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Conques

Conques es una pequeña pero antigua población en el departamento del Aveyron, en la región francesa de Occitania, tenida por uno de los hitos en el Camino de Santiago.. Su iglesia abacial está considerada una de las más importantes de Europa por su portada y por el tesoro sacro que aún conserva.

Lo habíamos descubierto algunos años antes a través de una foto de sus curiosos, esas cabezas que asoman sobre una de las arquivoltas de la portada. Algún día tendríamos que ir a conocerla, propuse al Colega. Así que la incluimos en el periplo sobre el románico del sureste francés que hicimos en el verano de 2016.


Hemos salido de Arles, tomamos la A-54 hacia Nimes y allí, la A-9, autopista saturada de tráfico entre España y Europa. Pensamos salir de la A-9 en Montpellier y coger la A-75 en dirección al viaducto de Millau, pero nos pasamos de salida y tenemos que llegar hasta la de Béziers, que pasa por Sète, lugar de nacimiento de Paul Valery y de Georges Brassens, un sembrado de bateas que anotamos para futuros viajes.


El viaducto de Millau es una obra de ingeniería espectacular. Es un proyecto del ingeniero francés Michel Virlogueux y el arquitecto británico Norman Foster, que atraviesa el valle del Tarn, fue inaugurado en 2004. Mide 2.460 metros sin apenas tocar el suelo y ostenta el récord mundial de altura en 343 metros, según asegura la información oficial.

Hay un área de servicio desde la que pretendemos contemplar y fotografiar la obra pero la encontramos cerrada. Seguimos hasta el área de Aveyron, en Severac de Chateau, donde disfrutamos del entorno antes de tomar la N-88, que pasa por Rodez, de donde sale la carretera de Conques.


El Colega recuerda que Rodez tiene una notable catedral y hacemos una parada para visitarla. Esta construcción monumental levantada a lo largo de trescientos años, fue utilizada en el siglo XVIII como referencia para establecer el cálculo de la circunferencia de la Tierra y la definición del metro.

Ya en la carretera de Conques descubrimos la cascada de Salles-la Source y paramos de nuevo. En la siguiente parada estamos a las puertas de Conques. Es una parada obligatoria para pagar los dos euros que permiten acceder al aparcamiento situado en las afueras del pueblo, adonde solo pueden entrar los coches de los apenas tres centenares de vecinos. En Conques parece que el tiempo se hubiera parado en el medievo. Desde la carretera se divisan las torres de la abadía por encima del caserío.


Mientras en Compostela se descubrían los restos que serían identificados como del apóstol Santiago, en el año 819 el eremita Dado fundaba aquí un primer monasterio, dedicado a Saint-Sauveur, San Salvador. Con el propósito de atraer a los peregrinos, en el 866 Ariviscus, monje de Conques se hizo con las reliquias de Sainte Foy -Santa Fe- del monasterio de Agen y se las llevó a Conques. Otra versión de los hechos menos épica refiere que el monasterio guardó las reliquias durante los ataques vikingos del siglo IX y se quedó con ellas. Sainte Foy era una virgen martirizada en tiempos de Diocleciano, famosa por curar a los ciegos y liberar a los cautivos.


Las reliquias de la Santa atrajeron, efectivamente, a multitud de peregrinos y Conques conoció tiempos de esplendor hasta el punto de que en el siglo XI se hizo necesario construir una iglesia más grande para acoger a tantos peregrinos como acudían a rezar a Santa Fe a través de la Vía Podiensis. La abadía se inició por impulso del abad Odolrico, se concluyó en el año 1120 y resultó ser una obra maestra del románico occitano. Las joyas y las donaciones de los peregrinos conformaron un valioso tesoro para la abadía.



Se considera que esta es la primera de las iglesias de peregrinación románicas francesas, que incluye a Saint-Martial de Lim, Saint-Martin de Tours y Saint-Sernin de Toulouse y en España, la catedral de Santiago de Compostela. Características comunes de estas iglesias, aparte de estar en el Camino a Santiago de Compostela, son las de planta de cruz latina, de tres o cinco naves principales más el transepto de tres naves, girola alrededor del altar mayor con capillas radiales y tribunas sobre las naves laterales.

A partir del siglo XII empezó a decaer el prestigio de los monasterios benedictinos en beneficio de los del Cister, decadencia a la que siguió la peste negra y la guerra de los Cien Años. Los monjes benedictinos de Conques relajaron su disciplina monacal. En el 1514, el obispo de Rodes acudió a la abadía con el propósito de restablecer la disciplina pero los monjes ni lo recibieron, hasta que el 1537 el Papa disolvió la comunidad y creó una colegiata regular.
Peor le fue durante las guerras de religión. Los hugonotes ocuparon el pueblo y en 1571 saquearon e incendiaron la iglesia, se hundió una parte de la nave, pero se salvó el tímpano y el tesoro. Fue secularizada después de la Revolución. El tesoro se libró porque, al conocer que iba a ser requisado para ser entregado a la Casa de la Moneda de Toulouse, aprovechando una noche de tormenta, los vecinos se dirigieron a la abadía y se repartieron los relicarios, joyas y piezas de valor, que ocultaron en sus casas. Luego, acusaron del robo a unos supuestos caldereros ambulantes, sin que la investigación que se ordenó consiguiera aclarar lo sucedido. Una muestra de la honradez del vecindario, de la devoción a la santa y del aprecio a su patrimonio es que, cuando la Revolución se remansó, los vecinos devolvieron íntegramente las piezas del tesoro. Prosper Mérimée, que además de escritor era inspector de Monumentos históricos, refiriéndose a este tesoro declaró que “no estaba preparado para encontrar tanta riqueza en semejante desierto”.

Los visitantes pueden contemplar este tesoro en una sala especialmente habilitada en la galería sur del claustro. Compuesto por relicarios, destaca, entre todas las valiosas piezas, la llamada “majestad” de Santa Fe, datada entre los siglos IX y X. Se trata del cráneo de la santa alojado en una estatua de madera, oro, plata y gemas, convertido en objeto preciado de veneración. Está considerado uno de los cinco tesoros de orfebrería medieval más importantes de Europa y el único en Francia que reúne tantos objetos de la alta Edad Media.

Nosotros llegamos a Conques deseosos de contemplar el tímpano policromado, que se abre en la parte occidental de la abadía. Representa el Juicio final según el Evangelio de San Mateo, labrado en piedra, en los que se distinguen 124 personajes, veinte compartimentos, los justos por un lado, los condenados por otro. Una de las obras fundamentales de la escultura románica en Francia, tanto por sus cualidades artísticas como por sus dimensiones -el frontón tiene 6,70 metros de anchura- y originalidad.
















En el centro, Cristo en Majestad. Entre las figuras se reconoce a la Virgen María, a San Pedro, a Abraham, al abad fundador y a Carlomagno, a Santa Fe y a los prisioneros a los que ha liberado, pero también a los monjes indignos, a un borracho, y los pecados capitales. «Pecadores, si no cambiáis vuestras costumbres, sabed que sufriréis un juicio temible”, advierte una leyenda. El catecismo en piedra al alcance de todos los públicos.



Busco los “curiosos” que despertaron mi interés y me sorprende su pequeñez. Se trata de catorce figuras que se repiten en la arquivolta. La perfección numérica: 14:2=7. Con la octava figura que termina cada serie en horizontal, es la plenitud. En el románico nada es casual.




La abadía de Sainte Foy impresiona de cerca. Aunque lo que le ha dado fama y lo que le distingue sea su tímpano, del interior de la iglesia sorprenden sus dimensiones y su simplicidad. En España, exceptuando la catedral de Santiago, hay pocos ejemplares románicos de estas dimensiones.










Tiene también hermosos capitales que, sin embargo, quedan oscurecidos por la espectacularidad del tímpano. En el transepto izquierdo se encuentra un altorrelieve representando la Anunciación, del mismo maestro del tímpano.

Las 104 vidrieras de la iglesia son de cristal translúcido, fueron diseñadas por Pierre Soulages e instaladas en 1994.

Del primitivo claustro apenas quedan restos de la galería occidental, pues fue arrasado en el siglo XIX y sus piedras, utilizadas para la construcción de las casas del pueblo.




Como además del espíritu conviene alimentar el cuerpo, elegimos para comer un lugar a la altura del entorno: la terraza del restaurante del hotel Saint Foy, que resulta ser un remanso de paz. El Colega recordará para siempre la carne de vaca aubriac guisada al vino que comió allí. Los dos recordamos el ambiente de paz, la amabilidad del personal, la terraza umbría, con las torres de la abadía por encima de las flores de la jardinera. Un lugar pleno de belleza, donde no se siente el discurrir del tiempo.
Como acostumbramos, ambos nos dedicamos a fotografiar Conques como si no hubiera un mañana. El Colega tenía por entonces una cámara Nikon con un superobjetivo capaz de captar hasta el mínimo detalle de los monumentos que visitamos. El hecho es que al llegar a casa, a 1.000 kilómetros de distancia, observamos con espanto que las fotos que él había hecho en Conques tenían un inexplicable color azul, que no hay edición capaz de arreglar.
Desde entonces, cada vez que hacemos planes para viajar a Francia yo sugiero: Tendríamos que volver a Conques a hacer buenas fotos y a comer tu vaca aubriac… Y en esas estamos.
Fotos: ©Valvar

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Moissac

El claustro, entre románico y gótico, de la abadía de Moissac y su tímpano románico constituyen un icono entre los aficionados al románico y los peregrinos del Camino de Santiago. Este era el destino deseado del Colega en nuestro viaje, en el verano de 2016.

Casi dos mil kilómetros llevábamos rodados en una inmersión en el románico del mediodía francés. Con una mezcla de expectación y nerviosismo habíamos ido siguiendo los indicadores que conducían a nuestro destino, que había sido, era y seguramente seguirá siendo el de miles de peregrinos. Tras cruzar las vías del ferrocarril llegamos a una plaza con aparcamientos gratuitos -lo que consideramos casi milagroso- en la que descubrimos una batería de aseos públicos igualmente gratuitos -no menos prodigioso-. Una infraestructura como esta solo se prepara cuando hay muchos visitantes, concluimos, poniéndonos en lo peor.

La plaza está a un paso de la abadía, nos lanzamos a contemplar su famoso portal. En ese momento descubrimos que allí mismo, enfrente del tímpano, hay un restaurante con una sola mesa libre en primera línea: una mesa para dos. A la sombra. Soy tirando a descreída pero empiezo a barruntar que en Moissac existe un departamento de milagros cuando descubrimos que el restaurante Florentin aparece en la guía Michelin. Hoy vamos a comer como Dios manda, comenta el Colega al ver la carta.

Y, en efecto, tenemos anotada esta parada como uno de los momentos sublimes del viaje. No todos los días nos es dado degustar una estupenda comida teniendo a la vista, a cuatro pasos, una de las obras cumbres del románico. Tan cerca estamos que desde la mesa los objetivos de las cámaras no logran capturar el tímpano completo y tenemos que alejarnos para fotografiarlo. Un éxtasis de belleza.
Sin embargo, la historia de Moissac es el relato de una sucesión de desgracias. Esta que tenemos ante nuestros ojos es, al menos, la tercera de las iglesias levantadas en el lugar. Hay constancia de que el monasterio se fundó durante el mandato del obispo San Didier de Cahors (630-655); se sabe que disfrutó del favor real y de las donaciones de ricos propietarios pero en el siglo XI entró en decadencia; arruinada la iglesia, un incendio acabó con el monasterio en 1042. En ese momento, el conde de Toulouse y el obispo de Cahors acordaron poner la abadía bajo la dirección de los monjes Cluny.
Con el amparo, los bienes y los privilegios de los cluniacenses, el monasterio aborda la construcción de una nueva iglesia, consagrada en 1063, un claustro, finalizado en 1100, y una biblioteca que se nutre de las copias realizadas por los monjes. En el siglo XII, la abadía tenía un centenar de monjes dedicados a la oración y a las copias de textos religiosos en latín. La mayor parte de estos manuscritos se conservan en la Biblioteca Nacional francesa.Esta fase de prosperidad se prolongó hasta mediados del siglo XIV, durante la cual se reconstruirán también las dependencias monacales. En el siglo siguiente se reconstruye la iglesia y la abadía deja de estar bajo el amparo de Cluny para pasar al de los agustinos. Esta intervención explica la mezcla de románico y gótico que se observa en la iglesia actual.
La vida monacal se relaja; en 1626 la abadía se seculariza y pasa a ser colegiata hasta que en 1790, con la Revolución francesa, desaparece todo vestigio religioso. Los edificios son puestos a la venta como bienes nacionalizados y se destinan a los fines más diversos. Habrá que esperar al siglo XIX, cuando los románticos vuelven los ojos a la Edad Media y sus monumentos y redescubren Moissac. La Asociación Amigos del Viejo Moissac salva los vestigios que pertenecieron a la abadía. Como no podía ser menos, aquí también puso sus manos el arquitecto Violet le Duc.
En esas estaban los románticos del momento cuando, en 1845, el proyecto del ferrocarril Burdeos-Sète dibuja sobre el terreno una línea recta que pasa, exactamente, por el antiguo refectorio monacal. De nada les valió a los defensores de la abadía pedir que las vías se separen unos metros, que se marque una ligera curva, la empresa se mantiene firme y ejecuta el proyecto inicial. Los empresarios debieron de sopesar el coste entre el desvío y la salvación del monumento y no lo dudaron: en caso de duda, la plusvalía lo primero. En consecuencia, los trenes pasan lamiendo las piedras de la abadía. Afortunadamente, para entonces el claustro había sido declarado Monumento Histórico, lo que le salvó de su destrucción. Sabido es que capitalismo y cultura o belleza son conceptos que no siempre armonizan bien.






Tratamos de olvidar la invasión ferroviaria contemplando el portal que tenemos casi al alcance de la mano. Este tímpano, realizado en el siglo XII, representa el Apocalipsis de San Juan. En el centro, un Pantocrátor rodeado por el Tetramorfos (los símbolos de los cuatro evangelistas: Juan, el águila; Mateo, el ángel; Marcos, el león; y Lucas, el toro) y dos arcángeles. Completan el espacio los 24 ancianos del Apocalipsis, colocados en paralelo y adaptándose al semicírculo de forma asimétrica.

Todos los personajes miran hacia Cristo aunque sus cuerpos hayan de forzar la figura. Las filas de ancianos, portando instrumentos musicales o copas, están separadas por olas del mar. Esta composición del tímpano se repite en muchas otras iglesias románicas de toda Europa y tiene su expresión más conocida en el pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela realizado por el maestro Mateo, pues no en vano el románico se expandió a través del Camino de Santiago.





Los laterales de la portada abundan en el mensaje con escenas del Antiguo y Nuevo Testamento -la Anunciación, la Visitación, la Adoración de los Magos, la Huida a Egipto, el pobre Lázaro… y representaciones de la avaricia y la lujuria. En la jamba derecha, San Pedro, patrono de la abadía; en la izquierda, el profeta Isaías.



De uno y otro lado del portal parten dos columnas adosadas que culminan con la efigie de dos religiosos: a la derecha, el abad Roger. Sobre el portal, dos filas de almenas, bajo las que hay una línea de canecillos con cabezas humanas y zoomórficas. La primera de las almenas en la izquierda se remata con el busto de un hombre que toca un cuerno.


Alargamos cuanto podemos la comida, que hasta el cocinero sale a saludarnos, pero, finalmente, atravesamos la puerta, como durante siglos hicieran los peregrinos que recorrían Europa en dirección al Finis Terrae, y entramos en la iglesia, donde se encuentran un Cristo del siglo XII, una Piedad y un Entierro de Cristo del XV, además de decenas de niños de varias visitas colegiales, y pasamos al claustro.






Esta es la segunda maravilla de Moissac. Un cuadrado de 31 por 27 metros, 116 columnas de mármol, alternando las sencillas y las dobles, distribuidas en cuatro galerías; en sus 76 capiteles, que están esculpidos en las cuatro caras, se muestran escenas bíblicas y de la infancia de Cristo y motivos florales.














Tiene, además, ocho pilastras, dos en cada vértice, decoradas con relieves, y otras cuatro en medio de las galerías. Según indica una inscripción, la obra del claustro se terminó el año 1100, pero en el siglo XIII se rehizo, lo que explica los arcos apuntados.

Lamentamos no disponer de más tiempo para pasear tranquilamente por Moissac, ver sus rincones art-deco, acercarnos al puente Napoleón sobre el río Tarn, y a la Casa de los justos o de los niños judíos, donde en la segunda guerra mundial fueron escondidos medio millar de niños judíos que así salvaron la vida. O subir hasta el mirador de la Virgen y desde allí contemplar el monasterio y el claustro, y la línea del ferrocarril, esa que estuvo a punto de llevarse por delante una de las abadías más destacadas del románico… El capitalismo de siempre, sin complejos.
Fotos: ©Valvar

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La Camarga

La Camarga es una comarca de 750 kilómetros cuadrados situada al sur de Arles, entre los dos brazos principales del delta del Ródano y el Mediterráneo. Un vergel dedicado a la viticultura, el arrozal, los frutales y la ganadería caballar y vacuna, especialmente de reses bravas. Es, además, un humedal de enorme importancia pues aquí pasa el estío la mayor población de flamencos de toda Europa.

Un parque natural, un lugar mítico de peregrinación, una rareza. El destino de los viajeros sensibles, sostiene el presidente Olivier Noël en el folleto turístico que nos entregan en la oficina de Saintes-Maries-de-la-Mer, adonde hemos ido nada más llegar.



¿Quienes son estas Santas Marías que dan nombre al pueblo, el corazón de la Camarga? María Salomé -madre de Santiago el Mayor (el de Compostela) y de Juan Evangelista- y María Jacobé -madre de Santiago el Menor, de José y de otros apóstoles- seguidoras de Cristo y las primeras mensajeras de la Resurrección quienes, según la tradición, desembarcaron en las costas de la Camarga con otros discípulos. Sus cuerpos, sigue la tradición, descansan en la iglesia Nuestra Señora del Mar, una fortaleza con espadaña de piedra que mira al mar, lugar de peregrinación de miles de gitanos que cada 25 de mayo llegan hasta el lugar para venerar a Santa Sara la Negra.



Esta Santa Sara, de color negro, era sirvienta de las Santas Marías, con ellas llegó en la barca y con ellas se quedó. Nada que ver con las Vírgenes Negras de Rocamadour o Puy en Velay. Los gitanos la han escogido como su patrona y la veneran con auténtica devoción. En las peregrinaciones -en mayo, octubre y diciembre- se bajan las arcas que contienen las reliquias de las Santas Marías y se llevan las estatuas de las tres Santas en procesión hasta el mar en recuerdo de su llegada en el siglo I.




La iglesia fue construida en el siglo VI, sobre un oratorio anterior. El obispo de Arles, San Cesaire, la menciona en su testamento en el 542. En el siglo IX, se levanta la primera iglesia fortaleza, para defenderse de las incursiones sarracenas. En el siglo XII se concluye la obra. Consta de una sola nave, con una altura de 15 metros, en el centro de la cual hay una fuente de agua dulce. Bajo el ábside, una cripta con la imagen de Santa Sara. En la espadaña, cinco campanas con sus correspondientes tonos y nombres: Claire, la más antigua, bemol; Maríe Jacobé-Marie Salomé, sol; Rosa, do; Fulcranne, bemol; y Reconciliation, fa. Con su aspecto imponente, la iglesia es una pequeña joya del románico provenzal.



Hay una escalera que conduce a la torre desde la que, aseguran, se divisa un panorama de la comarca, pero hemos llegado tan pronto que aún no ha abierto. Optamos, pues, por callejear y enseguida encontramos el antiguo Ayuntamiento y la estatua en bronce de Mireille, en honor a Frédéric Mistral, que en 1859 escribió un poema con este nombre y Charles Gounod, una ópera en 1863. A un costado del Ayuntamiento actual encuentran la Plaza de los Gitanos, donde hay montado un mercado provenzal. Cargamos con jabones -a mucho mejor precio que en Aviñón- vino y distintas variedades de sal de las salinas camarguesas.




En las Santas Marías los viajeros saludamos al Mediterráneo por primera vez en el año y comemos siguiendo el consejo que hemos recibido en el hotel, en La table du 9. Como nos lo han dicho de viva voz, en el camino, hemos especulado sobre si se trataría de una mesa para nueve, o una mesa nueva pero, al ver el cartel, comprendemos que se trata del Tendido del 9. La omnipresencia del toro en esta tierra.






Enseguida seguimos camino hacia Aigües Mortes y Le Grau du Roi. La primera es una pequeña población en torno a una fortaleza que debe el nombre a su ubicación en zona pantanosa. Aquí es donde vino el rey Luis IX -el más bonito que un San Luis- a construir un puerto que le diera salida al Mediterráneo y al tiempo le protegiera de la piratería mediante la construcción de una fortaleza. La Torre Carbonnière protegía el camino entre el puerto y tierra firme y la Torre Constante protegía a la guarnición además de servir de prisión, primero para los templarios, luego para los hugonotes. De este puerto partirían los francos y el mismo San Luis a las cruzadas. La acumulación de limos y arena del Ródano, el alejamiento de la costa y la anexión de la Provenza a Francia le hicieron perder valor estratégico e importancia. En 1538, Carlos I de España -Carlos V de Alemania- y Francisco I de Francia firmaron aquí la Paz de Aguas Muertas.


Urgidos por el tiempo y por el tráfico que abarrota el pueblo, paramos el tiempo justo para fotografiar las murallas y seguimos hacia las salinas, una de las riquezas de la población. Explotadas ya por los romanos, actualmente producen 450.000 toneladas anuales de sal, muy apreciada por los gourmets.



La carretera finaliza en Le Grau du Roi -el Puerto del Rey- convertido en un lugar de veraneo totalmente saturado de veraneantes y turistas. Como no es nuestro plan de viaje, paramos el tiempo justo para contemplar el faro y presentar nuestros respetos a la escultura de la mujer del pescador que otea el horizonte con su niña de la mano, esperando divisar al barco que devolverá al marido al hogar y volvemos a la búsqueda de la fauna camarguesa.

En la Camarga, el toro y el caballo existen desde la antigüedad y sobre su origen hay varias e incluso misteriosas tesis. El caballo camargués es una raza antigua, conocida ya por los fenicios. Es un animal no muy grande y sólido. Al nacer su pelaje es marrón y hacia los cuatro años se le va aclarando hasta que en la edad adulta toma el característico gris o blanco. Tradicionalmente, el caballo camargués vive en semi libertad en manadas diseminadas en las marismas pero nosotros encontramos, sobre todo, infinidad de ellos en instalaciones de turismo ecuestre.

El toro camargués -”Raço di Biòu”- también vive en manadas, sumando alrededor de 20.000 cabezas. Es algo más pequeño que el toro de lidia, más manso y con cornamenta en alto, que en las hembras forman una lira y en los machos, una copa. En la comarca se percibe una auténtica pasión por el toro y por las corridas, que tienen dos formatos: la lidia, con las distintas suertes y la muerte del toro, con las Arenas de Arles como catedral, y la corrida camarguesa, en la que los recortadores se disputan los distintos trofeos que los toros portan en el pelaje y en las astas. En la Camarga hay unas 40 ganaderías de bravo, raza procedente de España.

Un tercio de la Camarga está cubierto de agua, sólo el estanque de Vaccarès ocupa 6.000 hectáreas. Y allá que vamos en busca de los flamencos. En realidad, el parque ha instalado un parque ornitológico no lejos de Saintes Maries de la Mer, donde llegamos a una hora de la tarde en la que el sol se está cayendo a trozos y, tras comprobar que los itinerarios son à plein soleil, optamos por ir en busca de la vida salvaje -y de un poco de sombra-, hacia el estanque de Vaccarès.



El parque está atravesado por una red de senderos reservados a caminantes y de algunas carreteras que cruzan canales, arroyos y sembrados diversos: espárragos, viñas, cereal, arrozales… un paisaje verde en este final de junio. Paramos donde nos parece bien por el simple gusto de disfrutar del aire limpio y del silencio del lugar. El Colega aprovecha para echar un párrafo con una manada de caballos que le observan con atención tras la cerca de madera.



El estanque de Vaccarès tiene señalizados dos miradores desde los que se pueden contemplar las aves en su estado salvaje. Armados con prismáticos de campo y cámaras de fotos, tomamos posición y dejamos pasar el tiempo tranquilamente pensando que, más que un paseo, la Camarga merece una visita larga, larga. Y nos emplazamos para volver en otra ocasión y recorrer a pie esa playa casi desértica como no hay otra en el Mediterráneo, que va de Saintes Maries de la Mer a Piémanson, en la desembocadura del Gran Ródano.

Despide a los visitantes la Cruz de Camarga, sostenida en un corazón y un ancla, que simbolizan las tres virtudes teologales: le fe, la esperanza y la caridad. Los brazos de la cruz terminan en dos tridentes que representan los guardianes del alma camarguesa. Cualquiera que sea ese alma…
Fotos: ©Valvar


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Cahors

Dos son los atractivos que han dado fama a Cahors, situado a orillas del río Lot, capital de la antigua provincia de Quercy, etapa de la llamada vía Podiensis del Camino de Santiago: el puente Valentré y la catedral.

Este Cahors al que nos dirigimos fue capital de los celtas cadurcos, una de las tribus galas que se enfrentarían a los romanos, que la llamaron Divona -territorio Asterix, como si dijéramos-. La Civitas Cadorcorum, de donde deriva su topónimo, fue destruida en el siglo VI por los austrasianos y ocupada por visigodos y árabes hasta que el obispo San Didier la reconstruyó entre los años 636a 655.
Los banqueros lombardos que se establecieron aquí en el siglo XIII transformaron el lugar en un importante centro financiero y comercial europeo, favorecido por el río Lot, convertido en vía de comunicación segura. En 1331, el papa Juan XXII, caorsín de nacimiento, fundó una universidad. En el periodo comprendido entre 1316 y la Revolución Francesa el poder de Cahors era compartido por el obispo y el rey. La guerra de los Cien Años, en el siglo XIV, obligó a construir un sistema de defensas que incluye el Puente Valentré.

Al término de la guerra, Cahors fue asignada a los ingleses, quienes la dejaron arruinada. A partir del siglo XIX inicia su recuperación, rescata el terreno de la curva del río y urbaniza el antiguo foso de las fortificaciones, convertido ahora en el bulevar Gambetta, en homenaje a León Gambeta, otro caorsino ilustre, abogado, político, periodista y diplomático.


Llegamos desde la carretera D-820 y tomamos la D-620 para entrar en la ciudad. Descubrimos así que el Lot forma un meandro que convierte a Cahors casi en una península. Paramos junto a un jardincillo desde el que se contempla el puente Valentré en todo su poderío. A la orilla del río, una sucesión de bares y terrazas brindan frescura en esta jornada calurosa. Junto al puente, una bodega ofrece los vinos de Cahors, de uva malvec y color oscuro, sobre los que abundan los carteles publicitarios.

El puente forma un arco escarpado, tiene una longitud de 138 metros, seis arcos góticos de 16,50 metros y tres torres almenadas de planta cuadrada con una altura de 40 metros. Fue iniciado en 1308 y concluido setenta años después.

Tanto duraron las obras que dio lugar a una leyenda según la cual el maestro de obras firmó un pacto con el diablo para que acabara la construcción a cambio de su alma. Arrepentido del acuerdo, cuando el puente estaba a punto de concluir, el maestro le pidió al diablo que llevara agua con un cedazo a los obreros que se encontraban al otro lado del río. Naturalmente, el diablo llegó sin agua a su destino y, para vengarse, cada noche volvía para quitar la última piedra de la torre central, por esta razón llamada Torre del Diablo, piedra que los obreros reponían al llegar el día. Cuando en 1879 se restauró el puente Valentré, en el hueco se colocó una piedra esculpida con la efigie del demonio. La piedra ya no desapareció pues, según se cuenta, al colocarla tuvieron cuidado en atrapar con ella las garras del diablo.

Admiramos la armonía y solidez del puente, la anchura y caudal del río, por el que transitan varias embarcaciones y nos dirigimos a la oficina de turismo, que se encuentra al pie del puente. Allí nos aconsejan dejar el coche en el aparcamiento del Anfiteatro y recorrer a pie la ciudad medieval, consejo que atendemos y agradecemos.


Antes de emprender el recorrido por la ciudad medieval de Cahors, nos sentamos en el bistrot Gambetta a tomar un café teniendo a la vista la estatua del prócer local y el bullicio del bulevar que lleva su nombre.


La calle Mariscal Joffre conduce directamente a la fachada de la catedral de Saint-Etienne. Una enorme muralla de piedra, puerta de triple arquivolta, una galería, un rosetón y un campanario encuadrado por dos torres. ¿Esta es la famosa portada de Cahors? No, esta fachada monumental es obra de Guillaume de Labroue, que en el siglo XIV decidió trasladar la portada original a la fachada norte.
Rebobinemos. La catedral de Saint-Etienne fue construida entre 1080 y 1135, un edificio románico entre los más grandes de Francia, el primero en tener una cúpula sobre pechinas. Se levantó sobre un templo anterior del siglo VII. El interior es de una sola nave, sin transepto, de 20 metros de ancho, 44 de largo y 32 de altura, solo Santa Sofía de Estambul le supera en dimensiones. Tiene dos cúpulas sobre pechinas, de estilo bizantino. El ábside, de estilo gótico, sustituyó al románico anterior.






La portada norte data de 1135, con un tímpano de transición del románico al gótico. La ascensión de Cristo, rodeado de ángeles y, en la base, los apóstoles y la Virgen. A los lados de los ángeles, la historia de Saint-Etienne, patrono de la catedral; por encima de la mandorla, cuatro ángeles que acompañan a Cristo en la ascensión. La arquivolta está adornada con escenas de caza, las virtudes y los vicios. En la misma fachada norte se pueden ver una serie de canecillos en buen estado de conservación.


El claustro es posterior a la construcción de la iglesia, fue construido en 1504. Abundan las esculturas profanas: músicos, bebedores; una piedra labrada con dos peregrinos, uno de ellos con la venera.





Tanto la catedral de Saint-Etienne como el puente Valentré están declarados patrimonio de la humanidad como parte del Camino de Santiago francés. Para saborear la buena impresión de uno y otro, nada como callejear por el centro de la ciudad medieval, en la que se mezclan las construcciones en piedra con el ladrillo, callejuelas estrechas con jardines silenciosos y soportales. Lugares de una placidez que no parecen de este tiempo.
Fotos: ©Valvar

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Valença y Bravães

Salimos de Vigo lloviendo y el agua, a ratos mezclada con la niebla, nos acompañó durante el resto del viaje. Contentos deben andar con nosotros los labradores y las eléctricas. No nos apenamos mucho, peor sería tener que ir a trabajar a la intemperie.
Nuestra siguiente parada era el monasterio de San Salvador de Bravães, en el municipio de Ponte de Barca, distrito de Viana do Castelo, a unos 40 kilómetros al sur de Valença do Miño, que se nos despistó en nuestra anterior visita a tierras portuguesas. Es Monumento Nacional desde 1910. Aparcamos junto a una cerca de piedra de granito, en cuyo centro se alza una pequeña iglesia; en un rincón al nordeste nos llama la atención una espadaña rematada por cuatro altavoces.

La iglesia es lo que queda de un monasterio benedictino que se cree fue fundado a finales del siglos XI por Vasco Nunes de Bravães, que luego fue de la orden de San Agustín -o de los templarios y caballeros de la Orden de Cristo- y desde el siglo XV quedó en parroquia. Actualmente es propiedad estatal.



La fábrica es de una sola nave, de cabecera rectangular, tan frecuente en el románico luso y gallego, con un hermoso rosetón en el muro a levante. El ábside es más estrecho y bajo que la nave, austero, con solo unas aspilleras de iluminación, canecillos geométricos y moldura ajedrezada en el alero. En el muro norte se ha añadido una sacristía. En un rincón descansan dos sarcófagos antropomorfos. No encontramos a nadie que pudiera abrirnos la iglesia así que hubimos de conformarnos con contemplar sus muros exteriores, singularmente sus tres puertas, a cual más interesante.

La puerta septentrional es la más sencilla, su tímpano muestra una cruz formada por varios lazos, entre dos cuadrúpedos.





La puerta meridional tiene dos arquivoltas apuntadas; en el tímpano, un Agnus Dei sostiene la cruz con una de sus patas; en el dintel, dos mochetas con cabezas de animales.

La puerta a poniente justifica el viaje y la lluvia que estamos soportando. Tiene cinco arquivoltas de medio punto, la primera decorada con ajedrezado, la segunda, sogueado y las tres exteriores totalmente figuradas con personas, leones y aves, sucesivamente, rematada con guardapolvos floreado.


Las arquivoltas se apoyan en cuatro parejas de columnas con los fustes también esculpidos con relieves acordes con la iconografía de los capiteles respectivos (algo erosionados): aves, leones, serpientes entrelazadas y dos figuras humanas: una femenina y otra masculina, que se identifican con la Virgen María y San Grabriel.

El dintel muestra un Cristo en Majestad en mandorla flanqueada por dos ángeles. En las mochetas, dos cabezas de bóvidos.

Si se mira al frente, el conjunto tiene un aire arcaico, de haber visto el paso de los siglos y de miles de personas, no en vano se encuentra en el Camino de Santiago portugués.

Si se da la espalda al conjunto se constata el cuidado que Portugal presta a sus monumentos. Un edificio reciente sirve de presentación histórico-artística del antiguo monasterio y un monumento granítico que canta a Bravães, su historia, su paisaje… El pasado y el presente entrelazados.
Nos despedimos de San Salvador de Bravães, con su abigarrada belleza, atravesamos el río Limia y enfilamos a Valença do Miño, nuestra siguiente parada.

Esta Valença que antes se llamó Ganfei o Contrasta, a la que se acude a comprar toallas y sábanas o de paso a otros lugares estuvo habitada ya en la prehistoria por grupos que dejaron su impronta en los grabados rupestres del Monte de Lage y Tapada de Ouzão, clasificados como Bienes de Interés Público.
Los romanos hicieron pasar por aquí la vía que unía Bracara (Braga) con Lucus (Lugo) sobre el río Miño y levantaron el Castellum de Valença. Tras el declinar del imperio romano, y el paso de los suevos y godos, los árabes capitaneados por Almanzor destruyeron Ganfei en su camino hacia Santiago de Compostela. La Reconquista integró el territorio en el Condado Portucalense.
Sancho I le concedió el primer fuero y levantó aquí una construcción defensiva permanente, aprovechando la frontera natural que formaba el río Miño. En las guerras con el reino de León fue parcialmente destruida pero, en 1217, Alfonso II mejoró los privilegios a los habitantes de Contrasta, convertida ya en punto estratégico. En 1262 Alfonso III amplió el amurallamiento e introdujo cambios en su sistema defensivo, incluido el nombre, que pasó a llamarse Valença.




Las murallas de la fortaleza de Valença se reforzaron en el siglo XVII, para protegerse de los ataques españoles. Su casi cinco kilómetros de perímetro amurallado, con diez baluartes resultó una obra muy innovadora para su época, de manera que en el siglo XVIII Valença era una de las plazas fuertes más importante de la frontera portuguesa y la más importante del Miño.

En 1886 Portugal y España inauguraron el Puente Internacional sobre el río Miño que permitía el tránsito por carretera y ferrocarril, obra del ingeniero español Pelayo Mancebo y Ágreda. Mide 400 metros de longitud y está compuesto de dos tableros metálicos superpuestos, asentados sobre cuatro pilares de granito. El ferrocarril discurre por el tablero superior mientras que por el piso inferior transitan coches y peatones.





La Valença actual se distribuye en dos niveles. En la parte baja se extiende la ciudad moderna, igual a cualquier otra ciudad del mundo, con sus servicios, sus supermercados y sus edificios de pisos; en la parte superior se extiende la Fortaleza, la ciudad antigua, llena de tiendas de textiles y algunos hoteles, incluida la Pousada de San Teotonio, donde nos alojamos.


Cuando llegamos estamos tan mojados que nos dan la habitación antes de la hora establecida. Una hermosa y confortable habitación desde cuya balconada se distingue la ciudad hermana de Tuy, al otro lado del río Miño que fue frontera y ya solo es vecino. Se distinguiría mucho mejor si no hubiera esta niebla empecinada en dificultarnos las fotos, pero se distingue. Como somos algo asiduos de la zona podemos evocar la riqueza patrimonial de Tuy y de Valença con las fotos que hicimos durante nuestra visita en enero de este mismo año y el verano anterior.





Inasequibles al desaliento, salimos a las calles de Valença, en esta ocasión casi vacías. Suponemos que al día siguiente, día de mercado como cada miércoles, estarán más concurridas. Aprovechamos para hacer acopio de ginghina y esas compras irremediables cuando se visita Valença y volvemos a la Pousada, donde ya luce el belén.


En el comedor solo hay dos mesas ocupadas. En una charlan animadamente dos hombres. Pido sopa de cebolla -muy rica- y un balalhau à brás, el Colega, un caldo verde y un bacalao especialidad de la Pousada de San Teotonio, que además de dar nombre al hotel es el primer portugués canonizado y tiene estatua en lugar preferente de la fortaleza.

Salimos a dar un paseo y nos cruzamos con dos vejetes que se ofrecen a hacernos una foto y nos dan instrucciones para colocarnos de manera que se vea bien Tuy, de donde proceden ambos. Suponemos que han debido de venir paseando.


Como en Portugal el huso horario es de una hora menos que en España a media tarde ya ha anochecido y nos encontramos recorriendo la muralla casi solos. Los pocos transeúntes con los que nos cruzamos nos miran con conmiseración. Nosotros, en cambio, estamos encantados. Valença es una ciudad magnífica pero casi siempre demasiado concurrida, tenerla para nosotros solos nos parece un enorme privilegio que disfrutamos con fruición.
Fotos: ©Valvar

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Olite

Olite, que fue capital del Reino de Navarra, ahora es una ciudad medieval de 3.000 habitantes. Una pura fantasía medieval al alcance de tu mano. Conquista su castillo, callejea por sus rúas y siente la magia que se vivía en el Reyno, reza la página web que invita a visitar la ciudad.

Magia, ese es el concepto. Para que la inmersión mágica sea plena lo ideal sería que te alojaras en el Parador, que ocupa el palacio-castillo primitivo, declarado monumento nacional. Si el Parador estuviera completo, justo al lado tienes el hotel Merindad de Olite, que se levanta entre los restos de la muralla romana, en la calle de la Judería. Y si no te gusta ninguno, no te preocupes, tienes dónde elegir.

En cuanto pones un pie en Olite salta a la vista que te encuentras en una ciudad antigua pero, por si te quedan dudas, sepas que en el siglo I, en la época de la Roma imperial, ya existía un cinturón amurallado que defendía un pequeño altozano, donde luego se asentaría la villa medieval. San Isidoro de Sevilla sostiene que el rey godo Suintila fundó la ciudad de Oligitus u Oligite el año 621 y la volvió a fortificar para defenderla de los vascones. El rey de Navarra García IV Ramírez le concedió en 1147 el primer fuero y tierras de cultivo -el Fuero de los francos de Estella-, que proporcionó a la población jurisdicción privativa, ventajas fiscales y una autonomía social que implicaba la intervención directa de los vecinos en la gestión de los asuntos comunes. Teobaldo II otorga en 1266 quince días de feria anual a partir del 1 de mayo, el mismo año en que se celebran Cortes en Olite. En 1302, los reyes de Navarra, a petición de la villa, trasladan la feria anual al 2 de noviembre. En 1407, Carlos III el Noble designa a Olite como capital de la merindad de su nombre y Felipe IV le concede el título de ciudad en 1630.
Olite acogió una comunidad judía, influyente y bien relacionada con los monarcas, compuesta de artesanos, comerciantes, viticultores, recaudadores, prestamistas y médicos, que contó con sinagoga propia junto al Palacio Real. De la presencia hebraica conserva, además de la rúa de la Judería, una parte de la Torah y otros documentos en el archivo municipal. Durante los siglos XVII y XIX Olite vive una época de decadencia, a pesar de lo cual en 1904 crea la primera cooperativa navarra y la tercera de España.
Además del palacio Viejo o de los Teobaldos (siglos XII-XII), de carácter defensivo, mandado construir por Sancho VII el Fuerte y continuado por Teobaldo I y II, que es el que ocupa el Parador, Olite tiene el Palacio de los Reyes de Navarra, comenzado por Carlos III el Noble como ampliación del primero.
La impulsora del Palacio fue Leonor de Trastamara, quien en 1399 mandó construir la capilla de San Jorge y la cámara y morada de la reina junto a la iglesia de Santa María. Su marido, Carlos III, tomará el relevo a partir de 1400. A él se debe la construcción del núcleo central del palacio, donde se encontraba la gran cámara real, en torno al que se fueron incorporando las sucesivas dependencias: el mirador del rey, las torres del homenaje, del aljibe, la Ochavada, de las Tres Coronas, de los Cuatro Vientos, de la Joyeuse Garde. En su construcción participaron artesanos franceses y navarros, moros y cristianos: canteros, carpinteros, escultores, yeseros, pintores, vidrieros, tapiceros, armeros…


Se incorporaron jardines interiores, incluso un jardín colgante en sus murallas, naranjales, regados con un sistema hidráulico propio que llevaba el agua del Cidacos a la torre del Aljibe desde donde se distribuía mediante tuberías a las fuentes y jardines. El Palacio disponía asimismo de jaulas para aves y ardillas, incluso un zoo con leones, camellos, gamos, papagayos, búfalos, una jirafa o un avestruz. En él se celebraban grandes fiestas, torneos y corridas de toros. Se decía que tenía tantas dependencias como días el año. Puro esplendor y exotismo que hizo exclamar a un viajero alemán del siglo XV: “Estoy seguro que no hay rey que tenga palacio ni castillo más hermoso y de tantas habitaciones doradas”.
Doña Leonor murió aquí en 1415 y en 1425, Carlos III. Luego residirían su hija Blanca y su nieto Carlos, el desgraciado Príncipe de Viana. En 1512, tras la conquista de Navarra por las tropas castellanas, fue entregado al duque de Alba. En 1556 se cedió a los marqueses de Cortes por una renta anual de 50.000 maravedíes; luego, se otorgó su alcaldía por juro de heredad a la familia Ezpeleta de Beire, que lo mantuvo hasta el siglo XIX.
Al deterioro del abandono vino a sumarse el incendio ordenado por Espoz y Mina durante la guerra de la Independencia, para evitar que fuera utilizado por las tropas napoleónicas. En 1913 fue adquirido por la Diputación Foral de Navarra, diez años después convocó un concurso para su reconstrucción que fue ganado por los hermanos Javier y José Yárnoz, éste comenzaría en 1937 su restauración.




Cuando nosotros llegamos, avanzada la primera década del siglo XXI, vemos el Palacio como una construcción algo caótica, una mezcla de dependencias y estilos. Pese a todo, el conjunto mantiene su atractivo, a caballo entre los reinos medievales, los castillos franceses y los de Disney (dicho sea con todo el respeto a doña Leonor, don Carlos III el Noble y sus no menos nobles sucesores).

Pasear por sus dependencias proporciona una sensación de atemporalidad, de inmersión histórica y también de relatividad. De la de Einstein y de la otra. Me gustó especialmente la galería de la Reina, plagada de flores durante la visita.





La iglesia de Santa María se levanta entre los dos palacios. Inicialmente fue capilla real, dependiente de la iglesia parroquial de San Pedro. Se empezó a construir en el siglo XIII en una mezcla de estilos cisterciense y gótico para inclinarse definitivamente en el gótico. La fachada principal se acabó en el año 1300 y toma el modelo de la catedral de Notre Dame de París. El arco ojival de la portada está flanqueado por un friso formado por los doce apóstoles. Preside el arco una Virgen con Niño, rodeada por pasajes de la vida de Jesús, nacimiento, matanza de los inocentes, huida a Egipto y bautismo. Sobre este arco ojival se abre un segundo que contiene un gran rosetón y dos pequeños para adaptarse al arco. El atrio se añadió en el siglo XV con un arco de acceso y esculturas de la Virgen con Niño y de Blanca de Navarra. Aprovechando el cuerpo de un torreón romano, también en el siglo XV se construyó la torre y campanario.
En el altar se puede ver un retablo renacentista del siglo XVI debido a Pedro de Aposte, formado por 28 tablas con pasajes de la vida de Jesús y presidido por una talla gótica de la Virgen y el Niño y una imagen del Cristo de la Buena Muerte. El órgano de la iglesia, de estilo rococó, data de 1785. En esta iglesia se celebraban las ceremonias más solemnes de la corte.




Desde la plaza de Carlos III, tomando la Rúa Villavieja se llega a la iglesia de San Pedro, que es la más antigua de Olite, una mezcla de románico -portada y claustro- y gótico en su torre, de 54 metros de altura, coronada en el siglo XIV con una flecha.






Desde aquí, tomando el paseo de Doña Leonor y luego la Ronda del Castillo, se bordea el flanco defensivo de la ciudad, con sus puertas de acceso, sus torres de cuento, sus casonas medievales, su vieja judería, hasta llegar a la Rúa Romana, que conduce de nuevo al centro de la ciudad antigua.

Así que si un día quieres vivir una inmersión en una ciudad medieval, capital del Reino de Navarra por añadidura, si te apetece recorrer los pasillos, salas y almenas de un palacio de cuento, si te gusta la historia y no desdeñas la leyenda, no busques más, Olite es lo que estás buscando.

A nosotros nos regaló por añadidura una preciosa luna llena primaveral.
Fotos: ©Valvar

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Vigo románico y encendido

El último lunes de noviembre de 2023 salimos de Burgos hacia el noroeste de la península. El objetivo era comer unas ostras en Vigo y, de paso, ver un poco de románico, no vaya a ser que se nos olvide. Aviso: la cosa salió regular. De entrada, nos llovió casi todos los días, lo cual, si bien es beneficioso para la tierra, dificulta la obtención de buenas fotos. En segundo lugar, ostras, Vigo y lunes no concuerdan bien.
Empero, el primer día apenas llovió. Nuestra parada era Vigo, un municipio que, además de una iluminación navideña casi estratosférica, tiene dos iglesias románicas notables que nos proponíamos visitar: Santiago en Bembrive y Santa María en Castrelos. Ahí descubrimos que el municipio vigués es enorme, nos salvó el GPS, que los dioses conserven.

Bembrive deriva de la locución latina bene vivere, esto es, buen vivir. De ahí que hace siglos en el lugar se asentara una población que erigió un oratorio, antecedente de la actual iglesia de Santiago.

Esta es una construcción datada en el siglo XII, con posteriores reformas, no muy grande, de una sola nave, ábside decagonal y tres puertas, que encontramos cerradas todas ellas.


En el hastial de poniente se abre una puerta de arco apuntado, con dos arquivoltas, protegido por un arco ajedrezado. La arquivolta exterior muestra una línea de flores hexapétalas, que se repite en la cornisa del ábside. Las columnas rematan en sendos capiteles con adornos vegetales.


La puerta sur es muy simple, adintelada, con un grabado en el que creemos ver un oso enredado en un árbol.


La puerta septentrional es la más interesante. Un arco ligeramente apuntado con un tímpano en el que se distingue una cruz o triquetra de cuatro puntas que a su vez contiene espirales y círculos. Estas inscripciones abundan en los muros de la iglesia, lo que parece aludir a la existencia de un templo anterior paleocristiano y de inspiración celta.




Los canecillos del ábside muestran figuras antropomorfas y vegetales, en regular estado de conservación. En mejor estado parece el crucero.

Dejamos este lugar de bien vivir -en el barrio de Mosteiro o Monasterio- y, GPS mediante, nos dirigimos a Castrelos. Subimos y bajamos cuestas, tomamos curvas a derecha e izquierda y, finalmente, aparece ante nuestros ojos la iglesia. Indico al Colega el acceso al aparcamiento pero él, emocionado tras el rally vigués, toma la primera vía que ve junto a los muros de Santa María.

El coche hace un primer clock, luego un segundo y un tercer y definitivo clock. Inmediatamente nos rodean varias señoras indicándonos con gestos de alarma que paremos. Estamos bajando por unas escaleras, le digo al Colega, quien, evidentemente, también se ha percatado.
Me pregunto de dónde han salido tantas señoras juntas, mientras él ya ha iniciado la marcha atrás, observado por las mismas señoras y con mi inestimable ayuda consistente en sucesivos ayayayay, seguidos de pordios, pordios, pordios. Finalmente volvemos a la carretera, giramos en el acceso debido y aparcamos. El coche huele a quemado, igual nos lo hemos cargado, comento, en un alarde de optimismo. Ná, dice el Colega, hazte a la idea de que nos hemos gastado cinco euros en desgaste de las ruedas. Los economistas y su mente analítica, benditos sean.
Cuando bajamos del coche nos percatamos de que al otro lado del aparcamiento hay un centro escolar, de donde salen los niños que recogen las señoras que nos advertían. No crea que son ustedes los primeros que bajan por las escaleras, nos dice una de ellas. Miro los escalones finales y me dan escalofríos. Ahí sí que habíamos dejado el coche.

Con el susto aún en el cuerpo comprobamos que Santa María de Castrelos es una pequeña maravilla, bastante bien conservada. Su construcción se fecha en 1216, de una nave, con un tramo presbiterial más estrecho unido a un ábside semicircular por un contrafuerte a cada lado.

Como en Bembrive, en el hastial occidental se abre una portada abocinada con tres arquivoltas apuntadas con decoración de flores hexapétalas enmarcadas en círculos y chambrana exterior ajedrezada. El tímpano muestra una cruz patada o de Malta rodeada de seis árboles.


Este tímpano se repite en la portada sur, algo más ornamentada que aquella en las arquivoltas. En las enjutas se abren dos ventanas de arquivolta ojival con abundancia de las misma flores hexapétalas en torno a las saeteras y chambrana ajedrezada.




La tercera portada, en el muro norte, es similar en su decoración. En el tímpano, un círculo en el que se inscribe una cruz con los extremos circulares.

En el ábside se abren tres rosetones -uno de ellos oculto por la sacristía- de moldura ajedrezada en cuyo interior se abre un hueco en forma de cruz. Sorprende la situación de estos ventanales, por debajo de lo que es habitual, que se explica por la pendiente en que se encuentra la iglesia, más alta en la cabecera que en los pies. En el interior, los rosetones ocupan la altura habitual de las ventanas.


Junto al muro norte se levanta un crucero de buena factura rodeado de cables. Cualquier día de tormenta la escultura recibirá un calambrazo.


Repuestos del sobresalto de la escalera tomamos el camino del centro de Vigo, donde se encuentra nuestro hotel. Hemos escogido el lunes para nuestra estancia en Vigo pensando que sería un día menos concurrido pero nos hemos equivocado. La eficaz campaña turística del alcalde Abel Caballero para atraer visitantes a su iluminación navideña seduce a miles de visitantes desde el primer al último día de encendido de los millones de leds. A ojo, se diría que se encuentra aquí la población Imserso que no se ha inscrito en los viajes de invierno. Las quince plantas del hotel Bahía de Vigo están a tope. Hemos reservado habitación con vista al mar y así nos dan.



Salimos a recorrer la ciudad y, justo frente al hotel, descubrimos una enorme y extraña escultura, lo que parece un joven caído contra el asfalto. Se trata de “El bañista”, obra en bronce del escultor Francisco Leiro, que tiene su gemelo en la plaza de la Estrella -”El nadador”-. Los responsables artísticos de Vigo deben de ser aficionados a este escultor, pues en la muy céntrica Puerta del Sol, sobre dos columnas de mármol negro de 11 metros de altura, se levanta “El sireno”, este en acero inoxidable. Un personaje entre pez y hombre, sin brazos pero con piernas, escamas por el cuerpo y cabeza con una gran nariz.
Primera sorpresa: la Piedra, famosa calle donde a diario se venden las ostras por cientos, solo abre por la mañana. Segunda sorpresa, las calles del centro están abarrotadas antes incluso de encenderse las luces. Tercera sorpresa, contra nuestra prevención de que la iluminación navideña es hortera por definición, en Vigo tiene un punto de buen gusto. Eso y que ofrece entretenimiento para todas las edades explica su atractivo. Luego nos comentarán que los vecinos están hartos de tanto gentío y tanto ruido, pero esa es otra historia.








Dispuestos a comer ostras dondequiera que hubiera acudimos al restaurante que nos han recomendado en el hotel, que encontramos cerrado. Nos atiende una joven amabilísima que, al vernos derrengados, se ofrece a sacarnos un vino en la pequeña terraza exterior del local hasta que este abra. Por si nos quedaban dudas, comprobamos que ni ese era nuestro día ni Vigo nuestro mejor destino: en el restaurante quedan cuatro ostras, cuatro (y pequeñas). Es que el lunes no abre la lonja y ayer tuvimos una invasión de gente, se justifica la joven amable. El Colega quiere comer percebes y menos mal que quedaba una ración (tampoco muy abundante, dicho sea de paso). Sí hay pulpo, zamburiñas y nécoras que acompañamos con una botella de Martín Codax. Alegres por el vinillo pedimos la cuenta y en ese momento el Colega se percata de que no tiene la cartera. Pues al salir del hotel la llevaba, asegura. Mientras pago con mi tarjeta, él sale a la calle y -oh, milagro- allí, bajo la silla donde hemos esperado que abriera el restaurante, está su cartera, al parecer, oculta a la vista de los cientos de personas que han pasado junto a ella. Hemos salvado el día en el límite, comento, antes de percatarme de que nos han cobrado cuatro nécoras en vez de las dos que nos han servido. Eso pasa por no revisar la cuenta.

Al levantarnos al día siguiente observamos que el frente marítimo que alcanza nuestra vista ha sido tomado por un enorme crucero y que el día se ha metido en agua. Así que desayunamos, volvemos al coche y salimos de Vigo sin mirar atrás. Quizá en otra ocasión tengamos más suerte.
Fotos: ©Valvar

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Arlés

Arlés conserva un teatro y un anfiteatro romanos, una iglesia románica con un claustro notable. En esta ciudad de la Provenza francesa pasó Van Gogh un año de su triste vida y descansaron grandes pintores como Matisse, Picasso o Renoir. Con estos conocimientos básicos nos presentamos en la oficina de turismo, donde nos proporcionan documentación suficiente y donde compramos el Pass, una tarjeta dirigida a los visitantes, que, por 11 euros facilita el acceso a los principales monumentos durante un día, que es lo que pensamos estar.
La oficina de turismo está en el inicio del boulevard Georges Clemenceau, una vía que separa la ciudad antigua de la nueva. Justo al lado, una placa muestra la convocatoria que Charles de Gaulle hizo desde su refugio de Londres, en junio de 1940, “a todos los franceses, dondequiera que se encuentren, a unirse a mí en la acción, en el peligro y en la esperanza. Nuestra patria está en peligro de muerte. Luchemos por salvarla”.

Nos encaminamos a la vieja ciudad y enseguida llegamos a la plaza de la República, escenario de convivencia del poder civil, el ayuntamiento, y el poder religioso, la iglesia de Santa Ana, a la izquierda, y la de San Trófimo y su claustro, a la derecha.

Nos sentamos en la misma plaza para tomarnos un respiro y enterarnos de que Arlés fue fundada por los griegos en el siglo VI a.C. con el nombre de Theline y conquistada sucesivamente por los celtas saluvios, que la llamaron Arelate, y por los romanos, que llegaron el año 123 a.C. y la convirtieron en una importante urbe. En el año 40 a.C. apoyó a Julio César frente a Pompeyo, que recibió el apoyo de Massalia (Marsella). Tras el triunfo de César, éste concedió a Arelate las posesiones que quitó a Marsella. La ciudad se convirtió en una colonia de veteranos de la legión romana VI Ferrata, la Colonia Juliana de Arlés de los soldados de la Sexta Legión.
Arelate, con sus 400.000 metros cuadrados, alcanzó gran importancia en la Gallia Narbonensis, como prueban sus monumentos: un anfiteatro, un circo (del que quedan restos), un teatro y un arco triunfal, además de sus murallas y un puente, del que no quedan restos porque ha sido reemplazado por una construcción moderna.
Su momento de esplendor romano fue en los siglos IV y V, cuando los emperadores la eligieron como cuartel durante sus campañas militares. Fue favorita de Constantino el Grande, que construyó unos baños termales cuyos restos aún se conservan. Aquí nació su hijo, Constantino II y Constantino III la hizo capital cuando se declaró emperador de Occidente, en el 408.
La plaza fue asaltada por los sarracenos en los años 842 y 850. Durante siglos fue un gran puerto fluvial del Ródano hasta que la llegada del ferrocarril en el siglo XIX arrasó con el tráfico fluvial y ocasionó el declive económico de la ciudad.
La fachada de la iglesia de San Trófimo es apabullante. En la puerta un cartel prohibe la entrada excepto a los asistentes a la misa. Dudamos si entrar, pero una señora señala con gesto severo las cámaras y nos invita a volver después. Volveremos tres veces más y las tres veces encontraremos la iglesia cerrada.

Sabemos que se construyó a comienzos del XII sobre una basílica del siglo V, dedicada a San Esteban, que los ábsides originales fueron sustituidos en el siglo XV por un coro con deambulatorio y que fue catedral hasta que en 1801 fue convertida en iglesia parroquial y en 1882, declarada basílica menor por León XIII. La advocación de San Esteban fue desplazada cuando en 1152 se traen las reliquias de San Trófimo, cuyo nombre toma desde entonces. En su etapa catedralicia fue escenario de la coronación de Federico I Barbarroja como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y la de Carlos IV, rey de Bohemia.


Dejamos a la guardiana de la iglesia y tomamos posiciones ante la extraordinaria portada: organizada a manera de arco triunfal, representa el juicio final. El tímpano muestra un Pantocrátor, con Cristo enmarcado en mandorla con el tetramorfos. En el friso del dintel, los apóstoles y en el friso que recorre la portada, el resultado del juicio final: a la derecha los condenados y a la izquierda los elegidos. Más escenas evangélicas: la Anunciación, el Bautismo, la adoración de los Magos, la matanza de los inocentes. En el nivel inferior, esculturas de santos vinculados a Arles: San Bartolomé, Santiago, San Juan Evangelista, San Pedro, San Felipe, San Esteban, San Andrés, San Pablo y, naturalmente, San Trófimo, la corte celestial en pleno.




Llaman la atención las columnas de piedra oscura, cuyas bases están decoradas con esculturas de leones y de Sansón y Dalila. El catecismo al alcance de todos los fieles. Una acabada muestra de románico provenzal.


El claustro tiene dos pandas románicas y dos góticas. La parte románica fue construida a caballo de los siglos XII y XIII, primero la galería norte y luego la oriental. Acabadas las obras, la ciudad inició un periodo de decadencia, con la marcha de los condes de Provenza; luego, la peste negra diezmó la población. Así que hasta finales del siglo XIV no se reanudaron las obras de las galerías sur, con detalles de la vida de San Trófimo, y oeste, con temas provenzales y de la vida de Santa Marta luchando contra el dragón, ya en estilo gótico. Coincidimos que el claustro está a la altura de cualquiera de los mejores que conocemos, que son algunos.






























En el arranque de la escalera, una escultura notable del escultor arlesiano Jean Turcan: El ciego y el paralítico nos recuerda las elecciones generales que ese mismo día se estaban celebrando en España.

Sin reponernos de la impresión, seguimos ruta hacia el lado romano de Arlés. Casi limítrofe con la iglesia, se encuentra el Teatro antiguo, construido a finales del siglo I de nuestra era y con capacidad para 10.000 espectadores. Como estamos en verano, se encuentra dispuesto para las actuaciones estivales.

A un tiro de piedra se encuentra también el Anfiteatro, la joya de los arlesianos, de la misma época que el Teatro y con capacidad para 21.000 espectadores, da sensación de solidez. Como en Arlés la afición taurina está realmente arraigada el Anfiteatro es aquí plaza de toros. Todo en la ciudad remite al toro, incluidos los menús. Arlés y Nimes son ciudades taurinas, con sus ferias en primavera y otoño. Como en tantas otras piedras milenarias encontramos los nombres de personas necias, empeñadas en dejar constancia de su necedad.








Posponemos para otro momento la visita a los Criptoporticos -dobles galerías subterráneas en forma de herradura- y buscamos donde comer en alguna de las direcciones que les han proporcionado en el hotel. No se os ocurra acercaros a la plaza del Foro y menos aún al Café Van Gogh, que es para guiris y os clavarán, nos han advertido. Pasamos de largo, pues, de la plaza y tomamos la rue de las Termas en dirección a Docteur Farton cuando el Colega siente el olor de la cocina de un establecimiento que no puede ser más impropio -toda la decoración gira en torno a la corrida de toros- y donde el plato del día es ¡paella!

Allí nos sentamos -a mí el sitio no me parece ni medio bien pero estoy demasiado contenta después de la visita a San Trófimo para protestar- y salimos del trance con una paella, tipo Benidorm, y una zarzuela de pescado, manifiestamente mejorable. El cocinero sale a saludar a la clientela y nos informa que aprendió a guisar en la Costa Brava.

El casco histórico de Arlés es relativamente pequeño, de manera que es posible recorrerlo a pie sin demasiado esfuerzo. A pocos metros de la paella, en la calle Doctor Farton, se encuentra la Fundación Vicent van Gogh, un pequeño museo del artista holandés, que aquí vivió un año, de febrero de 1888 a mayo de 1889, con una actividad febril: más de 300 cuadros, entre ellos algunos de los más famosos. En Arlés le visitó Paul Gauguin, aquí ocurrió el incidente del corte de la oreja, tras una discusión entre ambos pintores y de aquí partió al asilo de Saint Rémy de Provence. El museo ofrece una muestra interesante de la obra de Van Gogh, con muy buenos retratos, y de algunos de sus contemporáneos influenciados por él.





Cruzando el puente de Trinquetaille -por donde discurre el Camino de Santiago- se alcanza la orilla derecha del Ródano, donde se disfruta de hermosas vistas de Arles. Allí encontramos una antigua iglesia dedicada a San Martín, luego convertida en almacén de la Cooperativa del Sindicato de Criadores de Oveja Merina y actualmente dedicada a actividades culturales. El pragmatismo francés.


Desoímos las advertencias y acabamos sentados en la Plaza del Foro, el primer día para tomar un refresco en Chez Arelatis, que resultó ser una buena elección, y el segundo, en el mismo Café Van Gogh, mientras la selección española caía ante la italiana, con gran alborozo local. En el pecado llevamos la penitencia.


El camarero, además de perdonarnos la vida, nos hace esperar cerca de un cuarto de hora, nos sirve una cerveza caliente y nos cobra 15 euros por el favor. Estoy por cortarle la oreja al camarero, dice el Colega.




La sangre no llega al río. Dejamos el café y seguimos nuestro paseo por las calles de Arlés disfrutando de sus fachadas floreadas, la decoración de sus casas y hacemos caso a la encontrada en nuestro callejeo: A la vida y al amor.
Fotos: ©Valvar

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Aviñon

Aviñón significa ciudad del río. Es una ciudad amurallada, una mole pétrea bordeada por el Ródano, una ciudad de apariencia medieval que durante un siglo fue capital de la cristiandad. En 1995 fue declarada, con fundado motivo, Patrimonio de la Humanidad.

El cuarto día de nuestro periplo, cuando llegamos a Aviñón desde Nimes y Orange, ya hemos caído en la cuenta de que nuestro plan de viaje es demasiado ambicioso. A la altura del Pont de Gard hemos tenido que optar entre tomar el desvío que conduce hacia el gran acueducto o seguir hacia Orange para ver su teatro, romanos ambos. Optamos por seguir ruta, con harto pesar, consolándonos mutuamente con el argumento de que algo hay que dejar para una segunda vez.

El teatro antiguo de Orange -gran Teatro de la Roma Imperial- es impresionante en su inmensidad. A pesar de que las gradas han sido restauradas, el estado de conservación es bastante bueno.


Como ya va siendo habitual en este viaje, el teatro antiguo se encuentra cubierto de andamiajes para la programación estival. Sobre el escenario un buda sigue impertérrito el ajetreo que le rodea. Este escenario dos veces milenario acogerá un festival de ópera durante los meses de julio y agosto y en septiembre, todo el pueblo se encargará de dar vida a la IIª Legión gala. Un campamento romano cuyos restos se mezclan con naturalidad en el urbanismo del siglo XXI.



Llegamos avisados de que Aviñón y coche son conceptos antitéticos; hemos oído, incluso, que a partir de determinada hora no se permite el tráfico rodado pero al llegar, hacia las 11 de la mañana, comprobamos que entrar se puede, lo que no se puede es aparcar porque no hay un espacio libre. En nuestro afán por alojarnos en lugar céntrico hemos encontrado un hotel en la rue de la Republique que no tiene aparcamiento. Finalmente, optamos por dejar el coche en el del mercado -les Halles- y, rápidamente, nos lanzamos al callejeo.






A unos metros de la plaza del mercado encontramos la iglesia de Saint Pierre, con portada gótica, puertas renacentistas de madera, púlpito del XV y coro del siglo XVII.


Pero en Aviñón todo queda disminuido ante la monumentalidad del palacio papal. Una especie de ciudad dentro de la ciudad amurallada. Mole y amurallamiento tienen su lógica pues en este recinto se atrincheraron los papas durante más de un siglo: entre 1309 y 1377, en el llamado Papado de Aviñón, y en el subsiguiente cisma, de 1377 a 1417. Esta historia tan poco edificante de lucha por el poder entre papas y reyes, primero, y entre papas y antipapas, después, me valió una buena nota en Religión de tercero de bachiller y el Colega, que ya ni se acuerda de qué nota sacó hace tantos años, escucha con atención la historia, que puedes encontrar aquí 👇
Este peñón, un alto rocoso sobre el Ródano, conocido como el Rocher des Doms, donde se asienta el palacio de los Papas, ya estaba habitado en el neolítico, de manera que bien pudo haber disputado a Roma el apodo de ciudad eterna. Sobre este risco hubo una pequeña ciudad griega y luego, otra romana. Había sido sede episcopal desde el año 70 de nuestra era y arzobispado desde 1476. El papa Bonifacio VIII fundó una universidad que alcanzó fama por sus estudios de leyes y que llegó hasta la Revolución francesa. Pero Aviñón se hizo un nombre como capital de la cristiandad en el siglo XIV. La visión del monumento desde la plaza del Palacio explica cabalmente el significado del poder papal. En la misma plaza, frente al Palacio, se encuentra el Hôtel des Monnaies, la ceca papal, que fue edificado en 1617, pues la ciudad formó parte de los Estados Pontificios hasta la Revolución francesa.



La residencia de los papas ocupa más de 15.000 metros cuadrados, sus muros tienen cinco metros de grosor, es la más grande de las construcciones góticas de la Edad Media y un importante palacio gótico. En realidad, lo que llamamos el palacio son dos: el viejo, de Benedicto XII, y el nuevo, de Clemente VI. Las obras se iniciaron en 1316 y acabaron en 1370 y en su decoración participaron artistas del momento como Simone Martini y Matteo Giovanetti. El recinto se completa con el Petit Palais, al oeste de la plaza, y la catedral románica de Notre Dame de Doms, en la parte norte del palacio.


Durante el mes de julio, Aviñón es sede de un importante festival de teatro, de manera que el patio del palacio está acondicionado también para esta programación, lo que condiciona la visita e impide contemplar una parte del itinerario.



Así y todo, el palacio impresiona. A mí me impresionó, incluso, más que el Vaticano pues si bien la sede de Roma es más grandiosa, rica y magnífica, las piedras de Aviñón son más explícitas: estos son mis poderes, ¿passa algo?, vienen a decir.
Después de la visita, encontramos mesa en la plaza del Reloj, con el teatro de la Ópera a la vista. El Colega, que va cogiendo el punto a sus implantes dentales, elige un restaurante para desquitarse de los purés y merlucitas que se tiene comidos en este tiempo: La Boucherie (La carnicería). Pide un solomillo de buey y yo un carpaccio, ambos platos con las inevitables patatas fritas, de los que damos buena cuenta bajo una especie de carpa humedecida con chorritos de vapor que alivian las altas temperaturas. La plaza es uno de los epicentros de la gastronomía local y, efectivamente, está llena de familias aviñonesas y unos pocos forasteros.




Tras el palacio, el segundo monumento de Aviñón es el puente Saint Bénézet o San Benito, sobre el Ródano. Hubo de ser impresionante con sus 22 arcos, porque sigue siéndolo con los cuatro que le han dejado las sucesivas avenidas del río. El puente es muy popular en toda Francia porque es motivo de una cancioncilla de cuna con la que han dormido casi todos los niños franceses. Sur la pont d’Avignon on y dance, on y dance…


Más abajo del puente hay un embarcadero donde se puede tomar un barco para cruzar a la otra orilla del Rodano, la isla de la Barthelase, que forma el mismo río, convertida en un espacio para el ocio y el paseo.



Entre las murallas y el río discurre un agradable paseo que permite contemplar con tranquilidad unas y otro. De aquí era la cantante Mireille Mathieu, por eso la llamaban el gorrión de Aviñón, le cuento al Colega, que es más de la música angloamericana y no tiene ni idea de quién le hablo.


Entramos de nuevo en la ciudad por la puerta de la República, la calle comercial de Aviñon que va de las murallas a la plaza del Reloj, y llegamos a la zona del palacio, donde compramos una primera remesa de jabones, un molinillo de hierbas de la Provence y una cigarra de porcelana, que es el animal totémico de la ciudad. La señora que nos lo vende asegura que, colocada cerca de la puerta, su canto ahuyenta todo lo malo del hogar. Cuando volvemos a casa, colocamos al bicho en la pared de la habitación donde escribo. Las cortinas, movidas por el viento, activan el sensor óptico una y otra vez, en un incesante canto chicharrero, de manera que la pobre cigarra debe estar exhausta. El Colega, harto de oírla, le quita las pilas. De tiempo en tiempo, se las pongo de nuevo, solo por un rato, para que no pierda la voz.


Callejeando nos hemos topado con una comitiva nupcial que sale del Ayuntamiento, un edificio neoclásico del siglo XIX, con un campanario del siglo XIV. La leyenda del frontispicio explica algunos de los vicios hispanos. No es lo mismo nacer en un país que tiene como lema: Libertad, igualdad, fraternidad, que en uno cuya máxima es: Non plus ultra. En el camino de bajada, una banda interpreta piezas de música ligera, entre otras, un pasodoble.
Como nos ha gustado el sitio, volvemos a la plaza del Reloj a cenar. El Colega pide unos moules (mejillones) con las habituales patatas fritas, y yo, una sopa de cebolla. El lugar tiene su encanto y está fresco después de un día de mucho calor pero, con permiso de monsier Bocusse, he comido mejor sopa de cebolla en casa de mi amiga Nines, que es de Burgos.
En Aviñón el comercio cierra a las 6 de la tarde, algunos a las 7, pero los bares y restaurantes del centro permanecen abiertos al menos hasta las 10, una hora avanzadísima para estos lares. Nos despedimos de la ciudad papal con la viva impresión de la mole palaciega. El poder pétreo.
Fotos: ©Valvar

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Puebla de Sanabria

Puebla de Sanabria (Zamora) es uno de los Pueblos Bonitos de España, con su castillo, su iglesia románica, su arquitectura tradicional y su contundente y sabrosa gastronomía. La joya de una comarca en la Raya de Portugal, que es en sí misma un compendio de belleza paisajística.

Guardábamos un grato recuerdo de nuestra estancia en esta comarca en noviembre de 2006, cuando disfrutamos de un tiempo soleado y un sol brillante. En julio de 2014, un día caluroso y radiante, iniciamos en Puebla de Sanabria la ruta por la región de Tras os Montes, siguiendo el periplo relatado por Julio Llamazares. Hemos vuelto en noviembre de 2023. Para completar nuestras experiencias en esta oportunidad nos recibe una llovizna persistente que alterna con niebla cerrada, que nos moja sin piedad y nos dificulta el paseo por sus calles y las fotos pero que no resta ni un ápice de belleza. Nos alojamos en el Parador, situado en el arrabal de San Francisco. Desde nuestro balcón podemos observar la puebla semioculta por la niebla, anocheciendo, iluminada en la noche, amaneciendo… Un espectáculo.





Situada en una loma que se asoma al río Tera, sabemos que en el 569 la puebla de Sanabria ya existía porque en esas fechas en esas fechases citada en las actas del Concilio de Lugo. Alfonso IX le concede fueros en el siglo XIII. En 1220 es una fortaleza defensiva de los reinos de León frente a Portugal y una de las plazas de armas más importantes del reino. En el siglo XV, los condes de Benavente, señores de la Villa durante cuatro siglos, levantan su castillo que es, con la iglesia de Santa María de Azogue y la Casa Consistorial, los monumentos más importantes del lugar.

El caserío del casco antiguo se desparrama por esta loma con algunos ejemplares de casonas, blasonadas o no, ricamente adornados, y otros de arquitectura popular, con balconadas y galerías acristaladas, algunos de ellos en regular estado de conservación. Puebla de Sanabria está catalogada justamente como Conjunto histórico-artístico.




La construcción del castillo fue impulsada por Rodrigo Alonso Pimentel, y María Pacheco, IV condes de Benavente, siguiendo la costumbre de los nobles de la época, dados a atrincherarse en sus señoríos en sus contiendas frente al poder real. Levanta un recinto amurallado cuadrado con una torre redonda en cada esquina, de altos muros de sillería de granito que prolongan la muralla natural que conforma la meseta rocosa protegida por los cauces fluviales en la que se asienta la fortaleza. Un alcázar infranqueable.





En el centro de este fuerte se alza la torre del homenaje, en buena medida oculta por la altura del muro perimetral, conocida como El Macho.

El castillo ha tenido una vida accidentada: las guerras con Portugal en el siglo XVIII y con Francia en el XIX arruinaron sus muros. Abandonado el uso como fortaleza, en ruinas y abandonado, en 1895 el Estado lo cede al Ayuntamiento “hasta tanto se determine si será o no útil para la defensa de la frontera con Portugal, y, en caso negativo, la cesión será definitiva y de pleno dominio”. En 2022 fue declarado monumento bien de interés cultural. Actualmente, está dedicado a usos culturales: biblioteca, museo y casa de cultura.

El castillo es un excelente mirador desde el que se contempla, si no hay niebla, el río Tera y buena parte de la comarca.


Cerca del castillo se alza la iglesia de Nuestra Señora del Azogue, obra de sillería berroqueña del siglo XII, originalmente de estilo románico tardío, del que solo conserva los muros y las puertas sur y oeste. El resto fue reformado en el siglo XVI.

Llama la atención la puerta del hastial de poniente. Las tres arquivoltas descansan en cuatro columnas-estatuas -las dos restantes se han perdido-, que representan a otros tantos personajes. Las del lado derecho se han identificado como reyes, las de la izquierda personajes ataviados con atuendos de la época.


Los capiteles muestran motivos vegetales y Adán y Eva, la serpiente y un esquemático árbol de la vida.


Sobre esta puerta se abre un óculo románico con chambrana adornada en ajedrezado.

La esbelta torre de la iglesia dobla en altura la del hastial sur, semejando la hermana mayor de éste.

Las arquivoltas de la puerta sur, también románica, presentan decoración geométrica y apoyan en jambas.

En esta ocasión encontramos la iglesia cerrada a cal y canto, pero recordamos haberla visto en nuestra primera visita. El crucero y la cabecera son góticos, cubiertos por bóvedas de crucería estrellada. Conserva una pila bautismal románica del siglo XIII y un órgano del XVIII que estuvo en funcionamiento hasta 1930.

En la misma plaza donde se alza la iglesia se encuentra la Casa Consistorial, de sillería granítica. La fachada es del siglo XV, con dos plantas porticadas y dos torreones a ambos lados.

Casi colindante con esta iglesia se encuentra la ermita de San Cayetano, del siglo XVIII, barroca.

En Puebla de Sanabria hay también un museo de Gigantes y Cabezudos, con 33 cabezudos y 10 gigantes.
La población de Puebla de Sanabria se expandió al otro lado del río Tera por el arrabal de San Francisco, nombre que toma del convento de este nombre. Ocupado antaño por frailes franciscanos, ahora se utiliza para actividades docentes. La iglesia, abierta al público, sirve de apoyo a la parroquial.


Antes de irnos hacemos acopio de los «habones» de la Puebla de Sanabria, unas enormes y ricas alubias blancas, que hemos probado en el Parador. Esperamos tener la oportunidad de volver.
Fotos: ©Valvar


