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San Martín de Piérnigas

Las grandes catedrales de románico son una maravilla, es verdad, pero te plantas junto a una ermita románica sola en medio del campo y sientes como un nudo de emoción. Si quieres hacer la prueba y ya conoces San Pedro de Tejada no tienes más que presentarte en Piérnigas. Ni siquiera tiene ornamentación que te distraiga, es un edificio de piedra de sillería, sólido y austero, pero elegante, con un ábside, una espadaña, un óculo y una portada. Una belleza casi abstracta, entre la tierra y el cielo, con el horizonte como punto de fuga.

Llegamos a Piérnigas por Briviesca, tomando primero la carretera CV-632 y luego la BU-V-5104 que conduce al pueblo; allí hay que tomar la dirección al cementerio y enseguida se divisa la mole de San Martín.
Hemos visto una foto cenital estupenda en el fb de Enrique del Rivero y nos las prometíamos tan felices pero al llegar entendemos que esa foto o está hecha con ayuda de drom o Enrique tiene la capacidad de volar, que también es posible. En vista de que no tenemos drom ni disponibilidad alguna de emular a Diego Martín Aguilera el Colega -que es ágil- trepa a un ribazo un poco más alto que la pequeña explanada en la que se levanta la ermita.
Teniendo en cuenta que esta zona fue repoblada entre los siglos XI y XII, se cree que la iglesia puede datarse un siglo después. De hecho, en un documento de donación del monasterio de Oña de 1254 aparece como testigo un Martín, abbat de Piérnigas.



Es una construcción de planta basilical, de una sola nave, presbiterio recto y cabecera semicircular. Me planto en el hastial occidental, donde se abre la portada, tan simple como el resto del edificio, formada por un arco apuntado y abocelado, rodeado de tres arquivoltas, igualmente aboceladas. Sobre ella se abre un óculo tetralobulado, que ilumina el templo en la tarde, mientras que una saetera abierta en el eje del ábside permite el paso de la luz de la mañana. A cada lado de la saetera, dos aspilleras separadas por contrafuertes.


También los muros norte y sur de la nave están recorridos por contrafuertes, que aportan sensación de verticalidad a la ermita. La espadaña se levanta sobre el arco triunfal, compuesta de dos pisos con dos troneras en cada uno. En su estructura recuerda a la de San Fagún de Los Barrios de Bureba, excepto que esta remata a piñón y en la de San Martín, si existió el remate ha desaparecido.

La iglesia permanece cerrada pero sabemos que el interior se cubre con bóveda de cañón en la nave, con dos arcos fajones en apean en pilastras semicruciformes y un arco triunfal muy reforzado para soportar el peso de la espadaña. Nos sorprende que el tejado sea de lastras de piedra y no de teja árabe, como es habitual en esta tierra.
La ausencia de cualquier ornamentación y las marcas en algunos sillares de la pata de oca, signos de cantería del Temple, ha inducido a algunos estudiosos, incluido el historiador burgalés Luciano Huidobro, a relacionar la ermita de San Martín con la Orden de los Templarios. U elemento que aumenta el halo un poco mágico de la iglesia.

Hemos venido en una apacible y suave mañana de domingo y estamos solos en el lugar hasta que por el camino aparece un centauro motorizado que llega hasta la explanada y se apea de la moto tamaño XL. Cuando se quita el caso comprobamos que no es centauro sino un hombre joven del tamaño de un armario ropero. Buenos días, saluda el Colega. Pero el ex centauro o no le oye, o sí, pero no responde. Saca de la coraza de cuero un móvil y de un salto se planta en el ribazo. Le vemos hacer unas fotos del edificio y, con el mismo sigilo que ha llegado, se va.
Lo mismo es un templario que viene a inspeccionar su ermita, le digo al Colega. A lo mejor, responde él, con su proverbial escepticismo.
Fotos: ©Valvar

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Roda de Isábena

De Roda de Isábena se pregona que es el pueblo más pequeño de España con catedral románica propia, la más pequeña también y la más antigua de Aragón. Es todo eso y mucho más.
Sobre esta población sabemos que tuvo una catedral levantada sobre los restos de una antigua fortaleza, que en el año 908 fue destruida por un ataque musulmán, que su primitiva catedral fue reconstruida tras la toma por los cristianos, que los siglos XI y XII son los de mayor esplendor de la población y que inicia su declive con la conquista de Lleida, en 1149.
Como otros muchos visitantes, nosotros acudimos al señuelo de su excatedral, designada sede de la diócesis ribagorzana cuando el Condado de Ribagorza se independizó. Su primer obispo, Odesindo, la consagró en 957 a San Vicente Mártir. En 1006 las tropas de Abd al-Malik saquearon y destruyeron Roda y apresaron al obispo Eimerico.
Reconquistada por los cristianos, encargan la construcción de una nueva catedral a un equipo de maestros lombardos, a los que luego sustituyen maestros navarros. La iglesia se consagra en 1035 bajo la advocación de San Vicente y San Valero. El Condado de Ribagorza pierde su independencia cuando lo conquista Sancho Garcés de Navarra y Roda de Isábena pierde su condición de sede episcopal en favor de Barbastro, al ser esta conquistada por los cristianos. Tras la conquista de Lleida, Ramón Berenguer IV traslada la sede episcopal a esta ciudad.
En el 1068 el rey Sancho Ramírez restaura la sede de San Vicente en Roda y la dota para que se establezca en ella una comunidad de clérigos, dotación que en 1135 aumentará el rey de Aragón y obispo electo de Roda, Ramiro II el Monte. En 1185 consta la existencia de una comunidad de agustinos.
Durante los siglos XII y XIII continúan las obras en la catedral rotense. En 1198 el rey Alfonso II el Casto la concede el privilegio de salvaguarda; en 1234 el obispo Berenguer de Erill consagra el altar mayor dedicado a San Vicente; en 1257 el papa Inocencio IV confirma sus privilegios y autonomía; en 1257 la toma bajo su protección el rey Jaime I el Conquistador; en 1295 el prior Arnau Pons reorganiza la vida comunitaria y el patrimonio de Roda.
Podría suponerse que después de semejante trajín la concatedral -ahora también cenobio agustino- y la población recuperarían cierta tranquilidad. Suposición errada. A finales del siglo XVI, los bandoleros expolian la catedral. En 1628 el obispo de Lleida Pedro Antonio Serra aprovecha la visita pastoral para llevarse reliquias y joyas. En 1641, durante la guerra de los Segadores, las tropas francesas se dan al pillaje. En 1709, en la guerra de Sucesión, los partidarios del archiduque Carlos asaltan la población. En 1787 el obispo de Lleida, Jerónimo María de Torres, seculariza al cabildo de Roda, reducida a colegiata, reconociendo, no obstante, la concatedralidad, junto con Lérida. No concluyen sus desgracias. Entre la Desamortización del siglo XIX y el robo del XX, a cargo del tristemente famoso Erik el Belga, diezmaron el patrimonio que aún guardaba la antigua catedral.


Hoy es un núcleo amurallado eminentemente turístico, de calles estrechas, con casas de piedras y pasadizos, incluido en la red de Pueblos más Bonitos de España, rodeada de un paisaje montañoso de las sierras de Esdolomada, el Chordal y Sís, las estribaciones pirenaicas. Pertenece al municipio de Isábena, de la comarca de Ribagorza, provincia de Huesca.

Como el tráfico de coches está prohibido en el casco urbano, aparcamos junto a la muralla y subimos la cuesta que, en un paseo corto nos conduce a la plaza, frente a la catedral. La cabecera triabsidal de románico lombardo que tenemos ante nosotros es obra de los primeros años del siglo XI. Sus ábsides están decorados en la parte superior con una franja de arquillos ciegos, debajo de los cuales se abren ventanas abocinadas de arcos de medio punto que iluminan el interior de la iglesia. El ábside norte está reconstruido, después de que fuera destruido para construir una sacristía.



Junto al ábside sur en el siglo XVIII se levantó una torre -en sustitución del campanario románico original- y un pequeño atrio con cinco arcos de medio punto. De este lienzo sur lo más destacado es su portada de acceso, obra del siglo XIII, formada por un arco de medio punto con seis arquivoltas con baquetones y guardapolvos decorado con puntas de diamante, que apean en columnas con capiteles que representan escenas bíblicas y de la Natividad.




El interior de la iglesia se distribuye en dos espacios bien definidos, la cabecera y las naves, de tres cuerpos separados con cornisas; la nave central con bóveda de cañón apuntado y las laterales con bóveda de arista.

El presbiterio y el altar se elevan mediante tres criptas situadas a diferente altura. La más conocida de ellas es la central, al mismo nivel del suelo de la nave, a la que se abre por tres arcos de medio punto. Edificada en torno a 1125, es conocida como de San Ramón, obispo de la sede de Roda entre los años 1104 a 1126, y al que también se deben las iglesias de San Climent y Santa María de Tahull, entre otras.



Ocupa el centro de este espacio el sarcófago del santo, labrado en piedra con escenas de la vida de la Virgen, la infancia de Jesús y del mismo santo. En el frente, la Anunciación, Visitación, Nacimiento de Jesús y Adoración de los Magos; en el lateral derecho, la Huida a Egipto y en el izquierdo, San Ramón.

Una segunda cripta, conocida como Sala del Tesoro, se encuentra bajo el presbiterio y los primeros tramos de la nave norte. Es una pequeña nave de bóveda de medio cañón y cabecera semicircular. Una arqueta esmaltada alberga los restos de San Valero. Cubren las paredes pinturas murales del siglo XIII, bien conservadas. En la bóveda, un Cristo en Majestad con el Tetramorfos; más abajo se extiende un calendario agrícola. En los muros laterales, el bautismo de Jesús y un San Miguel pesando las almas, con un diablo tirando de la balanza para condenar, infructuosamente, el alma del enjuiciado.


La cabecera de la iglesia está situada en alto, se accede a ella por una escalera situada en el lado de la epístola. Hay que fijarse bien en el frente del altar, los cuatro ángeles portan los prótomos -la representación plástica- del Tetramorfos.


En el ábside cuelga un Calvario, de buena factura, copia del original románico que destruyó un incendio durante la última guerra civil. La talla de San Juan, a la derecha, es la única salvada de aquel siniestro.


En 1979 la iglesia fue víctima de destrozos y de un importante robo por parte de Erik el Rojo, del que se han recuperado algunas piezas, entre ellas la conocida como silla de San Ramón, de principios del siglo XII, pieza de gran valor, única en España. Está tallada en madera de boj, con motivos de animales fantásticos. Este tesoro se expone en el pequeño Museo Diocesano, ubicado a los pies de la nave, donde también se puede ver la mitra, el guante y el calzado que portaba el obispo en su enterramiento, y varios textiles funerarios de entre los siglos X al XII, todo ello conocido como el “ajuar de San Ramón«.

Desde la iglesia accedemos al claustro, obra del siglo XII, de planta cuadrangular y arcadas de medio punto, sobre las que corre una banda de ajedrezado jaqués. Desde este espacio se accedía al refectorio y a la sala capitular. Un aljibe ocupa el centro del espacio ajardinado.



Los capiteles están decorados con motivos geométricos y vegetales, dos con formas animales, algo toscos. Nos sorprenden las muchas inscripciones funerarias que ocupan los cimacios y salmeres -primera dovela de piedra utilizada en un arco adintelado o escarzano-. Son el recuerdo de quienes habitaron este lugar en los siglos XII al XIX.
La pequeña capilla de San Agustín, a la que se accede desde la sala capitular y desde el exterior, se cree que fue el oratorio del antiguo castillo de los condes de Ribagorza. En su interior se guardan pinturas murales del siglo XII.


Al claustro se puede acceder desde la iglesia, como hemos entrado nosotros, o desde el exterior, por la puerta que entran quienes desean comer en el restaurante en que se ha convertido el antiguo refectorio. Este restaurante lo es también de la Hospedería de Roda , perteneciente a la red de hospederías de Aragón.

El refectorio conserva también pinturas originales, es un lugar muy sugerente para comer, pero nosotros optamos por el espacio habilitado en el propio claustro, rodeados del silencio sólo interrumpido por el piar de los pájaros. Fue una experiencia de esas que se guardan en la memoria de los momentos dichosos.
Antes de marchar recorremos sus murallas y contemplamos el palacio del Prior, mandado construir en 1525 por el prior Pedro Agustín. Entre que estábamos en junio de 2021, surfeando una de las últimas olas del covid, y que era un día laborable, paseamos casi solos por las calles y solos también nos despedimos de este hermoso lugar, finalmente en paz.
Fotos: ©Valvar

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Peñíscola y el Papa Luna

Hace muchos, muchos años entrevisté al pintor Néstor Sanmiguel que, aparte de cosas sustanciosas sobre arte, me dijo que para sentirse vivo necesitaba ir al mar al menos una vez al año. Cosas de la juventud, aquello me pareció una boutade de artista. Una glaciación después, ahí vamos el Colega y yo despepitados hacia el mar con excusa o sin ella.

Nos encaminamos hacia Peñíscola con una parada en El Grao a comer arroz en El Galeón. Damos una vuelta por el puerto para bajar la comida y seguimos camino. La costa levantina, singularmente en el territorio que corresponde a la Comunidad Valenciana, ha sufrido un deterioro urbanístico terrible, lo que constatamos a un lado y otro de la carretera y corroboramos al llegar a Peñíscola, tan hermosa y tan mal tratada.

Visitar en temporada baja estos lugares turísticos tiene la ventaja de que no hay agobios de gente y la desventaja de que muchos de los servicios están cerrados. Hemos reservado en el Hotel Porto Cristo, uno de los pocos que están abiertos, en primera línea de la playa norte, con buenas vistas sobre el Castillo. Nuestra sorpresa al llegar es que nuestra habitación es con vistas al muro de otro hotel que, si estuviera abierto, podríamos darnos la mano con sus ocupantes. Nos aseguran que no pueden darnos otra habitación porque está todo ocupado. Ya es mala suerte, viajar a media semana de marzo y que el hotel esté lleno, protesto por lo bajinis.
Pelillos a la mar, salimos a pasear por el casco antiguo de Peñíscola, casi desierto a esa hora, excepto por un grupo de jubilados encabezados por una guía vocinglera, que los apremia a llegar al autobús. No es extraño que los turistas escojan este lugar para pasar sus vacaciones o establecerse. No hacen otra cosa que seguir la estela de los ilercavones, fenicios, griegos, cartagineses, romanos, bizantinos y árabes, que aquí se asentaron desde antiguo. Su emplazamiento como península fortificada por la Naturaleza y la bondad de su clima son motivos harto suficientes.



Peñíscola fue musulmana entre los años 718 a 1233, cuando pacta su entrega a Jaime I. En 1251, el rey desatenderá los pactos firmados con los musulmanes, les quitará sus bienes y propiedades y se los entregará a los cristianos. La población conocerá ya entonces un primer despegue económico y demográfico.

En 1294 Jaime II cedió la plaza a la Orden del Temple. Desde ese año y hasta 1307 Berenguer de Cardona, maestro de la Orden en Aragón, y Arnaldo de Banyuls levantaron un nuevo castillo sobre los restos de la fortaleza árabe y sobre los sólidos cimientos de la roca que conforma la península, 64 metros sobre el nivel del mar. Fue la última fortaleza templaria, pues en 1312 el papa Clemente V firmó la disolución de la Orden.
Un siglo después el castillo se convirtió en sede pontificia por obra y gracia de Pedro Martínez de Luna, Benedicto XIII, más conocido como el Papa Luna, uno de los protagonistas del Cisma de Occidente, quien, al ser desautorizado, abandonó Aviñón y en julio de 1411 se autoexilió en Peñíscola. Desde el imponente castillo templario dirigió y administró la parte de la iglesia católica que seguía su mandato, emitió bulas, escribió tratados, discutió con los papas de la otra facción, defendió sus derechos y escribió “El libro de las consolaciones de la vida humana”. Murió con 96 años, el 23 de mayo de 1423, y sus partidarios eligieron a Gil Sánchez Muñoz, aragonés como él, con el nombre de Clemente VIII quien acabó renunciando al cargo en 1429, terminando así el cisma. Peñíscola pasó entonces de sede pontificia Peñíscola a villa de realengo del reino de Valencia.




En el siglo XVI Carlos I y Felipe II dotaron al castillo medieval de un sistema defensivo renacentista, fortificación encomendada a Victoriano Gonzaga, en la vertiente norte, y a Bautista Antonelli, en la parte levante. Este refuerzo defensivo es conocido como Parque de Artillería, una zona ajardinada entre el castillo y el mar.
En la Guerra de Sucesión Peñíscola se declaró partidaria del candidato Borbón, lo que le valió, por un lado, permanecer dos años sitiada por las tropas inglesas partidarias del candidato austríaco, y, por otro, que el vencedor Felipe V le concediera beneficios fiscales, y la declaración de Muy Noble, Leal y Fidelísima Ciudad.




En memoria de aquel sitio el gobernador militar de la ciudad, Sancho de Echevarría, construyó la iglesia de la Virgen de la Ermitana, lo que explica la abundancia de motivos militares que adornan su portada. La imagen original de la Patrona desapareció al comienzo del levantamiento militar de 1936, para que no faltase la imagen de la Virgen en las fiestas patronales en 1939 se hizo una copia en escayola, que es conocida como la Camarera. Desde 1953 recibe culto en el altar mayor una nueva imagen.
Peñíscola sufrió grandes daños durante la francesada. Actualmente forma parte de la red de Grupos más Bonitos de España.



Nosotros entramos a Peñíscola por la Puerta de San Pedro, mandada construir por el Papa Luna, cuyo escudo permanece en una de las dovelas del arco. Se entre por donde se entre no queda más remedio que remontar cuestas sucesivas hasta alcanzar el castillo. Remontamos tras sucesivas pausas para disfrutar del paisaje.

Así llegamos a la Casa de las Conchas, el resultado del ingenio de una familia, Timoteo y Justa, y sus hijos Agustín, Gloria y Joaquín, que, para subsistir, decidieron convertir su casa en atractivo turístico cubriendo la fachada con conchas y abriendo junto a ella una tienda de recuerdos.


A la hora que llegamos el Castillo ya ha cerrado. El Papa Luna, en cambio, permanece inmutable en su trono, atendiendo las cuitas de quien le visita. La escultura de bronce -de dos metros de altura y 700 kilos de peso- es una más que digna obra de Sergio Blanco -el cantante del dúo Sergio y Estíbaliz- instalada en noviembre de 2007. El lugar evoca la frase evangélica de tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia.

La ciudadela es un imponente balcón sobre el Mediterráneo. Mirando detenidamente el horizonte creemos ver una imagen fantasmal, ni barco ni isla. Preguntamos y nos indican que es la estructura del Proyecto Castor, el fallido depósito de gas natural que provocó movimientos sísmicos en la costa, razón por la que fue suspendido proporcionando una sustanciosa indemnización a sus promotores, entre los que se encuentra Florentino Pérez como socio mayoritario. De ahí no saldrá nada pero la deuda vamos a pagarla nosotros, nuestros hijos y nuestros nietos, nos dicen. Con razón nos parecía una imagen fantasmal.


Paseando por los jardines del Parque de Artillería encontramos dos cañones que parecen apuntar a la estructura fantasmal. Alejamos los malos pensamientos contemplando el ir y venir de una pareja de gaviotas que miran ora al castillo del Papa Luna, ora al mar, como meditando acerca de la mutabilidad de las cosas de este mundo.




Mientras el sol se esconde tras la cercana y sobreedificada montaña, damos la vuelta a la península casi solos, lo que resulta un verdadero placer. Su fotogénica belleza ha hecho de Peñíscola escenario de varias producciones de cine, entre las que se recuerdan Calabuch (1956) y París Tombuctú (1999), ambas dirigidas por Luis García Berlanga, o El Cid (1962), por Anthony Mann, y de series de televisión, como Juego de Tronos o El Ministerio del Tiempo, escenarios que se han convertido en un interesante itinerario callejero.



A la mañana siguiente repetimos el trayecto hasta llegar al Castillo, que aún no ha abierto, en invierno abre de 10,30 a 17,30. La entrada, 3,50 euros los jubilados. Recorremos las instalaciones, bien conservadas y acondicionadas, especialmente este año que se cumple el VI centenario de la muerte del Papa Luna.



El faro de Peñíscola se recuesta en el Castillo.




Desde el patio de armas se accede a las dependencias: salón gótico o de audiencias, cuyo carácter de lugar virtuoso se aprecia en la alternancia de sillares blancos y negros; casa del agua o cisterna, donde estuvo la rebotica; iglesia, dedicada a la Virgen y a los Reyes Magos; y sala del cónclave, la antigua bodega donde fue elegido el sucesor del Papa Luna. Una escalera en el ala sur conduce a las dependencias papales. Emociona pensar que en este sencillo lugar trabajó y escribió, y quizá debatió consigo mismo, don Pedro Martínez de Luna, “el gran aragonés de vida limpia, austera, generosa, sacrificada por una idea del deber”, como reza una lápida en su Castillo.
Fotos: ©Valvar

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Alquézar

Alquézar es una población de la comarca del Somontano, en Huesca, cuyo nombre, del árabe al-Qasr, significa fortaleza. Alude al castillo levantado en el siglo IX por el califa Jalaf ibn Rasid como parapeto de Barbastro ante los ataques cristianos. Está declarada Conjunto Histórico-Artístico, forma parte de los Pueblos más Bonitos de España y recientemente la Organización Mundial del Turismo le ha elegido como uno de los 32 mejores pueblos turísticos del mundo.


Mientras preparábamos el viaje el Colega no paraba de predicar sobre las maravillas de la Sierra de Guara; por mi parte, pasaba revista a las bailarinas del Maestro de Agüero para compararlas con la Salomé de uno de los capiteles que se conservan en el castillo-colegiata, además de fotografíar a la Santísima Trinidad, esculpida en el mismo lugar. A medida que nos aproximábamos el paisaje parecía empeñado en demostrar que el Colega estaba en lo cierto, incluso que quizá se había quedado corto. Realmente, los cañones de Guara son impresionantes.


Como viene siendo habitual en los lugares de turismo cultural, el tráfico rodado está prohibido en el núcleo urbano. En TODO el núcleo urbano. El Ayuntamiento ha dispuesto aparcamientos para turismos y autobuses en dos puntos de acceso a la villa, uno arriba y otro abajo. Nos apeamos del coche y constatamos que las vistas son magníficas. Nada hay en su caserío que desentone, fotogénico total. Solo una pega, desde el primer aparcamiento el castillo se ve lejos, al otro extremo de la población y se intuyen cientos de cuestas. Yo no llego hasta allí, le advierto al Colega. Claro que llegas, responde él, animoso. Viva, no creo, aviso.
A un mozuelo que pasa le pregunto si los ancianos no estamos eximidos de la prohibición del tráfico y responde que en Alquézar, salvo los vecinos, en coche no entra ni dios. ¿Cuántos jubilados han muerto en el trayecto?, insisto. Ninguno, contesta el chico, muy digno. Pues a lo mejor inauguro yo la lista, comento. No exagere, desde aquí parece más de lo que es, ya verá como es un paseo muy bonito, me anima. Empiezo el camino rezongando que esto es un plan para acabar con el jubiladato y ahorrarse las pensiones, pero el Colega solo piensa en llegar al mirador de los cañones del Guara y ni me oye.



Atravesamos la puerta de la muralla y vamos callejeando por intrincadas rúas medievales flanqueadas por casas de piedra muy bien conservadas. Muchos de los bajos están ocupados por tiendas de productos típicos de la comarca, de artesanía y recuerdos. Nos llama la atención una piedra con dos siluetas de calzado grabadas. Procede del taller de un zapatero y estas eran las plantillas del calzado que gastaban los alquezranos.


Al cabo de un rato de agradable paseo nos topamos con una muralla de piedra en cuya cima se asientan los muros de la colegiata. Esto no es un castillo, esto son los Apalaches puestos de punta, le digo al Colega, que sigue sin oírme y ya ni me mira, embelesado como está en el mirador sobre los cañones.
Mientras vuelve en sí, aprovecho para releer que Alquézar fue conquistada hacia 1067 por Sancho Ramírez. Bautizada como Castrum Alqueçaris, el rey la concedió fueros y privilegios. De las murallas de ese tiempo quedan algunos tramos, una torre albarrana y las ruinas de una torre cuadrangular. La fortaleza fue perdiendo valor militar cuando la reconquista va alejándose hacia el sur, acrecentándose entonces su importancia religiosa. En 1099 Sancho Ramírez fundó aquí una comunidad de agustinos dependiente de Roda de Isábena. Durante los siglos XII y XIII la población aumentó considerablemente, debido en parte a los muchos árabes convertidos al cristianismo, lo que obligó al caserío a expandirse fuera del recinto amurallado.




La colegiata románica también resultó insuficiente ante este crecimiento demográfico, por lo que en el siglo XIV se levantó una nueva, ya tardogótica. De la primitiva construcción queda solo un fragmento del claustro. En los muros del claustro se conservan frescos con escenas del Nuevo Testamento, realizados en los siglos XVI y XVIII.


Cuando el Colega vuelve en sí la colegiata sigue allá arriba. No hay ni escaleras automáticas ni ascensor, solo una pendiente matadora bajo un sol que empieza a calentar. Con el pensamiento puesto en los capiteles de la Trinidad y de la bailarina y la cámara a cuestas tomo el camino con el mejor ánimo del que soy capaz. Ese mismo camino, que debe servir en las escuelas militares para explicar el concepto de posición inexpugnable, es el que recorren cada año miles de jubilados. Si el muchacho ha dicho verdad y en la subida no se han producido bajas no cabe duda de que somos una generación resistente.
A mitad de la cuesta le informo al Colega que puede estar a punto de quedarse viudo pero, sea porque no le desagrada la idea, sea porque va abstraído, no se da por aludido. Cuando hago cumbre estoy sin aliento y a punto de deshidratación, me lanzo hacia una fuente sin saber si el agua es potable o no.


Mientras esperamos el turno para entrar en la Colegiata descubrimos la torre de la muralla que es el esconjuradero de Alquézar. Construido en el siglo XVI y recrecido en el XVIII, está abierto a los cuatro vientos. Desde este lugar se conjuraban a las tormentas para que no descargaran sobre los sembrados. Por entonces se creía que las tormentas estaban provocadas por las brujas, de hecho, en documentos de la Inquisición se recogen las confesiones de la bruja Dominica la Coja asegurando haber conjurado una gran granizada con cantos y bailes, orinando en el suelo y lanzando el barro al cielo. En el siglo XVIII los esconjuradores de la Colegiata bendecían diariamente los campos y conjuraban las tormentas tañendo las campanas e invocando a Santa Bárbara.


Entramos por fin en la Colegiata, obra reformada en 1525, según los planos de Juan de Segura, el mismo arquitecto que realizó la catedral de Barbastro. El acceso turístico al monumento se realiza directamente al claustro. Es un claustro de forma trapezoidal, del que solo la panda norte es románica original del siglo XII, si bien con la arquería modificada. Tampoco los capiteles respetan el orden cronológico de las escenas.


El primero de ellos, empezando por el este, representa el sacrificio de Abrahám en el momento en que el Ángel le ordena matar a Isaac;



le sigue el capitel de la consagración de la colegiata, en el que aparecen San Pedro y San Pablo y el obispo San Ramón de Roda bendiciendo a los asistentes;



adosado al machón central se encuentra el famoso capitel de la Trinidad -una sola figura con tres cabezas humanas- en el momento de la creación del primer hombre (o mujer, que no se distingue bien); cuatro ángeles formando mandorla con Adán en posición horizontal semejando una cruz.

Al otro lado del machón, el Arca de Noé, un barco que más parece un crucero, con departamentos para las aves, los cuadrúpedos y la familia noética.



Le sigue el capitel del Génesis: la tentación de Adán y Eva, la expulsión del Paraíso y Caín y Abel.



Finalmente, mi capitel, el banquete de Herodes, el baile de Salomé y la decapitación de San Juan Bautista. Compruebo que el cantero de Alquézar nada tenía que ver con el Maestro de Agüero pero no deja de emocionar el trabajo de los constructores románicos, su labor didáctica y el arte con que la desarrollaron. Algunos de estos capiteles conservan aún la policromía original.
Todos los visitantes que han entrado en nuestro turno han pasado a la Colegiata mientras yo sigo peleándome con el sol que a estas horas cae casi en vertical formando unos claroscuros que no hay manera de conseguir una buena foto de los capiteles. No podemos esperar a que el sol se mude de posición porque la visita dura media hora improrrogable, así que disparamos la cámara a lo que salga.


Entramos, por fin, a la iglesia. Además de su valor monumental, destaca en su interior el retablo mayor de madera dorado policromada, dedicado a la Virgen María, el órgano del siglo XVI, que pasa por ser una de los más valiosos de Aragón y un precioso Crucificado conocido como Cristo de Lecina, con rasgos románicos y góticos.





En el segundo piso, añadido al claustro original, se ha dispuesto un pequeño museo, con algunas obras interesantes, incluida una Sagrada Familia atribuida a Murillo. El Colega aprovecha la atalaya para contemplar el paisaje.


El descenso es menos trabajoso pero igual de arriesgado que la subida pues la piedra es lisa y resbaladiza. Que sepas que la fortaleza se conquistó gracias a una mujer, le digo al Colega. Subiría en andas, ironiza él. Subiría como pudiera pero, una vez arriba, descabezó al gobernador, respondo.
Según la leyenda, por esa manía que desde tiempo inmemorial tienen algunos hombres de medir su poderío en carne femenina, el gobernador de la plaza exigía a los cristianos de alrededor el pago de un tributo en doncellas. Harta de la situación, una doncella de Buera al servicio del gobernador maquinó con los cristianos un plan para acabar con el mandamás. Cuando esta se quedó a solas con el jefe, previamente adormecido con sus artes, sacó un puñal que había escondido en su peinado a modo de peineta y le rebanó el cuello. Seguidamente, mojó su pañuelo en la sangre del difunto y lo mostró por la ventana, señal que esperaban los cristianos para atacar el castillo. Los musulmanes, desconcertados y sin jefe, montaron sus caballos y se arrojaron por los acantilados para evitar ser apresados por los atacantes. Se cuenta que en noches de viento desde los acantilados aún se escuchan los gritos de los guerreros muertos y el relinchar de los caballos. Así que ve con cuidado en los cañones, bromeo.



Terminamos la visita a Alquézar comiendo cerca de la iglesia de San Miguel, desde donde se divisa el Castillo allá a lo alto. Como está, realmente.
Fotos: ©Valvar


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Villegas y el Conjuradero

Si un día transitas por la autovía A-231, conocida como del Camino de Santiago y vas sin prisa, toma la salida a Sasamón y desde allí, por la BU-640 en unos minutos te encuentras en Villegas. Regálate un rato de disfrute. No te arrepentirás.
Villegas es una población con un centenar de habitantes y una larga historia. Fundada en los años de repoblación de finales del siglo IX por un foramontado de nombre Egas, desde 1491 se fundió con la vecina Villamorón. Durante siglos estuvo bajo el señorío de los Villegas hasta que en el siglo XVIII aparece como villa realenga.



A poco que mires con atención enseguida comprendes que la economía de la villa está en su producción agrícola y que los siglos medievales debieron ser algo belicosos por estos lares. Esta impresión se deduce de contemplar la iglesia de Santa Eugenia, parroquial de Villegas, más fortaleza que oratorio, con su imponente torre, de remate renacentista. De probable origen románico, en tiempos de bonanza se remodeló con arreglo a los nuevos gustos góticos. La ornamentación interior prueba que la villa gozó de prosperidad entre los siglos XV y XVII. Rodea la iglesia una cerca amurallada que va a unirse con el segundo de sus monumentos: el Conjuradero, la demostración palpable del interés de los villeguinos por proteger sus cosechas, esto es, su economía.

Al contrario que en la mayoría de pueblos, que el visitante encuentra la iglesia cerrada y no hay nadie que pueda mostrarla, en Villegas cualquier vecino indica quién puede enseñar su magnífica iglesia fortaleza. Introducidos por la Asociación de Amigos de Villamorón, nosotros tuvimos la fortuna de contar con Javier, sabio y amable guía, que nos mostró la riqueza de la iglesia y los secretos del Conjuradero.

El interior de Santa Eugenia se distribuye en tres naves, la central de mayores dimensiones que las laterales, con cabecera poligonal, bóvedas de crucería. El coro, del siglo XVI se ubica a los pies, en el espacio correspondiente a la torre.

El magnífico retablo renacentista, que siempre se creyó era obra de Domingo de Amberes, ha resultado ser de Juan de Esparza, autor de los relieves y estatuaria de sus tres cuerpos y el Calvario del ático.



Muy hermoso también es su púlpito, labrado en piedra, en cuyas cuatro caras se identifican a Adán y Eva, el martirio de San Esteban, un clérigo con un libro y báculo y dos cruces en aspa.


Si quieres empaparte bien de la riqueza ornamental de Santa Eugenia clica aquí donde el doctor Félix Martín Santos te informará pormenorizadamente.

A mí me gustó sobremanera el Cristo de los Angelitos, una pequeña talla de autor anónimo de la escuela castellana, del siglo XIV. Un Cristo crucificado al que José de Arimatea se abraza para intentar descenderlo, escena que la Virgen y San Juan contemplan desde los brazos de la Cruz.



De la etapa románica Santa Eugenia conserva una portada de cuatro sencillas arquivoltas, algunos canecillos y una preciosa pila bautismal, rodeada en su basa por una serpiente, un león y un caballero armado.


Concluida la visita a la parroquia, Javier nos condujo al Conjuradero, un pequeño tesoro local. Los conjuraderos -en Castilla-, esconjuraderos -en Aragón- comunidors -en Cataluña- son pequeñas torres construidas entre los siglos XV al XVIII cerca de iglesias o ermitas, abiertas a los cuatro puntos cardinales, desde las que se trataba de combatir las tormentas y evitar el temido pedrisco sobre las cosechas. Una ceremonia de origen pagano para invocar las fuerzas de la naturaleza que la iglesia enseguida incorporó a la liturgia católica. Mediante el toque de campanas o estruendos varios se intentaba ahuyentar o aligerar las nubes de su temida descarga. En su interior era habitual instalar un pequeño altar y una pila de agua bendita. El sacerdote o persona de autoridad en el pueblo, recitaba las palabras del conjuro, ordenando a las nubes que se alejaran para evitar daños en las cosechas, mientras el campanero tañía el toque de tentenublo con el propósito de que las ondas sonoras tuvieran la suficiente fuerza para deshacer el pedrisco que podía arruinar la cosecha y, con ella, el trabajo de todo el año.

Aunque con frecuencia estos ritos eran tildados de brujería, algunos estudiosos corroboran el fundamento científico de estas prácticas de sabiduría popular en las que, al parecer, el estruendo era capaz de alejar el temido pedrisco.


Durante 2021 la Junta de Castilla y León restauró el libro de Conjuros “contra todas tempestades De Truenos, Granizos, Rayos, y contra las Langostas.…” de Pedro Ximénez que se conserva en Villegas. Actuación con la que el Gobierno regional pretende “reconocer, valor y salvaguardar en su diversidad el patrimonio cultural inmaterial de Castilla y León”. Además del Conjuradero de Villegas, en esta Comunidad se conservan los Conjuraderos de Poza de la Sal, también en la provincia de Burgos, Cozuelos de Ojeda (Palencia) y Cuenca de Campos (Valladolid).
Fotos: ©Valvar

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Villamorón

Parece evidente que ya no hay aventuras como las que vivieron los conquistadores del Nuevo Mundo o los astronautas que pusieron el pie en la luna y, de haberlas, los jubilados no estamos para semejantes trotes. Ni falta que hace. Con frecuencia la aventura está donde menos se la espera, a la vuelta de la esquina. O en medio del páramo.

Descubrimos la iglesia de Villamorón por puro azar, zascandileando por el románico de la provincia de Burgos. Vista en la distancia nos pareció una aparición como una catedral. En sentido literal. Era verano y el reverbero del sol sobre la tierra amarilla producía una sensación de irrealidad de la que surgía una construcción monumental. La sorpresa era mayor porque conocíamos que Villamorón, que es una pedanía de Villegas, está prácticamente despoblado.


Nos desviamos del camino. Mientras seguíamos el indicador que conduce hasta Villamorón, nos informamos de que en el término existían restos romanos -una fuente- y que el nombre evocaba a un tal Mauronta, repoblador que habría llegado a finales del siglo IX y daría nombre al poblado, como Egas bautizaría a Villegas, al otro lado del río Brullés. Ambas poblaciones acabarían fusionadas en un solo concejo y dos barrios mediante la Concordia de 1491. Como bien ha estudiado el doctor Félix Martín Santos, en 1794 Villamorón trató de recuperar su independencia, petición que fue denegada por la Real Chancillería de Valladolid.

Así fue como nos encontramos junto a la magnífica fábrica de Santiago Apóstol conocida como la catedral del páramo. La iglesia estaba abierta y una persona nos informó a los visitantes que estábamos ante una construcción del tercer cuarto del siglo XIII, gótica en su planteamiento y construcción, su tracería, bóvedas y arcos, con algún trazo románico, de la que se desconocía casi todo, incluso quienes lo habían promovido y financiado, tanto si se trata de una iniciativa monacal o del capricho de un gran señor -aquellos fueron años de dominio de la familia Villegas en la comarca-. Al parecer, se ha perdido la documentación.


Se trata de una iglesia de cabecera plana, con airosa torre campanario sobre el presbiterio, adornada con arquillos ciegos apuntados sostenidos por ménsulas y ornada en sus paredes norte y sur por una cornisa con canecillos geométricos.


Dos husillos circulares adosados a sus muros meridional y septentrional aportan armonía a la de por sí armónica iglesia. De las tres portadas originales solo permanece abierta la meridional, protegida por un tejaroz en cuya cornisa se conservan canecillos de formas geométricas, como los de la torre.

Junto a esta puerta se conserva una inscripción funeraria datada en el siglo XIII, bastante deteriorada, que ha sido traducida como “En el año milésimo (y) ducentésimo sexagésimo primero (1261) el día de las nonas de diciembre murió Mariana… y fue sepultada el día de San Nicolás”.

También en el muro meridional llama la atención la gárgola de aspecto fiero apoyada en una ménsula que representa una figura humana, cubierta con lo que parece un capelo cardenalicio, mostrando su trasero. Una cerca rodea este muro, con dos arcos de acceso.
Por entonces el muro septentrional aún estaba machacado con el cableado eléctrico que utiliza la iglesia a modo de poste. Una iglesia que, para más inri, carece de iluminación. Finalmente, la empresa suministradora accedió a retirar sus cables pero en muchas otras iglesias permanecen con el beneplácito de los propietarios, los obispados. ¿Por qué esa falta de respeto al patrimonio artístico?



Los villamorinos están tan orgullosos de su iglesia que tienen a gala el apodo de cavilas con el que son conocidos, por lo que hubieron de cavilar para conseguir semejante obra de arte. Está declarada Bien de Interés Cultural desde 1994.



El interior la iglesia se divide en tres naves, la central más alta y ancha que las laterales.


La mayor parte de sus bienes han sido trasladados a Burgos, un Cristo y el retablo del Santo titular y Santa Ana se encuentran depositados en el Museo del Retablo de la iglesia de San Esteban.


Aparte de las ventanas y óculos lobulados que iluminan el interior, destaca un magnífico rosetón del muro occidental, en el que se superponen doce óculos con otros tantos arcos apuntados. Doce, como las tribus de Israel, las puertas de Jerusalén, los apóstoles, los meses del año, los signos del zodíaco… el número solar.

Una inscripción conservada en sus muros permite conocer que el interior fue decorado en el siglo XV. “Esta iglesia se pinceló y lució. De 1478 años, primero día de agosto”, reza el grafito. En 1800 volvieron a pintarse los muros.




En aquella visita conocimos a la admirable e incansable Asociación Amigos de Villamorón, entre cuyos méritos estaba el haber logrado que la Junta de Castilla y León accediera a incluir la iglesia entre sus intervenciones de restauración en 2017, evitando así su ruina. Insisto en que nos encontramos en un despoblado, con visitas esporádicas de quienes fueron sus habitantes, la España vaciada en estado puro. La Asociación en ningún momento cejó en su empeño y ha peleado contra gigantes y molinos por mantener vivo el templo, uno de los pocos restos que permanecen en pie como testigo de su historia.



Por aquél tiempo los Amigos de Villamorón andaban empeñados en que se eliminara el cableado adosado a sus muros exteriores, lo que finalmente consiguieron, y en adecentar el interior y restaurar el coro. En 2021, aún en plena pandemia, iniciaron una campaña de micromecenazgo con la que obtuvieron la financiación necesaria para llevar a cabo el proyecto, ya concluido. La iglesia luce esplendorosa dentro y fuera, lista para ser utilizada en actividades culturales.
Al contrario que en el caso de los promotores, los nombres de los mecenas de esta rehabilitación permanecerán, al menos en el mundo digital. Para dos jubilados que suman siglo y medio descubrir la iglesia de Villamorón y participar en esa campaña ha sido una de las mejores aventuras vividas en nuestras andanzas.
Fotos: ©Valvar

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Clermont-Ferrand y Arcachon
Llegamos a Clermont-Ferrand en la penúltima etapa de nuestro jubileo del cuarto y mitad de siglo. Hemos escogido esta ciudad por la sola razón de estar a mitad de camino entre Autun y Arcachon, donde pensamos cerrar el viaje, sin pensar que podía tener algún encanto añadido. Errores a los que conduce la ignorancia.
El paisaje que nos encontramos ha cambiado notablemente, han desaparecido los grandes campos de cereal, ahora transitamos por el Macizo Central, en la región de Auvernia-Ródano-Alpes, un territorio volcánico -la cadena de los Puys- que en 2018 fue declarado Patrimonio Mundial de la UNESCO como fenómeno geológico excepcional, al nivel del Cañón del Colorado en Estados Unidos o la Gran Barrera de Coral de Australia.
Circulamos entre más de 80 volcanes inactivos, incluido el Puy de Dôme, cuya vista emociona especialmente al Colega. Imagínate subir hasta allí en bici, dice, a sabiendas de que no he conseguido aprender a tenerme en bicicleta. La de tardes que he visto este etapa del Tour, remacha. Hay un tren que te lleva hasta la cima sin tantas ínfulas, le digo.
Clermont -que significa bosque sagrado- es heredera de Nemessos, ciudad antigua mencionada por Estrabón, a la que luego se unió la medieval Montferrand, de cuya fusión resultó su actual nombre. Esta mezcolanza es perceptible cuando se llega a la ciudad.
Aparte de por su vieja historia, Clermont-Ferrand es conocido por ser el lugar donde en 1889 los hermanos Édouard y André Michelin crearon la fábrica de neumáticos Michelin, cuya primera patente se registró en 1891. La deslocalización ha mermado la influencia de la empresa en la ciudad, así y todo aún es perceptible incluso en su urbanismo, donde eran habituales las áreas deportivas o las viviendas construidas para sus empleados, conocidas como bips, en alusión a su famoso icono, Bibendum.
Como ha perdido de vista las extensiones de cereal que le traían a mal traer, el Colega está de buen humor y aprovecha para recordarme mis vínculos con Michelin, que tiene una factoría en Aranda de Duero, mi pueblo, como ya conté aquí. Te sentirás en casa, dice.
Le devuelvo la pelota, dándole la turra con detalles de la huelga de 1976, que acabó de mala manera, como también he contado ya. (Si eres de los pocos que no lo sabes y tienes curiosidad, puedes enterarte clicando aquí).
Hemos reservado un hotel céntrico y no caro, que encontramos a la primera, GPS mediante. Entendemos lo del buen precio en cuanto abrimos la puerta: la cama está en una especie de altillo, que muy pomposamente presentan como “duplex”. Esto va a ser la venganza de Michelin porque si esta noche tengo que bajar al baño me abro la cabeza, comento en voz alta.



Nos echamos a la calle y enseguida llegamos a la catedral gótica de la Asunción, que aparece como encastrada entre las calles del casco antiguo. Es un edificio de 100 metros de altura, oscuro, casi negro, porque en su construcción se empleó la piedra de Volvic, rica en antracita. Iniciada en 1248, por iniciativa del obispo Hughes de La Tour y según las directrices del arquitecto Jean Deschamps, las obras se alargaron durante siete siglos con múltiples interrupciones. Tuvo que venir el arquitecto Viollet le Duc, ya en el siglo XIX, para construir la portada y los torres occidentales -símbolo de la ciudad- siguiendo la inspiración del gótico de Île de France. Del interior destacan especialmente una Virgen lactante de los siglos XIV-XV y las vidrieras, también del XIX, que no pudimos ver porque la iglesia estaba cerrada. Que esas cosas no pasan solo en España, aunque en Francia sea menos frecuente.

Justo enfrente de esta fachada, en un edificio que hace esquina a la plaza de Gras, se ha encastrado un relieve procedente del dintel de la iglesia de Saint Pierre, destruida durante la Revolución de 1789, que representa el lavatorio de los pies del Jueves Santo.
Nos pareció que la catedral es el auténtico corazón de la ciudad por su importancia monumental, también porque las calles de alrededor eran un constante bullir de visitantes que entraban y salían en los numerosos bares y restaurantes u ocupaban sus terrazas.





Siguiendo el plano que nos proporcionaron en la Oficina de Turismo, nos encaminamos a la iglesia de Nuestra Señora del Puerto, obra del primer tercio del siglo XII, construida en piedra arenista. Es Monumento Histórico de Francia desde el siglo XIX y en su interior guarda una Virgen negra que goza de mucha devoción local y exterior, al encontrarse en el Camino de Santiago.
Esta iglesia románica ha vivido vicisitudes sin cuento, desde su primera construcción en el siglo XI hasta la Revolución del XVIII, que estuvo a punto de arruinarla del todo, pasando por un terremoto en el siglo XV. Recuperó su condición religiosa en 1802 y durante los dos siglos siguientes ha estado en rehabilitación, finalizada en 2008.


También aquí hemos llegado fuera del horario de visita y solo pudimos contemplarla desde el exterior de la verja que la protege. Aparte del ábside, tiene una curiosa portada a la que se han adosado piezas procedentes de otros emplazamientos, en la que se mezclan los profetas Isaías y San Juan Bautista y un tímpano con restos de policromía que relata la infancia de Cristo: la adoración de los Magos, la presentación en el templo, el bautismo. En la parte superior, un Cristo Pantocrátor flanqueado por dos ángeles con los pies apoyados sobre un león y un toro, que simbolizan los evangelistas San Marcos y San Lucas. En la parte superior izquierda hay un relieve de la Anunciación y a la derecha una Natividad.


Sorprende que en el centro de Francia exista una iglesia bajo la advocación de Nuestra Señora del Puerto, pero aquí puerto -del latín portus: almacén- es el lugar por donde entraban y donde se almacenaban las mercancías. Cerca del templo hay una fuente que desde antiguo alivia la sed de los peregrinos.



Aún nos da tiempo a callejear por la ciudad, toda ella teñida del color de la antracita. De la renacentista Fuente de Amboise dicen que es la más antigua y la más bella de las fuentes de Clermont-Ferrand. Realizada también en lava por el escultor Chapart, en el año 1515, su nombre recuerda al obispo Jacque d´Amboise, que encargó su construcción. Los jardines en los que se encuentra están dedicados a “Olimpe de Gouges. 1748-1793. Mujer de letras y pionera del feminismo”.

Clermont-Ferrand tiene varios museos: el Bargoin, de Arqueología, el de arte Roger-Quilliot, el de Henri-Lecop, el de Rugby, y, naturalmente, el de Michelin, ninguno de los cuales llegamos a ver. En cambio, contemplamos reiteradamente el Puy de Dome, visible desde cualquier punto de la ciudad.
Tras pasar la noche en el hotel de marras, más adecuado para una pareja joven que para dos jubilados (spoiler: tuve que bajar al baño y sobreviví), salimos raudos hacia Arcachon, de la que nos separan 450 kilómetros.



Cuando llegamos encontramos cerrado nuestro restaurante favorito –La Cabane del Aguillon– así que buscamos en el Mercado un lugar donde comer ostras con caviar, que es a lo que he(mos) venido. El Colega pide un lenguado como de medio kilo, que se come sin despeinarse. Brindamos con champán. Después de todo, no voy a volver a cumplir cuarto y mitad de siglo.
Fotos: ©Valvar

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Autun

Autun está a 86 kilómetros de Vézelay, distancia que recorremos en hora y media, la mitad del tiempo con el Colega protestando por la manía que tienen los galos de poner obstáculos al paso de las ciudades, que obligan a los conductores a ir haciendo eses. Entre las carreteras y el cosechón de cereal los franceses le están dando el viaje.
Como no conduzco ni distingo las distintas variedades de cereal aprovecho para contemplar el Parque Natural de Morvan y los bosques que surten a Autun, famosa por su industria maderera, que da trabajo a medio millar de trabajadores empleados en las 130 empresas del sector.


Cuando por fin llegamos el Colega se olvida de los obstáculos en las carreteras y de la buena cosecha. Tras atravesar la muralla, encontramos sitio en un aparcamiento desde el que se ve la aguja gótica de la catedral. Vamos a lo que vamos, esto es, contemplar al fin la catedral de San Lázaro y, por mi parte, la Eva de Gislebertus.
Las murallas de Autun no son cualquier cosa. Sus seis kilómetros de longitud hablan del pasado galorromano de esta ciudad, cuna del emperador Augusto (27 a.C-14 d.C.) de quien tomó el nombre: Augustodunun. El emperador quiso hacer de su ciudad una demostración del poder romano para lo que la dotó de una gran muralla con cuatro puertas -de las que quedan dos, las de Saint-André y Arroux; el mayor teatro de la Galia, con capacidad para 20.000 personas; un anfiteatro; y un templo fuera de la muralla.


En el siglo VIII los cristianos de Autun levantaron una catedral en honor a Saint Nazaire, cerca de la actual, construcción que pronto se quedó pequeña para recibir a los muchos peregrinos que pasan por aquí camino de Santiago. Cuatro siglos despues, el obispo Etienne de Bagé decide construir una iglesia más grande que, además, recibirá las reliquias de Saint Lazare, anfitrión y amigo de Jesús. La nueva catedral se levantó entre 1120 y 1146. El sepulcro del santo patrón ocupaba el centro del coro como una iglesia dentro de la iglesia. Se destruyó en 1766, con la puerta lateral.

El tímpano de la puerta románica es obra de Gislebertus, maestro que había sido asistente del maestro de Cluny. Tenido como uno de los escultores franceses más importantes de la Edad Media, a la altura del Maestro de Cabestany o Gilabertus de Toulouse, aportó dinamismo a sus figuras, que se encuentran entre las más conmovedoras de la escultura románica.








El tímpano se inició en 1130 y representa el Juicio Final. En el centro, Cristo en Majestad en mandorla, que significa la Gloria, rodeado por cuatro ángeles. A la derecha de su Hijo, en la parte superior, la Virgen María; los apóstoles, santos. A la izquierda, la balanza que pesa el bien y el mal en la vida de los hombres cae del lado del bien a pesar del esfuerzo de los demonios para inclinar el plato. Sobre el dintel, los elegidos elevan sus ojos hacia Cristo. Los condenados, menos numerosos, arrastran la causa de su mal: la bolsa del avaro, el tonel del borracho… Como en Vézeley, la arquivolta superior muestra los signos del zodíaco y los trabajos de cada mes; la del centro se adorna con motivos vegetales y la interior es lisa. En el parteluz encontramos al santo patrono acompañado de dos figuras. A cada lado de la portada, tres columnas que rematan con capiteles historiados.

El maestro debió quedar satisfecho de su obra porque firmó en el centro mismo del tímparo: “Gislebertus hoc fecit” (en la foto, el interior del subrayado).

El Arca de Noé 
Lapidación de San Esteban 
Los diablos y el ahorcamiento de Judas 
El cuerpo de San Vicente protegido por los ángeles 
Aparición de Cristo Resucitado a María Magdalena La catedral se ha sometido a un proceso de renovación aún no concluido, razón por la que ha permanecido cerrada.






















La nave central se abrió en 2019 pero en nuestra visita -junio de 2022- permanecía cerrada la sala donde se encuentra el famoso capitel de los Tres Reyes Magos. Nos consolamos contemplando el magnífico despliegue de capiteles de la nave.

Cerca de la catedral se encuentra el Museo Rolin, donde se depositaron algunas de las esculturas procedentes de la desaparecida portada lateral de la catedral. Se trata de un museo pequeño pero interesante.

Allí se encuentra una escultura que por sí sola justifica la fama de su autor, Gislebertus. El cuidador de esa sala, un ciudadano portugués, nos explica con orgullo las características de esta Eva maravillosa y, de paso, corrige mi pronunciación de Autun. ¡Qué envidia, pasar el día en compañía de esta mujer extraordinaria!, le digo, y él asiente, complacido.


Con esta Eva Gislebertus rompió el discurso tradicional que atribuía -y atribuye -ay- a las mujeres todo lo malo que acontece a la humanidad, la tentación, el peligro, lo pecaminoso. El relato bíblico señala que por culpa de la primera mujer el hombre debe ganarse el pan con el sudor de su frente y la mujer debe parir con dolor, relato que el arte, en manos masculinas, ha venido reproduciendo desde sus albores hasta ayer mismo. El románico -o la interpretación que se hace de su iconografía- abunda en la misma interpretación: Eva aparece como cogida en falta, avergonzada y sumisa, con la famosa manzana en una mano, tapándose el sexo con la otra, mientras vemos a Adán la mano en la garganta, arrepentido de haber mordido el fruto prohibido que ella le ha ofrecido.

Nada que ver con esta Eva de Gislebertus, que ocupaba el dintel de la puerta norte del transepto, por donde los peregrinos entraban a la iglesia, acompañada por Adán y el santo patrón. Nuestra Eva sigue el canon en cuanto que apoya las rodillas en el suelo, en señal de penitencia. A partir de ahí, estamos ante una mujer desnuda, sensual, indiferente a la mirada ajena, que apoya el rostro en la mano derecha -y quizá le habla a Adán- mientras que con la izquierda coge una fruta -que aquí es una granada- con firmeza, como expresión de su voluntad libre. Entre el ramaje del ángulo superior derecho se distingue la mano del demonio. Todo en ella es hermoso, atractivo, moderno. Esta Eva de Autun representa a todas las mujeres que cogen su granada y deciden el tipo de vida que desean, adónde van, cómo y con quién hacen el camino.


Llegada la hora de comer, encontramos abundancia de oferta sin salirnos del área. El Colega, que tiene un olfato especial para reconocer dónde se come bien, elige La Catedral, un bistrôt junto al ábside de la iglesia. Él pide unos huevos meurette, cuyo recuerdo aún le emociona, y una ternera a la borgoñona. Yo tomo una ensalada de la casa y unos estupendos caracoles a la borgoñona, que para eso estamos en la Borgoña. De postre, una cassissine, un pastel relleno de licor de grosella cubierto de chocolate negro. Rematamos con un café, que está bueno. No me atrevo a preguntar si está hecho con la mezcla artesanal prescrita por Charles Maurice de Talleyrand, que fue obispo de Autun entre 1789 y 1791, para quien el café debe ser negro como el diablo, caliente como el infierno, puro como un ángel y dulce como el amor.


Hemos rematado la jornada en Autun tan contentos que nos hacemos el propósito de volver alguna vez a la ciudad. Para ver el capitel de los Tres Reyes Magos, justifica el Colega. Una buena razón.
Fotos: ©Valvar

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Vézelay

A media tarde de un caluroso día de junio distinguimos la silueta de la basílica de Santa María Magdalena sobre la colina eterna de Vézelay, etapa de la llamada Vía Lemosina, uno de los cuatro caminos europeo que conducían a Santiago de Compostela.


Habíamos reservado alojamiento en el Hotel Les Glycines, situado en la calle de Saint Pierre a escasos 100 metros de la antigua abadía, que era nuestro objetivo. Desde el hotel nos habían informado del itinerario que debíamos seguir para llegar al alojamiento, con la advertencia de que el tráfico de coches por la ciudad está bastante limitado. Con eso y el preceptivo GPS llegamos sin problema a la plaza en la que se levanta la basílica. Descargamos el equipaje con intención de llevar el coche a la zona de aparcamiento, también junto a la iglesia. El GPS insistía en que estábamos junto al hotel pero los paletos (semi)reciclados que somos no lo veíamos porque el frondoso jardín de la fachada tapaba el nombre.

Sea porque nos vieron la pinta, sea porque la hospitalidad del hotel es de un nivel superior el caso es que nos dieron una habitación digna de nobles. Dimos las gracias y rápidamente salimos a descubrir “nuestro” Vézelay.

Íbamos prevenidos de que lo bueno de Santa Magdalena no es la fachada, obra neorrománica del siglo XIX, cuando Violet-le-Duc se puso a homogeneizar todo monumento que tocaba, así que lo echamos una rápida ojeada, subimos la escalinata y entramos directamente a ver el nártex de la fábrica del siglo XII. Ninguna de las muchas fotos que habíamos visto le hace justicia. Tener allí, al alcance de la mano, el Cristo en majestad del tímpano de la portada central nos dejó patidifusos.

Este suelo que pisamos es lugar de culto antiguo. Cerca de aquí, hacia el 858, Girard del Rosellón fundó una abadía femenina bajo la autoridad directa de Roma, fundación que duró poco. Un ataque normando acabó con ella en el 873. Años después se construyó una nueva iglesia en la cima de la colina, encomendada a una comunidad de monjes en la órbita de Cluny.




La abadía prosperó rápidamente, de manera que en 1104 se iniciaban las obras de una nueva iglesia, que fue devorada en un incendio la noche del 21 al 22 de julio de 1120, víspera de la fiesta de Santa Magdalena, causando 1.127 muertos y destruyendo el edificio. Rápidamente se construyó una nueva iglesia, consagrada en 1132. El nártex de la entrada se realizó entre 1140 y 1150. El presbiterio es también del siglo XII mientras que el ábside y la girola son del XIII, ya en estilo gótico. Ese fue el periodo de esplendor de Vézelay, convertida en una obra maestra de la arquitectura románica borgoñona.
Un factor decisivo en este esplendor es el hecho de que durante el siglo XI los monjes de Vézelay aseguraron haberse hecho con las reliquias de Santa Magdalena, que, según la tradición, había sido enterrada en Sainte-Baume, de donde desaparecieron durante una invasión musulmana. En 1058 el papa reconoció como auténticas las reliquias depositadas en Vézelay, lo que aumentó su interés como lugar de peregrinación. Aquí fue donde en 1146 San Bernardo predicó la segunda cruzada y aquí se encontraron en 1190 Ricardo Corazón de León y el rey francés Felipe Augusto para iniciar la tercera cruzada.
Acababa el siglo XIII -1279- cuando la autoridad eclesiástica vino a afirmar que las auténticas reliquias de Santa Magdalena no estaban aquí sino en Sainte-Boume (Provence), donde los dominicos acababan de fundar un nuevo convento. Como por entonces el culto a las reliquias movía a las masas como ahora el turismo, los visitantes a Vézelay decayeron y con ellos su riqueza. El 1567 la abadía se secularizó; dos años después fue saqueada por los hugonotes durante las Guerras de Religión. En 1790 quedó en simple iglesia parroquial. La Revolución dañó sus edificios y sus obras.


Hasta que en el siglo XIX apareció también por aquí Próspero Merimée, en su condición de Inspector general de Monumentos, y en 1840 encomendó al también omnipresente Eugène Violet-le-Duc la restauración del edificio original. En 1870 fue declarado Monumento Histórico, lo que garantizaba su conservación. En 1979 la basílica y la colina de Vézelay fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad. Actualmente, cuidan del conjunto monumental y del acogimiento a los peregrinos la Fraternidad Monástica de Jerusalén.

Cuando nos reponemos de la impresión entramos en la iglesia con tan buena fortuna que coincidimos con el oficio de vísperas cantado por las monjas y monjes de la abadía. Son unos momentos de una belleza imposible de describir.



La iglesia es de tres naves de diez tramos cada una, crucero y nártex a los pies. Los arcos fajones que refuerzan la bóveda y los formeros que separan las naves muestran dos tonos de color que evocan vagamente el interior de los edificios musulmanes. La impresión es de un espacio majestuoso, sus columnas se coronan con capiteles originales del siglo XII, a cual más hermoso. En estos capiteles y en la portada occidental que se abre en el nártex de Vézelay la escultura románica alcanzó niveles difíciles de superar.










La iconografía es extraordinaria, mezcla de escenas paganas con otras bíblicas: ahí están Adán y Eva, la muerte de Caín, Jacob, David en el foso de los leones, Judith y Holofernes, varios santos, y el bestiario habitual en el románico, todos ellos desarrollados con dominio e imaginación. Buscamos hasta hallarlo el capitel del Molino místico, símbolo de la unión del Viejo y el Nuevo Testamento: Moisés echa el grano de la vieja ley y San Pablo recoge la harina de la nueva.

El conjunto se encuentra en tan buen estado que dudamos si será la escultura original o una reconstrucción posterior. Para salir de dudas, el Colega coge por su cuenta a una religiosa que pasa por allí, quien le insiste que toda la iconografía es original pues la restauración del siglo XIX respetó los modelos encontrados.



Tal maestría se atribuye a un Maestro de Cluny que trabajó en Vézelay entre 1120 y 1135 o 1140, cuyo estilo se identifica en las proporciones de sus tallas, cuerpos pequeños, cabezas y extremidades grandes, rostros esquemáticos, ojos almendrados, ropaje con pliegues elegantes y efectistas.




La portada occidental representa la aparición de Cristo a los Apóstoles el día de Pentecostés. En el tímpano, Cristo Maiestas Domini en mandorla, bajo el que se agrupan los apóstoles, todos ellos en posiciones que dan impresión de dinamismo. En lo que asemeja sin serlo una primera arquivolta, una representación simbólica de los fieles. La arquivolta exterior al tímpano muestra en círculos los doce meses del año y los doce signos del zodíaco. Sobre el dintel aparecen los bienaventurados a la derecha de Cristo y los condenados al infierno a la izquierda.

Ya en el exterior, abunda la oferta cultural. En el antiguo dormitorio monacal se ha habilitado un museo con las piezas depositadas durante la restauración de Violet-le-Duc. En la Casa del Visitante se muestran el arte y las técnicas de construcción de la basílica. El Museo Zerbos ocupa la casa del escritor Romain Rolland, donde se puede contemplar una colección de arte moderno.




Urbanísticamente, la ciudad sigue el modelo del Camino de Santiago, una población que se extiende a lo largo de las calles de Saint Etienne y Saint Pierre flanqueadas por edificios nobles, hasta acabar en la basílica. A la caída de la tarde callejeamos casi solos, bordeamos la antigua abadía por el paseo de ronda, vemos sus murallas y las dos puertas fortificadas. Desde la elevación del jardín contemplamos abajo el valle del Cure y el Morvan, a nuestra espalda la cabecera de la iglesia. Este espacio ajardinado dispone de varios bancos en los sentarse a asimilar tanta belleza.
Después de descansar confortablemente, y a la mañana siguiente dar cuenta de un buen desayuno, nos despedimos con emoción de Vézelay, camino de Autun.
Fotos: ©Valvar

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La Charité-sur-Loire

Desde Saint Savin, siguiendo por la N151 llegamos a La Charité-sur-Loire, atraídos por la peripecia histórica de su priorato cluniacense, información que habíamos descubierto en la misma web de France-voyage.com.

Situada a orillas del río del que toma el nombre, esta ciudad medieval amurallada es deudora del obispo de Auxerre, Hugues de Champallement, quien en 1059 donó sus tierras al abad de Cluny para que en ellas se construyera un monasterio. Durante los siglos XI y XII se levantó la iglesia prioral de Notre-Dame, un ejemplar de románico borgoñón, entonces la iglesia más grande del mundo cristiano, después de Cluny.
El conjunto abacial incluía las iglesias de Notre-Dame y de Saint Laurent, las instalaciones monásticas y el Jardin de los Benedictinos. Doscientos monjes habitaban en el monasterio y atendían a los numerosos peregrinos que se acogían a la “caridad de los monjes”, virtud teologal que dio nombre a la ciudad.
Su situación de paso obligado sobre el Loire enriqueció a la ciudad. Su influencia se extendía sobre 45 prioratos y 400 conventos en Francia y en Europa, de manera que era considerada como la hija mayor de Cluny. La iglesia fue consagrada en 1107 por el papa Pascal II. En 1164 el prior Rodolfo de Sully construyó la muralla que protegía el monasterio. En 1429 Juana de Arco trató infructuosamente de tomar la ciudad para el rey Carlos VII. La Guerra de los Cien Años y las guerras de religión debilitaron la abadía, pero lo que precipitó su ruina fue un incendio que destruyó 200 habitaciones y gran parte del monasterio.
La ciudad fue reconstruida sin poder evitar el declive paulatino de la abadía. En 1789 quedaban doce monjes. La ciudad no podía expandirse, constreñida entre el Loire y las murallas, a pesar de que la población no dejaba de aumentar. En 1790, la Asamblea constituyente confiscó los bienes del clero y autorizó al ayuntamiento a trocear y vender el priorato a los habitantes para servir de alojamiento. El priorato, que ocupaba la quinta parte de la ciudad acabó desapareciendo hasta hacerse invisible.

Pero, aquí estaba de nuevo Próspero Mérimée, en su papel de inspector de Monumentos Históricos, para salvar el magnífico tímpano del prioral, fechado en el inicio de la construcción, que se encontraba en el muro de una casa de la ciudad, y calificar la iglesia como Monumento Histórico.

Hubo de transcurrir un siglo más para que el arquitecto Jean Pierre Duthoit redescubriera el priorato. Entre 1974 y 2008 fueron saliendo a la luz los tesoros ocultos. Duthoit convenció al ayuntamiento para restaurar el monasterio recomprando las piezas originales de los edificios a sus propietarios una a una. El municipio se convirtió en propietario del 90% de su superficie. Desde 2001 se han acometido obras de restauración que han permitido recuperar ingeniosamente los vestigios del antiguo priorato.



Esta recuperación “ingeniosa” se percibe en cuanto se pone el pie en las calles de La Charité. Rara es la casa en la que no se descubre un relieve, una puerta, un resto de la construcción prioral hasta el punto de que para acceder a la iglesia de Notre-Dame hay que cruzar lo que aparenta ser el portal de una casa cualquiera. Lo encontramos, después de haber pasado dos veces por delante sin percatarnos, por esa facilidad que tiene el Colega de meterse en cualquier sitio como si estuviera en su pueblo.


Nadie diría lo que esconde esa sencilla puerta. Ahí estábamos nosotros, acostumbrando los ojos a la oscuridad del enorme y magnífico templo: 122 metros de longitud, 72 metros de altura en su campanario.




Aparte de sus dimensiones, nos sorprende encontrar capiteles historiados, raros en las construciones cluniacenses. La portada original y las cuatro portadas colaterales de la nave eran del siglo XII, la portada actual fue reconstruida en el XVI. Las salas góticas se han convertido en salas de exposiciones.

La web que hemos consultado afirma que “la Charité resulta una pequeña pero hermosa ciudad, situada entre el salvaje Loire y el robledal de Bertranjes, el segundo en extensión de Francia, cuyo patrimonio atrae a los amantes del arte de toda Francia”. Y a los que no son de Francia, cabe añadir.
Contentos con nuestro descubrimiento, tomamos de nuevo la carretera N151 y enlazamos luego con la D951 que nos lleva hasta Vézelay.
Fotos: © Valvar


