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Lovaina

Dos cosas nos llamaron la atención en Lovaina: la magnificencia de sus edificios y la sencillez y amplitud del beguinaje, donde se acogían las mujeres que querían vivir solas, en una forma de vida precursora del feminismo.
Lo primero que hay que tener en cuenta al llegar a Lovaina es que su nombre es Leuven, para los flamencos, y Louvain para los francófonos belgas. La mayoría de los carteles e indicativos remiten a Leuven. Estamos en la capital del Brabante flamenco, en la región de Flandes.




Luego, hay que recordar que aquí está la universidad católica más antigua del mundo, la Katholieke Universiteit Leuven, KULeuven, fundada en 1425. Es también la universidad más grande de Bélgica, con alumnos de más de cien nacionalidades, muchos de ellos con becas erasmus, apelativo que aquí viene como anillo al dedo pues Desiderius Erasmus Roterodamu, humanista más conocido como Erasmo de Roterdam fundó en 1517 en esta ciudad el Collegium Trillinguae (latín, griego y hebreo), la primera escuela de lenguas clásicas del mundo. (En verdad, erasmus es el acrónimo de European Region Action Scheme for the Mobility of University Studens, buscado para hacerlo coincidir con el viejo Erasmo). Una placa recuerda que en esta Universidad impartió docencia Juan Luis Vives, valenciano de familia judía , razón por la que había tenido que huir de España. Vives fue amigo de Erasmo. La Universidad Católica de Lovaina se ha duplicado recientemente para atender las reivindicaciones flamencas.




De Lovaina se decía que era una ciudad de estudiantes y beguinas. El dicho es hoy una verdad a medias pues si, efectivamente, la mayoría de sus residentes son estudiantes, las beguinas son un recuerdo del pasado. Estas eran mujeres independientes que se retiraban de la vida social, sea por haber quedado viudas, porque sus maridos estaban en la guerra o porque no querían contraer matrimonio. Vivían en comunidad, no necesariamente con votos religiosos ni de manera permanente. El Gran Beguinaje o Beaterio llegó a agrupar más de 300 viviendas, está declarado Patrimonio de la Humanidad y actualmente sus instalaciones sirven de alojamiento a profesores y estudiantes universitarios.


A poco que te dejes llevar por Lovaina acabas en la Oude Mark, la Plaza Vieja, también conocida como la mayor barra de bar de Europa por estar ocupada por una sucesión de bares con terrazas casi siempre llena de gente bulliciosa dispuesta a saborear una de las muchas y ricas cervezas belgas, cada una de las cuales requiere de su vaso específico. La cerveza local es la Stella Artois, que tiene aquí su sede.




Un poco más allá de la Oude Mark se encuentra la Grote Mark, la Plaza Mayor, donde se levanta como un cofre recargado de un enmarañado encaje de piedra blanca la joya de Lovaina: su ayuntamiento gótico. Se empezó a construir en el siglo XV y se acabó en el XIX. A lo largo de estos siglos se fueron incorporando estatuas de personajes ilustres y escenas bíblicas, hasta un total de 236.


Frente al ayuntamiento, la iglesia de San Pedro, construida en el siglo XV es estilo gótico tardío en el lugar ocupado antes por una iglesia románica, cuyas torres se cayeron por un incendio. El proyecto contemplaba una torre de 170 metros pero por problemas de cimentación se quedó en los 50 metros. Las vidrieras y el color blanco de su decoración contribuyen a aportar una gran luminosidad al interior. En el campanario, llama la atención un gran reloj dorado con un campanero que se mueve al compás de la sonería.

Los vecinos de Leuven se sienten orgullosos de su biblioteca. Se asegura que llegó a guardar 300.000 documentos. Durante la primera guerra mundial sufrió grandes desperfectos y la pérdida de importantes fondos medievales y renacentistas. Durante la ocupación alemana en la segunda guerra mundial la biblioteca volvió a arder y de nuevo fue reconstruida. Fue reconstruida con ayuda de Estados Unidos. En agradecimiento, el carillón de su torre tiene 48 campanas, tantas como estados continentales estadounidenses.

Ante ella, en una amplia plaza se alza una especie de aguja en cuya parte superior hay una enorme mosca ensartada. Se trata de un regalo que la Universidad Católica de Lovaina (KULeuven) hizo a la ciudad en el 2000, al cumplirse el 575 aniversario de su fundación. La composición se llama Totem y es obra del artista belga Jan Fabre, escultor, guionista y escenógrafo iconoclasta. La mosca de Lovaina/Leuven/Louvain.

En esta universidad se había licenciado uno de mis amigos de infancia: el escritor Manolo Arandilla, que solía hablarnos mucho de su etapa estudiantil. Ni por asomo podía pensar entonces que en Lovaina celebraría mi 66 cumpleaños, brindando con una riquísima cerveza de frambuesa,.
Fotos: ©Valvar








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Malinas

La que nosotros conocemos como Malinas y los belgas llaman Mechelen es una ciudad primorosa, con casas y calles bien cuidadas. Como ya habíamos descubierto en Bruselas, también aquí comprobamos la preeminencia de lo civil sobre lo eclesiástico, a pesar de la grandeza de su catedral, que es sede del cardenal primado de Bélgica.




El corazón de la ciudad gira en torno a su Grote Markt -Gran Mercado, Plaza Mayor–, donde extiende su sombra la imponente torre de la catedral de San Romuldo, de casi cien metros de altura, con un carillón de 49 campanas. Esta torre y sus 56 campanarios belgas son Patrimonio de la Humanidad desde 1999. Se puede acceder a la cúspide si se está dispuesto a ascender 514 escalones. La construcción de la catedral se prolongó entre los siglos XIII a XVI en gótico bravantino, con remodelaciones posteriores, una de ellas obligada por un incendio.
Hay que tener cuidado a la hora de hablar de incendios ante los malineses, apodados “apagalunas”. El apodo se debe a que en 1687 un vecino que, al parecer, había bebido más de lo conveniente, dio la voz de alarma de que la torre de San Rumoldo estaba ardiendo. Allí acudió el vecindario en tropel provistos con cubos de agua para apagar el fuego, para comprobar que el incendio no era sino el resplandor de la luna en el campanario.




El interior de la catedral es igualmente gótico con el altar y el coro barrocos. La impresión es de grandiosidad, mide 118 metros de largo. En Malinas y en casi todas las iglesias flamencas que visitamos encontramos púlpitos barrocos, generalmente tallados en madera y muy decorados, quizá herencia de la Reforma.



En el otro extremo de la Plaza del Mercado se levanta el ayuntamiento, formado por dos edificios: la Lonja de los Paños y el Palacio del Consejo Superior. Cerca de ellos encontramos una escultura que representa un manteamiento, el Opsinjoorke. Según nos contaron, es la reminiscencia de una fiesta antigua durante la que las mujeres manteaban a sus maridos borrachos.


Es imposible conocer en una sola jornada una ciudad tan interesante como Malinas, de manera que apenas pudimos ver su beguinaje, que, como todos los de Flandes, es Patrimonio de la Humanidad.




Al margen de su atractivo turístico, nosotros teníamos interés por conocer el vínculo de Malinas con la familia de la reina Juana I. A ella, que aquí dio a luz a su hija Isabel, se la recuerda poco. Las vip del lugar son las dos Margaritas, de York y de Austria. Ambas dejaron huella indeleble en la ciudad.
Margarita de York (1446-1503), tercera esposa de Carlos el Temerario, duque de Borgoña, abuelo de Felipe el Hermoso, se retiró a Malinas al enviudar y convirtió la ciudad en centro cultural, político y social de Flandes.
Margarita de Austria (1480-1530), duquesa de Austria, hermana de Felipe el Hermoso, estaba llamada a ser reina de España por su matrimonio con el príncipe Juan, único hijo varón de los Reyes Católicos, pero enviudó seis meses después del enlace, en 1497, y se volvió a Flandes. Secundando los intereses del padre, Maximiliano de Austria, en 1501 casó con Filiberto II, duque de Saboya, muerto tres años más tarde.
Inteligente y culta, con 24 años, viuda y sin hijos, se trasladó a Malinas, convertida en tutora de sus sobrinos, los hijos de Felipe y de Juana, cuando estos fueron llamados a gobernar Castilla tras la muerte de Isabel la Católica. La historia jugó en contra; Felipe murió tres meses después de haber sido coronado; Juana acabó encerrada en Tordesillas hasta su muerte, ocurrida en 1555, víctima de la ambición de poder de su marido, de su padre y, finalmente, de su hijo.



Ese hijo, Carlos de Habsburgo, y sus hermanos, Leonor, Isabel y María, fueron educados por su tía Margarita en la pequeña corte que esta había creado en Malinas. Inculcó en sus sobrinos el amor al conocimiento y ella misma fue mecenas de las artes y las ciencias, introductora del Renacimiento en los Países Bajos y Flandes. El palacio que mandó construir es hoy Palacio de Justicia.

En el ámbito político, tras la muerte de su hermano, Margarita fue regente de los Países Bajos, cargo que ejerció con prudencia y conocimiento. En 1529 negoció en nombre de Carlos I la llamada Paz de Cambray o de las Damas con quien había sido su cuñada, Luisa de Saboya, que representaba a su hijo, Francisco I de Francia. En Malinas la encontró la muerte; le sucedió en el gobierno de los Países Bajos su sobrina María. Una escultura suya preside la Gran Plaza de Malinas.


El recuerdo de los descendientes de la desventurada reina Juana sigue presente en la ciudad, donde su cerveza más popular es la Gouden Carolus, que toma el nombre del emperador Carlos, gran aficionado a ella. Sin salir de la Gran Plaza, en la fachada de uno de sus bellos edificios cuelga un escudo , rematado con el Toisón de Oro de Felipe II, que por aquí anduvo siendo aún príncipe de Asturias.
Fotos: ©Valvar

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Aulnay de Saintonge

San Pedro de Aulnay de Saintonge es un ejemplo cabal de la arquitectura románica poitevina. Edificada en el siglo XII, es famosa por la riqueza de la decoración esculpida en su cabecera o en cualquiera de sus dos extraordinarias portadas. Situada a 40 kilómetros de Saintes, se encuentra en la Vía Turonense del Camino de Santiago y es monumento histórico desde 1840.

El Camino de Santiago es, entre otras muchas cosas, un itinerario monumental construido a lo largo de los siglos, con destacada presencia de iglesias románicas, un estilo que se nutre en mayor o menor proporción de influencias árabes, bizantinas y romanas. Durante los siglos XI, XII y XIII, miles de canteros trabajaron en tierras que hoy identificamos como Alemania, Italia, Francia y España, imprimiendo su propia seña local, sin perder la unidad de una corriente artística fundamentalmente religiosa. Por su valor arquitectónico, entre otras razones, desde 1998 el Camino de Santiago es patrimonio de la Humanidad.
En aquellos primeros siglos los peregrinos caminaban a Santiago por razones de fe, para purgar sus pecados o saldar sus condenas. Hoy, cientos de miles de peregrinos lo hacen por motivos diferentes, no siempre religiosos. Todos ellos transitaron y transitan por una ruta plagada de arte.
Queriendo aprovechar el tiempo, llegamos a la colegiata de San Pedro en Aulnay de Saintonge a primera hora de la tarde de un día soleado, que no es el mejor momento para conseguir buenas fotos. En cualquier caso, no hay cámara capaz de captar el encanto de este edificio, ubicado actualmente en las afueras del pueblo, junto a un cementerio merovingio, rodeado de jardines y arbolado. Fue mandado edificar por los canónigos de Poitiers entre los años 1130 y 1150. Verdaderamente, se esmeraron.

No sabemos por dónde empezar. Mientras el Colega se dirige a la puerta sur, yo decido empezar por el camposanto. Me gusta visitar los cementerios de los lugares que visitamos, cuando ello es posible.


En el centro del de Aulnay se alza una cruz hossannaire del siglo XV. Este tipo de edículos funerarios, también conocidos como cruz celta, fueron construidos entre los siglos XII al XVI y son abundantes en el oeste francés, donde subsisten un centenar de ejemplares. Se distinguen de las linternas de los muertos en que carecen de sistema de iluminación. Suelen alcanzar los diez metros de altura, una columna generalmente cilíndrica y labrada apoyada en una grada circular de piedra y rematada en una cruz.


La fachada oeste en ese momento recibe el sol da plano. Me apoyo en una de las tumbas antiguas para saborear esta imagen y grabarla en mi memoria. Es una fachada típica del estilo poitevino, flanqueada por dos linternas con una portada central intensamente decorada. La piedra blanca refulge, iluminada por la fuerza del sol a esa hora.

Destaca sobre el conjunto la torre campanario, que se levanta sobre el crucero. Es una construcción posterior, aligerada ya en los siglos del gótico.

En el interior, sorprenden algunos animales exóticos como elefantes, junto a pasajes bíblicos, como Dalida cortando el pelo a Sansón o Caín y Abel y escenas de la vida cotidiana.






La portada sur se abre en el brazo del crucero con cuatro arquivoltas muy decoradas. En la exterior se distingue un abundante bestiario. En la siguiente se despliegan 31 ancianos -incluidos los 24 del Apocalipsis- tañendo instrumentos musicales. En la tercera, 24 personajes portan libros y frascos de ungüentos; se identifican con los apóstoles y los profetas. En la arquivolta inferior, seis series teriomóficas -figuras de animales con anatomía parcialmente humana o representación humana parcialmente animal-.




La fachada oeste está ordenada como un arco de triunfo romano: una puerta central en cuyas arquivoltas se distinguen un zodiaco; combates entre las virtudes -representadas como guerreros- y los vicios -seres monstruosos-; ángeles y las vírgenes necias y prudentes.


Flanquean la puerta dos arcos ciegos dotados de tímpano. El de la derecha está dedicado a la crucifixión de San Pedro; el de la izquierda muestra a Cristo triunfando sobre la muerte entre San Pedro y San Pablo.



Los ábsides de la cabecera son un despliegue total de canecillos, con personajes diversos, algunos atrapados entre tallos. Decididamente, se necesitaría un mes entero para disfrutar tranquilamente de San Pedro de Alnay.








Tan embelesada estoy que no me he percatado de que hace un rato largo que no veo al Colega. Me encamino de nuevo al cementerio, desde donde lo veo ilustrando a un señor desconocido sobre las figuras de la portada. Si quieres, puedes pedir la plaza de guía y nos quedamos a pasar la temporada, le digo. No me contesta, pero me mira con cara de estárselo pensando.

Fotos: ©Valvar

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Arthous y Sorde-l’Abbaye

Arthous y Sorde son dos abadías inicialmente románicas situadas en la vía Turonense del Camino de Santiago. Aunque han perdido algo de la importancia que tuvieron, bien merecen una visita.
Esta fue nuestra última parada en nuestro periplo románico francés del verano de 2023, resistiéndonos a terminar un viaje que tan buenos momentos nos había regalado. En el límite del macizo boscoso de las Landas al sur de la ciudad de Dax y al este de Bayona, tomamos un desvío de la carretera para acercarnos a la abadía de Santa María de Arthous, situada en el término de Hastingues.


Fue fundada en 1167 por canónigos premostratenses con dependencia de la abadía de Case-Dieu. Dos eran los objetivos de esta fundación: evangelizar la zona y controlar en lo posible una zona conflictiva por las guerras entre el Bearn, Gascuña y Navarra. En la Edad Media y hasta el siglo XVI gozó de la prosperidad que le proporcionaban sus tierras, lo que le permitió influir en la vida religiosa y civil de la zona.
Como muchas otras iglesias fue duramente atacada en la guerra de los Cien Años (1337-1453) entre franceses e ingleses, la guerra entre Francia y España (1523-1526) y las Guerras de Religión (1562-1598) entre católicos y hugonotes, que destruyeron las dependencias monacales. En el siglo XVII se reconstruyó lo destruido y la abadía intentó recuperar su bonanza. Empero, en 1791, en plena la Revolución, el monasterio contaba con solo tres frailes. La abadía fue vendida y acabó convertida en granja.

Para salvarla de su ruina, en 1955 la iglesia fue declarada monumento histórico, que en 1969 se amplió al resto de dependencias, iniciándose un proceso de restauración. En 1964 fue adquirida por el Consejo Departamental de Las Landas, instalándose un museo arqueológico con obras de la prehistoria, la época galorromana y la Edad Media.
Toda la suerte que hemos tenido a la hora de acceder a las iglesias que hemos visitado hasta ese momento, se nos acabó al llegar a la última etapa. Cuando llegamos a Arthous hace diez minutos que ha cerrado sus puertas al público.






Nos conformamos con contemplar el exterior de la iglesia, que no es poco. Esta cabecera triabsidal que contemplamos es la parte más antigua de la fábrica, levantada entre los siglos XII y XIII. Sus 59 modillones y nueve capiteles, figurados la mayoría y en buen estado, son extraordinarios. Se distinguen claramente entre ellos dos mujeres con serpientes, Adán y Eva, la serpiente y el árbol de la vida distribuidos en sendos canecillos, la huida a Egipto, un músico con dolio y otro con fídfula, hombres desnudos y animales diversos. Los escultores quisieron rendir homenaje a los monjes de la abadía retratándolos portando piedras, se supone que para la construcción, y con instrumentos de culto.



En el muro a poniente queda una puerta románica bastante dañada. Ha desaparecido un tímpano que tuvo con la representación de la Adoración de los Reyes Magos y parte de su estructura. Quedan dos columnas con sus capiteles en los que se distinguen serpientes enroscadas, helechos y una cesta con un personaje.



En el muro norte queda otra puerta que comunicaba la iglesia con el desaparecido claustro, que se encuentra en mejores condiciones pero que no pudimos ver. El interior de la iglesia es de una sola nave de más de 30 metros de longitud. Perdió su bóveda de crucería en 1925, que han sido restaurada en madera. Nada queda del claustro ni de las estancias monacales.
La antigua abadía se encuentra al borde de una carretera departamental, la D119, con la única compañía de una edificación que bien pudiera ser la del guarda. Al poco de llegar nosotros ha salido un coche, que suponemos de la persona que atiende a las visitas, estamos solos contemplando diez siglos de la historia de la arquitectura religiosa, de las órdenes monacales y de la historia de Francia.
El lugar invita a permanecer, pero seguimos camino hacia la vecina Sorde-L’Abbaye, donde vamos a alojarnos. Se trata de un pueblo típico del Camino de Santiago, que se extiende a uno y otro lado de la carretera, con casas bajas de buen aspecto. La información del lugar dice que cuenta con 642 vecinos, pero, acaso porque el fin de semana se había metido en lluvia, nosotros no alcanzamos a ver ni media docena.
No nos había resultado difícil encontrar el alojamiento que habíamos reservado, la casa rural Aroha: era el único disponible en varios kilómetros a la redonda. Había visto algunas fotos en su web y le había preparado al Colega para disfrutar de un lugar con encanto. Empero, al contemplar la fachada de la casa me pareció que quizá me había excedido. A él, siempre animoso, le pareció un lugar acogedor.

Acertaba, una vez más. Todo fue acceder al portalón y tener la sensación de que nos adentrábamos en una casa señorial de una familia acomodada de un siglo atrás. Se apreciaba el buen gusto y el esmero de quien gestionara el hotelito. Recorremos la planta baja sin encontrar a nadie.
A ver si hemos llegado a una casa encantada, le digo al Colega, que me mira con cara de no empecemos. Al cabo de un rato baja una señora rubia y agraciada, July, dándonos la bienvenida. Permítanme que les enseñe primero la casa, anuncia. El jardín muestra los efectos de la lluvia. Me ha arruinado todas las rosas, se lamenta July. Nos transmite la sensación de ser recibidos más como amigos que como clientes.

Admiramos el buen gusto y los cuidados hasta el mínimo detalle de la casa. De las cuatro habitaciones que tiene el hotel, nos ha asignado la habitación violeta. Es bonita y acogedora. Sobre el tocador hay unos dulces que dejamos intactos. Todavía estoy arrepintiéndome. Nos cambiamos y salimos a visitar la abadía benedictina de San Juan Bautista, razón por la que estamos en Sorde.


Fundada en el siglo X por donación del duque de Gascuña, Guillermo Sancho, en la Edad Media la abadía disfrutó de una economía boyante que le proporcionaban los peregrinos y la explotación de los salmones de los ríos cercanos Gave de Pau y Oloron. Resultó semidestruida en una guerra en 1060. En 1290 quedó bajo la protección del rey de Francia, por acuerdo entre el abad, el senescal de Toulouse, la abadía y el pueblo.
Aunque la abadía estaba entonces amurallada, en 1569 fue incendiada durante las guerras de religión, salvándose la cabecera de la iglesia del siglo XII, la torre campanario del X y el palacio abacial. Las dependencias abaciales, que habían sido derruidas, fueron reconstruidas por los benedictinos en el siglo XVII y restaurados en el siglo XIX. Hoy, la antigua abadía pertenece y es gestionada por las autoridades locales.




La iglesia, actualmente parroquia, es un templo de cruz latina en la que se mezclan estilos -románico, gótico- y materiales -piedra, ladrillos- sin mucho orden y en regular estado, resultado de la azarosa y secular existencia. Al exterior, conserva la cabecera de tres ábsides, recrecidos y alterados.

En el brazo norte del transepto se abre una puerta tardorrománica de arquivoltas decoradas pero tan deterioradas que resulta difícil identificar la escultura.

En el interior se distinguen dos etapas constructivas, la románica de la cabecera y la reconstrucción gótica del siglo XIX.


Los capiteles de la cabecera muestran a Daniel en el foso de los leones, la presentación de Jesús en el templo ante el anciano Simeón, el prendimiento de Jesus, atado con sogas en el cuello y las manos y la Virgen María con el Niño rodeados por dos ángeles, en la representación que se conoce como Trono de la Sabiduría.






En los absidiolos de la cabecera se conservan restos de mosaicos románicos que fueron descubiertos a finales del siglo XIX.


La iglesia permanece abierta sin restricciones. El interior permanece en una oscuridad agravada por la falta de sol. Curiosamente, cerca del absidiolo de los capiteles historiados un sensor lumínico enciende una luz cuando el visitante transita por un punto determinado. Era de vernos dar pasos de baile, de acá para allá, buscando el sensor que nos diera algo de luz para hacer fotos.
La elaboración de mosaicos debía estar arraigada entre los vecinos de Sorde-l’Abbaye pues en 1957 se descubrió uno en el espacio donde se levantaba la casa del abad. Este mosaico correspondía a un establecimiento tardorromano (siglos III y IV) que disponía de termas adornadas con mosaicos. Los estudiosos aventuran que la existencia de esta villa del bajo imperio romano puede explicar las irregularidades del plano de la abadía. El mosaico y los restos romanos se guardan en la casa del abad. El conjunto de los edificios conventuales están abiertos al público de marzo a noviembre con actividades culturales y residencias de artistas. Nosotros llegamos el sábado por la tarde fuera del horario de apertura.
Tras recorrer la iglesia y sus alrededores, optamos por dar un paseo por el pueblo y, si fuera posible, tomar una tabla de quesos con un vino. No solo no encontramos ningún establecimiento abierto, tampoco nos cruzamos con nadie. La única muestra de que no estábamos en un pueblo fantasma es que junto a muchas de las casas había vehículos aparcados y tres gatos despatarrados en la acera.


A la mañana siguiente, nos atendió Nelly, con idéntica amabilidad que July. Desayunamos como si estuviéramos en casa, esto quiero, esto me gusta, y salimos a ver si encontrábamos abiertas las dependencias abaciales. Una señora que paseaba a un perro junto al ayuntamiento nos indicó que de abrir, lo haría por la tarde.

Nos fuimos de Sorde-l’Abbaye sin llegar a ver la abadía. Antes de emprender el retorno volvimos a pasar por Arthous y, como en Sorde, estaba cerrado, lo que interpretamos como una invitación a volver.
Fotos: ©Valvar

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La isla de Oléron

La isla de Oléron es una franja de terreno de 34 kilómetros de longitud por 15 de anchura en la costa atlántica francesa, al norte del estuario del Garona. Todavía no invadida por el turismo, ofrece un entorno plácido y una superproducción ostrera.
La Uliaros de Aquitania de la que habló Plinio el Viejo, está unida al continente desde 1966 por un puente de 2.862 metros de longitud, actualmente de acceso de gratuito, cruzado a diario por cientos de amantes de la naturaleza que llegan hasta aquí en coche o en autocaravana para recorrer a pie o en bicicleta sus senderos señalizados entre cerca de 3.000 hectáreas de bosques, disfrutar de sus playas y sus paisajes y saborear sus ostras.
La isla parece vivir un ritmo de vida sosegado aunque no del todo alejada de las vicisitudes de la historia continental. Las guerras de religión dañaron sus iglesias como en todo el territorio francés, en mayor medida que la Revolución, que solo alcanzó a cambiar su nombre y el de sus pueblos: Oléron pasó a ser la Isla de la Libertad, el Château fue bautizada como Igualdad, Saint Pierre, La Fraternité, Saint George, L’Unité. El ejército alemán la ocupó durante la Segunda Guerra Mundial siendo liberada por las fuerzas francesas el 29 de abril de 1945.
Nosotros llegamos a la isla en busca de su extraordinaria Linterna de los muertos románica y de su faro. El Colega viene pensando también en sus playas y yo, siguiendo el rastro de Leonor de Aquitania y, lo confieso, también por sus ostras. La ostricultura es la industria principal de la isla, entre los siglos III y el XIX lo fue el viñedo pero la filoxera acabó con la mayoría de las vides, que se han ido recuperando lentamente.


Tras las experiencias hoteleras de Saintes y Tours, en Oléron nos alojamos en un hotel comm’il faut, el Île de Lumière, en el término de La Cotinière. Un conjunto de pequeños apartamentos cada uno con su propio jardincillo, la mayoría de ellos mirando al Atlántico. La habitación es enorme y confortable. El Colega comenta, como de pasada, las ventajas de alojarse en un hotel sin historia.

Comemos en uno de los muchos restaurantes que miran al puerto de La Cotinière, el primer puerto pesquero de la isla y el séptimo en el ranking francés, llenos de familias que disfrutan del fin de semana. Tomamos unas estupendas ostras gratinadas y pescado de la zona, acompañados de un vino local, el pineau des Charentes. Mientras hacemos tiempo para ver la entrada de los pesqueros en el puerto coincidiendo con la subida de la marea, compramos sales de las salinas de Oléron y de la cercana isla de Re. Nadie como los franceses para convertir algo tan simple como la sal en un producto para gourmets y venderlo como si fuera la perla de sus ostras.


Seguimos ruta al extremo norte de la isla para ver el faro de Chassiron, pintado a franjas blancas y negras. El faro data de 1836, tiene una altura de 46 metros, es uno de los más antiguos activos en Francia, monumento histórico desde 2012 y el lugar más visitado de la isla. Su luz es visible desde medio centenar de kilómetros, lo que permite a los barcos orientarse en una costa plagada de arrecifes para entrar en la esclusa de Antioquía.

El faro está abierto a las visitas, se puede acceder hasta el mirador para contemplar la costa, si se está dispuesto a ascender 224 peldaños, que no era nuestro caso. Los alrededores del faro han sido acondicionados como zona ajardinada muy grata de pasear, donde se aprecia la fuerza del viento que tumba los árboles. En lontananza se divisa la Isla de Re, de la que tan buen recuerdo guardamos. A las horas que hemos llegado apenas hay gente en el jardín, una gaviota se nos acerca como preguntándose qué hacemos allí. Déjala tranquila y no le des conversación, le digo al Colega.


De vuelta al hotel paramos en Saint Pierre, capital de la isla, que encontramos muy animada. La iglesia, construida en el siglo XVII sobre un templo del XII que había sido destruido durante las guerras de religión, remata en una torre hexagonal que en otros tiempos servía también de faro para los navegantes. Un cartel nos recuerda la vinculación de la isla con Pierre Loti, de quien este año de 2023 se conmemora el centenario de su muerte.


Al verlo, recordamos nuestra visita al Café Pierre Loti de Estambul.


La Linterna de los muertos de Saint Pierre es la más alta de las diez que aún existen en Francia. Fue construida en el siglo XII en el centro del cementerio de la ciudad medieval, ahora preside una plaza/aparcamiento. Las linternas servían para recordar a las almas de los difuntos y, en ocasiones, para orientar a los caminantes. “La luz que brilla en la linterna es el símbolo de la inmortalidad del alma”, se puede leer en un cartel junto al monumento.



Volvemos al hotel para contemplar la puesta del sol sobre el mar. Buscando un buen punto para las fotos nos encontramos con dos casamatas cubiertas de pintadas. Un paisano le cuenta al Colega que son restos de la Segunda Guerra Mundial. Solo carcasa, pues desde ellas nunca ha salido un disparo, añade. La costa en este punto es abrupta, poco apta para el baño. En la espera vemos pasar a alguien haciendo paddel surf, otro pesca en el límite de las rocas. Llega un grupo de personas mayores con aire hippie y se sienta en la arena, donde hemos visto restos de hogueras.



O hemos llegado con mucho adelanto o esa jornada el sol se encontraba perezoso, tuvimos que esperar un rato largo a que decidiera acostarse sobre un mar con fama de bravo que hoy se nos presentaba plano como un espejo. El Colega cuelga sus zapatillas en una valla y se va de expedición.



Cuando por fin el sol desaparece tras la línea del horizonte damos gracias a la Naturaleza que ofrece estos espectáculos de manera gratuita y nos sentimos afortunados de haber llegado hasta aquí para contemplarlo.




El Château -Castillo- de Oléron es la capital histórica de la isla. La ciudadela fue diseñada sobre un acantilado rocoso por Sébastien le Prestre (1633-1707), conocido como Vauban, mariscal e ingeniero militar, el más famoso de su tiempo. El fortín se eleva 46 metros sobre el nivel del mar, ofreciendo una de las mejores vistas panorámicas de la isla. Hay que ir con cuidado porque fuera del castillo no hay protección alguna a pesar de que el camino bordea el precipicio.




Al norte de la isla se divisa el Fuerte Boyard, una fortificación mandada construir por Napoleón para defender de los ingleses la desembocadura del río Charente y el puerto y arsenal de Rochefort. Antigua propiedad del ejército francés, poco después se convirtió en prisión y, luego fue abandonado. Adquirido en subasta por un particular en 1961, de nuevo abandonado, fue comprado a finales del pasado siglo XX por un productor de televisión. Actualmente se utiliza como escenario de programas de entretenimiento.
La iglesia románica de Saint Georges es el monumento más antiguo y uno de los más notables de la isla de Oléron. La fábrica original del siglo XI fue fortificada para protegerse de los normandos; de esa época solo queda la nave, terminada en el siglo XIII y la fachada oeste. En el siglo XII fue donado a la Abadía de las Damas de Saintes por Leonor de Aquitania, muy presente en estos territorios, que fueron suyos.


Como otras muchas iglesias, resultó muy dañada durante las guerras de religión. Fue requisada durante la Revolución y convertida en establo, hasta que en 1800 fue recuperada para el culto, y restaurada en la segunda mitad del siglo XX. En sus muros permanece un reloj de sol del siglo XVII, con una leyenda grabada: “Pasamos por aquí como una sombra de luz. Caminamos hacia nuestra última hora”. En su interior se guardan exvotos marinos y una estatua yacente de Leonor de Aquitania, copia de la original de la abadía de Fontevraud donde reposan sus restos.


Tumba de Leonor de Aquitania en la abadía de Fontevraud La presencia en Saint Georges de Oléron de quien fue reina de Francia y de Inglaterra, mujer poderosa, la más influyente de su tiempo, está más que justificada. Entre 1152 y 1160 Leonor introdujo las primeras leyes marítimas o de almirantazgo que regulaban la navegación medieval. Los Rollos de Oléron son la primera ley marítima común; en 1364 se adoptaron como ley marítima oficial en Francia. En esos Rollos se basan o inspiran las leyes marítimas posteriores del norte de Europa.
Aparte de sus monumentos oficiales, la isla de Oléron ofrece un sinfín de escenarios que no queremos perdernos: las playas de Les Saumnonards o Saint-Trojan-les-Bains, Le Grand-Village con sus salinas recuperadas, las aves en las marismas de Dolus; las casas coloreadas del puerto de Saint-Denis o del Château; las fachadas llenas de flores de los pequeños pueblos. Sus infinitos puestos y tiendas y restaurantes de ostras, sus ricos pescados…
En el comedor del hotel donde desayunamos encontramos una gata sentada plácidamente a la mesa. Parece entendernos cuando la saludamos. Desengáñate, las gatas francesas no hablan castellano, le digo al Colega. Al dejar el hotel la gata nos sigue hasta el coche. Se diría que en Oléron hasta los gatos son amables.

Camino de nuestra última etapa de esta incursión por tierras francesas, cruzamos el puente de Oléron como al ralentí, deseando que sus habitantes sean capaces de preservar la isla como el pequeño paraíso que es.
Fotos: ©Valvar

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Poitiers y Talmont: Santa Radegunda

Santa Radegunda, mujer de vida digna de un folletín, es titular de dos de las iglesias románicas más interesantes de nuestra ruta francesa: una en Poitiers y otra en Talmont, en el estuario del Garona.
Radegunda (520-587) fue princesa de Turingia. En el año 531 el rey franco Clotario conquistó su reino y se llevó con él a la adolescente y a su hermano. En el 538 Clotario enviudó y tomó por esposa a Radegunda, contra la voluntad de esta. En el 550 la esposa supo que el rey había mandado matar a su hermano y abandonó la corte para dedicarse a la vida religiosa.
Enseguida fundó un monasterio en Poitiers, el primer convento de monjas en Francia, nombrando abadesa a su compañera Inés y quedando ella como simple monja, en alguna medida ejerciendo el mando bajo cuerda. Mandó traer un trozo de la Vera Cruz, por lo que el monasterio tomó el nombre de Santa Cruz. Cuando murió fue enterrada en una capilla funeraria, donde más tarde se levantó la iglesia que lleva el nombre de Radegunda, convertida en santa.
Poco después de su muerte el monasterio se vio envuelto en una rebelión contra la abadesa protagonizada por dos monjas, ambas hijas de reyes. Algunos historiadores sostienen que las monjas rebeldes pretendían tener una posición acorde con su rango y se habían sentido postergadas, otros, que protestaban contra los abusos que se producían en el convento, entre otros, que la abadesa tenía a su servicio a un hombre disfrazado de mujer, permitía el juego de dados y jugaba ella misma o dejaba que los hombres se bañaran en los baños de la comunidad.
Para limpiar el buen nombre del monasterio se escribieron dos biografías, una escrita a poco de morir la santa por quien había sido su administrador y secretario, Venancio Fortunato, y hacia el 610 otra, por Baudonivia, monja de la Santa Cruz, algo entonces inusual, una mujer escribiendo sobre otra mujer.

Rebeliones aparte, parece cierto que Radegunda mantuvo un amor espiritual o une belle amitié con la abadesa Inés y con el mismo Venancio Fortunato, que quebrantó la Regla monástica al disponer de una celda personal no compartida, que se inmiscuyó con más entusiasmo del debido en asuntos mundanos y mantuvo permanente comunicación con reyes, obispos y altos mandatarios civiles y religiosos, sin que nadie se atreviera en vida a reprochárselo, dada su fuerte personalidad.
Muerta ella, las monjas de la nobleza se rebelaron con tal violencia que hubieron de ser detenidas por un destacamento armado, sacadas del convento y castigadas con crueldad: a unas se les cortó el pelo, a otras, las manos, y a algunas más las orejas y la nariz.
La iglesia de Santa Radegunda de Poitiers, donde desde el año 1012 se guarda su tumba, es una mezcla de románico y gótico angevino, está situada muy próxima a la catedral de San Pedro y al antiguo monasterio de la Santa Cruz.


La iglesia primitiva, levantada en el siglo VI, sufrió distintas peripecias hasta que en el 1099 se rehizo y consagró de nuevo. De esta fase constructiva quedan la cabecera y los primeros pisos del campanario. Las obras continuarían durante los siglos XIII y XIV. Los reformistas la saquearon durante las guerras de religión y profanaron el sepulcro de Radegunda.


Se trata de una iglesia canónica, con una comunidad dirigida por un prior sometido a la obediencia de la abadesa de Santa Cruz, con el encargo de orar ante la tumba. En la cripta se encuentran las tumbas de las santas Radegunda, Inés y Disciole. La iglesia cuenta con extraordinarias vidrieras en las que se narran escenas bíblicas o la vida y milagros de Santa Radegunda.




En la cabecera hay unos capiteles policromados muy interesantes, representan a Daniel en el foso de los leones acompañado del ángel y de Habacuc; el rey Ciro, que es quien condena a Daniel al foso, y uno de los conspiradores contra Daniel devorado por los leones. En otra cara del mismo capitel, Adán y Eva.




En los muros y en los pilares de la nave se pueden ver criaturas demoníacas, fabulosas, alegóricas. Mientras señalo al Colega el famoso capitel tenido como erótico, en el que una mujer muestra su sexo, pasa junto a nosotros un clérigo que nos mira con cara de conmiseración, como si fuéramos dos viejos rijosos. Estoy tentada de aconsejarle leer el libro “Tierra de damas”, de Isabel Mellén, para que sepa que esa dama tenida por procaz muy probablemente esté reivindicando la capacidad eugenésica de su linaje. Pero antes de que haya preparado la frase adecuada el clérigo ha desaparecido en lo que supongo que será la sacristía.

Cerca de la tumba de Santa Radegunda hay una pequeña urna de madera con una hendidura y un candado. Junto a él, un bloc y bolígrafo. Un letrero advierte: «Las plegarias depositadas aquí son entregadas cada semana a las hermanas benedictinas del monasterio de la Santa Cruz que llevan sus intenciones en sus plegarias«. Alguien ha escrito en la propia urna: «No introduzcan dinero«. Un detalle.

La segunda de las iglesias dedicadas a Santa Radegunda se encuentra a 200 kilómetros de Poitiers, en Talmont-sur-Gironde, a orillas del gran estuario resultado de la confluencia de los ríos Garona y Dordoña. Estamos en un pequeño “pueblo de piedra y agua”, tenido como uno de los pueblos más bonitos de Francia, «perla del estuario» y «joya de Saintonge«.



En realidad, Talmont es una aldea de dos centenares de habitantes dentro de la Vía Turonense del Camino de Santiago. En la Edad Media los peregrinos solían atajar desde aquí cruzando el estuario en barca hasta Soulac para seguir por la costa.
Pero, si en Poitiers su enorme patrimonio deja en cierta penumbra a Santa Radegunda, aquí todo gira en torno a su iglesia y al Camino de Santiago, así que aparcamos en el espacio destinado a los coches, pues el tráfico rodado está prohibido dentro del pueblo, y nos lanzamos a ver la iglesia, que es monumento histórico desde 1890.


or muchas fotos que hayas visto, su silueta, junto al pequeño cementerio y sobre el estuario, tan incardinada en el paisaje, sobre la roca lamida por el agua, provoca una emoción indefinible. En el siglo XV se hundió el acantilado y arrastró con él un tramo de la iglesia, que ha quedado así, amputada, cerrada la nave con un imafronte casi liso, con una pequeña y sencilla puerta tardogótica y un ventanal. A mediados del pasado siglo se consolidó el promontorio para evitar nuevos hundimientos.
La iglesia románica es obra del siglo XII, cuando dependía de la abadía de Saint Jean d’Angély, cerca de Saintes. De una sola nave y cabecera triabsidal, el central mucho más grande que los ábsides laterales. Se cree que la antigua fachada, hundida con el acantilado, sería grandiosa, como es frecuente en el románico de Saintonge. Sobre el crucero se levantó una torre campanario que poca altura. Así y todo, la iglesia es muy armoniosa, más atractiva por el conjunto y su privilegiado emplazamiento que por la ornamentación, bastante erosionado por el viento y la sal. El interior de la iglesia corresponde a un románico tardío. La mayoría de los capiteles están también muy erosionadas.







Esta erosión es más evidente en la portada norte, que debió ser extraordinaria. En el tramo inferior se abre la puerta flanqueada por dos arcos murales. En el superior, vemos una arquería mural propia del románico de Aquitania.

En la arquivolta exterior de la puerta se aprecian varias personas tirando de una cuerda en la que están atados por el cuello dos leones. En la central se ven torres humanas, una persona sobre otras, sujetándose por las muñecas. En la interior, el Cordero Místico rodeado de ángeles.




En el arco de las derecha, muy erosionado, apenas se distinguen sarmientos de vid y en el tímpano, la figura de Cristo. En el de la izquierda, dos dragones enfrentados, un león frente a una persona y, en el tímpano, un bulto que puede ser un hombre.


El ábside central presenta tres ventanales rodeados por una arquería y por columnas estregas, sobre las que corre una arquería mural también muy bella. Los canecillos de esta zona están razonablemente bien conservados, en su mayoría son cabezas humanas y monstruosas.


Los canecillos del ábside norte fueron restaurados o reemplazados a mediados del pasado siglo, se reconocen por el color de la piedra, distinta de los anteriores.




Aparte de contemplar su iglesia de Santa Radegunda, en Talmont resulta muy placentero pasear por sus calles, de casas blancas adornadas con flores.
Entramos a comer en un restaurante donde nos damos un festín, partiendo de las inevitables ostras, de las que a estas alturas ya llevo una buena dosis. A la hora del café pedimos un orujo y el camarero, confianzudo, nos dice que mejor que el eau de vie tomemos el coñac de Talmont, que es muy bueno. En efecto, lo es. ¿Dónde podemos comprar una botella?, pregunta el Colega. Aquí, a la vuelta, hay una bodega donde venden coñac y vino.

Encontramos la bodega abierta, echamos una ojeada a la espera de que aparezca alguien hasta que llega una señora despampanante, la típica francesa entrada en años con todo su charme, vistiendo una túnica de colores y una pamela, que hace una entrada como Anita Ekberg en La dolce vita. Aparte del encanto exterior, la señora es todo amabilidad, nos muestra sus vinos y coñacs y nos explica las características de cada uno. Se interesa por nuestro viaje, lo que da pie al Colega para una larga charla con la dama. Cargamos con vino como para una boda y con una botella de coñac, que nos juramos tomar con reverencia.



Volvemos de nuevo a Santa Radegunda, donde coincidimos con una boda multitudinaria. Nos detenemos un rato en su pequeño cementerio, lindante con la iglesia, donde durante ocho siglos recibieron sepultura los talmonteses. El lugar es monumento histórico desde 1934.
Dejamos Talmon-sur-Gironde con pesar. Este es uno de esos lugares en los que apetece quedarse más tiempo, sentarse en el sendero verde que parte de la misma iglesia a contemplar el discurrir del agua hacia el mar, dejar pasar el tiempo sin más.




Fotos: ©Valvar

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Tours

Tours, a orillas del río Loira, es una ciudad Patrimonio la Humanidad, considerada el jardín de Francia. Toma el nombre de sus pobladores, los turones. La Civitas Turonerorum es desde el siglo III un importante centro cristiano, en buena medida por su santo local, San Martín de Tours, que la convirtió en centro de peregrinación y etapa imprescindible del Camino de Santiago. Fue capital de Francia durante el reinado de Luis XI. En torno a ella se levantan los famosos castillos del Loira, que atraen a turistas por millones.


Sobran, pues, motivos para visitar Tours, pero nosotros acudimos para resolver una duda: el Colega cree que estuvimos aquí hace muchos años, cuando no existía la fotografía digital, y yo sostengo que no. Ya de paso, queremos visitar la catedral y dar un paseo por esta ciudad que rinde tributo a los escritores clásicos franceses en su callejero y en la nomenclatura de sus comercios.
Buscando un hotel céntrico y con parking propio o cercano habíamos reservado uno situado frente al Gran Teatro de la Ópera, con el valor añadido de haber tenido entre sus huéspedes a Honoré de Balzac, el autor de La comedia humana. Deberíamos haber sopesado el hecho de que Balzac murió en 1850 pero omitimos ese pequeño detalle. Llegamos sin dificultad, GPS mediante. El establecimiento se encuentra en un primer piso sin ascensor, pero, afortunadamente, viajamos ligeros de equipaje. A primera vista, salvo la moqueta, la escalera puede ser la misma que pisó Balzac. La decoración sin duda que es la misma.

Pero, tras la experiencia del baño exterior de la abadía de Saintes, la pensión decimonónica nos parece bien. Después de haber dormido en la celda de una monja esta noche lo haremos en el cuarto de Balzac. ¿No buscábamos experiencias? Pues ahí las tenemos. El señor que nos atiende indica al Colega cómo tiene que llegar al parking concertado con el hotel, que está a la vuelta de la esquina, y yo me quedo preparando la ropa para salir a conquistar Tours.
Más, pasa el tiempo y el Colega no vuelve. A la media hora bajo a esperarlo a la calle. Nada, no aparece. Cuando han transcurrido tres cuartos de hora subo de nuevo y, tratando de disimular la preocupación, le digo al señor de recepción que mi marido no vuelve y no sé dónde ir a buscarlo. ¿Ha mirado en el parking?, me pregunta. No, no sé a qué parking ha ido, respondo. Entonces, el buen hombre mira a la escalera, me mira a mí y me dice muy sonriente: Ahí le tiene. Lo recibo casi tan efusivamente como él a mí cuando el haya de Turrientes. ¿Dónde estabas?, le pregunto. Hablando con el señor del parking, responde tan contento, con esa cachaza que le ha concedido la Providencia.
Esta inclinación del Colega a pegar la hebra con todo el mundo tiene su mérito cuando estamos fuera de España porque nunca ha estudiado inglés y francés, sólo en el bachillerato. Eso no impide que, con su francés macarrónico o su inglés de indio arapahoe sea capaz de mantener una conversación larga allá donde vayamos. Y hacerse entender.
Pasado el susto -mi susto, debo decir- nos lanzamos a las calles de Tours. Lo primero, una visita a la catedral, pero antes, una parada en la brasserie que hay junto el hotel, donde pido “un eau Perrier”, mi agua favorita, y el Colega, un café. Estamos sentados en la rue Corneille, a la sombra del Grand Théatre.

En un breve paseo, siguiendo la calle del hotel -rue de la Scellerie o de la Tabalardería-, llena de librerías de viejo y tiendas de antigüedades, llegamos a una bocacalle desde la que se ve la fachada de la catedral. Una obra de encaje en piedra y vidrio con un enorme rosetón en el centro, que nos deja sin palabras. El Colega se convence, por fin, de que nunca habíamos estado en Tours aunque, insiste, pasamos por aquí camino de París. Vale.

Como casi todos los grandes monumentos, este tiene también una larga historia. La primera iglesia fue levantada en el interior de la antigua muralla hacia el año 338, por el obispo San Lidoire, a quien sucederá San Martín. En el 558 un incendio arrasa el castro y deja la iglesia en ruinas. Dos años después, se reconstruye, consagrada a San Mauricio. Hacia 1160 el edificio estaba en tan mal estado que se levanta de nuevo, sin llegar a terminarse. Un siglo más tarde, esta construcción amenaza ruina y es entonces cuando se reconstruye en parte en estilo gótico flamígero, con un coro que recuerda en su parte superior a la Sainte Chapelle de París.




A partir del siglo XIV empieza a conocerse como de Saint Gatien, en honor al apóstol que habría precedido a San Lidoire. En el XV, tras el paréntesis obligado por la Guerra de los Cien Años, se construyen la nave y la fachada. En el XVI se culminan las dos torres. En 1793 los revolucionarios destruyen la estatuaria de las tres puertas que habían dejado indemnes los protestantes.

En 1858 fue restaurada la puerta central. La restauración parece no tener fin pues en nuestra visita encontramos cubiertas con lonas por obras la mitad de la iglesia.



Al acceder al interior, la primera impresión es de enorme altura, aunque solo alcance los 29 metros. Pero lo que impresiona realmente son sus vidrieras, originales en un 70%, que se diferencian claramente de las modernas del presbiterio, diseñadas para la visita a la catedral del papa Benedicto XIII en 2013.




Tras la visita a la catedral, deshacemos el camino y nos dirigimos hacia la iglesia de San Martín de Tours, soldado romano convertido al cristianismo, quien se dedicó a evangelizar a los campesinos y llegó a obispo en el siglo IV. Enterrado fuera de la ciudad amurallada o ciudad vieja, con el tiempo se fue desarrollando en torno al cementerio una población, el barrio de San Martín, que acabó fusionándose al anterior. La llegada del ferrocarril a Tours en 1845 dio lugar a un nuevo barrio, con edificios de arquitectura clásica francesa. La fusión de los tres conforma la ciudad actual.

Al cruzar la rue Nationale la rue Scellerie pasa a llamarse de Les Halles, que nos lleva a la basílica neobizantina de San Martín, construida en 1860 por el arquitecto Victor Laloux, el autor del ayuntamiento de París y de la estación de Orsay. El interior resulta un punto pomposo, muy contrario al espíritu del santo patrón, cuyo sepulcro se encuentra en la cripta, quien partió su capa en dos para compartirla con un pobre desharrapado.



La iglesia original de San Martín, que atraía miles de peregrinos de camino a Santiago, era de cinco naves, más grande que la catedral. La Revolución Francesa acabó con ella. En lo que ocupaba la nave central se abrió una calle, por donde ahora transitamos.


De la vieja fábrica solo quedan como testigos la Torre de Carlomagno -llamada así porque guarda la tumba de Luitgarde, su quinta esposa- y los restos de la Torre del Reloj. En 1993, durante la visita del papa Juan Pablo II, se arregló la calle y se colocaron indicadores de los lugares que ocupaban las columnas de la iglesia.




Seguimos callejeando tranquilamente hasta la plaza Plumereau o del Mercado, toda ella convertida en una enorme terraza de bar llena de un público joven y bullicioso, pues cerca de aquí se encuentra la universidad. Abundan en esta zona las casas à pan de bois o entramadas, ocupadas en los siglos XV y XVI por comerciantes y artesanos, entre las que destaca la llamada Casa de la Sagrada Familia, toda de pizarra, cuyas esculturas son originales del siglo XV, cuando se construyó el edificio. En el número 39 de la calle Colbert se recuerda que aquí se fabricó en 1426 la armadura de la Pucelle Armée, la santa francesa por excelencia, Juana de Arco.




En la misma calle Colbert se conserva el Hotel Gouin, una casa palaciega del siglo XV a la que en el XVI se añadió una fachada renacentista, salvada del incendio causado por el ataque alemán en 1940 por estar añadida al frontal. Actualmente, es un centro cultural.

Junto a la calle Nacional se encuentra la iglesia de San Julián, con su fachada románica del siglo XII, levantada sobre una abadía del VI. Antes de dirigirnos al río, cumplimos con el rito de visitar el mercado -Les Halles- con sus puestos de exquisiteces francesas.
La ribera del Loira ha sido acondicionada como paseo urbano. Nos sentamos en uno de los bancos a descansar un rato. Las ciudades con río son siempre más bonitas, más aún cuando el río es el Loira.

Cerca del Puente Wilson está la Guinguette -el merendero- un área de ocio con música y casetas de comida y bebida. Pensamos hacer un pica-pica allí pero lo que encontramos fue un botellón vulgar así que optamos por una brasería en la calle Nacional. La cama de la pensión de Balzac resultó ser muy confortable. El desayuno, no muy distinto al que se ofrecería al escritor, muy francés y rico.
El parking, efectivamente, estaba a la vuelta de la esquina, pero ahora el Colega no encuentra a nadie con quien hablar así que salimos de Tours enseguida, con el buen sabor que deja una ciudad volcada en la cultura y en sus escritores clásicos.
Fotos: ©Valvar

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Saintes

Saintes, pequeña ciudad francesa de la Nueva Aquitania, ya era una importante ciudad romana en el siglo I, cuando se llamaba Mediolanum Santonum y era capital de la Galia Aquitania. Desde entonces ha atesorado un patrimonio arquitectónico, fundamentalmente religioso, que hace de ella un lugar atractivo para quienes gustan de viajar a sitios interesantes no saturados por el turismo. Tres son sus principales focos de interés: la abadía de las Damas, la catedral de Saint Pierre y la basílica de Saint Eutrope.



A nosotros nos interesaba en primer lugar la abadía, que descubrimos en una visita fugaz en 2017. El Colega cumple 75 años este 2023, ha elegido celebrarlo aquí y alojarnos en el propio convento, en parte convertido en hospedería modernizando las antiguas celdas monacales lo imprescindible de manera que los baños son comunes. Releímos las críticas de los huéspedes que se habían alojado y en general eran muy elogiosas.
Lo dudamos, lo dudamos mucho, ya no tenemos edad -ni afición- para ir de mochileros por la vida pero, por otro lado, nos tentaba la experiencia de dormir en la abadía que tanto nos había gustado. Finalmente, entre confort y aventura elegimos esta y optamos por arriesgarnos. Nosotros somos viajeros, no turistas, nos dijimos. Ir al baño con el neceser y el albornoz será como volver a la época del internado, sugirió el Colega. Viajamos desde Burgos y reservamos dos noches.


Llegamos a media tarde. Dos jóvenes, que a su vez atienden la tienda de recuerdos del centro, nos dieron la llave de la habitación número 16 y la clave de acceso por si llegábamos después de las 8 de la tarde, cuando se cierra la puerta principal. Esta y la escalera son señoriales, como corresponde al antiguo cenobio. En la planta baja está el Conservatorio de música, el hotel ocupa la primera planta.
La abadía fue la primera creada en Saintonge, fundada en el año 1047. Situada bajo la autoridad papal, disfrutó de una situación muy saneada. Su abadesa fue una autoridad poderosa y respetada como cabeza de una institución muy influyente hasta la Revolución, pues aquí se educaban las jóvenes de las mejores familias.
Un siglo después de su fundación el monasterio fue reconstruido. Sería el comienzo de una vida azarosa. Fue asolada durante la guerra de los Cien Años durante los siglos XIV y XV y terminada de rematar por los protestantes durante las guerras de religión del siglo XVI. En 1648, un incendio acabó con lo que quedaba. Cuando se había restaurado el conjunto llegó la Revolución: en 1792 expulsaron a las monjas y la abadía quedó convertida en prisión.

En 1808 todo ello se cedió a la ciudad de Saintes para que lo utilizara como cuartel y prisión. Con la vuelta de los Borbones al poder todo estaba dispuesto para que retornara el culto a la iglesia y las monjas a la abadía. Intervino entonces el obispo de La Rochelle reclamando la autoridad sobre la abadía para evitar las difíciles relaciones que había mantenido con la la última abadesa, Madame de Parabère. Las monjas se negaron a depender del obispado y las instalaciones permanecieron como cuartel.
En 1924 Saintes compró la iglesia, cuando los ingenieros militares pretendían destruirla, la restauró y en 1939 la devolvió al culto. Los edificios abaciales, que habían sido abandonados, fueron restaurados entre 1970-1980, una parte de ellos se dedica a hospedería y el resto a actividades culturales, esencialmente vinculadas a las música.


Nuestra habitación era la última del largo pasillo por lo que tuvimos que recorrerlo de principio a fin bajo la emoción de pisar las instancias habitadas por las monjas benedictinas durante siglos o por prisioneros cuando aquellas se fueron.


Emocionados y felices nos encontramos con la primera sorpresa: una avería eléctrica había dejado sin luz a habitaciones y baños. ¡Mon dieu! Un chico se afanaba infructuosamente en resolver el problema.


Salimos a dar un paseo parando en primer lugar ante la iglesia abacial, de estilo románico de Saintonge que sirvió de modelo a otras edificaciones de la comarca. Es imposible no quedarse extasiados ante su fachada, orientada a poniente. Todo en ella es admirable, cada arquivolta, cada arco es una lección de escultura románica. De la puerta principal destaca la Dextera Domini -la mano de Dios- rodeada de ángeles, en la clave de la primera arquivolta. En la segunda, un Agnus Deis con los símbolos de los cuatro evangelistas. La tercera está ocupada por una sucesión de peleas y agresiones, que se interpreta como el martirologio de la iglesia primitiva.




En la arquivolta exterior se distribuyen 54 figuras sobre tronos, los 24 ancianos del Apocalipsis y los bienaventurados de la iglesia.

Sobre el crucero de la iglesia se levanta la torre campanario, obra del siglo XII, rematado en un chapitel cónico de escamas de piedra, habitual en la zona de Saintonge. El interior es de una sola nave, parece pobre, dada la exuberancia exterior.


No lejos de la abadía, en la misma orilla derecha del río Charentes, se levanta el arco de Germánico, erigido en el año 18 o 19 en honor del emperador Tiberio. El Colega observa que no siempre se puede pasar bajo un arco triunfal romano, así que pasamos bajo los dos ojos. El Museo Arqueológico conserva los restos de los tres primeros siglos de nuestra era.


Cenamos en una brasserie no lejos de la abadía, La Rive Droite. Nos atiende un tipo grandón y simpático que va cantando por las mesas, feliz de la vida. Cuando volvemos a la abadía solo la luna nos acompaña frente a la famosa portada. Nos quedamos todavía un rato, embelesados. Un ejército de canteros hubo de trabajar aquí durante años, repitiendo modelos, creando otros nuevos, transmitiendo mensajes que quizá aún no hayamos comprendido, deleitándose en su tarea.

Accedemos a la hospedería por la puerta lateral hasta el primer piso. Cuando me dirijo a uno de los abundantes baños que se distribuyen entre las habitaciones, cubierta con mi albornoz y calzada con las chanclas, me topo con un numeroso grupo de alemanes de avanzada edad que llegan en ese momento. Mi bautizo de albornoz no puede ser más concurrido. ¿Qué tal?, me pregunta el Colega cuando vuelvo a la habitación. En el baño no había nadie pero en el camino me he cruzado con una excursión de los residentes de Cocoon, le digo.
El desayuno es como si, efectivamente, hubiéramos vuelto al internado pero seis décadas después. Todos somos mayores, todos desayunamos parecido, muchos nos empastillamos.


Enseguida salimos a conocer Saintes. Desde la orilla del río se divisa la torre campanario de la catedral de Saint Pierre, de 58 metros de altura. Proyectada por alcanzar los 96 metros, las guerras de religión abortaron su culminación. Se cubrió con una cúpula de cobre que le da un aire peculiar. Cruzamos el Charente por la pasarela que nos deja a los pies de la catedral, en cuya plaza hay un meradillo, como todos los miércoles, donde las ostras son la mercancía principal.





Esta Saint Pierre que vemos se construyó siguiendo el estilo gótico flamígero en el siglo XV sobre una iglesia románica del siglo XII medio derruida, que a su vez se había levantado sobre otra del XI, destruida por el fuego. Los hugonotes, enfrentados a los católicos en la guerra de religión, la saquearon, destruyeron las capillas y el mobiliario, minaron los pilares de la nave, que era de 39 metros de altura, y martillearon la portada, destrozando la estatua de Carlomagno.



La reconstrucción se iniciaba en 1585 rebajado el proyecto por falta de recursos. La Revolución no dañó al edificio pero en septiembre de 1792 ejecutó al obispo, Pierre Louis de la Rochefoucauld, y a otros muchos eclesiásticos por negarse a jurar la nueva constitución. En el arco ojival de la portada se distribuyen ángeles, apóstoles, figuras del Antiguo Testamento, obispos, caballeros y constructores.


En el interior, la crucería de las naves ha sido sustituida por una cubierta de madera que, como en el coro, tiene aspecto de casco de barco. Desde 1852 comparte diócesis con La Rochelle y desde 1870 es basílica menor. Adosada a la catedral se abre el claustro de los canónigos con un jardincillo muy acogedor en el que se conservan algunas lápidas.




Para llegar a la basílica de Saint Eutrope, distante poco más de un kilómetro de la catedral, tenemos que preguntar dos veces porque, empeñados en callejear, nos perdemos. La primera vez nos indica la ruta un señor muy amable que asegura que vamos a disfrutar de un agradable paseo. Ascendemos por una escalera rodeada de casas con pequeños jardines llenos de flores. La segunda vez, el Colega entra a preguntar en el antiguo Hospital -convertido en pequeño museo- mientras yo hago fotos de la ciudad. Sale al cabo de un buen rato charlando animadamente con la responsable del centro quien nos indica el camino que tenemos que seguir, nos sugiere otros lugares para visitar y nos desea buena estancia.


Según nos ha indicado, seguimos la línea verde pintada en el suelo que une los lugares de peregrinación del Camino de Santiago y enseguida nos encontramos ante los muros de la basílica de Saint Eutrope, la otra joya de Saintes y del románico en Europa.


San Eutropio fue el primer evangelizador del lugar en los primeros siglos de la era cristiana, llegó a obispo pero sufrió martirio y su cuerpo estuvo perdido hasta que en el siglo VI unos monjes encontraron el lugar de enterramiento cerca del anfiteatro romano. En ese lugar se levantó un priorato cluniacense con una veintena de monjes que protegían las reliquias del obispo y organizaban la peregrinación a Santiago de Compostela. El Codex Calixtinus, escrito por Aymery Picaud en el siglo XII, ya aconseja a los peregrinos acudir a Saintes a visitar las reliquias.

En las guerras de religión se quemó el cuerpo del santo, salvándose su cabeza al ser enviada a Burdeos, y más tarde devuelta. La iglesia dedicada a San Eutropio se construyó a lo largo de varios siglos, desde finales del XI al XIX. El resultado es una mezcolanza de estilos: una cripta románica, una aguja del gótico flamígero, un coro gótico, una fachada neogótica del XIX. Durante este tiempo ha vivido toda suerte de desventuras.
Lo más llamativo del templo se encuentra tras una insignificante puerta que se abre en el muro: una cripta del siglo XI de tres naves de unos 35 metros de longitud y cinco de altura, una de las más grandes del medievo europeo. Maravilla románica que guarda el sepulcro con lo que resta de las reliquias del santo.







Sobre esta cripta se levantó una gran obra de 80 metros de longitud con el transepto en mitad del templo y la cabecera triabsidal. La segunda mitad, del transepto a los pies, fue destruida en 1803, sobre los restos se levantó la portada, ya en el siglo XIX.
El interior es de tres naves separadas por columnas entregas, algunas de ellas con capiteles de buena factura: una psicostasis donde San Miguel porta una balanza y dos demonios tiran del platillo de los pecados; un Daniel en foso de los leones y una pareja de sirenas con trenzas, de distinto taller que los anteriores. Remata la obra el campanario de 80 metros de altura.







El anfiteatro de Saintes se encuentro a un tiro de piedra de San Eutropio, junto a un pequeño y frondoso parque. Fue construido en el siglo I aprovechando los desniveles del terreno, con una capacidad para más de 12.000 espectadores. Durante la Edad Media se utilizó como cantera, a pesar de lo cual es uno de los mejor conservados de la Galia romana merced a sucesivas obras de restauración como la que nos encontramos nosotros impidiéndonos el paso. Actualmente se dedica a espectáculos y conciertos.


Saintes es una ciudad musical y armónica, plena de arte e historia, respetuosa con el medio ambiente. Allí celebramos el cuarto y mitad de siglo del Colega comiendo muy bien en la brasería que descubrimos al llegar. Llegamos a la hospedería cansados pero muy contentos, dispuestos a seguir nuestra ruta por el Poitou y la Aquitania francesa, ahora Nueva Aquitania.

En mitad de la noche me levanto al baño. En el corto espacio que separa la habitación del baño la luz se va encendiendo y apagando a mi paso, como si fuera mi propia aura. Pienso que si alguien me observara de lejos, con mi albornoz blanco y arrastrando los pies con las chanclas, creería estar viendo un fantasma nocturno, el alma en pena de una de las monjas, y me da la risa.
Por la mañana, mientras me ducho, oigo un zureo cercano. Al salir de la ducha encuentro en la ventana una paloma que me mira con descaro mientras prosigue su cantinela. Como es aún temprano para el desayuno, bajo a despedirme de esa portada maravillosa de la iglesia abacial, compendio de la escultura románica. Estar sola en el compás de la abadía de las Damas de Saintes, ¡qué hermoso privilegio!






Fotos: ©Valvar

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Bruselas

Bruselas fue la ciudad favorita del emperador Carlos, cuando en el siglo XVI gobernaba en media Europa. Desde 1830 es la capital de Bélgica y, de alguna manera, también la capital de Europa pues allí radican los órganos de decisión de la Unión Europea.


Nuestro principal interés era conocer el gótico civil europeo para compararlo con el gótico español, anclado en las iglesias, salvo contadas excepciones. El gótico flamenco es reflejo del poder que la sociedad civil centroeuropea tuvo -origen del que tiene- pese a los enfrentamientos religiosos que también por ahí se registraron. La arquitectura civil de Bruselas es realmente grandiosa, tanto los edificios medievales como los modernos, los de art-nouveau o los más vanguardistas del barrio comunitario.


Así que en cuanto pusimos el pie en Bruselas lo primero que hicimos fue ir a la Grand Place- y una vez allí, dirigirnos al Café Le Roi d’Espagne, donde nos tomamos la primera de nuestras cervezas belgas, la Leffe, la preferida de Jacques Brel, uno de mis cantantes favoritos, y desde donde pudimos contemplar a placer las construcciones que cierran este espacio, presidido por el ayuntamiento, construido en 1420.

La Grand Place -inicialmente mercado, hoy es la plaza mayor de Europa- es particularmente bonita cuando comienza a oscurecer y se enciende una tenue iluminación que no molesta. Grupos de turistas deambulan y se desparraman por las calles adyacentes que van hacia las galerías Hubert y la zona de restaurantes hasta la Rue de Marché des herbes y Rue des Bouchers.
Bruselas existía antes que el país belga y mucho antes que el concepto de federación de países europeos. Su castillo de Coudemberg y su muralla fueron construidos en el siglo XII, Carlos de Habsburgo, luego Carlos I de España y un poco después emperador Carlos V, hijo de la reina Juana I y de Felipe I el Hermoso, la engalanó como capital de Brabante y celebró aquí sus consejos de gobierno.

Bruselas huele a chocolates y dulces, dondequiera que mires ves pastelerías con un aspecto estupendo.

En las galerías Hubber nos tomamos un chocolate del que aún nos relamemos.
Es imposible estar en Bruselas y no comer los típicos moules frites, esto es, mejillones con patatas fritas. Los pedimos en Le Roi d’Espagne y nos recordaron que estábamos en junio y no era temporada; sin embargo, la misma primera noche los degustamos en Chez Leon, uno de los restaurantes antiguos y tan popular como el primero, como luego pudimos comprobar.

Como buenos guiris, buscamos el famoso Manneken Pis, un muñeco de bronce cuyo mérito es estar miccionando sin pausa, disfrazado con los trajes más estrafalarios que puedas imaginar. Según nos contaron, parece que el pequeño meón evoca la hazaña de un niño que salvó a la ciudad de una explosión orinando sobre la mecha de una bomba lanzada por las tropas españolas del duque de Alba durante la guerra de Flandes.

También visitamos a la Jeanneken Pis, medio escondida al lado de una ventana enrejada. A ella, al menos, no la disfrazan. Como era obligado, acudimos a la casa del cantautor Jacques Brel.







La catedral de Bruselas se inició en 1226 y se terminó en el siglo XV, las torres de su fachada se levantaron entre 1470 y 1485 en estilo gótico. De siempre ha estado dedicada a Santa Gúdula, patrona de la ciudad, cuya vida tiene tales ribetes legendarios que se ha dudado de su existencia real. El pragmatismo eclesiástico lo ha resuelto poniendo el templo bajo la advocación de San Miguel y dicha santa.

En la plazoleta frente a la catedral hay un busto del rey Balduino que más parece de Frankestein.


En el camino que va de la Grand Place a la catedral de Santa Gúdula encontramos un monumento a Cervantes con las figuras de don Quijote y Sancho, en la que aquel tiene un sorprendente parecido con el actor Sean Connery. El conjunto es réplica del que se encuentra en la Plaza de España de Madrid y se instaló no lejos de la Plaza de España de Bruselas en 1989, durante la presidencia española de la Comunidad Europea.


Realmente, nos sorprendió la cantidad de esculturas que encontramos en nuestros paseos por la ciudad.
En Bruselas estuvimos dos jornadas. Empezamos allí el único viaje que hemos hecho organizado y en grupo que nos llevó por varias ciudades belgas y holandesas. La experiencia resultó interesante: vimos muchas cosas en poco tiempo pero todas de modo un tanto superficial a pesar de que se trataba de un grupo de personas mayores en el que nos concedieron más tiempo libre del que suele ser habitual.


Ya agrupados y en autobús visitamos otro de los símbolos de la ciudad, el Atomium, construido para la Exposición Universal de 1958, una construcción de 103 metros de altura formada por nueve esferas unidas por tubos.







También vimos el Teatro Real, las grandes avenidas de los palacios reales y el novísimo barrio de los organismos comunitarios.

Me interesó especialmente el palacio de Coudemberg por su vinculación con la corona española. Este fue uno de los ppalacios que maravilló a la joven Juana de Castilla cuando llegó a Flandes para casarse con Felipe de Habsburgo. En su capilla se guardaba el tesoro de la Orden del Toisón de Oro y en su aula magna se reunieron en 1465 por primera vez los Estados Generales de los Países Bajos borgoñones representando a la burguesía, el clero y la nobleza; en el mismo lugar se celebró en 1515 la ceremonia de emancipación del heredero del ducado de Borgoña, el joven Carlos, quien, en 1556 vino a abdicar en su hijo Felipe II sus derechos sobre la corona española y el imperio en su hermano Fernando, ambos hijos de la reina Juana, recién muerta, tras cadi mefio siglo encerrada en Tordesillas.
Fotos: ©Valvar






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Sádaba y Puilampa

La comarca de las Cinco Villas es un compendio del románico rural de Aragón y, en este, un resumen de los trabajos salidos del Taller del Maestro de Agüero o Maestro de San Juan de la Peña.



Habíamos quedado tan admirados en nuestra primera aproximación en junio de 2020 que volvimos al año siguiente, ahora con Sádaba como centro de operaciones. Intentando conjugar nuestras ganas de viajar con la cautela por la pandemia de covid elegimos este lugar por su localización en una comarca no demasiado turística y por su hospedería, perteneciente a la cadena de Hospederías de Aragón. Éramos los únicos huéspedes y nos trataron muy bien. Acertamos de pleno en cuanto a la concurrencia pero todavía encontramos la mayor parte de los lugares cerrados. Y nos convencimos de que a las Cinco Villas hay que volver siempre que se pueda porque siempre habrá algo románico por descubrir.
Sádaba es una población agrícola con dos tesoros en su casco, su castillo y su iglesia, y otros dos en su término: la ermita de Puilampa y el mausoleo de los Atilios.


El castillo se levanta sobre un altozano rocoso, es obra del siglo XIII, con sillares bien trabajados y una ciudadela defensiva con siete torres almenadas. De planta rectangular, ocupa unos 1.000 metros cuadrados.



La iglesia parroquial de Santa María es de estilo gótico levantino del siglo XVI, de planta de cruz latina y una sola nave. Una inscripción de su interior recuerda que en 1542 pasaron por aquí Carlos I y su hijo Felipe II y que la iglesia fue consagrada en 1549.
Desde Sádaba se llega a Puilampa por la carretera A-1201. A los cinco kilómetros hay que tomar el camino de San Francisco, donde se levanta la Cooperativa Agraria de San José. Allí preguntamos si podríamos ver la iglesia abierta y nos contestaron que sí, a condición de que encontráramos alguien en la finca.

Puilampa es topónimo derivado de Podium Lampadii, que viene a ser faro en el camino y así debió ser para los peregrinos que se dirigían a Santiago. Se levanta cerca del río Riguel y no lejos del monasterio femenino de la Virgen del Cambrón.


La primera vez que llegamos (mayo de 2021) lucía un sol brillante y el campo estaba cuajado de flores. No encontramos a nadie en la finca y, por lo tanto, hubimos de conformarnos con ver el exterior. De lejos, nos impresionó su imagen de joya solitaria, como olvidada en el tiempo. De cerca es aún más hermosa. La iglesia es el único resto aparente de una antigua casa de canónicos donado por Ramón Berenguer IV al hospital y priorado de Santa Cristina de Somport. Estamos ante una construcción en piedra de sillería de finales del siglo XII, planta basilical de una sola nave y ábside circular.





La portada se abre a poniente formando un arco de medio punto con seis arquivoltas abocinadas decoradas con motivos geométricos que apean en columnas lisas rematadas por capiteles decorados con motivos vegetales y geométricos, habituales en las construcciones cistercienses. Remata la portada un guardapolvo ornado con lazos en forma de ocho, original moldura recorre todo el templo.

En el tímpano, un hermoso crismón trinitario inscrito en un disco orlado en zigzag flanqueado por dos árboles de cuyas ramas penden piñas sobre los que aparece el sol con nueve rayos y la luna en cuarto menguante. Hay una segunda puerta en el muro sur, que quizá pudo comunicar con un espacio ya desaparecido.

Los muros laterales se adornan con columnas pareadas y haces de columnas en sus cuatro ángulos.


El ábside se articula en tres paños separados entre sí por haces de tres columnas rematadas en capiteles vegetales.
No se conoce mucha documentación referida a Puilampa, pero lo que los papeles callan lo dicen las piedras. Aparte de las muchas marcas de cantero que se observan en sus piedras, en el interior del templo hay una inscripción que reza: “ERA MCCXXVIIII”, quizá esta fecha, el año 1181, sea la de su consagración. En una de las columnas del muro oeste aparece otra inscripción, que habla del sacerdote “GIL GASTON DE PODI LAMPA”, que se interpreta como una «pintada» de dos personas asistidas en 1222, cuando el complejo hospitalario de Puilampa atendía a los peregrinos a Compostela.


En la base del tímpano una nueva inscripción indica: “PORTA PER HANC CELI FIT PER VIA QUOQUE FEDELI”, esto es, “por esta puerta se abre el cielo a cualquier fiel”. Para rematar, en la rosca interior de la portada puede leerse: “BERNARDUS ME FECIT”, para que no olvidemos quién fue el autor de esta pequeña maravilla. En esa soledad del campo, emociona la pulcritud de la labra de Bernardus. ¿Cuántos peregrinos habrán hollado este suelo que ahora pisamos nosotros?

No encontramos a nadie a quien pedir la llave pues, por muy monumental que parezca, la iglesia fue privatizada por la desamortización de Mendizábal y privatizada sigue. Aunque, afortunadamente, bien conservada. En septiembre volvimos, aprovechando otro viaje. El cielo estaba gris y el campo presentaba un aspecto otoñal, tampoco encontramos a nadie que pudiera abrirnos. Nos despedimos de Puilampa con admiración.


Dispuestos a recorrer de nuevo las iglesias románicas de la comarca nos encaminábamos a Uncastillo por la carretera A-127 cuando el Colega recordó que por allí había un monumento romano. En efecto, a dos kilómetros de Sádaba y siguiendo un camino que se abre en el lado izquierda de la carretera se levanta una especie de pared de piedra que en el pueblo llaman el “altar de los moros”, por esa inclinación que tenemos en casi cualquier región a identificar como de los moros cualquier piedra de origen desconocido. Hay que ir con cuidado porque, como suele ocurrir, la señalización es regular y a poco que te descuides te has pasado. Que es lo que nos ocurrió a nosotros. Se trata de un monumento funerario romano del siglo II (193-235 d.C.) correspondiente a la época de los Severos mandado levantar por Atilia Festa para acoger los restos de su familia: su abuelo, C. Atilius Quirina, su padre, L. Atilius Festa, y los de ella misma. Así lo indican las inscripciones que se conservan en la parte superior del monumento. Lo que nos ha parecido un muro es lo que queda de la fachada principal del mausoleo-templo.

Sea porque el monumento se encuentra aislado en mitad del campo, rodeado/protegido de un sencillo alambrado, sea porque fue levantado por una mujer como expresión del respeto de Atilia a sus ancestros, sea porque me pilla en un momento moñas las piedras me conmueven. ¡Quién les iba a decir a los Atilios que su memoria permanecería dos milenios después de su muerte!.
Fotos: ©Valvar


