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  • Villegas y el Conjuradero

    Villegas y el Conjuradero

    Si un día transitas por la autovía A-231, conocida como del Camino de Santiago y vas sin prisa, toma la salida a Sasamón y desde allí, por la BU-640 en unos minutos te encuentras en Villegas. Regálate un rato de disfrute. No te arrepentirás.

    Villegas es una población con un centenar de habitantes y una larga historia. Fundada en los años de repoblación de finales del siglo IX por un foramontado de nombre Egas, desde 1491 se fundió con la vecina Villamorón. Durante siglos estuvo bajo el señorío de los Villegas hasta que en el siglo XVIII aparece como villa realenga.

    A poco que mires con atención enseguida comprendes que la economía de la villa está en su producción agrícola y que los siglos medievales debieron ser algo belicosos por estos lares. Esta impresión se deduce de contemplar la iglesia de Santa Eugenia, parroquial de Villegas, más fortaleza que oratorio, con su imponente torre, de remate renacentista. De probable origen románico, en tiempos de bonanza se remodeló con arreglo a los nuevos gustos góticos. La ornamentación interior prueba que la villa gozó de prosperidad entre los siglos XV y XVII. Rodea la iglesia una cerca amurallada que va a unirse con el segundo de sus monumentos: el Conjuradero, la demostración palpable del interés de los villeguinos por proteger sus cosechas, esto es, su economía.

    Al contrario que en la mayoría de pueblos, que el visitante encuentra la iglesia cerrada y no hay nadie que pueda mostrarla, en Villegas cualquier vecino indica quién puede enseñar su magnífica iglesia fortaleza. Introducidos por la Asociación de Amigos de Villamorón, nosotros tuvimos la fortuna de contar con Javier, sabio y amable guía, que nos mostró la riqueza de la iglesia y los secretos del Conjuradero.

    El interior de Santa Eugenia se distribuye en tres naves, la central de mayores dimensiones que las laterales, con cabecera poligonal, bóvedas de crucería. El coro, del siglo XVI se ubica a los pies, en el espacio correspondiente a la torre.

    El magnífico retablo renacentista, que siempre se creyó era obra de Domingo de Amberes, ha resultado ser de Juan de Esparza, autor de los relieves y estatuaria de sus tres cuerpos y el Calvario del ático.

    Muy hermoso también es su púlpito, labrado en piedra, en cuyas cuatro caras se identifican a Adán y Eva, el martirio de San Esteban, un clérigo con un libro y báculo y dos cruces en aspa.

    Si quieres empaparte bien de la riqueza ornamental de Santa Eugenia clica aquí donde el doctor Félix Martín Santos te informará pormenorizadamente.

    A mí me gustó sobremanera el Cristo de los Angelitos, una pequeña talla de autor anónimo de la escuela castellana, del siglo XIV. Un Cristo crucificado al que José de Arimatea se abraza para intentar descenderlo, escena que la Virgen y San Juan contemplan desde los brazos de la Cruz.

    De la etapa románica Santa Eugenia conserva una portada de cuatro sencillas arquivoltas, algunos canecillos y una preciosa pila bautismal, rodeada en su basa por una serpiente, un león y un caballero armado.

    Concluida la visita a la parroquia, Javier nos condujo al Conjuradero, un pequeño tesoro local. Los conjuraderos -en Castilla-, esconjuraderos -en Aragón- comunidors -en Cataluña- son pequeñas torres construidas entre los siglos XV al XVIII cerca de iglesias o ermitas, abiertas a los cuatro puntos cardinales, desde las que se trataba de combatir las tormentas y evitar el temido pedrisco sobre las cosechas. Una ceremonia de origen pagano para invocar las fuerzas de la naturaleza que la iglesia enseguida incorporó a la liturgia católica. Mediante el toque de campanas o estruendos varios se intentaba ahuyentar o aligerar las nubes de su temida descarga. En su interior era habitual instalar un pequeño altar y una pila de agua bendita. El sacerdote o persona de autoridad en el pueblo, recitaba las palabras del conjuro, ordenando a las nubes que se alejaran para evitar daños en las cosechas, mientras el campanero tañía el toque de tentenublo con el propósito de que las ondas sonoras tuvieran la suficiente fuerza para deshacer el pedrisco que podía arruinar la cosecha y, con ella, el trabajo de todo el año.

    Aunque con frecuencia estos ritos eran tildados de brujería, algunos estudiosos corroboran el fundamento científico de estas prácticas de sabiduría popular en las que, al parecer, el estruendo era capaz de alejar el temido pedrisco.

    Durante 2021 la Junta de Castilla y León restauró el libro de Conjuroscontra todas tempestades De Truenos, Granizos, Rayos, y contra las Langostas.…” de Pedro Ximénez que se conserva en Villegas. Actuación con la que el Gobierno regional pretende “reconocer, valor y salvaguardar en su diversidad el patrimonio cultural inmaterial de Castilla y León”. Además del Conjuradero de Villegas, en esta Comunidad se conservan los Conjuraderos de Poza de la Sal, también en la provincia de Burgos, Cozuelos de Ojeda (Palencia) y Cuenca de Campos (Valladolid).

    Fotos: ©Valvar

  • Villamorón

    Villamorón

    Parece evidente que ya no hay aventuras como las que vivieron los conquistadores del Nuevo Mundo o los astronautas que pusieron el pie en la luna y, de haberlas, los jubilados no estamos para semejantes trotes. Ni falta que hace. Con frecuencia la aventura está donde menos se la espera, a la vuelta de la esquina. O en medio del páramo.

    Descubrimos la iglesia de Villamorón por puro azar, zascandileando por el románico de la provincia de Burgos. Vista en la distancia nos pareció una aparición como una catedral. En sentido literal. Era verano y el reverbero del sol sobre la tierra amarilla producía una sensación de irrealidad de la que surgía una construcción monumental. La sorpresa era mayor porque conocíamos que Villamorón, que es una pedanía de Villegas, está prácticamente despoblado.

    Nos desviamos del camino. Mientras seguíamos el indicador que conduce hasta Villamorón, nos informamos de que en el término existían restos romanos -una fuente- y que el nombre evocaba a un tal Mauronta, repoblador que habría llegado a finales del siglo IX y daría nombre al poblado, como Egas bautizaría a Villegas, al otro lado del río Brullés. Ambas poblaciones acabarían fusionadas en un solo concejo y dos barrios mediante la Concordia de 1491. Como bien ha estudiado el doctor Félix Martín Santos, en 1794 Villamorón trató de recuperar su independencia, petición que fue denegada por la Real Chancillería de Valladolid.

    Así fue como nos encontramos junto a la magnífica fábrica de Santiago Apóstol conocida como la catedral del páramo. La iglesia estaba abierta y una persona nos informó a los visitantes que estábamos ante una construcción del tercer cuarto del siglo XIII, gótica en su planteamiento y construcción, su tracería, bóvedas y arcos, con algún trazo románico, de la que se desconocía casi todo, incluso quienes lo habían promovido y financiado, tanto si se trata de una iniciativa monacal o del capricho de un gran señor -aquellos fueron años de dominio de la familia Villegas en la comarca-. Al parecer, se ha perdido la documentación.

    Se trata de una iglesia de cabecera plana, con airosa torre campanario sobre el presbiterio, adornada con arquillos ciegos apuntados sostenidos por ménsulas y ornada en sus paredes norte y sur por una cornisa con canecillos geométricos.

    Dos husillos circulares adosados a sus muros meridional y septentrional aportan armonía a la de por sí armónica iglesia. De las tres portadas originales solo permanece abierta la meridional, protegida por un tejaroz en cuya cornisa se conservan canecillos de formas geométricas, como los de la torre.

    Junto a esta puerta se conserva una inscripción funeraria datada en el siglo XIII, bastante deteriorada, que ha sido traducida como “En el año milésimo (y) ducentésimo sexagésimo primero (1261) el día de las nonas de diciembre murió Mariana… y fue sepultada el día de San Nicolás”.

    También en el muro meridional llama la atención la gárgola de aspecto fiero apoyada en una ménsula que representa una figura humana, cubierta con lo que parece un capelo cardenalicio, mostrando su trasero. Una cerca rodea este muro, con dos arcos de acceso.

    Por entonces el muro septentrional aún estaba machacado con el cableado eléctrico que utiliza la iglesia a modo de poste. Una iglesia que, para más inri, carece de iluminación. Finalmente, la empresa suministradora accedió a retirar sus cables pero en muchas otras iglesias permanecen con el beneplácito de los propietarios, los obispados. ¿Por qué esa falta de respeto al patrimonio artístico?

    Los villamorinos están tan orgullosos de su iglesia que tienen a gala el apodo de cavilas con el que son conocidos, por lo que hubieron de cavilar para conseguir semejante obra de arte. Está declarada Bien de Interés Cultural desde 1994.

    El interior la iglesia se divide en tres naves, la central más alta y ancha que las laterales.

    La mayor parte de sus bienes han sido trasladados a Burgos, un Cristo y el retablo del Santo titular y Santa Ana se encuentran depositados en el Museo del Retablo de la iglesia de San Esteban.

    Aparte de las ventanas y óculos lobulados que iluminan el interior, destaca un magnífico rosetón del muro occidental, en el que se superponen doce óculos con otros tantos arcos apuntados. Doce, como las tribus de Israel, las puertas de Jerusalén, los apóstoles, los meses del año, los signos del zodíaco… el número solar.

    Una inscripción conservada en sus muros permite conocer que el interior fue decorado en el siglo XV. “Esta iglesia se pinceló y lució. De 1478 años, primero día de agosto”, reza el grafito. En 1800 volvieron a pintarse los muros.

    En aquella visita conocimos a la admirable e incansable Asociación Amigos de Villamorón, entre cuyos méritos estaba el haber logrado que la Junta de Castilla y León accediera a incluir la iglesia entre sus intervenciones de restauración en 2017, evitando así su ruina. Insisto en que nos encontramos en un despoblado, con visitas esporádicas de quienes fueron sus habitantes, la España vaciada en estado puro. La Asociación en ningún momento cejó en su empeño y ha peleado contra gigantes y molinos por mantener vivo el templo, uno de los pocos restos que permanecen en pie como testigo de su historia.

    Por aquél tiempo los Amigos de Villamorón andaban empeñados en que se eliminara el cableado adosado a sus muros exteriores, lo que finalmente consiguieron, y en adecentar el interior y restaurar el coro. En 2021, aún en plena pandemia, iniciaron una campaña de micromecenazgo con la que obtuvieron la financiación necesaria para llevar a cabo el proyecto, ya concluido. La iglesia luce esplendorosa dentro y fuera, lista para ser utilizada en actividades culturales.

    Al contrario que en el caso de los promotores, los nombres de los mecenas de esta rehabilitación permanecerán, al menos en el mundo digital. Para dos jubilados que suman siglo y medio descubrir la iglesia de Villamorón y participar en esa campaña ha sido una de las mejores aventuras vividas en nuestras andanzas.

    Fotos: ©Valvar

  • Clermont-Ferrand y Arcachon

    Llegamos a Clermont-Ferrand en la penúltima etapa de nuestro jubileo del cuarto y mitad de siglo. Hemos escogido esta ciudad por la sola razón de estar a mitad de camino entre Autun y Arcachon, donde pensamos cerrar el viaje, sin pensar que podía tener algún encanto añadido. Errores a los que conduce la ignorancia.

    El paisaje que nos encontramos ha cambiado notablemente, han desaparecido los grandes campos de cereal, ahora transitamos por el Macizo Central, en la región de Auvernia-Ródano-Alpes, un territorio volcánico -la cadena de los Puys- que en 2018 fue declarado Patrimonio Mundial de la UNESCO como fenómeno geológico excepcional, al nivel del Cañón del Colorado en Estados Unidos o la Gran Barrera de Coral de Australia.

    Circulamos entre más de 80 volcanes inactivos, incluido el Puy de Dôme, cuya vista emociona especialmente al Colega. Imagínate subir hasta allí en bici, dice, a sabiendas de que no he conseguido aprender a tenerme en bicicleta. La de tardes que he visto este etapa del Tour, remacha. Hay un tren que te lleva hasta la cima sin tantas ínfulas, le digo.

    Clermont -que significa bosque sagrado- es heredera de Nemessos, ciudad antigua mencionada por Estrabón, a la que luego se unió la medieval Montferrand, de cuya fusión resultó su actual nombre. Esta mezcolanza es perceptible cuando se llega a la ciudad.

    Aparte de por su vieja historia, Clermont-Ferrand es conocido por ser el lugar donde en 1889 los hermanos Édouard y André Michelin crearon la fábrica de neumáticos Michelin, cuya primera patente se registró en 1891. La deslocalización ha mermado la influencia de la empresa en la ciudad, así y todo aún es perceptible incluso en su urbanismo, donde eran habituales las áreas deportivas o las viviendas construidas para sus empleados, conocidas como bips, en alusión a su famoso icono, Bibendum.

    Como ha perdido de vista las extensiones de cereal que le traían a mal traer, el Colega está de buen humor y aprovecha para recordarme mis vínculos con Michelin, que tiene una factoría en Aranda de Duero, mi pueblo, como ya conté aquí. Te sentirás en casa, dice.

    Le devuelvo la pelota, dándole la turra con detalles de la huelga de 1976, que acabó de mala manera, como también he contado ya. (Si eres de los pocos que no lo sabes y tienes curiosidad, puedes enterarte clicando aquí).

    Hemos reservado un hotel céntrico y no caro, que encontramos a la primera, GPS mediante. Entendemos lo del buen precio en cuanto abrimos la puerta: la cama está en una especie de altillo, que muy pomposamente presentan como “duplex”. Esto va a ser la venganza de Michelin porque si esta noche tengo que bajar al baño me abro la cabeza, comento en voz alta.

    Nos echamos a la calle y enseguida llegamos a la catedral gótica de la Asunción, que aparece como encastrada entre las calles del casco antiguo. Es un edificio de 100 metros de altura, oscuro, casi negro, porque en su construcción se empleó la piedra de Volvic, rica en antracita. Iniciada en 1248, por iniciativa del obispo Hughes de La Tour y según las directrices del arquitecto Jean Deschamps, las obras se alargaron durante siete siglos con múltiples interrupciones. Tuvo que venir el arquitecto Viollet le Duc, ya en el siglo XIX, para construir la portada y los torres occidentales -símbolo de la ciudad- siguiendo la inspiración del gótico de Île de France. Del interior destacan especialmente una Virgen lactante de los siglos XIV-XV y las vidrieras, también del XIX, que no pudimos ver porque la iglesia estaba cerrada. Que esas cosas no pasan solo en España, aunque en Francia sea menos frecuente.

    Justo enfrente de esta fachada, en un edificio que hace esquina a la plaza de Gras, se ha encastrado un relieve procedente del dintel de la iglesia de Saint Pierre, destruida durante la Revolución de 1789, que representa el lavatorio de los pies del Jueves Santo.

    Nos pareció que la catedral es el auténtico corazón de la ciudad por su importancia monumental, también porque las calles de alrededor eran un constante bullir de visitantes que entraban y salían en los numerosos bares y restaurantes u ocupaban sus terrazas.

    Siguiendo el plano que nos proporcionaron en la Oficina de Turismo, nos encaminamos a la iglesia de Nuestra Señora del Puerto, obra del primer tercio del siglo XII, construida en piedra arenista. Es Monumento Histórico de Francia desde el siglo XIX y en su interior guarda una Virgen negra que goza de mucha devoción local y exterior, al encontrarse en el Camino de Santiago.

    Esta iglesia románica ha vivido vicisitudes sin cuento, desde su primera construcción en el siglo XI hasta la Revolución del XVIII, que estuvo a punto de arruinarla del todo, pasando por un terremoto en el siglo XV. Recuperó su condición religiosa en 1802 y durante los dos siglos siguientes ha estado en rehabilitación, finalizada en 2008.

    También aquí hemos llegado fuera del horario de visita y solo pudimos contemplarla desde el exterior de la verja que la protege. Aparte del ábside, tiene una curiosa portada a la que se han adosado piezas procedentes de otros emplazamientos, en la que se mezclan los profetas Isaías y San Juan Bautista y un tímpano con restos de policromía que relata la infancia de Cristo: la adoración de los Magos, la presentación en el templo, el bautismo. En la parte superior, un Cristo Pantocrátor flanqueado por dos ángeles con los pies apoyados sobre un león y un toro, que simbolizan los evangelistas San Marcos y San Lucas. En la parte superior izquierda hay un relieve de la Anunciación y a la derecha una Natividad.

    Sorprende que en el centro de Francia exista una iglesia bajo la advocación de Nuestra Señora del Puerto, pero aquí puerto -del latín portus: almacén- es el lugar por donde entraban y donde se almacenaban las mercancías. Cerca del templo hay una fuente que desde antiguo alivia la sed de los peregrinos.

    Aún nos da tiempo a callejear por la ciudad, toda ella teñida del color de la antracita. De la renacentista Fuente de Amboise dicen que es la más antigua y la más bella de las fuentes de Clermont-Ferrand. Realizada también en lava por el escultor Chapart, en el año 1515, su nombre recuerda al obispo Jacque d´Amboise, que encargó su construcción. Los jardines en los que se encuentra están dedicados a “Olimpe de Gouges. 1748-1793. Mujer de letras y pionera del feminismo”.

    Clermont-Ferrand tiene varios museos: el Bargoin, de Arqueología, el de arte Roger-Quilliot, el de Henri-Lecop, el de Rugby, y, naturalmente, el de Michelin, ninguno de los cuales llegamos a ver. En cambio, contemplamos reiteradamente el Puy de Dome, visible desde cualquier punto de la ciudad.

    Tras pasar la noche en el hotel de marras, más adecuado para una pareja joven que para dos jubilados (spoiler: tuve que bajar al baño y sobreviví), salimos raudos hacia Arcachon, de la que nos separan 450 kilómetros.

    Cuando llegamos encontramos cerrado nuestro restaurante favorito –La Cabane del Aguillon– así que buscamos en el Mercado un lugar donde comer ostras con caviar, que es a lo que he(mos) venido. El Colega pide un lenguado como de medio kilo, que se come sin despeinarse. Brindamos con champán. Después de todo, no voy a volver a cumplir cuarto y mitad de siglo.

    Fotos: ©Valvar

  • Autun

    Autun

    Autun está a 86 kilómetros de Vézelay, distancia que recorremos en hora y media, la mitad del tiempo con el Colega protestando por la manía que tienen los galos de poner obstáculos al paso de las ciudades, que obligan a los conductores a ir haciendo eses. Entre las carreteras y el cosechón de cereal los franceses le están dando el viaje.

    Como no conduzco ni distingo las distintas variedades de cereal aprovecho para contemplar el Parque Natural de Morvan y los bosques que surten a Autun, famosa por su industria maderera, que da trabajo a medio millar de trabajadores empleados en las 130 empresas del sector.

    Cuando por fin llegamos el Colega se olvida de los obstáculos en las carreteras y de la buena cosecha. Tras atravesar la muralla, encontramos sitio en un aparcamiento desde el que se ve la aguja gótica de la catedral. Vamos a lo que vamos, esto es, contemplar al fin la catedral de San Lázaro y, por mi parte, la Eva de Gislebertus.

    Las murallas de Autun no son cualquier cosa. Sus seis kilómetros de longitud hablan del pasado galorromano de esta ciudad, cuna del emperador Augusto (27 a.C-14 d.C.) de quien tomó el nombre: Augustodunun. El emperador quiso hacer de su ciudad una demostración del poder romano para lo que la dotó de una gran muralla con cuatro puertas -de las que quedan dos, las de Saint-André y Arroux; el mayor teatro de la Galia, con capacidad para 20.000 personas; un anfiteatro; y un templo fuera de la muralla.

    En el siglo VIII los cristianos de Autun levantaron una catedral en honor a Saint Nazaire, cerca de la actual, construcción que pronto se quedó pequeña para recibir a los muchos peregrinos que pasan por aquí camino de Santiago. Cuatro siglos despues, el obispo Etienne de Bagé decide construir una iglesia más grande que, además, recibirá las reliquias de Saint Lazare, anfitrión y amigo de Jesús. La nueva catedral se levantó entre 1120 y 1146. El sepulcro del santo patrón ocupaba el centro del coro como una iglesia dentro de la iglesia. Se destruyó en 1766, con la puerta lateral.

    El tímpano de la puerta románica es obra de Gislebertus, maestro que había sido asistente del maestro de Cluny. Tenido como uno de los escultores franceses más importantes de la Edad Media, a la altura del Maestro de Cabestany o Gilabertus de Toulouse, aportó dinamismo a sus figuras, que se encuentran entre las más conmovedoras de la escultura románica.

    El tímpano se inició en 1130 y representa el Juicio Final. En el centro, Cristo en Majestad en mandorla, que significa la Gloria, rodeado por cuatro ángeles. A la derecha de su Hijo, en la parte superior, la Virgen María; los apóstoles, santos. A la izquierda, la balanza que pesa el bien y el mal en la vida de los hombres cae del lado del bien a pesar del esfuerzo de los demonios para inclinar el plato. Sobre el dintel, los elegidos elevan sus ojos hacia Cristo. Los condenados, menos numerosos, arrastran la causa de su mal: la bolsa del avaro, el tonel del borracho… Como en Vézeley, la arquivolta superior muestra los signos del zodíaco y los trabajos de cada mes; la del centro se adorna con motivos vegetales y la interior es lisa. En el parteluz encontramos al santo patrono acompañado de dos figuras. A cada lado de la portada, tres columnas que rematan con capiteles historiados.

    El maestro debió quedar satisfecho de su obra porque firmó en el centro mismo del tímparo: “Gislebertus hoc fecit” (en la foto, el interior del subrayado).

    La catedral se ha sometido a un proceso de renovación aún no concluido, razón por la que ha permanecido cerrada.

    La nave central se abrió en 2019 pero en nuestra visita -junio de 2022- permanecía cerrada la sala donde se encuentra el famoso capitel de los Tres Reyes Magos. Nos consolamos contemplando el magnífico despliegue de capiteles de la nave.

    Cerca de la catedral se encuentra el Museo Rolin, donde se depositaron algunas de las esculturas procedentes de la desaparecida portada lateral de la catedral. Se trata de un museo pequeño pero interesante.

    Allí se encuentra una escultura que por sí sola justifica la fama de su autor, Gislebertus. El cuidador de esa sala, un ciudadano portugués, nos explica con orgullo las características de esta Eva maravillosa y, de paso, corrige mi pronunciación de Autun. ¡Qué envidia, pasar el día en compañía de esta mujer extraordinaria!, le digo, y él asiente, complacido.

    Con esta Eva Gislebertus rompió el discurso tradicional que atribuía -y atribuye -ay- a las mujeres todo lo malo que acontece a la humanidad, la tentación, el peligro, lo pecaminoso. El relato bíblico señala que por culpa de la primera mujer el hombre debe ganarse el pan con el sudor de su frente y la mujer debe parir con dolor, relato que el arte, en manos masculinas, ha venido reproduciendo desde sus albores hasta ayer mismo. El románico -o la interpretación que se hace de su iconografía- abunda en la misma interpretación: Eva aparece como cogida en falta, avergonzada y sumisa, con la famosa manzana en una mano, tapándose el sexo con la otra, mientras vemos a Adán la mano en la garganta, arrepentido de haber mordido el fruto prohibido que ella le ha ofrecido.

    Nada que ver con esta Eva de Gislebertus, que ocupaba el dintel de la puerta norte del transepto, por donde los peregrinos entraban a la iglesia, acompañada por Adán y el santo patrón. Nuestra Eva sigue el canon en cuanto que apoya las rodillas en el suelo, en señal de penitencia. A partir de ahí, estamos ante una mujer desnuda, sensual, indiferente a la mirada ajena, que apoya el rostro en la mano derecha -y quizá le habla a Adán- mientras que con la izquierda coge una fruta -que aquí es una granada- con firmeza, como expresión de su voluntad libre. Entre el ramaje del ángulo superior derecho se distingue la mano del demonio. Todo en ella es hermoso, atractivo, moderno. Esta Eva de Autun representa a todas las mujeres que cogen su granada y deciden el tipo de vida que desean, adónde van, cómo y con quién hacen el camino.

    Llegada la hora de comer, encontramos abundancia de oferta sin salirnos del área. El Colega, que tiene un olfato especial para reconocer dónde se come bien, elige La Catedral, un bistrôt junto al ábside de la iglesia. Él pide unos huevos meurette, cuyo recuerdo aún le emociona, y una ternera a la borgoñona. Yo tomo una ensalada de la casa y unos estupendos caracoles a la borgoñona, que para eso estamos en la Borgoña. De postre, una cassissine, un pastel relleno de licor de grosella cubierto de chocolate negro. Rematamos con un café, que está bueno. No me atrevo a preguntar si está hecho con la mezcla artesanal prescrita por Charles Maurice de Talleyrand, que fue obispo de Autun entre 1789 y 1791, para quien el café debe ser negro como el diablo, caliente como el infierno, puro como un ángel y dulce como el amor.

    Hemos rematado la jornada en Autun tan contentos que nos hacemos el propósito de volver alguna vez a la ciudad. Para ver el capitel de los Tres Reyes Magos, justifica el Colega. Una buena razón.

    Fotos: ©Valvar

  • Vézelay

    Vézelay

    A media tarde de un caluroso día de junio distinguimos la silueta de la basílica de Santa María Magdalena sobre la colina eterna de Vézelay, etapa de la llamada Vía Lemosina, uno de los cuatro caminos europeo que conducían a Santiago de Compostela.

    Habíamos reservado alojamiento en el Hotel Les Glycines, situado en la calle de Saint Pierre a escasos 100 metros de la antigua abadía, que era nuestro objetivo. Desde el hotel nos habían informado del itinerario que debíamos seguir para llegar al alojamiento, con la advertencia de que el tráfico de coches por la ciudad está bastante limitado. Con eso y el preceptivo GPS llegamos sin problema a la plaza en la que se levanta la basílica. Descargamos el equipaje con intención de llevar el coche a la zona de aparcamiento, también junto a la iglesia. El GPS insistía en que estábamos junto al hotel pero los paletos (semi)reciclados que somos no lo veíamos porque el frondoso jardín de la fachada tapaba el nombre.

    Sea porque nos vieron la pinta, sea porque la hospitalidad del hotel es de un nivel superior el caso es que nos dieron una habitación digna de nobles. Dimos las gracias y rápidamente salimos a descubrir “nuestro” Vézelay.

    Íbamos prevenidos de que lo bueno de Santa Magdalena no es la fachada, obra neorrománica del siglo XIX, cuando Violet-le-Duc se puso a homogeneizar todo monumento que tocaba, así que lo echamos una rápida ojeada, subimos la escalinata y entramos directamente a ver el nártex de la fábrica del siglo XII. Ninguna de las muchas fotos que habíamos visto le hace justicia. Tener allí, al alcance de la mano, el Cristo en majestad del tímpano de la portada central nos dejó patidifusos.

    Este suelo que pisamos es lugar de culto antiguo. Cerca de aquí, hacia el 858, Girard del Rosellón fundó una abadía femenina bajo la autoridad directa de Roma, fundación que duró poco. Un ataque normando acabó con ella en el 873. Años después se construyó una nueva iglesia en la cima de la colina, encomendada a una comunidad de monjes en la órbita de Cluny.

    La abadía prosperó rápidamente, de manera que en 1104 se iniciaban las obras de una nueva iglesia, que fue devorada en un incendio la noche del 21 al 22 de julio de 1120, víspera de la fiesta de Santa Magdalena, causando 1.127 muertos y destruyendo el edificio. Rápidamente se construyó una nueva iglesia, consagrada en 1132. El nártex de la entrada se realizó entre 1140 y 1150. El presbiterio es también del siglo XII mientras que el ábside y la girola son del XIII, ya en estilo gótico. Ese fue el periodo de esplendor de Vézelay, convertida en una obra maestra de la arquitectura románica borgoñona.

    Un factor decisivo en este esplendor es el hecho de que durante el siglo XI los monjes de Vézelay aseguraron haberse hecho con las reliquias de Santa Magdalena, que, según la tradición, había sido enterrada en Sainte-Baume, de donde desaparecieron durante una invasión musulmana. En 1058 el papa reconoció como auténticas las reliquias depositadas en Vézelay, lo que aumentó su interés como lugar de peregrinación. Aquí fue donde en 1146 San Bernardo predicó la segunda cruzada y aquí se encontraron en 1190 Ricardo Corazón de León y el rey francés Felipe Augusto para iniciar la tercera cruzada.

    Acababa el siglo XIII -1279- cuando la autoridad eclesiástica vino a afirmar que las auténticas reliquias de Santa Magdalena no estaban aquí sino en Sainte-Boume (Provence), donde los dominicos acababan de fundar un nuevo convento. Como por entonces el culto a las reliquias movía a las masas como ahora el turismo, los visitantes a Vézelay decayeron y con ellos su riqueza. El 1567 la abadía se secularizó; dos años después fue saqueada por los hugonotes durante las Guerras de Religión. En 1790 quedó en simple iglesia parroquial. La Revolución dañó sus edificios y sus obras.

    Hasta que en el siglo XIX apareció también por aquí Próspero Merimée, en su condición de Inspector general de Monumentos, y en 1840 encomendó al también omnipresente Eugène Violet-le-Duc la restauración del edificio original. En 1870 fue declarado Monumento Histórico, lo que garantizaba su conservación. En 1979 la basílica y la colina de Vézelay fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad. Actualmente, cuidan del conjunto monumental y del acogimiento a los peregrinos la Fraternidad Monástica de Jerusalén.

    Cuando nos reponemos de la impresión entramos en la iglesia con tan buena fortuna que coincidimos con el oficio de vísperas cantado por las monjas y monjes de la abadía. Son unos momentos de una belleza imposible de describir.

    La iglesia es de tres naves de diez tramos cada una, crucero y nártex a los pies. Los arcos fajones que refuerzan la bóveda y los formeros que separan las naves muestran dos tonos de color que evocan vagamente el interior de los edificios musulmanes. La impresión es de un espacio majestuoso, sus columnas se coronan con capiteles originales del siglo XII, a cual más hermoso. En estos capiteles y en la portada occidental que se abre en el nártex de Vézelay la escultura románica alcanzó niveles difíciles de superar.

    La iconografía es extraordinaria, mezcla de escenas paganas con otras bíblicas: ahí están Adán y Eva, la muerte de Caín, Jacob, David en el foso de los leones, Judith y Holofernes, varios santos, y el bestiario habitual en el románico, todos ellos desarrollados con dominio e imaginación. Buscamos hasta hallarlo el capitel del Molino místico, símbolo de la unión del Viejo y el Nuevo Testamento: Moisés echa el grano de la vieja ley y San Pablo recoge la harina de la nueva.

    El conjunto se encuentra en tan buen estado que dudamos si será la escultura original o una reconstrucción posterior. Para salir de dudas, el Colega coge por su cuenta a una religiosa que pasa por allí, quien le insiste que toda la iconografía es original pues la restauración del siglo XIX respetó los modelos encontrados.

    Tal maestría se atribuye a un Maestro de Cluny que trabajó en Vézelay entre 1120 y 1135 o 1140, cuyo estilo se identifica en las proporciones de sus tallas, cuerpos pequeños, cabezas y extremidades grandes, rostros esquemáticos, ojos almendrados, ropaje con pliegues elegantes y efectistas.

    La portada occidental representa la aparición de Cristo a los Apóstoles el día de Pentecostés. En el tímpano, Cristo Maiestas Domini en mandorla, bajo el que se agrupan los apóstoles, todos ellos en posiciones que dan impresión de dinamismo. En lo que asemeja sin serlo una primera arquivolta, una representación simbólica de los fieles. La arquivolta exterior al tímpano muestra en círculos los doce meses del año y los doce signos del zodíaco. Sobre el dintel aparecen los bienaventurados a la derecha de Cristo y los condenados al infierno a la izquierda.

    Ya en el exterior, abunda la oferta cultural. En el antiguo dormitorio monacal se ha habilitado un museo con las piezas depositadas durante la restauración de Violet-le-Duc. En la Casa del Visitante se muestran el arte y las técnicas de construcción de la basílica. El Museo Zerbos ocupa la casa del escritor Romain Rolland, donde se puede contemplar una colección de arte moderno.

    Urbanísticamente, la ciudad sigue el modelo del Camino de Santiago, una población que se extiende a lo largo de las calles de Saint Etienne y Saint Pierre flanqueadas por edificios nobles, hasta acabar en la basílica. A la caída de la tarde callejeamos casi solos, bordeamos la antigua abadía por el paseo de ronda, vemos sus murallas y las dos puertas fortificadas. Desde la elevación del jardín contemplamos abajo el valle del Cure y el Morvan, a nuestra espalda la cabecera de la iglesia. Este espacio ajardinado dispone de varios bancos en los sentarse a asimilar tanta belleza.

    Después de descansar confortablemente, y a la mañana siguiente dar cuenta de un buen desayuno, nos despedimos con emoción de Vézelay, camino de Autun.

    Fotos: ©Valvar

  • La Charité-sur-Loire

    La Charité-sur-Loire

    Desde Saint Savin, siguiendo por la N151 llegamos a La Charité-sur-Loire, atraídos por la peripecia histórica de su priorato cluniacense, información que habíamos descubierto en la misma web de France-voyage.com.

    Situada a orillas del río del que toma el nombre, esta ciudad medieval amurallada es deudora del obispo de Auxerre, Hugues de Champallement, quien en 1059 donó sus tierras al abad de Cluny para que en ellas se construyera un monasterio. Durante los siglos XI y XII se levantó la iglesia prioral de Notre-Dame, un ejemplar de románico borgoñón, entonces la iglesia más grande del mundo cristiano, después de Cluny.

    El conjunto abacial incluía las iglesias de Notre-Dame y de Saint Laurent, las instalaciones monásticas y el Jardin de los Benedictinos. Doscientos monjes habitaban en el monasterio y atendían a los numerosos peregrinos que se acogían a la “caridad de los monjes”, virtud teologal que dio nombre a la ciudad.

    Su situación de paso obligado sobre el Loire enriqueció a la ciudad. Su influencia se extendía sobre 45 prioratos y 400 conventos en Francia y en Europa, de manera que era considerada como la hija mayor de Cluny. La iglesia fue consagrada en 1107 por el papa Pascal II. En 1164 el prior Rodolfo de Sully construyó la muralla que protegía el monasterio. En 1429 Juana de Arco trató infructuosamente de tomar la ciudad para el rey Carlos VII. La Guerra de los Cien Años y las guerras de religión debilitaron la abadía, pero lo que precipitó su ruina fue un incendio que destruyó 200 habitaciones y gran parte del monasterio.

    La ciudad fue reconstruida sin poder evitar el declive paulatino de la abadía. En 1789 quedaban doce monjes. La ciudad no podía expandirse, constreñida entre el Loire y las murallas, a pesar de que la población no dejaba de aumentar. En 1790, la Asamblea constituyente confiscó los bienes del clero y autorizó al ayuntamiento a trocear y vender el priorato a los habitantes para servir de alojamiento. El priorato, que ocupaba la quinta parte de la ciudad acabó desapareciendo hasta hacerse invisible.

    Pero, aquí estaba de nuevo Próspero Mérimée, en su papel de inspector de Monumentos Históricos, para salvar el magnífico tímpano del prioral, fechado en el inicio de la construcción, que se encontraba en el muro de una casa de la ciudad, y calificar la iglesia como Monumento Histórico.

    Hubo de transcurrir un siglo más para que el arquitecto Jean Pierre Duthoit redescubriera el priorato. Entre 1974 y 2008 fueron saliendo a la luz los tesoros ocultos. Duthoit convenció al ayuntamiento para restaurar el monasterio recomprando las piezas originales de los edificios a sus propietarios una a una. El municipio se convirtió en propietario del 90% de su superficie. Desde 2001 se han acometido obras de restauración que han permitido recuperar ingeniosamente los vestigios del antiguo priorato.

    Esta recuperación “ingeniosa” se percibe en cuanto se pone el pie en las calles de La Charité. Rara es la casa en la que no se descubre un relieve, una puerta, un resto de la construcción prioral hasta el punto de que para acceder a la iglesia de Notre-Dame hay que cruzar lo que aparenta ser el portal de una casa cualquiera. Lo encontramos, después de haber pasado dos veces por delante sin percatarnos, por esa facilidad que tiene el Colega de meterse en cualquier sitio como si estuviera en su pueblo.

    Nadie diría lo que esconde esa sencilla puerta. Ahí estábamos nosotros, acostumbrando los ojos a la oscuridad del enorme y magnífico templo: 122 metros de longitud, 72 metros de altura en su campanario.

    Aparte de sus dimensiones, nos sorprende encontrar capiteles historiados, raros en las construciones cluniacenses. La portada original y las cuatro portadas colaterales de la nave eran del siglo XII, la portada actual fue reconstruida en el XVI. Las salas góticas se han convertido en salas de exposiciones.

    La web que hemos consultado afirma que “la Charité resulta una pequeña pero hermosa ciudad, situada entre el salvaje Loire y el robledal de Bertranjes, el segundo en extensión de Francia, cuyo patrimonio atrae a los amantes del arte de toda Francia”. Y a los que no son de Francia, cabe añadir.

    Contentos con nuestro descubrimiento, tomamos de nuevo la carretera N151 y enlazamos luego con la D951 que nos lleva hasta Vézelay.

    Fotos: © Valvar

  • Saint Savin

    Saint Savin

    Salimos de Poitiers por la carretera camino de Vézelay, con paradas en Saint Savin sur Gartempe -a 45 kilómetros de Poitiers- y La Charité sur Loire. El día ha salido nublado y a ratos cae una lluvia fina que no estorba en estos primeros días de junio. El campo francés está de un verde restallante, el cereal alto y apretado, lo que suscita la protesta del Colega, agraviado porque en Castilla la sequía haya mermado la cosecha. No cabe una espiga más, va murmurando.

    Hemos madrugado tanto que cuando llegamos al pueblo de Saint Savin solo encontramos abierto el bar del mismo nombre en la Plaza de la Liberación, el corazón del pueblo. Tomamos un café y un rico croissant, como saben hacerlo los franceses. Un parroquiano nos advierte de que la abadía abre a las 10 así que hacemos tiempo paseando por el pueblo, donde todo gira en torno al monasterio.

    Los franceses, que tan bien saben vender lo suyo, han hecho de la abadía el particular polo de desarrollo del pueblo San Savin. A las 10 de la mañana de un miércoles de junio había cola esperando su apertura. (10€ la entrada individual)

    A primera vista nada hace sospechar lo que guarda esta construcción que no se distingue gran cosa de una iglesia de pueblo, con su esbelta torre. Lo bueno, sin duda, está en el interior.

    Esta abadía que nos disponemos a recorrer fue construida hacia el año 820 por Ludovico Pío, hijo de Carlomagno, no se conoce la fecha exacta de su fundación porque la carta fundacional desapareció en 1598 durante las guerras de religión. La tradición refiere que en el siglo V llegaron a esta orilla del río Gartempe los hermanos Sabino (Savin) y Cipriano, que huían de Macedonia, perseguidos por su fe cristiana. Aquí mismo fueron martirizados, decapitados y enterrados. Los restos se encontraron tres siglos más tarde, encomendando su custodia a los monjes seguidores de la regla de San Benito.

    Aumode, condesa de Poitou y Aquitania, financió la construcción de la actual iglesia abacial, cuya decoración se llevó a cabo entre 1040 y 1090. Dos siglos más tarde, el conde Alfonso de Poitiers financió la construcción de los edificios conventuales. La abadía sufrió las consecuencias de la inestable situación política de aquellos siglos, fue propiedad inglesa y francesa, católica y protestante alternativamente. Entre 1562 y 1568 los hugonotes incendiaron las instalaciones y nombraron abades laicos. Uno de ellos mandó desmontar los edificios y vender las piedras, de este modo desapareció el claustro y los edificios conventuales de los siglos XII y XIII. En 1640 el rey Luis XIII expulsó a los seglares, que fueron sustituidos por religiosos de la congregación de San Mauro, quienes restauraron la abadía.

    La paz duró apenas un siglo porque con la Revolución el monasterio pasó a ser alojamiento, el claustro se convirtió en teatro y la iglesia abacial en parroquia. Los cuatro monjes que quedaban se fueron también.

    De nuevo fue el Inspector general de los Monumentos históricos, Próspero Mérimée, -más conocido en España como autor de la novela Carmen, a la que Georges Bizet puso música dando lugar a la ópera homónima- quien impulsó su restauración y lo declaró monumento protegido. Todavía en los años sesenta del pasado siglo se dieron algunos retoques a las pinturas de la bóveda de la nave.

    Hoy, el recinto es un museo, dispuesto para mostrar a las nuevas generaciones cómo era la vida monacal en el medievo. Recorremos las instalaciones abaciales y pasamos a la iglesia, el tesoro de Saint Savin.

    La impresión es abrumadora. Estamos ante una nave de 42 metros de largo y 17 de ancho, una explosión de luz y color. Las pinturas de los siglos XI y XII, entre fresco y temple, se distribuyen en los 412 metros cuadrados del techo de la nave a 17 metros sobre la cabeza del visitante componiendo un relato bíblico apabullante, el no va más en su género, único en Europa, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1983. Presentan una gama de color reducida a cinco tonalidades: amarillo, rojo, verde, blanco y negro. Las pinturas de las paredes y la policromía de sus columnas son un adecuado complemento.

    En el pórtico se distinguen, aunque algo dañados, un Cristo en la Gloria y dos episodios del Apocalipsis: Combate del arcángel y la bestia y La plaga de langostas. En la tribuna sobre el pórtico, el Descendimiento de la Cruz y retratos de apóstoles, santos y obispos. En la nave central, escenas del Génesis y el Éxodo. La escena más conocida es la del Arca de Noé.

    La sensación es de una inmersión en el arte de los siglos XI y XII, con el confort del siglo XXI. Finalizado el recorrido, en la tienda de la abadía se ofrece una variedad de productos de la zona: chocolate, pastes, miel, licores…

    Salimos al exterior y echamos una última ojeada a la abadía. El campanario, de 80 metros de altura, remata en una aguja de piedra añadida en el sigloo XIV y restaurada en el XIX. La centuria de 1800 fue un buen tiempo para Saint Savin, aparte del proceso de restauración, en 1867, el ingeniero local Félix Leon Edoux probó en la otra torre de la iglesia el primer ascensor hidráulico que luego se instalaría en la Torre Eiffel, que se mantuvo en servicio hasta 1983. https://www.planetadunia.com/2019/11/abadia-de-saint-savin-sur-gartempe-la.html

    Tomamos de nuevo la D951 en dirección a Vézelay. En un cruce de Bourges el Colega ha divisado una franquicia de “Boucherie” y para en seco para comer. El restaurante debe de ser famoso porque tenemos que hacer cola para que nos den mesa. Mientras él se da un festín de carne a la brasa yo pido una ensalada de tomate con mozzarella, realmente buena. A cambio, me pido el postre de la casa, que tiene más calorías que el plato del Colega.

    Fotos: © Valvar

  • Poitiers

    Poitiers

    Siguiendo el itinerario de celebración de mis 75 años nos despedimos de Fontevraud y llegamos a Poitiers. Esta es una ciudad antigua que se asienta sobre una meseta entre los ríos Clain y Boivre, lo que le confiere un gran valor estratégico, como constataron los romanos. En el siglo IV ya era sede de un obispado; fue capital del condado de Poitou, cuyos titulares regían una auténtica corte que se extendía sobre el Poitou y Aquitania. Aquí tuvo lugar en el 732 la victoria de los francos capitaneados por Carlos Martel contra el ejército árabe.

    En el siglo XII, Leonor de Aquitania mandó construir una muralla de seis kilómetros que rodeaba toda la meseta, también autorizó la construcción de un primer campanario y de un nuevo mercado y ella misma dirigió las obras del palacio de los duques.

    Lugar de paso del Camino de Santiago, en esta ciudad fue examinada Juana de Arco en 1429 y autorizada a dirigir el ejército real.

    En 1431 la ciudad obtuvo permiso para la creación de una universidad, que a finales de ese siglo contaba con cuatro mil estudiantes; se estima que actualmente los universitarios constituyen una cuarta parte de su población. Hoy, Poitiers es una vieja dama con una gran historia a sus espaldas y un joyero bien surtido, una ciudad provinciana.

    Nos alojamos en un hotel de la plaza del Ayuntamiento, normalito pero bien situado y con aparcamiento próximo, cuestión a tener en cuenta pues buena parte del casco antiguo es peatonal.

    Tan pronto como dejamos la maleta salimos disparados hacia la colegiata de Notre Dame la Grande, que es el corazón y la imagen icónica de la ciudad. Construida en torno a 1140, en un románico esplendoroso, su portada es un monumento escultórico de primer orden. Sobre las arcadas se levantan dos pisos que rodean a una gran ventana. La estatuaria de la portada es un repaso al Antiguo y al Nuevo Testamento, de gran calidad. Corona el conjunto un frontón con mandorla y dos torres circulares con cúpulas.

    Esta portada sirvió de modelo a la de la catedral de Burgos, desaparecida en el siglo XVIII. Como alguna otra iglesia del centro de Francia en el Pantocrátor aparece Jesús de pie, no sedente, sobre el sol y la luna.

    Los muros del interior de la iglesia están cubiertos de pinturas, de las que solo la bóveda del coro y la cripta son frescos románicos. El resto es deudor de la restauración realizada en 1851.

    Junto a la iglesia se encuentra el mercado, en torno a ambos se multiplican los bares, bistrots, cafetines y restaurantes en los que se dan cita visitantes y residentes.

    De Notre Dame la Grande parte la Grand Rue, la calle más antigua de la que se tiene constancia, pues ya aparecía en los planos del siglo XI, desviándose en la rue Saint Maixent se llega a la iglesia más grande de Poitiers, visible casi desde cualquier punto de la ciudad, la catedral de Saint Pierre -en verdad está bajo la advocación de San Pedro y San Pablo-. Constuida a instancias de Leonor de Aquitania, las obras se realizaron entre los siglos XII y XIII, en estilo gótico angevino. Del exterior destaca su portada, con triple arcada, flanqueada por dos altas y fuertes torres. El interior es de tres naves de igual altura, con una sillería del siglo XIII y vidrieras de los siglos XII y XIII.

    Entramos a la catedral sin grandes expectativas, para nuestra sorpresa nos encontramos un concierto de órgano, que era seguido con devoción por un grupo numeroso de personas. El órgano de la catedral es del siglo XVIII, realizado por François-Henri Clicquot, del siglo XVIII, tiene 3.000 tubos y está clasificado como monumento histórico desde 1908. Esto de entrar en una iglesia y encontrarnos en medio de un concierto nos ha ocurrido con cierta frecuencia. Al principio creíamos que era nuestra buena suerte pero según parece se debe más bien a la costumbre de las iglesias francesas de ofrecer música de órgano a sus feligreses.

    Saint Hillaire es un santo que goza de buena devoción en Poitiers, de donde fue obispo (315-367). Escritor y teólogo defensor de la ortodoxia frente a los arrianos, fue evangelizador de las Galias. A su muerte fue enterrado en una necrópolis romana en la que se había construido un oratorio en memoria de los mártires cristianos. Sobre esa sepultura se levantó la gran iglesia -fue colegiata y basílica fortificada, actualmente es parroquia- que lleva el nombre del Santo.

    La iglesia resultó saqueada por los protestantes durante las guerras de religión del siglo XVI y asolada durante la Revolución. Cuando en 1808 fue devuelta a la iglesia católica quedaban unas pocas ruinas. Fue reconstruida a instancias de Próspero Mérimée, que en 1840 era inspector general de Monumentos Históricos, de manera que no es fácil saber qué es original y qué es obra de los artesanos del siglo XIX.

    Es fácil olvidarse de todo ello cuando se tienen enfrente los tres ábsides con sus abundanes canecillos de cabezas de asnos. Hay quien cree que aluden al santo patrón, que se desplazaba a lomos de burro, otros creen que es un homanaje al burro de Poitou, original por su abundante pelaje en las patas.

    A pesar de haberse reducido en sus dimensiones iniciales, el interior da la impresión de grandiosidad, con su abundancia de columnas y su deambulatorio. Destacan las pinturas murales románicas y su órgano, instalado en 1884.

    El Museo de Santa Cruz ocupa la que fue abadía, fundada en el 552 por Santa Radegunda, el primer monasterio femenino de la Galia. Ofrece una nutrida muestra de arqueología antigua y medieval, de pintura y escultura moderna y de la historia del Poitou pero a nosotros nos interesaba la obra de Camille Claudel y el capitel de la lucha, descubierto en unas obras del barrio de Saint Hillaire, probablemente procedente de un edificio románico dedicado a la administración de justicia.

    Este capitel escenifica en el frente una pelea de dos hombres que en una mano blanden herramientas de poda y con la otra se tiran mutuamente de la barba, mientras dos mujeres intentan contenerlos. En la cara derecha un personaje poda un árbol; en la izquierda se muestra el abrazo de dos tullidos. Para el movimiento de pacificación de la sociedad que se desarrolló en la zona desde finales del siglo X, la lectura moralizante del capitel es la siguiente: durante los trabajos de poda se produce una discusión entre dos personajes, que resultan heridos, pero luego se reconcilian. Otros estudiosos lo relacionan con una frase del Beato de Liébana que vendría a decir: “está permitido tirarse de la barba, frente contra frente”.

    Cerca del Museo se encuentra el baptisterio, construido en el siglo IV, tenido como el monumento cristiano más antiguo de occidente.

    Aparte de la visita a sus grandes monumentos históricos, en Poitiers resulta muy agradable callejear por su casco antiguo y pasar junto al palacio de los duques de Aquitania, una parte del cual es Palacio de Justicia, que no podemos visitar porque se encontraba en obras.

    Cerca del Ayuntamiento, al tomar la calle de Gabetta nos topamos con la iglesia de Saint Porchaire, encajada entre edificios modernos; hay que ir mirando al cielo para descubrir su campanario románico donde reina la campana Anna, que llamaba a los estudiantes a asamblea.

    El interior de la iglesia es del siglo XVI pero su portada y algunos canecillos de sus muros parecen los originales.

    Callejeando sin prisa encontramos una nueva estatua de la Libertad, como la que Francia regaló a Nueva York. Nos sorprendió que el cine de la plaza del Ayuntamiento llevara el nombre de Castille.

    Poitiers nos despide lloviendo, también nosotros nos vamos con pesadumbre. ¡Qué hermosa ciudad!

    Fotos: ©Valvar

  • Abadía de Fontevraud

    Abadía de Fontevraud

    Escogimos visitar Fontevraud para celebrar mis 75 años, cuarto y mitad de siglo. Aparte del interés histórico y artístico del lugar, queríamos rendir homenaje a Leonor de Aquitania, seguramente la mujer más inteligente y poderosa de su tiempo, madre de Leonor Plantagenet, reina de Castilla, promotora del monasterio de las Huelgas y del (mal llamado) Hospital del Rey de Burgos. Quien había sido reina de Francia y de Inglaterra pasó aquí sus últimos años y en este lugar quiso ser enterrada.

    Partiendo de Burgos, organizamos un recorrido por tierras francesas con primera estancia en el hotel dentro de la propia abadía. Dudamos si recorrer los 774 kilómetros que nos separaban de nuestro destino en una sola jornada o hacer noche en algún punto intermedio del camino. El Colega dijo que esa distancia era una minucia para él y optamos por madrugar un poco y hacer varias paradas. Aún brillaba el sol cuando atravesábamos la muralla de la antigua abadía y parábamos el coche en el aparcamiento del hotel. Casi simultáneamente acudía un pequeño vehículo eléctrico a recoger nuestro equipaje mientras nosotros recorríamos a pie la distancia entre el aparcamiento y el hotel.

    El hotel ocupa el que fue priorato de San Lázaro, uno de los viejos cenobios de Fontevraud. “Situado en el corazón de la Abadía Real de Fontevraud, las 54 habitaciones del Hotel Fontevraud están proyectadas y dispuestas para preservar la atmósfera histórica priorizando el confort y la sobriedad”, habíamos leído en su web y comprobamos que era verdad. Lo primero que me llamó la atención fue el olor que emanaba de todas las dependencias, es el mismo olor del jabón que fabrican en el mismo hotel. Enseguida estábamos dispuestos a recorrer el recinto que tanto nos había interesado. “Alojarse en el Hotel Fontevraud es vivir en el seno de la mayor ciudad monástica de Europa”, habíamos leído. Empezábamos a entender lo que significaba ciudad monástica.

    La abadía, fundada en 1101 por el monje Robert d’Arbrissel, se extendía sobre trece hectáreas en el corazón del Valle del Loire, tuvo su momento de esplendor bajo la protección de los Plantagenet, especialmente de Leonor -aquí Aliénor- de Aquitania. Fontevraud fue una fundación peculiar. Para empezar, fue un monasterio dúplice -conventos de monjes y monjas- pero dirigido por una abadesa. El declive de los Plantagenet afectó también a Fontevraud, a mediados del siglo XV algunos de los conventos estaban abandonados. Después de la guerra de los Cien Años la protección a la Abadía fue sustituida por la de los Borbones. Durante siete siglos acogió a muchos personajes de sangre real hasta que en 1792 la Revolución cerró todos los monasterios. Por entonces quedaban aún unas doscientas monjas y algunos prioratos de monjes.

    En 1804 Napoleón transformó las instalaciones abaciales en una de las prisiones más duras de Francia. Durante la invasión nazi -entre 1940 y 1944- aquí fueron encerrados muchos miembros de la Resistencia francesa; 10 de ellos fueron fusilados, 14 murieron a consecuencia de malos tratos y cientos fueron deportados a campos de concentración, donde conocieron el horror de la barbarie nazi», reza una placa en uno de los edificios que fue cárcel. Permaneció como prisión hasta 1963, cuando fue cedida al Ministerio de Cultura.

    En 1975 se convirtió en Centro Cultural de encuentro, manteniendo el sueño de Ciudad Ideal que animó a su fundador. Una amplia programación cultural, exposiciones y propuestas innovadoras reúnen a visitantes, artistas, residentes y congresistas, que viven su propia experiencia. Desde 2021 acoge también un Museo de Arte Moderno de cerca de un millar de obras. Declarado patrimonio mundial de la Unesco, Fontevraud es símbolo de cultura, del arte de vivir y del sentido de la hospitalidad.

    La ciudad monástica se distribuía en edificios de funciones específicas: Santa María Magdalena servía para el retiro espiritual de las monjas, San Juan para los hombres, San Lázaro para los enfermos… Disponía de una cocina romana, extraña construcción en la que se ahumaban los pescados del Loire…

    El complejo monástico de hoy consta de dos monasterios restantes de los cuatro originales. El priorato de San Lázaro, convertido en hotel, como ya se ha dicho, y el monasterio de Grand-Moûtier, el más importante, que alberga la iglesia abacial -con abundancia de ornamentación románica historiada, inusual en la Orden cisterciense-, la cocina románica y la capilla de San Benito del siglo XII, así como el claustro, los edificios conventuales, incluida la sala capitular, y enfermerías del siglo XVI.

    Durante la etapa Borbón la sala capitular era el centro de la vida monacal, allí se pronunciaban las predicaciones, se decidía la admisión de novicios, se elegía a las abadesas y semanalmente se organizaba el “capítulo de culpas”, las monjas confesaban públicamente sus pecados, recibían latigazos y entonaban el mea culpa. Durante el periodo carcelario sirvió de depósito y de tribunal. Sus hermosas pinturas murales -muy restauradas- no pueden evitar que nos recorra un escalofrío al pensar lo que habrán visto y oído esas paredes.

    Aparte de su función monástica, Fontevraud fue panteón real de la dinastía Plantagenet, que durante tres siglos reinó en Inglaterra. En la iglesia abacial ocupan lugares preferentes los sepulcros de Enrique II (muerto en 1189), de su hijo Ricardo Corazón de León (1199), de Leonor de Aquitania (1204) y de Isabel de Angulema (1246), que aquí residió en sus últimos años, esposa de Juan sin Tierra, que había sucedido a su hermano Ricardo en el trono de Inglaterra. Leonor quiso descansar con un libro en las manos, la suya un poco más elevada que el resto de sepulturas, como explicando su posición a las generaciones futuras.

    Uno de los privilegios de los huéspedes del hotel es el de poder pasear libremente por el recinto amurallado a cualquier hora del día o de la noche. La iglesia permanece abierta hasta las 2 de la madrugada. En la semipenumbra de la tarde recorrimos el antiguo territorio abacial; también salimos del recinto para conocer el pueblo que lo acoge. Entre que los franceses se recogen pronto y que la mayoría de establecimientos estaban cerrados por la pandemia de covid, la impresión es que estábamos en una población abandonada. Contradicciones del siglo XXI: volvimos a nuestra abadía abriendo la puerta de la muralla con un mecanismo digital.

    Madrugadora como soy, antes de amanecer ya estaba en pie a ver cómo el sol salía sobre la ciudad medieval. Decenas de rostros pétreos me miraban con una sonrisa secular. Un rato después se me unió el Colega. Confieso que pasear solos por los lugares donde vivieron y oraron miles de religiosos, donde sufrieron y fueron ejecutados o dejados morir de hambre cientos de presos o situarse frente a los sepulcros de los Plantagenet en la inmensidad de la iglesia es una de esas emociones que difícilmente se olvidan. Viajar es una manera de aprender sobre terreno.

    Guardo en un cajón varias pastillas de jabón que compramos en el hotel y de vez en cuando meto la nariz para volver a Fontevraud, la ciudad ideal, un refugio evocador.

    Fotos: ©Valvar

  • El Santo Cristo de Tomar

    El Santo Cristo de Tomar

    El año 2012 lo estrenamos en Portugal. Un recorrido por el centro del país que nos condujo al convento del Santo Cristo de Tomar, demostración del poder de los templarios. Se levanta en el interior del recinto amurallado, sobre un otero desde el que se domina el valle del río Navaro, donde se asienta la ciudad de Tomar. El conjunto es un repaso a la arquitectura portuguesa, pues en él se unen el románico al gótico, el manuelino y el renacentista.

    Cuando la Orden del Temple es suprimida por el Papa, el rey don Denis permitió a los templarios mantener su actividad bajo el nombre de Orden de Cristo. El recinto ha vivido muchas vicisitudes pero conserva ese aire mistérico de los lugares templarios.

    En este convento se reunieron los nobles portugueses en 1581 para reconocer a Felipe II de España como su propio rey, unión que duró hasta 1640. En ese tiempo fue construido el acueducto.

    El Castillo y el Convento de los Caballeros de Cristo de Tomar fue convertido en cuartel por las tropas de Napoleón, que ocasionaron grandes destrozos , a pesar de lo cual conforma un extraordinario e interesante conjunto arquitectónico medieval, declarado en 1983 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

    En verdad, fue el maestre templario Gualdim Pais quien mandó levantar la muralla que rodea la colina cuando el Temple se asentó en ella en 1160. Se asegura que algunos de los elementos defensivos se aprovecharon de la experiencia y las tácticas de poliorcética -arte de atacar y defender las plazas fuertes- que Gualdim había aprendido en las cruzadas a Tierra Santa. Las crónicas cristianas hablan de la defensa de Tomar frente a los ataques del califa Abu Yusuf al-Mansur en 1190.

    Aquí permanecieron los templarios hasta su disolución en 1312. Don Denis creó entonces la nueva orden de la Milicia de los Caballeros de Cristo, más conocida como Orden de Cristo, a la que transfirió las tropas y el patrimonio de la Orden disuelta. En 1357 Tomar se convirtió en sede de la nueva Orden, llamada a desempeñar un importante papel en los descubrimientos portugueses a lo largo del siglo XV, al mando del infante don Enrique el Navegante, gran maestre de la Orden de Cristo entre los años 1418 y 1460. Esta es la razón por la que en sus conquistas las carabelas portuguesas llevarán en sus velas la Cruz de los Caballeros de Cristo. Esta se diferenciaba de la llamada «cruz patada» de los templarios en que sus brazos eran rectos.

    El espacio conventual ocupa el centro del recinto. Sobresale, en primer lugar, la Charola o Rotonda, núcleo de la primitiva iglesia construida en el siglo XII a imagen del Santo Sepulcro de Jerusalén. Se trata de un edificio hexadecagonal que envuelve un edículo octogonal de dos pisos, sostenidos por ocho pilares con columnas entregas. Una bóveda de medio cañón cubre el espacio entre ambas estructuras. Se accede al edículo por ocho arcos apuntados sobre semicolumnas con capiteles románicos de ornamentación vegetal y animal, propia del Temple. El interior está cubierto con pinturas de artistas portugueses y con varias tallas de madera policromada. Que el edículo sea octogonal -y no circular como el Santo Sepulcro- se explica porque el ocho es un número vinculado a la resurrección.

    Se cuenta que antes de entrar en combate los templarios acudían a misa sin desmontar sus caballos. La Charola nos pareció un lugar mágico, aparte de maravilloso.

    A partir de esta iglesia se añadieron las estancias monacales para acoger a los freires y sirvientes y hasta siete claustros: el del Cementerio, de Lavagem, de los Felipes- en honor a Felipe II-, de Micha, Corvos, Hospitadaria y Santa Bárbara, lo que da idea de la envergadura del monumento.

    Las grandes obras que conformaron el conjunto tal como lo conocemos se realizaron durante el reinado de Manuel I, que había sido Gran Maestre de la Orden (1484) antes que rey de Portugal (1492) y seguirían con su sucesor, Juan III, quien eliminó el aspecto militar heredado del Temple y convirtió la Orden del Cristo en una organización exclusivamente religiosa, con una regla basada en la del Císter. Ambos reyes están muy vinculados a España. Manuel I, no sin motivo llamado el Afortunado, se casó con dos hijas y una nieta de los Reyes Católicos, primero Isabel y, luego, María; después, con Leonor de Austria, sobrina de las dos anteriores como primogénita de Juana I. Manuel y María fueron padres, entre otros, de Juan III e Isabel, luego esposa de Carlos I. Juan III se casó con Catalina, hija póstuma de Felipe el Hermoso y de Juana I. Eran tiempos en que todo quedaba en familia.

    Entre 1510 y 1513, bajo la dirección de Diogo de Arruda, se amplíó la iglesia con una gran nave rectangular, convirtiendo la Charola en cabecera del nuevo templo. Acabaría las obras el maestro Juan de Castillo, autor de la gran portada del muro sur, el entronque con la Charola y la bóveda de crucería estrellada.

    Cobija esta portada un gran arco angrelado que llega hasta la cornisa festoneada. El arco semicircular de la puerta está cuajado de estatuas bajo doseletes y variada ornamentación, todo ello presidido por una escultura de la Virgen con el Niño, en una mezcla de gótico y flamígero.

    También en tiempo de Manuel I, de quien toma el nombre el estilo manuelino, se abrió en el imafronte de la iglesia la llamada ventana del Capítulo, obra también de Diogo de Arruda, a quien se quiere ver en la figura humana situada en la parte inferior de la ventana. . En ella se mezclan elementos naturalistas y marítimos y se interpreta como la expresión de la apertura de Portugal al mundo.

    Tuvimos oportunidad de recorrer el convento con toda tranquilidad, sin el agobio de visitantes que es frecuente en otros monumentos, quizá con menos motivos que el Cristo de Tomar. En una de las estancias captamos una imagen de dos visitantes, con vagas resonancias de “El nombre de la rosa” de Umberto Eco.

    Fotos: © Valvar