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  • Oña

    Oña

    Oña es una población de la comarca de la Bureba (Burgos) vinculada a los orígenes de Castilla. Su monasterio de San Salvador llegó a ser el más poderoso del reino, en pugna con el obispado burgalés, y sigue siendo su principal valor patrimonial y artístico, aunque no el único.

    Que Oña👇 estaba llamada a ser un lugar destacado en el arte y en la historia ya debieron intuirlo los habitantes de Barcina de los Montes, en sus inmediaciones, donde en 1915 se descubrieron pinturas prehistóricas y grabados de animales, en un interesante complejo de cavernas. En 1916, los jesuitas encontraron en la Cueva del Caballón un bastón de mando con el grabado de una cabeza de rumiante, hoy desaparecido, datado en el Magdaleniense medio y superior. Y en la iglesia de San Salvador de Oña se conservan tres aras del siglo III de la tribu de los Autrígones, encontradas en la misma Barcina de los Montes. Estas aras hablan de un dios Vurovio, deónimo del deriva el vocablo Bureba, que de nombre a la comarca.

    Con todo, Oña aparece en la historia en el año 950, cuando Fernán González, primer conde independiente de Castilla, le concede los primeros privilegios. En 1011, su nieto, el conde Sancho García funda el monasterio de San Salvador. Su importancia espiritual y, sobre todo, económica marcaría la historia durante siglos. Llegó a atesorar más de 300 iglesias y de 200 villas, desde el Cantábrico al Arlanzón, desde el Pisuerga hasta Aragón. Su prestigio propició su elección como Cámara y Corte de los condes y reyes de Castilla, algunos de los cuales eligieron reposar aquí hasta la eternidad. https://oña.es/historia

    En un primer momento, el cenobio fue dúplice, esto es, habitado por monjas y monjes, de acuerdo con la tradición visigoda. Fue su primera abadesa doña Tigridia, hija del fundador, quien permanecerá al mando hasta la reforma del año 1033, cuando Sancho el Mayor de Pamplona introduce la regla benedictina, siguiendo las directrices del papado.

    Bajo el patronazgo del poder, el monasterio recibirá donaciones de obispos, nobles y pequeños propietarios. Los reyes, además de donaciones, cederán derechos y beneficios de tipo administrativo, judicial, militar o tributario, el abad ostentará el título de señor de Oña y al monasterio, un señorío de hecho, será una de las instituciones más influyentes y poderosas de Castilla.

    El patrimonio así obtenido igualaría y aún superaría al del obispado de Burgos, lo que dará lugar a frecuentes disputas entre el abad y el obispo a propósito de los diezmos que cobraba el monasterio y al que el obispado creía tener derecho, llegando al punto de tener que intervenir los papas. En 1218, el monasterio hubo de ceder algunos de sus beneficios -bula papal mediante- con lo que el obispo de Burgos pudo iniciar la construcción de la catedral en 1221.

    Tal desarrollo económico propició la existencia de una judería en la villa, pues los judíos eran los encargados de la recaudación de las rentas y de comercializar algunos bienes del monasterio, como las salinas, además de la gestión de préstamos, inversiones, arriendos de viviendas o comercio. Se cree que la sinagoga ocupó una casa de la calle Barriuso, próxima al ayuntamiento.

    El paso del tiempo no hizo sino aumentar la influencia del monasterio. En 1544 Oña tenía una renta próxima a los 100.000 maravedís. Medio siglo después la renta total ascendía a 1.822.283 maravedís. Se cuenta que Carlos I llegó a pensar en él como lugar de retiro, aunque acabo eligiendo Yuste. De Felipe II se cuenta que, admirado de la belleza del entorno y de los bienes artísticos del cenobio, preguntó por dónde se entró en el valle tan cercado magnificencia tanta.

    Pero aquí, como en tantos otros lugares, el siglo XIX supuso un cambio radical. Las tropas de Napoleón saquearon y expoliares parte del patrimonio artístico reunido durante ocho siglos. Las desamortización que siguieron supusieron la salida de los benedictinos y el cambio de dueños y de uso del monasterio. La iglesia monacal pasó a manos del arzobispado de Burgos, lo que permitió la conservación de parte del patrimonio artístico y cultural. El monasterio, en cambio, salió a subasta, pasó a propiedad privada y fue expoliado.

    En 1880 los jesuitas ocuparon la antigua abadía, convirtiéndola en Colegio Máximo👇, con las Facultades de Filosofía y Teología, y un centro de educación para estudiantes de bachiller. Obligados a abandonarlo entre los años 1932 a 1939, volvieron tras la guerra civil y aquí permanecieron hasta que en 1968 la Diputación Provincial de Burgos compró las instalaciones para convertirlas en centro hospitalario y asistencial. Los jesuitas trasladaron su universidad a Deusto, donde permanece. La biblioteca del Colegio Máximo, más de 60.000 volúmenes, incluidos 23 incunables, 2.000 libros del siglo XV y alrededor de 20.000 de los siglos XVII y XVIII se incorporaron a la biblioteca de la Universidad Pontificia de Comillas en Madrid. El continente, es decir, la biblioteca que había sido construida para el Colegio Máximo de Oña, se desmontó pieza a pieza y se trasladó al Monasterio de San Agustín de Burgos.

    A la caída del Antiguo Régimen y la consiguiente pérdida de los privilegios señoriales, la Muy Leal y Valerosa Villa de Oña pasó a ser un municipio constitucional con medio millar de habitantes. Hoy, sobrepasa ligeramente el millar.

    Llegamos a Oña cuando aún queda tiempo para que abra la iglesia así que aprovechamos para dar una vuelta por la población👇. En la plaza del ayuntamiento se encuentra la iglesia de San Juan Bautista, obra realizada entre los siglos XII al XVI, en una mezcla de estilos. Junto a ella se levanta la torre de San Juan👇, propiedad municipal, recientemente restaurada, que acoge un museo de la Resina, industria hoy desaparecida pero que tuvo gran importancia en Oña.

    Hemos elegido para visitar Oña un martes de marzo y la villa parece un poco aletargada. Impresión que no se corresponde con la actividad que desarrolla su vecindario. Buena parte de ellos participa en la representación histórica El Cronicón de Oña👇, que cada año se ofrece en el mes de agosto.

    De su época señorial conserva algunos escudos en las fachadas de viviendas que fueron de personajes principales. Pero entonces como ahora, el nombre de Oña sigue indisolublemente ligada a San Salvador. El conjunto monumental formado por la iglesia -propiedad del arzobispado de Burgos- y el antiguo monasterio -propiedad de la Diputación- fue y sigue siendo su mayor patrimonio. De momento, solo se visita la primera; la segunda está pendiente de atribución de contenido.

    Hacemos tiempo para visitar la iglesia tomando un café en el bar El Rincón del Convento, desde el que se contempla la enorme fachada del monasterio, con su cubo o torre de Adán, que fue cárcel de los monjes hasta el año 1610. En la misma plazuela se levanta una escultura del conde fundador.

    La fachada es del siglo XVII👇; en sus hornacinas, las estatuas de los condes y reyes que descansan en los panteones de la iglesia. A un costado de la escalinata que conduce al templo, una estatua de fray Pedro Ponce de León, monje benedictino que fue pionero en la enseñanza a los sordos en su propio lenguaje. Fue erigida en 1984, al cumplirse el cuarto centenario de su muerte.

    A la iglesia abacial de San Salvador👇se accede mediante tique. Un sistema de lectura de código QR a través del móvil del visitante permite seguir el itinerario de la visita: la iglesia, la sacristía, la sala capitular con restos románicos, y el claustro gótico.

    Como cabe esperar de una abadía que acumuló tal riqueza, nos encontramos en un despendole de esculturas, pinturas, rejas, retablos, sepulcros, sillerías, y objetos propios del lugar en una mezcla de estilos que van del románico al barroco, del egipcio al romano, pasando por el mudéjar, árabe, gótico o renacimiento.

    Ya de entrada, el pórtico románico del siglo XI tiene una bóveda decorada con frescos hispano-flamencos realizados en el siglo XV por fray Alonso de Zamorza, conocido como el maestro de Oña, y con una puerta gótico-mudéjar, obra de fray Pedro de Valladolid. Eso, antes de entrar en la iglesia, cuya explicación más detallada encontrarás aquí 👇.

    De ella diré solo que que mide 83 metros de largo, 20 de ancho y 18 de alto y que ya en el primer tramo tiene cuatro retablos dedicados a San Froilán, Santa Gertrudis, Santa Trigidia y San Benito; que su bóveda gótica, proyectada por Juan de Colonia y realizada en 1450 por Francisco Díez de Presencia, mide 400 metros cuadrados; y que sus panteones son una obra gótico-mudéjar única en el arte funerario medieval europeo, elaborados en nogal y boj por los monjes de la abadía.

    Yacen en ellos el fundador del monasterio, Sancho García, muerto en 1017 y su esposa, Urraca; su hijo García Sánchez, asesinado en León en 1028; el rey de Castilla Sancho II el Fuerte, asesinado por Vellido Dolfos en Zamora en 1072, de quien se dice que fue el Cid quien lo trajo a enterrar en Oña; el rey de Navarra Sancho el Mayor, muerto en 1035, y su mujer, la reina doña Mayor, fallecida en 1066. Aquí están enterrados también los infantes Alfonso y Enrique, hijos de Sancho el Bravo; García, hijo de Alfonso VII llamado el Emperador.

    Pasamos por la sala capitular al claustro, obra de Simón de Colonia, que aquí trabajó entre 1503 y 1508, dejando una obra magnífica que han admirado durante generaciones y generaciones quienes han tenido ocasión de visitarla. Se destaca en él una reja románica, en el sepulcro del obispo González Manso, que es, sin duda, valiosa. Pero, entre tanta belleza, me llaman la atención varios epitafios en otros tantos sepulcros.

    ¿Cuánto han costado los tiques?, pregunta el Colega a la salida. Cuatro euros, el doble que en Frías, se nota que allí cobra el ayuntamiento y aquí la iglesia, respondo. Que no diré que con ello quieran resarcirse de los diezmos que dejaron de cobrar del monasterio, pero al menos podían dejarnos hacer fotos a todo el recinto eclesiástico y no solo al claustro.

    Fotos: ©Valvar

  • Frías y Tobera

    Frías y Tobera

    Frías es una ciudad medieval que se yergue en lo alto del cerro de la Muela donde cimienta su castillo, desde el que se divisa un magnífico puente medieval y una amplia extensión de la comarca burgalesa de las Merindades. Su barrio de Tobera obsequia al visitante con un arrullo de agua en un paisaje salvaje.

    Tanto de cerca como de lejos, Frías👇es de una belleza monumental impresionante. No en balde esta ciudad, tenida como la más pequeña de España, pertenece a la asociación de los Pueblos más Bonitos. Con Poza de la Sal y Oña forma la mancomunidad Raíces de Castilla.

    Frías -derivación del nombre originario Aguas Fridas– ocupa un lugar estratégico y de comunicaciones, junto a ella, salvando un vado del río Ebro, discurre la calzada romana que une la meseta con las tierras cántabras, vascas y castellanas. De aquí parte también otra calzada que comunica con La Rioja. El lugar aparece en la primera fase de repoblación de las tierras del Alto Ebro, en el siglo IX. En tiempos de Sancho III el Mayor perteneció al reino de Navarra; tras la derrota de Atapuerca pasa al dominio de Castilla.

    En 1201, Alfonso VIII compra el lugar con su castillo a los Armengol y al año siguiente la dota de fuero -y de la condición de villa- y la convierte en centro viario y defensivo. Se sabe que por entonces estaba ya amurallada. Fernando III confirmará el fuero en 1212 y Alfonso XI lo completará en 1322.

    En 1435, el rey Juan II le concede el título de ciudad. Empero, ese mismo rey la entregará a Pedro Fernández de Velasco, conde Haro, a cambio de Peñafiel, perdiendo su condición de realenga, y parte de sus privilegios, y pasando a señorío. Los nuevos señores, dejan de respetar el fuero e incrementan los impuestos, lo que provoca la rebelión de los fredenses, pronto dominada por los Velasco. En recuerdo de esta sublevación, se celebra cada año la Fiesta del Capitán👇 el domingo más próximo al 24 de junio, festividad de San Juan.

    Los Reyes Católicos crearon el ducado de Frías. En ese tiempo, con la expulsión de los judíos, desaparece la judería. En el censo de Floridablanca (1787) aparece dentro del partido de Castilla la Vieja en Burgos, entre los pueblos solos, con señorío secular ejercido por el duque de Frías, con alcalde mayor de señorío y otro ordinario. Con la caída del Antiguo Régimen Frías forma ayuntamiento constitucional, actualmente integrado en el partido de Villarcayo.

    El castillo roquero👇, cuya silueta se recorta desafiante y firme, es heredero de la fortificación existente en los siglos IX y X, el resultado de un proceso constructivo que se desarrolla entre los siglos XII al XVI, iniciado por Alfonso VIII, a cuya iniciativa corresponde la vertiente sur del patio de armas, con sus ventanales románicos, y continuado por los duques de Frías, que lo ampliaron y lo convirtieron en su palacio.

    Hay tantas razones para visitar Frías como visitantes la frecuentan cada año. Nosotros la descubrimos hace muchos, muchos años y caímos rendidos a sus encantos. Desde entonces hemos vueltos muchas veces, la última de ellas un día primaveral de 2024, con la intención de lograr un primer plano de los capiteles románicos, que se nos habían negado en otras ocasiones.

    Dejamos el coche en el aparcamiento, pues está prohibido el acceso rodado por el casco urbano, y emprendemos con buen ánimo la cuesta arriba por el camino de ronda, que sigue igual de arriba pero cada vez nos parece más cuesta.

    Nos dirigimos a la Oficina de Turismo para comprar los tiques de acceso al castillo, donde un letrero nos advierte que se encuentra cerrado por encontrarse la persona encargada realizando una visita guiada. Juramos en arameo, solo con el pensamiento, para no desanimar al grupito de personas que espera en la explanada.

    El Colega -que en alguna otra de sus vidas anteriores quizá ha sido ardilla- salta un murete y se pasea por el borde de los peñascos dispuesto a hacer fotos como si tuviera que topografiar el castillo. A mí se me pasa el malhumor cuando veo abierta la puerta de la fortaleza. Un nuevo cartel advierte de que no se sobrepase el portón sin disponer de las entradas. Con algo de remordimiento paso de largo, mientras noto a mi espalda la mirada de reproche del grupo que espera.

    En el pecado llevo la penitencia. El sol, brillante como recién pulido, se toma la revancha y abraza los capiteles con un fuego antifotos, sin que haya forma de encontrar un ángulo adecuado para obtener una imagen digna de tal nombre. Según parece, en estas tres ventanas geminadas del muro sur, lo único románico que queda de la fortaleza, a comienzos del siglo XIII trabajó el mismo taller que dejó prueba de su maestría en las iglesias de Soto de Bureba y Hermosilla, en la comarca de la Bureba. Los capiteles representan escenas de lucha, un caballero cristiano derrotando a un musulmán, otro caballero persigue a una centaura que amamanta a un niño.

    Dejo a la centaura y a sus acompañantes en su eterna pelea, a la espera de mejor oportunidad. Me paseo por el recinto recordando nuestra primera visita, cuando escalamos hasta la torre del homenaje.

    Al cabo de un rato llega el Colega, viene informando a una señora sobre la importancia histórica de Frías. Tras él llega la persona que atiende la Oficina de Turismo y el grupo que esperaba. Cuando Se dirige a la oficina la seguimos para sacar los tiques. Hemos entrado al castillo por nuestra cuenta, estábamos pensando hacer un bizum, me justifico. Ella se disculpa por la ausencia. A veces no damos abasto, dice. (Ay, cuánto tienen que aprender algunos parlamentarios de maneras y cortesía de la gente común que se gana el sustento con menos facilidad que ellos)

    Con la conciencia tranquila y un plano de Frías nos encaminamos a la iglesia de San Vicente👇, que ocupa el espolón opuesto del cerro de la Muela. Un caso de mala suerte, el suyo. En origen formaba parte del amurallamiento de Frías. Ejemplar de románico tardío, su torre se desmoronó en 1904 y la reconstrucción se hizo buscando una imagen moderna. Para financiar la modernidad se vendió la puerta románica, hoy en el Museo de los Claustros de Nueva York.

    Lo poco románico que se salvó se puede ver en el interior de la iglesia, un totum revolotum algo desconcertante. En la parte superior del retablo mayor se distingue una imagen de la Virgen, de un románico tardío, conocida como la Virgen de la Puente o de la Candaja. Procede de una pequeña iglesia, ya desaparecida, que se encontraba junto al puente. El reloj de esa iglesia es el que pende ahora en un cubo del castillo.

    La capilla de la Visitación, corresponde al siglo XVI, fue fundada por el matrimonio converso formado por Juan Sánchez de Ochandiano, recaudador del conde de Haro, y Juana Sánchez de Medina, cuyos sepulcros se encuentran en ella. Destaca su excelente rejería de forja y el retablo debido al pintor Juan de Borgoña. En el exterior hay un arco plateresco del siglo XVI, obra de los mismos arquitectos de la capilla de la Visitación.

    Descendemos del cerro desandando el camino de subida y admirando el curioso urbanismo fredense. Sus casas están hechas de toba y madera, adheridas a la roca, de manera que forman casas colgadas, envolviendo la piedra de la Muela.

    En la parte alta vivían los señores y los cristianos viejos, en la parte inferior, los judíos y conversos. La iglesia de San Vitores era la parroquia de este arrabal. En el siglo XVI el desprendimiento de una roca derribó las bóvedas. Otra roca desprendida, ya en el siglo XIX, causó una treintena de muertos.

    Cerca del Ayuntamiento se conservan los muros de la que fue casa de Hernando de la Torre, enrolado en la expedición a la Especiería mandada por García Jofré de Loaysa, en la que perecieron el propio Loaysa y Juan Sebastían Elcano.

    A la salida de Frías nos topamos con la que queda del convento de San Francisco👇, existente ya en 1228, con una comunidad de veinte monjes, que gozaban de ingresos saneados. Los siglos operaron en su contra pues en el XIX, cuando Mendizábal ordenó la desamortización de los bienes eclesiales, se había reducido a la mitad. El convento fue abandonado, vendido y convertido en viviendas y almacenes.

    En las primeras décadas del siglo XX un incendió destruyó lo construido, dejando en pie los muros verticales y lo que fue iglesia, convertida hoy en almacenes. La sillería de este convento se trasladó a la iglesia de San Vicente.

    Otra de las riquezas monumentales de Frías se encuentra a un tiro de piedra de la ciudad: el puente medieval👇 sobre el río Ebro. Era una importante vía de comunicación, por él transitaban las mercancías y los mercaderes a Bilbao. Fue varias veces reconstruido en el Edad Media.

    Inicialmente románico, su perfil se adapta al curso del río. Consta de nueve arcos, los centrales más apuntados. La torre es de planta pentagonal, rematada en almenas. Para atravesarlo era preciso pagar el pontazgo.

    Su longitud de 143 metros, su anchura, de 3,45 metros, la altura de 113 metros desde el agua al pretil más alto y otros tantos hasta la torre hacen de él uno de los mejores ejemplos de puentes fortificados de España.

    La perspectiva de Frías es monumental de cerca, de lejos y desde cualquier punto en que la mires. En su castillo medimos nosotros el paso del tiempo. Suba usted sin miedo, señora condesa, bromeaba el Colega, ante mi proverbial torpeza trepadora, cuando subimos a la torre del homenaje. Luego, hemos ido desescalando.

    Hace años hicimos unas bonitas fotos desde el nivel inferior a la torre. Ahora, ni me acerco a la escalera.

    Ya que estás en Frías no puedes perderte el espectáculo gratuito que ofrecen las cascadas de Tobera👇, un barrio suyo desde 1489. Responsable de los saltos de agua es el río Molinar, poco más que un arroyo, que atraviesa los montes Obarenes, formando una estrecha garganta, desfiladero por donde discurría una calzada que unía la Bureba con Orduña.

    Los visitantes que llegan a este punto encuentran, todo junto, un puente medieval, una ermita y un oratorio, arrullados por el agua que baja de los montes.

    La ermita de Nuestra Señora de Hoz parece colgada en el enorme farallón que la cobija. El edificio servía de alojamiento a los peregrinos que se dirigían a Santiago. La portada y los muros conservan algunos relieves que parecen algo deteriorados.

    A un lado del camino que conduce a la ermita hay un pequeño oratorio dedicado al Santo Cristo de los Remedios, imagen que se encuentra en el interior. A los pies del Cristo una muda de una gran culebra evoca la leyenda de aquel correo de la reina castellana -se supone que la Católica, pero bien pudiera ser la reina Juana I- a quien al cruzar el puente de la tobera le salió un gran reptil. El caballo se desbocó del susto, con el jinete a cuestas. Temiendo por su vida, el correo se encomendó al Cristo de los Remedios, saliendo ileso del trance, motivo por el cual mandó construir el oratorio.

    Visitas hubo en las que estuvimos solos, si se exceptúa la compañía de un grupo de cabras autogestionarias. Hoy, el lugar es bastante visitado hasta el punto de que se ha habilitado un aparcamiento junto a la carretera. En nuestra última visita, había cola para fotografiarse haciendo posturitas sobre el puente.

    El barrio de Tobera ha dispuesto un itinerario desde este punto a su casco urbano para poder contemplar sus cascadas. Sea por esta vía o por la carretera, su cuidado caserío y sus saltos de agua merecen una visita. En un mundo tan acelerado y a veces áspero, hay que agradecer a los lugares que, como Frías y Tobera, solo ofrecen belleza y calma.

    Fotos: ©Valvar

  • Madrigal de las Altas Torres

    Madrigal de las Altas Torres

    Madrigal de las Altas Torres, ubicada en la comarca abulense de la Moraña, entre los ríos Trabancos y Zapardiel, es una villa medieval famosa por ser la cuna de la reina Isabel la Católica, nacida en el palacio de Juan II. El conjunto histórico monumental conserva, además del palacio, dos iglesias de estilo románico mudéjar, todo ello protegido por un amurallamiento igualmente mudéjar.

    Vinculada a los Reyes Católicos, aquí se celebraron en 1476 las primeras cortes de su reinado para que la primogénita de la pareja, la princesa Isabel, jurara como sucesora al trono de Castilla. Una especie de advertencia general del propósito de los reyes de afianzarse en el trono, pues por entonces aún duraba la guerra civil entre partidarios de la princesa Juana y de Isabel, hija y hermana, respectivamente, de Enrique IV.

    Siendo Isabel su hija más ilustre, en Madrigal nacieron el cardenal Quiroga, inquisidor general y arzobispo de Toledo en el reinado de Felipe II, Vasco de Quiroga, obispo de Michoacán (Méjico) y Alonso de Madrigal, prolífico escritor más conocido como el Tostado.

    Llegues desde donde llegues, para entrar en la villa has de atravesar una de las cuatro puertas de su muralla, ejemplo de arquitectura militar medieval y del sistema constructivo mudéjar👇. La cerca encierra una superficie de 39,04 hectáreas adaptándose a los accidentes topográficos del terreno. Consta de su existencia ya en 1302, pues ese año las cortes de Medina mandan su derribo por haberse levantado sin autorización del concejo de Arévalo, a cuya jurisdicción pertenecía Madrigal. El añadido “de las Altas Torres” es una licencia poética incorporada en el siglo XIX que, al parecer, alude a las torres de las murallas.

    Entrando desde Salamanca, llama la atención enseguida la iglesia de Santa María del Castillo👇, que debe el nombre a hallarse sobre una loma donde quiere la tradición que antes hubiera una fortaleza. De estilo románico mudéjar, muy reformada en el siglo XVI. Frente a la iglesia, una escultura homenajea a Vasco de Quiroga, uno de los hijos ilustres de la villa.

    Orientándonos por su torre, llegamos a la iglesia de San Nicolás de Bari👇, magnífico ejemplar románico mudéjar del siglo XIII, reformada en el XV. La torre que nos ha guiado tiene una altura de 65 metros. La puerta, frente al Ayuntamiento, está cerrada a cal y canto, por lo que nos quedamos sin ver su artesonado de nogal ni la pila donde fue bautizada la Reina Católica. En esta iglesia se celebró el matrimonio de Juan II y su segunda esposa, Isabel de Portugal, padres de la reina Isabel, y en ella fue ordenado El Tostado.

    El palacio de Juan II👇 ya era residencia real en tiempo de Pedro I de Castilla. Visto desde el exterior, palacio parece vocablo demasiado pomposo para lo que más parece una casona de la nobleza rural. Elegido como residencia de Juan II y su primera mujer, María de Aragón, fue acondicionado para albergar la corte, que aquí permaneció entre 1424 y 1497, cuando la traslada Isabel. Su nieto, Carlos I, donó el edificio a las monjas de la Orden Agustina, que hasta entonces se alojaban en un convento fuera de la muralla de Madrigal.

    A ese convento extramuros fueron confiadas dos de las hijas extramatrimoniales habidas por el rey Fernando👇, ambas de nombre María, que profesaron como religiosas y llegaron a ser abadesas del convento. En 1509, muerta ya la reina Isabel, Fernando solicitó del papa Julio II la legitimación de ambas para que pudieran ejercer el cargo de abadesa “sin ninguna duda ni escrúpulo de conciencia”. La mayor, conocida como la Excelenta, recibió una renta de 200.000 maravedíes, y la menor, de 100.000. En 1537 la hermana menor fue elegida abadesa del monasterio de las Huelgas (Burgos), donde murió en 1548.

    Enfrente del palacio se levanta el Real Hospital de la Purísima Concepción👇, promovido en 1443 por María de Aragón, la primera esposa del rey Juan II, para albergar a pobres y enfermos desamparados y financiado con los ingresos obtenidos por la venta de dos hospitales anteriores que no cumplían su función.

    Se cerró en 1943 y se abrió una década después convertido en comedor de niños pobres. En la década de los 80 del pasado siglo se convirtió en escuela-taller, fue restaurado y dedicado a usos culturales. La fachada columnada es obra del siglo XVI, en granito, con profusión de escudos reales.

    Durante el reinado de Juan II tuvo Madrigal una importante e influyente población judía, la tradición señala una casona de la villa como Sinagoga👇 Otro edificio notable, ubicado en la calle del Oro, fue la casona de Nicolás de Soto y Leonor de Vergara, del que solo queda un arco de piedra👇. Él fue médico de la casa real, primero como médico del príncipe Juan, heredero de los Reyes Católicos, y, a la muerte de este, como uno de los médicos de la familia real. Falleció en Tordesillas, cuando estaba al servicio de la reina Juana.

    En la villa se conserva una bodega monumental👇, mandada construir en el siglo XVIII por los frailes del convento de San Agustín👇, que se encontraba también extramuros, para guardar los vinos de sus amplios majuelos de verdejo.

    Este convento tenía una superficie de 50.000 metros cuadrados, con una fachada de más de 200 metros de longitud rematada por dos torres. El claustro era de estilo berroqueño herreriano. Intervino en su segunda construcción Nicolás de Vergara, ligado al arquitecto Juan de Herrera. Por ello y por sus proporciones, el convento fue conocido como el Escorial de Castilla. De este rico y poderoso convento no quedan sino cuatro muros en pie. En él vino a morir fray Luis de León el 23 de agosto de 1591, nueve días después de haber sido elegido prior de la Orden de San Agustín de la provincia de Castilla.

    Cuenta la leyenda que una adivina advirtió a un joven rey Fernando de que la muerte iría a buscarle a Madrigal, razón por la que desde entonces rehusó visitar la villa. Un malentendido como otro cualquiera pues la muerte, efectivamente, lo encontró en Madrigalejo (Cáceres), a los 64 años, cuando hacía doce que había enviudado de Isabel y once después de haberse casado con Germana de Foix, mujer más joven que sus hijas, con quien pretendía engendrar un hijo varón a quien legar la corona aragonesa.

    Sin llegar al nivel del malentendido real, nuestra visita a Madrigal se inicia con otro equívoco, este provocado por la web de Turismo de Ávila 👇. Señala esta web que el palacio de Juan II abre a las 9,30 y a esa hora el Colega y yo estamos en la puerta de la Oficina de Turismo prestos para empezar la visita, después de haber dado el primer paseo por la villa. Solo nos hemos cruzado con dos personas, que nos miran con cara de dónde irán estos con la que está cayendo. Porque, sí, hemos escogido un día coincidente con una DANA que ha hecho bajar las temperaturas al sótano, mientras los medios insisten en que no se salga a la carretera si no es imprescindible.

    Ahí estamos, pues, ateridos de frío y azotados por un aire gélido, esperando que abran la puerta. A las 10 llegan las dos personas que atienden la Oficina de Turismo, quienes nos informan que las visitas comienzan a las 11,30 y nos proporcionan un plano de la villa. Nos consolamos comprando alubias y volvemos al coche, desde donde hacemos un nuevo recorrido por el callejero madrigaleño.

    Aún estamos en ello cuando empiezan a llegar avisos de las herederas para que nos recojamos en casa, como procede a nuestra edad. ¿No habéis oído que hay alerta roja?, dice la Heredera menor. Las carreteras están cubiertas de nieve, insiste la Heredera mayor, 400 kilómetros al norte. Vía whatsapp les enviamos una foto para dejar constancia de que donde nos encontramos no hay ni un copo de nieve, pero emprendemos la retirada. Volveremos con mejor tiempo, cuando estemos seguros de encontrar las puertas abiertas.

    Fotos: ©Valvar

  • Alba de Tormes

    Alba de Tormes

    Alba de Tormes hace honor a su nombre. Vinculada a la Casa ducal de Alba, su castillo se mira en el río Tormes. Faltaría añadir su vínculo con Teresa de Jesús, la santa que vino a morir aquí.

    Repoblada a partir del siglo X, tras la fijación de la frontera en el río Duero, con leoneses y gentes de otras procedencias, el proceso se completa bajo la dirección de Raimundo de Borgoña y de la infanta Urraca, hija de Alfonso VI, durante el reinado de este, finalizadas las razias de Almanzor.

    En 1140, Alfonso VII el Emperador concede fuero al concejo de Alba como cabeza de Villa y Tierra, integrado por la población amurallada y las vecindades de Aldehuela, Amatos, Las Huertas, Martinvalero, Palomares, Tejares y Torrejón.

    En 1371, Enrique II de Trastamara entrega la villa al infante Dionís de Portugal, como dote de su hija Constanza. Pero el enlace no llega a celebrarse y la villa pasa a don Juan👇, hermano de Dionís y duque de Valencia, que es quien acaba casándose con Constanza. Beatriz de Portugal, la hija de este matrimonio, será señora de Alba hasta 1411, pasando entonces al patrimonio de los Infantes de Aragón. En 1429 los Infantes guerrean contra Juan II, y pierden la batalla, pasando el señorío a los Álvarez de Toledo, primer señor de Alba de la familia desde 1430.

    Otro Álvarez de Toledo, don Gutierre, obispo de Palencia, levanta el palacio, un hospital y el monasterio de San Jerónimo. En 1446 la hereda Fernando Álvarez de Toledo, que en 1439 había sido nombrado conde de Alba. Le sucede su hijo García, a quien Enrique IV le concede la dignidad ducal. A finales del siglo XV al frente de la Casa se encuentra Fernando Álvarez de Toledo, militar ilustrado y mecenas, apodado el Gran Duque de Alba. El castillo se convierte en un palacio, del que queda alguna muestra.

    Un siglo después encontramos en la villa Teresa de Cepeda y Ahumada, más conocida como Santa Teresa de Jesús, reformadora de la Orden del Carmelo. Ha llegado a Alba para asistir a la boda de su hermana Juana con Juan de Ovalle, contador de la Casa de Alba, y, de paso, fundar un monasterio de su Orden, a petición de Francisco de Velásquez y Teresa de Layz. El 4 de octubre de 1582, la Santa enferma y muere en el monasterio de la Anunciación.

    En los siglos siguientes la villa vivirá un paulatino declive provocado en parte por las grandes crecidas del río, en parte por las desamortizaciones de los bienes religiosos y en parte no pequeña por los hechos bélicos, como la guerra de la Independencia. Desde entonces Alba de Tormes trata de acomodarse al presente, sin olvidar sus glorias pasadas👇.

    Actualmente, es la capital de la comarca de Tierra de Alba. Una población de poco más de cinco mil habitantes ha apostado de manera decisiva -y al parecer eficaz- por la cultura.

    Aprovechando nuestra excursión por tierras salmantinas, en marzo de 2024 nos acercamos a conocer esta población. Andamos tras el señuelo del Apostolado de la iglesia de San Juan y, ya que estamos, ver el resto.

    Llegamos en un día gélido, con un viento que amenaza con arrastrarnos desde el castillo al Tormes. El castillo en realidad es una enorme torre, lo que resta del palacio fortaleza de la Casa de Alba. A esto ha quedado reducido, tras el paso del tiempo y de las tropas de Napoleón.

    El Ayuntamiento ha instalado en el recinto la Oficina de Turismo donde nos ofrecen todo tipo de información, un plano, horarios de visita y una tarjeta Alba Card que por seis euros nos abre las puertas de todos los monumentos. Una de las personas que atienden la Oficina nos acompaña en la visita al castillo, ofreciendo una explicación erudita y amena. Nos ofrece también la posibilidad de subir a la torre, invitación que el Colega acepta con su proverbial entusiasmo escalador.

    Mientras hago fotos de las ruinas excavadas y del entorno miro con preocupación hacia las almenas. Con el aire que hace, me temo que el Colega va a salir volando como Diego Marín Aguilera en la torre de Coruña del Conde 👇.

    Cuando finalmente baja nos dirigimos a la iglesia de San Juan👇, ejemplar de románico mudéjar construida en ladrillo y piedra a caballo de los siglos XII y XIII, muy reformada en los siglos XV y XVIII. Situada en la plaza Mayor de la villa, en su atrio se celebraban las reuniones de concejo, propias de las Comunidades de Villa y Tierra. Parte de la cabecera triabsidal exterior ha sido tapada por la edificación colindante. El campanario que se levanta a los pies de la iglesia es obra del XVIII. Los capiteles están algo deteriorados.

    La joven guía atiende en esos momentos a un grupo, nos sella nuestras tarjetas y nos permite el paso. Nos lanzamos a ver el Apostolado románico como si no hubiera un mañana. Se trata de un conjunto románico bizantino, labrado hacia el año 1200, en piedra originariamente policromada. Contra la que pueda parecer por la colocación de los personajes no se trata de una Última Cena sino de un Juicio Final. Cristo -el Buen Pastor- apoya su mano derecha sobre un báculo y en la izquierda sostiene un cetro, símbolo de su reinado. A su derecha se distingue a San Pedro con la llave; a la izquierda, a San Juan, a quien sigue Santiago, con la concha sobre el manto. Todos sostienen un libro, excepto San Pablo.

    En el muro lateral derecho se encuentra una Virgen sedes sapientiae del mismo autor que el conjunto apostólico. María aparece sentada como trono del Hijo, quien muestra el libro de la Palabra. Ambos en actitud de bendecir.

    Siendo este Apostolado lo mejor de la iglesia -y en nuestra opinión de la villa- la iglesia de San Juan reúne una muestra de la riqueza que otrora atesoró Alba de Tormes, realmente interesante. Muy hermosos los dos ábsides laterales.

    En el muro de la nave del evangelio cuelga un Calvario románico de transición al gótico, de madera policromada. El Cristo presenta un estado penoso de conservación. No es para menos si se tiene en cuenta que apareció emparedado en la iglesia de Santiago. Triste sino el del conjunto: las otras dos imágenes -una del siglo XII y otra del XIV- estuvieron igualmente emparedadas en la iglesia de San Miguel. La idea de las imágenes ocultas, cualquiera que sea la razón del ocultamiento, me pone de mal humor y despierta, quizá injustamente, mi vena anticlerical.

    Como en el castillo, la guía nos ofrecerá una explicación documentada y amena. Se aprecia en todas las personas que nos atienden un deseo de mostrar las riquezas de la villa con conocimiento y unas buenas maneras que en otros ambientes parecen estarse perdiendo.

    Visitamos luego la iglesia de Santiago👇, desacralizada, también de estilo románico mudéjar (XII), citada ya en el Fuero de 1140, por ser el lugar donde se celebraban las reuniones del Concejo. Se encuentra junto al hospital de peregrinos fundado en 1445 por Fernando Álvarez de Mendoza y de la antigua botica del hospital, convertida en Teatro de la Villa en 1842.

    De la construcción original conserva el ábside, decorado con arquerías trilobuladas claramente mudéjar, y la Torre del Reloj adosada al lado sur de la cabecera. La espadaña levantada en la vertiente norte es obra barroca muy posterior. El aire que ese día azota la comarca nos impide abrir la puerta, estamos a punto de abandonar cuando la guía viene en nuestro auxilio. El interior es de una nave rectangular con ábside semicircular.

    Ocupa el espacio el Museo de Alferería. Preciosos ejemplares de una artesanía que en Alba de Tormes alcanzó niveles de gran altura, que hoy defienden con tesón unos pocos alfares.

    La iglesia fue lugar de enterramiento de personajes ilustras: Gutierre, primer señor de la Villa; el caballero Antón Ledesma y su mujer; e Isabel de Urbina, primera de las dos mujeres de Lope de Vega👇, y su hija Antonia. La vinculación de la familia con Alba de Tormes se produjo en el tiempo -cinco años- que Lope ejerció de secretario del duque de Alba, un cargo mitad literario, mitad cortesano, en la pequeña corte renacentista que los duques habían creado en la villa.

    Ya se ha dicho que lo VIP de Alba de Tormes pasa por Santa Teresa y la saga ducal de los Alba. Vinculados con la primera están el Centro Teresiano/iglesia de San Juan de la Cruz, el Museo CARMUS y el monasterio de la Anunciación👇, fundado por la Santa en 1571.

    Reclamada por la Casa de Alba para que acompañara a la joven duquesa en el parto del nuevo retoño ducal, aquí vivió sus últimos días y aquí murió el 4 de octubre de 1582, en una pequeña celda, que se muestra debidamente adornada. Monasterio y museo forman un todo aunque puede visitarse por separado. Nosotros acudimos a presentar nuestros respetos a la Santa, mujer de gran valía, gran escritora, a quien le han sido racaneados reconocimientos que han brindado con generosidad a sus pares masculinos.

    Tres años después de su fallecimiento, la Orden quiso que los restos descansaran en Ávila. Al abrir el ataúd hallaron la ropa descompuesta pero el cuerpo intacto. La comunidad pidió entonces se le cortara un brazo como compensación por el traslado de los restos. El padre Gracián se quedó con el dedo meñique de la mano, que le fue sustraído cuando fue hecho prisionero por los turcos y que logró rescatar a cambio de joyas y de 20 reales. Los duques de Alba consideraron el traslado una afrenta y no pararon hasta conseguir que el cadáver volviera a sus dominios, consiguiendo que el papa Sixto V lo ordenara, so pena de excomunión. Así que en 1586 el cuerpo incorrupto de Teresa de Cepeda volvió al monasterio, siendo enterrado bajo nueve llaves, de las que tres quedaron en poder de los Alba.

    En 1670 se instaló en una urna de plata, comprobándose que permanecía incorrupto. Incorrupto, sí, pero muy mermado pues en Roma se guarda parte de la mandíbula superior y el pie derecho; en Lisboa, la mano izquierda; en Ronda (Málaga), la mano derecha y el ojo izquierdo; en París, un dedo; otro dedo en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) y otros dedos repartidos por el orbe cristiano. La mano derecha se encontraba en poder de las tropas republicanas y fue recuperada por las tropas franquistas durante la guerra civil, pasando a poder de Franco, quien la guardó toda su vida.

    En cuanto a las dignidades, la iglesia la canonizó en 1622 como Santa Teresa de Jesús. En 1626 la cortes de Castilla la nombraron copatrona de España con Santiago, pero los partidarios del apóstol lograron que se revocara el acuerdo. Un año después el papa Urbano VIII la proclamó patrona de España. Los carmelitas obtuvieron en 1726 del papa Benedicto XIII el establecimiento de la fiesta de la transverberación del corazón de Santa Teresa. Desde 1963 es alcaldesa honoraria de Alba de Tormes y desde 1965 patrona de los escritores por declaración del papa Pablo VI, quien también la nombró Doctora de la Iglesia junto con Santa Catalina de Siena.

    Pienso en al azaroso trajín de la Santa antes y después de muerta mientras contemplo la urna instalada en la parte superior del altar mayor que guarda los restos de la Santa y dos de sus reliquias más insignes: un brazo y su corazón.

    Antes de volver a Salamanca pasamos por la alfarería de Tomás Pérez👇, de donde nos llevamos unos cuencos de sopa de recuerdo.

    Empujados por el fuerte y frío viento, nos despedimos de Alba de Tormes con los versos de Garcilaso de la Vega, que también frecuentó estos lares: “En la ribera verde y deleitosa / del sacro Tormes, dulce y claro río, / hay una vega grande y espaciosa, / verde en el medio del invierno frío, / en el otoño verde y primavera, / verde en la fuerza del ardiente estío”.

    Verde estaba. A nosotros nos tocó el invierno frío.

    Fotos: ©Valvar

  • Guarda (Portugal)

    Guarda (Portugal)

    Guarda es un núcleo medieval portugués en la frontera con España. También es la ciudad más alta de Portugal, capital de su comarca. Tiene una imponente catedral, una judería y la torre del homenaje de lo que fue castillo. Está rodeada de fortalezas medievales de frontera.

    Estando en Ciudad Rodrigo no pudimos resistirnos a la tentación de cruzar la raya y acercarnos a Guarda. Cuando pedimos información, nos sugirieron visitar las fortalezas de Almeida y Castelo Mendo, consejo que seguimos de buen grado.

    Esta zona estuvo ocupada por los pueblos celtíberos, luego por los romanos y después por los árabes, que levantaron una alcazaba en lo alto de la ciudad. De las murallas de Guarda apenas quedan alguna puerta, cuatro lienzos junto a la Torre dos Ferreiros y cerca de la judería. En 1384 los cristianos se apoderaron de la población extramuros, pero no de la alcazaba.

    Guarda👇 quedó aislada hasta el siglo XIX, lo que explica los abundantes restos medievales que se han conservado. El corazón de la ciudad es la Praça Luis de Camoens o Praça Velha, en la que se levanta la catedral, edificio de granito con más apariencia de fortaleza que de templo. Próxima a ella se encuentra la estatua del fundador de Guarda, el rey Sancho I, y el ayuntamiento, donde según sostienen los portugueses -y nosotros no osamos discutir- se firmó el tratado de Tordesillas entre Portugal y España por el que ambos países se repartían los mares entonces conocidos.

    Entramos en la catedral, construida entre 1390 y 1540, una mezcla de estilos gótico, renacentista y manuelino. Nos llama la atención el retablo renacentista labrado en piedra por el artista francés Jean de Rouen, y las columnas manuelinas torsas de la nave central.

    Del exterior, me gustaron los y los campanarios hexagonales de la fachada principal.

    De la Praça Velha parten calles estrechas con preciosos edificios de ventanas labradas y gárgolas en los aleros. La plaza y las callejuelas están llenas de cafés y restaurantes.

    Por una de estas calles nos internamos en la judería, buscando los signos mágico religiosos señalados con sus placas correspondientes. Encontramos alguna placa pero no somos capaces de identificar ningún signo. Lo atribuimos a que a nuestra edad, la vista ya no es lo que era.

    Desembocamos en la iglesia de San Vicente, que conserva unos azulejos del siglo XVII, que no pudimos ver porque estaba cerrada. En eso también se nota la identidad ibérica.
    En cambio, en la misma plaza encontramos un restaurante con muy buena pinta: BeloHorizonte. Acierto pleno. Nos ofrecen unas viandas típicas de la comarca, todo buenísimo. Nos ofrecen unos entremeses, con una morcilla exquisita. El Colega pide luego carne guisada con vino y yo arroz de pato. Las raciones son tan abundantes que nos dejamos más de la mitad, con harto dolor de corazón cada vez que me acuerdo.

    La iglesia de la Misericorodia es un ejemplar barroco. Su fachada combina el granito blanco con las paredes encaladas, tan frecuente en Portugal.

    Guarda ha instalado su propio museo en el antiguo palacio episcopal del siglo XVII).

    La ciudad nos ha parecido muy agradable, aunque el Colega se ha llevado una reprimenda de un policía por aparcar en sentido contrario al de la circulación en una vía de dos direcciones. En España pueden aparcar como quieran, pero en Portugal, no, le dice el agente, sin perder la sonrisa.

    Ya se ha dicho que Guarda es la ciudad más alta de el país vecino. En verdad, es una población que se desparrama por la ladera de un cerro que corona en 1116 metros de altitud. La base del montículo señala 824 metros. No quiero pensar si una pelota rueda desde la plaza a la rotonda base.

    Almeida👇 es una de las fortalezas de frontera. Situada a orillas del río Coa, a 12 kilómetros de la línea fronteriza, en su origen perteneció al reino de León, pasó a ser portuguesa en el Tratado de Alcañices en 1297. Tratados al margen, Almeida siempre fue una plaza codiciada por Castilla. En el asalto ordenado por Felipe IV se destruyó la primera muralla.

    Antoine de Ville diseñó un modelo de fortaleza defensiva en forma de estrella al estilo de Vauban, similar a las murallas de Elvas y Valença do Minho.

    Vista desde el aire asemeja una estrella de doce puntas, formada por otros tantos baluartes y torres de refuerzo, con un perímetro de 2.500 metros. La cuestión es que, aunque hemos subido al punto más alto de la población, no podemos sobrevolar el recinto y tenemos que conformarnos con ver los sucesivos y enormes baluartes -de 12 metros de profundidad y 62 de anchura-, bastante bien conservados.

    Sobre la puerta del cementerio, un cartel advierte al visitante: Oh, tú, quienquiera que seas, repara que estás donde yo estuve como tu estarás donde yo estoy.

    Almeida está considerado uno de las mejores fuertes abaluertados de Portugal, con sus anchos fosos, sus puertas falsas para despistar al invasor, sus casamatas subterráneas que servían de almacén y de protección a la población. La última de las acometidas sufridas por la fortaleza fue en el siglo XIX, cuando las tropas francesas cercaron el fuerte.

    Hoy forma parte de la red de Aldeas Históricas y su visita resulta agradable e interesante, una cierta vuelta al pasado, conservado con esmero.

    De Almeida pasamos a Castelo Mendo. Metemos el destino en el GPS y este se pone creativo y nos conduce por un camino tortuoso entre montes y trochas, de una belleza salvaje. Podríamos habernos encontrado con los restos del ejército napoleónico y no nos hubiéramos sorprendido lo más mínimo.

    Finalmente, aparece Castelo Mendo👇, una villa de aspecto medieval cuyo caserío se disemina por un pequeño cerro. Atravesamos la puerta de la muralla, saludamos a los dos verracos con la flanquean y enseguida nos encontramos en lo que parece la plaza mayor, presidida por un bonito pelourinho -rollo- gótico.

    En realidad el conjunto lo forman dos núcleos: el burgo viejo, con su muralla del siglo XII, del que apenas quedan las ruinas del castillo y de la iglesia; y el burgo nuevo o arrabal de San Pedro, con su muralla gótica construida en tiempos del rey Dinis I (1261-1325), muy dañada por el terremoto de 1755, que es la que hemos atravesado y donde nos encontramos.

    Los dos recintos imparten una lección de historia sobre el terreno. Este villorrio por el que ahora paseamos, solos de toda soledad, fue guardián de uno de los pasos del río Coa, cuyo curso fluvial marcaba la frontera, un vado de raíces ancestrales conocido como Porto de San Miguel, un lugar estratégico frente al reino de León.

    Fundado en el siglo XII, el primitivo Castelo Mendo tuvo su propio fuero, un mercado semanal el domingo y una feria de ocho días tres veces al año, una de las ferias más antiguas de Portugal. El arrabal se inició en el siglo XVI, en torno a la iglesia de san Pedro. En 1510, el rey Manuel I -aquel que casó con dos hijas de los Reyes Católicos, Isabel y María- concedió a la villa nuevo fuero y picota, el pelourinho junto al que hemos aparcado.

    A pesar de su declive constante, mantuvo su estatus de municipio hasta 1885. En 1984 fue calificado como Inmueble de Interés Público.

    Subimos hasta la cima del otero donde se distinguen las ruinas de la iglesia de Santa María, levantada sobre la roca berroqueña de este lugar. El día ha salido soleado y tibio y resulta agradable disfrutar de este impresionante paisaje.

    Mientras fotografío la iglesia el Colega se pierde cuesta abajo entre piedras labradas de la primera muralla y piedras sin labrar. Como tarda en volver, mato la espera recordando una leyenda del lugar según la cual quien desee conseguir un deseo debe lanzar una piedra sobre una roca. Si la piedra cae encima, se cumplirá el deseo. Si no, deberá probar de nuevo.

    El caso es que no sabemos cuál es la roca mágica, así que me dedico a tirar piedras aquí y allá a ver si acierto. En realidad, la suerte es conocer lugares con tanto encanto como estos.

    Fotos: ©Valvar

  • Ciudad Rodrigo

    Ciudad Rodrigo

    Ciudad Rodrigo, la antigua Mirobriga, es una población de la provincia de Salamanca en la frontera con Portugal. Se levanta sobre un promontorio coronado por el castillo lamido por un río con nombre de mujer: el Águeda. Entre sus murallas conserva un conjunto monumental de primer orden.

    Que este es un lugar habitado desde antiguo lo demuestran los grabados rupestres de Siega Verde, a 12 kilómetros al noroeste de la ciudad, datados en el Paleolítico Superior, declarados Patrimonio de la Humanidad en 2010. En sus peñas pueden verse dibujos de caballos, bóvidos, ciervos, cabras y otras especies de animales.

    De la Edad de Bronce se conserva el llamado ídolo de Ciudad Rodrigo, que puede verse en el Museo Arqueológico Nacional en Madrid.

    Más moderno -de la Edad del Hierro- es el verraco del puente, escultura zoomorfa que mira con ojos de piedra al castillo.

    Los romanos llamaron al lugar Mirobriga, de donde procede uno de los gentilicios de sus habitantes -mirobrigenses, también rodericenses y civitatenses- además de las Tres Columnas, incorporadas a su escudo en la Edad Media.

    Se cree que fue en el siglo XI, durante el reinado de Alfonso VI de León, cuando el conde Rodrigo González Girón reconstruyó y repobló el antiguo poblado vetón, dando nombre a la ciudad y a otros lugares próximos como Aldearrodrigo o Castelo Rodrigo. El testimonio más antiguo referido a la población es un documento de la catedral de Salamanca de 1136, donde se dice que los salmantinos compran la aldea de Civitatem de Roderic.

    Ya en el siglo XII Fernando II de León refuerza la zona creando una plaza fuerte frente a los almohades por el sur y a los portugueses al oeste. El rey amuralla la ciudad, le da fuero y le dota de obispado.

    Tiempos turbulentos aquellos, la población vivió las consecuencias de las guerras civiles interiores, como las que mantuvieron los partidarios de Pedro I -conocido, según se mire, como el Cruel o el Justiciero- y su hermanastro Enrique II de Trastamara. Este llegó a poner sitio a la ciudad en 1370, sin llegar a tomarla. Luego, ya rey, reforzó y elevó la cerca y construyó el alcázar.

    No menores fueron los conflictos derivados de su condición fronteriza. En 1384 las tropas portuguesas entraron en Ciudad Rodrigo, invasión que acabaría en la derrota castellana de Aljubarrota. La ciudad era por entonces una de las plazas fueres de la corona de Castilla y León, con Tuy y Badajoz.

    Empero, este permanente hostigamiento le llevó a dudar acerca de la conveniencia de pertenecer a la corona castellana o a la portuguesa. Así ocurrió durante el enfrentamiento entre Pedro I y Enrique II, y, luego, en la Guerra de Sucesión entre Isabel de Castilla y su sobrina Juana -mal llamada la Beltraneja- y Alfonso V de Portugal. Finalmente se inclinó por la primera y no le fue mal pues los Reyes Católicos le concedieron el mercado franco los martes, después ratificado por Carlos I.

    La decisión real de expulsar a los judíos en 1492 también favoreció a la ciudad, que se convirtió en centro de afluencia desde Castilla a Portugal, y punto de retorno de algunos de ellos, que volvieron para bautizarse, consolidando por esta vía una importante población conversa👇.

    Aunque la ciudad volvió a vivir el desgarramiento entre partidarios y contrarios de las Comunidades, el siglo XVI fue el de oro para Ciudad Rodrigo. Pudo al fin conocer la estabilidad política y el bienestar económico, viendo florecer hermosos edificios civiles y religiosos que hoy conforman su notable patrimonio.

    La armonía duró poco. Las guerras de Restauración o Independencia de Portugal (1640-1668) y la de Sucesión de la corona española (1700-1714) con sus asedios, incursiones militares, robos de bienes y de ganados supusieron un nuevo desgaste. A cambio, las relaciones económicas, sociales y culturales se multiplicaban en tiempos de paz, a un lado y otro de la Raya. Ciudad Rodrigo abastecía a Castilla de productos portugueses y a Portugal de productos castellanos.

    Ya en el siglo XIX, en 1810 fue sitiada y ocupada por los franceses, después de causar graves destrozos en su muralla. Dos años después, las tropas aliadas al mando del inglés Wellington, recuperaron la ciudad, lo que le valió al general el título de duque de Ciudad Rodrigo.

    Las desamortizaciones de ese mismo siglo ocasionaron graves daños en una ciudad con fuerte acento eclesiástico, agravado con la suspensión de la diócesis en el concordato de 1851, recuperado en parte en 1884 con un prelado como administrador apostólico. Tendrían que pasar décadas hasta que en 1951 recobrara el obispado.

    A comienzos de marzo de 2024 hicimos una visita a Ciudad Real, alojándonos en el palacio de Enrique II👇, hoy convertido en parador nacional. Primer punto a favor, el antiguo castillo ha sido muy bien restaurado ofreciendo la belleza de la época de su construcción y el confort del tiempo actual. Desde nuestra habitación podemos contemplar el río Águeda y el puente viejo y disfrutar de preciosas puestas de sol.

    Empezamos nuestro recorrido paseando por la muralla, paredaña al castillo, que tiene una longitud de dos kilómetros. En una de las puertas descendemos del adarve en busca de la Oficina de Turismo, ubicada en los bajos del Ayuntamiento. La señora que lo atiende nos informa cumplidamente, nos proporciona planos y folletos y nos anima a conocer otras fortificaciones de frontera próximas. Gracias le sean dadas.

    Volvemos a la cerca, fotografiamos alguna de sus puertas, por las que entran y salen peatones y coches. Descubrimos que un tramo del paseo que bordea la muralla lleva el nombre de Fernando Arrabal. El escritor y dramaturgo tiene incluso un monolito con busto en su honor.

    Nos enteramos así de que el padre del escritor, militar leal a la República durante el levantamiento de 1936, estuvo preso en la cárcel de Ciudad Rodrigo, entre otros penales. El niño Arrabal fue confiado a los abuelos en Ciudad Rodrigo mientras la madre buscaba trabajo en Burgos a cuyo penal había sido trasladado el padre. Fuentes oficiales informarían a la familia de que en el crudo invierno burgalés de 1942 el preso huyó del hospital vestido únicamente con el pijama, desapareciendo sin dejar rastro. La información👇 nos deja un poso de tristeza por el dramaturgo y por las generaciones de españoles que soportaron y soportamos la dictadura.

    Volvemos a entrar en la ciudad por la puerta de las Amayuelas, que nos conduce a la catedral.

    Tardorrománica en su origen a finales del siglo XII, en el reinado de Fernando II, tiene tres puertas grandiosas. La norte, del Enlosado o de Amayuelas.

    A un costado del muro norte descubrimos un pequeño relieve en el que un caballero lucha con un oso. Es el recuerdo de una leyenda según la cual en el siglo XII, comenzando las obras de la catedral, cada noche se producía un gran estruendo y a la mañana siguiente aparecía destruido lo construido el día anterior. Los mirobrigenses estaban persuadidos de que era el mismo demonio quien trataba de impedir que se erigiera la catedral. Hasta que un caballero valeroso decidió acabar con la situación. En la oscuridad de la noche atacó con su espada al causante del estruendo y de las ruinas, que resultó ser un enorme oso.

    la meridional o de las Cadenas, con sus magníficas esculturas del Salvador, flanqueado por San Juan, San Pedro, San Pablo y Santiago. Sobre el arco escarzano, una galería de doce arcos con otras tantas esculturas ya góticas con personajes del Antiguo Testamento: de izquierda a derecha, Abraham, Isaías, la reina de Saba, Salomón, Ezequiel, Moisés, Melquisedec, Balaam, David, Elías, San Juan Bautista y Jeremías.

    Siendo esta una portada espectacular, me gusta especialmente una escultura que ocupa un arco en el muro a la derecha: una Virgen sentada – sede sapientiae- con el Niño Jesús en sus rodillas de transición al gótico.

    En el muro exterior sur de la nave vemos unas bellísimas ventanas también tardíamente románicas.

    En el interior de la iglesia se encuentra el Pórtico del Perdón o de la Gloria👇, ya del siglo XIII, con un doble acceso dividido por una columna en la que se apoya una Virgen con Niño. Seis arquivoltas profusamente engalanadas con escenas de la vida de Cristo y de la Virgen, coronada por su hijo en el remate superior.

    La capilla mayor es de Gil de Hontañón. El retablo original ha sido sustituido por una imagen de la Asunción, de Juan de Mena, procedente del monasterio de la Caridad.

    El claustro es gótico, construido entre los siglos XIV y XVI. En el ángulo suroeste se enterró al cantero que dirigió la obra de las crujías góticas. Un calvario señala el sepulcro, bajo el que una inscripción reza: AQUI YAS BEN/EITO SÁNCHEZ MAESTRE QUE FUE/DESTA OBRA Y DIOS LO PERDONE AMEN

    Las otras dos crujías fueron realizadas entre 1526 y 1539 por Pedro de Güemes, retratado en un medallón con un compás, símbolo de su oficio.

    Nos llaman la atención los abundantes relieves que adornan las basas de estas pandas. Al terminar la visita preguntamos si estas figuritas son originales. Originales son, pero del siglo XX, nos responde la persona que atiende a la entrada. Por entonces, encontrándose dañados los muros de esta parte del claustro se encomendó la restauración a José Tarabella, quien se vino arriba y dejó su impronta en el claustro. Al Colega le parece casi un sacrilegio, pero a mí me hacen gracia. ¿Quién, pudiendo hacerlo, no caería en la tentación de dejar su impronta en un lugar como este? También intervino en el palacio de los Águila y esculpió un lagarto o una rata, añade la señora que nos atiende.

    Acudimos, pues, al palacio, obra del siglo XVI promovida por Antonio del Águila, alférez mayor y alcaide de la fortaleza. El patio plateresco es el escenario de la intervención de Tarabella, que se distingue fácilmente del original por el color más claro de la piedra. Efectivamente, ahí está la lagartija invasora.

    Pasear por Ciudad Rodrigo es una sucesión de hermosas sorpresas, aquí y allá surge un palacio, empezando por el episcopal o el del primer marqués de Cerralbo, de Moctezuma o de los Cornejo, de Miranda, de Vázquez; una casona, la de la Cadena, el Cuartel de Artillería. Tomamos un café en el bar Los Arcos de la plaza Mayor, donde hace tertulia una clientela que parece asidua. Desde allí contemplamos la Audiencia y la casa de los Cueto. Acercándonos al bello edificio del Ayuntamiento divisamos el de Correos y la torre de San Agustín. Más allá, el románico mudéjar de San Isidoro. Fuera de la cerca, San Andrés y las ruinas del convento de San Francisco.

    En el parador nos informan de que los huéspedes podemos acceder a la torre del homenaje a cualquier hora. ¿Cuántas escaleras son?, pregunto. Ochenta y cuatro, me responden. Barandilla mediante, subo a la torre, disfrutando de la magnífica vista de la ciudad que ofrece la atalaya. A nosotros nos pareció que marzo es un tiempo tan bueno como cualquier otro para disfrutar Ciudad Rodrigo pero, si eres amante del jolgorio lo tienes garantizado en el carnaval del toro, entre el viernes de carnaval y el miércoles de ceniza. Y si prefieres la cultura, en agosto es escenario de la feria de teatro de Castilla y León.

    Fotos: ©Valvar

  • Florencia

    Florencia

    Visitar Florencia es como transitar por una enciclopedia del arte, cuyas páginas son sus calles, sus plazas, sus museos, sus puentes, el río Arno que la atraviesa. Todo es recogido y grandioso a la vez; allí se encuentra el Renacimiento italiano y la historia de los grandes artistas, como Miguel Ángel, Donatello, Berrocchio, Della Robbia…

    Florencia 👇 es la ciudad más hermosa que conozco, un prodigio de la historia. Es la constatación de que la ciudad soñada existe. Cara, pero existe. Y es maravillosa. Mentira parece que se haya conservado tan magnífica y señorial a lo largo de los siglos.

    Hemos estado en dos ocasiones, cuatro días en cada visita, y no desespero de ir una tercera si consigo convencer al Colega, más partidario de conocer lugares nuevos que de volver a los ya conocidos. Pero Florencia, ah, Florencia bien merece una excepción.

    Elegimos el hotel Palace Ponte Vecchio, adosado a los cimientos del puente, junto al corredor de Vasari, el pasillo elevado y cerrado que va de los Uffici al Palacio Pitti, utilizado por la familia Médicis para no mezclarse con el pueblo llano ni soportar los olores de las carnicerías que ocupaban el Ponte Vecchio. Al llegar al puente tuvo que sortear la torre de uno de los nobles, que se negó a derribar su propiedad. El hotel está junto a esa torre.

    El restaurante se encuentra en la sexta plante, desde cuya terraza se divisa el Duomo y el Campanile como al alcance de la mano.

    En cuanto abren las tiendas, joyerías las mayoría, el Ponte Vecchio 👇 es un constante transitar de gentes. A media tarde siempre hay un artista espontáneo que actúa ante los cientos de visitantes. La puesta del sol desde allí es un espectáculo inolvidable.

    La primera impresión que nos produjo la ciudad es que era mejor que en las imágenes que habíamos visto. Es mejor que un sueño, corroboró el Colega. Lo es, lo es en grato superlativo hasta el punto de que la contemplación de tal exceso de hermosura puede llegar a producir un trastorno psicosomático, calificado como síndrome Stendhal, por haber sido el autor francés el primero en describir el fenómeno.

    Con síndrome o sin él hay que saborear la primera impresión -y la segunda, y la trigésima…- que produce Florencia. Asomarte al Arno desde el Ponte Vecchio, llegar a la plaza del Duomo, extasiarte ante el Campanile o el Baptisterio, pasmarte en sus iglesias. En fin, hay que ir a Florencia sin remedio.

    Lo que llamamos el Duomo es la catedral de Santa María del Fiore 👇 -de la Flor- con su inmensa cúpula de 114,5 metros de altura exterior -100 metros en el interior- y 45,5 de diámetro. La obra maestra de Brunelleschi, auténtico genio de la arquitectura, que descubrió la manera de equilibrar los empujes horizontales y verticales del tambor para que la bóveda se sostuviera como si flotara en el aire y no se viniera abajo.

    En nuestra primera visita éramos aún lo bastante jóvenes para subir 464 escalones hasta alcanzar la linterna de la cúpula y ver la ciudad a la luz de un sol radiante. Dimos por bueno el esfuerzo. Florencia a los pies aparece tranquila con sus tejados iguales, el verdor de los alrededores, no hay un edificio que desmerezca. Y a ras de suelo, gente y gente por todas las calles, más aún en el Ponte Vecchio.

    Al descender de la cúpula, frente a la puerta nos esperaba un cartel invitando a la confesión. Debe ser in articulo mortis, porque estábamos al límite de nuestra resistencia.

    Junto a la catedral, el Campanile 👇de Giotto, de casi 85 metros de altura, y el Baptisterio de San Juan👇, con las puertas de bronce de Ghiberti. Un conjunto que por sí solo ya merecería una visita. Como curiosidad, el museo de la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, conserva un vaciado de esas puertas.

    La plaza de la Signoria 👇es la versión civil de la del Duomo, un museo al aire libre. Nos evocaba el tiempo de la adolescencia, cuando el arte florentino era para nosotros una materia a aprender, y la emoción de estar frente a algunas de las obras mayores del arte universal tiene algo de paralizante. El Perseo con la cabeza de Medusa de Cellini, tan poderoso, como advertencia del poder a los críticos; la fuerza plástica de El rapto de las Sabinas de Giambolonia; cualquiera de las esculturas y el conjunto invitan a un paseo sosegado, lo que no siempre se consigue. En este lugar fue ahorcado y quemado Savonarola.

    También de Giambologna es la estatua ecuestre de Cosme I, el Médici grande.

    Hay que señalar que el Rapto de las Sabinas y Perseo, son originales pero el David de Miguel Ángel que se encuentra a la entrada del palacio Vecchio es copia, el original reposa en la Academia, donde es la vedette absoluta, modelo de belleza masculina lo mires por donde lo mires. Después de una observación atenta, me siento inspirada y la digo al Colega: Bah, lo tengo mejor en casa, pero él no se da por aludido y me responde: Pues ya me dirás donde. Por si no lo sabéis, los mozos de Burgos no son de elogio fácil.

    Estando un día sentados en una de las terrazas de la Signoria se nos acercó una familia argentina preguntando algo de Florencia. Como el Colega es dado a pegar la hebra, enlazaron de un tema a otro hasta llegar a la reina Juana de Castilla. ¡Quién me lo iba a decir a mí!

    Otro imprescindible de Florencia es la Galería de los Uffici👇, un museo de primera que en los últimos años está tratando de adaptarse a los tiempos. Conviene haber sacado las entradas con antelación, así y todo hay que hacer cola para entrar. En su interior se reúnen cientos de grandes obras y unas cuentas obras maestras. Allí pude fotografiar un espinario, tema muy frecuente en el Renacimiento. El Museo del Prado tiene otro ejemplar de los muchos que hay por el mundo. Desde los ventanales de los Uffici hay preciosas vistas del Ponte Vecchio.

    Una buena manera de darse un respiro antes de volver a las calles de Florencia es tomar un chocolate con nata en la terraza sobre la Logia del Lanzi.

    Si de verdad te gusta el arte, puedes visitar el Museo Bargello👇, menos famoso que los Uffici, y sin colas. Entre sus tesoros, el David de Donatello, el objetivo favorito del Colega en Florencia, emocionante en su perfección, y un Baco de Miguel Angel. No vimos el Mercurio de Gianbolonia, que estaba en un préstamo.

    La tourné museística no estará completa sin conocer San Marco👇, convento donde vivieron, entre otros, Savonarola y Fra Angelico y que guarda una valiosa obra de éste. Entusiasta como soy de Fra Angelico, me gustaron especialmente los frescos de las celdas.

    Una de nuestras visitas coincidió con la Anunciación, el 25 de marzo. Nos acercamos a la plaza de la Anunciata, que ese día celebra su fiesta mayor. Estaba llena de puestos, con dulces y comida. El Colega cargó con guirlaches de almendra, avellana y cacahuete como para un bautizo. Lo típico de la fiesta son unas obleas pequeñas como patatas fritas, con sabor a anís, un poco dulzonas.

    En esta plaza de la Anunciata dejó Brunelleschi su impronta en el Ospedale degli Innocenti👇, un modelo de perspectiva. La escultura ecuestre de Fernando I, en el centro de la plaza, es de Giambolonia.

    Tomamos un autobús para llegar a San Miniato👇, que está en una colina desde la que se divisa la llanura de Florencia en panorámica, como un corralito en torno al Arno, con los puentes sobre el río y las nieves de las montañas que la rodean a lo lejos. La iglesia tiene unos frescos muy bien conservados y una pintura bizantina, además de su cripta románica. El Colega se empeñó en tocar la campana y no pasó nada, yo me quedé con las ganas. Rodea la iglesia un cementerio antiguo de aire romántico. Lo sorprendente es que no cobraban entrada –sólo la voluntad– lo que en aquellos lares es noticia.

    En el autobús 7 que parte de Santa María de Novella subimos a Fiésole👇, que debe de ser muy bonito en verano, pero aquel día se levantó un viento gélido y se puso a llover, así que echamos un ojo a Florencia desde la distancia y nos volvimos en el mismo bus.

    Imprescindible también la iglesia de San Lorenzo, construida por Brunelleschi. Su sacristía nueva es el mausoleo de los Médicis👇 grandes, donde Miguel Ángel Buonarrotti dejó muestra de su genio. En ambas visitas aprovechamos para callejear sin parar. Así descubrimos la casa natal de Dante Alighieri, y el arte que tienen los florentinos sea para ilustrar sus coches de reparto o las señales a su aire.

    Santa María Novella👇 es una joya en sí misma difícil de olvidar. No permiten fotos, lo que nos impidió plasmar un instante mágico cuando un rayo solar jugaba con la luz que se filtraba a través de las vidrieras de la nave central, añadiendo belleza a su hermosura. En la portada dos artilugios miden el tiempo.

    Como en nuestra primera visita habíamos pasado rápidamente por la iglesia de la Santa Croce estuve varios años dando la barrila al Colega sobre lo que nos habíamos perdido, hasta que volvimos. Por eso y porque habíamos cumplido repetidamente con la tradición de pasar la mano por el morro del Porcellino, que por eso está tan brillante, para volver a Florencia.

    La iglesia de la Santa Croce👇 es famosa, entre otras cosas, porque acoge las sepulturas de muchos artistas famosos, como Miguel Ángel Buonarroti, Galileo Galilei o Maquiavelo.

    También hay un cenotafio de Dante. El gran poeta murió en Ravena, donde se exilió en 1301, ciudad que se ha negado a devolver los restos del poeta a su ciudad natal. En su monumento, proyectado por Vasari, aparecen las estatuas de la Pintura, la Escultura y la Arquitectura.

    Aún causa espanto las consecuencias de la gran inundación de 1966, que hundió el pavimento de la iglesia. Algunos tesoros, como el crucifijo de Cimabue, no pudieron recuperarse del todo. Las aguas desbordadas del Arno también causaron destrozos en los Uffici.

    En el Oltrarno -el allende florentino- se encuentra el palacio Pitti y los jardines Boboli. El barrio está lleno de tiendas y en sus calles se respira un aire bohemio.

    Como no todo es espíritu, debo añadir que Florencia ofrece oportunidades sin cuento de dar algún gusto al cuerpo. El Colega se tiene hecha allí una degustación completa de las carnes de la zona: osobucco en la Trattoria de Enzo y Piero, el mazzo en la Trattoria Angolino, en el Oltrarno, jamón asado, la famosa bistecca en la Trattoria Segio, en la plaza de San Lorenzo. A mí me gustó la rebollita, la sopa típica florentina, la zupa, un guisado de alubias, y las varias maneras de preparar la pasta.

    Si te gusta el cuero, no pierdas la ocasión de comprarte una prenda. Yo me traje una de cada viaje. Para compensar, le compré varias corbatas al Colega. Preciosas. Alguna ni la ha estrenado.

    Hasta donde pudimos conocer, los florentinos son amables, no se esmeran con los visitantes porque forman parte del paisaje habitual pero son cordiales y tratan de ayudar.

    Lo más probable es que al término de la visita, ante tanta obra maestra, no distingas a Giotto de Bellini, a Miguel Ángel de Cellini o Giambolonia. Por eso conviene volver a Florencia. Siempre. Tomarte un vino o un spriz en la plaza del Duomo es uno de esos placeres que los dioses conceden a las almas sencillas como nosotros.

    Fotos: ©Valvar

  • Burgos (II)

    Burgos (II)

    A Burgos hay que llegar sin prisa, dispuestos a cansarse y a descansar, a gozar con su enorme patrimonio monumental, mayoritariamente en sus templos góticos, y disfrutar de sus amenos paseos, donde la naturaleza toma posesión de la ciudad.

    A la ciudad se puede llegar por carretera o por tren -también por vía aérea, pero con menos fluidez- si bien muchos miles de visitantes lo hacen a pie o en bicicleta, siguiendo el trazado milenario del Camino de Santiago, que la cruza de este a oeste.

    Si el visitante gusta del arte gótico aquí podrá disfrutar de una inmersión en cantidad y calidad. Aparte de la catedral, considerada una de las mejores expresiones de este estilo, Burgos cuenta con un amplio censo de iglesias levantadas entre los siglos XIV y XV, el periodo de esplendor económico y social de la ciudad, cuando era la plaza comercial más importante del norte de la península . Prueba de ello es la creación en 1494 del Consulado del Mar, asociación mercantil de comerciantes que en régimen de monopolio exportaban la lana castellana a Flandes e importaban de allí paños y telas, muchos de ellos manufacturados con la lana castellana. El consorcio del Consulado disponía de su propia flota de barcos con base en Laredo o Bilbao.

    Los comerciantes no solo se enriquecieron personalmente, también promovieron la construcción de palacios, casonas o capillas en las que dejar memoria de su linaje o contribuyeron con sus fortunas a empresas que trascendían el ámbito burgalés. Aquí se recabaron los fondos que costearon la expedición a las Islas de la Especiería (1519-1522), viaje iniciado por Magallanes y concluido por Sebastián Elcano, el primero en dar la vuelta al mundo. La riqueza de los Maluenda, Polanco, Castro o Haro atrajo a artistas que idearían proyectos que todavía causan admiración: los Colonia padre e hijo, los Siloé, Juan de Vallejo, Felipe Vigarny. El clero y los mercaderes locales levantaron templos, capillas y alguna obra civil en las que dejar memoria de su paso por la tierra. Gracias les sean dadas.

    Lo primero que encuentra el peregrino jacobeo es la iglesia de Santa María la Real y Antigua de Gamonal, sucesora del templo primitivo del siglo XI, cuando fue sede obispal de Burgos, trasladada desde Oca. De la construcción románica apenas queda más que un capitel. La fábrica gótica actual corresponde al siglo XIV. Gamonal, que por entonces era pueblo independiente, es hoy un populoso y reivindicativo barrio burgalés.

    El camino conduce a uno de los rincones más hermosos de la ciudad: la plaza de San Juan, limitada al norte por la iglesia de San Lesmes, al sur por la biblioteca pública, al este por el monasterio de San Juan y al oeste por el río Vena y por algunos raigones de la primitiva muralla, que se abre en el arco de San Juan.

    El monasterio de San Juan fue hospital de peregrinos de la orden benedictina. La primera construcción es del siglo XI, con reconstrucciones en los siglos XIV y XVI. Se conservan los muros exteriores y un claustro renacentista ocupado por las obras del pintor local Marceliano Santa María. Hace unos años se trasladó a este recinto la portada de la iglesia de Cerezo de Río Tirón, que anteriormente se encontraba en el paseo de la Isla.

    San Lesmes es el santo patrón de Burgos, cuyos restos reposan en el centro de su iglesia, reconstruida en el siglo XIV sobre la primitiva del XI y ampliada un siglo más tarde, en una mezcla gótico-renacentista. El interior del templo es un pequeño museo en el que destacan el púlpito, el retablo mayor y el de Santa Cruz, el sepulcro de San Lesmes, y el de Cristóbal de Haro -protagonista destacado en la financiación de expedición a las Islas de la Especiería- y de su esposa Catalina de Ayala. 👇

    La biblioteca pública ocupa parte del Hospital de San Juan, obra de Simón de Colonia, destruida en un incendio en 1949. Se encuentra en un edificio moderno acristalado, cuya puerta gótica es la misma que abría el desaparecido hospital. Estamos ante una de las joyitas de la ciudad. Creada a partir de los fondos obtenidos por el Estado en las desamortizaciones del siglo XIX, en su fondo antiguo reposan incunables, manuscritos y, como elementos VIP’s, la Biblia Románica de Burgos y la Biblia de Gutemberg.

    La primera procede del scriptorium de San Pedro de Cardeña. Obra del siglo XII, está escrita en latín, en letra gótica y ornada con primorosas miniaturas. La segunda biblia es la única que se atribuye con seguridad a Gutemberg. Se la conoce también como la Biblia de 42 líneas por ser este el número de líneas de cada columna. Se inició su composición en 1452 en Maguncia, consta de dos tomos con un total de 1.282 páginas de papel.

    Tras cruzar el puente sobre el río Vena, atravesando el arco de San Juan se entra en el casco antiguo de la ciudad. Al costado izquierdo de la calle de San Juan se abre la rúa de La Puebla que desemboca en la plaza de La Libertad. Allí se encuentra un edificio notable, ejemplar de gótico civil, escenario de instantes decisivos de la historia: el Palacio de los Condestables o Casa del Cordón. Fue mandado construir por Mencía de Mendoza al arquitecto Simón de Colonia, probablemente según proyecto de su padre, Juan de Colonia. Mencía, mujer ilustrada y mecenas, hija del marqués de Santillana y esposa de Pedro Fernández de Velasco, se aplicó a promover los grandes monumentos familiares mientras su marido se dedicaba a la guerra, de manera que bien pudo ofrecerle a su vuelta “palacio en que morar, quinta en que holgar y capilla en que orar y te enterrar”, en referencia, respectivamente, a la Casa del Cordón, la quinta de la Casa de Vega y la Capilla de los Condestables de la catedral.

    Durante décadas fue también palacio real. Aquí recibieron los Reyes Católicos a Colón a la vuelta de su segundo viaje a América y en sus estancias murió Felipe el Hermoso. En él se alojaron Carlos I y Felipe II.

    Retornando de nuevo a la calle de San Juan, antes de tomar la de Fernán González encontramos la iglesia de San Gil, adosada a la muralla. Está considerada la mejor muestra del gótico después de la catedral, con capillas debidas a Gil de Siloé, Juan de Matienzo y Juan de Vallejo. En al arco de la muralla había un torreón conocido como de las emparedadas, donde es creencia general que algunas mujeres se retiraban del mundo para meditar y hacer penitencia.

    La calle Fernán González sigue el trazado del Camino de Santiago. A poco de comenzar encontramos la Casa del Cubo, obra del siglo XVI, actualmente Albergue municipal de Peregrinos del Camino de Santiago.

    Poco más adelante, frente a la puerta de Coronería de la catedral, otro edificio singular: el palacio de Castilfalé, levantado sobre el solar de la casa de los Colonia. La primera construcción fue realizada por Juan de Vallejo, comprada por Andrés de Maluenda en 1565. Tras sucesivas reformas y no pocas vicisitudes -fue residencia de Fernando VII y de Napoléon- acabó en poder de los condes de Castilfalé que lo cedieron al Ayuntamiento de Burgos. Debidamente rehabilitado, actualmente acoge el Archivo Municipal. Además de sus muchos e importantes tesoros documentales guarda el piano de Antonio José, gran compositor burgalés que, como García Lorca, fue asesinado por los rebeldes en los primeros días del levantamiento militar de 1936.

    A pocos pasos de este edificio nos topamos con la iglesia de San Nicolás, en cuyo interior se encuentra un retablo del siglo XV, diseñado por Simón de Colonia, obra de su hijo Francisco, una de las expresiones cimeras del Renacimiento castellano. Destacables son también sus tablas y sepulcros góticos.

    Ascendiendo por la calle que nace entre esta iglesia y el palacio de Castilfalé se llega a San Esteban, de fábrica también gótica, levantada sobre una románica en el siglo XIII. Actualmente acoge al Museo del Retablo, que sería un objetivo en sí mismo si la ciudad no estuviera tan sobrada de oferta.

    La calle de San Esteban conduce de nuevo a la de Fernán González. Cerca de su confluencia se encuentra el monumento funerario de El Empecinado, erigido por suscripción popular mediado el siglo XIX.

    Un poco más adelante se sitúa el conocido como Solar del Cid, donde la tradición ubica la casa de Rodrigo Díaz de Vivar.

    No lejos de este itinerario se encuentra la iglesia de Santa Águeda, en la calle de su nombre que nace en la plaza de Santa María. Quiere la tradición que en ella tuvo lugar la jura de Santa Gadea, en la que el Cid hizo jurar al rey Alfonso VI que no había tenido arte ni parte en la muerte de su hermano Sancho II, asesinado a las puertas de Zamora.

    Un visitante que se precie no puede estar en Burgos sin pasearse por el Espolón, ronda no muy larga pero muy hermosa, lugar de cita de los burgaleses. En la plaza del Cid, al inicio del paseo, se encuentra la célebre estatua en bronce de Rodrigo Díaz de Vivar con su capa ondeando al viento, obra de Juan Cristóbal González de Quesada. El puente de San Pablo, por donde el Cid partió al destierro, está flanqueado por esculturas vinculadas a la figura del Campeador.

    Atravesando el río Arlanzón por el puente de Santa María en la calle Miranda se encuentran las casas de Miranda y de Íñigo Angulo, unidas ambas en el Museo de Burgos, otro de los maravillosos secretos escondidos de la ciudad.

    En la calle Madrid permanece en pie, aunque maltratado por el tiempo, por la francesada y por los excesos urbanísticos municipales, el hospital de la Concepción, obra renacentista del siglo XVI. Creado por una fundación benéfica del mercader Diego de Bernuy, fue posada de peregrinos, en la que también se alojó Santa Teresa de Jesús. Facultad de Medicina durante un tiempo, su huerta tenía fama por las hierbas curativas que en ella se cultivaban. Las tropas francesas lo convirtieron en cuartel. Actualmente adscrita a la Universidad de Burgos está a la espera de una restauración muchas veces anunciada.

    No lejos de este edificio se encuentra la iglesia de San Cosme y San Damián (S. XVI), con su espléndida portada de Juan de Vallejo.

    Volviendo al río Arlanzón nos topamos con el Instituto López de Mendoza, también del siglo XVI, fundado por el cardenal Íñido López de Mendoza como colegio de San Nicolás para la educación de niños pobres de la ciudad. Su fachada ostenta los escudos de los Velasco y los Mendoza. Actualmente acoge el IES Cardenal López de Mendoza.

    En este punto se abre un agradable paseo en las riberas del río que en dirección este conducirán al paseo de la Quinta y en dirección oeste al paseo de la Isla. Porque ese es otro de los atractivos de Burgos, sus paseos urbanos, hermosos en cualquier estación, y el río Arlanzón atravesando la ciudad y cobijando a una fauna variada: ocas, patos, garzas, lavanderas, petirrojos, incluso alguna nutria.

    En el paseo de la Isla se alza el palacete neogótico de finales del XIX, construido por el banquero y abogado Juan Muguiro, que alojó al general Franco durante la guerra civil y actualmente es sede del Instituto Castellano de la Lengua.

    El paseo lleva al puente de Malatos que conduce al Hospital del Rey, mandado construir por la reina Leonor Plantagenet y su marido, el rey Alfonso VIII, dependiente del monasterio de las Huelgas. Fue uno de los hospitales mayores del Camino de Santiago. Inicialmente era conocido como Hospital de la Reina, pero como la historia la escriben los hombres, enseguida pasó a llamarse del Rey. La desamortización, primero, la guerra civil luego, durante la que fue habilitado como hospital para las tropas marroquíes, y nuestra proverbial incuria estuvieron a punto de arruinarlo definitivamente. Afortunadamente, tras una inteligente restauración, actualmente acoge la facultad de Derecho y el rectorado de la Universidad de Burgos.

    Cerca de la puerta de Romeros de este hospital se encuentra la ermita de San Amaro, donde está enterrado el Santo. El pequeño jardín que rodea la ermita sirvió de cementerio a los peregrinos que morían en el hospital.

    Habrás oído, sin duda, que esta es una ciudad fría, además de aquello de los militares y los curas. Bien, cálida no es e, incluso con el calentamiento global, no estará de más que incluyas en tu maleta una rebequita por si refresca al caer el sol. También es verdad que pocas ciudades hay como esta para pasar el estío frescos y entretenidos. Ah, en cuanto a los curas, alguno queda, por lo general cargado de años, pues aquí como en el resto del país, las vocaciones escasean. Prueba de ello es que los antiguos seminarios menor y mayor se encuentran semi vacíos, con apenas una treintena de seminaristas, según cuenta el periódico local. El arzobispado de Burgos vendió el antiguo seminario mayor, previsto para acoger a cientos de aspirantes a curas, convertido actualmente en un hotel y sede de una universidad privada.

    Más probable es que el visitante se encuentre con alguna fiesta -con suerte amenizada por Fetén-Fetén o La MODA (La Maravillosa Orquesta Del Alcohol)- dos de los grupos locales que triunfan dentro y fuera de Burgos.

    Fotos: ©Valvar

  • Burgos (I)

    Burgos (I)

    Burgos es una ciudad de visita obligatoria para los amantes de la belleza. Atravesada de este a oeste por el Camino de Santiago, tiene un enorme patrimonio arquitectónico encabezado por la catedral, el monasterio de las Huelgas, la cartuja de Miraflores y el museo de la Evolución Humana.

    Para nosotros, este es un ejemplo de cómo se puede viajar por el arte, por la belleza y por la historia sin necesidad de desplazarse muy lejos. Es cierto que jugamos con ventaja porque durante unos años la ciudad fue nuestro hogar y, ya jubilados, aquí están nuestra casa alternativa, muchos de nuestros amigos y algunos de nuestros rincones favoritos. Burgos es una ciudad hermosa, muy por encima de sus defectos, que los tiene, y de sus sambenitos, no todos justificados.

    El mapa de la ciudad es un resumen de la historia de España. Aunque hay constancia de que en su entorno hubo asentamientos humanos desde la prehistoria su fundación se atribuye al conde Diego Porcelos en el 884. Fue capital del reino de Castilla desde 1230 hasta la llegada de los Reyes Católicos, quienes en 1512 dictaron aquí las Leyes que se aplicaron en la conquista de América, tenidas como fundamento de los derechos humanos, y una importante plaza comercial del norte de la península, especializada en el mercado de la lana.

    En el palacio de los Condestables recibieron los Reyes Católicos a Cristóbal Colón a la vuelta de su segundo viaje a América (1496). En Burgos se recabaron los fondos que costearon la expedición a las Islas de la Especiería (1519-1522), viaje iniciado por Magallanes y concluido por Sebastián Elcano después de dar la vuelta al mundo. En la imprenta de Fadrique de Basilea se imprimió la primera edición de La Celestina (1499).

    Como en otras plazas del país, en Burgos se asentaron las tropas francesas de Napoleón que, siguiendo su costumbre, arramblaron con cuanto encontraron de valor después de volar el castillo que coronaba el cerro de San Miguel. Finalmente, Burgos fue capital del gobierno rebelde tras el levantamiento militar de 1936.

    La catedral es la carta de presentación y el corazón de Burgos. Sus cuatro portadas se abren, respectivamente, a la plaza de Santa María -la portada principal-, la calle Fernán González -puerta de Coronería-, la Llana de Afuera -puerta de Pellejería- y la Plaza del Rey San Fernando -del Sarmental-.

    Iniciada en 1221, en el reinado de Fernando III, bajo el mandato del obispo Mauricio y siguiendo el modelo gótico francés, fue consagrada en 1260, si bien su construcción se prolongó durante siglos en nuevas capillas destinadas a enterramientos de personajes ilustres, como la de los Condestables, que es en sí misma otra catedral.

    En la seo burgalesa trabajaron los más destacados artistas de cada momento, conjugando gótico y renacimiento con soltura y acierto. Juan de Colonia proyectó sus agujas en el siglo XV y asesoró la construcción del cimborrio levantado a instancias del obispo Acuña, que se cayó estrepitosamente el 4 de marzo de 1539. Al año siguiente se iniciaba la construcción del cimborrio actual, proyectado por Juan de Langres y ejecutado por Juan de Vallejo. Un prodigio de ligereza y hermosura, admirable cualquiera que sea la creencia del observador.

    En la vertical del cimborrio, después de una peripecia secular, descansan los restos de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, y su esposa Jimena Díaz.

    Al siglo XVI corresponde el retablo de la capilla de Santa Ana, obra de Gil de Siloé, una auténtica maravilla.

    Casi al lado trabajó su hijo, Diego de Siloé en la Escalera Dorada que salva el desnivel del terreno y llega a la puerta de Coronería. Él y Felipe Vigarny trabajan también en los retablos de la capilla de los Condestables, obra de Simón de Colonia.

    De este tiempo también es la rejería del Maestro Hilario. Declarada patrimonio de la Humanidad en 1984, su visita agotaría una jornada completa y aún quedarían detalles pendientes. (Para una visita más detenida, clica aquí 👇). Sus claustros superior e inferior muestran el esplendor del Burgos de los siglos XIV y XV.

    Este Cristo atado a la columna de Gil de Siloé de la capilla de Santiago es algo difícil de olvidar.

    Antes de volver al exterior no olvides despedirte del Papamoscas, un autómata que abre la boca mientras marca las horas con su campana.

    Es fácil quedarse prendido de las agujas y pináculos de la catedral y del coro de ángeles que ven pasar el tiempo desde las alturas. Las gárgolas de la catedral tienen, entre su población, un asno.

    Entre la puerta de Coronería y el palacio de Castilfalé hay un banco. Siéntate tranquilamente y a ver si eres capaz de encontrar el espinario que se encuentra en la parte superior de esa puerta. (Gracias sean dadas a mi amigo Juan José Rodríguez que me lo descubrió desde las alturas del palacio).

    Durante años en cada visita a la catedral he chuleado ante el Colega de que yo había andado por los tejados de la seo burgalesa y visitado sus espacios secretos en un reportaje que hice tiempo ha, pero el año pasado él también pudo subir a las alturas y se me ha terminado el cuento.

    El monasterio de Santa María la Real de las Huelgas 👇es un exponente del poder de las mujeres de la nobleza medieval. Ideado como panteón real y fundado por Alfonso VIII y su esposa Leonor Plantagenet, fue encomendado a la Orden del Císter. Se decía que si el Papa de Roma hubiera de buscar esposa al nivel de su dignidad solo podría elegir a la abadesa de las Huelgas, tal era el poder que llegaron a acumular.

    La mayor parte del monasterio es de estilo gótico, salvo el claustro románico conocido como las Claustrillas y la capilla mudéjar de Santiago, donde permanece una imagen articulada portando una espada, representación del apóstol que, según la leyenda, armaba caballeros.

    En su Museo de Ricas Telas se muestran vestimentas y tejidos extraídos de los sepulcros del monasterio, además del llamado pendón de las Navas de Tolosa, arrebatado a los árabes en aquella batalla, tenido como el mejor tapiz almohade conservado.

    El monasterio pertenece a Patrimonio Nacional y es uno de los pocos lugares suyos en los que se permite hacer fotos. Las visitas son siempre guiadas, las tardes de los miércoles y jueves son gratuitas. Nosotros aprovechamos nuestras estancias en Burgos para visitar el cenobio al menos una vez al año y saludar a las grandes mujeres que allí reposan. En un rico sepulcro, adornado con las armas de los Plantagenet, descasa la reina Leonor Plantagenet, hija de Leonor de Aquitania, hermana de Ricardo Corazón de León y de Juan sin Tierra, madre de Enrique I y de Berenguela de Castilla, unida en la vida y en la muerte a su esposo, Alfonso VIII, A la derecha de esta sepultura doble, un sencillo sepulcro de piedra blanca, sin adornos ni blasones, guarda los restos de una reina grande, Berenguela de Castilla, quien cedió el cetro a su hijo Fernando, para reunir en él los reinos de León y de Castilla. No son las únicas pero ellas representan a las mujeres medievales, sabias y poderosas, que gobernaron con tino mientras ellos hacían la guerra. En nuestras últimas visitas hemos tenido la suerte de tener como guía a Vidal Postigo, quien, sin demérito del resto de guías, hace de cada recorrido una lección de historia muy entretenida.

    La Cartuja de Miraflores 👇está situada en el parque de Fuentes Blancas, a unos cuatro kilómetros del centro de la ciudad. Es otra de las fundaciones reales, en este caso de los Trastamara. Inicialmente fue pabellón de caza de Enrique III, su hijo Juan II cedió sus terrenos a los monjes para levantar un monasterio, que un incendio destruyó totalmente. En 1454 se inició el nuevo cenobio dirigido por Juan de Colonia y luego, por su hijo, Simón. En 1484, Isabel de Castilla mandó trasladar allí los restos de sus padres, Juan II y su segunda esposa, Isabel de Portugal, y de su hermano Alfonso, muerto en la adolescencia. La silueta de la iglesia recuerda un sarcófago orlado de pináculos a modo de velones.

    El conjunto es un compendio de escultura gótica religiosa y funeraria. El sepulcro de los reyes (1489-1492), de planta octogonal componiendo una estrella de ocho puntas, es obra de Gil de Siloé, ocupa el centro del presbiterio; el monumento funerario del infante Alfonso, también de Siloé, de tipo arcosolio, se encuentra en el lado del evangelio.

    El retablo policromado que preside la iglesia es también obra de Gil de Siloé, dorado por Diego de la Cruz, se dice que con el oro que Colón trajo de América en su segundo viaje. Constituye una exaltación del sacramento de la Eucaristía a la vez que un retrato del reinado de Isabel la Católica, quien mandó traer de Flandes las vidrieras.

    A la cartuja fueron traídos los restos de Felipe el Hermoso, muerto en Burgos en septiembre de 1506, y de aquí salieron por orden de la reina Juana I el 20 de diciembre del mismo año en dirección a Granada, donde quería ser enterrado y adonde llegó mucho tiempo después, en 1525, enviados por su hijo, el emperador Carlos V. En dependencias anexas a la iglesia hay un pequeño museo que, a pesar del expolio sufrido por el cenobio, conserva piezas interesantes, algunas de ellas donadas por la reina Juana I.

    El Museo de la Evolución Humana 👇, destinado a guardar los fósiles de cerca de un millón de años de los homínidos encontrados en la Sierra de Atapuerca, es lo más moderno de la ciudad. Obra del arquitecto Juan Navarro Baldeweg, se levanta a la orilla del río Arlanzón, que lo separa de la catedral, a la que mira de frente. El vanguardista edificio se alza en los terrenos ocupados otrora por el monasterio de San Pablo y luego por los cuarteles de Caballería.

    Concebido con un carácter didáctico, el museo exhibe los restos del Homo antecessor y numerosos hallazgos de especies preneandertales, la pelvis Elvis, el cráneo del Homo heidelbergensis bautizado Miguelón, reproducciones de la Galería de los Homínidos y una réplica del Beagle, el bergantín en el que Darwin viajó hasta las islas Galápagos, que le llevó a formular la teoría de la evolución.

    Los hallazgos de la Sierra de Atapuerca fueron reconocidos en el 2000 como Patrimonio de la Humanidad por la Uneso. El Museo de la Evolución se encuentra entre los diez más visitados de España.

    Frente al museo se puede contemplar una instalación que representa el proceso evolutivo de la humanidad, las esculturas de dos humanos, un hombre adulto y un niño. A lo que parece solo ellos, los hombres, han evolucionado. Las mujeres nacimos ya evolucionadas desde el amanecer de los tiempos.

    Entre los varios sambenitos que arrastra Burgos uno de ellos era la de ser una ciudad de militares y curas. Ya hablaremos del clero. En cuanto al aspecto militar, no hay que olvidar que los cimientos de la ciudad están en su castillo, mandado levantar por el conde Diego Porcelos en el año 884, como defensa frente al invasor árabe. Luego fue alcázar real, prisión, y residencia de nobles. Reconstruido en el siglo XV, los soldados franceses lo volaron al abandonar la ciudad en 1813.

    La ciudad se amuralló entre los siglos XIII y XIV. En sus casi cuatro kilómetros de longitud, con una altura de diez metros y tres de grosor, la cerca llegó a tener más de 90 torres y 12 puertas. Parte de los muros se derribaron para ensanchar la ciudad a partir del siglo XIX, aunque aún se conservan bastantes restos.

    Cualquiera puede hacerse una idea de cómo sería la ciudad medieval traspasando algunas de esas puertas: de San Juan, por donde llegaban los peregrinos; de San Gil, por donde entraban los carros con los productos procedentes de los puertos del Cantábrico; la mudéjar de San Esteban, tenida como la más hermosa de ellas; la de San Martín, llamada también puerta de Reinosa, por donde entraban los reyes después de haber jurado los fueros y privilegios de la ciudad. Tiene este arco una marca en forma de línea alargada que según unos indica la longitud de la Tizona, espada del Cid, y según otros, equivale a la vara de Burgos, medida de longitud antecedente del metro, usada durante siglos en España y sus áreas de influencia. La puerta de Santa María, quizá la más transitada a diario, fue reconstruida como arco triunfal eppn honor de Carlos I.

    A remachar este clavo militarista vino la sublevación militar de 1936, eligiendo Burgos como capital de la llamada España nacional. En el edificio de Capitanía, obra del arquitecto municipal Saturnino Martínez Ruiz, se proclamó el fin de la guerra civil. Fue sede de la VI Región Militar y actualmente acoge un museo regional militar.

    Así, pues, el carácter militar de la ciudad pertenece más bien al pasado. Más fácil que toparse con un militar el visitante corre el riego de hallarse inmerso en alguna de las muchas fiestas que aquí se celebran a lo largo del año. Los Titos por San Antón, el hermanamiento francés por San Lesmes, los carnavales, el canto de las Marzas, la Semana Santa, declarada de interés regional y nacional, la romería de la Virgen Blanca, la jira en el Parral por el Curpillos, incluso una fiesta cidiana. Todo ello con el acompañamiento de los gigantones, de las peñas o de los Danzantes, un grupo de doce niños menores de 14 años vestidos como pajes del siglo XVI, que danzan a los sones de dos dulzaineros y un tambor, acompañados de los tetines, adultos que dirigen a los danzantes, el tetín mayor vestido de azul, y los tres restantes, de verde. Los burgaleses pueden ser algo asperones, pero jaraneros, como los primeros.

    Fotos: ©Valvar

  • Cabos de Portugal

    Cabos de Portugal

    La costa de Portugal es la primera tierra que muchos navegantes divisan en su camino a Europa y la última que los despide cuando el barco abraza el horizonte. El Cabo de San Vicente, el de Roca y el Carvoeiro se adentran en el mar para recibir el último suspiro de quienes se alejan del continente europeo y el primer saludo de quienes a él llegan.

    El Cabo de San Vicente es la barbilla de ese rostro imaginario que forma la vertiente atlántica de la Península Ibérica. Una mole de piedra de 75 metros de altura que parece estar a punto de echarse a navegar por la mar océana hacia el infinito.

    Los romanos lo llamaron Promontorium Sacrum y lo dedicaron al culto del dios Saturno. Estrabón lo vio como el punto más occidental del mundo habitado. Toma su nombre en honor a San Vicente, un sacerdote español cuyos restos se cuenta que fueron encontrados entre los acantilados.

    Llegamos al famoso cabo en una excursión desde Lagos, donde pasábamos unos días playeros. Íbamos advertidos de que debíamos ir con tiempo si queríamos buscar un buen puesto de observación porque el lugar se llena de visitantes para despedir al astro rey y debíamos llevar ropa de abrigo porque en este punto se cruzan todos los vientos y no todos son cálidos. Bien abrigados, buscamos acomodo sobre aquellas rocas a la espera de la puesta del sol. Matamos el tiempo viendo el paso de los barcos que se dirigían al norte de Europa y evocando la cruenta batalla naval que aquí se desarrolló el 14 de febrero de 1797 entre las flotas española e inglesa que se saldó con una vergonzosa derrota hispana.

    El Tratado de San Ildefonso entre España y Francia obligó a los españoles a enfrentarse a Inglaterra. Componía la flota española 27 navíos de línea, once fragatas y un bergantín, un total de 2.638 cañones, incluidos los 136 del Santísima Trinidad, el mayor buque de guerra del mundo, al mando de José de Córdoba. Por el lado inglés, 15 navíos de línea, cuatro fragatas, dos balandros y un cúter, con un total de 1.430 cañones, al mando de John Jervis.

    La disciplina, el entrenamiento y la táctica británicas se impusieron a la superioridad numérica y humillaron a la flota hispana, que perdió 250 hombres y varios barcos. Los gaditanos recibieron con escarnio a los restos de la flota, que prácticamente no había llegado a entrar en batalla. José de Córdoba fue sometido a consejo de guerra y degradado. Cayetano Valdés y Horacio Nelson, contendientes en esta confrontación, volvieron a encontrarse en 1805 en aguas próximas, en la fatídica batalla de Trafalgar, donde la flota española perdió el prestigio y Nelson, la vida.

    No tuvimos demasiada suerte en cuanto al espectáculo. En las dos tardes que acudimos, coincidimos con los habituales visitantes y con una legión de nubes con las que el sol -radiante a pocos kilómetros- se empecinó en jugar al escondite y se negó a ofrecer el espectáculo que esperábamos todos.

    El desaire solar no mermó un ápice la salvaje belleza del lugar que explica por sí sola la admiración y el temor reverencial que ha inspirado a lo largo de la historia.

    La explanada de piedra que se levanta sobre las aguas embravecidas del Atlántico se asemeja a la disposición del Cabo Norte en el Círculo Polar, excepto que aquí el espacio de la esfera armilar lo ocupa un faro colorista de 24 metros de altura en el que nos refugiamos de los vientos.

    Los amantes de la biología hallarán aquí raras plantas endémicas, algunas de ellas recuperadas después de haberse considerado extinguidas.

    Otro magnífico mirador del Cabo es la fortaleza de Sagres. Observado desde este punto, el Cabo de San Vicente parece realmente el horizonte del fin del mundo.

    El cabo de la Roca es el punto más occidental de la Europa continental, el auténtico Finisterre del viejo continente. Los romanos lo llamaron Promontorium Magnum, en los tiempos de la navegación a vela era conocido como Roca de Lisboa. El poeta Luis de Camoens lo describió como el lugar “donde la tierra acaba y el mar comienza” (Onde a terra acaba e o mar começa).

    Un monolito señala sus coordenadas exactas: Latitud 38º 47 Norte; Longitud 9º 30 Oeste. A 140 metros sobre el nivel del mar, el cabo es una proa rocosa, las estribaciones de la Sierra de Sintra, a 40 kilómetros al norte de Lisboa y a 18 al oeste de Sintra.

    Cuando llegamos a este finisterre luso por primera vez -hace muchos, muchos años- encontramos una explanada solitaria, batida por los vientos, en la que tuvimos que esperar largo rato a que llegara algún visitante para hacernos la inevitable foto junto al monolito.

    En nuestra última visita tuvimos que disputar ese privilegiado espacio con miríadas de visitantes, muchos de ellos orientales, que llegaban en autobuses turísticos o por otros medios con el afán de visitar el Finisterre europeo. De haber llegado en domingo, hubiéramos debido disputarlo además con el ejército de moteros que aquí se citan cada mañana dominical.

    En esta explanada aparentemente inhóspita anidan especies de aves a salvo de los depredadores y florece en primavera una planta endémica amenazada de extinción. Corona el promontorio un faro de 22 metros de altura que entró en servicio en 1772 y que ostenta el honor de ser el tercero más antiguo de Portugal.

    Lugar tan salvaje y emblemático ha inspirado multitud de historias y otras tantas leyendas. La más conocida se refiere a la Pedra da Ursa (Piedra de la Osa), el peñasco que se levanta en una pequeña playa escondida entre los acantilados del cabo.

    La leyenda relata que en la época glacial los osos habitaban esta tierra. Al deshacerse los hielos, los dioses ordenaron a los osos retirarse y dejar expedito el lugar y así lo hicieron todos. Todos, excepto una osa con sus oseznos que reclamó el derecho a vivir en el lugar que habían nacido. Enfadados los dioses, transformaron a la madre y a sus crías en piedra. Y allí permanecen, la Pedra da Ursa rodeada de rocas menores al pie del Cabo da Roca.

    En la Oficina de Turismo proporcionan un título acreditativo de haber pisado el fin del mundo a los visitantes que lo deseen, aunque ninguna distinción estará a la altura del placer que proporciona ver cómo el sol se acuesta en el océano a la caída de la tarde.

    Cabo Carvoeiro está situado en el extremo de la península de Peniche y viene a ser el hermano menor de Cabo de la Roca. Azotado permanentemente por los vientos atlánticos, que han ido cincelando durante siglos sus acantilados calcáreos hasta hacer del litoral un lugar fantasmagórico.

    El Nau das Corvos –la Nave de los Cuervos- es su imagen más representativa. La denominación hace referencia a la apariencia de la roca como un barco que despliega sus velas y a la leyenda que se plasma en el escudo de Lisboa, según la cual fueron estas aves las que custodiaron el cuerpo de San Vicente y arrastraron la nave hasta la capital lisboeta.

    El faro de Cabo Carvoeiro se alza a 25 metros de altura para orientar a los barcos que por aquí transitan y para evitar los frecuentes naufragios entre los arrecifes. Desde el Cabo se divisan las Islas Berlengas, declaradas reserva natural terrestre y marina. En verano, un barco que sale de Peniche acerca a los visitantes a las islas.

    Peniche es el primer puerto pesquero luso. Pero es, además, un lugar privilegiado por su paisaje y por su patrimonio histórico y cultural. Su fortaleza sirvió de prisión durante la dictadura de Oliveira Salazar y alcanzó notoriedad internacional en 1960 con ocasión de la fuga de Álvaro Cunhal, el líder comunista luso. Los muchos restaurantes de la zona ofrecen sabrosos platos de pescado y marisco recién capturados.

    La industria turística ha descubierto que el fuerte viento y las olas que llegan a las playas de la zona de Peniche son un atractivo para los jóvenes surferos, que acuden a practicar surf a estas playas, y han puesto de moda el lugar. Baleal y Consolaçao son las playas más conocidas y frecuentadas.

    Como en el resto de cabos, el de Carvoeiro y sus aguas agitadas atraen visitantes a cualquier hora del día pero singularmente a la caída de la tarde. Especialmente en verano, cientos de miradas se pierden en el horizonte esperando la caída del sol en los dominios de Neptuno.

    Fotos: ©Valvar