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Guimaraes

Tras la grata expriencia de Chaves seguimos camino a Guimaraes retomando la autovía que dejamos el día anterior. Nada que ver con las viejas carreteras que conocimos años atrás ni con las que describe Julio Llamazares en su libro sobre Tras os Montes. La modernización de Portugal es más que evidente.
Guimaraes es una población originada a partir del castillo mandado construir por Vimara Pérez, vasallo del rey Alfonso III, quien fue el impulsor de la repoblación de su reino. Del fundador tomará el nombre original de Vimaraes y el gentilicio de vimaranenses de sus habitantes -raramente guimaranenses-.


Empero, fue la condesa Muniadona Díaz quien vino a darle vidilla al lugar construyendo un monasterio en un terreno suyo, que luego se convirtió en colegiata, un escalón superior. A los nobles y monarcas debió gustarles el sitio pues empezaron a colmar de privilegios a la fundación de doña Muniadona, como consecuencia de lo cual el camino que unía el castillo y el monasterio, la Rua de Santa María, se convirtió en la calle principal de la población. Sigue siendo un apacible paseo. El conde don Henrique concedió a la ciudad el primer fuero nacional, hacia 1096.
A partir de ahí Guimaraes fue extendiéndose hacia abajo de manera que es fácil distinguir en ella sus estratos históricos: el castillo fundacional en lo alto, la ciudad medieval en la ladera y la ciudad moderna en el ensanche del valle. Nosotros optamos por empezar el reconocimiento de arriba a abajo, como los repobladores.



El castillo es una mole imponente, la primera impresión es que se trata de una insurgencia pétrea. La torre del Homenaje, de 28 metros de altura, data del siglo X y es la parte más antigua, está rodeada de siete torres cuadradas del siglo XV. En un lienzo de la muralla una placa recuerda los vínculos linguísticos luso-galaicos con frases de Pessoa y Castelao. Un cetrero con varios alcones ambientan el interior del castillo.


Muy cerca del castillo se conserva la pequeña iglesia románica de San Miguel, obra del siglo XII, en cuyo interior se conserva la pila bautismal en la que, según la tradición, fue bautizado Alfonso Henríquez, el primer rey portugués.


Enseguida se divisa el palacio de los duques de Braganza, obra del primer duque, en el siglo XVI. Su silueta y sus 39 chimeneas recuerdan a los palacios centroeuropeos. Rehabilitado como residencia presidencial en la etapa salazarista, guarda tapices, alfombras y mobiliario portugués. Actualmente está abierto al turismo.







Por el camino que dejó trazado doña Muniadona descendemos al centro histórico. La Rua de Santa María está plagada de pequeñas y exquisitas tiendas, flanqueada de hermosos edificios, entre los que se distingue el convento de Santa Clara, hoy ayuntamiento, hasta desembocar en la Plaza de Santiago y el Largo de Oliveira.



En la Plaza de Santiago, amplia, irregular y colorista, con sus casas antiguas, sus balconadas de madera y sus muchas terrazas, se siente el latir de Guimaraes. Comunica con Largo de Oliveira por unos arcos que sustentan una vieja casona de piedra del siglo XVI, que fue Palacio del Concejo.



La iglesia de Oliveira que se levanta a un costado y da nombre al lugar, ocupa el espacio del monasterio fundado por la condesa Muniadona. El rey Juan I mandó construir la iglesia en el siglo XIV para agradecer a la Virgen su protección en la batalla de Aljubarrota, ganado por los portugueses a los castellanos. Pasamos por alto la parcialidad y el favoritismo de la Virgen y admiramos la torre cuadrada de tres niveles, obra ya del siglo XVI.



Nos llama la atención un edículo gótico, el Padrao del Salado, del siglo XIV, que conmemora la Batalla del Salado donde los benimerines musulmanes fueron derrotados pos las tropas cristianas de Castilla, Aragón y Portugal. El crucero es donación de un comerciante local.



Deambulando por la ciudad llegamos a un cruce de avenidas: a la izquierda, la de Alberto Sampaio -artista que tiene aquí museo propio- de frente, el Largo de la República de Brasil, bulevar ajardinado que conduce a la iglesia de San Gualter, con fachada neobarroca del siglo XVIII y esbeltas torres del XIX, y a la derecha, la Alameda de San Dámaso, que conduce a la ciudad moderna. Cerca de San Gualter tomamos un teleférico que nos lleva al santuario de la Peña, desde el que se divisa la ciudad que se reclama cuna de la nación portuguesa, Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 2001.

Para descansar del paseo nos sentamos en uno de los cafés a la sombra de la iglesia de Oliveira sin percatarnos de que un equipo de televisión está rodando en la mesa contigua. El ruido que hacemos con las sillas interrumpe la grabación. Pedimos disculpas pero nos responden: La culpa es mía por invadir su espacio. Todavía sufrirán varias interrupciones, sin que nadie del equipo pierda la sonrisa. Nos queda la sensación de que hemos perdido más de lo que creíamos con la secesión del reino portugués. Dejamos Guimaraes con el recuerdo de la omnipresente doña Muniadona, un poco hechizados por el encanto y la belleza de esta ciudad y el deseo de volver.
Hemos vuelto nueve años después, en enero del 2023. En esta ocasión hemos entrado por Verín y a partir de Chaves, hemos seguido por la autovía que conduce a Guimaraes. Nada tiene que ver el paisaje que encontramos con el del viaje anterior, menos aún con el que describió Llamazares. Portugal es un país moderno, modernísimo en muchos aspectos, con una impecable red viaria.
Nos dirigimos a Braga pero hemos querido hacer una parada sentimental en esta ciudad de la que guardamos tan buen recuerdo. Sigue tan hermosa como la recordamos. Nos sentamos en la misma plaza y en el mismo bar que antaño, confortados por un sol inusualmente cálido, junto al Padrao del Salado.
Al irnos olvidamos colgada en la silla una cartera con la cámara pequeña de fotos. Volvemos al percatarnos y encontramos al camarero hablando por el móvil, con la cartera en la mano. Le contamos nuestro olvido y nos dice que estaba llamando al cliente que creía dueño de la bolsa. Disculpen por no haberme dado cuenta de que era suya, nos dice. Lástima que la cortesía no sea contagiosa.
Fotos: ©Valvar

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Chaves (Portugal)

Salimos de Bragança camino de Chaves con la intención de seguir la vieja carretera por la que transita Llamazares en su libro sobre Tras os Montes pero cuando nos damos cuenta estamos en plena autovía, que corre al sur casi en paralelo pero en un itinerario más largo. Sin embargo, a la vista de lo poco que se asemeja la descripción literaria con la realidad que estamos viendo, optamos por seguir por la autovía, que no resulta más breve pero sí más cómoda.
El itinerario alterna pequeños valles con altozanos y sierras en los que abundan viñedos y olivos, bosques y un caserío remozado. Vamos dejando atrás Mirandela, y en Vila Real tomamos el ramal que nos conducirá a Chaves, ciudad que administrativamente pertenece a la región de Tras os Montes y Alto Duero. El camino es ya una sucesión de valles hasta la entrada en nuestro destino.



Nos adentramos en una ciudad con avenidas bordeadas de arbolado y un caserío cuidado. Una ciudad risueña que se extiende por un cerro entre las sierras de Moros y Bruneiro, con una población de unos 20.000 habitantes, si bien el municipio, con sus 51 freguesias (parroquias), ronda los 50.000.
Chaves es una ciudad vieja. Los romanos llegaron hasta aquí en el año 78 de la era cristiana a explotar las minas de oro de la Sierra de Pradela y eligieron el lugar por los beneficios de sus aguas termales. Fue el emperador Flavio Vespasiano quien bautizó el asentamiento como Aquae Flaviae.


A los romanos deben, pues, los naturales de Chaves no sólo el gentilicio –flavienses- sino un magnífico puente sobre el río Támega, mandado construir por Trajano. Levantado entre los años 98 a 104, tiene una longitud de 104 metros y conserva doce ojos de los dieciocho que tuvo. En el centro, a un lado y otro de la calzada, se conservan dos columnas con inscripciones alusivas. Columnas y puente son los monumentos iconográficos de una ciudad bien dotada en patrimonio cultural. Las caldas, situadas en las inmediaciones del casco urbano, siguen siendo uno de los centros termales más importantes de Portugal y sus aguas se consideran las más calientes de Europa, por encima de 70º en su nacimiento.
Los romanos permanecieron aquí hasta el siglo III. Les siguieron los suevos, alanos y visigodos y, en el siglo VIII, los árabes. Tras la reconquista por Alfonso III de León se inició su reconstrucción y amurallamiento. Alfonso X concedió a Chaves sus primeros fueros en 1258 y don Denís levantó el castillo en el siglo XIV. En el siglo XVII continuó la fortificación con la construcción de los fuertes de San Francisco y de Neutel, en la parte alta de la ciudad, la colina de Pedisgueira. En 1929 fue declarada ciudad.


El fuerte de Neutel fue cuartel de las tropas francesas durante la invasión napoleónica de 1808 que los españoles llamamos guerra de la Independencia y los portugueses guerra Peninsular, donde tuvo una actuación destacada el general Silveira, cuya efigie sigue guardando la muralla desde el monumento que fue levantado con ocasión del bicentenario de dicha contienda.



El Fuerte de San Francisco ha sido acondicionado como hotel, alojamiento que elegimos un poco al azar y resultó una magnífica elección. Andando el siglo XXI tiene su puntito aparcar el coche en el patio de armas o cruzar el foso y el puente levadizo para salir a la ciudad.
Dentro del fuerte se conserva el viejo convento franciscano, donde hasta 1942 reposaron los restos del fundador de la Casa de Braganza. Parte de sus dependencias se han habilitado como salones de reunión y comedor del hotel. Se conjuga en ellas la sencillez conventual con el confort de un hotel de cuatro estrellas, unido a un servicio muy profesional.


El casco antiguo de Chaves merece un paseo con toda la calma. Cerca del puente romano se abre la Rua Direita que conduce al Largo del Pelourinho -equivalente a rollo jurisdiccional- y de ahí, torciendo a la izquierda, se llega a la Plaza de Camoens, verdadero corazón de la ciudad.


Visitamos la Iglesia Matriz, mandada construir en el 1100 por la reina doña Teresa, madre del primer rey de Portugal. De aquella época data su portada románica, el resto corresponde a la restauración acometida en el siglo XVI. Mira a la primitiva portada una estatua de don Alfonso, primer duque de Braganza, que aquí creó una de las primeras bibliotecas de Europa. A un lado de la plaza, en el antiguo palacio de los Duques de Aveiro se ha instalado el Museo de la Región Flaviense, que guarda tesoros locales del neolítico al barroco.

Otros edificios de esta plaza son la iglesia de la Magdalena y la capilla de la Santa Cabeza. Todo ello conforma un conjunto magníficamente conservado.
La plaza de Camoens es lugar de reunión de los flavienses pero cuando nosotros la recorremos durante un momento nos quedamos solos, lo que nos produce una sensación de privilegio difícil de olvidar.



A un paso en dirección norte se levanta el castillo, del que se conserva la Torre del Homenaje y una parte de la muralla. La zona ha sido ajardinada y en ella crece un enorme moral que en verano tiñe el suelo de moras maduras, que desprenden un fuerte olor al jugo fermentado. Hay que andar con cuidado porque la mancha de mora es difícil de eliminar y no es verdad que se quite con otra mora. La explanada del castillo es un extraordinario mirador de la vega y de las sierras que rodean la ciudad.


La Rua Direita y la de San Antonio conforman la zona comercial de la ciudad con hermosas y coloristas casas señoriales. Las Ruas do Sol y dos Gatos, estrechas y silenciosas, conservan casas medievales típicas con balconadas de madera. El instituto de secundaria lleva el nombre de Fernando de Magallanes, un tramontino de pro, y ocupa un edificio noble sobre la plaza Largo General Silveira.


Nos sentamos en una terraza de la plaza a descansar del paseo justo en el momento en que el grupo musical Enraizarte ensaya su actuación anunciada para la noche. Resulta que hemos llegado la víspera de la fiesta mayor de Chaves. Enraizarte es un grupo de folk realmente bueno, nos sentimos como si actuaran para nosotros solos y los aplaudimos con fervor. Pocas veces van a tener un público tan rendido.
Además de por su patrimonio histórico y artístico, Chaves es famoso por su vino tinto y por su jamón ahumado. Dispuestos a comprobar si el jamón –en portugués, presunto- flaviense hace justicia a su fama, entramos en una carnicería pero el carnicero, con la amabilidad que caracteriza a los portugueses, nos dice que él solo trabaja el jamón en fresco y nos conduce a una tienda próxima a la suya -la Boitique de Carnes, en la Rua 1 de Dezembro-Terreiro da Cavalaria- donde, en efecto, nos surtimos a placer.
De vuelta al hotel, cenamos en las dependencias del antiguo convento. Un verdadero lujo para el espíritu. Abandonamos Chaves con pesar, hubiéramos querido permanecer más tiempo, y ver la pedra bolideira (la piedra que baila), que Julio Llamazares encontró a cinco leguas de Lubuçao, por donde no pasa la autovía. A cambio, nos llevamos provisiones para rememorar los buenos recuerdos con los que partimos.




Fotos: ©Valvar

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Braganza

Tras-os-Montes es una provincia portuguesa situada en el noreste del país, lindando con las provincias de Zamora y Orense. Tradicionalmente ha pasado por ser una de las zonas más pobres y la menos poblada del país, emisora de emigración. En 1998 Julio Llamazares escribió “Tras o Montes, un viaje a Portugal”, que nosotros leímos en 2014, lo que nos dio idea de repetir el itinerario del escritor.
Partiendo de Burgos, llegamos a Puebla de Sanabria, donde tomamos la carretera ZA-925 y atravesamos la raya siguiendo por la N-103-7 que conduce a Braganza. La calzada está en buen estado pero el trazado parece obra de alguien bebido, una sucesión de curvas. Atravesamos la Sierra de Montesinho, un territorio boscoso con pueblos poco poblados, escenario propicio del antiguo contrabando, protector de los viejos y combativos maquis, a un lado y otro de la raya.
En los valles vemos castaños, viñas y olivos, de los que se extrae un aceite muy característico. En los pueblos, comparten espacio las viviendas tradicionales -idénticas a las de sus vecinos gallegos y astures- con las nuevas casas, muchas de ellas construidas siguiendo los modelos de países europeos, previsiblemente el nuevo lugar de residencia de los trasmontanos emigrados. Así y todo, la impresión general era menos dramática que la que emanaba del libro de Llamazares. Aunque lentamente, la región se iba incorporando a la modernización que estaba viviendo Portugal aprovechando la financiación comunitaria. Paramos para hacer fotos y vemos pasar varios turismos, dos furgonetas, una moto, una bicicleta y un autobús de viajeros.


A la entrada de uno de los pequeños pueblos que se suceden en el camino, vemos un gamo agazapado en la cuneta, el Colega aminora pero el animal, asustado, salta delante de nosotros. El Colega frena en seco y sale corriendo tras el animal, que se ha internado en el bosquecillo cercano, por ver si se ha herido. Yo salgo corriendo también, a ver si se ha golpeado el coche. Gamo y vehículo han salido ilesos del percance.
Bragança para los portugueses, Braganza para los españoles, es la capital de la comarca del alto Tras os Montes. Situada a 700 metros de altitud, su silueta se distingue en la distancia por el perfil inconfundible de su castillo. Estamos en la cuna de la última dinastía que gobernó Portugal, el ducado de Bragança.
En verdad, se trata de dos ciudades, bien entrelazadas pero distintas. La Brigantia de los celtas, convertida en Juliobriga romana (una de las ciudades así bautizadas en honor a Julio César) se convirtió en el medievo en castillo fortaleza desde la que se contempla la moderna, laboriosa y estudiosa Braganza actual, que recibe a los emigrantes que retornan y cada año acoge a cientos de estudiantes europeos que cursan su erasmus en el acreditado Instituto Politécnico.



La vida en la ciudad nueva gira en torno a la Plaza de la Sé. Además de la catedral antigua, cerca de ella se encuentran la iglesia de la Misericordia, el Solar de los Calaínhos, con nueve puertas y escudos de armas y el Solar de Veiga Cabral, actual Centro de Arte Contemporáneo. En algunas de sus numerosas rotondas se han instalado conjuntos escultóricos.



La amurallada ciudadela medieval se alza sobre una colina. Se puede acceder en coche hasta el interior del castillo, después de atravesar las dos puertas, primero la de San Antonio y luego, la de la Vila. Estamos en una construcción mandada erigir por el primer rey de Portugal, Alfonso Henriquez, en 1130. Su hijo, Sancho I, recuperó la ciudad, que había sido tomada por el rey de León, mejoró el amurallamiento y en 1187 construyó el Castillo. Por su cercanía a la frontera, el castillo sufrió grandes daños en los frecuentes enfrentamientos hispano lusos. Braganza jugó un destacado papel en las guerras napoleónicas.


El ducado de Braganza fue creado en 1442 por Alfonso V, para su tío Alfonso, que era hijo extramatrimonial del rey Juan I. La Casa de Braganza sería una de las más poderosas de Portugal y desde 1640, cuando el país se independiza de España, se sentaría en el trono portugués, hasta 1910, cuando se )proclamó la República.
Como toda fortaleza que se precie, también esta tiene su leyenda. La Torre de la Princesa tiene varias y todas hablan de mujeres de vida desgraciada. La más extendida se refiere a la princesa mora/cristiana encerrada en ella por haberse enamorado de un joven cristiano/moro. Otra recuerda a la infanta doña Sancha, hermana del primer rey de Portugal, que aquí sufrió el menosprecio de su marido, Fernão Mendes. Y una tercera habla de doña Leonor, hija del tercer duque de Medina Sidonia, casada con el cuarto duque de Braganza, quien la mantuvo presa en la torre porque para eso era el dueño. La torre tiene un aire sombrío, sea por el recuerdo de tanta desgracia o por la proximidad de la imponente Torre del Homenaje, con sus escudos de la Casa de Avis y sus ventanas geminadas.


Dentro también de la fortaleza encontramos un ejemplar de arquitectura románica civil del siglo XII, que se tiene por único en la península ibérica. Conocido como Domus Municipalis tiene forma de pentágono irregular y consta de dos espacios: en la planta baja, la cisterna o sala de agua, donde se recogían las aguas pluviales; en el piso superior un salón rodeado de ventanas es la casa de Cámara. Debe el nombre a haber sido Cámara Municipal (Ayuntamiento) de Braganza, aunque se desconoce cuál fue su función inicial. La fortaleza es Monumento Nacional desde 1910.


En una plazoleta arbolada junto al castillo se asienta una escultura de jabalí prorromana, quizá de la Edad de Hierro, que sirve de base a un Pelourinho o picota gótica. Las murallas tienen varios puntos de acceso y pueden recorrerse casi en su totalidad.


Entre que llegamos en un día laborable, que hemos madrugado y que los bragantinos parecen preferir la ciudad moderna, nos encontramos solos en la ciudadela. Entramos en una taberna con la pretensión de tomar café; no tiene café pero a cambio el tabernero nos ofrece una amable conversación sobre la vida en Braganza y una ginginha (licor de cerezas) elaborada por él mismo en un aparato que nos muestra. Las dos copas, un euro. En la pared cuelga un letrero que reza así: Yo soy un gran cristiano y rezo 15 misterios enteros para que Nuestra Señora me libre de los deudores. Pagamos religiosamente.

A medio camino de la ciudadela a la ciudad moderna se encuentra la pequeña iglesia de San Vicente, de origen románico, escenario, según la tradición, de la boda secreta de don Pedro con doña Inés de Castro, amantes de trágica historia, cuyos restos reposan en Alcobaça.
Nos pareció una buena manera de despedirnos de la ciudad de Braganza.
Fotos: ©Valvar

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Pedrosa de Tobalina

Pedrosa de Tobalina es un pueblo antiguo, hay constancia de su existencia en el siglo XI; en el XIV era una aldea dependiente de Frías, perteneciente a la Merindad de Castilla la Vieja. Hoy consta de dos barrios, el casco viejo, situado en lo alto de una colina, y el de expansión, que se extiende en la parte llana, cerca del río Jerea y de su famosa cascada. Nosotros venimos desde Burgos con el propósito de ver los relieves de la ventana románica de la iglesia de San Andrés y, de paso, dicha cascada.

La iglesia data de principios del siglo XIII, está en lo alto del pueblo y, de no ir advertidos, hubiéramos creído que nos habíamos equivocado puesó queda poco de su original románico, salvo una portada, semioculta en un pórtico de época posterior, y la susodicha ventana. Pero, qué ventana.


Abierta en el hastial de levante, consta de un arco de medio punto que se apoya en cimacios ajedrezados, que se apoyan en dos columnas con capiteles decorados con dos ángeles y una bola, el de la derecha, y una arpía y un dragón el de la izquierda.


Hasta ahí, todo dentro de lo normal. Lo original está en los fustes de estas columnas, por más que las tallas sean algo elementales, sin apenas volumen. A la derecha, vemos una Virgen coronada con el Niño en el regazo en actitud de bendecir con la mano izquierda, en la que porta una flor de lis. En el frontal de este fuste se aprecia un dibujo inciso de un ángel, como si el cantero hubiera dejado la obra a medio terminar. ¿No será una inscripción posterior, que nada tiene que ver con el original?, pregunta el Colega.


A la izquierda, un personaje vestido con túnica corta que porta algo en la mano, en actitud oferente.

La basa de las columnas se apoya en plintos sobre un alféizar decorado con taqueado. Recorre las jambas y la chambrana una orla de tallos vegetales que encierra lo que asemejan racimos de uvas. Junto a la ventana, una losa de difícil lectura que el historiador Inocencio Cardiñanos Bardecí tradujo así: “Pedro murió el 12 de agosto era de 1259 (año 1221), fray Juan murió el 19 de abril era 1260 (año 1222)”.
Todos los estudiosos coinciden en señalar la falta de recursos técnicos del cantero que trabajó en esta ventana. Seguramente tienen razón, pero el conjunto es tan sencillo e insólito que no sé si puede zanjarse sólo con una sospecha de impericia. Pienso en las muchas veces que tantos artistas, desde Joan Miró a Pablo Picasso, pasando por Van Gogh, fueron descalificados con argumentos parecidos. Puede que el cantero se pusiera creativo, se viniera arriba y hubiera querido ensayar el cubismo de su siglo, le comento al Colega. Puede, dice él sin prestar mucha atención.



Nos despedimos de esta ventana que mira al valle y nos encaminamos a la cascada. Mala suerte. El mirador instalado cerca de la carretera está cerrado por un desprendimiento. Bajamos a la orilla y comprobamos que la sequía de este año ha mermado el caudal del río dejando el salto de agua en dos chorrillos lánguidos. Otra vez será.
Fotos: ©Valvar

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San Pelayo de Valdazo

Cuando estás de suerte hasta las puertas de las iglesias románicas se te abren. Eso nos pasó el último Domingo de Ramos. Tras haber visitado la iglesia de Aguilar de Bureba, el Colega propuso seguir la excursión por la comarca hasta Valdazo, que no conocíamos. Retomamos la carretera a Briviesca y desde allí llegamos enseguida.

Aparcamos y subimos la pequeña cuesta que corona la iglesia de San Pelayo. Ponemos el ojo en su ábside y en la torre alternativamente y ya nos parece que ha valido la pena el viaje cuando por la portada aparece un señor dándonos la bienvenida. Acabo de abrir por si venía algún turista, nos dice. Me dispongo a aclarar que nosotros no somos turistas, pero el Colega se me adelanta muy cumplido dando las gracias y diciendo que estamos encantados y que hoy es nuestro día de suerte. El señor se queda unos minutos más y enseguida desaparece para no volver. Ni siquiera pudimos despedirnos.

De Valdazo sabemos que dependió del alfoz de Briviesca y luego pasó al dominio del poderoso monasterio de las Huelgas Reales de Burgos y que, además de la actual parroquia tuvo otra parroquial y dos ermitas, dedicadas a San Miguel y Santa Eulalia, respectivamente, que debieron desaparecer en el siglo XVIII o comienzos del XIX. San Pantaleón, obra de finales del siglo XII o comienzos del XIII, se recuesta sobre un desnivel del terreno en lo alto del pueblo, lo que da cierta sensación de esbeltez a la construcción, rematada por una torre que es lo más original del conjunto.



El ábside sigue el modelo de otras iglesias de la comarca -Los Barrios, Nava y Soto de Bureba, etc- articulado en tres paños separados por medio de dos haces de triple columna. Pero, al contrario que en algunas de esas otras iglesias, aquí los capiteles son rudimentarios. Uno de los capiteles muestra una figura humana rodeado de hojas y otro, un personaje en actitud de recogimiento al que dos animales, quizá leones, posan la mano en el rostro, acaso en actitud protectora, que evoca el pasaje del profeta Daniel en el foso de los leones.






Los canecillos que rodean el tambor absidal son igualmente rudimentarios, casi esquemáticos, rollos, cabezas antropomorfas y zoomorfas, un barril y una pareja en actitud considerada obscena, el onanista capado a su pesar.

En el muro sur se abre la portada compuesta de arco de medio punto y seis arquivoltas adornadas con boceles, puntas de diamante, flores y pequeñas bandas en zigzag que se apoyan sobre tres pares de columnas.

A la derecha de la portada, coincidente con una de las capillas abiertas en el primer tramo de la nave, ahora baptisterio, se abre una ventana con arco de medio punto, tímpano y chambrana de puntas de diamante. En el tímpano se distinguen tres semicirculos grabados, adorno que se repite también en la torre y en otras construcciones burgalesas y sorianas.


La portada está protegida por un pórtico gótico de tres arcadas y bóvedas de crucería.



En el interior, la nave está formada por tres tramos, el primero y más estrecho se corresponde con la torre, con cubierta de cañón apuntado, arcos formeros apuntados sobre columnas estregas al muro, con basa románica, fustes y capiteles decorados. El ábside semicircular se cubre con bóveda de horno. El retablo mayor, no muy grande, acorde con las dimensiones de la iglesia, es obra de Antonio Elejalde, con las imágenes de San Roque, San Pelayo y Santa Casilda. En el baptisterio se guarda una pila bautismal de copa lisa y base circular.


La torre parece algo descentrada respecto al eje del templo porque se levanta a un lado del primer tramo de la nave, directamente sobre sus muros. Es de planta cuadrada, formada por tres cuerpos, el primero de ellos con de arcos de medio punto en sus cuatro caras, partidos en dos por una columna, con capiteles decorados con motivos humanos, vegetales y geométricos, como los del tímpano de la ventana del muro sur. Los dos cuerpos superiores son más sencillos, el segundo con senillos arcos de medio punto y el tercero, de menor altura, perforado por cuatro saeteras.
No hay unanimidad sobre el origen de esta torre. Pérez Carmona sostiene que es anterior al resto de la fábrica, teoría que siguen otros estudiosos, pero los autores de la Enciclopedia del Románico creen que la iglesia se proyectó de nave única y cabecera semicircular y luego se le quiso añadir una torre elevada, como las que por entonces se habían levantado o estaban en construcción en el Valle de Valdivielso y en el Monasterio de Rodilla, y a la hora de llevarlo a cabo no supieron resolver los problemas estructurales del nuevo proyecto.

Sea como fuere, San Pantaleón de Valdazo es una curiosa y bonita iglesia rodeada de un caserío representativo de la arquitectura tradicional, con algunos ejemplares muy bien conservados y otros, ay, en riesgo de ruina.
Fotos: ©Valvar

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Aguilar de Bureba

El románico rural de Castilla es pobre. Esa pobreza se manifiesta en todos los ámbitos, empezando por su conservación, pasando por su defensa y siguiendo por su conocimiento. Hay pocos problemas en ver, previo pago de la entrada, la catedral vieja de San Pedro de Huesca, la Seo de Lleida, no digamos la de Santiago de Compostela. Otra cosa es conocer una iglesia de cualquier pueblo de eso que hemos dado en llamar la España vaciada. Las más de las veces hay que superar sucesivos muros cuasi impenetrables. El primero es encontrar alguien dispuesto a abrir la puerta. A veces por la negativa del cura o del obispo -tres veces hemos intentado ver el interior de la iglesia de Yermo, infructuosamente- otras veces por la simple razón de que no queda nadie en el pueblo para enseñarlo. Habrá que esperar que a alguien se le ocurra instalar algún sistema fiable de apertura, del tipo de Museos Vivos que proteja a la vez a personas visitantes y obra visitada.


Dos veces habíamos intentado, infructuosamente también, ver el interior de la parroquial de Aguilar de Bureba. El programa de la Junta de Castilla y León de apertura de iglesias en Semana Santa ni la contempla, a pesar de haber sido recientemente restaurada, suponemos que con su aportación. Acudimos el Domingo de Ramos de 2023 en horario de misa. ¡Eureka! La puerta está abierta. Dentro, varias mujeres se afanan en disponer y caldear la iglesia, que luce esplendorosa.

En verdad, de la iglesia de la Asunción de Nuestra Señora queda poco de su fábrica románica, levantada entre los siglos XI y XII. En los siglos XV y XVIII fue remodelada con arreglo a los gustos de esos tiempos dejando a la vista exterior solo su ábside y al interior, los magníficos capiteles del arco triunfal, que son el objeto de nuestro interés.
Entramos en la iglesia como los forajidos en el saloon de las viejas películas del oeste, empuñando las cámaras. ¿Podemos hacer algunas fotos?, preguntamos a una de las señoras que en esos momentos enciende las estufas distribuidas en los muros del templo. Pueden hacer las fotos que quieran, nos dice.



Me lanzo directamente al capitel del evangelio del arco triunfal, sobre cuyo significado no hay un criterio unánime. La siempre fiable Enciclopedia del Románico, la describe así en su web: “Sobre el capitel del lado del evangelio del triunfal se suceden dos escenas compositivamente diferenciadas pero que parecen corresponder a un mismo ciclo. En la cara que mira al altar vemos, ante una cabecita monstruosa bajo una roseta, un jinete tocado con yelmo y armado con escudo de cometa y lanza; ante él, un personaje a pie, barbado y vestido con saya larga, prepara una honda para dirigir el proyectil contra su oponente. En la cara que mira a la nave observamos otro jinete que alza su diestra portando un objeto irreconocible y sujeta las riendas de su montura, la cual con sus patas delanteras aplasta la cabeza de un contrahecho personajillo que yace en tierra. Ante el sometido se dispuso la figura barbada de un cautivo de larga melena que inclina levemente su cuerpo hacia delante, atado como está por sus manos a una especie de poyo. Esta escena es contemplada desde un balcón volado sobre ménsulas por dos figurillas, una masculina y otra femenina, dispuestas bajo arquillos en la parte alta de la cesta. El cimacio muestra un tallo ondulante con zarcillos, y en los ángulos una cabeza masculina barbada y una rugiente máscara felina”. Para el propio autor de la entrada, José María Rodríguez Montañés, “resulta dudosa la interpretación iconográfica de este curioso capitel más allá de reconocer que plantea sendas escenas de desigual combate y quizá consecutivo sometimiento, temas de compleja traducción, al menos con meridiana certitud, a un plano simbólico en cualquier caso no fácilmente identificable”, preguntándose si alude al “aplastamiento del infiel, o a la victoria de David contra Goliat”.

Sea cual sea el mensaje que el tallador quiso trasladar, es evidente su destreza a la hora de relatar escenas quizá propias de la época: la posición de poder de los señores, por encima de las minucias del mundo, ajenos al preso atado a la columna, al vencido sometido, al hombre preparando la honda. ¿Quiénes serían esos señores retratados en el capitel? ¿Los condes de Haro, quizá?
Porque esta población próxima a Briviesca tuvo en su momento más categoría que la capital de la comarca burebana, siendo Aguilar villa de realengo, esto es dependiente del rey, y Briviesca villa de señorío, dependiente de un condestable. Aparece citada ya en el año 947 en los Cartularios de Oña y en 1085 por su proximidad al río Anguilas, hoy conocido como Ronquillas. Situada bajo la protección de los Condes de Haro, uno de ellos, Lope Díaz de Haro, llamado Cabeza Brava, en 1227 asistió a la proclamación del papa Gregorio en calidad de embajador del rey Fernando III, de donde trajo los restos de San Guillermo. Para acoger esta preciada reliquia se levantó en Aguilar una iglesia dedicada a la advocación de San Guillermo de Aquitania.




Entretanto, el Colega se dedica al curioso capitel que remata la semicolumna meridional del fajón oriental de la nave: tres grandes anillos concéntricos en los que se inscriben una especie de rueda solar y dos grandes rosetas, separados por una cabeza de bóvido y una sonriente figura humana; en la semicolumna del muro norte el capitel es de hojas lisas en palmetas pinjantes.

En el capitel de la ventana de este muro hay un capitel con dragones enfrentados.

Tienen una iglesia muy bonita, comento a una señora que sigue azacanada disponiendo todo para la misa. ¿Ha visto qué retablo tan bueno tenemos?, me dice. Ya, ya, respondo. No soy muy inclinada al barroco, pero comprendo que estén orgullosos de esta pieza del siglo XVIII, que debió de costar una lana al pueblo.


Me gustan más los retablos laterales, dedicados a San Sebastián y a la Magdalena, respectivamente, obra de Antonio de Elejalde, pintados por Diego de Torres y Juan de Cea, valorados en 1580 en 27.000 maravedíes. Para ambos, Elejalde recurrió a variaciones de la traza utilizada en Carrias, leo en la web de Aguilar de Bureba, modelo de información útil y amena.
Cuando salimos de la iglesia nos topamos con un hombre joven que llega apresuradamente con una carpeta en la mano, con todas las trazas de ser el sacerdote que ha de oficiar la misa de Ramos. Fray Valentín de la Cruz, cronista que fue de la provincia, recordaba que en 1960 Aguilar de Bureba era el primer pueblo de la diócesis en número de religiosos y religiosas, que en 1983 alcanzaba al 10% de su población. En 2022 su censo registraba 51 habitantes, 32 hombres y 19 mujeres.







Todavía damos una vuelta al ábside para contemplar sus canecillos, algo deteriorados. La espadaña de tres pisos y cinco ventanales ocupados por campanas se recorta majestuosa contra el azul de la mañana soleada. Es obra del siglo XVIII, como el pórtico que protege su portada. La iglesia es monumento histórico artístico nacional desde 1983.
Nos dirigimos al coche mientras los feligreses van entrando en la iglesia. Un niño empuña una pequeña palma de la que cuelgan varios hilos y dos caramelos. Que no comas más dulces te he dicho, deja alguno para luego, le reprende el padre. Verdaderamente, por más que se modernicen las formas sociales hay liturgias que permanecen.
Fuentes: Enciclopedia del Románico. Aguilar de Bureba
Ayuntamiento de Aguilar de Bureba ç
Fotos: ©Valvar

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San Martín de Piérnigas

Las grandes catedrales de románico son una maravilla, es verdad, pero te plantas junto a una ermita románica sola en medio del campo y sientes como un nudo de emoción. Si quieres hacer la prueba y ya conoces San Pedro de Tejada no tienes más que presentarte en Piérnigas. Ni siquiera tiene ornamentación que te distraiga, es un edificio de piedra de sillería, sólido y austero, pero elegante, con un ábside, una espadaña, un óculo y una portada. Una belleza casi abstracta, entre la tierra y el cielo, con el horizonte como punto de fuga.

Llegamos a Piérnigas por Briviesca, tomando primero la carretera CV-632 y luego la BU-V-5104 que conduce al pueblo; allí hay que tomar la dirección al cementerio y enseguida se divisa la mole de San Martín.
Hemos visto una foto cenital estupenda en el fb de Enrique del Rivero y nos las prometíamos tan felices pero al llegar entendemos que esa foto o está hecha con ayuda de drom o Enrique tiene la capacidad de volar, que también es posible. En vista de que no tenemos drom ni disponibilidad alguna de emular a Diego Martín Aguilera el Colega -que es ágil- trepa a un ribazo un poco más alto que la pequeña explanada en la que se levanta la ermita.
Teniendo en cuenta que esta zona fue repoblada entre los siglos XI y XII, se cree que la iglesia puede datarse un siglo después. De hecho, en un documento de donación del monasterio de Oña de 1254 aparece como testigo un Martín, abbat de Piérnigas.



Es una construcción de planta basilical, de una sola nave, presbiterio recto y cabecera semicircular. Me planto en el hastial occidental, donde se abre la portada, tan simple como el resto del edificio, formada por un arco apuntado y abocelado, rodeado de tres arquivoltas, igualmente aboceladas. Sobre ella se abre un óculo tetralobulado, que ilumina el templo en la tarde, mientras que una saetera abierta en el eje del ábside permite el paso de la luz de la mañana. A cada lado de la saetera, dos aspilleras separadas por contrafuertes.


También los muros norte y sur de la nave están recorridos por contrafuertes, que aportan sensación de verticalidad a la ermita. La espadaña se levanta sobre el arco triunfal, compuesta de dos pisos con dos troneras en cada uno. En su estructura recuerda a la de San Fagún de Los Barrios de Bureba, excepto que esta remata a piñón y en la de San Martín, si existió el remate ha desaparecido.

La iglesia permanece cerrada pero sabemos que el interior se cubre con bóveda de cañón en la nave, con dos arcos fajones en apean en pilastras semicruciformes y un arco triunfal muy reforzado para soportar el peso de la espadaña. Nos sorprende que el tejado sea de lastras de piedra y no de teja árabe, como es habitual en esta tierra.
La ausencia de cualquier ornamentación y las marcas en algunos sillares de la pata de oca, signos de cantería del Temple, ha inducido a algunos estudiosos, incluido el historiador burgalés Luciano Huidobro, a relacionar la ermita de San Martín con la Orden de los Templarios. U elemento que aumenta el halo un poco mágico de la iglesia.

Hemos venido en una apacible y suave mañana de domingo y estamos solos en el lugar hasta que por el camino aparece un centauro motorizado que llega hasta la explanada y se apea de la moto tamaño XL. Cuando se quita el caso comprobamos que no es centauro sino un hombre joven del tamaño de un armario ropero. Buenos días, saluda el Colega. Pero el ex centauro o no le oye, o sí, pero no responde. Saca de la coraza de cuero un móvil y de un salto se planta en el ribazo. Le vemos hacer unas fotos del edificio y, con el mismo sigilo que ha llegado, se va.
Lo mismo es un templario que viene a inspeccionar su ermita, le digo al Colega. A lo mejor, responde él, con su proverbial escepticismo.
Fotos: ©Valvar

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Roda de Isábena

De Roda de Isábena se pregona que es el pueblo más pequeño de España con catedral románica propia, la más pequeña también y la más antigua de Aragón. Es todo eso y mucho más.
Sobre esta población sabemos que tuvo una catedral levantada sobre los restos de una antigua fortaleza, que en el año 908 fue destruida por un ataque musulmán, que su primitiva catedral fue reconstruida tras la toma por los cristianos, que los siglos XI y XII son los de mayor esplendor de la población y que inicia su declive con la conquista de Lleida, en 1149.
Como otros muchos visitantes, nosotros acudimos al señuelo de su excatedral, designada sede de la diócesis ribagorzana cuando el Condado de Ribagorza se independizó. Su primer obispo, Odesindo, la consagró en 957 a San Vicente Mártir. En 1006 las tropas de Abd al-Malik saquearon y destruyeron Roda y apresaron al obispo Eimerico.
Reconquistada por los cristianos, encargan la construcción de una nueva catedral a un equipo de maestros lombardos, a los que luego sustituyen maestros navarros. La iglesia se consagra en 1035 bajo la advocación de San Vicente y San Valero. El Condado de Ribagorza pierde su independencia cuando lo conquista Sancho Garcés de Navarra y Roda de Isábena pierde su condición de sede episcopal en favor de Barbastro, al ser esta conquistada por los cristianos. Tras la conquista de Lleida, Ramón Berenguer IV traslada la sede episcopal a esta ciudad.
En el 1068 el rey Sancho Ramírez restaura la sede de San Vicente en Roda y la dota para que se establezca en ella una comunidad de clérigos, dotación que en 1135 aumentará el rey de Aragón y obispo electo de Roda, Ramiro II el Monte. En 1185 consta la existencia de una comunidad de agustinos.
Durante los siglos XII y XIII continúan las obras en la catedral rotense. En 1198 el rey Alfonso II el Casto la concede el privilegio de salvaguarda; en 1234 el obispo Berenguer de Erill consagra el altar mayor dedicado a San Vicente; en 1257 el papa Inocencio IV confirma sus privilegios y autonomía; en 1257 la toma bajo su protección el rey Jaime I el Conquistador; en 1295 el prior Arnau Pons reorganiza la vida comunitaria y el patrimonio de Roda.
Podría suponerse que después de semejante trajín la concatedral -ahora también cenobio agustino- y la población recuperarían cierta tranquilidad. Suposición errada. A finales del siglo XVI, los bandoleros expolian la catedral. En 1628 el obispo de Lleida Pedro Antonio Serra aprovecha la visita pastoral para llevarse reliquias y joyas. En 1641, durante la guerra de los Segadores, las tropas francesas se dan al pillaje. En 1709, en la guerra de Sucesión, los partidarios del archiduque Carlos asaltan la población. En 1787 el obispo de Lleida, Jerónimo María de Torres, seculariza al cabildo de Roda, reducida a colegiata, reconociendo, no obstante, la concatedralidad, junto con Lérida. No concluyen sus desgracias. Entre la Desamortización del siglo XIX y el robo del XX, a cargo del tristemente famoso Erik el Belga, diezmaron el patrimonio que aún guardaba la antigua catedral.


Hoy es un núcleo amurallado eminentemente turístico, de calles estrechas, con casas de piedras y pasadizos, incluido en la red de Pueblos más Bonitos de España, rodeada de un paisaje montañoso de las sierras de Esdolomada, el Chordal y Sís, las estribaciones pirenaicas. Pertenece al municipio de Isábena, de la comarca de Ribagorza, provincia de Huesca.

Como el tráfico de coches está prohibido en el casco urbano, aparcamos junto a la muralla y subimos la cuesta que, en un paseo corto nos conduce a la plaza, frente a la catedral. La cabecera triabsidal de románico lombardo que tenemos ante nosotros es obra de los primeros años del siglo XI. Sus ábsides están decorados en la parte superior con una franja de arquillos ciegos, debajo de los cuales se abren ventanas abocinadas de arcos de medio punto que iluminan el interior de la iglesia. El ábside norte está reconstruido, después de que fuera destruido para construir una sacristía.



Junto al ábside sur en el siglo XVIII se levantó una torre -en sustitución del campanario románico original- y un pequeño atrio con cinco arcos de medio punto. De este lienzo sur lo más destacado es su portada de acceso, obra del siglo XIII, formada por un arco de medio punto con seis arquivoltas con baquetones y guardapolvos decorado con puntas de diamante, que apean en columnas con capiteles que representan escenas bíblicas y de la Natividad.




El interior de la iglesia se distribuye en dos espacios bien definidos, la cabecera y las naves, de tres cuerpos separados con cornisas; la nave central con bóveda de cañón apuntado y las laterales con bóveda de arista.

El presbiterio y el altar se elevan mediante tres criptas situadas a diferente altura. La más conocida de ellas es la central, al mismo nivel del suelo de la nave, a la que se abre por tres arcos de medio punto. Edificada en torno a 1125, es conocida como de San Ramón, obispo de la sede de Roda entre los años 1104 a 1126, y al que también se deben las iglesias de San Climent y Santa María de Tahull, entre otras.



Ocupa el centro de este espacio el sarcófago del santo, labrado en piedra con escenas de la vida de la Virgen, la infancia de Jesús y del mismo santo. En el frente, la Anunciación, Visitación, Nacimiento de Jesús y Adoración de los Magos; en el lateral derecho, la Huida a Egipto y en el izquierdo, San Ramón.

Una segunda cripta, conocida como Sala del Tesoro, se encuentra bajo el presbiterio y los primeros tramos de la nave norte. Es una pequeña nave de bóveda de medio cañón y cabecera semicircular. Una arqueta esmaltada alberga los restos de San Valero. Cubren las paredes pinturas murales del siglo XIII, bien conservadas. En la bóveda, un Cristo en Majestad con el Tetramorfos; más abajo se extiende un calendario agrícola. En los muros laterales, el bautismo de Jesús y un San Miguel pesando las almas, con un diablo tirando de la balanza para condenar, infructuosamente, el alma del enjuiciado.


La cabecera de la iglesia está situada en alto, se accede a ella por una escalera situada en el lado de la epístola. Hay que fijarse bien en el frente del altar, los cuatro ángeles portan los prótomos -la representación plástica- del Tetramorfos.


En el ábside cuelga un Calvario, de buena factura, copia del original románico que destruyó un incendio durante la última guerra civil. La talla de San Juan, a la derecha, es la única salvada de aquel siniestro.


En 1979 la iglesia fue víctima de destrozos y de un importante robo por parte de Erik el Rojo, del que se han recuperado algunas piezas, entre ellas la conocida como silla de San Ramón, de principios del siglo XII, pieza de gran valor, única en España. Está tallada en madera de boj, con motivos de animales fantásticos. Este tesoro se expone en el pequeño Museo Diocesano, ubicado a los pies de la nave, donde también se puede ver la mitra, el guante y el calzado que portaba el obispo en su enterramiento, y varios textiles funerarios de entre los siglos X al XII, todo ello conocido como el “ajuar de San Ramón«.

Desde la iglesia accedemos al claustro, obra del siglo XII, de planta cuadrangular y arcadas de medio punto, sobre las que corre una banda de ajedrezado jaqués. Desde este espacio se accedía al refectorio y a la sala capitular. Un aljibe ocupa el centro del espacio ajardinado.



Los capiteles están decorados con motivos geométricos y vegetales, dos con formas animales, algo toscos. Nos sorprenden las muchas inscripciones funerarias que ocupan los cimacios y salmeres -primera dovela de piedra utilizada en un arco adintelado o escarzano-. Son el recuerdo de quienes habitaron este lugar en los siglos XII al XIX.
La pequeña capilla de San Agustín, a la que se accede desde la sala capitular y desde el exterior, se cree que fue el oratorio del antiguo castillo de los condes de Ribagorza. En su interior se guardan pinturas murales del siglo XII.


Al claustro se puede acceder desde la iglesia, como hemos entrado nosotros, o desde el exterior, por la puerta que entran quienes desean comer en el restaurante en que se ha convertido el antiguo refectorio. Este restaurante lo es también de la Hospedería de Roda , perteneciente a la red de hospederías de Aragón.

El refectorio conserva también pinturas originales, es un lugar muy sugerente para comer, pero nosotros optamos por el espacio habilitado en el propio claustro, rodeados del silencio sólo interrumpido por el piar de los pájaros. Fue una experiencia de esas que se guardan en la memoria de los momentos dichosos.
Antes de marchar recorremos sus murallas y contemplamos el palacio del Prior, mandado construir en 1525 por el prior Pedro Agustín. Entre que estábamos en junio de 2021, surfeando una de las últimas olas del covid, y que era un día laborable, paseamos casi solos por las calles y solos también nos despedimos de este hermoso lugar, finalmente en paz.
Fotos: ©Valvar

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Peñíscola y el Papa Luna

Hace muchos, muchos años entrevisté al pintor Néstor Sanmiguel que, aparte de cosas sustanciosas sobre arte, me dijo que para sentirse vivo necesitaba ir al mar al menos una vez al año. Cosas de la juventud, aquello me pareció una boutade de artista. Una glaciación después, ahí vamos el Colega y yo despepitados hacia el mar con excusa o sin ella.

Nos encaminamos hacia Peñíscola con una parada en El Grao a comer arroz en El Galeón. Damos una vuelta por el puerto para bajar la comida y seguimos camino. La costa levantina, singularmente en el territorio que corresponde a la Comunidad Valenciana, ha sufrido un deterioro urbanístico terrible, lo que constatamos a un lado y otro de la carretera y corroboramos al llegar a Peñíscola, tan hermosa y tan mal tratada.

Visitar en temporada baja estos lugares turísticos tiene la ventaja de que no hay agobios de gente y la desventaja de que muchos de los servicios están cerrados. Hemos reservado en el Hotel Porto Cristo, uno de los pocos que están abiertos, en primera línea de la playa norte, con buenas vistas sobre el Castillo. Nuestra sorpresa al llegar es que nuestra habitación es con vistas al muro de otro hotel que, si estuviera abierto, podríamos darnos la mano con sus ocupantes. Nos aseguran que no pueden darnos otra habitación porque está todo ocupado. Ya es mala suerte, viajar a media semana de marzo y que el hotel esté lleno, protesto por lo bajinis.
Pelillos a la mar, salimos a pasear por el casco antiguo de Peñíscola, casi desierto a esa hora, excepto por un grupo de jubilados encabezados por una guía vocinglera, que los apremia a llegar al autobús. No es extraño que los turistas escojan este lugar para pasar sus vacaciones o establecerse. No hacen otra cosa que seguir la estela de los ilercavones, fenicios, griegos, cartagineses, romanos, bizantinos y árabes, que aquí se asentaron desde antiguo. Su emplazamiento como península fortificada por la Naturaleza y la bondad de su clima son motivos harto suficientes.



Peñíscola fue musulmana entre los años 718 a 1233, cuando pacta su entrega a Jaime I. En 1251, el rey desatenderá los pactos firmados con los musulmanes, les quitará sus bienes y propiedades y se los entregará a los cristianos. La población conocerá ya entonces un primer despegue económico y demográfico.

En 1294 Jaime II cedió la plaza a la Orden del Temple. Desde ese año y hasta 1307 Berenguer de Cardona, maestro de la Orden en Aragón, y Arnaldo de Banyuls levantaron un nuevo castillo sobre los restos de la fortaleza árabe y sobre los sólidos cimientos de la roca que conforma la península, 64 metros sobre el nivel del mar. Fue la última fortaleza templaria, pues en 1312 el papa Clemente V firmó la disolución de la Orden.
Un siglo después el castillo se convirtió en sede pontificia por obra y gracia de Pedro Martínez de Luna, Benedicto XIII, más conocido como el Papa Luna, uno de los protagonistas del Cisma de Occidente, quien, al ser desautorizado, abandonó Aviñón y en julio de 1411 se autoexilió en Peñíscola. Desde el imponente castillo templario dirigió y administró la parte de la iglesia católica que seguía su mandato, emitió bulas, escribió tratados, discutió con los papas de la otra facción, defendió sus derechos y escribió “El libro de las consolaciones de la vida humana”. Murió con 96 años, el 23 de mayo de 1423, y sus partidarios eligieron a Gil Sánchez Muñoz, aragonés como él, con el nombre de Clemente VIII quien acabó renunciando al cargo en 1429, terminando así el cisma. Peñíscola pasó entonces de sede pontificia Peñíscola a villa de realengo del reino de Valencia.




En el siglo XVI Carlos I y Felipe II dotaron al castillo medieval de un sistema defensivo renacentista, fortificación encomendada a Victoriano Gonzaga, en la vertiente norte, y a Bautista Antonelli, en la parte levante. Este refuerzo defensivo es conocido como Parque de Artillería, una zona ajardinada entre el castillo y el mar.
En la Guerra de Sucesión Peñíscola se declaró partidaria del candidato Borbón, lo que le valió, por un lado, permanecer dos años sitiada por las tropas inglesas partidarias del candidato austríaco, y, por otro, que el vencedor Felipe V le concediera beneficios fiscales, y la declaración de Muy Noble, Leal y Fidelísima Ciudad.




En memoria de aquel sitio el gobernador militar de la ciudad, Sancho de Echevarría, construyó la iglesia de la Virgen de la Ermitana, lo que explica la abundancia de motivos militares que adornan su portada. La imagen original de la Patrona desapareció al comienzo del levantamiento militar de 1936, para que no faltase la imagen de la Virgen en las fiestas patronales en 1939 se hizo una copia en escayola, que es conocida como la Camarera. Desde 1953 recibe culto en el altar mayor una nueva imagen.
Peñíscola sufrió grandes daños durante la francesada. Actualmente forma parte de la red de Grupos más Bonitos de España.



Nosotros entramos a Peñíscola por la Puerta de San Pedro, mandada construir por el Papa Luna, cuyo escudo permanece en una de las dovelas del arco. Se entre por donde se entre no queda más remedio que remontar cuestas sucesivas hasta alcanzar el castillo. Remontamos tras sucesivas pausas para disfrutar del paisaje.

Así llegamos a la Casa de las Conchas, el resultado del ingenio de una familia, Timoteo y Justa, y sus hijos Agustín, Gloria y Joaquín, que, para subsistir, decidieron convertir su casa en atractivo turístico cubriendo la fachada con conchas y abriendo junto a ella una tienda de recuerdos.


A la hora que llegamos el Castillo ya ha cerrado. El Papa Luna, en cambio, permanece inmutable en su trono, atendiendo las cuitas de quien le visita. La escultura de bronce -de dos metros de altura y 700 kilos de peso- es una más que digna obra de Sergio Blanco -el cantante del dúo Sergio y Estíbaliz- instalada en noviembre de 2007. El lugar evoca la frase evangélica de tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia.

La ciudadela es un imponente balcón sobre el Mediterráneo. Mirando detenidamente el horizonte creemos ver una imagen fantasmal, ni barco ni isla. Preguntamos y nos indican que es la estructura del Proyecto Castor, el fallido depósito de gas natural que provocó movimientos sísmicos en la costa, razón por la que fue suspendido proporcionando una sustanciosa indemnización a sus promotores, entre los que se encuentra Florentino Pérez como socio mayoritario. De ahí no saldrá nada pero la deuda vamos a pagarla nosotros, nuestros hijos y nuestros nietos, nos dicen. Con razón nos parecía una imagen fantasmal.


Paseando por los jardines del Parque de Artillería encontramos dos cañones que parecen apuntar a la estructura fantasmal. Alejamos los malos pensamientos contemplando el ir y venir de una pareja de gaviotas que miran ora al castillo del Papa Luna, ora al mar, como meditando acerca de la mutabilidad de las cosas de este mundo.




Mientras el sol se esconde tras la cercana y sobreedificada montaña, damos la vuelta a la península casi solos, lo que resulta un verdadero placer. Su fotogénica belleza ha hecho de Peñíscola escenario de varias producciones de cine, entre las que se recuerdan Calabuch (1956) y París Tombuctú (1999), ambas dirigidas por Luis García Berlanga, o El Cid (1962), por Anthony Mann, y de series de televisión, como Juego de Tronos o El Ministerio del Tiempo, escenarios que se han convertido en un interesante itinerario callejero.



A la mañana siguiente repetimos el trayecto hasta llegar al Castillo, que aún no ha abierto, en invierno abre de 10,30 a 17,30. La entrada, 3,50 euros los jubilados. Recorremos las instalaciones, bien conservadas y acondicionadas, especialmente este año que se cumple el VI centenario de la muerte del Papa Luna.



El faro de Peñíscola se recuesta en el Castillo.




Desde el patio de armas se accede a las dependencias: salón gótico o de audiencias, cuyo carácter de lugar virtuoso se aprecia en la alternancia de sillares blancos y negros; casa del agua o cisterna, donde estuvo la rebotica; iglesia, dedicada a la Virgen y a los Reyes Magos; y sala del cónclave, la antigua bodega donde fue elegido el sucesor del Papa Luna. Una escalera en el ala sur conduce a las dependencias papales. Emociona pensar que en este sencillo lugar trabajó y escribió, y quizá debatió consigo mismo, don Pedro Martínez de Luna, “el gran aragonés de vida limpia, austera, generosa, sacrificada por una idea del deber”, como reza una lápida en su Castillo.
Fotos: ©Valvar

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Alquézar

Alquézar es una población de la comarca del Somontano, en Huesca, cuyo nombre, del árabe al-Qasr, significa fortaleza. Alude al castillo levantado en el siglo IX por el califa Jalaf ibn Rasid como parapeto de Barbastro ante los ataques cristianos. Está declarada Conjunto Histórico-Artístico, forma parte de los Pueblos más Bonitos de España y recientemente la Organización Mundial del Turismo le ha elegido como uno de los 32 mejores pueblos turísticos del mundo.


Mientras preparábamos el viaje el Colega no paraba de predicar sobre las maravillas de la Sierra de Guara; por mi parte, pasaba revista a las bailarinas del Maestro de Agüero para compararlas con la Salomé de uno de los capiteles que se conservan en el castillo-colegiata, además de fotografíar a la Santísima Trinidad, esculpida en el mismo lugar. A medida que nos aproximábamos el paisaje parecía empeñado en demostrar que el Colega estaba en lo cierto, incluso que quizá se había quedado corto. Realmente, los cañones de Guara son impresionantes.


Como viene siendo habitual en los lugares de turismo cultural, el tráfico rodado está prohibido en el núcleo urbano. En TODO el núcleo urbano. El Ayuntamiento ha dispuesto aparcamientos para turismos y autobuses en dos puntos de acceso a la villa, uno arriba y otro abajo. Nos apeamos del coche y constatamos que las vistas son magníficas. Nada hay en su caserío que desentone, fotogénico total. Solo una pega, desde el primer aparcamiento el castillo se ve lejos, al otro extremo de la población y se intuyen cientos de cuestas. Yo no llego hasta allí, le advierto al Colega. Claro que llegas, responde él, animoso. Viva, no creo, aviso.
A un mozuelo que pasa le pregunto si los ancianos no estamos eximidos de la prohibición del tráfico y responde que en Alquézar, salvo los vecinos, en coche no entra ni dios. ¿Cuántos jubilados han muerto en el trayecto?, insisto. Ninguno, contesta el chico, muy digno. Pues a lo mejor inauguro yo la lista, comento. No exagere, desde aquí parece más de lo que es, ya verá como es un paseo muy bonito, me anima. Empiezo el camino rezongando que esto es un plan para acabar con el jubiladato y ahorrarse las pensiones, pero el Colega solo piensa en llegar al mirador de los cañones del Guara y ni me oye.



Atravesamos la puerta de la muralla y vamos callejeando por intrincadas rúas medievales flanqueadas por casas de piedra muy bien conservadas. Muchos de los bajos están ocupados por tiendas de productos típicos de la comarca, de artesanía y recuerdos. Nos llama la atención una piedra con dos siluetas de calzado grabadas. Procede del taller de un zapatero y estas eran las plantillas del calzado que gastaban los alquezranos.


Al cabo de un rato de agradable paseo nos topamos con una muralla de piedra en cuya cima se asientan los muros de la colegiata. Esto no es un castillo, esto son los Apalaches puestos de punta, le digo al Colega, que sigue sin oírme y ya ni me mira, embelesado como está en el mirador sobre los cañones.
Mientras vuelve en sí, aprovecho para releer que Alquézar fue conquistada hacia 1067 por Sancho Ramírez. Bautizada como Castrum Alqueçaris, el rey la concedió fueros y privilegios. De las murallas de ese tiempo quedan algunos tramos, una torre albarrana y las ruinas de una torre cuadrangular. La fortaleza fue perdiendo valor militar cuando la reconquista va alejándose hacia el sur, acrecentándose entonces su importancia religiosa. En 1099 Sancho Ramírez fundó aquí una comunidad de agustinos dependiente de Roda de Isábena. Durante los siglos XII y XIII la población aumentó considerablemente, debido en parte a los muchos árabes convertidos al cristianismo, lo que obligó al caserío a expandirse fuera del recinto amurallado.




La colegiata románica también resultó insuficiente ante este crecimiento demográfico, por lo que en el siglo XIV se levantó una nueva, ya tardogótica. De la primitiva construcción queda solo un fragmento del claustro. En los muros del claustro se conservan frescos con escenas del Nuevo Testamento, realizados en los siglos XVI y XVIII.


Cuando el Colega vuelve en sí la colegiata sigue allá arriba. No hay ni escaleras automáticas ni ascensor, solo una pendiente matadora bajo un sol que empieza a calentar. Con el pensamiento puesto en los capiteles de la Trinidad y de la bailarina y la cámara a cuestas tomo el camino con el mejor ánimo del que soy capaz. Ese mismo camino, que debe servir en las escuelas militares para explicar el concepto de posición inexpugnable, es el que recorren cada año miles de jubilados. Si el muchacho ha dicho verdad y en la subida no se han producido bajas no cabe duda de que somos una generación resistente.
A mitad de la cuesta le informo al Colega que puede estar a punto de quedarse viudo pero, sea porque no le desagrada la idea, sea porque va abstraído, no se da por aludido. Cuando hago cumbre estoy sin aliento y a punto de deshidratación, me lanzo hacia una fuente sin saber si el agua es potable o no.


Mientras esperamos el turno para entrar en la Colegiata descubrimos la torre de la muralla que es el esconjuradero de Alquézar. Construido en el siglo XVI y recrecido en el XVIII, está abierto a los cuatro vientos. Desde este lugar se conjuraban a las tormentas para que no descargaran sobre los sembrados. Por entonces se creía que las tormentas estaban provocadas por las brujas, de hecho, en documentos de la Inquisición se recogen las confesiones de la bruja Dominica la Coja asegurando haber conjurado una gran granizada con cantos y bailes, orinando en el suelo y lanzando el barro al cielo. En el siglo XVIII los esconjuradores de la Colegiata bendecían diariamente los campos y conjuraban las tormentas tañendo las campanas e invocando a Santa Bárbara.


Entramos por fin en la Colegiata, obra reformada en 1525, según los planos de Juan de Segura, el mismo arquitecto que realizó la catedral de Barbastro. El acceso turístico al monumento se realiza directamente al claustro. Es un claustro de forma trapezoidal, del que solo la panda norte es románica original del siglo XII, si bien con la arquería modificada. Tampoco los capiteles respetan el orden cronológico de las escenas.


El primero de ellos, empezando por el este, representa el sacrificio de Abrahám en el momento en que el Ángel le ordena matar a Isaac;



le sigue el capitel de la consagración de la colegiata, en el que aparecen San Pedro y San Pablo y el obispo San Ramón de Roda bendiciendo a los asistentes;



adosado al machón central se encuentra el famoso capitel de la Trinidad -una sola figura con tres cabezas humanas- en el momento de la creación del primer hombre (o mujer, que no se distingue bien); cuatro ángeles formando mandorla con Adán en posición horizontal semejando una cruz.

Al otro lado del machón, el Arca de Noé, un barco que más parece un crucero, con departamentos para las aves, los cuadrúpedos y la familia noética.



Le sigue el capitel del Génesis: la tentación de Adán y Eva, la expulsión del Paraíso y Caín y Abel.



Finalmente, mi capitel, el banquete de Herodes, el baile de Salomé y la decapitación de San Juan Bautista. Compruebo que el cantero de Alquézar nada tenía que ver con el Maestro de Agüero pero no deja de emocionar el trabajo de los constructores románicos, su labor didáctica y el arte con que la desarrollaron. Algunos de estos capiteles conservan aún la policromía original.
Todos los visitantes que han entrado en nuestro turno han pasado a la Colegiata mientras yo sigo peleándome con el sol que a estas horas cae casi en vertical formando unos claroscuros que no hay manera de conseguir una buena foto de los capiteles. No podemos esperar a que el sol se mude de posición porque la visita dura media hora improrrogable, así que disparamos la cámara a lo que salga.


Entramos, por fin, a la iglesia. Además de su valor monumental, destaca en su interior el retablo mayor de madera dorado policromada, dedicado a la Virgen María, el órgano del siglo XVI, que pasa por ser una de los más valiosos de Aragón y un precioso Crucificado conocido como Cristo de Lecina, con rasgos románicos y góticos.





En el segundo piso, añadido al claustro original, se ha dispuesto un pequeño museo, con algunas obras interesantes, incluida una Sagrada Familia atribuida a Murillo. El Colega aprovecha la atalaya para contemplar el paisaje.


El descenso es menos trabajoso pero igual de arriesgado que la subida pues la piedra es lisa y resbaladiza. Que sepas que la fortaleza se conquistó gracias a una mujer, le digo al Colega. Subiría en andas, ironiza él. Subiría como pudiera pero, una vez arriba, descabezó al gobernador, respondo.
Según la leyenda, por esa manía que desde tiempo inmemorial tienen algunos hombres de medir su poderío en carne femenina, el gobernador de la plaza exigía a los cristianos de alrededor el pago de un tributo en doncellas. Harta de la situación, una doncella de Buera al servicio del gobernador maquinó con los cristianos un plan para acabar con el mandamás. Cuando esta se quedó a solas con el jefe, previamente adormecido con sus artes, sacó un puñal que había escondido en su peinado a modo de peineta y le rebanó el cuello. Seguidamente, mojó su pañuelo en la sangre del difunto y lo mostró por la ventana, señal que esperaban los cristianos para atacar el castillo. Los musulmanes, desconcertados y sin jefe, montaron sus caballos y se arrojaron por los acantilados para evitar ser apresados por los atacantes. Se cuenta que en noches de viento desde los acantilados aún se escuchan los gritos de los guerreros muertos y el relinchar de los caballos. Así que ve con cuidado en los cañones, bromeo.



Terminamos la visita a Alquézar comiendo cerca de la iglesia de San Miguel, desde donde se divisa el Castillo allá a lo alto. Como está, realmente.
Fotos: ©Valvar



