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Sos del Rey Católico

Durante la pandemia, ese tiempo oscuro que tan rápidamente hemos olvidado, los viajes estuvieron muy limitados: ni aviones, ni barcos, ni trenes. Cuando se fueron abriendo las salidas, aún con límites y embozados, los jubilados seguíamos siendo población de riesgo. Había que optar entre seguir confinados en casa o buscar lugares poco frecuentados. Sin perder de vista nuestra inclinación por el románico, buscamos ejemplares ubicados en zonas rurales, lejos de las rutas turísticas.




En junio de 2020, para nuestra primera salida elegimos la comarca de las Cinco Villas. Reservamos cuatro días en el Parador de Sos del Rey Católico, emplazado en un magnífico mirador de la comarca, desde donde proyectamos varias visitas siguiendo los pasos románticos del Maestro Agüero. En cuanto llegamos nos dimos cuenta de que la misma idea que nosotros la habían tenido muchos otros jubilados y algunos jóvenes. El Parador estaba si no lleno, casi. Todos muy prudentes, aún con el miedo en el cuerpo.
Situado al norte de la provincia de Zaragoza en el límite con Navarra, Sos es un viejo asentamiento. Ya en el siglo X fue una estratégica plaza militar y en la Edad Media, un punto estratégico entre los reinos de Aragón y Navarra. No hay acuerdo sobre el significado del topónimo. Hay quien cree que significa “sobre un alto”, quien que alude a un pueblo prerromano, los suesetenses; para otros sería las iniciales de Sancti Oppidum Stephani, la villa de San Esteban. Ostenta el apellido del Rey Católico desde principios del siglo XX, por autorización de Alfonso XIII.

Fernando II de Aragón, por otro nombre el Rey Católico, es omnipresente en la villa. Su madre, Juana Enríquez, segunda esposa de Juan II, se encontraba en Navarra en marzo de 1452 cuando sintió que se acercaba el momento del parto, corriendo a territorio aragonés para dar a luz. Esta Juana Enríquez, acusada de ambiciosa e intrigante por los historiadores, todos hombres, por supuesto, preside el hall del Parador llevando de la mano al pequeño infante Fernando, paradigma de ambición y capacidad de intriga, ensalzadas en su caso como virtudes políticas.

En el caserón de la familia Sada nació el 10 de marzo su hijo Fernando, a quien la mente materna le reservaba grandes destinos. Juana, hija del almirante de Castilla, pertenecía a los Enríquez, rama ilegítima de la corona castellana y trabajó para que su hijo fuera rey de Castilla. No llegó a ver su sueño hecho realidad porque la muerte se la llevó antes de conseguirlo.
Sos se disputa con Ejea de los Caballeros la capitalidad honorífica de la comarca de las Cinco Villas. Pertenece con toda justicia al club de los Pueblos más Bonitos de España y es Conjunto Histórico Artístico desde 1968. Ubicado sobre la peña Feliciana, en una colina con dos lomas, en la más elevada se alza el castillo, origen de la villa, en el otro la judería. Sus murallas permiten el acceso por cualquiera de sus siete puertas: las de Zaragoza, Sangüesa, Jaca, Uncastillo, Levante, de la Reina y del Mudo. La reina es Juana Enríquez y el Mudo fue un sosiense apresado por los franceses durante el sitio de la guerra de la Independencia, que se mordió la lengua para no delatar a sus vecinos y murió desangrado ante esta puerta.







El callejero de Sos es un desfile medieval: casonas y palacios de piedra, portadas, escudos nobiliarios, pasadizos, plazuelas, restos de fortificaciones, construcciones románicas y góticas. Una continua escalada pues se diría que en Sos hasta las bajadas son cuesta arriba.

El castillo fue levantado en los siglos X-XI, la torre, de planta cuadrada y rematada en almenas, corresponde al siglo XII, construida en piedra de sillería sobre roca, se encuentra en regular estado.



Recostada en el castillo y también con aire de fortaleza, se alza la iglesia parroquial de San Esteban, de los siglos XI-XII. Románica, con sus tres ábsides al exterior y tres naves al interior, que no pudimos ver porque a la sazón estaban todas las puertas cerradas. Tiene una bonita pero deteriorada portada con un rico programa escultórico, no del todo protegida por una bóveda de crucería gótica. En el tímpano se distingue con dificultad un Pantocrator con el Tetramorfos.

Igualmente estaba cerrado el pasadizo que comunica el castillo con la iglesia-cripta de Santa María del Perdón, situada en el interior y de la misma época que la iglesia de San Esteban, por lo que no pudimos ver sus capiteles ni su portada ni las pinturas murales góticas del XIV.

El palacio de Sada, lugar de nacimiento de Fernando el Catolico, es una construcción de los siglos XVI-XVII, de austera fachada renacentista y sobria puerta con el escudo de la familia propietaria, marqueses de Campo Real. Actualmente es Centro de Interpretación de la época. La iglesia de San Martín de Tours, del siglo XIII, servía de capilla privada de la familia Sada. Tras el palacio se extiende la vieja judería.



La Plaza Mayor acoge el Ayuntamiento, obra del siglo XVI mandada construir por el concejo, y el Colegio Isidoro Gil de Jaz, personaje que fue ministro de Carlos III, del XVIII. En los muros del Ayuntamiento se pueden leer dos sentencias bíblicas: “Dice Dios nuestro Señor, en la casa del que jura no pasará desventura” y al otro lado, “De toda palabra ociosa darán los hombres cuenta rigurosa”. Lo que no son malas advertencias en un edificio municipal.
De las trece ermitas que se llegaron a contar en los alrededrores de Sos hasta el siglo XVII solo queda la de Santa Lucía, construida en el siglo XIII en un románico ya tardío, con portada posterior de estilo gótico.
Callejear por Sos es placentero y en algunos rincones, sorprendente. “Merde pour les volontiers de Mina” escribieron los franceses cuando lograron entrar en la villa en una de las batallas de la Guerra de la Independencia, después de haber creído erróneamente que combatían contra los voluntarios de Espoz y Mina.

Otra sorpresa es encontrarse cerca del castillo con una escultura del cineasta Luis García Berlanga. Es el homenaje que Sos rinde al director que en 1984 escogió la villa para rodar la película La Vaquilla.
Fotos: ©Valvar

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La ermita de Quintanilla de las Viñas

El atractivo de viajar no radica en la importancia del destino ni en la distancia a recorrer ni en el tiempo de la expedición. Hay lugares con magia propia, con un encanto por encima de su apariencia, poseedores de secretos no revelados. Si la suerte acompaña al lado de casa te topas con la aventura.

Quintanilla de las Viñas es una pedanía de Mambrillas de Lara, en la comarca del Alfoz de Lara, al este de la provincia de Burgos, en el camino de San Olav, por donde pasó el Cid camino del destierro. Pero lo que le da nombre a la localidad es la ermita, distante un paseo corto a las afueras del pueblo. Es un edificio exento, ubicado en un valle a la sombra de farallones calizos, un paraje que por sí solo tiene el poder evocador de la leyenda y de la historia, como te cuentan con detalle en estos enlaces. ⬇️ ⬇️
Los estudiosos no se ponen de acuerdo sobre si se trata de un templo visigótico del siglo VII, antes de que el territorio fuera invadido por los musulmanes; prerrománico, del IX o X, de la época de la repoblación cristiana; o estamos ante un templo no cristiano o herético.





Aunque en las primeras décadas del siglo XXI la zona forma parte de eso que se ha dado en llamar la España vaciada este territorio ha ofrecido morada a grupos humanos desde la prehistoria. No lejos de aquí, en el mismo término de Mambrillas de Lara, se encuentra el Dolmen de Cubillejo, monumento megalítico del tipo de sepulcro de corredor. Se sabe que hubo asentamientos celtibéricos y que donde hoy se encuentra Lara de los Infantes hubo una ciudad romana: Nova Augusta.
Más aún, se cree que la ermita de Quintanilla pudo construirse sobre el solar de una villa romana. Monumento Nacional desde 1929, es tenida como una de las grandes joyas de la arquitectura prerrománica española. La muy fiable web Arteguías la define como “un edificio misterioso que ha dado pie a todo tipo de teorías sobre su autoría y datación”.


Lo que nos ha llegado es una parte de la fábrica original, de planta de tres naves, transepto con dos cámaras en los extremos y ábside rectangular, de lo que solo se conserva la cabecera y el transepto, pues las naves se hundieron en el siglo XIV. Fue construida con grandes sillares de caliza y arenisca de dos colores colocados a la manera visigoda, a hueso, esto es, sin argamasa.





En el exterior lo más interesante está en la cabecera, recorrida por tres frisos esculpidos; el superior ocupa solo el testero, los inferiores se prolongan por los muros orientales del transepto. En el friso inferior se ven roleos dobles continuos rodeados de hojas y racimos. En el central, medallones con distintas aves y flores hexapétalas y tres monogramas de incierto significado. En el superior, animales cuadrúpedos: grifos, leones, leopardos y toros. Todos de perfecta ejecución, elegantes y muy hermosos. En las plantas sagradas y algunos animales de su ornamentación, así como las inscripciones de Sol y Luna basan sus sospechas quienes sostienen que quizá el templo acogió creencias arrianas, gnósticas o maniqueas orientales.
Del interior destaca el arco triunfal, considerado el más perfecto de la arquitectura prerrománica española. Sobre la clave hay una piedra tallada con un Cristo en actitud de bendecir. Las dovelas se decoran con un friso a base de aves, palmetas y racimos. En la parte inferior del arco se encuentran dos relieves extraordinarios: en el del sur se ven una pareja de ángeles sujetando un medallón en cuyo interior aparece un busto humano con cabellos como rayos y la inscripción: SOL. En la parte superior del sillar la inscripción “OC EXIGVVM EXIGVA OFF(ert) D(e)O FLAMMOLA VOTUM”, traducido como “La humilde Flamola ofrece este pequeño presente como un voto a Dios”. El sillar gemelo del lado norte está roto en parte, uno de los ángeles ha desaparecido, el que queda sujeta un clípeo con una efigie humana con una luna creciente en su cabeza y la inscripción: LUNA.


Hasta hace unos años en el interior se guardaban dos bloques tallados: uno de ellos representaba una mujer -la Virgen María- con dos ángeles y otro con un personaje con una cruz patada y dos ángeles y otros dos bloques más pequeños en los que se habían tallado supuestamente evangelistas. Todas ellas piezas descontextualizadas, restos de la obra primitiva. Pero las dos piezas más pequeñas fueron robadas y, para evitar un posible expolio, las dos restantes fueron trasladadas al Museo de Burgos.


En 2019 las piezas robadas fueron encontradas en un jardín privado del norte de Londres. Sus propietarios aseguraron que las habían comprado sin conocer su origen ni su valor. Abundando en el carácter mistérico de estas piedras, parece que desde su llegada la desgracia acompañó a los sillares robados. Cuando el marido murió la esposa quiso deshacerse de ellos, momento en que un detective los encontró y fueron devueltos a España. Después de una exhaustiva restauración, pueden verse en el mismo Museo de Burgos.


Nosotros hemos visitado la ermita muchas veces, solos, con las herederas adolescentes, con amigos… podemos decir que las fotos en Quintanilla de las Viñas retratan el curso de nuestras vidas.
En agosto de 2021 quedamos con nuestra amiga Delma Vicario, que es de la zona, en acudir a la explanada de la ermita a contemplar la lluvia de Perseidas. Previamente, picoteamos en la Cantinilla de Quintanilla, disfrutamos de la hospitalidad de Rafi Eslava en su acogedor jardín y, cuando la noche había oscurecido lo suficiente nos encaminamos a la ermita.

La noche era oscura como boca de lobo, frase hecha cuya expresión comprendí cabalmente allí. Con ayuda de la linterna del móvil llegamos hasta la pequeña explanada de la cabecera de la ermita. En el corto trecho el Colega encontró una luciérnaga -el gusano de luz de nuestra niñez, tan escaso ahora-, como estrella caída del cielo. Extendimos las mantas que habíamos llevado y nos tumbamos sobre ellas a contemplar el firmamento. Hacía años que no veíamos la Vía Láctea en todo su esplendor. Enseguida empezaron a caer las lágrimas de San Lorenzo sobre nuestras cabezas, caídas que celebrábamos con alegría infantil.
Permanecimos un rato callados, sobrecogidos por el silencio y el espectáculo que se nos brindaba. Hasta que Delma comentó que aquel era un lugar mágico, telúrico… y me entró el canguelo. El Colega, que ha pasado más de una noche al raso, corroboraba la opinión de nuestra amiga, pero yo soy de naturaleza urbanita y donde ellos creían sentir el palpitar de la tierra, yo sentía la presencia de la ermita y de la misteriosa quebrada donde anidan los buitres y alimoches y me parecía oír un eco lejano de las huestes del Cid o la voz de Gonzalo Gustioz, prisionero de Almanzor, llamando a sus hijos muertos: Diego, Martín, Fernando, Suero, Enrico, Veremundo, Gonzalo… Los siete Infantes de Lara -o de Salas-.

Ha sido una noche mágica, insistía Delma. Realmente, lo fue. Arrimaos para que se vea la ermita, ordenó nuestra amiga. Ahí estamos, arrimados.

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Viana do Castelo

En el viaje de 2014 desde Braga seguimos el itinerario del libro de Julio Llamazares –Tras os Montes, un viaje portugués– hasta Oporto, pero en enero de 2023 optamos por abandonar al escritor y acabar la ruta en Viana do Castelo, que no conocíamos. Varias cosas nos habían llamado la atención de este lugar: el mar, sus adecuadas dimensiones para una visita de cuatro días, y que allí estuviera atracado el buque Gil de Eanes. Encontramos una oferta en la Pousada de Santa Luzia, lo que nos pareció una buena sugerencia. Porque, a ver, ¿quién en su sano juicio viaja en los primeros días de enero a una ciudad de playa cuando las previsiones meteorológicas son de lluvia los cuatro días? Exactamente, los dos jubilados.





La Pousada de Santa Luzia corona la colina de la que toma nombre. En este lugar se levantó la ciudad prerromana conocida como Ciudad Vieja. Uno de los castros más importantes de la romanización del Alto Miño, que dominaba la desembocadura del río Lima, cuyos restos arqueológicos pueden visitarse. Se llega a la cumbre siguiendo un zigzagueante camino que la primera vez parece no tener fin, luego te acostumbras. Entre otras razones porque el espectáculo que se divisa desde nuestra habitación es magnífico, sea de día o de noche.



Antes de bajar a la ciudad hicimos una primera parada en el Santuario del Corazón de Jesús, unos metros por debajo de la Pousada. El templo es de 1898, obra de Ventura Terra, autor también del Palacio de Sao Bento en Lisboa. En realidad es un remake del Sacre Coeur de París: neo-románico, neo-bizantino y neo-gótico. Hay un funicular que une la ciudad y la iglesia pero cuando estuvimos se encontraba fuera de servicio.




Viana do Castelo se asienta en la desembocadura del río Lima, es una ciudad que ha conocido tiempos gloriosos. Tuvo importantes astilleros y de aquí partieron algunas de las expediciones que conquistaron nuevas tierras, cuando las flotas de Portugal navegaban por todos los mares conocidos y por descubrir y comerciaban con países de medio mundo. De entonces son algunas casonas y palacios -de los Abreu Tavora, hoy Ayuntamiento, de los Melo Alvim, de los Costa Barros, de Sá Soutomaior, de los Luna, de los Alpuins y de los Werneck- iglesias y fuentes que pueblan su centro histórico, no muy grande pero muy hermoso, con la Plaza de la República como eje.



Todos ellos nos hablan de una clase social rica y culta que aún en los siglos XIX y XX levantan bellos edificios modernistas en la Avenida de los Combatientes. Prueba de ese interés por la cultura son sus museos de Artes Decorativas, del Traje y de Arqueología.
Por entonces Viana do Castelo era el primer puerto de la flota bacaladera, cuando Portugal iba al bacalao de Terranova, antes de que la ampliación de las zona económica exclusiva y la sobrepesca acabara con el caladero.


A esa época corresponde el buque Gil Eanes, construido en 1955 en los Astilleros de la ciudad. En su periodo activo fue buque insignia, correo, remolcador, rompehielos, frigorífico y buque asistencial sanitario y de pertrechos de la flota bacaladera. En 1973 hizo su último viaje de apoyo quedando a partir de entonces sin funciones hasta que en 1977 fue vendido para desguace. Las Instituciones, empresas y población vianenses reaccionaron, crearon la Fundación Gil Eanes y en 1998 los astilleros de Viana rehabilitaron el buque para servir como museo y reconocimiento al pasado marítimo de la ciudad. Hoy, es un activo turístico de la ciudad, donde los visitantes pueden conocer cómo era un buque hospital en aquellas aguas heladas y terribles de Terranova y Groenlandia.



Mi interés por conocer este barco era compararlo con el buque hospital “Esperanza del Mar”, propiedad del Ministerio de Trabajo de España, que asiste a la flota del banco canario sahariano, al que conozco bien y sobre el que he escrito mucho en mi etapa profesional activa. En honor a la verdad, el nuestro me pareció mucho mejor y más moderno, entre otras razones porque fue construido en el 2001.








No menos importantes que sus casonas son las iglesias de Viana, empezando por su catedral. Obra del siglo XV, de arquitectura románica y gótica, de aspecto de fortaleza.

Antes de esta construcción sirvió de catedral la actual Capilla de las Ánimas, llamada así porque su explanada fue cementerio hasta el siglo XIX. La obra original era del siglo XIII pero fue reedificada en el XVIII.


En la misma Plaza de la República se encuentra la Casa das Varandas, edificio del siglo XVI mandado construir por la cofradía de la Misericordia. Es un gran ejemplar renacentista y manierista, con influencias italianas y flamencas. Detrás de ella está la iglesia de la Misericordia, reformada en 1716 incorporando los azulejos típicos lusos, frescos en el techo y un gran retablo.


Basta caminar unos pocos metros y cruzar una calle en dirección al río para dejar atrás el casco antiguo vianés y adentrarte en una ciudad moderna. Este prurito de modernidad no es nuevo en Viana do Castelo. En 1878 sustituyó el viejo puente de madera que unía las dos orillas del río Lima por uno de hierro diseñado por la Casa Eiffel por el que iba a transitar el ferrocarril. Aún hoy es una obra impresionante: mide 563 metros de longitud y seis de anchura, se asienta en nueve pilares de 20 metros de profundidad. En su construcción se emplearon más de dos mil toneladas de hierro. Es una de las imágenes icónicas de la ciudad.


La ribera derecha del río se ha convertido en un lugar de encuentro del vecindario: jardines, terrazas, lugares de juegos y, enseguida, la Plaza de la Libertad, espacio diseñado por Fernando Tavora, considerado el padre de la Escuela de Arquitectura de Oporto, que acoge dos edificios singulares galardonados con el premio Pritzker: la Biblioteca Municipal, obra de Álvaro Siza, y el Centro Cultural, de Eduardo Souto de Moura. El primero, una estructura de hierro recubierta de cemento blanco; el segundo, un diseño que evoca la arquitectura naval, que tanta importancia tuvo en la ciudad.

Entre ambos se alza un rectángulo metálico de gran altura, es el Monumento a la Revolución de los Claveles del 25 de abril, obra del escultor José Rodrigues.

Todos los días de nuestra estancia dedicamos un rato a pasear por este lugar, que, efectivamente, proporciona una sensación de libertad y de belleza, rodeado de edificios hermosos, acompañando al río en su encuentro con el mar, contemplando la caída del sol a la tarde. Viana do Castelo resultó ser un hallazgo, una ciudad placentera, compendio armónico de arte en todos los estilos: prehistórico, románico, manuelino, barroco, modernista, historicista y vanguardista.
En el colmo de la dicha, y contra pronóstico, Viana do Castelo nos recibió con un sol espléndido y así continuó hasta el día que nos íbamos, que amaneció lluvioso, como si la ciudad lamentara nuestra marcha. No tanto como nosotros sentíamos irnos.
Fotos: ©Valvar




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Braga

Braga una ciudad fundada por los romanos en el siglo II antes de la era cristiana con el nombre de Bracara Augusta, que acabó convertida en la capital de la provincia romana de Gallaecia. A los romanos les siguieron los suevos, los visigodos y los árabes hasta que fue conquistada por Alfonso I de Asturias. Su vínculo con España se rompe definitivamente con la independencia de Portugal en 1139.
Hoy es una ciudad moderna de cerca de 200.000 habitantes, con un rico patrimonio artístico, la mayoría de carácter religioso, principalmente barroco. Estamos en la “católica Braga”, pues, a pesar de los incontables cambios sociales que ha vivido Portugal sigue en vigor el axioma según el cual mientras Coímbra estudia, Lisboa se divierte, Oporto trabaja y Braga reza. Sitios donde hacerlo le sobran.
La archidiócesis bracarense arranca en el siglo III con jurisdicción sobre los obispados de la Gallaecia. Acogió varios concilios, incluido el que en el 563 condenó el priscilianismo. La tradición asegura que en el siglo VI el obispo San Martín de Braga convirtió a la tribu local de los suevos y, para evitar los nombres paganos de los días de la semana, introdujo la costumbre aún vigente de designarlos con el orden numérico tras el domingo, lunes es segunda-feira, martes, tercerda-feira y así sucesivamente.










Tras el paréntesis de la dominación musulmana resurge la archidiócesis disputando con el clero compostelano la preeminencia eclesiástica. La primitiva catedral fue destruida por el terremoto de 1135. La seo actual, bajo la advocación de Santa María, conserva una buena portada románica oculta tras un pórtico gótico del siglo XV. Es el primer monumento de la ciudad, una mezcla de estilos bastante armonizados. En su construcción intervino Joao de Castillo, arquitecto del monasterio de los Jerónimos de Lisboa. A nosotros nos gusta el airoso remate de sus torres y nos asombra la cantidad de restos que aparecen desperdigados en un patio de la catedral.
En nuestro primer viaje de 2014 llegamos atraídos por la catedral y, más aún, por el Buen Jesús y su famosa escalinata, que el Colega estaba empeñado en fotografíar, pero parece que aquel no era nuestro día. Gastamos un tiempo precioso en buscar aparcamiento, nos prohibieron hacer fotos en el interior de la catedral y me abroncaron al primer intento y, en el colmo de la mala suerte, no encontramos la famosa escalinata, más fotografiada que una miss.
Peor aún, tras preguntar varias veces y ser amablemente dirigidos, después de soslayar una enorme efigie hiperrealista del papa Juan Pablo II -que no es santo de nuestra devoción, precisamente- y de trepar por una escalera casi infinita, llegamos al santuario de Sameiro, que en nada se parece al Buen Jesús.
Cuando encontramos al fin el Buen Jesús estaba atiborrado de visitantes en un día caluroso, y cubierto de una malla por hallarse en obras. Este detalle no nos importó porque el valor artístico de la iglesia es escaso, queríamos ver la famosa escalinata barroca – un millar de peldaños- construida por el arzobispado en 1722 y finalizada un siglo después. Pretendiamos ver su perspectiva de abajo a arriba pero nos encontramos en la parte superior.
Tomamos el funicular con intención de verlo desde la base pero el trenecillo tiene su base en medio del bosque y no fuimos capaces de encontrar el arranque de la escalera ni siquiera cuando lo intentamos con el coche, siguiendo la tortuosa carretera que parte de la ciudad y culmina en la iglesia. Nos fuimos de Braga agotados y enfadados, pensando que habría de pasar un tiempo para que diéramos una segunda oportunidad a la ciudad.





Cuando hemos vuelto en enero de 2023 la fortuna estaba de nuestra parte. Aparcamos a la primera, cerca de la catedral y en uno de los pocos lugares gratis. Visitamos la catedral, que ahora permite fotos, y recorrimos el Museo Sacro.




Paseamos desde la Puerta Nueva, abierta en la muralla en 1512, aunque el arco data del siglo XVIII; seguimos el paseo por la Rua do Souto, que es la principal arteria turístico-comercial, paramos en Largo de Palacio, que fue sede de la República Bracarense, abolida por la primera reina de Portugal en 1790, doña María I; desembocamos en la Plaza de la República, un espacio con forma de embudo, ajardinada en su parte estrecha, que se cierra con un airoso edificio conocido como la Arcada.


Confiados en nuestra buena suerte, cogimos el coche en dirección al Buen Jesús, distante cinco kilómetros de la ciudad. Tomamos la carretera sinuosa con el GPS a todo meter y los ojos bien abiertos pero cuando nos dimos cuenta estábamos otra vez en la cumbre. Si todo el mundo es capaz de encontrar el arranque de la escalinata, va a resultar que somos los más tontos del continente, comento. Deshacemos el camino y, cuando el Colega está a punto de decidir que nos vamos definitivamente, vemos un pequeño espacio junto a la carretera. Para y buscamos en el plano, propongo. Para, bajamos y, cuando echamos una ojeada alrededor, vemos que estamos en el sitio justo. ¡Eureka! Naturalmente, hacemos tropecientas fotos de la escalera.



Los más devotos suben esta escalera a pie y algunos, de rodillas. Nosotros volvemos a subir y paseamos por el santuario. La mañana amenaza lluvia y apenas hay visitantes, los bares y restaurantes están cerrados, nueve años después siguen las obras, también en el funicular, ahora cerrado.
Con el corazón contento, volvemos a Braga. Encontramos aparcamiento sin problema y en la Oficina de Turismo preguntamos por un lugar donde comer. Nos orientan hacia los restaurantes junto a la Puerta Nueva, frecuentados por los turistas, pero hemos echado el ojo al Café Vianna, en la misma Plaza de la República, al que acuden los bracalenses.



El Vianna es un establecimiento fundado en 1858 que conserva un cierto aire decimonónico, como si el tiempo se hubiera detenido entre sus mesas y sofás. Nos atiende un camarero que, aparte de sugerirnos los platos de la carta que cree nos van a gustar, echa un rato de charla con nosotros contándonos historias del café y de la ciudad. Es una persona cultivada y amable, que ha trabajado en otros países europeos. Agradecemos su cordialidad elogiando la ciudad y el país. Yo estoy pensando en pedir la doble nacionalidad y que me dejen ser portuguesa, le digo. ¿Para qué quiere ser portuguesa? Todos somos europeos ya, me responde. Pido una francesinha, que es una especie de sandwich enorme típico de Oporto relleno de carne, jamón, salchichas, queso y huevo y bañado en una salsa mezcla de mayonesa y tomate. El camarero advierte que han aligerado la receta para adecuarla a las dietas modernas. Así y todo, soy incapaz de terminarla. He perdido fuelle porque la de Oporto sí la acabé.

Cuando salimos del Café Vianna el Colega propone tomarnos otro café en A Brasileira, que está al lado y, aunque no es el del Chiado lisboeta, se le da un aire. A esas horas está concurrido por gente de todas las edades que hacen tertulia de sobremesa. Nos ofrecen un buen café en una mesita con un pequeño florero con claveles blancos. A punto estoy de arrancarme con Grandola, vila morena, pero me contengo.

Al salir de A Brasileira llueve ligeramente pero vamos bien pertrechados y nos mojamos con gusto, después de haber hecho definitivamente las paces con Braga.
Fotos: ©Valvar

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Guimaraes

Tras la grata expriencia de Chaves seguimos camino a Guimaraes retomando la autovía que dejamos el día anterior. Nada que ver con las viejas carreteras que conocimos años atrás ni con las que describe Julio Llamazares en su libro sobre Tras os Montes. La modernización de Portugal es más que evidente.
Guimaraes es una población originada a partir del castillo mandado construir por Vimara Pérez, vasallo del rey Alfonso III, quien fue el impulsor de la repoblación de su reino. Del fundador tomará el nombre original de Vimaraes y el gentilicio de vimaranenses de sus habitantes -raramente guimaranenses-.


Empero, fue la condesa Muniadona Díaz quien vino a darle vidilla al lugar construyendo un monasterio en un terreno suyo, que luego se convirtió en colegiata, un escalón superior. A los nobles y monarcas debió gustarles el sitio pues empezaron a colmar de privilegios a la fundación de doña Muniadona, como consecuencia de lo cual el camino que unía el castillo y el monasterio, la Rua de Santa María, se convirtió en la calle principal de la población. Sigue siendo un apacible paseo. El conde don Henrique concedió a la ciudad el primer fuero nacional, hacia 1096.
A partir de ahí Guimaraes fue extendiéndose hacia abajo de manera que es fácil distinguir en ella sus estratos históricos: el castillo fundacional en lo alto, la ciudad medieval en la ladera y la ciudad moderna en el ensanche del valle. Nosotros optamos por empezar el reconocimiento de arriba a abajo, como los repobladores.



El castillo es una mole imponente, la primera impresión es que se trata de una insurgencia pétrea. La torre del Homenaje, de 28 metros de altura, data del siglo X y es la parte más antigua, está rodeada de siete torres cuadradas del siglo XV. En un lienzo de la muralla una placa recuerda los vínculos linguísticos luso-galaicos con frases de Pessoa y Castelao. Un cetrero con varios alcones ambientan el interior del castillo.


Muy cerca del castillo se conserva la pequeña iglesia románica de San Miguel, obra del siglo XII, en cuyo interior se conserva la pila bautismal en la que, según la tradición, fue bautizado Alfonso Henríquez, el primer rey portugués.


Enseguida se divisa el palacio de los duques de Braganza, obra del primer duque, en el siglo XVI. Su silueta y sus 39 chimeneas recuerdan a los palacios centroeuropeos. Rehabilitado como residencia presidencial en la etapa salazarista, guarda tapices, alfombras y mobiliario portugués. Actualmente está abierto al turismo.







Por el camino que dejó trazado doña Muniadona descendemos al centro histórico. La Rua de Santa María está plagada de pequeñas y exquisitas tiendas, flanqueada de hermosos edificios, entre los que se distingue el convento de Santa Clara, hoy ayuntamiento, hasta desembocar en la Plaza de Santiago y el Largo de Oliveira.



En la Plaza de Santiago, amplia, irregular y colorista, con sus casas antiguas, sus balconadas de madera y sus muchas terrazas, se siente el latir de Guimaraes. Comunica con Largo de Oliveira por unos arcos que sustentan una vieja casona de piedra del siglo XVI, que fue Palacio del Concejo.



La iglesia de Oliveira que se levanta a un costado y da nombre al lugar, ocupa el espacio del monasterio fundado por la condesa Muniadona. El rey Juan I mandó construir la iglesia en el siglo XIV para agradecer a la Virgen su protección en la batalla de Aljubarrota, ganado por los portugueses a los castellanos. Pasamos por alto la parcialidad y el favoritismo de la Virgen y admiramos la torre cuadrada de tres niveles, obra ya del siglo XVI.



Nos llama la atención un edículo gótico, el Padrao del Salado, del siglo XIV, que conmemora la Batalla del Salado donde los benimerines musulmanes fueron derrotados pos las tropas cristianas de Castilla, Aragón y Portugal. El crucero es donación de un comerciante local.



Deambulando por la ciudad llegamos a un cruce de avenidas: a la izquierda, la de Alberto Sampaio -artista que tiene aquí museo propio- de frente, el Largo de la República de Brasil, bulevar ajardinado que conduce a la iglesia de San Gualter, con fachada neobarroca del siglo XVIII y esbeltas torres del XIX, y a la derecha, la Alameda de San Dámaso, que conduce a la ciudad moderna. Cerca de San Gualter tomamos un teleférico que nos lleva al santuario de la Peña, desde el que se divisa la ciudad que se reclama cuna de la nación portuguesa, Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 2001.

Para descansar del paseo nos sentamos en uno de los cafés a la sombra de la iglesia de Oliveira sin percatarnos de que un equipo de televisión está rodando en la mesa contigua. El ruido que hacemos con las sillas interrumpe la grabación. Pedimos disculpas pero nos responden: La culpa es mía por invadir su espacio. Todavía sufrirán varias interrupciones, sin que nadie del equipo pierda la sonrisa. Nos queda la sensación de que hemos perdido más de lo que creíamos con la secesión del reino portugués. Dejamos Guimaraes con el recuerdo de la omnipresente doña Muniadona, un poco hechizados por el encanto y la belleza de esta ciudad y el deseo de volver.
Hemos vuelto nueve años después, en enero del 2023. En esta ocasión hemos entrado por Verín y a partir de Chaves, hemos seguido por la autovía que conduce a Guimaraes. Nada tiene que ver el paisaje que encontramos con el del viaje anterior, menos aún con el que describió Llamazares. Portugal es un país moderno, modernísimo en muchos aspectos, con una impecable red viaria.
Nos dirigimos a Braga pero hemos querido hacer una parada sentimental en esta ciudad de la que guardamos tan buen recuerdo. Sigue tan hermosa como la recordamos. Nos sentamos en la misma plaza y en el mismo bar que antaño, confortados por un sol inusualmente cálido, junto al Padrao del Salado.
Al irnos olvidamos colgada en la silla una cartera con la cámara pequeña de fotos. Volvemos al percatarnos y encontramos al camarero hablando por el móvil, con la cartera en la mano. Le contamos nuestro olvido y nos dice que estaba llamando al cliente que creía dueño de la bolsa. Disculpen por no haberme dado cuenta de que era suya, nos dice. Lástima que la cortesía no sea contagiosa.
Fotos: ©Valvar

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Chaves (Portugal)

Salimos de Bragança camino de Chaves con la intención de seguir la vieja carretera por la que transita Llamazares en su libro sobre Tras os Montes pero cuando nos damos cuenta estamos en plena autovía, que corre al sur casi en paralelo pero en un itinerario más largo. Sin embargo, a la vista de lo poco que se asemeja la descripción literaria con la realidad que estamos viendo, optamos por seguir por la autovía, que no resulta más breve pero sí más cómoda.
El itinerario alterna pequeños valles con altozanos y sierras en los que abundan viñedos y olivos, bosques y un caserío remozado. Vamos dejando atrás Mirandela, y en Vila Real tomamos el ramal que nos conducirá a Chaves, ciudad que administrativamente pertenece a la región de Tras os Montes y Alto Duero. El camino es ya una sucesión de valles hasta la entrada en nuestro destino.



Nos adentramos en una ciudad con avenidas bordeadas de arbolado y un caserío cuidado. Una ciudad risueña que se extiende por un cerro entre las sierras de Moros y Bruneiro, con una población de unos 20.000 habitantes, si bien el municipio, con sus 51 freguesias (parroquias), ronda los 50.000.
Chaves es una ciudad vieja. Los romanos llegaron hasta aquí en el año 78 de la era cristiana a explotar las minas de oro de la Sierra de Pradela y eligieron el lugar por los beneficios de sus aguas termales. Fue el emperador Flavio Vespasiano quien bautizó el asentamiento como Aquae Flaviae.


A los romanos deben, pues, los naturales de Chaves no sólo el gentilicio –flavienses- sino un magnífico puente sobre el río Támega, mandado construir por Trajano. Levantado entre los años 98 a 104, tiene una longitud de 104 metros y conserva doce ojos de los dieciocho que tuvo. En el centro, a un lado y otro de la calzada, se conservan dos columnas con inscripciones alusivas. Columnas y puente son los monumentos iconográficos de una ciudad bien dotada en patrimonio cultural. Las caldas, situadas en las inmediaciones del casco urbano, siguen siendo uno de los centros termales más importantes de Portugal y sus aguas se consideran las más calientes de Europa, por encima de 70º en su nacimiento.
Los romanos permanecieron aquí hasta el siglo III. Les siguieron los suevos, alanos y visigodos y, en el siglo VIII, los árabes. Tras la reconquista por Alfonso III de León se inició su reconstrucción y amurallamiento. Alfonso X concedió a Chaves sus primeros fueros en 1258 y don Denís levantó el castillo en el siglo XIV. En el siglo XVII continuó la fortificación con la construcción de los fuertes de San Francisco y de Neutel, en la parte alta de la ciudad, la colina de Pedisgueira. En 1929 fue declarada ciudad.


El fuerte de Neutel fue cuartel de las tropas francesas durante la invasión napoleónica de 1808 que los españoles llamamos guerra de la Independencia y los portugueses guerra Peninsular, donde tuvo una actuación destacada el general Silveira, cuya efigie sigue guardando la muralla desde el monumento que fue levantado con ocasión del bicentenario de dicha contienda.



El Fuerte de San Francisco ha sido acondicionado como hotel, alojamiento que elegimos un poco al azar y resultó una magnífica elección. Andando el siglo XXI tiene su puntito aparcar el coche en el patio de armas o cruzar el foso y el puente levadizo para salir a la ciudad.
Dentro del fuerte se conserva el viejo convento franciscano, donde hasta 1942 reposaron los restos del fundador de la Casa de Braganza. Parte de sus dependencias se han habilitado como salones de reunión y comedor del hotel. Se conjuga en ellas la sencillez conventual con el confort de un hotel de cuatro estrellas, unido a un servicio muy profesional.


El casco antiguo de Chaves merece un paseo con toda la calma. Cerca del puente romano se abre la Rua Direita que conduce al Largo del Pelourinho -equivalente a rollo jurisdiccional- y de ahí, torciendo a la izquierda, se llega a la Plaza de Camoens, verdadero corazón de la ciudad.


Visitamos la Iglesia Matriz, mandada construir en el 1100 por la reina doña Teresa, madre del primer rey de Portugal. De aquella época data su portada románica, el resto corresponde a la restauración acometida en el siglo XVI. Mira a la primitiva portada una estatua de don Alfonso, primer duque de Braganza, que aquí creó una de las primeras bibliotecas de Europa. A un lado de la plaza, en el antiguo palacio de los Duques de Aveiro se ha instalado el Museo de la Región Flaviense, que guarda tesoros locales del neolítico al barroco.

Otros edificios de esta plaza son la iglesia de la Magdalena y la capilla de la Santa Cabeza. Todo ello conforma un conjunto magníficamente conservado.
La plaza de Camoens es lugar de reunión de los flavienses pero cuando nosotros la recorremos durante un momento nos quedamos solos, lo que nos produce una sensación de privilegio difícil de olvidar.



A un paso en dirección norte se levanta el castillo, del que se conserva la Torre del Homenaje y una parte de la muralla. La zona ha sido ajardinada y en ella crece un enorme moral que en verano tiñe el suelo de moras maduras, que desprenden un fuerte olor al jugo fermentado. Hay que andar con cuidado porque la mancha de mora es difícil de eliminar y no es verdad que se quite con otra mora. La explanada del castillo es un extraordinario mirador de la vega y de las sierras que rodean la ciudad.


La Rua Direita y la de San Antonio conforman la zona comercial de la ciudad con hermosas y coloristas casas señoriales. Las Ruas do Sol y dos Gatos, estrechas y silenciosas, conservan casas medievales típicas con balconadas de madera. El instituto de secundaria lleva el nombre de Fernando de Magallanes, un tramontino de pro, y ocupa un edificio noble sobre la plaza Largo General Silveira.


Nos sentamos en una terraza de la plaza a descansar del paseo justo en el momento en que el grupo musical Enraizarte ensaya su actuación anunciada para la noche. Resulta que hemos llegado la víspera de la fiesta mayor de Chaves. Enraizarte es un grupo de folk realmente bueno, nos sentimos como si actuaran para nosotros solos y los aplaudimos con fervor. Pocas veces van a tener un público tan rendido.
Además de por su patrimonio histórico y artístico, Chaves es famoso por su vino tinto y por su jamón ahumado. Dispuestos a comprobar si el jamón –en portugués, presunto- flaviense hace justicia a su fama, entramos en una carnicería pero el carnicero, con la amabilidad que caracteriza a los portugueses, nos dice que él solo trabaja el jamón en fresco y nos conduce a una tienda próxima a la suya -la Boitique de Carnes, en la Rua 1 de Dezembro-Terreiro da Cavalaria- donde, en efecto, nos surtimos a placer.
De vuelta al hotel, cenamos en las dependencias del antiguo convento. Un verdadero lujo para el espíritu. Abandonamos Chaves con pesar, hubiéramos querido permanecer más tiempo, y ver la pedra bolideira (la piedra que baila), que Julio Llamazares encontró a cinco leguas de Lubuçao, por donde no pasa la autovía. A cambio, nos llevamos provisiones para rememorar los buenos recuerdos con los que partimos.




Fotos: ©Valvar

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Braganza

Tras-os-Montes es una provincia portuguesa situada en el noreste del país, lindando con las provincias de Zamora y Orense. Tradicionalmente ha pasado por ser una de las zonas más pobres y la menos poblada del país, emisora de emigración. En 1998 Julio Llamazares escribió “Tras o Montes, un viaje a Portugal”, que nosotros leímos en 2014, lo que nos dio idea de repetir el itinerario del escritor.
Partiendo de Burgos, llegamos a Puebla de Sanabria, donde tomamos la carretera ZA-925 y atravesamos la raya siguiendo por la N-103-7 que conduce a Braganza. La calzada está en buen estado pero el trazado parece obra de alguien bebido, una sucesión de curvas. Atravesamos la Sierra de Montesinho, un territorio boscoso con pueblos poco poblados, escenario propicio del antiguo contrabando, protector de los viejos y combativos maquis, a un lado y otro de la raya.
En los valles vemos castaños, viñas y olivos, de los que se extrae un aceite muy característico. En los pueblos, comparten espacio las viviendas tradicionales -idénticas a las de sus vecinos gallegos y astures- con las nuevas casas, muchas de ellas construidas siguiendo los modelos de países europeos, previsiblemente el nuevo lugar de residencia de los trasmontanos emigrados. Así y todo, la impresión general era menos dramática que la que emanaba del libro de Llamazares. Aunque lentamente, la región se iba incorporando a la modernización que estaba viviendo Portugal aprovechando la financiación comunitaria. Paramos para hacer fotos y vemos pasar varios turismos, dos furgonetas, una moto, una bicicleta y un autobús de viajeros.


A la entrada de uno de los pequeños pueblos que se suceden en el camino, vemos un gamo agazapado en la cuneta, el Colega aminora pero el animal, asustado, salta delante de nosotros. El Colega frena en seco y sale corriendo tras el animal, que se ha internado en el bosquecillo cercano, por ver si se ha herido. Yo salgo corriendo también, a ver si se ha golpeado el coche. Gamo y vehículo han salido ilesos del percance.
Bragança para los portugueses, Braganza para los españoles, es la capital de la comarca del alto Tras os Montes. Situada a 700 metros de altitud, su silueta se distingue en la distancia por el perfil inconfundible de su castillo. Estamos en la cuna de la última dinastía que gobernó Portugal, el ducado de Bragança.
En verdad, se trata de dos ciudades, bien entrelazadas pero distintas. La Brigantia de los celtas, convertida en Juliobriga romana (una de las ciudades así bautizadas en honor a Julio César) se convirtió en el medievo en castillo fortaleza desde la que se contempla la moderna, laboriosa y estudiosa Braganza actual, que recibe a los emigrantes que retornan y cada año acoge a cientos de estudiantes europeos que cursan su erasmus en el acreditado Instituto Politécnico.



La vida en la ciudad nueva gira en torno a la Plaza de la Sé. Además de la catedral antigua, cerca de ella se encuentran la iglesia de la Misericordia, el Solar de los Calaínhos, con nueve puertas y escudos de armas y el Solar de Veiga Cabral, actual Centro de Arte Contemporáneo. En algunas de sus numerosas rotondas se han instalado conjuntos escultóricos.



La amurallada ciudadela medieval se alza sobre una colina. Se puede acceder en coche hasta el interior del castillo, después de atravesar las dos puertas, primero la de San Antonio y luego, la de la Vila. Estamos en una construcción mandada erigir por el primer rey de Portugal, Alfonso Henriquez, en 1130. Su hijo, Sancho I, recuperó la ciudad, que había sido tomada por el rey de León, mejoró el amurallamiento y en 1187 construyó el Castillo. Por su cercanía a la frontera, el castillo sufrió grandes daños en los frecuentes enfrentamientos hispano lusos. Braganza jugó un destacado papel en las guerras napoleónicas.


El ducado de Braganza fue creado en 1442 por Alfonso V, para su tío Alfonso, que era hijo extramatrimonial del rey Juan I. La Casa de Braganza sería una de las más poderosas de Portugal y desde 1640, cuando el país se independiza de España, se sentaría en el trono portugués, hasta 1910, cuando se )proclamó la República.
Como toda fortaleza que se precie, también esta tiene su leyenda. La Torre de la Princesa tiene varias y todas hablan de mujeres de vida desgraciada. La más extendida se refiere a la princesa mora/cristiana encerrada en ella por haberse enamorado de un joven cristiano/moro. Otra recuerda a la infanta doña Sancha, hermana del primer rey de Portugal, que aquí sufrió el menosprecio de su marido, Fernão Mendes. Y una tercera habla de doña Leonor, hija del tercer duque de Medina Sidonia, casada con el cuarto duque de Braganza, quien la mantuvo presa en la torre porque para eso era el dueño. La torre tiene un aire sombrío, sea por el recuerdo de tanta desgracia o por la proximidad de la imponente Torre del Homenaje, con sus escudos de la Casa de Avis y sus ventanas geminadas.


Dentro también de la fortaleza encontramos un ejemplar de arquitectura románica civil del siglo XII, que se tiene por único en la península ibérica. Conocido como Domus Municipalis tiene forma de pentágono irregular y consta de dos espacios: en la planta baja, la cisterna o sala de agua, donde se recogían las aguas pluviales; en el piso superior un salón rodeado de ventanas es la casa de Cámara. Debe el nombre a haber sido Cámara Municipal (Ayuntamiento) de Braganza, aunque se desconoce cuál fue su función inicial. La fortaleza es Monumento Nacional desde 1910.


En una plazoleta arbolada junto al castillo se asienta una escultura de jabalí prorromana, quizá de la Edad de Hierro, que sirve de base a un Pelourinho o picota gótica. Las murallas tienen varios puntos de acceso y pueden recorrerse casi en su totalidad.


Entre que llegamos en un día laborable, que hemos madrugado y que los bragantinos parecen preferir la ciudad moderna, nos encontramos solos en la ciudadela. Entramos en una taberna con la pretensión de tomar café; no tiene café pero a cambio el tabernero nos ofrece una amable conversación sobre la vida en Braganza y una ginginha (licor de cerezas) elaborada por él mismo en un aparato que nos muestra. Las dos copas, un euro. En la pared cuelga un letrero que reza así: Yo soy un gran cristiano y rezo 15 misterios enteros para que Nuestra Señora me libre de los deudores. Pagamos religiosamente.

A medio camino de la ciudadela a la ciudad moderna se encuentra la pequeña iglesia de San Vicente, de origen románico, escenario, según la tradición, de la boda secreta de don Pedro con doña Inés de Castro, amantes de trágica historia, cuyos restos reposan en Alcobaça.
Nos pareció una buena manera de despedirnos de la ciudad de Braganza.
Fotos: ©Valvar

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Pedrosa de Tobalina

Pedrosa de Tobalina es un pueblo antiguo, hay constancia de su existencia en el siglo XI; en el XIV era una aldea dependiente de Frías, perteneciente a la Merindad de Castilla la Vieja. Hoy consta de dos barrios, el casco viejo, situado en lo alto de una colina, y el de expansión, que se extiende en la parte llana, cerca del río Jerea y de su famosa cascada. Nosotros venimos desde Burgos con el propósito de ver los relieves de la ventana románica de la iglesia de San Andrés y, de paso, dicha cascada.

La iglesia data de principios del siglo XIII, está en lo alto del pueblo y, de no ir advertidos, hubiéramos creído que nos habíamos equivocado puesó queda poco de su original románico, salvo una portada, semioculta en un pórtico de época posterior, y la susodicha ventana. Pero, qué ventana.


Abierta en el hastial de levante, consta de un arco de medio punto que se apoya en cimacios ajedrezados, que se apoyan en dos columnas con capiteles decorados con dos ángeles y una bola, el de la derecha, y una arpía y un dragón el de la izquierda.


Hasta ahí, todo dentro de lo normal. Lo original está en los fustes de estas columnas, por más que las tallas sean algo elementales, sin apenas volumen. A la derecha, vemos una Virgen coronada con el Niño en el regazo en actitud de bendecir con la mano izquierda, en la que porta una flor de lis. En el frontal de este fuste se aprecia un dibujo inciso de un ángel, como si el cantero hubiera dejado la obra a medio terminar. ¿No será una inscripción posterior, que nada tiene que ver con el original?, pregunta el Colega.


A la izquierda, un personaje vestido con túnica corta que porta algo en la mano, en actitud oferente.

La basa de las columnas se apoya en plintos sobre un alféizar decorado con taqueado. Recorre las jambas y la chambrana una orla de tallos vegetales que encierra lo que asemejan racimos de uvas. Junto a la ventana, una losa de difícil lectura que el historiador Inocencio Cardiñanos Bardecí tradujo así: “Pedro murió el 12 de agosto era de 1259 (año 1221), fray Juan murió el 19 de abril era 1260 (año 1222)”.
Todos los estudiosos coinciden en señalar la falta de recursos técnicos del cantero que trabajó en esta ventana. Seguramente tienen razón, pero el conjunto es tan sencillo e insólito que no sé si puede zanjarse sólo con una sospecha de impericia. Pienso en las muchas veces que tantos artistas, desde Joan Miró a Pablo Picasso, pasando por Van Gogh, fueron descalificados con argumentos parecidos. Puede que el cantero se pusiera creativo, se viniera arriba y hubiera querido ensayar el cubismo de su siglo, le comento al Colega. Puede, dice él sin prestar mucha atención.



Nos despedimos de esta ventana que mira al valle y nos encaminamos a la cascada. Mala suerte. El mirador instalado cerca de la carretera está cerrado por un desprendimiento. Bajamos a la orilla y comprobamos que la sequía de este año ha mermado el caudal del río dejando el salto de agua en dos chorrillos lánguidos. Otra vez será.
Fotos: ©Valvar

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San Pelayo de Valdazo

Cuando estás de suerte hasta las puertas de las iglesias románicas se te abren. Eso nos pasó el último Domingo de Ramos. Tras haber visitado la iglesia de Aguilar de Bureba, el Colega propuso seguir la excursión por la comarca hasta Valdazo, que no conocíamos. Retomamos la carretera a Briviesca y desde allí llegamos enseguida.

Aparcamos y subimos la pequeña cuesta que corona la iglesia de San Pelayo. Ponemos el ojo en su ábside y en la torre alternativamente y ya nos parece que ha valido la pena el viaje cuando por la portada aparece un señor dándonos la bienvenida. Acabo de abrir por si venía algún turista, nos dice. Me dispongo a aclarar que nosotros no somos turistas, pero el Colega se me adelanta muy cumplido dando las gracias y diciendo que estamos encantados y que hoy es nuestro día de suerte. El señor se queda unos minutos más y enseguida desaparece para no volver. Ni siquiera pudimos despedirnos.

De Valdazo sabemos que dependió del alfoz de Briviesca y luego pasó al dominio del poderoso monasterio de las Huelgas Reales de Burgos y que, además de la actual parroquia tuvo otra parroquial y dos ermitas, dedicadas a San Miguel y Santa Eulalia, respectivamente, que debieron desaparecer en el siglo XVIII o comienzos del XIX. San Pantaleón, obra de finales del siglo XII o comienzos del XIII, se recuesta sobre un desnivel del terreno en lo alto del pueblo, lo que da cierta sensación de esbeltez a la construcción, rematada por una torre que es lo más original del conjunto.



El ábside sigue el modelo de otras iglesias de la comarca -Los Barrios, Nava y Soto de Bureba, etc- articulado en tres paños separados por medio de dos haces de triple columna. Pero, al contrario que en algunas de esas otras iglesias, aquí los capiteles son rudimentarios. Uno de los capiteles muestra una figura humana rodeado de hojas y otro, un personaje en actitud de recogimiento al que dos animales, quizá leones, posan la mano en el rostro, acaso en actitud protectora, que evoca el pasaje del profeta Daniel en el foso de los leones.






Los canecillos que rodean el tambor absidal son igualmente rudimentarios, casi esquemáticos, rollos, cabezas antropomorfas y zoomorfas, un barril y una pareja en actitud considerada obscena, el onanista capado a su pesar.

En el muro sur se abre la portada compuesta de arco de medio punto y seis arquivoltas adornadas con boceles, puntas de diamante, flores y pequeñas bandas en zigzag que se apoyan sobre tres pares de columnas.

A la derecha de la portada, coincidente con una de las capillas abiertas en el primer tramo de la nave, ahora baptisterio, se abre una ventana con arco de medio punto, tímpano y chambrana de puntas de diamante. En el tímpano se distinguen tres semicirculos grabados, adorno que se repite también en la torre y en otras construcciones burgalesas y sorianas.


La portada está protegida por un pórtico gótico de tres arcadas y bóvedas de crucería.



En el interior, la nave está formada por tres tramos, el primero y más estrecho se corresponde con la torre, con cubierta de cañón apuntado, arcos formeros apuntados sobre columnas estregas al muro, con basa románica, fustes y capiteles decorados. El ábside semicircular se cubre con bóveda de horno. El retablo mayor, no muy grande, acorde con las dimensiones de la iglesia, es obra de Antonio Elejalde, con las imágenes de San Roque, San Pelayo y Santa Casilda. En el baptisterio se guarda una pila bautismal de copa lisa y base circular.


La torre parece algo descentrada respecto al eje del templo porque se levanta a un lado del primer tramo de la nave, directamente sobre sus muros. Es de planta cuadrada, formada por tres cuerpos, el primero de ellos con de arcos de medio punto en sus cuatro caras, partidos en dos por una columna, con capiteles decorados con motivos humanos, vegetales y geométricos, como los del tímpano de la ventana del muro sur. Los dos cuerpos superiores son más sencillos, el segundo con senillos arcos de medio punto y el tercero, de menor altura, perforado por cuatro saeteras.
No hay unanimidad sobre el origen de esta torre. Pérez Carmona sostiene que es anterior al resto de la fábrica, teoría que siguen otros estudiosos, pero los autores de la Enciclopedia del Románico creen que la iglesia se proyectó de nave única y cabecera semicircular y luego se le quiso añadir una torre elevada, como las que por entonces se habían levantado o estaban en construcción en el Valle de Valdivielso y en el Monasterio de Rodilla, y a la hora de llevarlo a cabo no supieron resolver los problemas estructurales del nuevo proyecto.

Sea como fuere, San Pantaleón de Valdazo es una curiosa y bonita iglesia rodeada de un caserío representativo de la arquitectura tradicional, con algunos ejemplares muy bien conservados y otros, ay, en riesgo de ruina.
Fotos: ©Valvar

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Aguilar de Bureba

El románico rural de Castilla es pobre. Esa pobreza se manifiesta en todos los ámbitos, empezando por su conservación, pasando por su defensa y siguiendo por su conocimiento. Hay pocos problemas en ver, previo pago de la entrada, la catedral vieja de San Pedro de Huesca, la Seo de Lleida, no digamos la de Santiago de Compostela. Otra cosa es conocer una iglesia de cualquier pueblo de eso que hemos dado en llamar la España vaciada. Las más de las veces hay que superar sucesivos muros cuasi impenetrables. El primero es encontrar alguien dispuesto a abrir la puerta. A veces por la negativa del cura o del obispo -tres veces hemos intentado ver el interior de la iglesia de Yermo, infructuosamente- otras veces por la simple razón de que no queda nadie en el pueblo para enseñarlo. Habrá que esperar que a alguien se le ocurra instalar algún sistema fiable de apertura, del tipo de Museos Vivos que proteja a la vez a personas visitantes y obra visitada.


Dos veces habíamos intentado, infructuosamente también, ver el interior de la parroquial de Aguilar de Bureba. El programa de la Junta de Castilla y León de apertura de iglesias en Semana Santa ni la contempla, a pesar de haber sido recientemente restaurada, suponemos que con su aportación. Acudimos el Domingo de Ramos de 2023 en horario de misa. ¡Eureka! La puerta está abierta. Dentro, varias mujeres se afanan en disponer y caldear la iglesia, que luce esplendorosa.

En verdad, de la iglesia de la Asunción de Nuestra Señora queda poco de su fábrica románica, levantada entre los siglos XI y XII. En los siglos XV y XVIII fue remodelada con arreglo a los gustos de esos tiempos dejando a la vista exterior solo su ábside y al interior, los magníficos capiteles del arco triunfal, que son el objeto de nuestro interés.
Entramos en la iglesia como los forajidos en el saloon de las viejas películas del oeste, empuñando las cámaras. ¿Podemos hacer algunas fotos?, preguntamos a una de las señoras que en esos momentos enciende las estufas distribuidas en los muros del templo. Pueden hacer las fotos que quieran, nos dice.



Me lanzo directamente al capitel del evangelio del arco triunfal, sobre cuyo significado no hay un criterio unánime. La siempre fiable Enciclopedia del Románico, la describe así en su web: “Sobre el capitel del lado del evangelio del triunfal se suceden dos escenas compositivamente diferenciadas pero que parecen corresponder a un mismo ciclo. En la cara que mira al altar vemos, ante una cabecita monstruosa bajo una roseta, un jinete tocado con yelmo y armado con escudo de cometa y lanza; ante él, un personaje a pie, barbado y vestido con saya larga, prepara una honda para dirigir el proyectil contra su oponente. En la cara que mira a la nave observamos otro jinete que alza su diestra portando un objeto irreconocible y sujeta las riendas de su montura, la cual con sus patas delanteras aplasta la cabeza de un contrahecho personajillo que yace en tierra. Ante el sometido se dispuso la figura barbada de un cautivo de larga melena que inclina levemente su cuerpo hacia delante, atado como está por sus manos a una especie de poyo. Esta escena es contemplada desde un balcón volado sobre ménsulas por dos figurillas, una masculina y otra femenina, dispuestas bajo arquillos en la parte alta de la cesta. El cimacio muestra un tallo ondulante con zarcillos, y en los ángulos una cabeza masculina barbada y una rugiente máscara felina”. Para el propio autor de la entrada, José María Rodríguez Montañés, “resulta dudosa la interpretación iconográfica de este curioso capitel más allá de reconocer que plantea sendas escenas de desigual combate y quizá consecutivo sometimiento, temas de compleja traducción, al menos con meridiana certitud, a un plano simbólico en cualquier caso no fácilmente identificable”, preguntándose si alude al “aplastamiento del infiel, o a la victoria de David contra Goliat”.

Sea cual sea el mensaje que el tallador quiso trasladar, es evidente su destreza a la hora de relatar escenas quizá propias de la época: la posición de poder de los señores, por encima de las minucias del mundo, ajenos al preso atado a la columna, al vencido sometido, al hombre preparando la honda. ¿Quiénes serían esos señores retratados en el capitel? ¿Los condes de Haro, quizá?
Porque esta población próxima a Briviesca tuvo en su momento más categoría que la capital de la comarca burebana, siendo Aguilar villa de realengo, esto es dependiente del rey, y Briviesca villa de señorío, dependiente de un condestable. Aparece citada ya en el año 947 en los Cartularios de Oña y en 1085 por su proximidad al río Anguilas, hoy conocido como Ronquillas. Situada bajo la protección de los Condes de Haro, uno de ellos, Lope Díaz de Haro, llamado Cabeza Brava, en 1227 asistió a la proclamación del papa Gregorio en calidad de embajador del rey Fernando III, de donde trajo los restos de San Guillermo. Para acoger esta preciada reliquia se levantó en Aguilar una iglesia dedicada a la advocación de San Guillermo de Aquitania.




Entretanto, el Colega se dedica al curioso capitel que remata la semicolumna meridional del fajón oriental de la nave: tres grandes anillos concéntricos en los que se inscriben una especie de rueda solar y dos grandes rosetas, separados por una cabeza de bóvido y una sonriente figura humana; en la semicolumna del muro norte el capitel es de hojas lisas en palmetas pinjantes.

En el capitel de la ventana de este muro hay un capitel con dragones enfrentados.

Tienen una iglesia muy bonita, comento a una señora que sigue azacanada disponiendo todo para la misa. ¿Ha visto qué retablo tan bueno tenemos?, me dice. Ya, ya, respondo. No soy muy inclinada al barroco, pero comprendo que estén orgullosos de esta pieza del siglo XVIII, que debió de costar una lana al pueblo.


Me gustan más los retablos laterales, dedicados a San Sebastián y a la Magdalena, respectivamente, obra de Antonio de Elejalde, pintados por Diego de Torres y Juan de Cea, valorados en 1580 en 27.000 maravedíes. Para ambos, Elejalde recurrió a variaciones de la traza utilizada en Carrias, leo en la web de Aguilar de Bureba, modelo de información útil y amena.
Cuando salimos de la iglesia nos topamos con un hombre joven que llega apresuradamente con una carpeta en la mano, con todas las trazas de ser el sacerdote que ha de oficiar la misa de Ramos. Fray Valentín de la Cruz, cronista que fue de la provincia, recordaba que en 1960 Aguilar de Bureba era el primer pueblo de la diócesis en número de religiosos y religiosas, que en 1983 alcanzaba al 10% de su población. En 2022 su censo registraba 51 habitantes, 32 hombres y 19 mujeres.







Todavía damos una vuelta al ábside para contemplar sus canecillos, algo deteriorados. La espadaña de tres pisos y cinco ventanales ocupados por campanas se recorta majestuosa contra el azul de la mañana soleada. Es obra del siglo XVIII, como el pórtico que protege su portada. La iglesia es monumento histórico artístico nacional desde 1983.
Nos dirigimos al coche mientras los feligreses van entrando en la iglesia. Un niño empuña una pequeña palma de la que cuelgan varios hilos y dos caramelos. Que no comas más dulces te he dicho, deja alguno para luego, le reprende el padre. Verdaderamente, por más que se modernicen las formas sociales hay liturgias que permanecen.
Fuentes: Enciclopedia del Románico. Aguilar de Bureba
Ayuntamiento de Aguilar de Bureba ç
Fotos: ©Valvar


