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Guarda (Portugal)

Guarda es un núcleo medieval portugués en la frontera con España. También es la ciudad más alta de Portugal, capital de su comarca. Tiene una imponente catedral, una judería y la torre del homenaje de lo que fue castillo. Está rodeada de fortalezas medievales de frontera.

Estando en Ciudad Rodrigo no pudimos resistirnos a la tentación de cruzar la raya y acercarnos a Guarda. Cuando pedimos información, nos sugirieron visitar las fortalezas de Almeida y Castelo Mendo, consejo que seguimos de buen grado.
Esta zona estuvo ocupada por los pueblos celtíberos, luego por los romanos y después por los árabes, que levantaron una alcazaba en lo alto de la ciudad. De las murallas de Guarda apenas quedan alguna puerta, cuatro lienzos junto a la Torre dos Ferreiros y cerca de la judería. En 1384 los cristianos se apoderaron de la población extramuros, pero no de la alcazaba.
Guarda👇 quedó aislada hasta el siglo XIX, lo que explica los abundantes restos medievales que se han conservado. El corazón de la ciudad es la Praça Luis de Camoens o Praça Velha, en la que se levanta la catedral, edificio de granito con más apariencia de fortaleza que de templo. Próxima a ella se encuentra la estatua del fundador de Guarda, el rey Sancho I, y el ayuntamiento, donde según sostienen los portugueses -y nosotros no osamos discutir- se firmó el tratado de Tordesillas entre Portugal y España por el que ambos países se repartían los mares entonces conocidos.



Entramos en la catedral, construida entre 1390 y 1540, una mezcla de estilos gótico, renacentista y manuelino. Nos llama la atención el retablo renacentista labrado en piedra por el artista francés Jean de Rouen, y las columnas manuelinas torsas de la nave central.




Del exterior, me gustaron los y los campanarios hexagonales de la fachada principal.


De la Praça Velha parten calles estrechas con preciosos edificios de ventanas labradas y gárgolas en los aleros. La plaza y las callejuelas están llenas de cafés y restaurantes.

Por una de estas calles nos internamos en la judería, buscando los signos mágico religiosos señalados con sus placas correspondientes. Encontramos alguna placa pero no somos capaces de identificar ningún signo. Lo atribuimos a que a nuestra edad, la vista ya no es lo que era.



Desembocamos en la iglesia de San Vicente, que conserva unos azulejos del siglo XVII, que no pudimos ver porque estaba cerrada. En eso también se nota la identidad ibérica.
En cambio, en la misma plaza encontramos un restaurante con muy buena pinta: BeloHorizonte. Acierto pleno. Nos ofrecen unas viandas típicas de la comarca, todo buenísimo. Nos ofrecen unos entremeses, con una morcilla exquisita. El Colega pide luego carne guisada con vino y yo arroz de pato. Las raciones son tan abundantes que nos dejamos más de la mitad, con harto dolor de corazón cada vez que me acuerdo.
La iglesia de la Misericorodia es un ejemplar barroco. Su fachada combina el granito blanco con las paredes encaladas, tan frecuente en Portugal.


Guarda ha instalado su propio museo en el antiguo palacio episcopal del siglo XVII).

La ciudad nos ha parecido muy agradable, aunque el Colega se ha llevado una reprimenda de un policía por aparcar en sentido contrario al de la circulación en una vía de dos direcciones. En España pueden aparcar como quieran, pero en Portugal, no, le dice el agente, sin perder la sonrisa.
Ya se ha dicho que Guarda es la ciudad más alta de el país vecino. En verdad, es una población que se desparrama por la ladera de un cerro que corona en 1116 metros de altitud. La base del montículo señala 824 metros. No quiero pensar si una pelota rueda desde la plaza a la rotonda base.
Almeida👇 es una de las fortalezas de frontera. Situada a orillas del río Coa, a 12 kilómetros de la línea fronteriza, en su origen perteneció al reino de León, pasó a ser portuguesa en el Tratado de Alcañices en 1297. Tratados al margen, Almeida siempre fue una plaza codiciada por Castilla. En el asalto ordenado por Felipe IV se destruyó la primera muralla.

Antoine de Ville diseñó un modelo de fortaleza defensiva en forma de estrella al estilo de Vauban, similar a las murallas de Elvas y Valença do Minho.
Vista desde el aire asemeja una estrella de doce puntas, formada por otros tantos baluartes y torres de refuerzo, con un perímetro de 2.500 metros. La cuestión es que, aunque hemos subido al punto más alto de la población, no podemos sobrevolar el recinto y tenemos que conformarnos con ver los sucesivos y enormes baluartes -de 12 metros de profundidad y 62 de anchura-, bastante bien conservados.








Sobre la puerta del cementerio, un cartel advierte al visitante: Oh, tú, quienquiera que seas, repara que estás donde yo estuve como tu estarás donde yo estoy.

Almeida está considerado uno de las mejores fuertes abaluertados de Portugal, con sus anchos fosos, sus puertas falsas para despistar al invasor, sus casamatas subterráneas que servían de almacén y de protección a la población. La última de las acometidas sufridas por la fortaleza fue en el siglo XIX, cuando las tropas francesas cercaron el fuerte.




Hoy forma parte de la red de Aldeas Históricas y su visita resulta agradable e interesante, una cierta vuelta al pasado, conservado con esmero.
De Almeida pasamos a Castelo Mendo. Metemos el destino en el GPS y este se pone creativo y nos conduce por un camino tortuoso entre montes y trochas, de una belleza salvaje. Podríamos habernos encontrado con los restos del ejército napoleónico y no nos hubiéramos sorprendido lo más mínimo.

Finalmente, aparece Castelo Mendo👇, una villa de aspecto medieval cuyo caserío se disemina por un pequeño cerro. Atravesamos la puerta de la muralla, saludamos a los dos verracos con la flanquean y enseguida nos encontramos en lo que parece la plaza mayor, presidida por un bonito pelourinho -rollo- gótico.


En realidad el conjunto lo forman dos núcleos: el burgo viejo, con su muralla del siglo XII, del que apenas quedan las ruinas del castillo y de la iglesia; y el burgo nuevo o arrabal de San Pedro, con su muralla gótica construida en tiempos del rey Dinis I (1261-1325), muy dañada por el terremoto de 1755, que es la que hemos atravesado y donde nos encontramos.

Los dos recintos imparten una lección de historia sobre el terreno. Este villorrio por el que ahora paseamos, solos de toda soledad, fue guardián de uno de los pasos del río Coa, cuyo curso fluvial marcaba la frontera, un vado de raíces ancestrales conocido como Porto de San Miguel, un lugar estratégico frente al reino de León.

Fundado en el siglo XII, el primitivo Castelo Mendo tuvo su propio fuero, un mercado semanal el domingo y una feria de ocho días tres veces al año, una de las ferias más antiguas de Portugal. El arrabal se inició en el siglo XVI, en torno a la iglesia de san Pedro. En 1510, el rey Manuel I -aquel que casó con dos hijas de los Reyes Católicos, Isabel y María- concedió a la villa nuevo fuero y picota, el pelourinho junto al que hemos aparcado.



A pesar de su declive constante, mantuvo su estatus de municipio hasta 1885. En 1984 fue calificado como Inmueble de Interés Público.






Subimos hasta la cima del otero donde se distinguen las ruinas de la iglesia de Santa María, levantada sobre la roca berroqueña de este lugar. El día ha salido soleado y tibio y resulta agradable disfrutar de este impresionante paisaje.




Mientras fotografío la iglesia el Colega se pierde cuesta abajo entre piedras labradas de la primera muralla y piedras sin labrar. Como tarda en volver, mato la espera recordando una leyenda del lugar según la cual quien desee conseguir un deseo debe lanzar una piedra sobre una roca. Si la piedra cae encima, se cumplirá el deseo. Si no, deberá probar de nuevo.



El caso es que no sabemos cuál es la roca mágica, así que me dedico a tirar piedras aquí y allá a ver si acierto. En realidad, la suerte es conocer lugares con tanto encanto como estos.
Fotos: ©Valvar

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Ciudad Rodrigo

Ciudad Rodrigo, la antigua Mirobriga, es una población de la provincia de Salamanca en la frontera con Portugal. Se levanta sobre un promontorio coronado por el castillo lamido por un río con nombre de mujer: el Águeda. Entre sus murallas conserva un conjunto monumental de primer orden.

Que este es un lugar habitado desde antiguo lo demuestran los grabados rupestres de Siega Verde, a 12 kilómetros al noroeste de la ciudad, datados en el Paleolítico Superior, declarados Patrimonio de la Humanidad en 2010. En sus peñas pueden verse dibujos de caballos, bóvidos, ciervos, cabras y otras especies de animales.
De la Edad de Bronce se conserva el llamado ídolo de Ciudad Rodrigo, que puede verse en el Museo Arqueológico Nacional en Madrid.

Más moderno -de la Edad del Hierro- es el verraco del puente, escultura zoomorfa que mira con ojos de piedra al castillo.

Los romanos llamaron al lugar Mirobriga, de donde procede uno de los gentilicios de sus habitantes -mirobrigenses, también rodericenses y civitatenses- además de las Tres Columnas, incorporadas a su escudo en la Edad Media.
Se cree que fue en el siglo XI, durante el reinado de Alfonso VI de León, cuando el conde Rodrigo González Girón reconstruyó y repobló el antiguo poblado vetón, dando nombre a la ciudad y a otros lugares próximos como Aldearrodrigo o Castelo Rodrigo. El testimonio más antiguo referido a la población es un documento de la catedral de Salamanca de 1136, donde se dice que los salmantinos compran la aldea de Civitatem de Roderic.
Ya en el siglo XII Fernando II de León refuerza la zona creando una plaza fuerte frente a los almohades por el sur y a los portugueses al oeste. El rey amuralla la ciudad, le da fuero y le dota de obispado.

Tiempos turbulentos aquellos, la población vivió las consecuencias de las guerras civiles interiores, como las que mantuvieron los partidarios de Pedro I -conocido, según se mire, como el Cruel o el Justiciero- y su hermanastro Enrique II de Trastamara. Este llegó a poner sitio a la ciudad en 1370, sin llegar a tomarla. Luego, ya rey, reforzó y elevó la cerca y construyó el alcázar.


No menores fueron los conflictos derivados de su condición fronteriza. En 1384 las tropas portuguesas entraron en Ciudad Rodrigo, invasión que acabaría en la derrota castellana de Aljubarrota. La ciudad era por entonces una de las plazas fueres de la corona de Castilla y León, con Tuy y Badajoz.
Empero, este permanente hostigamiento le llevó a dudar acerca de la conveniencia de pertenecer a la corona castellana o a la portuguesa. Así ocurrió durante el enfrentamiento entre Pedro I y Enrique II, y, luego, en la Guerra de Sucesión entre Isabel de Castilla y su sobrina Juana -mal llamada la Beltraneja- y Alfonso V de Portugal. Finalmente se inclinó por la primera y no le fue mal pues los Reyes Católicos le concedieron el mercado franco los martes, después ratificado por Carlos I.
La decisión real de expulsar a los judíos en 1492 también favoreció a la ciudad, que se convirtió en centro de afluencia desde Castilla a Portugal, y punto de retorno de algunos de ellos, que volvieron para bautizarse, consolidando por esta vía una importante población conversa👇.
Aunque la ciudad volvió a vivir el desgarramiento entre partidarios y contrarios de las Comunidades, el siglo XVI fue el de oro para Ciudad Rodrigo. Pudo al fin conocer la estabilidad política y el bienestar económico, viendo florecer hermosos edificios civiles y religiosos que hoy conforman su notable patrimonio.
La armonía duró poco. Las guerras de Restauración o Independencia de Portugal (1640-1668) y la de Sucesión de la corona española (1700-1714) con sus asedios, incursiones militares, robos de bienes y de ganados supusieron un nuevo desgaste. A cambio, las relaciones económicas, sociales y culturales se multiplicaban en tiempos de paz, a un lado y otro de la Raya. Ciudad Rodrigo abastecía a Castilla de productos portugueses y a Portugal de productos castellanos.
Ya en el siglo XIX, en 1810 fue sitiada y ocupada por los franceses, después de causar graves destrozos en su muralla. Dos años después, las tropas aliadas al mando del inglés Wellington, recuperaron la ciudad, lo que le valió al general el título de duque de Ciudad Rodrigo.
Las desamortizaciones de ese mismo siglo ocasionaron graves daños en una ciudad con fuerte acento eclesiástico, agravado con la suspensión de la diócesis en el concordato de 1851, recuperado en parte en 1884 con un prelado como administrador apostólico. Tendrían que pasar décadas hasta que en 1951 recobrara el obispado.



A comienzos de marzo de 2024 hicimos una visita a Ciudad Real, alojándonos en el palacio de Enrique II👇, hoy convertido en parador nacional. Primer punto a favor, el antiguo castillo ha sido muy bien restaurado ofreciendo la belleza de la época de su construcción y el confort del tiempo actual. Desde nuestra habitación podemos contemplar el río Águeda y el puente viejo y disfrutar de preciosas puestas de sol.

Empezamos nuestro recorrido paseando por la muralla, paredaña al castillo, que tiene una longitud de dos kilómetros. En una de las puertas descendemos del adarve en busca de la Oficina de Turismo, ubicada en los bajos del Ayuntamiento. La señora que lo atiende nos informa cumplidamente, nos proporciona planos y folletos y nos anima a conocer otras fortificaciones de frontera próximas. Gracias le sean dadas.








Volvemos a la cerca, fotografiamos alguna de sus puertas, por las que entran y salen peatones y coches. Descubrimos que un tramo del paseo que bordea la muralla lleva el nombre de Fernando Arrabal. El escritor y dramaturgo tiene incluso un monolito con busto en su honor.


Nos enteramos así de que el padre del escritor, militar leal a la República durante el levantamiento de 1936, estuvo preso en la cárcel de Ciudad Rodrigo, entre otros penales. El niño Arrabal fue confiado a los abuelos en Ciudad Rodrigo mientras la madre buscaba trabajo en Burgos a cuyo penal había sido trasladado el padre. Fuentes oficiales informarían a la familia de que en el crudo invierno burgalés de 1942 el preso huyó del hospital vestido únicamente con el pijama, desapareciendo sin dejar rastro. La información👇 nos deja un poso de tristeza por el dramaturgo y por las generaciones de españoles que soportaron y soportamos la dictadura.

Volvemos a entrar en la ciudad por la puerta de las Amayuelas, que nos conduce a la catedral.


Tardorrománica en su origen a finales del siglo XII, en el reinado de Fernando II, tiene tres puertas grandiosas. La norte, del Enlosado o de Amayuelas.

A un costado del muro norte descubrimos un pequeño relieve en el que un caballero lucha con un oso. Es el recuerdo de una leyenda según la cual en el siglo XII, comenzando las obras de la catedral, cada noche se producía un gran estruendo y a la mañana siguiente aparecía destruido lo construido el día anterior. Los mirobrigenses estaban persuadidos de que era el mismo demonio quien trataba de impedir que se erigiera la catedral. Hasta que un caballero valeroso decidió acabar con la situación. En la oscuridad de la noche atacó con su espada al causante del estruendo y de las ruinas, que resultó ser un enorme oso.



la meridional o de las Cadenas, con sus magníficas esculturas del Salvador, flanqueado por San Juan, San Pedro, San Pablo y Santiago. Sobre el arco escarzano, una galería de doce arcos con otras tantas esculturas ya góticas con personajes del Antiguo Testamento: de izquierda a derecha, Abraham, Isaías, la reina de Saba, Salomón, Ezequiel, Moisés, Melquisedec, Balaam, David, Elías, San Juan Bautista y Jeremías.

Siendo esta una portada espectacular, me gusta especialmente una escultura que ocupa un arco en el muro a la derecha: una Virgen sentada – sede sapientiae- con el Niño Jesús en sus rodillas de transición al gótico.
En el muro exterior sur de la nave vemos unas bellísimas ventanas también tardíamente románicas.







En el interior de la iglesia se encuentra el Pórtico del Perdón o de la Gloria👇, ya del siglo XIII, con un doble acceso dividido por una columna en la que se apoya una Virgen con Niño. Seis arquivoltas profusamente engalanadas con escenas de la vida de Cristo y de la Virgen, coronada por su hijo en el remate superior.

La capilla mayor es de Gil de Hontañón. El retablo original ha sido sustituido por una imagen de la Asunción, de Juan de Mena, procedente del monasterio de la Caridad.



El claustro es gótico, construido entre los siglos XIV y XVI. En el ángulo suroeste se enterró al cantero que dirigió la obra de las crujías góticas. Un calvario señala el sepulcro, bajo el que una inscripción reza: AQUI YAS BEN/EITO SÁNCHEZ MAESTRE QUE FUE/DESTA OBRA Y DIOS LO PERDONE AMEN


Las otras dos crujías fueron realizadas entre 1526 y 1539 por Pedro de Güemes, retratado en un medallón con un compás, símbolo de su oficio.









Nos llaman la atención los abundantes relieves que adornan las basas de estas pandas. Al terminar la visita preguntamos si estas figuritas son originales. Originales son, pero del siglo XX, nos responde la persona que atiende a la entrada. Por entonces, encontrándose dañados los muros de esta parte del claustro se encomendó la restauración a José Tarabella, quien se vino arriba y dejó su impronta en el claustro. Al Colega le parece casi un sacrilegio, pero a mí me hacen gracia. ¿Quién, pudiendo hacerlo, no caería en la tentación de dejar su impronta en un lugar como este? También intervino en el palacio de los Águila y esculpió un lagarto o una rata, añade la señora que nos atiende.



Acudimos, pues, al palacio, obra del siglo XVI promovida por Antonio del Águila, alférez mayor y alcaide de la fortaleza. El patio plateresco es el escenario de la intervención de Tarabella, que se distingue fácilmente del original por el color más claro de la piedra. Efectivamente, ahí está la lagartija invasora.







Pasear por Ciudad Rodrigo es una sucesión de hermosas sorpresas, aquí y allá surge un palacio, empezando por el episcopal o el del primer marqués de Cerralbo, de Moctezuma o de los Cornejo, de Miranda, de Vázquez; una casona, la de la Cadena, el Cuartel de Artillería. Tomamos un café en el bar Los Arcos de la plaza Mayor, donde hace tertulia una clientela que parece asidua. Desde allí contemplamos la Audiencia y la casa de los Cueto. Acercándonos al bello edificio del Ayuntamiento divisamos el de Correos y la torre de San Agustín. Más allá, el románico mudéjar de San Isidoro. Fuera de la cerca, San Andrés y las ruinas del convento de San Francisco.




En el parador nos informan de que los huéspedes podemos acceder a la torre del homenaje a cualquier hora. ¿Cuántas escaleras son?, pregunto. Ochenta y cuatro, me responden. Barandilla mediante, subo a la torre, disfrutando de la magnífica vista de la ciudad que ofrece la atalaya. A nosotros nos pareció que marzo es un tiempo tan bueno como cualquier otro para disfrutar Ciudad Rodrigo pero, si eres amante del jolgorio lo tienes garantizado en el carnaval del toro, entre el viernes de carnaval y el miércoles de ceniza. Y si prefieres la cultura, en agosto es escenario de la feria de teatro de Castilla y León.
Fotos: ©Valvar

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Florencia

Visitar Florencia es como transitar por una enciclopedia del arte, cuyas páginas son sus calles, sus plazas, sus museos, sus puentes, el río Arno que la atraviesa. Todo es recogido y grandioso a la vez; allí se encuentra el Renacimiento italiano y la historia de los grandes artistas, como Miguel Ángel, Donatello, Berrocchio, Della Robbia…

Florencia 👇 es la ciudad más hermosa que conozco, un prodigio de la historia. Es la constatación de que la ciudad soñada existe. Cara, pero existe. Y es maravillosa. Mentira parece que se haya conservado tan magnífica y señorial a lo largo de los siglos.
Hemos estado en dos ocasiones, cuatro días en cada visita, y no desespero de ir una tercera si consigo convencer al Colega, más partidario de conocer lugares nuevos que de volver a los ya conocidos. Pero Florencia, ah, Florencia bien merece una excepción.

Elegimos el hotel Palace Ponte Vecchio, adosado a los cimientos del puente, junto al corredor de Vasari, el pasillo elevado y cerrado que va de los Uffici al Palacio Pitti, utilizado por la familia Médicis para no mezclarse con el pueblo llano ni soportar los olores de las carnicerías que ocupaban el Ponte Vecchio. Al llegar al puente tuvo que sortear la torre de uno de los nobles, que se negó a derribar su propiedad. El hotel está junto a esa torre.

El restaurante se encuentra en la sexta plante, desde cuya terraza se divisa el Duomo y el Campanile como al alcance de la mano.

En cuanto abren las tiendas, joyerías las mayoría, el Ponte Vecchio 👇 es un constante transitar de gentes. A media tarde siempre hay un artista espontáneo que actúa ante los cientos de visitantes. La puesta del sol desde allí es un espectáculo inolvidable.


La primera impresión que nos produjo la ciudad es que era mejor que en las imágenes que habíamos visto. Es mejor que un sueño, corroboró el Colega. Lo es, lo es en grato superlativo hasta el punto de que la contemplación de tal exceso de hermosura puede llegar a producir un trastorno psicosomático, calificado como síndrome Stendhal, por haber sido el autor francés el primero en describir el fenómeno.


Con síndrome o sin él hay que saborear la primera impresión -y la segunda, y la trigésima…- que produce Florencia. Asomarte al Arno desde el Ponte Vecchio, llegar a la plaza del Duomo, extasiarte ante el Campanile o el Baptisterio, pasmarte en sus iglesias. En fin, hay que ir a Florencia sin remedio.




Lo que llamamos el Duomo es la catedral de Santa María del Fiore 👇 -de la Flor- con su inmensa cúpula de 114,5 metros de altura exterior -100 metros en el interior- y 45,5 de diámetro. La obra maestra de Brunelleschi, auténtico genio de la arquitectura, que descubrió la manera de equilibrar los empujes horizontales y verticales del tambor para que la bóveda se sostuviera como si flotara en el aire y no se viniera abajo.








En nuestra primera visita éramos aún lo bastante jóvenes para subir 464 escalones hasta alcanzar la linterna de la cúpula y ver la ciudad a la luz de un sol radiante. Dimos por bueno el esfuerzo. Florencia a los pies aparece tranquila con sus tejados iguales, el verdor de los alrededores, no hay un edificio que desmerezca. Y a ras de suelo, gente y gente por todas las calles, más aún en el Ponte Vecchio.

Al descender de la cúpula, frente a la puerta nos esperaba un cartel invitando a la confesión. Debe ser in articulo mortis, porque estábamos al límite de nuestra resistencia.





Junto a la catedral, el Campanile 👇de Giotto, de casi 85 metros de altura, y el Baptisterio de San Juan👇, con las puertas de bronce de Ghiberti. Un conjunto que por sí solo ya merecería una visita. Como curiosidad, el museo de la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, conserva un vaciado de esas puertas.



La plaza de la Signoria 👇es la versión civil de la del Duomo, un museo al aire libre. Nos evocaba el tiempo de la adolescencia, cuando el arte florentino era para nosotros una materia a aprender, y la emoción de estar frente a algunas de las obras mayores del arte universal tiene algo de paralizante. El Perseo con la cabeza de Medusa de Cellini, tan poderoso, como advertencia del poder a los críticos; la fuerza plástica de El rapto de las Sabinas de Giambolonia; cualquiera de las esculturas y el conjunto invitan a un paseo sosegado, lo que no siempre se consigue. En este lugar fue ahorcado y quemado Savonarola.






También de Giambologna es la estatua ecuestre de Cosme I, el Médici grande.


Hay que señalar que el Rapto de las Sabinas y Perseo, son originales pero el David de Miguel Ángel que se encuentra a la entrada del palacio Vecchio es copia, el original reposa en la Academia, donde es la vedette absoluta, modelo de belleza masculina lo mires por donde lo mires. Después de una observación atenta, me siento inspirada y la digo al Colega: Bah, lo tengo mejor en casa, pero él no se da por aludido y me responde: Pues ya me dirás donde. Por si no lo sabéis, los mozos de Burgos no son de elogio fácil.



Estando un día sentados en una de las terrazas de la Signoria se nos acercó una familia argentina preguntando algo de Florencia. Como el Colega es dado a pegar la hebra, enlazaron de un tema a otro hasta llegar a la reina Juana de Castilla. ¡Quién me lo iba a decir a mí!



Otro imprescindible de Florencia es la Galería de los Uffici👇, un museo de primera que en los últimos años está tratando de adaptarse a los tiempos. Conviene haber sacado las entradas con antelación, así y todo hay que hacer cola para entrar. En su interior se reúnen cientos de grandes obras y unas cuentas obras maestras. Allí pude fotografiar un espinario, tema muy frecuente en el Renacimiento. El Museo del Prado tiene otro ejemplar de los muchos que hay por el mundo. Desde los ventanales de los Uffici hay preciosas vistas del Ponte Vecchio.

Foto Museo del Prado 
Una buena manera de darse un respiro antes de volver a las calles de Florencia es tomar un chocolate con nata en la terraza sobre la Logia del Lanzi.




Si de verdad te gusta el arte, puedes visitar el Museo Bargello👇, menos famoso que los Uffici, y sin colas. Entre sus tesoros, el David de Donatello, el objetivo favorito del Colega en Florencia, emocionante en su perfección, y un Baco de Miguel Angel. No vimos el Mercurio de Gianbolonia, que estaba en un préstamo.


La tourné museística no estará completa sin conocer San Marco👇, convento donde vivieron, entre otros, Savonarola y Fra Angelico y que guarda una valiosa obra de éste. Entusiasta como soy de Fra Angelico, me gustaron especialmente los frescos de las celdas.


Una de nuestras visitas coincidió con la Anunciación, el 25 de marzo. Nos acercamos a la plaza de la Anunciata, que ese día celebra su fiesta mayor. Estaba llena de puestos, con dulces y comida. El Colega cargó con guirlaches de almendra, avellana y cacahuete como para un bautizo. Lo típico de la fiesta son unas obleas pequeñas como patatas fritas, con sabor a anís, un poco dulzonas.


En esta plaza de la Anunciata dejó Brunelleschi su impronta en el Ospedale degli Innocenti👇, un modelo de perspectiva. La escultura ecuestre de Fernando I, en el centro de la plaza, es de Giambolonia.










Tomamos un autobús para llegar a San Miniato👇, que está en una colina desde la que se divisa la llanura de Florencia en panorámica, como un corralito en torno al Arno, con los puentes sobre el río y las nieves de las montañas que la rodean a lo lejos. La iglesia tiene unos frescos muy bien conservados y una pintura bizantina, además de su cripta románica. El Colega se empeñó en tocar la campana y no pasó nada, yo me quedé con las ganas. Rodea la iglesia un cementerio antiguo de aire romántico. Lo sorprendente es que no cobraban entrada –sólo la voluntad– lo que en aquellos lares es noticia.

En el autobús 7 que parte de Santa María de Novella subimos a Fiésole👇, que debe de ser muy bonito en verano, pero aquel día se levantó un viento gélido y se puso a llover, así que echamos un ojo a Florencia desde la distancia y nos volvimos en el mismo bus.
Imprescindible también la iglesia de San Lorenzo, construida por Brunelleschi. Su sacristía nueva es el mausoleo de los Médicis👇 grandes, donde Miguel Ángel Buonarrotti dejó muestra de su genio. En ambas visitas aprovechamos para callejear sin parar. Así descubrimos la casa natal de Dante Alighieri, y el arte que tienen los florentinos sea para ilustrar sus coches de reparto o las señales a su aire.









Santa María Novella👇 es una joya en sí misma difícil de olvidar. No permiten fotos, lo que nos impidió plasmar un instante mágico cuando un rayo solar jugaba con la luz que se filtraba a través de las vidrieras de la nave central, añadiendo belleza a su hermosura. En la portada dos artilugios miden el tiempo.




Como en nuestra primera visita habíamos pasado rápidamente por la iglesia de la Santa Croce estuve varios años dando la barrila al Colega sobre lo que nos habíamos perdido, hasta que volvimos. Por eso y porque habíamos cumplido repetidamente con la tradición de pasar la mano por el morro del Porcellino, que por eso está tan brillante, para volver a Florencia.


La iglesia de la Santa Croce👇 es famosa, entre otras cosas, porque acoge las sepulturas de muchos artistas famosos, como Miguel Ángel Buonarroti, Galileo Galilei o Maquiavelo.







También hay un cenotafio de Dante. El gran poeta murió en Ravena, donde se exilió en 1301, ciudad que se ha negado a devolver los restos del poeta a su ciudad natal. En su monumento, proyectado por Vasari, aparecen las estatuas de la Pintura, la Escultura y la Arquitectura.

Aún causa espanto las consecuencias de la gran inundación de 1966, que hundió el pavimento de la iglesia. Algunos tesoros, como el crucifijo de Cimabue, no pudieron recuperarse del todo. Las aguas desbordadas del Arno también causaron destrozos en los Uffici.

En el Oltrarno -el allende florentino- se encuentra el palacio Pitti y los jardines Boboli. El barrio está lleno de tiendas y en sus calles se respira un aire bohemio.
Como no todo es espíritu, debo añadir que Florencia ofrece oportunidades sin cuento de dar algún gusto al cuerpo. El Colega se tiene hecha allí una degustación completa de las carnes de la zona: osobucco en la Trattoria de Enzo y Piero, el mazzo en la Trattoria Angolino, en el Oltrarno, jamón asado, la famosa bistecca en la Trattoria Segio, en la plaza de San Lorenzo. A mí me gustó la rebollita, la sopa típica florentina, la zupa, un guisado de alubias, y las varias maneras de preparar la pasta.
Si te gusta el cuero, no pierdas la ocasión de comprarte una prenda. Yo me traje una de cada viaje. Para compensar, le compré varias corbatas al Colega. Preciosas. Alguna ni la ha estrenado.
Hasta donde pudimos conocer, los florentinos son amables, no se esmeran con los visitantes porque forman parte del paisaje habitual pero son cordiales y tratan de ayudar.


Lo más probable es que al término de la visita, ante tanta obra maestra, no distingas a Giotto de Bellini, a Miguel Ángel de Cellini o Giambolonia. Por eso conviene volver a Florencia. Siempre. Tomarte un vino o un spriz en la plaza del Duomo es uno de esos placeres que los dioses conceden a las almas sencillas como nosotros.
Fotos: ©Valvar

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Burgos (II)

A Burgos hay que llegar sin prisa, dispuestos a cansarse y a descansar, a gozar con su enorme patrimonio monumental, mayoritariamente en sus templos góticos, y disfrutar de sus amenos paseos, donde la naturaleza toma posesión de la ciudad.


A la ciudad se puede llegar por carretera o por tren -también por vía aérea, pero con menos fluidez- si bien muchos miles de visitantes lo hacen a pie o en bicicleta, siguiendo el trazado milenario del Camino de Santiago, que la cruza de este a oeste.
Si el visitante gusta del arte gótico aquí podrá disfrutar de una inmersión en cantidad y calidad. Aparte de la catedral, considerada una de las mejores expresiones de este estilo, Burgos cuenta con un amplio censo de iglesias levantadas entre los siglos XIV y XV, el periodo de esplendor económico y social de la ciudad, cuando era la plaza comercial más importante del norte de la península . Prueba de ello es la creación en 1494 del Consulado del Mar, asociación mercantil de comerciantes que en régimen de monopolio exportaban la lana castellana a Flandes e importaban de allí paños y telas, muchos de ellos manufacturados con la lana castellana. El consorcio del Consulado disponía de su propia flota de barcos con base en Laredo o Bilbao.
Los comerciantes no solo se enriquecieron personalmente, también promovieron la construcción de palacios, casonas o capillas en las que dejar memoria de su linaje o contribuyeron con sus fortunas a empresas que trascendían el ámbito burgalés. Aquí se recabaron los fondos que costearon la expedición a las Islas de la Especiería (1519-1522), viaje iniciado por Magallanes y concluido por Sebastián Elcano, el primero en dar la vuelta al mundo. La riqueza de los Maluenda, Polanco, Castro o Haro atrajo a artistas que idearían proyectos que todavía causan admiración: los Colonia padre e hijo, los Siloé, Juan de Vallejo, Felipe Vigarny. El clero y los mercaderes locales levantaron templos, capillas y alguna obra civil en las que dejar memoria de su paso por la tierra. Gracias les sean dadas.
Lo primero que encuentra el peregrino jacobeo es la iglesia de Santa María la Real y Antigua de Gamonal, sucesora del templo primitivo del siglo XI, cuando fue sede obispal de Burgos, trasladada desde Oca. De la construcción románica apenas queda más que un capitel. La fábrica gótica actual corresponde al siglo XIV. Gamonal, que por entonces era pueblo independiente, es hoy un populoso y reivindicativo barrio burgalés.
El camino conduce a uno de los rincones más hermosos de la ciudad: la plaza de San Juan, limitada al norte por la iglesia de San Lesmes, al sur por la biblioteca pública, al este por el monasterio de San Juan y al oeste por el río Vena y por algunos raigones de la primitiva muralla, que se abre en el arco de San Juan.
El monasterio de San Juan fue hospital de peregrinos de la orden benedictina. La primera construcción es del siglo XI, con reconstrucciones en los siglos XIV y XVI. Se conservan los muros exteriores y un claustro renacentista ocupado por las obras del pintor local Marceliano Santa María. Hace unos años se trasladó a este recinto la portada de la iglesia de Cerezo de Río Tirón, que anteriormente se encontraba en el paseo de la Isla.





San Lesmes es el santo patrón de Burgos, cuyos restos reposan en el centro de su iglesia, reconstruida en el siglo XIV sobre la primitiva del XI y ampliada un siglo más tarde, en una mezcla gótico-renacentista. El interior del templo es un pequeño museo en el que destacan el púlpito, el retablo mayor y el de Santa Cruz, el sepulcro de San Lesmes, y el de Cristóbal de Haro -protagonista destacado en la financiación de expedición a las Islas de la Especiería- y de su esposa Catalina de Ayala. 👇






La biblioteca pública ocupa parte del Hospital de San Juan, obra de Simón de Colonia, destruida en un incendio en 1949. Se encuentra en un edificio moderno acristalado, cuya puerta gótica es la misma que abría el desaparecido hospital. Estamos ante una de las joyitas de la ciudad. Creada a partir de los fondos obtenidos por el Estado en las desamortizaciones del siglo XIX, en su fondo antiguo reposan incunables, manuscritos y, como elementos VIP’s, la Biblia Románica de Burgos y la Biblia de Gutemberg.

La primera procede del scriptorium de San Pedro de Cardeña. Obra del siglo XII, está escrita en latín, en letra gótica y ornada con primorosas miniaturas. La segunda biblia es la única que se atribuye con seguridad a Gutemberg. Se la conoce también como la Biblia de 42 líneas por ser este el número de líneas de cada columna. Se inició su composición en 1452 en Maguncia, consta de dos tomos con un total de 1.282 páginas de papel.
Tras cruzar el puente sobre el río Vena, atravesando el arco de San Juan se entra en el casco antiguo de la ciudad. Al costado izquierdo de la calle de San Juan se abre la rúa de La Puebla que desemboca en la plaza de La Libertad. Allí se encuentra un edificio notable, ejemplar de gótico civil, escenario de instantes decisivos de la historia: el Palacio de los Condestables o Casa del Cordón. Fue mandado construir por Mencía de Mendoza al arquitecto Simón de Colonia, probablemente según proyecto de su padre, Juan de Colonia. Mencía, mujer ilustrada y mecenas, hija del marqués de Santillana y esposa de Pedro Fernández de Velasco, se aplicó a promover los grandes monumentos familiares mientras su marido se dedicaba a la guerra, de manera que bien pudo ofrecerle a su vuelta “palacio en que morar, quinta en que holgar y capilla en que orar y te enterrar”, en referencia, respectivamente, a la Casa del Cordón, la quinta de la Casa de Vega y la Capilla de los Condestables de la catedral.




Durante décadas fue también palacio real. Aquí recibieron los Reyes Católicos a Colón a la vuelta de su segundo viaje a América y en sus estancias murió Felipe el Hermoso. En él se alojaron Carlos I y Felipe II.
Retornando de nuevo a la calle de San Juan, antes de tomar la de Fernán González encontramos la iglesia de San Gil, adosada a la muralla. Está considerada la mejor muestra del gótico después de la catedral, con capillas debidas a Gil de Siloé, Juan de Matienzo y Juan de Vallejo. En al arco de la muralla había un torreón conocido como de las emparedadas, donde es creencia general que algunas mujeres se retiraban del mundo para meditar y hacer penitencia.





La calle Fernán González sigue el trazado del Camino de Santiago. A poco de comenzar encontramos la Casa del Cubo, obra del siglo XVI, actualmente Albergue municipal de Peregrinos del Camino de Santiago.

Poco más adelante, frente a la puerta de Coronería de la catedral, otro edificio singular: el palacio de Castilfalé, levantado sobre el solar de la casa de los Colonia. La primera construcción fue realizada por Juan de Vallejo, comprada por Andrés de Maluenda en 1565. Tras sucesivas reformas y no pocas vicisitudes -fue residencia de Fernando VII y de Napoléon- acabó en poder de los condes de Castilfalé que lo cedieron al Ayuntamiento de Burgos. Debidamente rehabilitado, actualmente acoge el Archivo Municipal. Además de sus muchos e importantes tesoros documentales guarda el piano de Antonio José, gran compositor burgalés que, como García Lorca, fue asesinado por los rebeldes en los primeros días del levantamiento militar de 1936.


A pocos pasos de este edificio nos topamos con la iglesia de San Nicolás, en cuyo interior se encuentra un retablo del siglo XV, diseñado por Simón de Colonia, obra de su hijo Francisco, una de las expresiones cimeras del Renacimiento castellano. Destacables son también sus tablas y sepulcros góticos.






Ascendiendo por la calle que nace entre esta iglesia y el palacio de Castilfalé se llega a San Esteban, de fábrica también gótica, levantada sobre una románica en el siglo XIII. Actualmente acoge al Museo del Retablo, que sería un objetivo en sí mismo si la ciudad no estuviera tan sobrada de oferta.



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La calle de San Esteban conduce de nuevo a la de Fernán González. Cerca de su confluencia se encuentra el monumento funerario de El Empecinado, erigido por suscripción popular mediado el siglo XIX.

Un poco más adelante se sitúa el conocido como Solar del Cid, donde la tradición ubica la casa de Rodrigo Díaz de Vivar.

No lejos de este itinerario se encuentra la iglesia de Santa Águeda, en la calle de su nombre que nace en la plaza de Santa María. Quiere la tradición que en ella tuvo lugar la jura de Santa Gadea, en la que el Cid hizo jurar al rey Alfonso VI que no había tenido arte ni parte en la muerte de su hermano Sancho II, asesinado a las puertas de Zamora.



Un visitante que se precie no puede estar en Burgos sin pasearse por el Espolón, ronda no muy larga pero muy hermosa, lugar de cita de los burgaleses. En la plaza del Cid, al inicio del paseo, se encuentra la célebre estatua en bronce de Rodrigo Díaz de Vivar con su capa ondeando al viento, obra de Juan Cristóbal González de Quesada. El puente de San Pablo, por donde el Cid partió al destierro, está flanqueado por esculturas vinculadas a la figura del Campeador.


Atravesando el río Arlanzón por el puente de Santa María en la calle Miranda se encuentran las casas de Miranda y de Íñigo Angulo, unidas ambas en el Museo de Burgos, otro de los maravillosos secretos escondidos de la ciudad.
En la calle Madrid permanece en pie, aunque maltratado por el tiempo, por la francesada y por los excesos urbanísticos municipales, el hospital de la Concepción, obra renacentista del siglo XVI. Creado por una fundación benéfica del mercader Diego de Bernuy, fue posada de peregrinos, en la que también se alojó Santa Teresa de Jesús. Facultad de Medicina durante un tiempo, su huerta tenía fama por las hierbas curativas que en ella se cultivaban. Las tropas francesas lo convirtieron en cuartel. Actualmente adscrita a la Universidad de Burgos está a la espera de una restauración muchas veces anunciada.


No lejos de este edificio se encuentra la iglesia de San Cosme y San Damián (S. XVI), con su espléndida portada de Juan de Vallejo.
Volviendo al río Arlanzón nos topamos con el Instituto López de Mendoza, también del siglo XVI, fundado por el cardenal Íñido López de Mendoza como colegio de San Nicolás para la educación de niños pobres de la ciudad. Su fachada ostenta los escudos de los Velasco y los Mendoza. Actualmente acoge el IES Cardenal López de Mendoza.


En este punto se abre un agradable paseo en las riberas del río que en dirección este conducirán al paseo de la Quinta y en dirección oeste al paseo de la Isla. Porque ese es otro de los atractivos de Burgos, sus paseos urbanos, hermosos en cualquier estación, y el río Arlanzón atravesando la ciudad y cobijando a una fauna variada: ocas, patos, garzas, lavanderas, petirrojos, incluso alguna nutria.







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En el paseo de la Isla se alza el palacete neogótico de finales del XIX, construido por el banquero y abogado Juan Muguiro, que alojó al general Franco durante la guerra civil y actualmente es sede del Instituto Castellano de la Lengua.
El paseo lleva al puente de Malatos que conduce al Hospital del Rey, mandado construir por la reina Leonor Plantagenet y su marido, el rey Alfonso VIII, dependiente del monasterio de las Huelgas. Fue uno de los hospitales mayores del Camino de Santiago. Inicialmente era conocido como Hospital de la Reina, pero como la historia la escriben los hombres, enseguida pasó a llamarse del Rey. La desamortización, primero, la guerra civil luego, durante la que fue habilitado como hospital para las tropas marroquíes, y nuestra proverbial incuria estuvieron a punto de arruinarlo definitivamente. Afortunadamente, tras una inteligente restauración, actualmente acoge la facultad de Derecho y el rectorado de la Universidad de Burgos.





Cerca de la puerta de Romeros de este hospital se encuentra la ermita de San Amaro, donde está enterrado el Santo. El pequeño jardín que rodea la ermita sirvió de cementerio a los peregrinos que morían en el hospital.

Habrás oído, sin duda, que esta es una ciudad fría, además de aquello de los militares y los curas. Bien, cálida no es e, incluso con el calentamiento global, no estará de más que incluyas en tu maleta una rebequita por si refresca al caer el sol. También es verdad que pocas ciudades hay como esta para pasar el estío frescos y entretenidos. Ah, en cuanto a los curas, alguno queda, por lo general cargado de años, pues aquí como en el resto del país, las vocaciones escasean. Prueba de ello es que los antiguos seminarios menor y mayor se encuentran semi vacíos, con apenas una treintena de seminaristas, según cuenta el periódico local. El arzobispado de Burgos vendió el antiguo seminario mayor, previsto para acoger a cientos de aspirantes a curas, convertido actualmente en un hotel y sede de una universidad privada.
Más probable es que el visitante se encuentre con alguna fiesta -con suerte amenizada por Fetén-Fetén o La MODA (La Maravillosa Orquesta Del Alcohol)- dos de los grupos locales que triunfan dentro y fuera de Burgos.
Fotos: ©Valvar

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Burgos (I)

Burgos es una ciudad de visita obligatoria para los amantes de la belleza. Atravesada de este a oeste por el Camino de Santiago, tiene un enorme patrimonio arquitectónico encabezado por la catedral, el monasterio de las Huelgas, la cartuja de Miraflores y el museo de la Evolución Humana.
Para nosotros, este es un ejemplo de cómo se puede viajar por el arte, por la belleza y por la historia sin necesidad de desplazarse muy lejos. Es cierto que jugamos con ventaja porque durante unos años la ciudad fue nuestro hogar y, ya jubilados, aquí están nuestra casa alternativa, muchos de nuestros amigos y algunos de nuestros rincones favoritos. Burgos es una ciudad hermosa, muy por encima de sus defectos, que los tiene, y de sus sambenitos, no todos justificados.
El mapa de la ciudad es un resumen de la historia de España. Aunque hay constancia de que en su entorno hubo asentamientos humanos desde la prehistoria su fundación se atribuye al conde Diego Porcelos en el 884. Fue capital del reino de Castilla desde 1230 hasta la llegada de los Reyes Católicos, quienes en 1512 dictaron aquí las Leyes que se aplicaron en la conquista de América, tenidas como fundamento de los derechos humanos, y una importante plaza comercial del norte de la península, especializada en el mercado de la lana.
En el palacio de los Condestables recibieron los Reyes Católicos a Cristóbal Colón a la vuelta de su segundo viaje a América (1496). En Burgos se recabaron los fondos que costearon la expedición a las Islas de la Especiería (1519-1522), viaje iniciado por Magallanes y concluido por Sebastián Elcano después de dar la vuelta al mundo. En la imprenta de Fadrique de Basilea se imprimió la primera edición de La Celestina (1499).


Como en otras plazas del país, en Burgos se asentaron las tropas francesas de Napoleón que, siguiendo su costumbre, arramblaron con cuanto encontraron de valor después de volar el castillo que coronaba el cerro de San Miguel. Finalmente, Burgos fue capital del gobierno rebelde tras el levantamiento militar de 1936.
La catedral es la carta de presentación y el corazón de Burgos. Sus cuatro portadas se abren, respectivamente, a la plaza de Santa María -la portada principal-, la calle Fernán González -puerta de Coronería-, la Llana de Afuera -puerta de Pellejería- y la Plaza del Rey San Fernando -del Sarmental-.

Puerta de Coronería 
Puerta de Pellejería 
P. Coronería 
Puerta del Sarmental 
Puerta de Santa María Iniciada en 1221, en el reinado de Fernando III, bajo el mandato del obispo Mauricio y siguiendo el modelo gótico francés, fue consagrada en 1260, si bien su construcción se prolongó durante siglos en nuevas capillas destinadas a enterramientos de personajes ilustres, como la de los Condestables, que es en sí misma otra catedral.




En la seo burgalesa trabajaron los más destacados artistas de cada momento, conjugando gótico y renacimiento con soltura y acierto. Juan de Colonia proyectó sus agujas en el siglo XV y asesoró la construcción del cimborrio levantado a instancias del obispo Acuña, que se cayó estrepitosamente el 4 de marzo de 1539. Al año siguiente se iniciaba la construcción del cimborrio actual, proyectado por Juan de Langres y ejecutado por Juan de Vallejo. Un prodigio de ligereza y hermosura, admirable cualquiera que sea la creencia del observador.


En la vertical del cimborrio, después de una peripecia secular, descansan los restos de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, y su esposa Jimena Díaz.

Al siglo XVI corresponde el retablo de la capilla de Santa Ana, obra de Gil de Siloé, una auténtica maravilla.


Casi al lado trabajó su hijo, Diego de Siloé en la Escalera Dorada que salva el desnivel del terreno y llega a la puerta de Coronería. Él y Felipe Vigarny trabajan también en los retablos de la capilla de los Condestables, obra de Simón de Colonia.


De este tiempo también es la rejería del Maestro Hilario. Declarada patrimonio de la Humanidad en 1984, su visita agotaría una jornada completa y aún quedarían detalles pendientes. (Para una visita más detenida, clica aquí 👇). Sus claustros superior e inferior muestran el esplendor del Burgos de los siglos XIV y XV.








Este Cristo atado a la columna de Gil de Siloé de la capilla de Santiago es algo difícil de olvidar.



Antes de volver al exterior no olvides despedirte del Papamoscas, un autómata que abre la boca mientras marca las horas con su campana.

Es fácil quedarse prendido de las agujas y pináculos de la catedral y del coro de ángeles que ven pasar el tiempo desde las alturas. Las gárgolas de la catedral tienen, entre su población, un asno.












Entre la puerta de Coronería y el palacio de Castilfalé hay un banco. Siéntate tranquilamente y a ver si eres capaz de encontrar el espinario que se encuentra en la parte superior de esa puerta. (Gracias sean dadas a mi amigo Juan José Rodríguez que me lo descubrió desde las alturas del palacio).

Durante años en cada visita a la catedral he chuleado ante el Colega de que yo había andado por los tejados de la seo burgalesa y visitado sus espacios secretos en un reportaje que hice tiempo ha, pero el año pasado él también pudo subir a las alturas y se me ha terminado el cuento.


El monasterio de Santa María la Real de las Huelgas 👇es un exponente del poder de las mujeres de la nobleza medieval. Ideado como panteón real y fundado por Alfonso VIII y su esposa Leonor Plantagenet, fue encomendado a la Orden del Císter. Se decía que si el Papa de Roma hubiera de buscar esposa al nivel de su dignidad solo podría elegir a la abadesa de las Huelgas, tal era el poder que llegaron a acumular.



La mayor parte del monasterio es de estilo gótico, salvo el claustro románico conocido como las Claustrillas y la capilla mudéjar de Santiago, donde permanece una imagen articulada portando una espada, representación del apóstol que, según la leyenda, armaba caballeros.


En su Museo de Ricas Telas se muestran vestimentas y tejidos extraídos de los sepulcros del monasterio, además del llamado pendón de las Navas de Tolosa, arrebatado a los árabes en aquella batalla, tenido como el mejor tapiz almohade conservado.







El monasterio pertenece a Patrimonio Nacional y es uno de los pocos lugares suyos en los que se permite hacer fotos. Las visitas son siempre guiadas, las tardes de los miércoles y jueves son gratuitas. Nosotros aprovechamos nuestras estancias en Burgos para visitar el cenobio al menos una vez al año y saludar a las grandes mujeres que allí reposan. En un rico sepulcro, adornado con las armas de los Plantagenet, descasa la reina Leonor Plantagenet, hija de Leonor de Aquitania, hermana de Ricardo Corazón de León y de Juan sin Tierra, madre de Enrique I y de Berenguela de Castilla, unida en la vida y en la muerte a su esposo, Alfonso VIII, A la derecha de esta sepultura doble, un sencillo sepulcro de piedra blanca, sin adornos ni blasones, guarda los restos de una reina grande, Berenguela de Castilla, quien cedió el cetro a su hijo Fernando, para reunir en él los reinos de León y de Castilla. No son las únicas pero ellas representan a las mujeres medievales, sabias y poderosas, que gobernaron con tino mientras ellos hacían la guerra. En nuestras últimas visitas hemos tenido la suerte de tener como guía a Vidal Postigo, quien, sin demérito del resto de guías, hace de cada recorrido una lección de historia muy entretenida.





La Cartuja de Miraflores 👇está situada en el parque de Fuentes Blancas, a unos cuatro kilómetros del centro de la ciudad. Es otra de las fundaciones reales, en este caso de los Trastamara. Inicialmente fue pabellón de caza de Enrique III, su hijo Juan II cedió sus terrenos a los monjes para levantar un monasterio, que un incendio destruyó totalmente. En 1454 se inició el nuevo cenobio dirigido por Juan de Colonia y luego, por su hijo, Simón. En 1484, Isabel de Castilla mandó trasladar allí los restos de sus padres, Juan II y su segunda esposa, Isabel de Portugal, y de su hermano Alfonso, muerto en la adolescencia. La silueta de la iglesia recuerda un sarcófago orlado de pináculos a modo de velones.


El conjunto es un compendio de escultura gótica religiosa y funeraria. El sepulcro de los reyes (1489-1492), de planta octogonal componiendo una estrella de ocho puntas, es obra de Gil de Siloé, ocupa el centro del presbiterio; el monumento funerario del infante Alfonso, también de Siloé, de tipo arcosolio, se encuentra en el lado del evangelio.




El retablo policromado que preside la iglesia es también obra de Gil de Siloé, dorado por Diego de la Cruz, se dice que con el oro que Colón trajo de América en su segundo viaje. Constituye una exaltación del sacramento de la Eucaristía a la vez que un retrato del reinado de Isabel la Católica, quien mandó traer de Flandes las vidrieras.

A la cartuja fueron traídos los restos de Felipe el Hermoso, muerto en Burgos en septiembre de 1506, y de aquí salieron por orden de la reina Juana I el 20 de diciembre del mismo año en dirección a Granada, donde quería ser enterrado y adonde llegó mucho tiempo después, en 1525, enviados por su hijo, el emperador Carlos V. En dependencias anexas a la iglesia hay un pequeño museo que, a pesar del expolio sufrido por el cenobio, conserva piezas interesantes, algunas de ellas donadas por la reina Juana I.
El Museo de la Evolución Humana 👇, destinado a guardar los fósiles de cerca de un millón de años de los homínidos encontrados en la Sierra de Atapuerca, es lo más moderno de la ciudad. Obra del arquitecto Juan Navarro Baldeweg, se levanta a la orilla del río Arlanzón, que lo separa de la catedral, a la que mira de frente. El vanguardista edificio se alza en los terrenos ocupados otrora por el monasterio de San Pablo y luego por los cuarteles de Caballería.



Concebido con un carácter didáctico, el museo exhibe los restos del Homo antecessor y numerosos hallazgos de especies preneandertales, la pelvis Elvis, el cráneo del Homo heidelbergensis bautizado Miguelón, reproducciones de la Galería de los Homínidos y una réplica del Beagle, el bergantín en el que Darwin viajó hasta las islas Galápagos, que le llevó a formular la teoría de la evolución.



Los hallazgos de la Sierra de Atapuerca fueron reconocidos en el 2000 como Patrimonio de la Humanidad por la Uneso. El Museo de la Evolución se encuentra entre los diez más visitados de España.
Frente al museo se puede contemplar una instalación que representa el proceso evolutivo de la humanidad, las esculturas de dos humanos, un hombre adulto y un niño. A lo que parece solo ellos, los hombres, han evolucionado. Las mujeres nacimos ya evolucionadas desde el amanecer de los tiempos.

Entre los varios sambenitos que arrastra Burgos uno de ellos era la de ser una ciudad de militares y curas. Ya hablaremos del clero. En cuanto al aspecto militar, no hay que olvidar que los cimientos de la ciudad están en su castillo, mandado levantar por el conde Diego Porcelos en el año 884, como defensa frente al invasor árabe. Luego fue alcázar real, prisión, y residencia de nobles. Reconstruido en el siglo XV, los soldados franceses lo volaron al abandonar la ciudad en 1813.
La ciudad se amuralló entre los siglos XIII y XIV. En sus casi cuatro kilómetros de longitud, con una altura de diez metros y tres de grosor, la cerca llegó a tener más de 90 torres y 12 puertas. Parte de los muros se derribaron para ensanchar la ciudad a partir del siglo XIX, aunque aún se conservan bastantes restos.



Cualquiera puede hacerse una idea de cómo sería la ciudad medieval traspasando algunas de esas puertas: de San Juan, por donde llegaban los peregrinos; de San Gil, por donde entraban los carros con los productos procedentes de los puertos del Cantábrico; la mudéjar de San Esteban, tenida como la más hermosa de ellas; la de San Martín, llamada también puerta de Reinosa, por donde entraban los reyes después de haber jurado los fueros y privilegios de la ciudad. Tiene este arco una marca en forma de línea alargada que según unos indica la longitud de la Tizona, espada del Cid, y según otros, equivale a la vara de Burgos, medida de longitud antecedente del metro, usada durante siglos en España y sus áreas de influencia. La puerta de Santa María, quizá la más transitada a diario, fue reconstruida como arco triunfal eppn honor de Carlos I.

Arco de San Juan 
Arco de San Gil 
Arco de San Martín 
A. de San Esteban 
A. de San Esteban 
A. de Santa María 
Arco y puente de Santa María A remachar este clavo militarista vino la sublevación militar de 1936, eligiendo Burgos como capital de la llamada España nacional. En el edificio de Capitanía, obra del arquitecto municipal Saturnino Martínez Ruiz, se proclamó el fin de la guerra civil. Fue sede de la VI Región Militar y actualmente acoge un museo regional militar.
Así, pues, el carácter militar de la ciudad pertenece más bien al pasado. Más fácil que toparse con un militar el visitante corre el riego de hallarse inmerso en alguna de las muchas fiestas que aquí se celebran a lo largo del año. Los Titos por San Antón, el hermanamiento francés por San Lesmes, los carnavales, el canto de las Marzas, la Semana Santa, declarada de interés regional y nacional, la romería de la Virgen Blanca, la jira en el Parral por el Curpillos, incluso una fiesta cidiana. Todo ello con el acompañamiento de los gigantones, de las peñas o de los Danzantes, un grupo de doce niños menores de 14 años vestidos como pajes del siglo XVI, que danzan a los sones de dos dulzaineros y un tambor, acompañados de los tetines, adultos que dirigen a los danzantes, el tetín mayor vestido de azul, y los tres restantes, de verde. Los burgaleses pueden ser algo asperones, pero jaraneros, como los primeros.

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Fotos: ©Valvar

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Cabos de Portugal

La costa de Portugal es la primera tierra que muchos navegantes divisan en su camino a Europa y la última que los despide cuando el barco abraza el horizonte. El Cabo de San Vicente, el de Roca y el Carvoeiro se adentran en el mar para recibir el último suspiro de quienes se alejan del continente europeo y el primer saludo de quienes a él llegan.



El Cabo de San Vicente es la barbilla de ese rostro imaginario que forma la vertiente atlántica de la Península Ibérica. Una mole de piedra de 75 metros de altura que parece estar a punto de echarse a navegar por la mar océana hacia el infinito.

Los romanos lo llamaron Promontorium Sacrum y lo dedicaron al culto del dios Saturno. Estrabón lo vio como el punto más occidental del mundo habitado. Toma su nombre en honor a San Vicente, un sacerdote español cuyos restos se cuenta que fueron encontrados entre los acantilados.
Llegamos al famoso cabo en una excursión desde Lagos, donde pasábamos unos días playeros. Íbamos advertidos de que debíamos ir con tiempo si queríamos buscar un buen puesto de observación porque el lugar se llena de visitantes para despedir al astro rey y debíamos llevar ropa de abrigo porque en este punto se cruzan todos los vientos y no todos son cálidos. Bien abrigados, buscamos acomodo sobre aquellas rocas a la espera de la puesta del sol. Matamos el tiempo viendo el paso de los barcos que se dirigían al norte de Europa y evocando la cruenta batalla naval que aquí se desarrolló el 14 de febrero de 1797 entre las flotas española e inglesa que se saldó con una vergonzosa derrota hispana.
El Tratado de San Ildefonso entre España y Francia obligó a los españoles a enfrentarse a Inglaterra. Componía la flota española 27 navíos de línea, once fragatas y un bergantín, un total de 2.638 cañones, incluidos los 136 del Santísima Trinidad, el mayor buque de guerra del mundo, al mando de José de Córdoba. Por el lado inglés, 15 navíos de línea, cuatro fragatas, dos balandros y un cúter, con un total de 1.430 cañones, al mando de John Jervis.

La disciplina, el entrenamiento y la táctica británicas se impusieron a la superioridad numérica y humillaron a la flota hispana, que perdió 250 hombres y varios barcos. Los gaditanos recibieron con escarnio a los restos de la flota, que prácticamente no había llegado a entrar en batalla. José de Córdoba fue sometido a consejo de guerra y degradado. Cayetano Valdés y Horacio Nelson, contendientes en esta confrontación, volvieron a encontrarse en 1805 en aguas próximas, en la fatídica batalla de Trafalgar, donde la flota española perdió el prestigio y Nelson, la vida.

No tuvimos demasiada suerte en cuanto al espectáculo. En las dos tardes que acudimos, coincidimos con los habituales visitantes y con una legión de nubes con las que el sol -radiante a pocos kilómetros- se empecinó en jugar al escondite y se negó a ofrecer el espectáculo que esperábamos todos.



El desaire solar no mermó un ápice la salvaje belleza del lugar que explica por sí sola la admiración y el temor reverencial que ha inspirado a lo largo de la historia.

La explanada de piedra que se levanta sobre las aguas embravecidas del Atlántico se asemeja a la disposición del Cabo Norte en el Círculo Polar, excepto que aquí el espacio de la esfera armilar lo ocupa un faro colorista de 24 metros de altura en el que nos refugiamos de los vientos.



Los amantes de la biología hallarán aquí raras plantas endémicas, algunas de ellas recuperadas después de haberse considerado extinguidas.


Otro magnífico mirador del Cabo es la fortaleza de Sagres. Observado desde este punto, el Cabo de San Vicente parece realmente el horizonte del fin del mundo.
El cabo de la Roca es el punto más occidental de la Europa continental, el auténtico Finisterre del viejo continente. Los romanos lo llamaron Promontorium Magnum, en los tiempos de la navegación a vela era conocido como Roca de Lisboa. El poeta Luis de Camoens lo describió como el lugar “donde la tierra acaba y el mar comienza” (Onde a terra acaba e o mar começa).

Un monolito señala sus coordenadas exactas: Latitud 38º 47 Norte; Longitud 9º 30 Oeste. A 140 metros sobre el nivel del mar, el cabo es una proa rocosa, las estribaciones de la Sierra de Sintra, a 40 kilómetros al norte de Lisboa y a 18 al oeste de Sintra.
Cuando llegamos a este finisterre luso por primera vez -hace muchos, muchos años- encontramos una explanada solitaria, batida por los vientos, en la que tuvimos que esperar largo rato a que llegara algún visitante para hacernos la inevitable foto junto al monolito.


En nuestra última visita tuvimos que disputar ese privilegiado espacio con miríadas de visitantes, muchos de ellos orientales, que llegaban en autobuses turísticos o por otros medios con el afán de visitar el Finisterre europeo. De haber llegado en domingo, hubiéramos debido disputarlo además con el ejército de moteros que aquí se citan cada mañana dominical.

En esta explanada aparentemente inhóspita anidan especies de aves a salvo de los depredadores y florece en primavera una planta endémica amenazada de extinción. Corona el promontorio un faro de 22 metros de altura que entró en servicio en 1772 y que ostenta el honor de ser el tercero más antiguo de Portugal.


Lugar tan salvaje y emblemático ha inspirado multitud de historias y otras tantas leyendas. La más conocida se refiere a la Pedra da Ursa (Piedra de la Osa), el peñasco que se levanta en una pequeña playa escondida entre los acantilados del cabo.


La leyenda relata que en la época glacial los osos habitaban esta tierra. Al deshacerse los hielos, los dioses ordenaron a los osos retirarse y dejar expedito el lugar y así lo hicieron todos. Todos, excepto una osa con sus oseznos que reclamó el derecho a vivir en el lugar que habían nacido. Enfadados los dioses, transformaron a la madre y a sus crías en piedra. Y allí permanecen, la Pedra da Ursa rodeada de rocas menores al pie del Cabo da Roca.
En la Oficina de Turismo proporcionan un título acreditativo de haber pisado el fin del mundo a los visitantes que lo deseen, aunque ninguna distinción estará a la altura del placer que proporciona ver cómo el sol se acuesta en el océano a la caída de la tarde.

Cabo Carvoeiro está situado en el extremo de la península de Peniche y viene a ser el hermano menor de Cabo de la Roca. Azotado permanentemente por los vientos atlánticos, que han ido cincelando durante siglos sus acantilados calcáreos hasta hacer del litoral un lugar fantasmagórico.




El Nau das Corvos –la Nave de los Cuervos- es su imagen más representativa. La denominación hace referencia a la apariencia de la roca como un barco que despliega sus velas y a la leyenda que se plasma en el escudo de Lisboa, según la cual fueron estas aves las que custodiaron el cuerpo de San Vicente y arrastraron la nave hasta la capital lisboeta.




El faro de Cabo Carvoeiro se alza a 25 metros de altura para orientar a los barcos que por aquí transitan y para evitar los frecuentes naufragios entre los arrecifes. Desde el Cabo se divisan las Islas Berlengas, declaradas reserva natural terrestre y marina. En verano, un barco que sale de Peniche acerca a los visitantes a las islas.

Peniche es el primer puerto pesquero luso. Pero es, además, un lugar privilegiado por su paisaje y por su patrimonio histórico y cultural. Su fortaleza sirvió de prisión durante la dictadura de Oliveira Salazar y alcanzó notoriedad internacional en 1960 con ocasión de la fuga de Álvaro Cunhal, el líder comunista luso. Los muchos restaurantes de la zona ofrecen sabrosos platos de pescado y marisco recién capturados.




La industria turística ha descubierto que el fuerte viento y las olas que llegan a las playas de la zona de Peniche son un atractivo para los jóvenes surferos, que acuden a practicar surf a estas playas, y han puesto de moda el lugar. Baleal y Consolaçao son las playas más conocidas y frecuentadas.




Como en el resto de cabos, el de Carvoeiro y sus aguas agitadas atraen visitantes a cualquier hora del día pero singularmente a la caída de la tarde. Especialmente en verano, cientos de miradas se pierden en el horizonte esperando la caída del sol en los dominios de Neptuno.
Fotos: ©Valvar

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La Ribera del Duero

La Ribera del Duero es una comarca con un patrimonio cultural y una historia milenarias. Su paisaje está plagado de viñas, cuyo cultivo se ha venido rigiendo por las normas de vendimia y pastos que la reina Violante firmó en 1295. Grupos locales pretenden que estas normas, vigentes durante siete siglos, sean declaradas Patrimonio Inmaterial de la UNESCO.

; Desde el punto de vista vitivinícola, la Ribera del Duero se extiende por cuatro provincias -Soria, Burgos, Segovia y Valladolid- y por seis Comunidades de Villa y Tierra: Curiel, Peñafiel, Roa, Aza, Montejo y San Esteban. En una extensión de 26.123 hectáreas atravesadas de este a oeste por la carretera N-122 que algún día será la A-11 -si los dioses lo permiten-, por la autovía A-1 de norte a sur y en cualquier dirección por una red de carreteras comarcales y locales se concentra una comarca esplendorosa desde el punto de vista económico.

Fuente: DO Ribera del Duero Trescientas bodegas que elaboran el caldo obtenido en 63.630 parcelas de viñedo en las que trabajan cerca de 8.000 viticultores. Un total de 2.225 marcas, amparadas por la Denominación de Origen, que embotellan vinos tintos -jóvenes, crianzas, reservas y grandes reservas- rosados y blancos.

En el plano cultural la comarca es el edén del viajero: una rica gastronomía, buen vino, excelentes alojamientos en entornos rurales o urbanos y un abanico de rutas para todos los gustos👇. Los amantes de la naturaleza pueden seguir alguno o todos los tramos (seis) de la ruta Camino natural del Duero 👇 entre viñedos y campos de cereal, bosques de chopos o sauces, olmedas, pinares, sabinares o encinares, con avistamiento de aves migratorias, buitres, palomas, ruiseñores o mirlos; o conocer los árboles singulares de la comarca. 👇

El Duero en Aranda 
Roa 
Peñafiel 
Santa María (Aranda de Duero) El río Duero, aparte de dar apellido a la comarca, riega sus tierras y recibe el tributo de agua de sus afluentes, Arandilla, Riaza o Duratón, ofreciendo la posibilidad de cruzarlos mediante obras de ingeniería cargadas de historias, esta es la ruta de puente a puente 👇: en San Esteban de Gormaz, Langa de Duero, La Vid, Vadocondes, Aranda, Roa, Bocos de Duero, San Martín de Rubiales, Peñafiel, Pesquera o Quintanilla de Onésimo.

Peñafiel 
Peñafiel 
Olivares de Duero 
Aranda de Duero 
San Martín de Rubiales 
Roa 
Vadocondes 
Aranda de Duero 
Aranda de Duero Los devotos de la nobleza pueden seguir los pasos de Isabel la Católica👇 , que por aquí anduvo trajinándose la corona primero, y luego, disfrutando de su conquista: Aranda, la Ventosilla o Roa son algunos de sus escenarios.

Casa de las Bolas (Aranda) 
Gumiel de Mercado 
San Juan (Aranda) 
Roa de Duero 
La Ventosilla 
Tórtoles de Esgueva Si lo prefieren, en Peñafiel pueden seguir a don Juan Manuel 👇, hombre culto, autor del Libro de Patronio o Conde Lucanor. Los aficionados a la literatura pueden rastrear la sombra de Miguel Delibes en Quintanilla de Onésimo y Peñafiel.
Si hablamos de personajes ilustres aquí tenemos para todos los gustos: el Cid, el Empecinado, Napoleón y Santo Domingo de Guzmán con sus rutas correspondientes. Los fans de Rodrigo Díaz👇 pueden visitar Castillejo de Robledo donde el Cantar del Cid sitúa la Afrenta de Corpes.

San Esteban de Gormaz 
Castillejo de Robledo Castrillo de Duero, Fuentecén, Milagros, Peñafiel, Valbuena de Duero, Olmos de Peñafiel, Nava de Roa fueron el escenario de las andanzas de Juan Martín Díez, el Empecinado, 👇 para acabar ejecutado de mala manera en Roa.

Roa de Duero 
Peñafiel En cuanto a Napoleón 👇, Aranda, Gumiel de Izán, Peñaranda de Duero, Hontoria de Valdearados, Vadocondes, La Vid y Roa guardan memoria de su paso por la Ribera.

Santa María (Aranda) 
Vadocondes 
Roa de Duero 
Vadocondes 
Pañaranda de Duero 
La Vid 
Santa María (Gumiel de Izán) La presencia de Santo Domingo de Guzmán 👇 permanece en Caleruega, donde nació, y también en Valdeande, Tubilla del Lago, Villalbilla de Gumiel, Gumiel de Izán -donde vivió con su tío Gonzalo de Aza, arcipreste de la villa- La Vid, Guzmán, Aza o Peñafiel.

Caleruega 
Gumiel de Izán 
Aza 
La Vid 
Peñaranda de Duero Teniendo en cuenta que estamos en el corazón de la vieja Castilla, es normal que abunden las fortalezas. La ruta de los castillos👇pasa por San Estaban de Gormaz, Peñaranda de Duero, Peñafiel, Curiel, Langa, Aza, Castillejo de Robledo o Caleruega.

Curiel de Duero 
Peñafiel 
San Esteban de Gormaz 
Aza 
Caleruega 
Castillejo de Robledo 
Peñaranda de Duero Por la misma razón de hallarnos en tierra de repoblación tras la reconquista, permanecen hermosos ejemplares de monasterios👇: Santa María en la Vid, Santo Domingo en Caleruega, San Pedro Regalado en La Aguilera, San Pablo en Peñafiel o Santa María de Valbuena en San Bernardo, en cuyas estancias se firmó la sentencia de doña Violante.

San Pablo-Peñafiel 
Santa María de Valbuena 
Caleruega 
La Vid De su época de prosperidad quedan un ramillete de palacios 👇 que bien merecen una visita: los de Avellaneda en Alcubilla de Avellaneda y Peñaranda de Duero, el de don Andrés de la Cuesta en Hontoria de Valdearados, de los Serrano en Sotillo de la Ribera, el de Ventosilla en la finca de su nombre -coto real que alojó a los Reyes Católicos juntos y por separado, a su hija Juana I y a sus nietos Carlos y Fernando-, de Guzmán y Santoyo en Guzmán y el de Zúñiga en Curiel de Duero.

Sotillo de la Ribera 
Curitel de Duero 
La Ventosilla 
Peñaranda de Duero 
Peñaranda de Duero Quienes deseen sentirse arqueólogos👇por un día tienen los yacimientos de Rauda Vaccea en Roa, Pintia en Peñafiel, Padilla y Pesquera de Duero, Ciella en Valdeande, La Pudia y San Mamés en Caleruega o la ermita de Santa Cruz en Valdeande. Por poder, los peregrinos pueden seguir dos de las etapas del Camino Jacobeo de la Lana, 👇de Fresco de Caracena a San Esteban de Gormaz y de esta a Quintanarraya.

San Miguel (San Esteban de Gormaz) Como se comprenderá fácilmente, de todas las rutas nuestra favorita es la que propone recorrer el románico👇 de la comarca, desde las iglesias de San Esteban de Gormaz (Soria) -Nuestra Señora del Rivero y San Miguel, cuyo pórtico es el más antiguo de los que se conservan- al monasterio de Santa María de Valbuena en San Bernardo (Valladolid), pasando por Peñalba de San Esteban -Santa María la Mayor-, Rejas de San Esteban -San Ginés y San Martín-, Matanza de Soria -San Juan Bautista-, Sinovas -San Nicolás de Bari-, Caleruega -San Sebastián-, Pinillos de Esgueva -la Asunción- o la Torre del Reloj de Peñafiel.

Torre del Reloj, Peñafiel 
San Miguel (S. Esteban de Gormaz) 
Sta. María del Rivero (S.Esteban de Gormaz) 
Santa María de Valbuen 
Santa María de Valbuen 
Sta. María del Rivero (S.Esteban de Gormaz) 
Sta. María del Rivero (S.Esteban de Gormaz) 
San Ginés (Rejas de S. Esteban) 
San Ginés (Rejas de S. Esteban) 
San Martín (Rejas de S. Esteban) 
San Martín (Rejas de S. Esteban) 
Pinillos de Esgueva 
Pinillos de Esgueva 
San Sebastián (Caleruega) 
San Nicolás (Sinovas) 
Santa María de Valbuen Las mayoría de estas iglesias conservan su galería porticada, como es habitual en las Comunidades de Villa y Tierra, para celebrar las reuniones del Concejo, dado que en las Comunidades estaban separadas las funciones religiosas de las civiles.
La Comunidades de Villa y Tierra eran pequeños estados, por concesión del monarca, con fuero propio y mancomunidad de obligaciones, derechos e intereses, especialmente en materia de pastos y represión de delitos. El régimen particular de un territorio, del que era señora una ciudad o villa realenga e independiente, que se comunicaba directamente con el monarca. Esto explica que en 1295 la villa de Roa se dirigiera a doña Violante, viuda de Alfonso X y madre del rey Sancho IV, para resolver las diferencias entre los vecinos de la villa y los de sus aldeas sobre la construcción de la muralla, la vendimia y el pastoreo posterior a esta. La intervención de la reina no era algo extemporáneo sino la forma natural de relacionarse entre las Comunidades de Villa y Corte -a través de sus representantes- y la Corona.
Sepan cuantos esta carta vieren, como ante mí doña Violante por la gracia de Dios Reyna de Castilla e de León sobre contienda que era entre los de la Villa de Roa e los de los Pueblos (…) en razón de la vendimia, de cómo habían de vendimiar, e el rozar sus pagos. E otrosí, por razón de la postura de los sus ganados, de como deben el pacer en las viñas después que fuesen vendimiadas. Vinieron del Concejo de la Villa Pascual Pérez, fijo de Juan Pérez, e Adan Pérez, fijo de don Romero, con personería del Concejo sobredicho. Et por los de los pueblos vinieron personeros Ibanez Vela, de Quintana, e D. Gonzalo de la Forra…

Gumiel de Mercado Aquellas ordenanzas, firmadas el 7 de marzo de ese año, establecen que en los pagos de la Villa no se vendimie hasta que lo acuerde el Concejo o que los ganados no puedan pastar hasta que no se haya terminado de vendimiar, so pena de multa. Son las más antiguas que se conocen en España y, tomando como punto de partida la sentencia de doña Violante, a lo largo del tiempo se fueron dictando nuevas normas. En el siglo XV las Ordenanzas de Castilla establecen medidas acerca de la producción y el comercio y otras de carácter fiscal. En junio de 1783 el rey Carlos III aprueba unas normas del Gremio de Cosecheros de Vino en Aranda, para reglamentar la elaboración, cuidar su calidad y garantizar el buen comercio, que le habían solicitado los viticultores de la Ribera.
“Si el ganado o cualquier otro animal de uso entrare en una viña, aunque no haga daño, su dueño pagará cinco sueldos, por la razón de que pisó la viña al entrar y al salir. Además, en cualquier daño causado en las viñas, el dueño elegirá, a su arbitrio, entre la tarifa y la tasación. Además, si desde el principio de enero hasta después de las vendimias alguien entrare en una viña sin permiso del dueño o del guarda, pagará cinco sueldo, aunque no coja nada. Si cogiere uvas u otra fruta, pagará diez maravedíes si es de día, y veinte maravedíes si es de noche, si se lo pudieren probar, y si no, por el daño de día se salvará con seis vecinos y por el de noche como en el hurto. Además, el que cortare vid de viña ajena pagará cinco maravedíes, un maravedí por la rama y cinco sueldos por el sarmiento. El que cortare vid de parral (ajeno) pagará diez maravedíes, cinco maravedíes por la rama, cinco sueldos por cada sarmiento, y cinco sueldos el que cogiere el palo que le sujeta”.
Aunque los restos hallados en el yacimiento vacceo de Pintia en Padilla de Duero (Peñafiel) o el mosaico romano descubierto en Baños de Valdearados -considerado el mayor de la península- permiten suponer que la vid ha estado presente en la comarca desde hace más de dos mil años, el cultivo de las viñas se introduce tras la Reconquista, quizá con la enseñanza de los monjes cluniacenses, de manera que en el siglo XIII, cuando se reclama el veredicto de doña Violante, es ya un cultivo generalizado, con su propia infraestructura, como lo prueban las más de 120 bodegas excavadas en el subsuelo de Aranda y, en menor número, en muchos de los pueblos de la comarca que, como era el caso de Fuentelcésped, Fuentespina, Gumiel, La Horra, Pardilla, vivían del comercio del vino.


Desde mediados del siglo XIX una serie de plagas -el oidio, el mildiu y la filoxera- afectan seriamente al viñedo de la comarca, tanto en la calidad como en la cantidad, de forma que muchos agricultores optan por abandonar su cultivo en favor del cereal.


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Cuando a partir de los años 70 del pasado siglo, viticultores visionarios y pioneros de la ribera burgalesa plantearon la necesidad de recuperar el viñedo como una industria propia de la comarca, las normas dictadas por la reina Violante se adaptaron a los tiempos modernos. En aquellos momentos el proyecto fue recibido con indiferencia cuando no recelo en otros ámbitos. Si pudo llegar a buen fin, aparte del esfuerzo y el tesón de sus promotores, se debe al apoyo técnico y económico de la Diputación de Burgos, presidida entonces por Francisco Montoya. Finalmente, en 1982 el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación concedía a la Ribera del Duero su Denominación de Origen, aprobaba su Reglamento y se constituía el Consejo Regulador. José Ignacio Gutiérrez y Javier Villagra fueron su primer presidente y secretario, respectivamente. La bodega «Ribera del Duero» cede su nombre a la denominación y toma el de Protos.
En años sucesivos se fueron incorporando bodegas de la provincia de Valladolid -Vega Sicilia, Alejandro Fernández- y rápidamente surgiendo otras nuevas, algunas de capital local y pronto, otras de capital foráneo.


Tras unos años en Aranda, en 1991 el Consejo Regulador de la DO se traslada a Roa de Duero. Ocupa el antiguo y restaurado Hospital de San Juan Bautista, del siglo XVI, al que se le ha adosado una torre, imagen icónica de la Ribera del Duero.


En estos más de cuarenta años se han puesto en marcha nuevas prácticas de cultivo, se han introducido modernas tecnologías para la elaboración del vino y rigurosos procesos de control, de manera que hoy la Ribera del Duero es una comarca de una prosperidad que ni en sus mejores sueños pensaron los promotores. Arquitectos de prestigio firman edificios de bodegas que aspiran a tutearse con las viejas iglesias góticas de la comarca.



Esta es una zona bien conocida por nosotros. Por mí, porque la Ribera es mi cuna, me he pateado sus pueblos y caminos, tanto por devoción como por obligación, especialmente en la década de los ochenta de pasado siglo, cuando se incubaba el proceso que condujo al nacimiento de la Denominación de Origen y yo empezaba mi vida profesional como periodista. Por el Colega, por afición propia y porque cada vez que hacemos una ruta por la comarca le doy la chapa con mis andanzas de antaño. Él, que se las conoce bien de tanto oírlas, pone cara de hacerme caso, pero yo noto que su atención pasa a modo automático. Para disimular, de vez en cuando responde, ya, ya.
Estoy segura de que si la propuesta de organizaciones como La Olmera y la AC Juan Martín El Empecinado pillara con un presidente de la Diputación de Burgos como Francisco Montoya, ya se habría puesto a la cabeza de la iniciativa y se estaría gestionando el expediente para que las normas de la vendimia de la Ribera del Duero fueran patrimonio inmaterial de la UNESCO, le digo al Colega mientras él hace fotos al castillo de Peñafiel. Ya, ya, me responde. Me estás haciendo el mismo caso que la Diputación de Burgos, le digo. No fastidies, contesta, ahora sí atento.
Fotos: ©Valvar

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El puente de Alcántara

El puente de Alcántara es una obra monumental de repercusiones históricas, legendarias y literarias. Uno de los puentes romanos más notables de los que permanecen y una de las obras de ingeniería más destacadas de la Hispania romana.

Este monumento que se levanta en la provincia de Cáceres, tan monumental ella misma, mide 214 metros de longitud y 57 de altura. Sus dos arcos centrales tienen una altura de 48 metros y una anchura de casi 30; su calzada mide ocho metros.

Construido entre los años 105 y 106 de la era cristiana con sillares almohadillados de roca granítica de entre 45 y 50 cm., salva el curso del río Tajo apoyado sobre cinco pilares de distinta altura que se adaptan al terrero. En su origen pretendía comunicar la ciudad Norba Cesarina (la actual Cáceres) con Conimbriga (Condeixa-a-Velha, Portugal), en el camino que conducía a Lisboa.

Como en las modernas autovías, sobre el pilar central se eleva un Arco de Triunfo de 13 metros de altura, cuyas inscripciones explican, entre otros asuntos, que el puente fue construido por Cayo Julio Lacer en honor del emperador Trajano –nacido en la Bética hispana- y costeado mediante impuestos sobre los pueblos lusitanos Igaetani, Lancienses, Opidani, Talori, Interannienses, Colarni, Lancienses Transcudani, Arani, Meidubrigenses, Arabrigenses, Benienses, Paesures. Una obra destinada a durar por siempre en los siglos del mundo…

En su cabecera se levanta un sencillo templo dedicado al emperador Trajano y a los dioses de Roma. En el siglo XIII se cristianizó poniéndolo bajo la advocación de San Julián.

Si a los romanos les debemos la fábrica el nombre se lo debemos a los árabes que lo llamaron Al-Qantarat, El Puente. Otra versión lo traduce como Kantara As-Saif, el Puente de la Espada. En esta versión se basa una leyenda que vincula el puente con Excalibur, la espada del rey Arturo, oculta en algún lugar del mismo. Una variante igualmente legendaria sostiene que los árabes descubrieron una espada oculta en el interior de la obra romana, sin que esté claro si aún permanece o desapareció. Una tercera versión afirma que la susodicha espada se encuentra en el remate de la torre que se alza sobre el puente, que si se tira de ella se consigue extraerla tres palmos pero en cuanto se suelta vuelve a su emplazamiento secular. Finalmente, la espada sería la del último rey visigodo, don Rodrigo, quien habría llegado hasta Alcántara huyendo de los moros. Una vez muerto, su cadáver fue enterrado en Viseu (Portugal) y su espada colgada del arco más alto del puente, en un punto inalcanzable, donde habría permanecido durante siglos, hasta que desapareció, nadie sabe cuándo ni por qué. Siguiendo esta última versión al escritor Frank Baer pergeñó la novela «El Puente de Alcántara». Si eres dado a creer en leyendas, puedes elegir la que más te guste.
El colega es muy aficionado a la literatura y arquitectura romanas así que cuando nuestros amigos cacereños Valentín y Mari Paz nos llevaron a conocer el puente de Alcántara él estuvo a punto de levitar. En verdad, cuando lo ves aparecer al doblar un recodo de la carretera Ex-207, por muy advertida que vayas, creerás que se trata de una aparición. Estás ante una obra del siglo II que desde entonces ha venido permitiendo el paso a personas y carruajes.

Debo añadir que visitar Cáceres es una buena idea en cualquier momento. Tiene lugares abiertos de una belleza exultante lindantes con poblaciones que fueron escenario de momentos decisivos en el devenir colectivo o de donde salieron hombres que conquistaron un continente. Dólmenes prehistóricos, calzadas y puentes romanos, iglesias visigodas, aljibes árabes, torres defensivas, cuarteles de órdenes militares, casas blasonadas, plazas e iglesias que conviven con dehesas de un verdor esplendoroso; humedales rebosantes de cigüeñas y otras aves que se besan con horizontes que se tiñen con los colores del arco iris.



Nosotros tuvimos la fortuna de hacerlo en compañía de buenos amigos que en Alcántara nos mostraron el convento de San Benito (siglo XV), conocido como Convento Viejo y otros lugares de la ciudad. Para colmo, nos llevaron a comer a un antiguo convento del siglo XV, la Hospedería Conventual 👇. Más no se puede pedir.

Fotos: ©Valvar

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San Martín del Rojo

A lo que parece, viajar es la utopía de los que trabajan y la afición de los jubilados. Esta inclinación al zascandileo hace que en ocasiones nos juntemos demasiadas personas en un mismo lugar. No hablamos ya de Venecia, de Roma o París, que hace tiempo han alcanzado el punto de saturación. A veces ocurre en un museo, ante una iglesia conocida, en cualquier sitio que se haya hecho famoso.
En el extremo contrario, hay lugares hermosísimos olvidados que, aparte de su belleza, ofrecen interrogantes que hacen pensar. San Martín del Rojo, en el Valle de Manzanedo, al norte de la provincia de Burgos, es uno de ellos. Nosotros lo descubrimos hace muchos, muchos años, cuando la jubilación nos parecía cosa ajena. Allí encontramos una persona que bien pudo haber inspirado al escritor Miguel Delibes para su novela El disputado voto del señor Cayo. Él fue quien nos abrió la puerta de la iglesia de la Asunción, que preside la población desde un alto. Pero nuestro particular señor Cayo murió hace tiempo y la ausencia de cualquier ser humano en los alrededores convierte en lacerante y desolador este San Martín del Rojo, vacío como tantos pueblos del interior.


Para llegar aquí hay que seguir la carretera BU-V-5744 hasta el final. El escenario tiene algo de desolación: piedras amontonadas, paredes desdentadas, ruinas de casas que algún día estuvieron llenas de vida. Solo se oye el rumor del viento y el canto de los pájaros, si hay viento y si hay pájaros.


La iglesia románica de Nuestra Señora de la Asunción, restaurada hace una década, es testigo de que hubo otros momentos de vida. Fue construida en el siglo XII, de planta basilical. Siglos después, sobre el hastial occidental se le añadió una espadaña barroca.
Protege la fachada meridional un pórtico sostenido por dos columnas cuyos capiteles proceden de la iglesia de Fuente Humorera, lugar actualmente vedado por haber sido adquirido por un particular.


Para nuestro pesar, no conservamos las fotos -todavía en papel- que hicimos en la única ocasión que pudimos ver el interior. Recordamos vagamente que tenía una sencilla pila bautismal y unos capiteles con escenas profanas, músicos, una bailarina, algún ave… Si quieres conocer más de esta iglesia, la página de Arteguías te lo cuenta aquí 👇








Hay que acercarse para comprobar la hermosura primitiva y tosca de la iglesia, que parece esconder algún secreto no desvelado. ¿Qué significan ese tañedor de fídula, esa mujer que se burla con descaro del que mira, ese domador que tira de un animal, esas figuras grotescas? ¿Qué historia nos cuentan los primitivos constructores con esa comitiva de encadenados desde las arquivoltas de la portada? ¿Es la lección de catequesis que emana de las construcciones románicas o nos están comunicando un mensaje ignoto? ¿La tosquedad de las figuras responde a impericia del tallador o estamos ante un innovador, un picasso de su tiempo?







Volvemos a veces, paseamos por el entorno, por el placer de saborear la soledad y la belleza de este rincón, rodeamos la iglesia y nos marchamos con la sensación de haber asistido a una demostración de sabiduría antigua e inaprensible.


Fotos: ©Valvar

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Valencia de Don Juan

Valencia de Don Juan es regalo que encontramos en el camino de vuelta de nuestra excursión de finales de noviembre de 2023, quizá para compensar el habernos puesto a remojo durante el viaje. Viajábamos de Puebla de Sanabria a Burgos cuando el Colega se paró para repostar. Mientras llenaba el depósito observé un cartel: Valencia de Don Juan, 7 kilómetros. Esa es una Valencia en la que no hemos estado, pensé.
¿Quién es el Don Juan de esa Valencia?, pregunto al Colega, cuando vuelve al coche. Ni idea. En la web del Ayuntamiento nos enteramos de que se trata del infante don Juan de Portugal, hijo de Pedro I de Portugal y de Doña Inés de Castro, primer duque de la villa. La historia de los trágicos amores de Inés y Pedro es harto conocida. (Si quieres refrescar la memoria, clica aquí 👇)




Evocamos los sepulcros de ambos en el Monasterio de Alcobaça. Se cuenta que el rey pidió que situaran su sepultura frente a la de Inés para ser lo primero que viera en el día del juicio final. Podíamos acercarnos a verlo, propone el Colega. Llegamos enseguida y aparcamos lo más cerca posible de su imponente castillo para distraer a la lluvia que nos sigue como la sombra.

Lo primero que nos llama la atención es el Jardín de los Patos, que se abre junto a la fortaleza, sembrado de pequeños carteles en los que se narra de manera didáctica la historia de la ciudad.
Así nos enteramos de que Valencia se llamó antes Coyanza -derivación de Coviacense Castrum, el oppidum o castro que fue, del que conserva el gentilicio, coyentino-, que en este terreno a orillas del río Esla ya hubo asentamientos en la edad de bronce, que fue enclave predominante en la edad de hierro y con los romanos, que fue ocupada por los suevos en el siglo V, que sus pobladores resistieron el ataque de los godos de Teodorico II y que los musulmanes destruyeron el primitivo castillo, situado al norte del actual.



En el año 1055 el rey Fernando I y su esposa, la reina Sancha, convocaron aquí el Concilio de Coyanza, al que asistieron nobleza y clero “para la restauración de nuestra cristiandad”.
En el Tratado de Cabreros de 1206 aparece por primera vez con el nombre de Valencia. Aquí tuvo lugar la decisiva entrevista mantenida entre las dos esposas de Alfonso IX de León, doña Teresa y doña Berenguela, reina de Castilla, donde esta convenció a aquella de que su hijo Fernando III debía heredar de su padre el reino de León en vez de las hijas de doña Teresa. Accedió esta a la renuncia, a cambio de importantes donaciones, consiguiéndose así unir las coronas de Castilla y de León.
Hasta finales del siglo XIV se conoció a la villa como Valencia de León o de Campos, indistintamente. Hasta que en 1387 el rey Juan I de Castilla concedió al infante Juan de Portugal el ducado de Valencia de Campos, que así pasó a apellidarse de Don Juan. El nuevo duque se pasó la vida intrigando infructuosamente para reinar en Portugal y acabó quedándose a vivir en Castilla. Murió en 1397 sin hijo varón, por lo que el ducado de Valencia volvió a la corona.
Al año siguiente, el mismo Enrique III concedió el condado de Valencia de Don Juan a Martín Vázquez de Acuña, noble portugués que había apoyado las pretensiones del infante don Juan y casado con su hija María de Portugal, recibiendo como dote el señorío sobre la villa.



Los Acuña y Portugal se asentarían aquí y levantarían el castillo, que domina el perfil urbano, bello ejemplar de arquitectura gótica militar. En la torre del homenaje se ha habilitado un museo, que puede ser visitado.

Entre el castillo y el jardín de los Patos se ha acondicionado un auditorio al aire libre donde en verano se ofrecen conciertos.
De las doce iglesias que tuvo Valencia de don Juan solo quedan dos: la de Nuestra Señora del Castillo Viejo, donde se conserva el panteón de los condes de Valencia de Don Juan, y la de San Pedro Apóstol, con una esbelta torre.
Cerca de la Plaza Mayor se conservan dos casas solariegas: la de los condes de Valencia de Don Juan y la de don Eliseo Ortiz, de estilo modernista.
La población se dedica mayoritariamente a la agricultura, siendo una de las pocas poblaciones de Castilla y León que no solo no ha perdido población, sino que ha ganado, con un censo que recientemente ha superado los 5.000 habitantes. En 1950 recibió el título de ciudad.
En 1975 los coyantinos se levantaron contra el proyecto de instalar una central nuclear en su término municipal, consiguiendo el apoyo de las poblaciones colindantes. Tal fue la protesta que, en plena dictadura, se desistió del proyecto.
A cambio, han habilitado una Vía Verde, paseo natural arbolado de 11,5 kilómetros recuperando el trazado del ferrocarril de vía estrecha -conocido como tren burra- que unía la ciudad con la vecina Castrofuerte.








Al llegar a la ciudad nos ha sorprendido un edificio de pisos, de aire gaudiniano, rematado en varias veletas artísticas. Preguntamos y nos informan de que se trata de una iniciativa del constructor Santiago Nava, que la convirtió en el proyecto de su vida. Un edificio en el que se mezclan materiales tradicionales y modernos: tapial, cantos rodados, madera, mármol, hormigón… Contó con la colaboración del escultor Manuel Chiches, autor de las veletas que coronan el edificio: un águila, una cobra, un guerrero y San Miguel con el demonio a sus pies. La construcción debió llamarse Edificio Centinela, en alusión al guerrero-veleta. La obra, iniciada en 1990, con el visado de un arquitecto, ha vivido una serie de peripecias que la mantienen inacabada.
Vista con ojos profanos, se trata de un edificio verdaderamente singular, de una rara y sorprendente belleza. Imagino al constructor dando vueltas a su proyecto, diseñando una ventana y otra y otra, cada una diferente, recabando los materiales para rematar un muro, una techumbre y desearía que pudiera verlo acabado. Parece un proyecto a la medida de una ciudad aguerrida, batalladora contra corriente, empeñada en seguir avanzando.
Volvemos a la carretera sin que haya cesado la lluvia ni un instante. Me gustaría volver en primavera, recorrer sus calles con tranquilidad, le digo al Colega. Y ver el museo del castillo, responde él. Y hacer fotos sin lluvia…
Fotos: ©Valvar


