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  • Carcasona

    Carcasona

    Carcasona es una ciudad doble: la Cité o fortaleza medieval, la más grande y mejor conservada de Europa, y la que se extiende fuera de esos muros, una pequeña ciudad provinciana francesa, con su iglesia de San Vicente y sus baluartes.

    Esta ciudad es la primera parada del periplo por tierras del midi francés que hicimos en la primavera del 2016. Algo más de dos mil kilómetros en quince días, con salida y llegada en Burgos. Elegimos el itinerario a partir del deseo del Colega de ir a Moissac y el mío de ir a Conques, ambos lugares vinculados al Camino de Santiago y, ambos también, referentes en el románico francés. Luego, sobre la marcha, el Colega añadió una visita a los coliseos romanos de Nimes y Arles. Si llegamos hasta Arles, no vamos a irnos sin dar un paseo por la Camarga, propuso el Colega, que es muy dado al mundo animal y vegetal. No como yo, que me atacan hasta los mosquitos domésticos y me atasco en un surco. Y así, llegamos a Albi, Avignon, Conques, Rocamadour, Rodez, Saint Gilles, Cahors, Moissac y Toulouse.

    Como la excursión coincidía con la Eurocopa, no fue fácil encontrar hoteles -siete en total- que reunieran los requisitos que reclamamos en nuestras salidas, a saber, que sean céntricos, que tengan conexión a internet y aparcamiento para el coche y que sean mínimamente decentes. Si hay que optar, por el mismo precio preferimos un hotel de tres estrellas al lado de la plaza mayor del pueblo, que uno de cinco en las afueras. Casamos finalmente fechas y alojamientos y nos pusimos de viaje con la ilusión de dos adolescentes.

    Carcasona fue una incorporación de última hora para no hacer demasiado larga la etapa hasta “las aldeas galas” de Astérix; fue una decisión acertada porque la ciudad merece una visita. La Cité original es la ciudadela medieval, el emplazamiento primitivo, constituida por el castillo y sus murallas. La puerta de Narbona, del siglo XIII, con dos torres contrafuertes, tiene acceso con vehículo, pero a la puerta de Aude, también del siglo XIII, solo se puede llegar por la cuesta desde la calle Barbacane.

    Aparcamos el coche junto al puente medieval y subimos a pie por la puerta de Narbona. Encontramos una ciudad tomada por un aluvión de turistas, que entraban y salían en las innumerables tiendas que se abren en casi cada edificio de las calles principales que cruzan la Cité.

    La primera fortificación de este estratégico alto se atribuye a los romanos, luego pasaron por aquí los visigodos y los árabes, a los que expulsó Pipino el Breve. Pero, el santo y seña de Carcasona es el apellido Trancavel, vizconde de Albi y de Nimes, aliado y enemigo, sucesivamente, de los condes de Barcelona. Los Trancavel fueron amos y señores del lugar, llegaron a enfrentarse al rey de Francia y salieron perdedores en el trance.

    Siguiendo la calle del Vizcomte Trencabel, que parte de la plaza del Chateau, desembocamos en la basílica de Saint Nazaire, la joya del casco antiguo, una mezcla de románico y gótico, con unas vidrieras que, dicen, son “las más preciosas del Midi”.

    La ciudadela fue plaza fuerte de los cátaros, hasta que, a comienzos del siglo XIII, el papa Inocencio III dictó la cruzada contra los albigenses, los herejes cátaros, el conde Simón de Montfort tomó la ciudad, hizo prisionero al Trencavel de turno y se nombró nuevo vizconde. Poco después, Luis IX, el San Luis de los franceses, la transformó en fortaleza real y cabeza del sistema defensivo en la frontera franco-española. En 1240, otro Trencavel intentó recuperar el poder pero fue derrotado de nuevo.

    En 1247, con los Trencaveles sometidos, el rey Luis IX, perdonó a los levantiscos y les permitió volver a la ciudad, a condición de que permaneciesen en la orilla occidental del río. Así nació la ciudad baja o Bastida de San Luis, construida en forma de damero.

    En la Guerra de los Cien Años, Eduardo de Inglaterra, el Príncipe Negro saqueó la ciudad baja, al no conseguir tomar la fortaleza, que se consideraba inexpugnable. En 1590, la ciudad fortificada no reconoció la autoridad de Enrique IV porque era hugonote. Sí lo hizo la Bastida, enfrentándose ambas en una demostración local de las guerras de religión que vivía Francia. Con el tratado de los Pirineos de 1659 la ciudad perdió su condición de puesto fronterizo y paulatinamente entró en decadencia, sobreviviendo con la producción de paños. En el siglo XIX la ciudadela se utilizó como cantera.

    Empero, la Cité que nos encontramos luce esplendorosa. Se trata, en verdad, de una reinterpretación de lo que fue o pudo ser debida a los románticos del siglo XIX, empeñados en reivindicar los esplendores pasados. El erudito local Jean Pier Cros-Mayrevielle y el mismísimo Prosper Mérimée, el de la Carmen de España, lanzaron una campaña por la recuperación de la ciudadela y el arquitecto Violet le Duc -que en materia de arquitectura era el perejil de todas las salsas- se aplicó en su restauración. Se aplicó tanto que convirtió el castillo en un prototipo avant la lettre de Walt Disney, empezando por cubrir los pináculos de las torres con teja de pizarra, material poco frecuente en la zona. En las últimas décadas, se ha iniciado un proceso de adecuación a lo que se supone fue la Cité, rebajando la altura de los pináculos y cubriéndolos con teja roja, propia de la construcción local. En nuestra visita pudimos contemplar versiones de una y otra interpretación.

    El interior del castillo se puede visitar pero, en nuestra opinión, lo mejor está en el exterior, en las viejas casas de la Cité, en sus callejas estrechas. A la espera de que se desalojara de turistas, dejamos la ciudad medieval, atravesamos el puente viejo sobre el río Aude. y nos trasladamos a la ciudad baja, la Carcasona donde vive y trabaja la gente.

    Visitamos la iglesia de Sant Vicente, en la que destaca un campanario del siglo XV. Las antiguas campanas fueron fundidas y sustituidas por un carillon de 54 campanas que, dicen, es la gloria de la comarca. Otro motivo de orgullo ciudadano son sus baluartes, las murallas con las que se defendieron durante las guerras de religión.

    Carcasona, pequeña ciudad provinciana, tiene apariencia de vieja dama que pasea con dignidad, un poco decadente, sus antiguas glorias. En torno a la plaza Carnot, con su fuente de Neptuno en el centro, los vecinos se movían sin prisas aparentes y tomaban refrescos en los muchos veladores que se extienden por la plaza. Nos unimos a ellos y hubiéramos compartido esa sensación de placidez de no haber sido porque al Colega, que acababa de estrenar dientes, le había salido un flemón que amenazaba darle el viaje. Nos dirigimos en busca de alivio a la farmacia que había en la misma plaza. Contamos la situación a la farmacéutica, quien se apiadó de él y le proporcionó un antibiótico sin receta. Que los dioses la bendigan. Encontramos una inscripción que describía nuestro ánimo: La vida es bella.

    Por Carcasona pasa el Canal del Midi, en sus orígenes Canal Real del Languedoc, una vía navegable que desde Toulouse comunica el Garona con el Mediterráneo, por un ramal, y por otro, une Toulouse y Burdeos, de ahí su nombre de Canal de los dos Mares. Es el canal navegable en funcionamiento más antiguo de Europa, declarado Patrimonio de la Humanidad. Un vecino con el que pegamos la hebra nos contó que el tramo de Carcasona no pasaba por sus mejores momentos debido a una plaga que afectaba al arbolado de sus riberas, a pesar de lo cual muchos franceses y visitantes se desplazan a través de esta vía fluvial o pasan sus vacaciones en algunos de los barcos que navegan por ella.

    Tras el paseo por la ciudad nueva, al caer la tarde volvimos a la Cité. Desalojada de turistas de urgencia, el castillo reunía a los visitantes en las terrazas de sus plazoletas, donde tampoco cabía un alma más. Eran, se supone, los ocupantes de los hoteles que pueblan la Cité, convertida en parque temático turístico.

    Buscamos un lugar más tranquilo y recalamos en la Maison du Cassoulet. Como se infiere, el rey es el cassoulet, un guiso occitano de alubias blancas y carne de ave, generalmente pato, que aquí sustituyen por perdiz. A la sombra de las venerables piedras, el Colega da buena cuenta de su condumio. Buscando algo más ligero, pido un magret de pato con salsa de higos, simplemente bueno. Como el Colega se ha empeñado en que pruebe su cassolet, pido al camarero un licor digestivo y me sugiere un armañac. Así descubrí mi licor digestivo favorito. Si no me ayuda a la digestión, al menos me duerme.

    De camino al hotel, callejeamos un rato por la Cité y nos detenemos ante el pozo grande, el más antiguo de los dos que surtían de agua a la ciudad fortificada. La leyenda afirma que el pozo escondía un tesoro y, racionalistas como son los franceses, en 1910 realizaron una excavación arqueológica en busca de las riquezas ocultas, con resultado negativo.

    Cuando abandonamos el castillo por la puerta de Aude alcanzamos a disfrutar de una hermosa puesta de sol que dora las piedras de la Cité.

    El hotel está situado en la calle Barbacane. Al exterior, es un edificio sin atractivo, incluso un punto sombrío, pero tan pronto como se abre la puerta, muestra un lugar acogedor, muy confortable, con una piscina en el centro de un jardín que invita a quedarse. Desde el vestidor de nuestra habitación se alcanza a ver la silueta iluminada del castillo. Con esta imagen cerramos nuestra primera etapa por las rutas galas.

    Fotos: ©Valvar

  • Villamayor de los Montes

    Villamayor de los Montes

    El monasterio cisterciense de Villamayor de los Montes (Burgos) es, aparte de consideraciones espirituales, una lección de historia pasada y del presente y un ejemplo de supervivencia. Los visitantes acuden principalmente por su claustro románico o por los dulces que elaboran las monjas. Cualquier excusa es buena.

    Villamayor de los Montes, inicialmente Valzalamio, es uno de los lugares de repoblación en el siglo X, entonces a la sombra del conde Fernán González. Mediado el siglo, la condesa madre, Muniadonna, lo dona al monasterio de San Pedro de Cardeña, bajo cuyo amparo crece con la incorporación de las aldeas próximas: San Andrés de Nava, San Bartolomé de Valzalamio, Santa María, El Ángel, Villahizán y Zorita. Ya como Villamayor y con el apellido de los Montes, probablemente por la abundancia de encinares y robledal del entorno, en el siglo XIII pasa a propiedad de la entonces poderosa familia Fernández Arias.

    Siguiendo la costumbre de las familias ilustres o aspirantes a serlo de la época, don García Fernández y su esposa, doña Mayor Arias, compran la fundación y los derechos del cenobio masculino de San Vicente, radicado en Villamayor desde el siglo XI. Su intención es crear allí un monasterio cisterciense femenino con monjas de Santa María de las Huelgas de Burgos, cuya primera abadesa será doña Marina Arias, hermana de doña Mayor, y que sirva a su vez de panteón familiar, como así ocurrió a la muerte del matrimonio fundador.

    Los Fernández Arias ampliaron la vieja edificación y construyeron un nuevo convento con autonomía jurídica y patrimonial. Las obras se inician en 1223 y en 1228 es consagrada la iglesia, momento en que los fundadores dotan económicamente al monasterio a lo que se suman privilegios reales. La fundación toma el nombre de Santa María, habitual de los monasterios cistercienses. La población pasó a ser de abadengo, la abadesa regía la vida municipal y así siguió hasta el siglo XIX cuando se suprimieron los señoríos.

    La iglesia, en la que probablemente trabajaron los mismos constructores franceses de las Huelgas siguiendo el modelo de la fundación real, es ya una fábrica gótica, con bóvedas de crucería y esbeltas columnas, capiteles sencillos de ornamentación vegetal, siguiendo el modelo cisterciense.

    La tranquilidad monacal fue alterada en 1575 por un incendio que afectó al coro. En 1617 el primer duque de Lerma, Francisco Gómez de Sandoval se llevó la comunidad a Lerma con el propósito de fundar allí su propio monasterio. El proyecto no cuajó y en 1627 las monjas volvieron al convento de Villamayor, que, entretanto, había sufrido algunos robos. Durante la francesada el monasterio sufrió otro incendio. La desamortización de 1835 se apropió de bienes monásticos pero el convento permaneció.

    El exterior del monasterio es una construcción de líneas sobrias, acorde con el ascetismo de la Orden que la habita. Flanquean la portada dos escudos que explican la historia y las vicisitudes del monasterio. El primero, habla de su fundación, en 1228. El segundo, de su salvación, en 1964.

    Traspasada la puerta principal, hay que llamar a un segundo timbre si se desea visitar el cenobio, extremo muy aconsejable. La visita guiada cuesta 1,50 euros por persona. En los últimos años ejerce de guía la hermana Presentación, una monja carismática y locuaz, que entró en el convento la víspera de San José de 1964 y, a pesar de la clausura, conoce lo suficiente del mundo para saber que la suya fue una decisión acertada. Sus explicaciones hacen más agradable e interesante una visita que ya es grata por sí misma. La comunidad se comunica con el mundo a través de esta web 👇.

    Al sur de la iglesia se esconde el claustro románico, que desprende una sensación de armonía total. Su estructura, de una sola planta, recuerda al de las Claustrillas de Huelgas y corresponde al románico tardío cisterciense del norte de Castilla. Se conserva en un excelente estado. De planta rectangular, con lados de 18 y 20 arcos de medio punto que se apoyan en dobles columnas, no muy altas pero muy esbeltas, con capiteles sencillos de ornamentación vegetal. Las esquinas se apoyan en una columna central rodeada de cuatro más delgadas.

    Llama la atención el suelo de las galerías, que data del siglo XVI o XVII, empedrado de guijarros que forman filigranas, con figuras de animales heráldicos, aves, conejos, ciervos, y humanas, motivos geométricos y el escudo del monasterio.

    El claustro comunica con el coro de la iglesia a través de la Puerta de las Monjas, de finales del siglo XIII, con capiteles vegetales de hermosa factura.

    A los pies de la iglesia se sitúa el coro abacial, donde la comunidad celebra sus oraciones y oficios diarios. La estancia se cubre por una bóveda barroca de yeso que sustituyó al primitivo techo de madera, probablemente mujéjar, incendiado en 1575. La sillería, clasicista y sobria, fue realizada con la compensación del duque de Lerma.

    De su antiguo esplendor, seguramente restos de un retablo desaparecido, conserva un calvario, un sagrario, un Padre Eterno románico y una talla gótica de Santa María la Real que da nombre al monasterio.

    Ni la intención de los fundadores ni la protección real lograron salvarlo de la decadencia y a mediados del siglo XX su situación era de práctica ruina. La providencia tomó entonces el nombre de Patricio Echevarría, un industrial de Legazpia creador de la firma Bellota, hombre piadoso y generoso, que ayudó a la restauración total del convento. En su memoria luce el escudo de la familia Echevarría Aguirre.

    Nueve siglos después de su fundación, la comunidad, actualmente formada por dieciocho mujeres, algunas de ellas procedentes de países extranjeros, se declara en fase de “restauración”. El monasterio ofrece una hospedería como lugar de recogimiento y oración. Las monjas se ayudan para vivir con los ingresos que proporciona la venta de dulces y bordados elaborados por ellas mismas, vinos y libros. Entre el carisma de la hermana Presentación y que al Colega le gusta pegar la hebra con las monjas en cada visita a Villamayor de los Montes salimos cargados de pastas y vino dulce, ambos muy ricos, todo sea dicho.

    La iglesia que sirve de parroquial en el pueblo se construyó en el siglo XVI adosada al monasterio. Está dedicada a San Vicente, Santa Sabina y Santa Cristeta y guarda una hermosa pila bautismal románica.

    Desde el otero en el que se asienta se divisa el pequeño cementerio y varios palomares, los páramos de asceta que describió don Antonio Machado.

    La Castilla rural que tanto complaciera a la Generación del 98, aquí pulcra y muy cuidada, sea la Casa Consistorial o los árboles que sombrean el paseo a la iglesia.

    Y, aunque no fue por estos campos el bíblico jardín, pensando en la hermana Presentación y sus compañeras de comunidad, tampoco parece que este sea el lugar por donde se pasee errante la sombra de Caín, de la que habló don Antonio.

    Fotos: ©Valvar

  • San Andrés del Arroyo

    San Andrés del Arroyo

    El monasterio de San Andrés del Arroyo es un lugar paradógico. Por un lado, la extraordinaria belleza de su claustro exalta el ánimo; por otro, la quietud del lugar aporta paz al espíritu. Nueve siglos de historia encerrados en una ciudad de mujeres, un paraje fuera del tiempo.

    Este cenobio es una pedanía de Santibáñez de Ecla, en la provincia de Palencia, tan pródiga en construcciones románicas, no lejos de Santa María de Mave, Santa Eufemia de Cozuelos o Santa María la Real de Aguilar, por señalar los más conocidos entre los monasterios palentinos. Cualquiera de ellos merece una visita detenida pero a nosotros nos gusta especialmente el de San Andrés, vete a saber por qué, y raro es el verano que no nos acercamos con la excusa de comprar unas pastas de las monjas o sin excusa alguna.

    En nuestras sucesivas visitas hemos pasado por todas las fases. La primera vez, hace décadas, estaba totalmente prohibido hacer fotos. La monja que ejercía de guía no perdía ojo de las cámaras, de manera que había que aprovechar el mínimo descuido o colocarte en un ángulo ciego para disparar. Alguna bronca me he ganado por esta causa. Luego se abrió la mano y la monja guía de turno esperaba, incluso, a que los visitantes nos explayáramos con la cámara. Desde 2017 la tecnología ha entrado en el monasterio y ya no hay monja-guía. Cuatro pantallas táctiles y otros tantos audios en español y francés ilustran sucintamente a los visitantes sobre el origen histórico y las características arquitectónicas del lugar.

    La fundadora de este monasterio fue doña Mencía de Lara, hija de Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya y alférez del rey Alfonso VIII, y de su segunda esposa, Aldonza Ruiz de Castro. En 1170, poco antes de morir el padre, el matrimonio fundó el monasterio cisterciense de Cañas (La Rioja) y allí se refugió la condesa viuda con su prole; de él salió Mencía en 1171 para casarse con el conde Álvaro Pérez de Lara, miembro de una de las familias más poderosas de su tiempo. Los Lara y los Haro, cuidadores y protectores de Alfonso VIII en su minoría. El matrimonio fue breve, pues el marido murió en 1172. Mencía, mujer bien dotada de bienes e inteligencia, decide crear su propia fundación: San Andrés del Arroyo.

    La proximidad familiar y de la propia Mencía al monarca propició que ella le prestara dinero para la guerra y él la favoreciera con donaciones para el monasterio. La primera de estas donaciones tiene fecha de 1181 y se refiere a propiedades y tributos radicados en tierras de Burgos. Le seguirán otras en 1190 y en 1199, cuando le dona el monasterio de San Pelayo de Perazancas de Ojeda, o en 1210, con la exención del pago de portazgo en todo el reino de Castilla. “He por ruego de nuestra amiga doña Mencía, onrada condesa que siempre amamos e por sus merecimientos de lealtad facemos carta de donación a Dios al monasterio de Sant Andrés de Arroyo e a bos doña Mencía condesa y abadesa”, deja escrito Alfonso VIII como prueba de su consideración.

    Tal era su estima que, a la hora de dictar testamento, el rey la nombra albacea, la única mujer junto a personajes de la talla de los arzobispos de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, y de Palencia, Tello Tellez de Meneses, o del mayordomo real, Gutierre Ruiz Girón.

    Se desconoce la procedencia de la primera comunidad monástica de San Andrés, que bien pudo llegar del monasterio de Amaya, donado por el rey a Mencía en 1173, o de Cañas, fundado por sus padres. Es el hecho que la condesa participó en 1189 ya como abadesa en el cónclave convocado por los reyes en el monasterio de las Huelgas de Burgos, fundado por Alfonso VIII y su esposa, Leonor Plantagenet.

    Las donaciones reales, además de las aportaciones de las damas que ingresaban en el monasterio, hicieron de San Andrés del Arroyo un señorío de abadengo que se extendía por la comarca de la Ojeda, con privilegio de horca y cuchillo. Se cree que las obras del monasterio se iniciaron en 1180 y se prolongaron durante años, atrayendo un importante número de canteros, que aquí desarrollaron su ingenio y sus conocimientos. La iglesia se consagró en 1222.

    Son unos años de gran producción artística en esta zona palentina. En San Andrés trabajaron dos grupos de canteros, uno en el claustro, la iglesia y dependencias monacales y otro, en la sala capitular. Algunos investigadores creen ver la mano del mismo maestro Ricardo que trabajó en las Huelgas y, quizá, en Santa María la Real de Aguilar. De donde quiera que procedieran los canteros que trabajaron en San Andrés, no cabe duda de que aquí alcanzaron el cénit de su inspiración.

    No se conoce con certeza la fecha de la muerte de la abadesa Mencía, el último documento en el que aparece su nombre data de 1236. El tiempo fue sepultando en el olvido su memoria y al monasterio en la decadencia. Exclaustradas en la Desamortización de Mendizábal, las monjas vuelven al convento veinte años después y allí siguen. La edad de la comunidad y la falta de vocaciones son ahora su peor enemigo. El monasterio es monumento histórico artístico desde 1931 y Bien de Interés Cultural. En los últimos años se ha sometido a sucesivas obras de restauración.

    Lo primero que el visitante ve al traspasar el arco de la muralla del monasterio es un rollo jurisdiccional del siglo XVI, trasladado desde el cerro próximo conocido como Cerro de la Horca, testimonio del privilegio y poder de las antiguas abadesas.

    A la izquierda, adosado a la muralla, se levanta una espadaña tardorrománica, que coronaba la “capilla de ajusticiados”, donde pasaban sus últimos momentos los condenados. Un cartel más reciente señala el lugar como “Capilla de Forasteros”.

    En ese punto el visitante puede elegir entre la iglesia, a la izquierda, las dependencias monacales y el claustro, a la derecha.

    La iglesia sigue el modelo de las Huelgas de Burgos en el pórtico lateral, la cabecera en ábside poligonal con bóveda de cuarto de esfera y dos capillas cuadradas de crucería simple. El coro de las monjas ocupa el espacio de la nave.

    Como en toda construcción cisterciense, sigue las normas de la reforma impulsada por Bernardo de Claraval, que en su propósito de recuperar el ascetismo inicial de la Orden de Cluny, rechaza las pinturas murales y la escultura figurada. Aunque, quizá, algún tallador olvidó la norma.

    Con todo, lo mejor de San Andrés está al final del camino de la derecha, por donde se accede al claustro, en el que también se aprecia la influencia de las Claustrillas de las Huelgas. El visitante ha de llegar advertido de que aquí va a encontrar una pequeña maravilla, la obra de canteros diestros e inspirados. Una treintena de capiteles decorados con profusión de frutos, helechos y hojas de acanto que se entrelazan con tallos. De este conjunto destacan las columnas situadas en las esquinas a derecha e izquierda de la panda oeste o la celosía que decora la fuente, una filigrana sin principio ni fin, como la eternidad.

    La utilización del trépano y la ova, que identifican el estilo andresino, se extendió a otras construcciones de la comarca.

    La elección de los motivos ornamentales no es casual. El acanto representa el temor a la condenación, el helecho, la humildad y la lucha contra el mal.

    La sala capitular se abre a la panda oriental, esta ya plenamente gótica. Los grupos de columnas que delimitan la sala tienen la particularidad de estar tallados en una sola pieza.

    Su cubierta es de bóveda de crucería cuyos nervios confluyen en una clave de bóveda de decoración vegetal, simplemente espectacular.

    En este espacio, presidido por la imagen del Santo titular, descansan los restos de la abadesa Mencía y de su sobrina y sucesora, María. El sepulcro de la fundadora está decorado con el escudo de los Lara, con el báculo abacial grabado en la piedra. En el frente, escenas de la vida de Cristo: la Anunciación, el Nacimiento, la Adoración de los Reyes, la Crucifixión. En un extremo aparece una mujer orante que se ha identificado como la abadesa Mencía.

    La vida de la segunda abadesa sigue la línea de la fundadora. María era hija de Diego López de Haro y de Toda Pérez de Azagra. Entró en el convento al enviudar de su marido, Gonzalo Núñez de Lara. Conservó los privilegios obtenidos por su tía y aún alcanzó otros de Alfonso X y donaciones particulares, sin alcanzar la prosperidad de la fundadora.

    Con todo, el lugar encierra un encanto que atrae, más allá de lo que los ojos y la razón son capaces de captar. Una mañana de mayo de 2013 acudimos a visitar el monasterio con tan buena fortuna que en un cielo azul como solo es posible en Castilla aún era visible la luna junto a la espadaña mientras una bandada de pájaros entonaba sus trinos entre los árboles. Vámonos enseguida, le dije al Colega, no vaya a ocurrirnos como a San Virila en Leyre, que se embelesó tanto con la belleza del lugar y el cantar de los pajarillos que se le pasó el tiempo y cuando quiso volver al monasterio habían transcurrido 300 años.

    Nuestra última visita -agosto de 2023- coincidió con el fallecimiento de una de las monjas, ya nonagenaria. Doce religiosas quedaban en la comunidad en esas fechas. Ay, si doña Mencía levantara la cabeza.

    Fotos: ©Valvar

    Si te interesa el románico palentino, quizá te guste el libro de Cristina Párbole

  • Estambul (II)

    Estambul (II)

    No es posible enumerar los palacios, residencias, museos o mezquitas que se alzan en Estambul. Para conocer la ciudad, solo cabe salir a sus calles, caminar o utilizar su bien dotada red de transporte público -tranvías, autobuses, trenes, funiculares con los que superar sus mil colinas – recorrer sus plazas, navegar en sus barcos y, sobre todo, hablar con sus gentes. Pues, a su enorme riqueza arquitectónica y arqueológica Estambul une un patrimonio tan fecundo como aquél: su gente.

    Una amalgama étnica, religiosa y cultural, con un censo que supera los 16 millones de habitantes, la mayoría musulmanes, pero también cristianos, judíos y laicos. De ahí que en la ciudad convivan sinagogas, iglesias y mezquitas, barrios judíos y ortodoxos, cementerios hebreos, cristianos y musulmanes.

    Se diría que los estambulíes se levantan cada día con el único propósito de hacer la vida más grata al visitante. No importa si éste se ha perdido en una calle sin nombre y no conoce más idioma que el propio, siempre habrá alguien que le ayude a salir del atolladero o un conductor de autobús que adelante la parada para que el viajero encuentre más fácilmente su destino. El idioma no parece ser un problema en una ciudad cuyos habitantes llevan siglos dedicándose a traficar con toda suerte de mercancías y con gentes de todos los países conocidos.

    Buena muestra de esta capacidad mercadera es el Gran Bazar, en Beyazit, que acoge más de 4.000 tiendas distribuidas en 80 calles en las que el visitante encontrará antigüedades, alfombras, artículos de cuero, tejidos, joyas, cerámica y mil y un objetos de regalo. Podrá también, si lo desea, hacer una pausa en cualquiera de los bares o restaurantes dentro del propio Bazar y tomar un té o café turcos. O acercarse al mercado de libros cercano.

    En Eminonu, frente al Puente Gálata, se abre el Bazar Egipcio o de las Especias. Una sinfonía de aromas y colores donde encontrarás todo tipo de condimentos, tés y dulces, además de otras exquisiteces, como caviar iraní. Lo difícil es soslayar las múltiples sugerencias que se te brindan para degustar las delicias que le salen al paso.

    Las calles de Estambul son un continuo fluir de gentes, naturales y visitantes. En ellas encontramos familias que acompañan a niños disfrazados de príncipes, como de primera comunión, que celebran la fiesta de la circuncisión, la entrada en la adolescencia, paso previo a la admisión al mundo de los hombres. El niño posa, marcial y valiente, en su ceremonia de abandono de la niñez, a punto de ser circuncidado.

    ¿Y las mujeres? Son muchas, cada vez más, las que cubren su cabeza como prescribe el Islám y algunas que cubren su rostro dejando apenas espacio para los ojos, un proceso que ha ido en aumento en los últimos años. A pesar de la amabilidad general de los estambulíes y su disponibilidad a ser fotografiados, sea el joven que trabaja un telar, el vendedor de mejillones y aún los cientos de gatos que pululan por sus calles, la actitud es de reticencia cuando se trata de mujeres. Son contradicciones en una ciudad en la que coexisten monumentos milenarios y edificios ultramodernos y en la que a diario se cruzan un vendedor ambulante de verduras y un ejecutivo que trabaja en su ordenador portátil en una zona wifi libre.

    El Bósforo es un brazo de agua que se comunica con el Mar de Mármara por el sur y con el Mar Negro por el norte, lame Asia por el este y Europa por el oeste. Estambul se mira en sus aguas y ve en ellas reflejados sus penas y sus gozos, su pasado y su futuro. El Bósforo se puede cruzar a través de dos puentes y de las muchas líneas de barcos que comunican la parte europea y la asiática de la ciudad. Los domingos, los estambulíes abarrotan los barcos y los pueblos de su litoral.

    Tratando de imitar a los habitantes de la ciudad, nos embarcamos en un crucero por el Bósforo. La travesía permite admirar los enormes rascacielos de la ciudad moderna cuya sombra cae sobre las mezquitas y yalis o villas de verano, casonas y palacetes, algunos de la época otomana, que se alinean a ambas orillas y saborear los tés que sirven los camareros en los barcos que hacen el trayecto. Dos edificaciones nos deslumbraron especialmente: el palacio de Dolmabahce, construido en 1843 como residencia de verano del visir, convertido actualmente en museo. Tiene 248 dormitorios y unas 2.700 ventanas; y Rumeli Hisari, la fortaleza de Europa, levantada en el año 1452 y considerada ejemplo de arquitectura militar.

    El trayecto dura dos o tres horas, pero ¡qué horas! Será porque somos dos chicos de provincias, será porque de niños a ambos aprendimos los versos de Espronceda –Con cien cañones por banda, / viento en popa a toda vela, / no corta el mar, sino vuela / un velero bergantín; / bajel pirata que llaman, / por su bravura, el Temido, / en todo mar conocido /
    del uno al otro confín
    – ambos nos emocionamos. Y cuando de vuelta el barco avista el muelle de Eminonü, nos sentimos como el capitán pirata: “cantando alegre en la popa, / Asia a un lado, al otro Europa / y allá a su frente Estambul”. Emocionados perdidos.

    De vuelta a tierra encontramos la Estación de Sirkeci, construida para recibir a los viajeros que llegaban en el Orient Express, definido como “tren de reyes y rey de trenes”, que partía de Paris y aquí rendía camino después de haber recorrido Europa. De aquel esplendor apenas queda otra cosa que el recuerdo y una máquina de vapor aparcada en una esquina de la estación. Su último viaje fue en 1977.

    Los camareros del bar de Sirkeci nos atendieron con el mismo esmero que debieron atender a los visitantes ilustres que llegaban desde el cercano andén. Las botellas de champán Moet Chandon que ornan la barra fueron descorchadas hace muchos, muchos años.

    El muelle de Eminonü es el lugar de embarque de los buques que hacen las travesías locales. Abundan allí los puestos de venta ambulante donde puedes comprar una rosca de simit cubierta de sésamo o mejillones. También hay puestos de bocadillos de pescado. El Colega, que es un exquisito, se negó a probar uno. Él se lo perdió porque estaba buenísimo.

    Desde Eminonü se llega al puente Gálata, que comunica con la parte moderna de la ciudad, por donde pasa la vida entera de Estambul. Cientos de estambulíes se agolpan en las barandillas con sus cañas de pescar.

    Debajo de este piso del puente hay un segundo nivel poblado de tiendas y restaurantes. Una noche cenamos en uno de esos restaurantes, donde convierten la presentación de los sabrosos pescados y mariscos en un espectáculo.

    Cerca del puente la Torre de Gálata se alza poderosa en la zona moderna del lado europeo, como un faro que observara la vida de Estambul. Sus 61 metros de altura (140 sobre el nivel del mar) se levantan sobre la colina del Gálata en el barrio de Beyoglu, dominando la vista del Mar de Mármara, el Cuerno de Oro y el Bósforo. Construida en 1348 por los genoveses como torre defensiva, fue prisión de guerra con los otomanos y posterior atalaya de incendios. Hoy está al servicio de turistas y viajeros que encuentran en ella una magnífico observatorio para contemplar la ciudad. Se accede directamente en ascensor al noveno piso, donde hay un restaurante en el que reponer fuerzas, que en horario nocturno ofrece música en vivo y bailes tradicionales.

    Dice un proverbio turco que uno no puede considerarse totalmente dichoso hasta que no ha disfrutado de una puesta de sol desde la Torre Gálata. A la luz dorada del atardecer contemplamos la llanura de agua del Mármara y del Bósforo, las ondulaciones del Cuerno de Oro y de la vieja Constantinopla, la antigua y la moderna Estambul, y damos la razón al proverbio.

    Entre la Torre Gálata y la calle Istiklal se encuentra el mítico hotel Pera Palas o el monasterio de Mevlevi, donde danzan los derviches auténticos. El hotel Pera Palas fue construido en 1892, para acoger a los pasajeros del Orient Express. Se cuenta que en la habitación 411 Agatha Christie escribió su novela “Asesinato en el Orient Express”.

    La calle Istiklal o de la Independencia es la gran arteria de la ciudad, de tres kilómetros de longitud, en una sucesión de cafeterías, restaurantes, cines, teatros, discotecas y multitud de tiendas tradicionales y modernas. En ella se levanta un monumento que recuerda los primeros cincuenta años de la república, creada en 1923.

    En esta calle se abre el histórico Pasaje de las Flores, de azarosa vida, como la propia ciudad. Inicialmente diseñado como Teatro Naum, resultó muy dañado en el incendio que sufrió el barrio de Pera en 1870, fue reconvertido luego en centro residencial y comercial de estilo parisino, con el nombre de Cité de Pera. Después de la Revolución rusa muchas mujeres de la nobleza obligadas al exilio se transformaron en vendedoras de flores, acabando reunidas en la Cité de Pera, que así pasó a llamarse Pasaje de las Flores. El edificio fue prácticamente reconstruido en los primeros años del siglo XXI, convertido en complejo gastronómico y de ocio. Aunque las floristas desaparecieron hace décadas, ha conservado el nombre.

    La calle es peatonal con la excepción de un vetusto tranvía –llamado Nostálgico- que realiza el trayecto para quienes, como nosotros, aprovechamos para descansar un rato y rememorar los viejos transportes.

    Taksim significa distribución porque desde 1732 de este punto se distribuía el agua a la ciudad desde 1732. Hoy es la frontera entre el Estambul tradicional y turístico y la ciudad moderna de altos rascacielos y marcas y franquicias internacionales. Es una amplia explanada bordeada por grandes edificios tan notables como el Centro Cultural Ataturk o el Hotel Marmara. En el centro se alza el monumento a la República, grupo escultórico encabezado por Kemal Ataturk, considerado padre de la nación.

    La antigua Constantinopla es, quizá con Jerusalén. Dondequiera que mires hay una imagen que colocarías en las páginas de un periódico. Estambul es una ciudad y son muchas ciudades, es Asia y es Europa, es laica y es musulmana, es moderna y tradicional. En Estambul, te sientas en cualquier lugar y ves pasar el mundo y la historia ante tus ojos.

    Huelga decir que nos trajimos cientos de fotos: las vistas desde el lado asiático, adonde pasamos un día,

    su Universidad; el carro-tienda inverosímil, el limpiabotas, tan parecido a los de cualquier punto del mundo, que bien podría prestar sus habilidades en la Gran Vía madrileña o el vendedor del Bazar de las Especias, adelantado en las técnicas del buen vendedor que conoce a su clientela, -Teruel existe y Soria ya, reza el cartel-.

    Pero la imagen que mejor refleja nuestro viaje está hecha desde la terraza del hotel donde nos alojábamos, a medio camino entre la Mezquita Azul y la ribera del Mar de Mármara, en cuya terraza nos refugiábamos a la caída de la tarde mientras se anunciaban las llamadas del muecín, primero de la mezquita de Sultanahmed, potente, poderosa, y luego de la que llamábamos la mezquita pobre, cerca del mar.

    Desde aquel mirador privilegiado veíamos encenderse la iluminación de la gran mezquita mientras el sol se apagaba en el horizonte y los barcos se convertían en pequeñas luciérnagas sobre el agua.

    El colega, que es buen relaciones públicas, había entablado amistad con el maître del hotel hasta el punto de que, tras servirnos la cena en la terraza, le traía un coñac turco, en una país donde el consumo del alcohol está si no prohibido, mal visto.

    No sé cómo se sentirían los visires en su palacio de Tokapi pero dudo que fueran más afortunados que nosotros.

    A ese estado de plácida euforia corresponde la foto. Sólo de vuelta a casa nos percatamos de la superposición de imágenes: allá al fondo, la costa turca asiática, el mar, los barcos, más cerca, el alminar de la mezquita pobre y la silueta de Sultanahmed reflejada en el cristal protector de la terraza. Un compendio del oasis estambulí en medio de una ciudad vertiginosa, hermosa y contradictoria como pocas, de la que Napoleón dejó dicho: “Si la Tierra fuese un solo estado, Estambul sería su capital”.

    Fotos: ©Valvar

  • Estambul (I)

    Estambul (I)

    Estambul -eis tin poli- significa La Ciudad. La etimología le hace justicia. Durante siglos fue el centro del mundo conocido. Guarda tesoros únicos, algunos propios y otros traídos de medio mundo. Es una ciudad enorme, hermosa, toda ella monumental. Viajar a Estambul es viajar al pasado, al futuro y al corazón de la historia. Fue la urbe más cosmopolita y multicultural de la Europa del siglo XVI. Se extiende a caballo de dos continentes y esta posición estratégica le ha permitido controlar las rutas entre Asia y Europa y el paso del Mar Negro al Mediterráneo.

    Los colonos griegos, que fundaron la ciudad en el siglo VII antes de nuestra era, la llamaron Bizancio. En el año 330 Constantino hizo de ella la capital del Imperio Romano. Tras la división de este Imperio se convirtió en Constantinopla, capital del Imperio Bizantino. En 1453 fue conquistada por los turcos que la hicieron capital del Imperio Otomano. A la disolución de este en 1922 pasó a ser capital de la República de Turquía. Al año siguiente perdió la capitalidad en beneficio de Ankara. En 1930 se le da el nombre de Estambul. Su caso histórico es Patrimonio de la Humanidad desde 1985.

    El patrimonio monumental de la ciudad es deudor de esta agitada historia. De la época romana conserva el Hipódromo, construido en el siglo III por el emperador Septimio Severo y engrandecido por Constantino. Situado en el corazón del viejo barrio de Sultanameh, fue el centro de diversión de Constantinopla durante mas de un milenio. Se dice que tenía capacidad para 100.000 espectadores. Allí se disputaban carreras, actuaban los músicos, bailarines y acróbatas y se lidiaban fieras. De aquí procede la cuádriga de bronce que se admira en la basílica de San Marcos de Venecia.

    El Obelisco egipcio que se alza cerca tiene más de 3.500 años. Es de granito rosa, mide 20 metros de altura y pesa más de 300 toneladas, fue traído por Constantino desde Luxor. La Columna Serpentina fue traída desde Delfos en el 479 antes de nuestra era.

    La Columna de Constantino mide 32 metros y es conocida también como columna de bronce por haber estado recubierta inicialmente de este metal, que fue arrancado para acuñar monedas. Es la que se encuentra en peor estado pues los jenízaros tenían por costumbre subirse a ella para demostrar su valor.

    Esto nos lo explicó una pareja de policías que patrullaban por la zona en una sola moto y que accedieron a posar cuando se lo pedimos.

    La Fuente Alemana fue donada al sultán por el kaiser durante su visita a Estambul en 1895 como símbolo de la amistad iniciada entonces.

    No es fácil conocer una ciudad en una semana, como permanecimos nosotros, pero para hacerse una idea de lo que la ciudad ofrece conviene situarse en la plaza de Sultanameh y mirar en derredor. Además de los restos romanos ya enumerados, ahí están frente a frente, Aya Sophia y la Mezquita Azul, en un diálogo de piedra y belleza difícil de superar.

    Lo que nosotros conocemos como Santa Sofía allí es Aya Sophia, la Iglesia de la Sabiduría, la muestra más esplendorosa del periodo bizantino. Mandada construir por Justiniano en el año 537, fue iglesia católica romana hasta 1453, cuando fue convertida en mezquita por los otomanos. Ataturk, presidente de la República turca, la transformó en museo en 1935. En 2020 el gobierno del presidente Erdogan volvió a convertirla en mezquita.

    Fue la primera construcción de base cuadrada de este tamaño cubierta por una cúpula central, de 56 metros de altura, y dos semicúpulas. Es la cuarta iglesia del mundo más grande con un área cubierta, solo precedida por San Pablo de Londres, San Pedro de Roma y el Duomo de Milán. Todo en ella desprende belleza y serenidad; son admirables los mosaicos de vidrios de colores y los transparentes sobre hojas de oro de su interior.

    Sultanameh es conocida como la Mezquita Azul por el color de los más de 21.000 mosaicos de Iznik que decoran sus cúpulas. Fue levantada a comienzos del siglo XVII por el sultán Ahmet I y es la única mezquita en Turquía con seis minaretes. El número dio lugar a grandes controversias porque se interpretó como un intento de rivalizar con La Meca. La visita resulta espectacular en días soleados, cuando la luz se filtra a través de sus 260 ventanales, alineados en cinco niveles.

    Antes de entrar en una mezquita hay que conocer que la visita ha de hacerse descalzo y las mujeres, con la cabeza cubierta. Conviene, pues, ir provistos de calcetines y de un pañuelo, aunque en caso de olvido, cada mezquita provee a las visitantes de piezas para cubrirse. A unos y otras se les pide vestuario respetuoso, no más que en cualquier otro templo del mundo, como la catedral de Sevilla, donde siendo las herederas unas crías no nos permitieron entrar porque las niñas iban en pantalón corto. Sorprende ver que las familias se reúnen en las mezquitas en plan festivo y los niños corretean alegremente, mientras los gatos duermen ajenos a las visitas.

    A un lado de esta enorme plaza se abre una curiosa construcción: una reserva de agua subterránea construida por Justiniano en el año 532. Sus 336 enormes columnas de mármol y sus dimensiones justifican el nombre de Basílica Cisterna con el que es conocida. Sorprenden los bajorrelieves de mármol que representan cabezas de medusa y las colonias de peces que pueblan sus aguas en permanente oscuridad. La visita resulta sumamente sugestiva. Tan sugestiva que, absorta como estaba, allí perdí unas gafas la mar de chic, que habrán pasado a acompañar a los pececillos.

    Cerca de la Basílica Cisterna se encuentra también el Million. “Este pilar de piedra es todo lo que queda del arco triunfal bizantino desde el que un día se midieron las distancias de todos los rincones del imperio”, reza la inscripción. Un estambulí amigable nos explicó que el mojón viene a ser como el kilómetro 0 de la Puerta del Sol de Madrid.

    De Santa Sofía sale un camino que conduce al Palacio de Topkapi, otro de los tesoros de la ciudad. Más que palacio se trata de un complejo de edificios distribuidos en torno a cuatro patios. Seis años después de conquistar Constantinopla, en 1459 el sultán Mehmet II inició la construcción de lo que sería residencia de los sultanes otomanos entre 1465 y 1853. En 1923, con el advenimiento de la República Turca, fue transformado en museo. Admiran la riqueza de sus dependencias, especialmente del Harem.

    Topkapi es una de las grandes obras musulmanas en su género y uno de los monumentos más visitados de la ciudad. En los jardines del recinto hay un restaurante y un bar que se asoman al Mar de Mármara, desde el que se puede contemplar el paso de barcos que transitan entre el Mediterráneo y el Bósforo o que se dirigen al Cuerno de Oro.

    Comemos en este lugar contemplando el paso de buques con pabellón de todos los países del mundo. Estas aguas fueron paso obligado de los submarinos soviéticos en su salida al Mediterráneo y este suelo es el que pisaron los antiguos sultanes y visires, sus esposas y concubinas. Sentimos un regocijo intelectual difícil de expresar.

    En la placeta de acceso a Topkapi se encuentra la Fuente de Ahmet III y no lejos el Museo Arqueológico. En una ciudad con tal sobreabundancia de tesoros, el museo pasa algo desapercibido pese a que guarda auténticas joyas de las épocas griega, romana y bizantina, incluido el Tratado de Kadesh, firmado entre egipcios e hititas, una tabla de arcilla que pasa por ser el primer tratado de paz de la historia.

    En nuestras visitas a distintos monumentos observamos en las puertas carteles que indicaban «Giris». En nuestra ignorancia, y dado el alto número de turistas, llegamos a pensar que se referían al acceso de personas extranjeras, de donde vendría nuestro popular «guiris». Hasta que en la puerta del Museo de Arqueología hallamos un cartel en turco e inglés que nos lo aclaró: giris significa entrada.

    De entre las decenas de mezquitas que pueblan la ciudad visitamos las que nos parecieron más interesantes, como la de los Tuplipanes,

    la de Rustem Pasa,

    la Mezquita Nueva, a la orilla del Bósforo…

    La de Suleymaniye está considerada la mejor representación del arte islámico. Sobre una colina desde la que se domina buena parte de la ciudad, fue mandada construir por Solimán el Magnífico al arquitecto Mimar Sinán. Impresiona de ella sus azulejos de Iznik y las vidrieras de sus 138 ventanas. En el complejo de jardines y cementerios que rodea la mezquita se alzan las tumbas del propio sultán, de su esposa Roxelana y del arquitecto.

    Teodosio es el constructor de las impresionantes murallas de Estambul.

    Cerca de la puerta de la Acrópolis de la muralla se alza la iglesia de San Salvador en Chora. Habíamos preparado bien el viaje y nos manejábamos por Estambul con cierta familiaridad, en buena medida por la amabilidad de sus gentes, siempre dispuesta a ayudar pero esta iglesia estaba algo más alejada del centro. Cogimos un autobús y le pedimos al conductor que nos indicara la parada de la iglesia. Así lo hizo, parando antes de llegar a la parada oficial, señalándonos la calle que debíamos seguir. A pesar de lo cual nos perdimos. Andando, andando, llegamos hasta un instituto donde preguntamos a un grupo de chicos. Están un poco lejos, nos dijeron, ofreciéndose a acompañarnos. En el camino hasta San Salvador nos preguntaron de dónde veníamos, al decirles que de España, se entusiasmaron. ¡El Real Madrid, el Barça! Nos recitaron las alineaciones de ambos equipos. ¿Cuál le gusta más a usted?, me preguntaron. Como de fútbol no tengo ni idea, se me ocurrió decir que el Getafe y resultó que también conocían a jugadores de este equipo. Habían sido tan corteses que al despedirnos quisimos obsequiarlos por su amabilidad, a lo que rehusaron muy dignamente: Somos turcos, nos dijeron, ufanos, a modo de justificación.

    Lo que queda de San Salvador en Chora es obra del siglo XI, fuego remodelada en el XIV, cuando se incorporaron los frescos y mosaicos, y transformada en mezquita tras la conquista de Constantinopla por los turcos. Ha soportado el paso de los siglos y sus mosaicos y frescos con imágenes de la vida de Jesucristo y de la Virgen María constituyen la mejor muestra del arte bizantino en la ciudad.

    Nos habían advertido de que aquí hay un taller de artistas que realizan iconos siguiendo las técnicas antiguas que venden a precios razonables, así que aprovechamos para comprar uno.

    El Bósforo abre un camino fluvial en la tierra europea, separando el casco antiguo de la ampliación moderna, conocido como el Cuerno de Oro por su forma y porque, según la leyenda, cuando la conquista otomana fue tal la abundancia de tesoros que los bizantinos arrojaron a esas aguas que parecían doradas. Hoy, sus orillas aparecen cuajadas de cuidados parques y zonas de ocio donde se baña la gente. En la izquierda se distinguen Fener, el barrio griego, y Balet, el barrio judío.

    Tomamos un barco para llegar a Eyup, lugar de peregrinación de los musulmanes de todo el mundo pues ahí está enterrado Eyup Ensari, el portaestandarte de Mahoma, y su mezquita es considerada la cuarta en rango de importancia en el Islam, tras las de la Meca, Medina y Jerusalem. Los turcos poderosos eligieron este lugar para ser enterrados así que las calles en torno a la mezquita están pobladas de grandes mausoleos mientras que la colina que protege el lugar se puebla con las tumbas de las gentes de la ciudad. Las lápidas de las mujeres llevan tantas flores como hijos tuvo; las de los hombres están coronadas por turbantes, sombreros o fez que indican el rango social del difunto.

    Desde la cima de la colina, a la que se puede acceder por un cómodo funicular, se contempla una vista panorámica de Estambul.

    Allí se encuentra el famoso y concurrido café Pierre Loti, que fue en sus orígenes un kahve, lugar donde los hombres se reunían para leer, fumar y tomar café pero el signo de los tiempos ha llegado también hasta aquí y hoy en los salones luce un cartel con el indicativo de “prohibido fumar” que habrá removido las cenizas del escritor.

    En Estambul hay que estar atentos para no pasar por alto un lugar de valor simbólico. Es el caso de la Sublime Puerta, también conocida como Puerta Otomana o Puerta Elevada. LaSublime Puerta en el momento del imperio otomano era como luego la Casa Blanca o el Kremlin. Aquí se decidían los grandes asuntos del imperio y por ella entraban los embajadores a presentar sus credenciales.

    Cuentan las crónicas que los viajeros de aquellos siglos quedaban impresionados de la magnificencia de los edificios representativos del imperio, de la majestuosidad y poderío de los guardianes otomanos.

    Mas, hoy, Turquía es una República y la Sublime Puerta da acceso a dependencias gubernamentales del gobierno provincial de la calle Alendar, una de las más transitadas del centro urbano estambulí. Guardan el acceso policías armados que miran distraídamente el paso de vehículos y peatones, el arma al hombro y una mano en el bolsillo. El soldado que vigila la entrada sostiene con una mano el teléfono móvil, desde el que habla animadamente, mientras con la otra mano sostiene su arma reglamentaria. Cuando observa que le enfocamos con la cámara sonríe y saluda.

    Las glorias del mundo pasan, sólo la belleza permanece.

    Fotos: ©Valvar

  • Wamba

    Wamba

    Wamba es el único municipio español cuyo topónimo contiene la letra “w”. Situado en la comarca de los Montes Torozos, en la provincia de Valladolid, inicialmente conocido como Gérticos, tomó el nombre en homenaje a su hijo más ilustre, el noble godo obligado a reinar contra su voluntad.

    Llegamos a Wamba una apacible y soleada tarde de primavera, deseosos de conocer su iglesia de Santa María. No hay un alma en la plaza donde se alzan, casi colindantes, la Casa Consistorial y la iglesia. Los pájaros, en cambio, parecen despendolados por el estreno primaveral y llenan el espacio de trinos, en una formidable algarabía. Un letrero en la puerta de la iglesia indica el número al que debemos llamar si queremos visitar la parroquial. Mientras esperamos al guía refrescamos nuestros recuerdos sobre Wamba.

    En el verano del año 676 estando en Gérticos murió el rey Recesvinto. De acuerdo con la tradición, su sucesor debía ser proclamado en el lugar del óbito del anterior rey. Puestos a buscar apareció Wamba, hombre de edad avanzada, miembro del grupo nobiliario hegemónico, que copaban los principales puestos de la administración territorial y central pero poco dado a realezas. Acabó aceptando y fue proclamado rey el 1 de septiembre de aquel año y confirmado en Toledo, siendo ungido el 20 del mismo mes por el obispo Quirico. De donde se deduce que el metisaca eclesiástico-político nos viene de antiguo y que en materia de nombres los godos son muy suyos.

    Sostienen las crónicas que Wamba fue el último rey en dar esplendor a la corona visigoda y que tras él se inicia la decadencia. Se pasó el reinado sofocando luchas: de la nobleza entre sí y contra la monarquía, de los católicos contra los arrianos, de los hispanorromanos contra los visigodos, una rebelión de los vascos y una tentativa de invasión árabe… Un sin vivir.

    Por si no tuviera poco con lo de casa, aún tuvo que salir a las Galias a apaciguar otras rebeliones. Asegura la tradición que tras la victoria de Narbona volvió con las reliquias de San Antolín, otro príncipe visigodo que había sido ejecutado en Toulouse un siglo antes, reliquias que se depositaron en lo que luego sería la cripta del santo en la catedral de Palencia.

    Ya puesto, convocó el XI Concilio de Toledo para corregir los abusos y vicios eclesiásticos. Con escaso resultado, si hay que atenerse al devenir de la historia. Y con peores consecuencias para el propio rey pues se cree que el obispo de Toledo tomó parte en la conjura para destronarlo. Los conjurados engañaron a Wamba, le narcotizaron y, en ese estado, le tonsuraron, le vistieron de monje y le obligaron a abdicar.

    Haciendo buena la hipótesis de que el hábito hace el monje, Wamba se retiró al desaparecido monasterio de San Vicente de Pampliega, en la provincia de Burgos, donde murió y recibió sepultura en el 688. Un monolito recuerda el paso del monarca por el lugar. (Si quieres saber más sobre la vida y hazañas del rey Wamba, clica aquí 👇)

    Pampliega recuerda a Wamba

    Ni siquiera después de muerto tuvo el pobre rey sosiego pues en el siglo XIII el rey Alfonso X el Sabio mandó trasladar sus restos a una iglesia ya desaparecida junto al Alcázar de Toledo. El sepulcro fue profanado durante la francesada y en 1845, en una suerte de justicia poética, los restos fueron trasladados a la catedral de Toledo y depositados en la sacristía, donde permanecen.

    La guía aparece enseguida, dispuesta a relatar la historia de esta iglesia, cuya portada románica se abre a poniente sobre un arimez con tejaroz soportado por canecillos de cabezas de animales y de personas con gestos de burla. Orna la entrada un tímpano –en el que aparece la fecha de edificación en 1195- y tres arquivoltas de medio punto decoradas con motivos geométricos. Las columnas que soportan los arcos muestran capiteles vegetales.

    La iglesia tiene dos partes diferenciadas. La cabecera, con tres ábsides rectangulares, el primer tramo de las naves y el muro norte corresponden a lo que fue templo prerrománico, de repoblación o mozárabe, levantado hacia el siglo X. Las bóvedas son de cañón semicircular y los arcos de herradura se apoyan en pilastras. En el muro del testero central quedan restos de pinturas murales, de entre los siglos X al XII, con figuras de leones.

    El cuerpo de la iglesia es románico y se levantó a partir del siglo XII, cuando la iglesia pasa a depender de la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén. Es de tres naves de tres tramos bien engarzadas con la cabecera mozárabe, con arcos apuntados sobre pilares rectangulares con dos semicolumnas adosadas. Aunque la mayoría de capiteles son vegetales, los hay historiados sumamente interesantes, como el de la psicostasis o peso de las ánimas, y otros que muestran viejos oficios. En esta iglesia fue enterrada la reina Urraca de Portugal, esposa de Fernando II de León y madre de Alfonso IX.

    A esta construcción, se añadió por el crucero norte un compartimento cubierto de bóveda de aristas, con una columna central, pinturas y esculturas y un osario, del que se conservan miles de esqueletos de los siglos XIII al XVIII, de hombres, mujeres y niños. Como te ves, yo me vi. Como me ves, te verás, advierte una leyenda en el osario. Por si alguien había pensado otra cosa.

    De vuelta a la plaza, los pájaros siguen con su trinar. El sol tiñe de dorado el caserío, tan cuidado que el Wamba originario se sentiría honrado de darle nombre.

    Fotos: ©Valvar

  • Maderuelo

    Maderuelo

    Maderuelo es un lugar al que se puede ir por mil razones y todas buenas. Está situado sobre una meseta como un barco varado desde el que se divisan tierras de las provincias de Burgos, Soria y Segovia, provincia a la que pertenece. En las aguas del Riaza, atrincheradas en el pantano, se reflejan sus restos medievales y el gran tesoro románico de la ermita de la Veracruz.

    En el lugar defienden que por aquí pasaba la calzada romana de Tiermes a Roa, un resto del cual sería su puente romano, hoy bajo las aguas del pantano. Núcleo de repoblación durante la reconquista, por su posición estratégica formó parte de la primera línea defensiva de la margen izquierda del Duero, con Coca, Cuéllar, Fuentidueña y Sepúlveda. El historiador Jiménez de Rada (1170-1247) lo menciona como Castro Maderolum, una de las fortalezas recuperadas por Sancho Garcés III en 1011.

    Cabeza de una pequeña Comunidad de Villa y Tierra con 19 aldeas, llegó a tener diez parroquias. En 1339 pasó a propiedad de la reina Leonor de Navarra; en 1423 es señorío de Álvaro de Luna, una de cuyas nietas casa con el marqués de Villena, a cuya familia perteneció hasta la abolición del régimen señorial en 1837. Del siglo XV conserva parte de la muralla, el Arco de la Villa, la parroquia de Santa María y las ermitas de San Miguel y la Veracruz. Forma parte de la asociación de “Los pueblos más bonitos de España”.

    Se accede a Maderuelo por el Arco de la Villa, que mira al suroeste. La puerta ha perdido el foso y puente, que tuvo hasta hace un siglo, pero conserva los cerrojos, la poterna y las gruesas puertas de madera, con adornos y blindajes propios del siglo XV. Tiene la particularidad de que la abertura interior es un arco de medio punto, mientras que la exterior es un arco apuntado. Adosado a este hay otro arco de medio punto más alto, con un hueco central o buhedera, con funciones de matacán que protegía el acceso.

    Como somos bastante asiduos a esta villa hemos podido comprobar que su escasa población permanente aprecia sus monumentos. En nuestra última visita -agosto de 2023- hemos visto cómo había desaparecido el cableado que afeaba el Arco de la Villa al tiempo que se prohibía el tráfico rodado en el casco antiguo, excepto a los residentes.

    Lindando con el Arco de la Villa se conserva la casona blasonada de los señores de Maderuelo, marqueses de Villena y Condes de San Esteban. En alguna de nuestras visitas se encontraba en venta.

    Este primer acceso desemboca en la pequeña Plaza de San Miguel, con la ermita del mismo nombre, obra del siglo XII a la que en el XV se añadió una segunda nave, rematada con una pequeña espadaña. Está desacralizada y tiene una vivienda adosada. Conserva el ábside románico y la espadaña. Ha sido restaurada y se utiliza para actividades culturales.

    La calle de Abajo, a la derecha, desemboca en un espacio abierto conocido como plaza del Baile y que se cree fue lugar de mercado. La olma que presidía el baile y la vida del vecindario murió por la grafiosis y ha sido sustituida por un ejemplar joven. Un poco más adelante se encuentra el nuevo ayuntamiento, que ocupa lo que fue antigua cárcel.

    Siguiendo el paseo se llega a la Plaza de Santa María, que debió de ser el corazón de la villa, a la sombra de la iglesia de la que recibe el nombre. En ella se levanta una picota, donde se exponía o se ejecutaba a los reos, con todos los adminículos requeridos para su funcionamiento que, aunque hoy sean puramente ornamentales, producen cierto repelús.

    De la iglesia de Santa María del Castillo destaca su airosa espadaña, del siglo XVIII, con cinco campanas, que se hacen oír por toda la comarca. Es un conglomerado de estilos, románico, gótico, renacentista, mudéjar y musulmán. Empezada a construir en el siglo XIII, sufrió un incendio en el XVI y fue reconstruida con restos de iglesias de otros templos arruinados. Algunos historiadores creen que pudo haber sido también sinagoga. A derecha e izquierda de ella se abren dos arcos de medio punto. En su interior conserva la momia de la niña María que, según la leyenda, murió de peste y su padre hizo vestir con sus mejores ropas.

    En nuestra primera visita, hace de ello muchos años, se nos acercaron unos niños. ¿Quieren ver la momia?, se ofrecieron. Antes de responder levantaron la tapa de un arcón y, efectivamente, allí estaba la criatura momificada. Del susto a poco me caigo de espaldas. Debo de ser la excepción pues, según nos cuentan, el hecho de que los restos infantiles se hayan conservado en buenas condiciones se considera expresión de energías positivas, de manera que los visitantes acostumbran a poner sus manos sobre ellos para recibir esa energía benéfica.

    De nuevo en la plaza, bordeando la iglesia por la derecha, un atrio porticado orientado a levante protege dos puertas, una cegada de estilo mudéjar, y otra románica de dientes de sierra y puntas de diamante, ambas muy hermosas. Bajo el atrio hay un mirador desde el que se divisa el pantano y la serrezuela próxima. Ese mínimo espacio se conoce como arcacel, donde se sembraba de cebada para forraje de los animales de tiro del párroco. A falta de animales de tiro, se ha instalado una catapulta, llamada trabuquete o  almajeneque, arma defensiva medieval, como recuerdo del carácter defensivo de la villa.

    Bordeando los muros de la iglesia se llega al Torreón del Castillo, que protegía el acceso norte de la población, en otro tiempo habitado por los condes de San Esteban. Se cree que el castillo fue derruido por Isabel la Católica para castigar a los partidarios de los marqueses de Villena y de Juana la Beltraneja. Los ataques del tiempo y de los rayos han convertido el Torreón en unas ruinas desdentadas.

    Desde ese punto hay que seguir la senda que conduce de nuevo a la Plaza de la Iglesia y, desde allí, por el Camino de la Puerta del Barrio se llega a dicha puerta, orientada a poniente. La entrada es abovedada entre dos arcos de medio punto. Adosado a ella un antiguo torreón que fue utilizado como hospital o albergue de peregrinos. El barrio al que alude la puerta era el judío o judería.

    Callejear por Maderuelo es agradable y triste a la vez. Como tantos pueblos de la España interior, es perceptible su decadencia, a pesar de que los visitantes de fin de semana y de verano alientan la ilusión de cierta vidilla. La realidad es que, junto a hermosas casas rehabilitadas, la mayoría dedicadas a atender al turista ocasional, otras muchas se encuentran en venta o, directamente en ruinas. En una de ellas se puede ver aún un haz de centeno de los usados para chamuscar al cerdo en la matanza, como venas abiertas de un tiempo y una forma de vida que ya nunca va a recuperarse. Ante ruinas como esta nos preguntamos, sin llegar a ninguna conclusión, qué sería lo acertado, si derribarlas definitivamente y dejar libre el solar o mostrar los muñones del pasado.

    En una de esas casas recuperadas se pueden ver piedras de apariencia antigua. Nosotros hemos especulado muchas veces sobre su procedencia, incluso con la similitud de la Medusa de la Cisterna Basílica de Estambul, hasta que en la última visita nos aclararon que son obras actuales, realizadas por un artista asentado en el pueblo.

    Fuera del recinto medieval junto al cementerio, se levanta la ermita de Nuestra Señora de Castroboda, construida en el siglo XVIII por los vecinos con los restos de la ermita de San Roque, para guardar a su patrona, que goza de mucha devoción entre el vecindario.

    Empero, el auténtico tesoro de Maderuelo es su ermita de la Veracruz, no tanto por lo que guarda como por lo que guardó. Levantado sobre una fábrica visigótica, la tradición habla de que los templarios custodiaron en ella uno de los “Lignum Crucis” -de donde le viene el nombre- y que tuvo una cofradía dedicada al enterramiento de los vecinos difuntos y a obras pías.

    Es Monumento Nacional desde 1924, albergó un extraordinario conjunto de frescos románicos. Al contrario de lo que sucedió en otros pueblos de esta Comunidad -San Pedro de Arlanza, Berlanga, Fuentidueña- los frescos de la Veracruz no se vendieron de mala manera, fue la construcción del pantano de Linares, que lame los muros de la ermita, lo que movió al Estado a adquirirlos en 1929. Desde 1947 se encuentran en el Museo del Prado, donde se ha habilitado un remedo de ermita para su contemplación. Las improntas dejadas en los muros han sido “repintadas”, advirtiendo siempre de que se trata de una copia sobre los originales. Así y todo, es aconsejable hacer la visita de la vieja y original ermita. Hay que llamar previamente aquí 👇 para concertar cita.

    Las pinturas románicas representan temas bíblicos: en la bóveda, el Pantocrátor sostenido por cuatro ángeles; lateral izquierdo: La Anunciación, Ángel turiferario, San Mateo y San Lucas. Lateral derecho: San Marcos, Ángel con rollo, quizá San Juan Evangelista, Ángel turiferario, Ángel con libro, Santo obispo. Medios puntos: Caín (para algunos autores Melquisedec) y Abel presentan ofrendas al Cordero inserto en la Cruz, La creación de Adán y El Pecado Original. Muro izquierdo: Seis Apóstoles, La Magdalena unge los pies del Señor, Adoración de un Mago a la Virgen con el Niño; muro derecho: Cuatro Apóstoles.

    En tiempos de sequía, cuando descienden las aguas del pantano, se puede ver el puente viejo de cinco ojos, de piedra de sillería, románico asentado sobre uno anterior de origen romano, que unía la ermita con el pueblo. El pretil conserva dos escudos con las armas de los Pacheco, del marquesado de Villena, que cobraba pontazgo. Afortunadamente, y no quisiera yo dar ideas, en el nuevo puente, levantado cuando la construcción del pantano, no existe el pago de pontazgo.

    Si en la visita se hace hora de comer el visitante puede optar por tomar lo que le apetezca en un sencillo restaurante instalado cerca de la ermita de la Veracruz, dar cuenta de su propia comida en cualquiera de las mesas de la pradera o bien ascender hasta el pueblo y comer en alguno de sus restaurantes. En nuestra última visita decidimos esta opción y comimos un excelente lechazo.

    El pantano de Linares, aunque reciente, forma parte del paisaje de Maderuelo. Construido a mediados del siglo XX, supuso la desaparición del pueblo de Linares del Arroyo, cuya población fue trasladada al poblado de nueva construcción de La Vid (Burgos), mientras que el término municipal se repartía entre Maderuelo y Montejo de la Vega. Uno de los vecinos forzados al exilio fue Pedro Pascual, quien optó por asentarse en Aranda de Duero con su numerosa familia. Hombre emprendedor, primero organizó el suministro de bocadillos al paso de los trenes de la línea Valladolid-Ariza, luego, se hizo cargo de la cantina de la estación y, finalmente, abrió un almacén de coloniales en Aranda, regentado ya por sus hijos, Fidencio, Juanjo, Pedro y Tomás, con la decisiva colaboración de sus hijas Faustina y Lucía, pues Matilde había profesado como religiosa. De esta semilla nacerían las empresas Pascual Hermanos, Peache y, en suma, el conglomerado industrial Pascual.

    El embalse tiene una superficie de 690 hectáreas y está catalogado como humedal protegido por albergar nutrias, garzas reales y otras especies de anátidas.

    Para completar el viaje no lejos se encuentran las Hoces del Riaza, Zona de Especial Protección para las Aves, magnífico espacio de cañones y barrancos con imponentes farallones donde anidan buitres leonados y alimoches, que comparten vuelo con búhos reales, halcones peregrinos, águilas, cernícalos, grajillas, chovas y otras aves. Conforman el paisaje carrascas, quejigos, sabinas, enebros, sauces y chopos con tomillos, espliegos, cantuesos y aulagas que alternan con majuelos y escaramujos. Este fue uno de los escenarios escogidos por Félix Rodríguez de la Fuente para la filmación de su serie sobre la Naturaleza.

    Luego, cuando tengas ocasión te acercas al Museo del Prado para ver las pinturas murales originales. (Fotos Museo del Prado)

    Fotos: ©Valvar y ©Museo del Prado

  • El Museo Arqueológico Nacional

    El Museo Arqueológico Nacional

    Una de las ventajas que tiene vivir en Madrid es su abundante, variada y, en general, accesible oferta cultural que. La relación de salas de conciertos, de librerías y bibliotecas o de museos es casi infinita. A nosotros nos va casi todo, pero entre esa oferta ocupa un lugar especial el Museo Arqueológico Nacional, el MAN, que nos permite viajar por el tiempo y, casi, por cualquier espacio de este mundo.

    Este museo se creó por Real Decreto de Isabel II el 20 de marzo de 1867, en vísperas de la revolución de 1868 que empujó a la reina al exilio. A la espera de que concluyeran las obras del edificio que debía ser su sede, inicialmente ocupó las instalaciones del Casino de la Reina, en las inmediaciones de la Glorieta de Embajadores, que en 1817 el Ayuntamiento de Madrid había regalado a la reina Isabel de Braganza. Fue el rey Amadeo I de Saboya quien presidió la inauguración oficial el 9 de julio de 1871. El museo nacía con cuatro secciones: Tiempos primitivos, con 2.703 objetos; Edad Media, con 3.033; Numismática, con 103.096 monedas; y Etnografía, con 3.500 objetos. Los primeros años fueron difíciles, pues, aparte de las dificultades políticas, el Museo sufrió varios intentos de robos y algunos con éxito: los ladrones se llevaron una espada hispano árabe y varias estatuillas, luego recuperadas.

    El primer museo 1871-1893. Foto MAN

    El 5 de julio de 1895 pudo por fin inaugurarse el Museo en su prevista y definitiva sede del Palacio de Bibliotecas y Museos, cuya construcción había durado treinta años. El edificio, obra de Francisco Jareño y Alarcón y Antonio Ruiz de Salces, es compartido por la Biblioteca Nacional, a la que se accede por la plaza de Colón, y el MAN, con entrada por la calle Serrano. El 10 de julio de 1931 se creó el Patronato del Museo Arqueológico Nacional.

    Recreación de ambiente 1895-1940. Foto MAN

    Durante la guerra civil las instalaciones del MAN acogieron fondos artísticos de otras procedencias que se querían proteger, a pesar de que la aviación del bando sublevado atacó el edificio con bombas incendiarias. El Patio de la Virgen conserva el impacto de una de aquellas bombas.

    Terminada la guerra, se abrió una exposición reducida y provisional, que se conoció como el Museo breve o resumido.

    El Museo breve. 1940-1951 Foto MAN

    La provisionalidad se prolongó hasta 1951 y en 1954 volvió a reinaugurarse. Mas, enseguida se vio que las instalaciones eran obsoletas y, a partir de 1968 se abordó su modernización, que se prolongó hasta 1981. En 1964 se inauguró una reproducción de la cueva de Altamira, creada en el subsuelo de los jardines del recinto.

    Nuevas instalaciones 1954-1968. Foto MAN

    En 1988 se planteó una nueva remodelación, se reorganizó el archivo. se informatizó el museo y se le dio una nuevo aire. En la puerta principal se ubicaron las estatuas de Alonso Berruguete y Diego Velázquez y sendas esfinges a cada lado de la escalinata. En 2008 se abordó una renovación total del edificio, el museo quedó reducido a sus obras más significativas, en una nueva versión del Museo breve. Entre 2011 y 2014, el museo permaneció totalmente cerrado.

    El Museo entre 1970-2008. Foto MAN

    Actualmente, el MAN es uno de los museos más atractivos de la capital. En 40 salas se distribuyen sus colecciones, formadas con piezas originarias de España, desde la Prehistoria a la Edad Moderna, y de colecciones procedentes de la Antigua Grecia o de Oriente Próximo, que se exhiben en doce módulos: Arqueología y patrimonio; Prehistoria, Protohistoria; Hispania romana; Antigüedad tardía; Edad Media; Edad Moderna; Historia del museo; Oriente Próximo; Egipto y Nubia; Grecia; y Moneda. (Fotos MAN)

    La última remodelación tuvo el acierto de incorporar las nuevas tecnología y de imprimir al museo un carácter eminentemente didáctico por lo que es frecuente encontrarse en sus salas a grupos de escolares que siguen atentos las explicaciones de los guías. Los escolares y los jubilados somos el público más fiel del MAN. Para ambos grupos el acceso es gratuito. Desde la última remodelación, el museo recibe anualmente alrededor de medio millón de visitantes. Por lo común, las áreas más visitadas son las de Egipto y la Protohistoria. La Dama de Elche es VIP total, seguida de la Dama de Baza y la corona de Recesvinto del Tesoro de Guarrazar.

    Por ponerme estupenda añadiré que el MAN solo tiene un pero: de los 25 directores que han estado al frente desde su creación, solo cuatro han sido mujeres. Hubo de transcurrir más de un siglo para que en 1991 se nombrara a la primera directora: Carmen Pérez Díe (1991-1997); le han seguido Marina Chinchilla Gómez (1991-2000), Rubí San Gamo (2004-2010) y la actual, Isabel Izquierdo Peraile, nombrada en 2022. Se diría que algunas instancias hicieron suyo el pensamiento de Diógenes Laercio: «Doy gracias al Destino, por ser hombre y no animal, por ser varón y no mujer, por ser griego y no bárbaro«. Inscripción con la que suelo dar la murga al Colega en cada visita.

    Nosotros acostumbramos a acudir al MAN al menos una vez al mes y siempre encontramos algo interesante. Ni que decir tiene que lo que más nos gusta es el módulo de la Edad Media, situado en la segunda planta, donde se expone una valiosa colección de piezas románicas. La primera vez que volvimos al museo tras el confinamiento nos advirtieron de que algunas salas estaban cerradas. Nosotros subimos directamente a la segunda planta y al salir del ascensor nos topamos con un cubo de fregar y una fregona con el palo aparentemente caído a un lado. Pensando que la persona encargada de la limpieza había olvidado el cubo, apartamos el palo y nos adentramos en el módulo egipcio. No había nadie, solo nosotros. Impresiona ver las salas vacías, comentamos. Así estuvimos un buen rato, haciendo compañía a los sarcófagos, hasta que vimos llegar a un vigilante con cara despavorida. Al parecer, nos habían detectado las cámaras de vigilancia. ¿Cómo han subido a esta planta?, nos preguntó. Por el ascensor, respondimos con naturalidad. Al ver que éramos dos viejos indefensos el hombre se fue tranquilizando. Es que no se puede entrar en estas salas, están cerradas, añadió. No quisimos discutir con él, que bastante susto tenía el hombre, pero poder, se podía entrar. Bastaba retirar el palo de la fregona.

    El módulo egipcio se abrió enseguida pero desde el comienzo de la pandemia el módulo de la Edad Media ha permanecido cerrado por falta de personal, desde marzo de 2020 hasta el 15 de septiembre de 2023. Si el ministro de Cultura hubiera estado atento, podría haber oído nuestros reniegos.

    Ya está dicho que cualquiera de los apartados del museo merece una visita pues todos ellos atesoran piezas de primer nivel, pero poder ver de tú a tú la colección de pilas bautismales, capiteles, canecillos y sepulcros románicos, resulta emocionante. Empezando por el arco de San Pedro de Dueñas y sus capiteles de caballeros.

    O las pilas bautismales de Mazariegos (Burgos), hecha por Petrus, como reza en el borde (izquierda), o la de San Pedro de Villanueva (Asturias) que recuerda que los comitentes: «Juan y María hicieron esta obra en la Era 1152) (foto derecha).

    Los capiteles de la iglesia de Granja de Valdecal, cerca de Mave, (Palencia), entre los que destaca el que representa a obreros trasladando la argamasa y labrando la piedra.

    La Virgen entronizada con Niño, procedente del monasterio de San Bento de Sahagún (León), el parteluz con Cristo Salvador, de la iglesia de Santiago de Vigo (Pontevedra), con la inscripción en el nimbo: Ego sum Alfa et Omega, y los apóstoles Bartolomé y Santiago el Menor del Maestro Mateo, procedentes del coro de la catedral de Santiago de Compostela (La Coruña).

    Las columnas de San Paio de Antealtares, en el Camino de Santiago.

    El pilar de la lujuria, que quizá fue el parteluz de la iglesia de Armentia (Álava).

    El sarcófago de Calatañazor, con la psicostasis, la Anunciación y la duda de San José.

    Y, sobre todo, los capiteles del monasterio de Aguilar de Campoo, tanto los de la iglesia como los del claustro.

    Admirarse de la maravilla de la belleza de esas arpías o de la labra de esos soldados dispuestos a la degollina de los inocentes o dormidos ajenos a la Resurrección de Cristo.

    También del monasterio de Aguilar de Campoo, pero ya gótico, el sarcófago y estatua yacente de doña Inés Rodríguez de Villalobos, mujer «de clara estirpe nacida, fecunda en virtudes, piadosa, limpia de todo pecado mundano, prudente y elocuente«, arrebatada de la vida en el año 1339 de la era, según reza su epitafio.

    Aunque el románico sea nuestro favorito, la Edad Media fue rica en otras expresiones artísticas. Sin apenas moverse de la sala se puede disfrutar de una amplia muestra de pintura y escultura góticas.

    Aunque menos espectacular que todo lo referido, personalmente me gusta esta jarra con rostro de mujer -del siglo XV- y el báculo del Papa Luna.

    Te guste o no el románico, no puedes irte del MAN sin visitar la portada occidental del monasterio benedictino de San Pedro de Arlanza (Burgos), que fue una institución en Castilla, reducido a ruinas después de la Desamortización del siglo XIX, portada salvada porque en 1895 llegó al MAN. Para esto, para salvar el patrimonio histórico y artístico del país vale un museo como el Arqueológico Nacional. Además de para viajar por el románico -y, por extensión, por el arte universal- sin salir de Madrid.

    El MAN tiene una estupenda página web desde la que se puede acceder a una visita virtual del museo y un enlace que ofrece una guía con información exhaustiva de lo que el visitante encuentra en sus salas.

    Fotos: ©Valvar y MAN

  • Barcelos

    Barcelos

    Barcelos es una ciudad portuguesa perteneciente al distrito de Braga, con una historia que se remonta a tiempos inmemoriales, si hay que hacer caso a los restos arqueológicos aparecidos en su término, pero que empieza a escribirse en el siglo XII cuando don Afonso Henriques le dio fuero y condición de villa y, luego, don Denis concedió a su mayordomo Joao Afonso el título de conde de Barcelos.

    Su momento de esplendor le llegó en 1385 cuando el séptimo conde de este título entregaría la villa como dote en el enlace de su hija Beatriz con otro Afonso, este hijo extramatrimonial del rey Joao I. Se amuralla la población, se construye el puente sobre el rio Cávado, la torre de la Porta Nova, el Paço de los Duques y la iglesia matriz.

    Pero si por algo es conocido Barcelos en el mundo entero es por su gallo, identificado como el animal totémico portugués. Cuenta la tradición que andaban los vecinos alarmados porque se había cometido un crimen sin que se hallase al culpable cuando un buen día apareció por allí un gallego, convirtiéndose en sospechoso. Fue detenido y acusado del crimen, a pesar de sus protestas y de que aseguraba ser un peregrino de camino a Santiago, y condenado a la horca. Antes de ser ahorcado pidió ver al juez, que a la sazón estaba con unos amigos disponiéndose a comer un gallo asado. “Es tan cierta mi inocencia como cierto es que ese gallo cantará cuando me ahorquen”, dijo el gallego. Y así fue. Cuando el peregrino estaba a punto de ser colgado el gallo se levantó del plato y cantó. El juez corrió a liberarlo y el gallego siguió por su camino miñoto hasta Santiago. Pasado un tiempo volvió a Barcelos y mandó edificar un monumento en memoria del suceso.

    La historia guarda muchas similitudes a la que se relata en Santo Domingo de la Calzada, en cuya catedral se conservan un gallo y una gallina vivos en memoria del suceso.

    En Barcelos el gallo asado es uno de sus platos tradicionales hasta el punto de que cada año el tercer fin de semana de octubre organiza un concurso gastronómico con este leitmotiv.

    Nosotros llegamos a Barcelos el jueves 12 de enero de 2023, de paso hacia la iglesia románica de Galegos-Santa María; al Colega lo del gallo le parecía poco interesante. La elección del día no es casual. Como encargada de la organización del viaje he reservado esta fecha para conocer la considerada mayor feria de artesanía de Portugal, que cada jueves se celebra en el Largo de Feria o Campo de la República. Al colega la feria le interesa menos aún que el gallo así que propone dar una vuelta, tomar café y seguir camino.

    Mas, Barcelos tiene un centro histórico entre medieval y moderno que lo hace muy atractivo, todo ello trufado con sus gallos y cerámicas diversas, como procede a una ciudad -proclamada como tal en 1928- considerada referencia en las artes y oficios tradicionales, miembro de la Red de Ciudades Creativas de la Unesco desde 2017.

    Enseguida nos topamos con la Torre de la Porta Nova, que formó parte de la antigua muralla y actualmente es un espacio dedicado a las artes y oficios tradicionales. Una pequeña maravilla. Nos gusta tanto que subimos hasta el mirador, todavía adornado con las luces navideñas, desde el que se contempla la iglesia del Bom Jesus de la Cruz y la de Nuestra Señora del Terco, en el Largo de Feria, el Jardín Barroco y la ciudad entera.

    En una plazoleta próxima -el largo José Novais- se encuentra la Oficina de Turismo, donde nos proveen de material suficiente para invitarnos a una visita. Allí mismo entramos en otro pequeño museo con figuras increíbles.

    Por la rua de don Antonio Barroso llegamos al Teatro Gil Vicente y un poco más adelante el Palacio de los Condes, la iglesia matriz y el solar de los Pinheiros.

    La iglesia matriz, dedicada a Santa María, es obra del siglo XIV, con algún resto románico en sus columnas, y el interior cubierto con azulejería del siglo XVIII.

    El Palacio de los Condes de Barcelos fue mandado construir por don Afonso, el primer duque de Braganza. Por su estructura, y por dominar el puente de peregrinos sobre el río Cavado, también del siglo XIV, más parece castillo que palacio aunque sirvió de residencia de la familia titular hasta el siglo XVII. Su abandono, primero, y el terremoto de 1755 lo dejaron malparado.

    Sus restos ruinosos lo han convertido en museo arqueológico, en el que destaca el crucero de la leyenda del gallo, del que ya hemos hablado.

    A un tiro de piedra, en el centro de un jardincillo, se levanta el Pelouriño, una picota gótica del siglo XIV.

    No lejos se encuentra el Ayuntamiento, una amplia construcción resultado de unir la antigua Cámara, del siglo XIV, el hospital del Espíritu Santo y la Capilla de Santa María, del XVI, el Hospital de la Misericordia, del XVII, y el Palacio del Concejo, del XIX. Extrañamente, el edificio tiene cierta unidad.

    El Colega ha pegado la hebra con un grupo de trabajadores en el Palacio de los Condes y se ha animado a acompañarme al Museo de la Alfarería, que reúne piezas locales y de otros países de lengua portuguesa, antiguas y modernas.

    Ya que estamos aquí vamos a dar una vuelta por el mercado, le propongo al Colega. Antes de que empiece a protestar le sugiero que podemos aprovechar para llevar algo a las herederas. Mano santa. Y ahí echamos el rato, yo haciendo fotos y ellas diciendo esto quiero y esto también y el Colega pidiendo que lo envolvieran para el viaje.

    Antes de seguir camino nos informan que el mejor tiempo para visitar Barcelos es la primera semana de mayo, cuando se celebra la Fiesta de las Cruces y las calles se llenan de flores, luces, banderas y conciertos al aire libre. O la última semana de julio, cuando organizan un festival de folclore, con cantos y bailes populares. Tomamos nota del consejo, y salimos de Barcelos muy contentos, a pesar de ser enero.

    Por fin, indicamos al GPS la dirección de Santa María de Galegos, de la que en teoría nos separan una decena de kilómetros, y nos ponemos en marcha. Después de muchas vueltas, sin encontrar a nadie a quien preguntar, cuando creemos estar al borde del fin del mundo, al fin damos con la iglesia románica.

    Casi en medio de la nada, en una explanada solitaria, separada del campo por un murete, una señal de aparcamiento reservado para el párroco. El poder tiene que ser eso, vivir como un cura y con aparcamiento propio, le digo al Colega, que en ese momento está enfrascado y feliz fotografiando la iglesia, objetivo suyo esta jornada.

    Aunque hemos madrugado para llegar a Barcelos se nos ha hecho un poco tarde para comer. Nos acogemos a la hospitalidad de un pequeño restaurante de Galegos -Sonho do Cavado- que está lleno de una clientela local, donde degustamos la rica y contundente gastronomía de la región. Una jornada completa.

    Fotos: ©Valvar

  • Tarazona

    Tarazona

    Tarazona es una pequeña ciudad de la provincia de Zaragoza a la que hay que acercarse con el debido respeto, no en vano pasa por haber sido edificada por Túbal-Caín -personaje bíblico de la estirpe de Caín, tenido por iniciador de la metalurgia, en quien se basaría el mito de Vulcano- y reedificada por Hércules. Así reza en su escudo: “Tubalcain me aedificavit, Hércules me reaedificavit”.

    Es el hecho que el lugar denominado Turiasu estuvo habitado ya en el siglo II a.C., que los iberos ocuparon el barrio del Cinto y luego se asentaron los romanos, de cuya época han quedado abundantes restos, incluidos varios mosaicos y un busto de Augusto, que aquí permaneció un tiempo para recuperar la salud en los baños de Turiaso, en la creencia de que las aguas del río Queiles tenían efectos curativos. La abundancia de fuentes, precisamente, está en el origen etimológico del topónimo Tarazona, por evolución de Turiasu, Toriaso, Tirassona.

    En el siglo VI tenemos a la población con catedral propia convertida en una fortaleza visigoda frente a los vascones. En el 714 es ocupada por los árabes, creciendo considerablemente. La catedral visigoda es convertida en mezquita. Los judíos ocupan la judería vieja. En 1119 es conquistada por Alfonso I el Batallador, pero en la Edad Media es conquistada y reconquistada sucesivamente.

    La iglesia de la Magdalena, la más antigua de la ciudad, se convierte en catedral provisional hasta que en el siglo XII se construye la catedral nueva allende el Queiles. Los musulmanes se instalan fuera de la muralla y los judíos extienden el espacio de la judería.

    La presencia de las tres culturas hizo de Tarazona un importante enclave de las traducciones del áraba al latín, al nivel de Toledo en la materia. Actualmente, la ciudad es sede de la Casa del Traductor, que impulsa y gestiona las actividades relacionadas con la traducción literaria y todo lo relacionado con ella.

    En 1495 los Reyes Católicos convocan Cortes en Tarazona, alojándose en el palacio episcopal. El XVI Tarazona se pone de moda. Florecen los negocios, aumenta la población, se fundan conventos, se cultivan las artes. En 1592 se reúnen Cortes nuevamente. Es un instante histórico porque dos años antes Antonio Pérez, que había sido secretario del rey, fue acusado de traición y apresado. Consiguió fugarse, acogiéndose a la proyección del Justicia de Aragón. Felipe II firmó el fin de los Fueros de Aragón. Ello supuso el final de la concepción del Justicia como contrapoder al rey y la decapitación unos días después de Juan de Lanuza, último Justicia de Aragón histórico.

    La expulsión de los moriscos supone una gran pérdida para la ciudad, vaciándose algunos pueblos de la comarca. En 1707 Felipe V concede a la ciudad privilegios por su fidelidad durante la Guerra de Sucesión, pero la llegada de los borbones empobrece a la población por las contribuciones que exigen. Tras la Guerra de la Independencia Tarazona vive una incipiente industrialización que languidecerá en el siglo siguiente hasta la Primera Guerra mundial, cuando las necesidades bélicas impulsan su industria textil. Durante la Guerra Civil española potenciaría aún más esta industria añadiéndose la producción de fósforos. La crisis de estos sectores y, sobre todo, la competencia de la cercana Tudela contribuyeron al estancamiento de la ciudad.

    El Palacio episcopal volvió a acoger las Cortes de Aragón en 1987, celebración que tuvo un gran valor simbólico pues en aquella sesión se eligió como Justicia de Aragón a Emilio Gastón, cuyo juramento se produjo en la misma sala que contenía los restos de Juan de Lanuza.

    Nosotros llegamos a Tarazona en la Semana Santa de 2015. La ciudad se distingue en la distancia por sus torres, sus murallas, su aire mudéjar y su aspecto de castillo roquero. Una vez dentro comprobamos que las cuestas se suavizan, invitando al paseo por un entramado urbano que combina calles amplias y abiertas con callejuelas, arcos y recovecos, con el rumor del río Queiles, que atraviesa la localidad domesticado por canalización.

    El perfil urbano turiasonense está presidido por la mole catedralicia, un conjunto gótico levantado entre los siglos XIII y XI con aportaciones mudéjares y barrocas. Sobre el monumento se han realizado obras de restauración y limpieza en los últimos años que le han dejado reluciente.

    La catedral es el principal de los monumentos religiosos pero no su primer atractivo. Nos encaminamos por la calle Visconti hacia la Plaza de España, donde, sobre la muralla, se levanta el Ayuntamiento, una construcción monumental del siglo XVI, proyectada como lonja y granero. En su fachada hay una profusión de escudos, la figura alegórica de Hércules y un friso que representa el desfile triunfal de Carlos V en su coronación en Bolonia.

    Frente a la fachada municipal, un monumento esquemático recuerda al Cipotegato, una figura festera, cuyo traje arlequinado evoca a los antiguos bufones, que es el encargado de abrir las fiestas patronales de San Atilano, el 27 de agosto. A mediodía de ese día, el Cipotegato sale del Ayuntamiento para seguir un itinerario secreto huyendo de la lluvia de tomates que le arrojan los vecinos.

    Desde la plaza nos internamos en la judería como si avanzáramos por un túnel en el tiempo y el espacio. Las casas colgantes de Tarazona se asoman al barrio judío. Son edificaciones construidas en vertical para aprovechar el escaso espacio disponible, que recuerdan a otras juderías, como los guetos de Venecia o de Praga. También, como hemos visto en Israel pero en sentido contrario, allí ahora el gueto es palestino. No podemos evitar un escalofrío cuando descubrimos en una de las paredes de la judería una pequeña pintada que reclama: Free Palestine (Palestina libre).

    Siguiendo por las Rúas de Judería o por las de Bécquer Alta o Baja, lllegamos a la iglesia de Santa María Magdalena, una construcción tardo-románica de tres ábsides del siglo XII, muy cerca del Palacio Episcopal. Su torre de estilo románico-mudéjar, es el punto más elevado de Tarazona.

    El lugar es un excelente mirador de la ciudad y de la comarca que se extiende en derredor. Justo ahí abajo se encuentra la Plaza de toros vieja, construida entre los años 1790 a 1792 por iniciativa privada, que sirvió de coso hasta 1870. El perímetro de esta plaza octogonal está formado por 32 viviendas, que siguen ocupadas. Tarazona es la cuna del actor Paco Martínez Soria, que da nombre a una de sus calles céntricas y al Festival de Cine de Comedia de Tarazona y Moncayo, que se celebra cada mes de agosto.

    Sin saberlo, resulta que hemos llegado a la ciudad en uno de esos días de gran festejo local, que coincide con las fechas en las que la mitad de la población nacional sale de su casa camino a cualquier parte. En el pecado llevamos la penitencia pues, llegada la hora de comer, nos vemos obligados a ver cómo desfilan ante nuestros ojos unas apetitosas viandas sin encontrar acomodo en ninguno de sus restaurantes, todos llenos. Así que en busca de condumio abandonamos Tarazona, ciudad antigua y moderna, cristiana, mora y judía.

    Fotos: ©Valvar