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San Millán de la Cogolla: Yuso

San Millán de la Cogolla como población se divide en varios barrios, pero a efectos de la historia y del arte se divide en Suso, arriba, y Yuso, abajo. El monasterio de Yuso es la expresión de la importancia que el santo alcanzó en los siglos pasados, del nivel erudito de sus monjes y de su significación en el nacimiento de las nuevas lenguas peninsulares.
Para llegar hasta aquí el visitante ha pasado ya por Berceo, lo que es un primer aviso de que está transitando por el valle de la lengua. Por si le quedan dudas, lo primero que encuentra tan pronto pone el pie en Yuso es el monumento a la lengua castellana.

Yuso es la continuación natural de Suso. Aquí son trasladados los restos de San Millán mediado el siglo XI, cuando la iglesia lo reconoce entre sus santos. Para entonces los reyes de Navarra lo han declarado patrón del reino y Fernán González, de Castilla.
Cuenta la leyenda que la intención del rey don García era llevar los restos al monasterio de Santa María la Real de Nájera, pero los portadores de la arqueta que los contenía quedaron inmovilizados al llegar al valle, lo que se interpretó como la voluntad de San Millán de permanecer en el lugar donde había discurrido buena parte de su vida. Don García manda construir en ese lugar el nuevo monasterio para guardar la arqueta con los restos del santo patrón. El 26 de septiembre de 1067 se inaugura la iglesia adonde se trasladan los restos de San Millán. Reina Sancho IV el Noble y predica Domingo de Silos, natural de la localidad cercana de Cañas, que había sido prior del monasterio y se encontraba desterrado en Castilla, donde fundaría el monasterio que lleva su nombre.
Durante todo el siglo permanecerán abiertos los dos monasterios, Suso sigue siendo dúplice y fiel a la regla mozárabe, en Yuso hay una comunidad benedictina, que a partir del siglo XII quedará como única. En el valle de la Cogolla se vive un momento de esplendor religioso, artístico y cultural. La producción de su scriptorium marcará un hito: de él saldrá el manuscrito conocido como Glosas Emilianenses.
Mil años atrás, un monje del que no se conoce el nombre, tiene ante sí un códice escrito en latín. Sobre la página 72 del Códice 60 Emilianense va tomando notas para preparar un sermón. Esas notas escritas en la lengua que usa el pueblo en esos momentos son las Glosas Emilianenses. Curiosamente, en páginas distintas del mismo Códice el monje escribe otras notas en vascuence. Está escribiendo la primera página de la literatura española. El visitante puede contemplar un facsímil del Códice, cuyo original se guarda en la Real Academia de Historia.
Y, como un endemismo de esta tierra, casi al lado, en torno a 1196 nace Gonzalo de Berceo, que aprende las primeras letras en el monasterio de la Cogolla, estudia en la universidad de Palencia y, ya preste, hacia 1226 vuelve a Berceo, donde concilia su labor de clérigo con la de notario del monasterio de San Millán, lo que le da acceso al archivo y a la biblioteca monacal, instaladas ya en Yuso.
Allí encuentra la Vita latina, biografía del santo escrita por San Braulio, que le servirá para escribir su primera obra, la Vida de San Millán, a la que seguirá otra biografía de Santo Domingo de Silos. Gonzalo de Berceo es el primer poeta conocido en lengua castellana.



Entre los siglos XVI y XVII, sobre el monasterio y la iglesia del siglo XI se levanta la fábrica entre gótica y barroca que actualmente encuentra el visitante. Trabajaron en ella el arquitecto Pablo de Basave, autor de la portada de la iglesia, y el escultor Diego de Lizarraga. El relieve de San Millán reproduce el lienzo de fray Juan de Rizzi (s. XVII), que se encuentra en el retablo mayor de la iglesia, donde se ve al santo eremita -con hábito de monje agustino- combatiendo a los moros en la batalla de Hacinas.

Esta batalla, recogida con todo tipo de detalles en el poema de Fernán González: héroe sobrenatural, enemigo superior, dragones, ejércitos comandados por espíritus superiores, profecías, sueños… habría tenido lugar en la localidad burgalesa de Hacinas y durante siglos se tuvo por cierta, incluida la intervención de un San Millán matamoros. Ocurre, sin embargo, que Fernán González y Almanzor nunca pudieron enfrentarse pues el primero murió el año 970, cuando el segundo no había iniciado sus razias por tierras de Castilla. Lo que no merma ni un ápice el interés del lienzo y del relieve de la puerta del monasterio de Yuso.

La iglesia se levanta entre 1504 y 1540. Realiza el retablo mayor fray Juan de Rizzi, que pinta la famosa batalla de Hacinas, la Asunción de la Virgen y otros seis lienzos. Destaca la rejería, obra de Sebastián de Medina (1676) y el púlpito, decorado con relieves de los evangelistas, obra de la escuela de Berruguete, realizada en una única pieza de nogal.

A decir verdad, la iglesia luce esplendorosa con sus muchos dorados relucientes aunque se agradece un poco la sencillez de los claustros inacabados, el superior cubierto por acoger las dependencias monacales. Llama la atención el enlosado de este claustro, que es el original de 1616.


La sacristía (siglo XVIII) pasa por ser una de las más bonitas de España, presidida por una talla de Nuestra Señora de los Ángeles. Sus frescos conservan los colores originales. Cubren sus paredes veinticuatro lienzos de la escuela flamenca.


Sin restar mérito a los dorados y floripondios de esta parte de Yuso, que para gusto se hicieron los colores, a nosotros nos llevan sobre todo los marfiles románicos de las arcas y la exposición de códices y cantorales, que dan una idea de lo que fue el scriptoriun medieval. Aparte de los veinticinco cantorales, copias de entre 1729 y 1731, nos gustaron los facsímiles del Códice Calixtino y de la Gramática de Lebrija. El archivo y la biblioteca de la abadía están considerados entre los mejores de España, de gran valor para los investigadores.





Por fin, después de muchas subidas y bajadas poco aptas para la clientela de estas visitas, entre la que abundan los jubilados y personas de edad, llegamos a la sala donde se encuentran las arcas que contienen las reliquias de San Millán y San Felices, obras maestras de la eboraria románica.


Los marfiles de la arqueta de San Millán son del siglo XI y los de San Felices, del XII. Se conservaron íntegramente hasta la francesada, cuando las tropas de Napoléon arrancaron y se llevaron las piedras preciosas y los metales. La posterior salida de los monjes propició el robo de las placas de marfil, alguna de las cuales acabaron en colecciones de San Petersburgo, Berlín, Florencia, Washington y Nueva York.

Los catorce marfiles de la arqueta de San Millán que se conservan son un relato en imágenes de la vida del santo, una especie de comic medieval. De la de San Felices se conservan cuatro de los seis que tuvo originalmente.
La visita a Yuso dura unos 50 minutos y, como en Suso, conviene reservar y siempre es guiada. Nuestro grupo estaba formado por varias decenas de personas, lo que hace difícil seguir la explicación del guía. La organización, tan eficaz en general, debería ir pensando en introducir auriculares individuales, como ya existen, por ejemplo, en el monasterio de las Huelgas Reales de Burgos. Lo normal entre los jubilados es que andemos duros de oído.

El valor histórico, religioso, paisajístico, cultural y lingüistico de los monasterios de Suso y Yuso, sus casi 1500 años de vida monástica, su condición de cuna del idioma le valieron en 1997 el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO.

Contentos como estamos, alimentados nuestros espíritus, nos disponemos a comer. Dudamos entre la hostería del monasterio y un restaurante situado enfrente, que lleva también el nombre del santo. Entramos en una tienda a comprar vituallas de la tierra, donde nos indican que en ambos comeríamos bien pero en la hostería estaríamos acompañados por quienes viajan en grupos organizados, lo que nos decide por el otro en busca de tranquilidad. En este restaurante nos proporcionan una mesa junto a la ventana desde la que se divisa un apacible paisaje, ahora que ha despejado la niebla. Comemos muy bien. Mientras tomamos un café vemos llegar tres autobuses cargados de visitantes, que descargan junto a la hostería. De la que nos hemos librado, decimos al unísono, mientras admiramos la sabiduría y el pragmatismo de quienes gestionan el emporio de la lengua que es San Millán de la Cogolla.
Fuentes: Monasterio de San Millán – Yuso
Poema de Fernán González. La batalla de Hacinas
Fotos: ©Valvar
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San Millán de la Cogolla: Suso

San Millán de la Cogolla es un pequeño y antiguo municipio de La Rioja convertido en emporio de la lengua. Al amparo del eremita San Emiliano/Millán se ubican los monasterios de Suso y de Yuso, donde se escribieron algunas de las primeras palabras en castellano y vasco que nos han llegado.
La historia de San Millán es un ejemplo palmario de aprovechamiento histórico a favor de parte, de suerte que un pobre pastor convertido en eremita pasa a figura mitológica y patrón de los reinos cristianos.
En estas tierras vino a nacer Millán hacia el 473 de nuestra era, en una familia hispano romana cuando el imperio romano anda de retirada y en el norte de la península ibérica se asientan los visigodos. Reina Eurico y el cristianismo lucha por hacerse un hueco a base de nuevos símbolos, hechos fabulosos y leyendas.
Millán -o Emiliano- se dedica al pastoreo y a la vida bucólica hasta que a los veinte años un ángel le indica que acuda al ermitaño Felices, quien le orientará sobre su futuro. Con Felices, santo varón, pasará Millán un tiempo -quizá en las tierras próximas de Lara, donde hubo un eremitorio y hay una iglesia bajo su advocación- hasta que decide volver a su tierra de origen, refugiándose en una cueva en la montaña donde durante cuarenta años lleva una vida ascética.
A pesar de que la comunicación en la época debía de ser harto precaria la fama de santidad Millán llega hasta el obispo de Tarazona, de nombre Dídimo, quien la ordena sacerdote y le nombra párroco de Berceo, pueblo lindando con el suyo. Mas, Millán no está hecho para las tareas parroquiales y, en vez de administrar los ingresos, reparte los bienes de la iglesia entre los pobres, ganándose una acusación de malversación y la destitución.
Vuelve de nuevo a su vida eremita mientras su fama de hombre santo se extiende entre los cristianos de la época atrayendo a otros y otras seguidores hasta formar una comunidad, entre otros, por Aselo, Geroncio, Citonato, Sofronio, Oria y Potamia.

Millán muere a los 101 años y es enterrado en el oratorio de la comunidad; los monjes eligen nuevo abad y la vida sigue en el eremitorio. Así, hasta que un siglo después, en el 574, el monje de la Cogolla Frominiano le cuenta la historia de Millán a su hermano Braulio, obispo de Zaragoza, y el obispo escribe una biografía que se convierte en un best seller entre los cristianos hispanos.
Millán se revela como un santo milagroso y en su honor en el siglo VII se levanta un primer santuario en torno al primitivo eremitorio. A esta etapa corresponden el arco de herradura y los dos capiteles visigóticos de tipo corintio de la entrada a la iglesia y las dos capillas cuadradas del interior.



El monasterio goza de la protección de la nobleza. En el 959, García Sánchez I de Pamplona, primer rey de Nájera también, asiste a la consagración de la iglesia de estilo mozárabe, orientada hacia el este. Consta de un atrio y tres naves, una de las cuales es la ocupada por las cuevas, con bóvedas de estilo califal y arcos de herradura. Ocupa el monasterio una comunidad dúplice que sigue la regla mozárabe.



Conmueve ver la sencillez de la capilla donde oraban los monjes, cuyo altar es tenido como el más antiguo de los que se conservan en la península.

En un lado de este oratorio se levanta un espléndido cenotafio de San Millán, en alabastro oscuro, obra del siglo XII. El santo aparece vestido con ropas sacerdotales visigodas llevando un portapaz sobre el pecho con una cruz con decoración de hojas de ortiga, también visigótica. Alrededor del cuerpo del santo se representan sus milagros: dos ciegos a los que devolvió la vista y un perro lazarillo, una niña que resucitó al contacto con su sepultura y varios anacoretas. El cenotafio se apoya en seis expresivas ménsulas.





Antes de finalizar las obras de la nueva iglesia, en el 1002 aparece por aquí el caudillo árabe Muhammad ibn Abí Amir, el temido por los cristianos caudillo Almanzor, que prende fuego y arrasa el monasterio, desapareciendo con ello la decoración mozárabe. Quiere la tradición que tras el incendio Almanzor enfermara gravemente y fuera a morir en Medinaceli.
Después de la acometida de Almanzor Sancho el Mayor de Navarra promueve la recuperación del monasterio. Se amplían las naves con dos nuevos tramos de medio punto cubiertos por bóvedas de cañón y posiblemente, se construye un coro en el costado occidental. Entre los siglos XI y XII se construyen los arcos de medio punto en las primitivas cuevas.


El pórtico de la iglesia está ocupado por los sepulcros de varias reinas de Pamplona: doña Toda, un personaje de primera que representa el poder de la mujer noble en la Edad Media, de quien el Colega es súper fan, doña Jimena y doña Elvira, así como don Tello González. Aquí están también los sepulcros de los siete Infantes de Lara, cuya muerte ocurrida en el siglo siglo X fue recogida en un cantar de gesta incorporada al romancero popular, con gran éxito en Castilla. Acompaña a los infantes en el descanso eterno su ayo, don Nuño Salido.




Mediado el siglo XI la comunidad había aumentado hasta el punto de hacer necesario un monasterio mayor que se levantó en el valle. Así nació Yuso -abajo- como sucesor de Suso -arriba-.
El año 1030 la iglesia canonizó a San Millán, tras lo cual su cuerpo fue solemnemente trasladado al nuevo monasterio de Yuso, con asistencia de Sancho el Mayor, su mujer, doña Muniadonna, y los obispos de Pamplona, Oca, Álava y Huesca.
La visita a Suso -restos arqueológicos y sentimentales testigos de un pasado religioso, político y bélico- es independiente de la de Yuso. Conviene reservar pero las personas que lo gestionan tratan de ayudar a los visitantes. A nosotros nos acomodaron una hora antes de la que habíamos reservado para que pudiéramos aprovechar mejor el tiempo. La central de reservas está en el sótano, junto al aparcamiento. La carretera hasta Suso está cerrada al tráfico de vehículos particulares, un autobús sube y baja a los visitantes cada media hora, duración de la visita, que siempre es guiada.
Tuvimos suerte, al ser una hora temprana nuestro grupo era de solo una docena de personas. No hay que confiarse. San Millán de la Cogolla -Suso y Yuso- es un lugar con mucho tirón. Realmente, al margen del interés histórico o artístico del monasterio, su ubicación es de una gran belleza, a la que el otoño añade color, a pesar de la niebla matinal que nos envuelve.

De camino al autobús recuerdo a algunos de los antiguos eremitas: Aselo, Geroncio, Citonato, Sofronio, Oria, Potamia, Frominiano… Vaya nombres para un bautizo, le digo al Colega. ¿Qué tienen de particular esos nombres?, pregunta él. Entonces me acuerdo de que mi suegro se llamaba Lupicinio, y sus hermanos Abilio, Evencio, Dióscoro… Nada, nada de particular, le respondo.
Fuentes: Monasterio de San Millán. Suso 👇
Fotos: ©Valvar

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San Millán de Lara

San Millán de Lara es una hoy pequeña población ubicada en la burgalesa Sierra de Mencilla, entre la tierra de Lara y la Sierra de la Demanda, que conserva de su época medieval una iglesia otrora vinculada a un monasterio ambos rodeados de leyendas.
Salimos de la A-1 por Sarracín y tomamos la N-234 con intención de salir en Mambrillas de Lara pero el Colega duda y el GPS nos envía hasta Barbadillo del Mercado y de ahí a la Bu-V-8205. Una vuelta innecesaria pero que nos permite contemplar las iglesias de Vizcaínos y Jaramillo de la Fuente, ambas cerradas. Me pongo en lo peor.
Esta parte de la sierra es una zona no demasiado conocida llena de encantos en cualquier estación del año. Nosotros acudimos un domingo de otoño suave y nos encontramos con multitud de personas buscando setas, de las que esta tierra es pródiga. El Colega propone que hagamos una parada a ver si encontramos boletus, pero desistimos, esta vez vamos a rolex. Disfrutamos con la variedad cromática de los montes, de una belleza que eleva el espíritu.
Estamos convencidos de que, después de dos intentos, esta vez sí vamos a encontrar la iglesia abierta. Nos han dicho que en ella se oficia misa los domingos a las 11,30 horas. A las 11 estamos en la puerta, que permanece cerrada.

La leyenda sostiene que en el siglo V el mismísimo San Millán de la Cogolla habitó la cueva en la que se asienta la iglesia que tenemos ante nosotros, que se habría levantado por voluntad del conde Fernán González, devoto del santo. Documentalmente aparece en 1059 en una permuta entre las abadías de San Pedro de Cardeña y Silos. En 1072 otro documento la menciona en otra permuta múltiple. En 1157 el rey Sancho III dona al obispo y cabildo de Burgos el monasterio de Sanctus Emilianus de Lara y sus posesiones, que se suponen considerables. En la bula pontificia de Alejandro III, en 1163, en la que se ratifican los límites diocesanos de Burgos y las iglesias propias de su cabildo se la cita de nuevo. El cabildo mantuvo el título de abadía de San Millán y nombró abad a uno de sus canónigos. En 1222 el cabildo catedralicio mantuvo un pleito sobre derechos eclesiásticos con varios monasterios, incluido el de San Millán de Lara, que se falló a favor de la mitra. Fernando III donó varias propiedades a la abadía, que fueron confirmadas por sus sucesores, Alfonso X y Alfonso XI. En 1354 el obispo desposeyó por absentismo al canónigo y abad Hugo de Mirabello, siendo sustituido por Juan Fernández de Aguilera. De donde se deduce que la ausencia clerical no es cosa de ahora.
En el libro de las Behetrías San Millán aparece como “lugar de la iglesia de Santa María de Burgos y abadengo porque siempre fue señor el abad de dicho lugar”. Recuperó su autonomía jurisdiccional en el siglo XVIII, a esa época corresponde el rollo de justicia, en el que aún se aprecia el hueco para apoyar la cabeza del reo.

Mediado el siglo XIX, el diccionario de Pascual Madoz señala que el pueblo cuenta “con un edificio de antigua construcción que ha sido convento de Benedictinos”. Disponía por entonces de tres canónigos para la cura de almas; los vecinos del barrio de Iglesiapinta estaban obligados a asistir a misa las cinco festividades principales del año y a ser bautizados, a pesar de tener su parroquia.

Leyenda aparte, en el siglo XII se construye la iglesia de estilo románico de tres naves con cabecera de tres ábsides semicirculares. Posteriormente, el ábside meridional fue sustituido por un edificio ocupado actualmente por la sacristía. El ábside central tiene una ventana adornada con arquivoltas y capiteles muy deteriorados.


La torre, rematada en hermoso campanario, se levanta a los pies de la construcción, sobre la antigua cueva de San Millán. Una inscripción sobre un sillar del cuerpo bajo de esta torre indica que Benedicto, Miguel y Martín hicieron la obra en el año 1165. El historiador Pérez Carmona estima que esta fecha corresponde a la torre y es posterior a la fábrica del templo.


La nave presenta dos portadas, la del muro sur es de arco de medio punto con arquivoltas y capiteles muy desgastados con temas vegetales, grifos y arpías. Esta portada y la cabecera se adscribe a la Escuela de la Sierra, que dejó excelentes ejemplares cerca de aquí, como Jaramillo de la Fuente o Vizcaínos.




La portada occidental presenta cuatro arquivoltas apuntadas y capiteles con arpías y otros figurados que se cree aluden a la degollación de San Juan Bautista, dos rostros humanos y una cacería de jabalí, todos ellos muy deteriorados. De un tímpano desaparecido queda el dintel con una cruz patada y una mocheta con cabeza de león. Algunos autores creen que esta portada es obra de un taller adscrito a la llamada Escuela Silense.







Haciendo tiempo, damos una vuelta por los alrededores hasta que encontramos con un señor de edad pareja a la nuestra. Primera sorpresa: no hay misa, el cura se ha ido y si antes oficiaba en domingos alternos, ahora, con suerte, los feligreses tienen misa una vez al mes. O no. Hoy es del no.
¿Sabe quién tiene la llave?, preguntamos. El alcalde, pero no digan que se lo he dicho yo, que no quiero líos, responde. Le prometemos ser discretos sin ninguna dificultad. Mal podríamos decir el nombre de nuestro informador, a quien no conocemos de nada.
Encontramos al alcalde trajinando en una nave próxima a su casa. Cuando le contamos nuestro propósito nos mira con suspicacia. Tengo la llave pero no puedo estar atendiendo a todo el que viene, ahora ustedes, dentro de una hora otros… nos dice.
El Colega usa sus dotes persuasivas, le cuenta al alcalde -don Aurelio Andrés Blanco- que somos admiradores del románico, que venimos de Madrid y vamos a Burgos y siempre hemos encontrada cerrada la iglesia. Lo de Madrid parece impresionar al buen hombre que por fin se compromete a abrir la iglesia si le damos diez minutos para acabar lo que está haciendo y le prometemos no estar más de otros diez minutos dentro.
Volvemos a la iglesia donde nos espera otro vecino deseoso de palique. Le cuenta al Colega que en su quinta fueron 120 mozos, que organizaban sus buenas fiestas, a las que venían hasta de Pinta (Iglesiapinta). Y ahora, ya ve, cuando nos vayamos yendo los viejos aquí no queda nadie, concluye. En 1950 la población censada era de 365 habitantes frente a los 63 de 2023. En suma, una radiografía de la España vaciada.
El alcalde llega puntual, abre la iglesia y conecta las luces del interior. Se lo he dicho muchas veces al cura, que el arzobispado debía poner a alguien con un horario para enseñar la iglesia, pero ni caso, se justifica y nos deja a nuestro aire.

Visto solo el exterior, nadie sospecharía la grandeza del templo, de tres naves de cuatro tramos separadas por arcos formeros apuntados que apoyan en pilares cruciformes, la central más amplia que las laterales, las tres de igual altura con cubierta de madera, añadida en la reforma realizada el siglo pasado.

San Millán de Lara 
Navas de Bureba Nos apresuramos a recorrerlo lo más rápidos posible para no hacer perder el tiempo al alcalde. El Colega, que está más ágil, sube la escalera que conduce a la cueva primitiva por una puerta de arco polilobulado, como algunas ventanas de las iglesias burebanas de Los Barrios y Navas de Bureba y de las riojanas de Treviana y Valgañón. En el interior encuentra una portada mudéjar de arco de herradura, de la obra primitiva, que se fotografía con dificultad por falta de luz. Sobre este espacio se levanta la torre.

A los pies de esa escalera se encuentra una pila bautismal de forma trococónica adornada con incisiones alargadas y circulares. En esta nave del evangelio hay que andar con cuidado porque en el suelo aflora la piedra en la que se asienta la iglesia.


Los capiteles de las columnas muestran ornamentación vegetal y algunos figurados, uno que parece Daniel en el foso con los leones o dos figuras rodeadas de serpientes.


La cabecera, originalmente de tres ábsides, conserva el central y el del evangelio, mayor el primero. Carece de transepto. El alcalde nos señala una pequeña escultura que representa a “San Claudio”, a quien se rinde culto en la iglesia. Se trata de San Victoriano Pío, fraile de La Salle asesinado durante la Revolución de Asturias y canonizado en 1999, nacido en el pueblo como Claudio Bernabé Cano.

Nos hubiera gustado permanecer más tiempo en el interior de la iglesia y disponer de mejor iluminación para ver la cueva y distinguir la ornamentación de las columnas pero agradecemos al alcalde que nos ha dedicado su tiempo sin tener obligación de hacerlo. Está vez hemos tenido suerte pero la originalidad de la iglesia y su historia merecerían una mejor promoción por parte de los responsables de la cultura en las instituciones provincial y autonómica.
Damos una última vuelta por los alrededores de la iglesia, por donde corre un arroyo bautizado con el nombre del santo que da nombre al pueblo y a la iglesia: San Millán.


En la parte superior, junto a la carretera, encontramos en el mismo punto la estela que fotografiamos la primera vez hace años.

Emprendemos el camino a Burgos tomando la carretera BU-V-8202 y en el cruce con Torrelara, la BU-P-8012 que conduce a la capital. A la altura de los Ausines se produce un pequeño atasco, dos coches delante del nuestro han parado para no atropellar a una gallina que se pasea entre los vehículos con la parsimonia de una modelo en la pasarela, ajena a nuestra presencia. Todos esperamos hasta que la gallina deja atrás nuestros coches. La España vaciada, pero respetuosa.
Fuentes: Románico digital. San Millán de Lara 👇
Arteguías, San Millán de Lara 👇
Fotos: ©Valvar

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Boada de Villadiego

Boada de Villadiego es una pequeña población con un gran tesoro: su iglesia de la Asunción. No es la mayor ni la más importante de la provincia, pero guarda en su interior dos de los capiteles más hermosos y mejor conservados del románico burgalés.


Llegar a conocerlos ha supuesto para nosotros una pequeña odisea. Andamos ahora haciendo recuento de capiteles que representen la Paz o Tregua de Dios y la lucha contra el dragón, motivos bastante frecuentes en las construcciones románicas. Ambos se encuentran en la iglesia de Boada de Villadiego. Llamamos a la Oficina de Turismo de Villadiego, de donde depende la pedanía de Boada, para ver cuándo podríamos visitarla. Imposible, nos respondieron, la iglesia está cerrada, no tiene culto.
Hicimos una petición de ayuda en las redes. Solo Eva M. Peña -@empenha- se hizo eco de mi petición. Así estábamos cuando a los pocos días le llama al Colega un compañero de colegio. Que qué día queréis ir a ver la iglesia de Boada, dice. Cualquier día nos viene bien, responde él.
Debo aclarar que los compañeros de colegio del Colega son una especie de lobby -no quiero decir mafia, dadas las circunstancias, para no molestar a nadie-. Hay entre ellos abogados, economistas, pintores, gestores… En un grupo tan variopinto siempre hay un roto para un descosido. Alguien que conoce a un fontanero, a un pintor, o a un especialista de la próstata, llegado el caso.
Así fue cómo un antiguo alumno leyó el mensaje, lo comentó con el alcalde de Canicosa de la Sierra y diputado provincial, este a su vez se lo contó al alcalde de Villadiego y él habló con el alcalde pedáneo de Boada. Y así es cómo la mañana del viernes 4 de octubre nos encontramos en la puerta de la iglesia de la Asunción y cómo nos recibió don Máximo Bartolomé.
Máximo es un hombre de 84 años, menudo, ágil y de vivo ingenio, que llega con la llave de la iglesia. No es su responsabilidad abrir el templo, lo hace hoy por amistad con el alcalde de Villadiego, que se lo ha pedido. Soy un hombre libre, siempre lo he sido y así quiero seguir, si me da por salir al campo, pues salgo, no puedo estar todo el día pendiente de si viene alguien a ver la iglesia, nos dice.
Nos dice muchas más cosas porque a Máximo le gusta hablar y a nosotros oírle. Por ejemplo, nos cuenta que toda su vida ha sido labrador pero en la mili le tocó vigilar a los presos del penal de Burgos. Lo que habré visto allí, dice. Que le gusta vivir en el pueblo y en Madrid se moriría, que sus padres tuvieron ocho hijos, machos todos, recalca, y que el día más feliz de su vida fue cuando su nuera trajo al mundo una niña, su nieta del alma. Es una cosa, mire usted, que no le puedo explicar la alegría que me da esa niña. La nuera parió gemelos, la niña y un niño, pero a los chicos ya estaba acostumbrado. De hecho, él y Teresa, su mujer, también tuvieron un hijo, Alberto Bartolomé, que es el alcalde pedáneo de Boada de Villadiego. Como Alberto y su familia viven en Madrid, Máximo nos recibe en representación suya. Ni en sueños podíamos haber tenido mejor guía.
Boada de Villadiego es un pueblo tan antiguo que aparece por primera vez en la carta de arras del Cid, el 19 de julio de 1074. En el Becerro de Behetrías se le cita como señorío de Juan Rodríguez de Sandoval, en la merindad de Villadiego. Actualmente es pedanía de Villadiego, de donde dista ocho kilómetros. La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, ubicada en un pequeño altozano sobre el caserío, se distingue en la lejanía.


En verdad, esta no era la primera vez que estamos en Boada, estuvimos hace dos años y tuvimos que conformarnos con ver el exterior. La iglesia es de planta rectangular, de una nave y ábside semicircular. La fábrica original románica solo ha tenido ligeras modificaciones en la espadaña y la cubierta. En la reforma realizada en 1994 la bóveda se sustituyó por cubierta de madera y se retiraron las construcciones anexas.

El ábside se divide en tres paños, cada uno de ellos con una ventana con capiteles labrados. En la ventana meridional, el capitel de la izquierda muestra una cabeza de animal de cuya boca salen formas vegetales, con círculos a los lados de la cabeza.


El capitel de la derecha de la ventana central representa la pesca milagrosa, aquí, tres personajes en una barca, dos remando y uno pescando un pez. Esta escena se repite en las iglesias cercanas de Fuenteúrbel y La Cerca.

Boada de Villadiego 
Fuenteúrbel 
La Cerca La ventana septentrional es la más deteriorada, en su capitel de la izquierda se aprecia una cabeza de ciervo. El alero se adorna con cabezas de animales y humanas, un músico, dos figuras sin cabeza y un saltimbanqui. Hay también una escena infrecuente en la que se distingue a una juglaresa junto a un perro apoyado en las patas traseras.


En el lado del presbiterio se abren dos ventanas, la orientada al sur ha sido sustituida por una recreación en piedra pulida. La orientada al norte tiene un pequeño tímpano con una cruz y dos capiteles con cabezas humanas enfrentadas.


Los muros de la nave, de buena piedra de sillería, son totalmente lisos. La portada, de tres arquivoltas ligeramente apuntadas, se abre en el muro sur. Sobre el hastial de poniente se levanta una pequeña espadaña con dos campanas en sus correspondientes troneras.


Entramos, por fin, en la iglesia acompañados de Máximo, quien se apresta a dar las luces. Yo doy la luz y, si prefieren hacer las fotos sin ella, la quito cuando me digan, nos propone desde su experiencia de guía a su pesar. Efectivamente, la luz nos ayuda a distinguir bien el ábside y el presbiterio pero incomoda para fotografiar los capiteles del arco toral.

La iglesia tuvo un retablo y bóvedas barrocas que fueron retirados durante la restauración. Los restos del retablo se guardan en la antigua sacristía, las bóvedas fueron sustituidas por un artesonado sencillo de madera.
El hemiciclo del ábside está decorado por cinco arcos de medio punto y remata en una bóveda de horno. En sus capiteles se distinguen en cada extremo una cabeza con melena partida, otra de gesto grotesco, con pelo rizado y gruesos labios, que se interpreta como un personaje de raza negra, como si los personajes se estuvieran mirando; el resto están adornados con motivos vegetales.




En el muro norte hay una falsa ventana, probablemente gemela de la desaparecida en el muro sur. El capitel del lado izquierdo muestra una arpía con la boca abierta; el derecho, una cabeza monstruosa engullendo a una persona. En el tímpano de este arco se distingue una roseta central junto a dos más pequeñas sobre un fondo que imita un trabajo de cestería.



El presbiterio se cubre con bóveda de cañón ligeramente apuntado. En esta y en la del ábside se conservan restos de pinturas murales: un medallón con el Agnus Dei y el Tetramorfos, el sol realizadas en el siglo XVI. A esta intervención corresponde también la policromía de los capiteles del arco del triunfo objeto de nuestro interés.



Et voilà, ahí está, en el lado del evangelio, representando la lucha del bien contra el mal, nuestro esplendoroso y joven San Miguel, vestido con túnica y armado con escudo de cometa, alanceando al dragón de cuerpo anillado y larga cola, esculpido con tal maestría que ganas dan de pedirle arcángel que le perdone la vida.


En el lado de la epístola una mujer vestida con manto y ceñidor toma las riendas de las monturas de dos caballeros dispuestos para la lucha, vestidos con túnicas cortas y espuelas y cubiertos los rostros con yelmos. El guerrero de la izquierda se cubre con escudo redondo y ataca con lanza al de la derecha, que aparece desarmado y para la lanza con su escudo de cometa. La escena representa la llamada Paz o Tregua de Dios, un movimiento pacifista vigente entre los siglos XI al XIII, auspiciado por la iglesia y el campesinado que prohibía las luchas de los señores feudales en determinadas fechas, generalmente de viernes a domingo y en Navidad. La escena representaba a dos combatientes a caballo que pelean con espada o lanza, con frecuencia un personaje, habitualmente una mujer, los contiene sujetando las riendas de los caballos.


Ejemplares de este tipo se encuentran cerca de aquí en Fuenteúrbel y La Cerca, también en Butrera y Rebolledo de la Torre en la provincia de Burgos, Caracena (Soria) y en el palacio real de Estella (Navarra), donde los caballeros están identificados como Roldán y Ferragut.

Estella 
Caracena 
Fuenteúrbel 
Rebolledo de la Torre 
La Cerca 
Butrera A los pies de la nave permanece una pila bautismal de piedra caliza en forma de copa, de 137 cm. de diámetro y 89 de altura con decoración gallonada. Máximo nos asegura que el último bautizo en esta pila tuvo lugar hace 51 años, cuando fue cristianado su hijo.

La última restauración ha limpiado la madera del coro, dejando ver una espléndida viga con decoración mudéjar.

Se estima que la cabecera de la iglesia de Boada fue construida a finales del siglo XII por el mismo taller que trabajó en Fuenteúrbel y La Piedra. La nave se levantó avanzado ya el siglo XIII cuando se introducían las primeras formas góticas, que se manifiestan en la espadaña.
La visita ha sido una experiencia gratísima, por su contenido, por su continente, por el paisaje que le rodea, porque hizo un hermoso día de otoño y, sobre todo, porque tuvimos un guía extraordinario. Ahora bien, nos preguntamos si no sería posible visitar esta y otras iglesias igual de interesantes sin tanta parafernalia, sin molestar a nadie, sin el privilegio de los antiguos alumnos. Si la Iglesia católica, propietaria de la mayoría de los templos, no podría llegar a algún tipo de convenio con la Junta de Castilla y León o con las Diputaciones, o con quien sea, para que las iglesias, la mayoría rehabilitadas con dinero público, pudieran abrirse a las visitas en días señalados o previa reserva, con personal contratado legalmente, o con mecanismos similares a los que ya existen en los Museos vivos de la provincia de Burgos.
Fuente: Románico digital. Boada de Villadiego 👇
Fotos: ©Valvar

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Museo Reina Sofía de Madrid

El arte moderno español tiene su casa en el Museo Reina Sofía de Madrid. Un edificio admirable por sí mismo que acoge las obras de pintores o escultores de cualquier nacionalidad nacidos a partir de 1881, a la sombra del rey del lugar: el Guernica de Picasso.

El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, que tal es su pomposo nombre, es el segundo más visitado de España, se encuentra frente a la estación de Atocha y forma parte del Paseo del Arte de la capital y del llamado Paisaje de la Luz, declarado Patrimonio de la Humanidad en 2021.


El edificio que lo alberga hunde sus cimientos en la Casa de Austria y se alza con los Borbones, ocupado durante tres siglos por establecimientos hospitalarios. El primer hospital -llamado Hospitium Pauperum- fue proyectado en tiempo de Felipe II. Cuando llegó Fernando VI mandó demolerlo para construir uno más moderno, diseñado por el arquitecto militar José de Hermosilla. No habían concluido las obras cuando llegó Carlos III, encomendando el proyecto a dos arquitectos famosos: Francisco Sabatini y Juan de Villanueva, quien se hizo cargo de las obras a la muerte del primero. Sabatini proyectó un hospital grandioso, mayor en dimensiones que el mismísimo palacio real, en cuya ampliación también trabajaba, que finalmente quedó reducido a menos de la mitad. En 1780 se constituyó como Hospital General de Madrid y de la Pasión. En un edificio anejo, que actualmente ocupa el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, se instaló el Real Colegio de Cirujanos de Medicina.
Durante la francesada, el rey José Bonaparte reservó el centro para hospital militar de las tropas francesas, obligando al desalojo de los enfermos locales. En 1875 se creó el Hospital Clínico de San Carlos dentro del Hospital General. En 1965 se acordó su cierre definitivo, pasando el Clínico a ocupar un edificio moderno en Moncloa. Se inició entonces un debate entre partidarios de su demolición y partidarios de su declaración como monumento histórico artístico. Por una vez, ganaron estos.
Quienes creen en estas cosas aseguran que los espíritus de algunos antiguos ocupantes, incluso de tres monjas que aparecieron enterradas, pululan aún en las salas ahora ocupadas por las obras de pintores y escultores modernos, provocando fenómenos paranormales: luces que se apagan, objetos que se mueven sin causa aparente y cosas así. Cuando acompañamos a algún visitante novato, me gusta contarle que detrás del metrónomo situado en la segunda planta hay un alma en pena que nos mira, ora con el ojo abierto, ora con el ojo cerrado.



Durante años, el viejo hospital fue sometido a una rehabilitación que lo transformó en el maravilloso lugar que hoy puede transitarse. En 1986 recibió las primeras exposiciones temporales; en 1992 se inauguró definitivamente como museo, recibiendo los fondos antes recogidos en el Museo de Arte Moderno, creado en 1894, y el de Arte Contemporáneo, de 1951. Pronto se vio que el edificio Sabatini era insuficiente y en 2005 se amplió con un edificio diseñado por Jean Nouvel.





Si el pétreo edificio Sabatini conserva sus líneas clásicas, sus impresionantes escaleras, sus largos pasillos de bellas perspectivas, sus paredes rugosas, su acogedor patio y sus modernos ascensores exteriores, el área Nouvel es casi etéreo, transparente, una aleación de metal y cristal. El primero acoge la colección permanente y algunas temporales, el segundo, las temporales, las dependencias administrativas, un salón de actos y la biblioteca, con un patio que de vez en cuando alberga actuaciones musicales, presidido por una pincelada-escultura de Roy Lichtenstein. El museo tiene dos sedes anexas en el Parque del Retiro de Madrid: el Palacio de Velázquez y el maravilloso Palacio de Cristal.










El Reina Sofía ha contribuido bastante a desasnar a dos indocumentados en arte contemporáneo como nosotros. Somos de la opinión de que uno va a los museos a aprender pero, sobre todo, a disfrutar, se detiene en aquello que le gusta y trata de entender lo que le gusta menos o pasa de ello. El Reina Sofía nos ha permitido disfrutar mucho y nos ha enseñado a entender.
Hasta hace poco, el museo tenía el prurito de impedir que se fotografiara al Guernica, la obra de Picasso, que es lo más vip del lugar. Pero en 2023 llegó un nuevo director, Manuel Segade, y eliminó la prohibición sin que se hundiera el universo por ello.

Hemos seguido al Guernica desde su llegada a España, instalado entonces en el Casón del Buen Retiro. Al contrario que al Colega, a mí nunca me gustó especialmente. Hasta que, en las postrimerías de la pandemia del covid acudimos un día al museo y nos encontramos los dos solos en su sala. Como si lo mirara por primera vez, lo que vi me impresionó de tal manera que me puse a llorar. Desde entonces, cada vez que vamos paso a echarlo una ojeada y rara es la vez que no descubro algo nuevo. Me gusta especialmente esa flor que se empeña en sobresalir entre tanta desolación.

Hoy directores que tienen a gala tener las obras del museo en continuo movimiento. Segade cambió de sitio “Un mundo”, el impresionante lienzo de Ángeles Santos Torroella, dándole más visibilidad. En nuestra última visita le ha vuelto a esconder, como si le pusiera de espaldas a la pared.

El Colega es un especialista en detectar cambios y, sobre todo, fallos. Si hay una cartela con errata ante la que ha pasado millón y medio de personas llega él, la ve y se apresura a dar la voz de alarma. En esos casos, yo finjo que no le conozco, aunque, en general, le agradecen la atención. Pues bien, en nuestra última visita detectamos que en la colección permanentemente no estaba un cuadro de Modesto Ciruelos,n un notabilísimo pintor de Cuevas de San Clemente (Burgos) que se codeó con lo mejorcito de su tiempo. Preguntamos a la vigilante de la sala, quien nos sugirió que acudiéramos a información. Lo hicimos. El cuadro de Los ciclistas ha sido retirado sin más. El Colega está pensando en hacer saber al nuevo director que los de Burgos hemos tomado nota de esa baja.

En cambio, redescubrimos un nuevo lienzo que se nos había pasado por alto. Se trata del Autorretrato de Alfonso Ponce de León, obra presentada a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1936.

Este pintor, vinculado al realismo mágico, se había formado en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde coincidió con Salvador Dalí, Maruja Mallo, Remedios Varo y Margarita Manso, con quien luego se casó. En Madrid fue amigo de García Lorca y Moreno Villa. En París, de Picasso. Hizo algunos decorados para los espectáculos de La Barraca, que dirigía García Lorca. También hizo cine como actor y director y colaboró con Edgar Neville. Es el autor de algunos de los carteles de Falange Española, a la que se afilió desde su fundación.
La obra impresiona más cuando se conoce el final de su autor. Detenido en Madrid en septiembre de 1936 y trasladado a la checa de Fomento, su cadáver apareció días después en una cuneta. Poco después fueron asesinados su padre y dos hermanos.
Los museos son una lección permanente, de arte y de la vida. Se aprende de todo. Valga el caso, te enteras de que esa mole metálica de 38 toneladas, que el museo compró al escultor Richard Serra, sobre cuyo significado o intención te habías interrogado mientras dabas vuelta en torno a ella, puede evaporarse sin dejar rastro. Desaparecida sigue. Aquí explican las interioridades del asunto 👇.
Aprendes que cubistas fueron Juan Gris y Marie Blanchard, españoles y pintores ambos, pero que la fama y los lienzos del caballero siempre ocupan lugar preferente sobre los de ella. Y suerte que recientemente se ha empezado a hablar de las mujeres artistas de la República, véase la generación de las Sinsombrero, porque hasta no hace demasiado tiempo parecía que en esos años de esplendor artístico solo hubieran trabajado ellos. Esas cosas también se aprenden en los museos.






Empero, nosotros vamos a los museos a disfrutar y, por lo general, nos damos el gusto. En el Reina Sofía tenemos varias visitas imprescindibles, la hermana de Dalí mirando por la ventana, Adán y Eva de Rosario de Velasco, Un mundo y La tertulia de Ángeles Santos, y, sobre todas ellas, La mujer con abanico de Maria Blanchard, aquí firmado M. Gutiérrez, que, si pudiera, me llevaba a casa. Más fácil de colocar que la mole de Serra sí es.




Para terminar la visita del Reina Sofía nada como sentarse un rato en alguno de los bancos del patio mirando tranquilamente el móvil de Calder y disfrutando del ingenio y la maestría de Sabatini. Me gusta pensar que acaso su espíritu zascandilee entre estas piedras puesto que su cuerpo, enterrado en la iglesia de San Martín, desapareció en 1809 cuando se derribó el templo.
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Fotos: ©Valvar y Museo Reina Sofía

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Cañón de Río Lobos y San Bartolomé

El Parque Natural Cañón de Río Lobos es un espacio de una belleza salvaje, que guarda una joya arquitectónica, la ermita de San Bartolomé, mezcla de hermosura románica y misterios a medio resolver.



El Cañón de Río Lobos, tiene una extensión de 12.238 hectáreas y un paisaje bucólico hasta en el nombre. Está declarado Parque Natural, desde 1985, uno de los primeros Espacios Naturales Protegidos en la Comunidad de Castilla y León, catalogado, asimismo, como Zona de Especial Protección para las Aves y Zona de Especial Conservación.




El espectacular paisaje ha sido formado por la paciente erosión del agua y la acción del hielo y el deshielo. En él coexisten los páramos calizos, los cortados y la ribera con su fauna -buitres, águilas, halcones, alimoches, cernícalos, búhos, cárabos, mochuelos, corzos, jabalíes, ardillas, zorros, murciélagos…- y flora -sabinas, pinos, encinas, aliagas, espliegos, tomillos, salvias, sauces, chopos, avellanos, abedules, nenúfares…- propias.




Nosotros venimos frecuentando el Cañón desde nuestra primera juventud, cuando los vehículos podían transitar sin control por los caminos e incluso acampar en el Cañón, pero, afortunadamente, ahora el acceso está controlado y los coches han de aparcar en los lugares designados para ello. Los abundantes carteles distribuidos por el parque solicitan moderación a los visitantes y un silencio respetuoso hacia la fauna autóctona. Así y todo, en nuestra última visita, agosto de 2024, la afluencia al parque era tan numerosa como bullanguera.


Desistimos de pasear por los senderos y nos dirigimos directamente a la ermita de San Bartolomé, que es nuestro objetivo. Queremos aprovechar que ahora permanece abierta durante buena parte del año para conocer su interior. La iglesia está ubicada en un meandro del río Lobos, cobijada por enormes crestones de piedra, que aumentan la impresión de monumentalidad de un lugar sobre el que pesan mitos y leyendas para todos los gustos.


Para empezar, se dice que se levanta en el lugar señalado por la espada del apóstol Santiago, caída durante un salto prodigioso del caballo que montaba el santo. Construida en las primeras décadas del siglo XIII, en un punto equidistante del cabo de Creus y del Finisterre peninsular, por donde sale y se pone el sol en la Península, estuvo vinculada al Temple hasta la supresión de la Orden, lo que explica la simbología de algunos canecillos, cuyo significado permanece oculto para el visitante actual.

Sean ciertas o no las leyendas, se conozca o se ignore el significado de los símbolos que abundan en sus muros, la ermita es de una belleza rotunda. Llaman la atención los rosetones de influencia mudéjar abiertos en los brazos de la iglesia, con una trama formada por una línea sin principio ni fin que forman cinco corazones entrelazados encerrando una estrella de cinco puntos, un pentáculo invertido.


Conviene ayudarse por un buen objetivo -o unos prismáticos- para distinguir los canecillos que se distribuyen por la portada y el ábside. Junto a motivos habituales en el románico -cabezas humanas, pareja de luchadores, un músico itifálico, Adán, el crismón- aparecen otros de simbología más oculta: el sol y la luna, cuatro cabezas formando cruz, la pata de oca, la letra H, que evoca al constructor del templo de Jerusalén-.













Desde el punto de vista artístico, lo más interesante de la ermita está en el exterior pero entrar en un lugar que arrastra tal cantidad de leyendas y mitos sobrecoge un poco.

Estamos en un templo románico de transición al gótico, de planta de cruz latina, con un crucero más bajo que la nave y ábside semicircular, de sobria ornamentación interior. En las capillas que conforman los brazos de la cruz se conservan sendos arcosolios, de carácter funerario.



Preside el altar un Cristo crucificado del siglo XVII, la capilla sur, una imagen de San Bartolomé y la capilla norte un retablo con la Virgen de la Salud, del XVIII, que goza de mucha devoción en la zona. En el borde de esta capilla se observa un losa con el grabado de una cruz patada en la que, según las alineaciones astronómicas estudiadas por Rafael Fuster y Jordi Aguadé, es iluminada por un rayo de sol en el solsticio de invierno.


En nuestra visita de agosto, la mayoría de visitantes brujulea alrededor de la iglesia, dudando si entrar o seguir el paseo. Delante de nosotros una familia se dispone a entrar. La entrada cuesta un euro, poco más que el precio del folletito que entregan al visitante. El marido dice que él no paga eso, que prefiere esperar a la mujer fuera. Él se lo pierde.


Frente a la ermita, al otro lado del río, se abre la entrada a la cueva grande del Cañón, una boca de 25 metros de altura que conduce a un espacio de unos cien metros de largo que se cree estuvo habitado en la prehistoria y que ese día estaba tan concurrido como cualquier calle de una gran ciudad.


Recorremos el camino de vuelta por el itinerario del río, deteniéndonos en las señalizaciones de los árboles que lo bordean y, como en tantos otros lugares, preguntándonos cuál será la forma adecuada de mantener el equilibrio entre el razonable deseo de conocer nuevos lugares y el respeto a parajes singulares como la ermita de San Bartolomé y el Cañón de Río Lobos.
Fotos: ©Valvar
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Arteguías: ermita de San Bartolomé 👇
Alineaciones astronómicas en la ermita de San Bartolome de Ucero 👇

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San Pantaleón de Losa

San Pantaleón de Losa posee una de las iglesias más singulares del románico castellano. Ubicada en una peña que evoca la proa de un barco presto a surcar las tierras del norte burgalés, rodeado por el río Jerea, conserva un conjunto de esculturas de difícil interpretación y encierra un ramillete de leyendas nacidas a lo largo de siglos.

A nosotros nos gusta sobremanera la iglesia y el entorno, que solemos visitar con alguna frecuencia y adonde llevamos a nuestros invitados. Tantas veces como vayas te sorprenderás al descubrir entre el arbolado la silueta de la peña y la ermita como el puente de mando de una embarcación.


En nuestra última visita tuvimos la suerte de estar acompañados de Elvira, vecina del pueblo, persona muy involucrada en el cuidado y protección de la actual ermita.

A pesar de los arriscado de su ubicación se puede acceder con el coche hasta un aparcamiento habilitado por el Ayuntamiento no lejos de la ermita y desde allí ascender unos metros hasta San Pantaleón. Al margen del interés por la construcción románica, el lugar ofrece un atractivo telúrico: los montes, los valles, el silencio, la hermosura del entorno…



Algo parecido intuirían los primitivos ocupantes, que habitaron el lugar en la Edad del Hierro. Luego, aquí se asentó un castro romano -cerca discurre una vía romana que una la meseta con Cantabria- y, probablemente, durante la repoblación del valle, entre los siglos IX al XI, en la cima de la ahora bautizada como Peña Colorada existiera un castillo o fortaleza defensiva, de la que no quedan restos. Realmente, la peña es una fortaleza en sí misma, donde el río Jerea ejerce como foso, un lugar infranqueable. La población ocupó durante siglos la falda del montículo que remata la iglesia antes de trasladarse al llano, protegida por la Peña.

La iglesia se levantó en el último tercio del siglo XII, si bien con anterioridad pudo existir un templo, pues en 1133 el rey Alfonso VI donaba una iglesia de San Pantaleón al monasterio de Oña. En 1158 pasó a manos del monasterio de San Juan de Burgos al que en 1178 Alfonso VIII reitera la donación. Más tarde es la Orden de San Juan de Jerusalén, conocida como de los caballeros hospitalarios, quien se hace con su propiedad. Una lápida que se conserva en su interior data la consagración del tempo el 27 de febrero de 1207 por el obispo de Burgos García .

La fábrica es un modelo de adaptación a la pendiente pronunciada del terreno, que explica los casi diez metros de altura de fachada y los apenas dos del ábside.

La portada se abre en el hastial a occidente. En su lado izquierdo encontramos una figura de larga cabellera con una piel al hombro, que parece un atlante y que los expertos consideran que representa a Sansón. Abunda en la idea que sobre esta figura se encuentra otra que parece representar un león siendo desquijarado por el mismo personaje bíblico. Adosado a ella otro relieve de una loba amamantando, ambos muy deteriorados.


En el lado derecho queda un resto zigzagueado que, según se cree acompañaba a una imagen de San Pedro, de manera que a ambos lados estaban representados el Antiguo y el Nuevo Testamento, como es frecuente en el románico.


Los capiteles que rematan las columnas en las que apean las arquivoltas de esta puerta representan las formas de martirio que sufrió San Pantaleón, finalmente decapitado.




En la segunda de las arquivoltas aparecen figuras emparedadas de las que solo se ven la cabeza y los pies, imágenes que se repiten en la ventana sur del ábside, sin que se conozca con precisión su significado.


Encima de la portada se abre una ventana con tres columnas rematadas en capiteles con motivos vegetales, una cabeza grotesca que saca la lengua y Adán y Eva acompañados de una enorme cabeza.







En las ventanas exteriores se repiten los motivos vegetales junto a una abundancia de rostros y cabezas similares a las que se encuentran en el monasterio de Estíbaliz y un gluton comiéndose el fuste, motivo frecuente en el románico francés.

El interior es un templo de nave única, con una cúpula sobre pechinas y un ábside semicircular con bóveda de horno. El desnivel del terreno se resuelve mediante escalones que unen la nave con el hemiciclo absidal.

Parece que en el siglo XVI, en momentos de gran afluencia de peregrinos, se vio la conveniencia de ampliar el templo. Como la pendiente del terreno impedía alargar la nave, se optó por abrir un brazo al norte con dos pequeñas naves en estilo gótico, adonde se trasladó un sepulcro románico, protegido por baldaquino. La obra primitiva y su ampliación se comunican mediante sendos arcos en el presbiterio y en la nave.




Entre los capiteles del interior hay dos que muestran a una enorme serpiente mordiendo a un humano, que escenificarían el milagro vivido por el santo al conseguir la resurrección del niño por intercesión divina, lo que condujo a su conversión. También hay una pareja de dragones y el relieve de un gato, animal que se identifica con el mal.

En el presbiterio luce una imagen de la Virgen sedente con el Niño en brazos, copia de la original del siglo XIII que se conserva en el Museo del Retablo de Burgos.
Sostiene la tradición que durante mucho tiempo aquí permaneció una ampolla con restos de la sangre de San Pantaleón que se licuaba cada 27 de julio, coincidiendo con su festividad. En algún momento, la reliquia salió de su ermita y se trasladó al monasterio madrileño de la Encarnación donde los creyentes asisten cada año a la licuación milagrosa.
Los enigmáticos mensajes que emanan de los muros de esta iglesia y su vinculación con la Orden de San Juan, que asumió parte de los bienes y algunas de las tradiciones templarias, han contribuido a rodear a San Pantaleón de Losa de un cierto aire esotérico, vinculado al Santo Grial, esto es, el cáliz utilizado en la Última Cena.
Viene a corroborar esta creencia que la tradición medieval situa el Grial en Mont-Salvat y que el Valle de Losa, donde se ubica San Pantaleón, se cierre en la Sierra Salvada, así como que cerca de la ermita se encuentra el pueblo de Criales, de resonancia similar. Elvira añade que, por la razón que fuere, durante siglos los peregrinos se desviaban del Camino de Santiago para visitar San Pantaleón.


Sobre el arco triunfal de la ermita se levanta una espadaña que debió tener un segundo cuerpo pero que solo conserva uno con dos troneras. En una de nuestras visitas, en 2008, la espadaña lucía aún una campana, que fue robada en hecha indeterminada. En 2020 ya no estaba y ahora, en 2024, tampoco. Elvira expresa su confianza en que sea devuelta como han sido devueltas algunas piezas de un retablo que alguien se llevó y devolvió medio siglo después.
La ermita de San Pantaleón, peculiar por tantas circunstancias, lo es también por la protección que recibe de los -muy escasos- vecinos del pueblo. Ellos -más justo sería decir ellas- realizan pequeñas manualidades para obtener ingresos que revierten en la ermita. Y, pues la Junta de Castilla y León no incluye la ermita entre los monumentos abiertos en verano, es el Ayuntamiento quien costea el salario de la persona encargada de abrirlo al público y explicar su historia. Lo que viene a corroborar una vez más que el patrimonio artístico se salva, en las ocasiones en que se salva, más por intervención de la sociedad civil que por la intervención de los organismos oficiales.
La ermita de San Pantaleón es Monumento Histórico Artístico, además de un lugar interesante y singular, muy por encima de la escasa señalización que anime a visitarlo.
Fotos: ©Valvar
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Agen

Agen es una ciudad francesa de interior entre Toulouse y Burdeos, bañada por el río Garona. Tiene una catedral dedicada a San Caprasio, dos iglesias góticas, y un museo digno de visita, pero se presenta a sí misma como la capital de la ciruela pasa.
Para decir la verdad, la hemos escogido para no hacer demasiado largo el camino de vuelta a casa desde Conques y por el señuelo del ábside de San Caprasio.

Hacemos una entrada regulera. A través de Booking hemos contratado un apartamento que nos impide entrar antes de las cuatro de la tarde y nos obliga a dejarlo antes de las nueve y media de la mañana, lo que nos parece un abuso, pero, contra nuestra costumbre, en este viaje hemos contratado los alojamientos a última hora y entendemos que ese es el peaje a pagar. No será el único peaje. Al llegar descubrimos que el apartamento se encuentra en un edificio dedicado exclusivamente a alojamientos turísticos, del que somos los únicos ocupantes. La llave se encuentra en una caja a la que se accede mediante clave que solo nos proporcionan después de haber ordenado a nuestro banco una «prefianza» de 200 euros como garantía de hipotéticos daños. Traspasada la puerta encontramos que la escalera de caracol está vieja y mal cuidada y, aunque el apartamento está bien situado y se corresponde con lo anunciado, esta es una forma especulativa de explotación turística con la que no estamos de acuerdo porque acaba expulsando a los vecinos residentes en el centro de las ciudades. De hecho, los edificios colindantes parecen tan vacíos como el que ocupamos.
Tendríamos que haber estado más atentos a lo que contratábamos porque somos conscientes de que viajar es una actividad que exige responsabilidad hacia los lugares que se visitan y no olvidar que las ciudades son de quienes las habitan. De momento, hemos borrado a Booking de nuestros contactos.
Tras la experiencia, nos sobreponemos y salimos a descubrir Agen. Estamos muy cerca del Ayuntamiento, que ocupa el antiguo palacio de Justicia, obra del siglo XVII. Nos refrescamos del sofoco en un kiosco que hay en un jardincillo desde donde podríamos contemplar a placer el Museo de Bellas Artes, instalado en tres palacios renacentistas, si dicho museo no se encontrara cubierto por lonas y andamios por hallarse en obras.

Así que nos encaminamos a la catedral de San Caprasio -Saint Caprais-, obra del siglo XII, que ha vivido no pocas peripecias a lo largo de su historia. Construida inicialmente como colegiata, pasó a catedral en 1803, después de que la Revolución destruyese la de San Esteban, sede de la diócesis de Agen. Este es un caso de reutilización según los vientos de la historia. La actual fábrica se construyó sobre una basílica anterior del siglo VI, destruida por los normando en el IX. Las guerras de religión la dañaron y la Revolución la utilizó como almacén de forraje.













Entre unas cosas y otras la catedral actual es un monumento de difícil catalogación. De la primitiva construcción románica conserva el ábside, muy restaurado. La multitud de sus canecillos y capiteles sorprenden por el buen estado que presentan vistos a pie de calle.

El objetivo fotográfico nos hace sospechar que muchas de ellas son tallas modernas. Me llama la atención esta sirena de aspecto andrógino.

El campanario de la iglesia fue reconstruido en 1835, sustituyendo a una torre de madera. De este tiempo es también la fachada sur.


El interior de la catedral se corresponde con una iglesia gótica, con sus muros adornados por los coloridos frescos de Jean-Louis Bézar, pintor tolosano que trabajó aquí entre 1845 y 1869, dejando escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento y de las vidas de los mártires de Agen, incluido San Caprasio.


La vida de este San Caprasio está trufada de leyendas. La principal de ellas dice que murió martirizado el año 303, en época del emperador Maximiano, junto con otros muchos cristianos, entre ellos Santa Fe, que en el momento del martirio tenía trece años.

Los restos de la santa fueron depositados en su propio templo, actualmente sin culto. A ella llegó en el 866 el monje Ariviscus de Conques y se quedó durante una década para no despertar sospechas respecto a sus intenciones, que eran las de llevarse los restos de la santa a la abadía de Conques que carecía de reliquias. De esta forma aumentaron los peregrinos que acudían a la abadía al señuelo de los milagros de Santa Fe.


El culto de la iglesia de Santa Fe de Agen se ha trasladado a la de Saint Hillaire, San Hilario, iglesia gótica de buena planta, en el boulevard Scaliger.

Para cerrar el capítulo eclesiástico de la ciudad hay que mencionar la enorme iglesia de ladrillo de los Jacobinos, del siglo siglo XIII, antigua capilla de los dominicos, hoy centro cultural.

Cerca de aquí se encuentra la calle Beauville, con sus casas medievales y voladizos. Otro atractivo de Agen es su puente-canal, una obra de 538 metros de longitud mediante el que atraviesa el río el canal lateral del Garona.
Si te apetece disfrutar de estos atractivos, la publicidad de Agen señala que el último fin de semana de agosto se celebra la gran fiesta de la ciruela…
Fotos: ©Valvar
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Románico palentino

Palencia es una de las provincias que cuenta con un mayor números de iglesias románicas, algunas de primer orden, la mayoría de ellas cerradas al público. En verano y semana santa la Junta de Castilla y León dispone un horario de apertura, pero son los vecinos quienes en verdad cuidan de esos tesoros.
Como nos hemos encontrado tantas veces cerradas iglesias cuyo interior nos interesaba, en cuanto la Junta publica su lista de monumentos nos hacemos con una copia y nos disponemos a romaniquear. La visita, casi siempre es una aventura.

Tenía yo empeño en conocer la pila bautismal de Calahorra de Boedo, una pieza de primer orden, que en la campaña 2024 ha sido incluida entre los monumentos abiertos. Un viernes de julio preparamos viaje a la comarca de la Valdavia con el propósito de visitar Arenillas de San Pelayo, Revilla de Collazos, Zorita del Páramo y Calahorra de Boedo. Dudamos si podremos visitar Collazos de Boedo, que está incluida en el itinerario, no así en la relación de iglesias. El horario en todas ellas es de 11 a 13,30 y de 17 a 19. Arenillas y Calahorra solo abren de viernes a domingo, las otras dos de martes a domingo.

A las 11 en punto estamos en la puerta de Arenillas de San Pelayo. Coincidimos con un señor que también se dirige a la iglesia, donde le espera una señora, dispuesta ya para trabajar. Son vecinos, no sé si coyunturales o permanentes, que están restaurando la urna de un Cristo yacente. Llamamos por teléfono al número que indica un cartel en la puerta y enseguida se presenta una joven muy amable que nos informa de las características del templo y nos permite brujulear a nuestro aire.

La iglesia de San Pelayo, que da apellido a la población, es lo que queda de un antiguo monasterio premostratense del siglo XII. De la construcción original es la cabecera, el antecuerpo de la portada y los muros perimetrales de la sala capitular.


La fábrica sufrió un incendio en 1554 que obligó a reconstruir la iglesia, a esa reconstrucción corresponden las naves. La impresión general es que se ha ido parcheando a lo largo de los siglos, lo que resulta más evidente aún en el exterior.



A pesar de todo conserva una portada muy interesante. Sus siete arquivoltas apean sobre columnas rematadas por capiteles. Los dieciocho personajes de la segunda arquivolta representan distintas fases de la acuñación de moneda. Tres dovelas escenifican el combate o juicio de Dios y otras, un acróbata, un músico tocando la viola de arco, un escriba y varios personajes leyendo. Los capiteles externos del lado izquierdo son vegetales, los dos interiores son figurados y representan una pareja asistiendo al castigo de un personaje devorado por una máscara y estos personajes introduciendo sus manos en la máscara, escena que alude a los castigos del infierno.


En el interior destacan los dos capiteles del arco triunfal del ábside, especialmente el del lado del evangelio, que representa una pareja de leones en actitud amenazadora.



A ambos lados del altar mayor se encuentran dos sepulcros con sendas esculturas yacentes identificadas con los señores territoriales, él de la familia Castro y ella de los Muñoz de Saldaña. Junto al caballero Castro alguien ha dejado un cabo de vela y dos mecheros. Será por si el caballero se levanta por la noche, le comento al Colega, más atento a las labores de restauración de la voluntaria del pueblo que a mis comentarios.


La sala capitular se utiliza como espacio de exposición. De sus tres capiteles el primero ofrece decoración de cestería con pequeños rostros en los ángulos y y el segundo de hojas de acanto rematados en piñas.

En la capilla del evangelio hay una pila bautismal también románica, de forma troncocónica invertida, decorada con dos orlas. Nos despedimos de la joven que atiende la iglesia, que se queja de la poca publicidad que se hace a los monumentos de los pequeños pueblos. Estamos a trasmano de todo, se lamenta.

Siguiendo el folleto editado por la Junta de Castilla y León nos dirigimos a Revilla de Collazos. Antes de llegar, tomamos el desvío a Collazos de Boedo, lugar que se incluye en el esquema aunque no en la relación de iglesias. El pueblo parece desierto, una señora que surge junto a la iglesia nos indica que cree que está cerrada, como así es. Adosada al ábside, una furgoneta permanece chupando cámara. ¿No tendrá mejor sitio para aparcar en todo el pueblo?



Seguimos, pues, a Revilla. La puerta está cerrada pero un cartel indica el teléfono al que hay que llamar para que abran. Lo hacemos y al minuto aparece la persona encargada de la llave que se justifica por la ausencia. Como vienen pocas personas espero en casa a que me llamen. La señora enciende las luces y espera que hagamos las fotos que queramos.

La parte románica de esta iglesia, dedicada a San Andrés, es obra de finales del siglo XII, de la que queda la cabecera y el presbiterio. El cuerpo del templo corresponde a los siglos XVI y XVIII.


Al exterior, conserva una sola ventana absidal de medio punto flanqueada por una pareja de columnas rematadas en sendos capiteles, el de la izquierda decorado con una pareja de centauros barbados y cubiertos con extraños tocados, afrontados en posición heráldica. La ventana repite el esquema de las de Vallespinoso de Aguilar y Perazancas y los centauros se asemejan a los de la portada de la galería de Rebolledo de la Torre (Burgos).

En el interior llaman la atención los capiteles historiados que rematan las dobles columnas del arco de triunfo, lamentablemente revocados con una pintura que imita el veteado del mármol. El capitel del lado de la epístola trae un tema del románico tardío conocido como la Pax Dei o la Tregua Domini: dos caballeros armados con casco cónico, cota de malla, escudo normando, espada al cinto y lanza en ristre se disponen a enfrentarse en duelo mientras que un personaje mediador, aquí y en la mayoría de ejemplos, representado por una mujer, detiene las monturas sujetándola por las riendas. La escena se repite en Boada de Villadiego y Fuente Urbel en la provincia de Burgos, Retortillo (Cantabria) y en la misma provincia palentina en Cezura, Gama, Resoba o Villavega de Aguilar.

El capital del lado del evangelio ofrece una escena más infrecuente en el románico: la ascensión de Alejandro o el Señor de los animales. El monarca de Macedonia asciende a los cielos llevado en volandas por dos grifos que intentan atrapar la carne ensartada en dos varas que sostiene Alejandro. La escena representa tanto la figura del héroe, trasunto de la de Cristo, como el pecado de soberbia aunque, por el contexto, aquí más parece la alusión positiva. A pesar del revoque, ambos capiteles tienen afinidad con la obra de Rebolledo de la Torre y con el apostolado de Moarves.


La pieza más conocida de esta iglesia es la columna de 120 cm. que se utiliza de atril en la que una figura, identificada como el rey David, vestida con túnica bajo sayón tañe una viola con arco. Remata la columna dos series de tallos perlados y rematados con cuatro bolas. Se supone que procede de la ventana central del ábside desaparecida. El estilo de esta columna sugiere una relación del escultor con el maestro de la galería de Rebolledo de la Torre.

Aunque el retablo de la iglesia es barroco, el altar se sustenta en capiteles vegetales, con el borde decorado con ovas o semibezantes, claramente relacionados con San Andrés del Arroyo.
La iglesia de San Andrés nos ha dejado un poco apabullados, pero cuando retomamos el camino la voz del GPS nos advierte que estamos circulando por una calle que lleva el nombre de uno de los generales que en 1936 se sublevaron contra el gobierno de la República y vamos a entrar en la calle de José Antonio. Salgamos rápido, que estamos rodeados, dice el Colega.

Tomamos, pues, la ruta que nos lleva a Zorita del Páramo, en terrenos que en el medievo fueron de la poderosa familia de los Lara, para conocer la iglesia de San Lorenzo, monumento Histórico-Artístico desde 1966, tenida como fundamental para comprender el románico del norte de la provincia de Palencia por sus conexiones con San Andrés del Arroyo y Santa Eufemia de Cozuelos.

La iglesia se levantó a finales del siglo XII hasta entrado el XIII. Lo primero que sorprende de ella son sus grandes dimensiones. La torre occidental y el coronamiento meridional del gran arco abierto al pórtico son obra del siglo XVII.




Se accede por la portada sur, plateresca, que vino a sustituir a la primitiva tardorrománica que remataba en un friso con los apóstoles del tipo de Moarves de Ojeda o Carrión de los Condes. Los apóstoles se han recolocado en hornacinas renacentistas y en el tímpano la escena de Cristo. Toda la portada fue repintada en 1833. Los excrementos de las palomas están «repintándola» permanentemente.

El templo es de planta de cruz latina con cimborrio sobre el crucero y presbiterio rectangular.



En una segunda portada a poniente se observan claras influencias de San Andrés del Arroyo.



El ábside exterior muestra una serie de canecillos con los motivos propios del románico en siglo XII.
Ya en el interior de la iglesia nos atiende un señor a la altura de nuestra edad, que nos pregunta por nuestra procedencia y nos ofrece las entradas al precio de un euro. La iglesia está en una oscuridad total, cuando da la luz tarda un buen rato en hacer el interior escasamente visible.


Por fin podemos distinguir que, como en la portada, en el interior se ha pasado una o varias manos de pintura que desvirtúan la riqueza de la iglesia. Mal que bien, y gracias a la cámara del Colega, contemplamos los capiteles del arco toral, con Daniel en el pozo de los leones y un combate entre un guerrero armado con escudo, casco, cota de mallas y lanza, y un grifo.




En las trompas del cimborrio se distinguen bajorrelieves policromados con los símbolos del Tetramorfos.


El ábside está decorado con pinturas murales del siglo XV representando al Pantocrátor rodeado del Tetramorfos.

Adosada en la parte superior del brazo norte del crucero hay una escultura con la Virgen sedente y el Niño con un libro sobre la rodilla, pieza labrada en piedra policromada a comienzos del siglo XIII, atribuida al mismo taller que trabajó en San Andrés del Arroyo.

En una capilla del muro norte se encuentra la pila bautismal, tardorrománica también, decorada con entrelazos y vástagos serpenteantes.

Bajo el coro se distingue -malamente por falta de luz- un artesonado, probablemente también del siglo XV.
En ninguno de los lugares que hemos visitado hay información visible que explique lo que el visitante va a encontrar, el significado de estos monumentos, su relación con otros del entorno. Nada. Ni un folleto. Ni la Junta de Castilla y León ni la iglesia, de quien depende esta parte del patrimonio de la Comunidad, tienen el mínimo interés en que se conozca, se visite o se aprecie lo que, se pongan como se pongan, es propiedad de todos.
Con esta sensación nos dirigimos a Calahorra de Boedo para conocer, por fin, su famosísima pila bautismal. En ella se han plasmado escenas de la Resurrección de Cristo, el descenso a los infiernos (katabasis) y de la liberación de los justos (anabasis): la visita de las Tres Marías al sepulcro vacío, los soldados dormidos, Cristo portando el nimbo crucífero arremetiendo contra las puertas del infierno, Adán el primero de los justos, seguido de Eva, de nuevo desnuda.

Llegamos cuando el sol calienta a placer y en el pueblo no se ve un alma. La iglesia, dedicada a la Purificación de Nuestra Señora, más conocida como de las Candelas, está cerrada a cal y canto. No hay cartel que diga dónde podemos acudir. Decidimos preguntar alrededor y encontramos que las tres casas más próximas muestran carteles de “Se vende” y las otras dos están cerradas y con las persianas bajas. El Colega se decide a llamar en una de ellas de la que al rato sale un señor, a simple vista de nuestra quinta. Él nos indica una casa en la misma calle donde cree que tendrán la llave.
Cuando nos dirigimos a la casa en cuestión aparece un coche -de alta gama- del que sale una señora que pregunta qué queremos, porque el Colega está llamando en su casa. La llave de la iglesia, respondo. No la tengo pero creo que sé quién la tiene, nos dice, si me permiten un momento que ayudo a sacar la compra de esta señora, voy a por ella.
Efectivamente, del coche sale otra señora más mayor -a estas alturas nos movemos en edades superlativas- cargando como puede con alguna bolsa. La señora del coche -que se llama Maribel- ayuda a trasladar la compra al interior de la casa y se va en busca de la llave. Enseguida vuelve con la mala noticia de que no la ha encontrado.
En el interín ha llegado un coche que aparca junto a la iglesia, del que sale un señor que mira y comprueba que la puerta está cerrada. No encontramos la llave, le informamos.
Se diría que estamos solos en el pueblo así que Maribel ha aparcado el coche a nuestro lado, en mitad de la plazuela. Al momento aparece una camioneta llevando una farola -en el pueblo están colocando nuevo alumbrado- al que el coche le impide el paso. Es que no puedo torcer por la farola, se justifica el conductor con una sonrisa. Dan ganas de traer aquí a los parlamentarios para que aprendan modales. Maribel mueve el coche y al tiempo que le damos las gracias por sus amables gestiones, aprovechamos para pegar la hebra.
Nos cuenta que en la iglesia están haciendo obras, que cada tarde los obreros entregan la llave hasta el día siguiente y que ignora la razón por la que ese día -justo ese día- no están los obreros ni la señora de la llave. En esas estamos cuando aparece una señora mayor con una llave enorme que solo puede ser de la iglesia o de una bodega. Es de la iglesia. Albricias.
Maribel se presta a acompañarnos para mostrarnos la pila bautismal. La iglesia está a oscuras y nadie sabe donde está el interruptor de corriente así que hay que moverse con cuidado para no tropezar. La pila, que es el tesoro de la iglesia, del pueblo y probablemente de la comarca, está en un espacio independiente, a la entrada y, dice Maribel, que bien iluminada cuando hay luz. Se accede a ella por una puerta corredera, que tampoco se abre. Sorteando los materiales de la obra llegamos al baptisterio. El Colega enciende la linterna de su móvil para distinguir algo mientras yo hago fotos con el mío. Así es como obtenemos las imágenes que mostramos.






Intuimos que la pila debe ser la maravilla que sospechábamos, pero no podemos dar fe de ello. De lo que sí podemos dar fe es de que lo mejor de esta Comunidad es su sociedad civil, de la que Maribel es un ejemplo. Ella sola es un compendio de los servicios sociales que quien está obligado no presta. Porque resulta que mientras la Junta de Castilla y León incluye entre los monumentos abiertos una iglesia de la que no se ha enterado que está en obras -y parece que para rato- una vecina del pueblo es la que se encarga de llevar al personal a hacer la compra, de buscar la llave de la iglesia y de enseñar esta. Ay, qué bien nos iría si los responsables de la Junta se tomaran la mitad de interés por el patrimonio del que se toman algunos de su vecinos.
Nos volvemos a casa con un sabor agridulce, de un lado, por tanto hermosura que hemos visto, por otro, el olvido por parte de la administración autonómica del patrimonio disperso en su territorio, que es la única empresa que les queda a estos pueblos, verdaderamente olvidados.
Si te interesa, aquí tienes más información de estos lugares extraída de Románico Digital:
Fotos: ©Valvar

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Conques

Conques es un pequeño pueblo en el Departamento de Aveyron en la Occitania francesa famoso por su abadía dedicada a Santa Fe y, más especialmente, por el tímpano de su portada y por la riqueza de su tesoro, muy visitado por los peregrinos que recorren el Camino de Santiago y por los amantes del románico o de la belleza sin adjetivos.

Ya hablamos del lugar en nuestra primera visita que te contamos aquí 👇, realizada en 2016. En aquella ocasión nos alojamos en Rocamadour, lugar bonito, sin duda, pero, aparte de sufrir un fiasco con las fotos, pensamos que pasar una noche en Conques debía tener su encanto. Hemos vuelto, pues, para conocer el encanto nocturno del lugar y para fotografiar el tímpano con la cámara buena del Colega. Podemos afirmar que Conques nos ha devuelto ciento por uno.







En esta ocasión llegamos por el sur, desde Toulouse, con la sensación de que las carreteras son algo mejores -el Colega se ha pasado la semana protestando por lo malas que son las vías secundarias francesas- y los pueblos del tramo entre Rodez y Conques parecen más vivos, incluso con centros comerciales a la vera de la carretera. Hay que advertir que esta región está lejos de lo que consideramos la Francia turística.

Desde que hemos entrado en el país nos ha sorprendido encontrar algunos indicadores de pueblos colocados del revés. No parece accidental, pues los carteles están bien sujetos al poste. Luego sabremos que se trata de una iniciativa de los agricultores en protesta contra el Gobierno francés y el de la UE,

La primera comprobación de cómo han cambiado las cosas en Conques es que el aparcamiento disuasorio que se encuentra a la entrada de la población, que hace ocho años nos costó un euro, ahora vale tres. Llegamos a media mañana, dejamos el coche y nos vamos corriendo a la abadía. Desaparecido el factor sorpresa, ahora nos dedicamos a recorrer el tímpano detalle a detalle, admirando más si cabe a los extraordinarios talladores capaces de resumir en una superficie reducida el Juicio Final, los bienaventurados a la derecha de Dios, los condenados a su izquierda.










Confieso tener debilidad por las figuras que asoman en la arquivolta del tímpano, unos ángeles curiosos que esperan el veredicto del Juicio Final que se desarrolla bajo su mirada. Como periodista, me identifico totalmente con ellos, me representan.



Al interior también le han pasado una mano de limpieza. Han desaparecido las telarañas y los cables que rodeaban alguno de los 250 capiteles, historiados o con motivos vegetales que se distribuyen por la iglesia, según se cree salidos del taller que trabajó en la fachada de Platerías de Santiago de Compostela.





Admira la perfección de la Anunciación, situada en el brazo izquierdo del transepto, que se atribuye al mismo autor que trabajó en el tímpano.

En el tesoro, que antes permitían hacer fotos, ahora están prohibidas. Todo en él gira en torno a la reliquia de Santa Fe de Agen, su cráneo alojado en una estatua de madera, cubierta de oro, plata y piedras preciosas.

En el claustro, los ocupantes del capitel del barco nos miran con ojos de eternidad.



Después de esta primera visita damos un paseo por el pueblo que está cuidado y más hermoso aún de lo que recordábamos. Descubrimos que el agua de la fuente de Plô, cuyas virtudes admirables se elogiaban ya en el Liber sancti Jacobi o Código Calixtino, y que durante siglos ha dado de beber a miles de peregrinos, actualmente no es potable. En el tejado de una casa vemos un secador de castañas -secadou-, producto tradicional en la comarca. También comprobamos que ha cerrado el restaurante Sainte Foy, donde antaño el Colega comió la famosa vaca aubriac que, ocho años después, aún recuerda. Buscamos la alternativa y la encontramos en el restaurante Charlemagne donde nos ofrecen la carne de la región en una terraza con vistas al valle que nos proporciona la sensación de estar en el lado de los bienaventurados del tímpano de la abadía. Ya puestos, en la tienda frente a la iglesia compro un rascador de madera, habida cuenta el buen resultado del que compré en la visita anterior.



El hotel que hemos reservado -La Conquise- se encuentra en la parte superior del pueblo. Hay que advertir que en Conques la oferta hotelera es escasa y dirigida, principalmente, a los peregrinos. Como el tráfico está prohibido en todo el recinto urbano, para llegar hemos de dar un rodeo por los alrededores pero, finalmente, encontramos un aparcamiento junto a la puerta de la Vinzelle, al lado del castillo y de nuestro alojamiento, que resulta ser un lugar encantador, con unas vistas maravillosas. Si viviera el señor del castillo podríamos compartir la sal por las ventanas, así de cerca lo tenemos.




Hemos visto anunciado un concierto de música tradicional a las 9 en la abadía. Nos dirigimos con bastante antelación y al poco de llegar vemos que la gente va entrando a la iglesia, aunque falta una hora para el concierto. La tarde está fresca y en la iglesia hay dispuestas mantas para protegerse del frío. Tomamos una y nos tapamos. Enseguida descubrimos que lo que empieza no es el concierto sino un oficio religioso. Tres curas -uno de ellos con cierto parecido a Felipe González- inician el canto de una salmodia, cuya letra puede seguirse en unos papeles repartidos en los bancos. Los asistentes participan con fervor. Nosotros seguimos el ritual, independientemente de las creencias personales es gratificante unirse a personas de otras partes del mundo -entre los asistentes hay un grupo de orientales- que han llegado a disfrutar de un lugar de paz y belleza.

Al terminar el oficio el cura parecido a González toma una cesta y reparte un pequeño librito a quienes se acercan hasta él. Le hago una seña al Colega para que vaya, me dice que no, así que voy yo. Es un ejemplar del Evangelio según San Marcos.
Luego, salimos todos mientras se prepara el concierto. El mismo cura se planta bajo el tímpano explicando cada escena y el significado del mismo. A medida que avanza en la explicación más me parece estar viendo al expresidente, no como fue mientras gobernó sino como es ahora que no gobierna pero pontifica.

Por fin, entramos al concierto. Las dos jóvenes cantoras entonan muy bien y se acompañan de un violonchelo y otro instrumento que no identificamos. El lugar y la música nos transportan totalmente. No podemos sustraernos a la idea de estar ocupando un espacio por el que en los últimos nueve siglos han pasado miles, quizá millones de personas que, como nosotros, admiran la belleza del recinto y de cuanto contiene.

Más aún cuando abren la puerta de las tribunas (previo pago de 6 euros). Pasear por las alturas de la abadía teniendo como fondo sonoro la música popular del Aveyron es una experiencia emocionante. Las figuras y los capiteles adquieren una apariencia diferente, una especie de vibración a la luz de los focos. Hemos traído solo la cámara pequeña -una Canon G16- con la que el Colega no para de disparar, quizá para constatar luego que no lo hemos soñado.







La condena de Santa Fe, el Cristo con las dos copas, el reencuentro de Pedro y el Maestro, la crucifixión de Pedro, la ascensión de Alejandro Magno, el avaro, la sirena, los grifos, las águilas, el ángel, capiteles e imágenes ofrecen otra perspectiva, se diría que nos miran directamente. Recorremos las naves y la girola una y otra vez haciendo pequeños descubrimientos.
















Finalmente, salimos a la calle donde nos espera la última sorpresa. El tímpano aparece iluminado con la policromía que se supone tuvo originariamente. La luz juega sobre las imágenes, destacando escenas, jugando con las figuras esculpidas.



Nos recogemos, todavía emocionados, caminando por las calles iluminadas por la luna, saboreando el instante de belleza absoluta que nos ha regalado Conques.
Si te interesa Conques, este es el enlace con la Oficina de Turismo 👇
Fotos: ©Valvar


