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  • Toulouse II

    Toulouse II

    Toulouse es una ciudad de contrastes. De ciudad medieval en el Camino de Santiago, ha pasado a avanzado parque tecnológico de investigación aeroespacial. Conocida como la Ciudad Rosa por el color de sus edificios, cuenta con dos construcciones a cual más bellos: San Sernin y los Jacobinos.

    Aparte de sus encantos más conocidos, la ciudad ha sabido proteger su ritmo de vida tranquilo y ofrece muchos lugares que hacen agradable la visita, incluidas las riberas de sus canales y del río Garona, y su rica oferta gastronómica, con el cassoulet y el foie en el centro de sus devociones.

    Esta es nuestra segunda visita a Toulouse. En la primera vivimos una de las situaciones más chuscas que recuerdo de nuestros viajes y que contamos aquí 👇. Tengo que enseñar la foto porque incluso a mí me parece increíble. Ocurrió en 2016, cuando Francia se encontraba en alerta total después de haber sufrido atentados terroristas. La policía y el ejército patrullaban las calles e identificaban a la gente al acceder a algunos lugares.

    En la puerta de San Sernín había apostados cuatro soldados como cuatro armarios con las armas a punto. Y allí que se fue el Colega a preguntarles por su trabajo y a hablarles del Camino de Santiago y de la importancia del arte. Los soldados le miraban como si fuera un extraterrestre. Yo pensé que me lo encerraban en la comisaría o en el manicomio. Optaron por irse antes de que les diera otra chapa a la salida.

    Hemos vuelto, pues, a San Sernin que ahora, sin soldados ni temores, nos parece más grandioso y bonito que la primera vez. Volvemos a fotografiar sus tropecientos canecillos y capiteles, sus ábsides y absidiolos, casi perfectos por dentro y por fuera.

    Llegamos a primera hora de la mañana, antes que los visitantes, que vendrán enseguida, la mayoría escolares con sus profesores.

    San Sernín es obra del siglo XI, prevista ya como una iglesia de peregrinaciones, de ahí sus muchas reliquias y tesoros, que atraían el interés de los peregrinos. De las cuatro iglesias situadas a mitad del Camino en territorio francés: San Martín de Tours, San Marcial de Limoges, Santa Fe de Conques y San Sernin, esta es la que posee el más antiguo de los deambulatorios, previstos para que las multitudes pudieran moverse por el interior del templo, admirar el edificio y visitar las reliquias. La iglesia es de planta de cruz latina, de cinco naves, transepto de tres naves y cimborrio alto sobre el transepto. Tiene además dos niveles o tribunas, que amplían notablemente la capacidad de la iglesia.

    Se cree que en San Sernin trabajaron al menos tres talleres, que desarrollaron un programa iconográfico novedoso para el tiempo en que fue creado. Con todo, lo más destacable es la llamada puerta Miegeville, que significa media villa, pues está en el centro de la ciudad. En su diseño recuerda un arco de triunfo -en concreto al de Orange-. El tímpano representa la Ascensión de Jesús, llevado por dos ángeles. En la parte inferior se distribuyen los apóstoles que miran la escena de la Ascensión. Las mochetas son extraordinarias: la de la izquierda representa al rey David tocando un rabel, sentado sobre una pareja de leones; en la de la derecha aparecen dos personajes femeninos tocados con gorros frigios y dos cabezas de leones en sus regazos. Ambas tienen un pie calzado y otro descalzo.

    En la enjuta de la derecha se distingue a San Pedro sobre Simón el mago acuciado por los demonios, personaje que da nombre al pecado de simonía.

    En el lado opuesto, Santiago sobre un hombre barbudo y dos mujeres sobre leones. Se interpreta como un ejemplo de amancebamiento del clero o nicolaísmo.

    Los capiteles representan escenas bíblicas: la expulsión de Adán y Eva del paraíso, la Anunciación de San Gabriel a la Virgen María, la Visitación y la matanza de los Inocentes; dos leones y la cabeza de un tercero.

    Los estudiosos han advertido similitudes entre este puerta y otras edificaciones del Camino de Santiago como el claustro de la catedral de Jaca, San Isidoro de León, la fachada de Platerías de Compostela y Santa Marta de Tera. Si quieres saber más de San Sernin Arteguías de lo cuenta aquí 👇

    Aunque Toulouse es una ciudad grande, sus atractivos están todos en un puño. De San Sernin al Capitol hay un trecho corto y corto también del Capitol a los Jacobinos. La plaza de Capitol es grande, de líneas elegantes, flanqueada por edificios de ladrillo rosa, entre otros el ayuntamiento, el teatro y el palacio que le da nombre, que acoge el salón de los Ilustres. La mitad de la plaza está ocupada por mesas de los cafés y restaurantes, casi siempre llenos de tolosanos y de visitantes.

    El convento de los Jacobinos 👇 fue fundado por los dominicos en el siglo XII, su construcción se prolongó hasta el siglo XIV, guarda las reliquias de Santo Tomás de Aquino. El convento fue clausurado durante la Revolución Francesa y adaptado para servir de cuartel de caballería. Declarado monumento histórico en 1841, su restauración se prolongó de 1920 a 1972.

    La iglesia es de planta rectangular, con dos naves separadas por siete columnas en el eje central. La cabecera es la joya de los Jacobinos de Toulouse. Por muchas veces que lo veas no dejará de sorprenderte la palmera de piedra de la cabecera, con sus veintidós nervaduras. En esta ocasión han cambiado la iluminación del templo y da más sensación de irrealidad.

    El claustro fue construido a principios del siglo XIII, después de desmantelar el anterior. Sus cuatro pandas se comunican con el patio interior mediante arquerías de arcos apuntados de ladrillo sobre columnas pareadas de fustes cilíndricos de mármol. La ornamentación de los capiteles es mayoritariamente floral, excepto unos pocos figurados. Por lo que pudimos colegir en nuestra visita, una de las tareas en los colegios tolosanos es descubrir los rostros que se esconden en estos capiteles, tarea a la que nos unimos alegremente.

    El entorno del claustro tiene una encanto especial para nosotros, aparte de por las hamacas dispuestas para contemplar el entorno tranquila y descansadamente. El primero, la sala capitular, espaciosa, con bóvedas de crucería de ladrillo sobre columnas, abierta al claustro mediante una arquería. El día que visitamos los Jacobinos ha amanecido nublado pero durante nuestra visita se abrieron un rato las nubes dejando entrar algunos rayos de sol que proporcionan al lugar un aspecto entre fantástico y misterioso. El segundo, que desde el claustro se tiene la mejor vista de la torre campanario -ya sin campana-, de planta octogonal, con 45 metros de altura.

    Alrededor del claustro, se abren también el refectorio, la sacristía y la capilla de San Antonín, en la que se enterraba a los religiosos del convento, que conserva murales del siglo XIV.

    La catedral de Toulouse es un edificio enorme, en realidad la mezcla de dos iglesias, una románica y otra gótica. La primera vez que la vimos nos pareció un poco pastiche pero en esta ocasión la hemos encontrado un punto entre kich y artístico.

    Otro atractivo no menor de la ciudad son su río, el Garona, y sus canales. Es un verdadero placer pasear por sus orillas tan cuidadas, agradables y frecuentadas. Una señora a la que preguntamos si quedaba mucho para San Sernin nos descubrió el canal de Brienne, que con el de Midi y el Lateral del Garona atraviesan la ciudad. El del Midi une Toulouse con Sète, ya en el Mediterráneo, y está declarado Patrimonio de la Humanidad. Se conecta con el Lateral del Garona que llega al Atlántico.

    El paseo por el canal fue verdadera placentero y, contra mi temor, no me picaron los mosquitos.

    En otro paseo por el Garona descubrimos la basílica de la Dorada, junto a la Academia de Bellas Artes. El edificio es obra de los siglos XVIII-XIX, levantado sobre las ruinas de otro románico que, a su vez, ocupó un tempo romano dedicado a Apolo. En su interior se guarda la Virgen Negra, conocida como la Brunette, la Morena, superviviente del culto a la diosa madre, que es tenida por muy milagrosa y disfruta de muchos devotos entre las parturientas como protectora de los recién nacidos. La imagen fue realizada en 1806 por el escultor tolosano Jean Louis Ajon. Era tradición que los trajes de la Brunette se colocaran sobre la cama durante el parto, ahora se envían cintas a las embarazadas que lo piden. Posee 32 trajes, ofrendas de los fieles desde el siglo XVIII, que se cambian según el calendario litúrgico.

    La iglesia cuenta con dos órganos, ambos obra de tolosanos. El gran órgano es de 1864 y el del coro de 1881.

    Muy cerca está el Café de los Artistas, lugar muy frecuentado, donde nos tomamos un refresco.

    Una cita casi imprescindible si visitas Toulouse es el mercado Victor Hugo, en el número 7 de la calle de su nombre. No ya por la oferta de sus puestos, algunos de ellos con apellidos españoles, pues la ciudad fue refugio del exilio español después de 1939, sino porque su primera planta está ocupada por restaurantes populares frecuentados por los tolosanos y por los visitantes avisados. Es famoso su cassoulet, pero la oferta es tan amplia como se quiera y, de nuestra experiencia, todo bueno.

    Cerramos nuestra visita tomándome una copa de champán en la plaza Capitol -el Colega es más de cañas que de champán- agradeciendo a Toulouse la acogida a los miles de refugiados españoles republicanos que aquí encontraron su hogar y los buenos momentos que nos ha ofrecido a nosotros.
    Fotos: ©Valvar

  • Moissac II

    Moissac II

    A Moissac, en la vía Podiensis del Camino de Santiago, se puede ir por muchas razones, por devoción, por afición o porque sí, cualquiera vale. Todos los visitantes sin excepción se maravillan ante su claustro y la portada de su abadía de San Pedro, uno de los mejores ejemplares del románico francés.

    Nosotros hemos venido en esta ocasión por puro vicio y porque, de algún modo, este año estamos despidiéndonos de algunos de los lugares románicos que más nos han gustado y a los que, sin duda, ya no volveremos. Lo hacemos con alegría, contentos de las oportunidades que nos ha ofrecido la vida pero sabiendo que llegará día en que perderemos la autonomía que ahora tenemos. Hay que aprovechar el presente, pues.

    De Moissac ya hablamos aquí 👇. En un lugar donde el tiempo se cuenta en siglos, poco ha variado desde nuestra primera visita, pero lo poco que ha variado es a mejor. Han dispuesto mayores aparcamientos y más aseos públicos, esto último es una diferencia notable de Francia respecto a España, por su abundancia y porque suelen estar muy limpios y cuidados.

    Han dispuesto también otro acceso al claustro, del siglo XI, más acorde con la importancia del monumento. El claustro reúne 76 capiteles de los que 46 son historiados: pasajes bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamento, vidas de santos, representaciones vegetales y zoomorfas. Todo el repertorio románico distribuido en las cuatro pandas del claustro: Adán y Eva, Caín y Abel, Daniel en el foso de los leones, Sansón desquijarando al león, las bodas de Canáa, la decapitación del Bautista, la samaritana, San Esteban, San Lorenzo, San Martín de Tours, aves, leones, grifos, dragones…

    En pilares ubicados en las cuatro esquinas y en el centro de las pandas, los apóstoles San Pedro, San Pablo, San Juan, Santiago, San Felipe, San Andrés, San Bartolomé, San Mateo, Simón y el abad de Moissac y obispo Durand de Bredons. Los arcos apuntados del claustro corresponden a la reconstrucción del siglo XIII. (Si quieres conocer más de la abadía de Moissac Arteguías te lo cuenta aquí👇)

    Mientras lo visitamos oímos varias veces el paso del tren, lo que nos recuerda que la línea férrea arrasó una parte de la abadía. Es sabido que el dinero no tiene corazón y el capitalismo carece de emoción.

    Por muchas veces que lo hayas visto es imposible no admirarse ante la portada de Moissac, realizada en el siglo XII, y bendecir la memoria de los artistas anónimos que aquí trabajaron. Parece milagroso que haya llegado hasta nosotros después de los innumerables ataques sufridos en los últimos nueve siglos. El penúltimo de estos ataques ocurrió durante la Revolución francesa, cuando fue vendida a un particular y luego, a la ciudad. Durante un motín fueron saqueados el claustro, la iglesia, su mobiliario, sus vidrieras, ornamentos y el tesoro sacro. Durante el Primer Imperio, los edificios se convirtieron en cuartel y luego, en una fábrica de sal. Ya en el siglo XIX, los ingenieros del gobierno francés diseñaron un trazado ferroviario que a poco termina definitivamente con la abadía. Se salvó el claustro, que pasa rozando, pero se llevó el refectorio y las cocinas.

    Como es habitual en este tiempo y en las construcciones románicas, aquí se despliega un catecismo para fieles analfabetos. En el tímpano, un Cristo en Majestad, coronado, sentado en el trono, bendiciendo con la mano derecho y sosteniendo el Libro de la Vida en la izquierda. Le rodean los cuatro símbolos del Tetramorfos; abajo y a los lados, los veinticuatro ancianos del Apocalipsis miran a Cristo y portan instrumentos musicales.

    El mainel de la portada lleva relieves de leones entrelazado trepando en su cara frontal. A los lados, San Pablo y Jeremías. Este último es uno de los relieves más hermosos de Moissac.

    En las jambas laterales con perfiles en arcos, San Pedro e Isaías.

    En los muros laterales, escenas bíblicas. A la derecha, el ciclo de la Navidad entero: la Anunciación, la Visitación, la adoración de los Reyes, la Huida a Egipto, la presentación en el templo… Al otro lado, la parábola del pobre Lázaro y del rico Epulón y escenas de pecadores con sus respectivos castigos.

    Pedimos que nos haga una foto a un chico que resulta ser de Zaragoza y está haciendo la ruta en bicicleta hasta el Mediterráneo.

    Entramos en la iglesia buscando el grupo escultórico del Santo Entierro del siglo XV, que me gusta especialmente. Tiene también un Cristo románico y un sarcófago paleocristiano.

    En esta ocasión llegamos un lunes, día de cierre del restaurante Florentin, situado frente a la portada, del que tan buen recuerdo guardamos. Comemos en un local nuevo ubicado al costado de la iglesia. Comemos muy bien pero el Colega

    Conocer Moissac y disfrutar de su belleza es un regalo de la vida. Haber estado dos veces es la releche, le digo al Colega, que sigue suspirando por el Florentin.

    Fotos: ©Valvar

  • Montauban

    Montauban

    Montauban, capital de Tarn y Garona, es una ciudad fundada en el siglo XII por el conde de Toulouse. Resulta un lugar tranquilo, con un rico patrimonio cultural. Su cementerio guarda los restos de quien fue presidente de la República española: Manuel Azaña.

    Llegamos a Montauban con el objetivo de rendir homenaje a don Manuel 5Azaña pero ya que hemos llegado hasta aquí, no vamos a perder la oportunidad de dar una vuelta por la ciudad. El Puente Viejo está en obras, lo que dificulta el tráfico que, al menos aparentemente, es un problema que no debería tener una población de este porte. Finalmente, conseguimos aparcar justo bajo el puente, en el corazón de Montauban, sin tener que pagar por ello, que en estas tierras es casi como poner una pica en Flandes.

    El Colega está exultante. Frente al aparcamiento, una escalera conduce a la calle principal. Puedes subir por ella, faltaría más, pero si prefieres una subida más cómoda, a la derecha de esa escalera hay un rincón poco visible y en él un ascensor que te deja al nivel de la calle Hôtel de Ville, que, naturalmente, conduce al ayuntamiento. Siguiéndola se llega a la catedral, un edificio enorme de líneas clásicas, que está en obras.

    Estamos es la zona de marcha, llena de restaurantes y bistrots, así que aprovechamos y comemos en uno de ellos rodeados de gente joven.

    Deshacemos el camino, ahora por la paralela calle de la República, en busca de la iglesia de Sant Jacques. Estamos enfrascados sobre el plano que nos han dado en la Oficina de Turismo cuando se nos acerca un señor. Tomen esa calle que les lleva a la plaza Nationale y enseguida llegan a Sant Jacques, nos dice y se presta a acompañarnos hasta la plaza. El hombre habla un razonable castellano. ¿No será usted descendiente del exilio republicano?, le pregunto. Yo no, pero de por aquí seguro que soy el único que no lo soy, nos dice. Aunque no todo fueron bienvenidas y se cometieron muchas injusticias, hay que reconocer que las poblaciones del sur de Francia acogieron a miles de refugiados republicanos al término de la guerra civil. El hombre que nos ha ofrecido ayuda nos cuenta que tiene casa en Alicante, donde pasa temporadas, de ahí su conocimiento del idioma.

    La plaza Nationale es el corazón del casco histórico, una gran plaza bordeada de arcadas y vistosos edificios de ladrillo. Nos dicen que en ella a diario se monta un mercado, pero cuando llegamos solo se ven restaurantes y gente comiendo.

    La iglesia de Santiago está cerca de la plaza y del Puente Viejo. De su origen románico conserva un espléndido campanario octogonal de tipo tolosano. Es el único testigo medieval de la ciudad, se sabe que ya existía en 1147. Varias veces destruida, las grandes familias montalbanesas se han aplicado a la reconstrucción de esta iglesia para expiar sus inclinaciones cátaras. Es de nave única con nervios transversales. Conserva huellas de las balas de cañón del asedio sufrido en 1621, durante las guerras de religión. El propio Richelieu ordenó su reconstrucción; en el siglo XIX se le añadió a la fachada una decoración neorrománica y pinturas murales al interior.

    El Puente Viejo es obra del siglo XIV con siete arcos ojivales sobre el río Tarn. Se concluyó en 1335. Mide 205 metros de largo y 23 de alto. Como en el puente de Toulouse, sus aberturas le permiten resistir las crecidas del río. Es el puente más antiguo de la ciudad, monumento histórico desde 1919 y la imagen icónica de Montauban. El andamiaje de las obras nos impide hacer una foto decente a cambio de ofrecernos aparcamiento gratis.

    Junto a él se levanta el antiguo palacio episcopal (siglo XIII), habilitado como museo dedicado al pintor Jean-Auguste-Dominique Ingres y al escultor Émile Antoine Bourdelle, ambos artistas locales.

    Cerca también, el palacio Lefranc de Pompignan.

    Montauban fue fundada en el siglo XII por el conde de Toulouse, un siglo después comienza su periodo de prosperidad, que finaliza con la peste negra y la guerra de los Cien Años. Entre los siglos XVI y XVII fue un bastión protestante, junto a La Rochelle y Nimes, hasta que en 1629 se rinde a las tropas reales. Vivió una intensa vida cultural en el siglo XIX alentada por sus dos hijos ilustres, Ingres y Bourdelle. Nos pareció una ciudad amable y tranquila, que se precia de cultivar el arte de vivir y la aventura suave👇.

    El viaje coincide con mi 77 cumpleaños. Tantas veces siete me hacen pensar que no hay mucho tiempo que perder y que más me vale ir haciendo las cosas que tengo pendientes, como expresar el reconocimiento a quienes pagaron un precio tan alto en su empeño por modernizar España. Como nuestro itinerario románico de este viaje pasaba cerca de Montauban le he propuesto al Colega acercarnos a visitar la tumba y rendir homenaje al ilustre jurista, literato y político que fue don Manuel Azaña, presidente de la segunda República, cuya memoria ha sido insultada y maltratada. Nos dirigimos, pues, al cementerio viejo. Llevamos el plano del lugar donde se encuentra su tumba pero el Colega, que no pierde ocasión de confraternizar con los franceses, se dirige al edificio de entrada del camposanto donde a la primera frase, el señor que le atiende, en un castellano tan macarrónico como el francés suyo, le acompaña a un rincón cercano donde hay un buzón en el que los visitantes dejan sus cartas y un cartel referidos a Azaña. En cuanto le he oído he sabido adonde venía, dice. La tumba se encuentra en el trapeze Q, section 7. Así y todo, nos cuesta encontrarla, algo constreñida entre los mausoleos de las familias Matignon y Gaubert.

    Manuel Azaña Díaz (1880-1940) consumió su vida tratando de mejorar la sociedad española. Con Fernando de los Ríos y José Ortega y Gasset fundó la Liga de Educación Política. Dirigió varias publicaciones, estuvo vinculado al Ateneo de Madrid entre 1913 y 1932 como secretario y presidente. Fue uno de los fundadores de Acción Republicana y formó parte del Comité Revolucionario que contribuyó a la instauración de la República en 1931. Ministro de la Guerra y presidente del Gobierno, del que dimite en 1933, durante el bienio negro sufrió varios atentados. En abril de 1934, estando en la oposición, funda Izquierda Republicana. Propicia la creación del Frente Popular que resulta ganador en las elecciones de 1936. De nuevo preside el Gobierno, el 10 de mayo es elegido presidente de la República, cargo que ocupa hasta 1939.

    En 1936, Azaña, confiando en la neutralidad de Suiza, cede los cuadernos en que ha ido escribiendo sus memorias a su cuñado y amigo Cipriano Rivas, nombrado cónsul en Ginebra. Tres de esos cuadernos son robados por el vicecónsul, Antonio Espinosa, quien los entrega al gobierno rebelde, que durante la guerra civil los utiliza como propaganda contra el gobierno republicano.

    Aparte de su dedicación política, plagada de aciertos y de algún error notable, Azaña fue un intelectual de prestigio, Premio Nacional de Literatura en 1926 por su obra Vida de Juan Valera. Escribió novelas, ensayos y teatro. La velada de Benicarló, se considera una seria reflexión sobre la década de los años treinta del siglo XX español. Sus Memorias son un documento imprescindible para el conocimiento de la República. El haber sido jefe del Estado español no le ahorró sufrimientos ni humillaciones, como a otros miles de intelectuales, obligados a salir de su país para salvar la vida. El enorme agujero de conocimiento dejado por tantos científicos, escritores, pintores, médicos, etc, hombres y mujeres muertos fuera de su tierra explica el retraso cultural de España en el pasado siglo.

    Cuando cae Cataluña, el 5 de febrero de 1939, Azaña se exilia en Francia. En Vajol, tras pasar revista al batallón presidencial, recoge la bandera que, dice, le ha de servir de mortaja. El 27 de febrero dimite como jefe del Estado, después de que Francia e Inglaterra reconocieran al gobierno rebelde. La policía franquista le perseguirá incluso en el exilio, con la complicidad del gobierno del mariscal Petain, y la ayuda de la Gestapo alemana.

    Instalado inicialmente en Pyla-sur-Mer tiene que salir huyendo. Sus perseguidores saquean su casa, roban sus papeles, incluida la bandera, y detienen a Cipriano Rivas, que es condenado a muerte, pena luego conmutada.

    En septiembre se instala en Montauban, de donde se le prohíbe salir. Allí muere el 3 de noviembre de 1940, después de una larga enfermedad. Es enterrado el día 5, perseguido con saña hasta la tumba. Las autoridades francesas impiden que la bandera republicana cubra su féretro. La embajada mejicana presta su bandera y su protección.

    El señor que nos ha atendido en la entrada asegura que son bastantes los españoles que se acercan a rendir homenaje a esta tumba, de una sencillez solo equiparable a la de don Antonio, el exiliado de Colliure. Ambos fueron amigos. Machado prologó el libro –Los españoles en guerra– en el que se recogían los cuatro discursos decisivos que Azaña pronunció durante la contienda. Como tantos hombres y mujeres valiosos de aquel tiempo, ambos reposan en tierra ajena, en un exilio eterno.

    Cada año, en torno al 3 de noviembre, las autoridades locales francesas, acuden a realizar una ofrenda en representación del Estado francés, acompañada de un breve concierto de música clásica.

    Incluso después de muerto, la dictadura no cejó en los ataques a Azaña, focalizando en su nombre los males del republicanismo. Por si había dudas de quién instigaba la persecución la bandera hurtada en 1939 apareció en las dependencias de la policía española en Madrid en 1984. Los cuadernos robados por Antonio Espinosa permanecieron en poder de la familia Franco hasta que en 1996, dos décadas después de la muerte del dictador, su hija, Carmen Franco Polo, los entrega al Estado español. Por extraño que parezca nadie se vio en la necesidad de pedir algún tipo de responsabilidad por el robo.

    Salimos del cementerio de Montauban y de la ciudad con la alegría de haber cumplido un deseo largamente acariciado y con la pesadumbre de constatar una vez más la pena de olvido a la que han sido condenados los políticos e intelectuales de la República española.

    Por si te interesa conocer a Manuel Azaña:

    Biografía 👇

    Exilio 👇

    Fotos: ©Valvar

  • Pau

    Pau

    Pau es la capital histórica del Bearn francés. Del pasado conserva un castillo, varias iglesias y un aire de dama de buena estirpe. En épocas recientes ha añadido un funicular y un bulevar convertido en balcón sobre los Pirineos.

    Llegamos a Pau como primera etapa de nuestro viaje por el sur de Francia siguiendo el rastro de sus monumentos románicos, después de visitar Oloron y Marvaas, cerca de aquí. En principio solo es un lugar donde pasar la noche pero enseguida descubrimos una ciudad con enorme encanto, una ciudad provinciana con aires de dama aristocrática que luce sus joyas con discreción. Lamartine dijo de Pau que es la más hermosa vista de tierra, como Nápoles es la más hermosa vista de mar.

    La ciudad antigua se levanta sobre un promontorio coronado por el castillo que se divisa desde cualquier punto de la ciudad y alrededores, con el río Gave a sus pies. El castillo feudal fue fortaleza de los vizcondes de Bearn, fortificado en tiempos de Gastón Febo, a quien se debe la construcción en ladrillo de la torre del homenaje, con una altura de 33 metros. Enrique de Albret y María de Angulema lo transforman en residencia real en el Renacimiento, que a lo largo de los siglos ha sido palacio real, imperial o nacional y, actualmente, museo. Es famoso porque el 13 de diciembre de 1553 vio nacer a Enrique III de Navarra, que habría de ser el primer rey Borbón de Francia, como Enrique IV, conocido como Buen Rey, monarca querido por los franceses. Educado por su madre en la fe protestante, se convirtió al catolicismo para ser proclamado rey. Suya es la frase París bien vale una misa. A él está dedicado el museo, en su interior guarda una notable colección de tapices flamencos y gobelinos de los siglos XVI al XVIII y algunas curiosidades como la llamada sala de los cien cubiertos, con su enorme mesa de roble, la cuna en forma de caparazón de tortuga en la habitación del rey o las porcelanas del apartamento de la emperatriz Eugenia.

    Cerca del castillo se encuentra el edificio que fue parlamento de Navarra. En el siglo XV el reino de Navarra se extendía al sur y el norte de los Pirineos, hasta que en 1512 Fernando II de Aragón, el rey Católico, en ese momento regente de Castilla tras mantener cautiva a la reina Juana I, conquistó en nombre de su hija la parte del reino al sur de la cordillera, conocida como la Baja Navarra. El rey y la corte abandonan Pamplona trasladando la capital del reino a Pau. En 1523 se instala en este edificio el Parlamento de Navarra y ahí se mantiene hasta la Revolución Francesa, en 1789.

    En el siglo XIX el buen clima de la ciudad atrae a algunos ingleses pudientes, para alojarlos se levantaron edificios señoriales que dan una pátina aristocrática a la ciudad. A esos visitantes debe Pau el Beaumont Park, al final del bulevar de los Pirineos y, quizá, contar desde 1856 con el primer campo de golf del continente europeo, el segundo centro de entrenamiento equino en importancia, o un estadio de aguas bravas único en el país para actividades acuáticas en el río Gave. En 1909 los hermanos Wright crearon aquí la primera escuela de aviación del mundo, luego transformada en escuela de pilotos del ejército francés. La ciudad conoce un nuevo impulso con la llegada del tren, al construirse la línea que lleva a Lourdes a miles de peregrinos.

    La calle Maréchal Joffre y la plaza Clemenceau, en la que desemboca la primera, son las zonas comerciales por excelencia, las que aportan el signo de distinción de toda ciudad de provincia que se precie. Ahí está el centro comercial Palais des Pyrénées y las Galerías Lafayette. Un touche de glamour.

    El bulevar de los Pirineos es un paseo de 1.800 metros al que se abre, entre otras, la magnífica plaza Real. En días claros desde el bulevar se disfruta de bonitas panorámicas, razón por la que la ciudad se conoce como balcón de los Pirineos. En nuestro caso, el día estaba claro pero solo lo suficiente para entrever la cordillera.

    El perfil de Pau contra el cielo es una sucesión de torres, además de las del castillo las dos de la iglesia de San Jaime y la de San Martín. Ambas son obra del siglo XIX, de estilo neogótico, con bonitas vidrieras. La torre de San Martín mide 77 metros de altura.

    Para superar el desnivel entre el bulevar y la estación de ferrocarril, que está junto al río, desde 1908 funciona un funicular que sube y baja con una frecuencia de entre 3 a 5 minutos, gratis total. Nosotros lo utilizamos para descender del bulevar al río, paseamos un rato entre una agradable arboleda antes de cruzar el puente hacia el antiguo lavadero, situado a la derecha.

    En un jardincillo encontramos un cartel que habla de una etapa política penosa para Francia: la colaboración del gobierno de Vichy, liderado por el mariscal Petain, con las fuerzas alemanas de Hitler. «A la memoria de los 1070 muertos en el Campo de Gurs y de los veinte mil hombres, mujeres, viejos y niños, deportados víctimas de la cruel colaboración Vichy-Alemania«, reza el cartel.

    El lavadero es poco más que una vieja estructura de madera pero desde este punto se contempla una hermosa vista de la ciudad, al otro lado de un río que baja rápido y ancho, como la mayoría de ríos franceses.

    No lejos de aquí se encuentra una pequeña iglesia dedicada a Notre Dame du Bout du Pont, construida en el siglo XX en recuerdo del oratorio que hubo junto al castillo. Esta virgen se consideraba protectora de los pastores y de las mujeres parturientas. Se cuenta que a ella le cantó Juana de Albret antes del nacimiento de quien había de ser Enrique IV. Cosa inusual en Francia, encontramos la iglesia cerrada, parece que los domingos no es buen día para ver iglesias por estos lares.

    Pau conserva algunas viejas edificaciones, que coexisten pacíficamente con los edificios señoriales, en una de ellas una placa indica que ahí nació Charles Jean Bernardotte, -general de Napoleón- rey de Suecia por el deseo unánime de los suecos.

    Cenamos en un bistrot donde, siguiendo el ritual de todos los viajes a Francia, pido los caracoles a la bourgiñona, que, con el agua Perrier son mi santo y seña francés. Hemos elegido el céntrico hotel De Gramont, próximo a un aparcamiento, ya que la circulación rodada está bastante restringida en la ciudad. La vista desde nuestra habitación nos muestra una imagen resumen de Pau.

    Fotos: ©Valvar

  • Oloron-Sainte-Marie y Morlaàs

    Oloron-Sainte-Marie y Morlaàs

    Oloron-Sainte-Marie, capital del Alto Bearn, y Morlaàs, ambas en los Pirineos atlánticos, podrían pasar por dos pueblos más de la Francia del sur, a no ser porque guardan tesoros románicos que atraen visitantes de medio mundo: su iglesia de Sainte Marie, la primera, la de Sainte-Foy, la segunda.

    Oloron se articula en tres barrios: el de Notre Dame -con su enorme iglesia neogótica y neorrománica- y su paseo de Bellevue, con los Pirineos casi al alcance de la mano; descendiendo, el casco medieval de Santa Cruz, con su iglesia de igual nombre; y el entorno de la catedral de Sainte Marie, al otro lado del río Gave.

    Esta población de unos 10.000 habitantes, perteneció al reino visigodo de Tolosa, ya era sede episcopal en el siglo VI, pues su obispo Grat o Gratus asistió al concilio de Agde en tiempos de Alarico 👇. La ciudad, incluida la catedral, fue destruida por los vikingos en el siglo IX.

    Sobre sus restos, a partir de 1102 se construyó la nueva catedral a instancias del vizconde de Bearn Gaston IV el Cruzado. Un poco antes se había levantado la iglesia de la Santa Cruz, destruida a lo largo de los siglos y reconstruida en el siglo XIX, que conserva restos románicos muy deteriorados.

    También la catedral ha sido atacada sañudamente. En 1212, es incendiada durante las luchas entre albigenses y seguidores del papado. Todavía en el siglo XIII, se reconstruyen las naves añadiendo algunas capillas. En el siglo XIV se incendia la cabecera y, por si no fueran suficientes desgracias, las guerras de religión del siglo XVI entre protestantes y católicos la dañan aún más, de manera que es preciso reconstruirla de nuevo, ya en los siglos XVII y XVIII, ahora en estilo gótico. Únicamente la torre y la portada son románicas.

    Desde 1802, cuando se abolió la diócesis de Oloron, la iglesia es concatedral de la diócesis de Bayona-Oloron-Lescar. Fue restaurada en 1850 y declarada monumento histórico francés en 1939. Es patrimonio de la Unesco, por estar situada en el Camino de Santiago, en el trazado de la vía tolosana o de Arles.

    Partiendo de Burgos, llegamos a Oloron a mediodía de un domingo lluvioso de junio de 2024. En los tablones que rodean la iglesia se deshacen los últimos carteles de las elecciones europeas, celebradas el domingo anterior, haciendo hueco para las legislativas francesas ya convocadas.

    Hasta que alcanzas la portada la catedral podría pasar por un ejemplar gótico de los que tanto abundan en Francia, de buena factura y en razonable estado de conservación.

    Nos plantamos, pues, ante la portada occidental y, aunque vamos advertidos y a estas altura ya hemos visto bastante ejemplares de este tipo, nos quedamos admirados de la maestría de los viejos canteros románicos y del excelente estado de su trabajo, a pesar de las penurias sufridas por el edificio, protegido por el pórtico que forma la torre, adosada al imafronte de la iglesia.

    Se estima que esta portada es obra de dos talleres. El primero trabajaría a partir de 1120 en el tímpano y el parteluz, obra en mármol gris y talla en bajorrelieve. El segundo realizaría las arquivoltas, enjutas y el resto del conjunto en piedra de color ocre y talla en altorrelieve.

    El tímpano se distribuye en tres espacios. En el central se representa el Descendimiento de Cristo por José de Arimatea. A su lado aparecen la Virgen, San Juan Evangelista y una mujer que se identifica como una de las tres Marías. Bajo los pies de Cristo, un crismón con cabeza de bóvido.

    Bajo este relieve, dos nuevos tímpanos pequeños rodeados por una moldura de soga. En el de la izquierda, un nimbado Daniel en el foso de los leones; a la derecha, un personaje sujetando a dos leones alados. Se interpreta como representación del «señor de las bestias» o bien la ascensión al cielo de Alejando Magno ayudado por grifos.

    Sostienen el tímpano las jambas interiores y un mainel cuya columna parece aplastar a dos personajes con aspecto de atlantes, a los que se atribuye carácter negativo.

    En la arquivolta superior aparecen los veinticuatro ancianos del Apocalipsis con redomas e instrumentos musicales. En la clave, un Agnus Dei rodeado por una cinta sostenida por dos ángeles, con las inscripción IN CRUCE SALUS + IN CRUCE VITA.

    La arquivolta inferior representa la vida medieval cotidiana: la preparación de un banquete, la matanza del cerdo, la preparación del pescado, el despiece de un pato, la fabricación de un tonel, el corte del pan…

    En las bases de este arco, un león andrófago y un caballero victorioso.

    En las enjutas, dos soldados, procedentes, quizá, de una escena de Resurrección desaparecida.

    A uno y otro lado de la puerta dos columnas en cuyos capitales se aprecia un hombre en cuclillas y cuadrumanos atados con cuerdas.

    Cuando ya hemos ametrallado a fotos la portada, regodeándonos en cada disparo, pasamos al interior, de tres naves, magnífico también. Las pinturas de los muros y bóvedas son del siglo XIX. Cabe destacar su deambulatorio, el púlpito (siglo XVII), las vidrieras -de los siglos XVIII y XIX- el órgano barroco y una colección de relicarios. Como es habitual en las iglesias de Francia, la encontramos abierta, entramos y salimos sin encontrar a nadie.

    A la altura de la cabecera de la catedral descubrimos una escultura de Pierre Castillou representando la leyenda de Saint Grat, obra de 2007. Refiere esta leyenda que en el siglo VI, habiendo muerto en Jaca el obispo de Oloron, San Grat, los aragoneses y los bearneses se disputaban sus restos. Acordaron entonces confiar la decisión a la mula ciega del obispo. Llevada a un punto intermedio en el alto de Somport, colocaron sobre ella el cuerpo del obispo. La mula llevó al obispo a la iglesia de Sainte Marie.

    Este mismo Pierre Castillou, natural de Oloron, escultor, escritor de viajes, novelista e ilustrador, descubrió en 1997 en la Pastelería Artigarrede -situada en el nº 1 de la plaza de la Catedral- una losa grabada con las imágenes de Eva y Adán, al parecer procedente de un sarcófago. La pastelería, famosa en la ciudad por haber creado un pastel conocido como «el ruso», muestra el relieve en su interior. Lamentablemente, llegamos cinco minutos después de haber cerrado, privándonos a la vez de conocer a la seductora Eva y al angustiado Adán, y de probar la especialidad de la casa.

    Oloron nos ha concedido la ventura de su catedral y nada más. Porque el día lluvioso tapa totalmente la vista de los Pirineos, tan cerca y tan ocultos. Otra vez será.

    De Oloron nos dirigimos a Morlaàs, separadas por medio centenar de kilómetros y unidas por sendas portadas románicas que se dirían gemelas.

    Morlaàs tuvo sus días gloriosos entre los siglos X y XII, cuando fue capital del Bearn y llegó a acuñar moneda. Luego fue cedida a la Orden de San Juan de Jerusalén y, finalmente, los vizcondes de Bearn y la capital se trasladaron a Pau. A nosotros los señores de Bearn no nos interesan tanto como la iglesia de la Santa Fe, Sainte-Foy, construida para redimir sus pecados.

    Resultó que Centule V, vizconde de Béarn y Oloron, se había casado con Gisla, con quien estaba emparentado en grado que la iglesia consideraba prohibido. Ocurría esto en el siglo XI y el papa entonces reinante, Gregorio VII, escribió al vizconde mandando separarse de su parienta, en sentido lato del concepto, orden que acató el vizconde. No solo eso, sino que para expiar su pecado fundó el priorato de Sainte-Foy de Morlaàs, le dotó en abundancia y lo entregó a la orden de Cluny, a la sazón ejecutora de las directrices papales. En 1080 se construía la iglesia.

    Como el resto de templos en tierra francesa, también este ha sufrido una larga relación de ataques relacionados con las luchas de religión. En el siglo XIV se desplomó la bóveda, en 1520 la iglesia fue incendiada, luego saqueada y en la guerra entre hugonotes y católicos -siglo XVI- pasó a poder de aquellos. En 1620 volvió a poder católico. La Revolución francesa lo convirtió en «templo de la Razón». En el siglo XIX, los discípulos de Viollet-le-Duc vinieron a restaurar los destrozos aplicando el criterio historicista neorrománico del maestro. Parece que en este caso el destrozo no fue excesivo.

    Morlaás nos recibe con una pequeña tromba de agua, que enseguida amaina. Peor es que encontramos cerrada la iglesia, así que tenemos que conformarnos con ver únicamente el exterior. Si quieres saber cómo es el interior, aquí te lo explica Arteguías 👇

    La portada románica original data de alrededor de 1150. Un grabado del siglo XIX, anterior a su restauración, permite deducir que el arquitecto Bouey de Bayonne, trató de ser fiel al original en su intervención.

    La portada sigue el modelo de Oloron, el tímpano muestra un Cristo en Majestad dentro de mandorla acompañado de dos símbolos del Tetramorfos: el hombre -San Mateo- y el águila -San Juan- todos ellos sobre un crismón. Bajo esta escena se abren dos pequeños tímpanos semicirculares, el de la izquierda representa la matanza de los Inocentes y el de la derecha la huida a Egipto.

    El mainel que soporta el tímpano se apoya en una pareja de atlantes encadenados, similares a los de Oleron-Sainte-Marie.

    Las arquivoltas que orlan el tímpano representan aves, los veinticuatro ancianos del Apocalipsis portando redomas e instrumentos musicales y personajes sentados. Se apoyan aquellas en cuatro parejas de columnas en cuyas jambas se han labrado relieves de apóstoles. En los capiteles aparecen ángeles, personas rodeadas de tallos, animales, dragones y seres monstruosos.

    A primera hora de la tarde de este domingo la población aparece totalmente vacía hasta el punto de que no encontramos un bar abierto donde tomar un café, así que seguimos camino hacia Pau, distante una docena de kilómetros de Morlaás con el buen sabor de lo que hemos podido ver.

    Fotos: ©Valvar

  • Venecia

    Venecia

    Venecia es una ciudad que descansa en el subconsciente del alma viajera. La ciudad de los canales, la perla del Adriático, toda ella un museo al aire libre, una mezcla de arte bizantino, gótico, renacentista, barroco. Un mito que obliga a reconsiderar el valor de viajar según adónde.

    Esta peculiar ciudad lacustre, formada por 118 canales y más de 400 puentes, sostenida por pilotes de madera, fue una ciudad-estado, la más poderosa en el comercio marítimo en el Mediterráneo, encrucijada entre grandes imperios, pionera en el comercio con China. También conocida como La Serenísima, fue capital de la República de Venecia, gobernada por un dux o dogo. En el siglo XIX dependió de Francia y de Austria, hasta que en 1866 pasó a formar parte de Italia.

    Nosotros llegamos a Venecia recién jubilados, en un viaje que compartimos con Florencia, la ciudad de mis amores. Como todos sus visitantes, llegamos con el propósito de descubrir y disfrutar el encanto de esta ciudad, polo de atracción de millones de viajeros de todo tiempo y lugar antes que nosotros.

    Nos alojamos en el alloggi Santa Sofía descubierto tiempo atrás por una amiga que nos pasó la dirección a las demás. Tuvimos una entrada algo desalentadora: nos costó encontrar la Trattoria da Rino, donde debían darlos las llaves de la habitación, y, cuando acabábamos de deshacer las maletas, nos informaron de que había una avería en el agua caliente, que no se arreglaría hasta el día siguiente. Nos ofrecieron un estudio en la planta baja, más grande que el anterior y con patio particular, aunque con algún mosquito cadáver. Luego comprobamos que los mosquitos son una constante en esta ciudad lacustre. Salimos ganando con el cambio, amén de que el lugar no puede ser más céntrico, a la espalda de Ca d’Oro.

    La tarifa del alloggi incluía el desayuno, que se servía en la Trattoria Rino. El tal Rino era el patriarca de la familia. Sentado en una mesa junto a la puerta, hacía los honores de la casa a los visitantes. El alma del establecimiento era la mujer, el prototipo de esposa italiana, amable, cercana, atenta a todo. Observó nuestro desayuno y al segundo día nos ofreció un tarro de una mermelada hecha por ella misma. Por lo que pudimos colegir, las hijas se encargaban de la gestión del alloggi. Bien desayunados, cada día nos disponíamos a emular a Marco Polo: el descubrimiento de nuevas tierras y aguas.

    Habíamos sacado sendos pases para los vaporettos de una semana, el tiempo que permanecimos en Venecia. Al pagarlo puede parecer caro, pero en nuestro caso los amortizamos bien amortizados.

    En una ciudad tan peculiar, distinta a todo lo que conocíamos, la primera tentación es querer descubrir todo de golpe. Craso error, en pocos lugares como este conviene organizarse bien. Principalmente, para procurar no coincidir la visita a los lugares famosos con los horarios turísticos. Muchos de los visitantes pasan en la ciudad solo las horas centrales del día, luego siguen su itinerario a otro lugar. En todo caso, basta alejarse un poco del Gran Canal y adentrarse en la ciudad de los venecianos, la diaria, que es casi silenciosa, moderada, algo pobre pero digna.

    La primera vez que llegas a la plaza de San Marcos causa impresión, entiendes que Napoleón la considerara el salón más bello de Europa. Por muy preparada que vayas la realidad es impactante: por su riqueza, por su magnifcencia, por su belleza. La Venecia del Gran Canal y de San Marcos, llena de gentes de todas las lenguas, da una idea de lo que tuvo que ser en tiempo del dogo, cuando San Marcos era su capilla privada. Salvo que ahora las palomas pasan rasándote, y las cuadrillas de chicos y chicas quinceañeros, una legión de zangolotinos/as que llegan hasta aquí armando ruido, aturden con sus voces.

    Volvimos varias veces a horas menos concurridas y pudimos disfrutar de la grandiosa hermosura de San Marcos. El interior de la basílica, a pesar del tráfico humano que lo transita, da una cierta sensación de recogimiento, son admirables los panes de oro, el suelo de mosaicos, las cúpulas. Un edificio de clara influencia oriental, testimonio de las relaciones permanentes de paz y guerra con Constantinopla. Visitamos la Pala d’Oro y el pequeño museo donde se exhiben los caballos de bronce originales, copias de los cuales se han ubicado en una terraza de la fachada, traídos de Estambul. El mirador donde están ancladas las copias tiene el suelo de mármol y, aunque un poco peligroso si está mojado, ofrece una perspectiva amplia de la plaza y del palacio Ducal.

    El Colega se llevó un sofoco al ver a dos cuidadores del museo echando un pitillo recostados en las esculturas de los tetrarcas, situados en una esquina de la basílica. Este grupo de cuatro emperadores romanos del siglo IV, realizado en pórfido, fue traído también de Constantinopla en el siglo XIII.

    El Campanile de ladrillo era la torre de vigilancia desde la que se divisaban los incendios y la llegada de los buques. Frente a la elegancia del palacio ducal, el Campanile parece el invitado pobre de la fiesta. En la torre del Orologio se puede ver el reloj más famoso de Venecia.

    Las dos columnas que desde la plaza miran a la laguna están rematadas por el león -imagen icónica veneciana- y por San Marcos.

    También nosotros nos rendimos al tópico turístico y nos sentamos en la terraza del Café Florián, uno de los establecimientos famosos de la plaza, evocando la presencia de los muchos escritores, intelectuales y artistas que nos han precedido.

    No pudimos ver el Puente de los Suspiros, oculto por lonas publicitarias por estar en obras, como una parte del Palacio Ducal.

    El Guetto, el antiguo barrio judío, toma el nombre de la fundición que había en el lugar donde fueron confinados. Constreñidos en un espacio escaso, sus habitantes fueron edificando en altura para poder vivir: exactamente igual que sus descendientes hacen ahora con los asentamientos palestinos. Tenía yo entonces reciente mi viaje a Israel, así que la constatación de esta realidad removió alguna fibra mojada porque en el Guetto veneciano no pude evitar que se me saltaran las lágrimas.

    Venezia é romantica, reza uno de sus eslóganes. Quizá la Venecia mas romántica esta en las callejuelas desiertas de sus sestiere, los barrios o distritos en los que se divide la ciudad. Nosotros paseamos totalmente solos en las calles del barrio comprendido entre l’Orto y Fondamenta Nove, el Canareggio. Varias veces nos sentamos en una terraza del campo de San Giovanni y San Polo, junto al hospital, a saborear un capuchino mientras contemplábamos la estatua ecuestre del condottiero Bartolomeo Colleoni, que, realmente, parece a punto de saltar al campo y seguir el trote.

    En la primera ruta por el Canareggio llegamos a Santa María del Orto, iglesia presidida por una madona imponente, inacabada, serena. Los venecianos escriben sus deseos o sus preocupaciones y dejan las notas a la Virgen. El Colega, para no ser menos, dejó una nota en nombre de los dos, porque es sabido que los dioses -y las diosas- protegen a los buenos marxistas. Allí mismo nos ofrecieron un bono para visitar varias iglesias -entonces, nueve euros- así que continuamos el itinerario por San Polo -donde seguimos el rastro del comisario Brunetti, el personaje de Donna Leon- y Santa María dei Frari. Esta última, de la orden de San Francisco de Asís, es una edificación sorprendente, más parecida a un panteón de hombres ilustres que a una iglesia. En San Giobe, el Colega mareó al cura hasta que descubrió dónde se encontraban unas mayólicas de Della Robbia, que, en su opinión, es de lo mejor del sitio.

    San Alvise es una iglesia famosa por los lienzos de Tiepolo que cuelgan en sus muros. El Colega tiene la teoría de que este artista pintaba caballos con aire gay, de largas pestañas, así que todo fue entrar en la iglesia y dirigirse a la guía para que le confirmara su teoría. La buena señora, que, sola de toda soledad, esperaba alguna visita, le atendió con toda amabilidad mientras yo -que ya conozco el percal- me dispuse a hacer fotos del lugar. Pongo el acento en su amabilidad porque el Colega no habla italiano y la guía tampoco hablaba castellano. Inasequible al desaliento, cuando, un buen rato después, me reuní con el Colega, la señora le proponía debatir sus dudas con algún profesor de arte pues ella no era capaz de aclarar sus dudas. Es una guía muy competente, admitió el Colega. Mientras él aclaraba las dudas metafísicas sobre caballos, yo había descubierto un reclinatorio propiedad de una familia de apellido singular: Familia Follador.

    Al final del recorrido, cuando ya no distinguíamos a Tiépolo de Tintoretto y Tiziano de Bellini, hicimos un alto para comer en Patatina: el Colega, poco aficionado al pescado azul, pidió un plato de pescado blanco y marisco, mientras yo comía unas sardinas “saor”, riquísimas. Como siempre que salimos de casa, buscamos los restaurantes frecuentados por los naturales del lugar. Suele ser la elección más segura, excepto si nos ven cara de guiris: en la Cantina de Venecia nos tuvieron esperando una hora y nos pegaron una clavada. Menos mal que yo me había tomado media docena de ostras. Me podían quitar lo bailao. En la Strada Nuova, cerca del alloggi, comimos en el Pascualingo: mejillones, bacalao con polenta, risotto de pescado y sardinas saor. El lugar es muy confortable, máxime después de habernos pasado por agua en uno de esos días lluviosos con que también obsequia Venecia.

    Cerca de San Marcos recalamos en Alla Rivetta, un local frecuentado por los gondoleros de la zona. Pelín caro, pero buena comida: legumbres a la plancha, fritura de pescado y sepia en su tinta, tiramisú y café, vino blanco y agua. Allí nos encontramos con dos parejas de españoles muy salados, a los que acabamos aconsejando dónde comer asado en Aranda.

    Paseando tranquilamente nos acercamos a la Fenice, uno de los teatros de ópera más famosos del mundo. Nos conformamos con verlo por fuera. En cambio asistimos a un concierto de música en Santa María del Orto.

    En la estación de Fondamenta Nove tomamos el vaporetto que conduce a Burano y Murano. El primer día nos cogió un chaparrón y tuvimos que acortar la visita. El Colega se encomendó a la Virgen del Orto para que cesara la lluvia y, parece que le hizo caso porque el tiempo se despejó y pudimos resarcimos el segundo día. El extremo norte de la laguna parece abandonado, como fijado en otro tiempo.

    La isla de Burano es una alegría para la vista, con sus casitas bajas de colores y sus tiendas de labores. En Burano la especialidad son los bolillos – merletti – labor a la que tradicionalmente se dedicaban los hombres. Al parecer, ya no se dedican ni hombres ni nadie porque en las tiendas lo que menos había eran puntillas o labores merletti. Otro atractivo de la isla es su torre inclinada, por razón de la fragilidad de los suelos, pero ésta no llama mucho la atención. Primero, porque su inclinación es poca y segundo por aquí el fenómeno es frecuente. Si algún día se decidiera a caer, el riesgo es que la torre laminará a la gendarmería local.

    Murano es una isla dedicada al vidrio, toda ella es una tienda contínua de objetos de cristal, algunos realmente valiosos y todos caros. La sobreabundacia agobia un poco. Me gustó ver cómo trabajaban el vidrio en los talleres, los antepasados de estos maestros llevaron sus conocimientos a los vidrieros de Mallorca, donde Gordiola mantiene la tradición del oficio. Estando en Murano es imprescindible visitar la iglesia de Santa María de Donato, románica con influencia bizantina.

    De vuelta de Murano, visitamos el cementerio de San Michelle donde está enterrado el matrimonio Stravinsky y otros muchos personajes famosos. Es un lugar evocador y plácido, un sitio hermoso donde descansar para siempre.

    El vaporetto atraviesa la laguna hasta el Lido, la única isla por la que circulan coches. El sol estaba nublado, lo que contribuía a acentuar su aire decadente, tan bien retratado por Luccino Visconti en su película Muerte en Venecia. No vimos a Tadzio ni a Gustav, ni falta que hacía.

    En nuestros paseos por las calles venecianas muchas veces atravesamos el puente de Rialto, también visitamos el mercado y la estación de Santa Lucía, a la que habíamos llegado desde Florencia.

    Un momento inolvidable, de una belleza sobrecogedora, lo vivimos en la laguna, justo cuando caía la tarde y el sol se ocultaba tras la Salute, el único de los monumentos donde no nos cobraron la visita, quizá porque estaba en obras.

    Hemos de reconocer que en nuestra estancia Venecia nos obsequió con una demostración de sus habilidades. Disfrutamos del sol, pero también de la lluvia, todo en grandes dosis. Uno de los días no es que lloviera, es que se abrieron los cielos como un anuncio del diluvio. Al día siguiente vivimos el fenómeno del acqua alta, oímos las sirenas advirtiendo de ello, y en la plaza de San Marcos tuvimos que andar sobre los pasadizos elevados dispuestos para que los viandantes no se mojen los pies.

    Como solemos, pegamos la obra con algunos venecianos. Los gondoleros nos parecieron amables, entre corteses y distantes, sin agobiar con sus servicios. Por entonces aún estaban irritados con las barcas a motor que, además de ser una dura competencia, contaminaban los canales.

    La contaminación es uno de los graves problemas que aquejan a la Venecia actual, provocada por el enorme tráfico de buques -especialmente los grandes cruceros- y de personas. Conocer Venecia nos gustó mucho pero nos dejó un poso de tristeza. La ciudad está amenazada y los visitantes no somos ajenos a ello. Pensamos en la necesidad de reconsiderar el valor y los efectos de un turismo de masas que se mueve sin advertir las huellas que deja en su paso acelerado por lugares en peligro.

    El último día nos sentamos en la ribera del Vin, en el Gran Canal, a tomar un capuchino, dejando discurrir el tiempo al paso de las góndolas y los vaporettos. Por la noche, dimos un paseo por el Gran Canal para despedirnos de la ciudad. Al día siguiente atravesamos la laguna hasta el aeropuerto. Chao, Venecia. A ella volvemos muchas veces. Mas ya, sólo con el recuerdo.
    Fotos: ©Valvar

  • Oña

    Oña

    Oña es una población de la comarca de la Bureba (Burgos) vinculada a los orígenes de Castilla. Su monasterio de San Salvador llegó a ser el más poderoso del reino, en pugna con el obispado burgalés, y sigue siendo su principal valor patrimonial y artístico, aunque no el único.

    Que Oña👇 estaba llamada a ser un lugar destacado en el arte y en la historia ya debieron intuirlo los habitantes de Barcina de los Montes, en sus inmediaciones, donde en 1915 se descubrieron pinturas prehistóricas y grabados de animales, en un interesante complejo de cavernas. En 1916, los jesuitas encontraron en la Cueva del Caballón un bastón de mando con el grabado de una cabeza de rumiante, hoy desaparecido, datado en el Magdaleniense medio y superior. Y en la iglesia de San Salvador de Oña se conservan tres aras del siglo III de la tribu de los Autrígones, encontradas en la misma Barcina de los Montes. Estas aras hablan de un dios Vurovio, deónimo del deriva el vocablo Bureba, que de nombre a la comarca.

    Con todo, Oña aparece en la historia en el año 950, cuando Fernán González, primer conde independiente de Castilla, le concede los primeros privilegios. En 1011, su nieto, el conde Sancho García funda el monasterio de San Salvador. Su importancia espiritual y, sobre todo, económica marcaría la historia durante siglos. Llegó a atesorar más de 300 iglesias y de 200 villas, desde el Cantábrico al Arlanzón, desde el Pisuerga hasta Aragón. Su prestigio propició su elección como Cámara y Corte de los condes y reyes de Castilla, algunos de los cuales eligieron reposar aquí hasta la eternidad. https://oña.es/historia

    En un primer momento, el cenobio fue dúplice, esto es, habitado por monjas y monjes, de acuerdo con la tradición visigoda. Fue su primera abadesa doña Tigridia, hija del fundador, quien permanecerá al mando hasta la reforma del año 1033, cuando Sancho el Mayor de Pamplona introduce la regla benedictina, siguiendo las directrices del papado.

    Bajo el patronazgo del poder, el monasterio recibirá donaciones de obispos, nobles y pequeños propietarios. Los reyes, además de donaciones, cederán derechos y beneficios de tipo administrativo, judicial, militar o tributario, el abad ostentará el título de señor de Oña y al monasterio, un señorío de hecho, será una de las instituciones más influyentes y poderosas de Castilla.

    El patrimonio así obtenido igualaría y aún superaría al del obispado de Burgos, lo que dará lugar a frecuentes disputas entre el abad y el obispo a propósito de los diezmos que cobraba el monasterio y al que el obispado creía tener derecho, llegando al punto de tener que intervenir los papas. En 1218, el monasterio hubo de ceder algunos de sus beneficios -bula papal mediante- con lo que el obispo de Burgos pudo iniciar la construcción de la catedral en 1221.

    Tal desarrollo económico propició la existencia de una judería en la villa, pues los judíos eran los encargados de la recaudación de las rentas y de comercializar algunos bienes del monasterio, como las salinas, además de la gestión de préstamos, inversiones, arriendos de viviendas o comercio. Se cree que la sinagoga ocupó una casa de la calle Barriuso, próxima al ayuntamiento.

    El paso del tiempo no hizo sino aumentar la influencia del monasterio. En 1544 Oña tenía una renta próxima a los 100.000 maravedís. Medio siglo después la renta total ascendía a 1.822.283 maravedís. Se cuenta que Carlos I llegó a pensar en él como lugar de retiro, aunque acabo eligiendo Yuste. De Felipe II se cuenta que, admirado de la belleza del entorno y de los bienes artísticos del cenobio, preguntó por dónde se entró en el valle tan cercado magnificencia tanta.

    Pero aquí, como en tantos otros lugares, el siglo XIX supuso un cambio radical. Las tropas de Napoleón saquearon y expoliares parte del patrimonio artístico reunido durante ocho siglos. Las desamortización que siguieron supusieron la salida de los benedictinos y el cambio de dueños y de uso del monasterio. La iglesia monacal pasó a manos del arzobispado de Burgos, lo que permitió la conservación de parte del patrimonio artístico y cultural. El monasterio, en cambio, salió a subasta, pasó a propiedad privada y fue expoliado.

    En 1880 los jesuitas ocuparon la antigua abadía, convirtiéndola en Colegio Máximo👇, con las Facultades de Filosofía y Teología, y un centro de educación para estudiantes de bachiller. Obligados a abandonarlo entre los años 1932 a 1939, volvieron tras la guerra civil y aquí permanecieron hasta que en 1968 la Diputación Provincial de Burgos compró las instalaciones para convertirlas en centro hospitalario y asistencial. Los jesuitas trasladaron su universidad a Deusto, donde permanece. La biblioteca del Colegio Máximo, más de 60.000 volúmenes, incluidos 23 incunables, 2.000 libros del siglo XV y alrededor de 20.000 de los siglos XVII y XVIII se incorporaron a la biblioteca de la Universidad Pontificia de Comillas en Madrid. El continente, es decir, la biblioteca que había sido construida para el Colegio Máximo de Oña, se desmontó pieza a pieza y se trasladó al Monasterio de San Agustín de Burgos.

    A la caída del Antiguo Régimen y la consiguiente pérdida de los privilegios señoriales, la Muy Leal y Valerosa Villa de Oña pasó a ser un municipio constitucional con medio millar de habitantes. Hoy, sobrepasa ligeramente el millar.

    Llegamos a Oña cuando aún queda tiempo para que abra la iglesia así que aprovechamos para dar una vuelta por la población👇. En la plaza del ayuntamiento se encuentra la iglesia de San Juan Bautista, obra realizada entre los siglos XII al XVI, en una mezcla de estilos. Junto a ella se levanta la torre de San Juan👇, propiedad municipal, recientemente restaurada, que acoge un museo de la Resina, industria hoy desaparecida pero que tuvo gran importancia en Oña.

    Hemos elegido para visitar Oña un martes de marzo y la villa parece un poco aletargada. Impresión que no se corresponde con la actividad que desarrolla su vecindario. Buena parte de ellos participa en la representación histórica El Cronicón de Oña👇, que cada año se ofrece en el mes de agosto.

    De su época señorial conserva algunos escudos en las fachadas de viviendas que fueron de personajes principales. Pero entonces como ahora, el nombre de Oña sigue indisolublemente ligada a San Salvador. El conjunto monumental formado por la iglesia -propiedad del arzobispado de Burgos- y el antiguo monasterio -propiedad de la Diputación- fue y sigue siendo su mayor patrimonio. De momento, solo se visita la primera; la segunda está pendiente de atribución de contenido.

    Hacemos tiempo para visitar la iglesia tomando un café en el bar El Rincón del Convento, desde el que se contempla la enorme fachada del monasterio, con su cubo o torre de Adán, que fue cárcel de los monjes hasta el año 1610. En la misma plazuela se levanta una escultura del conde fundador.

    La fachada es del siglo XVII👇; en sus hornacinas, las estatuas de los condes y reyes que descansan en los panteones de la iglesia. A un costado de la escalinata que conduce al templo, una estatua de fray Pedro Ponce de León, monje benedictino que fue pionero en la enseñanza a los sordos en su propio lenguaje. Fue erigida en 1984, al cumplirse el cuarto centenario de su muerte.

    A la iglesia abacial de San Salvador👇se accede mediante tique. Un sistema de lectura de código QR a través del móvil del visitante permite seguir el itinerario de la visita: la iglesia, la sacristía, la sala capitular con restos románicos, y el claustro gótico.

    Como cabe esperar de una abadía que acumuló tal riqueza, nos encontramos en un despendole de esculturas, pinturas, rejas, retablos, sepulcros, sillerías, y objetos propios del lugar en una mezcla de estilos que van del románico al barroco, del egipcio al romano, pasando por el mudéjar, árabe, gótico o renacimiento.

    Ya de entrada, el pórtico románico del siglo XI tiene una bóveda decorada con frescos hispano-flamencos realizados en el siglo XV por fray Alonso de Zamorza, conocido como el maestro de Oña, y con una puerta gótico-mudéjar, obra de fray Pedro de Valladolid. Eso, antes de entrar en la iglesia, cuya explicación más detallada encontrarás aquí 👇.

    De ella diré solo que que mide 83 metros de largo, 20 de ancho y 18 de alto y que ya en el primer tramo tiene cuatro retablos dedicados a San Froilán, Santa Gertrudis, Santa Trigidia y San Benito; que su bóveda gótica, proyectada por Juan de Colonia y realizada en 1450 por Francisco Díez de Presencia, mide 400 metros cuadrados; y que sus panteones son una obra gótico-mudéjar única en el arte funerario medieval europeo, elaborados en nogal y boj por los monjes de la abadía.

    Yacen en ellos el fundador del monasterio, Sancho García, muerto en 1017 y su esposa, Urraca; su hijo García Sánchez, asesinado en León en 1028; el rey de Castilla Sancho II el Fuerte, asesinado por Vellido Dolfos en Zamora en 1072, de quien se dice que fue el Cid quien lo trajo a enterrar en Oña; el rey de Navarra Sancho el Mayor, muerto en 1035, y su mujer, la reina doña Mayor, fallecida en 1066. Aquí están enterrados también los infantes Alfonso y Enrique, hijos de Sancho el Bravo; García, hijo de Alfonso VII llamado el Emperador.

    Pasamos por la sala capitular al claustro, obra de Simón de Colonia, que aquí trabajó entre 1503 y 1508, dejando una obra magnífica que han admirado durante generaciones y generaciones quienes han tenido ocasión de visitarla. Se destaca en él una reja románica, en el sepulcro del obispo González Manso, que es, sin duda, valiosa. Pero, entre tanta belleza, me llaman la atención varios epitafios en otros tantos sepulcros.

    ¿Cuánto han costado los tiques?, pregunta el Colega a la salida. Cuatro euros, el doble que en Frías, se nota que allí cobra el ayuntamiento y aquí la iglesia, respondo. Que no diré que con ello quieran resarcirse de los diezmos que dejaron de cobrar del monasterio, pero al menos podían dejarnos hacer fotos a todo el recinto eclesiástico y no solo al claustro.

    Fotos: ©Valvar

  • Frías y Tobera

    Frías y Tobera

    Frías es una ciudad medieval que se yergue en lo alto del cerro de la Muela donde cimienta su castillo, desde el que se divisa un magnífico puente medieval y una amplia extensión de la comarca burgalesa de las Merindades. Su barrio de Tobera obsequia al visitante con un arrullo de agua en un paisaje salvaje.

    Tanto de cerca como de lejos, Frías👇es de una belleza monumental impresionante. No en balde esta ciudad, tenida como la más pequeña de España, pertenece a la asociación de los Pueblos más Bonitos. Con Poza de la Sal y Oña forma la mancomunidad Raíces de Castilla.

    Frías -derivación del nombre originario Aguas Fridas– ocupa un lugar estratégico y de comunicaciones, junto a ella, salvando un vado del río Ebro, discurre la calzada romana que une la meseta con las tierras cántabras, vascas y castellanas. De aquí parte también otra calzada que comunica con La Rioja. El lugar aparece en la primera fase de repoblación de las tierras del Alto Ebro, en el siglo IX. En tiempos de Sancho III el Mayor perteneció al reino de Navarra; tras la derrota de Atapuerca pasa al dominio de Castilla.

    En 1201, Alfonso VIII compra el lugar con su castillo a los Armengol y al año siguiente la dota de fuero -y de la condición de villa- y la convierte en centro viario y defensivo. Se sabe que por entonces estaba ya amurallada. Fernando III confirmará el fuero en 1212 y Alfonso XI lo completará en 1322.

    En 1435, el rey Juan II le concede el título de ciudad. Empero, ese mismo rey la entregará a Pedro Fernández de Velasco, conde Haro, a cambio de Peñafiel, perdiendo su condición de realenga, y parte de sus privilegios, y pasando a señorío. Los nuevos señores, dejan de respetar el fuero e incrementan los impuestos, lo que provoca la rebelión de los fredenses, pronto dominada por los Velasco. En recuerdo de esta sublevación, se celebra cada año la Fiesta del Capitán👇 el domingo más próximo al 24 de junio, festividad de San Juan.

    Los Reyes Católicos crearon el ducado de Frías. En ese tiempo, con la expulsión de los judíos, desaparece la judería. En el censo de Floridablanca (1787) aparece dentro del partido de Castilla la Vieja en Burgos, entre los pueblos solos, con señorío secular ejercido por el duque de Frías, con alcalde mayor de señorío y otro ordinario. Con la caída del Antiguo Régimen Frías forma ayuntamiento constitucional, actualmente integrado en el partido de Villarcayo.

    El castillo roquero👇, cuya silueta se recorta desafiante y firme, es heredero de la fortificación existente en los siglos IX y X, el resultado de un proceso constructivo que se desarrolla entre los siglos XII al XVI, iniciado por Alfonso VIII, a cuya iniciativa corresponde la vertiente sur del patio de armas, con sus ventanales románicos, y continuado por los duques de Frías, que lo ampliaron y lo convirtieron en su palacio.

    Hay tantas razones para visitar Frías como visitantes la frecuentan cada año. Nosotros la descubrimos hace muchos, muchos años y caímos rendidos a sus encantos. Desde entonces hemos vueltos muchas veces, la última de ellas un día primaveral de 2024, con la intención de lograr un primer plano de los capiteles románicos, que se nos habían negado en otras ocasiones.

    Dejamos el coche en el aparcamiento, pues está prohibido el acceso rodado por el casco urbano, y emprendemos con buen ánimo la cuesta arriba por el camino de ronda, que sigue igual de arriba pero cada vez nos parece más cuesta.

    Nos dirigimos a la Oficina de Turismo para comprar los tiques de acceso al castillo, donde un letrero nos advierte que se encuentra cerrado por encontrarse la persona encargada realizando una visita guiada. Juramos en arameo, solo con el pensamiento, para no desanimar al grupito de personas que espera en la explanada.

    El Colega -que en alguna otra de sus vidas anteriores quizá ha sido ardilla- salta un murete y se pasea por el borde de los peñascos dispuesto a hacer fotos como si tuviera que topografiar el castillo. A mí se me pasa el malhumor cuando veo abierta la puerta de la fortaleza. Un nuevo cartel advierte de que no se sobrepase el portón sin disponer de las entradas. Con algo de remordimiento paso de largo, mientras noto a mi espalda la mirada de reproche del grupo que espera.

    En el pecado llevo la penitencia. El sol, brillante como recién pulido, se toma la revancha y abraza los capiteles con un fuego antifotos, sin que haya forma de encontrar un ángulo adecuado para obtener una imagen digna de tal nombre. Según parece, en estas tres ventanas geminadas del muro sur, lo único románico que queda de la fortaleza, a comienzos del siglo XIII trabajó el mismo taller que dejó prueba de su maestría en las iglesias de Soto de Bureba y Hermosilla, en la comarca de la Bureba. Los capiteles representan escenas de lucha, un caballero cristiano derrotando a un musulmán, otro caballero persigue a una centaura que amamanta a un niño.

    Dejo a la centaura y a sus acompañantes en su eterna pelea, a la espera de mejor oportunidad. Me paseo por el recinto recordando nuestra primera visita, cuando escalamos hasta la torre del homenaje.

    Al cabo de un rato llega el Colega, viene informando a una señora sobre la importancia histórica de Frías. Tras él llega la persona que atiende la Oficina de Turismo y el grupo que esperaba. Cuando Se dirige a la oficina la seguimos para sacar los tiques. Hemos entrado al castillo por nuestra cuenta, estábamos pensando hacer un bizum, me justifico. Ella se disculpa por la ausencia. A veces no damos abasto, dice. (Ay, cuánto tienen que aprender algunos parlamentarios de maneras y cortesía de la gente común que se gana el sustento con menos facilidad que ellos)

    Con la conciencia tranquila y un plano de Frías nos encaminamos a la iglesia de San Vicente👇, que ocupa el espolón opuesto del cerro de la Muela. Un caso de mala suerte, el suyo. En origen formaba parte del amurallamiento de Frías. Ejemplar de románico tardío, su torre se desmoronó en 1904 y la reconstrucción se hizo buscando una imagen moderna. Para financiar la modernidad se vendió la puerta románica, hoy en el Museo de los Claustros de Nueva York.

    Lo poco románico que se salvó se puede ver en el interior de la iglesia, un totum revolotum algo desconcertante. En la parte superior del retablo mayor se distingue una imagen de la Virgen, de un románico tardío, conocida como la Virgen de la Puente o de la Candaja. Procede de una pequeña iglesia, ya desaparecida, que se encontraba junto al puente. El reloj de esa iglesia es el que pende ahora en un cubo del castillo.

    La capilla de la Visitación, corresponde al siglo XVI, fue fundada por el matrimonio converso formado por Juan Sánchez de Ochandiano, recaudador del conde de Haro, y Juana Sánchez de Medina, cuyos sepulcros se encuentran en ella. Destaca su excelente rejería de forja y el retablo debido al pintor Juan de Borgoña. En el exterior hay un arco plateresco del siglo XVI, obra de los mismos arquitectos de la capilla de la Visitación.

    Descendemos del cerro desandando el camino de subida y admirando el curioso urbanismo fredense. Sus casas están hechas de toba y madera, adheridas a la roca, de manera que forman casas colgadas, envolviendo la piedra de la Muela.

    En la parte alta vivían los señores y los cristianos viejos, en la parte inferior, los judíos y conversos. La iglesia de San Vitores era la parroquia de este arrabal. En el siglo XVI el desprendimiento de una roca derribó las bóvedas. Otra roca desprendida, ya en el siglo XIX, causó una treintena de muertos.

    Cerca del Ayuntamiento se conservan los muros de la que fue casa de Hernando de la Torre, enrolado en la expedición a la Especiería mandada por García Jofré de Loaysa, en la que perecieron el propio Loaysa y Juan Sebastían Elcano.

    A la salida de Frías nos topamos con la que queda del convento de San Francisco👇, existente ya en 1228, con una comunidad de veinte monjes, que gozaban de ingresos saneados. Los siglos operaron en su contra pues en el XIX, cuando Mendizábal ordenó la desamortización de los bienes eclesiales, se había reducido a la mitad. El convento fue abandonado, vendido y convertido en viviendas y almacenes.

    En las primeras décadas del siglo XX un incendió destruyó lo construido, dejando en pie los muros verticales y lo que fue iglesia, convertida hoy en almacenes. La sillería de este convento se trasladó a la iglesia de San Vicente.

    Otra de las riquezas monumentales de Frías se encuentra a un tiro de piedra de la ciudad: el puente medieval👇 sobre el río Ebro. Era una importante vía de comunicación, por él transitaban las mercancías y los mercaderes a Bilbao. Fue varias veces reconstruido en el Edad Media.

    Inicialmente románico, su perfil se adapta al curso del río. Consta de nueve arcos, los centrales más apuntados. La torre es de planta pentagonal, rematada en almenas. Para atravesarlo era preciso pagar el pontazgo.

    Su longitud de 143 metros, su anchura, de 3,45 metros, la altura de 113 metros desde el agua al pretil más alto y otros tantos hasta la torre hacen de él uno de los mejores ejemplos de puentes fortificados de España.

    La perspectiva de Frías es monumental de cerca, de lejos y desde cualquier punto en que la mires. En su castillo medimos nosotros el paso del tiempo. Suba usted sin miedo, señora condesa, bromeaba el Colega, ante mi proverbial torpeza trepadora, cuando subimos a la torre del homenaje. Luego, hemos ido desescalando.

    Hace años hicimos unas bonitas fotos desde el nivel inferior a la torre. Ahora, ni me acerco a la escalera.

    Ya que estás en Frías no puedes perderte el espectáculo gratuito que ofrecen las cascadas de Tobera👇, un barrio suyo desde 1489. Responsable de los saltos de agua es el río Molinar, poco más que un arroyo, que atraviesa los montes Obarenes, formando una estrecha garganta, desfiladero por donde discurría una calzada que unía la Bureba con Orduña.

    Los visitantes que llegan a este punto encuentran, todo junto, un puente medieval, una ermita y un oratorio, arrullados por el agua que baja de los montes.

    La ermita de Nuestra Señora de Hoz parece colgada en el enorme farallón que la cobija. El edificio servía de alojamiento a los peregrinos que se dirigían a Santiago. La portada y los muros conservan algunos relieves que parecen algo deteriorados.

    A un lado del camino que conduce a la ermita hay un pequeño oratorio dedicado al Santo Cristo de los Remedios, imagen que se encuentra en el interior. A los pies del Cristo una muda de una gran culebra evoca la leyenda de aquel correo de la reina castellana -se supone que la Católica, pero bien pudiera ser la reina Juana I- a quien al cruzar el puente de la tobera le salió un gran reptil. El caballo se desbocó del susto, con el jinete a cuestas. Temiendo por su vida, el correo se encomendó al Cristo de los Remedios, saliendo ileso del trance, motivo por el cual mandó construir el oratorio.

    Visitas hubo en las que estuvimos solos, si se exceptúa la compañía de un grupo de cabras autogestionarias. Hoy, el lugar es bastante visitado hasta el punto de que se ha habilitado un aparcamiento junto a la carretera. En nuestra última visita, había cola para fotografiarse haciendo posturitas sobre el puente.

    El barrio de Tobera ha dispuesto un itinerario desde este punto a su casco urbano para poder contemplar sus cascadas. Sea por esta vía o por la carretera, su cuidado caserío y sus saltos de agua merecen una visita. En un mundo tan acelerado y a veces áspero, hay que agradecer a los lugares que, como Frías y Tobera, solo ofrecen belleza y calma.

    Fotos: ©Valvar

  • Madrigal de las Altas Torres

    Madrigal de las Altas Torres

    Madrigal de las Altas Torres, ubicada en la comarca abulense de la Moraña, entre los ríos Trabancos y Zapardiel, es una villa medieval famosa por ser la cuna de la reina Isabel la Católica, nacida en el palacio de Juan II. El conjunto histórico monumental conserva, además del palacio, dos iglesias de estilo románico mudéjar, todo ello protegido por un amurallamiento igualmente mudéjar.

    Vinculada a los Reyes Católicos, aquí se celebraron en 1476 las primeras cortes de su reinado para que la primogénita de la pareja, la princesa Isabel, jurara como sucesora al trono de Castilla. Una especie de advertencia general del propósito de los reyes de afianzarse en el trono, pues por entonces aún duraba la guerra civil entre partidarios de la princesa Juana y de Isabel, hija y hermana, respectivamente, de Enrique IV.

    Siendo Isabel su hija más ilustre, en Madrigal nacieron el cardenal Quiroga, inquisidor general y arzobispo de Toledo en el reinado de Felipe II, Vasco de Quiroga, obispo de Michoacán (Méjico) y Alonso de Madrigal, prolífico escritor más conocido como el Tostado.

    Llegues desde donde llegues, para entrar en la villa has de atravesar una de las cuatro puertas de su muralla, ejemplo de arquitectura militar medieval y del sistema constructivo mudéjar👇. La cerca encierra una superficie de 39,04 hectáreas adaptándose a los accidentes topográficos del terreno. Consta de su existencia ya en 1302, pues ese año las cortes de Medina mandan su derribo por haberse levantado sin autorización del concejo de Arévalo, a cuya jurisdicción pertenecía Madrigal. El añadido “de las Altas Torres” es una licencia poética incorporada en el siglo XIX que, al parecer, alude a las torres de las murallas.

    Entrando desde Salamanca, llama la atención enseguida la iglesia de Santa María del Castillo👇, que debe el nombre a hallarse sobre una loma donde quiere la tradición que antes hubiera una fortaleza. De estilo románico mudéjar, muy reformada en el siglo XVI. Frente a la iglesia, una escultura homenajea a Vasco de Quiroga, uno de los hijos ilustres de la villa.

    Orientándonos por su torre, llegamos a la iglesia de San Nicolás de Bari👇, magnífico ejemplar románico mudéjar del siglo XIII, reformada en el XV. La torre que nos ha guiado tiene una altura de 65 metros. La puerta, frente al Ayuntamiento, está cerrada a cal y canto, por lo que nos quedamos sin ver su artesonado de nogal ni la pila donde fue bautizada la Reina Católica. En esta iglesia se celebró el matrimonio de Juan II y su segunda esposa, Isabel de Portugal, padres de la reina Isabel, y en ella fue ordenado El Tostado.

    El palacio de Juan II👇 ya era residencia real en tiempo de Pedro I de Castilla. Visto desde el exterior, palacio parece vocablo demasiado pomposo para lo que más parece una casona de la nobleza rural. Elegido como residencia de Juan II y su primera mujer, María de Aragón, fue acondicionado para albergar la corte, que aquí permaneció entre 1424 y 1497, cuando la traslada Isabel. Su nieto, Carlos I, donó el edificio a las monjas de la Orden Agustina, que hasta entonces se alojaban en un convento fuera de la muralla de Madrigal.

    A ese convento extramuros fueron confiadas dos de las hijas extramatrimoniales habidas por el rey Fernando👇, ambas de nombre María, que profesaron como religiosas y llegaron a ser abadesas del convento. En 1509, muerta ya la reina Isabel, Fernando solicitó del papa Julio II la legitimación de ambas para que pudieran ejercer el cargo de abadesa “sin ninguna duda ni escrúpulo de conciencia”. La mayor, conocida como la Excelenta, recibió una renta de 200.000 maravedíes, y la menor, de 100.000. En 1537 la hermana menor fue elegida abadesa del monasterio de las Huelgas (Burgos), donde murió en 1548.

    Enfrente del palacio se levanta el Real Hospital de la Purísima Concepción👇, promovido en 1443 por María de Aragón, la primera esposa del rey Juan II, para albergar a pobres y enfermos desamparados y financiado con los ingresos obtenidos por la venta de dos hospitales anteriores que no cumplían su función.

    Se cerró en 1943 y se abrió una década después convertido en comedor de niños pobres. En la década de los 80 del pasado siglo se convirtió en escuela-taller, fue restaurado y dedicado a usos culturales. La fachada columnada es obra del siglo XVI, en granito, con profusión de escudos reales.

    Durante el reinado de Juan II tuvo Madrigal una importante e influyente población judía, la tradición señala una casona de la villa como Sinagoga👇 Otro edificio notable, ubicado en la calle del Oro, fue la casona de Nicolás de Soto y Leonor de Vergara, del que solo queda un arco de piedra👇. Él fue médico de la casa real, primero como médico del príncipe Juan, heredero de los Reyes Católicos, y, a la muerte de este, como uno de los médicos de la familia real. Falleció en Tordesillas, cuando estaba al servicio de la reina Juana.

    En la villa se conserva una bodega monumental👇, mandada construir en el siglo XVIII por los frailes del convento de San Agustín👇, que se encontraba también extramuros, para guardar los vinos de sus amplios majuelos de verdejo.

    Este convento tenía una superficie de 50.000 metros cuadrados, con una fachada de más de 200 metros de longitud rematada por dos torres. El claustro era de estilo berroqueño herreriano. Intervino en su segunda construcción Nicolás de Vergara, ligado al arquitecto Juan de Herrera. Por ello y por sus proporciones, el convento fue conocido como el Escorial de Castilla. De este rico y poderoso convento no quedan sino cuatro muros en pie. En él vino a morir fray Luis de León el 23 de agosto de 1591, nueve días después de haber sido elegido prior de la Orden de San Agustín de la provincia de Castilla.

    Cuenta la leyenda que una adivina advirtió a un joven rey Fernando de que la muerte iría a buscarle a Madrigal, razón por la que desde entonces rehusó visitar la villa. Un malentendido como otro cualquiera pues la muerte, efectivamente, lo encontró en Madrigalejo (Cáceres), a los 64 años, cuando hacía doce que había enviudado de Isabel y once después de haberse casado con Germana de Foix, mujer más joven que sus hijas, con quien pretendía engendrar un hijo varón a quien legar la corona aragonesa.

    Sin llegar al nivel del malentendido real, nuestra visita a Madrigal se inicia con otro equívoco, este provocado por la web de Turismo de Ávila 👇. Señala esta web que el palacio de Juan II abre a las 9,30 y a esa hora el Colega y yo estamos en la puerta de la Oficina de Turismo prestos para empezar la visita, después de haber dado el primer paseo por la villa. Solo nos hemos cruzado con dos personas, que nos miran con cara de dónde irán estos con la que está cayendo. Porque, sí, hemos escogido un día coincidente con una DANA que ha hecho bajar las temperaturas al sótano, mientras los medios insisten en que no se salga a la carretera si no es imprescindible.

    Ahí estamos, pues, ateridos de frío y azotados por un aire gélido, esperando que abran la puerta. A las 10 llegan las dos personas que atienden la Oficina de Turismo, quienes nos informan que las visitas comienzan a las 11,30 y nos proporcionan un plano de la villa. Nos consolamos comprando alubias y volvemos al coche, desde donde hacemos un nuevo recorrido por el callejero madrigaleño.

    Aún estamos en ello cuando empiezan a llegar avisos de las herederas para que nos recojamos en casa, como procede a nuestra edad. ¿No habéis oído que hay alerta roja?, dice la Heredera menor. Las carreteras están cubiertas de nieve, insiste la Heredera mayor, 400 kilómetros al norte. Vía whatsapp les enviamos una foto para dejar constancia de que donde nos encontramos no hay ni un copo de nieve, pero emprendemos la retirada. Volveremos con mejor tiempo, cuando estemos seguros de encontrar las puertas abiertas.

    Fotos: ©Valvar

  • Alba de Tormes

    Alba de Tormes

    Alba de Tormes hace honor a su nombre. Vinculada a la Casa ducal de Alba, su castillo se mira en el río Tormes. Faltaría añadir su vínculo con Teresa de Jesús, la santa que vino a morir aquí.

    Repoblada a partir del siglo X, tras la fijación de la frontera en el río Duero, con leoneses y gentes de otras procedencias, el proceso se completa bajo la dirección de Raimundo de Borgoña y de la infanta Urraca, hija de Alfonso VI, durante el reinado de este, finalizadas las razias de Almanzor.

    En 1140, Alfonso VII el Emperador concede fuero al concejo de Alba como cabeza de Villa y Tierra, integrado por la población amurallada y las vecindades de Aldehuela, Amatos, Las Huertas, Martinvalero, Palomares, Tejares y Torrejón.

    En 1371, Enrique II de Trastamara entrega la villa al infante Dionís de Portugal, como dote de su hija Constanza. Pero el enlace no llega a celebrarse y la villa pasa a don Juan👇, hermano de Dionís y duque de Valencia, que es quien acaba casándose con Constanza. Beatriz de Portugal, la hija de este matrimonio, será señora de Alba hasta 1411, pasando entonces al patrimonio de los Infantes de Aragón. En 1429 los Infantes guerrean contra Juan II, y pierden la batalla, pasando el señorío a los Álvarez de Toledo, primer señor de Alba de la familia desde 1430.

    Otro Álvarez de Toledo, don Gutierre, obispo de Palencia, levanta el palacio, un hospital y el monasterio de San Jerónimo. En 1446 la hereda Fernando Álvarez de Toledo, que en 1439 había sido nombrado conde de Alba. Le sucede su hijo García, a quien Enrique IV le concede la dignidad ducal. A finales del siglo XV al frente de la Casa se encuentra Fernando Álvarez de Toledo, militar ilustrado y mecenas, apodado el Gran Duque de Alba. El castillo se convierte en un palacio, del que queda alguna muestra.

    Un siglo después encontramos en la villa Teresa de Cepeda y Ahumada, más conocida como Santa Teresa de Jesús, reformadora de la Orden del Carmelo. Ha llegado a Alba para asistir a la boda de su hermana Juana con Juan de Ovalle, contador de la Casa de Alba, y, de paso, fundar un monasterio de su Orden, a petición de Francisco de Velásquez y Teresa de Layz. El 4 de octubre de 1582, la Santa enferma y muere en el monasterio de la Anunciación.

    En los siglos siguientes la villa vivirá un paulatino declive provocado en parte por las grandes crecidas del río, en parte por las desamortizaciones de los bienes religiosos y en parte no pequeña por los hechos bélicos, como la guerra de la Independencia. Desde entonces Alba de Tormes trata de acomodarse al presente, sin olvidar sus glorias pasadas👇.

    Actualmente, es la capital de la comarca de Tierra de Alba. Una población de poco más de cinco mil habitantes ha apostado de manera decisiva -y al parecer eficaz- por la cultura.

    Aprovechando nuestra excursión por tierras salmantinas, en marzo de 2024 nos acercamos a conocer esta población. Andamos tras el señuelo del Apostolado de la iglesia de San Juan y, ya que estamos, ver el resto.

    Llegamos en un día gélido, con un viento que amenaza con arrastrarnos desde el castillo al Tormes. El castillo en realidad es una enorme torre, lo que resta del palacio fortaleza de la Casa de Alba. A esto ha quedado reducido, tras el paso del tiempo y de las tropas de Napoleón.

    El Ayuntamiento ha instalado en el recinto la Oficina de Turismo donde nos ofrecen todo tipo de información, un plano, horarios de visita y una tarjeta Alba Card que por seis euros nos abre las puertas de todos los monumentos. Una de las personas que atienden la Oficina nos acompaña en la visita al castillo, ofreciendo una explicación erudita y amena. Nos ofrece también la posibilidad de subir a la torre, invitación que el Colega acepta con su proverbial entusiasmo escalador.

    Mientras hago fotos de las ruinas excavadas y del entorno miro con preocupación hacia las almenas. Con el aire que hace, me temo que el Colega va a salir volando como Diego Marín Aguilera en la torre de Coruña del Conde 👇.

    Cuando finalmente baja nos dirigimos a la iglesia de San Juan👇, ejemplar de románico mudéjar construida en ladrillo y piedra a caballo de los siglos XII y XIII, muy reformada en los siglos XV y XVIII. Situada en la plaza Mayor de la villa, en su atrio se celebraban las reuniones de concejo, propias de las Comunidades de Villa y Tierra. Parte de la cabecera triabsidal exterior ha sido tapada por la edificación colindante. El campanario que se levanta a los pies de la iglesia es obra del XVIII. Los capiteles están algo deteriorados.

    La joven guía atiende en esos momentos a un grupo, nos sella nuestras tarjetas y nos permite el paso. Nos lanzamos a ver el Apostolado románico como si no hubiera un mañana. Se trata de un conjunto románico bizantino, labrado hacia el año 1200, en piedra originariamente policromada. Contra la que pueda parecer por la colocación de los personajes no se trata de una Última Cena sino de un Juicio Final. Cristo -el Buen Pastor- apoya su mano derecha sobre un báculo y en la izquierda sostiene un cetro, símbolo de su reinado. A su derecha se distingue a San Pedro con la llave; a la izquierda, a San Juan, a quien sigue Santiago, con la concha sobre el manto. Todos sostienen un libro, excepto San Pablo.

    En el muro lateral derecho se encuentra una Virgen sedes sapientiae del mismo autor que el conjunto apostólico. María aparece sentada como trono del Hijo, quien muestra el libro de la Palabra. Ambos en actitud de bendecir.

    Siendo este Apostolado lo mejor de la iglesia -y en nuestra opinión de la villa- la iglesia de San Juan reúne una muestra de la riqueza que otrora atesoró Alba de Tormes, realmente interesante. Muy hermosos los dos ábsides laterales.

    En el muro de la nave del evangelio cuelga un Calvario románico de transición al gótico, de madera policromada. El Cristo presenta un estado penoso de conservación. No es para menos si se tiene en cuenta que apareció emparedado en la iglesia de Santiago. Triste sino el del conjunto: las otras dos imágenes -una del siglo XII y otra del XIV- estuvieron igualmente emparedadas en la iglesia de San Miguel. La idea de las imágenes ocultas, cualquiera que sea la razón del ocultamiento, me pone de mal humor y despierta, quizá injustamente, mi vena anticlerical.

    Como en el castillo, la guía nos ofrecerá una explicación documentada y amena. Se aprecia en todas las personas que nos atienden un deseo de mostrar las riquezas de la villa con conocimiento y unas buenas maneras que en otros ambientes parecen estarse perdiendo.

    Visitamos luego la iglesia de Santiago👇, desacralizada, también de estilo románico mudéjar (XII), citada ya en el Fuero de 1140, por ser el lugar donde se celebraban las reuniones del Concejo. Se encuentra junto al hospital de peregrinos fundado en 1445 por Fernando Álvarez de Mendoza y de la antigua botica del hospital, convertida en Teatro de la Villa en 1842.

    De la construcción original conserva el ábside, decorado con arquerías trilobuladas claramente mudéjar, y la Torre del Reloj adosada al lado sur de la cabecera. La espadaña levantada en la vertiente norte es obra barroca muy posterior. El aire que ese día azota la comarca nos impide abrir la puerta, estamos a punto de abandonar cuando la guía viene en nuestro auxilio. El interior es de una nave rectangular con ábside semicircular.

    Ocupa el espacio el Museo de Alferería. Preciosos ejemplares de una artesanía que en Alba de Tormes alcanzó niveles de gran altura, que hoy defienden con tesón unos pocos alfares.

    La iglesia fue lugar de enterramiento de personajes ilustras: Gutierre, primer señor de la Villa; el caballero Antón Ledesma y su mujer; e Isabel de Urbina, primera de las dos mujeres de Lope de Vega👇, y su hija Antonia. La vinculación de la familia con Alba de Tormes se produjo en el tiempo -cinco años- que Lope ejerció de secretario del duque de Alba, un cargo mitad literario, mitad cortesano, en la pequeña corte renacentista que los duques habían creado en la villa.

    Ya se ha dicho que lo VIP de Alba de Tormes pasa por Santa Teresa y la saga ducal de los Alba. Vinculados con la primera están el Centro Teresiano/iglesia de San Juan de la Cruz, el Museo CARMUS y el monasterio de la Anunciación👇, fundado por la Santa en 1571.

    Reclamada por la Casa de Alba para que acompañara a la joven duquesa en el parto del nuevo retoño ducal, aquí vivió sus últimos días y aquí murió el 4 de octubre de 1582, en una pequeña celda, que se muestra debidamente adornada. Monasterio y museo forman un todo aunque puede visitarse por separado. Nosotros acudimos a presentar nuestros respetos a la Santa, mujer de gran valía, gran escritora, a quien le han sido racaneados reconocimientos que han brindado con generosidad a sus pares masculinos.

    Tres años después de su fallecimiento, la Orden quiso que los restos descansaran en Ávila. Al abrir el ataúd hallaron la ropa descompuesta pero el cuerpo intacto. La comunidad pidió entonces se le cortara un brazo como compensación por el traslado de los restos. El padre Gracián se quedó con el dedo meñique de la mano, que le fue sustraído cuando fue hecho prisionero por los turcos y que logró rescatar a cambio de joyas y de 20 reales. Los duques de Alba consideraron el traslado una afrenta y no pararon hasta conseguir que el cadáver volviera a sus dominios, consiguiendo que el papa Sixto V lo ordenara, so pena de excomunión. Así que en 1586 el cuerpo incorrupto de Teresa de Cepeda volvió al monasterio, siendo enterrado bajo nueve llaves, de las que tres quedaron en poder de los Alba.

    En 1670 se instaló en una urna de plata, comprobándose que permanecía incorrupto. Incorrupto, sí, pero muy mermado pues en Roma se guarda parte de la mandíbula superior y el pie derecho; en Lisboa, la mano izquierda; en Ronda (Málaga), la mano derecha y el ojo izquierdo; en París, un dedo; otro dedo en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) y otros dedos repartidos por el orbe cristiano. La mano derecha se encontraba en poder de las tropas republicanas y fue recuperada por las tropas franquistas durante la guerra civil, pasando a poder de Franco, quien la guardó toda su vida.

    En cuanto a las dignidades, la iglesia la canonizó en 1622 como Santa Teresa de Jesús. En 1626 la cortes de Castilla la nombraron copatrona de España con Santiago, pero los partidarios del apóstol lograron que se revocara el acuerdo. Un año después el papa Urbano VIII la proclamó patrona de España. Los carmelitas obtuvieron en 1726 del papa Benedicto XIII el establecimiento de la fiesta de la transverberación del corazón de Santa Teresa. Desde 1963 es alcaldesa honoraria de Alba de Tormes y desde 1965 patrona de los escritores por declaración del papa Pablo VI, quien también la nombró Doctora de la Iglesia junto con Santa Catalina de Siena.

    Pienso en al azaroso trajín de la Santa antes y después de muerta mientras contemplo la urna instalada en la parte superior del altar mayor que guarda los restos de la Santa y dos de sus reliquias más insignes: un brazo y su corazón.

    Antes de volver a Salamanca pasamos por la alfarería de Tomás Pérez👇, de donde nos llevamos unos cuencos de sopa de recuerdo.

    Empujados por el fuerte y frío viento, nos despedimos de Alba de Tormes con los versos de Garcilaso de la Vega, que también frecuentó estos lares: “En la ribera verde y deleitosa / del sacro Tormes, dulce y claro río, / hay una vega grande y espaciosa, / verde en el medio del invierno frío, / en el otoño verde y primavera, / verde en la fuerza del ardiente estío”.

    Verde estaba. A nosotros nos tocó el invierno frío.

    Fotos: ©Valvar