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La isla de Oléron

La isla de Oléron es una franja de terreno de 34 kilómetros de longitud por 15 de anchura en la costa atlántica francesa, al norte del estuario del Garona. Todavía no invadida por el turismo, ofrece un entorno plácido y una superproducción ostrera.
La Uliaros de Aquitania de la que habló Plinio el Viejo, está unida al continente desde 1966 por un puente de 2.862 metros de longitud, actualmente de acceso de gratuito, cruzado a diario por cientos de amantes de la naturaleza que llegan hasta aquí en coche o en autocaravana para recorrer a pie o en bicicleta sus senderos señalizados entre cerca de 3.000 hectáreas de bosques, disfrutar de sus playas y sus paisajes y saborear sus ostras.
La isla parece vivir un ritmo de vida sosegado aunque no del todo alejada de las vicisitudes de la historia continental. Las guerras de religión dañaron sus iglesias como en todo el territorio francés, en mayor medida que la Revolución, que solo alcanzó a cambiar su nombre y el de sus pueblos: Oléron pasó a ser la Isla de la Libertad, el Château fue bautizada como Igualdad, Saint Pierre, La Fraternité, Saint George, L’Unité. El ejército alemán la ocupó durante la Segunda Guerra Mundial siendo liberada por las fuerzas francesas el 29 de abril de 1945.
Nosotros llegamos a la isla en busca de su extraordinaria Linterna de los muertos románica y de su faro. El Colega viene pensando también en sus playas y yo, siguiendo el rastro de Leonor de Aquitania y, lo confieso, también por sus ostras. La ostricultura es la industria principal de la isla, entre los siglos III y el XIX lo fue el viñedo pero la filoxera acabó con la mayoría de las vides, que se han ido recuperando lentamente.


Tras las experiencias hoteleras de Saintes y Tours, en Oléron nos alojamos en un hotel comm’il faut, el Île de Lumière, en el término de La Cotinière. Un conjunto de pequeños apartamentos cada uno con su propio jardincillo, la mayoría de ellos mirando al Atlántico. La habitación es enorme y confortable. El Colega comenta, como de pasada, las ventajas de alojarse en un hotel sin historia.

Comemos en uno de los muchos restaurantes que miran al puerto de La Cotinière, el primer puerto pesquero de la isla y el séptimo en el ranking francés, llenos de familias que disfrutan del fin de semana. Tomamos unas estupendas ostras gratinadas y pescado de la zona, acompañados de un vino local, el pineau des Charentes. Mientras hacemos tiempo para ver la entrada de los pesqueros en el puerto coincidiendo con la subida de la marea, compramos sales de las salinas de Oléron y de la cercana isla de Re. Nadie como los franceses para convertir algo tan simple como la sal en un producto para gourmets y venderlo como si fuera la perla de sus ostras.


Seguimos ruta al extremo norte de la isla para ver el faro de Chassiron, pintado a franjas blancas y negras. El faro data de 1836, tiene una altura de 46 metros, es uno de los más antiguos activos en Francia, monumento histórico desde 2012 y el lugar más visitado de la isla. Su luz es visible desde medio centenar de kilómetros, lo que permite a los barcos orientarse en una costa plagada de arrecifes para entrar en la esclusa de Antioquía.

El faro está abierto a las visitas, se puede acceder hasta el mirador para contemplar la costa, si se está dispuesto a ascender 224 peldaños, que no era nuestro caso. Los alrededores del faro han sido acondicionados como zona ajardinada muy grata de pasear, donde se aprecia la fuerza del viento que tumba los árboles. En lontananza se divisa la Isla de Re, de la que tan buen recuerdo guardamos. A las horas que hemos llegado apenas hay gente en el jardín, una gaviota se nos acerca como preguntándose qué hacemos allí. Déjala tranquila y no le des conversación, le digo al Colega.


De vuelta al hotel paramos en Saint Pierre, capital de la isla, que encontramos muy animada. La iglesia, construida en el siglo XVII sobre un templo del XII que había sido destruido durante las guerras de religión, remata en una torre hexagonal que en otros tiempos servía también de faro para los navegantes. Un cartel nos recuerda la vinculación de la isla con Pierre Loti, de quien este año de 2023 se conmemora el centenario de su muerte.


Al verlo, recordamos nuestra visita al Café Pierre Loti de Estambul.


La Linterna de los muertos de Saint Pierre es la más alta de las diez que aún existen en Francia. Fue construida en el siglo XII en el centro del cementerio de la ciudad medieval, ahora preside una plaza/aparcamiento. Las linternas servían para recordar a las almas de los difuntos y, en ocasiones, para orientar a los caminantes. “La luz que brilla en la linterna es el símbolo de la inmortalidad del alma”, se puede leer en un cartel junto al monumento.



Volvemos al hotel para contemplar la puesta del sol sobre el mar. Buscando un buen punto para las fotos nos encontramos con dos casamatas cubiertas de pintadas. Un paisano le cuenta al Colega que son restos de la Segunda Guerra Mundial. Solo carcasa, pues desde ellas nunca ha salido un disparo, añade. La costa en este punto es abrupta, poco apta para el baño. En la espera vemos pasar a alguien haciendo paddel surf, otro pesca en el límite de las rocas. Llega un grupo de personas mayores con aire hippie y se sienta en la arena, donde hemos visto restos de hogueras.



O hemos llegado con mucho adelanto o esa jornada el sol se encontraba perezoso, tuvimos que esperar un rato largo a que decidiera acostarse sobre un mar con fama de bravo que hoy se nos presentaba plano como un espejo. El Colega cuelga sus zapatillas en una valla y se va de expedición.



Cuando por fin el sol desaparece tras la línea del horizonte damos gracias a la Naturaleza que ofrece estos espectáculos de manera gratuita y nos sentimos afortunados de haber llegado hasta aquí para contemplarlo.




El Château -Castillo- de Oléron es la capital histórica de la isla. La ciudadela fue diseñada sobre un acantilado rocoso por Sébastien le Prestre (1633-1707), conocido como Vauban, mariscal e ingeniero militar, el más famoso de su tiempo. El fortín se eleva 46 metros sobre el nivel del mar, ofreciendo una de las mejores vistas panorámicas de la isla. Hay que ir con cuidado porque fuera del castillo no hay protección alguna a pesar de que el camino bordea el precipicio.




Al norte de la isla se divisa el Fuerte Boyard, una fortificación mandada construir por Napoleón para defender de los ingleses la desembocadura del río Charente y el puerto y arsenal de Rochefort. Antigua propiedad del ejército francés, poco después se convirtió en prisión y, luego fue abandonado. Adquirido en subasta por un particular en 1961, de nuevo abandonado, fue comprado a finales del pasado siglo XX por un productor de televisión. Actualmente se utiliza como escenario de programas de entretenimiento.
La iglesia románica de Saint Georges es el monumento más antiguo y uno de los más notables de la isla de Oléron. La fábrica original del siglo XI fue fortificada para protegerse de los normandos; de esa época solo queda la nave, terminada en el siglo XIII y la fachada oeste. En el siglo XII fue donado a la Abadía de las Damas de Saintes por Leonor de Aquitania, muy presente en estos territorios, que fueron suyos.


Como otras muchas iglesias, resultó muy dañada durante las guerras de religión. Fue requisada durante la Revolución y convertida en establo, hasta que en 1800 fue recuperada para el culto, y restaurada en la segunda mitad del siglo XX. En sus muros permanece un reloj de sol del siglo XVII, con una leyenda grabada: “Pasamos por aquí como una sombra de luz. Caminamos hacia nuestra última hora”. En su interior se guardan exvotos marinos y una estatua yacente de Leonor de Aquitania, copia de la original de la abadía de Fontevraud donde reposan sus restos.


Tumba de Leonor de Aquitania en la abadía de Fontevraud La presencia en Saint Georges de Oléron de quien fue reina de Francia y de Inglaterra, mujer poderosa, la más influyente de su tiempo, está más que justificada. Entre 1152 y 1160 Leonor introdujo las primeras leyes marítimas o de almirantazgo que regulaban la navegación medieval. Los Rollos de Oléron son la primera ley marítima común; en 1364 se adoptaron como ley marítima oficial en Francia. En esos Rollos se basan o inspiran las leyes marítimas posteriores del norte de Europa.
Aparte de sus monumentos oficiales, la isla de Oléron ofrece un sinfín de escenarios que no queremos perdernos: las playas de Les Saumnonards o Saint-Trojan-les-Bains, Le Grand-Village con sus salinas recuperadas, las aves en las marismas de Dolus; las casas coloreadas del puerto de Saint-Denis o del Château; las fachadas llenas de flores de los pequeños pueblos. Sus infinitos puestos y tiendas y restaurantes de ostras, sus ricos pescados…
En el comedor del hotel donde desayunamos encontramos una gata sentada plácidamente a la mesa. Parece entendernos cuando la saludamos. Desengáñate, las gatas francesas no hablan castellano, le digo al Colega. Al dejar el hotel la gata nos sigue hasta el coche. Se diría que en Oléron hasta los gatos son amables.

Camino de nuestra última etapa de esta incursión por tierras francesas, cruzamos el puente de Oléron como al ralentí, deseando que sus habitantes sean capaces de preservar la isla como el pequeño paraíso que es.
Fotos: ©Valvar

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Poitiers y Talmont: Santa Radegunda

Santa Radegunda, mujer de vida digna de un folletín, es titular de dos de las iglesias románicas más interesantes de nuestra ruta francesa: una en Poitiers y otra en Talmont, en el estuario del Garona.
Radegunda (520-587) fue princesa de Turingia. En el año 531 el rey franco Clotario conquistó su reino y se llevó con él a la adolescente y a su hermano. En el 538 Clotario enviudó y tomó por esposa a Radegunda, contra la voluntad de esta. En el 550 la esposa supo que el rey había mandado matar a su hermano y abandonó la corte para dedicarse a la vida religiosa.
Enseguida fundó un monasterio en Poitiers, el primer convento de monjas en Francia, nombrando abadesa a su compañera Inés y quedando ella como simple monja, en alguna medida ejerciendo el mando bajo cuerda. Mandó traer un trozo de la Vera Cruz, por lo que el monasterio tomó el nombre de Santa Cruz. Cuando murió fue enterrada en una capilla funeraria, donde más tarde se levantó la iglesia que lleva el nombre de Radegunda, convertida en santa.
Poco después de su muerte el monasterio se vio envuelto en una rebelión contra la abadesa protagonizada por dos monjas, ambas hijas de reyes. Algunos historiadores sostienen que las monjas rebeldes pretendían tener una posición acorde con su rango y se habían sentido postergadas, otros, que protestaban contra los abusos que se producían en el convento, entre otros, que la abadesa tenía a su servicio a un hombre disfrazado de mujer, permitía el juego de dados y jugaba ella misma o dejaba que los hombres se bañaran en los baños de la comunidad.
Para limpiar el buen nombre del monasterio se escribieron dos biografías, una escrita a poco de morir la santa por quien había sido su administrador y secretario, Venancio Fortunato, y hacia el 610 otra, por Baudonivia, monja de la Santa Cruz, algo entonces inusual, una mujer escribiendo sobre otra mujer.

Rebeliones aparte, parece cierto que Radegunda mantuvo un amor espiritual o une belle amitié con la abadesa Inés y con el mismo Venancio Fortunato, que quebrantó la Regla monástica al disponer de una celda personal no compartida, que se inmiscuyó con más entusiasmo del debido en asuntos mundanos y mantuvo permanente comunicación con reyes, obispos y altos mandatarios civiles y religiosos, sin que nadie se atreviera en vida a reprochárselo, dada su fuerte personalidad.
Muerta ella, las monjas de la nobleza se rebelaron con tal violencia que hubieron de ser detenidas por un destacamento armado, sacadas del convento y castigadas con crueldad: a unas se les cortó el pelo, a otras, las manos, y a algunas más las orejas y la nariz.
La iglesia de Santa Radegunda de Poitiers, donde desde el año 1012 se guarda su tumba, es una mezcla de románico y gótico angevino, está situada muy próxima a la catedral de San Pedro y al antiguo monasterio de la Santa Cruz.


La iglesia primitiva, levantada en el siglo VI, sufrió distintas peripecias hasta que en el 1099 se rehizo y consagró de nuevo. De esta fase constructiva quedan la cabecera y los primeros pisos del campanario. Las obras continuarían durante los siglos XIII y XIV. Los reformistas la saquearon durante las guerras de religión y profanaron el sepulcro de Radegunda.


Se trata de una iglesia canónica, con una comunidad dirigida por un prior sometido a la obediencia de la abadesa de Santa Cruz, con el encargo de orar ante la tumba. En la cripta se encuentran las tumbas de las santas Radegunda, Inés y Disciole. La iglesia cuenta con extraordinarias vidrieras en las que se narran escenas bíblicas o la vida y milagros de Santa Radegunda.




En la cabecera hay unos capiteles policromados muy interesantes, representan a Daniel en el foso de los leones acompañado del ángel y de Habacuc; el rey Ciro, que es quien condena a Daniel al foso, y uno de los conspiradores contra Daniel devorado por los leones. En otra cara del mismo capitel, Adán y Eva.




En los muros y en los pilares de la nave se pueden ver criaturas demoníacas, fabulosas, alegóricas. Mientras señalo al Colega el famoso capitel tenido como erótico, en el que una mujer muestra su sexo, pasa junto a nosotros un clérigo que nos mira con cara de conmiseración, como si fuéramos dos viejos rijosos. Estoy tentada de aconsejarle leer el libro “Tierra de damas”, de Isabel Mellén, para que sepa que esa dama tenida por procaz muy probablemente esté reivindicando la capacidad eugenésica de su linaje. Pero antes de que haya preparado la frase adecuada el clérigo ha desaparecido en lo que supongo que será la sacristía.

Cerca de la tumba de Santa Radegunda hay una pequeña urna de madera con una hendidura y un candado. Junto a él, un bloc y bolígrafo. Un letrero advierte: «Las plegarias depositadas aquí son entregadas cada semana a las hermanas benedictinas del monasterio de la Santa Cruz que llevan sus intenciones en sus plegarias«. Alguien ha escrito en la propia urna: «No introduzcan dinero«. Un detalle.

La segunda de las iglesias dedicadas a Santa Radegunda se encuentra a 200 kilómetros de Poitiers, en Talmont-sur-Gironde, a orillas del gran estuario resultado de la confluencia de los ríos Garona y Dordoña. Estamos en un pequeño “pueblo de piedra y agua”, tenido como uno de los pueblos más bonitos de Francia, «perla del estuario» y «joya de Saintonge«.



En realidad, Talmont es una aldea de dos centenares de habitantes dentro de la Vía Turonense del Camino de Santiago. En la Edad Media los peregrinos solían atajar desde aquí cruzando el estuario en barca hasta Soulac para seguir por la costa.
Pero, si en Poitiers su enorme patrimonio deja en cierta penumbra a Santa Radegunda, aquí todo gira en torno a su iglesia y al Camino de Santiago, así que aparcamos en el espacio destinado a los coches, pues el tráfico rodado está prohibido dentro del pueblo, y nos lanzamos a ver la iglesia, que es monumento histórico desde 1890.


or muchas fotos que hayas visto, su silueta, junto al pequeño cementerio y sobre el estuario, tan incardinada en el paisaje, sobre la roca lamida por el agua, provoca una emoción indefinible. En el siglo XV se hundió el acantilado y arrastró con él un tramo de la iglesia, que ha quedado así, amputada, cerrada la nave con un imafronte casi liso, con una pequeña y sencilla puerta tardogótica y un ventanal. A mediados del pasado siglo se consolidó el promontorio para evitar nuevos hundimientos.
La iglesia románica es obra del siglo XII, cuando dependía de la abadía de Saint Jean d’Angély, cerca de Saintes. De una sola nave y cabecera triabsidal, el central mucho más grande que los ábsides laterales. Se cree que la antigua fachada, hundida con el acantilado, sería grandiosa, como es frecuente en el románico de Saintonge. Sobre el crucero se levantó una torre campanario que poca altura. Así y todo, la iglesia es muy armoniosa, más atractiva por el conjunto y su privilegiado emplazamiento que por la ornamentación, bastante erosionado por el viento y la sal. El interior de la iglesia corresponde a un románico tardío. La mayoría de los capiteles están también muy erosionadas.







Esta erosión es más evidente en la portada norte, que debió ser extraordinaria. En el tramo inferior se abre la puerta flanqueada por dos arcos murales. En el superior, vemos una arquería mural propia del románico de Aquitania.

En la arquivolta exterior de la puerta se aprecian varias personas tirando de una cuerda en la que están atados por el cuello dos leones. En la central se ven torres humanas, una persona sobre otras, sujetándose por las muñecas. En la interior, el Cordero Místico rodeado de ángeles.




En el arco de las derecha, muy erosionado, apenas se distinguen sarmientos de vid y en el tímpano, la figura de Cristo. En el de la izquierda, dos dragones enfrentados, un león frente a una persona y, en el tímpano, un bulto que puede ser un hombre.


El ábside central presenta tres ventanales rodeados por una arquería y por columnas estregas, sobre las que corre una arquería mural también muy bella. Los canecillos de esta zona están razonablemente bien conservados, en su mayoría son cabezas humanas y monstruosas.


Los canecillos del ábside norte fueron restaurados o reemplazados a mediados del pasado siglo, se reconocen por el color de la piedra, distinta de los anteriores.




Aparte de contemplar su iglesia de Santa Radegunda, en Talmont resulta muy placentero pasear por sus calles, de casas blancas adornadas con flores.
Entramos a comer en un restaurante donde nos damos un festín, partiendo de las inevitables ostras, de las que a estas alturas ya llevo una buena dosis. A la hora del café pedimos un orujo y el camarero, confianzudo, nos dice que mejor que el eau de vie tomemos el coñac de Talmont, que es muy bueno. En efecto, lo es. ¿Dónde podemos comprar una botella?, pregunta el Colega. Aquí, a la vuelta, hay una bodega donde venden coñac y vino.

Encontramos la bodega abierta, echamos una ojeada a la espera de que aparezca alguien hasta que llega una señora despampanante, la típica francesa entrada en años con todo su charme, vistiendo una túnica de colores y una pamela, que hace una entrada como Anita Ekberg en La dolce vita. Aparte del encanto exterior, la señora es todo amabilidad, nos muestra sus vinos y coñacs y nos explica las características de cada uno. Se interesa por nuestro viaje, lo que da pie al Colega para una larga charla con la dama. Cargamos con vino como para una boda y con una botella de coñac, que nos juramos tomar con reverencia.



Volvemos de nuevo a Santa Radegunda, donde coincidimos con una boda multitudinaria. Nos detenemos un rato en su pequeño cementerio, lindante con la iglesia, donde durante ocho siglos recibieron sepultura los talmonteses. El lugar es monumento histórico desde 1934.
Dejamos Talmon-sur-Gironde con pesar. Este es uno de esos lugares en los que apetece quedarse más tiempo, sentarse en el sendero verde que parte de la misma iglesia a contemplar el discurrir del agua hacia el mar, dejar pasar el tiempo sin más.




Fotos: ©Valvar

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Tours

Tours, a orillas del río Loira, es una ciudad Patrimonio la Humanidad, considerada el jardín de Francia. Toma el nombre de sus pobladores, los turones. La Civitas Turonerorum es desde el siglo III un importante centro cristiano, en buena medida por su santo local, San Martín de Tours, que la convirtió en centro de peregrinación y etapa imprescindible del Camino de Santiago. Fue capital de Francia durante el reinado de Luis XI. En torno a ella se levantan los famosos castillos del Loira, que atraen a turistas por millones.


Sobran, pues, motivos para visitar Tours, pero nosotros acudimos para resolver una duda: el Colega cree que estuvimos aquí hace muchos años, cuando no existía la fotografía digital, y yo sostengo que no. Ya de paso, queremos visitar la catedral y dar un paseo por esta ciudad que rinde tributo a los escritores clásicos franceses en su callejero y en la nomenclatura de sus comercios.
Buscando un hotel céntrico y con parking propio o cercano habíamos reservado uno situado frente al Gran Teatro de la Ópera, con el valor añadido de haber tenido entre sus huéspedes a Honoré de Balzac, el autor de La comedia humana. Deberíamos haber sopesado el hecho de que Balzac murió en 1850 pero omitimos ese pequeño detalle. Llegamos sin dificultad, GPS mediante. El establecimiento se encuentra en un primer piso sin ascensor, pero, afortunadamente, viajamos ligeros de equipaje. A primera vista, salvo la moqueta, la escalera puede ser la misma que pisó Balzac. La decoración sin duda que es la misma.

Pero, tras la experiencia del baño exterior de la abadía de Saintes, la pensión decimonónica nos parece bien. Después de haber dormido en la celda de una monja esta noche lo haremos en el cuarto de Balzac. ¿No buscábamos experiencias? Pues ahí las tenemos. El señor que nos atiende indica al Colega cómo tiene que llegar al parking concertado con el hotel, que está a la vuelta de la esquina, y yo me quedo preparando la ropa para salir a conquistar Tours.
Más, pasa el tiempo y el Colega no vuelve. A la media hora bajo a esperarlo a la calle. Nada, no aparece. Cuando han transcurrido tres cuartos de hora subo de nuevo y, tratando de disimular la preocupación, le digo al señor de recepción que mi marido no vuelve y no sé dónde ir a buscarlo. ¿Ha mirado en el parking?, me pregunta. No, no sé a qué parking ha ido, respondo. Entonces, el buen hombre mira a la escalera, me mira a mí y me dice muy sonriente: Ahí le tiene. Lo recibo casi tan efusivamente como él a mí cuando el haya de Turrientes. ¿Dónde estabas?, le pregunto. Hablando con el señor del parking, responde tan contento, con esa cachaza que le ha concedido la Providencia.
Esta inclinación del Colega a pegar la hebra con todo el mundo tiene su mérito cuando estamos fuera de España porque nunca ha estudiado inglés y francés, sólo en el bachillerato. Eso no impide que, con su francés macarrónico o su inglés de indio arapahoe sea capaz de mantener una conversación larga allá donde vayamos. Y hacerse entender.
Pasado el susto -mi susto, debo decir- nos lanzamos a las calles de Tours. Lo primero, una visita a la catedral, pero antes, una parada en la brasserie que hay junto el hotel, donde pido “un eau Perrier”, mi agua favorita, y el Colega, un café. Estamos sentados en la rue Corneille, a la sombra del Grand Théatre.

En un breve paseo, siguiendo la calle del hotel -rue de la Scellerie o de la Tabalardería-, llena de librerías de viejo y tiendas de antigüedades, llegamos a una bocacalle desde la que se ve la fachada de la catedral. Una obra de encaje en piedra y vidrio con un enorme rosetón en el centro, que nos deja sin palabras. El Colega se convence, por fin, de que nunca habíamos estado en Tours aunque, insiste, pasamos por aquí camino de París. Vale.

Como casi todos los grandes monumentos, este tiene también una larga historia. La primera iglesia fue levantada en el interior de la antigua muralla hacia el año 338, por el obispo San Lidoire, a quien sucederá San Martín. En el 558 un incendio arrasa el castro y deja la iglesia en ruinas. Dos años después, se reconstruye, consagrada a San Mauricio. Hacia 1160 el edificio estaba en tan mal estado que se levanta de nuevo, sin llegar a terminarse. Un siglo más tarde, esta construcción amenaza ruina y es entonces cuando se reconstruye en parte en estilo gótico flamígero, con un coro que recuerda en su parte superior a la Sainte Chapelle de París.




A partir del siglo XIV empieza a conocerse como de Saint Gatien, en honor al apóstol que habría precedido a San Lidoire. En el XV, tras el paréntesis obligado por la Guerra de los Cien Años, se construyen la nave y la fachada. En el XVI se culminan las dos torres. En 1793 los revolucionarios destruyen la estatuaria de las tres puertas que habían dejado indemnes los protestantes.

En 1858 fue restaurada la puerta central. La restauración parece no tener fin pues en nuestra visita encontramos cubiertas con lonas por obras la mitad de la iglesia.



Al acceder al interior, la primera impresión es de enorme altura, aunque solo alcance los 29 metros. Pero lo que impresiona realmente son sus vidrieras, originales en un 70%, que se diferencian claramente de las modernas del presbiterio, diseñadas para la visita a la catedral del papa Benedicto XIII en 2013.




Tras la visita a la catedral, deshacemos el camino y nos dirigimos hacia la iglesia de San Martín de Tours, soldado romano convertido al cristianismo, quien se dedicó a evangelizar a los campesinos y llegó a obispo en el siglo IV. Enterrado fuera de la ciudad amurallada o ciudad vieja, con el tiempo se fue desarrollando en torno al cementerio una población, el barrio de San Martín, que acabó fusionándose al anterior. La llegada del ferrocarril a Tours en 1845 dio lugar a un nuevo barrio, con edificios de arquitectura clásica francesa. La fusión de los tres conforma la ciudad actual.

Al cruzar la rue Nationale la rue Scellerie pasa a llamarse de Les Halles, que nos lleva a la basílica neobizantina de San Martín, construida en 1860 por el arquitecto Victor Laloux, el autor del ayuntamiento de París y de la estación de Orsay. El interior resulta un punto pomposo, muy contrario al espíritu del santo patrón, cuyo sepulcro se encuentra en la cripta, quien partió su capa en dos para compartirla con un pobre desharrapado.



La iglesia original de San Martín, que atraía miles de peregrinos de camino a Santiago, era de cinco naves, más grande que la catedral. La Revolución Francesa acabó con ella. En lo que ocupaba la nave central se abrió una calle, por donde ahora transitamos.


De la vieja fábrica solo quedan como testigos la Torre de Carlomagno -llamada así porque guarda la tumba de Luitgarde, su quinta esposa- y los restos de la Torre del Reloj. En 1993, durante la visita del papa Juan Pablo II, se arregló la calle y se colocaron indicadores de los lugares que ocupaban las columnas de la iglesia.




Seguimos callejeando tranquilamente hasta la plaza Plumereau o del Mercado, toda ella convertida en una enorme terraza de bar llena de un público joven y bullicioso, pues cerca de aquí se encuentra la universidad. Abundan en esta zona las casas à pan de bois o entramadas, ocupadas en los siglos XV y XVI por comerciantes y artesanos, entre las que destaca la llamada Casa de la Sagrada Familia, toda de pizarra, cuyas esculturas son originales del siglo XV, cuando se construyó el edificio. En el número 39 de la calle Colbert se recuerda que aquí se fabricó en 1426 la armadura de la Pucelle Armée, la santa francesa por excelencia, Juana de Arco.




En la misma calle Colbert se conserva el Hotel Gouin, una casa palaciega del siglo XV a la que en el XVI se añadió una fachada renacentista, salvada del incendio causado por el ataque alemán en 1940 por estar añadida al frontal. Actualmente, es un centro cultural.

Junto a la calle Nacional se encuentra la iglesia de San Julián, con su fachada románica del siglo XII, levantada sobre una abadía del VI. Antes de dirigirnos al río, cumplimos con el rito de visitar el mercado -Les Halles- con sus puestos de exquisiteces francesas.
La ribera del Loira ha sido acondicionada como paseo urbano. Nos sentamos en uno de los bancos a descansar un rato. Las ciudades con río son siempre más bonitas, más aún cuando el río es el Loira.

Cerca del Puente Wilson está la Guinguette -el merendero- un área de ocio con música y casetas de comida y bebida. Pensamos hacer un pica-pica allí pero lo que encontramos fue un botellón vulgar así que optamos por una brasería en la calle Nacional. La cama de la pensión de Balzac resultó ser muy confortable. El desayuno, no muy distinto al que se ofrecería al escritor, muy francés y rico.
El parking, efectivamente, estaba a la vuelta de la esquina, pero ahora el Colega no encuentra a nadie con quien hablar así que salimos de Tours enseguida, con el buen sabor que deja una ciudad volcada en la cultura y en sus escritores clásicos.
Fotos: ©Valvar

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Saintes

Saintes, pequeña ciudad francesa de la Nueva Aquitania, ya era una importante ciudad romana en el siglo I, cuando se llamaba Mediolanum Santonum y era capital de la Galia Aquitania. Desde entonces ha atesorado un patrimonio arquitectónico, fundamentalmente religioso, que hace de ella un lugar atractivo para quienes gustan de viajar a sitios interesantes no saturados por el turismo. Tres son sus principales focos de interés: la abadía de las Damas, la catedral de Saint Pierre y la basílica de Saint Eutrope.



A nosotros nos interesaba en primer lugar la abadía, que descubrimos en una visita fugaz en 2017. El Colega cumple 75 años este 2023, ha elegido celebrarlo aquí y alojarnos en el propio convento, en parte convertido en hospedería modernizando las antiguas celdas monacales lo imprescindible de manera que los baños son comunes. Releímos las críticas de los huéspedes que se habían alojado y en general eran muy elogiosas.
Lo dudamos, lo dudamos mucho, ya no tenemos edad -ni afición- para ir de mochileros por la vida pero, por otro lado, nos tentaba la experiencia de dormir en la abadía que tanto nos había gustado. Finalmente, entre confort y aventura elegimos esta y optamos por arriesgarnos. Nosotros somos viajeros, no turistas, nos dijimos. Ir al baño con el neceser y el albornoz será como volver a la época del internado, sugirió el Colega. Viajamos desde Burgos y reservamos dos noches.


Llegamos a media tarde. Dos jóvenes, que a su vez atienden la tienda de recuerdos del centro, nos dieron la llave de la habitación número 16 y la clave de acceso por si llegábamos después de las 8 de la tarde, cuando se cierra la puerta principal. Esta y la escalera son señoriales, como corresponde al antiguo cenobio. En la planta baja está el Conservatorio de música, el hotel ocupa la primera planta.
La abadía fue la primera creada en Saintonge, fundada en el año 1047. Situada bajo la autoridad papal, disfrutó de una situación muy saneada. Su abadesa fue una autoridad poderosa y respetada como cabeza de una institución muy influyente hasta la Revolución, pues aquí se educaban las jóvenes de las mejores familias.
Un siglo después de su fundación el monasterio fue reconstruido. Sería el comienzo de una vida azarosa. Fue asolada durante la guerra de los Cien Años durante los siglos XIV y XV y terminada de rematar por los protestantes durante las guerras de religión del siglo XVI. En 1648, un incendio acabó con lo que quedaba. Cuando se había restaurado el conjunto llegó la Revolución: en 1792 expulsaron a las monjas y la abadía quedó convertida en prisión.

En 1808 todo ello se cedió a la ciudad de Saintes para que lo utilizara como cuartel y prisión. Con la vuelta de los Borbones al poder todo estaba dispuesto para que retornara el culto a la iglesia y las monjas a la abadía. Intervino entonces el obispo de La Rochelle reclamando la autoridad sobre la abadía para evitar las difíciles relaciones que había mantenido con la la última abadesa, Madame de Parabère. Las monjas se negaron a depender del obispado y las instalaciones permanecieron como cuartel.
En 1924 Saintes compró la iglesia, cuando los ingenieros militares pretendían destruirla, la restauró y en 1939 la devolvió al culto. Los edificios abaciales, que habían sido abandonados, fueron restaurados entre 1970-1980, una parte de ellos se dedica a hospedería y el resto a actividades culturales, esencialmente vinculadas a las música.


Nuestra habitación era la última del largo pasillo por lo que tuvimos que recorrerlo de principio a fin bajo la emoción de pisar las instancias habitadas por las monjas benedictinas durante siglos o por prisioneros cuando aquellas se fueron.


Emocionados y felices nos encontramos con la primera sorpresa: una avería eléctrica había dejado sin luz a habitaciones y baños. ¡Mon dieu! Un chico se afanaba infructuosamente en resolver el problema.


Salimos a dar un paseo parando en primer lugar ante la iglesia abacial, de estilo románico de Saintonge que sirvió de modelo a otras edificaciones de la comarca. Es imposible no quedarse extasiados ante su fachada, orientada a poniente. Todo en ella es admirable, cada arquivolta, cada arco es una lección de escultura románica. De la puerta principal destaca la Dextera Domini -la mano de Dios- rodeada de ángeles, en la clave de la primera arquivolta. En la segunda, un Agnus Deis con los símbolos de los cuatro evangelistas. La tercera está ocupada por una sucesión de peleas y agresiones, que se interpreta como el martirologio de la iglesia primitiva.




En la arquivolta exterior se distribuyen 54 figuras sobre tronos, los 24 ancianos del Apocalipsis y los bienaventurados de la iglesia.

Sobre el crucero de la iglesia se levanta la torre campanario, obra del siglo XII, rematado en un chapitel cónico de escamas de piedra, habitual en la zona de Saintonge. El interior es de una sola nave, parece pobre, dada la exuberancia exterior.


No lejos de la abadía, en la misma orilla derecha del río Charentes, se levanta el arco de Germánico, erigido en el año 18 o 19 en honor del emperador Tiberio. El Colega observa que no siempre se puede pasar bajo un arco triunfal romano, así que pasamos bajo los dos ojos. El Museo Arqueológico conserva los restos de los tres primeros siglos de nuestra era.


Cenamos en una brasserie no lejos de la abadía, La Rive Droite. Nos atiende un tipo grandón y simpático que va cantando por las mesas, feliz de la vida. Cuando volvemos a la abadía solo la luna nos acompaña frente a la famosa portada. Nos quedamos todavía un rato, embelesados. Un ejército de canteros hubo de trabajar aquí durante años, repitiendo modelos, creando otros nuevos, transmitiendo mensajes que quizá aún no hayamos comprendido, deleitándose en su tarea.

Accedemos a la hospedería por la puerta lateral hasta el primer piso. Cuando me dirijo a uno de los abundantes baños que se distribuyen entre las habitaciones, cubierta con mi albornoz y calzada con las chanclas, me topo con un numeroso grupo de alemanes de avanzada edad que llegan en ese momento. Mi bautizo de albornoz no puede ser más concurrido. ¿Qué tal?, me pregunta el Colega cuando vuelvo a la habitación. En el baño no había nadie pero en el camino me he cruzado con una excursión de los residentes de Cocoon, le digo.
El desayuno es como si, efectivamente, hubiéramos vuelto al internado pero seis décadas después. Todos somos mayores, todos desayunamos parecido, muchos nos empastillamos.


Enseguida salimos a conocer Saintes. Desde la orilla del río se divisa la torre campanario de la catedral de Saint Pierre, de 58 metros de altura. Proyectada por alcanzar los 96 metros, las guerras de religión abortaron su culminación. Se cubrió con una cúpula de cobre que le da un aire peculiar. Cruzamos el Charente por la pasarela que nos deja a los pies de la catedral, en cuya plaza hay un meradillo, como todos los miércoles, donde las ostras son la mercancía principal.





Esta Saint Pierre que vemos se construyó siguiendo el estilo gótico flamígero en el siglo XV sobre una iglesia románica del siglo XII medio derruida, que a su vez se había levantado sobre otra del XI, destruida por el fuego. Los hugonotes, enfrentados a los católicos en la guerra de religión, la saquearon, destruyeron las capillas y el mobiliario, minaron los pilares de la nave, que era de 39 metros de altura, y martillearon la portada, destrozando la estatua de Carlomagno.



La reconstrucción se iniciaba en 1585 rebajado el proyecto por falta de recursos. La Revolución no dañó al edificio pero en septiembre de 1792 ejecutó al obispo, Pierre Louis de la Rochefoucauld, y a otros muchos eclesiásticos por negarse a jurar la nueva constitución. En el arco ojival de la portada se distribuyen ángeles, apóstoles, figuras del Antiguo Testamento, obispos, caballeros y constructores.


En el interior, la crucería de las naves ha sido sustituida por una cubierta de madera que, como en el coro, tiene aspecto de casco de barco. Desde 1852 comparte diócesis con La Rochelle y desde 1870 es basílica menor. Adosada a la catedral se abre el claustro de los canónigos con un jardincillo muy acogedor en el que se conservan algunas lápidas.




Para llegar a la basílica de Saint Eutrope, distante poco más de un kilómetro de la catedral, tenemos que preguntar dos veces porque, empeñados en callejear, nos perdemos. La primera vez nos indica la ruta un señor muy amable que asegura que vamos a disfrutar de un agradable paseo. Ascendemos por una escalera rodeada de casas con pequeños jardines llenos de flores. La segunda vez, el Colega entra a preguntar en el antiguo Hospital -convertido en pequeño museo- mientras yo hago fotos de la ciudad. Sale al cabo de un buen rato charlando animadamente con la responsable del centro quien nos indica el camino que tenemos que seguir, nos sugiere otros lugares para visitar y nos desea buena estancia.


Según nos ha indicado, seguimos la línea verde pintada en el suelo que une los lugares de peregrinación del Camino de Santiago y enseguida nos encontramos ante los muros de la basílica de Saint Eutrope, la otra joya de Saintes y del románico en Europa.


San Eutropio fue el primer evangelizador del lugar en los primeros siglos de la era cristiana, llegó a obispo pero sufrió martirio y su cuerpo estuvo perdido hasta que en el siglo VI unos monjes encontraron el lugar de enterramiento cerca del anfiteatro romano. En ese lugar se levantó un priorato cluniacense con una veintena de monjes que protegían las reliquias del obispo y organizaban la peregrinación a Santiago de Compostela. El Codex Calixtinus, escrito por Aymery Picaud en el siglo XII, ya aconseja a los peregrinos acudir a Saintes a visitar las reliquias.

En las guerras de religión se quemó el cuerpo del santo, salvándose su cabeza al ser enviada a Burdeos, y más tarde devuelta. La iglesia dedicada a San Eutropio se construyó a lo largo de varios siglos, desde finales del XI al XIX. El resultado es una mezcolanza de estilos: una cripta románica, una aguja del gótico flamígero, un coro gótico, una fachada neogótica del XIX. Durante este tiempo ha vivido toda suerte de desventuras.
Lo más llamativo del templo se encuentra tras una insignificante puerta que se abre en el muro: una cripta del siglo XI de tres naves de unos 35 metros de longitud y cinco de altura, una de las más grandes del medievo europeo. Maravilla románica que guarda el sepulcro con lo que resta de las reliquias del santo.







Sobre esta cripta se levantó una gran obra de 80 metros de longitud con el transepto en mitad del templo y la cabecera triabsidal. La segunda mitad, del transepto a los pies, fue destruida en 1803, sobre los restos se levantó la portada, ya en el siglo XIX.
El interior es de tres naves separadas por columnas entregas, algunas de ellas con capiteles de buena factura: una psicostasis donde San Miguel porta una balanza y dos demonios tiran del platillo de los pecados; un Daniel en foso de los leones y una pareja de sirenas con trenzas, de distinto taller que los anteriores. Remata la obra el campanario de 80 metros de altura.







El anfiteatro de Saintes se encuentro a un tiro de piedra de San Eutropio, junto a un pequeño y frondoso parque. Fue construido en el siglo I aprovechando los desniveles del terreno, con una capacidad para más de 12.000 espectadores. Durante la Edad Media se utilizó como cantera, a pesar de lo cual es uno de los mejor conservados de la Galia romana merced a sucesivas obras de restauración como la que nos encontramos nosotros impidiéndonos el paso. Actualmente se dedica a espectáculos y conciertos.


Saintes es una ciudad musical y armónica, plena de arte e historia, respetuosa con el medio ambiente. Allí celebramos el cuarto y mitad de siglo del Colega comiendo muy bien en la brasería que descubrimos al llegar. Llegamos a la hospedería cansados pero muy contentos, dispuestos a seguir nuestra ruta por el Poitou y la Aquitania francesa, ahora Nueva Aquitania.

En mitad de la noche me levanto al baño. En el corto espacio que separa la habitación del baño la luz se va encendiendo y apagando a mi paso, como si fuera mi propia aura. Pienso que si alguien me observara de lejos, con mi albornoz blanco y arrastrando los pies con las chanclas, creería estar viendo un fantasma nocturno, el alma en pena de una de las monjas, y me da la risa.
Por la mañana, mientras me ducho, oigo un zureo cercano. Al salir de la ducha encuentro en la ventana una paloma que me mira con descaro mientras prosigue su cantinela. Como es aún temprano para el desayuno, bajo a despedirme de esa portada maravillosa de la iglesia abacial, compendio de la escultura románica. Estar sola en el compás de la abadía de las Damas de Saintes, ¡qué hermoso privilegio!






Fotos: ©Valvar

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Bruselas

Bruselas fue la ciudad favorita del emperador Carlos, cuando en el siglo XVI gobernaba en media Europa. Desde 1830 es la capital de Bélgica y, de alguna manera, también la capital de Europa pues allí radican los órganos de decisión de la Unión Europea.


Nuestro principal interés era conocer el gótico civil europeo para compararlo con el gótico español, anclado en las iglesias, salvo contadas excepciones. El gótico flamenco es reflejo del poder que la sociedad civil centroeuropea tuvo -origen del que tiene- pese a los enfrentamientos religiosos que también por ahí se registraron. La arquitectura civil de Bruselas es realmente grandiosa, tanto los edificios medievales como los modernos, los de art-nouveau o los más vanguardistas del barrio comunitario.


Así que en cuanto pusimos el pie en Bruselas lo primero que hicimos fue ir a la Grand Place- y una vez allí, dirigirnos al Café Le Roi d’Espagne, donde nos tomamos la primera de nuestras cervezas belgas, la Leffe, la preferida de Jacques Brel, uno de mis cantantes favoritos, y desde donde pudimos contemplar a placer las construcciones que cierran este espacio, presidido por el ayuntamiento, construido en 1420.

La Grand Place -inicialmente mercado, hoy es la plaza mayor de Europa- es particularmente bonita cuando comienza a oscurecer y se enciende una tenue iluminación que no molesta. Grupos de turistas deambulan y se desparraman por las calles adyacentes que van hacia las galerías Hubert y la zona de restaurantes hasta la Rue de Marché des herbes y Rue des Bouchers.
Bruselas existía antes que el país belga y mucho antes que el concepto de federación de países europeos. Su castillo de Coudemberg y su muralla fueron construidos en el siglo XII, Carlos de Habsburgo, luego Carlos I de España y un poco después emperador Carlos V, hijo de la reina Juana I y de Felipe I el Hermoso, la engalanó como capital de Brabante y celebró aquí sus consejos de gobierno.

Bruselas huele a chocolates y dulces, dondequiera que mires ves pastelerías con un aspecto estupendo.

En las galerías Hubber nos tomamos un chocolate del que aún nos relamemos.
Es imposible estar en Bruselas y no comer los típicos moules frites, esto es, mejillones con patatas fritas. Los pedimos en Le Roi d’Espagne y nos recordaron que estábamos en junio y no era temporada; sin embargo, la misma primera noche los degustamos en Chez Leon, uno de los restaurantes antiguos y tan popular como el primero, como luego pudimos comprobar.

Como buenos guiris, buscamos el famoso Manneken Pis, un muñeco de bronce cuyo mérito es estar miccionando sin pausa, disfrazado con los trajes más estrafalarios que puedas imaginar. Según nos contaron, parece que el pequeño meón evoca la hazaña de un niño que salvó a la ciudad de una explosión orinando sobre la mecha de una bomba lanzada por las tropas españolas del duque de Alba durante la guerra de Flandes.

También visitamos a la Jeanneken Pis, medio escondida al lado de una ventana enrejada. A ella, al menos, no la disfrazan. Como era obligado, acudimos a la casa del cantautor Jacques Brel.







La catedral de Bruselas se inició en 1226 y se terminó en el siglo XV, las torres de su fachada se levantaron entre 1470 y 1485 en estilo gótico. De siempre ha estado dedicada a Santa Gúdula, patrona de la ciudad, cuya vida tiene tales ribetes legendarios que se ha dudado de su existencia real. El pragmatismo eclesiástico lo ha resuelto poniendo el templo bajo la advocación de San Miguel y dicha santa.

En la plazoleta frente a la catedral hay un busto del rey Balduino que más parece de Frankestein.


En el camino que va de la Grand Place a la catedral de Santa Gúdula encontramos un monumento a Cervantes con las figuras de don Quijote y Sancho, en la que aquel tiene un sorprendente parecido con el actor Sean Connery. El conjunto es réplica del que se encuentra en la Plaza de España de Madrid y se instaló no lejos de la Plaza de España de Bruselas en 1989, durante la presidencia española de la Comunidad Europea.


Realmente, nos sorprendió la cantidad de esculturas que encontramos en nuestros paseos por la ciudad.
En Bruselas estuvimos dos jornadas. Empezamos allí el único viaje que hemos hecho organizado y en grupo que nos llevó por varias ciudades belgas y holandesas. La experiencia resultó interesante: vimos muchas cosas en poco tiempo pero todas de modo un tanto superficial a pesar de que se trataba de un grupo de personas mayores en el que nos concedieron más tiempo libre del que suele ser habitual.


Ya agrupados y en autobús visitamos otro de los símbolos de la ciudad, el Atomium, construido para la Exposición Universal de 1958, una construcción de 103 metros de altura formada por nueve esferas unidas por tubos.







También vimos el Teatro Real, las grandes avenidas de los palacios reales y el novísimo barrio de los organismos comunitarios.

Me interesó especialmente el palacio de Coudemberg por su vinculación con la corona española. Este fue uno de los ppalacios que maravilló a la joven Juana de Castilla cuando llegó a Flandes para casarse con Felipe de Habsburgo. En su capilla se guardaba el tesoro de la Orden del Toisón de Oro y en su aula magna se reunieron en 1465 por primera vez los Estados Generales de los Países Bajos borgoñones representando a la burguesía, el clero y la nobleza; en el mismo lugar se celebró en 1515 la ceremonia de emancipación del heredero del ducado de Borgoña, el joven Carlos, quien, en 1556 vino a abdicar en su hijo Felipe II sus derechos sobre la corona española y el imperio en su hermano Fernando, ambos hijos de la reina Juana, recién muerta, tras cadi mefio siglo encerrada en Tordesillas.
Fotos: ©Valvar






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Sádaba y Puilampa

La comarca de las Cinco Villas es un compendio del románico rural de Aragón y, en este, un resumen de los trabajos salidos del Taller del Maestro de Agüero o Maestro de San Juan de la Peña.



Habíamos quedado tan admirados en nuestra primera aproximación en junio de 2020 que volvimos al año siguiente, ahora con Sádaba como centro de operaciones. Intentando conjugar nuestras ganas de viajar con la cautela por la pandemia de covid elegimos este lugar por su localización en una comarca no demasiado turística y por su hospedería, perteneciente a la cadena de Hospederías de Aragón. Éramos los únicos huéspedes y nos trataron muy bien. Acertamos de pleno en cuanto a la concurrencia pero todavía encontramos la mayor parte de los lugares cerrados. Y nos convencimos de que a las Cinco Villas hay que volver siempre que se pueda porque siempre habrá algo románico por descubrir.
Sádaba es una población agrícola con dos tesoros en su casco, su castillo y su iglesia, y otros dos en su término: la ermita de Puilampa y el mausoleo de los Atilios.


El castillo se levanta sobre un altozano rocoso, es obra del siglo XIII, con sillares bien trabajados y una ciudadela defensiva con siete torres almenadas. De planta rectangular, ocupa unos 1.000 metros cuadrados.



La iglesia parroquial de Santa María es de estilo gótico levantino del siglo XVI, de planta de cruz latina y una sola nave. Una inscripción de su interior recuerda que en 1542 pasaron por aquí Carlos I y su hijo Felipe II y que la iglesia fue consagrada en 1549.
Desde Sádaba se llega a Puilampa por la carretera A-1201. A los cinco kilómetros hay que tomar el camino de San Francisco, donde se levanta la Cooperativa Agraria de San José. Allí preguntamos si podríamos ver la iglesia abierta y nos contestaron que sí, a condición de que encontráramos alguien en la finca.

Puilampa es topónimo derivado de Podium Lampadii, que viene a ser faro en el camino y así debió ser para los peregrinos que se dirigían a Santiago. Se levanta cerca del río Riguel y no lejos del monasterio femenino de la Virgen del Cambrón.


La primera vez que llegamos (mayo de 2021) lucía un sol brillante y el campo estaba cuajado de flores. No encontramos a nadie en la finca y, por lo tanto, hubimos de conformarnos con ver el exterior. De lejos, nos impresionó su imagen de joya solitaria, como olvidada en el tiempo. De cerca es aún más hermosa. La iglesia es el único resto aparente de una antigua casa de canónicos donado por Ramón Berenguer IV al hospital y priorado de Santa Cristina de Somport. Estamos ante una construcción en piedra de sillería de finales del siglo XII, planta basilical de una sola nave y ábside circular.





La portada se abre a poniente formando un arco de medio punto con seis arquivoltas abocinadas decoradas con motivos geométricos que apean en columnas lisas rematadas por capiteles decorados con motivos vegetales y geométricos, habituales en las construcciones cistercienses. Remata la portada un guardapolvo ornado con lazos en forma de ocho, original moldura recorre todo el templo.

En el tímpano, un hermoso crismón trinitario inscrito en un disco orlado en zigzag flanqueado por dos árboles de cuyas ramas penden piñas sobre los que aparece el sol con nueve rayos y la luna en cuarto menguante. Hay una segunda puerta en el muro sur, que quizá pudo comunicar con un espacio ya desaparecido.

Los muros laterales se adornan con columnas pareadas y haces de columnas en sus cuatro ángulos.


El ábside se articula en tres paños separados entre sí por haces de tres columnas rematadas en capiteles vegetales.
No se conoce mucha documentación referida a Puilampa, pero lo que los papeles callan lo dicen las piedras. Aparte de las muchas marcas de cantero que se observan en sus piedras, en el interior del templo hay una inscripción que reza: “ERA MCCXXVIIII”, quizá esta fecha, el año 1181, sea la de su consagración. En una de las columnas del muro oeste aparece otra inscripción, que habla del sacerdote “GIL GASTON DE PODI LAMPA”, que se interpreta como una «pintada» de dos personas asistidas en 1222, cuando el complejo hospitalario de Puilampa atendía a los peregrinos a Compostela.


En la base del tímpano una nueva inscripción indica: “PORTA PER HANC CELI FIT PER VIA QUOQUE FEDELI”, esto es, “por esta puerta se abre el cielo a cualquier fiel”. Para rematar, en la rosca interior de la portada puede leerse: “BERNARDUS ME FECIT”, para que no olvidemos quién fue el autor de esta pequeña maravilla. En esa soledad del campo, emociona la pulcritud de la labra de Bernardus. ¿Cuántos peregrinos habrán hollado este suelo que ahora pisamos nosotros?

No encontramos a nadie a quien pedir la llave pues, por muy monumental que parezca, la iglesia fue privatizada por la desamortización de Mendizábal y privatizada sigue. Aunque, afortunadamente, bien conservada. En septiembre volvimos, aprovechando otro viaje. El cielo estaba gris y el campo presentaba un aspecto otoñal, tampoco encontramos a nadie que pudiera abrirnos. Nos despedimos de Puilampa con admiración.


Dispuestos a recorrer de nuevo las iglesias románicas de la comarca nos encaminábamos a Uncastillo por la carretera A-127 cuando el Colega recordó que por allí había un monumento romano. En efecto, a dos kilómetros de Sádaba y siguiendo un camino que se abre en el lado izquierda de la carretera se levanta una especie de pared de piedra que en el pueblo llaman el “altar de los moros”, por esa inclinación que tenemos en casi cualquier región a identificar como de los moros cualquier piedra de origen desconocido. Hay que ir con cuidado porque, como suele ocurrir, la señalización es regular y a poco que te descuides te has pasado. Que es lo que nos ocurrió a nosotros. Se trata de un monumento funerario romano del siglo II (193-235 d.C.) correspondiente a la época de los Severos mandado levantar por Atilia Festa para acoger los restos de su familia: su abuelo, C. Atilius Quirina, su padre, L. Atilius Festa, y los de ella misma. Así lo indican las inscripciones que se conservan en la parte superior del monumento. Lo que nos ha parecido un muro es lo que queda de la fachada principal del mausoleo-templo.

Sea porque el monumento se encuentra aislado en mitad del campo, rodeado/protegido de un sencillo alambrado, sea porque fue levantado por una mujer como expresión del respeto de Atilia a sus ancestros, sea porque me pilla en un momento moñas las piedras me conmueven. ¡Quién les iba a decir a los Atilios que su memoria permanecería dos milenios después de su muerte!.
Fotos: ©Valvar

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Sos del Rey Católico

Durante la pandemia, ese tiempo oscuro que tan rápidamente hemos olvidado, los viajes estuvieron muy limitados: ni aviones, ni barcos, ni trenes. Cuando se fueron abriendo las salidas, aún con límites y embozados, los jubilados seguíamos siendo población de riesgo. Había que optar entre seguir confinados en casa o buscar lugares poco frecuentados. Sin perder de vista nuestra inclinación por el románico, buscamos ejemplares ubicados en zonas rurales, lejos de las rutas turísticas.




En junio de 2020, para nuestra primera salida elegimos la comarca de las Cinco Villas. Reservamos cuatro días en el Parador de Sos del Rey Católico, emplazado en un magnífico mirador de la comarca, desde donde proyectamos varias visitas siguiendo los pasos románticos del Maestro Agüero. En cuanto llegamos nos dimos cuenta de que la misma idea que nosotros la habían tenido muchos otros jubilados y algunos jóvenes. El Parador estaba si no lleno, casi. Todos muy prudentes, aún con el miedo en el cuerpo.
Situado al norte de la provincia de Zaragoza en el límite con Navarra, Sos es un viejo asentamiento. Ya en el siglo X fue una estratégica plaza militar y en la Edad Media, un punto estratégico entre los reinos de Aragón y Navarra. No hay acuerdo sobre el significado del topónimo. Hay quien cree que significa “sobre un alto”, quien que alude a un pueblo prerromano, los suesetenses; para otros sería las iniciales de Sancti Oppidum Stephani, la villa de San Esteban. Ostenta el apellido del Rey Católico desde principios del siglo XX, por autorización de Alfonso XIII.

Fernando II de Aragón, por otro nombre el Rey Católico, es omnipresente en la villa. Su madre, Juana Enríquez, segunda esposa de Juan II, se encontraba en Navarra en marzo de 1452 cuando sintió que se acercaba el momento del parto, corriendo a territorio aragonés para dar a luz. Esta Juana Enríquez, acusada de ambiciosa e intrigante por los historiadores, todos hombres, por supuesto, preside el hall del Parador llevando de la mano al pequeño infante Fernando, paradigma de ambición y capacidad de intriga, ensalzadas en su caso como virtudes políticas.

En el caserón de la familia Sada nació el 10 de marzo su hijo Fernando, a quien la mente materna le reservaba grandes destinos. Juana, hija del almirante de Castilla, pertenecía a los Enríquez, rama ilegítima de la corona castellana y trabajó para que su hijo fuera rey de Castilla. No llegó a ver su sueño hecho realidad porque la muerte se la llevó antes de conseguirlo.
Sos se disputa con Ejea de los Caballeros la capitalidad honorífica de la comarca de las Cinco Villas. Pertenece con toda justicia al club de los Pueblos más Bonitos de España y es Conjunto Histórico Artístico desde 1968. Ubicado sobre la peña Feliciana, en una colina con dos lomas, en la más elevada se alza el castillo, origen de la villa, en el otro la judería. Sus murallas permiten el acceso por cualquiera de sus siete puertas: las de Zaragoza, Sangüesa, Jaca, Uncastillo, Levante, de la Reina y del Mudo. La reina es Juana Enríquez y el Mudo fue un sosiense apresado por los franceses durante el sitio de la guerra de la Independencia, que se mordió la lengua para no delatar a sus vecinos y murió desangrado ante esta puerta.







El callejero de Sos es un desfile medieval: casonas y palacios de piedra, portadas, escudos nobiliarios, pasadizos, plazuelas, restos de fortificaciones, construcciones románicas y góticas. Una continua escalada pues se diría que en Sos hasta las bajadas son cuesta arriba.

El castillo fue levantado en los siglos X-XI, la torre, de planta cuadrada y rematada en almenas, corresponde al siglo XII, construida en piedra de sillería sobre roca, se encuentra en regular estado.



Recostada en el castillo y también con aire de fortaleza, se alza la iglesia parroquial de San Esteban, de los siglos XI-XII. Románica, con sus tres ábsides al exterior y tres naves al interior, que no pudimos ver porque a la sazón estaban todas las puertas cerradas. Tiene una bonita pero deteriorada portada con un rico programa escultórico, no del todo protegida por una bóveda de crucería gótica. En el tímpano se distingue con dificultad un Pantocrator con el Tetramorfos.

Igualmente estaba cerrado el pasadizo que comunica el castillo con la iglesia-cripta de Santa María del Perdón, situada en el interior y de la misma época que la iglesia de San Esteban, por lo que no pudimos ver sus capiteles ni su portada ni las pinturas murales góticas del XIV.

El palacio de Sada, lugar de nacimiento de Fernando el Catolico, es una construcción de los siglos XVI-XVII, de austera fachada renacentista y sobria puerta con el escudo de la familia propietaria, marqueses de Campo Real. Actualmente es Centro de Interpretación de la época. La iglesia de San Martín de Tours, del siglo XIII, servía de capilla privada de la familia Sada. Tras el palacio se extiende la vieja judería.



La Plaza Mayor acoge el Ayuntamiento, obra del siglo XVI mandada construir por el concejo, y el Colegio Isidoro Gil de Jaz, personaje que fue ministro de Carlos III, del XVIII. En los muros del Ayuntamiento se pueden leer dos sentencias bíblicas: “Dice Dios nuestro Señor, en la casa del que jura no pasará desventura” y al otro lado, “De toda palabra ociosa darán los hombres cuenta rigurosa”. Lo que no son malas advertencias en un edificio municipal.
De las trece ermitas que se llegaron a contar en los alrededrores de Sos hasta el siglo XVII solo queda la de Santa Lucía, construida en el siglo XIII en un románico ya tardío, con portada posterior de estilo gótico.
Callejear por Sos es placentero y en algunos rincones, sorprendente. “Merde pour les volontiers de Mina” escribieron los franceses cuando lograron entrar en la villa en una de las batallas de la Guerra de la Independencia, después de haber creído erróneamente que combatían contra los voluntarios de Espoz y Mina.

Otra sorpresa es encontrarse cerca del castillo con una escultura del cineasta Luis García Berlanga. Es el homenaje que Sos rinde al director que en 1984 escogió la villa para rodar la película La Vaquilla.
Fotos: ©Valvar

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La ermita de Quintanilla de las Viñas

El atractivo de viajar no radica en la importancia del destino ni en la distancia a recorrer ni en el tiempo de la expedición. Hay lugares con magia propia, con un encanto por encima de su apariencia, poseedores de secretos no revelados. Si la suerte acompaña al lado de casa te topas con la aventura.

Quintanilla de las Viñas es una pedanía de Mambrillas de Lara, en la comarca del Alfoz de Lara, al este de la provincia de Burgos, en el camino de San Olav, por donde pasó el Cid camino del destierro. Pero lo que le da nombre a la localidad es la ermita, distante un paseo corto a las afueras del pueblo. Es un edificio exento, ubicado en un valle a la sombra de farallones calizos, un paraje que por sí solo tiene el poder evocador de la leyenda y de la historia, como te cuentan con detalle en estos enlaces. ⬇️ ⬇️
Los estudiosos no se ponen de acuerdo sobre si se trata de un templo visigótico del siglo VII, antes de que el territorio fuera invadido por los musulmanes; prerrománico, del IX o X, de la época de la repoblación cristiana; o estamos ante un templo no cristiano o herético.





Aunque en las primeras décadas del siglo XXI la zona forma parte de eso que se ha dado en llamar la España vaciada este territorio ha ofrecido morada a grupos humanos desde la prehistoria. No lejos de aquí, en el mismo término de Mambrillas de Lara, se encuentra el Dolmen de Cubillejo, monumento megalítico del tipo de sepulcro de corredor. Se sabe que hubo asentamientos celtibéricos y que donde hoy se encuentra Lara de los Infantes hubo una ciudad romana: Nova Augusta.
Más aún, se cree que la ermita de Quintanilla pudo construirse sobre el solar de una villa romana. Monumento Nacional desde 1929, es tenida como una de las grandes joyas de la arquitectura prerrománica española. La muy fiable web Arteguías la define como “un edificio misterioso que ha dado pie a todo tipo de teorías sobre su autoría y datación”.


Lo que nos ha llegado es una parte de la fábrica original, de planta de tres naves, transepto con dos cámaras en los extremos y ábside rectangular, de lo que solo se conserva la cabecera y el transepto, pues las naves se hundieron en el siglo XIV. Fue construida con grandes sillares de caliza y arenisca de dos colores colocados a la manera visigoda, a hueso, esto es, sin argamasa.





En el exterior lo más interesante está en la cabecera, recorrida por tres frisos esculpidos; el superior ocupa solo el testero, los inferiores se prolongan por los muros orientales del transepto. En el friso inferior se ven roleos dobles continuos rodeados de hojas y racimos. En el central, medallones con distintas aves y flores hexapétalas y tres monogramas de incierto significado. En el superior, animales cuadrúpedos: grifos, leones, leopardos y toros. Todos de perfecta ejecución, elegantes y muy hermosos. En las plantas sagradas y algunos animales de su ornamentación, así como las inscripciones de Sol y Luna basan sus sospechas quienes sostienen que quizá el templo acogió creencias arrianas, gnósticas o maniqueas orientales.
Del interior destaca el arco triunfal, considerado el más perfecto de la arquitectura prerrománica española. Sobre la clave hay una piedra tallada con un Cristo en actitud de bendecir. Las dovelas se decoran con un friso a base de aves, palmetas y racimos. En la parte inferior del arco se encuentran dos relieves extraordinarios: en el del sur se ven una pareja de ángeles sujetando un medallón en cuyo interior aparece un busto humano con cabellos como rayos y la inscripción: SOL. En la parte superior del sillar la inscripción “OC EXIGVVM EXIGVA OFF(ert) D(e)O FLAMMOLA VOTUM”, traducido como “La humilde Flamola ofrece este pequeño presente como un voto a Dios”. El sillar gemelo del lado norte está roto en parte, uno de los ángeles ha desaparecido, el que queda sujeta un clípeo con una efigie humana con una luna creciente en su cabeza y la inscripción: LUNA.


Hasta hace unos años en el interior se guardaban dos bloques tallados: uno de ellos representaba una mujer -la Virgen María- con dos ángeles y otro con un personaje con una cruz patada y dos ángeles y otros dos bloques más pequeños en los que se habían tallado supuestamente evangelistas. Todas ellas piezas descontextualizadas, restos de la obra primitiva. Pero las dos piezas más pequeñas fueron robadas y, para evitar un posible expolio, las dos restantes fueron trasladadas al Museo de Burgos.


En 2019 las piezas robadas fueron encontradas en un jardín privado del norte de Londres. Sus propietarios aseguraron que las habían comprado sin conocer su origen ni su valor. Abundando en el carácter mistérico de estas piedras, parece que desde su llegada la desgracia acompañó a los sillares robados. Cuando el marido murió la esposa quiso deshacerse de ellos, momento en que un detective los encontró y fueron devueltos a España. Después de una exhaustiva restauración, pueden verse en el mismo Museo de Burgos.


Nosotros hemos visitado la ermita muchas veces, solos, con las herederas adolescentes, con amigos… podemos decir que las fotos en Quintanilla de las Viñas retratan el curso de nuestras vidas.
En agosto de 2021 quedamos con nuestra amiga Delma Vicario, que es de la zona, en acudir a la explanada de la ermita a contemplar la lluvia de Perseidas. Previamente, picoteamos en la Cantinilla de Quintanilla, disfrutamos de la hospitalidad de Rafi Eslava en su acogedor jardín y, cuando la noche había oscurecido lo suficiente nos encaminamos a la ermita.

La noche era oscura como boca de lobo, frase hecha cuya expresión comprendí cabalmente allí. Con ayuda de la linterna del móvil llegamos hasta la pequeña explanada de la cabecera de la ermita. En el corto trecho el Colega encontró una luciérnaga -el gusano de luz de nuestra niñez, tan escaso ahora-, como estrella caída del cielo. Extendimos las mantas que habíamos llevado y nos tumbamos sobre ellas a contemplar el firmamento. Hacía años que no veíamos la Vía Láctea en todo su esplendor. Enseguida empezaron a caer las lágrimas de San Lorenzo sobre nuestras cabezas, caídas que celebrábamos con alegría infantil.
Permanecimos un rato callados, sobrecogidos por el silencio y el espectáculo que se nos brindaba. Hasta que Delma comentó que aquel era un lugar mágico, telúrico… y me entró el canguelo. El Colega, que ha pasado más de una noche al raso, corroboraba la opinión de nuestra amiga, pero yo soy de naturaleza urbanita y donde ellos creían sentir el palpitar de la tierra, yo sentía la presencia de la ermita y de la misteriosa quebrada donde anidan los buitres y alimoches y me parecía oír un eco lejano de las huestes del Cid o la voz de Gonzalo Gustioz, prisionero de Almanzor, llamando a sus hijos muertos: Diego, Martín, Fernando, Suero, Enrico, Veremundo, Gonzalo… Los siete Infantes de Lara -o de Salas-.

Ha sido una noche mágica, insistía Delma. Realmente, lo fue. Arrimaos para que se vea la ermita, ordenó nuestra amiga. Ahí estamos, arrimados.

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Viana do Castelo

En el viaje de 2014 desde Braga seguimos el itinerario del libro de Julio Llamazares –Tras os Montes, un viaje portugués– hasta Oporto, pero en enero de 2023 optamos por abandonar al escritor y acabar la ruta en Viana do Castelo, que no conocíamos. Varias cosas nos habían llamado la atención de este lugar: el mar, sus adecuadas dimensiones para una visita de cuatro días, y que allí estuviera atracado el buque Gil de Eanes. Encontramos una oferta en la Pousada de Santa Luzia, lo que nos pareció una buena sugerencia. Porque, a ver, ¿quién en su sano juicio viaja en los primeros días de enero a una ciudad de playa cuando las previsiones meteorológicas son de lluvia los cuatro días? Exactamente, los dos jubilados.





La Pousada de Santa Luzia corona la colina de la que toma nombre. En este lugar se levantó la ciudad prerromana conocida como Ciudad Vieja. Uno de los castros más importantes de la romanización del Alto Miño, que dominaba la desembocadura del río Lima, cuyos restos arqueológicos pueden visitarse. Se llega a la cumbre siguiendo un zigzagueante camino que la primera vez parece no tener fin, luego te acostumbras. Entre otras razones porque el espectáculo que se divisa desde nuestra habitación es magnífico, sea de día o de noche.



Antes de bajar a la ciudad hicimos una primera parada en el Santuario del Corazón de Jesús, unos metros por debajo de la Pousada. El templo es de 1898, obra de Ventura Terra, autor también del Palacio de Sao Bento en Lisboa. En realidad es un remake del Sacre Coeur de París: neo-románico, neo-bizantino y neo-gótico. Hay un funicular que une la ciudad y la iglesia pero cuando estuvimos se encontraba fuera de servicio.




Viana do Castelo se asienta en la desembocadura del río Lima, es una ciudad que ha conocido tiempos gloriosos. Tuvo importantes astilleros y de aquí partieron algunas de las expediciones que conquistaron nuevas tierras, cuando las flotas de Portugal navegaban por todos los mares conocidos y por descubrir y comerciaban con países de medio mundo. De entonces son algunas casonas y palacios -de los Abreu Tavora, hoy Ayuntamiento, de los Melo Alvim, de los Costa Barros, de Sá Soutomaior, de los Luna, de los Alpuins y de los Werneck- iglesias y fuentes que pueblan su centro histórico, no muy grande pero muy hermoso, con la Plaza de la República como eje.



Todos ellos nos hablan de una clase social rica y culta que aún en los siglos XIX y XX levantan bellos edificios modernistas en la Avenida de los Combatientes. Prueba de ese interés por la cultura son sus museos de Artes Decorativas, del Traje y de Arqueología.
Por entonces Viana do Castelo era el primer puerto de la flota bacaladera, cuando Portugal iba al bacalao de Terranova, antes de que la ampliación de las zona económica exclusiva y la sobrepesca acabara con el caladero.


A esa época corresponde el buque Gil Eanes, construido en 1955 en los Astilleros de la ciudad. En su periodo activo fue buque insignia, correo, remolcador, rompehielos, frigorífico y buque asistencial sanitario y de pertrechos de la flota bacaladera. En 1973 hizo su último viaje de apoyo quedando a partir de entonces sin funciones hasta que en 1977 fue vendido para desguace. Las Instituciones, empresas y población vianenses reaccionaron, crearon la Fundación Gil Eanes y en 1998 los astilleros de Viana rehabilitaron el buque para servir como museo y reconocimiento al pasado marítimo de la ciudad. Hoy, es un activo turístico de la ciudad, donde los visitantes pueden conocer cómo era un buque hospital en aquellas aguas heladas y terribles de Terranova y Groenlandia.



Mi interés por conocer este barco era compararlo con el buque hospital “Esperanza del Mar”, propiedad del Ministerio de Trabajo de España, que asiste a la flota del banco canario sahariano, al que conozco bien y sobre el que he escrito mucho en mi etapa profesional activa. En honor a la verdad, el nuestro me pareció mucho mejor y más moderno, entre otras razones porque fue construido en el 2001.








No menos importantes que sus casonas son las iglesias de Viana, empezando por su catedral. Obra del siglo XV, de arquitectura románica y gótica, de aspecto de fortaleza.

Antes de esta construcción sirvió de catedral la actual Capilla de las Ánimas, llamada así porque su explanada fue cementerio hasta el siglo XIX. La obra original era del siglo XIII pero fue reedificada en el XVIII.


En la misma Plaza de la República se encuentra la Casa das Varandas, edificio del siglo XVI mandado construir por la cofradía de la Misericordia. Es un gran ejemplar renacentista y manierista, con influencias italianas y flamencas. Detrás de ella está la iglesia de la Misericordia, reformada en 1716 incorporando los azulejos típicos lusos, frescos en el techo y un gran retablo.


Basta caminar unos pocos metros y cruzar una calle en dirección al río para dejar atrás el casco antiguo vianés y adentrarte en una ciudad moderna. Este prurito de modernidad no es nuevo en Viana do Castelo. En 1878 sustituyó el viejo puente de madera que unía las dos orillas del río Lima por uno de hierro diseñado por la Casa Eiffel por el que iba a transitar el ferrocarril. Aún hoy es una obra impresionante: mide 563 metros de longitud y seis de anchura, se asienta en nueve pilares de 20 metros de profundidad. En su construcción se emplearon más de dos mil toneladas de hierro. Es una de las imágenes icónicas de la ciudad.


La ribera derecha del río se ha convertido en un lugar de encuentro del vecindario: jardines, terrazas, lugares de juegos y, enseguida, la Plaza de la Libertad, espacio diseñado por Fernando Tavora, considerado el padre de la Escuela de Arquitectura de Oporto, que acoge dos edificios singulares galardonados con el premio Pritzker: la Biblioteca Municipal, obra de Álvaro Siza, y el Centro Cultural, de Eduardo Souto de Moura. El primero, una estructura de hierro recubierta de cemento blanco; el segundo, un diseño que evoca la arquitectura naval, que tanta importancia tuvo en la ciudad.

Entre ambos se alza un rectángulo metálico de gran altura, es el Monumento a la Revolución de los Claveles del 25 de abril, obra del escultor José Rodrigues.

Todos los días de nuestra estancia dedicamos un rato a pasear por este lugar, que, efectivamente, proporciona una sensación de libertad y de belleza, rodeado de edificios hermosos, acompañando al río en su encuentro con el mar, contemplando la caída del sol a la tarde. Viana do Castelo resultó ser un hallazgo, una ciudad placentera, compendio armónico de arte en todos los estilos: prehistórico, románico, manuelino, barroco, modernista, historicista y vanguardista.
En el colmo de la dicha, y contra pronóstico, Viana do Castelo nos recibió con un sol espléndido y así continuó hasta el día que nos íbamos, que amaneció lluvioso, como si la ciudad lamentara nuestra marcha. No tanto como nosotros sentíamos irnos.
Fotos: ©Valvar




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Braga

Braga una ciudad fundada por los romanos en el siglo II antes de la era cristiana con el nombre de Bracara Augusta, que acabó convertida en la capital de la provincia romana de Gallaecia. A los romanos les siguieron los suevos, los visigodos y los árabes hasta que fue conquistada por Alfonso I de Asturias. Su vínculo con España se rompe definitivamente con la independencia de Portugal en 1139.
Hoy es una ciudad moderna de cerca de 200.000 habitantes, con un rico patrimonio artístico, la mayoría de carácter religioso, principalmente barroco. Estamos en la “católica Braga”, pues, a pesar de los incontables cambios sociales que ha vivido Portugal sigue en vigor el axioma según el cual mientras Coímbra estudia, Lisboa se divierte, Oporto trabaja y Braga reza. Sitios donde hacerlo le sobran.
La archidiócesis bracarense arranca en el siglo III con jurisdicción sobre los obispados de la Gallaecia. Acogió varios concilios, incluido el que en el 563 condenó el priscilianismo. La tradición asegura que en el siglo VI el obispo San Martín de Braga convirtió a la tribu local de los suevos y, para evitar los nombres paganos de los días de la semana, introdujo la costumbre aún vigente de designarlos con el orden numérico tras el domingo, lunes es segunda-feira, martes, tercerda-feira y así sucesivamente.










Tras el paréntesis de la dominación musulmana resurge la archidiócesis disputando con el clero compostelano la preeminencia eclesiástica. La primitiva catedral fue destruida por el terremoto de 1135. La seo actual, bajo la advocación de Santa María, conserva una buena portada románica oculta tras un pórtico gótico del siglo XV. Es el primer monumento de la ciudad, una mezcla de estilos bastante armonizados. En su construcción intervino Joao de Castillo, arquitecto del monasterio de los Jerónimos de Lisboa. A nosotros nos gusta el airoso remate de sus torres y nos asombra la cantidad de restos que aparecen desperdigados en un patio de la catedral.
En nuestro primer viaje de 2014 llegamos atraídos por la catedral y, más aún, por el Buen Jesús y su famosa escalinata, que el Colega estaba empeñado en fotografíar, pero parece que aquel no era nuestro día. Gastamos un tiempo precioso en buscar aparcamiento, nos prohibieron hacer fotos en el interior de la catedral y me abroncaron al primer intento y, en el colmo de la mala suerte, no encontramos la famosa escalinata, más fotografiada que una miss.
Peor aún, tras preguntar varias veces y ser amablemente dirigidos, después de soslayar una enorme efigie hiperrealista del papa Juan Pablo II -que no es santo de nuestra devoción, precisamente- y de trepar por una escalera casi infinita, llegamos al santuario de Sameiro, que en nada se parece al Buen Jesús.
Cuando encontramos al fin el Buen Jesús estaba atiborrado de visitantes en un día caluroso, y cubierto de una malla por hallarse en obras. Este detalle no nos importó porque el valor artístico de la iglesia es escaso, queríamos ver la famosa escalinata barroca – un millar de peldaños- construida por el arzobispado en 1722 y finalizada un siglo después. Pretendiamos ver su perspectiva de abajo a arriba pero nos encontramos en la parte superior.
Tomamos el funicular con intención de verlo desde la base pero el trenecillo tiene su base en medio del bosque y no fuimos capaces de encontrar el arranque de la escalera ni siquiera cuando lo intentamos con el coche, siguiendo la tortuosa carretera que parte de la ciudad y culmina en la iglesia. Nos fuimos de Braga agotados y enfadados, pensando que habría de pasar un tiempo para que diéramos una segunda oportunidad a la ciudad.





Cuando hemos vuelto en enero de 2023 la fortuna estaba de nuestra parte. Aparcamos a la primera, cerca de la catedral y en uno de los pocos lugares gratis. Visitamos la catedral, que ahora permite fotos, y recorrimos el Museo Sacro.




Paseamos desde la Puerta Nueva, abierta en la muralla en 1512, aunque el arco data del siglo XVIII; seguimos el paseo por la Rua do Souto, que es la principal arteria turístico-comercial, paramos en Largo de Palacio, que fue sede de la República Bracarense, abolida por la primera reina de Portugal en 1790, doña María I; desembocamos en la Plaza de la República, un espacio con forma de embudo, ajardinada en su parte estrecha, que se cierra con un airoso edificio conocido como la Arcada.


Confiados en nuestra buena suerte, cogimos el coche en dirección al Buen Jesús, distante cinco kilómetros de la ciudad. Tomamos la carretera sinuosa con el GPS a todo meter y los ojos bien abiertos pero cuando nos dimos cuenta estábamos otra vez en la cumbre. Si todo el mundo es capaz de encontrar el arranque de la escalinata, va a resultar que somos los más tontos del continente, comento. Deshacemos el camino y, cuando el Colega está a punto de decidir que nos vamos definitivamente, vemos un pequeño espacio junto a la carretera. Para y buscamos en el plano, propongo. Para, bajamos y, cuando echamos una ojeada alrededor, vemos que estamos en el sitio justo. ¡Eureka! Naturalmente, hacemos tropecientas fotos de la escalera.



Los más devotos suben esta escalera a pie y algunos, de rodillas. Nosotros volvemos a subir y paseamos por el santuario. La mañana amenaza lluvia y apenas hay visitantes, los bares y restaurantes están cerrados, nueve años después siguen las obras, también en el funicular, ahora cerrado.
Con el corazón contento, volvemos a Braga. Encontramos aparcamiento sin problema y en la Oficina de Turismo preguntamos por un lugar donde comer. Nos orientan hacia los restaurantes junto a la Puerta Nueva, frecuentados por los turistas, pero hemos echado el ojo al Café Vianna, en la misma Plaza de la República, al que acuden los bracalenses.



El Vianna es un establecimiento fundado en 1858 que conserva un cierto aire decimonónico, como si el tiempo se hubiera detenido entre sus mesas y sofás. Nos atiende un camarero que, aparte de sugerirnos los platos de la carta que cree nos van a gustar, echa un rato de charla con nosotros contándonos historias del café y de la ciudad. Es una persona cultivada y amable, que ha trabajado en otros países europeos. Agradecemos su cordialidad elogiando la ciudad y el país. Yo estoy pensando en pedir la doble nacionalidad y que me dejen ser portuguesa, le digo. ¿Para qué quiere ser portuguesa? Todos somos europeos ya, me responde. Pido una francesinha, que es una especie de sandwich enorme típico de Oporto relleno de carne, jamón, salchichas, queso y huevo y bañado en una salsa mezcla de mayonesa y tomate. El camarero advierte que han aligerado la receta para adecuarla a las dietas modernas. Así y todo, soy incapaz de terminarla. He perdido fuelle porque la de Oporto sí la acabé.

Cuando salimos del Café Vianna el Colega propone tomarnos otro café en A Brasileira, que está al lado y, aunque no es el del Chiado lisboeta, se le da un aire. A esas horas está concurrido por gente de todas las edades que hacen tertulia de sobremesa. Nos ofrecen un buen café en una mesita con un pequeño florero con claveles blancos. A punto estoy de arrancarme con Grandola, vila morena, pero me contengo.

Al salir de A Brasileira llueve ligeramente pero vamos bien pertrechados y nos mojamos con gusto, después de haber hecho definitivamente las paces con Braga.
Fotos: ©Valvar


