Inicio

  • Albi

    Albi

    Albi fue fundada en tiempos del imperio romano, con el nombre de Albiga. En los siglos XII y XIII, es testigo del desarrollo de la secta religiosa conocida como los cátaros o albigenses, originada en Toulouse. La catedral de Santa Cecilia y el palacio de la Berbie conforman la Ciudad Episcopal, declarada Patrimonio de la Humanidad.

    Llegamos a Albi a media tarde, cuando ya no hay ningún monumento abierto, así que aprovechamos para pasear por la ciudad. Bordeando el palacio de la Berbie llegamos hasta el Puente Viejo, que pasa por ser uno de los más antiguos de Francia -construido en el 1040-, y fue y sigue siendo una de las vías de acceso a la ciudad, pues aún se mantiene en uso. Al otro lado del río Tarn, hasta donde se extiende la llamada Ciudad Episcopal, con el sol dando brillo a los muros rosas de sus monumentos, destaca aún más el poderío del palacio y la catedral, capaces de amedrentar al más osado.

    Nos acercamos a la orilla del río con el propósito de obtener una buena vista de la ciudad y distinguimos en el agua unos peces enormes. Mientras tratamos de identificar si son barbos o carpas, lo usual en los ríos que conocemos, vemos con asombro que uno de esos bichos sale del agua y se lleva limpiamente en la boca una de las palomas posadas cerca del agua. ¿Has visto lo mismo que yo?, nos preguntamos. Sin ninguna duda. Según nos informamos después, los peces del Tarn son siluros que, entre sus hábitos, tienen los de capturar las palomas que se ponen a su alcance. Nos quedamos un rato más para ver si podíamos captar semejante hazaña pero los peces no repitieron actuación.

    Al día siguiente, madrugamos y nos dirigimos a la oficina de turismo, situada en una dependencia del palacio Berbie, en la plaza de Santa Cecilia, compramos el Albi City Pass y nos lanzamos a descubrir los secretos de la ciudad, empezando por la catedral de Santa Cecilia, a la que se accede por la puerta Dominica de Florence, de finales del siglo XIV.

    Lo primero que descubrimos es que se trata de un edificio de ladrillo, enorme, pero ladrillo. El segundo, que por muy catedral que sea, lo que tenemos a la vista es un castillo defensivo con todas las de la ley, con una torre campanario de 78 metros de altura.

    La austeridad exterior tiene su contrapunto en la suntuosidad interior, distinta a todo lo que conocemos. Todo es aquí superlativo: con sus 113 metros de largo y 35 de ancho, se trata de la mayor catedral de ladrillo del mundo; de los frescos de la bóveda -97 metros de largo por 28 de ancho- realizados entre 1509 7 1512 se dice que son el mayor conjunto de pinturas renacentistas realizadas en Francia, se lee como una Biblia ilustrada.

    Las pinturas bajo el órgano (1477-1484) constituyen el mayor Juicio Final del mundo; los órganos (siglo XVIII) son también los más grandes de Francia; un coro que es una iglesia dentro del recinto catedralicio y casi dos hectáreas de pinturas decorativas que cubren por completo el recinto sagrado.

    El color azul que cubre el techo del coro es conocido como azul de Francia o azul real y en su elaboración se utilizó lapislázuli y óxido de cobre, lo que explicaría su buen estado de conservación. Es el testimonio de la fe cristiana tras la herejía cátara. Una obra maestra del gótico meridional.

    El folleto que nos han dado en la oficina de turismo indica que el horario de visita es de 9 a 18,30 horas pero a las 9 en punto, cuando pretendemos acceder al coro, el vigilante nos indica que él no abre hasta las 9,30. Pues aquí dice que a las 9, le digo, mostrándole el folleto. Pues yo digo que a las 9,30, responde el buen hombre. Tengo edad suficiente para saber que no vale la pena desperdiciar energías discutiendo con un hombre de uniforme, cualquier que sea este, así que optamos por recorrer de nuevo la catedral y contemplar la réplica de la Santa Cecilia de Stefano Maderno, cuyo original habíamos admirado en la basílica de Santa Cecilia en el Trastevere de Roma. Cuando el hombre uniformado se decide a abrir contemplamos las dos salas del tesoro, con objetos de arte sacro de entre los siglos XIV al XIX.

    El coro de canónigos es en realidad una iglesia dentro de la catedral. Una valla de encaje de piedra blanca le separa de la nave. Nos quedamos boquiabiertos ante tal exuberancia, obra de artistas franceses en el siglo XV, adornado con una estatuaria policromada realizada por maestros borgoñones. Dos centenares de estatuas que hacen de ella la estatuaria más importante de Francia del final de la Edad Media.

    Para estar a tono, el órgano realizado por Chistophe Moucheres en el siglo XVIII es un instrumento de 16,40 metros de ancho por 15,30 de alto, tiene más de 3.500 tubos, cuatro teclados, 43 registros… Es el órgano más clásico de Francia.

    Ciertamente, lleva su tiempo sobreponerse a la impresión que produce esta catedral. Para descomprimir el espíritu pasamos a visitar el palacio de la Berbie o de los obispos. Es otra muestra imponente de arquitectura militar, construido en una meseta sobre el río Tarn, lo que aumenta su aspecto de fortaleza, una afirmación del poder de los obispos sobre el poder civil. El palacio de la Berbie y la catedral de Santa Cecilia conforman un conjunto conocido como la ciudad episcopal, catalogado como Patrimonio de la Humanidad desde 2010.

    Actualmente, la Berbie está ocupado por el museo Toulouse Lautrec, albigense de nacimiento, que reúne la mayor colección de obras de este pintor. La visita al palacio se completa con un recorrido por las terrazas y el jardín, con magníficas vistas.

    Brujuleando por la ciudad nos asombramos ante la torre campanario de San Salvi -primer obispo de la ciudad de Albi-, que viene a ser el contrapunto de la de Santa Cecilia. Está rematado por un torreón que llaman “gachol”, algo así como mirador en occitano, pues desde aquí se vigilaba a quienes se acercaban a la ciudad.

    La iglesia de San Salvi se construyó entre los siglos XI al XIII sobre la supuesta tumba del santo y es el resultado de una rara mezcolanza: piedra y ladrillo, románico y gótico. Desde el siglo XI está rodeado por un anillo de calles comerciales que se conoce como la Rueda de San Salvi.

    Del claustro, con su jardín de plantas medicinales y especias, apenas queda un ala, con arcos románicos pero el conjunto tiene un gran encanto, un lugar de sosiego entre la barahúnda del entorno. Los monjes de San Salvi cultivaron en este claustro un jardín de hierbas medicinales y aromáticas. Aún ahora el Ayuntamiento mantiene una zona de plantas comestibles. Los paneles de información indican el periodo en que se puede recoger cada planta.

    Al lado, a la sombra de los muros de la vieja iglesia, elegimos para comer el restaurante «Le cloître». Pido unos caracoles a la bourgiñona, que al Colega no le gustan, y un confit de pato, realmente buenos. El sigue resarciéndose de su obligada dieta blanda con un entrecot, talla XL, con las obligadas patatas fritas y una ensalada.

    Aparte de la huella episcopal en la ciudad otra de las señas de identidad de Albi es el uso generalizado del ladrillo de la zona, que llaman brique foraine. En las estrechas calles de la ciudad medieval se encuentran muchas casas de ladrillo con el entramado de madera, en las casas nobles los marcos de puertas y ventanas son de piedra. En el número 1 de la calle Croix Blanche se levanta la Casa del Viejo Albi, modelo de este tipo de arquitectura tradicional.

    En nuestro brujuleo por las calles de la vieja ciudad pasamos junto a la casa donde nació Henry de Toulouse Lautrec, omnipresente en la ciudad a través de sus frases que se ven en los escaparates del comercio local, y aprovechamos la visita al mercado para comprar algunas delicatessen de la zona.

    Descubrimos también el Grand Théâtre des Cordeliers, obra del arquitecto y urbanista Dominique Perrault. El edificio está cubierto por una malla de aluminio de color cobre dorado. Subimos a la terraza, ocupada por un bar-restaurante, desde la que se contempla toda la ciudad, y nos tomamos una copa. El lugar se llama «La part des Anges» (La parte de los Ángeles). No se nos ocurre mejor manera de despedirse de Albi.

    Fotos: ©Valvar

  • Nimes

    Nimes

    Nimes tiene origen celta pero su principal patrimonio monumental es romano. Venimos por la afición del Colega a todo lo galo -empezando por Asterix y Obélix- pues la información que hemos recabado es más bien desalentadora: Nimes no es la bulliciosa Marsella, ni la elegante Montpellier, ni la amurallada Avignon, la torera Arles, la teatral Orange, la ducal Uzès o la veneciana Sète pero comparte el sol, una cierta calma plácida entre sus habitantes. Le falta decir, puede usted pasar de largo. Se diría que la ciudad está necesitada de una buena campaña publicitaria.

    Pero el colega quería venir a Nimes y aquí estamos, pisando el albero de la Arena, el anfiteatro romano mejor conservado del mundo, dice la información turística, construido a finales del primer siglo de nuestra era. Aparentemente está bien conservado, lo que parece milagro, teniendo en cuenta la afición de los nimeños a meter mano en él a lo largo de los siglos. Los vizcondes de Nimes tuvieron la idea de construir dentro su palacio-fortaleza, con el tiempo se fueron levantando casas alrededor del palacio hasta contarse unas cien viviendas y dos capillas. Así, hasta que en el siglo XVIII se derribaron todas ellas y se le devolvió su aspecto original. En el coso se celebran corridas de toros y espectáculos varios. Nuestra visita coincide con la celebración de los festivales de verano así que el anfiteatro aparece semicubierto con una estructura metálica muy poco romana, francamente.

    La historia de Nimes arranca en el siglo VI antes de nuestra era, cuando la tribu celta – los volcos arecómicos-, se instala en torno a una fuente de agua abundante, a la que levantan un templo. El año 120 a.C. los volcos reciben a los romanos, con quienes pactan una alianza para ayudarlos en la Guerra de las Galias, a cambio de mantener su religión y su cultura. Los romanos bautizan a la ciudad como Nemausus y la llenan de monumentos como espejo de la romanización en la Galia. Premonitoriamente, los romanos la convierten en lugar de apacible retiro para muchos de los veteranos de Julio César.

    En el 462 cae en poder de los visigodos, en el 719 es conquistada por los árabes y en el 754 por los carolingios, que le hacen sede de un condado. En 872 pasa al conde de Tolosa. En 1215 es ocupada por los cruzados de Simón de Montfort pero un año después vuelve bajo la soberania de los vizcondes de Trencavel hasta que Luis IX lo incorpora a la corona. Fue un bastión hugonote durante la reforma y, tras un periodo de decadencia, en el siglo XIX inicia una etapa de prosperidad económica. El vecindario trabaja, primero, en la industria textil, cuya producción se exporta a Europa y América y, luego, el cultivo de la vid y la elaboración de vinos, que se transportan a través del canal del Midi y del ferrocarril. En la segunda década del siglo XXI Nimes es una pequeña ciudad de unos 150.000 habitantes.

    Su patrimonio principal son el anfiteatro o Arena, la Maison Carrée, las murallas, la Torre Magna y el Templo de Diana, estas últimas en los jardines de la Fontaine.

    La Maison Carrée –la Casa Cuadrada- es un templo de mármol construido en el año 16 a.C. por Augusto, con seis columnas en la parte frontal y diez en los laterales, de las que ocho están integradas en los muros. Es el templo más antiguo que se conserva íntegramente. Lo cual tiene su mérito porque nimeños y visitantes acostumbran a solazarse sobre las venerables piedras y, según nos contaron en el lugar, los fines de semana es punto de reunión para la movida local.

    En la misma plaza, ocupando el lugar del foro, Norman Foster ha ideado un edificio transparente que mira a la Maison Carrée y que acoge el museo de Arte Contemporáneo. Al Colega le parece un edificio insustancial, a mí, en cambio, me gusta.

    En un lateral de la plaza se extienden varias mesas, con sus correspondientes sombrillas, atendidas por un cafetín que toma el nombre del monumento. Elegimos el lugar para comer a un paso de la Maison Carrée y erramos. El Café Carrée tiene una carta mediocre y un mal servicio. Nos hacen esperar bajo un sol que no logra paliar la sombrilla, comemos regular y nos vamos asados al punto mientras los camareros se pasean entre las mesas como si fueran modelos de alta costura.

    En las últimas décadas Nimes ha apostado por una arquitectura de vanguardia que, además del mencionado Norman Foster, incluye proyectos de Jean Nouvel, Vittorio Gregotti, Kisho Kurokawa, Mieko Inoue, Martial Raysse y Jean-Michel Wilmotte.

    La apuesta vanguardista llega a su propio logotipo, diseñado por Philippe Starck. En él aparece un cocodrilo atado a una palmera, en memoria de la batalla de Actium, en el año 31 a.C., cuando las naves del emperador Augusto, en las que batallaban los guerreros volcos aliados de Roma, derrotaron a Cleopatra y Marco Antonio, lo que suponía la dominación del litoral mediterráneo. En conmemoración de aquella victoria se acuñó una moneda en la que aparecía el cocodrilo atado a la palmera, símbolo del sometimiento de Egipto al Imperio romano, y la leyenda COL NE, esto es, Colonia Augusta Nemausus, expresión de la alianza de Nimes y Roma. La imagen del cocodrilo y la palmera es omnipresente en la ciudad.

    En los jardines de la Fontaine se pueden contemplar varios restos arqueológicos: la Torre Magna, que era la más alta de la muralla, y, al estar en la cima del monte Cavalier, puede verse desde cualquier punto de la ciudad. De la muralla romana, que tenía siete kilómetros de longitud, nueve metros de altura y dos de anchura, apenas quedan algunos fragmentos y dos puertas. Ha perdido uno de los tres niveles que tuvo y aún así mide 32 metros de altura. Aunque se puede acceder en coche hasta muy cerca de la torre, ascendemos a pie la cuesta con la esperanza de disfrutar de la vista panorámica que, dicen, se contempla desde ella pero cuando llegamos hace cinco minutos que se ha cerrado al público.

    Iniciamos el descenso en busca del templo de Diana, por caminos sombreados y entre trinos de aves diversas. El Colega va entonando un canto a la naturaleza, que se muestra exuberante en este jardín del siglo XVIII, pero yo, que aún no me había recuperado de las escaleras del anfiteatro de la mañana, voy jurando en arameo por lo bajinis.

    El templo de Diana se encuentra a la izquierda de la entrada principal del jardín, donde concluye la avenida Jean Jaurés. En realidad son unas ruinas en regular estado de conservación pero con un cierto aire romántico muy a tono con el lugar.

    Hacemos una pausa en nuestro recorrido nimeño para tomar un refresco bajo la torre del Reloj, en la plaza que lleva su nombre y que viene a ser el corazón de la ciudad medieval, una zona que durante el día está atestada. Porque en Nimes coexisten tres ciudades superpuestas: la romana, la medieval y la moderna. Las campanas de la torre del Reloj marcaban las horas, advertían de incendios y llamaban a los ediles a las sesiones municipales. Es el símbolo del poder de la ciudad, aunque el Ayuntamiento se trasladó a su emplazamiento actual en 1702. La torre se reconstruyó en 1754, cuando amenazaba derrumbarse. A finales del siglo XIX se derribó el antiguo Ayuntamiento, quedando la torre aislada, convertida en el único adorno de la plaza. Ella y la catedral son los exponentes de la riqueza medieval nimeña.

    La catedral de San Castor fue construida en 1646 sobre restos de una iglesia merovingia del siglo XI levantada con restos romanos, demolida y reconstruida dos veces en los siglos XVI y XVII. Estamos a punto de pasar de largo, pero, al acercarnos, descubrimos el friso que se extiende en la parte superior de su fachada, tenido por uno de los mejores exponentes de la escultura románica en el midi francés. A partir de Adán y Eva, ahí está la biblia en piedra. Los seis primeros grupos escultóricos son obra del siglo XI, el resto son algo posteriores.

    En cambio, al pasar por la iglesia de San Pablo creemos ver indicios románicos y allá que nos vamos. No hay que fiarse de las apariencias, se trata de una construcción neorrománica-bizantina, del siglo XIX. Los coloristas frescos del interior son obra de Hippolyte Flandrin.

    Volvemos a la plaza del Reloj hacia las 7 de la tarde y encontramos que bares, restaurante y comercios hace una hora que han cerrado. A las 8, con el sol todavía alto, no hay nadie en la calle. Este horario, que sin duda es bueno para la conciliación, no es lo que se entiende por un jolgorio. Ahora, como tranquila, no cabe duda de que Nimes es una ciudad tranquila.

    Fotos: ©Valvar

  • Vallbona de las Monjas

    Vallbona de las Monjas

    Vallbona de las Monjas es uno de los vértices del triángulo monástico cisterciense catalán que se cierra con Poblet y las Santes Creus, femenino el primero, los dos últimos masculinos, a derecha e izquierda de la autovía AP-2, que une Lleida con Tarragona.

    Como somos visitantes habituales de esta zona conocíamos bien los monasterios de Poblet y Santes Creus, no así el de Vallbona de las Monjas, cuya visita se nos había frustrado en alguna ocasión. En nuestra excursión de octubre de 2023, abandonamos la autovía en Les Borges Blanques, aprovechamos para comer la rica comida catalana en la Masía Les Garrigues, y, siguiendo las órdenes del GPS, llegamos al monasterio justo a tiempo de inscribirnos en la visita guiada de las cuatro de la tarde, que se anuncia en catalán.

    El día ha salido otoñal, el sol no aparece y a ratos llovizna, si nos esperamos a la visita en castellano de las cinco no tendremos luz para las fotos. Hasta unos minutos antes de empezar somos los únicos visitantes, la guía nos advierte que ella se adapta igual a una lengua que a otra, si no hay nadie más nos explicará en castellano. Pero, en el último momento, llega un grupo de señoras y luego otra pareja hablando catalán así que nos hacemos un Aznar y seguimos la visita en la lengua de Mercè Rodoreda y Ausias March. Entendemos casi y todo y lo que no, lo preguntamos.

    En una sala que se abre en el ala este nos proyectan un vídeo en el que se narra la historia del monasterio. En este valle donde se levantó el recinto monacal hubo anteriormente agrupaciones mixtas de ermitaños, que luego se organizaron en comunidad doble, fundada por Ramón de Vallbona, bajo la regla de San Benito. Existen documentos que lo datan en 1153.

    En 1175 los monjes se trasladan a Montsan y la comunidad femenina adopta la Orden del Císter bajo el mandato de la abadesa Oria Ramírez, llegada del monasterio de Tulebras (Navarra). La abadía desecó el valle y promovió el asentamiento de nuevos residentes y la creación de granjas. Enseguida se extiende en nuevas fundaciones cistercienses: Sant Hilari de Lleida, Bonrepós en la Morera del Montsant, la Saidia en Valencia, el Pedregal en Barcelona…

    Vallbona contó con el impulso de Alfonso I el Casto y de su esposa, la reina Sancha de Castilla, que aquí fijaron su corte itinerante durante algún tiempo. Jaime el Conquistador y Alfonso el Sabio también se alojaron en Vallbona con sus esposas y sus cortes. El papa Inocencio III concedió al monasterio inmunidad, protección de bienes e independencia del episcopado.

    Centro de espiritualidad y de influencia política, desde sus inicios, el monasterio recibió cuantiosas donaciones que conformaron un gran patrimonio. La abadesa Saurena de Anglesola compró al rey Pedro III de Aragón la jurisdicción civil y militar de estas posesiones, estableciendo el Señorío con gran extensión y jurisdicción propia. La comunidad alcanzaba por entonces 150 monjas, procedentes de las mejores familias del condado de Urgel y de Cataluña.

    Una prueba de la vitalidad de la comunidad femenina de Vallbona es que tuvo su propia escuela monacal, donde las doncellas de la nobleza aprendían gramática, caligrafía, liturgia, música, bordado o miniatura. Esta escuela tenía un scriptorium, en el que las monjas copiaban e iluminaban los códices.

    El concilio de Trento (siglo XVI) prohibió la existencia de monasterios femeninos aislados, lo que impulsó la creación de una nueva población con gentes procedentes de Montesquiu en terrenos cedidos por las monjas alrededor del recinto monacal.

    No todo fue vida y dulzura en Vallbona. En el siglo XVII litigó con el monasterio de Poblet por una cuestión de tributos. Eso, unido a los daños ocasionados por las guerras de los Segadores (1640-52), de Sucesión (1705-17) o del Rosellón (1788-95) contribuyeron al declive del cenobio. La exclaustración y la desamortización del siglo XIX obligaron a la comunidad a ausentarse durante medio año, pero causó menos daños que al vecino Poblet, con el que, inevitablemente, se sigue midiendo Vallbona. La muralla que en parte rodea los edificios monásticos perduró hasta 1920, cuando fue desmontada. El monasterio fue declarado monumento histórico artístico en 1931.

    La visita guiada comienza por el claustro del monasterio, un espacio de forma trapezoidal que habla de la historia del cenobio desde los siglos XIII al XVI, cada una de sus pandas corresponde a un siglo y estilo diferente. A partir del ala sur, la más antigua y de estilo románico, se observa una evolución hasta el ala norte, claramente ojival. El ala de poniente es neorrománica con elementos renacentistas. Todas ellas en la austeridad ornamental propia del Císter. En el ala este se abre el acceso a la farmacia que suministraba remedios a los pueblos del Señorío.

    En la panda norte se ha abierto una capilla dedicada a la Virgen del Claustro (XII), escultura que probablemente fuera la que presidía el templo durante el periodo románico.

    Desde este ala se accede a la sala capitular, del siglo XIV, donde se puede ver una imagen de la Virgen de la Misericordia, de alabastro policromado, atribuida a Pere Joan (XV, autor de la fachada del palacio de la Generalitat de Barcelona) y lápidas sepulcrales de las primeras abadesas.

    La puerta exterior (XIII), es lo más románico de la iglesia. En su tímpano aparece el que se tiene por uno de los relieves de la Virgen. El muro de la iglesia tiene adosadas varias tumbas.

    Pero las monjas acceden al templo desde la sala capitular. Este es construcción de los siglos XII y XIII, de transición del románico al gótico. Es de planta de cruz latina, de una sola nave y tres ábsides cuadrados. La crucería ojival de la cubierta es obra del XIV, sustituyendo a la bóveda románica.

    La iglesia es, en parte, un panteón de nobles: en el presbiterio están las tumbas de la reina Violante de Hungría, esposa de Jaime I, y de su hija Sancha; en un ala del crucero se encuentran los sepulcros de los señores de Guimerá (XIII), de muy buena factura; y en el suelo del recinto sacro se reparten lápidas sepulcrales de abadesas.

    Preside el culto una Virgen del coro, de piedra policromada, debida a Guillem Seguer (XIV).

    Tiene esta iglesia la particularidad de poseer dos cimborrios, el primero, en la intersección de la nave con el crucero, es de planta octogonal sobre trompas, con las campanas de las horas.

    El segundo cimborrio campanario tiene forma de linterna de ocho caras. Aparte su indudable belleza, es una audaz obra de arquitectura medieval. De 30 metros de altura y 6,5 metros de diámetro, se apoya totalmente sobre bóvedas que carecen de contrafuertes. El arquitecto e historiador Domenech Puig y Cadafalch, que dirigió la restauración en 1922, lo calificó como “el monumento más atrevido del medievo catalán”.

    La construcción de este cimborrio fue impulsada por la abadesa Elisenda de Copons, cuyo mandato (1340-48) coincidió con el periodo de máximo esplendor del monasterio. Algunas fuentes creen que la iniciativa es un asunto de rivalidad entre hermanos, de tener por cierto que Elisenda era hermana del abad de Poblet, Ponç de Copons, que por entonces estaba construyendo el cimborrio de la iglesia monacal. La abadesa ocupa por mérito propio un lugar preferente en el solar de la sala capitular.

    En el coro, junto a la reja, se encuentra la capilla del Corpus Christi. De su altar proceden los dos antipendios, tapices del siglo XIV, que se exponen en el Museo Nacional de Arte de Cataluña. Lo cual da una idea aproximada de las riquezas que llegó a acumular el cenobio.

    El monasterio se ayuda para su mantenimiento con una hospedería y la venta de artículos de artesanía realizados por una de las monjas con la que, para variar, hemos pegado la hebra. La religiosa elogia lo bien que se habla castellano en Burgos y, a cambio, nosotros compramos una de sus piezas. Si no fuera porque vamos con la agenda apretada nos quedábamos en la hospedería.

    Fotos: ©Valvar y MNAC

  • Los Amantes de Teruel

    Los Amantes de Teruel

    Amores que terminan trágicamente los ha habido en todo tiempo y lugar. Entre nosotros, ninguno tan famoso como los que unieron a Isabel y Diego, los Amantes de Teruel. No está claro si lo suyo fue real o es solo leyenda, tampoco importa mucho, cada año la ciudad revive su historia como si acabara de suceder.

    Lo que haya de cierto ocurrió en el siglo XIII cuando Teruel aún era plaza fronteriza con las taifas musulmanas de Valencia. Juan Diego Martínez de Marcilla, un joven segundón de familia con escasos bienes, se enamoró de Isabel de Segura, rica heredera. La joven correspondía a ese amor, pero el padre impuso que antes de casarse el novio debía acreditar disponer de 30.000 sueldos, cantidad en que cifraba la dote de Isabel, y le concedió un plazo de cinco años para cumplir su exigencia.

    El joven se fue a la guerra, única forma de hacerse rico, y ella quedó esperándolo. Diego no dejó de pensar en su amada; Isabel no dejó de esperar. Hasta que a punto de expirar el plazo alguien dejó correr la noticia de que el pretendiente había caído en la guerra y el padre arregló la boda de su hija con Pedro de Azagra, hombre rico y poderoso, hermano del señor de Albarracín.

    Entretanto, Diego no solo seguía vivo sino que había conseguido acumular una fortuna que triplicaba la cantidad requerida. El mismo día que se celebraba el enlace cruzaba la puerta de la Andaquilla. Desesperado al conocer el enlace de su amada, esa noche escaló a la habitación de Isabel. Bésame, que me muero, le pidió. Ella, casada fiel, se lo negó. Diego murió allí mismo.

    Isabel contó al marido lo ocurrido y optaron por depositar sigilosamente el cuerpo de Diego en la puerta de la casa de los Mancilla. Al día siguiente, la familia llevó el cuerpo a enterrarlo a la iglesia de San Pedro, con gran duelo de toda la población.

    Isabel asistió al funeral, oculta entre el cortejo fúnebre, como recuerda un mosaico en la calle que conduce a la iglesia. Se acercó al cuerpo del difunto y le dio el beso que antes le había negado. Luego, también ella quedó muerta junta a su amado. Al conocer lo ocurrido, las familias de ambos decidieron enterrarlos juntos.

    Historias similares han sido materia literaria desde Bocaccio a Tirso de Molina y otros autores. Hartzenbusch escogió a los Amantes para uno de sus dramas; Bretón compuso una ópera,

    (Los Amantes de Teruel. A. Muñoz Legrain. Museo del Prado)

    Muñoz Degraín pintó un cuadro y, finalmente, Juan de Ávalos les dio cuerpo de mármol, uniendo sus manos en un roce eterno.

    Bajo estas esculturas descansan los restos de una pareja, hallados en la capilla de San Cosme y San Damián de la iglesia de San Pedro, aneja al mausoleo de los Amantes. ¿Son estos los de Isabel y Diego? Puede que sí o puede que no. A fin de cuentas, ¿qué más da? Los visitantes que cada año acuden por miles a Teruel y visitan el mausoleo rinden homenaje al amor de dos jóvenes amantes separados en vida y unidos en la eternidad. Y para eso no se necesitan muchas pruebas.

    Los turolenses, dados a resolver todas las cuestiones en fiesta, evocan cada año la partida de Diego y las bodas de Isabel, convirtiendo la ciudad en una villa medieval como hubo de serlo en el siglo XIII. No es una broma, la fiesta está declarada de Interés Turístico Nacional.

    Nosotros recordábamos el sepulcro de los Amantes como un espacio oscuro y bastante tétrico. Nada que ver con lo que nos hemos encontrado. La ciudad, sabedora de lo atractivo de su historia, ha convertido a los Amantes en uno de los polos de interés turístico, ha creado su propio espacio, muy bien creado, por cierto, de manera que el visitante vive una inmersión en la leyenda.

    Empezamos, pues, la visita a Teruel por el mausoleo, sacamos entradas para visitarlo junto con la iglesia de San Pedro, de la que solo recordábamos la torre. Nos dispusimos a hacer fotos como si tuviéramos que cubrir la noticia de la boda, hasta que un vigilante nos indicó que podíamos acercarnos al cenotafio y fotografiarlo más cerca.

    La instalación simula una dependencia antigua. En un rincón vemos una vasija convertida en cápsula del tiempo. El 19 de diciembre de 2017, al cumplirse los 800 años de la historia de los Amantes, los turolenses del presente depositaron en ella objetos y mensajes dirigidos a los del año 2117, cuando se cumpla el noveno centenario y se abra la vasija.

    El mausoleo, aparte de situar cronológica e históricamente la historia de los Amantes, ha recopilado algunos de los lienzos que la evocan, conformando un espacio ameno y didáctico.

    Desde el mausoleo se accede a la iglesia de San Pedro, de historia casi tan trágica como la de los Amantes. Construida alrededor de 1319 sobre un templo románico del XII, en 1873 sufrió un incendio ocasionado por un rayo que dañó el templo y el claustro. La reforma a comienzos del siglo XX fue radical, a cargo de Pablo Monguió. La iglesia pasó de mudéjar a neogótica, con la colaboración del pintor Salvador Gisbert. Lo que encontramos parece recién pintado después de la última reforma, muy vistoso, ciertamente. ¿Cómo se nos puede haber olvidado una iglesia tan bonita?, pregunto al Colega, preocupada por mi desmemoria. Eso digo yo, me responde. El vigilante nos aclara que la iglesia ha estado cerrada desde los años 70. La restauración de iglesia, claustro y torre se ha prolongado desde 1993 a 2005 y en 2008 se reabrió al público. ¿Cómo íbamos a recordar lo que no habíamos visto?

    El claustro, de finales del siglo XIV, es uno de los cuatro claustros mudéjares de Aragón. La reforma de Monguió consistió en un enlucido de cemento imitando sillería y añadiendo tracerías neogóticas a los arcos, que se deterioraron rápidamente, lo que más tarde obligó a desmontarlas. Las ménsulas que adornan sus muros, también muy vistosas, corresponden a la restauración concluida en 2008.

    Aneja a iglesia se levanta la torre mudéjar del XIII, coetánea del campanario de la catedral y similar en su ornamentación. Es una torre-puerta, de tipología cristiana, dividida en pisos en el interior. Resultó muy dañada durante la guerra civil de 1936 y restaurada posteriormente, eliminando el remate neoclásico que había sido añadido en 1795.

    Sumergidos como estamos en la historia de los Amantes le convenzo al Colega para acercarnos al Rincón del Beso, un lugar habilitado por la ciudad para que las moñas como yo nos fotografiemos dándonos el pico con el propio (alternativamente, con quien cada cual quiera).

    Nos dirigimos al sur de la ciudad, donde se abre otra construcción emblemática: el viaducto viejo. Fue construido en 1929 por el ingeniero Fernando Hué, de quien toma el nombre, con el propósito de mejorar la comunicación de la ciudad con el Levante y facilitar la expansión urbanística al sur. Su gran arco central de hormigón armado fue récord español en su momento. El viaducto, en efecto, da paso al barrio del Ensanche, con casas de buena factura, el barrio de una burguesía con posibles.

    Atravesamos el puente en busca del parque, donde se encuentra dicho Rincón, que en su inauguración produjo alguna controversia por su similitud con el logotipo del PP, que gobierna en la ciudad. Ajenos a la polémica, llegamos al lugar cuando cae la tarde. Estamos solos, nos cuesta encontrar alguien que nos haga la foto hasta que pasa una señora que se presta a ello. Pero nos da apuro darnos un beso delante de una persona extraña y posamos muy formalitos. Cuando nos quedamos solos de nuevo intentamos un selfie, empeño imposible porque no somos capaces de pulsar la cámara y besarnos a la vez. Nos da la risa y nos quedamos sin la foto moñas.

    A cambio descubrimos el mirador, desde el que se divisa una preciosa vista de la ciudad. Teruel nos regala una hermosa puesta de sol que tiñe de oro la ciudad y todo lo que nos rodea.

    Fotos: ©Valvar

  • Teruel

    Teruel

    Teruel existe, sí y bien vale una visita. Tres son los polos de atracción que seducen a los visitantes: su mudéjar, las construcciones modernistas y los Amantes. No es lo único, pero sí lo que le proporciona fama mundial.

    Algunos autores sostienen que por lo que hoy conocemos como Teruel anduvieron ya los fenicios, que la llamaron Thorbet, los celtíberos, que la bautizaron Thurba, o Ptolomeo, quien habló de ella como Túrbula. Los árabes la apodaron Tirwal, esto es, torre. Pero su fundación como ciudad con fuero y privilegios surge en 1171 cuando Alfonso II de Aragón crea un baluarte fronterizo frente a la taifa musulmana de Valencia. En 1347 Pedro IV, llamado el Ceremonioso, le dio título de ciudad.

    Cuenta la leyenda que la elección del lugar se decidió por el mugido de un toro que apareció en lo alto del montículo, sobre el que brillaba una estrella. Toro y estrella aparecen en la bandera y en el escudo turolense. La iconografía añadió luego un peñista que se enfrenta al animal y un ángel sobre todos ellos.

    Teruel defendió con denuedo sus fueros, primero ante el Tribunal de la Inquisición, cuya actuación además, amenazaba a judíos y conversos, sostenedores de la economía de la ciudad. Luego, ante Felipe II y su intención de reformarlo. Situado en la línea del frente durante la guerra civil de 1936-39, la ciudad sufrió graves daños en todo su caserío.

    A finales de octubre de 2023 pasamos dos días en la ciudad que nos han dejado un regusto muy agradable. Esta es nuestra segunda visita, la primera fue hace muchos años cuando, al hacer balance de nuestros viajes, caímos en la cuenta de que era la única capital de provincia peninsular que no habíamos visitado. Lo resolvimos un fin de semana del que guardamos memoria borrosa, sea por la edad o por el tiempo transcurrido, cuando aún usábamos cámaras de fotos analógicas.

    Nos debatimos entre alojarnos en el Parador o en el centro, siguiendo nuestra costumbre; reservamos en el Parador, que está a las afueras, y nos equivocamos, aunque el servicio en él sea tan bueno como siempre. Para empezar, el acceso al casco antiguo desde la ronda de circunvalación estaba cortado por obras, sin que el Ayuntamiento hubiera tenido el detalle de advertirlo a nuestro GPS, que, tras la experiencia de Albarracín, a poco se nos demencia del todo. La primera vez que intentamos entrar en la ciudad, después de muchas vueltas, encontramos aparcamiento justo debajo de la torre de San Martín, que resultó reservado a residentes. Una pareja nos advierte del error y nos indica un aparcamiento público. “Tuerzan a la izquierda y sigan recto hasta el final de la calle, antes de estempanarse giren a la derecha y llegan al paseo del Óvalo, allí está”, nos indican. Estempanar no aparece en el diccionario de la RAE pero los que somos castellanos de pueblo sabemos qué significa así que, después de darles las gracias, vamos con cuidado para no estromparnos, que tampoco aparece en el libro de la Docta Casa y tiene similares efectos.

    La segunda vez nos perdemos totalmente. El Colega se baja del coche, pregunta a un señor que pasaba y nos explica que podemos aparcar en la estación del tren y subir por el ascensor que deja en el mismo paseo del Óvalo, pero ya hemos aprendido el camino del aparcamiento de la Glorieta y allí lo dejamos.

    Teruel es una ciudad pequeña pero muy apañada, que tiene su corazón en la plaza del Torico, el lugar del mugido iniciático. El casco antiguo se recorre sin dificultad de norte a sur y de este a oeste, excepto por alguna cuesta. En la oficina de Turismo, que está bajo el mausoleo de los Amantes, proporcionan un plano y documentación suficiente. Nos paramos a leerla mientras tomamos un café a los pies del Torico, que luce reluciente, restauradísimo después del percance sufrido en junio de 2022, cuando la columna en que se apoya se rompió y la pequeña escultura perdió un cuerno y una pata. Bajo este solar se encuentran unos aljibes medievales, construidos a partir del siglo XIV, en los que se almacenaba agua para prevenir la escasez.

    Estamos en la ciudad del mudéjar, el arte realizado por los musulmanes que permanecieron en los territorios conquistados por los cristianos. En él se mezclan el románico y el gótico que nos llega de Europa con la técnica y los elementos decorativos de la arquitectura musulmana: el arco de medio punto o la ojiva, realizados en ladrillo y decorados con cerámica vidriada, y la techumbre de madera. El mudéjar es un estilo exclusivamente peninsular y Teruel es su mejor exponente, hasta el punto de que desde 1986 el mudéjar turolense es Patrimonio de la Humanidad.

    Como es una ciudad pequeña mires donde mires divisas una torre mudéjar, lo que nos parece un horizonte magnífico porque las torres son bonitas y, al menos en apariencia, están bien cuidadas. Todas ellas son del tipo torres-puerta.

    Empezamos nuestra visita por el mausoleo de los Amantes y la iglesia de San Pedro, de los que hablaremos en capítulo aparte, y seguimos por la catedral de Santa María de Mediavilla, que está hecha como a retazos, a salto de siglos. La fábrica inicial románica del siglo XII se transforma en los siglos XIII y XIV en un templo gótico-mudéjar. En el XVI se construye el cimborrio, obra de Martín de Montalban, sustituyendo a otro anterior.

    La portada meridional es neomudéjar y neorrománica. Santa María de Mediavilla fue iglesia parroquial, en 1342 pasó a colegiata, en 1587, al crearse el obispado de Teruel, elevada a catedral.

    La espectacular cubierta de madera de 32 metros de largo y 7,76 de ancho, es obra del XIII, policromada con pinturas al temple sobre tabla que representan escenas profanas y religiosas, con elementos iconográficos propios del bestiario románico junto a retratos de los autores de este ejemplar único, el auténtico tesoro catedralicio. (Si quieres conocer más de esta catedral, clica aquí 👇)

    Adosada a la iglesia se levanta la torre campanario, de planta cuadrada y tres cuerpos, realizada entre los años 1257-58, en el siglo XVII se remató con una linterna octogonal. Se aprecia la conjunción de lo románico: arcos, ventanas, ajimeces, con lo mudéjar: cerámica vidriada en blanco y verde. En la base de la torre de abre un pasadizo con bóveda de cañón apuntado. Se echa en falta algún banco, sea en la plaza de la catedral o en la del Venerable Frances de Aranda, donde sentarse a poder contemplar tranquilamente la torre y los cambios que se producen en ella a medida que el sol lame sus flancos.

    La torre del Salvador se levanta junto a la Puerta de Guadalaviar, ya desaparecida, por la que se entraba al oeste del recinto medieval; es la más moderna, de tipo alminar almohade, como la de San Martín, dos torres -la interior de mampostería de yeso y la exterior de ladrillo- entre las cuales se construye la escalera; por ella se puede acceder al cuerpo superior de campanas, a condición de subir los 119 peldaños de la escalera. Nosotros no lo hicimos, que ya tenemos una edad. Es sede del Centro de Interpretación del Mudéjar. Está adosada a la iglesia del mismo nombre, mudéjar también en su origen, pero reconstruida tras el hundimiento de 1677.

    A esta sinfonía de torres mudéjares hay que sumar la de San Martín (1315-1316), también del tipo alminar almohade, una torre dentro de otra y entre ambas las escaleras del campanario. El pasadizo que se abre bajo ella conduce a la Cuesta de la Andaquilla, vinculada a la historia de los Amantes.

    Teruel ha vivido momentos de prosperidad y otros de miseria, guerras o peste. Su tiempo de esplendor en el medievo le permitió levantar sus hermosas construcciones mudéjares. En el siglo XIX hubo de soportar la ocupación de las tropas francesas durante la guerra de la Independencia, luego, el asedio de las tropas carlistas, mientras la ciudad se alineaba con el bando liberal. Pero a finales de siglo y en las primeras décadas del XX, la ciudad vive un momento de expansión y prosperidad económica. La burguesía local se apunta a la corriente modernista a la hora de construir sus viviendas, en ese momento aparece en la ciudad Pablo Monguió Segura (1865-1956), arquitecto y urbanista, desde 1896 arquitecto municipal de Teruel y a partir de 1906, arquitecto provincial. Aunque nacido en Tarragona, realizó en la ciudad la obra de su vida y en ella permaneció hasta 1920, cuando ganó plaza del cuerpo de arquitectos del Ministerio de Hacienda.

    En sus inicios, Monguió experimentó con el ladrillo y la cerámica, a comienzos del siglo XX se inclinó por el modernismo influenciado por la arquitectura del arquitecto catalán Lluís Domènec i Montaner. Sus obras más importantes se localizan en Teruel y Tortosa, donde también ejerció. El Modernismo une lo funcional y lo decorativo, con una exuberancia de motivos vegetales en sus elementos ornamentales y estructurales.

    Monguió dejó aquí edificios de un estilo artístico y funcional hasta entonces desconocido en la ciudad. Están documentadas como suyas la Casa Ferrán, la Casa del Torico y La Madrileña; otras se le atribuyen a falta de documentación, es el caso de la Casa Bayo, la Casa Escriche o la Casita de la Farmacia. Suyas son también las Escuelas del Arrabal o la iglesia del Salvador en Villaspesa. En todas ellas se aprecia la influencia del Art Nouveau que en esos momentos triunfa en Europa, interpretado bajo el prisma del Modernismo catalán, con un acabado que potencia la calidad del proyecto, debido a la profesionalidad de los artesanos locales, con mención expresa al herrero Matías Abad, cuya obra causa admiración.

    La colaboración de Monguió y Abad encontró su mejor expresión en la portada meridional neomudéjar de la catedral.

    Entre 1921 y 1922 José Torán realizó la Escalinata, que salva el desnivel entre la estación de ferrocarril y la meseta en la que se levanta el casco antiguo de Teruel. Actualmente, la pendiente se salva más cómodamente aún mediante dos ascensores que dejan al usuario al comienzo del paseo del Óvalo. Desde 2012 Teruel forma parte de la Ruta Europea del Modernismo.

    Tan orgullosos están los turolenses de su urbanismo que cada año, el tercer sábado de noviembre celebra una fiesta modernista, en la que se organizan conferencias, exposiciones, conciertos, concursos y bailes populares. Una inmersión en los alegres años del modernismo.

    A pesar de alguna cuesta, callejear por Teruel es una delicia. En la parte alta se conserva memoria de la Judería. Existe constancia de la existencia de una aljama ya en 1250, que llegó a ser la cuarta en importancia del reino de Aragón. La crudeza de la guerra civil destrozó lo que pudiera quedar de la presencia judía.

    Siguiendo hacia el norte y tras atravesar las murallas, en parte rehabilitadas, llegamos al acueducto de los Arcos, obra del siglo XIV, que mejoraba el suministro de agua a la ciudad. Realizado según proyecto de Pierres Vedel, inspirado en las obras hidráulicas romanas, es el principal acueducto renacentista español y tiene la virtud de conjugar belleza y utilidad.

    En la confluencia del acueducto con la muralla se encuentra una de las puertas de la muralla, el Portal de San Miguel, también conocida como la Puerta de la Traición, por haber sido esta la que Gil Torres, juez de la villa, abrió a las tropas castellanas de Pedro I, que sitiaban la ciudad.

    De vuelta al centro entramos en el Museo de Teruel, que ocupa la Casa de la Comunidad, edificio renacentista del siglo XVI. Aunque su contenido no es espectacular, sí permite hacer un repaso a los 300.000 años del territorio. Tiene alguna virtud más: aparte de ser gratuito, se puede acceder en ascensor hasta la cuarta planta y, desde ella salir a la terraza, que ofrece una hermosa panorámica del centro de Teruel.

    Justo en el otro extremo, a orilla de la Ronda Glorieta, se encuentra la escultura icónica de la ciudad: el toro, el ángel y el peñista coronados por una estrella. Obra en chapa de hierro soldado del escultor José Gonzalvo, representa la fiesta de la Vaquilla del Ángel de Teruel, que se celebra el segundo domingo después de San Pedro.

    Al volver de nuestro paseo a la caída de la tarde observamos que la luna llena se asoma sobre el grupo escultórico representativo de Teruel. Ni de encargo.

    Fotos: ©Valvar

  • Albarracín

    Albarracín

    Albarracín es una ciudad medieval con muralla, catedral y fortaleza, construida en lo alto de un risco rodeado por un meandro del río Guadalaviar al que miran sus casas colgadas. Una ciudad fortaleza, se diría que inaccesible. Un lugar al que hay que ir al menos una vez en la vida.

    Hay que ir aunque la tecnología sea adversa, como nos ocurrió a nosotros. De vuelta de un breve viaje a Cataluña, habíamos reservado dos días para visitar Teruel pasando por Gandesa para ver su cooperativa, un edificio modernista. A última hora, el Colega propone visitar también Albarracín, aprovechando su cercanía a Teruel. Ponemos Albarracín en el GPS y, para nuestra sorpresa, el aparato responde repetidamente que no puede calcular el itinerario. La supersticiosa que vive dentro de mí le sugiere al Colega que a lo mejor el GPS es la voz del destino y nos avisa de que, por lo que sea, no vayamos. Él insiste y en esas nos pasamos la salida de Reus en la autovía. Unos kilómetros más adelante retomamos la ruta hacia Teruel por una carretera de montaña y, finalmente, llegamos a Gandesa. Segundo contratiempo: la cooperativa está cerrada al público el martes, precisamente. Esto es otro aviso del destino, insisto, pero el Colega sigue en su empeño. Compramos vino, vermut, almendras y avellanas y seguimos camino.

    Se nos ocurre poner un pueblo cercano, Gea de Albarracín, el GPS entra en razón y nos señala la ruta. Entre unas cosas y otras, cuando divisamos Albarracín se ha hecho la hora de comer. Entramos en el restaurante Señorío de Albarracín, desde el que se ve la ciudad allá a lo alto. Por primera vez en la jornada, acertamos al primer intento.

    Hay que advertir que está vedado el acceso en coche a la ciudad, salvo a los residentes, para lo cual se han habilitado aparcamientos en las inmediaciones, todos de pago.

    Visto desde abajo, las edificaciones asemejan una muralla infranqueable. Se entiende perfectamente por qué Albarracín era una plaza irreductible, a ver qué ejército se atrevía a subir los pertrechos bélicos por semejante cuesta.

    La dificultad no es menor si llegas en son de paz. ¿Cómo trepar por ese muro de edificios? Yo no resisto hasta allá arriba, le advierto al Colega, y si llego date por viudo. Subimos poco a poco y cuando nos cansemos, paramos, propone. Estamos a mitad de la escalinata cuando nos cruzamos con una pareja andaluza que baja y nos informan de que el acceso por la carretera es más largo pero de pendiente más suave que la de las escaleras.

    En una de las paradas del ascenso observo la ropa tendida en una de las casas colgadas. Se te cae una prenda de ese tendedero y tienes que ir a buscarla a Teruel, pienso.

    Cuando por fin llegamos al recinto urbano vemos que las calles están llenas de coches. Para mí que no todos son de residentes. Nos cruzamos con uno matrícula de Burgos ocupado por una pareja de nuestra quinta, tirando por bajo. Los miramos descaradamente. Me había parecido mi prima Begoña, dice el Colega para disimular.

    Según los restos arqueológicos encontrados en los alrededores parece que esta tierra estuvo habitada por la tribu celta de los lobetanos. Por aquí anduvieron luego los romanos, que construyeron un acueducto de 25 kilómetros para llevar el agua del río Guadalaviar desde Albarracín a Cella, pasando por Gea. Esta es una obra de ingeniería extraordinaria, discurre entre terrenos de compleja orografía alternando galerías excavadas en la roca, a 60 metros de profundidad en algún tramo, con canales a cielo abierto. Tenía una pendiente de tres por mil y registraba un caudal de 300 litros por segundo. Desde la carretera hemos visto alguno de los huecos abiertos en la montaña, luego utilizados como refugio de pastores.

    En el siglo XI el clan bereber de Benu Razin se hace fuerte en la plaza convirtiéndose en dinastía soberana, la taifa de Al Banu Racín, de donde tomaría nombra el asentamiento. De esa época es parte de la muralla y la alcazaba.

    Los Benu Razin cedieron el poder a la familia cristiana de los Azagra, de origen navarro, que desde 1170 mantuvieron la taifa independiente de los reinos cristianos de Castilla y de Aragón, levantando su propia catedral y nombrando obispo, como gesto de autonomía. Jaime I intentó en vano conquistar la ciudad en 1220; fue Pedro III quien la sitió en 1300 y consiguió incorporarla a la corona de Aragón.

    Cuando conseguimos recuperarnos de la subida, nos topamos con la catedral del Salvador, levantada entre 1572 y 1600 sobre una fábrica anterior románica y mudéjar. Puede visitarse previa reserva en la Fundación Santa María de Albarracín.

    Unido a la catedral a través de un claustro se encuentra el palacio episcopal, un edificio enorme del siglo XVIII, hoy dedicado a uso cultural, sede de la Fundación.

    Llegamos hasta el alto del risco, donde se levanta la alcazaba, núcleo original de la ciudad. Ha sido alcázar y residencia de los señores de la ciudad, ocupado hasta el siglo XVI. Sufrió graves daños en la guerra de Sucesión del siglo XVIII, restaurado recientemente.

    En torno a la alcazaba se fue ampliando la ciudad a lo largo de los siglos, en un espacio forzosamente reducido por la orografía, lo que explica la verticalidad de sus construcciones. Luego, se extendió fuera de la muralla, en lo que se conoce como el arrabal.

    Las murallas rodean totalmente la ciudad, edificadas por etapas. Tienen una longitud de 3.400 metros y once torres. La torre Andador en el punto más alto es visible desde prácticamente todos los rincones del núcleo urbano. Se llega a ellas únicamente a pie. Puedes subir si eres joven y te embarga el espíritu aventurero, porque carecen de protección.

    Aparte de la importancia de sus edificios emblemáticos, a nosotros nos pareció que lo mejor de la ciudad está en el callejeo, en contemplar sus viejos edificios, sus puertas y ventanas de rejería, la perspectiva de su muralla, el color rojizo del caserío. Albarracín es conjunto Conjunto Histórico Artístico desde 2011 y miembro de la red de Pueblos más Bonitos de España.

    La plaza, de trazado irregular, data del siglo XI, es una de las imágenes imprescindibles de la ciudad. La Casa Consistorial es del siglo XVI, con soportales protegidos por una arquería de medio punto.

    En Albarracín, todo lo que sobrepase el siglo XV es moderno. Casi en el límite se encuentra la Casa de la Julianeta, del XIV, de yeso y madera, que parece a punto de venirse abajo, pero que se mantiene en pie y en uso, bien restaurada. Se encuentra junto al portal de Molina, con el portal del Agua los dos únicos accesos a la ciudad medieval. Probablemente fue el fielato donde se pagaban los impuestos.

    Otra modernez del siglo XVIII es la Casa Azul, cuyo color destaca entre el tono rojizo del caserío. Circulan dos versiones para explicar esta originalidad. Uno habla de un ricohombre local que casó con una mujer andaluza y la trajo a vivir aquí. Como la muchacha añoraba el color de su pueblo el marido mandó poner rejas a las ventanas, llenarlas de geranios y pintar en ese color la casa. La segunda versión, más prosaica, habla de una chulería de la familia propietaria, ricos empresarios laneros, que de este modo quisieron distinguirse del vecindario.

    Como toda ciudad medieval que se precie, Albarracín tiene su leyenda, esta en torno a una de las torres de la muralla: la torre de doña Blanca. Dicha torre es obra del siglo XIII y la doña es Blanca de Aragón.

    La leyenda refiere que doña Blanca era una joven hermosísima, hermana menor de uno de los reyes de Aragón. Cuentan que la esposa del rey andaba celosa de la belleza de su cuñada, que, a la vista de esta rivalidad, los nobles aconsejaron a esta que se alejara de la corte aragonesa y se refugiara en Castilla. Camino del exilio paró en Albarracín, a la sazón señorío de la familia Azagra, que la acogió alojándola en la torre. Nunca más se supo de ella. Es creencia que murió de melancolía y fue enterrada en la que había sido su última morada. Concluye la leyenda que cada verano, en noches de luna llena, con el tañido de las campanas de Santa María que señalan la medianoche, se alcanza a ver la silueta de una mujer que baja a bañarse en el río Guadalaviar. Es el alma en pena de doña Blanca.

    En la cruda realidad, en el siglo XVII la torre fue cedida a la orden de los dominicos, que estaban construyendo un convento junto a ella, y la utilizaron de biblioteca. En el siglo XIX desapareció el convento y la torre fue abandonada. Recientemente pasó a ser gestionada por la susodicha Fundación.

    Creas o no en las leyendas, lo cierto es que el entorno de Albarracín es de una belleza abrumadora. El día nos ha salido soleado, con ese tono especial del otoño que vuelve multicolor las arboledas, en contraste con el rojo de la tierra.

    De camino a Teruel hacemos un alto en la carretera para contemplar los restos de un castillo roquero identificado como de Santa Croche. Fue construido sobre un altozano por los Heredia de Albarracín durante el señorío independiente cristiano para controlar el acueducto romano. La información asegura que estuvo habitado hasta mediados del siglo pasado. Cuesta creerlo, apenas quedan de él unos muros almenados junto a un torreón que también amenaza ruina.

    No lejos de aquí, en el término de Frías de Albarracín, nace el río Tajo, que desembocará en Lisboa, después de haber recorrido poco más de mil kilómetros en tierras de España y Portugal.

    Tendríamos que venir con más tiempo, subir con el coche, como los de Burgos, y hacer noche en la ciudadela, sugiero al Colega. No me responde, sigue preguntando al GPS por qué ignora el camino de Albarracín.

    Fotos: ©Valvar

  • Carcasona

    Carcasona

    Carcasona es una ciudad doble: la Cité o fortaleza medieval, la más grande y mejor conservada de Europa, y la que se extiende fuera de esos muros, una pequeña ciudad provinciana francesa, con su iglesia de San Vicente y sus baluartes.

    Esta ciudad es la primera parada del periplo por tierras del midi francés que hicimos en la primavera del 2016. Algo más de dos mil kilómetros en quince días, con salida y llegada en Burgos. Elegimos el itinerario a partir del deseo del Colega de ir a Moissac y el mío de ir a Conques, ambos lugares vinculados al Camino de Santiago y, ambos también, referentes en el románico francés. Luego, sobre la marcha, el Colega añadió una visita a los coliseos romanos de Nimes y Arles. Si llegamos hasta Arles, no vamos a irnos sin dar un paseo por la Camarga, propuso el Colega, que es muy dado al mundo animal y vegetal. No como yo, que me atacan hasta los mosquitos domésticos y me atasco en un surco. Y así, llegamos a Albi, Avignon, Conques, Rocamadour, Rodez, Saint Gilles, Cahors, Moissac y Toulouse.

    Como la excursión coincidía con la Eurocopa, no fue fácil encontrar hoteles -siete en total- que reunieran los requisitos que reclamamos en nuestras salidas, a saber, que sean céntricos, que tengan conexión a internet y aparcamiento para el coche y que sean mínimamente decentes. Si hay que optar, por el mismo precio preferimos un hotel de tres estrellas al lado de la plaza mayor del pueblo, que uno de cinco en las afueras. Casamos finalmente fechas y alojamientos y nos pusimos de viaje con la ilusión de dos adolescentes.

    Carcasona fue una incorporación de última hora para no hacer demasiado larga la etapa hasta “las aldeas galas” de Astérix; fue una decisión acertada porque la ciudad merece una visita. La Cité original es la ciudadela medieval, el emplazamiento primitivo, constituida por el castillo y sus murallas. La puerta de Narbona, del siglo XIII, con dos torres contrafuertes, tiene acceso con vehículo, pero a la puerta de Aude, también del siglo XIII, solo se puede llegar por la cuesta desde la calle Barbacane.

    Aparcamos el coche junto al puente medieval y subimos a pie por la puerta de Narbona. Encontramos una ciudad tomada por un aluvión de turistas, que entraban y salían en las innumerables tiendas que se abren en casi cada edificio de las calles principales que cruzan la Cité.

    La primera fortificación de este estratégico alto se atribuye a los romanos, luego pasaron por aquí los visigodos y los árabes, a los que expulsó Pipino el Breve. Pero, el santo y seña de Carcasona es el apellido Trancavel, vizconde de Albi y de Nimes, aliado y enemigo, sucesivamente, de los condes de Barcelona. Los Trancavel fueron amos y señores del lugar, llegaron a enfrentarse al rey de Francia y salieron perdedores en el trance.

    Siguiendo la calle del Vizcomte Trencabel, que parte de la plaza del Chateau, desembocamos en la basílica de Saint Nazaire, la joya del casco antiguo, una mezcla de románico y gótico, con unas vidrieras que, dicen, son “las más preciosas del Midi”.

    La ciudadela fue plaza fuerte de los cátaros, hasta que, a comienzos del siglo XIII, el papa Inocencio III dictó la cruzada contra los albigenses, los herejes cátaros, el conde Simón de Montfort tomó la ciudad, hizo prisionero al Trencavel de turno y se nombró nuevo vizconde. Poco después, Luis IX, el San Luis de los franceses, la transformó en fortaleza real y cabeza del sistema defensivo en la frontera franco-española. En 1240, otro Trencavel intentó recuperar el poder pero fue derrotado de nuevo.

    En 1247, con los Trencaveles sometidos, el rey Luis IX, perdonó a los levantiscos y les permitió volver a la ciudad, a condición de que permaneciesen en la orilla occidental del río. Así nació la ciudad baja o Bastida de San Luis, construida en forma de damero.

    En la Guerra de los Cien Años, Eduardo de Inglaterra, el Príncipe Negro saqueó la ciudad baja, al no conseguir tomar la fortaleza, que se consideraba inexpugnable. En 1590, la ciudad fortificada no reconoció la autoridad de Enrique IV porque era hugonote. Sí lo hizo la Bastida, enfrentándose ambas en una demostración local de las guerras de religión que vivía Francia. Con el tratado de los Pirineos de 1659 la ciudad perdió su condición de puesto fronterizo y paulatinamente entró en decadencia, sobreviviendo con la producción de paños. En el siglo XIX la ciudadela se utilizó como cantera.

    Empero, la Cité que nos encontramos luce esplendorosa. Se trata, en verdad, de una reinterpretación de lo que fue o pudo ser debida a los románticos del siglo XIX, empeñados en reivindicar los esplendores pasados. El erudito local Jean Pier Cros-Mayrevielle y el mismísimo Prosper Mérimée, el de la Carmen de España, lanzaron una campaña por la recuperación de la ciudadela y el arquitecto Violet le Duc -que en materia de arquitectura era el perejil de todas las salsas- se aplicó en su restauración. Se aplicó tanto que convirtió el castillo en un prototipo avant la lettre de Walt Disney, empezando por cubrir los pináculos de las torres con teja de pizarra, material poco frecuente en la zona. En las últimas décadas, se ha iniciado un proceso de adecuación a lo que se supone fue la Cité, rebajando la altura de los pináculos y cubriéndolos con teja roja, propia de la construcción local. En nuestra visita pudimos contemplar versiones de una y otra interpretación.

    El interior del castillo se puede visitar pero, en nuestra opinión, lo mejor está en el exterior, en las viejas casas de la Cité, en sus callejas estrechas. A la espera de que se desalojara de turistas, dejamos la ciudad medieval, atravesamos el puente viejo sobre el río Aude. y nos trasladamos a la ciudad baja, la Carcasona donde vive y trabaja la gente.

    Visitamos la iglesia de Sant Vicente, en la que destaca un campanario del siglo XV. Las antiguas campanas fueron fundidas y sustituidas por un carillon de 54 campanas que, dicen, es la gloria de la comarca. Otro motivo de orgullo ciudadano son sus baluartes, las murallas con las que se defendieron durante las guerras de religión.

    Carcasona, pequeña ciudad provinciana, tiene apariencia de vieja dama que pasea con dignidad, un poco decadente, sus antiguas glorias. En torno a la plaza Carnot, con su fuente de Neptuno en el centro, los vecinos se movían sin prisas aparentes y tomaban refrescos en los muchos veladores que se extienden por la plaza. Nos unimos a ellos y hubiéramos compartido esa sensación de placidez de no haber sido porque al Colega, que acababa de estrenar dientes, le había salido un flemón que amenazaba darle el viaje. Nos dirigimos en busca de alivio a la farmacia que había en la misma plaza. Contamos la situación a la farmacéutica, quien se apiadó de él y le proporcionó un antibiótico sin receta. Que los dioses la bendigan. Encontramos una inscripción que describía nuestro ánimo: La vida es bella.

    Por Carcasona pasa el Canal del Midi, en sus orígenes Canal Real del Languedoc, una vía navegable que desde Toulouse comunica el Garona con el Mediterráneo, por un ramal, y por otro, une Toulouse y Burdeos, de ahí su nombre de Canal de los dos Mares. Es el canal navegable en funcionamiento más antiguo de Europa, declarado Patrimonio de la Humanidad. Un vecino con el que pegamos la hebra nos contó que el tramo de Carcasona no pasaba por sus mejores momentos debido a una plaga que afectaba al arbolado de sus riberas, a pesar de lo cual muchos franceses y visitantes se desplazan a través de esta vía fluvial o pasan sus vacaciones en algunos de los barcos que navegan por ella.

    Tras el paseo por la ciudad nueva, al caer la tarde volvimos a la Cité. Desalojada de turistas de urgencia, el castillo reunía a los visitantes en las terrazas de sus plazoletas, donde tampoco cabía un alma más. Eran, se supone, los ocupantes de los hoteles que pueblan la Cité, convertida en parque temático turístico.

    Buscamos un lugar más tranquilo y recalamos en la Maison du Cassoulet. Como se infiere, el rey es el cassoulet, un guiso occitano de alubias blancas y carne de ave, generalmente pato, que aquí sustituyen por perdiz. A la sombra de las venerables piedras, el Colega da buena cuenta de su condumio. Buscando algo más ligero, pido un magret de pato con salsa de higos, simplemente bueno. Como el Colega se ha empeñado en que pruebe su cassolet, pido al camarero un licor digestivo y me sugiere un armañac. Así descubrí mi licor digestivo favorito. Si no me ayuda a la digestión, al menos me duerme.

    De camino al hotel, callejeamos un rato por la Cité y nos detenemos ante el pozo grande, el más antiguo de los dos que surtían de agua a la ciudad fortificada. La leyenda afirma que el pozo escondía un tesoro y, racionalistas como son los franceses, en 1910 realizaron una excavación arqueológica en busca de las riquezas ocultas, con resultado negativo.

    Cuando abandonamos el castillo por la puerta de Aude alcanzamos a disfrutar de una hermosa puesta de sol que dora las piedras de la Cité.

    El hotel está situado en la calle Barbacane. Al exterior, es un edificio sin atractivo, incluso un punto sombrío, pero tan pronto como se abre la puerta, muestra un lugar acogedor, muy confortable, con una piscina en el centro de un jardín que invita a quedarse. Desde el vestidor de nuestra habitación se alcanza a ver la silueta iluminada del castillo. Con esta imagen cerramos nuestra primera etapa por las rutas galas.

    Fotos: ©Valvar

  • Villamayor de los Montes

    Villamayor de los Montes

    El monasterio cisterciense de Villamayor de los Montes (Burgos) es, aparte de consideraciones espirituales, una lección de historia pasada y del presente y un ejemplo de supervivencia. Los visitantes acuden principalmente por su claustro románico o por los dulces que elaboran las monjas. Cualquier excusa es buena.

    Villamayor de los Montes, inicialmente Valzalamio, es uno de los lugares de repoblación en el siglo X, entonces a la sombra del conde Fernán González. Mediado el siglo, la condesa madre, Muniadonna, lo dona al monasterio de San Pedro de Cardeña, bajo cuyo amparo crece con la incorporación de las aldeas próximas: San Andrés de Nava, San Bartolomé de Valzalamio, Santa María, El Ángel, Villahizán y Zorita. Ya como Villamayor y con el apellido de los Montes, probablemente por la abundancia de encinares y robledal del entorno, en el siglo XIII pasa a propiedad de la entonces poderosa familia Fernández Arias.

    Siguiendo la costumbre de las familias ilustres o aspirantes a serlo de la época, don García Fernández y su esposa, doña Mayor Arias, compran la fundación y los derechos del cenobio masculino de San Vicente, radicado en Villamayor desde el siglo XI. Su intención es crear allí un monasterio cisterciense femenino con monjas de Santa María de las Huelgas de Burgos, cuya primera abadesa será doña Marina Arias, hermana de doña Mayor, y que sirva a su vez de panteón familiar, como así ocurrió a la muerte del matrimonio fundador.

    Los Fernández Arias ampliaron la vieja edificación y construyeron un nuevo convento con autonomía jurídica y patrimonial. Las obras se inician en 1223 y en 1228 es consagrada la iglesia, momento en que los fundadores dotan económicamente al monasterio a lo que se suman privilegios reales. La fundación toma el nombre de Santa María, habitual de los monasterios cistercienses. La población pasó a ser de abadengo, la abadesa regía la vida municipal y así siguió hasta el siglo XIX cuando se suprimieron los señoríos.

    La iglesia, en la que probablemente trabajaron los mismos constructores franceses de las Huelgas siguiendo el modelo de la fundación real, es ya una fábrica gótica, con bóvedas de crucería y esbeltas columnas, capiteles sencillos de ornamentación vegetal, siguiendo el modelo cisterciense.

    La tranquilidad monacal fue alterada en 1575 por un incendio que afectó al coro. En 1617 el primer duque de Lerma, Francisco Gómez de Sandoval se llevó la comunidad a Lerma con el propósito de fundar allí su propio monasterio. El proyecto no cuajó y en 1627 las monjas volvieron al convento de Villamayor, que, entretanto, había sufrido algunos robos. Durante la francesada el monasterio sufrió otro incendio. La desamortización de 1835 se apropió de bienes monásticos pero el convento permaneció.

    El exterior del monasterio es una construcción de líneas sobrias, acorde con el ascetismo de la Orden que la habita. Flanquean la portada dos escudos que explican la historia y las vicisitudes del monasterio. El primero, habla de su fundación, en 1228. El segundo, de su salvación, en 1964.

    Traspasada la puerta principal, hay que llamar a un segundo timbre si se desea visitar el cenobio, extremo muy aconsejable. La visita guiada cuesta 1,50 euros por persona. En los últimos años ejerce de guía la hermana Presentación, una monja carismática y locuaz, que entró en el convento la víspera de San José de 1964 y, a pesar de la clausura, conoce lo suficiente del mundo para saber que la suya fue una decisión acertada. Sus explicaciones hacen más agradable e interesante una visita que ya es grata por sí misma. La comunidad se comunica con el mundo a través de esta web 👇.

    Al sur de la iglesia se esconde el claustro románico, que desprende una sensación de armonía total. Su estructura, de una sola planta, recuerda al de las Claustrillas de Huelgas y corresponde al románico tardío cisterciense del norte de Castilla. Se conserva en un excelente estado. De planta rectangular, con lados de 18 y 20 arcos de medio punto que se apoyan en dobles columnas, no muy altas pero muy esbeltas, con capiteles sencillos de ornamentación vegetal. Las esquinas se apoyan en una columna central rodeada de cuatro más delgadas.

    Llama la atención el suelo de las galerías, que data del siglo XVI o XVII, empedrado de guijarros que forman filigranas, con figuras de animales heráldicos, aves, conejos, ciervos, y humanas, motivos geométricos y el escudo del monasterio.

    El claustro comunica con el coro de la iglesia a través de la Puerta de las Monjas, de finales del siglo XIII, con capiteles vegetales de hermosa factura.

    A los pies de la iglesia se sitúa el coro abacial, donde la comunidad celebra sus oraciones y oficios diarios. La estancia se cubre por una bóveda barroca de yeso que sustituyó al primitivo techo de madera, probablemente mujéjar, incendiado en 1575. La sillería, clasicista y sobria, fue realizada con la compensación del duque de Lerma.

    De su antiguo esplendor, seguramente restos de un retablo desaparecido, conserva un calvario, un sagrario, un Padre Eterno románico y una talla gótica de Santa María la Real que da nombre al monasterio.

    Ni la intención de los fundadores ni la protección real lograron salvarlo de la decadencia y a mediados del siglo XX su situación era de práctica ruina. La providencia tomó entonces el nombre de Patricio Echevarría, un industrial de Legazpia creador de la firma Bellota, hombre piadoso y generoso, que ayudó a la restauración total del convento. En su memoria luce el escudo de la familia Echevarría Aguirre.

    Nueve siglos después de su fundación, la comunidad, actualmente formada por dieciocho mujeres, algunas de ellas procedentes de países extranjeros, se declara en fase de “restauración”. El monasterio ofrece una hospedería como lugar de recogimiento y oración. Las monjas se ayudan para vivir con los ingresos que proporciona la venta de dulces y bordados elaborados por ellas mismas, vinos y libros. Entre el carisma de la hermana Presentación y que al Colega le gusta pegar la hebra con las monjas en cada visita a Villamayor de los Montes salimos cargados de pastas y vino dulce, ambos muy ricos, todo sea dicho.

    La iglesia que sirve de parroquial en el pueblo se construyó en el siglo XVI adosada al monasterio. Está dedicada a San Vicente, Santa Sabina y Santa Cristeta y guarda una hermosa pila bautismal románica.

    Desde el otero en el que se asienta se divisa el pequeño cementerio y varios palomares, los páramos de asceta que describió don Antonio Machado.

    La Castilla rural que tanto complaciera a la Generación del 98, aquí pulcra y muy cuidada, sea la Casa Consistorial o los árboles que sombrean el paseo a la iglesia.

    Y, aunque no fue por estos campos el bíblico jardín, pensando en la hermana Presentación y sus compañeras de comunidad, tampoco parece que este sea el lugar por donde se pasee errante la sombra de Caín, de la que habló don Antonio.

    Fotos: ©Valvar

  • San Andrés del Arroyo

    San Andrés del Arroyo

    El monasterio de San Andrés del Arroyo es un lugar paradógico. Por un lado, la extraordinaria belleza de su claustro exalta el ánimo; por otro, la quietud del lugar aporta paz al espíritu. Nueve siglos de historia encerrados en una ciudad de mujeres, un paraje fuera del tiempo.

    Este cenobio es una pedanía de Santibáñez de Ecla, en la provincia de Palencia, tan pródiga en construcciones románicas, no lejos de Santa María de Mave, Santa Eufemia de Cozuelos o Santa María la Real de Aguilar, por señalar los más conocidos entre los monasterios palentinos. Cualquiera de ellos merece una visita detenida pero a nosotros nos gusta especialmente el de San Andrés, vete a saber por qué, y raro es el verano que no nos acercamos con la excusa de comprar unas pastas de las monjas o sin excusa alguna.

    En nuestras sucesivas visitas hemos pasado por todas las fases. La primera vez, hace décadas, estaba totalmente prohibido hacer fotos. La monja que ejercía de guía no perdía ojo de las cámaras, de manera que había que aprovechar el mínimo descuido o colocarte en un ángulo ciego para disparar. Alguna bronca me he ganado por esta causa. Luego se abrió la mano y la monja guía de turno esperaba, incluso, a que los visitantes nos explayáramos con la cámara. Desde 2017 la tecnología ha entrado en el monasterio y ya no hay monja-guía. Cuatro pantallas táctiles y otros tantos audios en español y francés ilustran sucintamente a los visitantes sobre el origen histórico y las características arquitectónicas del lugar.

    La fundadora de este monasterio fue doña Mencía de Lara, hija de Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya y alférez del rey Alfonso VIII, y de su segunda esposa, Aldonza Ruiz de Castro. En 1170, poco antes de morir el padre, el matrimonio fundó el monasterio cisterciense de Cañas (La Rioja) y allí se refugió la condesa viuda con su prole; de él salió Mencía en 1171 para casarse con el conde Álvaro Pérez de Lara, miembro de una de las familias más poderosas de su tiempo. Los Lara y los Haro, cuidadores y protectores de Alfonso VIII en su minoría. El matrimonio fue breve, pues el marido murió en 1172. Mencía, mujer bien dotada de bienes e inteligencia, decide crear su propia fundación: San Andrés del Arroyo.

    La proximidad familiar y de la propia Mencía al monarca propició que ella le prestara dinero para la guerra y él la favoreciera con donaciones para el monasterio. La primera de estas donaciones tiene fecha de 1181 y se refiere a propiedades y tributos radicados en tierras de Burgos. Le seguirán otras en 1190 y en 1199, cuando le dona el monasterio de San Pelayo de Perazancas de Ojeda, o en 1210, con la exención del pago de portazgo en todo el reino de Castilla. “He por ruego de nuestra amiga doña Mencía, onrada condesa que siempre amamos e por sus merecimientos de lealtad facemos carta de donación a Dios al monasterio de Sant Andrés de Arroyo e a bos doña Mencía condesa y abadesa”, deja escrito Alfonso VIII como prueba de su consideración.

    Tal era su estima que, a la hora de dictar testamento, el rey la nombra albacea, la única mujer junto a personajes de la talla de los arzobispos de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, y de Palencia, Tello Tellez de Meneses, o del mayordomo real, Gutierre Ruiz Girón.

    Se desconoce la procedencia de la primera comunidad monástica de San Andrés, que bien pudo llegar del monasterio de Amaya, donado por el rey a Mencía en 1173, o de Cañas, fundado por sus padres. Es el hecho que la condesa participó en 1189 ya como abadesa en el cónclave convocado por los reyes en el monasterio de las Huelgas de Burgos, fundado por Alfonso VIII y su esposa, Leonor Plantagenet.

    Las donaciones reales, además de las aportaciones de las damas que ingresaban en el monasterio, hicieron de San Andrés del Arroyo un señorío de abadengo que se extendía por la comarca de la Ojeda, con privilegio de horca y cuchillo. Se cree que las obras del monasterio se iniciaron en 1180 y se prolongaron durante años, atrayendo un importante número de canteros, que aquí desarrollaron su ingenio y sus conocimientos. La iglesia se consagró en 1222.

    Son unos años de gran producción artística en esta zona palentina. En San Andrés trabajaron dos grupos de canteros, uno en el claustro, la iglesia y dependencias monacales y otro, en la sala capitular. Algunos investigadores creen ver la mano del mismo maestro Ricardo que trabajó en las Huelgas y, quizá, en Santa María la Real de Aguilar. De donde quiera que procedieran los canteros que trabajaron en San Andrés, no cabe duda de que aquí alcanzaron el cénit de su inspiración.

    No se conoce con certeza la fecha de la muerte de la abadesa Mencía, el último documento en el que aparece su nombre data de 1236. El tiempo fue sepultando en el olvido su memoria y al monasterio en la decadencia. Exclaustradas en la Desamortización de Mendizábal, las monjas vuelven al convento veinte años después y allí siguen. La edad de la comunidad y la falta de vocaciones son ahora su peor enemigo. El monasterio es monumento histórico artístico desde 1931 y Bien de Interés Cultural. En los últimos años se ha sometido a sucesivas obras de restauración.

    Lo primero que el visitante ve al traspasar el arco de la muralla del monasterio es un rollo jurisdiccional del siglo XVI, trasladado desde el cerro próximo conocido como Cerro de la Horca, testimonio del privilegio y poder de las antiguas abadesas.

    A la izquierda, adosado a la muralla, se levanta una espadaña tardorrománica, que coronaba la “capilla de ajusticiados”, donde pasaban sus últimos momentos los condenados. Un cartel más reciente señala el lugar como “Capilla de Forasteros”.

    En ese punto el visitante puede elegir entre la iglesia, a la izquierda, las dependencias monacales y el claustro, a la derecha.

    La iglesia sigue el modelo de las Huelgas de Burgos en el pórtico lateral, la cabecera en ábside poligonal con bóveda de cuarto de esfera y dos capillas cuadradas de crucería simple. El coro de las monjas ocupa el espacio de la nave.

    Como en toda construcción cisterciense, sigue las normas de la reforma impulsada por Bernardo de Claraval, que en su propósito de recuperar el ascetismo inicial de la Orden de Cluny, rechaza las pinturas murales y la escultura figurada. Aunque, quizá, algún tallador olvidó la norma.

    Con todo, lo mejor de San Andrés está al final del camino de la derecha, por donde se accede al claustro, en el que también se aprecia la influencia de las Claustrillas de las Huelgas. El visitante ha de llegar advertido de que aquí va a encontrar una pequeña maravilla, la obra de canteros diestros e inspirados. Una treintena de capiteles decorados con profusión de frutos, helechos y hojas de acanto que se entrelazan con tallos. De este conjunto destacan las columnas situadas en las esquinas a derecha e izquierda de la panda oeste o la celosía que decora la fuente, una filigrana sin principio ni fin, como la eternidad.

    La utilización del trépano y la ova, que identifican el estilo andresino, se extendió a otras construcciones de la comarca.

    La elección de los motivos ornamentales no es casual. El acanto representa el temor a la condenación, el helecho, la humildad y la lucha contra el mal.

    La sala capitular se abre a la panda oriental, esta ya plenamente gótica. Los grupos de columnas que delimitan la sala tienen la particularidad de estar tallados en una sola pieza.

    Su cubierta es de bóveda de crucería cuyos nervios confluyen en una clave de bóveda de decoración vegetal, simplemente espectacular.

    En este espacio, presidido por la imagen del Santo titular, descansan los restos de la abadesa Mencía y de su sobrina y sucesora, María. El sepulcro de la fundadora está decorado con el escudo de los Lara, con el báculo abacial grabado en la piedra. En el frente, escenas de la vida de Cristo: la Anunciación, el Nacimiento, la Adoración de los Reyes, la Crucifixión. En un extremo aparece una mujer orante que se ha identificado como la abadesa Mencía.

    La vida de la segunda abadesa sigue la línea de la fundadora. María era hija de Diego López de Haro y de Toda Pérez de Azagra. Entró en el convento al enviudar de su marido, Gonzalo Núñez de Lara. Conservó los privilegios obtenidos por su tía y aún alcanzó otros de Alfonso X y donaciones particulares, sin alcanzar la prosperidad de la fundadora.

    Con todo, el lugar encierra un encanto que atrae, más allá de lo que los ojos y la razón son capaces de captar. Una mañana de mayo de 2013 acudimos a visitar el monasterio con tan buena fortuna que en un cielo azul como solo es posible en Castilla aún era visible la luna junto a la espadaña mientras una bandada de pájaros entonaba sus trinos entre los árboles. Vámonos enseguida, le dije al Colega, no vaya a ocurrirnos como a San Virila en Leyre, que se embelesó tanto con la belleza del lugar y el cantar de los pajarillos que se le pasó el tiempo y cuando quiso volver al monasterio habían transcurrido 300 años.

    Nuestra última visita -agosto de 2023- coincidió con el fallecimiento de una de las monjas, ya nonagenaria. Doce religiosas quedaban en la comunidad en esas fechas. Ay, si doña Mencía levantara la cabeza.

    Fotos: ©Valvar

    Si te interesa el románico palentino, quizá te guste el libro de Cristina Párbole

  • Estambul (II)

    Estambul (II)

    No es posible enumerar los palacios, residencias, museos o mezquitas que se alzan en Estambul. Para conocer la ciudad, solo cabe salir a sus calles, caminar o utilizar su bien dotada red de transporte público -tranvías, autobuses, trenes, funiculares con los que superar sus mil colinas – recorrer sus plazas, navegar en sus barcos y, sobre todo, hablar con sus gentes. Pues, a su enorme riqueza arquitectónica y arqueológica Estambul une un patrimonio tan fecundo como aquél: su gente.

    Una amalgama étnica, religiosa y cultural, con un censo que supera los 16 millones de habitantes, la mayoría musulmanes, pero también cristianos, judíos y laicos. De ahí que en la ciudad convivan sinagogas, iglesias y mezquitas, barrios judíos y ortodoxos, cementerios hebreos, cristianos y musulmanes.

    Se diría que los estambulíes se levantan cada día con el único propósito de hacer la vida más grata al visitante. No importa si éste se ha perdido en una calle sin nombre y no conoce más idioma que el propio, siempre habrá alguien que le ayude a salir del atolladero o un conductor de autobús que adelante la parada para que el viajero encuentre más fácilmente su destino. El idioma no parece ser un problema en una ciudad cuyos habitantes llevan siglos dedicándose a traficar con toda suerte de mercancías y con gentes de todos los países conocidos.

    Buena muestra de esta capacidad mercadera es el Gran Bazar, en Beyazit, que acoge más de 4.000 tiendas distribuidas en 80 calles en las que el visitante encontrará antigüedades, alfombras, artículos de cuero, tejidos, joyas, cerámica y mil y un objetos de regalo. Podrá también, si lo desea, hacer una pausa en cualquiera de los bares o restaurantes dentro del propio Bazar y tomar un té o café turcos. O acercarse al mercado de libros cercano.

    En Eminonu, frente al Puente Gálata, se abre el Bazar Egipcio o de las Especias. Una sinfonía de aromas y colores donde encontrarás todo tipo de condimentos, tés y dulces, además de otras exquisiteces, como caviar iraní. Lo difícil es soslayar las múltiples sugerencias que se te brindan para degustar las delicias que le salen al paso.

    Las calles de Estambul son un continuo fluir de gentes, naturales y visitantes. En ellas encontramos familias que acompañan a niños disfrazados de príncipes, como de primera comunión, que celebran la fiesta de la circuncisión, la entrada en la adolescencia, paso previo a la admisión al mundo de los hombres. El niño posa, marcial y valiente, en su ceremonia de abandono de la niñez, a punto de ser circuncidado.

    ¿Y las mujeres? Son muchas, cada vez más, las que cubren su cabeza como prescribe el Islám y algunas que cubren su rostro dejando apenas espacio para los ojos, un proceso que ha ido en aumento en los últimos años. A pesar de la amabilidad general de los estambulíes y su disponibilidad a ser fotografiados, sea el joven que trabaja un telar, el vendedor de mejillones y aún los cientos de gatos que pululan por sus calles, la actitud es de reticencia cuando se trata de mujeres. Son contradicciones en una ciudad en la que coexisten monumentos milenarios y edificios ultramodernos y en la que a diario se cruzan un vendedor ambulante de verduras y un ejecutivo que trabaja en su ordenador portátil en una zona wifi libre.

    El Bósforo es un brazo de agua que se comunica con el Mar de Mármara por el sur y con el Mar Negro por el norte, lame Asia por el este y Europa por el oeste. Estambul se mira en sus aguas y ve en ellas reflejados sus penas y sus gozos, su pasado y su futuro. El Bósforo se puede cruzar a través de dos puentes y de las muchas líneas de barcos que comunican la parte europea y la asiática de la ciudad. Los domingos, los estambulíes abarrotan los barcos y los pueblos de su litoral.

    Tratando de imitar a los habitantes de la ciudad, nos embarcamos en un crucero por el Bósforo. La travesía permite admirar los enormes rascacielos de la ciudad moderna cuya sombra cae sobre las mezquitas y yalis o villas de verano, casonas y palacetes, algunos de la época otomana, que se alinean a ambas orillas y saborear los tés que sirven los camareros en los barcos que hacen el trayecto. Dos edificaciones nos deslumbraron especialmente: el palacio de Dolmabahce, construido en 1843 como residencia de verano del visir, convertido actualmente en museo. Tiene 248 dormitorios y unas 2.700 ventanas; y Rumeli Hisari, la fortaleza de Europa, levantada en el año 1452 y considerada ejemplo de arquitectura militar.

    El trayecto dura dos o tres horas, pero ¡qué horas! Será porque somos dos chicos de provincias, será porque de niños a ambos aprendimos los versos de Espronceda –Con cien cañones por banda, / viento en popa a toda vela, / no corta el mar, sino vuela / un velero bergantín; / bajel pirata que llaman, / por su bravura, el Temido, / en todo mar conocido /
    del uno al otro confín
    – ambos nos emocionamos. Y cuando de vuelta el barco avista el muelle de Eminonü, nos sentimos como el capitán pirata: “cantando alegre en la popa, / Asia a un lado, al otro Europa / y allá a su frente Estambul”. Emocionados perdidos.

    De vuelta a tierra encontramos la Estación de Sirkeci, construida para recibir a los viajeros que llegaban en el Orient Express, definido como “tren de reyes y rey de trenes”, que partía de Paris y aquí rendía camino después de haber recorrido Europa. De aquel esplendor apenas queda otra cosa que el recuerdo y una máquina de vapor aparcada en una esquina de la estación. Su último viaje fue en 1977.

    Los camareros del bar de Sirkeci nos atendieron con el mismo esmero que debieron atender a los visitantes ilustres que llegaban desde el cercano andén. Las botellas de champán Moet Chandon que ornan la barra fueron descorchadas hace muchos, muchos años.

    El muelle de Eminonü es el lugar de embarque de los buques que hacen las travesías locales. Abundan allí los puestos de venta ambulante donde puedes comprar una rosca de simit cubierta de sésamo o mejillones. También hay puestos de bocadillos de pescado. El Colega, que es un exquisito, se negó a probar uno. Él se lo perdió porque estaba buenísimo.

    Desde Eminonü se llega al puente Gálata, que comunica con la parte moderna de la ciudad, por donde pasa la vida entera de Estambul. Cientos de estambulíes se agolpan en las barandillas con sus cañas de pescar.

    Debajo de este piso del puente hay un segundo nivel poblado de tiendas y restaurantes. Una noche cenamos en uno de esos restaurantes, donde convierten la presentación de los sabrosos pescados y mariscos en un espectáculo.

    Cerca del puente la Torre de Gálata se alza poderosa en la zona moderna del lado europeo, como un faro que observara la vida de Estambul. Sus 61 metros de altura (140 sobre el nivel del mar) se levantan sobre la colina del Gálata en el barrio de Beyoglu, dominando la vista del Mar de Mármara, el Cuerno de Oro y el Bósforo. Construida en 1348 por los genoveses como torre defensiva, fue prisión de guerra con los otomanos y posterior atalaya de incendios. Hoy está al servicio de turistas y viajeros que encuentran en ella una magnífico observatorio para contemplar la ciudad. Se accede directamente en ascensor al noveno piso, donde hay un restaurante en el que reponer fuerzas, que en horario nocturno ofrece música en vivo y bailes tradicionales.

    Dice un proverbio turco que uno no puede considerarse totalmente dichoso hasta que no ha disfrutado de una puesta de sol desde la Torre Gálata. A la luz dorada del atardecer contemplamos la llanura de agua del Mármara y del Bósforo, las ondulaciones del Cuerno de Oro y de la vieja Constantinopla, la antigua y la moderna Estambul, y damos la razón al proverbio.

    Entre la Torre Gálata y la calle Istiklal se encuentra el mítico hotel Pera Palas o el monasterio de Mevlevi, donde danzan los derviches auténticos. El hotel Pera Palas fue construido en 1892, para acoger a los pasajeros del Orient Express. Se cuenta que en la habitación 411 Agatha Christie escribió su novela “Asesinato en el Orient Express”.

    La calle Istiklal o de la Independencia es la gran arteria de la ciudad, de tres kilómetros de longitud, en una sucesión de cafeterías, restaurantes, cines, teatros, discotecas y multitud de tiendas tradicionales y modernas. En ella se levanta un monumento que recuerda los primeros cincuenta años de la república, creada en 1923.

    En esta calle se abre el histórico Pasaje de las Flores, de azarosa vida, como la propia ciudad. Inicialmente diseñado como Teatro Naum, resultó muy dañado en el incendio que sufrió el barrio de Pera en 1870, fue reconvertido luego en centro residencial y comercial de estilo parisino, con el nombre de Cité de Pera. Después de la Revolución rusa muchas mujeres de la nobleza obligadas al exilio se transformaron en vendedoras de flores, acabando reunidas en la Cité de Pera, que así pasó a llamarse Pasaje de las Flores. El edificio fue prácticamente reconstruido en los primeros años del siglo XXI, convertido en complejo gastronómico y de ocio. Aunque las floristas desaparecieron hace décadas, ha conservado el nombre.

    La calle es peatonal con la excepción de un vetusto tranvía –llamado Nostálgico- que realiza el trayecto para quienes, como nosotros, aprovechamos para descansar un rato y rememorar los viejos transportes.

    Taksim significa distribución porque desde 1732 de este punto se distribuía el agua a la ciudad desde 1732. Hoy es la frontera entre el Estambul tradicional y turístico y la ciudad moderna de altos rascacielos y marcas y franquicias internacionales. Es una amplia explanada bordeada por grandes edificios tan notables como el Centro Cultural Ataturk o el Hotel Marmara. En el centro se alza el monumento a la República, grupo escultórico encabezado por Kemal Ataturk, considerado padre de la nación.

    La antigua Constantinopla es, quizá con Jerusalén. Dondequiera que mires hay una imagen que colocarías en las páginas de un periódico. Estambul es una ciudad y son muchas ciudades, es Asia y es Europa, es laica y es musulmana, es moderna y tradicional. En Estambul, te sientas en cualquier lugar y ves pasar el mundo y la historia ante tus ojos.

    Huelga decir que nos trajimos cientos de fotos: las vistas desde el lado asiático, adonde pasamos un día,

    su Universidad; el carro-tienda inverosímil, el limpiabotas, tan parecido a los de cualquier punto del mundo, que bien podría prestar sus habilidades en la Gran Vía madrileña o el vendedor del Bazar de las Especias, adelantado en las técnicas del buen vendedor que conoce a su clientela, -Teruel existe y Soria ya, reza el cartel-.

    Pero la imagen que mejor refleja nuestro viaje está hecha desde la terraza del hotel donde nos alojábamos, a medio camino entre la Mezquita Azul y la ribera del Mar de Mármara, en cuya terraza nos refugiábamos a la caída de la tarde mientras se anunciaban las llamadas del muecín, primero de la mezquita de Sultanahmed, potente, poderosa, y luego de la que llamábamos la mezquita pobre, cerca del mar.

    Desde aquel mirador privilegiado veíamos encenderse la iluminación de la gran mezquita mientras el sol se apagaba en el horizonte y los barcos se convertían en pequeñas luciérnagas sobre el agua.

    El colega, que es buen relaciones públicas, había entablado amistad con el maître del hotel hasta el punto de que, tras servirnos la cena en la terraza, le traía un coñac turco, en una país donde el consumo del alcohol está si no prohibido, mal visto.

    No sé cómo se sentirían los visires en su palacio de Tokapi pero dudo que fueran más afortunados que nosotros.

    A ese estado de plácida euforia corresponde la foto. Sólo de vuelta a casa nos percatamos de la superposición de imágenes: allá al fondo, la costa turca asiática, el mar, los barcos, más cerca, el alminar de la mezquita pobre y la silueta de Sultanahmed reflejada en el cristal protector de la terraza. Un compendio del oasis estambulí en medio de una ciudad vertiginosa, hermosa y contradictoria como pocas, de la que Napoleón dejó dicho: “Si la Tierra fuese un solo estado, Estambul sería su capital”.

    Fotos: ©Valvar