitantes crearon uno nuevo, la actual Peciña, topónimo derivado de Piscina. A medio kilómetro de la ermita se encuentra el dolmen de la Cascaja, prueba de que la zona estuvo poblada desde tiempos prehistóricos.

    Como se nos ha hecho la hora de comer buscamos un restaurante, relamiéndonos de antemano con la buena gastronomía riojana. No fue fácil encontrarlo porque noviembre es un mes de descanso para buen número de restauradores.

    Pasamos por Cihuri, atravesando su puente medieval sobre el río Tirón.

    Paramos en Tirgo para ver su iglesia del Salvador -románico tardío- que encontramos cerrada. Los capiteles de su ábside y de la nave y sus dos portadas son interesantes.

    Como siempre que encontramos rostros así de bien definidos me pregunto quién sería la dama retratada y cuáles sus méritos para traerla a un lugar tan destacado.

    Seguimos hasta Cuzcurrita de Río Tirón, donde tomamos un camino de zahorra que conduce a la ermita de Santa María de Sorejana, en otro tiempo parroquia de un poblado desaparecido, con elementos románicos y góticos.

    Entre los canecillos nos llama la atención por infrecuente este de la cerda amamantando a dos lechones.

    Como no podemos comer en Cuzcurrita volvemos a Tirgo, acogiéndonos a la hospitalidad del Mesón Lupe, de cocina sencilla y rotunda. Frente al mesón hay una tienda de productos riojanos ecológicos donde hacemos acopio de cosas ricas.

    Desandando lo andado volvemos a la carretera LR-201 que nos lleva a Ochánduri. Su iglesia de Santa María de la Concepción se da un aire a la del Salvador de Tirgo. Tiene un ábside semicircular con una ventana y una portada muy interesante también.

    Llegamos hasta Treviana, donde hay un Centro del Románico, que encontramos cerrado. Entre una parada y otra se va yendo la tarde quedándonos sin luz, así que emprendemos camino de vuelta a casa envueltos en la niebla que nos ha acompañado todo el día. Ni el frío ni la niebla nos han impedido disfrutar de una jornada estupenda. Cuando llegamos a Burgos luce un sol casi veraniego.

    Fuentes: Santa María de la Piscina 👇

    El infante don Ramiro y la Divisa 👇

    Rioja románica 👇

    Fotos: ©Valvar

  • Los Ausines

    Los Ausines

    Los Ausines se encuentran a una veintena de kilómetros de Burgos, un poco más si se toma la carretera N-324 hasta Revillarruz. Nosotros esta vez fuimos por la Bu-800, en la ida por el ramal de Modúbar de la Cuesta, la vuelta por Modúbar de San Cibrián. El otoño de 2024, lluvioso y cálido, está tiñendo el paisaje con una paleta de colores espectacular.

    Esta villa toma el nombre del río Ausín, afluente del Arlanzón, en cuya cabecera se sitúa. Aparece documentalmente como Agosin en el siglo XII, aunque probablemente sea muy anterior, pues desde mediados del siglo X existió un alfoz perteneciente a la merindad de Castrojeriz. La tradición quiere que aquí naciera doña Sancha de Ausines, esposa de Fernán González, primer conde independiente de Castilla. Documentos del siglo XIV hablan de la existencia de un monasterio de Santa María o de Los Ausines regido por las abadesas doña Leonor y doña María Rodríguez, del que no se conocen restos.

    La villa de Los Ausines se divide en tres barrios: San Juan, Quintanilla y Sopeña. El barrio de San Juan tiene una iglesia dedicada al santo del que toma el nombre (s. XVI), el barrio de Quintanilla otra dedicada a Santa Eulalia, obra de los siglos XV-XVI.

    La iglesia del barrio de Sopeña está dedicada a San Miguel. Es un edificio gótico-renacentista de una sola nave, solo la portada es románica, un poco tapada por un pórtico de hechura posterior.

    Tiene esta portada doble arquivolta y guardapolvo con cabezas de clavo. La arquivolta interior es de grueso zigzag e historiada la exterior. Veinte figuras en posición radial, la mayoría muy deterioradas, con personajes de pie o sedentes, un personaje a caballo mutilado y un monstruo androcéfalo.

    Las arquivoltas apean sobre dos pares de columnas con sus respectivos capiteles con ornamentación vegetal y de animales fantásticos. En el exterior derecho aparecen cuatro personajes de buena talla.

    Por la disposición de las figuras, se vincula esta portada al taller de Moradillo de Sedano, incluso a la influencia silense. Esta iglesia y la de Quintanilla guardan sendas pilas bautismales que no pudimos ver en esta oportunidad por hallarse cerradas. En otra ocasión será.

    Pertenece también a Los Ausines el núcleo de San Quirce, actualmente de propiedad privada, cuya abadía fue consagrada en 1147, en la que fueron enterrados los alcaides del castillo de Lara. Tiene una notabilísima ornamentación románica y está declarada Bien de Interés Cultural. Andamos queriendo conocerla, a merced de que la suerte siga acompañándonos.

    En esta ocasión venimos a Los Ausines a conocer la ermita románica de Nuestra Señora del Castillo.

    Siguiendo las indicaciones que parten del barrio de San Juan, después de circular un tramo por un camino de zahorra, llegamos al explanada junto a la pequeña iglesia. La mañana está espléndida y en lo alto del risco de Castillejo donde se asienta la ermita hay una luz que embellece cuanto ilumina. Desde lo alto se divisan los tres barrios y una amplia extensión de la comarca.

    El Colega se arrima al risco sobre el barrio de Sopeña, y extiende los brazos, yo me agarro a su cintura, porque tengo vértigo y porque soy un poco miedica. Parecemos los protagonistas de Titanic, viejillos y de secano, le digo, mientras me retiro de las rocas y él va saltando de piedra en piedra, poniéndome de los nervios.

    Me dirijo hacia la portada de la ermita, que tiene cierto parecido con la de Monasterio de Rodilla. Al poco, me vuelvo para contárselo al Colega. Ha desaparecido. Le llamo a voces. Nada. Se ha despeñado, pienso.

    Estoy a punto de llamar al 112, a los bomberos de la Diputación, incluso de tuitear con Oscar Puente, que tiene fama de rapidez resolviendo, cuando aparece tras el muro norte de la ermita. Aquí hay un canecillo con la cabeza de una vaca, me dice.

    La ermita de Nuestra Señora del Castillo toma el nombre de una antigua torre o fortaleza ya desaparecida. Estamos ante una fábrica de nave única, planta rectangular y cabecera recta, algo elevada y más estrecha que la nave, construida en sillarejo la primera y en sillería la nave. Pérez Carmona, sacerdote estudioso del románico, sitúa su construcción entre los siglos XII-XIII. Fue restaurada en 1960. Adosada al hastial de poniente una pequeña construcción sirvió de vivienda al ermitaño hasta hace una treintena de años.

    Hacemos fotos a los canecillos, algunos muy deteriorados, de la cornisa del muro sur, recorrida por una hilera de puntas de diamante, cabezas zoomorfas y humanas, un tonel, hojas de acanto, realizados por un cantero o taller con oficio y preocupado por la composición.

    El campanario está coronado por una imagen de la Virgen con Niño. Descubrimos que las campanas disponen de un sistema mecánico.

    El Colega sigue el camino en dirección contraria al que hemos traído para comprobar si se puede bajar con el coche y al doblar un recodo le pierdo de vista. Al cabo de un rato largo le distingo a lo lejos acompañado de un adulto y un niño.

    Resulta que en el camino se ha encontrado con un vecino de Sopeña que se dirigía a enseñar a su hijo una buitrera cercana, con tanta fortuna que resulta ser el hijo de quienes guardan la llave de la ermita. El Colega se ofrece a subir a la madre con el coche a la ermita y volver a bajarla, pero el chico, que es muy joven y se llama Fran, se ofrece a subir él mismo con la llave. Un rato después, efectivamente, sube con la llave y nos abre la ermita. Si eso no es tener suerte, ya me diréis qué es.

    El interior de la pequeña iglesia tiene la cabecera de bóveda de cañón ligeramente apuntada, dividida en dos tramos por arco fajón rematado por ménsulas. En el extremo opuesto, un coro cierra la nave.

    Separa el presbiterio de la nave un arco triunfal apoyado sobre semicolumnas, cuyas cestas presentan capitel fitomórfico en el lado del evangelio y una curiosa escena de lucha ecuestre en el lado de la epístola, que se interpreta como una dobla tregua o paz de Dios. Dos parejas de jinetes, calzando espuelas y vistiendo cota de malla, alguno con espada y escudo de cometa, el mediador detiene la espada del jinete de la izquierda, el de la derecha sujeta las riendas de los caballos. En el centro del capitel, una pequeña cabeza zoomorfa separa a ambas parejas.

    Aunque la escena de la paz o tregua de Dios tuvo éxito en la escultura medieval, existiendo escenas semejantes en Boada de Villadiego, Fuenteúrbel o La Cerca, solo en la provincia de Burgos, esta de la ermita de Nuestra Señora del Castillo es realmente original.

    Mientras visitamos el interior de la ermita llega un grupo de tres ciclistas que se unen a la visita. ¡Qué suerte hemos tenido!, dicen también al encontrarla abierta.

    Nos despedimos de ellos, de Fran y del niño, que se dirigen a ver a los buitres. Esta mañana he visto un rebaño por aquí y luego, a los buitres volando cerca, seguro que se ha perdido algún animal, nos dice Fran.

    En efecto, junto al camino de vuelta han tomado posición tres buitres que nos miran con descaro mientras los fotografiamos. Solo les falta pedirnos el móvil para hacerse un selfie. De pronto, lo tres salen volando, haciendo círculos sobre el terreno, ajenos a nuestra presencia.

    Ya solo nos queda poder entrar en San Quirce, para completar la suerte.
    Fotos: ©Valvar

    Fuente: Románico digital. Los Ausines

  • La diosa de Carazo

    La diosa de Carazo

    Entre los aficionados al arte es harto conocido el llamado ídolo de Carazo. A lo largo de los siglos se viene discutiendo si la pieza es romana o celtibérica, si procede de Carazo o de Clunia. Lo raro es que tratándose de la cabeza de una mujer no se le llame directamente diosa.

    El asunto viene de lejos. El historiador y cronista Prudencio de Sandoval (1551-1620) ya habló de que en tiempos de gentiles hubo un templo dedicado a un ídolo llamado Karaço (Carazo) de quien fue devota Faustina, mujer del Emperador Marco Aurelio.

    En el siglo XIX, el abad de Silos, fray Ildefonso Guepin, afirmaba que esta cabeza había sido objeto de culto en el pueblo de Carazo o en el cerro que lo domina, hasta que el mismísimo Santo Domingo de Silos la rescató y destruyó los restos de idolatría👇.

    Jaime del Álamo, hablando sobre Cascajares de la Sierra👇, indica que entre las divinidades traídas por los romanos se encuentran las diosas matres o de la fecundidad, que en Barbadillo eran adoradas como Matres endeiterae y en Salas como Matres Manitucinae. Refiere también que en Carazo existió un templo dedicado a un ídolo llamado Karazo, de quien fue muy devota la mujer del emperador.

    Ignacio Ruiz Vélez y Emilio Serrano Gómez 👇 creen que el tocado de la diosa, peinado con raya en el centro, triple trenza trasera, más ancha la central, y una diadema de hojas con broche circular, corresponde a la época postconstantiniana del siglo V.

    Este peinado sería tomado por las mujeres de la comarca como tocado nupcial hasta que a comienzos del siglo XVII la Inquisición prohibió tal costumbre bajo pena de excomunión y multa de diez ducados para gastos de guerra contra los infieles.

    La pequeña cabeza de bronce, incontestablemente femenina, mide 18 centímetros de altura, está hueca y muestra dos orificios, en la boca y en la oreja derecha. Parece sonreír y es bellísima. Puede contemplarse en el museo del monasterio de Santo Domingo de Silos, en una urna que dificulta no poco las fotos.

    La información del museo rebaja el nivel épico del antiguo abad y señala que se trata de una “cabeza romana (s. III-IV), que representa una cabeza femenina realizada en bronce, procedente con toda probabilidad de la ciudad romana de Clunia Sulpicia, donde el monasterio tenía posesiones y hasta un priorato ya a mediados del siglo XI”.

    Ruiz y Serrano creen que se trata de una efigie de Aelia Flaccila, mujer del emperador Teodosio, que la pieza puede estar relacionada con Clunia, como algunos de los sarcófagos de la Colegiada de Covarrubias, que fueron reutilizados para el servicio de personas distinguidas.

    Aelia Flaccilla Augusta 👇 (356-386), de origen hispano, fue la primera esposa de Teodosio I, con quien se casó el año 376 y con el que tuvo tres hijos, Arcadio, Honorio y Pulcheria. En su condición de Augusta las monedas de su tiempo llevaron su nombre y su efigie. Tenida como mujer virtuosa, fue enterrada en Constantinopla, el Senado le erigió una estatua y la iglesia ortodoxa la venera como santa.

    Ídolo según la definición de la Real Academia Española es «imagen de una deidad objeto de culto» y, en segunda acepción, «persona o cosa amada o admirada con exaltación«. Como sinónimos ofrece: fetiche, tótem, efigie, amuleto, reliquia, deidad, divinidad, héroe, mito, modelo, favorito, campeón, amado. Acepciones y sinónimos que, en femenino, cuadran con el objeto al que nos referimos. Esto de los sinónimos y el género tiene también su puntito. Valga de ejemplo, si introduces el término «diosa» en la versión digital de un diccionario de sinónimos te indica que no existen sinónimos, pero si introduces «dios» te ofrece una veintena de alternativas. La RAE no contempla el vocablo «ídola».

    Sea esta la cabeza de la emperatriz Aelia Flaccilla o de cualquiera otra, lo evidente es que, diosa o no, se trata de una mujer. Si damos por buena la versión del abad silense de que fue el mismo Santo Domingo quien rescató la cabeza y destruyó «los restos de idolatría», si aceptamos que las mujeres de la comarca la veneraban como una de «las deidades matres», ¿por qué no renombrarla como «la diosa de Carazo«?. Las mujeres sabemos bien que lo que no se nombra no existe.

    Fotos: ©Valvar

  • Monasterio de Rodilla

    Monasterio de Rodilla

    Monasterio de Rodilla es un lugar de aspecto placentero en la comarca burgalesa de la Bureba, a orilla de la carretera N-I con una historia más agitada de lo que su apariencia actual podría inferir. Ha sido mansión romana, castillo medieval, monasterio, población junto a la roda y ermita dedicada al cobro del diezmo. Quizá algo más. ¿Quién sabe?

    En el entorno de lo que hoy conocemos como Monasterio de Rodilla hubo una mansión romana, la Tritium Augtrigonum del Itinerario de Antonino que iba de Braga a Burdeos. En la Edad Media la encontramos como Monesterio y Nava Fenosa, topónimos que aluden a una tierra de pastos altos (nava) y cultivos de heno (fenosa). A la sombra de su castillo roquero se asentó una población y un monasterio, ora propiedad de San Salvador de Oña, ora de San Millán de la Cogolla.

    En el siglo XII era cabeza del alfoz castellano de Monasterio. En 1188 formó parte de la dote que Alfonso VIII donó a su hija Berenguela en su compromiso matrimonial con Conrado, hijo de Federico I de Alemania, matrimonio que finalmente no llegó a celebrarse. Del castillo roquero apenas quedan cuatro piedras, el resto ha servido de material para construcción de caminos.

    La población original de Monasterio se localiza en la ladera bajo el castillo, en torno a la iglesia de Santa Marina, conocida como Barrio de Arriba. Con el tiempo una parte de la población se trasladó al llano, junto a la “roda” -de ahí “rodilla”-, la vía Bayona-Burgos por la que discurría una rama del Camino de Santiago, más tarde el importante tráfico de lana entre Burgos y Flandes y actualmente la Nacional I. Se crea así el Monasterio de Rodilla o Barrio de Abajo. Fernando III concedió al monasterio de las Huelgas el portazgo que se cobraba en Monasterio de Rodilla sobre la circulación de la sal.

    En cuanto al monasterio al que alude el topónimo, se sabe que el rey García de Pamplona concedió al abad Gonzalo del monasterio de la Cogolla un pequeño cenobio, probablemente vinculado a la familia del abad, en la villa de Naba Fenosa. Dos décadas después el mismo abad dona el cenobio a perpetuidad al abad Íñigo del monasterio de Oña.

    Algunos documentos posteriores hablan de la existencia en Monasterio de la cella de Santa María y de una iglesia bajo la advocación de la Beata María siempre Virgen. En el siglo XIII aparecen ya Navahenosa, Monasterio de Rodilla y la iglesia de Santa María del Valle, propiedad del monasterio de Oña, donde los vecinos de los dos primeros van a pagar el diezmo, contribución que los fieles abonaban a la iglesia, consistente en la décima parte de sus frutos. De hecho, hasta principios del siglo XX los vecinos entregaban una parte de su cosecha al ermitaño, que residía con su familia en una dependencia anexa a la ermita.

    A pesar de que hay cierto enredo documental, parece que la casa, palacio o monasterio de la Beata María siempre Virgen se construyó a finales del siglo XII o comienzos del XIII, con un capellán a cargo llamado Fernando.

    Algunos historiadores sostienen que en este lugar vino a tomar el hábito -o quizá a pasar el duelo- la condesa Elvira Ramírez, esposa de Rodrigo Gómez, a la muerte de su marido, ocurrida en 1153, de donde deducen que se trataría de un monasterio femenino, del que no se tienen noticias. Tampoco se tienen muchas noticias fiables del momento de su construcción. Es el tiempo en que Oña, propietario del monasterio, hasta entonces en poder de Navarra, pasa a dominio castellano, cuando Fernando I de Castilla vence a su hermano García de Navarra en la batalla de Atapuerca (1054), anexionándose la comarca de la Bureba.

    A nosotros lo que nos lleva a este lugar es la llamada ermita de Nuestra Señora del Valle, situada en un paraje que por sí solo bien vale una visita en cualquier época del año. Se trata de una fábrica de hermosas proporciones, del tipo de San Pedro de Tejada, una construcción de una sola nave con torre de 16,5 metros de altura a la que se accede por un husillo.

    El ábside presenta al exterior una triple arquería ciega de medio punto en cuyos arcos se abren sendos vanos. Ábside y portada se decoran profusamente con ajedrezados y puntas de diamante y abundancia de canecillos, más elaborados los de la portada.

    Una inscripción insertada en el ábside podría indicar la fecha de su consagración, lamentablemente inutilizada por la manipulación sufrida en tiempos recientes.

    Un aspecto que llama la atención en la decoración escultórica es la ausencia absoluta de cualquier referencia religiosa, excepto dos relieves en las fachadas norte y sur de la torre: una Virgen con el Niño en la pared sur y un San Miguel, muy deteriorado, en la norte.

    Encontramos capiteles y canecillos con decoración vegetal, zoomórfica y figurativa: basiliscos, monstruos alados, quimeras, una curiosa sirena con un pez en la mano, dos figuras mutiladas mostrando sus órganos sexuales, una pareja, músicos, un equilibrista, una cabeza de dama, algunos de ellos con incisiones y perforaciones decorativas.

    La inexpresividad de los veinticuatro canecillos de la cornisa ajedrezada del ábside apunta que fueron realizados por un taller distinto al que trabajó en la portada y en las cornisas norte y sur de la nave, de mayor naturalismo y viveza, que remiten al taller del segundo maestro de Silos.

    Entre todos ellos, destaca la expresividad y buena factura de los siete que sustentan el tejaroz de la portada.

    Otro tanto cabe decir de las dos ménsulas de la puerta, figuradamente dos leones, todos ellos atribuidos a un maestro de Rodilla.

    De los dos accesos que tuvo la nave el del muro oeste, que comunicaba con la casa del ermitaño, está parcialmente cerrado. La portada, algo avanzada respecto al muro norte, es obra de finales del siglo XII. Se organiza sobre dos pares de columnas exentas rematadas por capiteles decorados con representaciones de animales. Las arquivoltas parten de una moldura a la altura de los cimacios.

    Nosotros somos de los que hemos frecuentado el área recreativa de la ermita, incluso con la prole, pero nunca habíamos podido acceder al interior, habitualmente cerrado. Para nuestra fortuna, el equipo de Vía Románica 👇 organizó una visita guiada el segundo sábado de noviembre de 2024, al que nos apuntamos con entusiasmo.

    De esta manera podemos atestiguar que si la ermita es hermosa al exterior, el interior no le va a la zaga. La nave se divide en tres tramos, con bóveda de medio cañón los dos primeros; el ábside se cubre con bóveda de medio cañón y de horno semicircular.

    El tramo que hace de falso crucero se cubre con cúpula semiesférica sobre pechinas y arcos torales, modelo ya utilizado en otras iglesias de la provincia como San Pantaleón de Losa y Aguilar de Bureba.

    La originalidad de la iglesia de Santa María del Valle es que en los muros norte y sur de este tramo que ejerce de falso crucero se abren unos nichos de 90 centímetros de profundidad a la manera de absidiolos o capillas resguardados por semibaldaquinos rematados por un frontón triangular, modelo que recuerda a los existentes en Santa María Magdalena de Zamora y San Juan de Duero de Soria. Adosados a esta estructura, unos altares rudimentarios sobre una base circular. Se cree que pudieron servir para un culto privado o semipúblico esporádico y restringido.

    Los capiteles del arco toral son toscos, de relieve casi plano. Próximos a ellos, otros capiteles con ornamentación de palmetas y hojas de acanto. De mejor factura los que rematan las semicolumnas que delimitan los dos primeros tramos de la nave.

    Entre los años 1954-56 se realizaron excavaciones en el entorno de la ermita apareciendo varios sarcófagos, actualmente dispersos por la zona utilizados como abrevaderos. Entre 1965 y 1968 se realizaron obras de restauración de la ermita y acondicionamiento. Se eliminaron la sacristía y la llamada casa del ermitaño, habilitándose una zona recreativa muy frecuentada en verano.

    Hay algo extraño en esta iglesia. Se diría que esconde algún secreto, la razón última de su existencia. Pues, si el cenobio estaba en el barrio de Santa Marina, ¿qué pinta aquí la iglesia? Y si hubiera existido aquí un cenobio, teniendo en cuenta su dependencia de Oña o de la Cogolla, ¿qué sentido tiene una iglesia monacal carente de símbolos religiosos? Y, ¿que hacía aquí la condesa doña Elvira Ramírez, cuyos restos descansan junto a su esposo en el monasterio de Oña? Si no hubo cenobio ni tampoco población cercana, ¿para qué se necesitaban dos altares añadidos en los absidiolos laterales? ¿Es Santa María del Valle la misma advocación que la Beata María siempre Virgen u otra distinta? Si tuvo un uso exclusivamente recaudatorio, ¿el monasterio de Oña -o el de San Millán de la Cogolla- necesitaban tamaña construcción únicamente para recibir los diezmos existiendo ya la iglesia de Santa Marina? ¿Pudo existir alguna fundación nobiliaria vinculada al monasterio de Oña? ¿Es la condesa Elvira u otra dama hipotéticamente donante la cabeza retratada sobre la portada? ¿Quienes ocuparon los sarcófagos hallados en el entorno de Santa María del Valle?

    La visita guiada sigue un recorrido que pasa por la cercana iglesia de Santa Marina, en el Barrio Alto, que conserva una ventana, portada y varios canecillos románicos, el resto es gótico. Su estado de abandono produce cierta desolación.

    Concluye el recorrido en la parroquia de Santa María del Barrio Bajo, donde se guarda la imagen que presidió el altar de la ermita -la actual es una copia-, de madera policromada, y un Cristo crucificado también de madera, de tipo bizantino.

    La cruz mide 186 centímetros de alto por 170 de ancho. La imagen tiene la cabeza adelantada, inclinada a su derecha. El rostro es alargado, con los ojos entreabiertos y hundidos. El cabello, tallado en mechones individuales, se reparte a ambos lados del pecho. Es una talla excelente que resalta con gran dominio la anatomía del Crucificado, cubierta en parte por un perizonium -lienzo atado a la cintura en las imágenes de Cristo desnudo- que llega hasta las rodillas, formando pliegues.

    Durante años, este Cristo ocupó el vano de uno de los absidiolos de la ermita; para ajustar la cruz al espacio disponible se le cortaron los dedos pulgares de ambas manos y el índice de la mano derecha.

    Volvemos contentos de esta visita y de iniciativas como esta para dar a conocer el patrimonio cultural de la provincia. Y dándole vueltas a los interrogantes que nos ha suscitado el recorrido. Tenemos que volver más veces, le propongo al Colega. Pues ya solo nos falta trasladarnos a vivir a la ermita, responde.

    Fuente: Románico digital. Monasterio de Rodilla 👇

    Fotos: ©Valvar

  • Lara de los Infantes

    Lara de los Infantes

    La iglesia de la Natividad de Lara de los Infantes encierra misterios aún no descifrados acerca de su origen, sus promotores o su construcción. En combate contra el abandono y el paso del tiempo, su hermosura la mantiene enhiesta, testigo del nacimiento de un país.

    Transitar las tierras de Lara es pisar un terreno legendario sobre el que se asientan las raíces de Castilla y sus cantares de gesta y en el que se mece el poder de los señores feudales. Bien es cierto que el paisaje en el que se extiende el señorío de Lara -el picón de su castillo, la meseta de Carazo, las Mamblas- tiene un aire épico que hace creíble cualquier relato por fantástico que resulte.

    Estos lugares fueron escogidos para asentamiento por arévacos, vaceos, turmódigos y por los romanos, que tuvieron aquí una importante población, a tenor del abundante rastro que se conserva en el Museo de Burgos, descontado el que se ha perdido en manos privadas.

    Es probable que, desaparecido el imperio romano, persistiera la población durante el dominio visigodo -cerca de aquí se levanta la iglesia visigótica de Quintanilla de las Viñas- de manera que en la repoblación cristiana se “refundara” la nueva población.

    En torno al castillo de Lara, cuyos cimientos probablemente fueran romanos, se creó un pueblo que sería el centro del alfoz medieval que alumbraría primero el condado y luego, el reino de Castilla.

    La leyenda asegura que entre los muros de este castillo vino al mundo Fernán González, hijo de Muniadona y de Gonzalo Fernández, que en 931 concedió fueros a un amplio territorio que incluía la Sierra de la Demanda, los montes de Oca o el cañón de Río Lobos.

    Aquí está también la cuna del linaje de los Lara, hacedores y deshacedores de reyes, representantes del señorío feudal, prestos a desafiar al poder real si este amenazaba sus privilegios. El primer Lara del que existe constancia es Gonzalo Núñez, quien en el año 1083 ya era tenente de las fortalezas de Lara, Carazo y Orta, en el Arlanza, a las que unirá el señorío sobre Andaluz (Soria), las tierras de Almazán repobladas por él y la tenencia de Medinaceli. Probablemente el noble más rico y poderoso de Castilla en ese momento.

    Casado con doña Goto el matrimonio tiene dos hijos: Pedro y Rodrigo González de Lara, que recibirán el título de condes y tendrán gran notoriedad también en el reino leonés. La reina doña Urraca, hija de Alfonso VI, nombrará mayordomo a Pedro, la máxima dignidad en la corte, y acabará teniendo un hijo con él, al que llaman Fernando Pérez.

    No con todos los reyes hubo tanta concordia. Como era usual entre los ricoshombres de la época, los Lara se rebelaron con frecuencia contra los reyes. Lo hicieron contra Fernando III, quien en 1217 puso sitio a la fortaleza; con Alfonso X a ratos estuvieron a buenas y a ratos se sublevaron, en 1255 el rey entregó el castillo a la ciudad de Burgos; en 1299 los Lara recuperaron el castillo que, no obstante, siguió estando controlado por la que ya entonces era cabeza de Castilla, a través de los sucesivos alcaides: los Cartagena, Maluenda, Martínez de Bilbao… A comienzos del siglo XVI la fortaleza estaba ya totalmente arruinada.

    La fama y poder evocador de Lara bien merecía un cantar de gesta y lo tuvo. La leyenda de los Siete Infantes de Lara tiene como escenario esta tierra donde en el siglo X dos familias emparentadas se disputan el poder: Gonzalo Gustios y su esposa doña Sancha, señores de la Casa de Salas y padre de los siete infantes de Salas; don Ruy Velázquez y doña Lambra de Bureba, señora de Barbadillo del Mercado y hermana de Gustios.

    Quiere la leyenda que en las bodas de don Ruy y doña Lambra se suscite una pelea en la que resulta herido un vasallo de la novia. Esta se lo toma tan a mal que hace jurar a su marido que tomará venganza en la familia de don Gonzalo.

    Don Ruy aprovecha una embajada de Gustios a Córdoba para entregarle una carta para Almanzor en la que pide que mate al portador de la misiva, pero Almanzor se apiada de él y se limita a encerrarlo. Poco encerrado debía estar porque el castellano aprovechó el tiempo para tener un hijo con su cuidadora, de nombre Zaida, a quien la leyenda hace hermana del mismísimo Almanzor.

    Sarcófagos en Suso (San Millán de la Cogolla)

    No menos diligente pero en sentido contrario anduvo don Ruy, tendiendo una emboscada a los hijos de don Gonzalo, quienes perdieron la vida “en campos de Arabiana” a manos de las huestes árabes de Galbe, capitán moro de Gormaz, quien mandó decapitar a ellos y a su ayo Nuño Salido y enviar sus cabezas a Córdoba. Almanzor se las muestra a Gustios y lo deja libre. Gonzalo regresa a Salas. Los cuerpos de los infantes y de su ayo fueron trasladados al monasterio de Suso en San Millán de la Cogolla, cuyo pórtico pasó a convertirse en panteón de los infantes castellanos.

    Arca en la iglesia de Santa María de Salas de los Infantes

    En el año 1579, en la iglesia de Santa María de Salas se descubrió un arca conteniendo restos de ocho cabezas, letreros y pinturas con los nombres de los infantes y del ayo. Un acta notarial certifica que se trata de los restos que faltaban.

    Hasta el siglo XVI los monasterios de Suso y de San Pedro de Arlanza se disputaron la posesión de las sepulturas de los siete infantes decapitados. A tal punto llegó la disputa que el año 1600 el abad de la Cogolla mandó abrir los sarcófagos del pórtico de Suso para que un notario pudiera certificar la autenticidad de los enterramientos, apareciendo, en efecto, siete cadáveres descabezados.

    Arcosolio ubicado en el claustro bajo de la catedral de Burgos

    Mudarra, el hijo de don Gonzalo y de Zaida, llegó a Castilla con la intención de conocer a su padre y hacer justicia a sus hermanos. “A Dios digo verdat que del mundo es señor, / poca serié la mi vida si estas cabeças non vengo yo”, refiere el romance. Es tradición que este hermano vengador fue enterrado en el monasterio de San Pedro de Arlanza. De allí procede el arcosolio actualmente ubicado en el claustro bajo de la catedral de Burgos identificado como sepulcro de Mudarra.

    Durante siglos la leyenda fue representada en sus supuestos escenarios. El tecnológico siglo XXI no es ajeno al atractivo de este drama. El grupo de teatro Tierra de Lara 👇 representa cada año el cantar de Los Siete Infantes y el de Fernán González en los escenarios de San Pedro de Arlanza o en la misma iglesia de Lara, con gran éxito de público.

    Desde tiempo inmemorial Salas y Lara se disputan el dominio de los siete infantes. Salas, que hasta el siglo XVI era conocida como Salas del Alfoz de Lara, pasó a llamarse Salas de los Infantes. Alfonso XIII le concedió el título de ciudad en 1925. Lara tomó el apellido de los Infantes a partir del siglo XIX.

    Siguiendo el rastro de los famosos y desgraciados infantes, nos encontramos frente a la iglesia de la Natividad de Lara un soleado domingo de noviembre. Rodea el templo un vallado de piedra con dos accesos que se abren sin dificultad. Aunque su torre es visible desde muchos kilómetros a la redonda, de cerca sorprende comprobar las enormes dimensiones del templo, situado en la parte más elevada del pueblo.

    Paseamos en torno a la iglesia, admirando su ábside, con dos niveles separados por una imposta en cuyo paño central se abre una saetera de medio punto.

    El muro sur presenta los restos de una probable galería desaparecida, algunos canecillos algo deteriorados, entre los que se distingue una pareja abrazada.

    En el costado oriental se levanta la torre campanario.

    En el hastial de poniente se abre una puerta, cerrada con cadena y candado, desde la que se ve la portada de entrada a la iglesia.

    Esta portada románica es de arco medio punto con cinco arquivoltas que apean sobre una docena de capiteles. Metemos los objetivos de las cámaras a través de la reja -los jubilados solemos andar escasos de vista- y, pese al enjalbegado, constatamos la belleza de esos capiteles en los que se distinguen arpías, grifos, dragones, leones devorando a un animal, animales picoteando sus patas, así como una pareja de guerreros armados con escudos y una Anunciación, todo ello con un claro aire silense.

    Cuando volvemos al coche lamentando que la iglesia estuviera cerrada encontramos a una señora. ¿No hay misa hoy?, le pregunto. No hay ni feligreses ni cura, responde. Qué pena, porque nos hubiera gustado ver la iglesia por dentro, insisto. Ah, si es por eso no se preocupe, Fausto tiene la llave y se la enseña con mucho gusto, nos dice.

    El Colega localiza enseguida a Fausto, un vecino de 94 años, que está preparándose para ir a la misa en Campolara. A mí no me importaría ir pero mejor que les acompañe mi hija, que está más ágil, propone. La hija es la amabilidad en persona. Nos abre la puerta, nos da las luces y nos agradece el interés por la iglesia del pueblo. Decididamente, los domingos son nuestro día de suerte.

    Lo primero que sorprende de la iglesia de la Natividad es su amplitud en anchura y altura. De una sola nave, la cabecera es netamente románica, de ábside semicircular con bóveda de horno y arquerías ciegas. Además del retablo mayor, de buena factura, tiene otros menores, también interesantes.

    La cabecera conserva algunos capiteles que hechura tosca, nada que ver con los de la portada, parece evidente que en la iglesia trabajaron maestros de al menos dos talleres distintos.

    Sobre la columna de la derecha del arco triunfal los capiteles representan leones, bichas y personas a los que el historiador Pérez Carmona atribuye un carácter psicomáquico, es decir, son una alegoría de las virtudes humanas, de la lucha contra los vicios.

    En otras cestas se observan felinos, gallos afrontados y máscaras barbadas.

    En algún momento de su historia, la iglesia fue totalmente enjalbegada, cubriendo la policromía que parece atisbarse en alguno de los capiteles.

    Altar privilegiado perpetuo, reza un cartel en el muro sur de la cabecera, memoria de alguna prerrogativa que ahora parece lejana.

    La nave se cubre con bóvedas estrelladas y remata con un coro alto tardogótico levantado sobre arco escarzano y cubierto con crucería flamígera.

    Bajo el coro se encuentra una pila bautismal también románica de copa semiesférica y basa circular.

    Cuando salimos de la iglesia nos detenemos de nuevo ante los capiteles de la portada, que con el entusiasmo de la visita nos parecen mejor aún que antes.

    Félix Palomero Aragón e Irene Palomero Ilardia, autores de un estudio arqueológico del templo, concluyeron que hubo una primitiva construcción, de la que solo queda parte de uno de sus muros. En una segunda etapa se construyó una iglesia de tres naves de la que permanece en pie la caja de los muros. Todavía en estilo románico se realiza el ábside con triple cabecera. A finales del siglo XII se abren las portadas occidental y meridional y en el XIII se adosa una galería porticada a estas fachadas.

    En la época bajomedieval esta fábrica se reformó elevando la altura de los muros, convirtiéndola en iglesia de una sola nave articulada en tres tramos con bóvedas de crucería.

    La torre se realiza en tres fases: la base es románica y se levanta al mismo tiempo que el templo de tres naves; el segundo cuerpo es de época bajomedieval y el tercero parece levantarse, ya como campanario, en la segunda mitad del siglo XVII.

    En los inicios del siglo XVI se elimina una parte de la galería y sobre ella se construyen las trojes y el palacio y, quizá, una sacristía entre la portada y la torre. Hacia 1663 se recompone y se rehace la cerca del atrio y cementerio, y entre 1689 y 1690 se construye el husillo adosado al muro norte. Mediado el siglo XVIII se transforma de nuevo la iglesia: se elimina la bóveda del presbiterio, se recrecen los muros y al sur se adosa la llamada sacristía nueva.

    En el XIX se abren nuevos vanos en el muro norte, se reforman los del palacio y se reconstruye una parte que se había caído. En la última década del siglo XX se limpiaron y repusieron los elementos deteriorados y se desescombraron algunas estancias arruinadas.

    En la vertiente norte de la iglesia se extiende el cementerio del pueblo. No parece mal sitio este para descansar, como aspiraba Serrat, en la ladera de un monte, más alto que el horizonte, garantizada la buena vista.

    Con la emoción se nos han pasado por alto las inscripciones que hablan del momento fundacional de la población y de sus héroes legendarios: los Siete Infantes (Los 7 infantes / que septem heroas / que septem fulmina belli / Lara olim genvit).

    La primera de estas inscripciones, en latín y letra visigótica, sería copia de la original, rescatada de la ermita de San Julián y depositada en el Museo de Burgos. «En nombre del Señor Gundesalvo y Friderico hicieron esta ciudad bajo el rey don Alfonso en la era de 900«, reza.

    Retomamos el camino pasando junto a la iglesia de Quintanilla de las Viñas, dejando atrás el picón del castillo, preguntándonos de dónde sale la iglesia de Lara, quién y cuándo ordena su construcción. En algunos documentos de San Pedro de Arlanza consta que cerca de Lara hubo un cenobio familiar que con el tiempo pasó a depender del de Arlanza. Estas fundaciones solían tener función de panteón familiar y ser iniciativa de las mujeres del linaje, a quien se encomendaba el cuidado de los difuntos. Y quién con más autoridad y posibilidad que los Lara para crear su propio panteón familiar, emulando iniciativas similares de los monarcas. Es el caso del monasterio de las Huelgas Reales en Burgos, de Santa María la Real en Nájera, Santa María de Poblet, promovidas por los reyes de Castilla, Navarra o Aragón, respectivamente.

    El poder de los Lara declina a partir del siglo XIV, momento en que quizá la fundación familiar y su iglesia pasasen a San Pedro de Arlanza, rico monasterio que bien pudo acometer las obras de ampliación y modernización del templo, luego convertido en parroquial de Lara, que guarda celosa sus secretos.

    Fuentes:

    Los Siete Infantes de Lara

    Martínez Díez, Gonzalo. La primera casa nobiliaria en Castilla: los Lara

    Palomero Aragón, Félix y Palomero Ilardia, Irene. Lectura de paramentos exteriores de la iglesia parroquial de la Natividad de Nuestra Señora de Lara de los Infantes.

    Iglesia Aparicio, Javier. La ermita de San Julián y el monumentum fundationes de Lara de los Infantes.

    Abásolo, José Antonio. Lara de los Infantes, mvnicipium a pesar de la arqueología.

    Fotos: ©Valvar

  • San Juan de Ortega cerrado

    San Juan de Ortega cerrado

    Decir San Juan de Ortega en el Camino de Santiago es pronunciar palabras mayores. Situado a una veintena de kilómetros de la ciudad de Burgos, rodeado de bosques en los antaño peligrosos Montes de Oca, en este punto se encuentra la iglesia levantada en el siglo XI para acoger a los peregrinos medievales y los restos del santo promotor.

    Este Juan que luego llegaría a santo había nacido en Quintanaortuño en el año 1080. Desde muy joven se unió a Domingo de la Calzada, que también llegaría a los altares, primero como eremita y luego, abriendo caminos y construyendo puentes por los que pudieran transitar los peregrinos que se dirigían a Santiago. Tras la muerte de Domingo, en 1109, peregrinó a Jerusalén. A la vuelta de este viaje sufrió un naufragio, momento en que se encomendó a San Nicolás, prometiendo dedicarle una capilla si se salvaba. Cumplió su promesa construyendo una pequeña iglesia en una zona de los Montes de Oca conocida como Urtica, esto es, ortiga o maleza, de donde tomó nombre el lugar. Junto a la iglesia levantó un albergue para peregrinos. Ambas son el germen de lo que los peregrinos se encuentran hoy.

    Puente de Agés

    La tradición le atribuye la finalización de la calzada entre Nájera y Burgos y la construcción de los puentes primitivos de Logroño, Nájera, Santo Domingo, Belorado, Cubo de Bureba y Agés.

    No estaba solo, se le fueron uniendo nuevos colabores en las labores hospitalarias, de manera que hacia 1138 se crearía el monasterio de San Nicolás, conocido a partir del siglo siguiente como de San Juan de Ortega.

    Encontró además el apoyo decisivo del rey Alfonso VI -empeñado en que Castilla se uniera a las corrientes culturales que llegaban de Europa a través de la ruta jacobea- y de sus sucesores: en 1142 Alfonso VII le donará el realengo de los Montes de Oca y otras propiedades. Sancho III lo ampliará con el señorío de las villas de Ojuela y Hoyuelos con todas sus posesiones.

    En 1163 muere Juan de Quintanaortuño dejando garantizada la pervivencia de su fundación. La comunidad creada en torno a él, convertida en canónigos regulares agustinos, será avalada por el papa Inocencio II, bajo la dependencia y protección papal.

    En 1170, Alfonso VIII cede el monasterio de San Juan de Ortega a la catedral de Burgos, pasando a ser administrado y gobernado por una dignidad del cabildo, con el cargo de abad. Los siglos siguientes decayó el número de monjes agustinos de manera que en 1432 el obispo de Burgos acordó con el monasterio jerónimo de Fresdelval que San Juan de Ortega pasase a ser monasterio de esta orden. Recuperó su independencia dos años después.

    Las peripecias de la comunidad no mermaron la devoción popular al santo de Quintanaortuño, que pronto tuvo fama de milagrero. Acudían a él enfermos y accidentados y, muy especialmente, mujeres deseosas de ser madres. Es el caso de la reina Isabel la Católica, que llegó hasta aquí en 1477 rogando al santo que le diera un hijo, a poder ser, varón. La reina había dado a luz en 1470 a su primogénita, Isabel, y temía por la sucesión de la corona, máxime porque aún vivía su sobrina Juana, mal llamada la Beltraneja, a quien ella había disputado el trono. El santo debió apiadarse de la tía más que de la sobrina pues al año siguiente la reina daba a luz a un niño, Juan, el único hijo varón de los Reyes Católicos. Agradecida, la reina encargó a Hernando de Talavera hacer un santo de plata para el monasterio por el que pagará 75.000 maravedís y contribuirá a financiar las obras de la iglesia, como expresan los escudos reales en las claves de las bóvedas de crucería del templo. Y así continuó hasta la desamortización del siglo XIX.

    La iglesia de San Juan de Ortega 👇 está, pues, dedicada a San Nicolás. Iniciada en estilo románico, tiene cabecera de tres ábsides, el central mayor que los dos laterales, con tres naves con crucero, se proyectó como una construcción de grandes dimensiones.

    La muerte del fundador paralizó durante años la construcción y cuando se retomó se hizo con arreglo al nuevo estilo imperante también en Europa: el gótico. Empero, el conjunto resulta armonioso y conserva la grandeza, si no las dimensiones, con la que seguramente se había proyectado desde el principio.

    En el exterior, destacan los canecillos de los ábsides, la única parte románica del edificio.

    En el interior, es famoso su capitel de la Anunciación sobre el que cada solsticio de primavera y de otoño, a las cinco de la tarde un rayo de sol que penetra por un ventanal de la fachada va iluminando escenas de la infancia de Jesús: la Anunciación a la Virgen, la Visitación a Santa Isabel, el Nacimiento y la anunciación a los pastores.

    Otro de los capiteles representa el combate entre un infante armado de espada, cubierto de cota de malla y yelmo con escudo de cometa, que se enfrenta a un jinete armado con lanza.

    No menos famoso es el monumento funerario de estilo gótico mandado realizar por los condestables de Castilla, Pedro Fernández de Velasco y su esposa Mencía de Mendoza y Figueroa, cuyos escudos aparecen en el baldaquino. Sobre la caja se labró una efigie del santo y en los laterales escenas de su vida y milagros.

    La capilla de San Nicolás de Bari es conocida como capilla del santo por creerse que es aquí donde inicialmente fueron enterrados sus restos. El resto de dependencias corresponden al monasterio jerónimo, obras realizadas entre los siglos XV al XVIII

    El sepulcro tardorrománico que ocupaba el interior del baldaquino estuvo un tiempo en la cripta y ahora puede verse en la iglesia.

    La etapa de San Juan de Ortega es una de las más importantes del Camino de Santiago, por la fama del santo, por la dureza del paso de los Montes de Oca, por la belleza del lugar y por la fama de su albergue de peregrinos ya desde la época del santo.

    Este es un lugar especial para nosotros porque aquí, un día de finales de los años ochenta descubrimos el Camino en la amable compañía de algunos miembros de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago, que ya por entonces habían asumido la tarea de promoción del Camino, su defensa y conservación. Ellos y nosotros acogidos al amable y generoso amparo de José María Alonso Marroquín 👇 y sus sopas de ajo.

    No se había producido aún el auge que luego tuvo el Camino ni existían muchas de las estructuras de apoyo que ahora encuentran los peregrinos. José María, párroco de la iglesia y hospitalero, estaba dedicado en cuerpo y alma al Camino y a los peregrinos y contribuyó a crear esos servicios. Pablo Arribas Briones, uno de aquellos amigos y estudioso del Camino, definió a José María como “el hito más humano y cabal de cuantos atendieron a los peregrinos en los últimos años”. Él fue quien nos animó a escribir sobre la peregrinación y, efectivamente, publicamos en Diario de Burgos una serie de reportajes sobre el itinerario en Burgos que tuvieron éxito y por el que los Amigos del Camino nos dieron una premio que guardamos con afecto.

    A su muerte, ocurrida en 2008, el arzobispado de Burgos cedió la administración del albergue a la Fundación Diper 👇, una privativación de servicios al fin y a la postre.

    Desde entonces acostumbramos a visitar San Juan de Ortega al menos una vez al año, generalmente en verano, para afianzarnos en la constancia de que seguimos en el buen camino. En esta ocasión lo hicimos el segundo domingo de noviembre de 2024 y cuál no fue nuestra sorpresa al encontrar cerrados la iglesia y el albergue. Lloviznaba ligeramente, los peregrinos se paraban un momento y, al ver cerradas las puertas, seguían caminando. En la caseta de información, un cartel, colocado por los vecinos del pueblo, advertía de que a ellos también les sorprendía el cierre.

    El lunes llamamos al arzobispado para conocer las razones de la clausura, donde nos informan que la iglesia está cerrada desde el Pilar (12 de octubre) hasta marzo y el albergue depende de la fundación. La web de esta👇 indica que tras el cierre el 14 de octubre se realizarán los trabajos de mantenimiento del monasterio y del albergue para preparar la temporada siguiente. ¿Quién sella la compostela?, pregunto en el arzobispado. No la sella nadie, responde una voz masculina al otro lado del teléfono.

    El Camino de Santiago es, con Jerusalén y Roma, una de las tres grandes rutas de peregrinación cristiana. Incluso aceptando que muchos de quienes hacen el camino no lo hacen por razones religiosas, esta es la ruta por la que entraron las formas de hacer arte en la Edad Media, que distribuyó los usos y costumbres de Europa, entre las muchas razones que podrían esgrimirse en su defensa baste el hecho de que desde 1987 sea el primera Itinerario Cultural Europeo calificado por el Consejo de Europa y que cada año transitan por él cerca de medio millón de personas, 438.307 en 2023, 446.078 en los nueve primeros meses de 2024.

    Para alguien poco fan de la iglesia católica pero aficionada al arte, que ha recorrido bastantes iglesias de Francia -país laico donde los haya- encontrándolas siempre abiertas lo de las iglesias cerradas a cal y canto en España es un misterio insondable. Pero las muchas ocasiones en que me he dado con la puerta en las narices me autoriza a preguntar para qué diablos quiere la iglesia inmatricular tantos templos si luego los cierra a fieles e infieles.

    El domingo de nuestra visita, mientras hablo con una pareja de peregrinos franceses que se ha refugiado junto a la caseta de información, el Colega ha pegado la hebra con un vecino. ¿Qué te ha dicho?, le pregunto. El Colega, hombre cortés e ilustrado, doblemente licenciado en ciencias y letras, pero que en sus ratos libres bien podría enseñar des-lenguaje a los émulos de Camilo José Cela, lo resume así: Que están hasta los cojones del arzobispado y que lo contemos a ver si el arzobispo se entera de una vez.

    Dicho queda.

    Fotos: ©Valvar