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  • Vigo románico y encendido

    Vigo románico y encendido

    El último lunes de noviembre de 2023 salimos de Burgos hacia el noroeste de la península. El objetivo era comer unas ostras en Vigo y, de paso, ver un poco de románico, no vaya a ser que se nos olvide. Aviso: la cosa salió regular. De entrada, nos llovió casi todos los días, lo cual, si bien es beneficioso para la tierra, dificulta la obtención de buenas fotos. En segundo lugar, ostras, Vigo y lunes no concuerdan bien.

    Empero, el primer día apenas llovió. Nuestra parada era Vigo, un municipio que, además de una iluminación navideña casi estratosférica, tiene dos iglesias románicas notables que nos proponíamos visitar: Santiago en Bembrive y Santa María en Castrelos. Ahí descubrimos que el municipio vigués es enorme, nos salvó el GPS, que los dioses conserven.

    Bembrive deriva de la locución latina bene vivere, esto es, buen vivir. De ahí que hace siglos en el lugar se asentara una población que erigió un oratorio, antecedente de la actual iglesia de Santiago.

    Esta es una construcción datada en el siglo XII, con posteriores reformas, no muy grande, de una sola nave, ábside decagonal y tres puertas, que encontramos cerradas todas ellas.

    En el hastial de poniente se abre una puerta de arco apuntado, con dos arquivoltas, protegido por un arco ajedrezado. La arquivolta exterior muestra una línea de flores hexapétalas, que se repite en la cornisa del ábside. Las columnas rematan en sendos capiteles con adornos vegetales.

    La puerta sur es muy simple, adintelada, con un grabado en el que creemos ver un oso enredado en un árbol.

    La puerta septentrional es la más interesante. Un arco ligeramente apuntado con un tímpano en el que se distingue una cruz o triquetra de cuatro puntas que a su vez contiene espirales y círculos. Estas inscripciones abundan en los muros de la iglesia, lo que parece aludir a la existencia de un templo anterior paleocristiano y de inspiración celta.

    Los canecillos del ábside muestran figuras antropomorfas y vegetales, en regular estado de conservación. En mejor estado parece el crucero.

    Dejamos este lugar de bien vivir -en el barrio de Mosteiro o Monasterio- y, GPS mediante, nos dirigimos a Castrelos. Subimos y bajamos cuestas, tomamos curvas a derecha e izquierda y, finalmente, aparece ante nuestros ojos la iglesia. Indico al Colega el acceso al aparcamiento pero él, emocionado tras el rally vigués, toma la primera vía que ve junto a los muros de Santa María.

    El coche hace un primer clock, luego un segundo y un tercer y definitivo clock. Inmediatamente nos rodean varias señoras indicándonos con gestos de alarma que paremos. Estamos bajando por unas escaleras, le digo al Colega, quien, evidentemente, también se ha percatado.

    Me pregunto de dónde han salido tantas señoras juntas, mientras él ya ha iniciado la marcha atrás, observado por las mismas señoras y con mi inestimable ayuda consistente en sucesivos ayayayay, seguidos de pordios, pordios, pordios. Finalmente volvemos a la carretera, giramos en el acceso debido y aparcamos. El coche huele a quemado, igual nos lo hemos cargado, comento, en un alarde de optimismo. Ná, dice el Colega, hazte a la idea de que nos hemos gastado cinco euros en desgaste de las ruedas. Los economistas y su mente analítica, benditos sean.

    Cuando bajamos del coche nos percatamos de que al otro lado del aparcamiento hay un centro escolar, de donde salen los niños que recogen las señoras que nos advertían. No crea que son ustedes los primeros que bajan por las escaleras, nos dice una de ellas. Miro los escalones finales y me dan escalofríos. Ahí sí que habíamos dejado el coche.

    Con el susto aún en el cuerpo comprobamos que Santa María de Castrelos es una pequeña maravilla, bastante bien conservada. Su construcción se fecha en 1216, de una nave, con un tramo presbiterial más estrecho unido a un ábside semicircular por un contrafuerte a cada lado.

    Como en Bembrive, en el hastial occidental se abre una portada abocinada con tres arquivoltas apuntadas con decoración de flores hexapétalas enmarcadas en círculos y chambrana exterior ajedrezada. El tímpano muestra una cruz patada o de Malta rodeada de seis árboles.

    Este tímpano se repite en la portada sur, algo más ornamentada que aquella en las arquivoltas. En las enjutas se abren dos ventanas de arquivolta ojival con abundancia de las misma flores hexapétalas en torno a las saeteras y chambrana ajedrezada.

    La tercera portada, en el muro norte, es similar en su decoración. En el tímpano, un círculo en el que se inscribe una cruz con los extremos circulares.

    En el ábside se abren tres rosetones -uno de ellos oculto por la sacristía- de moldura ajedrezada en cuyo interior se abre un hueco en forma de cruz. Sorprende la situación de estos ventanales, por debajo de lo que es habitual, que se explica por la pendiente en que se encuentra la iglesia, más alta en la cabecera que en los pies. En el interior, los rosetones ocupan la altura habitual de las ventanas.

    Junto al muro norte se levanta un crucero de buena factura rodeado de cables. Cualquier día de tormenta la escultura recibirá un calambrazo.

    Repuestos del sobresalto de la escalera tomamos el camino del centro de Vigo, donde se encuentra nuestro hotel. Hemos escogido el lunes para nuestra estancia en Vigo pensando que sería un día menos concurrido pero nos hemos equivocado. La eficaz campaña turística del alcalde Abel Caballero para atraer visitantes a su iluminación navideña seduce a miles de visitantes desde el primer al último día de encendido de los millones de leds. A ojo, se diría que se encuentra aquí la población Imserso que no se ha inscrito en los viajes de invierno. Las quince plantas del hotel Bahía de Vigo están a tope. Hemos reservado habitación con vista al mar y así nos dan.

    Salimos a recorrer la ciudad y, justo frente al hotel, descubrimos una enorme y extraña escultura, lo que parece un joven caído contra el asfalto. Se trata de “El bañista”, obra en bronce del escultor Francisco Leiro, que tiene su gemelo en la plaza de la Estrella -”El nadador”-. Los responsables artísticos de Vigo deben de ser aficionados a este escultor, pues en la muy céntrica Puerta del Sol, sobre dos columnas de mármol negro de 11 metros de altura, se levanta “El sireno”, este en acero inoxidable. Un personaje entre pez y hombre, sin brazos pero con piernas, escamas por el cuerpo y cabeza con una gran nariz.

    Primera sorpresa: la Piedra, famosa calle donde a diario se venden las ostras por cientos, solo abre por la mañana. Segunda sorpresa, las calles del centro están abarrotadas antes incluso de encenderse las luces. Tercera sorpresa, contra nuestra prevención de que la iluminación navideña es hortera por definición, en Vigo tiene un punto de buen gusto. Eso y que ofrece entretenimiento para todas las edades explica su atractivo. Luego nos comentarán que los vecinos están hartos de tanto gentío y tanto ruido, pero esa es otra historia.

    Dispuestos a comer ostras dondequiera que hubiera acudimos al restaurante que nos han recomendado en el hotel, que encontramos cerrado. Nos atiende una joven amabilísima que, al vernos derrengados, se ofrece a sacarnos un vino en la pequeña terraza exterior del local hasta que este abra. Por si nos quedaban dudas, comprobamos que ni ese era nuestro día ni Vigo nuestro mejor destino: en el restaurante quedan cuatro ostras, cuatro (y pequeñas). Es que el lunes no abre la lonja y ayer tuvimos una invasión de gente, se justifica la joven amable. El Colega quiere comer percebes y menos mal que quedaba una ración (tampoco muy abundante, dicho sea de paso). Sí hay pulpo, zamburiñas y nécoras que acompañamos con una botella de Martín Codax. Alegres por el vinillo pedimos la cuenta y en ese momento el Colega se percata de que no tiene la cartera. Pues al salir del hotel la llevaba, asegura. Mientras pago con mi tarjeta, él sale a la calle y -oh, milagro- allí, bajo la silla donde hemos esperado que abriera el restaurante, está su cartera, al parecer, oculta a la vista de los cientos de personas que han pasado junto a ella. Hemos salvado el día en el límite, comento, antes de percatarme de que nos han cobrado cuatro nécoras en vez de las dos que nos han servido. Eso pasa por no revisar la cuenta.

    Al levantarnos al día siguiente observamos que el frente marítimo que alcanza nuestra vista ha sido tomado por un enorme crucero y que el día se ha metido en agua. Así que desayunamos, volvemos al coche y salimos de Vigo sin mirar atrás. Quizá en otra ocasión tengamos más suerte.

    Fotos: ©Valvar

  • Arlés

    Arlés

    Arlés conserva un teatro y un anfiteatro romanos, una iglesia románica con un claustro notable. En esta ciudad de la Provenza francesa pasó Van Gogh un año de su triste vida y descansaron grandes pintores como Matisse, Picasso o Renoir. Con estos conocimientos básicos nos presentamos en la oficina de turismo, donde nos proporcionan documentación suficiente y donde compramos el Pass, una tarjeta dirigida a los visitantes, que, por 11 euros facilita el acceso a los principales monumentos durante un día, que es lo que pensamos estar.

    La oficina de turismo está en el inicio del boulevard Georges Clemenceau, una vía que separa la ciudad antigua de la nueva. Justo al lado, una placa muestra la convocatoria que Charles de Gaulle hizo desde su refugio de Londres, en junio de 1940, “a todos los franceses, dondequiera que se encuentren, a unirse a mí en la acción, en el peligro y en la esperanza. Nuestra patria está en peligro de muerte. Luchemos por salvarla”.

    Nos encaminamos a la vieja ciudad y enseguida llegamos a la plaza de la República, escenario de convivencia del poder civil, el ayuntamiento, y el poder religioso, la iglesia de Santa Ana, a la izquierda, y la de San Trófimo y su claustro, a la derecha.

    Nos sentamos en la misma plaza para tomarnos un respiro y enterarnos de que Arlés fue fundada por los griegos en el siglo VI a.C. con el nombre de Theline y conquistada sucesivamente por los celtas saluvios, que la llamaron Arelate, y por los romanos, que llegaron el año 123 a.C. y la convirtieron en una importante urbe. En el año 40 a.C. apoyó a Julio César frente a Pompeyo, que recibió el apoyo de Massalia (Marsella). Tras el triunfo de César, éste concedió a Arelate las posesiones que quitó a Marsella. La ciudad se convirtió en una colonia de veteranos de la legión romana VI Ferrata, la Colonia Juliana de Arlés de los soldados de la Sexta Legión.

    Arelate, con sus 400.000 metros cuadrados, alcanzó gran importancia en la Gallia Narbonensis, como prueban sus monumentos: un anfiteatro, un circo (del que quedan restos), un teatro y un arco triunfal, además de sus murallas y un puente, del que no quedan restos porque ha sido reemplazado por una construcción moderna.

    Su momento de esplendor romano fue en los siglos IV y V, cuando los emperadores la eligieron como cuartel durante sus campañas militares. Fue favorita de Constantino el Grande, que construyó unos baños termales cuyos restos aún se conservan. Aquí nació su hijo, Constantino II y Constantino III la hizo capital cuando se declaró emperador de Occidente, en el 408.

    La plaza fue asaltada por los sarracenos en los años 842 y 850. Durante siglos fue un gran puerto fluvial del Ródano hasta que la llegada del ferrocarril en el siglo XIX arrasó con el tráfico fluvial y ocasionó el declive económico de la ciudad.

    La fachada de la iglesia de San Trófimo es apabullante. En la puerta un cartel prohibe la entrada excepto a los asistentes a la misa. Dudamos si entrar, pero una señora señala con gesto severo las cámaras y nos invita a volver después. Volveremos tres veces más y las tres veces encontraremos la iglesia cerrada.

    Sabemos que se construyó a comienzos del XII sobre una basílica del siglo V, dedicada a San Esteban, que los ábsides originales fueron sustituidos en el siglo XV por un coro con deambulatorio y que fue catedral hasta que en 1801 fue convertida en iglesia parroquial y en 1882, declarada basílica menor por León XIII. La advocación de San Esteban fue desplazada cuando en 1152 se traen las reliquias de San Trófimo, cuyo nombre toma desde entonces. En su etapa catedralicia fue escenario de la coronación de Federico I Barbarroja como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y la de Carlos IV, rey de Bohemia.

    Dejamos a la guardiana de la iglesia y tomamos posiciones ante la extraordinaria portada: organizada a manera de arco triunfal, representa el juicio final. El tímpano muestra un Pantocrátor, con Cristo enmarcado en mandorla con el tetramorfos. En el friso del dintel, los apóstoles y en el friso que recorre la portada, el resultado del juicio final: a la derecha los condenados y a la izquierda los elegidos. Más escenas evangélicas: la Anunciación, el Bautismo, la adoración de los Magos, la matanza de los inocentes. En el nivel inferior, esculturas de santos vinculados a Arles: San Bartolomé, Santiago, San Juan Evangelista, San Pedro, San Felipe, San Esteban, San Andrés, San Pablo y, naturalmente, San Trófimo, la corte celestial en pleno.

    Llaman la atención las columnas de piedra oscura, cuyas bases están decoradas con esculturas de leones y de Sansón y Dalila. El catecismo al alcance de todos los fieles. Una acabada muestra de románico provenzal.

    El claustro tiene dos pandas románicas y dos góticas. La parte románica fue construida a caballo de los siglos XII y XIII, primero la galería norte y luego la oriental. Acabadas las obras, la ciudad inició un periodo de decadencia, con la marcha de los condes de Provenza; luego, la peste negra diezmó la población. Así que hasta finales del siglo XIV no se reanudaron las obras de las galerías sur, con detalles de la vida de San Trófimo, y oeste, con temas provenzales y de la vida de Santa Marta luchando contra el dragón, ya en estilo gótico. Coincidimos que el claustro está a la altura de cualquiera de los mejores que conocemos, que son algunos.

    En el arranque de la escalera, una escultura notable del escultor arlesiano Jean Turcan: El ciego y el paralítico nos recuerda las elecciones generales que ese mismo día se estaban celebrando en España.

    Sin reponernos de la impresión, seguimos ruta hacia el lado romano de Arlés. Casi limítrofe con la iglesia, se encuentra el Teatro antiguo, construido a finales del siglo I de nuestra era y con capacidad para 10.000 espectadores. Como estamos en verano, se encuentra dispuesto para las actuaciones estivales.

    A un tiro de piedra se encuentra también el Anfiteatro, la joya de los arlesianos, de la misma época que el Teatro y con capacidad para 21.000 espectadores, da sensación de solidez. Como en Arlés la afición taurina está realmente arraigada el Anfiteatro es aquí plaza de toros. Todo en la ciudad remite al toro, incluidos los menús. Arlés y Nimes son ciudades taurinas, con sus ferias en primavera y otoño. Como en tantas otras piedras milenarias encontramos los nombres de personas necias, empeñadas en dejar constancia de su necedad.

    Posponemos para otro momento la visita a los Criptoporticos -dobles galerías subterráneas en forma de herradura- y buscamos donde comer en alguna de las direcciones que les han proporcionado en el hotel. No se os ocurra acercaros a la plaza del Foro y menos aún al Café Van Gogh, que es para guiris y os clavarán, nos han advertido. Pasamos de largo, pues, de la plaza y tomamos la rue de las Termas en dirección a Docteur Farton cuando el Colega siente el olor de la cocina de un establecimiento que no puede ser más impropio -toda la decoración gira en torno a la corrida de toros- y donde el plato del día es ¡paella!

    Allí nos sentamos -a mí el sitio no me parece ni medio bien pero estoy demasiado contenta después de la visita a San Trófimo para protestar- y salimos del trance con una paella, tipo Benidorm, y una zarzuela de pescado, manifiestamente mejorable. El cocinero sale a saludar a la clientela y nos informa que aprendió a guisar en la Costa Brava.

    El casco histórico de Arlés es relativamente pequeño, de manera que es posible recorrerlo a pie sin demasiado esfuerzo. A pocos metros de la paella, en la calle Doctor Farton, se encuentra la Fundación Vicent van Gogh, un pequeño museo del artista holandés, que aquí vivió un año, de febrero de 1888 a mayo de 1889, con una actividad febril: más de 300 cuadros, entre ellos algunos de los más famosos. En Arlés le visitó Paul Gauguin, aquí ocurrió el incidente del corte de la oreja, tras una discusión entre ambos pintores y de aquí partió al asilo de Saint Rémy de Provence. El museo ofrece una muestra interesante de la obra de Van Gogh, con muy buenos retratos, y de algunos de sus contemporáneos influenciados por él.

    Cruzando el puente de Trinquetaille -por donde discurre el Camino de Santiago- se alcanza la orilla derecha del Ródano, donde se disfruta de hermosas vistas de Arles. Allí encontramos una antigua iglesia dedicada a San Martín, luego convertida en almacén de la Cooperativa del Sindicato de Criadores de Oveja Merina y actualmente dedicada a actividades culturales. El pragmatismo francés.

    Desoímos las advertencias y acabamos sentados en la Plaza del Foro, el primer día para tomar un refresco en Chez Arelatis, que resultó ser una buena elección, y el segundo, en el mismo Café Van Gogh, mientras la selección española caía ante la italiana, con gran alborozo local. En el pecado llevamos la penitencia.

    El camarero, además de perdonarnos la vida, nos hace esperar cerca de un cuarto de hora, nos sirve una cerveza caliente y nos cobra 15 euros por el favor. Estoy por cortarle la oreja al camarero, dice el Colega.

    La sangre no llega al río. Dejamos el café y seguimos nuestro paseo por las calles de Arlés disfrutando de sus fachadas floreadas, la decoración de sus casas y hacemos caso a la encontrada en nuestro callejeo: A la vida y al amor.

    Fotos: ©Valvar

  • Aviñon

    Aviñon

    Aviñón significa ciudad del río. Es una ciudad amurallada, una mole pétrea bordeada por el Ródano, una ciudad de apariencia medieval que durante un siglo fue capital de la cristiandad. En 1995 fue declarada, con fundado motivo, Patrimonio de la Humanidad.

    El cuarto día de nuestro periplo, cuando llegamos a Aviñón desde Nimes y Orange, ya hemos caído en la cuenta de que nuestro plan de viaje es demasiado ambicioso. A la altura del Pont de Gard hemos tenido que optar entre tomar el desvío que conduce hacia el gran acueducto o seguir hacia Orange para ver su teatro, romanos ambos. Optamos por seguir ruta, con harto pesar, consolándonos mutuamente con el argumento de que algo hay que dejar para una segunda vez.

    El teatro antiguo de Orange -gran Teatro de la Roma Imperial- es impresionante en su inmensidad. A pesar de que las gradas han sido restauradas, el estado de conservación es bastante bueno.

    Como ya va siendo habitual en este viaje, el teatro antiguo se encuentra cubierto de andamiajes para la programación estival. Sobre el escenario un buda sigue impertérrito el ajetreo que le rodea. Este escenario dos veces milenario acogerá un festival de ópera durante los meses de julio y agosto y en septiembre, todo el pueblo se encargará de dar vida a la IIª Legión gala. Un campamento romano cuyos restos se mezclan con naturalidad en el urbanismo del siglo XXI.

    Llegamos avisados de que Aviñón y coche son conceptos antitéticos; hemos oído, incluso, que a partir de determinada hora no se permite el tráfico rodado pero al llegar, hacia las 11 de la mañana, comprobamos que entrar se puede, lo que no se puede es aparcar porque no hay un espacio libre. En nuestro afán por alojarnos en lugar céntrico hemos encontrado un hotel en la rue de la Republique que no tiene aparcamiento. Finalmente, optamos por dejar el coche en el del mercado -les Halles- y, rápidamente, nos lanzamos al callejeo.

    A unos metros de la plaza del mercado encontramos la iglesia de Saint Pierre, con portada gótica, puertas renacentistas de madera, púlpito del XV y coro del siglo XVII.

    Pero en Aviñón todo queda disminuido ante la monumentalidad del palacio papal. Una especie de ciudad dentro de la ciudad amurallada. Mole y amurallamiento tienen su lógica pues en este recinto se atrincheraron los papas durante más de un siglo: entre 1309 y 1377, en el llamado Papado de Aviñón, y en el subsiguiente cisma, de 1377 a 1417. Esta historia tan poco edificante de lucha por el poder entre papas y reyes, primero, y entre papas y antipapas, después, me valió una buena nota en Religión de tercero de bachiller y el Colega, que ya ni se acuerda de qué nota sacó hace tantos años, escucha con atención la historia, que puedes encontrar aquí 👇

    Este peñón, un alto rocoso sobre el Ródano, conocido como el Rocher des Doms, donde se asienta el palacio de los Papas, ya estaba habitado en el neolítico, de manera que bien pudo haber disputado a Roma el apodo de ciudad eterna. Sobre este risco hubo una pequeña ciudad griega y luego, otra romana. Había sido sede episcopal desde el año 70 de nuestra era y arzobispado desde 1476. El papa Bonifacio VIII fundó una universidad que alcanzó fama por sus estudios de leyes y que llegó hasta la Revolución francesa. Pero Aviñón se hizo un nombre como capital de la cristiandad en el siglo XIV. La visión del monumento desde la plaza del Palacio explica cabalmente el significado del poder papal. En la misma plaza, frente al Palacio, se encuentra el Hôtel des Monnaies, la ceca papal, que fue edificado en 1617, pues la ciudad formó parte de los Estados Pontificios hasta la Revolución francesa.

    La residencia de los papas ocupa más de 15.000 metros cuadrados, sus muros tienen cinco metros de grosor, es la más grande de las construcciones góticas de la Edad Media y un importante palacio gótico. En realidad, lo que llamamos el palacio son dos: el viejo, de Benedicto XII, y el nuevo, de Clemente VI. Las obras se iniciaron en 1316 y acabaron en 1370 y en su decoración participaron artistas del momento como Simone Martini y Matteo Giovanetti. El recinto se completa con el Petit Palais, al oeste de la plaza, y la catedral románica de Notre Dame de Doms, en la parte norte del palacio.

    Durante el mes de julio, Aviñón es sede de un importante festival de teatro, de manera que el patio del palacio está acondicionado también para esta programación, lo que condiciona la visita e impide contemplar una parte del itinerario.

    Así y todo, el palacio impresiona. A mí me impresionó, incluso, más que el Vaticano pues si bien la sede de Roma es más grandiosa, rica y magnífica, las piedras de Aviñón son más explícitas: estos son mis poderes, ¿passa algo?, vienen a decir.

    Después de la visita, encontramos mesa en la plaza del Reloj, con el teatro de la Ópera a la vista. El Colega, que va cogiendo el punto a sus implantes dentales, elige un restaurante para desquitarse de los purés y merlucitas que se tiene comidos en este tiempo: La Boucherie (La carnicería). Pide un solomillo de buey y yo un carpaccio, ambos platos con las inevitables patatas fritas, de los que damos buena cuenta bajo una especie de carpa humedecida con chorritos de vapor que alivian las altas temperaturas. La plaza es uno de los epicentros de la gastronomía local y, efectivamente, está llena de familias aviñonesas y unos pocos forasteros.

    Tras el palacio, el segundo monumento de Aviñón es el puente Saint Bénézet o San Benito, sobre el Ródano. Hubo de ser impresionante con sus 22 arcos, porque sigue siéndolo con los cuatro que le han dejado las sucesivas avenidas del río. El puente es muy popular en toda Francia porque es motivo de una cancioncilla de cuna con la que han dormido casi todos los niños franceses. Sur la pont d’Avignon on y dance, on y dance…

    Más abajo del puente hay un embarcadero donde se puede tomar un barco para cruzar a la otra orilla del Rodano, la isla de la Barthelase, que forma el mismo río, convertida en un espacio para el ocio y el paseo.

    Entre las murallas y el río discurre un agradable paseo que permite contemplar con tranquilidad unas y otro. De aquí era la cantante Mireille Mathieu, por eso la llamaban el gorrión de Aviñón, le cuento al Colega, que es más de la música angloamericana y no tiene ni idea de quién le hablo.

    Entramos de nuevo en la ciudad por la puerta de la República, la calle comercial de Aviñon que va de las murallas a la plaza del Reloj, y llegamos a la zona del palacio, donde compramos una primera remesa de jabones, un molinillo de hierbas de la Provence y una cigarra de porcelana, que es el animal totémico de la ciudad. La señora que nos lo vende asegura que, colocada cerca de la puerta, su canto ahuyenta todo lo malo del hogar. Cuando volvemos a casa, colocamos al bicho en la pared de la habitación donde escribo. Las cortinas, movidas por el viento, activan el sensor óptico una y otra vez, en un incesante canto chicharrero, de manera que la pobre cigarra debe estar exhausta. El Colega, harto de oírla, le quita las pilas. De tiempo en tiempo, se las pongo de nuevo, solo por un rato, para que no pierda la voz.

    Callejeando nos hemos topado con una comitiva nupcial que sale del Ayuntamiento, un edificio neoclásico del siglo XIX, con un campanario del siglo XIV. La leyenda del frontispicio explica algunos de los vicios hispanos. No es lo mismo nacer en un país que tiene como lema: Libertad, igualdad, fraternidad, que en uno cuya máxima es: Non plus ultra. En el camino de bajada, una banda interpreta piezas de música ligera, entre otras, un pasodoble.

    Como nos ha gustado el sitio, volvemos a la plaza del Reloj a cenar. El Colega pide unos moules (mejillones) con las habituales patatas fritas, y yo, una sopa de cebolla. El lugar tiene su encanto y está fresco después de un día de mucho calor pero, con permiso de monsier Bocusse, he comido mejor sopa de cebolla en casa de mi amiga Nines, que es de Burgos.

    En Aviñón el comercio cierra a las 6 de la tarde, algunos a las 7, pero los bares y restaurantes del centro permanecen abiertos al menos hasta las 10, una hora avanzadísima para estos lares. Nos despedimos de la ciudad papal con la viva impresión de la mole palaciega. El poder pétreo.

    Fotos: ©Valvar

  • Puebla de Sanabria

    Puebla de Sanabria

    Puebla de Sanabria (Zamora) es uno de los Pueblos Bonitos de España, con su castillo, su iglesia románica, su arquitectura tradicional y su contundente y sabrosa gastronomía. La joya de una comarca en la Raya de Portugal, que es en sí misma un compendio de belleza paisajística.

    Guardábamos un grato recuerdo de nuestra estancia en esta comarca en noviembre de 2006, cuando disfrutamos de un tiempo soleado y un sol brillante. En julio de 2014, un día caluroso y radiante, iniciamos en Puebla de Sanabria la ruta por la región de Tras os Montes, siguiendo el periplo relatado por Julio Llamazares. Hemos vuelto en noviembre de 2023. Para completar nuestras experiencias en esta oportunidad nos recibe una llovizna persistente que alterna con niebla cerrada, que nos moja sin piedad y nos dificulta el paseo por sus calles y las fotos pero que no resta ni un ápice de belleza. Nos alojamos en el Parador, situado en el arrabal de San Francisco. Desde nuestro balcón podemos observar la puebla semioculta por la niebla, anocheciendo, iluminada en la noche, amaneciendo… Un espectáculo.

    Situada en una loma que se asoma al río Tera, sabemos que en el 569 la puebla de Sanabria ya existía porque en esas fechas en esas fechases citada en las actas del Concilio de Lugo. Alfonso IX le concede fueros en el siglo XIII. En 1220 es una fortaleza defensiva de los reinos de León frente a Portugal y una de las plazas de armas más importantes del reino. En el siglo XV, los condes de Benavente, señores de la Villa durante cuatro siglos, levantan su castillo que es, con la iglesia de Santa María de Azogue y la Casa Consistorial, los monumentos más importantes del lugar.

    El caserío del casco antiguo se desparrama por esta loma con algunos ejemplares de casonas, blasonadas o no, ricamente adornados, y otros de arquitectura popular, con balconadas y galerías acristaladas, algunos de ellos en regular estado de conservación. Puebla de Sanabria está catalogada justamente como Conjunto histórico-artístico.

    La construcción del castillo fue impulsada por Rodrigo Alonso Pimentel, y María Pacheco, IV condes de Benavente, siguiendo la costumbre de los nobles de la época, dados a atrincherarse en sus señoríos en sus contiendas frente al poder real. Levanta un recinto amurallado cuadrado con una torre redonda en cada esquina, de altos muros de sillería de granito que prolongan la muralla natural que conforma la meseta rocosa protegida por los cauces fluviales en la que se asienta la fortaleza. Un alcázar infranqueable.

    En el centro de este fuerte se alza la torre del homenaje, en buena medida oculta por la altura del muro perimetral, conocida como El Macho.

    El castillo ha tenido una vida accidentada: las guerras con Portugal en el siglo XVIII y con Francia en el XIX arruinaron sus muros. Abandonado el uso como fortaleza, en ruinas y abandonado, en 1895 el Estado lo cede al Ayuntamiento “hasta tanto se determine si será o no útil para la defensa de la frontera con Portugal, y, en caso negativo, la cesión será definitiva y de pleno dominio”. En 2022 fue declarado monumento bien de interés cultural. Actualmente, está dedicado a usos culturales: biblioteca, museo y casa de cultura.

    El castillo es un excelente mirador desde el que se contempla, si no hay niebla, el río Tera y buena parte de la comarca.

    Cerca del castillo se alza la iglesia de Nuestra Señora del Azogue, obra de sillería berroqueña del siglo XII, originalmente de estilo románico tardío, del que solo conserva los muros y las puertas sur y oeste. El resto fue reformado en el siglo XVI.

    Llama la atención la puerta del hastial de poniente. Las tres arquivoltas descansan en cuatro columnas-estatuas -las dos restantes se han perdido-, que representan a otros tantos personajes. Las del lado derecho se han identificado como reyes, las de la izquierda personajes ataviados con atuendos de la época.

    Los capiteles muestran motivos vegetales y Adán y Eva, la serpiente y un esquemático árbol de la vida.

    Sobre esta puerta se abre un óculo románico con chambrana adornada en ajedrezado.

    La esbelta torre de la iglesia dobla en altura la del hastial sur, semejando la hermana mayor de éste.

    Las arquivoltas de la puerta sur, también románica, presentan decoración geométrica y apoyan en jambas.

    En esta ocasión encontramos la iglesia cerrada a cal y canto, pero recordamos haberla visto en nuestra primera visita. El crucero y la cabecera son góticos, cubiertos por bóvedas de crucería estrellada. Conserva una pila bautismal románica del siglo XIII y un órgano del XVIII que estuvo en funcionamiento hasta 1930.

    En la misma plaza donde se alza la iglesia se encuentra la Casa Consistorial, de sillería granítica. La fachada es del siglo XV, con dos plantas porticadas y dos torreones a ambos lados.

    Casi colindante con esta iglesia se encuentra la ermita de San Cayetano, del siglo XVIII, barroca.

    En Puebla de Sanabria hay también un museo de Gigantes y Cabezudos, con 33 cabezudos y 10 gigantes.

    La población de Puebla de Sanabria se expandió al otro lado del río Tera por el arrabal de San Francisco, nombre que toma del convento de este nombre. Ocupado antaño por frailes franciscanos, ahora se utiliza para actividades docentes. La iglesia, abierta al público, sirve de apoyo a la parroquial.

    Antes de irnos hacemos acopio de los «habones» de la Puebla de Sanabria, unas enormes y ricas alubias blancas, que hemos probado en el Parador. Esperamos tener la oportunidad de volver.

    Fotos: ©Valvar

  • Albi

    Albi

    Albi fue fundada en tiempos del imperio romano, con el nombre de Albiga. En los siglos XII y XIII, es testigo del desarrollo de la secta religiosa conocida como los cátaros o albigenses, originada en Toulouse. La catedral de Santa Cecilia y el palacio de la Berbie conforman la Ciudad Episcopal, declarada Patrimonio de la Humanidad.

    Llegamos a Albi a media tarde, cuando ya no hay ningún monumento abierto, así que aprovechamos para pasear por la ciudad. Bordeando el palacio de la Berbie llegamos hasta el Puente Viejo, que pasa por ser uno de los más antiguos de Francia -construido en el 1040-, y fue y sigue siendo una de las vías de acceso a la ciudad, pues aún se mantiene en uso. Al otro lado del río Tarn, hasta donde se extiende la llamada Ciudad Episcopal, con el sol dando brillo a los muros rosas de sus monumentos, destaca aún más el poderío del palacio y la catedral, capaces de amedrentar al más osado.

    Nos acercamos a la orilla del río con el propósito de obtener una buena vista de la ciudad y distinguimos en el agua unos peces enormes. Mientras tratamos de identificar si son barbos o carpas, lo usual en los ríos que conocemos, vemos con asombro que uno de esos bichos sale del agua y se lleva limpiamente en la boca una de las palomas posadas cerca del agua. ¿Has visto lo mismo que yo?, nos preguntamos. Sin ninguna duda. Según nos informamos después, los peces del Tarn son siluros que, entre sus hábitos, tienen los de capturar las palomas que se ponen a su alcance. Nos quedamos un rato más para ver si podíamos captar semejante hazaña pero los peces no repitieron actuación.

    Al día siguiente, madrugamos y nos dirigimos a la oficina de turismo, situada en una dependencia del palacio Berbie, en la plaza de Santa Cecilia, compramos el Albi City Pass y nos lanzamos a descubrir los secretos de la ciudad, empezando por la catedral de Santa Cecilia, a la que se accede por la puerta Dominica de Florence, de finales del siglo XIV.

    Lo primero que descubrimos es que se trata de un edificio de ladrillo, enorme, pero ladrillo. El segundo, que por muy catedral que sea, lo que tenemos a la vista es un castillo defensivo con todas las de la ley, con una torre campanario de 78 metros de altura.

    La austeridad exterior tiene su contrapunto en la suntuosidad interior, distinta a todo lo que conocemos. Todo es aquí superlativo: con sus 113 metros de largo y 35 de ancho, se trata de la mayor catedral de ladrillo del mundo; de los frescos de la bóveda -97 metros de largo por 28 de ancho- realizados entre 1509 7 1512 se dice que son el mayor conjunto de pinturas renacentistas realizadas en Francia, se lee como una Biblia ilustrada.

    Las pinturas bajo el órgano (1477-1484) constituyen el mayor Juicio Final del mundo; los órganos (siglo XVIII) son también los más grandes de Francia; un coro que es una iglesia dentro del recinto catedralicio y casi dos hectáreas de pinturas decorativas que cubren por completo el recinto sagrado.

    El color azul que cubre el techo del coro es conocido como azul de Francia o azul real y en su elaboración se utilizó lapislázuli y óxido de cobre, lo que explicaría su buen estado de conservación. Es el testimonio de la fe cristiana tras la herejía cátara. Una obra maestra del gótico meridional.

    El folleto que nos han dado en la oficina de turismo indica que el horario de visita es de 9 a 18,30 horas pero a las 9 en punto, cuando pretendemos acceder al coro, el vigilante nos indica que él no abre hasta las 9,30. Pues aquí dice que a las 9, le digo, mostrándole el folleto. Pues yo digo que a las 9,30, responde el buen hombre. Tengo edad suficiente para saber que no vale la pena desperdiciar energías discutiendo con un hombre de uniforme, cualquier que sea este, así que optamos por recorrer de nuevo la catedral y contemplar la réplica de la Santa Cecilia de Stefano Maderno, cuyo original habíamos admirado en la basílica de Santa Cecilia en el Trastevere de Roma. Cuando el hombre uniformado se decide a abrir contemplamos las dos salas del tesoro, con objetos de arte sacro de entre los siglos XIV al XIX.

    El coro de canónigos es en realidad una iglesia dentro de la catedral. Una valla de encaje de piedra blanca le separa de la nave. Nos quedamos boquiabiertos ante tal exuberancia, obra de artistas franceses en el siglo XV, adornado con una estatuaria policromada realizada por maestros borgoñones. Dos centenares de estatuas que hacen de ella la estatuaria más importante de Francia del final de la Edad Media.

    Para estar a tono, el órgano realizado por Chistophe Moucheres en el siglo XVIII es un instrumento de 16,40 metros de ancho por 15,30 de alto, tiene más de 3.500 tubos, cuatro teclados, 43 registros… Es el órgano más clásico de Francia.

    Ciertamente, lleva su tiempo sobreponerse a la impresión que produce esta catedral. Para descomprimir el espíritu pasamos a visitar el palacio de la Berbie o de los obispos. Es otra muestra imponente de arquitectura militar, construido en una meseta sobre el río Tarn, lo que aumenta su aspecto de fortaleza, una afirmación del poder de los obispos sobre el poder civil. El palacio de la Berbie y la catedral de Santa Cecilia conforman un conjunto conocido como la ciudad episcopal, catalogado como Patrimonio de la Humanidad desde 2010.

    Actualmente, la Berbie está ocupado por el museo Toulouse Lautrec, albigense de nacimiento, que reúne la mayor colección de obras de este pintor. La visita al palacio se completa con un recorrido por las terrazas y el jardín, con magníficas vistas.

    Brujuleando por la ciudad nos asombramos ante la torre campanario de San Salvi -primer obispo de la ciudad de Albi-, que viene a ser el contrapunto de la de Santa Cecilia. Está rematado por un torreón que llaman “gachol”, algo así como mirador en occitano, pues desde aquí se vigilaba a quienes se acercaban a la ciudad.

    La iglesia de San Salvi se construyó entre los siglos XI al XIII sobre la supuesta tumba del santo y es el resultado de una rara mezcolanza: piedra y ladrillo, románico y gótico. Desde el siglo XI está rodeado por un anillo de calles comerciales que se conoce como la Rueda de San Salvi.

    Del claustro, con su jardín de plantas medicinales y especias, apenas queda un ala, con arcos románicos pero el conjunto tiene un gran encanto, un lugar de sosiego entre la barahúnda del entorno. Los monjes de San Salvi cultivaron en este claustro un jardín de hierbas medicinales y aromáticas. Aún ahora el Ayuntamiento mantiene una zona de plantas comestibles. Los paneles de información indican el periodo en que se puede recoger cada planta.

    Al lado, a la sombra de los muros de la vieja iglesia, elegimos para comer el restaurante «Le cloître». Pido unos caracoles a la bourgiñona, que al Colega no le gustan, y un confit de pato, realmente buenos. El sigue resarciéndose de su obligada dieta blanda con un entrecot, talla XL, con las obligadas patatas fritas y una ensalada.

    Aparte de la huella episcopal en la ciudad otra de las señas de identidad de Albi es el uso generalizado del ladrillo de la zona, que llaman brique foraine. En las estrechas calles de la ciudad medieval se encuentran muchas casas de ladrillo con el entramado de madera, en las casas nobles los marcos de puertas y ventanas son de piedra. En el número 1 de la calle Croix Blanche se levanta la Casa del Viejo Albi, modelo de este tipo de arquitectura tradicional.

    En nuestro brujuleo por las calles de la vieja ciudad pasamos junto a la casa donde nació Henry de Toulouse Lautrec, omnipresente en la ciudad a través de sus frases que se ven en los escaparates del comercio local, y aprovechamos la visita al mercado para comprar algunas delicatessen de la zona.

    Descubrimos también el Grand Théâtre des Cordeliers, obra del arquitecto y urbanista Dominique Perrault. El edificio está cubierto por una malla de aluminio de color cobre dorado. Subimos a la terraza, ocupada por un bar-restaurante, desde la que se contempla toda la ciudad, y nos tomamos una copa. El lugar se llama «La part des Anges» (La parte de los Ángeles). No se nos ocurre mejor manera de despedirse de Albi.

    Fotos: ©Valvar

  • Nimes

    Nimes

    Nimes tiene origen celta pero su principal patrimonio monumental es romano. Venimos por la afición del Colega a todo lo galo -empezando por Asterix y Obélix- pues la información que hemos recabado es más bien desalentadora: Nimes no es la bulliciosa Marsella, ni la elegante Montpellier, ni la amurallada Avignon, la torera Arles, la teatral Orange, la ducal Uzès o la veneciana Sète pero comparte el sol, una cierta calma plácida entre sus habitantes. Le falta decir, puede usted pasar de largo. Se diría que la ciudad está necesitada de una buena campaña publicitaria.

    Pero el colega quería venir a Nimes y aquí estamos, pisando el albero de la Arena, el anfiteatro romano mejor conservado del mundo, dice la información turística, construido a finales del primer siglo de nuestra era. Aparentemente está bien conservado, lo que parece milagro, teniendo en cuenta la afición de los nimeños a meter mano en él a lo largo de los siglos. Los vizcondes de Nimes tuvieron la idea de construir dentro su palacio-fortaleza, con el tiempo se fueron levantando casas alrededor del palacio hasta contarse unas cien viviendas y dos capillas. Así, hasta que en el siglo XVIII se derribaron todas ellas y se le devolvió su aspecto original. En el coso se celebran corridas de toros y espectáculos varios. Nuestra visita coincide con la celebración de los festivales de verano así que el anfiteatro aparece semicubierto con una estructura metálica muy poco romana, francamente.

    La historia de Nimes arranca en el siglo VI antes de nuestra era, cuando la tribu celta – los volcos arecómicos-, se instala en torno a una fuente de agua abundante, a la que levantan un templo. El año 120 a.C. los volcos reciben a los romanos, con quienes pactan una alianza para ayudarlos en la Guerra de las Galias, a cambio de mantener su religión y su cultura. Los romanos bautizan a la ciudad como Nemausus y la llenan de monumentos como espejo de la romanización en la Galia. Premonitoriamente, los romanos la convierten en lugar de apacible retiro para muchos de los veteranos de Julio César.

    En el 462 cae en poder de los visigodos, en el 719 es conquistada por los árabes y en el 754 por los carolingios, que le hacen sede de un condado. En 872 pasa al conde de Tolosa. En 1215 es ocupada por los cruzados de Simón de Montfort pero un año después vuelve bajo la soberania de los vizcondes de Trencavel hasta que Luis IX lo incorpora a la corona. Fue un bastión hugonote durante la reforma y, tras un periodo de decadencia, en el siglo XIX inicia una etapa de prosperidad económica. El vecindario trabaja, primero, en la industria textil, cuya producción se exporta a Europa y América y, luego, el cultivo de la vid y la elaboración de vinos, que se transportan a través del canal del Midi y del ferrocarril. En la segunda década del siglo XXI Nimes es una pequeña ciudad de unos 150.000 habitantes.

    Su patrimonio principal son el anfiteatro o Arena, la Maison Carrée, las murallas, la Torre Magna y el Templo de Diana, estas últimas en los jardines de la Fontaine.

    La Maison Carrée –la Casa Cuadrada- es un templo de mármol construido en el año 16 a.C. por Augusto, con seis columnas en la parte frontal y diez en los laterales, de las que ocho están integradas en los muros. Es el templo más antiguo que se conserva íntegramente. Lo cual tiene su mérito porque nimeños y visitantes acostumbran a solazarse sobre las venerables piedras y, según nos contaron en el lugar, los fines de semana es punto de reunión para la movida local.

    En la misma plaza, ocupando el lugar del foro, Norman Foster ha ideado un edificio transparente que mira a la Maison Carrée y que acoge el museo de Arte Contemporáneo. Al Colega le parece un edificio insustancial, a mí, en cambio, me gusta.

    En un lateral de la plaza se extienden varias mesas, con sus correspondientes sombrillas, atendidas por un cafetín que toma el nombre del monumento. Elegimos el lugar para comer a un paso de la Maison Carrée y erramos. El Café Carrée tiene una carta mediocre y un mal servicio. Nos hacen esperar bajo un sol que no logra paliar la sombrilla, comemos regular y nos vamos asados al punto mientras los camareros se pasean entre las mesas como si fueran modelos de alta costura.

    En las últimas décadas Nimes ha apostado por una arquitectura de vanguardia que, además del mencionado Norman Foster, incluye proyectos de Jean Nouvel, Vittorio Gregotti, Kisho Kurokawa, Mieko Inoue, Martial Raysse y Jean-Michel Wilmotte.

    La apuesta vanguardista llega a su propio logotipo, diseñado por Philippe Starck. En él aparece un cocodrilo atado a una palmera, en memoria de la batalla de Actium, en el año 31 a.C., cuando las naves del emperador Augusto, en las que batallaban los guerreros volcos aliados de Roma, derrotaron a Cleopatra y Marco Antonio, lo que suponía la dominación del litoral mediterráneo. En conmemoración de aquella victoria se acuñó una moneda en la que aparecía el cocodrilo atado a la palmera, símbolo del sometimiento de Egipto al Imperio romano, y la leyenda COL NE, esto es, Colonia Augusta Nemausus, expresión de la alianza de Nimes y Roma. La imagen del cocodrilo y la palmera es omnipresente en la ciudad.

    En los jardines de la Fontaine se pueden contemplar varios restos arqueológicos: la Torre Magna, que era la más alta de la muralla, y, al estar en la cima del monte Cavalier, puede verse desde cualquier punto de la ciudad. De la muralla romana, que tenía siete kilómetros de longitud, nueve metros de altura y dos de anchura, apenas quedan algunos fragmentos y dos puertas. Ha perdido uno de los tres niveles que tuvo y aún así mide 32 metros de altura. Aunque se puede acceder en coche hasta muy cerca de la torre, ascendemos a pie la cuesta con la esperanza de disfrutar de la vista panorámica que, dicen, se contempla desde ella pero cuando llegamos hace cinco minutos que se ha cerrado al público.

    Iniciamos el descenso en busca del templo de Diana, por caminos sombreados y entre trinos de aves diversas. El Colega va entonando un canto a la naturaleza, que se muestra exuberante en este jardín del siglo XVIII, pero yo, que aún no me había recuperado de las escaleras del anfiteatro de la mañana, voy jurando en arameo por lo bajinis.

    El templo de Diana se encuentra a la izquierda de la entrada principal del jardín, donde concluye la avenida Jean Jaurés. En realidad son unas ruinas en regular estado de conservación pero con un cierto aire romántico muy a tono con el lugar.

    Hacemos una pausa en nuestro recorrido nimeño para tomar un refresco bajo la torre del Reloj, en la plaza que lleva su nombre y que viene a ser el corazón de la ciudad medieval, una zona que durante el día está atestada. Porque en Nimes coexisten tres ciudades superpuestas: la romana, la medieval y la moderna. Las campanas de la torre del Reloj marcaban las horas, advertían de incendios y llamaban a los ediles a las sesiones municipales. Es el símbolo del poder de la ciudad, aunque el Ayuntamiento se trasladó a su emplazamiento actual en 1702. La torre se reconstruyó en 1754, cuando amenazaba derrumbarse. A finales del siglo XIX se derribó el antiguo Ayuntamiento, quedando la torre aislada, convertida en el único adorno de la plaza. Ella y la catedral son los exponentes de la riqueza medieval nimeña.

    La catedral de San Castor fue construida en 1646 sobre restos de una iglesia merovingia del siglo XI levantada con restos romanos, demolida y reconstruida dos veces en los siglos XVI y XVII. Estamos a punto de pasar de largo, pero, al acercarnos, descubrimos el friso que se extiende en la parte superior de su fachada, tenido por uno de los mejores exponentes de la escultura románica en el midi francés. A partir de Adán y Eva, ahí está la biblia en piedra. Los seis primeros grupos escultóricos son obra del siglo XI, el resto son algo posteriores.

    En cambio, al pasar por la iglesia de San Pablo creemos ver indicios románicos y allá que nos vamos. No hay que fiarse de las apariencias, se trata de una construcción neorrománica-bizantina, del siglo XIX. Los coloristas frescos del interior son obra de Hippolyte Flandrin.

    Volvemos a la plaza del Reloj hacia las 7 de la tarde y encontramos que bares, restaurante y comercios hace una hora que han cerrado. A las 8, con el sol todavía alto, no hay nadie en la calle. Este horario, que sin duda es bueno para la conciliación, no es lo que se entiende por un jolgorio. Ahora, como tranquila, no cabe duda de que Nimes es una ciudad tranquila.

    Fotos: ©Valvar

  • Vallbona de las Monjas

    Vallbona de las Monjas

    Vallbona de las Monjas es uno de los vértices del triángulo monástico cisterciense catalán que se cierra con Poblet y las Santes Creus, femenino el primero, los dos últimos masculinos, a derecha e izquierda de la autovía AP-2, que une Lleida con Tarragona.

    Como somos visitantes habituales de esta zona conocíamos bien los monasterios de Poblet y Santes Creus, no así el de Vallbona de las Monjas, cuya visita se nos había frustrado en alguna ocasión. En nuestra excursión de octubre de 2023, abandonamos la autovía en Les Borges Blanques, aprovechamos para comer la rica comida catalana en la Masía Les Garrigues, y, siguiendo las órdenes del GPS, llegamos al monasterio justo a tiempo de inscribirnos en la visita guiada de las cuatro de la tarde, que se anuncia en catalán.

    El día ha salido otoñal, el sol no aparece y a ratos llovizna, si nos esperamos a la visita en castellano de las cinco no tendremos luz para las fotos. Hasta unos minutos antes de empezar somos los únicos visitantes, la guía nos advierte que ella se adapta igual a una lengua que a otra, si no hay nadie más nos explicará en castellano. Pero, en el último momento, llega un grupo de señoras y luego otra pareja hablando catalán así que nos hacemos un Aznar y seguimos la visita en la lengua de Mercè Rodoreda y Ausias March. Entendemos casi y todo y lo que no, lo preguntamos.

    En una sala que se abre en el ala este nos proyectan un vídeo en el que se narra la historia del monasterio. En este valle donde se levantó el recinto monacal hubo anteriormente agrupaciones mixtas de ermitaños, que luego se organizaron en comunidad doble, fundada por Ramón de Vallbona, bajo la regla de San Benito. Existen documentos que lo datan en 1153.

    En 1175 los monjes se trasladan a Montsan y la comunidad femenina adopta la Orden del Císter bajo el mandato de la abadesa Oria Ramírez, llegada del monasterio de Tulebras (Navarra). La abadía desecó el valle y promovió el asentamiento de nuevos residentes y la creación de granjas. Enseguida se extiende en nuevas fundaciones cistercienses: Sant Hilari de Lleida, Bonrepós en la Morera del Montsant, la Saidia en Valencia, el Pedregal en Barcelona…

    Vallbona contó con el impulso de Alfonso I el Casto y de su esposa, la reina Sancha de Castilla, que aquí fijaron su corte itinerante durante algún tiempo. Jaime el Conquistador y Alfonso el Sabio también se alojaron en Vallbona con sus esposas y sus cortes. El papa Inocencio III concedió al monasterio inmunidad, protección de bienes e independencia del episcopado.

    Centro de espiritualidad y de influencia política, desde sus inicios, el monasterio recibió cuantiosas donaciones que conformaron un gran patrimonio. La abadesa Saurena de Anglesola compró al rey Pedro III de Aragón la jurisdicción civil y militar de estas posesiones, estableciendo el Señorío con gran extensión y jurisdicción propia. La comunidad alcanzaba por entonces 150 monjas, procedentes de las mejores familias del condado de Urgel y de Cataluña.

    Una prueba de la vitalidad de la comunidad femenina de Vallbona es que tuvo su propia escuela monacal, donde las doncellas de la nobleza aprendían gramática, caligrafía, liturgia, música, bordado o miniatura. Esta escuela tenía un scriptorium, en el que las monjas copiaban e iluminaban los códices.

    El concilio de Trento (siglo XVI) prohibió la existencia de monasterios femeninos aislados, lo que impulsó la creación de una nueva población con gentes procedentes de Montesquiu en terrenos cedidos por las monjas alrededor del recinto monacal.

    No todo fue vida y dulzura en Vallbona. En el siglo XVII litigó con el monasterio de Poblet por una cuestión de tributos. Eso, unido a los daños ocasionados por las guerras de los Segadores (1640-52), de Sucesión (1705-17) o del Rosellón (1788-95) contribuyeron al declive del cenobio. La exclaustración y la desamortización del siglo XIX obligaron a la comunidad a ausentarse durante medio año, pero causó menos daños que al vecino Poblet, con el que, inevitablemente, se sigue midiendo Vallbona. La muralla que en parte rodea los edificios monásticos perduró hasta 1920, cuando fue desmontada. El monasterio fue declarado monumento histórico artístico en 1931.

    La visita guiada comienza por el claustro del monasterio, un espacio de forma trapezoidal que habla de la historia del cenobio desde los siglos XIII al XVI, cada una de sus pandas corresponde a un siglo y estilo diferente. A partir del ala sur, la más antigua y de estilo románico, se observa una evolución hasta el ala norte, claramente ojival. El ala de poniente es neorrománica con elementos renacentistas. Todas ellas en la austeridad ornamental propia del Císter. En el ala este se abre el acceso a la farmacia que suministraba remedios a los pueblos del Señorío.

    En la panda norte se ha abierto una capilla dedicada a la Virgen del Claustro (XII), escultura que probablemente fuera la que presidía el templo durante el periodo románico.

    Desde este ala se accede a la sala capitular, del siglo XIV, donde se puede ver una imagen de la Virgen de la Misericordia, de alabastro policromado, atribuida a Pere Joan (XV, autor de la fachada del palacio de la Generalitat de Barcelona) y lápidas sepulcrales de las primeras abadesas.

    La puerta exterior (XIII), es lo más románico de la iglesia. En su tímpano aparece el que se tiene por uno de los relieves de la Virgen. El muro de la iglesia tiene adosadas varias tumbas.

    Pero las monjas acceden al templo desde la sala capitular. Este es construcción de los siglos XII y XIII, de transición del románico al gótico. Es de planta de cruz latina, de una sola nave y tres ábsides cuadrados. La crucería ojival de la cubierta es obra del XIV, sustituyendo a la bóveda románica.

    La iglesia es, en parte, un panteón de nobles: en el presbiterio están las tumbas de la reina Violante de Hungría, esposa de Jaime I, y de su hija Sancha; en un ala del crucero se encuentran los sepulcros de los señores de Guimerá (XIII), de muy buena factura; y en el suelo del recinto sacro se reparten lápidas sepulcrales de abadesas.

    Preside el culto una Virgen del coro, de piedra policromada, debida a Guillem Seguer (XIV).

    Tiene esta iglesia la particularidad de poseer dos cimborrios, el primero, en la intersección de la nave con el crucero, es de planta octogonal sobre trompas, con las campanas de las horas.

    El segundo cimborrio campanario tiene forma de linterna de ocho caras. Aparte su indudable belleza, es una audaz obra de arquitectura medieval. De 30 metros de altura y 6,5 metros de diámetro, se apoya totalmente sobre bóvedas que carecen de contrafuertes. El arquitecto e historiador Domenech Puig y Cadafalch, que dirigió la restauración en 1922, lo calificó como “el monumento más atrevido del medievo catalán”.

    La construcción de este cimborrio fue impulsada por la abadesa Elisenda de Copons, cuyo mandato (1340-48) coincidió con el periodo de máximo esplendor del monasterio. Algunas fuentes creen que la iniciativa es un asunto de rivalidad entre hermanos, de tener por cierto que Elisenda era hermana del abad de Poblet, Ponç de Copons, que por entonces estaba construyendo el cimborrio de la iglesia monacal. La abadesa ocupa por mérito propio un lugar preferente en el solar de la sala capitular.

    En el coro, junto a la reja, se encuentra la capilla del Corpus Christi. De su altar proceden los dos antipendios, tapices del siglo XIV, que se exponen en el Museo Nacional de Arte de Cataluña. Lo cual da una idea aproximada de las riquezas que llegó a acumular el cenobio.

    El monasterio se ayuda para su mantenimiento con una hospedería y la venta de artículos de artesanía realizados por una de las monjas con la que, para variar, hemos pegado la hebra. La religiosa elogia lo bien que se habla castellano en Burgos y, a cambio, nosotros compramos una de sus piezas. Si no fuera porque vamos con la agenda apretada nos quedábamos en la hospedería.

    Fotos: ©Valvar y MNAC

  • Los Amantes de Teruel

    Los Amantes de Teruel

    Amores que terminan trágicamente los ha habido en todo tiempo y lugar. Entre nosotros, ninguno tan famoso como los que unieron a Isabel y Diego, los Amantes de Teruel. No está claro si lo suyo fue real o es solo leyenda, tampoco importa mucho, cada año la ciudad revive su historia como si acabara de suceder.

    Lo que haya de cierto ocurrió en el siglo XIII cuando Teruel aún era plaza fronteriza con las taifas musulmanas de Valencia. Juan Diego Martínez de Marcilla, un joven segundón de familia con escasos bienes, se enamoró de Isabel de Segura, rica heredera. La joven correspondía a ese amor, pero el padre impuso que antes de casarse el novio debía acreditar disponer de 30.000 sueldos, cantidad en que cifraba la dote de Isabel, y le concedió un plazo de cinco años para cumplir su exigencia.

    El joven se fue a la guerra, única forma de hacerse rico, y ella quedó esperándolo. Diego no dejó de pensar en su amada; Isabel no dejó de esperar. Hasta que a punto de expirar el plazo alguien dejó correr la noticia de que el pretendiente había caído en la guerra y el padre arregló la boda de su hija con Pedro de Azagra, hombre rico y poderoso, hermano del señor de Albarracín.

    Entretanto, Diego no solo seguía vivo sino que había conseguido acumular una fortuna que triplicaba la cantidad requerida. El mismo día que se celebraba el enlace cruzaba la puerta de la Andaquilla. Desesperado al conocer el enlace de su amada, esa noche escaló a la habitación de Isabel. Bésame, que me muero, le pidió. Ella, casada fiel, se lo negó. Diego murió allí mismo.

    Isabel contó al marido lo ocurrido y optaron por depositar sigilosamente el cuerpo de Diego en la puerta de la casa de los Mancilla. Al día siguiente, la familia llevó el cuerpo a enterrarlo a la iglesia de San Pedro, con gran duelo de toda la población.

    Isabel asistió al funeral, oculta entre el cortejo fúnebre, como recuerda un mosaico en la calle que conduce a la iglesia. Se acercó al cuerpo del difunto y le dio el beso que antes le había negado. Luego, también ella quedó muerta junta a su amado. Al conocer lo ocurrido, las familias de ambos decidieron enterrarlos juntos.

    Historias similares han sido materia literaria desde Bocaccio a Tirso de Molina y otros autores. Hartzenbusch escogió a los Amantes para uno de sus dramas; Bretón compuso una ópera,

    (Los Amantes de Teruel. A. Muñoz Legrain. Museo del Prado)

    Muñoz Degraín pintó un cuadro y, finalmente, Juan de Ávalos les dio cuerpo de mármol, uniendo sus manos en un roce eterno.

    Bajo estas esculturas descansan los restos de una pareja, hallados en la capilla de San Cosme y San Damián de la iglesia de San Pedro, aneja al mausoleo de los Amantes. ¿Son estos los de Isabel y Diego? Puede que sí o puede que no. A fin de cuentas, ¿qué más da? Los visitantes que cada año acuden por miles a Teruel y visitan el mausoleo rinden homenaje al amor de dos jóvenes amantes separados en vida y unidos en la eternidad. Y para eso no se necesitan muchas pruebas.

    Los turolenses, dados a resolver todas las cuestiones en fiesta, evocan cada año la partida de Diego y las bodas de Isabel, convirtiendo la ciudad en una villa medieval como hubo de serlo en el siglo XIII. No es una broma, la fiesta está declarada de Interés Turístico Nacional.

    Nosotros recordábamos el sepulcro de los Amantes como un espacio oscuro y bastante tétrico. Nada que ver con lo que nos hemos encontrado. La ciudad, sabedora de lo atractivo de su historia, ha convertido a los Amantes en uno de los polos de interés turístico, ha creado su propio espacio, muy bien creado, por cierto, de manera que el visitante vive una inmersión en la leyenda.

    Empezamos, pues, la visita a Teruel por el mausoleo, sacamos entradas para visitarlo junto con la iglesia de San Pedro, de la que solo recordábamos la torre. Nos dispusimos a hacer fotos como si tuviéramos que cubrir la noticia de la boda, hasta que un vigilante nos indicó que podíamos acercarnos al cenotafio y fotografiarlo más cerca.

    La instalación simula una dependencia antigua. En un rincón vemos una vasija convertida en cápsula del tiempo. El 19 de diciembre de 2017, al cumplirse los 800 años de la historia de los Amantes, los turolenses del presente depositaron en ella objetos y mensajes dirigidos a los del año 2117, cuando se cumpla el noveno centenario y se abra la vasija.

    El mausoleo, aparte de situar cronológica e históricamente la historia de los Amantes, ha recopilado algunos de los lienzos que la evocan, conformando un espacio ameno y didáctico.

    Desde el mausoleo se accede a la iglesia de San Pedro, de historia casi tan trágica como la de los Amantes. Construida alrededor de 1319 sobre un templo románico del XII, en 1873 sufrió un incendio ocasionado por un rayo que dañó el templo y el claustro. La reforma a comienzos del siglo XX fue radical, a cargo de Pablo Monguió. La iglesia pasó de mudéjar a neogótica, con la colaboración del pintor Salvador Gisbert. Lo que encontramos parece recién pintado después de la última reforma, muy vistoso, ciertamente. ¿Cómo se nos puede haber olvidado una iglesia tan bonita?, pregunto al Colega, preocupada por mi desmemoria. Eso digo yo, me responde. El vigilante nos aclara que la iglesia ha estado cerrada desde los años 70. La restauración de iglesia, claustro y torre se ha prolongado desde 1993 a 2005 y en 2008 se reabrió al público. ¿Cómo íbamos a recordar lo que no habíamos visto?

    El claustro, de finales del siglo XIV, es uno de los cuatro claustros mudéjares de Aragón. La reforma de Monguió consistió en un enlucido de cemento imitando sillería y añadiendo tracerías neogóticas a los arcos, que se deterioraron rápidamente, lo que más tarde obligó a desmontarlas. Las ménsulas que adornan sus muros, también muy vistosas, corresponden a la restauración concluida en 2008.

    Aneja a iglesia se levanta la torre mudéjar del XIII, coetánea del campanario de la catedral y similar en su ornamentación. Es una torre-puerta, de tipología cristiana, dividida en pisos en el interior. Resultó muy dañada durante la guerra civil de 1936 y restaurada posteriormente, eliminando el remate neoclásico que había sido añadido en 1795.

    Sumergidos como estamos en la historia de los Amantes le convenzo al Colega para acercarnos al Rincón del Beso, un lugar habilitado por la ciudad para que las moñas como yo nos fotografiemos dándonos el pico con el propio (alternativamente, con quien cada cual quiera).

    Nos dirigimos al sur de la ciudad, donde se abre otra construcción emblemática: el viaducto viejo. Fue construido en 1929 por el ingeniero Fernando Hué, de quien toma el nombre, con el propósito de mejorar la comunicación de la ciudad con el Levante y facilitar la expansión urbanística al sur. Su gran arco central de hormigón armado fue récord español en su momento. El viaducto, en efecto, da paso al barrio del Ensanche, con casas de buena factura, el barrio de una burguesía con posibles.

    Atravesamos el puente en busca del parque, donde se encuentra dicho Rincón, que en su inauguración produjo alguna controversia por su similitud con el logotipo del PP, que gobierna en la ciudad. Ajenos a la polémica, llegamos al lugar cuando cae la tarde. Estamos solos, nos cuesta encontrar alguien que nos haga la foto hasta que pasa una señora que se presta a ello. Pero nos da apuro darnos un beso delante de una persona extraña y posamos muy formalitos. Cuando nos quedamos solos de nuevo intentamos un selfie, empeño imposible porque no somos capaces de pulsar la cámara y besarnos a la vez. Nos da la risa y nos quedamos sin la foto moñas.

    A cambio descubrimos el mirador, desde el que se divisa una preciosa vista de la ciudad. Teruel nos regala una hermosa puesta de sol que tiñe de oro la ciudad y todo lo que nos rodea.

    Fotos: ©Valvar

  • Teruel

    Teruel

    Teruel existe, sí y bien vale una visita. Tres son los polos de atracción que seducen a los visitantes: su mudéjar, las construcciones modernistas y los Amantes. No es lo único, pero sí lo que le proporciona fama mundial.

    Algunos autores sostienen que por lo que hoy conocemos como Teruel anduvieron ya los fenicios, que la llamaron Thorbet, los celtíberos, que la bautizaron Thurba, o Ptolomeo, quien habló de ella como Túrbula. Los árabes la apodaron Tirwal, esto es, torre. Pero su fundación como ciudad con fuero y privilegios surge en 1171 cuando Alfonso II de Aragón crea un baluarte fronterizo frente a la taifa musulmana de Valencia. En 1347 Pedro IV, llamado el Ceremonioso, le dio título de ciudad.

    Cuenta la leyenda que la elección del lugar se decidió por el mugido de un toro que apareció en lo alto del montículo, sobre el que brillaba una estrella. Toro y estrella aparecen en la bandera y en el escudo turolense. La iconografía añadió luego un peñista que se enfrenta al animal y un ángel sobre todos ellos.

    Teruel defendió con denuedo sus fueros, primero ante el Tribunal de la Inquisición, cuya actuación además, amenazaba a judíos y conversos, sostenedores de la economía de la ciudad. Luego, ante Felipe II y su intención de reformarlo. Situado en la línea del frente durante la guerra civil de 1936-39, la ciudad sufrió graves daños en todo su caserío.

    A finales de octubre de 2023 pasamos dos días en la ciudad que nos han dejado un regusto muy agradable. Esta es nuestra segunda visita, la primera fue hace muchos años cuando, al hacer balance de nuestros viajes, caímos en la cuenta de que era la única capital de provincia peninsular que no habíamos visitado. Lo resolvimos un fin de semana del que guardamos memoria borrosa, sea por la edad o por el tiempo transcurrido, cuando aún usábamos cámaras de fotos analógicas.

    Nos debatimos entre alojarnos en el Parador o en el centro, siguiendo nuestra costumbre; reservamos en el Parador, que está a las afueras, y nos equivocamos, aunque el servicio en él sea tan bueno como siempre. Para empezar, el acceso al casco antiguo desde la ronda de circunvalación estaba cortado por obras, sin que el Ayuntamiento hubiera tenido el detalle de advertirlo a nuestro GPS, que, tras la experiencia de Albarracín, a poco se nos demencia del todo. La primera vez que intentamos entrar en la ciudad, después de muchas vueltas, encontramos aparcamiento justo debajo de la torre de San Martín, que resultó reservado a residentes. Una pareja nos advierte del error y nos indica un aparcamiento público. “Tuerzan a la izquierda y sigan recto hasta el final de la calle, antes de estempanarse giren a la derecha y llegan al paseo del Óvalo, allí está”, nos indican. Estempanar no aparece en el diccionario de la RAE pero los que somos castellanos de pueblo sabemos qué significa así que, después de darles las gracias, vamos con cuidado para no estromparnos, que tampoco aparece en el libro de la Docta Casa y tiene similares efectos.

    La segunda vez nos perdemos totalmente. El Colega se baja del coche, pregunta a un señor que pasaba y nos explica que podemos aparcar en la estación del tren y subir por el ascensor que deja en el mismo paseo del Óvalo, pero ya hemos aprendido el camino del aparcamiento de la Glorieta y allí lo dejamos.

    Teruel es una ciudad pequeña pero muy apañada, que tiene su corazón en la plaza del Torico, el lugar del mugido iniciático. El casco antiguo se recorre sin dificultad de norte a sur y de este a oeste, excepto por alguna cuesta. En la oficina de Turismo, que está bajo el mausoleo de los Amantes, proporcionan un plano y documentación suficiente. Nos paramos a leerla mientras tomamos un café a los pies del Torico, que luce reluciente, restauradísimo después del percance sufrido en junio de 2022, cuando la columna en que se apoya se rompió y la pequeña escultura perdió un cuerno y una pata. Bajo este solar se encuentran unos aljibes medievales, construidos a partir del siglo XIV, en los que se almacenaba agua para prevenir la escasez.

    Estamos en la ciudad del mudéjar, el arte realizado por los musulmanes que permanecieron en los territorios conquistados por los cristianos. En él se mezclan el románico y el gótico que nos llega de Europa con la técnica y los elementos decorativos de la arquitectura musulmana: el arco de medio punto o la ojiva, realizados en ladrillo y decorados con cerámica vidriada, y la techumbre de madera. El mudéjar es un estilo exclusivamente peninsular y Teruel es su mejor exponente, hasta el punto de que desde 1986 el mudéjar turolense es Patrimonio de la Humanidad.

    Como es una ciudad pequeña mires donde mires divisas una torre mudéjar, lo que nos parece un horizonte magnífico porque las torres son bonitas y, al menos en apariencia, están bien cuidadas. Todas ellas son del tipo torres-puerta.

    Empezamos nuestra visita por el mausoleo de los Amantes y la iglesia de San Pedro, de los que hablaremos en capítulo aparte, y seguimos por la catedral de Santa María de Mediavilla, que está hecha como a retazos, a salto de siglos. La fábrica inicial románica del siglo XII se transforma en los siglos XIII y XIV en un templo gótico-mudéjar. En el XVI se construye el cimborrio, obra de Martín de Montalban, sustituyendo a otro anterior.

    La portada meridional es neomudéjar y neorrománica. Santa María de Mediavilla fue iglesia parroquial, en 1342 pasó a colegiata, en 1587, al crearse el obispado de Teruel, elevada a catedral.

    La espectacular cubierta de madera de 32 metros de largo y 7,76 de ancho, es obra del XIII, policromada con pinturas al temple sobre tabla que representan escenas profanas y religiosas, con elementos iconográficos propios del bestiario románico junto a retratos de los autores de este ejemplar único, el auténtico tesoro catedralicio. (Si quieres conocer más de esta catedral, clica aquí 👇)

    Adosada a la iglesia se levanta la torre campanario, de planta cuadrada y tres cuerpos, realizada entre los años 1257-58, en el siglo XVII se remató con una linterna octogonal. Se aprecia la conjunción de lo románico: arcos, ventanas, ajimeces, con lo mudéjar: cerámica vidriada en blanco y verde. En la base de la torre de abre un pasadizo con bóveda de cañón apuntado. Se echa en falta algún banco, sea en la plaza de la catedral o en la del Venerable Frances de Aranda, donde sentarse a poder contemplar tranquilamente la torre y los cambios que se producen en ella a medida que el sol lame sus flancos.

    La torre del Salvador se levanta junto a la Puerta de Guadalaviar, ya desaparecida, por la que se entraba al oeste del recinto medieval; es la más moderna, de tipo alminar almohade, como la de San Martín, dos torres -la interior de mampostería de yeso y la exterior de ladrillo- entre las cuales se construye la escalera; por ella se puede acceder al cuerpo superior de campanas, a condición de subir los 119 peldaños de la escalera. Nosotros no lo hicimos, que ya tenemos una edad. Es sede del Centro de Interpretación del Mudéjar. Está adosada a la iglesia del mismo nombre, mudéjar también en su origen, pero reconstruida tras el hundimiento de 1677.

    A esta sinfonía de torres mudéjares hay que sumar la de San Martín (1315-1316), también del tipo alminar almohade, una torre dentro de otra y entre ambas las escaleras del campanario. El pasadizo que se abre bajo ella conduce a la Cuesta de la Andaquilla, vinculada a la historia de los Amantes.

    Teruel ha vivido momentos de prosperidad y otros de miseria, guerras o peste. Su tiempo de esplendor en el medievo le permitió levantar sus hermosas construcciones mudéjares. En el siglo XIX hubo de soportar la ocupación de las tropas francesas durante la guerra de la Independencia, luego, el asedio de las tropas carlistas, mientras la ciudad se alineaba con el bando liberal. Pero a finales de siglo y en las primeras décadas del XX, la ciudad vive un momento de expansión y prosperidad económica. La burguesía local se apunta a la corriente modernista a la hora de construir sus viviendas, en ese momento aparece en la ciudad Pablo Monguió Segura (1865-1956), arquitecto y urbanista, desde 1896 arquitecto municipal de Teruel y a partir de 1906, arquitecto provincial. Aunque nacido en Tarragona, realizó en la ciudad la obra de su vida y en ella permaneció hasta 1920, cuando ganó plaza del cuerpo de arquitectos del Ministerio de Hacienda.

    En sus inicios, Monguió experimentó con el ladrillo y la cerámica, a comienzos del siglo XX se inclinó por el modernismo influenciado por la arquitectura del arquitecto catalán Lluís Domènec i Montaner. Sus obras más importantes se localizan en Teruel y Tortosa, donde también ejerció. El Modernismo une lo funcional y lo decorativo, con una exuberancia de motivos vegetales en sus elementos ornamentales y estructurales.

    Monguió dejó aquí edificios de un estilo artístico y funcional hasta entonces desconocido en la ciudad. Están documentadas como suyas la Casa Ferrán, la Casa del Torico y La Madrileña; otras se le atribuyen a falta de documentación, es el caso de la Casa Bayo, la Casa Escriche o la Casita de la Farmacia. Suyas son también las Escuelas del Arrabal o la iglesia del Salvador en Villaspesa. En todas ellas se aprecia la influencia del Art Nouveau que en esos momentos triunfa en Europa, interpretado bajo el prisma del Modernismo catalán, con un acabado que potencia la calidad del proyecto, debido a la profesionalidad de los artesanos locales, con mención expresa al herrero Matías Abad, cuya obra causa admiración.

    La colaboración de Monguió y Abad encontró su mejor expresión en la portada meridional neomudéjar de la catedral.

    Entre 1921 y 1922 José Torán realizó la Escalinata, que salva el desnivel entre la estación de ferrocarril y la meseta en la que se levanta el casco antiguo de Teruel. Actualmente, la pendiente se salva más cómodamente aún mediante dos ascensores que dejan al usuario al comienzo del paseo del Óvalo. Desde 2012 Teruel forma parte de la Ruta Europea del Modernismo.

    Tan orgullosos están los turolenses de su urbanismo que cada año, el tercer sábado de noviembre celebra una fiesta modernista, en la que se organizan conferencias, exposiciones, conciertos, concursos y bailes populares. Una inmersión en los alegres años del modernismo.

    A pesar de alguna cuesta, callejear por Teruel es una delicia. En la parte alta se conserva memoria de la Judería. Existe constancia de la existencia de una aljama ya en 1250, que llegó a ser la cuarta en importancia del reino de Aragón. La crudeza de la guerra civil destrozó lo que pudiera quedar de la presencia judía.

    Siguiendo hacia el norte y tras atravesar las murallas, en parte rehabilitadas, llegamos al acueducto de los Arcos, obra del siglo XIV, que mejoraba el suministro de agua a la ciudad. Realizado según proyecto de Pierres Vedel, inspirado en las obras hidráulicas romanas, es el principal acueducto renacentista español y tiene la virtud de conjugar belleza y utilidad.

    En la confluencia del acueducto con la muralla se encuentra una de las puertas de la muralla, el Portal de San Miguel, también conocida como la Puerta de la Traición, por haber sido esta la que Gil Torres, juez de la villa, abrió a las tropas castellanas de Pedro I, que sitiaban la ciudad.

    De vuelta al centro entramos en el Museo de Teruel, que ocupa la Casa de la Comunidad, edificio renacentista del siglo XVI. Aunque su contenido no es espectacular, sí permite hacer un repaso a los 300.000 años del territorio. Tiene alguna virtud más: aparte de ser gratuito, se puede acceder en ascensor hasta la cuarta planta y, desde ella salir a la terraza, que ofrece una hermosa panorámica del centro de Teruel.

    Justo en el otro extremo, a orilla de la Ronda Glorieta, se encuentra la escultura icónica de la ciudad: el toro, el ángel y el peñista coronados por una estrella. Obra en chapa de hierro soldado del escultor José Gonzalvo, representa la fiesta de la Vaquilla del Ángel de Teruel, que se celebra el segundo domingo después de San Pedro.

    Al volver de nuestro paseo a la caída de la tarde observamos que la luna llena se asoma sobre el grupo escultórico representativo de Teruel. Ni de encargo.

    Fotos: ©Valvar

  • Albarracín

    Albarracín

    Albarracín es una ciudad medieval con muralla, catedral y fortaleza, construida en lo alto de un risco rodeado por un meandro del río Guadalaviar al que miran sus casas colgadas. Una ciudad fortaleza, se diría que inaccesible. Un lugar al que hay que ir al menos una vez en la vida.

    Hay que ir aunque la tecnología sea adversa, como nos ocurrió a nosotros. De vuelta de un breve viaje a Cataluña, habíamos reservado dos días para visitar Teruel pasando por Gandesa para ver su cooperativa, un edificio modernista. A última hora, el Colega propone visitar también Albarracín, aprovechando su cercanía a Teruel. Ponemos Albarracín en el GPS y, para nuestra sorpresa, el aparato responde repetidamente que no puede calcular el itinerario. La supersticiosa que vive dentro de mí le sugiere al Colega que a lo mejor el GPS es la voz del destino y nos avisa de que, por lo que sea, no vayamos. Él insiste y en esas nos pasamos la salida de Reus en la autovía. Unos kilómetros más adelante retomamos la ruta hacia Teruel por una carretera de montaña y, finalmente, llegamos a Gandesa. Segundo contratiempo: la cooperativa está cerrada al público el martes, precisamente. Esto es otro aviso del destino, insisto, pero el Colega sigue en su empeño. Compramos vino, vermut, almendras y avellanas y seguimos camino.

    Se nos ocurre poner un pueblo cercano, Gea de Albarracín, el GPS entra en razón y nos señala la ruta. Entre unas cosas y otras, cuando divisamos Albarracín se ha hecho la hora de comer. Entramos en el restaurante Señorío de Albarracín, desde el que se ve la ciudad allá a lo alto. Por primera vez en la jornada, acertamos al primer intento.

    Hay que advertir que está vedado el acceso en coche a la ciudad, salvo a los residentes, para lo cual se han habilitado aparcamientos en las inmediaciones, todos de pago.

    Visto desde abajo, las edificaciones asemejan una muralla infranqueable. Se entiende perfectamente por qué Albarracín era una plaza irreductible, a ver qué ejército se atrevía a subir los pertrechos bélicos por semejante cuesta.

    La dificultad no es menor si llegas en son de paz. ¿Cómo trepar por ese muro de edificios? Yo no resisto hasta allá arriba, le advierto al Colega, y si llego date por viudo. Subimos poco a poco y cuando nos cansemos, paramos, propone. Estamos a mitad de la escalinata cuando nos cruzamos con una pareja andaluza que baja y nos informan de que el acceso por la carretera es más largo pero de pendiente más suave que la de las escaleras.

    En una de las paradas del ascenso observo la ropa tendida en una de las casas colgadas. Se te cae una prenda de ese tendedero y tienes que ir a buscarla a Teruel, pienso.

    Cuando por fin llegamos al recinto urbano vemos que las calles están llenas de coches. Para mí que no todos son de residentes. Nos cruzamos con uno matrícula de Burgos ocupado por una pareja de nuestra quinta, tirando por bajo. Los miramos descaradamente. Me había parecido mi prima Begoña, dice el Colega para disimular.

    Según los restos arqueológicos encontrados en los alrededores parece que esta tierra estuvo habitada por la tribu celta de los lobetanos. Por aquí anduvieron luego los romanos, que construyeron un acueducto de 25 kilómetros para llevar el agua del río Guadalaviar desde Albarracín a Cella, pasando por Gea. Esta es una obra de ingeniería extraordinaria, discurre entre terrenos de compleja orografía alternando galerías excavadas en la roca, a 60 metros de profundidad en algún tramo, con canales a cielo abierto. Tenía una pendiente de tres por mil y registraba un caudal de 300 litros por segundo. Desde la carretera hemos visto alguno de los huecos abiertos en la montaña, luego utilizados como refugio de pastores.

    En el siglo XI el clan bereber de Benu Razin se hace fuerte en la plaza convirtiéndose en dinastía soberana, la taifa de Al Banu Racín, de donde tomaría nombra el asentamiento. De esa época es parte de la muralla y la alcazaba.

    Los Benu Razin cedieron el poder a la familia cristiana de los Azagra, de origen navarro, que desde 1170 mantuvieron la taifa independiente de los reinos cristianos de Castilla y de Aragón, levantando su propia catedral y nombrando obispo, como gesto de autonomía. Jaime I intentó en vano conquistar la ciudad en 1220; fue Pedro III quien la sitió en 1300 y consiguió incorporarla a la corona de Aragón.

    Cuando conseguimos recuperarnos de la subida, nos topamos con la catedral del Salvador, levantada entre 1572 y 1600 sobre una fábrica anterior románica y mudéjar. Puede visitarse previa reserva en la Fundación Santa María de Albarracín.

    Unido a la catedral a través de un claustro se encuentra el palacio episcopal, un edificio enorme del siglo XVIII, hoy dedicado a uso cultural, sede de la Fundación.

    Llegamos hasta el alto del risco, donde se levanta la alcazaba, núcleo original de la ciudad. Ha sido alcázar y residencia de los señores de la ciudad, ocupado hasta el siglo XVI. Sufrió graves daños en la guerra de Sucesión del siglo XVIII, restaurado recientemente.

    En torno a la alcazaba se fue ampliando la ciudad a lo largo de los siglos, en un espacio forzosamente reducido por la orografía, lo que explica la verticalidad de sus construcciones. Luego, se extendió fuera de la muralla, en lo que se conoce como el arrabal.

    Las murallas rodean totalmente la ciudad, edificadas por etapas. Tienen una longitud de 3.400 metros y once torres. La torre Andador en el punto más alto es visible desde prácticamente todos los rincones del núcleo urbano. Se llega a ellas únicamente a pie. Puedes subir si eres joven y te embarga el espíritu aventurero, porque carecen de protección.

    Aparte de la importancia de sus edificios emblemáticos, a nosotros nos pareció que lo mejor de la ciudad está en el callejeo, en contemplar sus viejos edificios, sus puertas y ventanas de rejería, la perspectiva de su muralla, el color rojizo del caserío. Albarracín es conjunto Conjunto Histórico Artístico desde 2011 y miembro de la red de Pueblos más Bonitos de España.

    La plaza, de trazado irregular, data del siglo XI, es una de las imágenes imprescindibles de la ciudad. La Casa Consistorial es del siglo XVI, con soportales protegidos por una arquería de medio punto.

    En Albarracín, todo lo que sobrepase el siglo XV es moderno. Casi en el límite se encuentra la Casa de la Julianeta, del XIV, de yeso y madera, que parece a punto de venirse abajo, pero que se mantiene en pie y en uso, bien restaurada. Se encuentra junto al portal de Molina, con el portal del Agua los dos únicos accesos a la ciudad medieval. Probablemente fue el fielato donde se pagaban los impuestos.

    Otra modernez del siglo XVIII es la Casa Azul, cuyo color destaca entre el tono rojizo del caserío. Circulan dos versiones para explicar esta originalidad. Uno habla de un ricohombre local que casó con una mujer andaluza y la trajo a vivir aquí. Como la muchacha añoraba el color de su pueblo el marido mandó poner rejas a las ventanas, llenarlas de geranios y pintar en ese color la casa. La segunda versión, más prosaica, habla de una chulería de la familia propietaria, ricos empresarios laneros, que de este modo quisieron distinguirse del vecindario.

    Como toda ciudad medieval que se precie, Albarracín tiene su leyenda, esta en torno a una de las torres de la muralla: la torre de doña Blanca. Dicha torre es obra del siglo XIII y la doña es Blanca de Aragón.

    La leyenda refiere que doña Blanca era una joven hermosísima, hermana menor de uno de los reyes de Aragón. Cuentan que la esposa del rey andaba celosa de la belleza de su cuñada, que, a la vista de esta rivalidad, los nobles aconsejaron a esta que se alejara de la corte aragonesa y se refugiara en Castilla. Camino del exilio paró en Albarracín, a la sazón señorío de la familia Azagra, que la acogió alojándola en la torre. Nunca más se supo de ella. Es creencia que murió de melancolía y fue enterrada en la que había sido su última morada. Concluye la leyenda que cada verano, en noches de luna llena, con el tañido de las campanas de Santa María que señalan la medianoche, se alcanza a ver la silueta de una mujer que baja a bañarse en el río Guadalaviar. Es el alma en pena de doña Blanca.

    En la cruda realidad, en el siglo XVII la torre fue cedida a la orden de los dominicos, que estaban construyendo un convento junto a ella, y la utilizaron de biblioteca. En el siglo XIX desapareció el convento y la torre fue abandonada. Recientemente pasó a ser gestionada por la susodicha Fundación.

    Creas o no en las leyendas, lo cierto es que el entorno de Albarracín es de una belleza abrumadora. El día nos ha salido soleado, con ese tono especial del otoño que vuelve multicolor las arboledas, en contraste con el rojo de la tierra.

    De camino a Teruel hacemos un alto en la carretera para contemplar los restos de un castillo roquero identificado como de Santa Croche. Fue construido sobre un altozano por los Heredia de Albarracín durante el señorío independiente cristiano para controlar el acueducto romano. La información asegura que estuvo habitado hasta mediados del siglo pasado. Cuesta creerlo, apenas quedan de él unos muros almenados junto a un torreón que también amenaza ruina.

    No lejos de aquí, en el término de Frías de Albarracín, nace el río Tajo, que desembocará en Lisboa, después de haber recorrido poco más de mil kilómetros en tierras de España y Portugal.

    Tendríamos que venir con más tiempo, subir con el coche, como los de Burgos, y hacer noche en la ciudadela, sugiero al Colega. No me responde, sigue preguntando al GPS por qué ignora el camino de Albarracín.

    Fotos: ©Valvar