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  • Valença y Bravães

    Valença y Bravães

    Salimos de Vigo lloviendo y el agua, a ratos mezclada con la niebla, nos acompañó durante el resto del viaje. Contentos deben andar con nosotros los labradores y las eléctricas. No nos apenamos mucho, peor sería tener que ir a trabajar a la intemperie.

    Nuestra siguiente parada era el monasterio de San Salvador de Bravães, en el municipio de Ponte de Barca, distrito de Viana do Castelo, a unos 40 kilómetros al sur de Valença do Miño, que se nos despistó en nuestra anterior visita a tierras portuguesas. Es Monumento Nacional desde 1910. Aparcamos junto a una cerca de piedra de granito, en cuyo centro se alza una pequeña iglesia; en un rincón al nordeste nos llama la atención una espadaña rematada por cuatro altavoces.

    La iglesia es lo que queda de un monasterio benedictino que se cree fue fundado a finales del siglos XI por Vasco Nunes de Bravães, que luego fue de la orden de San Agustín -o de los templarios y caballeros de la Orden de Cristo- y desde el siglo XV quedó en parroquia. Actualmente es propiedad estatal.

    La fábrica es de una sola nave, de cabecera rectangular, tan frecuente en el románico luso y gallego, con un hermoso rosetón en el muro a levante. El ábside es más estrecho y bajo que la nave, austero, con solo unas aspilleras de iluminación, canecillos geométricos y moldura ajedrezada en el alero. En el muro norte se ha añadido una sacristía. En un rincón descansan dos sarcófagos antropomorfos. No encontramos a nadie que pudiera abrirnos la iglesia así que hubimos de conformarnos con contemplar sus muros exteriores, singularmente sus tres puertas, a cual más interesante.

    La puerta septentrional es la más sencilla, su tímpano muestra una cruz formada por varios lazos, entre dos cuadrúpedos.

    La puerta meridional tiene dos arquivoltas apuntadas; en el tímpano, un Agnus Dei sostiene la cruz con una de sus patas; en el dintel, dos mochetas con cabezas de animales.

    La puerta a poniente justifica el viaje y la lluvia que estamos soportando. Tiene cinco arquivoltas de medio punto, la primera decorada con ajedrezado, la segunda, sogueado y las tres exteriores totalmente figuradas con personas, leones y aves, sucesivamente, rematada con guardapolvos floreado.

    Las arquivoltas se apoyan en cuatro parejas de columnas con los fustes también esculpidos con relieves acordes con la iconografía de los capiteles respectivos (algo erosionados): aves, leones, serpientes entrelazadas y dos figuras humanas: una femenina y otra masculina, que se identifican con la Virgen María y San Grabriel.

    El dintel muestra un Cristo en Majestad en mandorla flanqueada por dos ángeles. En las mochetas, dos cabezas de bóvidos.

    Si se mira al frente, el conjunto tiene un aire arcaico, de haber visto el paso de los siglos y de miles de personas, no en vano se encuentra en el Camino de Santiago portugués.

    Si se da la espalda al conjunto se constata el cuidado que Portugal presta a sus monumentos. Un edificio reciente sirve de presentación histórico-artística del antiguo monasterio y un monumento granítico que canta a Bravães, su historia, su paisaje… El pasado y el presente entrelazados.

    Nos despedimos de San Salvador de Bravães, con su abigarrada belleza, atravesamos el río Limia y enfilamos a Valença do Miño, nuestra siguiente parada.

    Esta Valença que antes se llamó Ganfei o Contrasta, a la que se acude a comprar toallas y sábanas o de paso a otros lugares estuvo habitada ya en la prehistoria por grupos que dejaron su impronta en los grabados rupestres del Monte de Lage y Tapada de Ouzão, clasificados como Bienes de Interés Público.

    Los romanos hicieron pasar por aquí la vía que unía Bracara (Braga) con Lucus (Lugo) sobre el río Miño y levantaron el Castellum de Valença. Tras el declinar del imperio romano, y el paso de los suevos y godos, los árabes capitaneados por Almanzor destruyeron Ganfei en su camino hacia Santiago de Compostela. La Reconquista integró el territorio en el Condado Portucalense.

    Sancho I le concedió el primer fuero y levantó aquí una construcción defensiva permanente, aprovechando la frontera natural que formaba el río Miño. En las guerras con el reino de León fue parcialmente destruida pero, en 1217, Alfonso II mejoró los privilegios a los habitantes de Contrasta, convertida ya en punto estratégico. En 1262 Alfonso III amplió el amurallamiento e introdujo cambios en su sistema defensivo, incluido el nombre, que pasó a llamarse Valença.

    Las murallas de la fortaleza de Valença se reforzaron en el siglo XVII, para protegerse de los ataques españoles. Su casi cinco kilómetros de perímetro amurallado, con diez baluartes resultó una obra muy innovadora para su época, de manera que en el siglo XVIII Valença era una de las plazas fuertes más importante de la frontera portuguesa y la más importante del Miño.

    En 1886 Portugal y España inauguraron el Puente Internacional sobre el río Miño que permitía el tránsito por carretera y ferrocarril, obra del ingeniero español Pelayo Mancebo y Ágreda. Mide 400 metros de longitud y está compuesto de dos tableros metálicos superpuestos, asentados sobre cuatro pilares de granito. El ferrocarril discurre por el tablero superior mientras que por el piso inferior transitan coches y peatones.

    La Valença actual se distribuye en dos niveles. En la parte baja se extiende la ciudad moderna, igual a cualquier otra ciudad del mundo, con sus servicios, sus supermercados y sus edificios de pisos; en la parte superior se extiende la Fortaleza, la ciudad antigua, llena de tiendas de textiles y algunos hoteles, incluida la Pousada de San Teotonio, donde nos alojamos.

    Cuando llegamos estamos tan mojados que nos dan la habitación antes de la hora establecida. Una hermosa y confortable habitación desde cuya balconada se distingue la ciudad hermana de Tuy, al otro lado del río Miño que fue frontera y ya solo es vecino. Se distinguiría mucho mejor si no hubiera esta niebla empecinada en dificultarnos las fotos, pero se distingue. Como somos algo asiduos de la zona podemos evocar la riqueza patrimonial de Tuy y de Valença con las fotos que hicimos durante nuestra visita en enero de este mismo año y el verano anterior.

    Inasequibles al desaliento, salimos a las calles de Valença, en esta ocasión casi vacías. Suponemos que al día siguiente, día de mercado como cada miércoles, estarán más concurridas. Aprovechamos para hacer acopio de ginghina y esas compras irremediables cuando se visita Valença y volvemos a la Pousada, donde ya luce el belén.

    En el comedor solo hay dos mesas ocupadas. En una charlan animadamente dos hombres. Pido sopa de cebolla -muy rica- y un balalhau à brás, el Colega, un caldo verde y un bacalao especialidad de la Pousada de San Teotonio, que además de dar nombre al hotel es el primer portugués canonizado y tiene estatua en lugar preferente de la fortaleza.

    Salimos a dar un paseo y nos cruzamos con dos vejetes que se ofrecen a hacernos una foto y nos dan instrucciones para colocarnos de manera que se vea bien Tuy, de donde proceden ambos. Suponemos que han debido de venir paseando.

    Como en Portugal el huso horario es de una hora menos que en España a media tarde ya ha anochecido y nos encontramos recorriendo la muralla casi solos. Los pocos transeúntes con los que nos cruzamos nos miran con conmiseración. Nosotros, en cambio, estamos encantados. Valença es una ciudad magnífica pero casi siempre demasiado concurrida, tenerla para nosotros solos nos parece un enorme privilegio que disfrutamos con fruición.

    Fotos: ©Valvar

  • Olite

    Olite

    Olite, que fue capital del Reino de Navarra, ahora es una ciudad medieval de 3.000 habitantes. Una pura fantasía medieval al alcance de tu mano. Conquista su castillo, callejea por sus rúas y siente la magia que se vivía en el Reyno, reza la página web que invita a visitar la ciudad.

    Magia, ese es el concepto. Para que la inmersión mágica sea plena lo ideal sería que te alojaras en el Parador, que ocupa el palacio-castillo primitivo, declarado monumento nacional. Si el Parador estuviera completo, justo al lado tienes el hotel Merindad de Olite, que se levanta entre los restos de la muralla romana, en la calle de la Judería. Y si no te gusta ninguno, no te preocupes, tienes dónde elegir.

    En cuanto pones un pie en Olite salta a la vista que te encuentras en una ciudad antigua pero, por si te quedan dudas, sepas que en el siglo I, en la época de la Roma imperial, ya existía un cinturón amurallado que defendía un pequeño altozano, donde luego se asentaría la villa medieval. San Isidoro de Sevilla sostiene que el rey godo Suintila fundó la ciudad de Oligitus u Oligite el año 621 y la volvió a fortificar para defenderla de los vascones. El rey de Navarra García IV Ramírez le concedió en 1147 el primer fuero y tierras de cultivo -el Fuero de los francos de Estella-, que proporcionó a la población jurisdicción privativa, ventajas fiscales y una autonomía social que implicaba la intervención directa de los vecinos en la gestión de los asuntos comunes. Teobaldo II otorga en 1266 quince días de feria anual a partir del 1 de mayo, el mismo año en que se celebran Cortes en Olite. En 1302, los reyes de Navarra, a petición de la villa, trasladan la feria anual al 2 de noviembre. En 1407, Carlos III el Noble designa a Olite como capital de la merindad de su nombre y Felipe IV le concede el título de ciudad en 1630.

    Olite acogió una comunidad judía, influyente y bien relacionada con los monarcas, compuesta de artesanos, comerciantes, viticultores, recaudadores, prestamistas y médicos, que contó con sinagoga propia junto al Palacio Real. De la presencia hebraica conserva, además de la rúa de la Judería, una parte de la Torah y otros documentos en el archivo municipal. Durante los siglos XVII y XIX Olite vive una época de decadencia, a pesar de lo cual en 1904 crea la primera cooperativa navarra y la tercera de España.

    Además del palacio Viejo o de los Teobaldos (siglos XII-XII), de carácter defensivo, mandado construir por Sancho VII el Fuerte y continuado por Teobaldo I y II, que es el que ocupa el Parador, Olite tiene el Palacio de los Reyes de Navarra, comenzado por Carlos III el Noble como ampliación del primero.

    La impulsora del Palacio fue Leonor de Trastamara, quien en 1399 mandó construir la capilla de San Jorge y la cámara y morada de la reina junto a la iglesia de Santa María. Su marido, Carlos III, tomará el relevo a partir de 1400. A él se debe la construcción del núcleo central del palacio, donde se encontraba la gran cámara real, en torno al que se fueron incorporando las sucesivas dependencias: el mirador del rey, las torres del homenaje, del aljibe, la Ochavada, de las Tres Coronas, de los Cuatro Vientos, de la Joyeuse Garde. En su construcción participaron artesanos franceses y navarros, moros y cristianos: canteros, carpinteros, escultores, yeseros, pintores, vidrieros, tapiceros, armeros…

    Se incorporaron jardines interiores, incluso un jardín colgante en sus murallas, naranjales, regados con un sistema hidráulico propio que llevaba el agua del Cidacos a la torre del Aljibe desde donde se distribuía mediante tuberías a las fuentes y jardines. El Palacio disponía asimismo de jaulas para aves y ardillas, incluso un zoo con leones, camellos, gamos, papagayos, búfalos, una jirafa o un avestruz. En él se celebraban grandes fiestas, torneos y corridas de toros. Se decía que tenía tantas dependencias como días el año. Puro esplendor y exotismo que hizo exclamar a un viajero alemán del siglo XV: “Estoy seguro que no hay rey que tenga palacio ni castillo más hermoso y de tantas habitaciones doradas”.

    Doña Leonor murió aquí en 1415 y en 1425, Carlos III. Luego residirían su hija Blanca y su nieto Carlos, el desgraciado Príncipe de Viana. En 1512, tras la conquista de Navarra por las tropas castellanas, fue entregado al duque de Alba. En 1556 se cedió a los marqueses de Cortes por una renta anual de 50.000 maravedíes; luego, se otorgó su alcaldía por juro de heredad a la familia Ezpeleta de Beire, que lo mantuvo hasta el siglo XIX.

    Al deterioro del abandono vino a sumarse el incendio ordenado por Espoz y Mina durante la guerra de la Independencia, para evitar que fuera utilizado por las tropas napoleónicas. En 1913 fue adquirido por la Diputación Foral de Navarra, diez años después convocó un concurso para su reconstrucción que fue ganado por los hermanos Javier y José Yárnoz, éste comenzaría en 1937 su restauración.

    Cuando nosotros llegamos, avanzada la primera década del siglo XXI, vemos el Palacio como una construcción algo caótica, una mezcla de dependencias y estilos. Pese a todo, el conjunto mantiene su atractivo, a caballo entre los reinos medievales, los castillos franceses y los de Disney (dicho sea con todo el respeto a doña Leonor, don Carlos III el Noble y sus no menos nobles sucesores).

    Pasear por sus dependencias proporciona una sensación de atemporalidad, de inmersión histórica y también de relatividad. De la de Einstein y de la otra. Me gustó especialmente la galería de la Reina, plagada de flores durante la visita.

    La iglesia de Santa María se levanta entre los dos palacios. Inicialmente fue capilla real, dependiente de la iglesia parroquial de San Pedro. Se empezó a construir en el siglo XIII en una mezcla de estilos cisterciense y gótico para inclinarse definitivamente en el gótico. La fachada principal se acabó en el año 1300 y toma el modelo de la catedral de Notre Dame de París. El arco ojival de la portada está flanqueado por un friso formado por los doce apóstoles. Preside el arco una Virgen con Niño, rodeada por pasajes de la vida de Jesús, nacimiento, matanza de los inocentes, huida a Egipto y bautismo. Sobre este arco ojival se abre un segundo que contiene un gran rosetón y dos pequeños para adaptarse al arco. El atrio se añadió en el siglo XV con un arco de acceso y esculturas de la Virgen con Niño y de Blanca de Navarra. Aprovechando el cuerpo de un torreón romano, también en el siglo XV se construyó la torre y campanario.

    En el altar se puede ver un retablo renacentista del siglo XVI debido a Pedro de Aposte, formado por 28 tablas con pasajes de la vida de Jesús y presidido por una talla gótica de la Virgen y el Niño y una imagen del Cristo de la Buena Muerte. El órgano de la iglesia, de estilo rococó, data de 1785. En esta iglesia se celebraban las ceremonias más solemnes de la corte.

    Desde la plaza de Carlos III, tomando la Rúa Villavieja se llega a la iglesia de San Pedro, que es la más antigua de Olite, una mezcla de románico -portada y claustro- y gótico en su torre, de 54 metros de altura, coronada en el siglo XIV con una flecha.

    Desde aquí, tomando el paseo de Doña Leonor y luego la Ronda del Castillo, se bordea el flanco defensivo de la ciudad, con sus puertas de acceso, sus torres de cuento, sus casonas medievales, su vieja judería, hasta llegar a la Rúa Romana, que conduce de nuevo al centro de la ciudad antigua.

    Así que si un día quieres vivir una inmersión en una ciudad medieval, capital del Reino de Navarra por añadidura, si te apetece recorrer los pasillos, salas y almenas de un palacio de cuento, si te gusta la historia y no desdeñas la leyenda, no busques más, Olite es lo que estás buscando.

    A nosotros nos regaló por añadidura una preciosa luna llena primaveral.

    Fotos: ©Valvar

  • Vigo románico y encendido

    Vigo románico y encendido

    El último lunes de noviembre de 2023 salimos de Burgos hacia el noroeste de la península. El objetivo era comer unas ostras en Vigo y, de paso, ver un poco de románico, no vaya a ser que se nos olvide. Aviso: la cosa salió regular. De entrada, nos llovió casi todos los días, lo cual, si bien es beneficioso para la tierra, dificulta la obtención de buenas fotos. En segundo lugar, ostras, Vigo y lunes no concuerdan bien.

    Empero, el primer día apenas llovió. Nuestra parada era Vigo, un municipio que, además de una iluminación navideña casi estratosférica, tiene dos iglesias románicas notables que nos proponíamos visitar: Santiago en Bembrive y Santa María en Castrelos. Ahí descubrimos que el municipio vigués es enorme, nos salvó el GPS, que los dioses conserven.

    Bembrive deriva de la locución latina bene vivere, esto es, buen vivir. De ahí que hace siglos en el lugar se asentara una población que erigió un oratorio, antecedente de la actual iglesia de Santiago.

    Esta es una construcción datada en el siglo XII, con posteriores reformas, no muy grande, de una sola nave, ábside decagonal y tres puertas, que encontramos cerradas todas ellas.

    En el hastial de poniente se abre una puerta de arco apuntado, con dos arquivoltas, protegido por un arco ajedrezado. La arquivolta exterior muestra una línea de flores hexapétalas, que se repite en la cornisa del ábside. Las columnas rematan en sendos capiteles con adornos vegetales.

    La puerta sur es muy simple, adintelada, con un grabado en el que creemos ver un oso enredado en un árbol.

    La puerta septentrional es la más interesante. Un arco ligeramente apuntado con un tímpano en el que se distingue una cruz o triquetra de cuatro puntas que a su vez contiene espirales y círculos. Estas inscripciones abundan en los muros de la iglesia, lo que parece aludir a la existencia de un templo anterior paleocristiano y de inspiración celta.

    Los canecillos del ábside muestran figuras antropomorfas y vegetales, en regular estado de conservación. En mejor estado parece el crucero.

    Dejamos este lugar de bien vivir -en el barrio de Mosteiro o Monasterio- y, GPS mediante, nos dirigimos a Castrelos. Subimos y bajamos cuestas, tomamos curvas a derecha e izquierda y, finalmente, aparece ante nuestros ojos la iglesia. Indico al Colega el acceso al aparcamiento pero él, emocionado tras el rally vigués, toma la primera vía que ve junto a los muros de Santa María.

    El coche hace un primer clock, luego un segundo y un tercer y definitivo clock. Inmediatamente nos rodean varias señoras indicándonos con gestos de alarma que paremos. Estamos bajando por unas escaleras, le digo al Colega, quien, evidentemente, también se ha percatado.

    Me pregunto de dónde han salido tantas señoras juntas, mientras él ya ha iniciado la marcha atrás, observado por las mismas señoras y con mi inestimable ayuda consistente en sucesivos ayayayay, seguidos de pordios, pordios, pordios. Finalmente volvemos a la carretera, giramos en el acceso debido y aparcamos. El coche huele a quemado, igual nos lo hemos cargado, comento, en un alarde de optimismo. Ná, dice el Colega, hazte a la idea de que nos hemos gastado cinco euros en desgaste de las ruedas. Los economistas y su mente analítica, benditos sean.

    Cuando bajamos del coche nos percatamos de que al otro lado del aparcamiento hay un centro escolar, de donde salen los niños que recogen las señoras que nos advertían. No crea que son ustedes los primeros que bajan por las escaleras, nos dice una de ellas. Miro los escalones finales y me dan escalofríos. Ahí sí que habíamos dejado el coche.

    Con el susto aún en el cuerpo comprobamos que Santa María de Castrelos es una pequeña maravilla, bastante bien conservada. Su construcción se fecha en 1216, de una nave, con un tramo presbiterial más estrecho unido a un ábside semicircular por un contrafuerte a cada lado.

    Como en Bembrive, en el hastial occidental se abre una portada abocinada con tres arquivoltas apuntadas con decoración de flores hexapétalas enmarcadas en círculos y chambrana exterior ajedrezada. El tímpano muestra una cruz patada o de Malta rodeada de seis árboles.

    Este tímpano se repite en la portada sur, algo más ornamentada que aquella en las arquivoltas. En las enjutas se abren dos ventanas de arquivolta ojival con abundancia de las misma flores hexapétalas en torno a las saeteras y chambrana ajedrezada.

    La tercera portada, en el muro norte, es similar en su decoración. En el tímpano, un círculo en el que se inscribe una cruz con los extremos circulares.

    En el ábside se abren tres rosetones -uno de ellos oculto por la sacristía- de moldura ajedrezada en cuyo interior se abre un hueco en forma de cruz. Sorprende la situación de estos ventanales, por debajo de lo que es habitual, que se explica por la pendiente en que se encuentra la iglesia, más alta en la cabecera que en los pies. En el interior, los rosetones ocupan la altura habitual de las ventanas.

    Junto al muro norte se levanta un crucero de buena factura rodeado de cables. Cualquier día de tormenta la escultura recibirá un calambrazo.

    Repuestos del sobresalto de la escalera tomamos el camino del centro de Vigo, donde se encuentra nuestro hotel. Hemos escogido el lunes para nuestra estancia en Vigo pensando que sería un día menos concurrido pero nos hemos equivocado. La eficaz campaña turística del alcalde Abel Caballero para atraer visitantes a su iluminación navideña seduce a miles de visitantes desde el primer al último día de encendido de los millones de leds. A ojo, se diría que se encuentra aquí la población Imserso que no se ha inscrito en los viajes de invierno. Las quince plantas del hotel Bahía de Vigo están a tope. Hemos reservado habitación con vista al mar y así nos dan.

    Salimos a recorrer la ciudad y, justo frente al hotel, descubrimos una enorme y extraña escultura, lo que parece un joven caído contra el asfalto. Se trata de “El bañista”, obra en bronce del escultor Francisco Leiro, que tiene su gemelo en la plaza de la Estrella -”El nadador”-. Los responsables artísticos de Vigo deben de ser aficionados a este escultor, pues en la muy céntrica Puerta del Sol, sobre dos columnas de mármol negro de 11 metros de altura, se levanta “El sireno”, este en acero inoxidable. Un personaje entre pez y hombre, sin brazos pero con piernas, escamas por el cuerpo y cabeza con una gran nariz.

    Primera sorpresa: la Piedra, famosa calle donde a diario se venden las ostras por cientos, solo abre por la mañana. Segunda sorpresa, las calles del centro están abarrotadas antes incluso de encenderse las luces. Tercera sorpresa, contra nuestra prevención de que la iluminación navideña es hortera por definición, en Vigo tiene un punto de buen gusto. Eso y que ofrece entretenimiento para todas las edades explica su atractivo. Luego nos comentarán que los vecinos están hartos de tanto gentío y tanto ruido, pero esa es otra historia.

    Dispuestos a comer ostras dondequiera que hubiera acudimos al restaurante que nos han recomendado en el hotel, que encontramos cerrado. Nos atiende una joven amabilísima que, al vernos derrengados, se ofrece a sacarnos un vino en la pequeña terraza exterior del local hasta que este abra. Por si nos quedaban dudas, comprobamos que ni ese era nuestro día ni Vigo nuestro mejor destino: en el restaurante quedan cuatro ostras, cuatro (y pequeñas). Es que el lunes no abre la lonja y ayer tuvimos una invasión de gente, se justifica la joven amable. El Colega quiere comer percebes y menos mal que quedaba una ración (tampoco muy abundante, dicho sea de paso). Sí hay pulpo, zamburiñas y nécoras que acompañamos con una botella de Martín Codax. Alegres por el vinillo pedimos la cuenta y en ese momento el Colega se percata de que no tiene la cartera. Pues al salir del hotel la llevaba, asegura. Mientras pago con mi tarjeta, él sale a la calle y -oh, milagro- allí, bajo la silla donde hemos esperado que abriera el restaurante, está su cartera, al parecer, oculta a la vista de los cientos de personas que han pasado junto a ella. Hemos salvado el día en el límite, comento, antes de percatarme de que nos han cobrado cuatro nécoras en vez de las dos que nos han servido. Eso pasa por no revisar la cuenta.

    Al levantarnos al día siguiente observamos que el frente marítimo que alcanza nuestra vista ha sido tomado por un enorme crucero y que el día se ha metido en agua. Así que desayunamos, volvemos al coche y salimos de Vigo sin mirar atrás. Quizá en otra ocasión tengamos más suerte.

    Fotos: ©Valvar

  • Arlés

    Arlés

    Arlés conserva un teatro y un anfiteatro romanos, una iglesia románica con un claustro notable. En esta ciudad de la Provenza francesa pasó Van Gogh un año de su triste vida y descansaron grandes pintores como Matisse, Picasso o Renoir. Con estos conocimientos básicos nos presentamos en la oficina de turismo, donde nos proporcionan documentación suficiente y donde compramos el Pass, una tarjeta dirigida a los visitantes, que, por 11 euros facilita el acceso a los principales monumentos durante un día, que es lo que pensamos estar.

    La oficina de turismo está en el inicio del boulevard Georges Clemenceau, una vía que separa la ciudad antigua de la nueva. Justo al lado, una placa muestra la convocatoria que Charles de Gaulle hizo desde su refugio de Londres, en junio de 1940, “a todos los franceses, dondequiera que se encuentren, a unirse a mí en la acción, en el peligro y en la esperanza. Nuestra patria está en peligro de muerte. Luchemos por salvarla”.

    Nos encaminamos a la vieja ciudad y enseguida llegamos a la plaza de la República, escenario de convivencia del poder civil, el ayuntamiento, y el poder religioso, la iglesia de Santa Ana, a la izquierda, y la de San Trófimo y su claustro, a la derecha.

    Nos sentamos en la misma plaza para tomarnos un respiro y enterarnos de que Arlés fue fundada por los griegos en el siglo VI a.C. con el nombre de Theline y conquistada sucesivamente por los celtas saluvios, que la llamaron Arelate, y por los romanos, que llegaron el año 123 a.C. y la convirtieron en una importante urbe. En el año 40 a.C. apoyó a Julio César frente a Pompeyo, que recibió el apoyo de Massalia (Marsella). Tras el triunfo de César, éste concedió a Arelate las posesiones que quitó a Marsella. La ciudad se convirtió en una colonia de veteranos de la legión romana VI Ferrata, la Colonia Juliana de Arlés de los soldados de la Sexta Legión.

    Arelate, con sus 400.000 metros cuadrados, alcanzó gran importancia en la Gallia Narbonensis, como prueban sus monumentos: un anfiteatro, un circo (del que quedan restos), un teatro y un arco triunfal, además de sus murallas y un puente, del que no quedan restos porque ha sido reemplazado por una construcción moderna.

    Su momento de esplendor romano fue en los siglos IV y V, cuando los emperadores la eligieron como cuartel durante sus campañas militares. Fue favorita de Constantino el Grande, que construyó unos baños termales cuyos restos aún se conservan. Aquí nació su hijo, Constantino II y Constantino III la hizo capital cuando se declaró emperador de Occidente, en el 408.

    La plaza fue asaltada por los sarracenos en los años 842 y 850. Durante siglos fue un gran puerto fluvial del Ródano hasta que la llegada del ferrocarril en el siglo XIX arrasó con el tráfico fluvial y ocasionó el declive económico de la ciudad.

    La fachada de la iglesia de San Trófimo es apabullante. En la puerta un cartel prohibe la entrada excepto a los asistentes a la misa. Dudamos si entrar, pero una señora señala con gesto severo las cámaras y nos invita a volver después. Volveremos tres veces más y las tres veces encontraremos la iglesia cerrada.

    Sabemos que se construyó a comienzos del XII sobre una basílica del siglo V, dedicada a San Esteban, que los ábsides originales fueron sustituidos en el siglo XV por un coro con deambulatorio y que fue catedral hasta que en 1801 fue convertida en iglesia parroquial y en 1882, declarada basílica menor por León XIII. La advocación de San Esteban fue desplazada cuando en 1152 se traen las reliquias de San Trófimo, cuyo nombre toma desde entonces. En su etapa catedralicia fue escenario de la coronación de Federico I Barbarroja como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y la de Carlos IV, rey de Bohemia.

    Dejamos a la guardiana de la iglesia y tomamos posiciones ante la extraordinaria portada: organizada a manera de arco triunfal, representa el juicio final. El tímpano muestra un Pantocrátor, con Cristo enmarcado en mandorla con el tetramorfos. En el friso del dintel, los apóstoles y en el friso que recorre la portada, el resultado del juicio final: a la derecha los condenados y a la izquierda los elegidos. Más escenas evangélicas: la Anunciación, el Bautismo, la adoración de los Magos, la matanza de los inocentes. En el nivel inferior, esculturas de santos vinculados a Arles: San Bartolomé, Santiago, San Juan Evangelista, San Pedro, San Felipe, San Esteban, San Andrés, San Pablo y, naturalmente, San Trófimo, la corte celestial en pleno.

    Llaman la atención las columnas de piedra oscura, cuyas bases están decoradas con esculturas de leones y de Sansón y Dalila. El catecismo al alcance de todos los fieles. Una acabada muestra de románico provenzal.

    El claustro tiene dos pandas románicas y dos góticas. La parte románica fue construida a caballo de los siglos XII y XIII, primero la galería norte y luego la oriental. Acabadas las obras, la ciudad inició un periodo de decadencia, con la marcha de los condes de Provenza; luego, la peste negra diezmó la población. Así que hasta finales del siglo XIV no se reanudaron las obras de las galerías sur, con detalles de la vida de San Trófimo, y oeste, con temas provenzales y de la vida de Santa Marta luchando contra el dragón, ya en estilo gótico. Coincidimos que el claustro está a la altura de cualquiera de los mejores que conocemos, que son algunos.

    En el arranque de la escalera, una escultura notable del escultor arlesiano Jean Turcan: El ciego y el paralítico nos recuerda las elecciones generales que ese mismo día se estaban celebrando en España.

    Sin reponernos de la impresión, seguimos ruta hacia el lado romano de Arlés. Casi limítrofe con la iglesia, se encuentra el Teatro antiguo, construido a finales del siglo I de nuestra era y con capacidad para 10.000 espectadores. Como estamos en verano, se encuentra dispuesto para las actuaciones estivales.

    A un tiro de piedra se encuentra también el Anfiteatro, la joya de los arlesianos, de la misma época que el Teatro y con capacidad para 21.000 espectadores, da sensación de solidez. Como en Arlés la afición taurina está realmente arraigada el Anfiteatro es aquí plaza de toros. Todo en la ciudad remite al toro, incluidos los menús. Arlés y Nimes son ciudades taurinas, con sus ferias en primavera y otoño. Como en tantas otras piedras milenarias encontramos los nombres de personas necias, empeñadas en dejar constancia de su necedad.

    Posponemos para otro momento la visita a los Criptoporticos -dobles galerías subterráneas en forma de herradura- y buscamos donde comer en alguna de las direcciones que les han proporcionado en el hotel. No se os ocurra acercaros a la plaza del Foro y menos aún al Café Van Gogh, que es para guiris y os clavarán, nos han advertido. Pasamos de largo, pues, de la plaza y tomamos la rue de las Termas en dirección a Docteur Farton cuando el Colega siente el olor de la cocina de un establecimiento que no puede ser más impropio -toda la decoración gira en torno a la corrida de toros- y donde el plato del día es ¡paella!

    Allí nos sentamos -a mí el sitio no me parece ni medio bien pero estoy demasiado contenta después de la visita a San Trófimo para protestar- y salimos del trance con una paella, tipo Benidorm, y una zarzuela de pescado, manifiestamente mejorable. El cocinero sale a saludar a la clientela y nos informa que aprendió a guisar en la Costa Brava.

    El casco histórico de Arlés es relativamente pequeño, de manera que es posible recorrerlo a pie sin demasiado esfuerzo. A pocos metros de la paella, en la calle Doctor Farton, se encuentra la Fundación Vicent van Gogh, un pequeño museo del artista holandés, que aquí vivió un año, de febrero de 1888 a mayo de 1889, con una actividad febril: más de 300 cuadros, entre ellos algunos de los más famosos. En Arlés le visitó Paul Gauguin, aquí ocurrió el incidente del corte de la oreja, tras una discusión entre ambos pintores y de aquí partió al asilo de Saint Rémy de Provence. El museo ofrece una muestra interesante de la obra de Van Gogh, con muy buenos retratos, y de algunos de sus contemporáneos influenciados por él.

    Cruzando el puente de Trinquetaille -por donde discurre el Camino de Santiago- se alcanza la orilla derecha del Ródano, donde se disfruta de hermosas vistas de Arles. Allí encontramos una antigua iglesia dedicada a San Martín, luego convertida en almacén de la Cooperativa del Sindicato de Criadores de Oveja Merina y actualmente dedicada a actividades culturales. El pragmatismo francés.

    Desoímos las advertencias y acabamos sentados en la Plaza del Foro, el primer día para tomar un refresco en Chez Arelatis, que resultó ser una buena elección, y el segundo, en el mismo Café Van Gogh, mientras la selección española caía ante la italiana, con gran alborozo local. En el pecado llevamos la penitencia.

    El camarero, además de perdonarnos la vida, nos hace esperar cerca de un cuarto de hora, nos sirve una cerveza caliente y nos cobra 15 euros por el favor. Estoy por cortarle la oreja al camarero, dice el Colega.

    La sangre no llega al río. Dejamos el café y seguimos nuestro paseo por las calles de Arlés disfrutando de sus fachadas floreadas, la decoración de sus casas y hacemos caso a la encontrada en nuestro callejeo: A la vida y al amor.

    Fotos: ©Valvar

  • Aviñon

    Aviñon

    Aviñón significa ciudad del río. Es una ciudad amurallada, una mole pétrea bordeada por el Ródano, una ciudad de apariencia medieval que durante un siglo fue capital de la cristiandad. En 1995 fue declarada, con fundado motivo, Patrimonio de la Humanidad.

    El cuarto día de nuestro periplo, cuando llegamos a Aviñón desde Nimes y Orange, ya hemos caído en la cuenta de que nuestro plan de viaje es demasiado ambicioso. A la altura del Pont de Gard hemos tenido que optar entre tomar el desvío que conduce hacia el gran acueducto o seguir hacia Orange para ver su teatro, romanos ambos. Optamos por seguir ruta, con harto pesar, consolándonos mutuamente con el argumento de que algo hay que dejar para una segunda vez.

    El teatro antiguo de Orange -gran Teatro de la Roma Imperial- es impresionante en su inmensidad. A pesar de que las gradas han sido restauradas, el estado de conservación es bastante bueno.

    Como ya va siendo habitual en este viaje, el teatro antiguo se encuentra cubierto de andamiajes para la programación estival. Sobre el escenario un buda sigue impertérrito el ajetreo que le rodea. Este escenario dos veces milenario acogerá un festival de ópera durante los meses de julio y agosto y en septiembre, todo el pueblo se encargará de dar vida a la IIª Legión gala. Un campamento romano cuyos restos se mezclan con naturalidad en el urbanismo del siglo XXI.

    Llegamos avisados de que Aviñón y coche son conceptos antitéticos; hemos oído, incluso, que a partir de determinada hora no se permite el tráfico rodado pero al llegar, hacia las 11 de la mañana, comprobamos que entrar se puede, lo que no se puede es aparcar porque no hay un espacio libre. En nuestro afán por alojarnos en lugar céntrico hemos encontrado un hotel en la rue de la Republique que no tiene aparcamiento. Finalmente, optamos por dejar el coche en el del mercado -les Halles- y, rápidamente, nos lanzamos al callejeo.

    A unos metros de la plaza del mercado encontramos la iglesia de Saint Pierre, con portada gótica, puertas renacentistas de madera, púlpito del XV y coro del siglo XVII.

    Pero en Aviñón todo queda disminuido ante la monumentalidad del palacio papal. Una especie de ciudad dentro de la ciudad amurallada. Mole y amurallamiento tienen su lógica pues en este recinto se atrincheraron los papas durante más de un siglo: entre 1309 y 1377, en el llamado Papado de Aviñón, y en el subsiguiente cisma, de 1377 a 1417. Esta historia tan poco edificante de lucha por el poder entre papas y reyes, primero, y entre papas y antipapas, después, me valió una buena nota en Religión de tercero de bachiller y el Colega, que ya ni se acuerda de qué nota sacó hace tantos años, escucha con atención la historia, que puedes encontrar aquí 👇

    Este peñón, un alto rocoso sobre el Ródano, conocido como el Rocher des Doms, donde se asienta el palacio de los Papas, ya estaba habitado en el neolítico, de manera que bien pudo haber disputado a Roma el apodo de ciudad eterna. Sobre este risco hubo una pequeña ciudad griega y luego, otra romana. Había sido sede episcopal desde el año 70 de nuestra era y arzobispado desde 1476. El papa Bonifacio VIII fundó una universidad que alcanzó fama por sus estudios de leyes y que llegó hasta la Revolución francesa. Pero Aviñón se hizo un nombre como capital de la cristiandad en el siglo XIV. La visión del monumento desde la plaza del Palacio explica cabalmente el significado del poder papal. En la misma plaza, frente al Palacio, se encuentra el Hôtel des Monnaies, la ceca papal, que fue edificado en 1617, pues la ciudad formó parte de los Estados Pontificios hasta la Revolución francesa.

    La residencia de los papas ocupa más de 15.000 metros cuadrados, sus muros tienen cinco metros de grosor, es la más grande de las construcciones góticas de la Edad Media y un importante palacio gótico. En realidad, lo que llamamos el palacio son dos: el viejo, de Benedicto XII, y el nuevo, de Clemente VI. Las obras se iniciaron en 1316 y acabaron en 1370 y en su decoración participaron artistas del momento como Simone Martini y Matteo Giovanetti. El recinto se completa con el Petit Palais, al oeste de la plaza, y la catedral románica de Notre Dame de Doms, en la parte norte del palacio.

    Durante el mes de julio, Aviñón es sede de un importante festival de teatro, de manera que el patio del palacio está acondicionado también para esta programación, lo que condiciona la visita e impide contemplar una parte del itinerario.

    Así y todo, el palacio impresiona. A mí me impresionó, incluso, más que el Vaticano pues si bien la sede de Roma es más grandiosa, rica y magnífica, las piedras de Aviñón son más explícitas: estos son mis poderes, ¿passa algo?, vienen a decir.

    Después de la visita, encontramos mesa en la plaza del Reloj, con el teatro de la Ópera a la vista. El Colega, que va cogiendo el punto a sus implantes dentales, elige un restaurante para desquitarse de los purés y merlucitas que se tiene comidos en este tiempo: La Boucherie (La carnicería). Pide un solomillo de buey y yo un carpaccio, ambos platos con las inevitables patatas fritas, de los que damos buena cuenta bajo una especie de carpa humedecida con chorritos de vapor que alivian las altas temperaturas. La plaza es uno de los epicentros de la gastronomía local y, efectivamente, está llena de familias aviñonesas y unos pocos forasteros.

    Tras el palacio, el segundo monumento de Aviñón es el puente Saint Bénézet o San Benito, sobre el Ródano. Hubo de ser impresionante con sus 22 arcos, porque sigue siéndolo con los cuatro que le han dejado las sucesivas avenidas del río. El puente es muy popular en toda Francia porque es motivo de una cancioncilla de cuna con la que han dormido casi todos los niños franceses. Sur la pont d’Avignon on y dance, on y dance…

    Más abajo del puente hay un embarcadero donde se puede tomar un barco para cruzar a la otra orilla del Rodano, la isla de la Barthelase, que forma el mismo río, convertida en un espacio para el ocio y el paseo.

    Entre las murallas y el río discurre un agradable paseo que permite contemplar con tranquilidad unas y otro. De aquí era la cantante Mireille Mathieu, por eso la llamaban el gorrión de Aviñón, le cuento al Colega, que es más de la música angloamericana y no tiene ni idea de quién le hablo.

    Entramos de nuevo en la ciudad por la puerta de la República, la calle comercial de Aviñon que va de las murallas a la plaza del Reloj, y llegamos a la zona del palacio, donde compramos una primera remesa de jabones, un molinillo de hierbas de la Provence y una cigarra de porcelana, que es el animal totémico de la ciudad. La señora que nos lo vende asegura que, colocada cerca de la puerta, su canto ahuyenta todo lo malo del hogar. Cuando volvemos a casa, colocamos al bicho en la pared de la habitación donde escribo. Las cortinas, movidas por el viento, activan el sensor óptico una y otra vez, en un incesante canto chicharrero, de manera que la pobre cigarra debe estar exhausta. El Colega, harto de oírla, le quita las pilas. De tiempo en tiempo, se las pongo de nuevo, solo por un rato, para que no pierda la voz.

    Callejeando nos hemos topado con una comitiva nupcial que sale del Ayuntamiento, un edificio neoclásico del siglo XIX, con un campanario del siglo XIV. La leyenda del frontispicio explica algunos de los vicios hispanos. No es lo mismo nacer en un país que tiene como lema: Libertad, igualdad, fraternidad, que en uno cuya máxima es: Non plus ultra. En el camino de bajada, una banda interpreta piezas de música ligera, entre otras, un pasodoble.

    Como nos ha gustado el sitio, volvemos a la plaza del Reloj a cenar. El Colega pide unos moules (mejillones) con las habituales patatas fritas, y yo, una sopa de cebolla. El lugar tiene su encanto y está fresco después de un día de mucho calor pero, con permiso de monsier Bocusse, he comido mejor sopa de cebolla en casa de mi amiga Nines, que es de Burgos.

    En Aviñón el comercio cierra a las 6 de la tarde, algunos a las 7, pero los bares y restaurantes del centro permanecen abiertos al menos hasta las 10, una hora avanzadísima para estos lares. Nos despedimos de la ciudad papal con la viva impresión de la mole palaciega. El poder pétreo.

    Fotos: ©Valvar

  • Puebla de Sanabria

    Puebla de Sanabria

    Puebla de Sanabria (Zamora) es uno de los Pueblos Bonitos de España, con su castillo, su iglesia románica, su arquitectura tradicional y su contundente y sabrosa gastronomía. La joya de una comarca en la Raya de Portugal, que es en sí misma un compendio de belleza paisajística.

    Guardábamos un grato recuerdo de nuestra estancia en esta comarca en noviembre de 2006, cuando disfrutamos de un tiempo soleado y un sol brillante. En julio de 2014, un día caluroso y radiante, iniciamos en Puebla de Sanabria la ruta por la región de Tras os Montes, siguiendo el periplo relatado por Julio Llamazares. Hemos vuelto en noviembre de 2023. Para completar nuestras experiencias en esta oportunidad nos recibe una llovizna persistente que alterna con niebla cerrada, que nos moja sin piedad y nos dificulta el paseo por sus calles y las fotos pero que no resta ni un ápice de belleza. Nos alojamos en el Parador, situado en el arrabal de San Francisco. Desde nuestro balcón podemos observar la puebla semioculta por la niebla, anocheciendo, iluminada en la noche, amaneciendo… Un espectáculo.

    Situada en una loma que se asoma al río Tera, sabemos que en el 569 la puebla de Sanabria ya existía porque en esas fechas en esas fechases citada en las actas del Concilio de Lugo. Alfonso IX le concede fueros en el siglo XIII. En 1220 es una fortaleza defensiva de los reinos de León frente a Portugal y una de las plazas de armas más importantes del reino. En el siglo XV, los condes de Benavente, señores de la Villa durante cuatro siglos, levantan su castillo que es, con la iglesia de Santa María de Azogue y la Casa Consistorial, los monumentos más importantes del lugar.

    El caserío del casco antiguo se desparrama por esta loma con algunos ejemplares de casonas, blasonadas o no, ricamente adornados, y otros de arquitectura popular, con balconadas y galerías acristaladas, algunos de ellos en regular estado de conservación. Puebla de Sanabria está catalogada justamente como Conjunto histórico-artístico.

    La construcción del castillo fue impulsada por Rodrigo Alonso Pimentel, y María Pacheco, IV condes de Benavente, siguiendo la costumbre de los nobles de la época, dados a atrincherarse en sus señoríos en sus contiendas frente al poder real. Levanta un recinto amurallado cuadrado con una torre redonda en cada esquina, de altos muros de sillería de granito que prolongan la muralla natural que conforma la meseta rocosa protegida por los cauces fluviales en la que se asienta la fortaleza. Un alcázar infranqueable.

    En el centro de este fuerte se alza la torre del homenaje, en buena medida oculta por la altura del muro perimetral, conocida como El Macho.

    El castillo ha tenido una vida accidentada: las guerras con Portugal en el siglo XVIII y con Francia en el XIX arruinaron sus muros. Abandonado el uso como fortaleza, en ruinas y abandonado, en 1895 el Estado lo cede al Ayuntamiento “hasta tanto se determine si será o no útil para la defensa de la frontera con Portugal, y, en caso negativo, la cesión será definitiva y de pleno dominio”. En 2022 fue declarado monumento bien de interés cultural. Actualmente, está dedicado a usos culturales: biblioteca, museo y casa de cultura.

    El castillo es un excelente mirador desde el que se contempla, si no hay niebla, el río Tera y buena parte de la comarca.

    Cerca del castillo se alza la iglesia de Nuestra Señora del Azogue, obra de sillería berroqueña del siglo XII, originalmente de estilo románico tardío, del que solo conserva los muros y las puertas sur y oeste. El resto fue reformado en el siglo XVI.

    Llama la atención la puerta del hastial de poniente. Las tres arquivoltas descansan en cuatro columnas-estatuas -las dos restantes se han perdido-, que representan a otros tantos personajes. Las del lado derecho se han identificado como reyes, las de la izquierda personajes ataviados con atuendos de la época.

    Los capiteles muestran motivos vegetales y Adán y Eva, la serpiente y un esquemático árbol de la vida.

    Sobre esta puerta se abre un óculo románico con chambrana adornada en ajedrezado.

    La esbelta torre de la iglesia dobla en altura la del hastial sur, semejando la hermana mayor de éste.

    Las arquivoltas de la puerta sur, también románica, presentan decoración geométrica y apoyan en jambas.

    En esta ocasión encontramos la iglesia cerrada a cal y canto, pero recordamos haberla visto en nuestra primera visita. El crucero y la cabecera son góticos, cubiertos por bóvedas de crucería estrellada. Conserva una pila bautismal románica del siglo XIII y un órgano del XVIII que estuvo en funcionamiento hasta 1930.

    En la misma plaza donde se alza la iglesia se encuentra la Casa Consistorial, de sillería granítica. La fachada es del siglo XV, con dos plantas porticadas y dos torreones a ambos lados.

    Casi colindante con esta iglesia se encuentra la ermita de San Cayetano, del siglo XVIII, barroca.

    En Puebla de Sanabria hay también un museo de Gigantes y Cabezudos, con 33 cabezudos y 10 gigantes.

    La población de Puebla de Sanabria se expandió al otro lado del río Tera por el arrabal de San Francisco, nombre que toma del convento de este nombre. Ocupado antaño por frailes franciscanos, ahora se utiliza para actividades docentes. La iglesia, abierta al público, sirve de apoyo a la parroquial.

    Antes de irnos hacemos acopio de los «habones» de la Puebla de Sanabria, unas enormes y ricas alubias blancas, que hemos probado en el Parador. Esperamos tener la oportunidad de volver.

    Fotos: ©Valvar

  • Albi

    Albi

    Albi fue fundada en tiempos del imperio romano, con el nombre de Albiga. En los siglos XII y XIII, es testigo del desarrollo de la secta religiosa conocida como los cátaros o albigenses, originada en Toulouse. La catedral de Santa Cecilia y el palacio de la Berbie conforman la Ciudad Episcopal, declarada Patrimonio de la Humanidad.

    Llegamos a Albi a media tarde, cuando ya no hay ningún monumento abierto, así que aprovechamos para pasear por la ciudad. Bordeando el palacio de la Berbie llegamos hasta el Puente Viejo, que pasa por ser uno de los más antiguos de Francia -construido en el 1040-, y fue y sigue siendo una de las vías de acceso a la ciudad, pues aún se mantiene en uso. Al otro lado del río Tarn, hasta donde se extiende la llamada Ciudad Episcopal, con el sol dando brillo a los muros rosas de sus monumentos, destaca aún más el poderío del palacio y la catedral, capaces de amedrentar al más osado.

    Nos acercamos a la orilla del río con el propósito de obtener una buena vista de la ciudad y distinguimos en el agua unos peces enormes. Mientras tratamos de identificar si son barbos o carpas, lo usual en los ríos que conocemos, vemos con asombro que uno de esos bichos sale del agua y se lleva limpiamente en la boca una de las palomas posadas cerca del agua. ¿Has visto lo mismo que yo?, nos preguntamos. Sin ninguna duda. Según nos informamos después, los peces del Tarn son siluros que, entre sus hábitos, tienen los de capturar las palomas que se ponen a su alcance. Nos quedamos un rato más para ver si podíamos captar semejante hazaña pero los peces no repitieron actuación.

    Al día siguiente, madrugamos y nos dirigimos a la oficina de turismo, situada en una dependencia del palacio Berbie, en la plaza de Santa Cecilia, compramos el Albi City Pass y nos lanzamos a descubrir los secretos de la ciudad, empezando por la catedral de Santa Cecilia, a la que se accede por la puerta Dominica de Florence, de finales del siglo XIV.

    Lo primero que descubrimos es que se trata de un edificio de ladrillo, enorme, pero ladrillo. El segundo, que por muy catedral que sea, lo que tenemos a la vista es un castillo defensivo con todas las de la ley, con una torre campanario de 78 metros de altura.

    La austeridad exterior tiene su contrapunto en la suntuosidad interior, distinta a todo lo que conocemos. Todo es aquí superlativo: con sus 113 metros de largo y 35 de ancho, se trata de la mayor catedral de ladrillo del mundo; de los frescos de la bóveda -97 metros de largo por 28 de ancho- realizados entre 1509 7 1512 se dice que son el mayor conjunto de pinturas renacentistas realizadas en Francia, se lee como una Biblia ilustrada.

    Las pinturas bajo el órgano (1477-1484) constituyen el mayor Juicio Final del mundo; los órganos (siglo XVIII) son también los más grandes de Francia; un coro que es una iglesia dentro del recinto catedralicio y casi dos hectáreas de pinturas decorativas que cubren por completo el recinto sagrado.

    El color azul que cubre el techo del coro es conocido como azul de Francia o azul real y en su elaboración se utilizó lapislázuli y óxido de cobre, lo que explicaría su buen estado de conservación. Es el testimonio de la fe cristiana tras la herejía cátara. Una obra maestra del gótico meridional.

    El folleto que nos han dado en la oficina de turismo indica que el horario de visita es de 9 a 18,30 horas pero a las 9 en punto, cuando pretendemos acceder al coro, el vigilante nos indica que él no abre hasta las 9,30. Pues aquí dice que a las 9, le digo, mostrándole el folleto. Pues yo digo que a las 9,30, responde el buen hombre. Tengo edad suficiente para saber que no vale la pena desperdiciar energías discutiendo con un hombre de uniforme, cualquier que sea este, así que optamos por recorrer de nuevo la catedral y contemplar la réplica de la Santa Cecilia de Stefano Maderno, cuyo original habíamos admirado en la basílica de Santa Cecilia en el Trastevere de Roma. Cuando el hombre uniformado se decide a abrir contemplamos las dos salas del tesoro, con objetos de arte sacro de entre los siglos XIV al XIX.

    El coro de canónigos es en realidad una iglesia dentro de la catedral. Una valla de encaje de piedra blanca le separa de la nave. Nos quedamos boquiabiertos ante tal exuberancia, obra de artistas franceses en el siglo XV, adornado con una estatuaria policromada realizada por maestros borgoñones. Dos centenares de estatuas que hacen de ella la estatuaria más importante de Francia del final de la Edad Media.

    Para estar a tono, el órgano realizado por Chistophe Moucheres en el siglo XVIII es un instrumento de 16,40 metros de ancho por 15,30 de alto, tiene más de 3.500 tubos, cuatro teclados, 43 registros… Es el órgano más clásico de Francia.

    Ciertamente, lleva su tiempo sobreponerse a la impresión que produce esta catedral. Para descomprimir el espíritu pasamos a visitar el palacio de la Berbie o de los obispos. Es otra muestra imponente de arquitectura militar, construido en una meseta sobre el río Tarn, lo que aumenta su aspecto de fortaleza, una afirmación del poder de los obispos sobre el poder civil. El palacio de la Berbie y la catedral de Santa Cecilia conforman un conjunto conocido como la ciudad episcopal, catalogado como Patrimonio de la Humanidad desde 2010.

    Actualmente, la Berbie está ocupado por el museo Toulouse Lautrec, albigense de nacimiento, que reúne la mayor colección de obras de este pintor. La visita al palacio se completa con un recorrido por las terrazas y el jardín, con magníficas vistas.

    Brujuleando por la ciudad nos asombramos ante la torre campanario de San Salvi -primer obispo de la ciudad de Albi-, que viene a ser el contrapunto de la de Santa Cecilia. Está rematado por un torreón que llaman “gachol”, algo así como mirador en occitano, pues desde aquí se vigilaba a quienes se acercaban a la ciudad.

    La iglesia de San Salvi se construyó entre los siglos XI al XIII sobre la supuesta tumba del santo y es el resultado de una rara mezcolanza: piedra y ladrillo, románico y gótico. Desde el siglo XI está rodeado por un anillo de calles comerciales que se conoce como la Rueda de San Salvi.

    Del claustro, con su jardín de plantas medicinales y especias, apenas queda un ala, con arcos románicos pero el conjunto tiene un gran encanto, un lugar de sosiego entre la barahúnda del entorno. Los monjes de San Salvi cultivaron en este claustro un jardín de hierbas medicinales y aromáticas. Aún ahora el Ayuntamiento mantiene una zona de plantas comestibles. Los paneles de información indican el periodo en que se puede recoger cada planta.

    Al lado, a la sombra de los muros de la vieja iglesia, elegimos para comer el restaurante «Le cloître». Pido unos caracoles a la bourgiñona, que al Colega no le gustan, y un confit de pato, realmente buenos. El sigue resarciéndose de su obligada dieta blanda con un entrecot, talla XL, con las obligadas patatas fritas y una ensalada.

    Aparte de la huella episcopal en la ciudad otra de las señas de identidad de Albi es el uso generalizado del ladrillo de la zona, que llaman brique foraine. En las estrechas calles de la ciudad medieval se encuentran muchas casas de ladrillo con el entramado de madera, en las casas nobles los marcos de puertas y ventanas son de piedra. En el número 1 de la calle Croix Blanche se levanta la Casa del Viejo Albi, modelo de este tipo de arquitectura tradicional.

    En nuestro brujuleo por las calles de la vieja ciudad pasamos junto a la casa donde nació Henry de Toulouse Lautrec, omnipresente en la ciudad a través de sus frases que se ven en los escaparates del comercio local, y aprovechamos la visita al mercado para comprar algunas delicatessen de la zona.

    Descubrimos también el Grand Théâtre des Cordeliers, obra del arquitecto y urbanista Dominique Perrault. El edificio está cubierto por una malla de aluminio de color cobre dorado. Subimos a la terraza, ocupada por un bar-restaurante, desde la que se contempla toda la ciudad, y nos tomamos una copa. El lugar se llama «La part des Anges» (La parte de los Ángeles). No se nos ocurre mejor manera de despedirse de Albi.

    Fotos: ©Valvar

  • Nimes

    Nimes

    Nimes tiene origen celta pero su principal patrimonio monumental es romano. Venimos por la afición del Colega a todo lo galo -empezando por Asterix y Obélix- pues la información que hemos recabado es más bien desalentadora: Nimes no es la bulliciosa Marsella, ni la elegante Montpellier, ni la amurallada Avignon, la torera Arles, la teatral Orange, la ducal Uzès o la veneciana Sète pero comparte el sol, una cierta calma plácida entre sus habitantes. Le falta decir, puede usted pasar de largo. Se diría que la ciudad está necesitada de una buena campaña publicitaria.

    Pero el colega quería venir a Nimes y aquí estamos, pisando el albero de la Arena, el anfiteatro romano mejor conservado del mundo, dice la información turística, construido a finales del primer siglo de nuestra era. Aparentemente está bien conservado, lo que parece milagro, teniendo en cuenta la afición de los nimeños a meter mano en él a lo largo de los siglos. Los vizcondes de Nimes tuvieron la idea de construir dentro su palacio-fortaleza, con el tiempo se fueron levantando casas alrededor del palacio hasta contarse unas cien viviendas y dos capillas. Así, hasta que en el siglo XVIII se derribaron todas ellas y se le devolvió su aspecto original. En el coso se celebran corridas de toros y espectáculos varios. Nuestra visita coincide con la celebración de los festivales de verano así que el anfiteatro aparece semicubierto con una estructura metálica muy poco romana, francamente.

    La historia de Nimes arranca en el siglo VI antes de nuestra era, cuando la tribu celta – los volcos arecómicos-, se instala en torno a una fuente de agua abundante, a la que levantan un templo. El año 120 a.C. los volcos reciben a los romanos, con quienes pactan una alianza para ayudarlos en la Guerra de las Galias, a cambio de mantener su religión y su cultura. Los romanos bautizan a la ciudad como Nemausus y la llenan de monumentos como espejo de la romanización en la Galia. Premonitoriamente, los romanos la convierten en lugar de apacible retiro para muchos de los veteranos de Julio César.

    En el 462 cae en poder de los visigodos, en el 719 es conquistada por los árabes y en el 754 por los carolingios, que le hacen sede de un condado. En 872 pasa al conde de Tolosa. En 1215 es ocupada por los cruzados de Simón de Montfort pero un año después vuelve bajo la soberania de los vizcondes de Trencavel hasta que Luis IX lo incorpora a la corona. Fue un bastión hugonote durante la reforma y, tras un periodo de decadencia, en el siglo XIX inicia una etapa de prosperidad económica. El vecindario trabaja, primero, en la industria textil, cuya producción se exporta a Europa y América y, luego, el cultivo de la vid y la elaboración de vinos, que se transportan a través del canal del Midi y del ferrocarril. En la segunda década del siglo XXI Nimes es una pequeña ciudad de unos 150.000 habitantes.

    Su patrimonio principal son el anfiteatro o Arena, la Maison Carrée, las murallas, la Torre Magna y el Templo de Diana, estas últimas en los jardines de la Fontaine.

    La Maison Carrée –la Casa Cuadrada- es un templo de mármol construido en el año 16 a.C. por Augusto, con seis columnas en la parte frontal y diez en los laterales, de las que ocho están integradas en los muros. Es el templo más antiguo que se conserva íntegramente. Lo cual tiene su mérito porque nimeños y visitantes acostumbran a solazarse sobre las venerables piedras y, según nos contaron en el lugar, los fines de semana es punto de reunión para la movida local.

    En la misma plaza, ocupando el lugar del foro, Norman Foster ha ideado un edificio transparente que mira a la Maison Carrée y que acoge el museo de Arte Contemporáneo. Al Colega le parece un edificio insustancial, a mí, en cambio, me gusta.

    En un lateral de la plaza se extienden varias mesas, con sus correspondientes sombrillas, atendidas por un cafetín que toma el nombre del monumento. Elegimos el lugar para comer a un paso de la Maison Carrée y erramos. El Café Carrée tiene una carta mediocre y un mal servicio. Nos hacen esperar bajo un sol que no logra paliar la sombrilla, comemos regular y nos vamos asados al punto mientras los camareros se pasean entre las mesas como si fueran modelos de alta costura.

    En las últimas décadas Nimes ha apostado por una arquitectura de vanguardia que, además del mencionado Norman Foster, incluye proyectos de Jean Nouvel, Vittorio Gregotti, Kisho Kurokawa, Mieko Inoue, Martial Raysse y Jean-Michel Wilmotte.

    La apuesta vanguardista llega a su propio logotipo, diseñado por Philippe Starck. En él aparece un cocodrilo atado a una palmera, en memoria de la batalla de Actium, en el año 31 a.C., cuando las naves del emperador Augusto, en las que batallaban los guerreros volcos aliados de Roma, derrotaron a Cleopatra y Marco Antonio, lo que suponía la dominación del litoral mediterráneo. En conmemoración de aquella victoria se acuñó una moneda en la que aparecía el cocodrilo atado a la palmera, símbolo del sometimiento de Egipto al Imperio romano, y la leyenda COL NE, esto es, Colonia Augusta Nemausus, expresión de la alianza de Nimes y Roma. La imagen del cocodrilo y la palmera es omnipresente en la ciudad.

    En los jardines de la Fontaine se pueden contemplar varios restos arqueológicos: la Torre Magna, que era la más alta de la muralla, y, al estar en la cima del monte Cavalier, puede verse desde cualquier punto de la ciudad. De la muralla romana, que tenía siete kilómetros de longitud, nueve metros de altura y dos de anchura, apenas quedan algunos fragmentos y dos puertas. Ha perdido uno de los tres niveles que tuvo y aún así mide 32 metros de altura. Aunque se puede acceder en coche hasta muy cerca de la torre, ascendemos a pie la cuesta con la esperanza de disfrutar de la vista panorámica que, dicen, se contempla desde ella pero cuando llegamos hace cinco minutos que se ha cerrado al público.

    Iniciamos el descenso en busca del templo de Diana, por caminos sombreados y entre trinos de aves diversas. El Colega va entonando un canto a la naturaleza, que se muestra exuberante en este jardín del siglo XVIII, pero yo, que aún no me había recuperado de las escaleras del anfiteatro de la mañana, voy jurando en arameo por lo bajinis.

    El templo de Diana se encuentra a la izquierda de la entrada principal del jardín, donde concluye la avenida Jean Jaurés. En realidad son unas ruinas en regular estado de conservación pero con un cierto aire romántico muy a tono con el lugar.

    Hacemos una pausa en nuestro recorrido nimeño para tomar un refresco bajo la torre del Reloj, en la plaza que lleva su nombre y que viene a ser el corazón de la ciudad medieval, una zona que durante el día está atestada. Porque en Nimes coexisten tres ciudades superpuestas: la romana, la medieval y la moderna. Las campanas de la torre del Reloj marcaban las horas, advertían de incendios y llamaban a los ediles a las sesiones municipales. Es el símbolo del poder de la ciudad, aunque el Ayuntamiento se trasladó a su emplazamiento actual en 1702. La torre se reconstruyó en 1754, cuando amenazaba derrumbarse. A finales del siglo XIX se derribó el antiguo Ayuntamiento, quedando la torre aislada, convertida en el único adorno de la plaza. Ella y la catedral son los exponentes de la riqueza medieval nimeña.

    La catedral de San Castor fue construida en 1646 sobre restos de una iglesia merovingia del siglo XI levantada con restos romanos, demolida y reconstruida dos veces en los siglos XVI y XVII. Estamos a punto de pasar de largo, pero, al acercarnos, descubrimos el friso que se extiende en la parte superior de su fachada, tenido por uno de los mejores exponentes de la escultura románica en el midi francés. A partir de Adán y Eva, ahí está la biblia en piedra. Los seis primeros grupos escultóricos son obra del siglo XI, el resto son algo posteriores.

    En cambio, al pasar por la iglesia de San Pablo creemos ver indicios románicos y allá que nos vamos. No hay que fiarse de las apariencias, se trata de una construcción neorrománica-bizantina, del siglo XIX. Los coloristas frescos del interior son obra de Hippolyte Flandrin.

    Volvemos a la plaza del Reloj hacia las 7 de la tarde y encontramos que bares, restaurante y comercios hace una hora que han cerrado. A las 8, con el sol todavía alto, no hay nadie en la calle. Este horario, que sin duda es bueno para la conciliación, no es lo que se entiende por un jolgorio. Ahora, como tranquila, no cabe duda de que Nimes es una ciudad tranquila.

    Fotos: ©Valvar

  • Vallbona de las Monjas

    Vallbona de las Monjas

    Vallbona de las Monjas es uno de los vértices del triángulo monástico cisterciense catalán que se cierra con Poblet y las Santes Creus, femenino el primero, los dos últimos masculinos, a derecha e izquierda de la autovía AP-2, que une Lleida con Tarragona.

    Como somos visitantes habituales de esta zona conocíamos bien los monasterios de Poblet y Santes Creus, no así el de Vallbona de las Monjas, cuya visita se nos había frustrado en alguna ocasión. En nuestra excursión de octubre de 2023, abandonamos la autovía en Les Borges Blanques, aprovechamos para comer la rica comida catalana en la Masía Les Garrigues, y, siguiendo las órdenes del GPS, llegamos al monasterio justo a tiempo de inscribirnos en la visita guiada de las cuatro de la tarde, que se anuncia en catalán.

    El día ha salido otoñal, el sol no aparece y a ratos llovizna, si nos esperamos a la visita en castellano de las cinco no tendremos luz para las fotos. Hasta unos minutos antes de empezar somos los únicos visitantes, la guía nos advierte que ella se adapta igual a una lengua que a otra, si no hay nadie más nos explicará en castellano. Pero, en el último momento, llega un grupo de señoras y luego otra pareja hablando catalán así que nos hacemos un Aznar y seguimos la visita en la lengua de Mercè Rodoreda y Ausias March. Entendemos casi y todo y lo que no, lo preguntamos.

    En una sala que se abre en el ala este nos proyectan un vídeo en el que se narra la historia del monasterio. En este valle donde se levantó el recinto monacal hubo anteriormente agrupaciones mixtas de ermitaños, que luego se organizaron en comunidad doble, fundada por Ramón de Vallbona, bajo la regla de San Benito. Existen documentos que lo datan en 1153.

    En 1175 los monjes se trasladan a Montsan y la comunidad femenina adopta la Orden del Císter bajo el mandato de la abadesa Oria Ramírez, llegada del monasterio de Tulebras (Navarra). La abadía desecó el valle y promovió el asentamiento de nuevos residentes y la creación de granjas. Enseguida se extiende en nuevas fundaciones cistercienses: Sant Hilari de Lleida, Bonrepós en la Morera del Montsant, la Saidia en Valencia, el Pedregal en Barcelona…

    Vallbona contó con el impulso de Alfonso I el Casto y de su esposa, la reina Sancha de Castilla, que aquí fijaron su corte itinerante durante algún tiempo. Jaime el Conquistador y Alfonso el Sabio también se alojaron en Vallbona con sus esposas y sus cortes. El papa Inocencio III concedió al monasterio inmunidad, protección de bienes e independencia del episcopado.

    Centro de espiritualidad y de influencia política, desde sus inicios, el monasterio recibió cuantiosas donaciones que conformaron un gran patrimonio. La abadesa Saurena de Anglesola compró al rey Pedro III de Aragón la jurisdicción civil y militar de estas posesiones, estableciendo el Señorío con gran extensión y jurisdicción propia. La comunidad alcanzaba por entonces 150 monjas, procedentes de las mejores familias del condado de Urgel y de Cataluña.

    Una prueba de la vitalidad de la comunidad femenina de Vallbona es que tuvo su propia escuela monacal, donde las doncellas de la nobleza aprendían gramática, caligrafía, liturgia, música, bordado o miniatura. Esta escuela tenía un scriptorium, en el que las monjas copiaban e iluminaban los códices.

    El concilio de Trento (siglo XVI) prohibió la existencia de monasterios femeninos aislados, lo que impulsó la creación de una nueva población con gentes procedentes de Montesquiu en terrenos cedidos por las monjas alrededor del recinto monacal.

    No todo fue vida y dulzura en Vallbona. En el siglo XVII litigó con el monasterio de Poblet por una cuestión de tributos. Eso, unido a los daños ocasionados por las guerras de los Segadores (1640-52), de Sucesión (1705-17) o del Rosellón (1788-95) contribuyeron al declive del cenobio. La exclaustración y la desamortización del siglo XIX obligaron a la comunidad a ausentarse durante medio año, pero causó menos daños que al vecino Poblet, con el que, inevitablemente, se sigue midiendo Vallbona. La muralla que en parte rodea los edificios monásticos perduró hasta 1920, cuando fue desmontada. El monasterio fue declarado monumento histórico artístico en 1931.

    La visita guiada comienza por el claustro del monasterio, un espacio de forma trapezoidal que habla de la historia del cenobio desde los siglos XIII al XVI, cada una de sus pandas corresponde a un siglo y estilo diferente. A partir del ala sur, la más antigua y de estilo románico, se observa una evolución hasta el ala norte, claramente ojival. El ala de poniente es neorrománica con elementos renacentistas. Todas ellas en la austeridad ornamental propia del Císter. En el ala este se abre el acceso a la farmacia que suministraba remedios a los pueblos del Señorío.

    En la panda norte se ha abierto una capilla dedicada a la Virgen del Claustro (XII), escultura que probablemente fuera la que presidía el templo durante el periodo románico.

    Desde este ala se accede a la sala capitular, del siglo XIV, donde se puede ver una imagen de la Virgen de la Misericordia, de alabastro policromado, atribuida a Pere Joan (XV, autor de la fachada del palacio de la Generalitat de Barcelona) y lápidas sepulcrales de las primeras abadesas.

    La puerta exterior (XIII), es lo más románico de la iglesia. En su tímpano aparece el que se tiene por uno de los relieves de la Virgen. El muro de la iglesia tiene adosadas varias tumbas.

    Pero las monjas acceden al templo desde la sala capitular. Este es construcción de los siglos XII y XIII, de transición del románico al gótico. Es de planta de cruz latina, de una sola nave y tres ábsides cuadrados. La crucería ojival de la cubierta es obra del XIV, sustituyendo a la bóveda románica.

    La iglesia es, en parte, un panteón de nobles: en el presbiterio están las tumbas de la reina Violante de Hungría, esposa de Jaime I, y de su hija Sancha; en un ala del crucero se encuentran los sepulcros de los señores de Guimerá (XIII), de muy buena factura; y en el suelo del recinto sacro se reparten lápidas sepulcrales de abadesas.

    Preside el culto una Virgen del coro, de piedra policromada, debida a Guillem Seguer (XIV).

    Tiene esta iglesia la particularidad de poseer dos cimborrios, el primero, en la intersección de la nave con el crucero, es de planta octogonal sobre trompas, con las campanas de las horas.

    El segundo cimborrio campanario tiene forma de linterna de ocho caras. Aparte su indudable belleza, es una audaz obra de arquitectura medieval. De 30 metros de altura y 6,5 metros de diámetro, se apoya totalmente sobre bóvedas que carecen de contrafuertes. El arquitecto e historiador Domenech Puig y Cadafalch, que dirigió la restauración en 1922, lo calificó como “el monumento más atrevido del medievo catalán”.

    La construcción de este cimborrio fue impulsada por la abadesa Elisenda de Copons, cuyo mandato (1340-48) coincidió con el periodo de máximo esplendor del monasterio. Algunas fuentes creen que la iniciativa es un asunto de rivalidad entre hermanos, de tener por cierto que Elisenda era hermana del abad de Poblet, Ponç de Copons, que por entonces estaba construyendo el cimborrio de la iglesia monacal. La abadesa ocupa por mérito propio un lugar preferente en el solar de la sala capitular.

    En el coro, junto a la reja, se encuentra la capilla del Corpus Christi. De su altar proceden los dos antipendios, tapices del siglo XIV, que se exponen en el Museo Nacional de Arte de Cataluña. Lo cual da una idea aproximada de las riquezas que llegó a acumular el cenobio.

    El monasterio se ayuda para su mantenimiento con una hospedería y la venta de artículos de artesanía realizados por una de las monjas con la que, para variar, hemos pegado la hebra. La religiosa elogia lo bien que se habla castellano en Burgos y, a cambio, nosotros compramos una de sus piezas. Si no fuera porque vamos con la agenda apretada nos quedábamos en la hospedería.

    Fotos: ©Valvar y MNAC

  • Los Amantes de Teruel

    Los Amantes de Teruel

    Amores que terminan trágicamente los ha habido en todo tiempo y lugar. Entre nosotros, ninguno tan famoso como los que unieron a Isabel y Diego, los Amantes de Teruel. No está claro si lo suyo fue real o es solo leyenda, tampoco importa mucho, cada año la ciudad revive su historia como si acabara de suceder.

    Lo que haya de cierto ocurrió en el siglo XIII cuando Teruel aún era plaza fronteriza con las taifas musulmanas de Valencia. Juan Diego Martínez de Marcilla, un joven segundón de familia con escasos bienes, se enamoró de Isabel de Segura, rica heredera. La joven correspondía a ese amor, pero el padre impuso que antes de casarse el novio debía acreditar disponer de 30.000 sueldos, cantidad en que cifraba la dote de Isabel, y le concedió un plazo de cinco años para cumplir su exigencia.

    El joven se fue a la guerra, única forma de hacerse rico, y ella quedó esperándolo. Diego no dejó de pensar en su amada; Isabel no dejó de esperar. Hasta que a punto de expirar el plazo alguien dejó correr la noticia de que el pretendiente había caído en la guerra y el padre arregló la boda de su hija con Pedro de Azagra, hombre rico y poderoso, hermano del señor de Albarracín.

    Entretanto, Diego no solo seguía vivo sino que había conseguido acumular una fortuna que triplicaba la cantidad requerida. El mismo día que se celebraba el enlace cruzaba la puerta de la Andaquilla. Desesperado al conocer el enlace de su amada, esa noche escaló a la habitación de Isabel. Bésame, que me muero, le pidió. Ella, casada fiel, se lo negó. Diego murió allí mismo.

    Isabel contó al marido lo ocurrido y optaron por depositar sigilosamente el cuerpo de Diego en la puerta de la casa de los Mancilla. Al día siguiente, la familia llevó el cuerpo a enterrarlo a la iglesia de San Pedro, con gran duelo de toda la población.

    Isabel asistió al funeral, oculta entre el cortejo fúnebre, como recuerda un mosaico en la calle que conduce a la iglesia. Se acercó al cuerpo del difunto y le dio el beso que antes le había negado. Luego, también ella quedó muerta junta a su amado. Al conocer lo ocurrido, las familias de ambos decidieron enterrarlos juntos.

    Historias similares han sido materia literaria desde Bocaccio a Tirso de Molina y otros autores. Hartzenbusch escogió a los Amantes para uno de sus dramas; Bretón compuso una ópera,

    (Los Amantes de Teruel. A. Muñoz Legrain. Museo del Prado)

    Muñoz Degraín pintó un cuadro y, finalmente, Juan de Ávalos les dio cuerpo de mármol, uniendo sus manos en un roce eterno.

    Bajo estas esculturas descansan los restos de una pareja, hallados en la capilla de San Cosme y San Damián de la iglesia de San Pedro, aneja al mausoleo de los Amantes. ¿Son estos los de Isabel y Diego? Puede que sí o puede que no. A fin de cuentas, ¿qué más da? Los visitantes que cada año acuden por miles a Teruel y visitan el mausoleo rinden homenaje al amor de dos jóvenes amantes separados en vida y unidos en la eternidad. Y para eso no se necesitan muchas pruebas.

    Los turolenses, dados a resolver todas las cuestiones en fiesta, evocan cada año la partida de Diego y las bodas de Isabel, convirtiendo la ciudad en una villa medieval como hubo de serlo en el siglo XIII. No es una broma, la fiesta está declarada de Interés Turístico Nacional.

    Nosotros recordábamos el sepulcro de los Amantes como un espacio oscuro y bastante tétrico. Nada que ver con lo que nos hemos encontrado. La ciudad, sabedora de lo atractivo de su historia, ha convertido a los Amantes en uno de los polos de interés turístico, ha creado su propio espacio, muy bien creado, por cierto, de manera que el visitante vive una inmersión en la leyenda.

    Empezamos, pues, la visita a Teruel por el mausoleo, sacamos entradas para visitarlo junto con la iglesia de San Pedro, de la que solo recordábamos la torre. Nos dispusimos a hacer fotos como si tuviéramos que cubrir la noticia de la boda, hasta que un vigilante nos indicó que podíamos acercarnos al cenotafio y fotografiarlo más cerca.

    La instalación simula una dependencia antigua. En un rincón vemos una vasija convertida en cápsula del tiempo. El 19 de diciembre de 2017, al cumplirse los 800 años de la historia de los Amantes, los turolenses del presente depositaron en ella objetos y mensajes dirigidos a los del año 2117, cuando se cumpla el noveno centenario y se abra la vasija.

    El mausoleo, aparte de situar cronológica e históricamente la historia de los Amantes, ha recopilado algunos de los lienzos que la evocan, conformando un espacio ameno y didáctico.

    Desde el mausoleo se accede a la iglesia de San Pedro, de historia casi tan trágica como la de los Amantes. Construida alrededor de 1319 sobre un templo románico del XII, en 1873 sufrió un incendio ocasionado por un rayo que dañó el templo y el claustro. La reforma a comienzos del siglo XX fue radical, a cargo de Pablo Monguió. La iglesia pasó de mudéjar a neogótica, con la colaboración del pintor Salvador Gisbert. Lo que encontramos parece recién pintado después de la última reforma, muy vistoso, ciertamente. ¿Cómo se nos puede haber olvidado una iglesia tan bonita?, pregunto al Colega, preocupada por mi desmemoria. Eso digo yo, me responde. El vigilante nos aclara que la iglesia ha estado cerrada desde los años 70. La restauración de iglesia, claustro y torre se ha prolongado desde 1993 a 2005 y en 2008 se reabrió al público. ¿Cómo íbamos a recordar lo que no habíamos visto?

    El claustro, de finales del siglo XIV, es uno de los cuatro claustros mudéjares de Aragón. La reforma de Monguió consistió en un enlucido de cemento imitando sillería y añadiendo tracerías neogóticas a los arcos, que se deterioraron rápidamente, lo que más tarde obligó a desmontarlas. Las ménsulas que adornan sus muros, también muy vistosas, corresponden a la restauración concluida en 2008.

    Aneja a iglesia se levanta la torre mudéjar del XIII, coetánea del campanario de la catedral y similar en su ornamentación. Es una torre-puerta, de tipología cristiana, dividida en pisos en el interior. Resultó muy dañada durante la guerra civil de 1936 y restaurada posteriormente, eliminando el remate neoclásico que había sido añadido en 1795.

    Sumergidos como estamos en la historia de los Amantes le convenzo al Colega para acercarnos al Rincón del Beso, un lugar habilitado por la ciudad para que las moñas como yo nos fotografiemos dándonos el pico con el propio (alternativamente, con quien cada cual quiera).

    Nos dirigimos al sur de la ciudad, donde se abre otra construcción emblemática: el viaducto viejo. Fue construido en 1929 por el ingeniero Fernando Hué, de quien toma el nombre, con el propósito de mejorar la comunicación de la ciudad con el Levante y facilitar la expansión urbanística al sur. Su gran arco central de hormigón armado fue récord español en su momento. El viaducto, en efecto, da paso al barrio del Ensanche, con casas de buena factura, el barrio de una burguesía con posibles.

    Atravesamos el puente en busca del parque, donde se encuentra dicho Rincón, que en su inauguración produjo alguna controversia por su similitud con el logotipo del PP, que gobierna en la ciudad. Ajenos a la polémica, llegamos al lugar cuando cae la tarde. Estamos solos, nos cuesta encontrar alguien que nos haga la foto hasta que pasa una señora que se presta a ello. Pero nos da apuro darnos un beso delante de una persona extraña y posamos muy formalitos. Cuando nos quedamos solos de nuevo intentamos un selfie, empeño imposible porque no somos capaces de pulsar la cámara y besarnos a la vez. Nos da la risa y nos quedamos sin la foto moñas.

    A cambio descubrimos el mirador, desde el que se divisa una preciosa vista de la ciudad. Teruel nos regala una hermosa puesta de sol que tiñe de oro la ciudad y todo lo que nos rodea.

    Fotos: ©Valvar