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  • Burgos (I)

    Burgos (I)

    Burgos es una ciudad de visita obligatoria para los amantes de la belleza. Atravesada de este a oeste por el Camino de Santiago, tiene un enorme patrimonio arquitectónico encabezado por la catedral, el monasterio de las Huelgas, la cartuja de Miraflores y el museo de la Evolución Humana.

    Para nosotros, este es un ejemplo de cómo se puede viajar por el arte, por la belleza y por la historia sin necesidad de desplazarse muy lejos. Es cierto que jugamos con ventaja porque durante unos años la ciudad fue nuestro hogar y, ya jubilados, aquí están nuestra casa alternativa, muchos de nuestros amigos y algunos de nuestros rincones favoritos. Burgos es una ciudad hermosa, muy por encima de sus defectos, que los tiene, y de sus sambenitos, no todos justificados.

    El mapa de la ciudad es un resumen de la historia de España. Aunque hay constancia de que en su entorno hubo asentamientos humanos desde la prehistoria su fundación se atribuye al conde Diego Porcelos en el 884. Fue capital del reino de Castilla desde 1230 hasta la llegada de los Reyes Católicos, quienes en 1512 dictaron aquí las Leyes que se aplicaron en la conquista de América, tenidas como fundamento de los derechos humanos, y una importante plaza comercial del norte de la península, especializada en el mercado de la lana.

    En el palacio de los Condestables recibieron los Reyes Católicos a Cristóbal Colón a la vuelta de su segundo viaje a América (1496). En Burgos se recabaron los fondos que costearon la expedición a las Islas de la Especiería (1519-1522), viaje iniciado por Magallanes y concluido por Sebastián Elcano después de dar la vuelta al mundo. En la imprenta de Fadrique de Basilea se imprimió la primera edición de La Celestina (1499).

    Como en otras plazas del país, en Burgos se asentaron las tropas francesas de Napoleón que, siguiendo su costumbre, arramblaron con cuanto encontraron de valor después de volar el castillo que coronaba el cerro de San Miguel. Finalmente, Burgos fue capital del gobierno rebelde tras el levantamiento militar de 1936.

    La catedral es la carta de presentación y el corazón de Burgos. Sus cuatro portadas se abren, respectivamente, a la plaza de Santa María -la portada principal-, la calle Fernán González -puerta de Coronería-, la Llana de Afuera -puerta de Pellejería- y la Plaza del Rey San Fernando -del Sarmental-.

    Iniciada en 1221, en el reinado de Fernando III, bajo el mandato del obispo Mauricio y siguiendo el modelo gótico francés, fue consagrada en 1260, si bien su construcción se prolongó durante siglos en nuevas capillas destinadas a enterramientos de personajes ilustres, como la de los Condestables, que es en sí misma otra catedral.

    En la seo burgalesa trabajaron los más destacados artistas de cada momento, conjugando gótico y renacimiento con soltura y acierto. Juan de Colonia proyectó sus agujas en el siglo XV y asesoró la construcción del cimborrio levantado a instancias del obispo Acuña, que se cayó estrepitosamente el 4 de marzo de 1539. Al año siguiente se iniciaba la construcción del cimborrio actual, proyectado por Juan de Langres y ejecutado por Juan de Vallejo. Un prodigio de ligereza y hermosura, admirable cualquiera que sea la creencia del observador.

    En la vertical del cimborrio, después de una peripecia secular, descansan los restos de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, y su esposa Jimena Díaz.

    Al siglo XVI corresponde el retablo de la capilla de Santa Ana, obra de Gil de Siloé, una auténtica maravilla.

    Casi al lado trabajó su hijo, Diego de Siloé en la Escalera Dorada que salva el desnivel del terreno y llega a la puerta de Coronería. Él y Felipe Vigarny trabajan también en los retablos de la capilla de los Condestables, obra de Simón de Colonia.

    De este tiempo también es la rejería del Maestro Hilario. Declarada patrimonio de la Humanidad en 1984, su visita agotaría una jornada completa y aún quedarían detalles pendientes. (Para una visita más detenida, clica aquí 👇). Sus claustros superior e inferior muestran el esplendor del Burgos de los siglos XIV y XV.

    Este Cristo atado a la columna de Gil de Siloé de la capilla de Santiago es algo difícil de olvidar.

    Antes de volver al exterior no olvides despedirte del Papamoscas, un autómata que abre la boca mientras marca las horas con su campana.

    Es fácil quedarse prendido de las agujas y pináculos de la catedral y del coro de ángeles que ven pasar el tiempo desde las alturas. Las gárgolas de la catedral tienen, entre su población, un asno.

    Entre la puerta de Coronería y el palacio de Castilfalé hay un banco. Siéntate tranquilamente y a ver si eres capaz de encontrar el espinario que se encuentra en la parte superior de esa puerta. (Gracias sean dadas a mi amigo Juan José Rodríguez que me lo descubrió desde las alturas del palacio).

    Durante años en cada visita a la catedral he chuleado ante el Colega de que yo había andado por los tejados de la seo burgalesa y visitado sus espacios secretos en un reportaje que hice tiempo ha, pero el año pasado él también pudo subir a las alturas y se me ha terminado el cuento.

    El monasterio de Santa María la Real de las Huelgas 👇es un exponente del poder de las mujeres de la nobleza medieval. Ideado como panteón real y fundado por Alfonso VIII y su esposa Leonor Plantagenet, fue encomendado a la Orden del Císter. Se decía que si el Papa de Roma hubiera de buscar esposa al nivel de su dignidad solo podría elegir a la abadesa de las Huelgas, tal era el poder que llegaron a acumular.

    La mayor parte del monasterio es de estilo gótico, salvo el claustro románico conocido como las Claustrillas y la capilla mudéjar de Santiago, donde permanece una imagen articulada portando una espada, representación del apóstol que, según la leyenda, armaba caballeros.

    En su Museo de Ricas Telas se muestran vestimentas y tejidos extraídos de los sepulcros del monasterio, además del llamado pendón de las Navas de Tolosa, arrebatado a los árabes en aquella batalla, tenido como el mejor tapiz almohade conservado.

    El monasterio pertenece a Patrimonio Nacional y es uno de los pocos lugares suyos en los que se permite hacer fotos. Las visitas son siempre guiadas, las tardes de los miércoles y jueves son gratuitas. Nosotros aprovechamos nuestras estancias en Burgos para visitar el cenobio al menos una vez al año y saludar a las grandes mujeres que allí reposan. En un rico sepulcro, adornado con las armas de los Plantagenet, descasa la reina Leonor Plantagenet, hija de Leonor de Aquitania, hermana de Ricardo Corazón de León y de Juan sin Tierra, madre de Enrique I y de Berenguela de Castilla, unida en la vida y en la muerte a su esposo, Alfonso VIII, A la derecha de esta sepultura doble, un sencillo sepulcro de piedra blanca, sin adornos ni blasones, guarda los restos de una reina grande, Berenguela de Castilla, quien cedió el cetro a su hijo Fernando, para reunir en él los reinos de León y de Castilla. No son las únicas pero ellas representan a las mujeres medievales, sabias y poderosas, que gobernaron con tino mientras ellos hacían la guerra. En nuestras últimas visitas hemos tenido la suerte de tener como guía a Vidal Postigo, quien, sin demérito del resto de guías, hace de cada recorrido una lección de historia muy entretenida.

    La Cartuja de Miraflores 👇está situada en el parque de Fuentes Blancas, a unos cuatro kilómetros del centro de la ciudad. Es otra de las fundaciones reales, en este caso de los Trastamara. Inicialmente fue pabellón de caza de Enrique III, su hijo Juan II cedió sus terrenos a los monjes para levantar un monasterio, que un incendio destruyó totalmente. En 1454 se inició el nuevo cenobio dirigido por Juan de Colonia y luego, por su hijo, Simón. En 1484, Isabel de Castilla mandó trasladar allí los restos de sus padres, Juan II y su segunda esposa, Isabel de Portugal, y de su hermano Alfonso, muerto en la adolescencia. La silueta de la iglesia recuerda un sarcófago orlado de pináculos a modo de velones.

    El conjunto es un compendio de escultura gótica religiosa y funeraria. El sepulcro de los reyes (1489-1492), de planta octogonal componiendo una estrella de ocho puntas, es obra de Gil de Siloé, ocupa el centro del presbiterio; el monumento funerario del infante Alfonso, también de Siloé, de tipo arcosolio, se encuentra en el lado del evangelio.

    El retablo policromado que preside la iglesia es también obra de Gil de Siloé, dorado por Diego de la Cruz, se dice que con el oro que Colón trajo de América en su segundo viaje. Constituye una exaltación del sacramento de la Eucaristía a la vez que un retrato del reinado de Isabel la Católica, quien mandó traer de Flandes las vidrieras.

    A la cartuja fueron traídos los restos de Felipe el Hermoso, muerto en Burgos en septiembre de 1506, y de aquí salieron por orden de la reina Juana I el 20 de diciembre del mismo año en dirección a Granada, donde quería ser enterrado y adonde llegó mucho tiempo después, en 1525, enviados por su hijo, el emperador Carlos V. En dependencias anexas a la iglesia hay un pequeño museo que, a pesar del expolio sufrido por el cenobio, conserva piezas interesantes, algunas de ellas donadas por la reina Juana I.

    El Museo de la Evolución Humana 👇, destinado a guardar los fósiles de cerca de un millón de años de los homínidos encontrados en la Sierra de Atapuerca, es lo más moderno de la ciudad. Obra del arquitecto Juan Navarro Baldeweg, se levanta a la orilla del río Arlanzón, que lo separa de la catedral, a la que mira de frente. El vanguardista edificio se alza en los terrenos ocupados otrora por el monasterio de San Pablo y luego por los cuarteles de Caballería.

    Concebido con un carácter didáctico, el museo exhibe los restos del Homo antecessor y numerosos hallazgos de especies preneandertales, la pelvis Elvis, el cráneo del Homo heidelbergensis bautizado Miguelón, reproducciones de la Galería de los Homínidos y una réplica del Beagle, el bergantín en el que Darwin viajó hasta las islas Galápagos, que le llevó a formular la teoría de la evolución.

    Los hallazgos de la Sierra de Atapuerca fueron reconocidos en el 2000 como Patrimonio de la Humanidad por la Uneso. El Museo de la Evolución se encuentra entre los diez más visitados de España.

    Frente al museo se puede contemplar una instalación que representa el proceso evolutivo de la humanidad, las esculturas de dos humanos, un hombre adulto y un niño. A lo que parece solo ellos, los hombres, han evolucionado. Las mujeres nacimos ya evolucionadas desde el amanecer de los tiempos.

    Entre los varios sambenitos que arrastra Burgos uno de ellos era la de ser una ciudad de militares y curas. Ya hablaremos del clero. En cuanto al aspecto militar, no hay que olvidar que los cimientos de la ciudad están en su castillo, mandado levantar por el conde Diego Porcelos en el año 884, como defensa frente al invasor árabe. Luego fue alcázar real, prisión, y residencia de nobles. Reconstruido en el siglo XV, los soldados franceses lo volaron al abandonar la ciudad en 1813.

    La ciudad se amuralló entre los siglos XIII y XIV. En sus casi cuatro kilómetros de longitud, con una altura de diez metros y tres de grosor, la cerca llegó a tener más de 90 torres y 12 puertas. Parte de los muros se derribaron para ensanchar la ciudad a partir del siglo XIX, aunque aún se conservan bastantes restos.

    Cualquiera puede hacerse una idea de cómo sería la ciudad medieval traspasando algunas de esas puertas: de San Juan, por donde llegaban los peregrinos; de San Gil, por donde entraban los carros con los productos procedentes de los puertos del Cantábrico; la mudéjar de San Esteban, tenida como la más hermosa de ellas; la de San Martín, llamada también puerta de Reinosa, por donde entraban los reyes después de haber jurado los fueros y privilegios de la ciudad. Tiene este arco una marca en forma de línea alargada que según unos indica la longitud de la Tizona, espada del Cid, y según otros, equivale a la vara de Burgos, medida de longitud antecedente del metro, usada durante siglos en España y sus áreas de influencia. La puerta de Santa María, quizá la más transitada a diario, fue reconstruida como arco triunfal eppn honor de Carlos I.

    A remachar este clavo militarista vino la sublevación militar de 1936, eligiendo Burgos como capital de la llamada España nacional. En el edificio de Capitanía, obra del arquitecto municipal Saturnino Martínez Ruiz, se proclamó el fin de la guerra civil. Fue sede de la VI Región Militar y actualmente acoge un museo regional militar.

    Así, pues, el carácter militar de la ciudad pertenece más bien al pasado. Más fácil que toparse con un militar el visitante corre el riego de hallarse inmerso en alguna de las muchas fiestas que aquí se celebran a lo largo del año. Los Titos por San Antón, el hermanamiento francés por San Lesmes, los carnavales, el canto de las Marzas, la Semana Santa, declarada de interés regional y nacional, la romería de la Virgen Blanca, la jira en el Parral por el Curpillos, incluso una fiesta cidiana. Todo ello con el acompañamiento de los gigantones, de las peñas o de los Danzantes, un grupo de doce niños menores de 14 años vestidos como pajes del siglo XVI, que danzan a los sones de dos dulzaineros y un tambor, acompañados de los tetines, adultos que dirigen a los danzantes, el tetín mayor vestido de azul, y los tres restantes, de verde. Los burgaleses pueden ser algo asperones, pero jaraneros, como los primeros.

    Fotos: ©Valvar

  • Cabos de Portugal

    Cabos de Portugal

    La costa de Portugal es la primera tierra que muchos navegantes divisan en su camino a Europa y la última que los despide cuando el barco abraza el horizonte. El Cabo de San Vicente, el de Roca y el Carvoeiro se adentran en el mar para recibir el último suspiro de quienes se alejan del continente europeo y el primer saludo de quienes a él llegan.

    El Cabo de San Vicente es la barbilla de ese rostro imaginario que forma la vertiente atlántica de la Península Ibérica. Una mole de piedra de 75 metros de altura que parece estar a punto de echarse a navegar por la mar océana hacia el infinito.

    Los romanos lo llamaron Promontorium Sacrum y lo dedicaron al culto del dios Saturno. Estrabón lo vio como el punto más occidental del mundo habitado. Toma su nombre en honor a San Vicente, un sacerdote español cuyos restos se cuenta que fueron encontrados entre los acantilados.

    Llegamos al famoso cabo en una excursión desde Lagos, donde pasábamos unos días playeros. Íbamos advertidos de que debíamos ir con tiempo si queríamos buscar un buen puesto de observación porque el lugar se llena de visitantes para despedir al astro rey y debíamos llevar ropa de abrigo porque en este punto se cruzan todos los vientos y no todos son cálidos. Bien abrigados, buscamos acomodo sobre aquellas rocas a la espera de la puesta del sol. Matamos el tiempo viendo el paso de los barcos que se dirigían al norte de Europa y evocando la cruenta batalla naval que aquí se desarrolló el 14 de febrero de 1797 entre las flotas española e inglesa que se saldó con una vergonzosa derrota hispana.

    El Tratado de San Ildefonso entre España y Francia obligó a los españoles a enfrentarse a Inglaterra. Componía la flota española 27 navíos de línea, once fragatas y un bergantín, un total de 2.638 cañones, incluidos los 136 del Santísima Trinidad, el mayor buque de guerra del mundo, al mando de José de Córdoba. Por el lado inglés, 15 navíos de línea, cuatro fragatas, dos balandros y un cúter, con un total de 1.430 cañones, al mando de John Jervis.

    La disciplina, el entrenamiento y la táctica británicas se impusieron a la superioridad numérica y humillaron a la flota hispana, que perdió 250 hombres y varios barcos. Los gaditanos recibieron con escarnio a los restos de la flota, que prácticamente no había llegado a entrar en batalla. José de Córdoba fue sometido a consejo de guerra y degradado. Cayetano Valdés y Horacio Nelson, contendientes en esta confrontación, volvieron a encontrarse en 1805 en aguas próximas, en la fatídica batalla de Trafalgar, donde la flota española perdió el prestigio y Nelson, la vida.

    No tuvimos demasiada suerte en cuanto al espectáculo. En las dos tardes que acudimos, coincidimos con los habituales visitantes y con una legión de nubes con las que el sol -radiante a pocos kilómetros- se empecinó en jugar al escondite y se negó a ofrecer el espectáculo que esperábamos todos.

    El desaire solar no mermó un ápice la salvaje belleza del lugar que explica por sí sola la admiración y el temor reverencial que ha inspirado a lo largo de la historia.

    La explanada de piedra que se levanta sobre las aguas embravecidas del Atlántico se asemeja a la disposición del Cabo Norte en el Círculo Polar, excepto que aquí el espacio de la esfera armilar lo ocupa un faro colorista de 24 metros de altura en el que nos refugiamos de los vientos.

    Los amantes de la biología hallarán aquí raras plantas endémicas, algunas de ellas recuperadas después de haberse considerado extinguidas.

    Otro magnífico mirador del Cabo es la fortaleza de Sagres. Observado desde este punto, el Cabo de San Vicente parece realmente el horizonte del fin del mundo.

    El cabo de la Roca es el punto más occidental de la Europa continental, el auténtico Finisterre del viejo continente. Los romanos lo llamaron Promontorium Magnum, en los tiempos de la navegación a vela era conocido como Roca de Lisboa. El poeta Luis de Camoens lo describió como el lugar “donde la tierra acaba y el mar comienza” (Onde a terra acaba e o mar começa).

    Un monolito señala sus coordenadas exactas: Latitud 38º 47 Norte; Longitud 9º 30 Oeste. A 140 metros sobre el nivel del mar, el cabo es una proa rocosa, las estribaciones de la Sierra de Sintra, a 40 kilómetros al norte de Lisboa y a 18 al oeste de Sintra.

    Cuando llegamos a este finisterre luso por primera vez -hace muchos, muchos años- encontramos una explanada solitaria, batida por los vientos, en la que tuvimos que esperar largo rato a que llegara algún visitante para hacernos la inevitable foto junto al monolito.

    En nuestra última visita tuvimos que disputar ese privilegiado espacio con miríadas de visitantes, muchos de ellos orientales, que llegaban en autobuses turísticos o por otros medios con el afán de visitar el Finisterre europeo. De haber llegado en domingo, hubiéramos debido disputarlo además con el ejército de moteros que aquí se citan cada mañana dominical.

    En esta explanada aparentemente inhóspita anidan especies de aves a salvo de los depredadores y florece en primavera una planta endémica amenazada de extinción. Corona el promontorio un faro de 22 metros de altura que entró en servicio en 1772 y que ostenta el honor de ser el tercero más antiguo de Portugal.

    Lugar tan salvaje y emblemático ha inspirado multitud de historias y otras tantas leyendas. La más conocida se refiere a la Pedra da Ursa (Piedra de la Osa), el peñasco que se levanta en una pequeña playa escondida entre los acantilados del cabo.

    La leyenda relata que en la época glacial los osos habitaban esta tierra. Al deshacerse los hielos, los dioses ordenaron a los osos retirarse y dejar expedito el lugar y así lo hicieron todos. Todos, excepto una osa con sus oseznos que reclamó el derecho a vivir en el lugar que habían nacido. Enfadados los dioses, transformaron a la madre y a sus crías en piedra. Y allí permanecen, la Pedra da Ursa rodeada de rocas menores al pie del Cabo da Roca.

    En la Oficina de Turismo proporcionan un título acreditativo de haber pisado el fin del mundo a los visitantes que lo deseen, aunque ninguna distinción estará a la altura del placer que proporciona ver cómo el sol se acuesta en el océano a la caída de la tarde.

    Cabo Carvoeiro está situado en el extremo de la península de Peniche y viene a ser el hermano menor de Cabo de la Roca. Azotado permanentemente por los vientos atlánticos, que han ido cincelando durante siglos sus acantilados calcáreos hasta hacer del litoral un lugar fantasmagórico.

    El Nau das Corvos –la Nave de los Cuervos- es su imagen más representativa. La denominación hace referencia a la apariencia de la roca como un barco que despliega sus velas y a la leyenda que se plasma en el escudo de Lisboa, según la cual fueron estas aves las que custodiaron el cuerpo de San Vicente y arrastraron la nave hasta la capital lisboeta.

    El faro de Cabo Carvoeiro se alza a 25 metros de altura para orientar a los barcos que por aquí transitan y para evitar los frecuentes naufragios entre los arrecifes. Desde el Cabo se divisan las Islas Berlengas, declaradas reserva natural terrestre y marina. En verano, un barco que sale de Peniche acerca a los visitantes a las islas.

    Peniche es el primer puerto pesquero luso. Pero es, además, un lugar privilegiado por su paisaje y por su patrimonio histórico y cultural. Su fortaleza sirvió de prisión durante la dictadura de Oliveira Salazar y alcanzó notoriedad internacional en 1960 con ocasión de la fuga de Álvaro Cunhal, el líder comunista luso. Los muchos restaurantes de la zona ofrecen sabrosos platos de pescado y marisco recién capturados.

    La industria turística ha descubierto que el fuerte viento y las olas que llegan a las playas de la zona de Peniche son un atractivo para los jóvenes surferos, que acuden a practicar surf a estas playas, y han puesto de moda el lugar. Baleal y Consolaçao son las playas más conocidas y frecuentadas.

    Como en el resto de cabos, el de Carvoeiro y sus aguas agitadas atraen visitantes a cualquier hora del día pero singularmente a la caída de la tarde. Especialmente en verano, cientos de miradas se pierden en el horizonte esperando la caída del sol en los dominios de Neptuno.

    Fotos: ©Valvar

  • La Ribera del Duero

    La Ribera del Duero

    La Ribera del Duero es una comarca con un patrimonio cultural y una historia milenarias. Su paisaje está plagado de viñas, cuyo cultivo se ha venido rigiendo por las normas de vendimia y pastos que la reina Violante firmó en 1295. Grupos locales pretenden que estas normas, vigentes durante siete siglos, sean declaradas Patrimonio Inmaterial de la UNESCO.

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    Desde el punto de vista vitivinícola, la Ribera del Duero se extiende por cuatro provincias -Soria, Burgos, Segovia y Valladolid- y por seis Comunidades de Villa y Tierra: Curiel, Peñafiel, Roa, Aza, Montejo y San Esteban. En una extensión de 26.123 hectáreas atravesadas de este a oeste por la carretera N-122 que algún día será la A-11 -si los dioses lo permiten-, por la autovía A-1 de norte a sur y en cualquier dirección por una red de carreteras comarcales y locales se concentra una comarca esplendorosa desde el punto de vista económico.

    Fuente: DO Ribera del Duero

    Trescientas bodegas que elaboran el caldo obtenido en 63.630 parcelas de viñedo en las que trabajan cerca de 8.000 viticultores. Un total de 2.225 marcas, amparadas por la Denominación de Origen, que embotellan vinos tintos -jóvenes, crianzas, reservas y grandes reservas- rosados y blancos.

    En el plano cultural la comarca es el edén del viajero: una rica gastronomía, buen vino, excelentes alojamientos en entornos rurales o urbanos y un abanico de rutas para todos los gustos👇. Los amantes de la naturaleza pueden seguir alguno o todos los tramos (seis) de la ruta Camino natural del Duero 👇 entre viñedos y campos de cereal, bosques de chopos o sauces, olmedas, pinares, sabinares o encinares, con avistamiento de aves migratorias, buitres, palomas, ruiseñores o mirlos; o conocer los árboles singulares de la comarca. 👇

    El río Duero, aparte de dar apellido a la comarca, riega sus tierras y recibe el tributo de agua de sus afluentes, Arandilla, Riaza o Duratón, ofreciendo la posibilidad de cruzarlos mediante obras de ingeniería cargadas de historias, esta es la ruta de puente a puente 👇: en San Esteban de Gormaz, Langa de Duero, La Vid, Vadocondes, Aranda, Roa, Bocos de Duero, San Martín de Rubiales, Peñafiel, Pesquera o Quintanilla de Onésimo.

    Aranda de Duero

    Los devotos de la nobleza pueden seguir los pasos de Isabel la Católica👇 , que por aquí anduvo trajinándose la corona primero, y luego, disfrutando de su conquista: Aranda, la Ventosilla o Roa son algunos de sus escenarios.

    Si lo prefieren, en Peñafiel pueden seguir a don Juan Manuel 👇, hombre culto, autor del Libro de Patronio o Conde Lucanor. Los aficionados a la literatura pueden rastrear la sombra de Miguel Delibes en Quintanilla de Onésimo y Peñafiel.

    Si hablamos de personajes ilustres aquí tenemos para todos los gustos: el Cid, el Empecinado, Napoleón y Santo Domingo de Guzmán con sus rutas correspondientes. Los fans de Rodrigo Díaz👇 pueden visitar Castillejo de Robledo donde el Cantar del Cid sitúa la Afrenta de Corpes.

    Castrillo de Duero, Fuentecén, Milagros, Peñafiel, Valbuena de Duero, Olmos de Peñafiel, Nava de Roa fueron el escenario de las andanzas de Juan Martín Díez, el Empecinado, 👇 para acabar ejecutado de mala manera en Roa.

    En cuanto a Napoleón 👇, Aranda, Gumiel de Izán, Peñaranda de Duero, Hontoria de Valdearados, Vadocondes, La Vid y Roa guardan memoria de su paso por la Ribera.

    La presencia de Santo Domingo de Guzmán 👇 permanece en Caleruega, donde nació, y también en Valdeande, Tubilla del Lago, Villalbilla de Gumiel, Gumiel de Izán -donde vivió con su tío Gonzalo de Aza, arcipreste de la villa- La Vid, Guzmán, Aza o Peñafiel.

    Teniendo en cuenta que estamos en el corazón de la vieja Castilla, es normal que abunden las fortalezas. La ruta de los castillos👇pasa por San Estaban de Gormaz, Peñaranda de Duero, Peñafiel, Curiel, Langa, Aza, Castillejo de Robledo o Caleruega.

    Por la misma razón de hallarnos en tierra de repoblación tras la reconquista, permanecen hermosos ejemplares de monasterios👇: Santa María en la Vid, Santo Domingo en Caleruega, San Pedro Regalado en La Aguilera, San Pablo en Peñafiel o Santa María de Valbuena en San Bernardo, en cuyas estancias se firmó la sentencia de doña Violante.

    De su época de prosperidad quedan un ramillete de palacios 👇 que bien merecen una visita: los de Avellaneda en Alcubilla de Avellaneda y Peñaranda de Duero, el de don Andrés de la Cuesta en Hontoria de Valdearados, de los Serrano en Sotillo de la Ribera, el de Ventosilla en la finca de su nombre -coto real que alojó a los Reyes Católicos juntos y por separado, a su hija Juana I y a sus nietos Carlos y Fernando-, de Guzmán y Santoyo en Guzmán y el de Zúñiga en Curiel de Duero.

    Quienes deseen sentirse arqueólogos👇por un día tienen los yacimientos de Rauda Vaccea en Roa, Pintia en Peñafiel, Padilla y Pesquera de Duero, Ciella en Valdeande, La Pudia y San Mamés en Caleruega o la ermita de Santa Cruz en Valdeande. Por poder, los peregrinos pueden seguir dos de las etapas del Camino Jacobeo de la Lana, 👇de Fresco de Caracena a San Esteban de Gormaz y de esta a Quintanarraya.

    San Miguel (San Esteban de Gormaz)

    Como se comprenderá fácilmente, de todas las rutas nuestra favorita es la que propone recorrer el románico👇 de la comarca, desde las iglesias de San Esteban de Gormaz (Soria) -Nuestra Señora del Rivero y San Miguel, cuyo pórtico es el más antiguo de los que se conservan- al monasterio de Santa María de Valbuena en San Bernardo (Valladolid), pasando por Peñalba de San Esteban -Santa María la Mayor-, Rejas de San Esteban -San Ginés y San Martín-, Matanza de Soria -San Juan Bautista-, Sinovas -San Nicolás de Bari-, Caleruega -San Sebastián-, Pinillos de Esgueva -la Asunción- o la Torre del Reloj de Peñafiel.

    Las mayoría de estas iglesias conservan su galería porticada, como es habitual en las Comunidades de Villa y Tierra, para celebrar las reuniones del Concejo, dado que en las Comunidades estaban separadas las funciones religiosas de las civiles.

    La Comunidades de Villa y Tierra eran pequeños estados, por concesión del monarca, con fuero propio y mancomunidad de obligaciones, derechos e intereses, especialmente en materia de pastos y represión de delitos. El régimen particular de un territorio, del que era señora una ciudad o villa realenga e independiente, que se comunicaba directamente con el monarca. Esto explica que en 1295 la villa de Roa se dirigiera a doña Violante, viuda de Alfonso X y madre del rey Sancho IV, para resolver las diferencias entre los vecinos de la villa y los de sus aldeas sobre la construcción de la muralla, la vendimia y el pastoreo posterior a esta. La intervención de la reina no era algo extemporáneo sino la forma natural de relacionarse entre las Comunidades de Villa y Corte -a través de sus representantes- y la Corona.

    Sepan cuantos esta carta vieren, como ante mí doña Violante por la gracia de Dios Reyna de Castilla e de León sobre contienda que era entre los de la Villa de Roa e los de los Pueblos (…) en razón de la vendimia, de cómo habían de vendimiar, e el rozar sus pagos. E otrosí, por razón de la postura de los sus ganados, de como deben el pacer en las viñas después que fuesen vendimiadas. Vinieron del Concejo de la Villa Pascual Pérez, fijo de Juan Pérez, e Adan Pérez, fijo de don Romero, con personería del Concejo sobredicho. Et por los de los pueblos vinieron personeros Ibanez Vela, de Quintana, e D. Gonzalo de la Forra…

    Aquellas ordenanzas, firmadas el 7 de marzo de ese año, establecen que en los pagos de la Villa no se vendimie hasta que lo acuerde el Concejo o que los ganados no puedan pastar hasta que no se haya terminado de vendimiar, so pena de multa. Son las más antiguas que se conocen en España y, tomando como punto de partida la sentencia de doña Violante, a lo largo del tiempo se fueron dictando nuevas normas. En el siglo XV las Ordenanzas de Castilla establecen medidas acerca de la producción y el comercio y otras de carácter fiscal. En junio de 1783 el rey Carlos III aprueba unas normas del Gremio de Cosecheros de Vino en Aranda, para reglamentar la elaboración, cuidar su calidad y garantizar el buen comercio, que le habían solicitado los viticultores de la Ribera.

    Si el ganado o cualquier otro animal de uso entrare en una viña, aunque no haga daño, su dueño pagará cinco sueldos, por la razón de que pisó la viña al entrar y al salir. Además, en cualquier daño causado en las viñas, el dueño elegirá, a su arbitrio, entre la tarifa y la tasación. Además, si desde el principio de enero hasta después de las vendimias alguien entrare en una viña sin permiso del dueño o del guarda, pagará cinco sueldo, aunque no coja nada. Si cogiere uvas u otra fruta, pagará diez maravedíes si es de día, y veinte maravedíes si es de noche, si se lo pudieren probar, y si no, por el daño de día se salvará con seis vecinos y por el de noche como en el hurto. Además, el que cortare vid de viña ajena pagará cinco maravedíes, un maravedí por la rama y cinco sueldos por el sarmiento. El que cortare vid de parral (ajeno) pagará diez maravedíes, cinco maravedíes por la rama, cinco sueldos por cada sarmiento, y cinco sueldos el que cogiere el palo que le sujeta”.

    Aunque los restos hallados en el yacimiento vacceo de Pintia en Padilla de Duero (Peñafiel) o el mosaico romano descubierto en Baños de Valdearados -considerado el mayor de la península- permiten suponer que la vid ha estado presente en la comarca desde hace más de dos mil años, el cultivo de las viñas se introduce tras la Reconquista, quizá con la enseñanza de los monjes cluniacenses, de manera que en el siglo XIII, cuando se reclama el veredicto de doña Violante, es ya un cultivo generalizado, con su propia infraestructura, como lo prueban las más de 120 bodegas excavadas en el subsuelo de Aranda y, en menor número, en muchos de los pueblos de la comarca que, como era el caso de Fuentelcésped, Fuentespina, Gumiel, La Horra, Pardilla, vivían del comercio del vino.

    Desde mediados del siglo XIX una serie de plagas -el oidio, el mildiu y la filoxera- afectan seriamente al viñedo de la comarca, tanto en la calidad como en la cantidad, de forma que muchos agricultores optan por abandonar su cultivo en favor del cereal.

    Cuando a partir de los años 70 del pasado siglo, viticultores visionarios y pioneros de la ribera burgalesa plantearon la necesidad de recuperar el viñedo como una industria propia de la comarca, las normas dictadas por la reina Violante se adaptaron a los tiempos modernos. En aquellos momentos el proyecto fue recibido con indiferencia cuando no recelo en otros ámbitos. Si pudo llegar a buen fin, aparte del esfuerzo y el tesón de sus promotores, se debe al apoyo técnico y económico de la Diputación de Burgos, presidida entonces por Francisco Montoya. Finalmente, en 1982 el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación concedía a la Ribera del Duero su Denominación de Origen, aprobaba su Reglamento y se constituía el Consejo Regulador. José Ignacio Gutiérrez y Javier Villagra fueron su primer presidente y secretario, respectivamente. La bodega «Ribera del Duero» cede su nombre a la denominación y toma el de Protos.

    En años sucesivos se fueron incorporando bodegas de la provincia de Valladolid -Vega Sicilia, Alejandro Fernández- y rápidamente surgiendo otras nuevas, algunas de capital local y pronto, otras de capital foráneo.

    Tras unos años en Aranda, en 1991 el Consejo Regulador de la DO se traslada a Roa de Duero. Ocupa el antiguo y restaurado Hospital de San Juan Bautista, del siglo XVI, al que se le ha adosado una torre, imagen icónica de la Ribera del Duero.

    En estos más de cuarenta años se han puesto en marcha nuevas prácticas de cultivo, se han introducido modernas tecnologías para la elaboración del vino y rigurosos procesos de control, de manera que hoy la Ribera del Duero es una comarca de una prosperidad que ni en sus mejores sueños pensaron los promotores. Arquitectos de prestigio firman edificios de bodegas que aspiran a tutearse con las viejas iglesias góticas de la comarca.

    Esta es una zona bien conocida por nosotros. Por mí, porque la Ribera es mi cuna, me he pateado sus pueblos y caminos, tanto por devoción como por obligación, especialmente en la década de los ochenta de pasado siglo, cuando se incubaba el proceso que condujo al nacimiento de la Denominación de Origen y yo empezaba mi vida profesional como periodista. Por el Colega, por afición propia y porque cada vez que hacemos una ruta por la comarca le doy la chapa con mis andanzas de antaño. Él, que se las conoce bien de tanto oírlas, pone cara de hacerme caso, pero yo noto que su atención pasa a modo automático. Para disimular, de vez en cuando responde, ya, ya.

    Estoy segura de que si la propuesta de organizaciones como La Olmera y la AC Juan Martín El Empecinado pillara con un presidente de la Diputación de Burgos como Francisco Montoya, ya se habría puesto a la cabeza de la iniciativa y se estaría gestionando el expediente para que las normas de la vendimia de la Ribera del Duero fueran patrimonio inmaterial de la UNESCO, le digo al Colega mientras él hace fotos al castillo de Peñafiel. Ya, ya, me responde. Me estás haciendo el mismo caso que la Diputación de Burgos, le digo. No fastidies, contesta, ahora sí atento.

    Fotos: ©Valvar

  • El puente de Alcántara

    El puente de Alcántara

    El puente de Alcántara es una obra monumental de repercusiones históricas, legendarias y literarias. Uno de los puentes romanos más notables de los que permanecen y una de las obras de ingeniería más destacadas de la Hispania romana.

    Este monumento que se levanta en la provincia de Cáceres, tan monumental ella misma, mide 214 metros de longitud y 57 de altura. Sus dos arcos centrales tienen una altura de 48 metros y una anchura de casi 30; su calzada mide ocho metros.

    Construido entre los años 105 y 106 de la era cristiana con sillares almohadillados de roca granítica de entre 45 y 50 cm., salva el curso del río Tajo apoyado sobre cinco pilares de distinta altura que se adaptan al terrero. En su origen pretendía comunicar la ciudad Norba Cesarina (la actual Cáceres) con Conimbriga (Condeixa-a-Velha, Portugal), en el camino que conducía a Lisboa.

    Como en las modernas autovías, sobre el pilar central se eleva un Arco de Triunfo de 13 metros de altura, cuyas inscripciones explican, entre otros asuntos, que el puente fue construido por Cayo Julio Lacer en honor del emperador Trajano –nacido en la Bética hispana- y costeado mediante impuestos sobre los pueblos lusitanos Igaetani, Lancienses, Opidani, Talori, Interannienses, Colarni, Lancienses Transcudani, Arani, Meidubrigenses, Arabrigenses, Benienses, Paesures. Una obra destinada a durar por siempre en los siglos del mundo

    En su cabecera se levanta un sencillo templo dedicado al emperador Trajano y a los dioses de Roma. En el siglo XIII se cristianizó poniéndolo bajo la advocación de San Julián.

    Si a los romanos les debemos la fábrica el nombre se lo debemos a los árabes que lo llamaron Al-Qantarat, El Puente. Otra versión lo traduce como Kantara As-Saif, el Puente de la Espada. En esta versión se basa una leyenda que vincula el puente con Excalibur, la espada del rey Arturo, oculta en algún lugar del mismo. Una variante igualmente legendaria sostiene que los árabes descubrieron una espada oculta en el interior de la obra romana, sin que esté claro si aún permanece o desapareció. Una tercera versión afirma que la susodicha espada se encuentra en el remate de la torre que se alza sobre el puente, que si se tira de ella se consigue extraerla tres palmos pero en cuanto se suelta vuelve a su emplazamiento secular. Finalmente, la espada sería la del último rey visigodo, don Rodrigo, quien habría llegado hasta Alcántara huyendo de los moros. Una vez muerto, su cadáver fue enterrado en Viseu (Portugal) y su espada colgada del arco más alto del puente, en un punto inalcanzable, donde habría permanecido durante siglos, hasta que desapareció, nadie sabe cuándo ni por qué. Siguiendo esta última versión al escritor Frank Baer pergeñó la novela «El Puente de Alcántara». Si eres dado a creer en leyendas, puedes elegir la que más te guste.

    El colega es muy aficionado a la literatura y arquitectura romanas así que cuando nuestros amigos cacereños Valentín y Mari Paz nos llevaron a conocer el puente de Alcántara él estuvo a punto de levitar. En verdad, cuando lo ves aparecer al doblar un recodo de la carretera Ex-207, por muy advertida que vayas, creerás que se trata de una aparición. Estás ante una obra del siglo II que desde entonces ha venido permitiendo el paso a personas y carruajes.

    Debo añadir que visitar Cáceres es una buena idea en cualquier momento. Tiene lugares abiertos de una belleza exultante lindantes con poblaciones que fueron escenario de momentos decisivos en el devenir colectivo o de donde salieron hombres que conquistaron un continente. Dólmenes prehistóricos, calzadas y puentes romanos, iglesias visigodas, aljibes árabes, torres defensivas, cuarteles de órdenes militares, casas blasonadas, plazas e iglesias que conviven con dehesas de un verdor esplendoroso; humedales rebosantes de cigüeñas y otras aves que se besan con horizontes que se tiñen con los colores del arco iris.

    Nosotros tuvimos la fortuna de hacerlo en compañía de buenos amigos que en Alcántara nos mostraron el convento de San Benito (siglo XV), conocido como Convento Viejo y otros lugares de la ciudad. Para colmo, nos llevaron a comer a un antiguo convento del siglo XV, la Hospedería Conventual 👇. Más no se puede pedir.

    Fotos: ©Valvar

  • San Martín del Rojo

    San Martín del Rojo

    A lo que parece, viajar es la utopía de los que trabajan y la afición de los jubilados. Esta inclinación al zascandileo hace que en ocasiones nos juntemos demasiadas personas en un mismo lugar. No hablamos ya de Venecia, de Roma o París, que hace tiempo han alcanzado el punto de saturación. A veces ocurre en un museo, ante una iglesia conocida, en cualquier sitio que se haya hecho famoso.

    En el extremo contrario, hay lugares hermosísimos olvidados que, aparte de su belleza, ofrecen interrogantes que hacen pensar. San Martín del Rojo, en el Valle de Manzanedo, al norte de la provincia de Burgos, es uno de ellos. Nosotros lo descubrimos hace muchos, muchos años, cuando la jubilación nos parecía cosa ajena. Allí encontramos una persona que bien pudo haber inspirado al escritor Miguel Delibes para su novela El disputado voto del señor Cayo. Él fue quien nos abrió la puerta de la iglesia de la Asunción, que preside la población desde un alto. Pero nuestro particular señor Cayo murió hace tiempo y la ausencia de cualquier ser humano en los alrededores convierte en lacerante y desolador este San Martín del Rojo, vacío como tantos pueblos del interior.

    Para llegar aquí hay que seguir la carretera BU-V-5744 hasta el final. El escenario tiene algo de desolación: piedras amontonadas, paredes desdentadas, ruinas de casas que algún día estuvieron llenas de vida. Solo se oye el rumor del viento y el canto de los pájaros, si hay viento y si hay pájaros.

    La iglesia románica de Nuestra Señora de la Asunción, restaurada hace una década, es testigo de que hubo otros momentos de vida. Fue construida en el siglo XII, de planta basilical. Siglos después, sobre el hastial occidental se le añadió una espadaña barroca.

    Protege la fachada meridional un pórtico sostenido por dos columnas cuyos capiteles proceden de la iglesia de Fuente Humorera, lugar actualmente vedado por haber sido adquirido por un particular.

    Para nuestro pesar, no conservamos las fotos -todavía en papel- que hicimos en la única ocasión que pudimos ver el interior. Recordamos vagamente que tenía una sencilla pila bautismal y unos capiteles con escenas profanas, músicos, una bailarina, algún ave… Si quieres conocer más de esta iglesia, la página de Arteguías te lo cuenta aquí 👇

    Hay que acercarse para comprobar la hermosura primitiva y tosca de la iglesia, que parece esconder algún secreto no desvelado. ¿Qué significan ese tañedor de fídula, esa mujer que se burla con descaro del que mira, ese domador que tira de un animal, esas figuras grotescas? ¿Qué historia nos cuentan los primitivos constructores con esa comitiva de encadenados desde las arquivoltas de la portada? ¿Es la lección de catequesis que emana de las construcciones románicas o nos están comunicando un mensaje ignoto? ¿La tosquedad de las figuras responde a impericia del tallador o estamos ante un innovador, un picasso de su tiempo?

    Volvemos a veces, paseamos por el entorno, por el placer de saborear la soledad y la belleza de este rincón, rodeamos la iglesia y nos marchamos con la sensación de haber asistido a una demostración de sabiduría antigua e inaprensible. 

    Fotos: ©Valvar

  • Valencia de Don Juan

    Valencia de Don Juan

    Valencia de Don Juan es regalo que encontramos en el camino de vuelta de nuestra excursión de finales de noviembre de 2023, quizá para compensar el habernos puesto a remojo durante el viaje. Viajábamos de Puebla de Sanabria a Burgos cuando el Colega se paró para repostar. Mientras llenaba el depósito observé un cartel: Valencia de Don Juan, 7 kilómetros. Esa es una Valencia en la que no hemos estado, pensé.

    ¿Quién es el Don Juan de esa Valencia?, pregunto al Colega, cuando vuelve al coche. Ni idea. En la web del Ayuntamiento nos enteramos de que se trata del infante don Juan de Portugal, hijo de Pedro I de Portugal y de Doña Inés de Castro, primer duque de la villa. La historia de los trágicos amores de Inés y Pedro es harto conocida. (Si quieres refrescar la memoria, clica aquí 👇)

    Evocamos los sepulcros de ambos en el Monasterio de Alcobaça. Se cuenta que el rey pidió que situaran su sepultura frente a la de Inés para ser lo primero que viera en el día del juicio final. Podíamos acercarnos a verlo, propone el Colega. Llegamos enseguida y aparcamos lo más cerca posible de su imponente castillo para distraer a la lluvia que nos sigue como la sombra.

    Lo primero que nos llama la atención es el Jardín de los Patos, que se abre junto a la fortaleza, sembrado de pequeños carteles en los que se narra de manera didáctica la historia de la ciudad.

    Así nos enteramos de que Valencia se llamó antes Coyanza -derivación de Coviacense Castrum, el oppidum o castro que fue, del que conserva el gentilicio, coyentino-, que en este terreno a orillas del río Esla ya hubo asentamientos en la edad de bronce, que fue enclave predominante en la edad de hierro y con los romanos, que fue ocupada por los suevos en el siglo V, que sus pobladores resistieron el ataque de los godos de Teodorico II y que los musulmanes destruyeron el primitivo castillo, situado al norte del actual.

    En el año 1055 el rey Fernando I y su esposa, la reina Sancha, convocaron aquí el Concilio de Coyanza, al que asistieron nobleza y clero “para la restauración de nuestra cristiandad”.

    En el Tratado de Cabreros de 1206 aparece por primera vez con el nombre de Valencia. Aquí tuvo lugar la decisiva entrevista mantenida entre las dos esposas de Alfonso IX de León, doña Teresa y doña Berenguela, reina de Castilla, donde esta convenció a aquella de que su hijo Fernando III debía heredar de su padre el reino de León en vez de las hijas de doña Teresa. Accedió esta a la renuncia, a cambio de importantes donaciones, consiguiéndose así unir las coronas de Castilla y de León.

    Hasta finales del siglo XIV se conoció a la villa como Valencia de León o de Campos, indistintamente. Hasta que en 1387 el rey Juan I de Castilla concedió al infante Juan de Portugal el ducado de Valencia de Campos, que así pasó a apellidarse de Don Juan. El nuevo duque se pasó la vida intrigando infructuosamente para reinar en Portugal y acabó quedándose a vivir en Castilla. Murió en 1397 sin hijo varón, por lo que el ducado de Valencia volvió a la corona.

    Al año siguiente, el mismo Enrique III concedió el condado de Valencia de Don Juan a Martín Vázquez de Acuña, noble portugués que había apoyado las pretensiones del infante don Juan y casado con su hija María de Portugal, recibiendo como dote el señorío sobre la villa.

    Los Acuña y Portugal se asentarían aquí y levantarían el castillo, que domina el perfil urbano, bello ejemplar de arquitectura gótica militar. En la torre del homenaje se ha habilitado un museo, que puede ser visitado.

    Entre el castillo y el jardín de los Patos se ha acondicionado un auditorio al aire libre donde en verano se ofrecen conciertos.

    De las doce iglesias que tuvo Valencia de don Juan solo quedan dos: la de Nuestra Señora del Castillo Viejo, donde se conserva el panteón de los condes de Valencia de Don Juan, y la de San Pedro Apóstol, con una esbelta torre.

    Cerca de la Plaza Mayor se conservan dos casas solariegas: la de los condes de Valencia de Don Juan y la de don Eliseo Ortiz, de estilo modernista.

    La población se dedica mayoritariamente a la agricultura, siendo una de las pocas poblaciones de Castilla y León que no solo no ha perdido población, sino que ha ganado, con un censo que recientemente ha superado los 5.000 habitantes. En 1950 recibió el título de ciudad.

    En 1975 los coyantinos se levantaron contra el proyecto de instalar una central nuclear en su término municipal, consiguiendo el apoyo de las poblaciones colindantes. Tal fue la protesta que, en plena dictadura, se desistió del proyecto.

    A cambio, han habilitado una Vía Verde, paseo natural arbolado de 11,5 kilómetros recuperando el trazado del ferrocarril de vía estrecha -conocido como tren burra- que unía la ciudad con la vecina Castrofuerte.

    Al llegar a la ciudad nos ha sorprendido un edificio de pisos, de aire gaudiniano, rematado en varias veletas artísticas. Preguntamos y nos informan de que se trata de una iniciativa del constructor Santiago Nava, que la convirtió en el proyecto de su vida. Un edificio en el que se mezclan materiales tradicionales y modernos: tapial, cantos rodados, madera, mármol, hormigón… Contó con la colaboración del escultor Manuel Chiches, autor de las veletas que coronan el edificio: un águila, una cobra, un guerrero y San Miguel con el demonio a sus pies. La construcción debió llamarse Edificio Centinela, en alusión al guerrero-veleta. La obra, iniciada en 1990, con el visado de un arquitecto, ha vivido una serie de peripecias que la mantienen inacabada.

    Vista con ojos profanos, se trata de un edificio verdaderamente singular, de una rara y sorprendente belleza. Imagino al constructor dando vueltas a su proyecto, diseñando una ventana y otra y otra, cada una diferente, recabando los materiales para rematar un muro, una techumbre y desearía que pudiera verlo acabado. Parece un proyecto a la medida de una ciudad aguerrida, batalladora contra corriente, empeñada en seguir avanzando.

    Volvemos a la carretera sin que haya cesado la lluvia ni un instante. Me gustaría volver en primavera, recorrer sus calles con tranquilidad, le digo al Colega. Y ver el museo del castillo, responde él. Y hacer fotos sin lluvia…

    Fotos: ©Valvar

  • Conques

    Conques

    Conques es una pequeña pero antigua población en el departamento del Aveyron, en la región francesa de Occitania, tenida por uno de los hitos en el Camino de Santiago.. Su iglesia abacial está considerada una de las más importantes de Europa por su portada y por el tesoro sacro que aún conserva.

    Lo habíamos descubierto algunos años antes a través de una foto de sus curiosos, esas cabezas que asoman sobre una de las arquivoltas de la portada. Algún día tendríamos que ir a conocerla, propuse al Colega. Así que la incluimos en el periplo sobre el románico del sureste francés que hicimos en el verano de 2016.

    Hemos salido de Arles, tomamos la A-54 hacia Nimes y allí, la A-9, autopista saturada de tráfico entre España y Europa. Pensamos salir de la A-9 en Montpellier y coger la A-75 en dirección al viaducto de Millau, pero nos pasamos de salida y tenemos que llegar hasta la de Béziers, que pasa por Sète, lugar de nacimiento de Paul Valery y de Georges Brassens, un sembrado de bateas que anotamos para futuros viajes.

    El viaducto de Millau es una obra de ingeniería espectacular. Es un proyecto del ingeniero francés Michel Virlogueux y el arquitecto británico Norman Foster, que atraviesa el valle del Tarn, fue inaugurado en 2004. Mide 2.460 metros sin apenas tocar el suelo y ostenta el récord mundial de altura en 343 metros, según asegura la información oficial.

    Hay un área de servicio desde la que pretendemos contemplar y fotografiar la obra pero la encontramos cerrada. Seguimos hasta el área de Aveyron, en Severac de Chateau, donde disfrutamos del entorno antes de tomar la N-88, que pasa por Rodez, de donde sale la carretera de Conques.

    El Colega recuerda que Rodez tiene una notable catedral y hacemos una parada para visitarla. Esta construcción monumental levantada a lo largo de trescientos años, fue utilizada en el siglo XVIII como referencia para establecer el cálculo de la circunferencia de la Tierra y la definición del metro.

    Ya en la carretera de Conques descubrimos la cascada de Salles-la Source y paramos de nuevo. En la siguiente parada estamos a las puertas de Conques. Es una parada obligatoria para pagar los dos euros que permiten acceder al aparcamiento situado en las afueras del pueblo, adonde solo pueden entrar los coches de los apenas tres centenares de vecinos. En Conques parece que el tiempo se hubiera parado en el medievo. Desde la carretera se divisan las torres de la abadía por encima del caserío.

    Mientras en Compostela se descubrían los restos que serían identificados como del apóstol Santiago, en el año 819 el eremita Dado fundaba aquí un primer monasterio, dedicado a Saint-Sauveur, San Salvador. Con el propósito de atraer a los peregrinos, en el 866 Ariviscus, monje de Conques se hizo con las reliquias de Sainte Foy -Santa Fe- del monasterio de Agen y se las llevó a Conques. Otra versión de los hechos menos épica refiere que el monasterio guardó las reliquias durante los ataques vikingos del siglo IX y se quedó con ellas. Sainte Foy era una virgen martirizada en tiempos de Diocleciano, famosa por curar a los ciegos y liberar a los cautivos.

    Las reliquias de la Santa atrajeron, efectivamente, a multitud de peregrinos y Conques conoció tiempos de esplendor hasta el punto de que en el siglo XI se hizo necesario construir una iglesia más grande para acoger a tantos peregrinos como acudían a rezar a Santa Fe a través de la Vía Podiensis. La abadía se inició por impulso del abad Odolrico, se concluyó en el año 1120 y resultó ser una obra maestra del románico occitano. Las joyas y las donaciones de los peregrinos conformaron un valioso tesoro para la abadía.

    Se considera que esta es la primera de las iglesias de peregrinación románicas francesas, que incluye a Saint-Martial de Lim, Saint-Martin de Tours y Saint-Sernin de Toulouse y en España, la catedral de Santiago de Compostela. Características comunes de estas iglesias, aparte de estar en el Camino a Santiago de Compostela, son las de planta de cruz latina, de tres o cinco naves principales más el transepto de tres naves, girola alrededor del altar mayor con capillas radiales y tribunas sobre las naves laterales.

    A partir del siglo XII empezó a decaer el prestigio de los monasterios benedictinos en beneficio de los del Cister, decadencia a la que siguió la peste negra y la guerra de los Cien Años. Los monjes benedictinos de Conques relajaron su disciplina monacal. En el 1514, el obispo de Rodes acudió a la abadía con el propósito de restablecer la disciplina pero los monjes ni lo recibieron, hasta que el 1537 el Papa disolvió la comunidad y creó una colegiata regular.

    Peor le fue durante las guerras de religión. Los hugonotes ocuparon el pueblo y en 1571 saquearon e incendiaron la iglesia, se hundió una parte de la nave, pero se salvó el tímpano y el tesoro. Fue secularizada después de la Revolución. El tesoro se libró porque, al conocer que iba a ser requisado para ser entregado a la Casa de la Moneda de Toulouse, aprovechando una noche de tormenta, los vecinos se dirigieron a la abadía y se repartieron los relicarios, joyas y piezas de valor, que ocultaron en sus casas. Luego, acusaron del robo a unos supuestos caldereros ambulantes, sin que la investigación que se ordenó consiguiera aclarar lo sucedido. Una muestra de la honradez del vecindario, de la devoción a la santa y del aprecio a su patrimonio es que, cuando la Revolución se remansó, los vecinos devolvieron íntegramente las piezas del tesoro. Prosper Mérimée, que además de escritor era inspector de Monumentos históricos, refiriéndose a este tesoro declaró que “no estaba preparado para encontrar tanta riqueza en semejante desierto”.

    Los visitantes pueden contemplar este tesoro en una sala especialmente habilitada en la galería sur del claustro. Compuesto por relicarios, destaca, entre todas las valiosas piezas, la llamada “majestad” de Santa Fe, datada entre los siglos IX y X. Se trata del cráneo de la santa alojado en una estatua de madera, oro, plata y gemas, convertido en objeto preciado de veneración. Está considerado uno de los cinco tesoros de orfebrería medieval más importantes de Europa y el único en Francia que reúne tantos objetos de la alta Edad Media.

    Nosotros llegamos a Conques deseosos de contemplar el tímpano policromado, que se abre en la parte occidental de la abadía. Representa el Juicio final según el Evangelio de San Mateo, labrado en piedra, en los que se distinguen 124 personajes, veinte compartimentos, los justos por un lado, los condenados por otro. Una de las obras fundamentales de la escultura románica en Francia, tanto por sus cualidades artísticas como por sus dimensiones -el frontón tiene 6,70 metros de anchura- y originalidad.

    En el centro, Cristo en Majestad. Entre las figuras se reconoce a la Virgen María, a San Pedro, a Abraham, al abad fundador y a Carlomagno, a Santa Fe y a los prisioneros a los que ha liberado, pero también a los monjes indignos, a un borracho, y los pecados capitales. «Pecadores, si no cambiáis vuestras costumbres, sabed que sufriréis un juicio temible”, advierte una leyenda. El catecismo en piedra al alcance de todos los públicos.

    Busco los “curiosos” que despertaron mi interés y me sorprende su pequeñez. Se trata de catorce figuras que se repiten en la arquivolta. La perfección numérica: 14:2=7. Con la octava figura que termina cada serie en horizontal, es la plenitud. En el románico nada es casual.

    La abadía de Sainte Foy impresiona de cerca. Aunque lo que le ha dado fama y lo que le distingue sea su tímpano, del interior de la iglesia sorprenden sus dimensiones y su simplicidad. En España, exceptuando la catedral de Santiago, hay pocos ejemplares románicos de estas dimensiones.

    Tiene también hermosos capitales que, sin embargo, quedan oscurecidos por la espectacularidad del tímpano. En el transepto izquierdo se encuentra un altorrelieve representando la Anunciación, del mismo maestro del tímpano.

    Las 104 vidrieras de la iglesia son de cristal translúcido, fueron diseñadas por Pierre Soulages e instaladas en 1994.

    Del primitivo claustro apenas quedan restos de la galería occidental, pues fue arrasado en el siglo XIX y sus piedras, utilizadas para la construcción de las casas del pueblo.

    Como además del espíritu conviene alimentar el cuerpo, elegimos para comer un lugar a la altura del entorno: la terraza del restaurante del hotel Saint Foy, que resulta ser un remanso de paz. El Colega recordará para siempre la carne de vaca aubriac guisada al vino que comió allí. Los dos recordamos el ambiente de paz, la amabilidad del personal, la terraza umbría, con las torres de la abadía por encima de las flores de la jardinera. Un lugar pleno de belleza, donde no se siente el discurrir del tiempo.

    Como acostumbramos, ambos nos dedicamos a fotografiar Conques como si no hubiera un mañana. El Colega tenía por entonces una cámara Nikon con un superobjetivo capaz de captar hasta el mínimo detalle de los monumentos que visitamos. El hecho es que al llegar a casa, a 1.000 kilómetros de distancia, observamos con espanto que las fotos que él había hecho en Conques tenían un inexplicable color azul, que no hay edición capaz de arreglar.

    Desde entonces, cada vez que hacemos planes para viajar a Francia yo sugiero: Tendríamos que volver a Conques a hacer buenas fotos y a comer tu vaca aubriac… Y en esas estamos.

    Fotos: ©Valvar

  • Moissac

    Moissac

    El claustro, entre románico y gótico, de la abadía de Moissac y su tímpano románico constituyen un icono entre los aficionados al románico y los peregrinos del Camino de Santiago. Este era el destino deseado del Colega en nuestro viaje, en el verano de 2016.

    Casi dos mil kilómetros llevábamos rodados en una inmersión en el románico del mediodía francés. Con una mezcla de expectación y nerviosismo habíamos ido siguiendo los indicadores que conducían a nuestro destino, que había sido, era y seguramente seguirá siendo el de miles de peregrinos. Tras cruzar las vías del ferrocarril llegamos a una plaza con aparcamientos gratuitos -lo que consideramos casi milagroso- en la que descubrimos una batería de aseos públicos igualmente gratuitos -no menos prodigioso-. Una infraestructura como esta solo se prepara cuando hay muchos visitantes, concluimos, poniéndonos en lo peor.

    La plaza está a un paso de la abadía, nos lanzamos a contemplar su famoso portal. En ese momento descubrimos que allí mismo, enfrente del tímpano, hay un restaurante con una sola mesa libre en primera línea: una mesa para dos. A la sombra. Soy tirando a descreída pero empiezo a barruntar que en Moissac existe un departamento de milagros cuando descubrimos que el restaurante Florentin aparece en la guía Michelin. Hoy vamos a comer como Dios manda, comenta el Colega al ver la carta.

    Y, en efecto, tenemos anotada esta parada como uno de los momentos sublimes del viaje. No todos los días nos es dado degustar una estupenda comida teniendo a la vista, a cuatro pasos, una de las obras cumbres del románico. Tan cerca estamos que desde la mesa los objetivos de las cámaras no logran capturar el tímpano completo y tenemos que alejarnos para fotografiarlo. Un éxtasis de belleza.

    Sin embargo, la historia de Moissac es el relato de una sucesión de desgracias. Esta que tenemos ante nuestros ojos es, al menos, la tercera de las iglesias levantadas en el lugar. Hay constancia de que el monasterio se fundó durante el mandato del obispo San Didier de Cahors (630-655); se sabe que disfrutó del favor real y de las donaciones de ricos propietarios pero en el siglo XI entró en decadencia; arruinada la iglesia, un incendio acabó con el monasterio en 1042. En ese momento, el conde de Toulouse y el obispo de Cahors acordaron poner la abadía bajo la dirección de los monjes Cluny.

    Con el amparo, los bienes y los privilegios de los cluniacenses, el monasterio aborda la construcción de una nueva iglesia, consagrada en 1063, un claustro, finalizado en 1100, y una biblioteca que se nutre de las copias realizadas por los monjes. En el siglo XII, la abadía tenía un centenar de monjes dedicados a la oración y a las copias de textos religiosos en latín. La mayor parte de estos manuscritos se conservan en la Biblioteca Nacional francesa.

    Esta fase de prosperidad se prolongó hasta mediados del siglo XIV, durante la cual se reconstruirán también las dependencias monacales. En el siglo siguiente se reconstruye la iglesia y la abadía deja de estar bajo el amparo de Cluny para pasar al de los agustinos. Esta intervención explica la mezcla de románico y gótico que se observa en la iglesia actual.

    La vida monacal se relaja; en 1626 la abadía se seculariza y pasa a ser colegiata hasta que en 1790, con la Revolución francesa, desaparece todo vestigio religioso. Los edificios son puestos a la venta como bienes nacionalizados y se destinan a los fines más diversos. Habrá que esperar al siglo XIX, cuando los románticos vuelven los ojos a la Edad Media y sus monumentos y redescubren Moissac. La Asociación Amigos del Viejo Moissac salva los vestigios que pertenecieron a la abadía. Como no podía ser menos, aquí también puso sus manos el arquitecto Violet le Duc.

    En esas estaban los románticos del momento cuando, en 1845, el proyecto del ferrocarril Burdeos-Sète dibuja sobre el terreno una línea recta que pasa, exactamente, por el antiguo refectorio monacal. De nada les valió a los defensores de la abadía pedir que las vías se separen unos metros, que se marque una ligera curva, la empresa se mantiene firme y ejecuta el proyecto inicial. Los empresarios debieron de sopesar el coste entre el desvío y la salvación del monumento y no lo dudaron: en caso de duda, la plusvalía lo primero. En consecuencia, los trenes pasan lamiendo las piedras de la abadía. Afortunadamente, para entonces el claustro había sido declarado Monumento Histórico, lo que le salvó de su destrucción. Sabido es que capitalismo y cultura o belleza son conceptos que no siempre armonizan bien.

    Tratamos de olvidar la invasión ferroviaria contemplando el portal que tenemos casi al alcance de la mano. Este tímpano, realizado en el siglo XII, representa el Apocalipsis de San Juan. En el centro, un Pantocrátor rodeado por el Tetramorfos (los símbolos de los cuatro evangelistas: Juan, el águila; Mateo, el ángel; Marcos, el león; y Lucas, el toro) y dos arcángeles. Completan el espacio los 24 ancianos del Apocalipsis, colocados en paralelo y adaptándose al semicírculo de forma asimétrica.

    Todos los personajes miran hacia Cristo aunque sus cuerpos hayan de forzar la figura. Las filas de ancianos, portando instrumentos musicales o copas, están separadas por olas del mar. Esta composición del tímpano se repite en muchas otras iglesias románicas de toda Europa y tiene su expresión más conocida en el pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela realizado por el maestro Mateo, pues no en vano el románico se expandió a través del Camino de Santiago.

    Los laterales de la portada abundan en el mensaje con escenas del Antiguo y Nuevo Testamento -la Anunciación, la Visitación, la Adoración de los Magos, la Huida a Egipto, el pobre Lázaro… y representaciones de la avaricia y la lujuria. En la jamba derecha, San Pedro, patrono de la abadía; en la izquierda, el profeta Isaías.

    De uno y otro lado del portal parten dos columnas adosadas que culminan con la efigie de dos religiosos: a la derecha, el abad Roger. Sobre el portal, dos filas de almenas, bajo las que hay una línea de canecillos con cabezas humanas y zoomórficas. La primera de las almenas en la izquierda se remata con el busto de un hombre que toca un cuerno.

    Alargamos cuanto podemos la comida, que hasta el cocinero sale a saludarnos, pero, finalmente, atravesamos la puerta, como durante siglos hicieran los peregrinos que recorrían Europa en dirección al Finis Terrae, y entramos en la iglesia, donde se encuentran un Cristo del siglo XII, una Piedad y un Entierro de Cristo del XV, además de decenas de niños de varias visitas colegiales, y pasamos al claustro.

    Esta es la segunda maravilla de Moissac. Un cuadrado de 31 por 27 metros, 116 columnas de mármol, alternando las sencillas y las dobles, distribuidas en cuatro galerías; en sus 76 capiteles, que están esculpidos en las cuatro caras, se muestran escenas bíblicas y de la infancia de Cristo y motivos florales.

    Tiene, además, ocho pilastras, dos en cada vértice, decoradas con relieves, y otras cuatro en medio de las galerías. Según indica una inscripción, la obra del claustro se terminó el año 1100, pero en el siglo XIII se rehizo, lo que explica los arcos apuntados.

    Lamentamos no disponer de más tiempo para pasear tranquilamente por Moissac, ver sus rincones art-deco, acercarnos al puente Napoleón sobre el río Tarn, y a la Casa de los justos o de los niños judíos, donde en la segunda guerra mundial fueron escondidos medio millar de niños judíos que así salvaron la vida. O subir hasta el mirador de la Virgen y desde allí contemplar el monasterio y el claustro, y la línea del ferrocarril, esa que estuvo a punto de llevarse por delante una de las abadías más destacadas del románico… El capitalismo de siempre, sin complejos.

    Fotos: ©Valvar

  • La Camarga

    La Camarga

    La Camarga es una comarca de 750 kilómetros cuadrados situada al sur de Arles, entre los dos brazos principales del delta del Ródano y el Mediterráneo. Un vergel dedicado a la viticultura, el arrozal, los frutales y la ganadería caballar y vacuna, especialmente de reses bravas. Es, además, un humedal de enorme importancia pues aquí pasa el estío la mayor población de flamencos de toda Europa.

    Un parque natural, un lugar mítico de peregrinación, una rareza. El destino de los viajeros sensibles, sostiene el presidente Olivier Noël en el folleto turístico que nos entregan en la oficina de Saintes-Maries-de-la-Mer, adonde hemos ido nada más llegar.

    ¿Quienes son estas Santas Marías que dan nombre al pueblo, el corazón de la Camarga? María Salomé -madre de Santiago el Mayor (el de Compostela) y de Juan Evangelista- y María Jacobé -madre de Santiago el Menor, de José y de otros apóstoles- seguidoras de Cristo y las primeras mensajeras de la Resurrección quienes, según la tradición, desembarcaron en las costas de la Camarga con otros discípulos. Sus cuerpos, sigue la tradición, descansan en la iglesia Nuestra Señora del Mar, una fortaleza con espadaña de piedra que mira al mar, lugar de peregrinación de miles de gitanos que cada 25 de mayo llegan hasta el lugar para venerar a Santa Sara la Negra.

    Esta Santa Sara, de color negro, era sirvienta de las Santas Marías, con ellas llegó en la barca y con ellas se quedó. Nada que ver con las Vírgenes Negras de Rocamadour o Puy en Velay. Los gitanos la han escogido como su patrona y la veneran con auténtica devoción. En las peregrinaciones -en mayo, octubre y diciembre- se bajan las arcas que contienen las reliquias de las Santas Marías y se llevan las estatuas de las tres Santas en procesión hasta el mar en recuerdo de su llegada en el siglo I.

    La iglesia fue construida en el siglo VI, sobre un oratorio anterior. El obispo de Arles, San Cesaire, la menciona en su testamento en el 542. En el siglo IX, se levanta la primera iglesia fortaleza, para defenderse de las incursiones sarracenas. En el siglo XII se concluye la obra. Consta de una sola nave, con una altura de 15 metros, en el centro de la cual hay una fuente de agua dulce. Bajo el ábside, una cripta con la imagen de Santa Sara. En la espadaña, cinco campanas con sus correspondientes tonos y nombres: Claire, la más antigua, bemol; Maríe Jacobé-Marie Salomé, sol; Rosa, do; Fulcranne, bemol; y Reconciliation, fa. Con su aspecto imponente, la iglesia es una pequeña joya del románico provenzal.

    Hay una escalera que conduce a la torre desde la que, aseguran, se divisa un panorama de la comarca, pero hemos llegado tan pronto que aún no ha abierto. Optamos, pues, por callejear y enseguida encontramos el antiguo Ayuntamiento y la estatua en bronce de Mireille, en honor a Frédéric Mistral, que en 1859 escribió un poema con este nombre y Charles Gounod, una ópera en 1863. A un costado del Ayuntamiento actual encuentran la Plaza de los Gitanos, donde hay montado un mercado provenzal. Cargamos con jabones -a mucho mejor precio que en Aviñón- vino y distintas variedades de sal de las salinas camarguesas.

    En las Santas Marías los viajeros saludamos al Mediterráneo por primera vez en el año y comemos siguiendo el consejo que hemos recibido en el hotel, en La table du 9. Como nos lo han dicho de viva voz, en el camino, hemos especulado sobre si se trataría de una mesa para nueve, o una mesa nueva pero, al ver el cartel, comprendemos que se trata del Tendido del 9. La omnipresencia del toro en esta tierra.

    Enseguida seguimos camino hacia Aigües Mortes y Le Grau du Roi. La primera es una pequeña población en torno a una fortaleza que debe el nombre a su ubicación en zona pantanosa. Aquí es donde vino el rey Luis IX -el más bonito que un San Luis- a construir un puerto que le diera salida al Mediterráneo y al tiempo le protegiera de la piratería mediante la construcción de una fortaleza. La Torre Carbonnière protegía el camino entre el puerto y tierra firme y la Torre Constante protegía a la guarnición además de servir de prisión, primero para los templarios, luego para los hugonotes. De este puerto partirían los francos y el mismo San Luis a las cruzadas. La acumulación de limos y arena del Ródano, el alejamiento de la costa y la anexión de la Provenza a Francia le hicieron perder valor estratégico e importancia. En 1538, Carlos I de España -Carlos V de Alemania- y Francisco I de Francia firmaron aquí la Paz de Aguas Muertas.

    Urgidos por el tiempo y por el tráfico que abarrota el pueblo, paramos el tiempo justo para fotografiar las murallas y seguimos hacia las salinas, una de las riquezas de la población. Explotadas ya por los romanos, actualmente producen 450.000 toneladas anuales de sal, muy apreciada por los gourmets.

    La carretera finaliza en Le Grau du Roi -el Puerto del Rey- convertido en un lugar de veraneo totalmente saturado de veraneantes y turistas. Como no es nuestro plan de viaje, paramos el tiempo justo para contemplar el faro y presentar nuestros respetos a la escultura de la mujer del pescador que otea el horizonte con su niña de la mano, esperando divisar al barco que devolverá al marido al hogar y volvemos a la búsqueda de la fauna camarguesa.

    En la Camarga, el toro y el caballo existen desde la antigüedad y sobre su origen hay varias e incluso misteriosas tesis. El caballo camargués es una raza antigua, conocida ya por los fenicios. Es un animal no muy grande y sólido. Al nacer su pelaje es marrón y hacia los cuatro años se le va aclarando hasta que en la edad adulta toma el característico gris o blanco. Tradicionalmente, el caballo camargués vive en semi libertad en manadas diseminadas en las marismas pero nosotros encontramos, sobre todo, infinidad de ellos en instalaciones de turismo ecuestre.

    El toro camargués -”Raço di Biòu”- también vive en manadas, sumando alrededor de 20.000 cabezas. Es algo más pequeño que el toro de lidia, más manso y con cornamenta en alto, que en las hembras forman una lira y en los machos, una copa. En la comarca se percibe una auténtica pasión por el toro y por las corridas, que tienen dos formatos: la lidia, con las distintas suertes y la muerte del toro, con las Arenas de Arles como catedral, y la corrida camarguesa, en la que los recortadores se disputan los distintos trofeos que los toros portan en el pelaje y en las astas. En la Camarga hay unas 40 ganaderías de bravo, raza procedente de España.

    Un tercio de la Camarga está cubierto de agua, sólo el estanque de Vaccarès ocupa 6.000 hectáreas. Y allá que vamos en busca de los flamencos. En realidad, el parque ha instalado un parque ornitológico no lejos de Saintes Maries de la Mer, donde llegamos a una hora de la tarde en la que el sol se está cayendo a trozos y, tras comprobar que los itinerarios son à plein soleil, optamos por ir en busca de la vida salvaje -y de un poco de sombra-, hacia el estanque de Vaccarès.

    El parque está atravesado por una red de senderos reservados a caminantes y de algunas carreteras que cruzan canales, arroyos y sembrados diversos: espárragos, viñas, cereal, arrozales… un paisaje verde en este final de junio. Paramos donde nos parece bien por el simple gusto de disfrutar del aire limpio y del silencio del lugar. El Colega aprovecha para echar un párrafo con una manada de caballos que le observan con atención tras la cerca de madera.

    El estanque de Vaccarès tiene señalizados dos miradores desde los que se pueden contemplar las aves en su estado salvaje. Armados con prismáticos de campo y cámaras de fotos, tomamos posición y dejamos pasar el tiempo tranquilamente pensando que, más que un paseo, la Camarga merece una visita larga, larga. Y nos emplazamos para volver en otra ocasión y recorrer a pie esa playa casi desértica como no hay otra en el Mediterráneo, que va de Saintes Maries de la Mer a Piémanson, en la desembocadura del Gran Ródano.

    Despide a los visitantes la Cruz de Camarga, sostenida en un corazón y un ancla, que simbolizan las tres virtudes teologales: le fe, la esperanza y la caridad. Los brazos de la cruz terminan en dos tridentes que representan los guardianes del alma camarguesa. Cualquiera que sea ese alma…

    Fotos: ©Valvar

  • Cahors

    Cahors

    Dos son los atractivos que han dado fama a Cahors, situado a orillas del río Lot, capital de la antigua provincia de Quercy, etapa de la llamada vía Podiensis del Camino de Santiago: el puente Valentré y la catedral.

    Este Cahors al que nos dirigimos fue capital de los celtas cadurcos, una de las tribus galas que se enfrentarían a los romanos, que la llamaron Divona -territorio Asterix, como si dijéramos-. La Civitas Cadorcorum, de donde deriva su topónimo, fue destruida en el siglo VI por los austrasianos y ocupada por visigodos y árabes hasta que el obispo San Didier la reconstruyó entre los años 636a 655.

    Los banqueros lombardos que se establecieron aquí en el siglo XIII transformaron el lugar en un importante centro financiero y comercial europeo, favorecido por el río Lot, convertido en vía de comunicación segura. En 1331, el papa Juan XXII, caorsín de nacimiento, fundó una universidad. En el periodo comprendido entre 1316 y la Revolución Francesa el poder de Cahors era compartido por el obispo y el rey. La guerra de los Cien Años, en el siglo XIV, obligó a construir un sistema de defensas que incluye el Puente Valentré.

    Al término de la guerra, Cahors fue asignada a los ingleses, quienes la dejaron arruinada. A partir del siglo XIX inicia su recuperación, rescata el terreno de la curva del río y urbaniza el antiguo foso de las fortificaciones, convertido ahora en el bulevar Gambetta, en homenaje a León Gambeta, otro caorsino ilustre, abogado, político, periodista y diplomático.

    Llegamos desde la carretera D-820 y tomamos la D-620 para entrar en la ciudad. Descubrimos así que el Lot forma un meandro que convierte a Cahors casi en una península. Paramos junto a un jardincillo desde el que se contempla el puente Valentré en todo su poderío. A la orilla del río, una sucesión de bares y terrazas brindan frescura en esta jornada calurosa. Junto al puente, una bodega ofrece los vinos de Cahors, de uva malvec y color oscuro, sobre los que abundan los carteles publicitarios.

    El puente forma un arco escarpado, tiene una longitud de 138 metros, seis arcos góticos de 16,50 metros y tres torres almenadas de planta cuadrada con una altura de 40 metros. Fue iniciado en 1308 y concluido setenta años después.

    Tanto duraron las obras que dio lugar a una leyenda según la cual el maestro de obras firmó un pacto con el diablo para que acabara la construcción a cambio de su alma. Arrepentido del acuerdo, cuando el puente estaba a punto de concluir, el maestro le pidió al diablo que llevara agua con un cedazo a los obreros que se encontraban al otro lado del río. Naturalmente, el diablo llegó sin agua a su destino y, para vengarse, cada noche volvía para quitar la última piedra de la torre central, por esta razón llamada Torre del Diablo, piedra que los obreros reponían al llegar el día. Cuando en 1879 se restauró el puente Valentré, en el hueco se colocó una piedra esculpida con la efigie del demonio. La piedra ya no desapareció pues, según se cuenta, al colocarla tuvieron cuidado en atrapar con ella las garras del diablo.

    Admiramos la armonía y solidez del puente, la anchura y caudal del río, por el que transitan varias embarcaciones y nos dirigimos a la oficina de turismo, que se encuentra al pie del puente. Allí nos aconsejan dejar el coche en el aparcamiento del Anfiteatro y recorrer a pie la ciudad medieval, consejo que atendemos y agradecemos.

    Antes de emprender el recorrido por la ciudad medieval de Cahors, nos sentamos en el bistrot Gambetta a tomar un café teniendo a la vista la estatua del prócer local y el bullicio del bulevar que lleva su nombre.

    La calle Mariscal Joffre conduce directamente a la fachada de la catedral de Saint-Etienne. Una enorme muralla de piedra, puerta de triple arquivolta, una galería, un rosetón y un campanario encuadrado por dos torres. ¿Esta es la famosa portada de Cahors? No, esta fachada monumental es obra de Guillaume de Labroue, que en el siglo XIV decidió trasladar la portada original a la fachada norte.

    Rebobinemos. La catedral de Saint-Etienne fue construida entre 1080 y 1135, un edificio románico entre los más grandes de Francia, el primero en tener una cúpula sobre pechinas. Se levantó sobre un templo anterior del siglo VII. El interior es de una sola nave, sin transepto, de 20 metros de ancho, 44 de largo y 32 de altura, solo Santa Sofía de Estambul le supera en dimensiones. Tiene dos cúpulas sobre pechinas, de estilo bizantino. El ábside, de estilo gótico, sustituyó al románico anterior.

    La portada norte data de 1135, con un tímpano de transición del románico al gótico. La ascensión de Cristo, rodeado de ángeles y, en la base, los apóstoles y la Virgen. A los lados de los ángeles, la historia de Saint-Etienne, patrono de la catedral; por encima de la mandorla, cuatro ángeles que acompañan a Cristo en la ascensión. La arquivolta está adornada con escenas de caza, las virtudes y los vicios. En la misma fachada norte se pueden ver una serie de canecillos en buen estado de conservación.

    El claustro es posterior a la construcción de la iglesia, fue construido en 1504. Abundan las esculturas profanas: músicos, bebedores; una piedra labrada con dos peregrinos, uno de ellos con la venera.

    Tanto la catedral de Saint-Etienne como el puente Valentré están declarados patrimonio de la humanidad como parte del Camino de Santiago francés. Para saborear la buena impresión de uno y otro, nada como callejear por el centro de la ciudad medieval, en la que se mezclan las construcciones en piedra con el ladrillo, callejuelas estrechas con jardines silenciosos y soportales. Lugares de una placidez que no parecen de este tiempo.

    Fotos: ©Valvar