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  • El Valle del Jerte

    El Valle del Jerte

    El Valle del Jerte es un rincón prodigioso de la geografía española, poco y mal conocido, como tantos otros lugares de Extremadura. Nosotros lo descubrimos hace muchos, muchos años cuando, en un viaje hacia otro lugar, se nos ocurrió hacer parada en uno de los pueblos que cruza la carretera N-110. Era un día frío y húmedo de mediados de marzo, estábamos solos en el comedor y el mesonero nos atendió como si fuéremos el emperador Carlos y su hermana Leonor de Habsburgo camino de Yuste.

    No se limitó el buen hombre a servirnos una comida opípara sino que nos informó sobre el atractivo de la comarca, especialmente sobre sus riquísimas cerezas, y nos invitó a visitar la zona aprovechando la época de la floración de los cerezos, por aquellas fechas aún incipiente pero bastante para mostrarnos lo que podía suponer.

    Volvimos tan contentos de nuestro descubrimiento que enseguida organizamos un viaje con las herederas, entonces apenas veinteañeras, para ver el Valle del Jerte en flor. La excursión fue un desastre. Miles de visitantes se amontonaban en los caminos, dispuestos a fotografiarse junto a cualquiera de los dos millones de cerezos que crecen en el terreno aterrazado, el restaurante maravilloso de nuestra primera visita estaba a rebosar, imposible encontrar una mesa en él ni en ninguno en varios kilómetros a la redonda. Casi a media tarde pudimos comer lo que nos sirvieron en un mesón lejos de los pueblos invadidos. Apenas pudimos disfrutar del formidable espectáculo de la blancura de las flores.

    Hemos vuelto más veces hasta desquitarnos de aquella mala experiencia. De entre esos viajes recordamos con especial emoción el que realizamos en la primavera de 2014 con nuestros amigos cacereños Valentín y Mari Paz, que nos guiaron por esa comarca privilegiada que es el Valle del Jerte, un espectáculo en cualquier época del año.

    Con nuestros amigos visitamos Tornavacas y Cabezuela del Valle, con su arquitectura tradicional, y algunos de los numerosos miradores que ofrece el terreno para contemplar la perfección con que la Naturaleza ha encauzado al río Jerte desde su nacimiento en la altura de Tornavacas hasta la planicie de Plasencia, salvando un desnivel de 1.500 metros en medio centenar de kilómetros.

    Especialmente, la cascada del Caozo y el mirador del puerto de Tornavacas, con las cumbres nevadas del Calvitero a la derecha, las infinitas terrazas que se multiplican a izquierda y derecha del río y, al fondo, el pantano del Jerte.

    Empero, de aquel viaje recordamos el Mirador de la Memoria, situado en la carretera CCV-51 cerca de El Torno. Al torcer una curva de esa carretera tortuosa nos topamos con unas siluetas que al pronto nos parecieron personas desnudas. Cuatro figuras en escayola –una mujer y tres hombres- salidos del taller de Francisco Cadenilla Carrasco, tan realistas que parecen tener movimiento.

    Sus pies se posan sobre rocas que, probablemente, sirvieron de observatorio a los guerrilleros republicanos que se refugiaron en estos montes al término de la guerra civil. “A los olvidados de la guerra civil y la dictadura”, rezaba un cartel sobre la piedra.

    El mirador se inauguró en enero de 2009 a instancias de la Asociación de Jóvenes Comarca del Jerte, con el respaldo del Ministerio de Presidencia, ocupado entonces por María Teresa Fernández de la Vega.

    Con todo, no es su presencia lo que más nos impresionó. Al acercanos pudimos ver los agujeros de las balas en la espalda de esas figuras de escayola, que fueron tiroteadas a poco de su instalación. “En estas sierras el olvido está lleno de memoria”, se puede leer en el cartel. Lo que es una verdad a medias.

    Produce congoja observar los balazos. Congoja, por la persistencia del odio, del rencor, de la intolerancia. Congoja, por la insensatez de balear a unas figuras de escayola. Congoja, porque los disparos están hechos por la espalda.

    En la espalda precisamente de una de las figuras se puede leer: “Leonardo Cadenilla, en nuestra memoria sí estás”. Leonardo Cadenilla era el herrero de Marrupe (Toledo) y es el abuelo del escultor, fue fusilado en la guerra civil en Toledo y enterrado en una fosa con otros cuatro asesinados del mismo pueblo. En 2016, finalmente, el cuerpo de Leonardo pudo recibir digna sepultura en el cementerio de Talavera de la Reina, junto a su mujer.

    “Sierra y libertad”, concluye el cartel. Y paz, piedad y perdón, cabe añadir.

    Fotos: ©Valvar

  • Ejea de los Caballeros

    Ejea de los Caballeros

    Ejea de losCaballeros se considera la capital de la comarca de las Cinco Villas y lo será si se tiene en cuenta sus más de 17.000 habitantes. Aunque su aspecto es el de una población moderna, con buenas avenidas y edificaciones, se trata de una villa milenaria. Aquí se asentaron los celtíberos, luego los romanos, que la bautizaron Segia, construyeron buenas calzadas para comunicarse con ciudades como Caesaraugusta (Zaragoza) o Pompaelo (Pamplona) y acuñaron moneda. Mencionada como Setia por Ptolomea, Segia por Plinio y Seglam en el Anónimo de Rávena, los musulmanes lo llamaron Siya o Sayya y convirtieron el lugar en baluarte defensivo frente a otras plazas ya reconquistadas. El topónimo de Ejea aparece a finales del siglo XI.

    Se cree que fue Alfonso I el Batallador quien la reconquistó en el año 1105 y le dio fueros; en 1135 Ramiro II le confirmó y aumentó los privilegios, reservando para los judíos una zona de la parte superior de la población, cerca del castillo, corroborado por Pedro II. Jaime I convocó cortes en la villa en 1265 y 1272 y le concedió la celebración de quince días de feria anual exentos de impuestos.

    Según el estudio del investigador Marcelino Cortés Valenciano, la adición del sintagma “de los Caballeros” aparece por primera vez en un documento fechado en 1399 en el que el rey Martín I confirma los privilegios concedidos por Alfonso I el Batallador, adición que se consolida en el siglo XV. En este caso el adyacente preposicional no tiene un valor posesivo ni honorífico sino designativo, especifica el estatus de la villa en la organización jurídica del Reino de Aragón.

    Del castillo de Ejea apenas quedan unos restos junto al ábside de la iglesia de Santa María de la Corona. Parece que sus murallas con sus puertas se conservaron hasta el siglo XVIII, pero la Guerra de Sucesión causó grandes daños al castillo, al amurallamiento y a otras construcciones históricas de la villa.

    Los siglos de prosperidad en la villa fueron los XII y XIII, época a la que corresponden los monumentos que nos conducen a Ejea de los Caballeros: San Salvador y Santa María. Estábamos sumergidos en el mundo del Maestro Agüero, embelesados con sus bailarinas y no podíamos irnos sin contemplar las que el maestro dejó aquí.

    Empero, andábamos aún en una de las pausas del confinamiento durante el verano de 2021 y resultó que Sádaba y otras poblaciones estaban abiertas pero Ejea permanecía cerrada para los forasteros. Como se nos agotaba la estancia y no se levantaba el confinamiento, un día nos arriesgamos a entrar en Ejea, bien embozados con nuestras respectivas mascarillas, encomendándonos al duque de Ahumada para no encontrar un control de la Guardia Civil que nos sancionara por saltarnos el confinamiento. Aparcamos en una calle próxima a la iglesia de San Salvador tratando de pasar desapercibidos como si fuéramos Bonnie and Clyde dirigiéndose a atracar un banco.

    San Salvador se levantó entre los siglos XII y XIII, originariamente siguiendo el canon románico, con la notoria aportación del taller del Maestro Agüero, a la sazón nuestro ídolo. Como Ejea era una villa rica -todo parece indicar que sigue siéndolo- con el tiempo se reformó adoptando el estilo gótico, levantando una torre que le confiere un aire de fortaleza con reminiscencias de Disneylandia; la otra quedó inacabada.

    Consagrada el año 1222, a nuestros ojos lo más valioso son sus dos portadas. La fachada occidental se abre a una graciosa plazoleta con su fuente. La portada es de tres arquivoltas apuntadas y tímpano, este con crismón entre dos ángeles arrodillados, modelo repetido en otras iglesias de las Cinco Villas, como Biota o Uncastillo.

    Los capiteles de sus columnas muestran leones, águilas y otros animales reales y fantásticos. Y, sobre todo, la famosa bailarina del Maestro Agüero, con una carnalidad y un realismo que dan ganas de acompañar con palmas la música imaginaria del arpista que la acompaña.

    En las mochetas sendas cabezas de león engullendo a un hombre y a un animal.

    Nos quedamos un rato largo embelesados ante tamaña maestría y tanta belleza antes de doblar la esquina para ver la portada norte que, para nuestra sorpresa, estaba cubierta con andamios y lonas. Varias personas trabajaban en su restauración. La obra iba para largo y, según nos aseguraron, una vez acabada tampoco íbamos a poder hacer fotos de la portada. Estábamos buenos. Por supuesto, el interior estaba cerrado a cal y canto, pero nosotros nos fuimos contentos por haber podido presentar nuestros respetos a la bailarina y al arpista.

    En septiembre de 2022 volvimos a la zona para visitar el castillo de Loarre y nos acercamos a Ejea. Finalizada la restauración, un panel transparente cubría la parte labrada de la portada norte dificultando hacer fotos, efectivamente. Así que nos dedicamos a fotografiarla pieza a pieza, escena a escena. Si tienes curiosidad por conocerlo, en este enlace el estudioso del románico Antonio García Omedes te los identifica aquí.

    El tímpano presenta una Última Cena enmarcada en las arquivoltas, donde se plasma la vida de Jesús junto a otras escenas profanas.

    Nos sorprendió identificar varias escenas con los Reyes Magos como protagonistas, especialmente esa en la que un ángel protege su sueño, escena no muy frecuente, que no pudimos ver en la catedral de Autun.

    Ahí estaba de nuevo nuestra bailarina, igualmente hermosa pero quizá menos carnal que la de la portada sur. Nos dio por pensar, sin otro fundamento que nuestra imaginación, que quizá esta era obra del maestro y la otra del taller. Así y todo, San Salvador bien vale no dos sino varios viajes para contemplar ambas portadas.

    En este segundo viaje, ya sin confinamiento, ascendimos hasta el casco primitivo de la villa, conocido como el barrio de la Corona, para ver la iglesia de Santa María la Corona, levantada junto al desaparecido castillo sobre un antiguo templo que unos autores creen mezquita y otros, cristiano. Románica en su construcción inicial, consagrada en 1174, fue modificada después hasta el punto de que de la fábrica primitiva solo queda la portada en el muro sur y una torre.

    Esta portada era el acceso original a la iglesia. Protegida por un tejaroz, es de cuatro arquivoltas de medio punto que apean sobre columnas labradas. En el tímpano se adivina un crismón circular de siete brazos con roseta central de anillo, todo ello muy deteriorado.

    La fachada barroca del muro oeste es obra del siglo XVIII. Estuvo fortificada, compartiendo defensas con el castillo. Es Bien de Interés Cultural desde 1983. Ha sido restaurada en la década de 1970 y en 1996. A pesar del evidente deterioro de esta iglesia, su entorno se encuentra muy cuidado lo que contribuye a hacer agradable la visita.

    Fotos: ©Valvar

    Fotos: ©Valvar

  • Monasterio de Leyre

    Monasterio de Leyre

    La leyenda ubica en Leyre el caso del abad San Virila, que salió a pasear y se embelesó tanto con el entorno y el cantar de los pajarillos que se le pasó el tiempo y cuando quiso volver al monasterio habían transcurrido 300 años. No sé si tanto, pero para recorrer el cenobio y su entorno se necesita un rato largo.

    Leyendas aparte, es cierto que en Leyre el tiempo se escurre entre la belleza telúrica del entorno y el misterio de un románico más relacionado con las formas del Poitou, al otro lado de los Pirineos, que con las construcciones próximas. Porque este monasterio es anterior a la catedral de Jaca, distante 70 kilómetros, y a otros hitos del Camino de Santiago, como San Martín de Frómista o San Isidoro de León. A este primer románico, austero y sin adornos, con aspecto de fortaleza en sus torreones y en las ventanas saeteras, corresponden la cripta, el presbiterio, el monasterio antiguo, actualmente hospedería, y el claustro desaparecido. Los capiteles de la cripta son el ejemplo de la austeridad románica inicial.

    Que el lugar tiene un atractivo más allá de lo evidente lo demuestra que en este mismo emplazamiento existió una iglesia prerrománica, probablemente del siglo VIII, levantada a su vez sobre un anterior centro anacoreto de arquitectura visigótica. La iglesia actual fue mandada construir por Sancho III el Mayor y consagrada en 1057 por su hijo Sancho IV el de Peñalén.

    Hoy, Leyre está formado por tres espacios de distintas épocas que forman un conjunto armónico. Al norte, permanece el monasterio viejo del siglo XI, que incluía el palacio real donde los reyes navarros se alojaban con frecuencia. Al sur, el monasterio nuevo, de los siglos XVI-XVII, y en el centro, la iglesia abacial, construida entre los siglos XI y XVI.

    Llegamos a Leyre en septiembre de 2021, en una de las pausas de la pandemia de covid, cuando apenas hay peregrinos ni turistas, lo que nos permite movernos por el conjunto sin demasiados agobios. Sea por la pandemia o por otra causa, a los visitantes se nos entrega con la entrada una llave (previa fianza de 5 euros) que abre las puertas de la cripta y de la iglesia superior. Se permiten las fotografías.

    Los tres ábsides de la cabecera de la iglesia dan impresión de fortaleza inexpugnable, sin más decoración que los cuatro ventanales bajos de la cripta y los tres del presbiterio, además de la fila de canecillos de la cornisa.La torre cuadrangular de la iglesia abacial se levanta sobre el segundo tramo de la iglesia. Es de la misma altura que la espadaña cisterciense, levantada cinco siglos más tarde.

    Desde este plaza de los ábsides, por una pequeña puerta, que abrimos con nuestra llave, se accede a la cripta. Esta es de planta cuadrada con cabecera triabsidal y cuatro naves cubiertas con bóvedas de cañón. Un túnel, conocido como de San Virila, recorre el subsuelo la nave de la iglesia.

    La puerta Speciosa es otro de los tesoros de Leyre. Datada en el primer tercio del siglo XII, parece que en ella trabajaron dos artistas distintos. Los entendidos atribuyen al maestro Esteban, que intervino también en la catedral de Santiago, el parteluz y los capiteles de las seis columnas. El tímpano, en el que aparece Jesús Salvador entre la Virgen, San Pedro, San Juan, Santiago y un escriba, parece más antiguo y contrasta con el resto de la portada. Sean quienes sean sus autores, en la puerta Speciosa se resume la escultura y la imaginería románicas.

    En el friso, se distinguen un San Miguel, un Pantocrator entre San Pedro, San Pablo y otro apóstol, las santas Nunilo y Alodia, escenas del santoral local, una gran cabeza con rayos que representa la puerta del infierno, la danza de la muerte y Jonás y la ballena. En el centro, sobre el arco, dos ángeles tocan las trompetas del juicio final, con un esqueleto entre ambos.

    En la enjuta izquierda, se ve a San Virila con el báculo abacial; en la derecha un santo, la Anunciación y la Visitación.

    En las cuatro arquivoltas se extiende el mundo entero del medievo: escenas de la vida cotidiana, de juglaría, oficios junto a simios lascivos o animales andrófobos, monstruos y bestiarios de contenido religioso y simbólico. Entre los capiteles, leones, garzas, dragones peleando, aves que se muerden las garras, o una mujer que se mesa los cabellos.

    El conjunto de la Porta Speciosa es un lugar en el que quedarse acampado. Me pregunto qué significarán esas niñas sonrientes que parecen mesarse los cabellos.

    Después de este espectáculo, confieso que impresiona no poco disponer de tu propia llave para entrar a la iglesia. La cabecera se atribuye al mismo arquitecto autodidacta de la cripta, atrevido y capaz a la hora de hallar soluciones constructivas originales.

    Los 28 capiteles de esta zona repiten igualmente los motivos de la cripta, ornamentación vegetal y geométrica.

    El presbiterio se prolonga en una sola nave de 47,3 metros de largo por 14 de ancho. La bóveda es ya tardogótica del siglo XVI. El panteón de los Reyes de Navarra se encuentra en un arcosolio cerrado con una reja del siglo XV.

    Comemos en el restaurante del monasterio, desde donde observamos el espacio que ocupó el antiguo claustro, desaparecido en el siglo siguiente a la desamortización. Queda una puerta románica de cuatro arcos que comunicaba el claustro con la cabecera de la iglesia, atravesada de cables. Está visto que ni los monumentos Vip se libran de la plaga del cableado

    Después de comer, los jubilados, viajeros recalcitrantes, pasamos la tarde recorriendo de nuevo la cripta y la iglesia, ahora solos. Tenemos la sensación de trasladarnos a otro tiempo.

    Podíamos llevarnos la llave y volver cuando nos parezca, le sugiero al Colega. Finalmente, la devolvemos. Cuando le confieso la tentación a la persona que nos atiende, me responde que muchas personas se la llevan. Cualquier día volvemos y nos la quedamos.

    Fotos: ©Valvar

  • Amsterdam

    Amsterdam

    Amsterdam es una ciudad compleja en la que se mezclan grandes museos, hermosos canales, un barrio rojo, algunos mercados, muchas flores, muchas bicis y muchos jóvenes bebiendo cerveza y liando canutos en la plaza Dam.

    La ciudad era la última etapa de nuestro viaje por Bélgica y Países Bajos que realizamos en junio de 2013, para celebrar la jubilación del Colega. Antes de abandonar Bélgica habíamos pasado por Amberes, a orillas del río Escalda, con su gran catedral y sus cuidados edificios del siglo XIX, que han sido adaptados como grandes comercios de moda y de marcas internacionales. Rubens, Van Dyck y Teniers nacieron aquí. En la ciudad late el corazón del mercado de diamantes. Como los diamantes no eran nuestro negociado, yo aproveché para comprarme en la Grosse Platz un pañuelo de seda con un grabado de El beso de Klimt a un precio razonable creyendo que hacía la compra del año. Resultó que el mismo modelo estaba en todos los top-manta hispanos. No sería nuestro único fiasco del viaje.

    Camino de La Haya, pusimos el pie en tierra holandesa en Middelburgo, ciudad que hace honor a su nombre, es una ciudad media, apacible y cuidada, que se extiende en torno a su abadía. Nos sorprendió que las ventanas de las casas mostraran abiertamente el interior, hábito propio de los pueblos reformistas. Parece que de este modo expresan que no tienen nada que ocultar y que sus moradas están ordenadas, como sus vidas.

    La Haya, capital administrativa del país, nos recibió con un cielo nuboso y triste y una lluvia mansa. Nos alojamos en un hotel junto al nuevo ayuntamiento, que refleja el carácter holandés: en él se mezclan las dependencias administrativas con galerías comerciales. A la mañana siguiente paseamos hasta el Binnenhof o Estados Generales, institución que agrupa el Congreso y el Senado, heredera de la asamblea de representantes -nobleza, clero y burguesía- creado por los duques borgoñones en el siglo XV. Nos fotografiamos ante ella.

    Lamentablemente, nos quedamos con las ganas de ver La joven de la perla, de Veermehr, porque el museo Mauritshuis estaba cerrado por obras. Como por entonces estaba reciente la coronación del nuevo rey, las ciudades neerlandesas estaban plagadas de adornos alusivos y fotos de la pareja real. Incluso vimos la casa donde trabaja el rey, según el guía. El mercado municipal ocupa un edificio modernista, donde tomamos un café. Al final, La Haya resultó ser más agradable y hermosa de lo que pensábamos.

    Me gustó especialmente la visita al Palacio de la Paz, sede del Tribunal Internacional de Derechos Humanos.

    En el trayecto hasta Amsterdam atravesamos los famosos diques con los que el país ha ido ganando tierra al mar, a base de secar las lagunas, creando barras de contención y luego expulsando el agua, los famosos polders. Los primeros se construyeron en el siglo XVII, financiados por los ricos comerciantes. Actualmente, el 30% del territorio neerlandés está por debajo del nivel del mar, zonas de buenos pastos en los que habitaban 5,5 millones de vacas, una por cada tres habitantes. Soplaba el viento con fuerza para hacer girar las aspas de los molinos eólicos que jalonaban la carretera.

    También hicimos una visita rápida a Delft, cuna del pintor Veermehr. Llovía ligeramente, lo que confería a la ciudad una luz especial, quizá como la que conoció el pintor, que tan magníficos cuadros nos dejó.

    El hotel de Amsterdam estaba lejos de la ciudad, al contrario de lo que habíamos disfrutado a lo largo del viaje. Eso nos impidió poner el pie en la llamada Venecia del Norte ese mismo día y hubimos de contentarnos con verla a lo lejos.

    En ese hotel alejado del centro y saturado de turistas vivió el Colega un segundo fiasco. Siguiendo su costumbre, antes de acostarnos, mientras yo leo las noticias en la habitación, preparo la ropa del día siguiente o repaso las notas él va al bar y toma un café y un coñac. En este caso pidió un armañac, por el que le cobraron 36 euros. Los tiene clavados en el corazón, indisolublemente unidos al nombre de la ciudad. Hasta tal punto que cuando en los primeros meses de 2023 el Rijksmuseum organizó una exposición de la obra de Veermehr, que a ambos nos gusta mucho, le propuse hacer un viaje a Amsterdam para verla y él se dedicó a poner excusas para no ir. No es necesario que pidas otro armañac, insistía yo. Ni por esas.

    Empezamos la visita en grupo con un recorrido por los canales. Al contrario que en Venecia, en Amsterdam está permitido todo tipo de tráfico rodado: coches, autobuses, tranvías y bicicletas. Las bicis son las reinas de las calles, nos dice el guía. Y tiene razón, antes de dar un paso hay que mirar a todos los lados para evitar que te embistan.

    Nos llaman la atención las casas flotantes de los canales, algunas decoradas con multitud de macetas, y la inclinación de las casas debida al asentamiento del terreno. Amsterdam se llamó inicialmente Amster dam, que significa presa del Ámstel, el río que atraviesa la ciudad. Existía ya en el siglo XII como una pequeña ciudad de pescadores. Su casco antiguo es Patrimonio de la Humanidad.

    El corazón de la ciudad es la Plaza Damm, donde también está el Palacio Real y el famoso museo de cera de Madame Tussauds. Hay un tráfago permanente de gentes de todo el mundo. De aquí parten tranvías y autobuses que se distribuyen por toda la ciudad. En torno al obelisco toman posiciones los jóvenes turistas a liar un canuto o en inmensos botellones.

    El ambiente es justo lo contrario en torno al Beguinaje, que aquí sigue vivo pues en sus casas siguen residiendo mujeres solas y autosuficientes, donde está la casa más antigua de la ciudad. El lugar invita a quedarse.

    La Estación Central, otro punto neurálgico de Amsterdam, es como un ventilador de personas, entrando y saliendo para subir a un tren o bajándose de él. En la fachada hay dos mecanismos, uno mide el tiempo, el otro, el viento. Coincidimos allí con dos viejos roqueros que ofrecían un concierto al aire libre con canciones soul y rock sinfónico. Vivimos un momento mágico, que allí dicen lekker. Como volver a los años mozos. El Colega se emocionó y les compró un disco.

    Habíamos llegado a Amsterdam con la ilusión de visitar el Rikjsmuseum, especialmente La ronda nocturna de Rembrant, a cuyo fin ya habíamos reservado entradas. Madrugamos y entramos entre los primeros, lo que nos permitió verlo con relativa tranquilidad. La ronda es en el Rikjs lo que la Gioconda al Louvre o las Meninas al Prado hasta el punto de que en una plazoleta le han dado cuerpo en bronce, con el que nos fotografiamos, como buenos guiris.

    Con más sosiego pudimos contemplar los pequeños cuadros de Veermehr: La lechera y La mujer de azul, entre otros. Terminamos la visita tomando un café en el mismo museo, entonces recién rehabilitado.

    La plaza de los museos, donde se levantan el Palacio de la Música, el Museo Van Gogh y el de los diamantes, además del Rikjs, es un compendio de armonía y belleza.

    Yo también tenía interés en conocer el barrio de los provos, grupos que en los años 70 parecía que iban a cambiar el mundo. Aquellos jóvenes se han hecho fuertes en torno a una calle colorista pero ellos, como nosotros, hace tiempo que dejaron de ser jóvenes.

    El barrio rojo, donde las mujeres se exhiben en escaparates, estaba a rebosar de gente muy joven, aunque lo visitamos a mediodía. Está expresamente prohibido hacer fotos a los escaparates. Con los coffe shops, donde se vende droga, eran la atracción turística de los jóvenes.

    En los tres días que permanecimos en Amsterdam recorrimos la ciudad de norte a sur y de este a oeste. Visitamos el mercado de las flores, el museo de la ciudad, tomamos cervezas, comimos los dos solos en un restaurante del centro -The old dutch de Rozenboom- y, en una de esas, perdimos al grupo con el que viajábamos. Tuvimos que pedir prestado un móvil para encontrarnos porque el guía se había olvidado de nosotros.

    Pasamos por delante de la casa de Ana Frank, hoy convertida en atracción turística, con colas que daban vuelta a la manzana. No entramos, nos daba la sensación de que era una forma de banalizar el mal que supuso el nazismo.

    Descubrimos que las mochilas que cuelgan en algunos balcones junto a la bandera nacional indican que el estudiante de esa casa ha aprobado el curso. No pudimos comer un bocadillo de arenques, que nos apetecía mucho, por falta de oportunidad.

    Con todo, el momento más emocionante del viaje lo vivimos en el Museo Van Gongh. En la duda de si tendríamos tiempo libre para la visita no habíamos sacado entradas. Así que de nuevo madrugamos para llegar pronto. Tanto, que en la primera planta estábamos solos disfrutando de las obras maestras del pintor, hasta el punto de que tuvo que hacernos la foto el vigilante. Salimos medio levitando.

    Nuestra gira por Bélgica y Holanda fue divertida, un poco pesada en ocasiones por tener que acomodarnos al grupo, pero estimulante y reveladora de la importancia social que los Países Bajos y Flandes tuvieron durante la baja Edad Media y el Renacimiento.

    Fotos: ©Valvar

  • Brujas

    Brujas

    Brujas -Brugge en neerlandés, Bruges en francés- es una ciudad belga que tuvo una etapa brillante en el medievo: fue el principal puerto europeo a orillas del río Djiver; hasta el siglo XV, un emporio manufacturero y comerciante. Cruzada por infinitos canales y unida por cientos de puentes -su nombre deriva del neerlandés brug, que significa puente-, la ciudad antigua es una sucesión de palacios, iglesias, lonjas, casas de gremios, Patrimonio de la Humanidad desde el año 2000.

    Se sabe que Brujas comerciaba a través de sus canales ya en el siglo XI, hasta que la sedimentación cerró el canal de salida al mar. En 1134, la riada producida por las lluvias abrió de nuevo el canal Zwin hasta el Mar del Norte. Cuatro siglos después, el Zwin volvió a cegarse, arruinando el comercio exterior pero preservando su casco antiguo.

    Brujas conserva tramos de su antigua muralla y edificios que hablan de ese pasado esplendor. El corazón la ciudad late en su Grote Markt, flanqueada por el palacio provincial, de estilo neogótico, y, sobre todo, la Torre Campanario del siglo XIII, cuyo carillón de 40 campanas sigue dando las horas a diario y, como el resto de torres, evoca el poder económico de las ciudades flamenca durante la Edad Media. En su origen era un observatorio desde el que se advertía de ataques o incendios, del cierre de la muralla o, más recientemente, del toque de queda, cuando la ciudad estuvo ocupada por tropas alemanas. Desde su punto más alto se contempla la red de canales hasta el mar, a condición de que se asciendan sus 336 escalones, lo que nosotros no hicimos.

    En el centro de la plaza se alza la estatua de Jan Breydel y Pieter de Koninck, héroes locales que defendieron la ciudad contra las tropas francesas que la invadieron en 1302.

    La plaza, llena de bares, restaurantes y chocolaterías, se comunica con otra igualmente monumental, la Burg. Por el Callejón del Asno Ciego se llega al antiguo mercado de pescado y al muelle medieval de mercancías que llegaban a través de Zeebrugger -literalmente, Mar de Brujas- y que enriquecieron a la ciudad. Por este puerto del Mar del Norte entraba la lana merina de Castilla y, una vez transformada en sus talleres, salían los famosos paños de Brujas.

    Como visitábamos la ciudad en un viaje organizado en grupo, fuimos allí donde nos llevaron. En primer lugar, comimos en uno de los restaurantes de la Grote Markt, para dirigirnos enseguida al Minnewater -Lago de los Enamorados- donde tomamos una de las barcas turísticas que recorren los canales. Este lago fue el muelle de las embarcaciones que durante los siglos XIV y XV cubrían la ruta comercial entre Brujas y Gante. Hoy es un rincón placentero y hermosísimo, donde se celebran conciertos estivales.

    El barco bordea el beguinaje -Begijnhof- fundado en el siglo XIII para acoger a las beguinas, mujeres laicas, solteras, viudas o con el marido en el ejército, que hacían vida retirada sin estar unidas por votos religiosos. Actualmente en las casas residen estudiantes y una comunidad de benedictinas.

    Al igual que en Gante, también aquí destacan tres grandes torres. Además de la Belfort, la torre de la iglesia de Nuestra Señora y la de la catedral de San Salvador, obra del siglo XIII.

    Nos hubiera gustado visitar el Museo Groeninge, con obras de los maestros de la pintura flamenca, pero no estaba incluido en el tour y no nos quedó tiempo para ir por nuestra cuenta.

    La iglesia de Nuestra Señora es una construcción del siglo XIII, la primera iglesia gótica de ladrillo levantada en Flandes. Su interior es el exponente del esplendor medieval en la ciudad; guarda un lienzo de Miguel Ángel, una Madona, y los mausoleos del duque de Flandes y Borgoña, Carlos el Temerario, y de su hija, la duquesa María de Borgoña, muerta en Brujas en 1482, esposa del emperador Maximiliano de Austria, padres de Felipe el Hermoso, quien ordenó el traslado de los restos de su abuelo a este lugar. Los mausoleos góticos los representan tumbados, con las manos juntas y los ojos abiertos. Aunque ambos fueron duques por igual, a los pies de él se puede ver un león, símbolo de la fuerza; a los de ella, un perro, símbolo de la fidelidad. La torre mide 123 metros de altura.

    No lejos de esta iglesia se encuentra la catedral de San Salvador, construida en el siglo XI como un pequeño templo románico, que ha sufrido cuatro incendios a lo largo de su historia, siendo remodelada después de cada uno de ellos. El resultado es una mezcla de estilos: románico, gótico, gótico florido y neogótico. En 1834 fue designada como catedral, construyéndose entonces la torre actual, de estilo neorrománico.

    También visitamos la basílica de la Sangre, llamada así por guardar una reliquia de la sangre de Cristo, supuestamente recogida por José de Arimatea y traída desde Tierra Santa por el conde de Flandes, Teodorico de Alsacia. La iglesia tiene dos plantas, la inferior, dedicada a San Basilio, se corresponde con la obra románica del siglo XII. La reliquia se encuentra en la planta superior, de estilo gótico, reconstruida en los siglos XVI y XIX. Enfrente de esta basílica se encuentra el hospital Sint-Janshospital, del siglo XIII, tenido como el más antiguo de Europa.

    En Brujas el chocolate lo invade todo pero no huele como en Bruselas. Callejear por la ciudad es una delicia, contemplando sus casa típicas de ladrillo y fachada triangular.

    Cerca de uno de los canales nos encontramos con una escultura dedicada a Juan Luis Vives, humanista y pedagogo, judío valenciano, que se refugió en Brujas huyendo de la persecución a judíos y conversos durante el reinado de los Reyes Católicos. En esta ciudad se casó con Margarita Valldaura, de familia burguesa valenciana, aquí murió en 1540 y está enterrado en la iglesia de San Donaciano.Hay que señalar que cuando el humanista enfermó ella le sustituyó, recuperando e imprimiendo sus discursos, conferencias y apuntes. A su muerte en 1542 fue enterrada en la misma tumba que su marido, en cuya lápida se escribió: “Margarita Valldaura, dama de rara honestidad y en grado extremo semblante a su marido en dotes del espíritu, voz del sexo femenino, y a ambos unidos como siempre vivieron en alma y cuerpo y aquí entregados en la tierra, a la par los dos”. Me hubiera gustado haber podido visitar la tumba de esta mujer, “voz del sexo femenino”, pero tampoco estaba previsto en el itinerario del grupo. Ventajas e inconvenientes de los viajes organizados.

    Brujas nos pareció una ciudad provinciana y tranquila. En sus calles abundan las imágenes marianas que llaman avemarías. En un poste publicitario nos encontramos un cartel de Adamo, cantante famoso en nuestra juventud, autor de canciones para bailar agarrao. No hay rincón de la ciudad que no sea hermoso. Se cuenta que durante la Segunda Guerra mundial el general alemán que ocupaba Brujas trasladó el frente fuera de la ciudad para salvarla de la primera línea de fuego.

    Aunque rápida la visita, al menos hicimos noche en Brujas, lo que nos permitió pasear a la luz de la luna por una ciudad que hace honor a su nombre.

    Fotos: ©Valvar

  • Gante

    Gante

    Gante (Gent en flamenco, Gand en francés) es una ciudad belga que se encuentra en la confluencia de los ríos Escalda y Lys, situación a la que alude su nombre, derivado del término celta ganda, esto es convergencia. La ubicación no es ociosa pues en el río han encontrado los ganteses su riqueza, por el agua han entrado y salido las mercancías que los hicieron ricos y las piedras con las que levantaron sus casas y sus monumentos.

    Basta recorrer las orillas de su puerto medieval, el Graslei, en la orilla derecha, y el Korenlei, en la izquierda, para intuir lo que fue la ciudad, que llegó a tener el privilegio de la comercialización de cereales, recibiendo un porcentaje de los que transitaran por su zona en concepto de impuesto.

    Muchas de estas casas que se asoman al río acogían a los gremios, que han sido y son un poder fáctico en la ciudad. Las casas mantienen su prestancia exterior, debidamente rehabilitadas, pero el interior se ha adaptado a los usos de una ciudad moderna.

    Testigo de la historia de Gante es su Castillo de Gravensteen, tercera de las fortalezas construidas en el mismo emplazamiento. Lo más antiguo del conjunto es la torre principal, levantada hacia el año 1000, que dominaba toda la ciudad. El conjunto fue construido en la segunda mitad del siglo XII. En el medievo representó el poder de los Condes de Flandes. Después ha tenido distintos usos, incluidos los de almacén, fábrica de algodón o cárcel municipal en el siglo XIX. Actualmente es uno de los atractivos turísticos de Gante. En su interior se ha instalado un museo sobre la vida en prisión y los instrumentos de tortura a lo largo de la historia. Cerca del castillo se encuentra el lugar donde se ejecutaban a los condenados por los condes.

    En el corazón de Gante las torres miden el poder de cada quien, en un reto secular: la catedral de San Bavón (Saint Baafs), la iglesia de San Nicolás y la Torre Campanario.

    La catedral se construyó en estilo gótico brabantino a partir de la primera mitad del siglo XIII sobre una iglesia románica anterior, obras que se prolongaron durante tres siglos. Su pórtico remata en una torre de 90 metros de altura. En el interior se conservan buenos lienzos de pintura flamenca y un buen coro, pero lo que llama la atención es el púlpito de madera y mármol y la estatua de San Bavón que preside el altar.

    San Nicolás es una de las iglesias más antiguas de Gante. Se levantó sobre una anterior de estilo románico que se había incendiado en 1176. Como San Nicolás es el patrón de los comerciantes y dado que los mercaderes ganteses vivían una época de prosperidad, en la primera mitad del siglo XIII decidieron construir una iglesia más grande, ya en el estilo gótico conocido como del Escalda, por el uso de la piedra de color azul grisáceo de la zona de Tournai, a orillas de ese río y transportado por barcos hasta Gante. La iglesia, propiedad del gremio de comerciantes, tuvo que ser ampliada en el siglo XIV para poder sostener su enorme torre, utilizada también como campanario y vigilancia.

    La iglesia de San Nicolás ha vivido tiempos azarosos. En 1556, grupos de protestantes, contrarios al culto iconográfico, destruyeron toda la ornamentación gótica. Cuando la Revolución Francesa llegó hasta Flandes utilizó la iglesia como caballerizas del ejército. En el siglo XIX el templo amenazaba ruina total pero los ganteses apostaron por su restauración, que aún sigue.

    La Torre-Campanario -o Belfort- simbolizaba el poder de la ciudad medieval, tenía funciones de archivo documental, cuartel general y de vigilancia. Sus campanas advertían al vecindario de los ataques exteriores o de los incendios. Aquí se encuentra la campana Roeland, la más famosa de Flandes. En las cuatro esquinas de la torre vigilaban otros tantos soldados que cada hora hacían sonar sus cuernos, indicando que la ciudad estaba a salvo. La Torre es Patrimonio de la Humanidad, como el resto de campanarios de Flandes. Remata la Torre un dragón dorado, colocado en 1377.

    Junto a ella se encuentra la Lonja de los Paños, otra de las industrias que enriquecieron a la ciudad.

    Cerca también se encuentra el Ayuntamiento, entre los edificios civiles que compiten en justa lid con las construcciones religiosas.

    La plaza principal de Gante es la Korenmarkt, que significa la plaza del grano, pues aquí se comerciaba el trigo y maíz que llegaba al puerto fluvial. A este lugar se abre la oficina de Correos, edificio señorial mezcla de gótico y renacentista.

    El puente de San Miguel, a pesar de su aspecto medieval, es obra de comienzos del siglo XX.

    Callejear por Gante tiene algo de inmersión en la Edad Media, con toda la prosperidad de una ciudad rica e influyente. Curiosamente, vimos pasar un tranvía que circulaba en dirección a Moscú. Sus tiendas de bordados son un auténtico primor. Cuenta también con un Teatro Real. Cerca de la iglesia de Santiago una concha indicaba que nos encontrábamos en el Camino, era como estar en casa.

    Para los españoles Gante tiene el valor simbólico de haber sido cuna de Carlos de Habsburgo. Contra lo que pudiera creerse, la criatura no nació en Gravensteen -considerado demasiado medieval para los gustos de los nuevos condes-. El futuro emperador vino al mundo en el palacio de Prinsenhof, del que no se conservan restos. Era esta una construcción moderna para la época, con más de trescientas habitaciones, baños con agua corriente caliente y fría, grandes salones con tapices y pinturas y jardines. La princesa Juana de Castilla -hija de los Reyes Católicos- había quedado impresionada del lujo de la corte borgoñona y de la magnificencia de sus palacios. El 24 de febrero de 1500 los duques asistían a una fiesta en este palacio cuando Juana se sintió indispuesta, retirándose a una dependencia privada, llamada retraite, es decir, apartada o reservada. Por una traducción aproximada del término con frecuencia se interpreta que quien sería el príncipe más poderoso de su tiempo había nacido en un excusado.

    El nacimiento fue recibido con júbilo en la ciudad, disparándose fuegos artificiales desde la Torre, que, según los cronistas del momento, se vieron a quince leguas de distancia. Fue bautizado el 7 de marzo de aquel año en la catedral de San Bavon. Nieto de los Reyes Católicos, por parte de madre, y del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Maximiliano de Austria, y de la duquesa María de Borgoña, por parte de padre, reinaría -junto con su madre- en España como Carlos I y sería coronado emperador como Carlos V.

    Fotos: ©Valvar

  • Lovaina

    Lovaina

    Dos cosas nos llamaron la atención en Lovaina: la magnificencia de sus edificios y la sencillez y amplitud del beguinaje, donde se acogían las mujeres que querían vivir solas, en una forma de vida precursora del feminismo.

    Lo primero que hay que tener en cuenta al llegar a Lovaina es que su nombre es Leuven, para los flamencos, y Louvain para los francófonos belgas. La mayoría de los carteles e indicativos remiten a Leuven. Estamos en la capital del Brabante flamenco, en la región de Flandes.

    Luego, hay que recordar que aquí está la universidad católica más antigua del mundo, la Katholieke Universiteit Leuven, KULeuven, fundada en 1425. Es también la universidad más grande de Bélgica, con alumnos de más de cien nacionalidades, muchos de ellos con becas erasmus, apelativo que aquí viene como anillo al dedo pues Desiderius Erasmus Roterodamu, humanista más conocido como Erasmo de Roterdam fundó en 1517 en esta ciudad el Collegium Trillinguae (latín, griego y hebreo), la primera escuela de lenguas clásicas del mundo. (En verdad, erasmus es el acrónimo de European Region Action Scheme for the Mobility of University Studens, buscado para hacerlo coincidir con el viejo Erasmo). Una placa recuerda que en esta Universidad impartió docencia Juan Luis Vives, valenciano de familia judía , razón por la que había tenido que huir de España. Vives fue amigo de Erasmo. La Universidad Católica de Lovaina se ha duplicado recientemente para atender las reivindicaciones flamencas.

    De Lovaina se decía que era una ciudad de estudiantes y beguinas. El dicho es hoy una verdad a medias pues si, efectivamente, la mayoría de sus residentes son estudiantes, las beguinas son un recuerdo del pasado. Estas eran mujeres independientes que se retiraban de la vida social, sea por haber quedado viudas, porque sus maridos estaban en la guerra o porque no querían contraer matrimonio. Vivían en comunidad, no necesariamente con votos religiosos ni de manera permanente. El Gran Beguinaje o Beaterio llegó a agrupar más de 300 viviendas, está declarado Patrimonio de la Humanidad y actualmente sus instalaciones sirven de alojamiento a profesores y estudiantes universitarios.

    A poco que te dejes llevar por Lovaina acabas en la Oude Mark, la Plaza Vieja, también conocida como la mayor barra de bar de Europa por estar ocupada por una sucesión de bares con terrazas casi siempre llena de gente bulliciosa dispuesta a saborear una de las muchas y ricas cervezas belgas, cada una de las cuales requiere de su vaso específico. La cerveza local es la Stella Artois, que tiene aquí su sede.

    Un poco más allá de la Oude Mark se encuentra la Grote Mark, la Plaza Mayor, donde se levanta como un cofre recargado de un enmarañado encaje de piedra blanca la joya de Lovaina: su ayuntamiento gótico. Se empezó a construir en el siglo XV y se acabó en el XIX. A lo largo de estos siglos se fueron incorporando estatuas de personajes ilustres y escenas bíblicas, hasta un total de 236.

    Frente al ayuntamiento, la iglesia de San Pedro, construida en el siglo XV es estilo gótico tardío en el lugar ocupado antes por una iglesia románica, cuyas torres se cayeron por un incendio. El proyecto contemplaba una torre de 170 metros pero por problemas de cimentación se quedó en los 50 metros. Las vidrieras y el color blanco de su decoración contribuyen a aportar una gran luminosidad al interior. En el campanario, llama la atención un gran reloj dorado con un campanero que se mueve al compás de la sonería.

    Los vecinos de Leuven se sienten orgullosos de su biblioteca. Se asegura que llegó a guardar 300.000 documentos. Durante la primera guerra mundial sufrió grandes desperfectos y la pérdida de importantes fondos medievales y renacentistas. Durante la ocupación alemana en la segunda guerra mundial la biblioteca volvió a arder y de nuevo fue reconstruida. Fue reconstruida con ayuda de Estados Unidos. En agradecimiento, el carillón de su torre tiene 48 campanas, tantas como estados continentales estadounidenses.

    Ante ella, en una amplia plaza se alza una especie de aguja en cuya parte superior hay una enorme mosca ensartada. Se trata de un regalo que la Universidad Católica de Lovaina (KULeuven) hizo a la ciudad en el 2000, al cumplirse el 575 aniversario de su fundación. La composición se llama Totem y es obra del artista belga Jan Fabre, escultor, guionista y escenógrafo iconoclasta. La mosca de Lovaina/Leuven/Louvain.

    En esta universidad se había licenciado uno de mis amigos de infancia: el escritor Manolo Arandilla, que solía hablarnos mucho de su etapa estudiantil. Ni por asomo podía pensar entonces que en Lovaina celebraría mi 66 cumpleaños, brindando con una riquísima cerveza de frambuesa,.

    Fotos: ©Valvar

  • Malinas

    Malinas

    La que nosotros conocemos como Malinas y los belgas llaman Mechelen es una ciudad primorosa, con casas y calles bien cuidadas. Como ya habíamos descubierto en Bruselas, también aquí comprobamos la preeminencia de lo civil sobre lo eclesiástico, a pesar de la grandeza de su catedral, que es sede del cardenal primado de Bélgica.

    El corazón de la ciudad gira en torno a su Grote Markt -Gran Mercado, Plaza Mayor–, donde extiende su sombra la imponente torre de la catedral de San Romuldo, de casi cien metros de altura, con un carillón de 49 campanas. Esta torre y sus 56 campanarios belgas son Patrimonio de la Humanidad desde 1999. Se puede acceder a la cúspide si se está dispuesto a ascender 514 escalones. La construcción de la catedral se prolongó entre los siglos XIII a XVI en gótico bravantino, con remodelaciones posteriores, una de ellas obligada por un incendio.

    Hay que tener cuidado a la hora de hablar de incendios ante los malineses, apodados “apagalunas”. El apodo se debe a que en 1687 un vecino que, al parecer, había bebido más de lo conveniente, dio la voz de alarma de que la torre de San Rumoldo estaba ardiendo. Allí acudió el vecindario en tropel provistos con cubos de agua para apagar el fuego, para comprobar que el incendio no era sino el resplandor de la luna en el campanario.

    El interior de la catedral es igualmente gótico con el altar y el coro barrocos. La impresión es de grandiosidad, mide 118 metros de largo. En Malinas y en casi todas las iglesias flamencas que visitamos encontramos púlpitos barrocos, generalmente tallados en madera y muy decorados, quizá herencia de la Reforma.

    En el otro extremo de la Plaza del Mercado se levanta el ayuntamiento, formado por dos edificios: la Lonja de los Paños y el Palacio del Consejo Superior. Cerca de ellos encontramos una escultura que representa un manteamiento, el Opsinjoorke. Según nos contaron, es la reminiscencia de una fiesta antigua durante la que las mujeres manteaban a sus maridos borrachos.

    Es imposible conocer en una sola jornada una ciudad tan interesante como Malinas, de manera que apenas pudimos ver su beguinaje, que, como todos los de Flandes, es Patrimonio de la Humanidad.

    Al margen de su atractivo turístico, nosotros teníamos interés por conocer el vínculo de Malinas con la familia de la reina Juana I. A ella, que aquí dio a luz a su hija Isabel, se la recuerda poco. Las vip del lugar son las dos Margaritas, de York y de Austria. Ambas dejaron huella indeleble en la ciudad.

    Margarita de York (1446-1503), tercera esposa de Carlos el Temerario, duque de Borgoña, abuelo de Felipe el Hermoso, se retiró a Malinas al enviudar y convirtió la ciudad en centro cultural, político y social de Flandes.

    Margarita de Austria (1480-1530), duquesa de Austria, hermana de Felipe el Hermoso, estaba llamada a ser reina de España por su matrimonio con el príncipe Juan, único hijo varón de los Reyes Católicos, pero enviudó seis meses después del enlace, en 1497, y se volvió a Flandes. Secundando los intereses del padre, Maximiliano de Austria, en 1501 casó con Filiberto II, duque de Saboya, muerto tres años más tarde.

    Inteligente y culta, con 24 años, viuda y sin hijos, se trasladó a Malinas, convertida en tutora de sus sobrinos, los hijos de Felipe y de Juana, cuando estos fueron llamados a gobernar Castilla tras la muerte de Isabel la Católica. La historia jugó en contra; Felipe murió tres meses después de haber sido coronado; Juana acabó encerrada en Tordesillas hasta su muerte, ocurrida en 1555, víctima de la ambición de poder de su marido, de su padre y, finalmente, de su hijo.

    Ese hijo, Carlos de Habsburgo, y sus hermanos, Leonor, Isabel y María, fueron educados por su tía Margarita en la pequeña corte que esta había creado en Malinas. Inculcó en sus sobrinos el amor al conocimiento y ella misma fue mecenas de las artes y las ciencias, introductora del Renacimiento en los Países Bajos y Flandes. El palacio que mandó construir es hoy Palacio de Justicia.

    En el ámbito político, tras la muerte de su hermano, Margarita fue regente de los Países Bajos, cargo que ejerció con prudencia y conocimiento. En 1529 negoció en nombre de Carlos I la llamada Paz de Cambray o de las Damas con quien había sido su cuñada, Luisa de Saboya, que representaba a su hijo, Francisco I de Francia. En Malinas la encontró la muerte; le sucedió en el gobierno de los Países Bajos su sobrina María. Una escultura suya preside la Gran Plaza de Malinas.

    El recuerdo de los descendientes de la desventurada reina Juana sigue presente en la ciudad, donde su cerveza más popular es la Gouden Carolus, que toma el nombre del emperador Carlos, gran aficionado a ella. Sin salir de la Gran Plaza, en la fachada de uno de sus bellos edificios cuelga un escudo , rematado con el Toisón de Oro de Felipe II, que por aquí anduvo siendo aún príncipe de Asturias.

    Fotos: ©Valvar

  • Aulnay de Saintonge

    Aulnay de Saintonge

    San Pedro de Aulnay de Saintonge es un ejemplo cabal de la arquitectura románica poitevina. Edificada en el siglo XII, es famosa por la riqueza de la decoración esculpida en su cabecera o en cualquiera de sus dos extraordinarias portadas. Situada a 40 kilómetros de Saintes, se encuentra en la Vía Turonense del Camino de Santiago y es monumento histórico desde 1840.

    El Camino de Santiago es, entre otras muchas cosas, un itinerario monumental construido a lo largo de los siglos, con destacada presencia de iglesias románicas, un estilo que se nutre en mayor o menor proporción de influencias árabes, bizantinas y romanas. Durante los siglos XI, XII y XIII, miles de canteros trabajaron en tierras que hoy identificamos como Alemania, Italia, Francia y España, imprimiendo su propia seña local, sin perder la unidad de una corriente artística fundamentalmente religiosa. Por su valor arquitectónico, entre otras razones, desde 1998 el Camino de Santiago es patrimonio de la Humanidad.

    En aquellos primeros siglos los peregrinos caminaban a Santiago por razones de fe, para purgar sus pecados o saldar sus condenas. Hoy, cientos de miles de peregrinos lo hacen por motivos diferentes, no siempre religiosos. Todos ellos transitaron y transitan por una ruta plagada de arte.

    Queriendo aprovechar el tiempo, llegamos a la colegiata de San Pedro en Aulnay de Saintonge a primera hora de la tarde de un día soleado, que no es el mejor momento para conseguir buenas fotos. En cualquier caso, no hay cámara capaz de captar el encanto de este edificio, ubicado actualmente en las afueras del pueblo, junto a un cementerio merovingio, rodeado de jardines y arbolado. Fue mandado edificar por los canónigos de Poitiers entre los años 1130 y 1150. Verdaderamente, se esmeraron.

    No sabemos por dónde empezar. Mientras el Colega se dirige a la puerta sur, yo decido empezar por el camposanto. Me gusta visitar los cementerios de los lugares que visitamos, cuando ello es posible.

    En el centro del de Aulnay se alza una cruz hossannaire del siglo XV. Este tipo de edículos funerarios, también conocidos como cruz celta, fueron construidos entre los siglos XII al XVI y son abundantes en el oeste francés, donde subsisten un centenar de ejemplares. Se distinguen de las linternas de los muertos en que carecen de sistema de iluminación. Suelen alcanzar los diez metros de altura, una columna generalmente cilíndrica y labrada apoyada en una grada circular de piedra y rematada en una cruz.

    La fachada oeste en ese momento recibe el sol da plano. Me apoyo en una de las tumbas antiguas para saborear esta imagen y grabarla en mi memoria. Es una fachada típica del estilo poitevino, flanqueada por dos linternas con una portada central intensamente decorada. La piedra blanca refulge, iluminada por la fuerza del sol a esa hora.

    Destaca sobre el conjunto la torre campanario, que se levanta sobre el crucero. Es una construcción posterior, aligerada ya en los siglos del gótico.

    En el interior, sorprenden algunos animales exóticos como elefantes, junto a pasajes bíblicos, como Dalida cortando el pelo a Sansón o Caín y Abel y escenas de la vida cotidiana.

    La portada sur se abre en el brazo del crucero con cuatro arquivoltas muy decoradas. En la exterior se distingue un abundante bestiario. En la siguiente se despliegan 31 ancianos -incluidos los 24 del Apocalipsis- tañendo instrumentos musicales. En la tercera, 24 personajes portan libros y frascos de ungüentos; se identifican con los apóstoles y los profetas. En la arquivolta inferior, seis series teriomóficas -figuras de animales con anatomía parcialmente humana o representación humana parcialmente animal-.

    La fachada oeste está ordenada como un arco de triunfo romano: una puerta central en cuyas arquivoltas se distinguen un zodiaco; combates entre las virtudes -representadas como guerreros- y los vicios -seres monstruosos-; ángeles y las vírgenes necias y prudentes.

    Flanquean la puerta dos arcos ciegos dotados de tímpano. El de la derecha está dedicado a la crucifixión de San Pedro; el de la izquierda muestra a Cristo triunfando sobre la muerte entre San Pedro y San Pablo.

    Los ábsides de la cabecera son un despliegue total de canecillos, con personajes diversos, algunos atrapados entre tallos. Decididamente, se necesitaría un mes entero para disfrutar tranquilamente de San Pedro de Alnay.

    Tan embelesada estoy que no me he percatado de que hace un rato largo que no veo al Colega. Me encamino de nuevo al cementerio, desde donde lo veo ilustrando a un señor desconocido sobre las figuras de la portada. Si quieres, puedes pedir la plaza de guía y nos quedamos a pasar la temporada, le digo. No me contesta, pero me mira con cara de estárselo pensando.

    Fotos: ©Valvar

  • Arthous y Sorde-l’Abbaye

    Arthous y Sorde-l’Abbaye

    Arthous y Sorde son dos abadías inicialmente románicas situadas en la vía Turonense del Camino de Santiago. Aunque han perdido algo de la importancia que tuvieron, bien merecen una visita.

    Esta fue nuestra última parada en nuestro periplo románico francés del verano de 2023, resistiéndonos a terminar un viaje que tan buenos momentos nos había regalado. En el límite del macizo boscoso de las Landas al sur de la ciudad de Dax y al este de Bayona, tomamos un desvío de la carretera para acercarnos a la abadía de Santa María de Arthous, situada en el término de Hastingues.

    Fue fundada en 1167 por canónigos premostratenses con dependencia de la abadía de Case-Dieu. Dos eran los objetivos de esta fundación: evangelizar la zona y controlar en lo posible una zona conflictiva por las guerras entre el Bearn, Gascuña y Navarra. En la Edad Media y hasta el siglo XVI gozó de la prosperidad que le proporcionaban sus tierras, lo que le permitió influir en la vida religiosa y civil de la zona.

    Como muchas otras iglesias fue duramente atacada en la guerra de los Cien Años (1337-1453) entre franceses e ingleses, la guerra entre Francia y España (1523-1526) y las Guerras de Religión (1562-1598) entre católicos y hugonotes, que destruyeron las dependencias monacales. En el siglo XVII se reconstruyó lo destruido y la abadía intentó recuperar su bonanza. Empero, en 1791, en plena la Revolución, el monasterio contaba con solo tres frailes. La abadía fue vendida y acabó convertida en granja.

    Para salvarla de su ruina, en 1955 la iglesia fue declarada monumento histórico, que en 1969 se amplió al resto de dependencias, iniciándose un proceso de restauración. En 1964 fue adquirida por el Consejo Departamental de Las Landas, instalándose un museo arqueológico con obras de la prehistoria, la época galorromana y la Edad Media.

    Toda la suerte que hemos tenido a la hora de acceder a las iglesias que hemos visitado hasta ese momento, se nos acabó al llegar a la última etapa. Cuando llegamos a Arthous hace diez minutos que ha cerrado sus puertas al público.

    Nos conformamos con contemplar el exterior de la iglesia, que no es poco. Esta cabecera triabsidal que contemplamos es la parte más antigua de la fábrica, levantada entre los siglos XII y XIII. Sus 59 modillones y nueve capiteles, figurados la mayoría y en buen estado, son extraordinarios. Se distinguen claramente entre ellos dos mujeres con serpientes, Adán y Eva, la serpiente y el árbol de la vida distribuidos en sendos canecillos, la huida a Egipto, un músico con dolio y otro con fídfula, hombres desnudos y animales diversos. Los escultores quisieron rendir homenaje a los monjes de la abadía retratándolos portando piedras, se supone que para la construcción, y con instrumentos de culto.

    En el muro a poniente queda una puerta románica bastante dañada. Ha desaparecido un tímpano que tuvo con la representación de la Adoración de los Reyes Magos y parte de su estructura. Quedan dos columnas con sus capiteles en los que se distinguen serpientes enroscadas, helechos y una cesta con un personaje.

    En el muro norte queda otra puerta que comunicaba la iglesia con el desaparecido claustro, que se encuentra en mejores condiciones pero que no pudimos ver. El interior de la iglesia es de una sola nave de más de 30 metros de longitud. Perdió su bóveda de crucería en 1925, que han sido restaurada en madera. Nada queda del claustro ni de las estancias monacales.

    La antigua abadía se encuentra al borde de una carretera departamental, la D119, con la única compañía de una edificación que bien pudiera ser la del guarda. Al poco de llegar nosotros ha salido un coche, que suponemos de la persona que atiende a las visitas, estamos solos contemplando diez siglos de la historia de la arquitectura religiosa, de las órdenes monacales y de la historia de Francia.

    El lugar invita a permanecer, pero seguimos camino hacia la vecina Sorde-L’Abbaye, donde vamos a alojarnos. Se trata de un pueblo típico del Camino de Santiago, que se extiende a uno y otro lado de la carretera, con casas bajas de buen aspecto. La información del lugar dice que cuenta con 642 vecinos, pero, acaso porque el fin de semana se había metido en lluvia, nosotros no alcanzamos a ver ni media docena.

    No nos había resultado difícil encontrar el alojamiento que habíamos reservado, la casa rural Aroha: era el único disponible en varios kilómetros a la redonda. Había visto algunas fotos en su web y le había preparado al Colega para disfrutar de un lugar con encanto. Empero, al contemplar la fachada de la casa me pareció que quizá me había excedido. A él, siempre animoso, le pareció un lugar acogedor.

    Acertaba, una vez más. Todo fue acceder al portalón y tener la sensación de que nos adentrábamos en una casa señorial de una familia acomodada de un siglo atrás. Se apreciaba el buen gusto y el esmero de quien gestionara el hotelito. Recorremos la planta baja sin encontrar a nadie.

    A ver si hemos llegado a una casa encantada, le digo al Colega, que me mira con cara de no empecemos. Al cabo de un rato baja una señora rubia y agraciada, July, dándonos la bienvenida. Permítanme que les enseñe primero la casa, anuncia. El jardín muestra los efectos de la lluvia. Me ha arruinado todas las rosas, se lamenta July. Nos transmite la sensación de ser recibidos más como amigos que como clientes.

    Admiramos el buen gusto y los cuidados hasta el mínimo detalle de la casa. De las cuatro habitaciones que tiene el hotel, nos ha asignado la habitación violeta. Es bonita y acogedora. Sobre el tocador hay unos dulces que dejamos intactos. Todavía estoy arrepintiéndome. Nos cambiamos y salimos a visitar la abadía benedictina de San Juan Bautista, razón por la que estamos en Sorde.

    Fundada en el siglo X por donación del duque de Gascuña, Guillermo Sancho, en la Edad Media la abadía disfrutó de una economía boyante que le proporcionaban los peregrinos y la explotación de los salmones de los ríos cercanos Gave de Pau y Oloron. Resultó semidestruida en una guerra en 1060. En 1290 quedó bajo la protección del rey de Francia, por acuerdo entre el abad, el senescal de Toulouse, la abadía y el pueblo.

    Aunque la abadía estaba entonces amurallada, en 1569 fue incendiada durante las guerras de religión, salvándose la cabecera de la iglesia del siglo XII, la torre campanario del X y el palacio abacial. Las dependencias abaciales, que habían sido derruidas, fueron reconstruidas por los benedictinos en el siglo XVII y restaurados en el siglo XIX. Hoy, la antigua abadía pertenece y es gestionada por las autoridades locales.

    La iglesia, actualmente parroquia, es un templo de cruz latina en la que se mezclan estilos -románico, gótico- y materiales -piedra, ladrillos- sin mucho orden y en regular estado, resultado de la azarosa y secular existencia. Al exterior, conserva la cabecera de tres ábsides, recrecidos y alterados.

    En el brazo norte del transepto se abre una puerta tardorrománica de arquivoltas decoradas pero tan deterioradas que resulta difícil identificar la escultura.

    En el interior se distinguen dos etapas constructivas, la románica de la cabecera y la reconstrucción gótica del siglo XIX.

    Los capiteles de la cabecera muestran a Daniel en el foso de los leones, la presentación de Jesús en el templo ante el anciano Simeón, el prendimiento de Jesus, atado con sogas en el cuello y las manos y la Virgen María con el Niño rodeados por dos ángeles, en la representación que se conoce como Trono de la Sabiduría.

    En los absidiolos de la cabecera se conservan restos de mosaicos románicos que fueron descubiertos a finales del siglo XIX.

    La iglesia permanece abierta sin restricciones. El interior permanece en una oscuridad agravada por la falta de sol. Curiosamente, cerca del absidiolo de los capiteles historiados un sensor lumínico enciende una luz cuando el visitante transita por un punto determinado. Era de vernos dar pasos de baile, de acá para allá, buscando el sensor que nos diera algo de luz para hacer fotos.

    La elaboración de mosaicos debía estar arraigada entre los vecinos de Sorde-l’Abbaye pues en 1957 se descubrió uno en el espacio donde se levantaba la casa del abad. Este mosaico correspondía a un establecimiento tardorromano (siglos III y IV) que disponía de termas adornadas con mosaicos. Los estudiosos aventuran que la existencia de esta villa del bajo imperio romano puede explicar las irregularidades del plano de la abadía. El mosaico y los restos romanos se guardan en la casa del abad. El conjunto de los edificios conventuales están abiertos al público de marzo a noviembre con actividades culturales y residencias de artistas. Nosotros llegamos el sábado por la tarde fuera del horario de apertura.

    Tras recorrer la iglesia y sus alrededores, optamos por dar un paseo por el pueblo y, si fuera posible, tomar una tabla de quesos con un vino. No solo no encontramos ningún establecimiento abierto, tampoco nos cruzamos con nadie. La única muestra de que no estábamos en un pueblo fantasma es que junto a muchas de las casas había vehículos aparcados y tres gatos despatarrados en la acera.

    A la mañana siguiente, nos atendió Nelly, con idéntica amabilidad que July. Desayunamos como si estuviéramos en casa, esto quiero, esto me gusta, y salimos a ver si encontrábamos abiertas las dependencias abaciales. Una señora que paseaba a un perro junto al ayuntamiento nos indicó que de abrir, lo haría por la tarde.

    Nos fuimos de Sorde-l’Abbaye sin llegar a ver la abadía. Antes de emprender el retorno volvimos a pasar por Arthous y, como en Sorde, estaba cerrado, lo que interpretamos como una invitación a volver.

    Fotos: ©Valvar