-
Estambul (I)

Estambul -eis tin poli- significa La Ciudad. La etimología le hace justicia. Durante siglos fue el centro del mundo conocido. Guarda tesoros únicos, algunos propios y otros traídos de medio mundo. Es una ciudad enorme, hermosa, toda ella monumental. Viajar a Estambul es viajar al pasado, al futuro y al corazón de la historia. Fue la urbe más cosmopolita y multicultural de la Europa del siglo XVI. Se extiende a caballo de dos continentes y esta posición estratégica le ha permitido controlar las rutas entre Asia y Europa y el paso del Mar Negro al Mediterráneo.
Los colonos griegos, que fundaron la ciudad en el siglo VII antes de nuestra era, la llamaron Bizancio. En el año 330 Constantino hizo de ella la capital del Imperio Romano. Tras la división de este Imperio se convirtió en Constantinopla, capital del Imperio Bizantino. En 1453 fue conquistada por los turcos que la hicieron capital del Imperio Otomano. A la disolución de este en 1922 pasó a ser capital de la República de Turquía. Al año siguiente perdió la capitalidad en beneficio de Ankara. En 1930 se le da el nombre de Estambul. Su caso histórico es Patrimonio de la Humanidad desde 1985.




El patrimonio monumental de la ciudad es deudor de esta agitada historia. De la época romana conserva el Hipódromo, construido en el siglo III por el emperador Septimio Severo y engrandecido por Constantino. Situado en el corazón del viejo barrio de Sultanameh, fue el centro de diversión de Constantinopla durante mas de un milenio. Se dice que tenía capacidad para 100.000 espectadores. Allí se disputaban carreras, actuaban los músicos, bailarines y acróbatas y se lidiaban fieras. De aquí procede la cuádriga de bronce que se admira en la basílica de San Marcos de Venecia.


El Obelisco egipcio que se alza cerca tiene más de 3.500 años. Es de granito rosa, mide 20 metros de altura y pesa más de 300 toneladas, fue traído por Constantino desde Luxor. La Columna Serpentina fue traída desde Delfos en el 479 antes de nuestra era.





La Columna de Constantino mide 32 metros y es conocida también como columna de bronce por haber estado recubierta inicialmente de este metal, que fue arrancado para acuñar monedas. Es la que se encuentra en peor estado pues los jenízaros tenían por costumbre subirse a ella para demostrar su valor.


Esto nos lo explicó una pareja de policías que patrullaban por la zona en una sola moto y que accedieron a posar cuando se lo pedimos.

La Fuente Alemana fue donada al sultán por el kaiser durante su visita a Estambul en 1895 como símbolo de la amistad iniciada entonces.

No es fácil conocer una ciudad en una semana, como permanecimos nosotros, pero para hacerse una idea de lo que la ciudad ofrece conviene situarse en la plaza de Sultanameh y mirar en derredor. Además de los restos romanos ya enumerados, ahí están frente a frente, Aya Sophia y la Mezquita Azul, en un diálogo de piedra y belleza difícil de superar.


Lo que nosotros conocemos como Santa Sofía allí es Aya Sophia, la Iglesia de la Sabiduría, la muestra más esplendorosa del periodo bizantino. Mandada construir por Justiniano en el año 537, fue iglesia católica romana hasta 1453, cuando fue convertida en mezquita por los otomanos. Ataturk, presidente de la República turca, la transformó en museo en 1935. En 2020 el gobierno del presidente Erdogan volvió a convertirla en mezquita.





Fue la primera construcción de base cuadrada de este tamaño cubierta por una cúpula central, de 56 metros de altura, y dos semicúpulas. Es la cuarta iglesia del mundo más grande con un área cubierta, solo precedida por San Pablo de Londres, San Pedro de Roma y el Duomo de Milán. Todo en ella desprende belleza y serenidad; son admirables los mosaicos de vidrios de colores y los transparentes sobre hojas de oro de su interior.





Sultanameh es conocida como la Mezquita Azul por el color de los más de 21.000 mosaicos de Iznik que decoran sus cúpulas. Fue levantada a comienzos del siglo XVII por el sultán Ahmet I y es la única mezquita en Turquía con seis minaretes. El número dio lugar a grandes controversias porque se interpretó como un intento de rivalizar con La Meca. La visita resulta espectacular en días soleados, cuando la luz se filtra a través de sus 260 ventanales, alineados en cinco niveles.






Antes de entrar en una mezquita hay que conocer que la visita ha de hacerse descalzo y las mujeres, con la cabeza cubierta. Conviene, pues, ir provistos de calcetines y de un pañuelo, aunque en caso de olvido, cada mezquita provee a las visitantes de piezas para cubrirse. A unos y otras se les pide vestuario respetuoso, no más que en cualquier otro templo del mundo, como la catedral de Sevilla, donde siendo las herederas unas crías no nos permitieron entrar porque las niñas iban en pantalón corto. Sorprende ver que las familias se reúnen en las mezquitas en plan festivo y los niños corretean alegremente, mientras los gatos duermen ajenos a las visitas.

A un lado de esta enorme plaza se abre una curiosa construcción: una reserva de agua subterránea construida por Justiniano en el año 532. Sus 336 enormes columnas de mármol y sus dimensiones justifican el nombre de Basílica Cisterna con el que es conocida. Sorprenden los bajorrelieves de mármol que representan cabezas de medusa y las colonias de peces que pueblan sus aguas en permanente oscuridad. La visita resulta sumamente sugestiva. Tan sugestiva que, absorta como estaba, allí perdí unas gafas la mar de chic, que habrán pasado a acompañar a los pececillos.






Cerca de la Basílica Cisterna se encuentra también el Million. “Este pilar de piedra es todo lo que queda del arco triunfal bizantino desde el que un día se midieron las distancias de todos los rincones del imperio”, reza la inscripción. Un estambulí amigable nos explicó que el mojón viene a ser como el kilómetro 0 de la Puerta del Sol de Madrid.

De Santa Sofía sale un camino que conduce al Palacio de Topkapi, otro de los tesoros de la ciudad. Más que palacio se trata de un complejo de edificios distribuidos en torno a cuatro patios. Seis años después de conquistar Constantinopla, en 1459 el sultán Mehmet II inició la construcción de lo que sería residencia de los sultanes otomanos entre 1465 y 1853. En 1923, con el advenimiento de la República Turca, fue transformado en museo. Admiran la riqueza de sus dependencias, especialmente del Harem.























Topkapi es una de las grandes obras musulmanas en su género y uno de los monumentos más visitados de la ciudad. En los jardines del recinto hay un restaurante y un bar que se asoman al Mar de Mármara, desde el que se puede contemplar el paso de barcos que transitan entre el Mediterráneo y el Bósforo o que se dirigen al Cuerno de Oro.

Comemos en este lugar contemplando el paso de buques con pabellón de todos los países del mundo. Estas aguas fueron paso obligado de los submarinos soviéticos en su salida al Mediterráneo y este suelo es el que pisaron los antiguos sultanes y visires, sus esposas y concubinas. Sentimos un regocijo intelectual difícil de expresar.
En la placeta de acceso a Topkapi se encuentra la Fuente de Ahmet III y no lejos el Museo Arqueológico. En una ciudad con tal sobreabundancia de tesoros, el museo pasa algo desapercibido pese a que guarda auténticas joyas de las épocas griega, romana y bizantina, incluido el Tratado de Kadesh, firmado entre egipcios e hititas, una tabla de arcilla que pasa por ser el primer tratado de paz de la historia.


















En nuestras visitas a distintos monumentos observamos en las puertas carteles que indicaban «Giris». En nuestra ignorancia, y dado el alto número de turistas, llegamos a pensar que se referían al acceso de personas extranjeras, de donde vendría nuestro popular «guiris». Hasta que en la puerta del Museo de Arqueología hallamos un cartel en turco e inglés que nos lo aclaró: giris significa entrada.

De entre las decenas de mezquitas que pueblan la ciudad visitamos las que nos parecieron más interesantes, como la de los Tuplipanes,



la de Rustem Pasa,









la Mezquita Nueva, a la orilla del Bósforo…






La de Suleymaniye está considerada la mejor representación del arte islámico. Sobre una colina desde la que se domina buena parte de la ciudad, fue mandada construir por Solimán el Magnífico al arquitecto Mimar Sinán. Impresiona de ella sus azulejos de Iznik y las vidrieras de sus 138 ventanas. En el complejo de jardines y cementerios que rodea la mezquita se alzan las tumbas del propio sultán, de su esposa Roxelana y del arquitecto.



Teodosio es el constructor de las impresionantes murallas de Estambul.




Cerca de la puerta de la Acrópolis de la muralla se alza la iglesia de San Salvador en Chora. Habíamos preparado bien el viaje y nos manejábamos por Estambul con cierta familiaridad, en buena medida por la amabilidad de sus gentes, siempre dispuesta a ayudar pero esta iglesia estaba algo más alejada del centro. Cogimos un autobús y le pedimos al conductor que nos indicara la parada de la iglesia. Así lo hizo, parando antes de llegar a la parada oficial, señalándonos la calle que debíamos seguir. A pesar de lo cual nos perdimos. Andando, andando, llegamos hasta un instituto donde preguntamos a un grupo de chicos. Están un poco lejos, nos dijeron, ofreciéndose a acompañarnos. En el camino hasta San Salvador nos preguntaron de dónde veníamos, al decirles que de España, se entusiasmaron. ¡El Real Madrid, el Barça! Nos recitaron las alineaciones de ambos equipos. ¿Cuál le gusta más a usted?, me preguntaron. Como de fútbol no tengo ni idea, se me ocurrió decir que el Getafe y resultó que también conocían a jugadores de este equipo. Habían sido tan corteses que al despedirnos quisimos obsequiarlos por su amabilidad, a lo que rehusaron muy dignamente: Somos turcos, nos dijeron, ufanos, a modo de justificación.

Lo que queda de San Salvador en Chora es obra del siglo XI, fuego remodelada en el XIV, cuando se incorporaron los frescos y mosaicos, y transformada en mezquita tras la conquista de Constantinopla por los turcos. Ha soportado el paso de los siglos y sus mosaicos y frescos con imágenes de la vida de Jesucristo y de la Virgen María constituyen la mejor muestra del arte bizantino en la ciudad.















Nos habían advertido de que aquí hay un taller de artistas que realizan iconos siguiendo las técnicas antiguas que venden a precios razonables, así que aprovechamos para comprar uno.
El Bósforo abre un camino fluvial en la tierra europea, separando el casco antiguo de la ampliación moderna, conocido como el Cuerno de Oro por su forma y porque, según la leyenda, cuando la conquista otomana fue tal la abundancia de tesoros que los bizantinos arrojaron a esas aguas que parecían doradas. Hoy, sus orillas aparecen cuajadas de cuidados parques y zonas de ocio donde se baña la gente. En la izquierda se distinguen Fener, el barrio griego, y Balet, el barrio judío.


Tomamos un barco para llegar a Eyup, lugar de peregrinación de los musulmanes de todo el mundo pues ahí está enterrado Eyup Ensari, el portaestandarte de Mahoma, y su mezquita es considerada la cuarta en rango de importancia en el Islam, tras las de la Meca, Medina y Jerusalem. Los turcos poderosos eligieron este lugar para ser enterrados así que las calles en torno a la mezquita están pobladas de grandes mausoleos mientras que la colina que protege el lugar se puebla con las tumbas de las gentes de la ciudad. Las lápidas de las mujeres llevan tantas flores como hijos tuvo; las de los hombres están coronadas por turbantes, sombreros o fez que indican el rango social del difunto.




Desde la cima de la colina, a la que se puede acceder por un cómodo funicular, se contempla una vista panorámica de Estambul.


Allí se encuentra el famoso y concurrido café Pierre Loti, que fue en sus orígenes un kahve, lugar donde los hombres se reunían para leer, fumar y tomar café pero el signo de los tiempos ha llegado también hasta aquí y hoy en los salones luce un cartel con el indicativo de “prohibido fumar” que habrá removido las cenizas del escritor.


En Estambul hay que estar atentos para no pasar por alto un lugar de valor simbólico. Es el caso de la Sublime Puerta, también conocida como Puerta Otomana o Puerta Elevada. LaSublime Puerta en el momento del imperio otomano era como luego la Casa Blanca o el Kremlin. Aquí se decidían los grandes asuntos del imperio y por ella entraban los embajadores a presentar sus credenciales.

Cuentan las crónicas que los viajeros de aquellos siglos quedaban impresionados de la magnificencia de los edificios representativos del imperio, de la majestuosidad y poderío de los guardianes otomanos.

Mas, hoy, Turquía es una República y la Sublime Puerta da acceso a dependencias gubernamentales del gobierno provincial de la calle Alendar, una de las más transitadas del centro urbano estambulí. Guardan el acceso policías armados que miran distraídamente el paso de vehículos y peatones, el arma al hombro y una mano en el bolsillo. El soldado que vigila la entrada sostiene con una mano el teléfono móvil, desde el que habla animadamente, mientras con la otra mano sostiene su arma reglamentaria. Cuando observa que le enfocamos con la cámara sonríe y saluda.
Las glorias del mundo pasan, sólo la belleza permanece.
Fotos: ©Valvar

-
Wamba

Wamba es el único municipio español cuyo topónimo contiene la letra “w”. Situado en la comarca de los Montes Torozos, en la provincia de Valladolid, inicialmente conocido como Gérticos, tomó el nombre en homenaje a su hijo más ilustre, el noble godo obligado a reinar contra su voluntad.
Llegamos a Wamba una apacible y soleada tarde de primavera, deseosos de conocer su iglesia de Santa María. No hay un alma en la plaza donde se alzan, casi colindantes, la Casa Consistorial y la iglesia. Los pájaros, en cambio, parecen despendolados por el estreno primaveral y llenan el espacio de trinos, en una formidable algarabía. Un letrero en la puerta de la iglesia indica el número al que debemos llamar si queremos visitar la parroquial. Mientras esperamos al guía refrescamos nuestros recuerdos sobre Wamba.

En el verano del año 676 estando en Gérticos murió el rey Recesvinto. De acuerdo con la tradición, su sucesor debía ser proclamado en el lugar del óbito del anterior rey. Puestos a buscar apareció Wamba, hombre de edad avanzada, miembro del grupo nobiliario hegemónico, que copaban los principales puestos de la administración territorial y central pero poco dado a realezas. Acabó aceptando y fue proclamado rey el 1 de septiembre de aquel año y confirmado en Toledo, siendo ungido el 20 del mismo mes por el obispo Quirico. De donde se deduce que el metisaca eclesiástico-político nos viene de antiguo y que en materia de nombres los godos son muy suyos.
Sostienen las crónicas que Wamba fue el último rey en dar esplendor a la corona visigoda y que tras él se inicia la decadencia. Se pasó el reinado sofocando luchas: de la nobleza entre sí y contra la monarquía, de los católicos contra los arrianos, de los hispanorromanos contra los visigodos, una rebelión de los vascos y una tentativa de invasión árabe… Un sin vivir.
Por si no tuviera poco con lo de casa, aún tuvo que salir a las Galias a apaciguar otras rebeliones. Asegura la tradición que tras la victoria de Narbona volvió con las reliquias de San Antolín, otro príncipe visigodo que había sido ejecutado en Toulouse un siglo antes, reliquias que se depositaron en lo que luego sería la cripta del santo en la catedral de Palencia.
Ya puesto, convocó el XI Concilio de Toledo para corregir los abusos y vicios eclesiásticos. Con escaso resultado, si hay que atenerse al devenir de la historia. Y con peores consecuencias para el propio rey pues se cree que el obispo de Toledo tomó parte en la conjura para destronarlo. Los conjurados engañaron a Wamba, le narcotizaron y, en ese estado, le tonsuraron, le vistieron de monje y le obligaron a abdicar.
Haciendo buena la hipótesis de que el hábito hace el monje, Wamba se retiró al desaparecido monasterio de San Vicente de Pampliega, en la provincia de Burgos, donde murió y recibió sepultura en el 688. Un monolito recuerda el paso del monarca por el lugar. (Si quieres saber más sobre la vida y hazañas del rey Wamba, clica aquí 👇)

Pampliega recuerda a Wamba Ni siquiera después de muerto tuvo el pobre rey sosiego pues en el siglo XIII el rey Alfonso X el Sabio mandó trasladar sus restos a una iglesia ya desaparecida junto al Alcázar de Toledo. El sepulcro fue profanado durante la francesada y en 1845, en una suerte de justicia poética, los restos fueron trasladados a la catedral de Toledo y depositados en la sacristía, donde permanecen.

La guía aparece enseguida, dispuesta a relatar la historia de esta iglesia, cuya portada románica se abre a poniente sobre un arimez con tejaroz soportado por canecillos de cabezas de animales y de personas con gestos de burla. Orna la entrada un tímpano –en el que aparece la fecha de edificación en 1195- y tres arquivoltas de medio punto decoradas con motivos geométricos. Las columnas que soportan los arcos muestran capiteles vegetales.


La iglesia tiene dos partes diferenciadas. La cabecera, con tres ábsides rectangulares, el primer tramo de las naves y el muro norte corresponden a lo que fue templo prerrománico, de repoblación o mozárabe, levantado hacia el siglo X. Las bóvedas son de cañón semicircular y los arcos de herradura se apoyan en pilastras. En el muro del testero central quedan restos de pinturas murales, de entre los siglos X al XII, con figuras de leones.







El cuerpo de la iglesia es románico y se levantó a partir del siglo XII, cuando la iglesia pasa a depender de la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén. Es de tres naves de tres tramos bien engarzadas con la cabecera mozárabe, con arcos apuntados sobre pilares rectangulares con dos semicolumnas adosadas. Aunque la mayoría de capiteles son vegetales, los hay historiados sumamente interesantes, como el de la psicostasis o peso de las ánimas, y otros que muestran viejos oficios. En esta iglesia fue enterrada la reina Urraca de Portugal, esposa de Fernando II de León y madre de Alfonso IX.






A esta construcción, se añadió por el crucero norte un compartimento cubierto de bóveda de aristas, con una columna central, pinturas y esculturas y un osario, del que se conservan miles de esqueletos de los siglos XIII al XVIII, de hombres, mujeres y niños. Como te ves, yo me vi. Como me ves, te verás, advierte una leyenda en el osario. Por si alguien había pensado otra cosa.


De vuelta a la plaza, los pájaros siguen con su trinar. El sol tiñe de dorado el caserío, tan cuidado que el Wamba originario se sentiría honrado de darle nombre.
Fotos: ©Valvar

-
Maderuelo

Maderuelo es un lugar al que se puede ir por mil razones y todas buenas. Está situado sobre una meseta como un barco varado desde el que se divisan tierras de las provincias de Burgos, Soria y Segovia, provincia a la que pertenece. En las aguas del Riaza, atrincheradas en el pantano, se reflejan sus restos medievales y el gran tesoro románico de la ermita de la Veracruz.


En el lugar defienden que por aquí pasaba la calzada romana de Tiermes a Roa, un resto del cual sería su puente romano, hoy bajo las aguas del pantano. Núcleo de repoblación durante la reconquista, por su posición estratégica formó parte de la primera línea defensiva de la margen izquierda del Duero, con Coca, Cuéllar, Fuentidueña y Sepúlveda. El historiador Jiménez de Rada (1170-1247) lo menciona como Castro Maderolum, una de las fortalezas recuperadas por Sancho Garcés III en 1011.
Cabeza de una pequeña Comunidad de Villa y Tierra con 19 aldeas, llegó a tener diez parroquias. En 1339 pasó a propiedad de la reina Leonor de Navarra; en 1423 es señorío de Álvaro de Luna, una de cuyas nietas casa con el marqués de Villena, a cuya familia perteneció hasta la abolición del régimen señorial en 1837. Del siglo XV conserva parte de la muralla, el Arco de la Villa, la parroquia de Santa María y las ermitas de San Miguel y la Veracruz. Forma parte de la asociación de “Los pueblos más bonitos de España”.
Se accede a Maderuelo por el Arco de la Villa, que mira al suroeste. La puerta ha perdido el foso y puente, que tuvo hasta hace un siglo, pero conserva los cerrojos, la poterna y las gruesas puertas de madera, con adornos y blindajes propios del siglo XV. Tiene la particularidad de que la abertura interior es un arco de medio punto, mientras que la exterior es un arco apuntado. Adosado a este hay otro arco de medio punto más alto, con un hueco central o buhedera, con funciones de matacán que protegía el acceso.



Como somos bastante asiduos a esta villa hemos podido comprobar que su escasa población permanente aprecia sus monumentos. En nuestra última visita -agosto de 2023- hemos visto cómo había desaparecido el cableado que afeaba el Arco de la Villa al tiempo que se prohibía el tráfico rodado en el casco antiguo, excepto a los residentes.

Lindando con el Arco de la Villa se conserva la casona blasonada de los señores de Maderuelo, marqueses de Villena y Condes de San Esteban. En alguna de nuestras visitas se encontraba en venta.

Este primer acceso desemboca en la pequeña Plaza de San Miguel, con la ermita del mismo nombre, obra del siglo XII a la que en el XV se añadió una segunda nave, rematada con una pequeña espadaña. Está desacralizada y tiene una vivienda adosada. Conserva el ábside románico y la espadaña. Ha sido restaurada y se utiliza para actividades culturales.

La calle de Abajo, a la derecha, desemboca en un espacio abierto conocido como plaza del Baile y que se cree fue lugar de mercado. La olma que presidía el baile y la vida del vecindario murió por la grafiosis y ha sido sustituida por un ejemplar joven. Un poco más adelante se encuentra el nuevo ayuntamiento, que ocupa lo que fue antigua cárcel.
Siguiendo el paseo se llega a la Plaza de Santa María, que debió de ser el corazón de la villa, a la sombra de la iglesia de la que recibe el nombre. En ella se levanta una picota, donde se exponía o se ejecutaba a los reos, con todos los adminículos requeridos para su funcionamiento que, aunque hoy sean puramente ornamentales, producen cierto repelús.



De la iglesia de Santa María del Castillo destaca su airosa espadaña, del siglo XVIII, con cinco campanas, que se hacen oír por toda la comarca. Es un conglomerado de estilos, románico, gótico, renacentista, mudéjar y musulmán. Empezada a construir en el siglo XIII, sufrió un incendio en el XVI y fue reconstruida con restos de iglesias de otros templos arruinados. Algunos historiadores creen que pudo haber sido también sinagoga. A derecha e izquierda de ella se abren dos arcos de medio punto. En su interior conserva la momia de la niña María que, según la leyenda, murió de peste y su padre hizo vestir con sus mejores ropas.
En nuestra primera visita, hace de ello muchos años, se nos acercaron unos niños. ¿Quieren ver la momia?, se ofrecieron. Antes de responder levantaron la tapa de un arcón y, efectivamente, allí estaba la criatura momificada. Del susto a poco me caigo de espaldas. Debo de ser la excepción pues, según nos cuentan, el hecho de que los restos infantiles se hayan conservado en buenas condiciones se considera expresión de energías positivas, de manera que los visitantes acostumbran a poner sus manos sobre ellos para recibir esa energía benéfica.
De nuevo en la plaza, bordeando la iglesia por la derecha, un atrio porticado orientado a levante protege dos puertas, una cegada de estilo mudéjar, y otra románica de dientes de sierra y puntas de diamante, ambas muy hermosas. Bajo el atrio hay un mirador desde el que se divisa el pantano y la serrezuela próxima. Ese mínimo espacio se conoce como arcacel, donde se sembraba de cebada para forraje de los animales de tiro del párroco. A falta de animales de tiro, se ha instalado una catapulta, llamada trabuquete o almajeneque, arma defensiva medieval, como recuerdo del carácter defensivo de la villa.





Bordeando los muros de la iglesia se llega al Torreón del Castillo, que protegía el acceso norte de la población, en otro tiempo habitado por los condes de San Esteban. Se cree que el castillo fue derruido por Isabel la Católica para castigar a los partidarios de los marqueses de Villena y de Juana la Beltraneja. Los ataques del tiempo y de los rayos han convertido el Torreón en unas ruinas desdentadas.



Desde ese punto hay que seguir la senda que conduce de nuevo a la Plaza de la Iglesia y, desde allí, por el Camino de la Puerta del Barrio se llega a dicha puerta, orientada a poniente. La entrada es abovedada entre dos arcos de medio punto. Adosado a ella un antiguo torreón que fue utilizado como hospital o albergue de peregrinos. El barrio al que alude la puerta era el judío o judería.



Callejear por Maderuelo es agradable y triste a la vez. Como tantos pueblos de la España interior, es perceptible su decadencia, a pesar de que los visitantes de fin de semana y de verano alientan la ilusión de cierta vidilla. La realidad es que, junto a hermosas casas rehabilitadas, la mayoría dedicadas a atender al turista ocasional, otras muchas se encuentran en venta o, directamente en ruinas. En una de ellas se puede ver aún un haz de centeno de los usados para chamuscar al cerdo en la matanza, como venas abiertas de un tiempo y una forma de vida que ya nunca va a recuperarse. Ante ruinas como esta nos preguntamos, sin llegar a ninguna conclusión, qué sería lo acertado, si derribarlas definitivamente y dejar libre el solar o mostrar los muñones del pasado.









En una de esas casas recuperadas se pueden ver piedras de apariencia antigua. Nosotros hemos especulado muchas veces sobre su procedencia, incluso con la similitud de la Medusa de la Cisterna Basílica de Estambul, hasta que en la última visita nos aclararon que son obras actuales, realizadas por un artista asentado en el pueblo.


Fuera del recinto medieval junto al cementerio, se levanta la ermita de Nuestra Señora de Castroboda, construida en el siglo XVIII por los vecinos con los restos de la ermita de San Roque, para guardar a su patrona, que goza de mucha devoción entre el vecindario.

Empero, el auténtico tesoro de Maderuelo es su ermita de la Veracruz, no tanto por lo que guarda como por lo que guardó. Levantado sobre una fábrica visigótica, la tradición habla de que los templarios custodiaron en ella uno de los “Lignum Crucis” -de donde le viene el nombre- y que tuvo una cofradía dedicada al enterramiento de los vecinos difuntos y a obras pías.


Es Monumento Nacional desde 1924, albergó un extraordinario conjunto de frescos románicos. Al contrario de lo que sucedió en otros pueblos de esta Comunidad -San Pedro de Arlanza, Berlanga, Fuentidueña- los frescos de la Veracruz no se vendieron de mala manera, fue la construcción del pantano de Linares, que lame los muros de la ermita, lo que movió al Estado a adquirirlos en 1929. Desde 1947 se encuentran en el Museo del Prado, donde se ha habilitado un remedo de ermita para su contemplación. Las improntas dejadas en los muros han sido “repintadas”, advirtiendo siempre de que se trata de una copia sobre los originales. Así y todo, es aconsejable hacer la visita de la vieja y original ermita. Hay que llamar previamente aquí 👇 para concertar cita.







Las pinturas románicas representan temas bíblicos: en la bóveda, el Pantocrátor sostenido por cuatro ángeles; lateral izquierdo: La Anunciación, Ángel turiferario, San Mateo y San Lucas. Lateral derecho: San Marcos, Ángel con rollo, quizá San Juan Evangelista, Ángel turiferario, Ángel con libro, Santo obispo. Medios puntos: Caín (para algunos autores Melquisedec) y Abel presentan ofrendas al Cordero inserto en la Cruz, La creación de Adán y El Pecado Original. Muro izquierdo: Seis Apóstoles, La Magdalena unge los pies del Señor, Adoración de un Mago a la Virgen con el Niño; muro derecho: Cuatro Apóstoles.
En tiempos de sequía, cuando descienden las aguas del pantano, se puede ver el puente viejo de cinco ojos, de piedra de sillería, románico asentado sobre uno anterior de origen romano, que unía la ermita con el pueblo. El pretil conserva dos escudos con las armas de los Pacheco, del marquesado de Villena, que cobraba pontazgo. Afortunadamente, y no quisiera yo dar ideas, en el nuevo puente, levantado cuando la construcción del pantano, no existe el pago de pontazgo.


Si en la visita se hace hora de comer el visitante puede optar por tomar lo que le apetezca en un sencillo restaurante instalado cerca de la ermita de la Veracruz, dar cuenta de su propia comida en cualquiera de las mesas de la pradera o bien ascender hasta el pueblo y comer en alguno de sus restaurantes. En nuestra última visita decidimos esta opción y comimos un excelente lechazo.


El pantano de Linares, aunque reciente, forma parte del paisaje de Maderuelo. Construido a mediados del siglo XX, supuso la desaparición del pueblo de Linares del Arroyo, cuya población fue trasladada al poblado de nueva construcción de La Vid (Burgos), mientras que el término municipal se repartía entre Maderuelo y Montejo de la Vega. Uno de los vecinos forzados al exilio fue Pedro Pascual, quien optó por asentarse en Aranda de Duero con su numerosa familia. Hombre emprendedor, primero organizó el suministro de bocadillos al paso de los trenes de la línea Valladolid-Ariza, luego, se hizo cargo de la cantina de la estación y, finalmente, abrió un almacén de coloniales en Aranda, regentado ya por sus hijos, Fidencio, Juanjo, Pedro y Tomás, con la decisiva colaboración de sus hijas Faustina y Lucía, pues Matilde había profesado como religiosa. De esta semilla nacerían las empresas Pascual Hermanos, Peache y, en suma, el conglomerado industrial Pascual.
El embalse tiene una superficie de 690 hectáreas y está catalogado como humedal protegido por albergar nutrias, garzas reales y otras especies de anátidas.


Para completar el viaje no lejos se encuentran las Hoces del Riaza, Zona de Especial Protección para las Aves, magnífico espacio de cañones y barrancos con imponentes farallones donde anidan buitres leonados y alimoches, que comparten vuelo con búhos reales, halcones peregrinos, águilas, cernícalos, grajillas, chovas y otras aves. Conforman el paisaje carrascas, quejigos, sabinas, enebros, sauces y chopos con tomillos, espliegos, cantuesos y aulagas que alternan con majuelos y escaramujos. Este fue uno de los escenarios escogidos por Félix Rodríguez de la Fuente para la filmación de su serie sobre la Naturaleza.









Luego, cuando tengas ocasión te acercas al Museo del Prado para ver las pinturas murales originales. (Fotos Museo del Prado)












Fotos: ©Valvar y ©Museo del Prado

-
El Museo Arqueológico Nacional

Una de las ventajas que tiene vivir en Madrid es su abundante, variada y, en general, accesible oferta cultural que. La relación de salas de conciertos, de librerías y bibliotecas o de museos es casi infinita. A nosotros nos va casi todo, pero entre esa oferta ocupa un lugar especial el Museo Arqueológico Nacional, el MAN, que nos permite viajar por el tiempo y, casi, por cualquier espacio de este mundo.
Este museo se creó por Real Decreto de Isabel II el 20 de marzo de 1867, en vísperas de la revolución de 1868 que empujó a la reina al exilio. A la espera de que concluyeran las obras del edificio que debía ser su sede, inicialmente ocupó las instalaciones del Casino de la Reina, en las inmediaciones de la Glorieta de Embajadores, que en 1817 el Ayuntamiento de Madrid había regalado a la reina Isabel de Braganza. Fue el rey Amadeo I de Saboya quien presidió la inauguración oficial el 9 de julio de 1871. El museo nacía con cuatro secciones: Tiempos primitivos, con 2.703 objetos; Edad Media, con 3.033; Numismática, con 103.096 monedas; y Etnografía, con 3.500 objetos. Los primeros años fueron difíciles, pues, aparte de las dificultades políticas, el Museo sufrió varios intentos de robos y algunos con éxito: los ladrones se llevaron una espada hispano árabe y varias estatuillas, luego recuperadas.

El primer museo 1871-1893. Foto MAN El 5 de julio de 1895 pudo por fin inaugurarse el Museo en su prevista y definitiva sede del Palacio de Bibliotecas y Museos, cuya construcción había durado treinta años. El edificio, obra de Francisco Jareño y Alarcón y Antonio Ruiz de Salces, es compartido por la Biblioteca Nacional, a la que se accede por la plaza de Colón, y el MAN, con entrada por la calle Serrano. El 10 de julio de 1931 se creó el Patronato del Museo Arqueológico Nacional.

Recreación de ambiente 1895-1940. Foto MAN Durante la guerra civil las instalaciones del MAN acogieron fondos artísticos de otras procedencias que se querían proteger, a pesar de que la aviación del bando sublevado atacó el edificio con bombas incendiarias. El Patio de la Virgen conserva el impacto de una de aquellas bombas.
Terminada la guerra, se abrió una exposición reducida y provisional, que se conoció como el Museo breve o resumido.

El Museo breve. 1940-1951 Foto MAN La provisionalidad se prolongó hasta 1951 y en 1954 volvió a reinaugurarse. Mas, enseguida se vio que las instalaciones eran obsoletas y, a partir de 1968 se abordó su modernización, que se prolongó hasta 1981. En 1964 se inauguró una reproducción de la cueva de Altamira, creada en el subsuelo de los jardines del recinto.

Nuevas instalaciones 1954-1968. Foto MAN En 1988 se planteó una nueva remodelación, se reorganizó el archivo. se informatizó el museo y se le dio una nuevo aire. En la puerta principal se ubicaron las estatuas de Alonso Berruguete y Diego Velázquez y sendas esfinges a cada lado de la escalinata. En 2008 se abordó una renovación total del edificio, el museo quedó reducido a sus obras más significativas, en una nueva versión del Museo breve. Entre 2011 y 2014, el museo permaneció totalmente cerrado.

El Museo entre 1970-2008. Foto MAN Actualmente, el MAN es uno de los museos más atractivos de la capital. En 40 salas se distribuyen sus colecciones, formadas con piezas originarias de España, desde la Prehistoria a la Edad Moderna, y de colecciones procedentes de la Antigua Grecia o de Oriente Próximo, que se exhiben en doce módulos: Arqueología y patrimonio; Prehistoria, Protohistoria; Hispania romana; Antigüedad tardía; Edad Media; Edad Moderna; Historia del museo; Oriente Próximo; Egipto y Nubia; Grecia; y Moneda. (Fotos MAN)





La última remodelación tuvo el acierto de incorporar las nuevas tecnología y de imprimir al museo un carácter eminentemente didáctico por lo que es frecuente encontrarse en sus salas a grupos de escolares que siguen atentos las explicaciones de los guías. Los escolares y los jubilados somos el público más fiel del MAN. Para ambos grupos el acceso es gratuito. Desde la última remodelación, el museo recibe anualmente alrededor de medio millón de visitantes. Por lo común, las áreas más visitadas son las de Egipto y la Protohistoria. La Dama de Elche es VIP total, seguida de la Dama de Baza y la corona de Recesvinto del Tesoro de Guarrazar.



Por ponerme estupenda añadiré que el MAN solo tiene un pero: de los 25 directores que han estado al frente desde su creación, solo cuatro han sido mujeres. Hubo de transcurrir más de un siglo para que en 1991 se nombrara a la primera directora: Carmen Pérez Díe (1991-1997); le han seguido Marina Chinchilla Gómez (1991-2000), Rubí San Gamo (2004-2010) y la actual, Isabel Izquierdo Peraile, nombrada en 2022. Se diría que algunas instancias hicieron suyo el pensamiento de Diógenes Laercio: «Doy gracias al Destino, por ser hombre y no animal, por ser varón y no mujer, por ser griego y no bárbaro«. Inscripción con la que suelo dar la murga al Colega en cada visita.

Nosotros acostumbramos a acudir al MAN al menos una vez al mes y siempre encontramos algo interesante. Ni que decir tiene que lo que más nos gusta es el módulo de la Edad Media, situado en la segunda planta, donde se expone una valiosa colección de piezas románicas. La primera vez que volvimos al museo tras el confinamiento nos advirtieron de que algunas salas estaban cerradas. Nosotros subimos directamente a la segunda planta y al salir del ascensor nos topamos con un cubo de fregar y una fregona con el palo aparentemente caído a un lado. Pensando que la persona encargada de la limpieza había olvidado el cubo, apartamos el palo y nos adentramos en el módulo egipcio. No había nadie, solo nosotros. Impresiona ver las salas vacías, comentamos. Así estuvimos un buen rato, haciendo compañía a los sarcófagos, hasta que vimos llegar a un vigilante con cara despavorida. Al parecer, nos habían detectado las cámaras de vigilancia. ¿Cómo han subido a esta planta?, nos preguntó. Por el ascensor, respondimos con naturalidad. Al ver que éramos dos viejos indefensos el hombre se fue tranquilizando. Es que no se puede entrar en estas salas, están cerradas, añadió. No quisimos discutir con él, que bastante susto tenía el hombre, pero poder, se podía entrar. Bastaba retirar el palo de la fregona.
El módulo egipcio se abrió enseguida pero desde el comienzo de la pandemia el módulo de la Edad Media ha permanecido cerrado por falta de personal, desde marzo de 2020 hasta el 15 de septiembre de 2023. Si el ministro de Cultura hubiera estado atento, podría haber oído nuestros reniegos.
Ya está dicho que cualquiera de los apartados del museo merece una visita pues todos ellos atesoran piezas de primer nivel, pero poder ver de tú a tú la colección de pilas bautismales, capiteles, canecillos y sepulcros románicos, resulta emocionante. Empezando por el arco de San Pedro de Dueñas y sus capiteles de caballeros.



O las pilas bautismales de Mazariegos (Burgos), hecha por Petrus, como reza en el borde (izquierda), o la de San Pedro de Villanueva (Asturias) que recuerda que los comitentes: «Juan y María hicieron esta obra en la Era 1152) (foto derecha).


Los capiteles de la iglesia de Granja de Valdecal, cerca de Mave, (Palencia), entre los que destaca el que representa a obreros trasladando la argamasa y labrando la piedra.




La Virgen entronizada con Niño, procedente del monasterio de San Bento de Sahagún (León), el parteluz con Cristo Salvador, de la iglesia de Santiago de Vigo (Pontevedra), con la inscripción en el nimbo: Ego sum Alfa et Omega, y los apóstoles Bartolomé y Santiago el Menor del Maestro Mateo, procedentes del coro de la catedral de Santiago de Compostela (La Coruña).



Las columnas de San Paio de Antealtares, en el Camino de Santiago.


El pilar de la lujuria, que quizá fue el parteluz de la iglesia de Armentia (Álava).





El sarcófago de Calatañazor, con la psicostasis, la Anunciación y la duda de San José.

Y, sobre todo, los capiteles del monasterio de Aguilar de Campoo, tanto los de la iglesia como los del claustro.



















Admirarse de la maravilla de la belleza de esas arpías o de la labra de esos soldados dispuestos a la degollina de los inocentes o dormidos ajenos a la Resurrección de Cristo.



También del monasterio de Aguilar de Campoo, pero ya gótico, el sarcófago y estatua yacente de doña Inés Rodríguez de Villalobos, mujer «de clara estirpe nacida, fecunda en virtudes, piadosa, limpia de todo pecado mundano, prudente y elocuente«, arrebatada de la vida en el año 1339 de la era, según reza su epitafio.


Aunque el románico sea nuestro favorito, la Edad Media fue rica en otras expresiones artísticas. Sin apenas moverse de la sala se puede disfrutar de una amplia muestra de pintura y escultura góticas.







Aunque menos espectacular que todo lo referido, personalmente me gusta esta jarra con rostro de mujer -del siglo XV- y el báculo del Papa Luna.


Te guste o no el románico, no puedes irte del MAN sin visitar la portada occidental del monasterio benedictino de San Pedro de Arlanza (Burgos), que fue una institución en Castilla, reducido a ruinas después de la Desamortización del siglo XIX, portada salvada porque en 1895 llegó al MAN. Para esto, para salvar el patrimonio histórico y artístico del país vale un museo como el Arqueológico Nacional. Además de para viajar por el románico -y, por extensión, por el arte universal- sin salir de Madrid.


Ruinas de S. Pedro de Arlanza El MAN tiene una estupenda página web desde la que se puede acceder a una visita virtual del museo y un enlace que ofrece una guía con información exhaustiva de lo que el visitante encuentra en sus salas.
Fotos: ©Valvar y MAN

-
Barcelos

Barcelos es una ciudad portuguesa perteneciente al distrito de Braga, con una historia que se remonta a tiempos inmemoriales, si hay que hacer caso a los restos arqueológicos aparecidos en su término, pero que empieza a escribirse en el siglo XII cuando don Afonso Henriques le dio fuero y condición de villa y, luego, don Denis concedió a su mayordomo Joao Afonso el título de conde de Barcelos.
Su momento de esplendor le llegó en 1385 cuando el séptimo conde de este título entregaría la villa como dote en el enlace de su hija Beatriz con otro Afonso, este hijo extramatrimonial del rey Joao I. Se amuralla la población, se construye el puente sobre el rio Cávado, la torre de la Porta Nova, el Paço de los Duques y la iglesia matriz.
Pero si por algo es conocido Barcelos en el mundo entero es por su gallo, identificado como el animal totémico portugués. Cuenta la tradición que andaban los vecinos alarmados porque se había cometido un crimen sin que se hallase al culpable cuando un buen día apareció por allí un gallego, convirtiéndose en sospechoso. Fue detenido y acusado del crimen, a pesar de sus protestas y de que aseguraba ser un peregrino de camino a Santiago, y condenado a la horca. Antes de ser ahorcado pidió ver al juez, que a la sazón estaba con unos amigos disponiéndose a comer un gallo asado. “Es tan cierta mi inocencia como cierto es que ese gallo cantará cuando me ahorquen”, dijo el gallego. Y así fue. Cuando el peregrino estaba a punto de ser colgado el gallo se levantó del plato y cantó. El juez corrió a liberarlo y el gallego siguió por su camino miñoto hasta Santiago. Pasado un tiempo volvió a Barcelos y mandó edificar un monumento en memoria del suceso.

La historia guarda muchas similitudes a la que se relata en Santo Domingo de la Calzada, en cuya catedral se conservan un gallo y una gallina vivos en memoria del suceso.
En Barcelos el gallo asado es uno de sus platos tradicionales hasta el punto de que cada año el tercer fin de semana de octubre organiza un concurso gastronómico con este leitmotiv.
Nosotros llegamos a Barcelos el jueves 12 de enero de 2023, de paso hacia la iglesia románica de Galegos-Santa María; al Colega lo del gallo le parecía poco interesante. La elección del día no es casual. Como encargada de la organización del viaje he reservado esta fecha para conocer la considerada mayor feria de artesanía de Portugal, que cada jueves se celebra en el Largo de Feria o Campo de la República. Al colega la feria le interesa menos aún que el gallo así que propone dar una vuelta, tomar café y seguir camino.

Mas, Barcelos tiene un centro histórico entre medieval y moderno que lo hace muy atractivo, todo ello trufado con sus gallos y cerámicas diversas, como procede a una ciudad -proclamada como tal en 1928- considerada referencia en las artes y oficios tradicionales, miembro de la Red de Ciudades Creativas de la Unesco desde 2017.

Enseguida nos topamos con la Torre de la Porta Nova, que formó parte de la antigua muralla y actualmente es un espacio dedicado a las artes y oficios tradicionales. Una pequeña maravilla. Nos gusta tanto que subimos hasta el mirador, todavía adornado con las luces navideñas, desde el que se contempla la iglesia del Bom Jesus de la Cruz y la de Nuestra Señora del Terco, en el Largo de Feria, el Jardín Barroco y la ciudad entera.



En una plazoleta próxima -el largo José Novais- se encuentra la Oficina de Turismo, donde nos proveen de material suficiente para invitarnos a una visita. Allí mismo entramos en otro pequeño museo con figuras increíbles.



Por la rua de don Antonio Barroso llegamos al Teatro Gil Vicente y un poco más adelante el Palacio de los Condes, la iglesia matriz y el solar de los Pinheiros.

La iglesia matriz, dedicada a Santa María, es obra del siglo XIV, con algún resto románico en sus columnas, y el interior cubierto con azulejería del siglo XVIII.







El Palacio de los Condes de Barcelos fue mandado construir por don Afonso, el primer duque de Braganza. Por su estructura, y por dominar el puente de peregrinos sobre el río Cavado, también del siglo XIV, más parece castillo que palacio aunque sirvió de residencia de la familia titular hasta el siglo XVII. Su abandono, primero, y el terremoto de 1755 lo dejaron malparado.








Sus restos ruinosos lo han convertido en museo arqueológico, en el que destaca el crucero de la leyenda del gallo, del que ya hemos hablado.



A un tiro de piedra, en el centro de un jardincillo, se levanta el Pelouriño, una picota gótica del siglo XIV.

No lejos se encuentra el Ayuntamiento, una amplia construcción resultado de unir la antigua Cámara, del siglo XIV, el hospital del Espíritu Santo y la Capilla de Santa María, del XVI, el Hospital de la Misericordia, del XVII, y el Palacio del Concejo, del XIX. Extrañamente, el edificio tiene cierta unidad.

El Colega ha pegado la hebra con un grupo de trabajadores en el Palacio de los Condes y se ha animado a acompañarme al Museo de la Alfarería, que reúne piezas locales y de otros países de lengua portuguesa, antiguas y modernas.




Ya que estamos aquí vamos a dar una vuelta por el mercado, le propongo al Colega. Antes de que empiece a protestar le sugiero que podemos aprovechar para llevar algo a las herederas. Mano santa. Y ahí echamos el rato, yo haciendo fotos y ellas diciendo esto quiero y esto también y el Colega pidiendo que lo envolvieran para el viaje.
Antes de seguir camino nos informan que el mejor tiempo para visitar Barcelos es la primera semana de mayo, cuando se celebra la Fiesta de las Cruces y las calles se llenan de flores, luces, banderas y conciertos al aire libre. O la última semana de julio, cuando organizan un festival de folclore, con cantos y bailes populares. Tomamos nota del consejo, y salimos de Barcelos muy contentos, a pesar de ser enero.
Por fin, indicamos al GPS la dirección de Santa María de Galegos, de la que en teoría nos separan una decena de kilómetros, y nos ponemos en marcha. Después de muchas vueltas, sin encontrar a nadie a quien preguntar, cuando creemos estar al borde del fin del mundo, al fin damos con la iglesia románica.



Casi en medio de la nada, en una explanada solitaria, separada del campo por un murete, una señal de aparcamiento reservado para el párroco. El poder tiene que ser eso, vivir como un cura y con aparcamiento propio, le digo al Colega, que en ese momento está enfrascado y feliz fotografiando la iglesia, objetivo suyo esta jornada.


Aunque hemos madrugado para llegar a Barcelos se nos ha hecho un poco tarde para comer. Nos acogemos a la hospitalidad de un pequeño restaurante de Galegos -Sonho do Cavado- que está lleno de una clientela local, donde degustamos la rica y contundente gastronomía de la región. Una jornada completa.
Fotos: ©Valvar

-
Tarazona

Tarazona es una pequeña ciudad de la provincia de Zaragoza a la que hay que acercarse con el debido respeto, no en vano pasa por haber sido edificada por Túbal-Caín -personaje bíblico de la estirpe de Caín, tenido por iniciador de la metalurgia, en quien se basaría el mito de Vulcano- y reedificada por Hércules. Así reza en su escudo: “Tubalcain me aedificavit, Hércules me reaedificavit”.
Es el hecho que el lugar denominado Turiasu estuvo habitado ya en el siglo II a.C., que los iberos ocuparon el barrio del Cinto y luego se asentaron los romanos, de cuya época han quedado abundantes restos, incluidos varios mosaicos y un busto de Augusto, que aquí permaneció un tiempo para recuperar la salud en los baños de Turiaso, en la creencia de que las aguas del río Queiles tenían efectos curativos. La abundancia de fuentes, precisamente, está en el origen etimológico del topónimo Tarazona, por evolución de Turiasu, Toriaso, Tirassona.
En el siglo VI tenemos a la población con catedral propia convertida en una fortaleza visigoda frente a los vascones. En el 714 es ocupada por los árabes, creciendo considerablemente. La catedral visigoda es convertida en mezquita. Los judíos ocupan la judería vieja. En 1119 es conquistada por Alfonso I el Batallador, pero en la Edad Media es conquistada y reconquistada sucesivamente.
La iglesia de la Magdalena, la más antigua de la ciudad, se convierte en catedral provisional hasta que en el siglo XII se construye la catedral nueva allende el Queiles. Los musulmanes se instalan fuera de la muralla y los judíos extienden el espacio de la judería.
La presencia de las tres culturas hizo de Tarazona un importante enclave de las traducciones del áraba al latín, al nivel de Toledo en la materia. Actualmente, la ciudad es sede de la Casa del Traductor, que impulsa y gestiona las actividades relacionadas con la traducción literaria y todo lo relacionado con ella.
En 1495 los Reyes Católicos convocan Cortes en Tarazona, alojándose en el palacio episcopal. El XVI Tarazona se pone de moda. Florecen los negocios, aumenta la población, se fundan conventos, se cultivan las artes. En 1592 se reúnen Cortes nuevamente. Es un instante histórico porque dos años antes Antonio Pérez, que había sido secretario del rey, fue acusado de traición y apresado. Consiguió fugarse, acogiéndose a la proyección del Justicia de Aragón. Felipe II firmó el fin de los Fueros de Aragón. Ello supuso el final de la concepción del Justicia como contrapoder al rey y la decapitación unos días después de Juan de Lanuza, último Justicia de Aragón histórico.
La expulsión de los moriscos supone una gran pérdida para la ciudad, vaciándose algunos pueblos de la comarca. En 1707 Felipe V concede a la ciudad privilegios por su fidelidad durante la Guerra de Sucesión, pero la llegada de los borbones empobrece a la población por las contribuciones que exigen. Tras la Guerra de la Independencia Tarazona vive una incipiente industrialización que languidecerá en el siglo siguiente hasta la Primera Guerra mundial, cuando las necesidades bélicas impulsan su industria textil. Durante la Guerra Civil española potenciaría aún más esta industria añadiéndose la producción de fósforos. La crisis de estos sectores y, sobre todo, la competencia de la cercana Tudela contribuyeron al estancamiento de la ciudad.
El Palacio episcopal volvió a acoger las Cortes de Aragón en 1987, celebración que tuvo un gran valor simbólico pues en aquella sesión se eligió como Justicia de Aragón a Emilio Gastón, cuyo juramento se produjo en la misma sala que contenía los restos de Juan de Lanuza.

Nosotros llegamos a Tarazona en la Semana Santa de 2015. La ciudad se distingue en la distancia por sus torres, sus murallas, su aire mudéjar y su aspecto de castillo roquero. Una vez dentro comprobamos que las cuestas se suavizan, invitando al paseo por un entramado urbano que combina calles amplias y abiertas con callejuelas, arcos y recovecos, con el rumor del río Queiles, que atraviesa la localidad domesticado por canalización.

El perfil urbano turiasonense está presidido por la mole catedralicia, un conjunto gótico levantado entre los siglos XIII y XI con aportaciones mudéjares y barrocas. Sobre el monumento se han realizado obras de restauración y limpieza en los últimos años que le han dejado reluciente.








La catedral es el principal de los monumentos religiosos pero no su primer atractivo. Nos encaminamos por la calle Visconti hacia la Plaza de España, donde, sobre la muralla, se levanta el Ayuntamiento, una construcción monumental del siglo XVI, proyectada como lonja y granero. En su fachada hay una profusión de escudos, la figura alegórica de Hércules y un friso que representa el desfile triunfal de Carlos V en su coronación en Bolonia.




Frente a la fachada municipal, un monumento esquemático recuerda al Cipotegato, una figura festera, cuyo traje arlequinado evoca a los antiguos bufones, que es el encargado de abrir las fiestas patronales de San Atilano, el 27 de agosto. A mediodía de ese día, el Cipotegato sale del Ayuntamiento para seguir un itinerario secreto huyendo de la lluvia de tomates que le arrojan los vecinos.


Desde la plaza nos internamos en la judería como si avanzáramos por un túnel en el tiempo y el espacio. Las casas colgantes de Tarazona se asoman al barrio judío. Son edificaciones construidas en vertical para aprovechar el escaso espacio disponible, que recuerdan a otras juderías, como los guetos de Venecia o de Praga. También, como hemos visto en Israel pero en sentido contrario, allí ahora el gueto es palestino. No podemos evitar un escalofrío cuando descubrimos en una de las paredes de la judería una pequeña pintada que reclama: Free Palestine (Palestina libre).




Siguiendo por las Rúas de Judería o por las de Bécquer Alta o Baja, lllegamos a la iglesia de Santa María Magdalena, una construcción tardo-románica de tres ábsides del siglo XII, muy cerca del Palacio Episcopal. Su torre de estilo románico-mudéjar, es el punto más elevado de Tarazona.

El lugar es un excelente mirador de la ciudad y de la comarca que se extiende en derredor. Justo ahí abajo se encuentra la Plaza de toros vieja, construida entre los años 1790 a 1792 por iniciativa privada, que sirvió de coso hasta 1870. El perímetro de esta plaza octogonal está formado por 32 viviendas, que siguen ocupadas. Tarazona es la cuna del actor Paco Martínez Soria, que da nombre a una de sus calles céntricas y al Festival de Cine de Comedia de Tarazona y Moncayo, que se celebra cada mes de agosto.


Sin saberlo, resulta que hemos llegado a la ciudad en uno de esos días de gran festejo local, que coincide con las fechas en las que la mitad de la población nacional sale de su casa camino a cualquier parte. En el pecado llevamos la penitencia pues, llegada la hora de comer, nos vemos obligados a ver cómo desfilan ante nuestros ojos unas apetitosas viandas sin encontrar acomodo en ninguno de sus restaurantes, todos llenos. Así que en busca de condumio abandonamos Tarazona, ciudad antigua y moderna, cristiana, mora y judía.
Fotos: ©Valvar

-
Oporto (II)

La Ribeira de Oporto es un barrio antiguo y colorista dedicado hoy al turismo y cuajado de restaurantes para todos los gustos. Con una advertencia a tener en cuenta: los menús lusos son un punto excesivos, puedes probar a compartir, pedir medias raciones o tapas.
Después de una buena comida, nada mejor que un paseo por la ribera hasta el puente Luis I, uno de los que comunican ambas orillas del río Duero. Este puente vino a sustituir al primitivo, el Pênsil, del que quedan dos obeliscos junto a la estructura del nuevo. Enfrente de este punto se abre una escalera que termina en la explanada de la catedral; cerca está también el acceso al funicular que va reptando por la montaña hasta las inmediaciones de Batalha. Quien lo diseñó sabía bien lo que son escaleras.



El puente Luis I es el más fotografiado de los seis que comunican las dos orillas del Duero a su paso por Oporto. Fue proyectado por el ingeniero Teófilo Seyrig, que ya había proyectado el de María Pía, aguas arriba, construido por la empresa de Eiffel, el de la famosa torre parisina. El de Luis I tiene dos tableros o niveles, el superior está reservado al tráfico de la línea amarilla del metro y el inferior al tráfico rodado. Ambos tienen aceras peatonales.

Utilizamos el tablero inferior para cruzar a la orilla sur del río que, en puridad, es un municipio distinto a Oporto: el de Vila Nova de Gaia, donde están las bodegas que elaboran el oro líquido de la zona, el famoso vino de Oporto. Las bodegas pueden ser visitadas y, algunas ofrecen además actividades culturales complementarias. Otra sugerencia es la de sentarse en cualquiera de las muchas tabernas que orlan la ribera y saborear un oporto en cualquiera de sus variedades mientras contempla el perfil urbano de la ciudad. Nosotros elegimos la Taberninha do Manel y salimos muy contentos.

Deseando surcar las aguas del río Duero, hicimos un mini crucero desde el puente Luis I hasta las inmediaciones de la desembocadura, lo que nos permitió contemplar sus puentes, desde el de Freixo, el más oriental, con una longitud de tres kilómetros y una anchura de 150 metros, hasta el de Arrábida, el más moderno y occidental de los existentes. Se construyó en 1963 y entonces era el de mayor arco de hormigón del mundo. Tiene 615 metros de largo y 27 de ancho.




La travesía se hace en embarcaciones de recreo y en viejas barcazas rabelas dedicadas hasta los años 60 al transporte de toneles de vino desde Gaia al valle del Duero, algunas de las cuales se hallan atracadas en las orillas para deleite de fotógrafos y de simples mirones.


En los cuatro días que permanecimos en esta ocasión nos acercamos varias veces a la Foz del Duero, con el recuerdo aún vivo del espectáculo invernal que nos había ofrecido el Atlántico, que por aquí se manifiesta sin contemplaciones. Nada que ver con la imagen que nos ofrece en esta ocasión: el Duero se abandona en brazos de la mar océana que lo recibe amigablemente. En lo que llaman la Foz, la Villa Vieja de Oporto, se ha levantado en los últimos años una nueva población que coexiste con las viejas piedras del Fuerte de San Juan, los antiguos edificios de vacaciones y enormes paseos con frondosa vegetación, que en verano están muy frecuentados. Bordean la ribera un sinfín de establecimientos en los que tomarse un respiro o un refresco.



Desde allí contemplamos la caída del sol tras el horizonte, en uno de esos ocasos maravillosos que el astro rey reparte a discreción, mientras dábamos cuenta de una pequeña cosecha del mar. Coincidimos en que no podíamos pedir más y nos dimos por compensados de la visita invernal.



Entre el centro histórico y la Foz Oporto ha trazado una ciudad moderna con largas avenidas como la de Boavista. Dos edificios simbolizan este ensanche de la ciudad: el Museo de Arte Moderno de la Fundación Serralves, diseñado por Álvaro Siza, interesante por su contenido y por su continente y rodeado de un amplio y muy hermoso parque; y la Casa de la Música, construida con ocasión de la capitalidad europea de 2001, según un proyecto del arquitecto holandés Rem Koolhaas. El metro nos deja casi en la puerta. Ambas merecen una visita sosegada.


Frente a la Casa de la Música, en el parque de Alburquerque, se levanta una columna de 45 metros coronada por un león vencedor del águila, en cuya base se perpetúan en piedra escenas de la Guerra Peninsular. El monumento evoca la victoria de las tropas anglo lusas frente al ejército francés de Napoleón.




Muchos son lugares interesantes que ofrece Oporto, cada visitante encontrará sus itinerarios personales, que son los que hacen cada viaje único e intransferible. No obstante, nos permitimos sugerir un paseo nocturno entre una y otra orilla del Duero sobre el tablero superior del puente Luis I, itinerario vigilado por personal de Prosegur, sea por razones de protección personal o para evitar tentaciones desesperadas. La imagen de Oporto reflejado en las aguas del río es un regalo para el ánimo.





Cerca de la plaza de Batalha, frente al acceso al funicular, se levanta un pequeño oratorio: la Capilla de los Alfalates (sastres). Suele permanecer cerrado pero, en nuestro deambular por la ciudad, encontramos la puerta abierta y nos colamos. Siguiendo su costumbre, el Colega pegó la hebra con la persona que atendía el oratorio y así supimos que la capilla original se levantaba frente a la catedral pero en 1935 fue demolida para abrir la actual explanada de la seo y reedificada en su emplazamiento actual –al otro lado de la calle de Saraiva de Carvalho-. Preside el retablo manierista una imagen de la Virgen y a un costado, una urna de cristal guardaba la talla en madera de una mano. Curiosos como somos, preguntamos a quién correspondía la talla y la misma persona nos explicó que, cuando el traslado, descubrieron que la imagen había perdido una mano y el restaurador talló una nueva procurando que la incorporación no desentonara del conjunto. Tiempo después, apareció la extremidad perdida y, por tratarse de la original, la conservaron porque nunca se sabe qué puede deparar el futuro. De donde nos hemos encontrado con una Virgen de tres manos, lo que no está mal teniendo en cuenta que es patrona de los sastres, concluyó con humor.




Antes de abandonar Oporto, de donde tan buenos recuerdos nos llevábamo, nos regalamos un paseo en el tranvía que cada media hora salía frente a la Capilla de los Sastres, llegaba hasta la Torre de los Clérigos y volvía al punto de partida. Lo conduce una mujer que hace gala de una santa paciencia cuando a mitad de trayecto encuentra la vía ocupada por un coche de gama alta. La conductora para el tranvía sin que ninguno de los ocupantes haga comentario alguno, ni bueno ni malo. Transcurren los minutos hasta que hace sonar la campana; de un comercio próximo sale una pareja de edad media sin ninguna prisa, se mete en el coche y con toda parsimonia lo aparcan en la acera de enfrente. En el tranvía, ni una mala palabra. El Colega, que es quien conduce, se admiró muy mucho de la serenidad lusa.


De vuelta de nuestro paseo en tranvía, nos despedimos de la ciudad en el Café Java, junto al Teatro Nacional de San Joâo, en la misma plaza de Batalha. El Java cumplía en 2014 un siglo de existencia y, aunque no tiene la fama del Majestic ni su elegancia, en la primera mitad del siglo pasado fue sede de tertulias literarias y políticas y, en su decadencia, conservaba un aire de cafetín culto. Anoté en mi haber que allí fue donde degusté la famosa francesinha. Quien la probó sabe que eso no es algo baladí.

Fotos: ©Valvar

-
Oporto (I)

Oporto es una ciudad que mejora con el tiempo, lo hemos comprobado en las varias visitas que hemos hecho. Pasamos allí el primer 1 de enero de jubilados, con la mala suerte de que coincidimos con un temporal que nos proporcionó preciosas imágenes pero nos pasó por agua. Volvimos en julio de 2014 para resarcirnos, porque le tenemos ley al Duero y queríamos despedir al río en el punto donde se funde con el mar.







Oporto es la segunda ciudad más populosa del país, tras Lisboa. El núcleo urbano tiene unos 250.000 habitantes, que rondan lo dos millones si se tiene en cuenta el área metropolitana. A pesar de la muy amplia red viaria de acceso y de circunvalación nos costó una hora entrar a la ciudad y algo más salir, después de los cuatro días de nuestra estancia. Una vez dentro, para moverse por el centro histórico lo mejor es aparcar el coche en lugar seguro y utilizar cualquiera de los transportes públicos que la ciudad ofrece: metro, autobús, tranvía, funicular o barca.


Algo imprescindible para recorrer Oporto es un calzado cómodo porque su trazado urbano es una continua cuesta y el suelo, como el de Roma, un duro empedrado que destroza los músculos mejor entrenados. Tampoco estará de más alguna prenda ligera de abrigo, mejor si es impermeable, porque la humedad refresca al llegar la noche y, con frecuencia, esa humedad se transforma en lluvia. En honor a la verdad, en nuestra última estancia no cayó una gota –quizá para compensar el diluvio invernal- y sólo una noche necesitamos la rebequita.
Oporto es el nombre castellanizado de Porto, la primera ciudad industrial lusa, esa que, al decir popular, trabaja mientras Lisboa se divierte, Coímbra estudia y Braga, reza. Su carácter comercial hunde las raíces en el tiempo y en la leyenda. Refiere ésta que Cale fue uno de los argonautas griegos que fundó aquí un enclave comercial. La historia constata que los griegos conocían un asentamiento de nombre Cale ubicado en la orilla izquierda del Duero, cerca de su desembocadura. Los romanos fundaron un nuevo puerto en lugar más propicio. Este Portus Cale (puerto de Cale) derivaría en Portucale y acabaría dando nombre al país. Invadida por los musulmanes, fue reconquistada y repoblada por el Reino de León. Alfonso VI, concedió el condado Portulacense, que se extendía del Miño al Duero y tenía en Oporto su capital, a su hija Teresa, casada con Enrique de Borgoña. El hijo de ambos, Alfonso Henríquez, sería en 1143 el primer rey independiente de Portugal.
Aquí casó Juan I de Portugal en 1387 con la nieta del rey Enrique III de Inglatera, Felipa de Lancaster, matrimonio que se plasmó en el Tratado de Windsor, la alianza en vigor más antigua entre ambos países, modelo de intercambio comercial –vino portuense por paños ingleses- que se estudia en las facultades de Economía. De este matrimonio nacería en 1394 Enrique el Navegante. La gesta de los descubrimientos enriqueció a Portugal y la convirtió en centro europeo del comercio marítimo, convirtiendo a Oporto en cabeza de su industria naval.
Oporto se opuso a la unión de Portugal y España en el periodo de 60 años que ambos países fueron uno solo. Así, en 1580 se puso de parte del Prior de Crato contra Felipe II y en 1640 apoyó la revuelta de Lisboa, que zanjó la unión peninsular. El XVIII fue el siglo de oro portuense, la mayoría de sus edificios neoclásicos y barrocos datan de esa época, la de mayor esplendor industrial y comercial, vinculado a su famoso vino.
Tiene la ciudad una acreditada fama liberal y progresista y tradición de lucha por los derechos civiles en el siglo XIX. En 1820, aquí surgió un levantamiento militar que acabó con la monarquía absoluta y dio paso a una constitución liberal. El rey Pedro IV de Portugal y I de Brasil se apoyó en la ciudad en su lucha contra los absolutistas. En 1919, durante el breve intento de independencia de Lisboa protagonizado por Paiva Couceiros, se convirtió en capital provisional del Norte de Portugal. En 2001 fue, junto a Rotterdam, Ciudad Europea de la Cultura.
Por primera vez no nos alojamos en hotel sino en un apartamento de la rua Porta del Sol, una callecita estrecha cerca del puente Luis I y cerca también de la catedral y de la estación de Sao Bento; es decir, en el corazón del Oporto que más nos interesaba, el que va de la Ribera a Bolhao.
El centro histórico de Oporto fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1996, lo que nos lleva a empezar por ahí nuestro recorrido. La catedral se alza en un risco sobre el Duero, con aspecto de torre defensiva. Es el edificio religioso más importante de una ciudad que, sin ser Braga, está bien dotada de iglesias. Comenzó su construcción en el siglo XII y ha sido transformada a lo largo de los tiempos. La estructura y la portada son románicas, el claustro –cuyas paredes están decoradas con azulejos azules- y la capilla de San Juan, góticos y la mayor parte de la seo, barroca. Es monumento nacional.



La portada se abre a una amplia explanada en cuyo centro hay un humilladero barroco. A un costado de la plaza se levanta el palacio episcopal, una mole en el perfil urbano portuense. Desde la baranda de la plazuela se contemplan bellas panorámicas de la ciudad. De ahí parte una escalera que acaba en la Ribeira pero nosotros veníamos muy castigados por las escaleras de Braga y optamos por pasear en la dirección contraria, hacia la estación de Sao Bento. Antes, pasamos por la Oficina de Turismo, bien pertrechada de información en el idioma que se demande.



La estación de ferrocarril es un edificio imponente aunque su auténtica riqueza está en su decoración interior: Veinte mil azulejos decorados por el pintor Jorge Colaço, la historia de Portugal explicada en la típica azulejería portuguesa.. Un primor.




En el lugar se aprecia el latir de la vida local: el tráfago de la estación se disuelve en las distintas vías que hacia abajo conducen a Ribeira, de frente hacia la Baixa y a la derecha llevan a la Plaza de Batalha y la zona comercial. Cualquier opción es buena pero antes de alejarse conviene echar un vistazo a la iglesia de los Congregados y su hermosa fachada de azulejos. Cerca de aquí, en dirección a Batalha, nos topamos con otra fachada igual de espectacular: la de la iglesia de San Ildefonso.


A un costado de esta iglesia se abre la famosa calle de Santa Catarina, la calle comercial por excelencia. Por si hubiera duda al respecto, ahí está la omnipresente Zara para demostrarlo. Nos deleitamos con las primorosas tiendas tradicionales, que han acertado a conservar su aire entre modernista y decadente, y buscamos refugio en el famoso Majestic.


Este café ante el que se fotografían por miles los turistas –e incluso los viajeros como nosotros- es una institución en Oporto. Inaugurado en 1921, fue centro de reuniones y eje de la vida cultural y política de la ciudad. Su decoración interior y sus lámparas art nouveau lucen todo su esplendor después de la restauración acometida en 1994, tras unos años de decadencia. Resulta placentero tomar un capuchino o un té en este lugar donde, pese al trasiego turístico, parece haberse detenido el tiempo un siglo atrás.


La calle Santa Catarina es peatonal, lo que anima al paseo que nos conduce a la capilla de las Ánimas, con sus paredes azulejadas. Las iglesias de Oporto están muy frecuentadas, la mayoría merecen una visita. En la del Carmo nos encontramos una viejita vendiendo estampas que debe de tener una historia.



Torciendo a la izquierda se llega al mercado de Bolhao, el viejo mercado central de Oporto. Fue construido entre los años 1914 y 1917 y estaba reclamando una restauración pero se mantenía totalmente activo, con puestos de verdura, fruta, pescado, flores y quincalla variada, frecuentados por los portuenses. El entorno del mercado está plagado de restaurantes y de comercios tradicionales. Yo caí gozosamente en la tentación de entrar en A perola de Bolhao, establecimiento que en 2017 cumplió un siglo, y salí de allí cargada con legumbres, dulces, quesos y bacalao como para dar de comer a una familia numerosa. Tras el mostrador, tres personas se afanaron en responder a mis preguntas y en darme consejos culinarios. De buena gana me hubiera quedado el resto de la mañana, aunque sólo fuera a pegar la hebra.




Muy cerca de aquí se encuentra la Avenida de los Aliados, donde a finales del siglo XIX y comienzos del XX los portuenses dejaron plasmada su idea de apogeo económico. Preside el bulevar un edificio señorial, que es el ayuntamiento de la ciudad. La avenida desemboca en la Plaza de la Libertad, presidida por una estatua ecuestre del rey Pedro IV, aquél que fue emperador de Brasil.


En esta plaza nace la calle de los Clérigos, coronada después de la enésima cuesta por la iglesia del mismo nombre y su famosa Torre, de 75 metros de altura. Una escalera de 240 peldaños conduce a la balconada que culmina la torre si se desea contemplar la ciudad desde las alturas. Nosotros medimos nuestras fuerzas y llegamos a dos conclusiones: que nos habían gustado las vistas de los tejados desde la plaza de la catedral y que habíamos tenido dosis suficientes de escalinatas con las de Braga.

En cambio, aprovechando una de las escasas planicies que ofrece la ciudad, nos acercamos a la iglesia del Carmen y paseamos por sus jardincillos antes de acercarnos al edificio de fachada neogótica ocupado por la Librería Lello, inaugurada en 1906 y considerada una de las tres librerías más bellas del mundo. Intentamos llegar pronto pero parece que no lo suficiente. Cientos de turistas nos habían tomado la delantera y pugnaban por hacerse un hueco en el –relativamente- pequeño establecimiento. Cuando conseguimos entrar resultaba complicado acercarse a sus bien pobladas estanterías y ni pensar en buscar un libro. Acceder a su famosa escalera circular, que ocupa el centro del local, requiere de una estrategia cuasi militar. Para evitar o al menos controlar las aglomeraciones la librería optó por imponer una tasa de entrada, parte de cuya importe se descuenta en la compra de libros.

Un grupo de orientales hace cola en la caja para abonar los souvenirs que repartirán entre sus amistades, presumo. Busco al Colega para bromear sobre estos hábitos de turista cuando le descubro presto a pagar varios imanes con motivos literarios, así que me guardo las ironías. La Librería Lello era famosa antes de que J.K.Rowling se pusiera a escribir pero el hecho que de que la escritora residiera un tiempo en Oporto y que su descripción de la biblioteca del colegio de Harry Potter remita a la librería portuense ha hecho subir los enteros del establecimiento hasta el punto de convertirla en un fenómeno de masas. Un letrero advierte que está prohibido hacer fotos, desoigo la prohibición y me gano una bronca que acepto buenamente.
A este paso, voy a terminar como el Tenorio: Yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí, y en todas partes dejé memoria bronca de mí…, comento con el Colega pero él, como hace en estos trances, finge no conocerme, y me encuentro hablando sola en la puerta de la famosa librería, sin que nadie preste atención a mi soliloquio.
Desde aquí hasta el barrio de Ribeira es todo cuesta abajo así que optamos por ir paseando sin mayor dificultad. De este modo descubrimos el encanto de la calle de las Flores, con sus casonas antiguas. Por la Rua de Ferreira Borges llegamos a la Bolsa, edificio de corte neoclásico de finales del siglo XIX. Se levantó sobre las ruinas del convento de San Francisco y actualmente es sede de la Asociación de Comerciantes de Oporto pero puede visitarse. Vale la pena.

Tras la Bolsa se encuentra la iglesia de San Francisco, de origen románico pero con factura gótica y ornamentación barroca. Es famosa su escultura policromada que representa el Árbol de Jessé, considerada una de las mejores del mundo en su género. En el interior de la iglesia hay una profusión de tallas doradas. Cuentan que en su decoración se emplearon más de 300 kilos de polvo de oro. Era tal su ostentación que durante un tiempo el templo estuvo cerrado al culto por no poder resistir la comparación con la pobreza reinante en derredor suyo.
Con el espíritu ligero nos encaminamos hacia Ribeira, en busca del restaurante donde comimos el primer día de 2014 y del que guardábamos buen recuerdo: El Postigo de Carvao , en la Rua de la Fonte Taurina, a la orilla del Duero. El almuerzo nos confirmó en el reconocimiento. Baste decir que nos sirvieron una “tapa” de tripas –callos con alubias blancas- que bien hubiera bastado para comer una persona.


Las tripas es uno de los platos típicos hasta el punto de que tripeiros es el otro gentilicio –después de portuenses- con el que son conocidos los naturales de Oporto. Deben tal apelativo a su generosidad durante la preparación de la conquista de Ceuta en 1415, cuando los vecinos entregaron a los expedicionarios cuanta carne había en la ciudad, reservándose para ellos únicamente las tripas o callos, que elaborarían “a la portuense”. Además de las tripas, el bacalao a la Gomez de Sá y la francesinha son las culinarias de Oporto. Sobra decir que un viajero que se precie no puede abandonar la ciudad sin haberlas probado.
Fotos: ©Valvar

-
Jaén

Jaén es una ciudad con muchos encantos aunque menos conocida y visitada, que sus vecinas Córdoba y Granada. Nosotros aprovechamos la visita a Úbeda y Baeza para acercarnos a la capital, en cierta medida como un añadido. Craso error. Jaén merece una visita por ella misma.
Nos alojamos en el Parador, que se encuentra en la cima del cerro de Santa Catalina, considerado uno de los diez mejores castillos de Europa en los que alojarse, desde el que se divisan los montes de Sierra Morena y Sierra Mágina, y que se alza junto al castillo del mismo nombre.
Así que empezamos la visita por la fortaleza. En verdad, son tres los castillos que se levantan sobre el cerro de Santa Catalina aunque nuestros ojos sólo sean capaces de identificar las ruinas consolidadas de la gran alcazaba que otrora fue. Ruinas muy modernas y sofisticadas como tendremos ocasión de comprobar.

El alcázar viejo se construyó en la época califal sobre la cresta del cerro y aunque en su interior se levantaran algunas viviendas y aljibe, tuvo un uso militar. Fue conquistado por Fernando III en 1246 pero se mantuvo en uso, incluso después de que los cristianos construyeran en la parte oriental el alcázar nuevo. Ambos castillos mantuvieron alcaide propio, el viejo designado por el concejo y el nuevo, por el rey. Las tropas de Napoleón lo utilizaron como baluarte y acabaron con el alcázar viejo y lo poco que quedó desapareció en 1965 para dar paso al actual Parador y su ampliación en 1972. Siglo y medio después, en 1970, el general Charles de Gaulle se alojó en el Parador interesando en documentarse sobre la guerra de la Independencia.

Del viejo alcázar se salvó la puerta principal por la que se accede al castillo y dos torreones que la flanquean. El alcázar viejo y el nuevo se unieron mediante una gran Torre del Homenaje. El nuevo castillo fue remodelado en los siglos XIV, XVI y XIX y restaurado en su configuración actual en el XX. Hasta el siglo XVIII, permaneció como fortaleza, con guarnición militar y alcaide propio.

El tercero de los castillos, conocido como abrehuí, se levantó como prolongación del alcázar viejo, para proteger mejor la vertiente occidental, a cuyo efecto se construyó un muro con cinco torreones. En realidad era un anexo del primer alcázar, con alcaide común. De él permanecen el muro norte y los cinco pequeños bastiones.
Este cerro de Santa Catalina, al que llegamos por una carretera en buen estado tiene una altura de 820 metros. Incluso si no existiera el castillo, el lugar merecería una visita para contemplar las estribaciones de la Sierra de Jabalcuz, por el sur, y la planicie de Jaén allá abajo, con su forma de lagarto y su catedral, como joya primorosa.




El dragón o lagarto de la Magdalena es el símbolo de Jaén. Hay quien dice que corresponde al trazado urbano de la ciudad y hay quien lo vincula a leyendas que hablan de dragones que mueren víctimas del ingenio de un pastor que cebó al bicho con pólvora o con fuego hasta acabar con la fiera. Así revientes como el lagarto de Jaén, dice una maldición antigua. Reventar como el lagarto de la Magdalena es tanto como darse la gran panzada.
Que el cerro de Santa Catalina era un lugar especial lo demuestra que en su subsuelo se han hallado restos correspondientes a la Edad de Bronce y restos ciclópeos de la época ibérica. Se estima que el mismo Aníbal construyó aquí una fortaleza para proteger a la colonia cartaginesa que había fundado en la ciudad, fortaleza que sería reforzada por los romanos tras su conquista.

Lo que tenemos ante nuestros ojos es el resultado del paso de las tropas francesas, que se asentaron aquí durante su permanencia en Jaén y acondicionaron el castillo como cuartel y hospital y volaron todo a su marcha para que no pudiera ser utilizado militarmente. El conjunto fue declarado Monumento Histórico Artístico en 1931 y en 1948 fue adquirido por el Ayuntamiento de Jaén. La tradición local impone que cada 25 de noviembre, festividad de Santa Catalina, los jiennenses suban en romería al lugar a comer sardinas asadas aquí mismo.
Como ya se ha dicho, se accede al castillo por la puerta del alcázar viejo. Hay que advertir que las piedras, como la historia, serán antiguas pero la tecnología es ultra moderna. Así que en cuanto ponemos un pie en el recinto, el soldado que monta guardia a la izquierda nos saluda a voz en cuello y nos ubica en punto y hora dónde nos hallamos. El soldado es de escayola, pero ese es un dato irrelevante para lo que encontraremos en nuestra visita.
El castillo es, además de una extraordinaria atalaya para contemplar el entorno, una oportunidad para conocer la historia de la ciudad a partir de las vicisitudes vividas en él. En un recorrido muy bien señalizado y explicado, con abundantes carteles y audiovisuales, iremos conociendo cómo era la vida durante la dominación árabe, durante la etapa cristiana o en la ocupación francesa. En la Torre de las Troneras veremos el sistema de letrinas, y en la de la Vela contemplaremos retorcerse a un prisionero de las tropas francesas y escuchar sus lamentos antes de su ejecución. En la Torre de las Damas observaremos los restos arqueológicos recuperados en el recinto.


Siguiendo las indicaciones del itinerario llegamos a la Torre del Homenaje donde hay dispuesta una sala de proyecciones que, en esos momentos, acaba de terminar el pase. Aprovechamos el tiempo de espera hasta el siguiente pase para recorrer los pisos superiores, solos, sin otra compañía que los soldados de atrezzo, por esta vez mudos. Tonteamos un poco en las salas, nos fotografiamos en la mesa, el Colega toma una espada, hacemos, en fin, esas cosas que no deben hacerse. Lo hacemos con cuidado, eso sí. Y nos aprestamos a volver a la planta baja cuando una voz nos paraliza: Sé dónde estáis, dice, tronitonante, el espíritu del castillo. Descendemos compungidos, suponiendo que la tecnología ultramoderna del lugar nos ha delatado y nos vamos a ganar una reprimenda como dos escolares, cuando la voz sigue su relato: Estáis en el castillo de Santa Catalina. Es la proyección, que se ha reiniciado.


Tratamos de controlar la risa floja cuando descubrimos que en una de las columnas hay escondido un dragón o lagarto. A estas alturas ya hemos identificado que se trata de un holograma. Efectivamente, meto la mano -cual Tomás tecnológico- y compruebo que donde veo ese dragón verde sólo hay vacío. Si Aníbal levantara la cabeza…

Terminada la visita del castillo, descendemos del cerro de Santa Catalina y nos encaminamos a recorrer la ciudad, empezando por la catedral.

El primer templo de la diócesis se alzó sobre lo que fue mezquita mayor, que fue consagrada como templo cristiano tras la toma de la ciudad, y dedicada a la Asunción de la Virgen. Así se mantuvo durante un siglo hasta que en 1368 el obispo Nicolás de Biedma derribó la mezquita y puso los cimientos del nuevo edificio gótico, con cinco naves y claustro, un gran templo preparado para recibir a miles de peregrinos. A este prelado se atribuye la llegada a Jaén del lienzo de la Santa Faz, popularmente conocido como la Verónica, que pronto se convirtió en centro de peregrinaje.
Un siglo después, el obispo Luis Osorio derribó esta obra y empezó una nueva fábrica también gótica, otorgando indulgencias y otras gracias a quien aportara su óbolo para sufragar las obras. En 1500 llega a la sede episcopal jiennense Alonso Suárez de la Fuente del Sauce, que realiza importantes reformas en la catedral, aún en estilo gótico.
En 1525 el cimborrio amenazaba ruina, por lo que se pensó en construir un edificio nuevo y más sólido. En ese momento aparece un personaje decisivo: el cardenal Esteban Gabriel Merino, arzobispo de Bari y obispo de Jaén. Este, residente en la curia romana, consigue que el papa Clemente VII conceda nuevas indulgencias a quienes contribuyeran económicamente a la construcción de una nueva catedral. Con los fondos obtenidos, en 1551 se inician las obras con arreglo a los planos del arquitecto Andrés Vandelvira, a quien la provincia de Jaén debe buena parte de su mejor patrimonio arquitectónico.

Monumento a Andrés Vandelvira Las obras se prolongaron durante siglos pero siempre siguiendo el proyecto original de Vandelvira, que es quien ideó lo que acabaría siendo el monumento más importante del Renacimiento andaluz, aunque el barroco se adueñada de la decoración. Tras una parada por falta de recursos al final del reinado de Felipe II, el cardenal Baltasar de Moscoso y Sandoval consiguió autorización para aplicar fondos propios de la iglesia y de este modo concluir las obras.

En 1660 el arquitecto Juan de Aranda Salazar terminó el crucero y la cúpula, pudiendo así consagrarse el templo. En 1668 se concluyó la fachada como un gran retablo, diseñado por Eufrasio López de Rojas, con relieves de Pedro Roldán y balaustrada de Blas Antonio Delgado. El coro es obra del siglo XVIII, aprovechándose la sillería del XVI. La bóveda fue proyectada por el discípulo de Churriguera, José Gallego y Oviedo del Portal. El sagrario es diseño de Ventura Rodríguez. Por fin, en 1801 se dieron por concluidas las obras de la catedral, que había servido de modelo de las catedrales levantadas en Hispanoamérica.







La catedral conserva en su interior preciadas joyas, -incluida la tumba del papa San Pío I en la capilla de San Eufrasio- pero ninguna de tanto valor sentimental como la Verónica o Santa Faz. Este lienzo se considera uno de los pliegues del paño con que la Verónica enjugó la faz de Cristo camino del Calvario. Le leyenda sostiene que lo trajo desde Roma San Eufrasio, uno de los Siete Varones Apostólicos, considerado el primer obispo de Jaén. Desde el siglo XIV existe constancia de su presencia en la seo jienense, que se guardaba en el sagrario y que se mostraba a los fieles desde los balcones de la portada el Viernes Santo y el día de la Asunción, desde donde se bendecían los campos de Jaén.


Para evitar el deterioro que le devoción popular podía ocasionar al lienzo se encargó un relicario al orfebre Francisco José Valderrama, al que se añadió un costoso lazo donado en 1823 por la duquesa de Montemar. Relicario y lazo desaparecieron durante la guerra civil. La Verónica apareció en 1940 en un garaje cerca de París, no así el lazo, que fue sustituido por otro. La Santa Faz, objeto de peregrinación durante siglos, es la imagen icónica de Jaén. Se guarda en la capilla mayor y se expone al público los viernes.

La catedral se abre a la plaza de Santa María, donde también se encuentran el Ayuntamiento y el Obispado. De ella parte la calle Maestra, por la que hay que pasear si quieres palpar el aire de esta ciudad de unos 120.000 habitantes, heredera de las tres culturas que la conformaron: cristiana, judía y musulmana. De la primera, además de la catedral, quedan las iglesias de la Magdalena, San Juan o San Ildefonso; de la segunda, el barrio de la judería; de la tercera, los Baños Árabes, que ocupan los bajos del palacio de Villardompardo.


Como además del espíritu también es conveniente alimentar el cuerpo, en Jaén nos dimos a los andrajos, al ajoatao y a las migas ruleras, rematando con papajotes. Nos llevamos de recuerdo una caja de ochíos y otros dulces de la provincia que encontramos en una panadería.
Fotos: ©Valvar

-
Baeza

Baeza comparte con Úbeda la condición de Ciudad Patrimonio de la Humanidad y también una relación similar de vicisitudes históricas. Por aquí han pasado cartagineses, romanos –que le apelaron Vivatia y le dieron categoría de Municipio Flavio-. Al final del imperio romano, convertida en Beatia, es capital de la provincia, con ceca y sede episcopal. Con los visigodos fue sede sufragánea de la Archidiócesis de Toledo. Los musulmanes la llamaron Bayyasa y, como sucediera en Úbeda, aquí prosperaron muladíes (convertidos al islam) y mudéjares (cristianos en territorio musulmán).
Alfonso VII la conquista en 1147, después de que San Isidoro de Sevilla se le apareciera en sueños. En memoria de este triunfo se creó en León la cofradía del Pendón de Baeza. Todavía habría de vivir nuevos rifirrafes y sucesivas disputas hasta que Fernando III la reconquista definitivamente en 1227, la dota del Fuero Conquense, la incorpora al Reino de Castilla y la convierte, primero, en capital del breve Reino de Baeza y en 1246, cuando conquista Jaén, capital del Reino de Jaén. Vivió su momento de esplendor entre los siglos XV y XVI –época a la que corresponden la mayoría de sus edificaciones monumentales, levantadas por su rica nobleza- pero, a partir de ese momento, su estrella fue declinando, con su sistema productivo en manos de grandes latifundistas: la pequeña nobleza y la iglesia. Hasta el terremoto de Lisboa de 1755 se puso en su contra y causó estragos en sus edificios.
Baeza y Úbeda distan apenas ocho kilómetros y, lejos de competir entre sí, da la impresión de que se complementan. Úbeda es la expresión renacentista del poder civil y Baeza sería, a grandes rasgos, la misma expresión pero en la vertiente religiosa pues fue temprana sede episcopal y cuenta con catedral.
Una singularidad diferencia a Baeza: aquí discurrió parte de la actividad académica de uno de los grandes poetas españoles: don Antonio Machado. Esa vinculación, más su condición de vieja sede universitaria –fundada en 1538- tiñe de una pátina académica todo lo baezano.
La primera impresión de ciudad eclesiástica deviene quizá de que el epicentro de la Baeza monumental se ubique en la Plaza de Santa María, flanqueada al norte por el Seminario Conciliar San Felipe Neri y al sur por la catedral. O de que la portada del Palacio de Jabalquinto se enfrente a la románica de la iglesia de Santa Cruz, pero la ciudad está cuajada de palacios y casonas civiles y de lugares plenamente laicos.

La Plaza de Santa María es un plano inclinado que tiene en el centro una fuente historiada del mismo nombre. Se levantó en 1564 para conmemorar la llegada del agua a la ciudad y tiene aspecto de arco triunfal, con los escudos de la ciudad y de la corona.

Este es también un buen punto para observar la monumentalidad del entorno. El antiguo seminario San Felipe Neri data de 1660 al que en 1720 se anexionó el Palacio de Jabalquinto.

La catedral de Baeza se levantó sobre una mezquita árabe. Se cree que fue Alfonso VII quien en 1147 la convirtió al culto cristiano bajo la advocación de San Isidoro. En 1227, cuando Fernando III conquistó definitivamente la ciudad, puso la seo bajo la protección de la Natividad de Nuestra Señora. El edificio es una suma de aportaciones sucesivas. El cuerpo inferior de la torre es del siglo XI, las gárgolas y cornisas, del XIII; arcadas y capillas mudéjares del XIV. En 1529 se inicia la construcción de una catedral gótica que en 1567 se viene abajo. En ese momento, entra en escena Andrés de Vandelvira, a quien ya habíamos encontrado en Úbeda. A él se debe el proyecto de reconstrucción y suya es la grandiosidad de la seo. En la Capilla Dorada, donde confluyen las influencias de Vandelvira y Gil de Siloé, vale la pena una parada sosegada. Recién jubilados que estábamos nos arriesgamos a subir las doscientas escaleras de la torre y disfrutamos del panorama de la ciudad a vista de pájaro.


La Plaza de Santa María comunica con la de Santa Cruz, de la que se encuentra muy próxima. Hay que ir advertidos porque la fachada del Palacio de Jabalquinto es deslumbrante. Lo mandó construir un primo de Fernando el Católico, Alfonso de Benavides, señor de Jabalquinto, que había casado con Beatriz de Valencia, emparentados con el poeta Jorge Manrique, al casar una hija de éste con un vástago de aquéllos. La vinculación de los poetas con Baeza viene de antiguo, a lo que parece.

El palacio fue residencia señorial hasta 1720, cuando se anexionó al Seminario San Felipe Neri para pasar a ser residencia estudiantil, reservando algunas estancias y privilegios para los fundadores. En 1836, el Estado se incautó del inmueble; en 1970 se usó como Colegio Menor y en los noventa se ubicó aquí la Escuela Taller de Rehabilitación del Patrimonio de Baeza. El conjunto es actualmente la sede de la Universidad Internacional de Andalucía, cuya visita es, además de recomendable, gratuita. De su patio renacentista, esbelto y muy bien conservado, nace una escalera barroca con bóveda de media naranja. Pero lo que llama la atención de los visitantes es, sin duda, su monumental fachada, atribuida a Juan Guas, autor, entre otras grandes obras, del Colegio San Gregorio de Valladolid o el Palacio del Infantado de Guadalajara, cabal ejecutor del gótico isabelino.


A ratos, la plaza se puebla de una algarabía en tono mayor debida a los grupos de escolares que hacen la visita a la ciudad monumental. Un guía turístico narra a una cuadrilla de adolescentes el significado de la portada, afirmando con seriedad que las columnas que flanquean la fachada simbolizan los órganos sexuales y remiten a la pareja real de los Reyes Católicos. Los penes de la columna de la derecha se introducen en las vaginas de la de la izquierda, explica… Los adolescentes aguzan la vista y ríen nerviosos. Nosotros, con la adolescencia lejana, volvemos a contemplar la fachada y sólo vemos una maravillosa filigrana.
Así que damos la vuelta y observamos la iglesia de Santa Cruz, un raro ejemplar románico en estos lares. Se construyó en el siglo XIII para conmemorar la conquista de Baeza por Fernando III y desde entonces ha sufrido muchas transformaciones. La portada principal procede de la iglesia de San Juan Bautista. En su interior se conservan unas pinturas al fresco que datan del siglo XVI.

Luego, nos perdemos por las callejuelas que se abren y se cruzan tras la iglesia de Santa Cruz, pensando en que quizá por aquí anduviera don Antonio tratando de olvidar a su amada Leonor. En nuestro deambular llegamos a la Puerta de Úbeda en las murallas. Una placa recuerda que nos hallamos en “Baeza la nombrada, nido real de gavilanes”.

Bajando por la calle Obispo Narváez se llega a la Plaza de España, donde se inicia el Paseo de la Constitución, una larga plaza rodeada de soportales. El lugar acogía el mercado de la ciudad desde el siglo XVI; de aquel uso se conserva en un lateral de la plaza la Alhóndiga -donde se mercadeaban los cereales- edificio de tres alturas con arcos de medio punto y galería de columnas de traza renacentista. En un extremo del paseo se levanta, con su obelisco, la Fuente de la Estrella, construida en recuerdo de la Revolución de 1868. Al final del paseo se encontraba el Café Mercantil, donde el poeta Machado se refugiaba a diario durante su etapa baezana. El café estaba, pero ya cerró.

A cambio, se conservan varios establecimientos donde se pueden probar las famosas tapas o bien comer a la manera convencional. Nosotros probamos aquí la morcilla de caldero y el lomo de orza y no nos arrepentimos. Es más, el Colega encuentra que el lomo es lo más parecido que conoce al que se hace en su pueblo y nos lo llevamos embotado.
Con solo cruzar la calle nos adentramos en la Plaza del Pópulo, otro de los rincones monumentales de Baeza. Una plaza realmente hermosa. En ella se abre la Puerta de Jaén y, justo al lado, el Arco de Villalar, construido para recordar la derrota de los Comuneros en 1521 frente a las tropas del rey Carlos I. El edificio colindante a la puerta fue Audiencia Civil y Escribanías Públicas, conocido también como Casa del Pópulo por la imagen de la Virgen del Pópulo que había en uno de sus balcones; la imagen ya ha desaparecido pero la tradición cuenta que ante ella se postraban los guerreros baezanos en los batallas frente al islam. Para construir este edificio plateresco se rompió la muralla árabe; la licencia como Casa de Audiencia data de 1511. Aquí se encuentra la Oficina de Turismo.



En otro lado de la plaza, perpendicular a la Casa del Pópulo, se alza la Antigua Carnicería, edificio señorial al que muy bien podría aplicarse el calificativo de multiusos pues ha sido secadero de pieles, archivo histórico, sede del Patronato de Juventud y Deportes y, ahora, de los Juzgados de Baeza.

Ocupa el centro de la plaza una fuente, llamada de Los Leones, pues cuatro leones pétreos, además de servir de surtidores, parecen proteger a la estatua que corona el conjunto, que representa a Imilce, princesa ibera y esposa de Aníbal. Estatua y leones, en no muy buen estado, proceden de la ciudad romana de Cástulo. La fuente simboliza para la ciudad su condición de centro nobiliario y eclesiástico.

Baeza es una ciudad no muy grande y el aparcamiento libre no debería ser un problema pero a nuestra llegada, después de dos vueltas infructuosas, optamos por buscar uno de pago en la calle de la Compañía, con salida próxima a la Plaza de Santa Cruz. Así que, sin saberlo, hemos entrado en la ciudad por mi esquina favorita, esto es, la vieja Universidad, en cuyas instalaciones se encuentra el Instituto de Enseñanza Media donde impartió sus clases don Antonio Machado en el periodo comprendido entre 1912 y 1919 .



Conocemos ya el palacio sevillano de Dueñas donde el poeta vino al mundo, los lugares por donde pasó durante sus estancias en Soria y Segovia y el cementerio de Colliure donde reposan sus restos y sentimos una emoción especial al llegar al aula donde el poeta daba clases de lengua francesa, que se conserva como debió de ser en la época: los pupitres, la mesa, los mapas, el paragüero… Un joven va explicando a los grupos de visitantes –jubilados, en su mayoría- las razones de la estancia de Machado en Baeza, tras la muerte de Leonor, su joven esposa, pero los visitantes lo que desean es fotografiarse en estos pupitres. Nosotros también lo hacemos y agradecemos a nuestra suerte el regalo de este instante conmovedor que hace de Baeza un lugar para siempre memorable.

Fotos: ©Valvar


