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Barcelos

Barcelos es una ciudad portuguesa perteneciente al distrito de Braga, con una historia que se remonta a tiempos inmemoriales, si hay que hacer caso a los restos arqueológicos aparecidos en su término, pero que empieza a escribirse en el siglo XII cuando don Afonso Henriques le dio fuero y condición de villa y, luego, don Denis concedió a su mayordomo Joao Afonso el título de conde de Barcelos.
Su momento de esplendor le llegó en 1385 cuando el séptimo conde de este título entregaría la villa como dote en el enlace de su hija Beatriz con otro Afonso, este hijo extramatrimonial del rey Joao I. Se amuralla la población, se construye el puente sobre el rio Cávado, la torre de la Porta Nova, el Paço de los Duques y la iglesia matriz.
Pero si por algo es conocido Barcelos en el mundo entero es por su gallo, identificado como el animal totémico portugués. Cuenta la tradición que andaban los vecinos alarmados porque se había cometido un crimen sin que se hallase al culpable cuando un buen día apareció por allí un gallego, convirtiéndose en sospechoso. Fue detenido y acusado del crimen, a pesar de sus protestas y de que aseguraba ser un peregrino de camino a Santiago, y condenado a la horca. Antes de ser ahorcado pidió ver al juez, que a la sazón estaba con unos amigos disponiéndose a comer un gallo asado. “Es tan cierta mi inocencia como cierto es que ese gallo cantará cuando me ahorquen”, dijo el gallego. Y así fue. Cuando el peregrino estaba a punto de ser colgado el gallo se levantó del plato y cantó. El juez corrió a liberarlo y el gallego siguió por su camino miñoto hasta Santiago. Pasado un tiempo volvió a Barcelos y mandó edificar un monumento en memoria del suceso.

La historia guarda muchas similitudes a la que se relata en Santo Domingo de la Calzada, en cuya catedral se conservan un gallo y una gallina vivos en memoria del suceso.
En Barcelos el gallo asado es uno de sus platos tradicionales hasta el punto de que cada año el tercer fin de semana de octubre organiza un concurso gastronómico con este leitmotiv.
Nosotros llegamos a Barcelos el jueves 12 de enero de 2023, de paso hacia la iglesia románica de Galegos-Santa María; al Colega lo del gallo le parecía poco interesante. La elección del día no es casual. Como encargada de la organización del viaje he reservado esta fecha para conocer la considerada mayor feria de artesanía de Portugal, que cada jueves se celebra en el Largo de Feria o Campo de la República. Al colega la feria le interesa menos aún que el gallo así que propone dar una vuelta, tomar café y seguir camino.

Mas, Barcelos tiene un centro histórico entre medieval y moderno que lo hace muy atractivo, todo ello trufado con sus gallos y cerámicas diversas, como procede a una ciudad -proclamada como tal en 1928- considerada referencia en las artes y oficios tradicionales, miembro de la Red de Ciudades Creativas de la Unesco desde 2017.

Enseguida nos topamos con la Torre de la Porta Nova, que formó parte de la antigua muralla y actualmente es un espacio dedicado a las artes y oficios tradicionales. Una pequeña maravilla. Nos gusta tanto que subimos hasta el mirador, todavía adornado con las luces navideñas, desde el que se contempla la iglesia del Bom Jesus de la Cruz y la de Nuestra Señora del Terco, en el Largo de Feria, el Jardín Barroco y la ciudad entera.



En una plazoleta próxima -el largo José Novais- se encuentra la Oficina de Turismo, donde nos proveen de material suficiente para invitarnos a una visita. Allí mismo entramos en otro pequeño museo con figuras increíbles.



Por la rua de don Antonio Barroso llegamos al Teatro Gil Vicente y un poco más adelante el Palacio de los Condes, la iglesia matriz y el solar de los Pinheiros.

La iglesia matriz, dedicada a Santa María, es obra del siglo XIV, con algún resto románico en sus columnas, y el interior cubierto con azulejería del siglo XVIII.







El Palacio de los Condes de Barcelos fue mandado construir por don Afonso, el primer duque de Braganza. Por su estructura, y por dominar el puente de peregrinos sobre el río Cavado, también del siglo XIV, más parece castillo que palacio aunque sirvió de residencia de la familia titular hasta el siglo XVII. Su abandono, primero, y el terremoto de 1755 lo dejaron malparado.








Sus restos ruinosos lo han convertido en museo arqueológico, en el que destaca el crucero de la leyenda del gallo, del que ya hemos hablado.



A un tiro de piedra, en el centro de un jardincillo, se levanta el Pelouriño, una picota gótica del siglo XIV.

No lejos se encuentra el Ayuntamiento, una amplia construcción resultado de unir la antigua Cámara, del siglo XIV, el hospital del Espíritu Santo y la Capilla de Santa María, del XVI, el Hospital de la Misericordia, del XVII, y el Palacio del Concejo, del XIX. Extrañamente, el edificio tiene cierta unidad.

El Colega ha pegado la hebra con un grupo de trabajadores en el Palacio de los Condes y se ha animado a acompañarme al Museo de la Alfarería, que reúne piezas locales y de otros países de lengua portuguesa, antiguas y modernas.




Ya que estamos aquí vamos a dar una vuelta por el mercado, le propongo al Colega. Antes de que empiece a protestar le sugiero que podemos aprovechar para llevar algo a las herederas. Mano santa. Y ahí echamos el rato, yo haciendo fotos y ellas diciendo esto quiero y esto también y el Colega pidiendo que lo envolvieran para el viaje.
Antes de seguir camino nos informan que el mejor tiempo para visitar Barcelos es la primera semana de mayo, cuando se celebra la Fiesta de las Cruces y las calles se llenan de flores, luces, banderas y conciertos al aire libre. O la última semana de julio, cuando organizan un festival de folclore, con cantos y bailes populares. Tomamos nota del consejo, y salimos de Barcelos muy contentos, a pesar de ser enero.
Por fin, indicamos al GPS la dirección de Santa María de Galegos, de la que en teoría nos separan una decena de kilómetros, y nos ponemos en marcha. Después de muchas vueltas, sin encontrar a nadie a quien preguntar, cuando creemos estar al borde del fin del mundo, al fin damos con la iglesia románica.



Casi en medio de la nada, en una explanada solitaria, separada del campo por un murete, una señal de aparcamiento reservado para el párroco. El poder tiene que ser eso, vivir como un cura y con aparcamiento propio, le digo al Colega, que en ese momento está enfrascado y feliz fotografiando la iglesia, objetivo suyo esta jornada.


Aunque hemos madrugado para llegar a Barcelos se nos ha hecho un poco tarde para comer. Nos acogemos a la hospitalidad de un pequeño restaurante de Galegos -Sonho do Cavado- que está lleno de una clientela local, donde degustamos la rica y contundente gastronomía de la región. Una jornada completa.
Fotos: ©Valvar

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Tarazona

Tarazona es una pequeña ciudad de la provincia de Zaragoza a la que hay que acercarse con el debido respeto, no en vano pasa por haber sido edificada por Túbal-Caín -personaje bíblico de la estirpe de Caín, tenido por iniciador de la metalurgia, en quien se basaría el mito de Vulcano- y reedificada por Hércules. Así reza en su escudo: “Tubalcain me aedificavit, Hércules me reaedificavit”.
Es el hecho que el lugar denominado Turiasu estuvo habitado ya en el siglo II a.C., que los iberos ocuparon el barrio del Cinto y luego se asentaron los romanos, de cuya época han quedado abundantes restos, incluidos varios mosaicos y un busto de Augusto, que aquí permaneció un tiempo para recuperar la salud en los baños de Turiaso, en la creencia de que las aguas del río Queiles tenían efectos curativos. La abundancia de fuentes, precisamente, está en el origen etimológico del topónimo Tarazona, por evolución de Turiasu, Toriaso, Tirassona.
En el siglo VI tenemos a la población con catedral propia convertida en una fortaleza visigoda frente a los vascones. En el 714 es ocupada por los árabes, creciendo considerablemente. La catedral visigoda es convertida en mezquita. Los judíos ocupan la judería vieja. En 1119 es conquistada por Alfonso I el Batallador, pero en la Edad Media es conquistada y reconquistada sucesivamente.
La iglesia de la Magdalena, la más antigua de la ciudad, se convierte en catedral provisional hasta que en el siglo XII se construye la catedral nueva allende el Queiles. Los musulmanes se instalan fuera de la muralla y los judíos extienden el espacio de la judería.
La presencia de las tres culturas hizo de Tarazona un importante enclave de las traducciones del áraba al latín, al nivel de Toledo en la materia. Actualmente, la ciudad es sede de la Casa del Traductor, que impulsa y gestiona las actividades relacionadas con la traducción literaria y todo lo relacionado con ella.
En 1495 los Reyes Católicos convocan Cortes en Tarazona, alojándose en el palacio episcopal. El XVI Tarazona se pone de moda. Florecen los negocios, aumenta la población, se fundan conventos, se cultivan las artes. En 1592 se reúnen Cortes nuevamente. Es un instante histórico porque dos años antes Antonio Pérez, que había sido secretario del rey, fue acusado de traición y apresado. Consiguió fugarse, acogiéndose a la proyección del Justicia de Aragón. Felipe II firmó el fin de los Fueros de Aragón. Ello supuso el final de la concepción del Justicia como contrapoder al rey y la decapitación unos días después de Juan de Lanuza, último Justicia de Aragón histórico.
La expulsión de los moriscos supone una gran pérdida para la ciudad, vaciándose algunos pueblos de la comarca. En 1707 Felipe V concede a la ciudad privilegios por su fidelidad durante la Guerra de Sucesión, pero la llegada de los borbones empobrece a la población por las contribuciones que exigen. Tras la Guerra de la Independencia Tarazona vive una incipiente industrialización que languidecerá en el siglo siguiente hasta la Primera Guerra mundial, cuando las necesidades bélicas impulsan su industria textil. Durante la Guerra Civil española potenciaría aún más esta industria añadiéndose la producción de fósforos. La crisis de estos sectores y, sobre todo, la competencia de la cercana Tudela contribuyeron al estancamiento de la ciudad.
El Palacio episcopal volvió a acoger las Cortes de Aragón en 1987, celebración que tuvo un gran valor simbólico pues en aquella sesión se eligió como Justicia de Aragón a Emilio Gastón, cuyo juramento se produjo en la misma sala que contenía los restos de Juan de Lanuza.

Nosotros llegamos a Tarazona en la Semana Santa de 2015. La ciudad se distingue en la distancia por sus torres, sus murallas, su aire mudéjar y su aspecto de castillo roquero. Una vez dentro comprobamos que las cuestas se suavizan, invitando al paseo por un entramado urbano que combina calles amplias y abiertas con callejuelas, arcos y recovecos, con el rumor del río Queiles, que atraviesa la localidad domesticado por canalización.

El perfil urbano turiasonense está presidido por la mole catedralicia, un conjunto gótico levantado entre los siglos XIII y XI con aportaciones mudéjares y barrocas. Sobre el monumento se han realizado obras de restauración y limpieza en los últimos años que le han dejado reluciente.








La catedral es el principal de los monumentos religiosos pero no su primer atractivo. Nos encaminamos por la calle Visconti hacia la Plaza de España, donde, sobre la muralla, se levanta el Ayuntamiento, una construcción monumental del siglo XVI, proyectada como lonja y granero. En su fachada hay una profusión de escudos, la figura alegórica de Hércules y un friso que representa el desfile triunfal de Carlos V en su coronación en Bolonia.




Frente a la fachada municipal, un monumento esquemático recuerda al Cipotegato, una figura festera, cuyo traje arlequinado evoca a los antiguos bufones, que es el encargado de abrir las fiestas patronales de San Atilano, el 27 de agosto. A mediodía de ese día, el Cipotegato sale del Ayuntamiento para seguir un itinerario secreto huyendo de la lluvia de tomates que le arrojan los vecinos.


Desde la plaza nos internamos en la judería como si avanzáramos por un túnel en el tiempo y el espacio. Las casas colgantes de Tarazona se asoman al barrio judío. Son edificaciones construidas en vertical para aprovechar el escaso espacio disponible, que recuerdan a otras juderías, como los guetos de Venecia o de Praga. También, como hemos visto en Israel pero en sentido contrario, allí ahora el gueto es palestino. No podemos evitar un escalofrío cuando descubrimos en una de las paredes de la judería una pequeña pintada que reclama: Free Palestine (Palestina libre).




Siguiendo por las Rúas de Judería o por las de Bécquer Alta o Baja, lllegamos a la iglesia de Santa María Magdalena, una construcción tardo-románica de tres ábsides del siglo XII, muy cerca del Palacio Episcopal. Su torre de estilo románico-mudéjar, es el punto más elevado de Tarazona.

El lugar es un excelente mirador de la ciudad y de la comarca que se extiende en derredor. Justo ahí abajo se encuentra la Plaza de toros vieja, construida entre los años 1790 a 1792 por iniciativa privada, que sirvió de coso hasta 1870. El perímetro de esta plaza octogonal está formado por 32 viviendas, que siguen ocupadas. Tarazona es la cuna del actor Paco Martínez Soria, que da nombre a una de sus calles céntricas y al Festival de Cine de Comedia de Tarazona y Moncayo, que se celebra cada mes de agosto.


Sin saberlo, resulta que hemos llegado a la ciudad en uno de esos días de gran festejo local, que coincide con las fechas en las que la mitad de la población nacional sale de su casa camino a cualquier parte. En el pecado llevamos la penitencia pues, llegada la hora de comer, nos vemos obligados a ver cómo desfilan ante nuestros ojos unas apetitosas viandas sin encontrar acomodo en ninguno de sus restaurantes, todos llenos. Así que en busca de condumio abandonamos Tarazona, ciudad antigua y moderna, cristiana, mora y judía.
Fotos: ©Valvar

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Oporto (II)

La Ribeira de Oporto es un barrio antiguo y colorista dedicado hoy al turismo y cuajado de restaurantes para todos los gustos. Con una advertencia a tener en cuenta: los menús lusos son un punto excesivos, puedes probar a compartir, pedir medias raciones o tapas.
Después de una buena comida, nada mejor que un paseo por la ribera hasta el puente Luis I, uno de los que comunican ambas orillas del río Duero. Este puente vino a sustituir al primitivo, el Pênsil, del que quedan dos obeliscos junto a la estructura del nuevo. Enfrente de este punto se abre una escalera que termina en la explanada de la catedral; cerca está también el acceso al funicular que va reptando por la montaña hasta las inmediaciones de Batalha. Quien lo diseñó sabía bien lo que son escaleras.



El puente Luis I es el más fotografiado de los seis que comunican las dos orillas del Duero a su paso por Oporto. Fue proyectado por el ingeniero Teófilo Seyrig, que ya había proyectado el de María Pía, aguas arriba, construido por la empresa de Eiffel, el de la famosa torre parisina. El de Luis I tiene dos tableros o niveles, el superior está reservado al tráfico de la línea amarilla del metro y el inferior al tráfico rodado. Ambos tienen aceras peatonales.

Utilizamos el tablero inferior para cruzar a la orilla sur del río que, en puridad, es un municipio distinto a Oporto: el de Vila Nova de Gaia, donde están las bodegas que elaboran el oro líquido de la zona, el famoso vino de Oporto. Las bodegas pueden ser visitadas y, algunas ofrecen además actividades culturales complementarias. Otra sugerencia es la de sentarse en cualquiera de las muchas tabernas que orlan la ribera y saborear un oporto en cualquiera de sus variedades mientras contempla el perfil urbano de la ciudad. Nosotros elegimos la Taberninha do Manel y salimos muy contentos.

Deseando surcar las aguas del río Duero, hicimos un mini crucero desde el puente Luis I hasta las inmediaciones de la desembocadura, lo que nos permitió contemplar sus puentes, desde el de Freixo, el más oriental, con una longitud de tres kilómetros y una anchura de 150 metros, hasta el de Arrábida, el más moderno y occidental de los existentes. Se construyó en 1963 y entonces era el de mayor arco de hormigón del mundo. Tiene 615 metros de largo y 27 de ancho.




La travesía se hace en embarcaciones de recreo y en viejas barcazas rabelas dedicadas hasta los años 60 al transporte de toneles de vino desde Gaia al valle del Duero, algunas de las cuales se hallan atracadas en las orillas para deleite de fotógrafos y de simples mirones.


En los cuatro días que permanecimos en esta ocasión nos acercamos varias veces a la Foz del Duero, con el recuerdo aún vivo del espectáculo invernal que nos había ofrecido el Atlántico, que por aquí se manifiesta sin contemplaciones. Nada que ver con la imagen que nos ofrece en esta ocasión: el Duero se abandona en brazos de la mar océana que lo recibe amigablemente. En lo que llaman la Foz, la Villa Vieja de Oporto, se ha levantado en los últimos años una nueva población que coexiste con las viejas piedras del Fuerte de San Juan, los antiguos edificios de vacaciones y enormes paseos con frondosa vegetación, que en verano están muy frecuentados. Bordean la ribera un sinfín de establecimientos en los que tomarse un respiro o un refresco.



Desde allí contemplamos la caída del sol tras el horizonte, en uno de esos ocasos maravillosos que el astro rey reparte a discreción, mientras dábamos cuenta de una pequeña cosecha del mar. Coincidimos en que no podíamos pedir más y nos dimos por compensados de la visita invernal.



Entre el centro histórico y la Foz Oporto ha trazado una ciudad moderna con largas avenidas como la de Boavista. Dos edificios simbolizan este ensanche de la ciudad: el Museo de Arte Moderno de la Fundación Serralves, diseñado por Álvaro Siza, interesante por su contenido y por su continente y rodeado de un amplio y muy hermoso parque; y la Casa de la Música, construida con ocasión de la capitalidad europea de 2001, según un proyecto del arquitecto holandés Rem Koolhaas. El metro nos deja casi en la puerta. Ambas merecen una visita sosegada.


Frente a la Casa de la Música, en el parque de Alburquerque, se levanta una columna de 45 metros coronada por un león vencedor del águila, en cuya base se perpetúan en piedra escenas de la Guerra Peninsular. El monumento evoca la victoria de las tropas anglo lusas frente al ejército francés de Napoleón.




Muchos son lugares interesantes que ofrece Oporto, cada visitante encontrará sus itinerarios personales, que son los que hacen cada viaje único e intransferible. No obstante, nos permitimos sugerir un paseo nocturno entre una y otra orilla del Duero sobre el tablero superior del puente Luis I, itinerario vigilado por personal de Prosegur, sea por razones de protección personal o para evitar tentaciones desesperadas. La imagen de Oporto reflejado en las aguas del río es un regalo para el ánimo.





Cerca de la plaza de Batalha, frente al acceso al funicular, se levanta un pequeño oratorio: la Capilla de los Alfalates (sastres). Suele permanecer cerrado pero, en nuestro deambular por la ciudad, encontramos la puerta abierta y nos colamos. Siguiendo su costumbre, el Colega pegó la hebra con la persona que atendía el oratorio y así supimos que la capilla original se levantaba frente a la catedral pero en 1935 fue demolida para abrir la actual explanada de la seo y reedificada en su emplazamiento actual –al otro lado de la calle de Saraiva de Carvalho-. Preside el retablo manierista una imagen de la Virgen y a un costado, una urna de cristal guardaba la talla en madera de una mano. Curiosos como somos, preguntamos a quién correspondía la talla y la misma persona nos explicó que, cuando el traslado, descubrieron que la imagen había perdido una mano y el restaurador talló una nueva procurando que la incorporación no desentonara del conjunto. Tiempo después, apareció la extremidad perdida y, por tratarse de la original, la conservaron porque nunca se sabe qué puede deparar el futuro. De donde nos hemos encontrado con una Virgen de tres manos, lo que no está mal teniendo en cuenta que es patrona de los sastres, concluyó con humor.




Antes de abandonar Oporto, de donde tan buenos recuerdos nos llevábamo, nos regalamos un paseo en el tranvía que cada media hora salía frente a la Capilla de los Sastres, llegaba hasta la Torre de los Clérigos y volvía al punto de partida. Lo conduce una mujer que hace gala de una santa paciencia cuando a mitad de trayecto encuentra la vía ocupada por un coche de gama alta. La conductora para el tranvía sin que ninguno de los ocupantes haga comentario alguno, ni bueno ni malo. Transcurren los minutos hasta que hace sonar la campana; de un comercio próximo sale una pareja de edad media sin ninguna prisa, se mete en el coche y con toda parsimonia lo aparcan en la acera de enfrente. En el tranvía, ni una mala palabra. El Colega, que es quien conduce, se admiró muy mucho de la serenidad lusa.


De vuelta de nuestro paseo en tranvía, nos despedimos de la ciudad en el Café Java, junto al Teatro Nacional de San Joâo, en la misma plaza de Batalha. El Java cumplía en 2014 un siglo de existencia y, aunque no tiene la fama del Majestic ni su elegancia, en la primera mitad del siglo pasado fue sede de tertulias literarias y políticas y, en su decadencia, conservaba un aire de cafetín culto. Anoté en mi haber que allí fue donde degusté la famosa francesinha. Quien la probó sabe que eso no es algo baladí.

Fotos: ©Valvar

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Oporto (I)

Oporto es una ciudad que mejora con el tiempo, lo hemos comprobado en las varias visitas que hemos hecho. Pasamos allí el primer 1 de enero de jubilados, con la mala suerte de que coincidimos con un temporal que nos proporcionó preciosas imágenes pero nos pasó por agua. Volvimos en julio de 2014 para resarcirnos, porque le tenemos ley al Duero y queríamos despedir al río en el punto donde se funde con el mar.







Oporto es la segunda ciudad más populosa del país, tras Lisboa. El núcleo urbano tiene unos 250.000 habitantes, que rondan lo dos millones si se tiene en cuenta el área metropolitana. A pesar de la muy amplia red viaria de acceso y de circunvalación nos costó una hora entrar a la ciudad y algo más salir, después de los cuatro días de nuestra estancia. Una vez dentro, para moverse por el centro histórico lo mejor es aparcar el coche en lugar seguro y utilizar cualquiera de los transportes públicos que la ciudad ofrece: metro, autobús, tranvía, funicular o barca.


Algo imprescindible para recorrer Oporto es un calzado cómodo porque su trazado urbano es una continua cuesta y el suelo, como el de Roma, un duro empedrado que destroza los músculos mejor entrenados. Tampoco estará de más alguna prenda ligera de abrigo, mejor si es impermeable, porque la humedad refresca al llegar la noche y, con frecuencia, esa humedad se transforma en lluvia. En honor a la verdad, en nuestra última estancia no cayó una gota –quizá para compensar el diluvio invernal- y sólo una noche necesitamos la rebequita.
Oporto es el nombre castellanizado de Porto, la primera ciudad industrial lusa, esa que, al decir popular, trabaja mientras Lisboa se divierte, Coímbra estudia y Braga, reza. Su carácter comercial hunde las raíces en el tiempo y en la leyenda. Refiere ésta que Cale fue uno de los argonautas griegos que fundó aquí un enclave comercial. La historia constata que los griegos conocían un asentamiento de nombre Cale ubicado en la orilla izquierda del Duero, cerca de su desembocadura. Los romanos fundaron un nuevo puerto en lugar más propicio. Este Portus Cale (puerto de Cale) derivaría en Portucale y acabaría dando nombre al país. Invadida por los musulmanes, fue reconquistada y repoblada por el Reino de León. Alfonso VI, concedió el condado Portulacense, que se extendía del Miño al Duero y tenía en Oporto su capital, a su hija Teresa, casada con Enrique de Borgoña. El hijo de ambos, Alfonso Henríquez, sería en 1143 el primer rey independiente de Portugal.
Aquí casó Juan I de Portugal en 1387 con la nieta del rey Enrique III de Inglatera, Felipa de Lancaster, matrimonio que se plasmó en el Tratado de Windsor, la alianza en vigor más antigua entre ambos países, modelo de intercambio comercial –vino portuense por paños ingleses- que se estudia en las facultades de Economía. De este matrimonio nacería en 1394 Enrique el Navegante. La gesta de los descubrimientos enriqueció a Portugal y la convirtió en centro europeo del comercio marítimo, convirtiendo a Oporto en cabeza de su industria naval.
Oporto se opuso a la unión de Portugal y España en el periodo de 60 años que ambos países fueron uno solo. Así, en 1580 se puso de parte del Prior de Crato contra Felipe II y en 1640 apoyó la revuelta de Lisboa, que zanjó la unión peninsular. El XVIII fue el siglo de oro portuense, la mayoría de sus edificios neoclásicos y barrocos datan de esa época, la de mayor esplendor industrial y comercial, vinculado a su famoso vino.
Tiene la ciudad una acreditada fama liberal y progresista y tradición de lucha por los derechos civiles en el siglo XIX. En 1820, aquí surgió un levantamiento militar que acabó con la monarquía absoluta y dio paso a una constitución liberal. El rey Pedro IV de Portugal y I de Brasil se apoyó en la ciudad en su lucha contra los absolutistas. En 1919, durante el breve intento de independencia de Lisboa protagonizado por Paiva Couceiros, se convirtió en capital provisional del Norte de Portugal. En 2001 fue, junto a Rotterdam, Ciudad Europea de la Cultura.
Por primera vez no nos alojamos en hotel sino en un apartamento de la rua Porta del Sol, una callecita estrecha cerca del puente Luis I y cerca también de la catedral y de la estación de Sao Bento; es decir, en el corazón del Oporto que más nos interesaba, el que va de la Ribera a Bolhao.
El centro histórico de Oporto fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1996, lo que nos lleva a empezar por ahí nuestro recorrido. La catedral se alza en un risco sobre el Duero, con aspecto de torre defensiva. Es el edificio religioso más importante de una ciudad que, sin ser Braga, está bien dotada de iglesias. Comenzó su construcción en el siglo XII y ha sido transformada a lo largo de los tiempos. La estructura y la portada son románicas, el claustro –cuyas paredes están decoradas con azulejos azules- y la capilla de San Juan, góticos y la mayor parte de la seo, barroca. Es monumento nacional.



La portada se abre a una amplia explanada en cuyo centro hay un humilladero barroco. A un costado de la plaza se levanta el palacio episcopal, una mole en el perfil urbano portuense. Desde la baranda de la plazuela se contemplan bellas panorámicas de la ciudad. De ahí parte una escalera que acaba en la Ribeira pero nosotros veníamos muy castigados por las escaleras de Braga y optamos por pasear en la dirección contraria, hacia la estación de Sao Bento. Antes, pasamos por la Oficina de Turismo, bien pertrechada de información en el idioma que se demande.



La estación de ferrocarril es un edificio imponente aunque su auténtica riqueza está en su decoración interior: Veinte mil azulejos decorados por el pintor Jorge Colaço, la historia de Portugal explicada en la típica azulejería portuguesa.. Un primor.




En el lugar se aprecia el latir de la vida local: el tráfago de la estación se disuelve en las distintas vías que hacia abajo conducen a Ribeira, de frente hacia la Baixa y a la derecha llevan a la Plaza de Batalha y la zona comercial. Cualquier opción es buena pero antes de alejarse conviene echar un vistazo a la iglesia de los Congregados y su hermosa fachada de azulejos. Cerca de aquí, en dirección a Batalha, nos topamos con otra fachada igual de espectacular: la de la iglesia de San Ildefonso.


A un costado de esta iglesia se abre la famosa calle de Santa Catarina, la calle comercial por excelencia. Por si hubiera duda al respecto, ahí está la omnipresente Zara para demostrarlo. Nos deleitamos con las primorosas tiendas tradicionales, que han acertado a conservar su aire entre modernista y decadente, y buscamos refugio en el famoso Majestic.


Este café ante el que se fotografían por miles los turistas –e incluso los viajeros como nosotros- es una institución en Oporto. Inaugurado en 1921, fue centro de reuniones y eje de la vida cultural y política de la ciudad. Su decoración interior y sus lámparas art nouveau lucen todo su esplendor después de la restauración acometida en 1994, tras unos años de decadencia. Resulta placentero tomar un capuchino o un té en este lugar donde, pese al trasiego turístico, parece haberse detenido el tiempo un siglo atrás.


La calle Santa Catarina es peatonal, lo que anima al paseo que nos conduce a la capilla de las Ánimas, con sus paredes azulejadas. Las iglesias de Oporto están muy frecuentadas, la mayoría merecen una visita. En la del Carmo nos encontramos una viejita vendiendo estampas que debe de tener una historia.



Torciendo a la izquierda se llega al mercado de Bolhao, el viejo mercado central de Oporto. Fue construido entre los años 1914 y 1917 y estaba reclamando una restauración pero se mantenía totalmente activo, con puestos de verdura, fruta, pescado, flores y quincalla variada, frecuentados por los portuenses. El entorno del mercado está plagado de restaurantes y de comercios tradicionales. Yo caí gozosamente en la tentación de entrar en A perola de Bolhao, establecimiento que en 2017 cumplió un siglo, y salí de allí cargada con legumbres, dulces, quesos y bacalao como para dar de comer a una familia numerosa. Tras el mostrador, tres personas se afanaron en responder a mis preguntas y en darme consejos culinarios. De buena gana me hubiera quedado el resto de la mañana, aunque sólo fuera a pegar la hebra.




Muy cerca de aquí se encuentra la Avenida de los Aliados, donde a finales del siglo XIX y comienzos del XX los portuenses dejaron plasmada su idea de apogeo económico. Preside el bulevar un edificio señorial, que es el ayuntamiento de la ciudad. La avenida desemboca en la Plaza de la Libertad, presidida por una estatua ecuestre del rey Pedro IV, aquél que fue emperador de Brasil.


En esta plaza nace la calle de los Clérigos, coronada después de la enésima cuesta por la iglesia del mismo nombre y su famosa Torre, de 75 metros de altura. Una escalera de 240 peldaños conduce a la balconada que culmina la torre si se desea contemplar la ciudad desde las alturas. Nosotros medimos nuestras fuerzas y llegamos a dos conclusiones: que nos habían gustado las vistas de los tejados desde la plaza de la catedral y que habíamos tenido dosis suficientes de escalinatas con las de Braga.

En cambio, aprovechando una de las escasas planicies que ofrece la ciudad, nos acercamos a la iglesia del Carmen y paseamos por sus jardincillos antes de acercarnos al edificio de fachada neogótica ocupado por la Librería Lello, inaugurada en 1906 y considerada una de las tres librerías más bellas del mundo. Intentamos llegar pronto pero parece que no lo suficiente. Cientos de turistas nos habían tomado la delantera y pugnaban por hacerse un hueco en el –relativamente- pequeño establecimiento. Cuando conseguimos entrar resultaba complicado acercarse a sus bien pobladas estanterías y ni pensar en buscar un libro. Acceder a su famosa escalera circular, que ocupa el centro del local, requiere de una estrategia cuasi militar. Para evitar o al menos controlar las aglomeraciones la librería optó por imponer una tasa de entrada, parte de cuya importe se descuenta en la compra de libros.

Un grupo de orientales hace cola en la caja para abonar los souvenirs que repartirán entre sus amistades, presumo. Busco al Colega para bromear sobre estos hábitos de turista cuando le descubro presto a pagar varios imanes con motivos literarios, así que me guardo las ironías. La Librería Lello era famosa antes de que J.K.Rowling se pusiera a escribir pero el hecho que de que la escritora residiera un tiempo en Oporto y que su descripción de la biblioteca del colegio de Harry Potter remita a la librería portuense ha hecho subir los enteros del establecimiento hasta el punto de convertirla en un fenómeno de masas. Un letrero advierte que está prohibido hacer fotos, desoigo la prohibición y me gano una bronca que acepto buenamente.
A este paso, voy a terminar como el Tenorio: Yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí, y en todas partes dejé memoria bronca de mí…, comento con el Colega pero él, como hace en estos trances, finge no conocerme, y me encuentro hablando sola en la puerta de la famosa librería, sin que nadie preste atención a mi soliloquio.
Desde aquí hasta el barrio de Ribeira es todo cuesta abajo así que optamos por ir paseando sin mayor dificultad. De este modo descubrimos el encanto de la calle de las Flores, con sus casonas antiguas. Por la Rua de Ferreira Borges llegamos a la Bolsa, edificio de corte neoclásico de finales del siglo XIX. Se levantó sobre las ruinas del convento de San Francisco y actualmente es sede de la Asociación de Comerciantes de Oporto pero puede visitarse. Vale la pena.

Tras la Bolsa se encuentra la iglesia de San Francisco, de origen románico pero con factura gótica y ornamentación barroca. Es famosa su escultura policromada que representa el Árbol de Jessé, considerada una de las mejores del mundo en su género. En el interior de la iglesia hay una profusión de tallas doradas. Cuentan que en su decoración se emplearon más de 300 kilos de polvo de oro. Era tal su ostentación que durante un tiempo el templo estuvo cerrado al culto por no poder resistir la comparación con la pobreza reinante en derredor suyo.
Con el espíritu ligero nos encaminamos hacia Ribeira, en busca del restaurante donde comimos el primer día de 2014 y del que guardábamos buen recuerdo: El Postigo de Carvao , en la Rua de la Fonte Taurina, a la orilla del Duero. El almuerzo nos confirmó en el reconocimiento. Baste decir que nos sirvieron una “tapa” de tripas –callos con alubias blancas- que bien hubiera bastado para comer una persona.


Las tripas es uno de los platos típicos hasta el punto de que tripeiros es el otro gentilicio –después de portuenses- con el que son conocidos los naturales de Oporto. Deben tal apelativo a su generosidad durante la preparación de la conquista de Ceuta en 1415, cuando los vecinos entregaron a los expedicionarios cuanta carne había en la ciudad, reservándose para ellos únicamente las tripas o callos, que elaborarían “a la portuense”. Además de las tripas, el bacalao a la Gomez de Sá y la francesinha son las culinarias de Oporto. Sobra decir que un viajero que se precie no puede abandonar la ciudad sin haberlas probado.
Fotos: ©Valvar

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Jaén

Jaén es una ciudad con muchos encantos aunque menos conocida y visitada, que sus vecinas Córdoba y Granada. Nosotros aprovechamos la visita a Úbeda y Baeza para acercarnos a la capital, en cierta medida como un añadido. Craso error. Jaén merece una visita por ella misma.
Nos alojamos en el Parador, que se encuentra en la cima del cerro de Santa Catalina, considerado uno de los diez mejores castillos de Europa en los que alojarse, desde el que se divisan los montes de Sierra Morena y Sierra Mágina, y que se alza junto al castillo del mismo nombre.
Así que empezamos la visita por la fortaleza. En verdad, son tres los castillos que se levantan sobre el cerro de Santa Catalina aunque nuestros ojos sólo sean capaces de identificar las ruinas consolidadas de la gran alcazaba que otrora fue. Ruinas muy modernas y sofisticadas como tendremos ocasión de comprobar.

El alcázar viejo se construyó en la época califal sobre la cresta del cerro y aunque en su interior se levantaran algunas viviendas y aljibe, tuvo un uso militar. Fue conquistado por Fernando III en 1246 pero se mantuvo en uso, incluso después de que los cristianos construyeran en la parte oriental el alcázar nuevo. Ambos castillos mantuvieron alcaide propio, el viejo designado por el concejo y el nuevo, por el rey. Las tropas de Napoleón lo utilizaron como baluarte y acabaron con el alcázar viejo y lo poco que quedó desapareció en 1965 para dar paso al actual Parador y su ampliación en 1972. Siglo y medio después, en 1970, el general Charles de Gaulle se alojó en el Parador interesando en documentarse sobre la guerra de la Independencia.

Del viejo alcázar se salvó la puerta principal por la que se accede al castillo y dos torreones que la flanquean. El alcázar viejo y el nuevo se unieron mediante una gran Torre del Homenaje. El nuevo castillo fue remodelado en los siglos XIV, XVI y XIX y restaurado en su configuración actual en el XX. Hasta el siglo XVIII, permaneció como fortaleza, con guarnición militar y alcaide propio.

El tercero de los castillos, conocido como abrehuí, se levantó como prolongación del alcázar viejo, para proteger mejor la vertiente occidental, a cuyo efecto se construyó un muro con cinco torreones. En realidad era un anexo del primer alcázar, con alcaide común. De él permanecen el muro norte y los cinco pequeños bastiones.
Este cerro de Santa Catalina, al que llegamos por una carretera en buen estado tiene una altura de 820 metros. Incluso si no existiera el castillo, el lugar merecería una visita para contemplar las estribaciones de la Sierra de Jabalcuz, por el sur, y la planicie de Jaén allá abajo, con su forma de lagarto y su catedral, como joya primorosa.




El dragón o lagarto de la Magdalena es el símbolo de Jaén. Hay quien dice que corresponde al trazado urbano de la ciudad y hay quien lo vincula a leyendas que hablan de dragones que mueren víctimas del ingenio de un pastor que cebó al bicho con pólvora o con fuego hasta acabar con la fiera. Así revientes como el lagarto de Jaén, dice una maldición antigua. Reventar como el lagarto de la Magdalena es tanto como darse la gran panzada.
Que el cerro de Santa Catalina era un lugar especial lo demuestra que en su subsuelo se han hallado restos correspondientes a la Edad de Bronce y restos ciclópeos de la época ibérica. Se estima que el mismo Aníbal construyó aquí una fortaleza para proteger a la colonia cartaginesa que había fundado en la ciudad, fortaleza que sería reforzada por los romanos tras su conquista.

Lo que tenemos ante nuestros ojos es el resultado del paso de las tropas francesas, que se asentaron aquí durante su permanencia en Jaén y acondicionaron el castillo como cuartel y hospital y volaron todo a su marcha para que no pudiera ser utilizado militarmente. El conjunto fue declarado Monumento Histórico Artístico en 1931 y en 1948 fue adquirido por el Ayuntamiento de Jaén. La tradición local impone que cada 25 de noviembre, festividad de Santa Catalina, los jiennenses suban en romería al lugar a comer sardinas asadas aquí mismo.
Como ya se ha dicho, se accede al castillo por la puerta del alcázar viejo. Hay que advertir que las piedras, como la historia, serán antiguas pero la tecnología es ultra moderna. Así que en cuanto ponemos un pie en el recinto, el soldado que monta guardia a la izquierda nos saluda a voz en cuello y nos ubica en punto y hora dónde nos hallamos. El soldado es de escayola, pero ese es un dato irrelevante para lo que encontraremos en nuestra visita.
El castillo es, además de una extraordinaria atalaya para contemplar el entorno, una oportunidad para conocer la historia de la ciudad a partir de las vicisitudes vividas en él. En un recorrido muy bien señalizado y explicado, con abundantes carteles y audiovisuales, iremos conociendo cómo era la vida durante la dominación árabe, durante la etapa cristiana o en la ocupación francesa. En la Torre de las Troneras veremos el sistema de letrinas, y en la de la Vela contemplaremos retorcerse a un prisionero de las tropas francesas y escuchar sus lamentos antes de su ejecución. En la Torre de las Damas observaremos los restos arqueológicos recuperados en el recinto.


Siguiendo las indicaciones del itinerario llegamos a la Torre del Homenaje donde hay dispuesta una sala de proyecciones que, en esos momentos, acaba de terminar el pase. Aprovechamos el tiempo de espera hasta el siguiente pase para recorrer los pisos superiores, solos, sin otra compañía que los soldados de atrezzo, por esta vez mudos. Tonteamos un poco en las salas, nos fotografiamos en la mesa, el Colega toma una espada, hacemos, en fin, esas cosas que no deben hacerse. Lo hacemos con cuidado, eso sí. Y nos aprestamos a volver a la planta baja cuando una voz nos paraliza: Sé dónde estáis, dice, tronitonante, el espíritu del castillo. Descendemos compungidos, suponiendo que la tecnología ultramoderna del lugar nos ha delatado y nos vamos a ganar una reprimenda como dos escolares, cuando la voz sigue su relato: Estáis en el castillo de Santa Catalina. Es la proyección, que se ha reiniciado.


Tratamos de controlar la risa floja cuando descubrimos que en una de las columnas hay escondido un dragón o lagarto. A estas alturas ya hemos identificado que se trata de un holograma. Efectivamente, meto la mano -cual Tomás tecnológico- y compruebo que donde veo ese dragón verde sólo hay vacío. Si Aníbal levantara la cabeza…

Terminada la visita del castillo, descendemos del cerro de Santa Catalina y nos encaminamos a recorrer la ciudad, empezando por la catedral.

El primer templo de la diócesis se alzó sobre lo que fue mezquita mayor, que fue consagrada como templo cristiano tras la toma de la ciudad, y dedicada a la Asunción de la Virgen. Así se mantuvo durante un siglo hasta que en 1368 el obispo Nicolás de Biedma derribó la mezquita y puso los cimientos del nuevo edificio gótico, con cinco naves y claustro, un gran templo preparado para recibir a miles de peregrinos. A este prelado se atribuye la llegada a Jaén del lienzo de la Santa Faz, popularmente conocido como la Verónica, que pronto se convirtió en centro de peregrinaje.
Un siglo después, el obispo Luis Osorio derribó esta obra y empezó una nueva fábrica también gótica, otorgando indulgencias y otras gracias a quien aportara su óbolo para sufragar las obras. En 1500 llega a la sede episcopal jiennense Alonso Suárez de la Fuente del Sauce, que realiza importantes reformas en la catedral, aún en estilo gótico.
En 1525 el cimborrio amenazaba ruina, por lo que se pensó en construir un edificio nuevo y más sólido. En ese momento aparece un personaje decisivo: el cardenal Esteban Gabriel Merino, arzobispo de Bari y obispo de Jaén. Este, residente en la curia romana, consigue que el papa Clemente VII conceda nuevas indulgencias a quienes contribuyeran económicamente a la construcción de una nueva catedral. Con los fondos obtenidos, en 1551 se inician las obras con arreglo a los planos del arquitecto Andrés Vandelvira, a quien la provincia de Jaén debe buena parte de su mejor patrimonio arquitectónico.

Monumento a Andrés Vandelvira Las obras se prolongaron durante siglos pero siempre siguiendo el proyecto original de Vandelvira, que es quien ideó lo que acabaría siendo el monumento más importante del Renacimiento andaluz, aunque el barroco se adueñada de la decoración. Tras una parada por falta de recursos al final del reinado de Felipe II, el cardenal Baltasar de Moscoso y Sandoval consiguió autorización para aplicar fondos propios de la iglesia y de este modo concluir las obras.

En 1660 el arquitecto Juan de Aranda Salazar terminó el crucero y la cúpula, pudiendo así consagrarse el templo. En 1668 se concluyó la fachada como un gran retablo, diseñado por Eufrasio López de Rojas, con relieves de Pedro Roldán y balaustrada de Blas Antonio Delgado. El coro es obra del siglo XVIII, aprovechándose la sillería del XVI. La bóveda fue proyectada por el discípulo de Churriguera, José Gallego y Oviedo del Portal. El sagrario es diseño de Ventura Rodríguez. Por fin, en 1801 se dieron por concluidas las obras de la catedral, que había servido de modelo de las catedrales levantadas en Hispanoamérica.







La catedral conserva en su interior preciadas joyas, -incluida la tumba del papa San Pío I en la capilla de San Eufrasio- pero ninguna de tanto valor sentimental como la Verónica o Santa Faz. Este lienzo se considera uno de los pliegues del paño con que la Verónica enjugó la faz de Cristo camino del Calvario. Le leyenda sostiene que lo trajo desde Roma San Eufrasio, uno de los Siete Varones Apostólicos, considerado el primer obispo de Jaén. Desde el siglo XIV existe constancia de su presencia en la seo jienense, que se guardaba en el sagrario y que se mostraba a los fieles desde los balcones de la portada el Viernes Santo y el día de la Asunción, desde donde se bendecían los campos de Jaén.


Para evitar el deterioro que le devoción popular podía ocasionar al lienzo se encargó un relicario al orfebre Francisco José Valderrama, al que se añadió un costoso lazo donado en 1823 por la duquesa de Montemar. Relicario y lazo desaparecieron durante la guerra civil. La Verónica apareció en 1940 en un garaje cerca de París, no así el lazo, que fue sustituido por otro. La Santa Faz, objeto de peregrinación durante siglos, es la imagen icónica de Jaén. Se guarda en la capilla mayor y se expone al público los viernes.

La catedral se abre a la plaza de Santa María, donde también se encuentran el Ayuntamiento y el Obispado. De ella parte la calle Maestra, por la que hay que pasear si quieres palpar el aire de esta ciudad de unos 120.000 habitantes, heredera de las tres culturas que la conformaron: cristiana, judía y musulmana. De la primera, además de la catedral, quedan las iglesias de la Magdalena, San Juan o San Ildefonso; de la segunda, el barrio de la judería; de la tercera, los Baños Árabes, que ocupan los bajos del palacio de Villardompardo.


Como además del espíritu también es conveniente alimentar el cuerpo, en Jaén nos dimos a los andrajos, al ajoatao y a las migas ruleras, rematando con papajotes. Nos llevamos de recuerdo una caja de ochíos y otros dulces de la provincia que encontramos en una panadería.
Fotos: ©Valvar

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Baeza

Baeza comparte con Úbeda la condición de Ciudad Patrimonio de la Humanidad y también una relación similar de vicisitudes históricas. Por aquí han pasado cartagineses, romanos –que le apelaron Vivatia y le dieron categoría de Municipio Flavio-. Al final del imperio romano, convertida en Beatia, es capital de la provincia, con ceca y sede episcopal. Con los visigodos fue sede sufragánea de la Archidiócesis de Toledo. Los musulmanes la llamaron Bayyasa y, como sucediera en Úbeda, aquí prosperaron muladíes (convertidos al islam) y mudéjares (cristianos en territorio musulmán).
Alfonso VII la conquista en 1147, después de que San Isidoro de Sevilla se le apareciera en sueños. En memoria de este triunfo se creó en León la cofradía del Pendón de Baeza. Todavía habría de vivir nuevos rifirrafes y sucesivas disputas hasta que Fernando III la reconquista definitivamente en 1227, la dota del Fuero Conquense, la incorpora al Reino de Castilla y la convierte, primero, en capital del breve Reino de Baeza y en 1246, cuando conquista Jaén, capital del Reino de Jaén. Vivió su momento de esplendor entre los siglos XV y XVI –época a la que corresponden la mayoría de sus edificaciones monumentales, levantadas por su rica nobleza- pero, a partir de ese momento, su estrella fue declinando, con su sistema productivo en manos de grandes latifundistas: la pequeña nobleza y la iglesia. Hasta el terremoto de Lisboa de 1755 se puso en su contra y causó estragos en sus edificios.
Baeza y Úbeda distan apenas ocho kilómetros y, lejos de competir entre sí, da la impresión de que se complementan. Úbeda es la expresión renacentista del poder civil y Baeza sería, a grandes rasgos, la misma expresión pero en la vertiente religiosa pues fue temprana sede episcopal y cuenta con catedral.
Una singularidad diferencia a Baeza: aquí discurrió parte de la actividad académica de uno de los grandes poetas españoles: don Antonio Machado. Esa vinculación, más su condición de vieja sede universitaria –fundada en 1538- tiñe de una pátina académica todo lo baezano.
La primera impresión de ciudad eclesiástica deviene quizá de que el epicentro de la Baeza monumental se ubique en la Plaza de Santa María, flanqueada al norte por el Seminario Conciliar San Felipe Neri y al sur por la catedral. O de que la portada del Palacio de Jabalquinto se enfrente a la románica de la iglesia de Santa Cruz, pero la ciudad está cuajada de palacios y casonas civiles y de lugares plenamente laicos.

La Plaza de Santa María es un plano inclinado que tiene en el centro una fuente historiada del mismo nombre. Se levantó en 1564 para conmemorar la llegada del agua a la ciudad y tiene aspecto de arco triunfal, con los escudos de la ciudad y de la corona.

Este es también un buen punto para observar la monumentalidad del entorno. El antiguo seminario San Felipe Neri data de 1660 al que en 1720 se anexionó el Palacio de Jabalquinto.

La catedral de Baeza se levantó sobre una mezquita árabe. Se cree que fue Alfonso VII quien en 1147 la convirtió al culto cristiano bajo la advocación de San Isidoro. En 1227, cuando Fernando III conquistó definitivamente la ciudad, puso la seo bajo la protección de la Natividad de Nuestra Señora. El edificio es una suma de aportaciones sucesivas. El cuerpo inferior de la torre es del siglo XI, las gárgolas y cornisas, del XIII; arcadas y capillas mudéjares del XIV. En 1529 se inicia la construcción de una catedral gótica que en 1567 se viene abajo. En ese momento, entra en escena Andrés de Vandelvira, a quien ya habíamos encontrado en Úbeda. A él se debe el proyecto de reconstrucción y suya es la grandiosidad de la seo. En la Capilla Dorada, donde confluyen las influencias de Vandelvira y Gil de Siloé, vale la pena una parada sosegada. Recién jubilados que estábamos nos arriesgamos a subir las doscientas escaleras de la torre y disfrutamos del panorama de la ciudad a vista de pájaro.


La Plaza de Santa María comunica con la de Santa Cruz, de la que se encuentra muy próxima. Hay que ir advertidos porque la fachada del Palacio de Jabalquinto es deslumbrante. Lo mandó construir un primo de Fernando el Católico, Alfonso de Benavides, señor de Jabalquinto, que había casado con Beatriz de Valencia, emparentados con el poeta Jorge Manrique, al casar una hija de éste con un vástago de aquéllos. La vinculación de los poetas con Baeza viene de antiguo, a lo que parece.

El palacio fue residencia señorial hasta 1720, cuando se anexionó al Seminario San Felipe Neri para pasar a ser residencia estudiantil, reservando algunas estancias y privilegios para los fundadores. En 1836, el Estado se incautó del inmueble; en 1970 se usó como Colegio Menor y en los noventa se ubicó aquí la Escuela Taller de Rehabilitación del Patrimonio de Baeza. El conjunto es actualmente la sede de la Universidad Internacional de Andalucía, cuya visita es, además de recomendable, gratuita. De su patio renacentista, esbelto y muy bien conservado, nace una escalera barroca con bóveda de media naranja. Pero lo que llama la atención de los visitantes es, sin duda, su monumental fachada, atribuida a Juan Guas, autor, entre otras grandes obras, del Colegio San Gregorio de Valladolid o el Palacio del Infantado de Guadalajara, cabal ejecutor del gótico isabelino.


A ratos, la plaza se puebla de una algarabía en tono mayor debida a los grupos de escolares que hacen la visita a la ciudad monumental. Un guía turístico narra a una cuadrilla de adolescentes el significado de la portada, afirmando con seriedad que las columnas que flanquean la fachada simbolizan los órganos sexuales y remiten a la pareja real de los Reyes Católicos. Los penes de la columna de la derecha se introducen en las vaginas de la de la izquierda, explica… Los adolescentes aguzan la vista y ríen nerviosos. Nosotros, con la adolescencia lejana, volvemos a contemplar la fachada y sólo vemos una maravillosa filigrana.
Así que damos la vuelta y observamos la iglesia de Santa Cruz, un raro ejemplar románico en estos lares. Se construyó en el siglo XIII para conmemorar la conquista de Baeza por Fernando III y desde entonces ha sufrido muchas transformaciones. La portada principal procede de la iglesia de San Juan Bautista. En su interior se conservan unas pinturas al fresco que datan del siglo XVI.

Luego, nos perdemos por las callejuelas que se abren y se cruzan tras la iglesia de Santa Cruz, pensando en que quizá por aquí anduviera don Antonio tratando de olvidar a su amada Leonor. En nuestro deambular llegamos a la Puerta de Úbeda en las murallas. Una placa recuerda que nos hallamos en “Baeza la nombrada, nido real de gavilanes”.

Bajando por la calle Obispo Narváez se llega a la Plaza de España, donde se inicia el Paseo de la Constitución, una larga plaza rodeada de soportales. El lugar acogía el mercado de la ciudad desde el siglo XVI; de aquel uso se conserva en un lateral de la plaza la Alhóndiga -donde se mercadeaban los cereales- edificio de tres alturas con arcos de medio punto y galería de columnas de traza renacentista. En un extremo del paseo se levanta, con su obelisco, la Fuente de la Estrella, construida en recuerdo de la Revolución de 1868. Al final del paseo se encontraba el Café Mercantil, donde el poeta Machado se refugiaba a diario durante su etapa baezana. El café estaba, pero ya cerró.

A cambio, se conservan varios establecimientos donde se pueden probar las famosas tapas o bien comer a la manera convencional. Nosotros probamos aquí la morcilla de caldero y el lomo de orza y no nos arrepentimos. Es más, el Colega encuentra que el lomo es lo más parecido que conoce al que se hace en su pueblo y nos lo llevamos embotado.
Con solo cruzar la calle nos adentramos en la Plaza del Pópulo, otro de los rincones monumentales de Baeza. Una plaza realmente hermosa. En ella se abre la Puerta de Jaén y, justo al lado, el Arco de Villalar, construido para recordar la derrota de los Comuneros en 1521 frente a las tropas del rey Carlos I. El edificio colindante a la puerta fue Audiencia Civil y Escribanías Públicas, conocido también como Casa del Pópulo por la imagen de la Virgen del Pópulo que había en uno de sus balcones; la imagen ya ha desaparecido pero la tradición cuenta que ante ella se postraban los guerreros baezanos en los batallas frente al islam. Para construir este edificio plateresco se rompió la muralla árabe; la licencia como Casa de Audiencia data de 1511. Aquí se encuentra la Oficina de Turismo.



En otro lado de la plaza, perpendicular a la Casa del Pópulo, se alza la Antigua Carnicería, edificio señorial al que muy bien podría aplicarse el calificativo de multiusos pues ha sido secadero de pieles, archivo histórico, sede del Patronato de Juventud y Deportes y, ahora, de los Juzgados de Baeza.

Ocupa el centro de la plaza una fuente, llamada de Los Leones, pues cuatro leones pétreos, además de servir de surtidores, parecen proteger a la estatua que corona el conjunto, que representa a Imilce, princesa ibera y esposa de Aníbal. Estatua y leones, en no muy buen estado, proceden de la ciudad romana de Cástulo. La fuente simboliza para la ciudad su condición de centro nobiliario y eclesiástico.

Baeza es una ciudad no muy grande y el aparcamiento libre no debería ser un problema pero a nuestra llegada, después de dos vueltas infructuosas, optamos por buscar uno de pago en la calle de la Compañía, con salida próxima a la Plaza de Santa Cruz. Así que, sin saberlo, hemos entrado en la ciudad por mi esquina favorita, esto es, la vieja Universidad, en cuyas instalaciones se encuentra el Instituto de Enseñanza Media donde impartió sus clases don Antonio Machado en el periodo comprendido entre 1912 y 1919 .



Conocemos ya el palacio sevillano de Dueñas donde el poeta vino al mundo, los lugares por donde pasó durante sus estancias en Soria y Segovia y el cementerio de Colliure donde reposan sus restos y sentimos una emoción especial al llegar al aula donde el poeta daba clases de lengua francesa, que se conserva como debió de ser en la época: los pupitres, la mesa, los mapas, el paragüero… Un joven va explicando a los grupos de visitantes –jubilados, en su mayoría- las razones de la estancia de Machado en Baeza, tras la muerte de Leonor, su joven esposa, pero los visitantes lo que desean es fotografiarse en estos pupitres. Nosotros también lo hacemos y agradecemos a nuestra suerte el regalo de este instante conmovedor que hace de Baeza un lugar para siempre memorable.

Fotos: ©Valvar

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Úbeda

Jaén no es la provincia más visitada de España a pesar de que encierra tesoros que bien merecen ser mejor conocidos. Nosotros habíamos estado ya en un viaje apresurado del que apenas recordábamos nada, así que en el 2014, recién jubilados, decidimos volver y recorrerla con más tranquilidad.
Empezamos por Úbeda. Nos alojamos en el parador de la ciudad, habilitado en el palacio del Deán Ortega, del siglo XVI, un lugar tranquilo que ofrece desayunos y almuerzos de la tierra y un escenario para ser guardado en el recuerdo, empezando por el patio de columnas al que se ha dotado de un techo transparente.

Úbeda es una ciudad renacentista por sus monumentos, que son muchos y espléndidos, pero es sobre todo una muestra de esplendidez y de preponderancia de la sociedad civil y de utilización racional de su patrimonio.
La ciudad se asienta en el valle que forma el Guadalquivir, bajo los picos de Sierra Mágina, y es la capital de la comarca de La Loma, pues lomas son los montes que la protegen y que han dado lugar al dicho de irse por los cerros de Úbeda, el cual se sustenta en su realidad geográfica y en la leyenda.

Se cuenta que en una de las frecuentas contiendas que sostuvieron árabes y cristianos –unos lo sitúan en tiempos de Alfonso VI y otros de Fernando III- uno de los capitanes desapareció justo antes de entrar en batalla y no apareció hasta haber sido conquistada la plaza. Cuando el rey le pidió explicaciones por su ausencia, el capitán respondió con la pobre excusa de que se había perdido “por los cerros de Úbeda”. Perderse por los cerros de Úbeda quedó como sinónimo de cobardía en el campo de batalla y de andarse en divagaciones en el campo dialéctico.
Úbeda ostenta el muy disputado título de la más antigua del mundo occidental y sea o no la más antigua, por aquí han pasado oretanos, visigodos, naturalmente los romanos, que la llamaron La Betula, godos y los vándalos, que haciendo honor a su fama y destruyeron el poblado. Hasta que llegan los árabes y refundan una ciudad a la que llaman Ubbada.
En el siglo XI se la disputaron los reinos de Almería, Granada, Sevilla y Toledo y acabó siendo conquistada por los almorávides. Esta ciudad musulmana refuerza su amurallamiento y se convierte en un núcleo pujante por su artesanía y su comercio. Los siglos XI y XII vivirá en una sucesión ininterrumpida de conquistas y reconquistas, ora musulmana, ora cristiana. Los Alfonsos VI y VII la rindieron y el VIII la asoló en 1212, tras la batalla de las Navas de Tolosa, hasta que en 1233, tras largo asedio, Úbeda capituló ante Fernando III quien la hizo ciudad realenga con arciprestazgo, que era el no va más en materia de dignidades del momento. Con la capitulación evitó ser arrasada de nuevo y permitió la coexistencia de las tres culturas radicadas en la ciudad: árabes, judíos y cristianos.
Finalizada la reconquista, se abrió para Úbeda una época de pujanza económica, social y cultural que culmina en el siglo XVI, su edad de oro. Los cachorros de los linajes locales alcanzan puestos principales en la corte; también el clero y las órdenes militares mejoran sus privilegios. Simultáneamente, vecinos, la mayoría judíos o muladíes, que prosperan en sus profesiones, como boticarios, escribanos, médicos o mercaderes, conforman una incipiente burguesía. Ganaderos, labradores, pastores y militares completaban el espectro social de una ciudad que acogía a más de 18.000 habitantes.
En este caldo de cultivo coinciden en el tiempo y el espacio Francisco de los Cobos, secretario de Carlos V y hombre de gran influencia en la corte imperial, y Pedro de Vandelvira. De los Cobos acumuló a lo largo de su vida cargos y prebendas en grado superlativo, que le hicieron inmensamente rico. Una parte de esta fortuna la empleó en acumular obras de arte.
Como secretario real, había tenido que acompañar a Carlos I en sus viajes a Italia, lo que resultó providencial para Úbeda. Allí descubriría el movimiento renacentista y encontraría a Vandelvira, un cantero que estaba estudiando la obra de Miguel Ángel, convenciéndole de volver a España. Francisco de los Cobos sembró el gusto por el arte entre sus pares ubetenses y a Pedro de Vandelvira le sucederá su hijo Andrés, hombre de gran cultura y preparación técnica. Unos y otros se dedican a sembrar las corrientes humanísticas del Renacimiento y a levantar palacios a cuál más espléndido hasta hacer de Úbeda la ciudad –Patrimonio de la Humanidad- que podemos admirar. En 1526 Carlos V juró aquí mismo guardar los privilegios, fueros y donaciones que le habían sido concedidas a la ciudad.



A la colaboración de Pedro de Vandelvira con De los Cobos debe Úbeda una perla arquitectónica que es la capilla del Salvador, proyectada como panteón de la familia del secretario real, que habría de acabar su viuda, María de Mendoza y Sarmiento. No sólo los Vandelvira padre e hijo trabajaron en el Salvador, también Gil de Siloé, Alonso de Berruguete, Esteban Jamete y Francisco de Villalpando dejaron aquí su huella.


La capilla del Salvador preside la Plaza Vázquez de Molina, el epicentro monumental de la ciudad. Situarse en cualquier punto de este lugar es sentir el vértigo de la belleza absoluta, el equilibrio del Renacimiento, la armonía del horizonte, con la Sierra Mágina y los olivares infinitos como telón de fondo.


A Úbeda hay que llegar sin prisa, pasear despacio y pararse a mirar mucho. Nosotros empezamos por esta Plaza de Vázquez de Molina que es donde se levanta el Palacio del Deán Ortega. Hay que llegar avisados porque la zona es peatonal y aquí no caben despistes pues enfrente del Parador se levanta el Antiguo Pósito, donde tiene su sede la Policía. A pocos metros del hotel –en la Redonda de Miradores- hay un aparcamiento que además de ser gratuito ofrece unas magníficas vistas del valle, de los olivares y de los cerros.

Situados, pues, en la Plaza Vázquez de Molina, enfrente está la Capilla del Salvador; a la derecha, primero el Antiguo Pósito, luego el Palacio del Marqués de Mancera, la Cárcel del Obispo, sede de los Juzgados, y, finalmente, la iglesia de Santa María de los Reales Alcázares. Por la izquierda, además del Palacio del Deán Ortega, el Palacio de las Cadenas, hoy sede municipal. Obsérvese que, salvo la de Santa María, todos los edificios son civiles y, aunque goza Úbeda de otros templos, sus señas de identidad son aquéllos.


Sólo por contemplar las edificaciones de esta gran plaza, que es una lección viva del renacimiento hispano, valdría el esfuerzo de llegar a Úbeda. Sentados en ella admiramos el juego de volúmenes, la ornamentación de los palacios… y el sentido práctico de los ubetenses que han protegido su patrimonio monumental dándole una utilidad práctica a cada edificio. Me pregunto si las leyendas de emparedamientos que envuelven a la Cárcel del Obispo tendrán alguna influencia en las decisiones judiciales.
La judería ocupó el espacio entre la iglesia de los Reales Alcázares y la muralla. De la importancia e influencia que hubo de tener la población judía habla la Sinagoga del Agua, situada cerca de la iglesia de San Pablo.


La iglesia de San Pablo, que se levanta en la Plaza del 1º de Mayo, es una mezcla de estilos –románico, gótico y renacentista-. De la esquina sur de la misma plaza surgen los ecos de distintos instrumentos musicales. Es el Ayuntamiento viejo, convertido hoy en Conservatorio.

En el centro de la plaza se ha erigido un monumento en memoria de San Juan de la Cruz, que aquí vino a morir en 1591 y al que la ciudad le ha dedicado un museo, cerca de esta misma plaza.

Estamos en el cogollo de la ciudad amurallada, un cinturón de piedra en el que se abren varias puertas, todas con su pequeña historia. La más conocida es la puerta de Granada, por la que dicen salió Isabel la Católica camino de Baza, donde dijo aquello de que no habría de cambiarse de camisa hasta no conquistar Granada. Con lo aseada que ella era.

No lejos de esta puerta los viajeros, otro edificio singular: la Casa de las Torres o Palacio de Dávila, hoy Escuela de Arte, mandado construir en el siglo XVI por el alcalde y comendador Andrés de Dávalos de la Cueva. La profusión de conchas que adornan la fachada remite a la condición de caballero de Santiago del regidor. Sospecho que estudiar en un lugar como éste, hacer el recreo en su esbelto patio interior ha de ser un plus añadido a los planes docentes.



En la calle Real visitamos varias tiendas donde se venden productos tradicionales, incluido aceite kosher, lo que indica la querencia judía por Úbeda. Kosher o no, llevarse aceite no es mala idea pues ésta es la comarca aceitunera por excelencia.

La calle Real conduce a la Plaza de Andalucía. En sus inmediaciones se encuentran la Torre del Reloj y las iglesias de la Trinidad y de San Isidoro. En ese punto estábamos, con el plano de la ciudad en las manos, intentando orientarnos hacia el Hospital de Santiago cuando un hombre nos saludó confianzudamente. ¿Qué, ya sabemos dónde ir? Buceo en mi disco duro tratando de identificar al interlocutor, pues no es la primera vez que nos encontramos con un conocido en los puntos menos pensados. Pero no, no es un conocido, es un ubetense de adopción que se presta a ayudar. Nos indica el camino, nos cuenta su nostalgia madrileña y detalles de su familia y se despide amigablemente. Gracias por venir a conocer la ciudad, nos dice.

El Hospital de Santiago se encuentra algo alejado del centro histórico pero no desmerece la tradición. Situado al final de la calle Obispo Cobos, también conocida como la de las tiendas, es otra de las joyas renacentistas debidas a los Vandelvira, padre e hijo. Fue mandado construir por el Obispo Cobos para servir de hospital para pobres, iglesia, panteón y palacio. Tiene un patio central porticado con doble arcada, sustentada por columnas de mármol de Carrara. A un lado del patio se abre la escalera imperial desde la que se puede admirar una bóveda con pinturas al fresco. Las estancias del viejo hospital tienen un uso cultural: biblioteca, etc. Un ejemplo más del sentido práctico de los ubetenses.




La visita de un lugar nunca es completa si el viajero no cata los platos locales. En Úbeda, hay dos guisos que destacan: los andrajos y la perdiz escabechada, ambos con justa fama. En la provincia de Jaén se cultiva la costumbre del tapeo. Con cada bebida se acompaña una tapa sustanciosa. Con dos tapas, cenas; con tres haces una comida ligera; con cuatro vas bien servido. Nosotros, que habíamos descubierto la tradición en Linares, nos permitimos sugerir que hagan la comprobación en La Sacristía, taberna con marcas históricas en la Baja del Salvador. ¿Qué pedir?, nos preguntábamos. Mientras estudiamos la carta, el camarero deja en la mesa de al lado un plato con dos chapatas cubiertas con algo que no identificamos. ¿Qué es lo que ha servido a esos señores?, pregunto. Esa es la tapa que les voy a traer ahora mismo para acompañar a su cerveza, responde. La tapa es una tortillita de camarones.
Habíamos oído hablar de la taberna Misa de 12, que está en la Plaza 1º de Mayo y nos disponíamos a cenar de tapas, pero encontramos el local cerrado. Un grupo de jóvenes remolonea a la puerta del Instituto próximo. Úbeda debe ser la única ciudad en la que a las nueve y cuarto de una noche suave de septiembre esté cerrada la taberna y abierto el instituto de enseñanza media.

La tradición alfarera de Úbeda hunde sus raíces en su etapa andalusí pero se ha mantenido viva a lo largo de los siglos hasta el punto de que los alfareros tienen su propio barrio, al este de la ciudad. Es la ubetense una alfarería fácilmente reconocible por sus verdes y sus azules vidriados y sus filigranas como encaje, que en la memoria colectiva remiten indefectiblemente a un nombre mítico: Tito.
El patriarca de la saga fue Pablo Martínez Padilla, un artista que gozó de enorme popularidad y que murió a punto de cumplir los noventa, antes de terminar el siglo XX. Pablo, y también otros maestros alfareros de Úbeda como el Músico (Francisco Ortega) y el Guindilla (Salvador Góngora), enseñaron el oficio a Juan Martínez Villacañas y, aunque otros alfareros llevan el apelativo familiar, quiero subrayar que Juan, el Tito al que tanto admiro, es Premio Nacional de Artesanía (2006), en su primera edición.
La innovación y la tradición son valores que en esta casa se heredan con el apellido, a lo que parece. De hecho, esa conjugación es lo que salvó a Tito y a su alfar cuando la introducción en el mercado de nuevos materiales –plásticos, aceros- desterró los cacharros de barro y llevó a la ruina y a la desaparición a muchos talleres en toda España. Juan, para quien la alfarería es un “reducto donde sobreviven valores y costumbres de un mundo más austero pero también más humano”, apostó entonces por la recuperación de formas y técnicas olvidadas y por repensar la utilización de las piezas tradicionales.
Las piezas del alfar de Tito conservan las formas ancestrales que ya moldearon los griegos y luego los árabes con los dibujos y colores que durante siglos dieron fama a la artesanía ubetense y las texturas antiguas y modernas. Algunas tienen un uso específico –para guardar ajos, la sal, fruteros, botijos- pero otros tienen la única función de embellecer el lugar que ocupan. No hay que olvidar que en el arte de la alfarería confluyen los cuatro elementos de la Naturaleza: la tierra, el fuego, el agua y el aire.

Foto: Alfarería Tito 
Foto: Alfarería Tito Del alfar de Tito han salido no pocas de las piezas que se exhiben en algunas de las películas y series de época, como Águila Roja, o las más de 300 que se elaboraron expresamente para la película Alatriste, dirigida por Agustín Díaz Yanes y protagonizada por Viggo Mortensen, que tuvo en Úbeda también muchas de sus localizaciones.

Conocí a Tito hace cuatro décadas –el alfarero, con mejor memoria, puntualizará año, lugar y compañías- y confieso que me acercaba al alfar de la Plaza del Ayuntamiento, 12, con el temor de hallar a mi amigo retirado del oficio. Para nada, ahí estaba Tito, con su blanca melena leonada a lo Rafael Alberti, jubilado aunque plenamente activo, alegre y dicharachero como siempre y con una memoria prodigiosa. Será él quien repase la lista de los amigos comunes, algunos desaparecidos ya. Y tú, ¿qué haces?, me pregunta. Jubilada, respondo. Una periodista no se jubila nunca. Del periodismo, no pero de ir a trabajar, sí, le digo. Ah, bueno, dice, poco convencido.

Foto: Alfarería Tito 
Foto: Alfarería Tito Salimos de la casa de Tito con una pieza primorosa, un botijo con vidriado azul y blanco, y una campana que añadir a mi colección, regalo suyo que guardo como un tesoro. Pero sobre todo, salimos con la emoción de tanta belleza junta y la alegría de conocer que al frente del alfar se encuentra ya la tercera generación: Juan Pablo Martínez, hijo de Juan y nieto de Pablo, que en 2012 recibió el Premio Nacional de Artesanía en la modalidad Innova.



Fotos: ©Valvar y Alfarería Tito

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Toro

Toro es una ciudad zamorana que no alcanza los diez mil habitantes pero tiene todo lo que un viajero puede buscar cualesquiera que sean sus gustos: una impresionante colegiata, iglesias de casi cualquier estilo, palacios, buenas bodegas con mejor vino, una gastronomía contundente y paisajes impresionantes con el río Duero como espina dorsal.



Aparte de las muchas veces que habíamos hecho un alto en alguno de nuestros viajes, en 2016 pasamos un fin de semana en la ciudad que ese año era sede de Las Edades del Hombre. He de advertir que esta exposición de arte sacro, de interés indudable, no es la mejor ocasión para fotografiar un lugar porque la organización tiene por norma prohibir las fotos. Por si fuera poco, habían cubierto la portada de la colegiata, así que aprovechamos la estancia para conocer Toro y nos prometimos volver cuando hubiera pasado el evento.

Para compensar, habíamos reservado estancia en el Palacio Rejadorada, hotel de pomposo nombre y magnífica historia que remite a la guerra civil suscitada entre los partidarios de Juana de Castilla, hija de Enrique IV, mal llamada la Beltraneja, aspirante a su suceder a su padre, y de Isabel de Castilla, conocida como la Católica, que ya se había proclamado reina.


Estando Toro en poder de los portugueses mandados por el rey Alfonso V de Portugal, tío y marido de Juana, un grupo de toresanos partidarios de la Reina Isabel se reunían en secreto en la casa de Antona García, casada con Juan de Monroy, gentilhombre del Rey Juan II de Castilla, padre de Isabel y abuelo de Juana, planeando levantarse contra los portugueses y entregar la ciudad a los Reyes Católicos. Descubiertos y encarcelados, el 9 de agosto de 1476 Antonia fue ahorcada y su cadáver colgado para servir de escarmiento en la reja de su casa, añadiendo vejación al castigo, por ser esta una ejecución impropia de la mujer de un hidalgo.
Cuando la ciudad fue tomada por las tropas de Isabel, esta se presentó en la casa de los Monroy y mandó dorar la reja de la casa, como recuerdo y homenaje al valor y coraje de Antonia García. Si queréis conocer la historia completa, aquí la tenéis. Añadiré que en nuestra estancia dormimos en cama doselada, como príncipes.
Empezamos nuestra visita a Toro por el principio, esto es, el alcázar que dio origen a la ciudad. De su construcción original conserva los muros y los volúmenes, aunque a lo largo del tiempo ha sufrido no pocas reformas. Estas piedras han visto la proclamación como rey de Fernando III y la celebración de cortes medievales, aparte de haber sido bastión de la princesa Juana en su lucha contra su tía Isabel. En el siglo XIX fue cárcel y hoy es Oficina de Turismo. Desde su adarve se contempla la ciudad de Toro y la vega del Duero.

Las iglesias de Toro conforman un importante núcleo del románico-mudéjar. La más antigua es San Lorenzo el Real, del siglo XII, cuyo interior guarda el sepulcro gótico-flamenco de los Castilla Fonseca y el retablo de Fernando Gallego, ambos del siglo XV.





San Salvador toma el apellido de los Caballeros de su pertenencia a los templarios. Convertido en museo de escultura medieval, conserva restos de pinturas murales de distintas épocas.




A ellas hay que añadir la iglesia del Santo Sepulcro (s. XII), que perteneció a los caballeros de este nombre; la de San Pedro del Olmo (s. XIII) y la ermita de Nuestra Señora de la Vega, a la orilla del río Duero.
San Julián de los Caballeros es un antiguo templo mozárabe reconstruido en el siglo XVI por Gil de Hontañón, que guarda las tumbas de Antonia García y su marido Juan de Monroy.

Santo Tomás Cantuariense, fundada en el siglo XII, conserva trazas de sus orígenes mozárabes. De Santa Catalina de Roncesvalles (S. XII) destaca su Portada de la Majestad, esculpida en piedra, con su policromía original. La iglesia de la Concepción (XVII) es Museo Municipal.
San Sebastián de los Caballeros está en la plaza de la Paja, Fue reedificada en 1516 por Fray Diego de Deza, cuyas armas se ven en las bóvedas. Acoge las pinturas murales del Monasterio de Santa Clara, esculturas y pinturas.




Dentro del ámbito sacro están el Real Monasterio de Sancti Spiritus (s. XIV-XVII) de monjas dominicas, hoy Museo Comarcal de Arte Sacro. Entre sus interesantes piezas destaca el sepulcro de alabastro de la reina Beatriz de Portugal (s, XV).





El Monasterio de Santa Sofía, fundado por la reina regente de Castilla María de Molina. https://turismotoro.com/index.php/es/galeria/gallery/convento-sofias y el Real Monasterio de Santa Clara, fundado por Berenguela, la primogénita del rey Alfonso X el Sabio, de cuyo interior proceden los frescos de la iglesia de San Sebastián https://turismotoro.com/index.php/es/galeria/gallery/convento-santa-clara. En esta capítulo hay que incluir el Convento de San José, de las carmelitas descalzas, el de las Comendadoras Mercedarias, el de los Mercedarios Descalzos. Este convento tiene la particularidad de que se ayuda en su economía comercializando los licores de la marca “Padre Evencio”, monje real que acertó a compaginar su labor pastoral y su afición a la elaboración de licores, con éxito empresarial.
No solo cuenta con un gran patrimonio sacro, Toro ofrece un buen catálogo de palacios, además del ya mencionado de Rejadorada o de Monroy, testigos de un pasado de la ciudad residencia de reyes y nobles. A este capítulo corresponden el palacio de Valparaíso (x. XVIII), el de las Bolas, el de los Condes de Requena -gótico del siglo XV, conserva un pequeño relieve con una escena de tauromaquia-, el de los Condes de Castrillo -hoy Casa de Cultura-, el de Bustamante -construido por el rey Pedro I de Castilla, siglo XV, actualmente propiedad particular-, el de los Marqueses de Alcañices -última residencia del Conde Duque de Olivares-, el de las Leyes, donde en 1505 Fernando el Católico mandó leer el testamento de Isabel la Católica proclamando heredera a su hija Juana y nombrándose él regente, y donde se proclamaron la 83 Leyes que llevan el nombre de Toro.
Testigo de sus siglos florecientes son el Hospital de la Cruz (s. XVI), uno de la veintena de centros de beneficencia que tuvo la ciudad, hoy dedicado a actividades culturales; el Teatro Latorre (XIX), de estilo isabelino, hoy teatro municipal. La Torre del Reloj (XVIII) se levanta sobre la antigua Puerta del Mercado. De ella se dice que, a falta de agua, se utilizó vino para amasar el mortero. Su reloj sigue dando la hora a los toresanos. La Casa Consistorial (XVIII) es obra de Ventura Rodríguez.






Realmente, es difícil transitar por las calles de Toro sin darse con algún testigo de su protagonismo histórico. Empezando por el verraco celtibérico -de la Edad de Hierro- que da nombre a la ciudad y presencia a su blasón. El Puente Mayor, de origen romano reconstruido en románico tardío. El Arco del Postigo, las Puertas de Santa Catalina (XVIII) o de Corredera (XVII), abierta para honrar a Felipe III en su visita a la ciudad. Para una visión de conjunto nada mejor que el Mirador de la Magdalena.



Nos gustó tanto la ciudad que perdonamos a las Edades del Hombre que hubiera cubierto la portada de la colegiata, emplazándonos a volver para conocerla. Volvimos en julio de 2022.
La colegiata de Toro, iniciada en el siglo XII, es una enorme construcción en la que se conjugan bastante armónicamente distintos estilos y materiales correspondientes a etapas y maestros diferentes y en la que resulta evidente la influencia de las catedrales de Salamanca y Zamora, con añadidos mudéjares. De piedra caliza grisácea la cabecera y la portada norte; de arenisca rojiza los muros exteriores, la nave central, cimborrio, torre y pórtico occidental. Es una iglesia de planta de cruz latina con tres naves, la central más ancha que las laterales; la cabecera es de tres ábsides. En el cimborrio se aprecia la influencia bizantina en su forma y poitivina en la distribución de sus elementos.



Las portadas sur y norte se atribuyen al primer maestro que trabajó en la colegiata, utilizando técnicas vanguardistas para el momento; la primera es de arco apuntado con cuatro arquivoltas adornadas con motivos geométricos y vegetales; la segunda es de arco de medio punto, también de cuatro arquivoltas, que apean en grupos de tres columnas con un ábaco común.




En la arquivolta exterior aparece Cristo en Majestad junto a la Virgen y un San Juan -Bautista o Evangelista- acompañados de 24 músicos que representan los ancianos del Apocalipsis. En la tercera arquivolta aparece de nuevo Cristo acompañado de ángeles.




La joya de la colegiata es la deslumbrante puerta de la Majestad, de arco apuntado (siglo XIII). Las columnas historiadas del arranque son tardorrománicas; la parte superior, totalmente gótica. El motivo principal de su iconografía es la Dormición y Coronación de la Virgen, al que se añade la venida de Cristo (Parusía) y el Juicio Final, de nuevo Cristo rodeado de los 24 ancianos, muy expresivos. El conjunto se encuentra en un magnífico estado de conservación, en buena medida porque esta puerta se encuentra protegida por un pórtico también del siglo XIII.












El interior es tan rico como el exterior. Personalmente, me gustó sobremanera una Virgen embarazada que se apoya sus pies en la conocida escena del árbol del paraíso, con un Adán llevándose la mano a la gargante y una Eva sonriente señalando el fruto prohibido.



Para sacar de dudas a posibles viajeros. Si alguien piensa que la visita a Toro se puede zanjar en un rato perdido que sepa que está en un error, aparte del atractivo de su colegiata tiene otros muchos encantos que le engancharán sin remedio.
Fotos: ©Valvar

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Toulouse

Llegamos a Toulouse el primer día del mes de julio de 2016 como última etapa de una inmersión por el románico francés. El Colega consideraba que la basílica de Saint Sernin era un buen broche a nuestro viaje. Yo tenía una cita secreta con esta ciudad que tras la guerra civil había sido capital del exilio español y sede del gobierno republicano. Aquí vivió y murió la primera mujer en gestionar una cartera ministerial en España, y una de las primeras ministras de Europa, Federica Montseny, la Fanny Germain de la resistencia antinazi, a quien tuve la fortuna de conocer al final de su vida.

Toulouse es conocida como la Ciudad Rosa por el color casi uniforme de sus edificios, construidos en ladrillo caravista que aquí llaman foraine. Siendo eso cierto en el casco antiguo, no lo es menos que Toulouse está formada por una superposición de ciudades, la romana, la medieval, los suburbios de los siglos XVIII y XIX y el extrarradio, con los urbanizaciones y pueblos absorbidos por la reciente expansión urbana, impulsada por el desarrollo tecnológico tolosano en segmentos industriales muy especializados: aeronáutica, telecomunicaciones e investigación médica. Toulouse, con Hamburgo y Sevilla, es una de las ciudades donde se ensamblan los aviones Airbus. Capital histórica del Languedoc, es la ciudad de mayor crecimiento demográfico en Francia (1.470 899 habitantes en 2020). Rodean la ciudad las aguas del Garona y las del Canal del Midi.

También es conocida como Ciudad Mondina, en alusión al nombre, Raymond, de la mayoría de los Condes de Toulouse, poderosos nobles que condicionaron la historia de la ciudad y del midi francés. En la oficina de turismo nos proporcionaron documentación sobre la ciudad y nos señalaron los lugares imprescindibles de Toulouse, a saber: Saint Sernin, la catedral de Saint-Etienne, el Halle aux Grains, el convento de los Jacobinos, la place du Capitole y varias plazas donde se instalan los mercadillos sabatinos. En el hotel nos proporcionaron otra guía con los puntos de interés de los distintos barrios tolosanos.
Iniciamos nuestro recorrido saludando en la plaza de su nombre a la pobre Juana de Arco, una figura casi omnipresente en Francia, de donde es patrona. Cruzamos el boulevard Strarbourg y enseguida llegamos a la basílica Saint Sernin o San Saturnino, obispo de la ciudad, que fue martirizado hacia el año 250, siendo arrastrado por un toro hasta caer en el punto donde ahora se levanta la iglesia de Taur (Toro), en la calle del mismo nombre, que va de la basílica a la plaza del Capitolio.

San Sernin es la segunda iglesia más antigua de Francia, después de la abadía de Cluny. Se levantó en el siglo XII sobre una capilla más pequeña del siglo V, incapaz de acoger a los fieles que acudían a venerar al santo mártir cuya sepultura se encuentra en el interior, cubierta de un baldaquino del siglo XVIII. La basílica de San Sernin, de 120 metros de largo, y la catedral de Saint-Etienne han alimentado tradicionalmente una rivalidad sobre cuál de ellas es la más de lo más VIP.

La parte más antigua de la iglesia es el ábside, bajo el cual se encuentra la iglesia primitiva. En su fábrica se observan intervenciones posteriores, góticas y renacentistas. Como no podía ser menos, Violet le Duc puso sus manos en ella en el siglo XIX, escalonando los tejados laterales, intervención que fue suprimida en una nueva restauración en el siglo XX, que trató de devolver el aspecto que debía tener en el XIV. Tuvo claustro y abadía, que desaparecieron en el siglo XIX. La Revolución francesa suprimió el capitolio de San Sernin.



Estamos ante un modelo de iglesia de peregrinación, con grandes espacios donde poder acoger a muchedumbres de peregrinos. De planta de cruz latina, el ábside está rodeado de un deambulatorio con capillas; tribunas sobre los colaterales de la nave, del transepto y del coro. A pesar de que la mayoría de su tesoro desapareció durante la Revolución, en la “galería de los santos cuerpos” se conserva una muestra de las reliquias que durante siglos atrajeron a los devotos: de San Honorato, San Felipe, Santiago el Menor y el Mayor, San Edmundo, San Gil, San Simón, San Judas y el propio San Sernin, además de la Santa Espina y de la Verdadera Cruz.








La basílica de San Sernin es visible de lejos gracias a su torre campanario octogonal de 64 metros de altura y cinco niveles, coronado por una cruz. Su carillón tiene 24 campanas.

Tras esta primera visita al lugar favorito del Colega, tomamos la calle Taur -donde tuvo su sede el Partido Socialista en el exilio- y desembocamos en la plaza del Capitolio, una plaza mayor delimitada por el ayuntamiento, establecimientos hoteleros, restaurantes y bares. El lugar está tomado en esos momentos por la parafernalia que rodea a la Eurocopa, así que huimos por la calle Gambetta, que termina en la plaza de la Dorada, en alusión a la basílica del mismo nombre -con su Virgen Negra-, que se alza a la orilla del Garona, junto a la Escuela de Bellas Artes.

Esta plaza, llena de bares con sus correspondientes terrazas, es frecuentada por gente joven. Nos sentamos en la terraza del Café des Artistes y pronto nos sentimos inmersos en una especie de Babel: lenguas conocidas y otras ignoradas. Nada extraño en una ciudad que ha recibido oleadas de inmigración de todos los continentes en el último siglo y medio. Además de los españoles del exilio -que convirtieron Toulouse en la quinta provincia catalana-, hay magrebíes de la independencia de Argelia -los famosos pieds-noirs- de Túnez y de Marruecos; africanos de las antiguas colonias; antillanos; italianos, cubanos, irlandeses, estadounidenses, vietnamitas, además de europeos empleados en las factorías de Airbus.


La plaza y el paseo que bordea el río son un excelente mirador del Puente Nuevo -que, curiosamente, es el más antiguo de los que salvan el curso del río- del Hospital de Santiago y la Cúpula de la Grave, y, entre ambos, el muelle del Exilio Republicano Español, que recuerda a los miles de españoles que abandonaron en penosas condiciones su país. Nos unimos al recuerdo, al tiempo que lamentamos la pérdida que eso supuso para el progreso de España. Vericuetos de la historia.
Para vericuetos históricos, los de Toulouse, nombre que le dieron los romanos cuando la conquistaron hacia el año 100 antes de la era cristiana. Capital del reino visigodo en el siglo V, luego del reino franco de Aquitania y, en el siglo XI, del Condado de Tolosa. Aquí nació la herejía cátara, aquí fueron perseguidos hasta la exterminación sus seguidores, cuya consecuencia fue que en 1271 el Condado pasó a dominio real. En 1814, fue escenario de la última batalla de la Guerra de la Independencia, la plaza fue tomada tras la derrota del ejército francés por las tropas anglo-hispano-portuguesas. En la segunda guerra mundial, la ciudad fue importante núcleo de la resistencia, como recuerda alguna placa en el callejero.
Al día siguiente, sábado, encontramos la ciudad sembrada de mercadillos de todo tipo: de frutas y verduras en el boulevard de Strasbourg, de bioagricultura a la espalda del Capitolio, de antigüedades y objetos diversos en torno a San Sernin. El ábside y la puerta del Conde de la basílica están rodeados por pequeños tenderetes.



Francia vivía aún bajo el estado de alerta terrorista por los atentados contra la Sala Bataclan y la revista satírica Charlie Hebdo ocurridos en noviembre de 2015. En la mayoría de lugares públicos había vigilancia del Ejército. En la puerta Miégeville, que daba acceso a la iglesia, montaban guardia cuatro jóvenes militares con el arma en ristre.

Mientras yo tomo fotos de la puerta de la antigua abadía, que da paso al jardincillo de la entrada, el Colega pega la hebra con los militares. En un francés algo macarrónico pero inteligible, les habla de la necesidad de proteger estos edificios, del significado de la basílica en el Camino de Santiago, de la importancia del románico… Los jóvenes parecen escucharle atentamente y yo daría cualquier cosa por saber lo que piensan estos cuatro chicos como cuatro armarios de un tipo en pantalón corto que les habla del románico mientras ellos le apuntan con sus armas.

Cuando salimos después de la visita a San Sernin, que nos pareció magnífica y original con sus muros policromados, no queda rastro de la vigilancia militar. Han huido antes de que les dieras otra charla, le pincho al Colega.
Cruzamos la ciudad de San Sernin a Saint-Etienne. En la puerta del ayuntamiento hay una pequeña aglomeración porque ese día se celebran varias bodas.
La catedral de Saint-Etienne o San Esteban es una especie de puzzle de una rara hermosura. Su construcción se prolongó durante casi cinco siglos, del XII al XVII, lo que explica la diversidad. Así y todo, se diría que alguien se entretuvo en complicar los planos pues incluso el interior es asimétrico.


El cuerpo de la iglesia en una amplia pero única nave -la Raymondine- en estilo gótico meridional. La segunda parte -el coro- es de estilo gótico norte. Llama la atención el órgano del siglo XVII, colgado a 17 metros de altura.




Destacan las vidrieras, que son originales, y su gran rosetón, inspirado en el de Notre Dame de París. Aquí está enterrado el arquitecto Pierre Paul Riquet, que supervisó las obras del Canal du Midi. El campanario románico tiene un carillón de 17 campanas y cinco más al vuelo. La puerta lateral se acabó en el siglo XX.
Junto a la catedral estaba el antiguo arzobispado, actualmente sede de la policía, como indica un cartel a la entrada. Una muestra más de la laicidad del país. Entre Saint-Etienne y el Halle (mercado) de los Granos, en el boulevar que forma la ronda de Toulouse y que en este tramo toma el nombra de Carnot, se encuentra el monumento a los Caídos, un arco triunfal monumental. El antiguo mercado de granos es la sede actual de la Orquesta Nacional del Capitole. Cerca de aquí está el Canal du Midi, que en esta zona corre entre modernas urbanizaciones.


Volviendo al boulevard, en la dirección opuesta a los Jardines de Plantas, se llega al mercado Victor Hugo, después de pasar por el moderno Teatro Nacional. El mercado y las tiendas que se multiplican en derredor son el paraíso del gourmet. Hacemos acopio de quesos -de Rocamadour y de otras variedades-. En un Maison García y otro Chez Antonio creemos descubrir el rastro de los exiliados españoles entre los puestos del mercado. La primera planta está ocupada por una serie de restaurantes populares, frecuentados sobre todo por los tolosanos. Nosotros elegimos Le Magret y nos alegramos mucho de la elección.

El antiguo monasterio de los Hermanos Predicadores, conocido como convento de los Jacobinos es un enorme edificio gótico de ladrillo. El convento y el claustro han sido restaurados en 2015 y su visita puede seguirse apoyada en diversos soportes multimedia. Si el visitante se cansa tiene la opción de reposar en alguna de las tumbonas que se encuentran desperdigadas en las salas y contemplar cómodamente las altas paredes y las bóvedas.




Domingo de Guzmán, nacido en Caleruega (Burgos), había fundado en Toulouse la Orden de Predicadores, los Dominicos, con el fin de predicar contra la herejía cátara y convertir a sus seguidores, los cátaros o albigenses. Las obras del convento se iniciaron en 1229, la primera misa en la iglesia se ofició en 1234. Al tiempo que se construía el claustro se ampliaba el templo y se levantaba la bóveda hasta los 22 metros de altura, sostenida por una columna estrellada de once brazos, llamada La Palmera; en realidad se trata de dos naves separadas por una fila de columnas.




Las obras acabarían en 1253. El ábside se reconstruyó en 1292 y a lo largo del siglo XIV se igualó el resto de la iglesia, se rehizo también el claustro, adornado con elegantes columnas de mármol y capiteles con motivos florales y de animales, en torno al cual se levanta la sala capitular, la capilla de San Antonín, el refectorio y la sacristía. Toma el nombre de Jacobinos de la similitud con el convento dominico de París, situado en la calle Saint Jacques.





El convento fue clausurado durante la Revolución francesa y se convirtió en sede de la Sociedad por los Derechos del Hombre y el Ciudadano. En 1810 se destinó a cuartel de caballería, que no fue abandonado hasta 1865, a pesar de que en 1841 había sido declarado monumento histórico. En el centro de la iglesia se encuentran los restos de Santo Tomás de Aquino, que fueron cedidos a los dominicos en 1368. Cuando se cerró el convento, los restos del santo se trasladaron a San Sernin donde permanecieron hasta 1974. El conjunto resulta de una espectacularidad apabullante.
Admiramos el exterior del Hotel d’Assézat, donde la Fundación Bemberg ha reunido una colección de arte, que puede ser visitada en el horario establecido, y nos dirigimos a la plaza del Capitolio, corazón de la vida tolosana. Al lado, en la confluencia de la calle Romiguières, se encuentra el hotel Gran Balcón, donde se alojaba Antoine de Saint-Exupéry en su etapa de piloto de la flota de Aéropostale, sobre la que habló en sus libros “Vuelo nocturno” y “Tierra de hombres”. Mi corazón aventurero recuerda la visita a la casa donde el escritor se alojaba en Nouadhibou (antes Port Etienne).

La bóveda de los soportales frente al ayuntamiento muestra frescos alusivos a la historia de la ciudad, varios de ellos relacionados con la guerra civil española. A estas alturas, comprendemos perfectamente que el gobierno francés haya definido a Toulouse como Ciudad del Arte y la Historia y para cerrar comm’il faut nuestro viaje nos sentamos en la terraza del Café Le Florida, cuyo interior acogió durante años las tertulias de los exiliados republicanos. El Colega pide una cerveza Chimay y yo una copa de Moët Chandon. Brindamos por la vuelta a casa y por los futuros viajes y por la memoria de quienes creyeron que el mundo podía ser mejor y pagaron un alto precio para conseguirlo.

Fotos: ©Valvar
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El Cristo de Palacios de Benaver

No es fácil seguir el rastro de las obras excepcionales que se distribuyen por la provincia de Burgos, tierra de muy rico patrimonio cultural. Aparte de que el castellano en general y el burgalés en particular crean que el buen paño en el arca se vende, ni la Diputación provincial ni la Junta de Castilla y León hacen demasiado para que sean conocidas.
Valga el caso Palacios de Benaver, una entidad menor junto con Cañizar de Argaño, Villorejo e Isar, con un censo de algo más de sesenta vecinos, que cuenta con dos barrios, cada uno con su iglesia. En el barrio de arriba, la parroquial dedicada a San Martín Obispo, de cuyos orígenes románicos conserva el ábside y quizá la torre, pero de traza gótica. En el de abajo, el Monasterio de San Salvador de Palacios de Benaver.
El lugar se encuentra a tres leguas -una veintena de kilómetros- de Burgos –por la N-120, tras pasar Tardajos y Las Quintanillas. Tanto los indicadores como las publicaciones son cicateras con él. En su libro “Burgos. Guía completa de las Tierras del Cid”, Fray Valentín de la Cruz, que fue cronista oficial de la provincia, lo despacha en cinco líneas: “En Palacios de Benaver hay un convento de monjas benedictinas cuya antigüedad se pierde en lo más alto del Medievo. En su iglesia hay un Cristo románico, hieráticamente doloroso. Las religiosas, poseedoras del secreto de unas deliciosas rosquillas, enseñan una bonita talla de marfil de Nuestra Señora de la Aparecida (s. XVI)”.


Desde el exterior, la iglesia del monasterio es una mezcla de distintas épocas y estilos sobre un plano general gótico del siglo XIII. El ábside semicircular es obra del XVIII y lo que se aprecia del monasterio corresponde al XVII.




El patio que se atisba desde el exterior descubre una fachada armónica con preciosa rejería. En el portalón de acceso al monasterio un cartel indica las horas de visita, que son aquellas que no coincidan con el horario de rezos de la comunidad. La puerta se abre a un espacio bien cuidado que da a otro más amplio con sendas de paseo y bancos para el descanso. La monja que nos atiende nos informa que el monasterio propiamente dicho no se visita pero que, seguramente, lo que pretendemos ver será la iglesia y el Cristo. Vayan por el exterior y ya les abro, indica.





Entramos en la iglesia con los ojos aún cegados por la luminosidad del sol agosteño. En la oscuridad del templo apenas alcanzamos a distinguir unas esculturas funerarias y un altar barroco a la derecha. A la espalda, una rejería separa el coro donde la comunidad hace sus rezos. La monja va encendiendo luces al tiempo que se extiende en explicaciones sobre la historia del monasterio y de la comunidad hasta que señala a nuestra espalda: Ese es el Cristo.



Nos quedamos mudos por la sorpresa. ¿Podemos hacer fotos?, preguntamos, con el temor a una negativa. Las que ustedes quieran, responde la religiosa. Así que nos ponemos a disparar las cámaras como posesos, convencidos de que no vamos a encontrar palabras para expresar la maravilla que tenemos ante sus ojos.

El Cristo de Palacios de Benaver es una talla románica única en la provincia y rarísima en Castilla y León. Nosotros sólo conocemos ejemplares similares en Cataluña. Una cruz de 2,75 de altura por 2,25 de anchura, que sostiene a un crucificado solemne, vivo, no doliente sino resucitado, de rostro grave, expresivo, con barba, bigote, los ojos abiertos que parecen mirar más allá del tiempo. Sobre Él escribió Joaquín Luis Ortega, sacerdote, periodista y profesor de Historia y Arte: Un Cristo que está vivo y está muerto, / que cuelga, majestuoso, de su cruz, / que te mira a los ojos con su luz, / con la luz de sus ojos, tan abiertos.
Un Cristo en disposición frontal, sujeto a la cruz mediante cuatro clavos, uno en cada extremidad, propio de la escultura románica. El Cristo de los ojos grandes, le llaman. La talla se había datado en el siglo XII pero cuando en 2007 la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León acometió su restauración descubrió detalles de su policromía tanto en el anverso como en el reverso de la cruz que adelantan la datación en un siglo.



La imagen había sufrido modificaciones según los gustos de cada época, le habían cerrado los ojos, se los habían dejado entreabiertos, le habían puesto peluca, incluso le habían serrado algún dedo para adaptar la Cruz al hueco que le destinaban… La restauración le ha devuelto su apariencia original que muestra una obra prodigiosa, “de tal forma que lo que hubiera sido una simple imagen del románico se ha convertido en un icono”, según conclusión de la propia Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León.

El monasterio y su Cristo están rodeados de un halo legendario. Se cree que el de San Salvador es el convento de mujeres más antiguo de España pero no se conoce ningún documento de su fundación. Una tabla que puede verse en la iglesia y que habla del martirio de las 300 monjas abunda en la leyenda. Refiere ésta que en el año 834 el rey moro Zefa había degollado a los monjes de San Pedro de Cardeña cuando un mensajero advirtió a la comunidad del monasterio benedictino de que el ejército musulmán se disponía a hacer otro tanto a las monjas. Ellas se amputaron la nariz para resultar repulsivas a los moros pero fueron igualmente degolladas. Quiere la misma leyenda que tras la degollina el monasterio permaneció vacío más de un siglo hasta que en 968 el Conde Garci Fernández decidió reconstruir un cenobio donde había encontrado enterrado un Cristo crucificado. La primera abadesa sería doña Urraca, familiar del conde. Insiste la tradición en que Almanzor, que por aquí se paseó entre 981 y 1002, destruyó el convento y que fue reconstruido de nuevo.
Además de la leyenda sobre la aparición del Cristo, otra muy extendida es que le crecía el pelo. Las monjas se lo rizaban y a medida que se le alisaba parecía que lo tenía más largo, pero sólo era una peluca, explica la monja con naturalidad.

La primera referencia sobre el monasterio de El Salvador de Palacios de Benaver se halla en un escrito de la Casa de Lara de 1231 en el que se alude a él como habitado por benedictinas. En otro documento de 1470 Enrique IV da su conformidad para que el monasterio se anexione Santa Cruz de Valcárcel, con lo que se extiende su dominio patrimonial sobre más de ochenta pueblos, un auténtico señorío feudal. El siglo XV hubo de ser el de su mayor esplendor, la abadesa tenía jurisdicción para nombrar alcaldes y dirimir pleitos y sólo debía dar cuentas al rey.
A pesar de la carencia documental se cree que el convento ha permanecido habitado en los últimos seis siglos, si bien con una notable pérdida patrimonial. En las últimas décadas del pasado siglo fue colegio para niños y luego escuela-hogar. En 1993 concluyó su labor docente y adaptó sus instalaciones para hospedería.
La religiosa nos mostró otros tesoros del monasterio, como la pequeña talla de la Virgen (Es una copia, confiesa, el original está guardado) a la que se refería el Cronista oficial, el Coro, que forma un conjunto con el confesionario y el órgano, magníficos ejemplares modernistas que la comunidad adquirió a comienzos del siglo XX en Alemania. Pero enseguida empezó la primera guerra mundial el órgano no se pudo poner en funcionamiento hasta hace unos años, cuenta la religiosa que resulta ser una de las tres organeras de la comunidad y nos obsequia con una breve interpretación. Entretanto, ha sonado el timbre de la puerta de la iglesia, ha abierto la religiosa, ha entrado un hombre de mediana edad que saluda, da una vuelta por la iglesia, hace fotos y se va sin más.




El monumento funerario que hemos visto a la entrada en el ábside resulta ser de los protectores y restauradores del monasterio, Garci Fernández Manríquez, su esposa, Teresa Zúñiga, y su hijo Pedro Fernández Manríquez y Zúñiga. Cuando enviudó Doña Teresa fue monja del monasterio, refiere la monja que hace de guía. Son tallas en nogal realizadas en el siglo XIV.




Del resto de tesoros que tuviera el convento no quedó nada tras el paso de la francesada por el monasterio, explica la monja, aludiendo a la rapiña de las tropas francesas de Napoleón. Expolio que quizá explique también la falta de documentación sobre el monasterio.
El claustro no se incluye en la visita pero la religiosa nos permite asomarnos desde la puerta. Es un conjunto austero, con arcos escarzanos que descansan en columnas sin ornamentación. De sus paredes cuelgan algunas tablas muy hermosas, acaso procedentes del retablo que presidió el altar mayor. Sus arcadas están acristaladas para protegerlo de las inclemencias del clima burgalés. ¿Tiene calefacción el convento?, preguntamos. Tiene, en efecto. Es necesaria para la hospedería, aclara la monja.
Porque las monjas ya no viven solo de las “deliciosas rosquillas” -buenísimas, dicho sea de paso- sino que ahora abren las dependencias del convento a quienes quieren alojarse en él y atienden sus instalaciones en el tiempo que les dejan libre sus oraciones.
En nuestra primera visita encontramos cerrada la iglesia de San Martín, pero el primer domingo de agosto de 2023 tuvimos la suerte de encontrar abierta la puerta y, más suerte aún, que dentro estuviera José Manuel, vecino del pueblo.

Para nuestra sorpresa, la parroquial posee cuatro retablos de buena talla los cuatro y magnífico el del altar mayor, tras el cual permanece la estructura románica del ábside.



En el lado del evangelio conserva una pequeña arcada, muy reformada, de la que nos han llegado unos capiteles en regular estado. Un par de arpías, un centauro arquero y una escena que parece una psicostasis o pesaje de almas.




Cuando alabamos la belleza del retablo mayor José Manuel nos cuenta que falta la pieza del sagrario. «Yo llegué a conocerlo y lo recuerdo bien, pero un día desapareció sin saber cómo. Me parece que el sacerdote o el alcalde debían haber hecho algo en su momento«, concluye. Deberían haberlo hecho, sí, para que al menos se supiera cómo y porqué desaparece una pieza de un retablo.

Dejamos el pueblo y sus barrios, con la paramera castellana al frente, pensando en el jardín y en la amabilidad de las monjas y la hospedería, que nos parece una perspectiva de lo más sugerente. Más aún lo sería una adecuada información sobre este patrimonio ignorado.. Ven a ver, en Palacios, a su Cristo. / Basta con acercarte a Benaver. / Es aquí donde puedes conocer / alguna cosa que jamás has visto, dejó escrito Joaquín Luis Ortega.
Fotos: ©Valvar


