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Úbeda

Jaén no es la provincia más visitada de España a pesar de que encierra tesoros que bien merecen ser mejor conocidos. Nosotros habíamos estado ya en un viaje apresurado del que apenas recordábamos nada, así que en el 2014, recién jubilados, decidimos volver y recorrerla con más tranquilidad.
Empezamos por Úbeda. Nos alojamos en el parador de la ciudad, habilitado en el palacio del Deán Ortega, del siglo XVI, un lugar tranquilo que ofrece desayunos y almuerzos de la tierra y un escenario para ser guardado en el recuerdo, empezando por el patio de columnas al que se ha dotado de un techo transparente.

Úbeda es una ciudad renacentista por sus monumentos, que son muchos y espléndidos, pero es sobre todo una muestra de esplendidez y de preponderancia de la sociedad civil y de utilización racional de su patrimonio.
La ciudad se asienta en el valle que forma el Guadalquivir, bajo los picos de Sierra Mágina, y es la capital de la comarca de La Loma, pues lomas son los montes que la protegen y que han dado lugar al dicho de irse por los cerros de Úbeda, el cual se sustenta en su realidad geográfica y en la leyenda.

Se cuenta que en una de las frecuentas contiendas que sostuvieron árabes y cristianos –unos lo sitúan en tiempos de Alfonso VI y otros de Fernando III- uno de los capitanes desapareció justo antes de entrar en batalla y no apareció hasta haber sido conquistada la plaza. Cuando el rey le pidió explicaciones por su ausencia, el capitán respondió con la pobre excusa de que se había perdido “por los cerros de Úbeda”. Perderse por los cerros de Úbeda quedó como sinónimo de cobardía en el campo de batalla y de andarse en divagaciones en el campo dialéctico.
Úbeda ostenta el muy disputado título de la más antigua del mundo occidental y sea o no la más antigua, por aquí han pasado oretanos, visigodos, naturalmente los romanos, que la llamaron La Betula, godos y los vándalos, que haciendo honor a su fama y destruyeron el poblado. Hasta que llegan los árabes y refundan una ciudad a la que llaman Ubbada.
En el siglo XI se la disputaron los reinos de Almería, Granada, Sevilla y Toledo y acabó siendo conquistada por los almorávides. Esta ciudad musulmana refuerza su amurallamiento y se convierte en un núcleo pujante por su artesanía y su comercio. Los siglos XI y XII vivirá en una sucesión ininterrumpida de conquistas y reconquistas, ora musulmana, ora cristiana. Los Alfonsos VI y VII la rindieron y el VIII la asoló en 1212, tras la batalla de las Navas de Tolosa, hasta que en 1233, tras largo asedio, Úbeda capituló ante Fernando III quien la hizo ciudad realenga con arciprestazgo, que era el no va más en materia de dignidades del momento. Con la capitulación evitó ser arrasada de nuevo y permitió la coexistencia de las tres culturas radicadas en la ciudad: árabes, judíos y cristianos.
Finalizada la reconquista, se abrió para Úbeda una época de pujanza económica, social y cultural que culmina en el siglo XVI, su edad de oro. Los cachorros de los linajes locales alcanzan puestos principales en la corte; también el clero y las órdenes militares mejoran sus privilegios. Simultáneamente, vecinos, la mayoría judíos o muladíes, que prosperan en sus profesiones, como boticarios, escribanos, médicos o mercaderes, conforman una incipiente burguesía. Ganaderos, labradores, pastores y militares completaban el espectro social de una ciudad que acogía a más de 18.000 habitantes.
En este caldo de cultivo coinciden en el tiempo y el espacio Francisco de los Cobos, secretario de Carlos V y hombre de gran influencia en la corte imperial, y Pedro de Vandelvira. De los Cobos acumuló a lo largo de su vida cargos y prebendas en grado superlativo, que le hicieron inmensamente rico. Una parte de esta fortuna la empleó en acumular obras de arte.
Como secretario real, había tenido que acompañar a Carlos I en sus viajes a Italia, lo que resultó providencial para Úbeda. Allí descubriría el movimiento renacentista y encontraría a Vandelvira, un cantero que estaba estudiando la obra de Miguel Ángel, convenciéndole de volver a España. Francisco de los Cobos sembró el gusto por el arte entre sus pares ubetenses y a Pedro de Vandelvira le sucederá su hijo Andrés, hombre de gran cultura y preparación técnica. Unos y otros se dedican a sembrar las corrientes humanísticas del Renacimiento y a levantar palacios a cuál más espléndido hasta hacer de Úbeda la ciudad –Patrimonio de la Humanidad- que podemos admirar. En 1526 Carlos V juró aquí mismo guardar los privilegios, fueros y donaciones que le habían sido concedidas a la ciudad.



A la colaboración de Pedro de Vandelvira con De los Cobos debe Úbeda una perla arquitectónica que es la capilla del Salvador, proyectada como panteón de la familia del secretario real, que habría de acabar su viuda, María de Mendoza y Sarmiento. No sólo los Vandelvira padre e hijo trabajaron en el Salvador, también Gil de Siloé, Alonso de Berruguete, Esteban Jamete y Francisco de Villalpando dejaron aquí su huella.


La capilla del Salvador preside la Plaza Vázquez de Molina, el epicentro monumental de la ciudad. Situarse en cualquier punto de este lugar es sentir el vértigo de la belleza absoluta, el equilibrio del Renacimiento, la armonía del horizonte, con la Sierra Mágina y los olivares infinitos como telón de fondo.


A Úbeda hay que llegar sin prisa, pasear despacio y pararse a mirar mucho. Nosotros empezamos por esta Plaza de Vázquez de Molina que es donde se levanta el Palacio del Deán Ortega. Hay que llegar avisados porque la zona es peatonal y aquí no caben despistes pues enfrente del Parador se levanta el Antiguo Pósito, donde tiene su sede la Policía. A pocos metros del hotel –en la Redonda de Miradores- hay un aparcamiento que además de ser gratuito ofrece unas magníficas vistas del valle, de los olivares y de los cerros.

Situados, pues, en la Plaza Vázquez de Molina, enfrente está la Capilla del Salvador; a la derecha, primero el Antiguo Pósito, luego el Palacio del Marqués de Mancera, la Cárcel del Obispo, sede de los Juzgados, y, finalmente, la iglesia de Santa María de los Reales Alcázares. Por la izquierda, además del Palacio del Deán Ortega, el Palacio de las Cadenas, hoy sede municipal. Obsérvese que, salvo la de Santa María, todos los edificios son civiles y, aunque goza Úbeda de otros templos, sus señas de identidad son aquéllos.


Sólo por contemplar las edificaciones de esta gran plaza, que es una lección viva del renacimiento hispano, valdría el esfuerzo de llegar a Úbeda. Sentados en ella admiramos el juego de volúmenes, la ornamentación de los palacios… y el sentido práctico de los ubetenses que han protegido su patrimonio monumental dándole una utilidad práctica a cada edificio. Me pregunto si las leyendas de emparedamientos que envuelven a la Cárcel del Obispo tendrán alguna influencia en las decisiones judiciales.
La judería ocupó el espacio entre la iglesia de los Reales Alcázares y la muralla. De la importancia e influencia que hubo de tener la población judía habla la Sinagoga del Agua, situada cerca de la iglesia de San Pablo.


La iglesia de San Pablo, que se levanta en la Plaza del 1º de Mayo, es una mezcla de estilos –románico, gótico y renacentista-. De la esquina sur de la misma plaza surgen los ecos de distintos instrumentos musicales. Es el Ayuntamiento viejo, convertido hoy en Conservatorio.

En el centro de la plaza se ha erigido un monumento en memoria de San Juan de la Cruz, que aquí vino a morir en 1591 y al que la ciudad le ha dedicado un museo, cerca de esta misma plaza.

Estamos en el cogollo de la ciudad amurallada, un cinturón de piedra en el que se abren varias puertas, todas con su pequeña historia. La más conocida es la puerta de Granada, por la que dicen salió Isabel la Católica camino de Baza, donde dijo aquello de que no habría de cambiarse de camisa hasta no conquistar Granada. Con lo aseada que ella era.

No lejos de esta puerta los viajeros, otro edificio singular: la Casa de las Torres o Palacio de Dávila, hoy Escuela de Arte, mandado construir en el siglo XVI por el alcalde y comendador Andrés de Dávalos de la Cueva. La profusión de conchas que adornan la fachada remite a la condición de caballero de Santiago del regidor. Sospecho que estudiar en un lugar como éste, hacer el recreo en su esbelto patio interior ha de ser un plus añadido a los planes docentes.



En la calle Real visitamos varias tiendas donde se venden productos tradicionales, incluido aceite kosher, lo que indica la querencia judía por Úbeda. Kosher o no, llevarse aceite no es mala idea pues ésta es la comarca aceitunera por excelencia.

La calle Real conduce a la Plaza de Andalucía. En sus inmediaciones se encuentran la Torre del Reloj y las iglesias de la Trinidad y de San Isidoro. En ese punto estábamos, con el plano de la ciudad en las manos, intentando orientarnos hacia el Hospital de Santiago cuando un hombre nos saludó confianzudamente. ¿Qué, ya sabemos dónde ir? Buceo en mi disco duro tratando de identificar al interlocutor, pues no es la primera vez que nos encontramos con un conocido en los puntos menos pensados. Pero no, no es un conocido, es un ubetense de adopción que se presta a ayudar. Nos indica el camino, nos cuenta su nostalgia madrileña y detalles de su familia y se despide amigablemente. Gracias por venir a conocer la ciudad, nos dice.

El Hospital de Santiago se encuentra algo alejado del centro histórico pero no desmerece la tradición. Situado al final de la calle Obispo Cobos, también conocida como la de las tiendas, es otra de las joyas renacentistas debidas a los Vandelvira, padre e hijo. Fue mandado construir por el Obispo Cobos para servir de hospital para pobres, iglesia, panteón y palacio. Tiene un patio central porticado con doble arcada, sustentada por columnas de mármol de Carrara. A un lado del patio se abre la escalera imperial desde la que se puede admirar una bóveda con pinturas al fresco. Las estancias del viejo hospital tienen un uso cultural: biblioteca, etc. Un ejemplo más del sentido práctico de los ubetenses.




La visita de un lugar nunca es completa si el viajero no cata los platos locales. En Úbeda, hay dos guisos que destacan: los andrajos y la perdiz escabechada, ambos con justa fama. En la provincia de Jaén se cultiva la costumbre del tapeo. Con cada bebida se acompaña una tapa sustanciosa. Con dos tapas, cenas; con tres haces una comida ligera; con cuatro vas bien servido. Nosotros, que habíamos descubierto la tradición en Linares, nos permitimos sugerir que hagan la comprobación en La Sacristía, taberna con marcas históricas en la Baja del Salvador. ¿Qué pedir?, nos preguntábamos. Mientras estudiamos la carta, el camarero deja en la mesa de al lado un plato con dos chapatas cubiertas con algo que no identificamos. ¿Qué es lo que ha servido a esos señores?, pregunto. Esa es la tapa que les voy a traer ahora mismo para acompañar a su cerveza, responde. La tapa es una tortillita de camarones.
Habíamos oído hablar de la taberna Misa de 12, que está en la Plaza 1º de Mayo y nos disponíamos a cenar de tapas, pero encontramos el local cerrado. Un grupo de jóvenes remolonea a la puerta del Instituto próximo. Úbeda debe ser la única ciudad en la que a las nueve y cuarto de una noche suave de septiembre esté cerrada la taberna y abierto el instituto de enseñanza media.

La tradición alfarera de Úbeda hunde sus raíces en su etapa andalusí pero se ha mantenido viva a lo largo de los siglos hasta el punto de que los alfareros tienen su propio barrio, al este de la ciudad. Es la ubetense una alfarería fácilmente reconocible por sus verdes y sus azules vidriados y sus filigranas como encaje, que en la memoria colectiva remiten indefectiblemente a un nombre mítico: Tito.
El patriarca de la saga fue Pablo Martínez Padilla, un artista que gozó de enorme popularidad y que murió a punto de cumplir los noventa, antes de terminar el siglo XX. Pablo, y también otros maestros alfareros de Úbeda como el Músico (Francisco Ortega) y el Guindilla (Salvador Góngora), enseñaron el oficio a Juan Martínez Villacañas y, aunque otros alfareros llevan el apelativo familiar, quiero subrayar que Juan, el Tito al que tanto admiro, es Premio Nacional de Artesanía (2006), en su primera edición.
La innovación y la tradición son valores que en esta casa se heredan con el apellido, a lo que parece. De hecho, esa conjugación es lo que salvó a Tito y a su alfar cuando la introducción en el mercado de nuevos materiales –plásticos, aceros- desterró los cacharros de barro y llevó a la ruina y a la desaparición a muchos talleres en toda España. Juan, para quien la alfarería es un “reducto donde sobreviven valores y costumbres de un mundo más austero pero también más humano”, apostó entonces por la recuperación de formas y técnicas olvidadas y por repensar la utilización de las piezas tradicionales.
Las piezas del alfar de Tito conservan las formas ancestrales que ya moldearon los griegos y luego los árabes con los dibujos y colores que durante siglos dieron fama a la artesanía ubetense y las texturas antiguas y modernas. Algunas tienen un uso específico –para guardar ajos, la sal, fruteros, botijos- pero otros tienen la única función de embellecer el lugar que ocupan. No hay que olvidar que en el arte de la alfarería confluyen los cuatro elementos de la Naturaleza: la tierra, el fuego, el agua y el aire.

Foto: Alfarería Tito 
Foto: Alfarería Tito Del alfar de Tito han salido no pocas de las piezas que se exhiben en algunas de las películas y series de época, como Águila Roja, o las más de 300 que se elaboraron expresamente para la película Alatriste, dirigida por Agustín Díaz Yanes y protagonizada por Viggo Mortensen, que tuvo en Úbeda también muchas de sus localizaciones.

Conocí a Tito hace cuatro décadas –el alfarero, con mejor memoria, puntualizará año, lugar y compañías- y confieso que me acercaba al alfar de la Plaza del Ayuntamiento, 12, con el temor de hallar a mi amigo retirado del oficio. Para nada, ahí estaba Tito, con su blanca melena leonada a lo Rafael Alberti, jubilado aunque plenamente activo, alegre y dicharachero como siempre y con una memoria prodigiosa. Será él quien repase la lista de los amigos comunes, algunos desaparecidos ya. Y tú, ¿qué haces?, me pregunta. Jubilada, respondo. Una periodista no se jubila nunca. Del periodismo, no pero de ir a trabajar, sí, le digo. Ah, bueno, dice, poco convencido.

Foto: Alfarería Tito 
Foto: Alfarería Tito Salimos de la casa de Tito con una pieza primorosa, un botijo con vidriado azul y blanco, y una campana que añadir a mi colección, regalo suyo que guardo como un tesoro. Pero sobre todo, salimos con la emoción de tanta belleza junta y la alegría de conocer que al frente del alfar se encuentra ya la tercera generación: Juan Pablo Martínez, hijo de Juan y nieto de Pablo, que en 2012 recibió el Premio Nacional de Artesanía en la modalidad Innova.



Fotos: ©Valvar y Alfarería Tito

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Toro

Toro es una ciudad zamorana que no alcanza los diez mil habitantes pero tiene todo lo que un viajero puede buscar cualesquiera que sean sus gustos: una impresionante colegiata, iglesias de casi cualquier estilo, palacios, buenas bodegas con mejor vino, una gastronomía contundente y paisajes impresionantes con el río Duero como espina dorsal.



Aparte de las muchas veces que habíamos hecho un alto en alguno de nuestros viajes, en 2016 pasamos un fin de semana en la ciudad que ese año era sede de Las Edades del Hombre. He de advertir que esta exposición de arte sacro, de interés indudable, no es la mejor ocasión para fotografiar un lugar porque la organización tiene por norma prohibir las fotos. Por si fuera poco, habían cubierto la portada de la colegiata, así que aprovechamos la estancia para conocer Toro y nos prometimos volver cuando hubiera pasado el evento.

Para compensar, habíamos reservado estancia en el Palacio Rejadorada, hotel de pomposo nombre y magnífica historia que remite a la guerra civil suscitada entre los partidarios de Juana de Castilla, hija de Enrique IV, mal llamada la Beltraneja, aspirante a su suceder a su padre, y de Isabel de Castilla, conocida como la Católica, que ya se había proclamado reina.


Estando Toro en poder de los portugueses mandados por el rey Alfonso V de Portugal, tío y marido de Juana, un grupo de toresanos partidarios de la Reina Isabel se reunían en secreto en la casa de Antona García, casada con Juan de Monroy, gentilhombre del Rey Juan II de Castilla, padre de Isabel y abuelo de Juana, planeando levantarse contra los portugueses y entregar la ciudad a los Reyes Católicos. Descubiertos y encarcelados, el 9 de agosto de 1476 Antonia fue ahorcada y su cadáver colgado para servir de escarmiento en la reja de su casa, añadiendo vejación al castigo, por ser esta una ejecución impropia de la mujer de un hidalgo.
Cuando la ciudad fue tomada por las tropas de Isabel, esta se presentó en la casa de los Monroy y mandó dorar la reja de la casa, como recuerdo y homenaje al valor y coraje de Antonia García. Si queréis conocer la historia completa, aquí la tenéis. Añadiré que en nuestra estancia dormimos en cama doselada, como príncipes.
Empezamos nuestra visita a Toro por el principio, esto es, el alcázar que dio origen a la ciudad. De su construcción original conserva los muros y los volúmenes, aunque a lo largo del tiempo ha sufrido no pocas reformas. Estas piedras han visto la proclamación como rey de Fernando III y la celebración de cortes medievales, aparte de haber sido bastión de la princesa Juana en su lucha contra su tía Isabel. En el siglo XIX fue cárcel y hoy es Oficina de Turismo. Desde su adarve se contempla la ciudad de Toro y la vega del Duero.

Las iglesias de Toro conforman un importante núcleo del románico-mudéjar. La más antigua es San Lorenzo el Real, del siglo XII, cuyo interior guarda el sepulcro gótico-flamenco de los Castilla Fonseca y el retablo de Fernando Gallego, ambos del siglo XV.





San Salvador toma el apellido de los Caballeros de su pertenencia a los templarios. Convertido en museo de escultura medieval, conserva restos de pinturas murales de distintas épocas.




A ellas hay que añadir la iglesia del Santo Sepulcro (s. XII), que perteneció a los caballeros de este nombre; la de San Pedro del Olmo (s. XIII) y la ermita de Nuestra Señora de la Vega, a la orilla del río Duero.
San Julián de los Caballeros es un antiguo templo mozárabe reconstruido en el siglo XVI por Gil de Hontañón, que guarda las tumbas de Antonia García y su marido Juan de Monroy.

Santo Tomás Cantuariense, fundada en el siglo XII, conserva trazas de sus orígenes mozárabes. De Santa Catalina de Roncesvalles (S. XII) destaca su Portada de la Majestad, esculpida en piedra, con su policromía original. La iglesia de la Concepción (XVII) es Museo Municipal.
San Sebastián de los Caballeros está en la plaza de la Paja, Fue reedificada en 1516 por Fray Diego de Deza, cuyas armas se ven en las bóvedas. Acoge las pinturas murales del Monasterio de Santa Clara, esculturas y pinturas.




Dentro del ámbito sacro están el Real Monasterio de Sancti Spiritus (s. XIV-XVII) de monjas dominicas, hoy Museo Comarcal de Arte Sacro. Entre sus interesantes piezas destaca el sepulcro de alabastro de la reina Beatriz de Portugal (s, XV).





El Monasterio de Santa Sofía, fundado por la reina regente de Castilla María de Molina. https://turismotoro.com/index.php/es/galeria/gallery/convento-sofias y el Real Monasterio de Santa Clara, fundado por Berenguela, la primogénita del rey Alfonso X el Sabio, de cuyo interior proceden los frescos de la iglesia de San Sebastián https://turismotoro.com/index.php/es/galeria/gallery/convento-santa-clara. En esta capítulo hay que incluir el Convento de San José, de las carmelitas descalzas, el de las Comendadoras Mercedarias, el de los Mercedarios Descalzos. Este convento tiene la particularidad de que se ayuda en su economía comercializando los licores de la marca “Padre Evencio”, monje real que acertó a compaginar su labor pastoral y su afición a la elaboración de licores, con éxito empresarial.
No solo cuenta con un gran patrimonio sacro, Toro ofrece un buen catálogo de palacios, además del ya mencionado de Rejadorada o de Monroy, testigos de un pasado de la ciudad residencia de reyes y nobles. A este capítulo corresponden el palacio de Valparaíso (x. XVIII), el de las Bolas, el de los Condes de Requena -gótico del siglo XV, conserva un pequeño relieve con una escena de tauromaquia-, el de los Condes de Castrillo -hoy Casa de Cultura-, el de Bustamante -construido por el rey Pedro I de Castilla, siglo XV, actualmente propiedad particular-, el de los Marqueses de Alcañices -última residencia del Conde Duque de Olivares-, el de las Leyes, donde en 1505 Fernando el Católico mandó leer el testamento de Isabel la Católica proclamando heredera a su hija Juana y nombrándose él regente, y donde se proclamaron la 83 Leyes que llevan el nombre de Toro.
Testigo de sus siglos florecientes son el Hospital de la Cruz (s. XVI), uno de la veintena de centros de beneficencia que tuvo la ciudad, hoy dedicado a actividades culturales; el Teatro Latorre (XIX), de estilo isabelino, hoy teatro municipal. La Torre del Reloj (XVIII) se levanta sobre la antigua Puerta del Mercado. De ella se dice que, a falta de agua, se utilizó vino para amasar el mortero. Su reloj sigue dando la hora a los toresanos. La Casa Consistorial (XVIII) es obra de Ventura Rodríguez.






Realmente, es difícil transitar por las calles de Toro sin darse con algún testigo de su protagonismo histórico. Empezando por el verraco celtibérico -de la Edad de Hierro- que da nombre a la ciudad y presencia a su blasón. El Puente Mayor, de origen romano reconstruido en románico tardío. El Arco del Postigo, las Puertas de Santa Catalina (XVIII) o de Corredera (XVII), abierta para honrar a Felipe III en su visita a la ciudad. Para una visión de conjunto nada mejor que el Mirador de la Magdalena.



Nos gustó tanto la ciudad que perdonamos a las Edades del Hombre que hubiera cubierto la portada de la colegiata, emplazándonos a volver para conocerla. Volvimos en julio de 2022.
La colegiata de Toro, iniciada en el siglo XII, es una enorme construcción en la que se conjugan bastante armónicamente distintos estilos y materiales correspondientes a etapas y maestros diferentes y en la que resulta evidente la influencia de las catedrales de Salamanca y Zamora, con añadidos mudéjares. De piedra caliza grisácea la cabecera y la portada norte; de arenisca rojiza los muros exteriores, la nave central, cimborrio, torre y pórtico occidental. Es una iglesia de planta de cruz latina con tres naves, la central más ancha que las laterales; la cabecera es de tres ábsides. En el cimborrio se aprecia la influencia bizantina en su forma y poitivina en la distribución de sus elementos.



Las portadas sur y norte se atribuyen al primer maestro que trabajó en la colegiata, utilizando técnicas vanguardistas para el momento; la primera es de arco apuntado con cuatro arquivoltas adornadas con motivos geométricos y vegetales; la segunda es de arco de medio punto, también de cuatro arquivoltas, que apean en grupos de tres columnas con un ábaco común.




En la arquivolta exterior aparece Cristo en Majestad junto a la Virgen y un San Juan -Bautista o Evangelista- acompañados de 24 músicos que representan los ancianos del Apocalipsis. En la tercera arquivolta aparece de nuevo Cristo acompañado de ángeles.




La joya de la colegiata es la deslumbrante puerta de la Majestad, de arco apuntado (siglo XIII). Las columnas historiadas del arranque son tardorrománicas; la parte superior, totalmente gótica. El motivo principal de su iconografía es la Dormición y Coronación de la Virgen, al que se añade la venida de Cristo (Parusía) y el Juicio Final, de nuevo Cristo rodeado de los 24 ancianos, muy expresivos. El conjunto se encuentra en un magnífico estado de conservación, en buena medida porque esta puerta se encuentra protegida por un pórtico también del siglo XIII.












El interior es tan rico como el exterior. Personalmente, me gustó sobremanera una Virgen embarazada que se apoya sus pies en la conocida escena del árbol del paraíso, con un Adán llevándose la mano a la gargante y una Eva sonriente señalando el fruto prohibido.



Para sacar de dudas a posibles viajeros. Si alguien piensa que la visita a Toro se puede zanjar en un rato perdido que sepa que está en un error, aparte del atractivo de su colegiata tiene otros muchos encantos que le engancharán sin remedio.
Fotos: ©Valvar

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Toulouse

Llegamos a Toulouse el primer día del mes de julio de 2016 como última etapa de una inmersión por el románico francés. El Colega consideraba que la basílica de Saint Sernin era un buen broche a nuestro viaje. Yo tenía una cita secreta con esta ciudad que tras la guerra civil había sido capital del exilio español y sede del gobierno republicano. Aquí vivió y murió la primera mujer en gestionar una cartera ministerial en España, y una de las primeras ministras de Europa, Federica Montseny, la Fanny Germain de la resistencia antinazi, a quien tuve la fortuna de conocer al final de su vida.

Toulouse es conocida como la Ciudad Rosa por el color casi uniforme de sus edificios, construidos en ladrillo caravista que aquí llaman foraine. Siendo eso cierto en el casco antiguo, no lo es menos que Toulouse está formada por una superposición de ciudades, la romana, la medieval, los suburbios de los siglos XVIII y XIX y el extrarradio, con los urbanizaciones y pueblos absorbidos por la reciente expansión urbana, impulsada por el desarrollo tecnológico tolosano en segmentos industriales muy especializados: aeronáutica, telecomunicaciones e investigación médica. Toulouse, con Hamburgo y Sevilla, es una de las ciudades donde se ensamblan los aviones Airbus. Capital histórica del Languedoc, es la ciudad de mayor crecimiento demográfico en Francia (1.470 899 habitantes en 2020). Rodean la ciudad las aguas del Garona y las del Canal del Midi.

También es conocida como Ciudad Mondina, en alusión al nombre, Raymond, de la mayoría de los Condes de Toulouse, poderosos nobles que condicionaron la historia de la ciudad y del midi francés. En la oficina de turismo nos proporcionaron documentación sobre la ciudad y nos señalaron los lugares imprescindibles de Toulouse, a saber: Saint Sernin, la catedral de Saint-Etienne, el Halle aux Grains, el convento de los Jacobinos, la place du Capitole y varias plazas donde se instalan los mercadillos sabatinos. En el hotel nos proporcionaron otra guía con los puntos de interés de los distintos barrios tolosanos.
Iniciamos nuestro recorrido saludando en la plaza de su nombre a la pobre Juana de Arco, una figura casi omnipresente en Francia, de donde es patrona. Cruzamos el boulevard Strarbourg y enseguida llegamos a la basílica Saint Sernin o San Saturnino, obispo de la ciudad, que fue martirizado hacia el año 250, siendo arrastrado por un toro hasta caer en el punto donde ahora se levanta la iglesia de Taur (Toro), en la calle del mismo nombre, que va de la basílica a la plaza del Capitolio.

San Sernin es la segunda iglesia más antigua de Francia, después de la abadía de Cluny. Se levantó en el siglo XII sobre una capilla más pequeña del siglo V, incapaz de acoger a los fieles que acudían a venerar al santo mártir cuya sepultura se encuentra en el interior, cubierta de un baldaquino del siglo XVIII. La basílica de San Sernin, de 120 metros de largo, y la catedral de Saint-Etienne han alimentado tradicionalmente una rivalidad sobre cuál de ellas es la más de lo más VIP.

La parte más antigua de la iglesia es el ábside, bajo el cual se encuentra la iglesia primitiva. En su fábrica se observan intervenciones posteriores, góticas y renacentistas. Como no podía ser menos, Violet le Duc puso sus manos en ella en el siglo XIX, escalonando los tejados laterales, intervención que fue suprimida en una nueva restauración en el siglo XX, que trató de devolver el aspecto que debía tener en el XIV. Tuvo claustro y abadía, que desaparecieron en el siglo XIX. La Revolución francesa suprimió el capitolio de San Sernin.



Estamos ante un modelo de iglesia de peregrinación, con grandes espacios donde poder acoger a muchedumbres de peregrinos. De planta de cruz latina, el ábside está rodeado de un deambulatorio con capillas; tribunas sobre los colaterales de la nave, del transepto y del coro. A pesar de que la mayoría de su tesoro desapareció durante la Revolución, en la “galería de los santos cuerpos” se conserva una muestra de las reliquias que durante siglos atrajeron a los devotos: de San Honorato, San Felipe, Santiago el Menor y el Mayor, San Edmundo, San Gil, San Simón, San Judas y el propio San Sernin, además de la Santa Espina y de la Verdadera Cruz.








La basílica de San Sernin es visible de lejos gracias a su torre campanario octogonal de 64 metros de altura y cinco niveles, coronado por una cruz. Su carillón tiene 24 campanas.

Tras esta primera visita al lugar favorito del Colega, tomamos la calle Taur -donde tuvo su sede el Partido Socialista en el exilio- y desembocamos en la plaza del Capitolio, una plaza mayor delimitada por el ayuntamiento, establecimientos hoteleros, restaurantes y bares. El lugar está tomado en esos momentos por la parafernalia que rodea a la Eurocopa, así que huimos por la calle Gambetta, que termina en la plaza de la Dorada, en alusión a la basílica del mismo nombre -con su Virgen Negra-, que se alza a la orilla del Garona, junto a la Escuela de Bellas Artes.

Esta plaza, llena de bares con sus correspondientes terrazas, es frecuentada por gente joven. Nos sentamos en la terraza del Café des Artistes y pronto nos sentimos inmersos en una especie de Babel: lenguas conocidas y otras ignoradas. Nada extraño en una ciudad que ha recibido oleadas de inmigración de todos los continentes en el último siglo y medio. Además de los españoles del exilio -que convirtieron Toulouse en la quinta provincia catalana-, hay magrebíes de la independencia de Argelia -los famosos pieds-noirs- de Túnez y de Marruecos; africanos de las antiguas colonias; antillanos; italianos, cubanos, irlandeses, estadounidenses, vietnamitas, además de europeos empleados en las factorías de Airbus.


La plaza y el paseo que bordea el río son un excelente mirador del Puente Nuevo -que, curiosamente, es el más antiguo de los que salvan el curso del río- del Hospital de Santiago y la Cúpula de la Grave, y, entre ambos, el muelle del Exilio Republicano Español, que recuerda a los miles de españoles que abandonaron en penosas condiciones su país. Nos unimos al recuerdo, al tiempo que lamentamos la pérdida que eso supuso para el progreso de España. Vericuetos de la historia.
Para vericuetos históricos, los de Toulouse, nombre que le dieron los romanos cuando la conquistaron hacia el año 100 antes de la era cristiana. Capital del reino visigodo en el siglo V, luego del reino franco de Aquitania y, en el siglo XI, del Condado de Tolosa. Aquí nació la herejía cátara, aquí fueron perseguidos hasta la exterminación sus seguidores, cuya consecuencia fue que en 1271 el Condado pasó a dominio real. En 1814, fue escenario de la última batalla de la Guerra de la Independencia, la plaza fue tomada tras la derrota del ejército francés por las tropas anglo-hispano-portuguesas. En la segunda guerra mundial, la ciudad fue importante núcleo de la resistencia, como recuerda alguna placa en el callejero.
Al día siguiente, sábado, encontramos la ciudad sembrada de mercadillos de todo tipo: de frutas y verduras en el boulevard de Strasbourg, de bioagricultura a la espalda del Capitolio, de antigüedades y objetos diversos en torno a San Sernin. El ábside y la puerta del Conde de la basílica están rodeados por pequeños tenderetes.



Francia vivía aún bajo el estado de alerta terrorista por los atentados contra la Sala Bataclan y la revista satírica Charlie Hebdo ocurridos en noviembre de 2015. En la mayoría de lugares públicos había vigilancia del Ejército. En la puerta Miégeville, que daba acceso a la iglesia, montaban guardia cuatro jóvenes militares con el arma en ristre.

Mientras yo tomo fotos de la puerta de la antigua abadía, que da paso al jardincillo de la entrada, el Colega pega la hebra con los militares. En un francés algo macarrónico pero inteligible, les habla de la necesidad de proteger estos edificios, del significado de la basílica en el Camino de Santiago, de la importancia del románico… Los jóvenes parecen escucharle atentamente y yo daría cualquier cosa por saber lo que piensan estos cuatro chicos como cuatro armarios de un tipo en pantalón corto que les habla del románico mientras ellos le apuntan con sus armas.

Cuando salimos después de la visita a San Sernin, que nos pareció magnífica y original con sus muros policromados, no queda rastro de la vigilancia militar. Han huido antes de que les dieras otra charla, le pincho al Colega.
Cruzamos la ciudad de San Sernin a Saint-Etienne. En la puerta del ayuntamiento hay una pequeña aglomeración porque ese día se celebran varias bodas.
La catedral de Saint-Etienne o San Esteban es una especie de puzzle de una rara hermosura. Su construcción se prolongó durante casi cinco siglos, del XII al XVII, lo que explica la diversidad. Así y todo, se diría que alguien se entretuvo en complicar los planos pues incluso el interior es asimétrico.


El cuerpo de la iglesia en una amplia pero única nave -la Raymondine- en estilo gótico meridional. La segunda parte -el coro- es de estilo gótico norte. Llama la atención el órgano del siglo XVII, colgado a 17 metros de altura.




Destacan las vidrieras, que son originales, y su gran rosetón, inspirado en el de Notre Dame de París. Aquí está enterrado el arquitecto Pierre Paul Riquet, que supervisó las obras del Canal du Midi. El campanario románico tiene un carillón de 17 campanas y cinco más al vuelo. La puerta lateral se acabó en el siglo XX.
Junto a la catedral estaba el antiguo arzobispado, actualmente sede de la policía, como indica un cartel a la entrada. Una muestra más de la laicidad del país. Entre Saint-Etienne y el Halle (mercado) de los Granos, en el boulevar que forma la ronda de Toulouse y que en este tramo toma el nombra de Carnot, se encuentra el monumento a los Caídos, un arco triunfal monumental. El antiguo mercado de granos es la sede actual de la Orquesta Nacional del Capitole. Cerca de aquí está el Canal du Midi, que en esta zona corre entre modernas urbanizaciones.


Volviendo al boulevard, en la dirección opuesta a los Jardines de Plantas, se llega al mercado Victor Hugo, después de pasar por el moderno Teatro Nacional. El mercado y las tiendas que se multiplican en derredor son el paraíso del gourmet. Hacemos acopio de quesos -de Rocamadour y de otras variedades-. En un Maison García y otro Chez Antonio creemos descubrir el rastro de los exiliados españoles entre los puestos del mercado. La primera planta está ocupada por una serie de restaurantes populares, frecuentados sobre todo por los tolosanos. Nosotros elegimos Le Magret y nos alegramos mucho de la elección.

El antiguo monasterio de los Hermanos Predicadores, conocido como convento de los Jacobinos es un enorme edificio gótico de ladrillo. El convento y el claustro han sido restaurados en 2015 y su visita puede seguirse apoyada en diversos soportes multimedia. Si el visitante se cansa tiene la opción de reposar en alguna de las tumbonas que se encuentran desperdigadas en las salas y contemplar cómodamente las altas paredes y las bóvedas.




Domingo de Guzmán, nacido en Caleruega (Burgos), había fundado en Toulouse la Orden de Predicadores, los Dominicos, con el fin de predicar contra la herejía cátara y convertir a sus seguidores, los cátaros o albigenses. Las obras del convento se iniciaron en 1229, la primera misa en la iglesia se ofició en 1234. Al tiempo que se construía el claustro se ampliaba el templo y se levantaba la bóveda hasta los 22 metros de altura, sostenida por una columna estrellada de once brazos, llamada La Palmera; en realidad se trata de dos naves separadas por una fila de columnas.




Las obras acabarían en 1253. El ábside se reconstruyó en 1292 y a lo largo del siglo XIV se igualó el resto de la iglesia, se rehizo también el claustro, adornado con elegantes columnas de mármol y capiteles con motivos florales y de animales, en torno al cual se levanta la sala capitular, la capilla de San Antonín, el refectorio y la sacristía. Toma el nombre de Jacobinos de la similitud con el convento dominico de París, situado en la calle Saint Jacques.





El convento fue clausurado durante la Revolución francesa y se convirtió en sede de la Sociedad por los Derechos del Hombre y el Ciudadano. En 1810 se destinó a cuartel de caballería, que no fue abandonado hasta 1865, a pesar de que en 1841 había sido declarado monumento histórico. En el centro de la iglesia se encuentran los restos de Santo Tomás de Aquino, que fueron cedidos a los dominicos en 1368. Cuando se cerró el convento, los restos del santo se trasladaron a San Sernin donde permanecieron hasta 1974. El conjunto resulta de una espectacularidad apabullante.
Admiramos el exterior del Hotel d’Assézat, donde la Fundación Bemberg ha reunido una colección de arte, que puede ser visitada en el horario establecido, y nos dirigimos a la plaza del Capitolio, corazón de la vida tolosana. Al lado, en la confluencia de la calle Romiguières, se encuentra el hotel Gran Balcón, donde se alojaba Antoine de Saint-Exupéry en su etapa de piloto de la flota de Aéropostale, sobre la que habló en sus libros “Vuelo nocturno” y “Tierra de hombres”. Mi corazón aventurero recuerda la visita a la casa donde el escritor se alojaba en Nouadhibou (antes Port Etienne).

La bóveda de los soportales frente al ayuntamiento muestra frescos alusivos a la historia de la ciudad, varios de ellos relacionados con la guerra civil española. A estas alturas, comprendemos perfectamente que el gobierno francés haya definido a Toulouse como Ciudad del Arte y la Historia y para cerrar comm’il faut nuestro viaje nos sentamos en la terraza del Café Le Florida, cuyo interior acogió durante años las tertulias de los exiliados republicanos. El Colega pide una cerveza Chimay y yo una copa de Moët Chandon. Brindamos por la vuelta a casa y por los futuros viajes y por la memoria de quienes creyeron que el mundo podía ser mejor y pagaron un alto precio para conseguirlo.

Fotos: ©Valvar
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El Cristo de Palacios de Benaver

No es fácil seguir el rastro de las obras excepcionales que se distribuyen por la provincia de Burgos, tierra de muy rico patrimonio cultural. Aparte de que el castellano en general y el burgalés en particular crean que el buen paño en el arca se vende, ni la Diputación provincial ni la Junta de Castilla y León hacen demasiado para que sean conocidas.
Valga el caso Palacios de Benaver, una entidad menor junto con Cañizar de Argaño, Villorejo e Isar, con un censo de algo más de sesenta vecinos, que cuenta con dos barrios, cada uno con su iglesia. En el barrio de arriba, la parroquial dedicada a San Martín Obispo, de cuyos orígenes románicos conserva el ábside y quizá la torre, pero de traza gótica. En el de abajo, el Monasterio de San Salvador de Palacios de Benaver.
El lugar se encuentra a tres leguas -una veintena de kilómetros- de Burgos –por la N-120, tras pasar Tardajos y Las Quintanillas. Tanto los indicadores como las publicaciones son cicateras con él. En su libro “Burgos. Guía completa de las Tierras del Cid”, Fray Valentín de la Cruz, que fue cronista oficial de la provincia, lo despacha en cinco líneas: “En Palacios de Benaver hay un convento de monjas benedictinas cuya antigüedad se pierde en lo más alto del Medievo. En su iglesia hay un Cristo románico, hieráticamente doloroso. Las religiosas, poseedoras del secreto de unas deliciosas rosquillas, enseñan una bonita talla de marfil de Nuestra Señora de la Aparecida (s. XVI)”.


Desde el exterior, la iglesia del monasterio es una mezcla de distintas épocas y estilos sobre un plano general gótico del siglo XIII. El ábside semicircular es obra del XVIII y lo que se aprecia del monasterio corresponde al XVII.




El patio que se atisba desde el exterior descubre una fachada armónica con preciosa rejería. En el portalón de acceso al monasterio un cartel indica las horas de visita, que son aquellas que no coincidan con el horario de rezos de la comunidad. La puerta se abre a un espacio bien cuidado que da a otro más amplio con sendas de paseo y bancos para el descanso. La monja que nos atiende nos informa que el monasterio propiamente dicho no se visita pero que, seguramente, lo que pretendemos ver será la iglesia y el Cristo. Vayan por el exterior y ya les abro, indica.





Entramos en la iglesia con los ojos aún cegados por la luminosidad del sol agosteño. En la oscuridad del templo apenas alcanzamos a distinguir unas esculturas funerarias y un altar barroco a la derecha. A la espalda, una rejería separa el coro donde la comunidad hace sus rezos. La monja va encendiendo luces al tiempo que se extiende en explicaciones sobre la historia del monasterio y de la comunidad hasta que señala a nuestra espalda: Ese es el Cristo.



Nos quedamos mudos por la sorpresa. ¿Podemos hacer fotos?, preguntamos, con el temor a una negativa. Las que ustedes quieran, responde la religiosa. Así que nos ponemos a disparar las cámaras como posesos, convencidos de que no vamos a encontrar palabras para expresar la maravilla que tenemos ante sus ojos.

El Cristo de Palacios de Benaver es una talla románica única en la provincia y rarísima en Castilla y León. Nosotros sólo conocemos ejemplares similares en Cataluña. Una cruz de 2,75 de altura por 2,25 de anchura, que sostiene a un crucificado solemne, vivo, no doliente sino resucitado, de rostro grave, expresivo, con barba, bigote, los ojos abiertos que parecen mirar más allá del tiempo. Sobre Él escribió Joaquín Luis Ortega, sacerdote, periodista y profesor de Historia y Arte: Un Cristo que está vivo y está muerto, / que cuelga, majestuoso, de su cruz, / que te mira a los ojos con su luz, / con la luz de sus ojos, tan abiertos.
Un Cristo en disposición frontal, sujeto a la cruz mediante cuatro clavos, uno en cada extremidad, propio de la escultura románica. El Cristo de los ojos grandes, le llaman. La talla se había datado en el siglo XII pero cuando en 2007 la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León acometió su restauración descubrió detalles de su policromía tanto en el anverso como en el reverso de la cruz que adelantan la datación en un siglo.



La imagen había sufrido modificaciones según los gustos de cada época, le habían cerrado los ojos, se los habían dejado entreabiertos, le habían puesto peluca, incluso le habían serrado algún dedo para adaptar la Cruz al hueco que le destinaban… La restauración le ha devuelto su apariencia original que muestra una obra prodigiosa, “de tal forma que lo que hubiera sido una simple imagen del románico se ha convertido en un icono”, según conclusión de la propia Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León.

El monasterio y su Cristo están rodeados de un halo legendario. Se cree que el de San Salvador es el convento de mujeres más antiguo de España pero no se conoce ningún documento de su fundación. Una tabla que puede verse en la iglesia y que habla del martirio de las 300 monjas abunda en la leyenda. Refiere ésta que en el año 834 el rey moro Zefa había degollado a los monjes de San Pedro de Cardeña cuando un mensajero advirtió a la comunidad del monasterio benedictino de que el ejército musulmán se disponía a hacer otro tanto a las monjas. Ellas se amputaron la nariz para resultar repulsivas a los moros pero fueron igualmente degolladas. Quiere la misma leyenda que tras la degollina el monasterio permaneció vacío más de un siglo hasta que en 968 el Conde Garci Fernández decidió reconstruir un cenobio donde había encontrado enterrado un Cristo crucificado. La primera abadesa sería doña Urraca, familiar del conde. Insiste la tradición en que Almanzor, que por aquí se paseó entre 981 y 1002, destruyó el convento y que fue reconstruido de nuevo.
Además de la leyenda sobre la aparición del Cristo, otra muy extendida es que le crecía el pelo. Las monjas se lo rizaban y a medida que se le alisaba parecía que lo tenía más largo, pero sólo era una peluca, explica la monja con naturalidad.

La primera referencia sobre el monasterio de El Salvador de Palacios de Benaver se halla en un escrito de la Casa de Lara de 1231 en el que se alude a él como habitado por benedictinas. En otro documento de 1470 Enrique IV da su conformidad para que el monasterio se anexione Santa Cruz de Valcárcel, con lo que se extiende su dominio patrimonial sobre más de ochenta pueblos, un auténtico señorío feudal. El siglo XV hubo de ser el de su mayor esplendor, la abadesa tenía jurisdicción para nombrar alcaldes y dirimir pleitos y sólo debía dar cuentas al rey.
A pesar de la carencia documental se cree que el convento ha permanecido habitado en los últimos seis siglos, si bien con una notable pérdida patrimonial. En las últimas décadas del pasado siglo fue colegio para niños y luego escuela-hogar. En 1993 concluyó su labor docente y adaptó sus instalaciones para hospedería.
La religiosa nos mostró otros tesoros del monasterio, como la pequeña talla de la Virgen (Es una copia, confiesa, el original está guardado) a la que se refería el Cronista oficial, el Coro, que forma un conjunto con el confesionario y el órgano, magníficos ejemplares modernistas que la comunidad adquirió a comienzos del siglo XX en Alemania. Pero enseguida empezó la primera guerra mundial el órgano no se pudo poner en funcionamiento hasta hace unos años, cuenta la religiosa que resulta ser una de las tres organeras de la comunidad y nos obsequia con una breve interpretación. Entretanto, ha sonado el timbre de la puerta de la iglesia, ha abierto la religiosa, ha entrado un hombre de mediana edad que saluda, da una vuelta por la iglesia, hace fotos y se va sin más.




El monumento funerario que hemos visto a la entrada en el ábside resulta ser de los protectores y restauradores del monasterio, Garci Fernández Manríquez, su esposa, Teresa Zúñiga, y su hijo Pedro Fernández Manríquez y Zúñiga. Cuando enviudó Doña Teresa fue monja del monasterio, refiere la monja que hace de guía. Son tallas en nogal realizadas en el siglo XIV.




Del resto de tesoros que tuviera el convento no quedó nada tras el paso de la francesada por el monasterio, explica la monja, aludiendo a la rapiña de las tropas francesas de Napoleón. Expolio que quizá explique también la falta de documentación sobre el monasterio.
El claustro no se incluye en la visita pero la religiosa nos permite asomarnos desde la puerta. Es un conjunto austero, con arcos escarzanos que descansan en columnas sin ornamentación. De sus paredes cuelgan algunas tablas muy hermosas, acaso procedentes del retablo que presidió el altar mayor. Sus arcadas están acristaladas para protegerlo de las inclemencias del clima burgalés. ¿Tiene calefacción el convento?, preguntamos. Tiene, en efecto. Es necesaria para la hospedería, aclara la monja.
Porque las monjas ya no viven solo de las “deliciosas rosquillas” -buenísimas, dicho sea de paso- sino que ahora abren las dependencias del convento a quienes quieren alojarse en él y atienden sus instalaciones en el tiempo que les dejan libre sus oraciones.
En nuestra primera visita encontramos cerrada la iglesia de San Martín, pero el primer domingo de agosto de 2023 tuvimos la suerte de encontrar abierta la puerta y, más suerte aún, que dentro estuviera José Manuel, vecino del pueblo.

Para nuestra sorpresa, la parroquial posee cuatro retablos de buena talla los cuatro y magnífico el del altar mayor, tras el cual permanece la estructura románica del ábside.



En el lado del evangelio conserva una pequeña arcada, muy reformada, de la que nos han llegado unos capiteles en regular estado. Un par de arpías, un centauro arquero y una escena que parece una psicostasis o pesaje de almas.




Cuando alabamos la belleza del retablo mayor José Manuel nos cuenta que falta la pieza del sagrario. «Yo llegué a conocerlo y lo recuerdo bien, pero un día desapareció sin saber cómo. Me parece que el sacerdote o el alcalde debían haber hecho algo en su momento«, concluye. Deberían haberlo hecho, sí, para que al menos se supiera cómo y porqué desaparece una pieza de un retablo.

Dejamos el pueblo y sus barrios, con la paramera castellana al frente, pensando en el jardín y en la amabilidad de las monjas y la hospedería, que nos parece una perspectiva de lo más sugerente. Más aún lo sería una adecuada información sobre este patrimonio ignorado.. Ven a ver, en Palacios, a su Cristo. / Basta con acercarte a Benaver. / Es aquí donde puedes conocer / alguna cosa que jamás has visto, dejó escrito Joaquín Luis Ortega.
Fotos: ©Valvar

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El Valle del Jerte

El Valle del Jerte es un rincón prodigioso de la geografía española, poco y mal conocido, como tantos otros lugares de Extremadura. Nosotros lo descubrimos hace muchos, muchos años cuando, en un viaje hacia otro lugar, se nos ocurrió hacer parada en uno de los pueblos que cruza la carretera N-110. Era un día frío y húmedo de mediados de marzo, estábamos solos en el comedor y el mesonero nos atendió como si fuéremos el emperador Carlos y su hermana Leonor de Habsburgo camino de Yuste.



No se limitó el buen hombre a servirnos una comida opípara sino que nos informó sobre el atractivo de la comarca, especialmente sobre sus riquísimas cerezas, y nos invitó a visitar la zona aprovechando la época de la floración de los cerezos, por aquellas fechas aún incipiente pero bastante para mostrarnos lo que podía suponer.


Volvimos tan contentos de nuestro descubrimiento que enseguida organizamos un viaje con las herederas, entonces apenas veinteañeras, para ver el Valle del Jerte en flor. La excursión fue un desastre. Miles de visitantes se amontonaban en los caminos, dispuestos a fotografiarse junto a cualquiera de los dos millones de cerezos que crecen en el terreno aterrazado, el restaurante maravilloso de nuestra primera visita estaba a rebosar, imposible encontrar una mesa en él ni en ninguno en varios kilómetros a la redonda. Casi a media tarde pudimos comer lo que nos sirvieron en un mesón lejos de los pueblos invadidos. Apenas pudimos disfrutar del formidable espectáculo de la blancura de las flores.
Hemos vuelto más veces hasta desquitarnos de aquella mala experiencia. De entre esos viajes recordamos con especial emoción el que realizamos en la primavera de 2014 con nuestros amigos cacereños Valentín y Mari Paz, que nos guiaron por esa comarca privilegiada que es el Valle del Jerte, un espectáculo en cualquier época del año.




Con nuestros amigos visitamos Tornavacas y Cabezuela del Valle, con su arquitectura tradicional, y algunos de los numerosos miradores que ofrece el terreno para contemplar la perfección con que la Naturaleza ha encauzado al río Jerte desde su nacimiento en la altura de Tornavacas hasta la planicie de Plasencia, salvando un desnivel de 1.500 metros en medio centenar de kilómetros.








Especialmente, la cascada del Caozo y el mirador del puerto de Tornavacas, con las cumbres nevadas del Calvitero a la derecha, las infinitas terrazas que se multiplican a izquierda y derecha del río y, al fondo, el pantano del Jerte.







Empero, de aquel viaje recordamos el Mirador de la Memoria, situado en la carretera CCV-51 cerca de El Torno. Al torcer una curva de esa carretera tortuosa nos topamos con unas siluetas que al pronto nos parecieron personas desnudas. Cuatro figuras en escayola –una mujer y tres hombres- salidos del taller de Francisco Cadenilla Carrasco, tan realistas que parecen tener movimiento.



Sus pies se posan sobre rocas que, probablemente, sirvieron de observatorio a los guerrilleros republicanos que se refugiaron en estos montes al término de la guerra civil. “A los olvidados de la guerra civil y la dictadura”, rezaba un cartel sobre la piedra.

El mirador se inauguró en enero de 2009 a instancias de la Asociación de Jóvenes Comarca del Jerte, con el respaldo del Ministerio de Presidencia, ocupado entonces por María Teresa Fernández de la Vega.



Con todo, no es su presencia lo que más nos impresionó. Al acercanos pudimos ver los agujeros de las balas en la espalda de esas figuras de escayola, que fueron tiroteadas a poco de su instalación. “En estas sierras el olvido está lleno de memoria”, se puede leer en el cartel. Lo que es una verdad a medias.


Produce congoja observar los balazos. Congoja, por la persistencia del odio, del rencor, de la intolerancia. Congoja, por la insensatez de balear a unas figuras de escayola. Congoja, porque los disparos están hechos por la espalda.

En la espalda precisamente de una de las figuras se puede leer: “Leonardo Cadenilla, en nuestra memoria sí estás”. Leonardo Cadenilla era el herrero de Marrupe (Toledo) y es el abuelo del escultor, fue fusilado en la guerra civil en Toledo y enterrado en una fosa con otros cuatro asesinados del mismo pueblo. En 2016, finalmente, el cuerpo de Leonardo pudo recibir digna sepultura en el cementerio de Talavera de la Reina, junto a su mujer.
“Sierra y libertad”, concluye el cartel. Y paz, piedad y perdón, cabe añadir.
Fotos: ©Valvar

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Ejea de los Caballeros

Ejea de losCaballeros se considera la capital de la comarca de las Cinco Villas y lo será si se tiene en cuenta sus más de 17.000 habitantes. Aunque su aspecto es el de una población moderna, con buenas avenidas y edificaciones, se trata de una villa milenaria. Aquí se asentaron los celtíberos, luego los romanos, que la bautizaron Segia, construyeron buenas calzadas para comunicarse con ciudades como Caesaraugusta (Zaragoza) o Pompaelo (Pamplona) y acuñaron moneda. Mencionada como Setia por Ptolomea, Segia por Plinio y Seglam en el Anónimo de Rávena, los musulmanes lo llamaron Siya o Sayya y convirtieron el lugar en baluarte defensivo frente a otras plazas ya reconquistadas. El topónimo de Ejea aparece a finales del siglo XI.
Se cree que fue Alfonso I el Batallador quien la reconquistó en el año 1105 y le dio fueros; en 1135 Ramiro II le confirmó y aumentó los privilegios, reservando para los judíos una zona de la parte superior de la población, cerca del castillo, corroborado por Pedro II. Jaime I convocó cortes en la villa en 1265 y 1272 y le concedió la celebración de quince días de feria anual exentos de impuestos.
Según el estudio del investigador Marcelino Cortés Valenciano, la adición del sintagma “de los Caballeros” aparece por primera vez en un documento fechado en 1399 en el que el rey Martín I confirma los privilegios concedidos por Alfonso I el Batallador, adición que se consolida en el siglo XV. En este caso el adyacente preposicional no tiene un valor posesivo ni honorífico sino designativo, especifica el estatus de la villa en la organización jurídica del Reino de Aragón.
Del castillo de Ejea apenas quedan unos restos junto al ábside de la iglesia de Santa María de la Corona. Parece que sus murallas con sus puertas se conservaron hasta el siglo XVIII, pero la Guerra de Sucesión causó grandes daños al castillo, al amurallamiento y a otras construcciones históricas de la villa.

Los siglos de prosperidad en la villa fueron los XII y XIII, época a la que corresponden los monumentos que nos conducen a Ejea de los Caballeros: San Salvador y Santa María. Estábamos sumergidos en el mundo del Maestro Agüero, embelesados con sus bailarinas y no podíamos irnos sin contemplar las que el maestro dejó aquí.
Empero, andábamos aún en una de las pausas del confinamiento durante el verano de 2021 y resultó que Sádaba y otras poblaciones estaban abiertas pero Ejea permanecía cerrada para los forasteros. Como se nos agotaba la estancia y no se levantaba el confinamiento, un día nos arriesgamos a entrar en Ejea, bien embozados con nuestras respectivas mascarillas, encomendándonos al duque de Ahumada para no encontrar un control de la Guardia Civil que nos sancionara por saltarnos el confinamiento. Aparcamos en una calle próxima a la iglesia de San Salvador tratando de pasar desapercibidos como si fuéramos Bonnie and Clyde dirigiéndose a atracar un banco.


San Salvador se levantó entre los siglos XII y XIII, originariamente siguiendo el canon románico, con la notoria aportación del taller del Maestro Agüero, a la sazón nuestro ídolo. Como Ejea era una villa rica -todo parece indicar que sigue siéndolo- con el tiempo se reformó adoptando el estilo gótico, levantando una torre que le confiere un aire de fortaleza con reminiscencias de Disneylandia; la otra quedó inacabada.


Consagrada el año 1222, a nuestros ojos lo más valioso son sus dos portadas. La fachada occidental se abre a una graciosa plazoleta con su fuente. La portada es de tres arquivoltas apuntadas y tímpano, este con crismón entre dos ángeles arrodillados, modelo repetido en otras iglesias de las Cinco Villas, como Biota o Uncastillo.




Los capiteles de sus columnas muestran leones, águilas y otros animales reales y fantásticos. Y, sobre todo, la famosa bailarina del Maestro Agüero, con una carnalidad y un realismo que dan ganas de acompañar con palmas la música imaginaria del arpista que la acompaña.


En las mochetas sendas cabezas de león engullendo a un hombre y a un animal.
Nos quedamos un rato largo embelesados ante tamaña maestría y tanta belleza antes de doblar la esquina para ver la portada norte que, para nuestra sorpresa, estaba cubierta con andamios y lonas. Varias personas trabajaban en su restauración. La obra iba para largo y, según nos aseguraron, una vez acabada tampoco íbamos a poder hacer fotos de la portada. Estábamos buenos. Por supuesto, el interior estaba cerrado a cal y canto, pero nosotros nos fuimos contentos por haber podido presentar nuestros respetos a la bailarina y al arpista.










En septiembre de 2022 volvimos a la zona para visitar el castillo de Loarre y nos acercamos a Ejea. Finalizada la restauración, un panel transparente cubría la parte labrada de la portada norte dificultando hacer fotos, efectivamente. Así que nos dedicamos a fotografiarla pieza a pieza, escena a escena. Si tienes curiosidad por conocerlo, en este enlace el estudioso del románico Antonio García Omedes te los identifica aquí.

El tímpano presenta una Última Cena enmarcada en las arquivoltas, donde se plasma la vida de Jesús junto a otras escenas profanas.

Nos sorprendió identificar varias escenas con los Reyes Magos como protagonistas, especialmente esa en la que un ángel protege su sueño, escena no muy frecuente, que no pudimos ver en la catedral de Autun.


Ahí estaba de nuevo nuestra bailarina, igualmente hermosa pero quizá menos carnal que la de la portada sur. Nos dio por pensar, sin otro fundamento que nuestra imaginación, que quizá esta era obra del maestro y la otra del taller. Así y todo, San Salvador bien vale no dos sino varios viajes para contemplar ambas portadas.


En este segundo viaje, ya sin confinamiento, ascendimos hasta el casco primitivo de la villa, conocido como el barrio de la Corona, para ver la iglesia de Santa María la Corona, levantada junto al desaparecido castillo sobre un antiguo templo que unos autores creen mezquita y otros, cristiano. Románica en su construcción inicial, consagrada en 1174, fue modificada después hasta el punto de que de la fábrica primitiva solo queda la portada en el muro sur y una torre.




Esta portada era el acceso original a la iglesia. Protegida por un tejaroz, es de cuatro arquivoltas de medio punto que apean sobre columnas labradas. En el tímpano se adivina un crismón circular de siete brazos con roseta central de anillo, todo ello muy deteriorado.
La fachada barroca del muro oeste es obra del siglo XVIII. Estuvo fortificada, compartiendo defensas con el castillo. Es Bien de Interés Cultural desde 1983. Ha sido restaurada en la década de 1970 y en 1996. A pesar del evidente deterioro de esta iglesia, su entorno se encuentra muy cuidado lo que contribuye a hacer agradable la visita.
Fotos: ©Valvar




Fotos: ©Valvar

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Monasterio de Leyre

La leyenda ubica en Leyre el caso del abad San Virila, que salió a pasear y se embelesó tanto con el entorno y el cantar de los pajarillos que se le pasó el tiempo y cuando quiso volver al monasterio habían transcurrido 300 años. No sé si tanto, pero para recorrer el cenobio y su entorno se necesita un rato largo.



Leyendas aparte, es cierto que en Leyre el tiempo se escurre entre la belleza telúrica del entorno y el misterio de un románico más relacionado con las formas del Poitou, al otro lado de los Pirineos, que con las construcciones próximas. Porque este monasterio es anterior a la catedral de Jaca, distante 70 kilómetros, y a otros hitos del Camino de Santiago, como San Martín de Frómista o San Isidoro de León. A este primer románico, austero y sin adornos, con aspecto de fortaleza en sus torreones y en las ventanas saeteras, corresponden la cripta, el presbiterio, el monasterio antiguo, actualmente hospedería, y el claustro desaparecido. Los capiteles de la cripta son el ejemplo de la austeridad románica inicial.

Que el lugar tiene un atractivo más allá de lo evidente lo demuestra que en este mismo emplazamiento existió una iglesia prerrománica, probablemente del siglo VIII, levantada a su vez sobre un anterior centro anacoreto de arquitectura visigótica. La iglesia actual fue mandada construir por Sancho III el Mayor y consagrada en 1057 por su hijo Sancho IV el de Peñalén.
Hoy, Leyre está formado por tres espacios de distintas épocas que forman un conjunto armónico. Al norte, permanece el monasterio viejo del siglo XI, que incluía el palacio real donde los reyes navarros se alojaban con frecuencia. Al sur, el monasterio nuevo, de los siglos XVI-XVII, y en el centro, la iglesia abacial, construida entre los siglos XI y XVI.
Llegamos a Leyre en septiembre de 2021, en una de las pausas de la pandemia de covid, cuando apenas hay peregrinos ni turistas, lo que nos permite movernos por el conjunto sin demasiados agobios. Sea por la pandemia o por otra causa, a los visitantes se nos entrega con la entrada una llave (previa fianza de 5 euros) que abre las puertas de la cripta y de la iglesia superior. Se permiten las fotografías.



Los tres ábsides de la cabecera de la iglesia dan impresión de fortaleza inexpugnable, sin más decoración que los cuatro ventanales bajos de la cripta y los tres del presbiterio, además de la fila de canecillos de la cornisa.La torre cuadrangular de la iglesia abacial se levanta sobre el segundo tramo de la iglesia. Es de la misma altura que la espadaña cisterciense, levantada cinco siglos más tarde.

Desde este plaza de los ábsides, por una pequeña puerta, que abrimos con nuestra llave, se accede a la cripta. Esta es de planta cuadrada con cabecera triabsidal y cuatro naves cubiertas con bóvedas de cañón. Un túnel, conocido como de San Virila, recorre el subsuelo la nave de la iglesia.






La puerta Speciosa es otro de los tesoros de Leyre. Datada en el primer tercio del siglo XII, parece que en ella trabajaron dos artistas distintos. Los entendidos atribuyen al maestro Esteban, que intervino también en la catedral de Santiago, el parteluz y los capiteles de las seis columnas. El tímpano, en el que aparece Jesús Salvador entre la Virgen, San Pedro, San Juan, Santiago y un escriba, parece más antiguo y contrasta con el resto de la portada. Sean quienes sean sus autores, en la puerta Speciosa se resume la escultura y la imaginería románicas.

En el friso, se distinguen un San Miguel, un Pantocrator entre San Pedro, San Pablo y otro apóstol, las santas Nunilo y Alodia, escenas del santoral local, una gran cabeza con rayos que representa la puerta del infierno, la danza de la muerte y Jonás y la ballena. En el centro, sobre el arco, dos ángeles tocan las trompetas del juicio final, con un esqueleto entre ambos.




En la enjuta izquierda, se ve a San Virila con el báculo abacial; en la derecha un santo, la Anunciación y la Visitación.


En las cuatro arquivoltas se extiende el mundo entero del medievo: escenas de la vida cotidiana, de juglaría, oficios junto a simios lascivos o animales andrófobos, monstruos y bestiarios de contenido religioso y simbólico. Entre los capiteles, leones, garzas, dragones peleando, aves que se muerden las garras, o una mujer que se mesa los cabellos.












El conjunto de la Porta Speciosa es un lugar en el que quedarse acampado. Me pregunto qué significarán esas niñas sonrientes que parecen mesarse los cabellos.
Después de este espectáculo, confieso que impresiona no poco disponer de tu propia llave para entrar a la iglesia. La cabecera se atribuye al mismo arquitecto autodidacta de la cripta, atrevido y capaz a la hora de hallar soluciones constructivas originales.

Los 28 capiteles de esta zona repiten igualmente los motivos de la cripta, ornamentación vegetal y geométrica.



El presbiterio se prolonga en una sola nave de 47,3 metros de largo por 14 de ancho. La bóveda es ya tardogótica del siglo XVI. El panteón de los Reyes de Navarra se encuentra en un arcosolio cerrado con una reja del siglo XV.
Comemos en el restaurante del monasterio, desde donde observamos el espacio que ocupó el antiguo claustro, desaparecido en el siglo siguiente a la desamortización. Queda una puerta románica de cuatro arcos que comunicaba el claustro con la cabecera de la iglesia, atravesada de cables. Está visto que ni los monumentos Vip se libran de la plaga del cableado




Después de comer, los jubilados, viajeros recalcitrantes, pasamos la tarde recorriendo de nuevo la cripta y la iglesia, ahora solos. Tenemos la sensación de trasladarnos a otro tiempo.



Podíamos llevarnos la llave y volver cuando nos parezca, le sugiero al Colega. Finalmente, la devolvemos. Cuando le confieso la tentación a la persona que nos atiende, me responde que muchas personas se la llevan. Cualquier día volvemos y nos la quedamos.
Fotos: ©Valvar

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Amsterdam

Amsterdam es una ciudad compleja en la que se mezclan grandes museos, hermosos canales, un barrio rojo, algunos mercados, muchas flores, muchas bicis y muchos jóvenes bebiendo cerveza y liando canutos en la plaza Dam.
La ciudad era la última etapa de nuestro viaje por Bélgica y Países Bajos que realizamos en junio de 2013, para celebrar la jubilación del Colega. Antes de abandonar Bélgica habíamos pasado por Amberes, a orillas del río Escalda, con su gran catedral y sus cuidados edificios del siglo XIX, que han sido adaptados como grandes comercios de moda y de marcas internacionales. Rubens, Van Dyck y Teniers nacieron aquí. En la ciudad late el corazón del mercado de diamantes. Como los diamantes no eran nuestro negociado, yo aproveché para comprarme en la Grosse Platz un pañuelo de seda con un grabado de El beso de Klimt a un precio razonable creyendo que hacía la compra del año. Resultó que el mismo modelo estaba en todos los top-manta hispanos. No sería nuestro único fiasco del viaje.




Camino de La Haya, pusimos el pie en tierra holandesa en Middelburgo, ciudad que hace honor a su nombre, es una ciudad media, apacible y cuidada, que se extiende en torno a su abadía. Nos sorprendió que las ventanas de las casas mostraran abiertamente el interior, hábito propio de los pueblos reformistas. Parece que de este modo expresan que no tienen nada que ocultar y que sus moradas están ordenadas, como sus vidas.


La Haya, capital administrativa del país, nos recibió con un cielo nuboso y triste y una lluvia mansa. Nos alojamos en un hotel junto al nuevo ayuntamiento, que refleja el carácter holandés: en él se mezclan las dependencias administrativas con galerías comerciales. A la mañana siguiente paseamos hasta el Binnenhof o Estados Generales, institución que agrupa el Congreso y el Senado, heredera de la asamblea de representantes -nobleza, clero y burguesía- creado por los duques borgoñones en el siglo XV. Nos fotografiamos ante ella.



Lamentablemente, nos quedamos con las ganas de ver La joven de la perla, de Veermehr, porque el museo Mauritshuis estaba cerrado por obras. Como por entonces estaba reciente la coronación del nuevo rey, las ciudades neerlandesas estaban plagadas de adornos alusivos y fotos de la pareja real. Incluso vimos la casa donde trabaja el rey, según el guía. El mercado municipal ocupa un edificio modernista, donde tomamos un café. Al final, La Haya resultó ser más agradable y hermosa de lo que pensábamos.




Me gustó especialmente la visita al Palacio de la Paz, sede del Tribunal Internacional de Derechos Humanos.




En el trayecto hasta Amsterdam atravesamos los famosos diques con los que el país ha ido ganando tierra al mar, a base de secar las lagunas, creando barras de contención y luego expulsando el agua, los famosos polders. Los primeros se construyeron en el siglo XVII, financiados por los ricos comerciantes. Actualmente, el 30% del territorio neerlandés está por debajo del nivel del mar, zonas de buenos pastos en los que habitaban 5,5 millones de vacas, una por cada tres habitantes. Soplaba el viento con fuerza para hacer girar las aspas de los molinos eólicos que jalonaban la carretera.
También hicimos una visita rápida a Delft, cuna del pintor Veermehr. Llovía ligeramente, lo que confería a la ciudad una luz especial, quizá como la que conoció el pintor, que tan magníficos cuadros nos dejó.




El hotel de Amsterdam estaba lejos de la ciudad, al contrario de lo que habíamos disfrutado a lo largo del viaje. Eso nos impidió poner el pie en la llamada Venecia del Norte ese mismo día y hubimos de contentarnos con verla a lo lejos.


En ese hotel alejado del centro y saturado de turistas vivió el Colega un segundo fiasco. Siguiendo su costumbre, antes de acostarnos, mientras yo leo las noticias en la habitación, preparo la ropa del día siguiente o repaso las notas él va al bar y toma un café y un coñac. En este caso pidió un armañac, por el que le cobraron 36 euros. Los tiene clavados en el corazón, indisolublemente unidos al nombre de la ciudad. Hasta tal punto que cuando en los primeros meses de 2023 el Rijksmuseum organizó una exposición de la obra de Veermehr, que a ambos nos gusta mucho, le propuse hacer un viaje a Amsterdam para verla y él se dedicó a poner excusas para no ir. No es necesario que pidas otro armañac, insistía yo. Ni por esas.

Empezamos la visita en grupo con un recorrido por los canales. Al contrario que en Venecia, en Amsterdam está permitido todo tipo de tráfico rodado: coches, autobuses, tranvías y bicicletas. Las bicis son las reinas de las calles, nos dice el guía. Y tiene razón, antes de dar un paso hay que mirar a todos los lados para evitar que te embistan.




Nos llaman la atención las casas flotantes de los canales, algunas decoradas con multitud de macetas, y la inclinación de las casas debida al asentamiento del terreno. Amsterdam se llamó inicialmente Amster dam, que significa presa del Ámstel, el río que atraviesa la ciudad. Existía ya en el siglo XII como una pequeña ciudad de pescadores. Su casco antiguo es Patrimonio de la Humanidad.



El corazón de la ciudad es la Plaza Damm, donde también está el Palacio Real y el famoso museo de cera de Madame Tussauds. Hay un tráfago permanente de gentes de todo el mundo. De aquí parten tranvías y autobuses que se distribuyen por toda la ciudad. En torno al obelisco toman posiciones los jóvenes turistas a liar un canuto o en inmensos botellones.



El ambiente es justo lo contrario en torno al Beguinaje, que aquí sigue vivo pues en sus casas siguen residiendo mujeres solas y autosuficientes, donde está la casa más antigua de la ciudad. El lugar invita a quedarse.


La Estación Central, otro punto neurálgico de Amsterdam, es como un ventilador de personas, entrando y saliendo para subir a un tren o bajándose de él. En la fachada hay dos mecanismos, uno mide el tiempo, el otro, el viento. Coincidimos allí con dos viejos roqueros que ofrecían un concierto al aire libre con canciones soul y rock sinfónico. Vivimos un momento mágico, que allí dicen lekker. Como volver a los años mozos. El Colega se emocionó y les compró un disco.




Habíamos llegado a Amsterdam con la ilusión de visitar el Rikjsmuseum, especialmente La ronda nocturna de Rembrant, a cuyo fin ya habíamos reservado entradas. Madrugamos y entramos entre los primeros, lo que nos permitió verlo con relativa tranquilidad. La ronda es en el Rikjs lo que la Gioconda al Louvre o las Meninas al Prado hasta el punto de que en una plazoleta le han dado cuerpo en bronce, con el que nos fotografiamos, como buenos guiris.


Con más sosiego pudimos contemplar los pequeños cuadros de Veermehr: La lechera y La mujer de azul, entre otros. Terminamos la visita tomando un café en el mismo museo, entonces recién rehabilitado.




La plaza de los museos, donde se levantan el Palacio de la Música, el Museo Van Gogh y el de los diamantes, además del Rikjs, es un compendio de armonía y belleza.



Yo también tenía interés en conocer el barrio de los provos, grupos que en los años 70 parecía que iban a cambiar el mundo. Aquellos jóvenes se han hecho fuertes en torno a una calle colorista pero ellos, como nosotros, hace tiempo que dejaron de ser jóvenes.


El barrio rojo, donde las mujeres se exhiben en escaparates, estaba a rebosar de gente muy joven, aunque lo visitamos a mediodía. Está expresamente prohibido hacer fotos a los escaparates. Con los coffe shops, donde se vende droga, eran la atracción turística de los jóvenes.


En los tres días que permanecimos en Amsterdam recorrimos la ciudad de norte a sur y de este a oeste. Visitamos el mercado de las flores, el museo de la ciudad, tomamos cervezas, comimos los dos solos en un restaurante del centro -The old dutch de Rozenboom- y, en una de esas, perdimos al grupo con el que viajábamos. Tuvimos que pedir prestado un móvil para encontrarnos porque el guía se había olvidado de nosotros.



Pasamos por delante de la casa de Ana Frank, hoy convertida en atracción turística, con colas que daban vuelta a la manzana. No entramos, nos daba la sensación de que era una forma de banalizar el mal que supuso el nazismo.

Descubrimos que las mochilas que cuelgan en algunos balcones junto a la bandera nacional indican que el estudiante de esa casa ha aprobado el curso. No pudimos comer un bocadillo de arenques, que nos apetecía mucho, por falta de oportunidad.


Con todo, el momento más emocionante del viaje lo vivimos en el Museo Van Gongh. En la duda de si tendríamos tiempo libre para la visita no habíamos sacado entradas. Así que de nuevo madrugamos para llegar pronto. Tanto, que en la primera planta estábamos solos disfrutando de las obras maestras del pintor, hasta el punto de que tuvo que hacernos la foto el vigilante. Salimos medio levitando.






Nuestra gira por Bélgica y Holanda fue divertida, un poco pesada en ocasiones por tener que acomodarnos al grupo, pero estimulante y reveladora de la importancia social que los Países Bajos y Flandes tuvieron durante la baja Edad Media y el Renacimiento.
Fotos: ©Valvar

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Brujas

Brujas -Brugge en neerlandés, Bruges en francés- es una ciudad belga que tuvo una etapa brillante en el medievo: fue el principal puerto europeo a orillas del río Djiver; hasta el siglo XV, un emporio manufacturero y comerciante. Cruzada por infinitos canales y unida por cientos de puentes -su nombre deriva del neerlandés brug, que significa puente-, la ciudad antigua es una sucesión de palacios, iglesias, lonjas, casas de gremios, Patrimonio de la Humanidad desde el año 2000.
Se sabe que Brujas comerciaba a través de sus canales ya en el siglo XI, hasta que la sedimentación cerró el canal de salida al mar. En 1134, la riada producida por las lluvias abrió de nuevo el canal Zwin hasta el Mar del Norte. Cuatro siglos después, el Zwin volvió a cegarse, arruinando el comercio exterior pero preservando su casco antiguo.



Brujas conserva tramos de su antigua muralla y edificios que hablan de ese pasado esplendor. El corazón la ciudad late en su Grote Markt, flanqueada por el palacio provincial, de estilo neogótico, y, sobre todo, la Torre Campanario del siglo XIII, cuyo carillón de 40 campanas sigue dando las horas a diario y, como el resto de torres, evoca el poder económico de las ciudades flamenca durante la Edad Media. En su origen era un observatorio desde el que se advertía de ataques o incendios, del cierre de la muralla o, más recientemente, del toque de queda, cuando la ciudad estuvo ocupada por tropas alemanas. Desde su punto más alto se contempla la red de canales hasta el mar, a condición de que se asciendan sus 336 escalones, lo que nosotros no hicimos.


En el centro de la plaza se alza la estatua de Jan Breydel y Pieter de Koninck, héroes locales que defendieron la ciudad contra las tropas francesas que la invadieron en 1302.


La plaza, llena de bares, restaurantes y chocolaterías, se comunica con otra igualmente monumental, la Burg. Por el Callejón del Asno Ciego se llega al antiguo mercado de pescado y al muelle medieval de mercancías que llegaban a través de Zeebrugger -literalmente, Mar de Brujas- y que enriquecieron a la ciudad. Por este puerto del Mar del Norte entraba la lana merina de Castilla y, una vez transformada en sus talleres, salían los famosos paños de Brujas.




Como visitábamos la ciudad en un viaje organizado en grupo, fuimos allí donde nos llevaron. En primer lugar, comimos en uno de los restaurantes de la Grote Markt, para dirigirnos enseguida al Minnewater -Lago de los Enamorados- donde tomamos una de las barcas turísticas que recorren los canales. Este lago fue el muelle de las embarcaciones que durante los siglos XIV y XV cubrían la ruta comercial entre Brujas y Gante. Hoy es un rincón placentero y hermosísimo, donde se celebran conciertos estivales.







El barco bordea el beguinaje -Begijnhof- fundado en el siglo XIII para acoger a las beguinas, mujeres laicas, solteras, viudas o con el marido en el ejército, que hacían vida retirada sin estar unidas por votos religiosos. Actualmente en las casas residen estudiantes y una comunidad de benedictinas.





Al igual que en Gante, también aquí destacan tres grandes torres. Además de la Belfort, la torre de la iglesia de Nuestra Señora y la de la catedral de San Salvador, obra del siglo XIII.


Nos hubiera gustado visitar el Museo Groeninge, con obras de los maestros de la pintura flamenca, pero no estaba incluido en el tour y no nos quedó tiempo para ir por nuestra cuenta.
La iglesia de Nuestra Señora es una construcción del siglo XIII, la primera iglesia gótica de ladrillo levantada en Flandes. Su interior es el exponente del esplendor medieval en la ciudad; guarda un lienzo de Miguel Ángel, una Madona, y los mausoleos del duque de Flandes y Borgoña, Carlos el Temerario, y de su hija, la duquesa María de Borgoña, muerta en Brujas en 1482, esposa del emperador Maximiliano de Austria, padres de Felipe el Hermoso, quien ordenó el traslado de los restos de su abuelo a este lugar. Los mausoleos góticos los representan tumbados, con las manos juntas y los ojos abiertos. Aunque ambos fueron duques por igual, a los pies de él se puede ver un león, símbolo de la fuerza; a los de ella, un perro, símbolo de la fidelidad. La torre mide 123 metros de altura.


No lejos de esta iglesia se encuentra la catedral de San Salvador, construida en el siglo XI como un pequeño templo románico, que ha sufrido cuatro incendios a lo largo de su historia, siendo remodelada después de cada uno de ellos. El resultado es una mezcla de estilos: románico, gótico, gótico florido y neogótico. En 1834 fue designada como catedral, construyéndose entonces la torre actual, de estilo neorrománico.

También visitamos la basílica de la Sangre, llamada así por guardar una reliquia de la sangre de Cristo, supuestamente recogida por José de Arimatea y traída desde Tierra Santa por el conde de Flandes, Teodorico de Alsacia. La iglesia tiene dos plantas, la inferior, dedicada a San Basilio, se corresponde con la obra románica del siglo XII. La reliquia se encuentra en la planta superior, de estilo gótico, reconstruida en los siglos XVI y XIX. Enfrente de esta basílica se encuentra el hospital Sint-Janshospital, del siglo XIII, tenido como el más antiguo de Europa.




En Brujas el chocolate lo invade todo pero no huele como en Bruselas. Callejear por la ciudad es una delicia, contemplando sus casa típicas de ladrillo y fachada triangular.




Cerca de uno de los canales nos encontramos con una escultura dedicada a Juan Luis Vives, humanista y pedagogo, judío valenciano, que se refugió en Brujas huyendo de la persecución a judíos y conversos durante el reinado de los Reyes Católicos. En esta ciudad se casó con Margarita Valldaura, de familia burguesa valenciana, aquí murió en 1540 y está enterrado en la iglesia de San Donaciano.Hay que señalar que cuando el humanista enfermó ella le sustituyó, recuperando e imprimiendo sus discursos, conferencias y apuntes. A su muerte en 1542 fue enterrada en la misma tumba que su marido, en cuya lápida se escribió: “Margarita Valldaura, dama de rara honestidad y en grado extremo semblante a su marido en dotes del espíritu, voz del sexo femenino, y a ambos unidos como siempre vivieron en alma y cuerpo y aquí entregados en la tierra, a la par los dos”. Me hubiera gustado haber podido visitar la tumba de esta mujer, “voz del sexo femenino”, pero tampoco estaba previsto en el itinerario del grupo. Ventajas e inconvenientes de los viajes organizados.


Brujas nos pareció una ciudad provinciana y tranquila. En sus calles abundan las imágenes marianas que llaman avemarías. En un poste publicitario nos encontramos un cartel de Adamo, cantante famoso en nuestra juventud, autor de canciones para bailar agarrao. No hay rincón de la ciudad que no sea hermoso. Se cuenta que durante la Segunda Guerra mundial el general alemán que ocupaba Brujas trasladó el frente fuera de la ciudad para salvarla de la primera línea de fuego.





Aunque rápida la visita, al menos hicimos noche en Brujas, lo que nos permitió pasear a la luz de la luna por una ciudad que hace honor a su nombre.




Fotos: ©Valvar

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Gante

Gante (Gent en flamenco, Gand en francés) es una ciudad belga que se encuentra en la confluencia de los ríos Escalda y Lys, situación a la que alude su nombre, derivado del término celta ganda, esto es convergencia. La ubicación no es ociosa pues en el río han encontrado los ganteses su riqueza, por el agua han entrado y salido las mercancías que los hicieron ricos y las piedras con las que levantaron sus casas y sus monumentos.



Basta recorrer las orillas de su puerto medieval, el Graslei, en la orilla derecha, y el Korenlei, en la izquierda, para intuir lo que fue la ciudad, que llegó a tener el privilegio de la comercialización de cereales, recibiendo un porcentaje de los que transitaran por su zona en concepto de impuesto.




Muchas de estas casas que se asoman al río acogían a los gremios, que han sido y son un poder fáctico en la ciudad. Las casas mantienen su prestancia exterior, debidamente rehabilitadas, pero el interior se ha adaptado a los usos de una ciudad moderna.




Testigo de la historia de Gante es su Castillo de Gravensteen, tercera de las fortalezas construidas en el mismo emplazamiento. Lo más antiguo del conjunto es la torre principal, levantada hacia el año 1000, que dominaba toda la ciudad. El conjunto fue construido en la segunda mitad del siglo XII. En el medievo representó el poder de los Condes de Flandes. Después ha tenido distintos usos, incluidos los de almacén, fábrica de algodón o cárcel municipal en el siglo XIX. Actualmente es uno de los atractivos turísticos de Gante. En su interior se ha instalado un museo sobre la vida en prisión y los instrumentos de tortura a lo largo de la historia. Cerca del castillo se encuentra el lugar donde se ejecutaban a los condenados por los condes.

En el corazón de Gante las torres miden el poder de cada quien, en un reto secular: la catedral de San Bavón (Saint Baafs), la iglesia de San Nicolás y la Torre Campanario.









La catedral se construyó en estilo gótico brabantino a partir de la primera mitad del siglo XIII sobre una iglesia románica anterior, obras que se prolongaron durante tres siglos. Su pórtico remata en una torre de 90 metros de altura. En el interior se conservan buenos lienzos de pintura flamenca y un buen coro, pero lo que llama la atención es el púlpito de madera y mármol y la estatua de San Bavón que preside el altar.
San Nicolás es una de las iglesias más antiguas de Gante. Se levantó sobre una anterior de estilo románico que se había incendiado en 1176. Como San Nicolás es el patrón de los comerciantes y dado que los mercaderes ganteses vivían una época de prosperidad, en la primera mitad del siglo XIII decidieron construir una iglesia más grande, ya en el estilo gótico conocido como del Escalda, por el uso de la piedra de color azul grisáceo de la zona de Tournai, a orillas de ese río y transportado por barcos hasta Gante. La iglesia, propiedad del gremio de comerciantes, tuvo que ser ampliada en el siglo XIV para poder sostener su enorme torre, utilizada también como campanario y vigilancia.



La iglesia de San Nicolás ha vivido tiempos azarosos. En 1556, grupos de protestantes, contrarios al culto iconográfico, destruyeron toda la ornamentación gótica. Cuando la Revolución Francesa llegó hasta Flandes utilizó la iglesia como caballerizas del ejército. En el siglo XIX el templo amenazaba ruina total pero los ganteses apostaron por su restauración, que aún sigue.


La Torre-Campanario -o Belfort- simbolizaba el poder de la ciudad medieval, tenía funciones de archivo documental, cuartel general y de vigilancia. Sus campanas advertían al vecindario de los ataques exteriores o de los incendios. Aquí se encuentra la campana Roeland, la más famosa de Flandes. En las cuatro esquinas de la torre vigilaban otros tantos soldados que cada hora hacían sonar sus cuernos, indicando que la ciudad estaba a salvo. La Torre es Patrimonio de la Humanidad, como el resto de campanarios de Flandes. Remata la Torre un dragón dorado, colocado en 1377.


Junto a ella se encuentra la Lonja de los Paños, otra de las industrias que enriquecieron a la ciudad.



Cerca también se encuentra el Ayuntamiento, entre los edificios civiles que compiten en justa lid con las construcciones religiosas.

La plaza principal de Gante es la Korenmarkt, que significa la plaza del grano, pues aquí se comerciaba el trigo y maíz que llegaba al puerto fluvial. A este lugar se abre la oficina de Correos, edificio señorial mezcla de gótico y renacentista.

El puente de San Miguel, a pesar de su aspecto medieval, es obra de comienzos del siglo XX.





Callejear por Gante tiene algo de inmersión en la Edad Media, con toda la prosperidad de una ciudad rica e influyente. Curiosamente, vimos pasar un tranvía que circulaba en dirección a Moscú. Sus tiendas de bordados son un auténtico primor. Cuenta también con un Teatro Real. Cerca de la iglesia de Santiago una concha indicaba que nos encontrábamos en el Camino, era como estar en casa.
Para los españoles Gante tiene el valor simbólico de haber sido cuna de Carlos de Habsburgo. Contra lo que pudiera creerse, la criatura no nació en Gravensteen -considerado demasiado medieval para los gustos de los nuevos condes-. El futuro emperador vino al mundo en el palacio de Prinsenhof, del que no se conservan restos. Era esta una construcción moderna para la época, con más de trescientas habitaciones, baños con agua corriente caliente y fría, grandes salones con tapices y pinturas y jardines. La princesa Juana de Castilla -hija de los Reyes Católicos- había quedado impresionada del lujo de la corte borgoñona y de la magnificencia de sus palacios. El 24 de febrero de 1500 los duques asistían a una fiesta en este palacio cuando Juana se sintió indispuesta, retirándose a una dependencia privada, llamada retraite, es decir, apartada o reservada. Por una traducción aproximada del término con frecuencia se interpreta que quien sería el príncipe más poderoso de su tiempo había nacido en un excusado.
El nacimiento fue recibido con júbilo en la ciudad, disparándose fuegos artificiales desde la Torre, que, según los cronistas del momento, se vieron a quince leguas de distancia. Fue bautizado el 7 de marzo de aquel año en la catedral de San Bavon. Nieto de los Reyes Católicos, por parte de madre, y del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Maximiliano de Austria, y de la duquesa María de Borgoña, por parte de padre, reinaría -junto con su madre- en España como Carlos I y sería coronado emperador como Carlos V.
Fotos: ©Valvar






