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  • Los Santos Mártires de Garray

    Los Santos Mártires de Garray

    Acababa el verano de 2021, con la amenaza aún pendiente de una nueva ola o mutación del virus que había dado un tajo en nuestras vidas y que amenazaba con volver a enclaustrarnos, cuando se nos ocurrió salir a conocer nuevos territorios. Así surgió el nombre de Garray, lugar a unos ocho kilómetros de Soria, tan de paso y accesible que se nos pasa por alto que dentro haya algo interesante. Lo hay. Y mucho.

    Podríamos haber ido a Garray a evocar la resistencia heroica de los arévacos frente a Roma, doblegada y arrasada por Escipión el Africano en el 133 a.d.C., hazaña tan alabada por los escritores romanos, pues en La Muela se sitúa la Numancia histórica.

    Nosotros vamos siguiendo el rastro de las construcciones románicas y en Garray lo había. Tras la visita nos permitimos sugerir que si en algún momento sentís la necesidad de ver románico del bueno acudáis a conocer su ermita de los Santos Mártires, que se levanta en la falda del monte de La Muela. Si, como nosotros, tenéis la fortuna de que os atienda Ana Esmeralda Jiménez, habréis hecho el día.

    Preparamos la salida leyendo lo que habían escrito sobre el lugar García Ormedes en Arquivoltas y la web de Arteguías y llamamos al Ayuntamiento (975 252001) para ver la posibilidad de encontrar abierta la iglesia. Allí nos recordaron lo obvio: que la ermita es propiedad de la iglesia católica, que es quien decide cuando se abre o no, pero que intentarían ver si nos podría atender alguien. Al rato nos llamaron para darnos el contacto de una persona con quien acordamos día y hora de la visita.

    Ana Esmeralda Jiménez era la persona encargada de la Oficina de Turismo de Garray. Su horario era de fin de semana y nosotros habíamos escogido un miércoles, pero ella acudió igualmente, nos explicó la historia y vicisitudes de la ermita con amabilidad y conocimiento y se negó a cobrar nada. Lo que se entiende por amor al arte. Lo hago porque me gustaría que se conociera más y mejor nuestros patrimonio, nos dijo. Aprovecho para testimoniar nuestro agradecimiento y admiración a Ana y a las personas como ella, que dedican su tiempo a dar a conocer nuestro patrimonio sin esperar ni recibir nada a cambio.

    Ana nos permitió hacer un sin fin de fotos, ninguna de las cuales hará justicia bastante al contenido y al continente de la ermita de Garray y al municipio, que era precioso y estaba cuidadísimo.

    Los Santos Mártires patronos de la ermita son Aquileo, Domitila, Nereo y Pancracio y la ermita es lo que queda de lo que fue parroquia. Lo que queda, pues ha perdido parte de su fábrica y ha modificado su estructura primitiva, pese a lo cual sigue siendo una construcción muy interesante que merecería una restauración.

    Garray aparece por primera vez en un documento del año 924 firmado por el rey García Sancho de Navarra, pero la iglesia que nos ocupa se remonta a 1231 -cuando el gótico ya se abría camino, por ejemplo en la catedral de Burgos- pero aquí se construye siguiendo el canon románico; es Monumento Histórico Artístico desde 1994. Parece que la actual fábrica se levanta sobre una anterior dedicada a San Miguel. Las reliquias de los mártires, traídos desde Roma en el siglo XIII, bien merecían una construcción nueva, así que levantaron un templo de una sola nave y cabecera de triple ábside. De esa obra quedan un solo ábside y la portada.

    El ábside está coronado por canecillos historiados, animales -entre los que destaca un águila-, motivos geométricos, o piñas, símbolo de la comunidad cristiana. Sorprende que la cubierta de la cabecera sea de lajas de piedra en vez de tejas árabes, que es lo más común.

    La portada se abre en el muro sur, está protegida por un tejaroz que se apoya en media docena de canecillos. Tiene una arquivolta decorada con semicírculos secantes que apea en capiteles decorados con animales fantásticos. Llama la atención el tímpano, adornado con flores, tanto estas como la decoración de la arquivolta remite al modelo de San Juan de Rabanera, en la capital soriana, y más vagamente, a Tozalmoro.

    Bordea el tímpano una colección de trece arquillos, los cinco centrales alojan cabezas humanas, flanqueadas a un lado y otro por cabezas monstruosas. Bajo los arquillos se distribuyen siete círculos, en el central se inscribe una cruz, a cada lado de ella, flores de cuatro y de ocho pétalos a modo de corona de la flor central, de talla primorosa. En esta distribución algunos estudiosos quieren ver un símbolo del Pantocrátor y el Tetramorfos, frecuente en los tímpanos románicos.

    En el tejaroz se distribuye una variada colección de canecillos en la que los canteros desarrollaron su imaginación o su mensaje: hay arpías, monstruos, centauro, aves y cabezas humanas, de muy desigual factura. Todo apunta de que en la ermita trabajaron dos canteros o bien un taller en el que el maestro cedió el cincel a sus alumnos con demasiada frecuencia. Una inscripción en el muro sur indica el año de construcción: ANNODMINI / MCCX / XXI, el 1231 del calendario gregoriano. En algunos sillares se aprecian inscripciones que pueden corresponder a la época medieval o proceder de las cercanas ruinas romanas.

    Lo primero que sorprende del interior es la anchura de nave. El presbiterio presenta bóveda de medio cañón apuntada y el ábside, de horno. El arco triunfal es ojival, apoyado en columnas que rematan en capiteles de bulbos. De los absidiolos desaparecidos al exterior, en el interior se ha conservado el meridional, que muestra parejas de tres columnas con capiteles de la pesca milagrosa y los apóstoles.

    No menos hermosas son las columnas que sostienen la mesa del altar, algo dañadas. La iglesia conserva también una pila bautismal prerrománica.

    Salimos al exterior impresionados por lo que hemos visto y agradecidos a la generosidad de nuestra guía particular.

    Permanecemos un rato en la pequeña explanada junto a la iglesia, desde la que se contempla el pueblo de Garray y sus alrededores, mientras Ana toma el camino hacia sus tareas. Una vez más comprobamos que son estas personas, por lo general anónimas, quienes cuidan de nuestro patrimonio de manera callada, sin alharacas.

    Fotos: ©Valvar

  • Escalada en Orejana

    Tenéis que ver la iglesia de San Juan Bautista de Orejana, nos aconsejaron unos amigos al saber que estábamos por la zona. Siguiendo su consejo, un sábado de noviembre de 2022 nos encaminamos a descubrir la iglesia románica. En realidad, Orejana no es pueblo sino un concejo de la vieja Comunidad de Villa y Tierra de Pedraza (Segovia) que engloba a cinco barrios: El Arenal, La Alameda, Orejanilla, Revilla y Sanchopedro. La iglesia se encuentra entre Revilla y El Arenal, a medio kilómetro de la primera y a un kilómetro del segundo.

    La suave y soleada mañana invita al paseo y la excursión, las tierras calizas y áridas de algunos tramos se turnan con los labrantíos, montes de encina y roble, hoces, cárcavas y algunos huertos. En los pueblecitos por los que transita la carretera, que a estas alturas del año suelen estar semivacíos, abundan coches y personas, aparentemente visitantes de fin de semana.

    La iglesia de San Juan Bautista se encuentra a la vera de la carretera SG-V-2513, al otro lado de una vieja cantera, al lado del cementerio. Aparcamos en la pequeña explanada entre este y la iglesia y nos armamos con las cámaras, dispuestos al descubrimiento con el mismo fervor que si estuviéramos en las Indias Occidentales a finales del siglo XV.

    Damos por sentado que vamos a encontrar la iglesia cerrada y, en efecto, lo está. Lo que no sabíamos es que está protegida por un cercado de piedra y una puerta metálica candada de altura infranqueable para dos jubilados con siglo y medio a la espalda. Rodeamos la cerca y comprobamos que la vertiente sur es aún más inaccesible, el desnivel con el terreno adyacente es enorme. Sin embargo, hacia el este el muro pierde altura. La puerta de ese lado del murete al Colega le parece pan comido. Yo salto, hago las fotos y salgo, propone.

    Yo también quiero pasar, sugiero. El Colega, que conoce mis limitaciones -soy patosa por naturaleza y además tengo vértigo, me mira con cierta conmiseración. A ver si te caes y tenemos un disgusto a lo tonto, dice con cariño. Es evidente que no me cree capaz. Si puedes pasar tú, igual puedo pasar yo, respondo. Sobre la frente se le enciende un luminoso en el que puede leerse: Igual, igual, no, que yo estoy más ágil, mientras me dice venga, yo te ayudo a subir de este lado, salto y te ayudo del otro.

    Pero yo me vengo arriba, dejo la cámara sobre el muro, trepo a la verja, paso lo pierna por encima -procurando soslayar los remates de la reja, diseñados como para empalar a los intrusos- y salto al otro lado. Habré saltado poco más de un metro de altura pero me siento al nivel de Ana Peleteiro, por lo menos. La “hazaña” vale la pena porque, aunque aún no lo sabíamos, estábamos ante uno de los conjuntos más rico y curioso del románico segoviano.

    Una vez dentro ambos, podemos admirar la belleza de esta pequeña iglesia casi perdida en medio de la nada, que un día atrajo a escultores y maestros capaces de dejar a la posteridad semejante tesoro.

    La iglesia está construida en varias fases. La primera data de finales del siglo XII o principios del XIII, de esta época es la cabecera; a la remodelación realizada en los siglos XVI y XVII corresponden los arcos formeros que separan las dos naves de la iglesia. La torre y el pórtico corresponden a la transformación del siglo XVIII, cuando se habilitó una tercera nave cerrando el pórtico, la cabecera se habilita como sacristía. El cuerpo de la iglesia está construido en calicanto enfoscado. Como el templo está cerrado nos quedamos sin ver el interior, que guarda una pila bautismal románica.

    Entre los años 1981 y 1983 se eliminó la tercera nave recuperándose la galería porticada, que es lo más relevante de la iglesia, liberando los capiteles que habían quedado cubiertos. En la fachada meridional el pórtico presenta ocho arcos de medio punto, apuntado el de acceso al atrio, cinco arcos a su izquierda, dos a la derecha. Como en otros pórticos segovianos, originalmente los arcos apoyaban en columnas geminadas de un solo capitel, las del tramo oeste han sido sustituidas por pilares.

    Los capiteles ofrecen temas variados, vemos guerreros a caballo con cascos, escudos y cotas de malla, aves, un Descendimiento y un Tetramorfos, en el que ha desaparecido el Cristo en Majestad, dos mujeres (teniendo en cuenta que la iglesia está dedicada a San Juan Bautista pudiera representar la Visitación de la Virgen a Santa Isabel), animales, arpías… todo ello entrelazado por una sobreabundancia vegetal.

    De la iconografía de los capiteles parece deducirse que en San Juan Bautista trabajó más de un cantero, uno se aplicaría a la talla de temas comunes en el románico, leones, arpías, cestas vegetales, otro que sería el autor de las escenas bíblicas, del que destacan el dominio de los pliegues de las mangas y un tercero, el autor de los dragones y las dos mujeres, con alguna influencia silense, el verdadero maestro.

    La fachada oeste presenta cuatro arcos de medio punto, dos a la izquierda y uno a la derecha del arco de acceso al atrio. Estos presentan dos arquivoltas que se prolongan hasta el podium, la superior formando zigzag y la inferior con baquetones longitudinales.

    La puerta de acceso está ricamente decorada. De sus tres arquivoltas, la superior presenta tripe bocel en zigzag y la inferior ornamentación vegetal; la central es de forma polilobulada con once arquillos cada uno de los cuales acoge un busto humano, cuatro de ellos dentados.

    Aunque en regular estado de conservación, parece que los bustos de estos cuatro lóbulos corresponden a otras tantas mujeres que pueden representar a personas principales relacionadas con el lugar o con la propia iglesia, donantes o protectores. Esta arquivolta se apoya en columnas con capitales en los que se tallaron leones y una pareja de arpías. Sus ábacos ofrecen una primorosa decoración vegetal.

    Lástima no poder visitar el interior de la iglesia pero el pórtico por sí mismo merece una visita, incluso si hay que saltar el muro. La bondad del día, en un otoño inusualmente benigno, invita a repasar una y otra vez la obra de los maestros canteros. ¿De dónde vendrían? ¿Estarían relacionados con los que trabajaron en Sotosalbos, cuyos arcos guardan cierta semejanza? Finalmente, ¿quiénes serán esos personajes que nos miran desde la puerta oeste?

    Volvemos a trepar por la puerta, ahora ya pan comido también para mí. Lo cuento con tanto entusiasmo que la Heredera pequeña nos hará una caricatura, en la que me veo francamente favorecida (El Colega, en cambio, aunque le clarea la melena, no tiene tonsura). Una última pregunta, ¿qué razón tiene cerrar a cal y canto un lugar si, según se colige, todo el mundo acaba saltando el muro?

    Fotos: ©Valvar

  • La fortaleza de Monterrey

    La fortaleza de Monterrey

    Nos dirigíamos a Puebla de Sanabria cuando el Colega se percató de que el coche andaba justo de combustible. Entramos un momento en Verín, echo gasolina y seguimos, propuso. Mientras tú repostas yo voy a darle la vara a Roberto Verino para que haga ropa de la talla 46 y recupere a la cliente que ha perdido, bromeé yo.

    Pero el dios de los viajeros, sea el griego Hermes o el nórdico Odin, tenía otros planes para nosotros. En el camino a la gasolinera descubrimos un castillo en lo alto del montículo que domina la ciudad. Un indicador señala que se trata del castillo de Monterrey y allá que nos vamos. Aún no nos hemos repuesto de la sorpresa ni del encantamiento.

    Llegamos a los pies del castillo y aparcamos junto a una pequeña construcción de piedra que ofrece información sobre el lugar. Nos atienden dos personas a cual más amable. Ella nos indica que en un rato abrirá la iglesia para que podamos verla. No cabe duda de que los dioses nos acompañan en este viaje.

    Según parece, esta fortaleza que ahora pisamos, defendida por tres murallas, antes estuvo ocupado por el Castro de Baronceli, que aparece documentalmente en el siglo X como propiedad del poderoso monasterio de Celanova. En el siglo XIII Sancho IV impulsó la construcción de una serie de castillos para proteger las tierras del sur de Galicia. Así es como surgiría la fortaleza de Monterrey, sobre los cimientos y el recuerdo de Baronceli. La nobleza, el clero y hasta los portugueses se disputaron su posesión, hasta que Juan II se lo concedió a Diego López de Zúñiga. Juan de Zúñida, su hijo, era vizconde de Monterrey pero fue la reina Juana I de Castilla quien concedió al nieto, Sancho Sánchez de Ulloa, el título de primer conde de Monterrey.

    Con estos antecedentes, tomados del folleto que nos han dado en la oficina de turismo y de san Google bendito, subimos la empinada cuesta que conduce a la puerta del Sol. Esta es la entrada meridional, a través de la que se accede a la segunda línea de muralla. Sobre la puerta, el escudo de armas de los condes de Monterrey advierte de en qué territorio nos adentramos. Justo enfrente de esa puerta se levanta el Hospital de la Trinidad, obra del siglo XIV recientemente restaurada, es la construcción más importante de este recinto. Una inscripción en su fachada recuerda que fue levantado en 1429 para atender a las personas necesitadas y a los peregrinos del Camino de Santiago.

    Conserva una buena portada, algo adelantada del muro, de arco apuntado y tres arquivoltas apeadas en otras tantas columnas. En el tímpano, un Cristo en Majestad rodeado del Tetramorfos bendice con su mano derecha. A ambos lados del tímpano una representación de la Anunciación.

    Al primer recinto se accede por un arco de piedra de medio punto abierto en la muralla, orientada al este. Sobre ella, el escudo de los condes de Monterrey; a sus lados, los restos de los torreones cilíndricos que flanqueaban la entrada. Este primer recinto estaba ocupado por el Castillo propiamente dicho, del que se conserva la torre del Homenaje, la de las Damas y el patio de armas, al que se accede directamente. En él se encuentra un aljibe de 14 metros de profundidad, que en tiempos de sequía se utilizó como cárcel. A la izquierda de la entrada se alza la torre del Homenaje o torre Nueva, construida en 1482, por el primer conde de Monterrey, Sancho Sánchez de Ulloa. Es una construcción imponente de 22,5 metros de altura y 12 de lado, con muros de 3,5 metros de ancho, indicativo de la importancia del castillo y de sus propietarios, pues no todos los castillos tenían torre del Homenaje. Una escalera permite acceder al interior, que es de cuatro alturas, y a la terraza, rodeada de torreones circulares.

    A la derecha del patio se levanta la torre de las Damas, de 19 metros de altura y planta cuadrangular, pudo ser la primitiva torre defensiva del castillo, luego integrada en el palacio de los Condes.

    Este se levantó entre los siglos XVI y XVII, en estilo renacentista, de planta cuadrangular, con logias en su fachada este -de dos pisos- y sur -de tres pisos, en razón del desnivel del terreno-. En sus enjutas se repiten los escudos de los linajes propietarios. La fachada oeste forma parte de la muralla defensiva. Su interior alberga el Parador de Turismo.

    No nos hemos soprepuesto de la sorpresa cuando aparece Lucía, la guía. Antes de abrir la puerta de la iglesia, dedicada a Santa María de Gracia, nos avisa del pequeño foso que se abre junto a la verja de acceso para impedir la entrada de los animales en el templo.

    Estamos ante una construcción del siglo XIII merced a un privilegio que el rey Alfonso X concedió al monasterio de Celanova, de transición del románico al gótico, ampliada en los dos siglos siguientes. El interior es de una sola nave con cubierta de madera y ábside rectangular con bóveda de crucería. Es muy hermoso su arco triunfal, con arquivoltas de medio punto.

    En el muro sur se abre la capilla de los Condes, también cubierta con bóveda de crucería. Para nuestro gusto, este espacio es el más interesante de la iglesia. En el muro sur conserva un Cristo crucificado de talla muy simple, probablemente de la época constructiva inicial. Sobre él cuelga un Calvario gótico de buena factura. Adosado al muro este un retablo policromado de piedra de principios del XIV, con escenas de la Pasión, presidido en el centro por un Cristo coronado. En los muros de la misma capilla hay una talla en piedra de la Virgen embarazada y ángeles, también con restos de policromía. En el muro norte de esta capilla una puerta comunicaba con el palacio de los Condes, hueco ahora cubierto por un sencillo retablo.

    La portada, que mira al patio de armas, es de tipo románico, con arco apuntado orlado por tres arquivoltas decoradas con figuras geométricas las dos exteriores y la interior con una fila de ángeles. Las arquivoltas interiores apean en capitales con formas vegetales, la exterior se apoya sobre jambas con relieves de un león y una arpía. En el tímpano, un Cristo rodeado de un buey, un ave que picotea a otro animal y un Agnus Dei, en lo que se interpreta como una peculiar versión del tetramorfos. Puede que al maestro le faltaran referentes o que se pusiera creativo, pues realmente no hay espacio de esta puerta que no aprovechara para dejar muestra de su inspiración.

    A un lado y otro de la portada, sendos arcosolios decorados también con formas geométricas, que sirvieron de enterramientos.

    A lo largo de los muros de la iglesia una amplia colección de canecillos geométricos y figurados, entre los que destacan cabezas de animales, una pareja mostrando sus genitales -demostración quizá del poder del linaje de la familia protectora- y un hombre defecando. Algunos de ellos están sepultados por un denso ramaje que, aparte de ocultarlos, amenaza su integridad.

    Destaca también la ventana que se abre en el muro absidial. La fachada oeste corresponde a la reforma del siglo XVII, tiempo en que se levantó la torre.

    Un tercer recinto amurallado, algo más distante, acogía el colegio de los Jesuitas y el convento de San Francisco, transformado actualmente en Parador.

    La fortaleza era el corazón de la villa de Monterrey, que llegó a alcanzar enorme importancia histórica, cultural y económica no solo en la comarca sino en toda Galicia. Las guerras entre España y Portugal en el siglo XVII la revalorizaron, se modernizaron sus defensas, pero a finales del XVIII empezó su decadencia, la desamortización vino a darle la puntilla.

    En 1931 fue declarado Monumento Nacional pero sería a finales del siglo XX cuando se tomaron medidas para recuperar el espacio donde se escribieron algunas páginas notables de nuestra historia.

    En este lugar por el que ahora paseamos solos se asentaron tres órdenes religiosas: franciscanos, jesuitas y mercedarios; existió uno de los pocos cementerios judíos documentados en Galicia; a finales del siglo XV aquí se instaló la primera imprenta en tierra gallega, donde en 1494 se imprimió el Misal Auriense, del que solo quedan dos ejemplares, uno en pergamino en la catedral de Orense y otro en papel en la Biblioteca Nacional; en el siglo XVI se escribió el “soneto de Monterrei”, una muestra de literatura gallega.)

    En 1506, cuando Juana y Felipe llegaban para ser jurados como reyes de Castilla, aquí se entrevistaron Felipe el Hermoso y el cardenal Cisneros, en representación de Fernando el Católico, maquinando la forma de apartar del poder a la auténtica reina, Juana I. Durante la guerra de la Independencia fue cuartel general del Ejército de Galicia pero el mariscal Soult acabó tomando la fortaleza. Desde 2015 el palacio de Monterrey acoge un parador de Turismo.

    Es difícil sustraerse a la fascinación de semejante lugar, a la belleza de sus piedras un poco maltrechas, a la evocación de su azarosa historia. Nos vamos con la promesa firme de que hemos de volver.

    Fotos: © Valvar

  • Fin de año en Aveiro

    Fin de año en Aveiro

    Ya hemos hablado de nuestro entusiasmo portugués. Al país vecino hemos viajado en cualquier época del año, pero, revisando fotos, caemos en la cuenta de que allí hemos empezado varios años. En 2013, además, también lo acabamos.

    Elegimos el destino a última hora, tras recibir una carta de la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid en la que me citaba el 7 de enero “para confirmación de diagnóstico”, de la mamografía que me había hecho unos días antes. Mi interpretación del mensaje fue que me habían detectado un cáncer y querían asegurarse.

    Poniéndome en lo peor, pero tratando de aprovechar el tiempo, propuse al Colega celebrar la Nochevieja en algún sitio bonito, en plan amor y lujo, por si fuera la última. Elegimos Aveiro, en el centro de Portugal. El Colega había estado muchos años antes, de aquel viaje recordaba las playas kilométricas, los grupos familiares protegidos por lonas de las acometidas del viento, las mujeres vestidas de negro y los jóvenes de Cruz Roja peleándose con el mar ayudados de un neumático a modo de salvavidas. Siempre repetía que teníamos que ir juntos para revisar aquella experiencia. Esa era la ocasión.

    Visitar en invierno un lugar de veraneo tiene al menos dos ventajas: no hay problemas de alojamiento y no hay aglomeraciones. Como contrapartida, a veces llueve o hace frío, pero siempre que llueve escampa y, entretanto, se puede encontrar refugio en las iglesias y museos. Reservamos en el mismo hotel en el que se había alojado el Colega -el Alfonso V- y nos dispusimos a disfrutar de la hospitalidad portuguesa.

    Con la emoción del viaje habíamos olvidado que desde la visita del Colega habían trascurrido casi cuarenta años y que lo que entonces era un hotel moderno ahora había quedado algo anticuado ante los de apertura más reciente. Aparte de otras consideraciones, éramos los únicos huéspedes. El restaurante, donde él recordaba haber comido buenos pescados, estaba cerrado. Ya podíamos olvidarnos de la cena de Nochevieja de amor y lujo que nos habíamos prometido.

    Aveiro era una ciudad pequeña, 80.000 habitantes contando las fregresías o parroquias. Pequeña, pero con personalidad. Atravesada por canales en los que antaño se transportaba la preciada sal extraída de sus salinas, es conocida como la Venecia portuguesa. El municipio se extiende hasta la costa atlántica, situada a unos pocos kilómetros del centro de la ciudad, en un atractivo centro de vacaciones estivales. Nos pareció una ciudad bonita, que nos regaló ratos de lluvia y días de sol. En los días nublados aprovechamos para ver su catedral y su museo, que ocupa un antiguo convento del siglo XV, donde residió la princesa Joana, tenida por santa, hija del rey Alfonso V (aquel que se casó con Juana, llamada la Beltraneja). El Museo ofrece una buena colección de estatuaria religiosa. El Colega tiene una habilidad especial para descubrir las rarezas de los museos -cartelas equivocadas y cosas así-, allí descubrió un insecto grande detrás de un cuadro. Entre él y el personal de la sala montaron un espectáculo hasta que convencieron al bicho de la conveniencia de salir por la ventana.

    Los días de sol paseamos en moliceiro -el barco tradicional utilizado para el transporte de sal, ahora dedicado a transportar turistas-, visitamos las salinas y los humedales, donde invernan miles de aves, y una antigua fábrica de cerámica y admiramos sus preciosos edificios art nouveau.

    Nos llamó la atención un cartel en su estadio deportivo que define bien a los portugueses: Educar en primer lugar. En Beira Mar, la zona de veraneo, fotografiamos el faro y en Costa Nova, sus casas de colores.

    Aún nos dio tiempo a visitar su cementerio y saludar a los personajes inmortalizados en las abundantes esculturas que pueblan sus calles.

    La arteria comercial por excelencia es la Avenida del Dr. Lourenço Peixinho, que acaba en la estación de ferrocarril, edificio tan bonito que nos sentamos enfrente solo a mirar. Rodeados de pastelerías, entramos en la cafetería Tricana, donde probamos los ovo moles, la exquisitez local: yemas envueltas en una fina oblea, y donde nos atendieron como si fuéramos de la casa.

    Descartado, al menos por aquellos días, el restaurante del hotel Alfonso V, en Aveiro encontramos una buena oferta gastronómica en el Mercado de Pescado, un edificio de hierro que en los bajos desempeña la función que le da nombre y en el piso superior acoge un restaurante homónimo con una carta excelente. En las dos ocasiones que estuvimos nos dejamos aconsejar y comimos unos buenos pescados al horno, una excelente cataplana de anguilas y unas inolvidables anguilas fritas. En Beira do Mar comimos bien en torno al Faro.

    El 31 de diciembre a la hora de la cena nos acogimos a la hospitalidad del Hotel Moliceiro, con una nutrida asistencia local; no habíamos reservado, pero nos sirvieron un pica pica, tan despistados debieron vernos. En la Nochevieja portuguesa las uvas se sustituyen por pasas, con cada pasa/campanada se pide un deseo. Luego, la gente sale a la calle a ver los fuegos artificiales. Pedimos una botella de champán rosado y, entre las campanadas españolas -que vimos en la televisión, por amabilidad de nuestros anfitriones- y las portuguesas, dimos fin a la botella. Los vecinos de las mesas próximas se acercaron a brindar con nosotros y a desearnos feliz año, nosotros hicimos lo propio. Sin conocer a nadie, nos sentimos acompañados. No alcanzamos a ver los fuegos artificiales, entre brindis y saludos, cuando salimos a la calle habían terminado. Parece que aquel año fueron más breves por causa de la crisis.

    Volvimos al hotel cantando por lo bajines Grandola vila morena, después de haber disfrutado «en cada esquina un amigo». Saludamos a la Salinera en piedra, que nos vio pasar contentos por el puente.

    El 7 de enero acudí a mi cita. Al parecer, la primera mamografía no estaba clara y habían optado por repetir la toma. Me alegré por la noticia y lamenté la privatización del servicio, también me quedó la duda de cuántas mamografías se repetían cada año, que acababan cobrándose por partida doble con el beneplácito de la Comunidad de Madrid. Pero esa ya es otra historia.

    No hemos vuelto a Aveiro y bien que me gustaría.

    Fotos: ©Valvar

  • Santa María de Piasca

    Santa María de Piasca

    El año 2020 fue un mal año sin paliativos. Aparte del dolor de las pérdidas que se llevó el covid, nos obligó a estar lejos de la familia, confinados en nuestras casas. Así que en cuanto se entreabrieron las cancelas quién más, quién menos, todos salimos disparados a abrazar a nuestros seres queridos. Disparados, en general.

    El Colega llevaba un tiempo proyectando una visita a Piasca para comprobar las afinidades entre el maestro Covaterio y el Juan de Piasca de Rebolledo de la Torre. No encontramos mejor ocasión que organizar una salida a mediados de agosto, un mes que, desde que estamos jubilados, consideramos inhábil, dejando el espacio a quienes están obligados a coger ese mes de vacaciones.

    Se diría que todos habíamos sentido el mismo impulso pues los hoteles de la comarca de Liébana estaban a tope. Después de mucho insistir, conseguimos una habitación en el Parador pequeño de Santillana del Mar, en el Gil Blas, ni soñarlo.

    Los días que habíamos elegido resultaron ser los más calurosos del verano, pero un detalle así de insignificante no iba a rendirnos. Llegamos a Piasca a media mañana y encontramos la iglesia cerrada, sin ningún indicativo de horarios de apertura, pero era tanto lo que se nos mostraba en el exterior que nos dedicamos a contemplarlo, cotejando lo que veíamos con lo que llevábamos aprendido.

    Esta pequeña iglesia que rodeábamos una y otra vez, ahora parroquia del pueblo de Piasca, acogió en otro tiempo una escuela de constructores románicos, cuya influencia se extendió por las comarcas de alrededor en lo que ahora son tierras de Cantabria, Palencia o Burgos, dejando señal de lo aprendido y de su propia iniciativa.

    En los años de repoblación de estos valles a caballo de los siglos VIII y IX existió ya un cenobio. Se le menciona en 930 en una donación de Theoda y Agonti. En el 941 aparece dirigido por la abadesa Aylo, al frente de una comunidad dúplice formada por 36 religiosas y un número no precisado de religiosos, todos ellos seguidores de la Regla de San Fructuoso.

    En el siglo XI, una bula papal mandaba separar los monasterios dúplices. La comunidad masculina quedó en Piasca y la femenina se trasladó a San Pedro de las Dueñas, en León. La separación duró poco pues enseguida los documentos recogen la presencia de monjas y abadesas en el cenobio, que por entonces se encontraba bajo la protección del conde de Liébana y se estaba convirtiendo en uno de los monasterios más rico e importante del Valle del Liébana, junto a Santo Toribio de Liébana.

    Esta importancia obligó a ampliar la iglesia del cenobio, obras que concluirían en 1172, según refleja una lápida, en la que se mencionan al abad de Piasca, que era entonces Petrus Albus, y al maestro Covaterio, director de las obras, además del obispo de León y el abad de Sahagún, a cuya órbita pertenecía Piasca.

    La iglesia fue todavía remodelada tiempo después añadiendo un claustro, hoy desaparecido, a pesar de lo cual el monasterio fue perdiendo relevancia lentamente hasta llegar a la Desamortización de Mendizábal de 1836. La exclaustración de los monjes y la pérdida de los bienes y riquezas de la iglesia redujo esta a la parroquia de pueblo que aún es. La fábrica parece bien conservada, algunos de sus canecillos y capiteles originales han sido trasladados al Museo Diocesano de Santillana del Mar, sustituidos por reproducciones de buena calidad. Es Monumento Nacional desde 1930.

    Encontramos a varias personas que admiran el monumento. No nos dan los ojos para tanto como hay que mirar. Solo con los canecillos que rematan los muros norte y sur y los ábsides y sus metopas nos llevarían toda la mañana. El muestrario es enorme: hay animales reales y fantásticos de todo tipo.

    El ábside central está dividido en tres paños por dos gruesos contrafuertes que en la parte superior se convierten de pares de columnas rematadas en capiteles figurados de gran belleza: uno de ellos representa el sacrificio de Isaac, el otro la Anunciación. En el paño central se abre un ventanal con arquivolta que apea en dos columnas rematadas en capiteles.

    Tiene la iglesia dos puertas, la meridional, también llamada del cuerno -derivación de cornu, lado- que comunicaba con el claustro, y la que se abre a poniente, que es la portada principal, convertida en su tarjeta de presentación.

    La portada sur es la más sencilla, de dos arquivoltas que descansan sobre sendas columnas rematadas en capiteles muy deteriorados. La arquivolta exterior desarrolla una decoración vegetal y la interior ofrece una colección de personajes: monjes, músicos, copistas, herreros y una pareja en actitud amorosa. Algunos expertos sostienen que se trata de una representación de los oficios del medievo, otros, que, dada la ubicación hacia las dependencias monacales, se trata de un recordatorio a los monjes de la regla monacal ora et labora.

    La portada oeste está datada en 1172 y ofrece cinco arquivoltas algo apuntadas que, salvo la cuarta, ofrecen un variado repertorio ornamental. Las arquivoltas impares se adornan con motivos vegetales, la cuarta ofrece un nuevo repertorio de figuras humanas y de animales. En uno de los fustes de columna del lateral derecho se reconoce con alguna dificultad un relieve de San Miguel con el dragón. En los capiteles de este lateral, se aprecian un grifo junto a un cuadrúpedo, otro grifo entre tallos, una cesta, y lo que parece una Anunciación. En los del lateral izquierdo, un león, un basilisco, dos centauros enfrentados, dos dragones alados, una escena de cetrería y un cesto muy desgastado. En este lado cuelga la lápida fundacional del monasterio, datada el 21 de febrero de 1172.

    Justo sobre la portada hay una galería de arcos ciegos que albergan las imágenes de San Pedro y San Pablo y en el centro, la Virgen María, obra muy posterior a la fábrica. El arco central apea en dos mascarones o glutones. El muro del hastial remata en una maciza espadaña con un solo hueco para la campana.

    ¿No se puede ver el interior?, nos preguntamos los visitantes unos a otros. Parece que no. Se nos ocurre volver al camino de acceso donde hemos visto unas casitas muy cuidadas, una de ellas con la portada llena de flores, signo de que vive alguien en ella. Llamamos y nos atiende una mujer joven, nos explica que el obispo ha dado orden de que no se abra la iglesia por causa de la pandemia (esa versión la hemos oído en otras iglesias cántabras, en Yermo, sin ir más lejos), contamos que hemos venido de lejos con el único propósito de conocer este monumento. Es verdad, hay quien ha viajado desde Castilla la Mancha. La mujer se apiada y nos abre. Que Covaterio y los compañeros constructores la bendigan.

    El interior de la iglesia es de tres naves, las dos laterales más estrechas que la central, con cabeza de dos ábsides, central y meridional, pues el septentrional fue sustituido por la sacristía en el siglo XV, después de haber sido afectado por filtraciones de agua de la ladera inmediata. Se cubren con bóvedas nervadas, deudoras de la reforma posterior. Del interior, solo la cabecera está a la altura de lo que se conserva del exterior. A uno y otro lado se abren dos arquerías de arcos lobulados perfilados por chambranas apuntadas y taqueadas que se apean en capiteles figurados de magnífica labra. Estos muestran decoración vegetal, en el lado de la Epístola, con rosetas de acanto en espiral, modelo que se repite en otras iglesias cántabras y palentinas. Es admirable también el del lado del Evangelio, una Adoración de los Reyes en la que los Magos ofrecen sus regalos al Niño Jesús, de perfil, sentado en las rodillas de su madre.

    En el camino hacia Santillana hacemos parada en Liébana, que está a rebosar, hay colas en los restaurantes. Encontramos acomodo en una terraza exterior, comemos y seguimos ruta. Por el camino divagamos sobre si Juan de Piasca será un discípulo de Covaterio o una sola persona o estamos ante un taller cuya influencia se extiende a Pozancos, Vallespinoso de Aguilar, incluso a Carrión de los Condes.

    El Museo Diocesano de Santillana del Mar ocupa lo que fue convento dominico de Regina Coeli. Custodia algunas piezas interesantes en el primer piso y en la planta baja ha dedicado un amplio espacio a mostrar las piezas originales extraídas de Piasca y sustituidas allí por copias.

    Nos alegramos de haber llegado hasta aquí de no ser porque en el Parador nos dan una habitación sin aire acondicionado, indigna de la empresa y del precio que hemos pagado, A la mañana siguiente, el Colega protesta con la mesura que le es propia, mientras yo me voy ciscando por lo bajinis en los últimos presidentes de la red de Paradores, Oscar López y Ángeles Alarcó -que a lo mejor no tienen culpa-, en quien tuvo la idea de convertir el puesto en una canonjía y en quien se aprovechó de ella.

    El enfado se me pasa pronto porque antes de volver a casa decidimos hacer una visita a la Colegiata de Santa Juliana. Pero de ella hablaremos otro día.

    Fotos: © Valvar

  • San Salvador de Cantamuda

    San Salvador de Cantamuda

    Si a alguien le gusta el románico, las espadañas, los altares originales y los espacios abiertos la iglesia de San Salvador de Cantamuda ofrece el lote completo. Situada en el norte de la provincia de Palencia, casi limítrofe con Cantabria, su silueta se recorta en un cielo frecuentemente azul, tan bonita y cuidada como si acabara de ser construida.

    Como en todo gran monumento que se precie también este tiene su versión legendaria, aquí a propósito del nombre. Quiere la leyenda que el conde Rodrigo Guntis fuera hombre celoso y sospechando una infidelidad de su esposa, doña Elvira, decidiera atarla a una mula ciega, montada por una criada muda, con la esperanza de que se despeñasen por la Peña Tremaya. Sin embargo, las dos mujeres llegaron ilesas al pueblo, después de haberse encomendado a la Virgen. No solo eso, la criada muda se puso a cantar en sentido real, entonando la salve, y en el metafórico, pues declaró ante el juez las malas artes del conde. Este, para hacerse perdonar, mandó levantar la abadía de Lebanza; la condesa, en agradecimiento por haber salido indemne, erigió la iglesia de San Salvador.

    Doña Elvira era persona principal, sobrina del rey Fernando I. El templo se levantó en 1123, probablemente sobre otra fábrica anterior, y en torno a él surgió la población de San Salvador de Tremaya, tomando el nombre de la cercana peña. En sus primeros años fue patronato real, lugar de enterramiento de doña Elvira.

    En 1181 se levantó un monasterio, que aparece en los documentos como San Salvador de Campo de Muga de Pernía, devenido luego San Salvador de Cantamuda. Alfonso VIII lo donó al obispo de Palencia y pronto se convirtió en importante como paso entre la meseta y los valles cántabros. En 1478 el papa Sixto III le confirió la dignidad abacial.

    El viajero del siglo XXI que llega a Cantamuda encuentra el edificio tal como lo vieron los visitantes del siglo XII, con la sola añadidura de un pórtico en el muro sur, que algunos estudiosos ven como la conexión con un posible y desaparecido claustro. Una iglesia de proporciones armónicas, totalmente exenta para ser contemplada a satisfacción. De planta de cruz latina, formada por nave y transepto, y tres ábsides, el central de mayor tamaño que los laterales. Fue declarada Bien de Interés Cultural en 1913.

    Las primeras veces que visitamos el lugar encontramos la iglesia cerrada. Nos consolamos admirando su exterior, que no es parco consuelo. De sus tres ábsides, el central es mayor, dividido en tres paños separados por contrafuertes, convertidas en columnas pareadas rematadas en capiteles. En cada lienzo se abre un ventanal. Los ábsides laterales se apoyan en el central y en los muros de los brazos del crucero, tienen una ventana en aspillera para iluminar el interior. También en los hastiales norte y sur del crucero se abren sendas ventanas para dar luz a la iglesia. Las cornisas de los tres ábsides y los brazos del crucero se adornan con canecillos, la mayoría de ornamentación vegetal.

    Con todo, lo que identifica el exterior de San Salvador es su magnífica espadaña, rematando el hastial de poniente. Formada por tres cuerpos, el primero ocupa la mitad de su altura y acoge un gran arco rehundido y apuntado que enmarca una sencilla puerta, de arco apuntado y guardapolvos moldurado y, sobre ella, un ventanal; un segundo cuerpo con dos arcos de medio punto sobre columnas y capiteles, un fuste del arco derecho muestra una cabeza masculina; y un tercero que repite el modelo inferior, rematado en piñón triangular. Cada arco de los cuerpos superiores está ocupado por otras tantas campanas. Desde sus columnas algunos rostros humanos nos contemplan. Es una espadaña tan airosa y bien plantada que pasa por ser una de las más hermosas del románico español.

    En 1607 se levantó en la cara norte, junto a la espadaña, una torre circular que guarda la escalera de acceso a los cuerpos de campanas. Por esta obra se abonaron a Juan de Perdillo veintiocho reales.

    Cuando ya nos habíamos enamorado de la silueta de San Salvador de Cantamuda, en nuestras últimas visitas la hemos encontrado abierta, lo que nos ha hecho total fans.

    Se accede al interior por la portada abierta en el muro meridional, bajo un pórtico con arcos de medio punto, obra del siglo XVI. Puerta sencilla, de guardapolvos, arquivolta de bolas y baquetón, en arco apuntado.

    Estamos ante una construcción con un cierto aire cisterciense. Tanto la nave como los brazos del crucero y el presbiterio se cubren con bóvedas de cañón algo apuntados en tanto la bóveda de intersección es de crucería.

    Los nervios muestran una sencilla decoración floral que en la clave se convierte en una pequeña roseta.

    En la cabecera los dos ábsides laterales se abren a los brazos del crucero mediante arcos apuntados y doblados apoyados en columnas pareadas. El ábside central es de bóveda apuntada dividida en tres calles por cuatro columnas que rematan en capiteles decorados con motivos vegetales, excepto dos de ellos en los que se observan una pareja de bueyes y otra de caballos. De estos capiteles parten cuatro nervios prismáticos que refuerzan la bóveda y forman un sistema de gallones. Esta ornamentación de gallones en ábside apunta la influencia cisterciense y se encuentra también en San Andrés del Arroyo, Bujedo de Juarros, San Juan de Ortega y Villaconancio.

    Si en el exterior la nota que identifica esta iglesia es su espadaña en el interior es su mesa de altar, formada en su frente por siete columnas de fustes cilíndricos adornados con flores y tallos, lazos, botones y formas geométricas, rematados en capiteles.

    Todo ello hace de este lugar uno de los más interesantes y atractivos del muy abundante románico palentino. De esos a los que apetece volver una y otra vez en la seguridad de que siempre vas a descubrir algo nuevo.

  • San Pere de Rodes

    San Pere de Rodes

    Cuando se atisba la silueta del monasterio de San Pedro/Pere de Roda/Rodes admiras el olfato del que dieron prueba los monjes fundadores a la hora de buscar asentamiento. En lo alto de la sierra de Verdera, cerca del golfo de Rosas, del cabo de Creus y con la bahía de Port de la Selva a la vista, el lugar no puede ser más hermoso, pero el monasterio aún añade belleza, un magnífico ejemplar románico que mira de tú a tú al Mediterráneo.

    Dos son las versiones que explican la fundación del cenobio y su posterior grandeza. Una legendaria y otra más documentada. La versión legendaria refiere que el monasterio fue fundado el año 610 por monjes que llegaron hasta esta orilla con los restos de San Pedro y otras reliquias sacadas de Roma para evitar que fueran profanadas por los bárbaros, entonces a punto de invadir la ciudad, reliquias que nunca habrían retornado a su procedencia. Para acoger tan importante relicario, Bonifacio IV, papa benedictino de comienzos del siglo VII, encomendaría a monjes de su Orden levantar el monasterio.

    La versión más documentada dice que en el lugar donde ya se asentaron ya los romanos, como demuestran los fragmentos decorados hallados, existió una celda monástica dependiente de San Esteban de Bañolas, como se cita en un precepto del rey francés Luis II el Tartamudo del año 878; que el prior Tasi fue el último de este cenobio, entonces dependiente de Santa María de Rosas, según menciona un documento de 944; que en el 947 Roda se independiza, siendo su primer abad Hildesind, hijo de Tasi, comenzando así un itinerario que daría momentos de gloria a la iglesia y al poder civil.

    La iglesia se consagró en 1022 y, aunque fue parcialmente modificada, en lo esencial es la que aún se conserva. Estamos ante una fábrica de tres naves, las laterales más estrechas que la central, con crucero y tres ábsides, el central con deambulatorio. La nave central se cubre con bóveda de cañón que se apoya en pilares con columnas adosadas, sobre basamento de gran altura. Esto, la altura y el haber sido levantada en terrazas siguiendo la configuración del terreno, son dos de las características de Roda.

    El monasterio de San Pere gozó del favor de los condes de Ampurias/Empúries, que lo dotaron de tierras y privilegios hasta hacer de él un gran centro espiritual, el más importante del condado por el poder de sus abades y la abundancia de reliquias que guardaba. A la abadía pertenecía el poblado de Santa Creu de Rodes, dedicado a la producción artesana y al comercio, que le proveía de las necesidades materiales. El castillo de San Salvador de Verdera, de gran valor estratégico porque domina el cabo de Creus, fue donado por los condes de Empúries al monasterio; cuando intentaron recuperarlo provocaron enfrentamientos sin cuento con los abades.

    Durante el siglo XII se acometieron obras en las dependencias monacales, se construyó la galilea -vestíbulo anterior en las iglesias y monasterios medievales- una nueva portada y entre 1160 y 1163, una más, decorada en mármol por el Maestro de Cabestany con escenas de la vida de Cristo, y el nuevo claustro. De este tiempo debe ser también el campanario, parejo a la torre de defensa o del homenaje, levantada en el siglo X.

    Todo ello configuró unas instalaciones monásticas que debieron ser enormes para acoger a los muchos peregrinos que acudían hasta aquí, pero a partir del siglo XIV se conjugaron las desdichas: escasearon las donaciones y se relajó la vida monástica, a lo que en 1345 se unió una epidemia de peste negra que se llevó a veinticuatro monjes. Mediado el siglo XV se fortificó el conjunto para protegerse de los ataques piratas. Durante el siglo XVII sufrió sucesivos saqueos como consecuencia de las guerras con Francia. En 1693 fue sacada la Biblia de Rodes, que actualmente se encuentra en la Biblioteca Nacional de Francia. Los saqueos continuaron en el siglo XVIII; a finales de este siglo la comunidad benedictina se traslada a Vilasacra y en 1809, a Figueras. El monasterio es abandonado y, como el poblado de Santa Cruz, del que solo quedan las piedras de la iglesia de Santa Helena, y el castillo de San Salvador, reducido a ruinas.

    La primera vez que visitamos el monasterio de San Pere, a finales de los años ochenta del pasado siglo, lamentamos a la vez la mucha riqueza monumental de nuestro país y la proverbial desidia de nuestros paisanos. Durante nuestro paseo, casi solos, deploramos el estado ruinoso en que se encontraban este y el monasterio de San Pedro de Arlanza, ambos con un significado histórico más allá de su valor religioso, ambos se diría que abandonados. Nos equivocamos en parte.

    Cuando volvimos una década después supimos que durante las obras de restauración acometidas en los años 1990 y 1991 habían aflorado restos que arrojaban nueva luz sobre la fábrica de la iglesia. Volvimos en junio de 2019 y aquella era otra historia. Las ruinas habían sido consolidadas, había que sacar entrada para visitar el conjunto, se habían creado rutas con paneles que ilustraban su valor y contexto histórico (con la proverbial grandeur nacionalista), habían abierto un restaurante desde el que se divisaba el azul del mar y donde se comía muy bien, como enseguida pudimos comprobar. Era un martes sin ninguna connotación festiva y el lugar estaba atestado. Nada como entender de negocios para promover la cultura.

    En junio de 2021 visitamos el Museo Marés de Barcelona -que viene a ser como el cementerio del arte español perdido- y allí encontramos dos piezas originarias de San Pedro de Roda debidas al Maestro Cabestany, inconfundibles por sus grandes manos y cabezas, por sus ojos oblicuos, por el movimiento del ropaje y por el uso del trépano. Un fragmento del relieve que representa la curación del hombre de la mano seca y un Agnus Dei, clave de arquivolta de la portada; este último adquirido por la Asociación de los Amigos de los Museos de Cataluña y donado al Marés.

    Cierto es que nadie podrá devolver a San Pedro de Roda su antiguo esplendor ni espiritual ni arquitectónico, pero parece haberse salvado de la ruina total, al menos por este siglo. Lo que no es poco.

  • La Selva de Irati

    La Selva de Irati

    Llevábamos mucho tiempo haciendo planes de visitar el hayedo de la Selva de Irati para contemplar los ocres y rojos del otoño, en octubre de 2012 nos decidimos. Previamente habíamos llamado al teléfono de su web preguntando si las hayas habían amarilleado y nos dijeron que empezaban por esos días y la paleta estaría totalmente on fire en los días de nuestra visita. Escogimos un día entre semana y partimos de Burgos. Ventajas de jubilatas. Hicimos un alto en Eunate, siempre mágico, y en Puentelarreina, otro hito del Camino de Santiago, donde comimos.

    Bien reconfortados, nos encaminamos al Valle de Salazar, donde descubrimos una ermita románica junto a un cementerio. El paisaje ya promete.

    Como estábamos cerca, nos acercamos al Roncal. Aparte de los magníficos paisajes de este valle, recostado en los Pirineos, el pueblo tiene el atractivo del panteón erigido por Benlliure, que guarda el cuerpo de Gayarre, roncalés, y que destaca sobre todas las otras tumbas en el pequeño cementerio del pueblo. Cumplimos así uno de esos deseos que vamos arrastrando desde niños, cuando en los libros de texto veíamos esta imagen en los libros de lectura o de arte, asociados ambos nombres: Gayarre y Benlliure.

    Pasamos luego por Ochagavía, donde unos días antes las lluvias habían inundado el pueblo.

    La Selva de Irati, en el Pirineo navarro, es el segundo mayor hayedo abetal de Europa junto a la Selva Negra alemana. Sus más de 17.000 hectáreas de bosque se reparten en tres reservas naturales: Mendilatz y Truitibartea y la reserva integral de Lizardoia. Un paisaje que parece infinito, en el que se mezclan ríos, cascadas, cuevas, gargantas horadadas en la piedra, miradores y puentes colgantes a cual más espectacular.

    La web de la Selva de Irati advierte que es un lugar ideal para pasar unos días en contacto con la Naturaleza en cualquier momento. Los aficionados al deporte pueden escoger entre senderismo, paseos a caballo, parapente, descenso de cañones o paseos en canoa. Si vas en invierno puedes hacer paseos en esquí de fondo o raquetas de nieve en la estación de Abodi. En primavera disfrutarás del renacer de los hayedos de Irati, cuando las hojas de las hayas se visten de un verde fosforito. En verano podrás refrescarte a la orilla del río Irati. En otoño se anuncia como la explosión de color que transforma el bosque en una paleta de colores casi única.

    Como ya he dicho, nosotros elegimos el otoño y dedicamos dos días a recorrer el bosque, armados con nuestras cámaras de fotos. El primer día llegamos hasta la cumbre y volvimos creyendo haberlo visto todo. Al día siguiente hicimos el recorrido completo, según el plano que nos agenciamos en el centro de acogida, ubicado en las llamadas Casas de Irati o Casas del Rey, que de ambos modos son conocidas, una de las puertas de entrada más utilizadas, cerca de la ermita de la Virgen de las Nieves. De este punto parten varias sendas para hacer a pie o en bici. Comimos en la Casa de los Guardas, dentro del mismo complejo, y disfrutamos de dos estupendas jornadas de otoño. Lástima que, a pesar de las predicciones locales, aquel año las hayas decidieran colorear más tarde y nos perdiéramos la famosa explosión de la paleta de colores. Lo que vimos nos gustó lo suficiente para emplazarnos a volver cualquier otro año.

  • Ezcaray

    Cada viaje es una aventura distinta. Partiendo de la elección. ¿Por qué elegimos ir a Ezcaray en abril de 2016? Porque habíamos visto Olmos y Robles, una serie emitida por TVE, rodada en ese pueblo riojano, protagonizada por dos guardias civiles encarnados por Pepe Viyuela y Rubén Cortada, un tipo de una guapura inexpresiva. La fotografía de la serie alentaba a conocer el lugar, pero por entonces, una bloguera querida, Pilar de Abalorios, nos había hablado maravillas de la gastronomía local. No necesitábamos más.

    Ezcaray tiene a gala ser la primera villa turística de La Rioja. Motivos no le faltan. A sus once siglos de historia une su amplia oferta hotelera y restauradora y una habilidad especial para conjugar los viejos fueros, la tradición pañera y maderera y una oferta turística que abarca todo el año. Tres son sus tipos de visitantes: los de invierno, que frecuentan la estación de esquí de Valdezcaray, los de verano, que alivian los rigores estivales de sus lugares de residencia, y los que, como a nosotros, cualquier excusa les vale.

    Allí que nos presentamos un soleado día de abril, buscando lugar donde aparcar el coche después de comprobar que el casco antiguo era en la práctica era peatonal. En la Oficina de Turismo nos dieron la información que necesitábamos y nos aconsejaron un itinerario a pie como de una hora. Partimos de la Plaza de la Verdura, continuamos por la calle porticada hasta la Plaza del Quiosco, seguimos por Arzobispo Barroeta y llegamos hasta el crucero de San Lázaro. Desde allí torcimos a la izquierda y enseguida llegamos al río Oja, que bajaba rápido y caudaloso por el deshielo primaveral. Atravesamos el río por un puente de piedra que llaman romano y seguimos por la ribera derecha, que, según el plano, conducía hasta la Estación Vieja, un edificio pintado de azul, que parece estar habitado por historias mágicas, acondicionado como bar y restaurante, uno de los escenarios de la serie que nos había llevado a Ezcaray.

    Cruzamos de nuevo el río, tomamos la Avenida de Navarra y llegamos hasta la plaza del Ayuntamiento, que viene a ser el corazón histórico de la villa y es monumento de Interés Cultural desde 1992. Un espacio abierto flanqueado por dos edificios del siglo XVIII: la Real Fábrica de Paños, transformado en ayuntamiento, teatro y sala de exposiciones, y el edificio del Tinte, que servía de albergue.

    Ezcaray cuenta con una tradición textil que se remonta al menos al siglo XVI, pero la creación de la Real Fábrica de Santa Bárbara data de 1752, dedicada a la elaboración de paños y sarguetas. Toma el nombre de Bárbara de Braganza, esposa de Fernando VI, y fue una de las mejores fábricas de España en su especialidad. Durante el reinado de Carlos III obtuvo el privilegio de Compañía General, pasando a llamarse Compañía Real de San Carlos y Santa Bárbara. En 1758 se le añadió el edificio del Tinte, conocido también como el Fuerte, que contaba con doce calderas y estaba construido con materiales incombustibles. El complejo industrial sufrió los embates de la guerra de la Independencia y acabó cerrando en 1845. Quedaban entonces en Ezcaray 29 fábricas con un millar de obreros.

    Por la Avenida de Santo Domingo volvimos al centro de la villa, encontrándonos con la iglesia de Santa María la Mayor, del siglo XII, de la que nos gusta su original balconada de madera. Junto a la portada de la iglesia se alza un crucero de piedra.

    Sorprende la abundancia de edificios blasonados de Ezcaray: los palacios del arzobispo Barroeta, de Torremúrquiz y del Ángel, construidos con la piedra roja propia de la zona, que casan con su caserío tradicional, bien conservado. En el paseo eché el ojo a una bufanda de las que elaboran aquí, con pinta de quitar el frío por crudo que sea el invierno. A la vuelta la compramos, para no ir cargados, sugirió el Colega.

    En estas se nos había hecho la hora de comer. Nuestros amigos nos habían hablado del restaurante Echaurren, con dos estrellas Michelin, yo ya me estaba relamiendo, pero el Colega había visto de pasada una carta donde ofrecían caparrones y lomo de ciervo y no hubo manera de cambiarle de idea. Tampoco era cosa de montar un conflicto conyugal por cosa tan nimia. Comimos el El Rincón del vino y comimos muy bien, cocina tradicional en continente y contenido. Croquetas de boletus, pulpo a la brasa con careta de cerdo, caparrones, ciervo con salsa de cerezas, lomo de bacalao con salsa de hongos, ravioli de flan y helado, regados con un Marqués de Cáceres. Un mini celemín para servir el pan. ¿A que ha sido una buena elección?, insistió el Colega. Muy buena, pero la próxima no mires más cartas, vamos al Echaurren.

    Antes de volver al coche damos un último paseo por el callejero ezcayarense, buscando inútilmente escenarios de la serie de televisión. No identificamos ninguno y, para colmo, encontramos cerrada la tienda de la bufanda. Tenemos que volver, a comer en tu restaurante y comprar la bufanda, propuso el Colega.

    Aún no había acabado el mes de abril, cuando nos llegó un certificado remitido por la villa. Dentro, una multa “por circular por una vía contraviniendo la restricción de circulación”, hecho ocurrido a las 11:36 del día de nuestra visita. La infracción había sido detectada por una cámara. Era verdad que nos habíamos metido por una calle, que vimos el letrero de “vía peatonal” y que nos dimos la vuelta. Parece que no con la suficiente rapidez. La cosa eran 60 leuros, 30 si uno era rápido pagando. El Colega, hombre mesurado donde los haya, tiene su talón de Aquiles en el apartado correspondiente a la circulación. No es de referir lo que soltó por su boquita contra el ayuntamiento, contra el alcalde y contra toda la corporación municipal.

    Le sugerí que hiciera un pliego de descargo, respondió que él ya sabía por donde se meten los pliegos de descargo, en casos como este. Llama por teléfono, insistí. Llamó. Una voz femenina recibió los restos del enfado y la amenaza de que estaba dispuesto a contarlo en las redes. Él, que por entonces no sabía lo que era un tuit. La funcionaria le pasó con el concejal de Seguridad, que resultó llamarse Alberto -creemos que Díaz-, a quien reclamó que revisaran la grabación porque él estaba seguro de no haber pisado la zona peatonal, que se volvió en cuanto vio la señal. El concejal le pidió los datos de la multa y el teléfono. Le comunicaré algo esta tarde, prometió.

    Sé que no va a hacer nada, pagaré los 30 euros, pero al menos me ha escuchado y ha sido muy amable, admitió el Colega. Por raro que parezca, cinco horas después, en su móvil entró un sms del concejal Alberto. “Buenas tardes. Ya está anulada”. El Colega se quedó mudo. Te dije que Ezcaray era un pueblo modelo, remaché yo. Ya, ya, admitió. Y del PP, que lo sepas, me regodeé. Pensamos en estos concejales que están siempre a pie de obra -la mayoría-, a los que se les tienen que llevar los demonio cuando oyen generalizar sobre los políticos corruptos o inútiles.

    Por mi parte, con lo ahorrado de la multa y un poco más, compré en la Real Fábrica Española de Madrid un chal de lana para mí y una bufanda para el Colega made in Ezcaray, que en invierno son gloria bendita. Lo del Echaurren sigue pendiente.

  • El Palacio Real de Bussaco

    El Palacio Real de Bussaco

    A nosotros nos gusta Portugal. Nos gusta su paisaje, sus monumentos, su arquitectura, su costa, sus campos, sus pueblos, sus ciudades. Su gente, sobre todo su gente, tan educada, tan ceremoniosa, tan amable. Nos gusta Portugal, en suma. Por esa razón nos la hemos recorrido de norte a sur, de este a oeste y al bies, en invierno y en verano. Pero siempre queda algún rincón por descubrir.

    El año 2014 decidimos estrenarlo en Aveiro, del que ya hablaremos en otro momento, y desde allí hacer excursiones a Coimbra y Oporto. El Colega propuso pasar por Bussaco en el viaje de vuelta para conocer la Sierra y los bosques de la zona. Como encargada de la intendencia, reservé una noche en el “Palace Hotel de Bussaco”, que tenía muy buena pinta y estaba de oferta esos días.

    El parque de Bussaco es una mancha boscosa de 400 hectáreas, situado en el centro de Portugal, en el término de Luso. Parece que ya en el siglo II fue refugio de cristianos, en el VI acogió una comunidad de benedictinos. Luego, el Obispado de Coimbra se hizo con los terrenos y, a comienzos del siglo XVII, los cede a los carmelitas descalzos, que fundaron aquí un monasterio y tapiaron la propiedad con un muro de 5.750 metros de largo y tres metros de altura, para aislarse del mundanal ruido. En este ambiente de sosiego, los monjes dedicaron su tiempo a cuidar el entorno, plantando todo tipo de especies vegetales endémicas y exóticas, como una evocación del Monte Carmelo, lugar de fundación de la Orden, y, por extensión, del Edén.

    En 1622 los carmelitas obtuvieron del Papa Gregorio XV una bula que prohibía el acceso de las mujeres a este idílico lugar, abierto al exterior por dos únicos accesos: el de Sula y el de Coimbra. A finales de ese siglo, Catalina, reina viuda de Carlos II de Inglaterra, nacida infanta portuguesa, quiso visitar el jardín. Como estaba vedada la entrada por los accesos establecidos mandó abrir una nueva puerta, conocida desde entonces por Porta da Rainha.

    En 1628 los monjes levantaron el convento de Santa Cruz, del que solo se conservan en pie la iglesia y el claustro. También construyeron once eremitorios, de los que quedan nueve, algunos en ruinas, varias capillas y seis fuentes: de San Elías, Santa Teresa, San Silvestre, Fría, del Carregal y de la Samaritana. En 1643 el Papa aprobaba una nueva bula por la que se excomulgaba a quien talara un árbol o maltratara la propiedad del monasterio.

    Este sosiego fue roto por la guerra. Aquí se libró en 1810 una de las batallas de la guerra de la Independencia entre las tropas de Napoleón, mandadas por el mariscal Massena, y el ejército anglo-portugués, dirigidos por el duque de Wellington. Un monolito recuerda la victoria lusa. Aquello fue una señal de que los tiempos estaban cambiando. En 1834 Portugal prohibió las órdenes religiosas y los carmelitas tuvieron que abandonar el monasterio y su idílico entorno, cuya propiedad pasó al Estado portugués.

    Cuando terminaba el siglo XIX los reyes portugueses mandaron derribar una parte del monasterio y levantar en su lugar un pabellón de caza. Lo que ellos llamaban pabellón de caza es en realidad un palacio construido en estilo manuelino, convertido en un repaso a los estilos y a la monumentalidad lusa. De este modo, la torre que remata el cuerpo central se asemeja a la de Belém, mientras que por aquí y por allá se repite la ornamentación del monasterio de los Jerónimos y los arabescos del convento de Tomar.

    No menos lujoso se procuró el interior. Azulejos, esculturas y frescos hablan de los descubrimientos y conquistas del país. Las paredes se cubren con una buena colección de tapices, y en el mobiliario se funden piezas portuguesas y chinas.

    Empero, los cambios no solo iban a afectar a la iglesia. La familia real solo disfrutó del palacio en una ocasión, pues en 1910 Portugal eligió ser República. El último monarca, Manuel II, llamado el Patriota, partió al exilio con su familia. En 1917 el palacio se transformó en hotel de lujo, lugar de moda, frecuentado por la nobleza y la burguesía rica del momento. En 1996 fue catalogado como Edificio de Interés Público.

    La publicidad lo presentaba como un palacio de cuento de hadas en el bosque encantado… un gran viaje por el tiempo y por la historia… un refugio de paz, historia y verdor. Un poco desmesurado para una pareja de republicanos pero ese era el hotel que habíamos reservado.

    Una carretera serpeante pero en buen estado nos fue internando en el bosque hasta llegar a un control vallado. El vigilante solo nos abre el paso cuando comprueba que, en efecto, tenemos reserva en el hotel. Aún tenemos que recorrer un trecho hasta que se nos aparece el palacio, tal cual lo describe la publicidad, con sus jardines y sus árboles centenarios. Nos quedamos mudos de tanta hermosura.

    El interior era tal como uno se imagina que puede ser un palacio. La cortesía del personal parecía a medida del lugar. Nos dieron una habitación con acceso a una terraza enorme desde la que se veían los jardines y el parque. Sin deshacer el equipaje nos fuimos a descubrir el entorno.

    Cruzaban el bosque caminos bien señalados, rincones para descansar, mesas, fuentes… En lo alto había un mirador desde el que, según nos aseguraron, en los días claros se ve el mar; no podemos dar fe porque el día estaba lluvioso. Seguimos las rutas indicadas, disfrutando de la belleza del parque, del olor de los árboles y las plantas. Hay en él árboles de la flora europea: alcornoques, encinas, hayas, lentiscos, olivos, olmos, robles y tejos; y del mundo entero: abetos del Himalaya, acacias australianas, alcanforeros japoneses, araucarias brasileñas, cedros del Cáucaso, eucaliptos de Tasmania, fresnos de Pensilvania, ginkgos biloba, palmeras de Asia, pinos mejicanos, secuoyas, tilo y tuyas americanos… A primera vista el parque parecía estar como lo dejaron los carmelitas primero, y los reyes después. Solo lo parecía, algunos edificios amenazaban ruina total. Nos cruzamos con una camioneta que iba recogiendo ramas del camino.

    Volvimos al hotel cuando caía la tarde. Pasamos por el jardín que habíamos visto desde nuestra habitación en cuyo pequeño lago un cisne nos hacía cucamonas, como si también estuviera enseñado a ser amable.

    Nos refugiamos en el salón hasta la hora de la cena. El comedor es el mismo salón de los banquetes reales; las lámparas de cristas iluminan su artesonado mudéjar. Cenamos opíparamente, acompañando los platos con un vino embotellado especial para la casa, digno del palacio y de su entorno.

    Paseamos por una de las galerías cubiertas. La fragancia del bosque nos traslada fuera del tiempo y del espacio hasta que el canto de un búho nos devuelve a la realidad. La luna no quiere perderse la escena y pugna por escaparse de las nubes que la ocultan. ¡Qué momento, Colega! Pues estábamos en el comienzo de la función”, anoté entonces.

    Mirada con detenimiento, la habitación sí parecía tal cual la dejaron su egregios propietarios. A las paredes les vendría bien una mano de pintura. Las cortinas están algo gastadas y la televisión aún es de tubo catódico. La calefacción está tan alta que hasta el Colega, que es friolero, tiene calor. Sea por el vino o por el cansancio, nos dormimos pronto.

    No sé que hora era cuando me despierté sudorosa. Me reconvengo por haber cenado demasiado. Se oyen las gotas de lluvia en la terraza. El Colega duerme plácidamente. Como me he espabilado, me da por pensar en los huéspedes que se han alojado en el palacio antes que nosotros. En la terraza arrecia la lluvia y, en un momento, me parece ver una sombra que cruza delante de nuestra ventana. Igual es un alma en pena, un príncipe o algo así, de aquellos que descansaron aquí de la Gran Guerra europea, un fantasma que vaga por el palacio, me digo. Inmediatamente me corrijo, qué tonterías piensas cuando cenas de más, pero me voy acercando al Colega, que sigue en coma onírico. Poco después, creo ver pasar otra sombra y, además, me parece oír un ruido cerca de la cama. Vaya nochecita, me digo, empujando al Colega al borde de la cama.

    Estaba a punto de despertarlo cuando me percato de que lo que me habían parecido sombras son relámpagos que se cuelan a través de las cortinas, que no hemos cerrado del todo. Continúa el bisbiseo, como si alguien se moviera en el baño. Me regaño de nuevo explicándome que en el baño no puede haber nadie porque la ventana da un foso, y me impongo dormirme para estar espabilada al día siguiente. A punto de obedecerme, se oye un estropicio en el baño. El Colega se levanta disparado y ambos corremos al baño. Nuestros estuches de aseo y todos sus archiperres están esparcidos por el suelo, empujados por la ventana, que se ha abierto por el agua y el viento. A punto de amanecer conseguimos dormirnos.

    El desayuno es igualmente regio, servido con profesionalidad. Esto es un palacio. El sitio es precioso y todo lo demás estupendo, comenta el Colega. Tiene razón, pero pienso en mis fantasmas nocturnos y me digo que una republicana encaja regulín en un palacio.