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  • San Pedro de Arlanza (II)

    San Pedro de Arlanza (II)

    La mayoría de monasterios se levantan en lugares de plácida hermosura, parajes bendecidos por la naturaleza con una belleza de la que emana cierto sosiego de espíritu. Es el caso de San Juan de la Peña, Eunate, Loarre, San Andrés del Arroyo, San Pere de Roda, Santo Estevo de Sil… No importa cual sea su estado de conservación, frecuentemente unas ruinas que se sostienen en pie con dificultad.

    Ese principio puede aplicarse igualmente al monasterio de San Pedro de Arlanza, ubicado a orillas de Arlanza, en la Sierra de las Mamblas, protegido por altos cañones de piedra, en un valle de bosques frondosos, que en otoño se tiñen de todas las gamas de colores que una pueda imaginar. Bueno, pues a mí el lugar me pone de muy mal humor. Es volver la curva en la que se atisban sus ruinas y se me cortocircuitan las vibraciones pelágicas y noéticas de las que habla el Colega y me brota un mal talante que se me va en exabruptos contra todos los que han contribuido a convertir un grandioso monasterio en poco más que un pedregal.

    Vayamos por partes. En el complicado siglo IX el valle se pobló de eremitas que buscaban la paz en las numerosas cuevas de estos cañones, quienes más tarde abandonaran su aislamiento para acogerse en un cenobio como monjes, probablemente en San Pelayo, que se alza en lo alto de un peñasco, en estado ruinoso.

    San Pedro de Arlanza se levantó ya en el valle en el siglo XI, en pleno románico, sobre un templo anterior, del que acaso aprovechó sus muros laterales. Gobernando el abad Vicente, era 1119 (año 1081) hicieron esta obra Guillermo y su padre Osten, rezaba una inscripción, también perdida. Las obras se prolongaron durante siglos, favorecidas por la protección y las donaciones del propio conde Fernán González y de los reyes Fernando I de Castilla, Alfonso VII y Alfonso VIII.

    En el XII se construyó un claustro también románico, igualmente desaparecido, y las dependencias claustrales, de las que solo queda, y modificada, la sala capitular. En este tiempo se traen aquí los cuerpos del conde Fernán González y su esposa doña Sancha, que habían sido enterrados inicialmente en Santa María de Lara.

    Este programa constructivo dio lugar a un templo románico de planta basilical de tres naves con cuatro tramos y cabecera triabsidal. La bóveda de los presbiterios era de medio cañón y la de los ábsides de cuarto de esfera. La iglesia tenía una longitud de cuarenta metros. En el XIII se levantó parte de la torre actual, con fines defensivos, dado el precario equilibrio político de aquellos años.

    En los siglos sucesivos, XV, XVI, la fábrica del monasterio sufrió importantes modificaciones. Simón de Colonia proyectó una cubierta tardogótica que supuso el recrecimiento de la cabecera y la colocación de pilares góticos en los muros laterales. El refectorio se trasladó a la panda oeste, abovedado con una compleja crucería. La torre se amplió con un cuerpo superior. En el siglo XVII el claustro románico se sustituye por el actual, de estilo herreriano, obra de Pedro Díaz de Palacios, y se construye el llamado claustro menor.

    Lejos ya de sus siglos de gloria, pero en buen estado y con un buen pasar, debido seguramente a los extensos bienes que poseía el monasterio, la comunidad de benedictinos permaneció en él hasta la Desamortización de Mendizábal. El Estado puso a la venta el cenobio y sus bienes y a partir de ese momento, todo es ruina, expolio y vergüenza.

    Los sepulcros del conde Fernán González y de doña Sancha, fueron trasladados a la Colegiata de Covarrubias, donde aún permanecen. El sepulcro de Mudarra, hermanastro de los Siete Infantes de Lara, se trasladó al Claustro de la Catedral de Burgos. La valiosa y gran biblioteca que ocupaba la sala capitular fue a parar a manos privadas y anónimas. Una parte no menor se perdió pero otra parte acabó en el Monasterio de Santo Domingo de Silos.

    En 1890 el edificio sufrió un incendio que vino a empeorar su ya mala situación. En 1895, la puerta occidental de la iglesia se trasladó al Museo Arqueológico Nacional, a instancias de su director, Rodrigo Amador de los Ríos. La fuente que se alzaba en el centro del claustro mayor se trasladó al Paseo de la Isla de Burgos. Dos de sus campanas pasaron a la iglesia de Hortigüela, a cuyo término corresponde el monasterio. El Museo de Burgos conserva una primorosa imagen de la Virgen de las Batallas.

    Las pinturas murales de la sala capitular, un conjunto de animales mitológicos, de principios del siglo XIII, atribuidas al maestro Endestens, fueron puestas a la venta y hoy se encuentran distribuidas entre el Fogg Art Museum de la Universidad de Harvard, el Museo Metropolitano de Nueva York y el Museo Nacional de Arte de Cataluña.

    En 1931 la República declaró monumento nacional lo que quedaba para evitar el expolio total, lo que no impidió que los restos siguieran siendo utilizados como cantera.

    En 1950 se proyectó un pantano que anegaría el valle y las ruinas de la llamada cuna de Castilla. Todavía en 1973 se llegaron a numerar los sillares de la iglesia para su traslado. El pantano de Retuerta se descartó, finalmente, y desde la Junta de Castilla y León se diseñó un programa de consolidación de las ruinas para evitar su total desaparición.

    A finales de 1992 el Ministerio de Cultura ejerció el derecho de retracto para evitar que 500 hectáreas de los terrenos anexos al monasterio fueran vendidas por los herederos de Alejandro Rodríguez de Valcárcel -político burgalés, último presidente de las Cortes de la dictadura franquista- a la empresa que pretendía construir en ellos un refugio para cazadores. El propósito de esta adquisición del Ministerio era proteger el entorno del monumento.

    En los últimos años, al amparo de la torre monástica, el Grupo Teatral Tierra de Lara pone en escena la obra de Lope de Vega “El Conde Fernán González”. Las representaciones se inician cuando el sol declina y las sombras de las ruinas se funden con las de los árboles del entorno, convirtiendo la farsa teatral en un espectáculo cuasi mágico.

    El acceso a las ruinas monásticas se realiza a través de una portada clasicista sobre la que un caballero aplasta a un grupo de musulmanes. Hay quien lo identifica con Santiago Matamoros y quien ve en él al mismísimo Fernán González. Por encima de todos ellos asoma el pinsapo traído en 1840 desde la Sierra de Grazalema por la familia Barbadillo, uno de los compradores de alguno de los lotes puestos en venta.

    Sobre las ruinas de San Pedro de Arlanza sobrevuela sin cesar un grupo de buitres. Habrá algún animal muerto en el monte, razona con mentalidad cartesiana el Colega. No quiero llevarle la contraria, pero me gusta pensar que esos que nos parecen buitres son en verdad los (malos) espíritus de los carroñeros culpables de tanto desafuero, condenados a contemplar los despojos que causaron hasta el final de los tiempos.

  • San Pedro de Arlanza (I)

    San Pedro de Arlanza (I)

    Si usted decide visitar Covarrubias, un pueblo con aire medieval a orillas del Arlanza, y por una de esas afortunadas casualidades toma la carretera que va a Hortigüela, habrá de atravesar un par de puentes sobre el río, antes de abordar la cotarra de San Pelayo; al pasar esa misma curva se topará con unas ruinas, de las que abundan por Castilla.

    Si no va avisado, puede que le sorprenda la magnitud, para ser unos simples aunque nobles restos románicos. Aunque quizá haya oído algo sobre este monasterio, y de ser así no le sorprenderá que muestre sus costillares, como cerdo de diciembre destripado sobre la banca.

    La Compa y yo hicimos la ruta un sábado de noviembre, soleado y sin frío, lo que en Burgos peca de raro. Salimos a tomar imágenes de dos árboles singulares en Tordueles y Puentedura. En lo alto del cerro, sobre las bodegas deTordueles, permanece firme y recio un soberbio enebro que habrá sido testigo de unas cuantas risas y alguna que otra borrachera. Se le conoce como el Enebro de M porque esa es la letra que en un tiempo indeterminado un pastor grabó en su tronco. Parece alimentarse del olor del vino, ya que no de los pichones que tienen palomar, y de buena factura de piedra, a dos pasos.

    El otro árbol está al lado de la carretera de Tordueles a Puentedura, y es una hermosa y redonda encina, conocida como de David o del Concejo.

    Pues como era una hora apropiada, nos dio por ir a Covarrubias y seguir a San Pedro de Arlanza. Y, como decía, al coronar la cuesta donde ahora duerme lo poco que queda de la ermita de San Pelayo aparece el desmembrado monasterio.

    El lugar se presta para relatos en los que se mezcla leyenda e historia. El emplazamiento, ya de por sí algo mágico, tiene reminiscencias pelágicas o noéticas, y en efecto hubo un monje Pelayo que forma parte de la leyenda de Fernán González, y una ermita del mismo nombre al parecer situada junto a las márgenes del río o donde hoy quedan los restos de una pobre construcción medieval en la cúspide del risco, y un eremitorio.

    En fin, parece que San Pedro fue fundado por el primer conde de Castilla, recibido de sus padres los condes de Lara, de donde proviene la relación de Arlanza y Santa María de Lara, en Quintanilla de las Viñas, todavía en pie la cabecera. Pero tampoco es del todo cierto. Quizá el monasterio fuera obra del conde de Lantarón, Gonzalo Téllez, y se mezclan verdades y falsificaciones, como aseguran Escalona y otros medievalistas.

    Admitamos que el monasterio llamado cuna de Castilla fuera fundado en 912 por Fernán González, el Buen Conde; que en 1081 los maestros Guillermo y su padre Osten iniciaran las obras de la nueva construcción románica rehaciendo la cabecera y los muros prerrománicos existentes. Lo cierto es que la obra es de dimensiones muy superiores a lo normal, y que sus ruinas sobrecogen a todo visitante, sepa o no sepa de su historia.

    Lo cierto es que el claustro románico desapareció hace siglos, que tras la marcha de los benedictinos luego de la desamortización, se perdieron capiteles y frescos, unos en Cataluña y otros en Nueva York.

    ¿Y lo incierto? Pues si el caballero templario y el diablo jugaron aquí una partida de ajedrez o de tres en raya; que el fantasma de la doncella blanca se aparece en todo caso en la torre de doña Urraca de Covarrubias. Lo cierto, si bien a medias, es el vínculo de Arlanza con Baralanica, otro fantasma que hubo en los siglos IX y X aguas abajo, junto a los todavía llamados molinos de Valeránica, cerca de Tordómar; cierto que el monje Florencio fue el amanuense redactor de los documentos de Fernán González y singular autor de la Biblia de Oña.

    Es cierto que Urraca (hubo tantas en esos siglos que se llamaron así, al parecer sobrenombre de María) fue hija de Garci Fernández y nieta de Fernán González, y primera y poderosa abadesa de Covarrubias, para quien se creó el Infantado del mismo nombre, y que se interesó por el monasterio en ciernes de San Pedro; cierto que todo su poder no impidió, o más bien propició, que muriera asesinada. Cierto que la Christi ancilla, como firmaba, tenía posesiones en todo el reino, hasta en las salinas de Añana, entonces tierra de Lantarón.

    Pero volvamos a San Pedro de Arlanza y a un pasado mucho más reciente para hablar de un intruso; cierta familia trajo desde tierras de Cádiz un pinsapo (sí, como los de Grazalema) que se ha hecho al lugar y ya es residente del claustro y ocupante desde el sótano, restos románicos, hasta el ático.

    Y si el viajero se queda viéndolo un rato, quizá vea a otro de los ocupantes ya hechos al lugar: un hermoso trepador que va subiendo y bajando por el tronco. La amable funcionaria de la Junta me dijo que una pareja de esos pajarillos vive prácticamente allí. Ahora que ya no quedan frailes, árboles y animales no salen de San Pedro de Arlanza, a su vez rodeado por las antiguas y queridas sabinas del valle.

    Y a propósito, traigo estos versos olvidadados dedicados muchos años ha A San Pedro de Arlanza

    A los hermosos valles del Arlanza / se asoma San Palayo, vieja ermita / del monasterio por el que recita / su prolongado verso de alabanza. / En las alas del buitre, el aire lanza / su prosa securlar. El río habita / por las cuevas monásticas; su cita / frailuna se perdió en oscura danza. / San Pedro: soledad, ermita, viento, / agua, tiempo. Desde las piedras rectas / resulge aquel cabal conocimiento / de las sabias, monacales sectas / que esculpieron libros. Por un momento / todas las cosas parecen perfectas.

  • Bárcena de Pienza

    Bárcena de Pienza

    Acudimos a Bárcena de Pienza a finales de agosto de 2020 con el propósito de conocer lo que quede de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, que fue su parroquia hasta el siglo XIX. El pueblo es una pedanía de la Merindad de Montija (Burgos), tiene un núcleo urbano muy aseado y un grupo de chalets con toda la traza de ser segunda residencia. Si viajas de sur a norte se llega a él por la carretera N-626, tomando un desvío a la izquierda después de pasar Quintanilla de Pienza.

    Buscamos los restos de la antigua parroquial de la Asunción de Santa María, que fue abandonada en estado ruinoso en el XIX, un siglo después de haber tomado la decisión de trasladar el culto a un lugar más próximo al núcleo habitado, que no sufriera las inundaciones que padecía la vieja parroquia por hallarse entre el río Trueba y un cauce molinar. No encontramos ningún indicador que señale tales restos así que damos una vuelta por el pueblo y en la primera pasada nos metemos por un camino que conduce a una urbanización moderna en una de cuyas casas un cartel informa en lengua inglesa de que se trata de una propiedad privada y de que está prohibida la entrada. Nos queda la duda de si el resto de edificaciones que no lucen cartel serán de uso público y permitirán el libre acceso, aunque no lo parece. El camino acaba en el campo.

    En una segunda vuelta nos adentramos por otra senda rural desde la que se entrevé lo que buscamos. Lo que parece el acceso está cerrado por una verja metálica con una abrazadera que se abre sin dificultad a un prado en el que un grupo de vacas pace tranquilamente.

    El Colega empieza a andar y una, más urbanita que rural, le advierte de la presencia de las vacas. Ya las he visto, responde. ¿Y si vienen?, pregunto. No, vienen, contesta. Porque tú lo digas, insisto. Por eso mismo, dice él, sin mirar siquiera ni a las vacas ni a mí. Le sigo con no poco recelo, sin perder de vista a los animales. Así llegamos a una segunda cancela que da paso a un camino que conduce al cementerio.

    Ahí están los restos de la Asunción: el ábside y el presbiterio. Según supimos, si se mantienen en pie es porque hace una veintena de años fueron restaurados mediante suscripción privada. Los propios vecinos, que en lo que va de siglo no llegan al medio centenar, costearon la reparación de la cubierta.

    Los muros del ábside se dividen en cinco paños con otras tantas ventanas, de las que la central y las dos orientadas al sur tienen una abertura en saetera, solo algunas conservan la ornamentación.

    La chambrana de la ventana central está decorada con seis arquillos de medio punto en los que asoman otras tantas cabezas humanas, similares a las que encontramos sin salir de la provincia de Burgos en Butrera, San Pantaleón de Losa y Siones, atribuidas a un Taller de Mena. Las columnas se apoyan en capiteles muy desgastados y algo toscos, una cabeza caprina a la izquierda y un león que mira al frente, a la derecha.

    Las columnas que separan los paños del ábside rematan en capiteles historiados, entre los que se distingue un caballero que ataca con una lanza a un cuadrúpedo, un aspa con cabezas antropomorfas y felinas, seis soldados cubiertos con casco y protegidos por escudos ovalados, en lo que se quieren ver guerreros musulmanes, y cinco soldados con rodelas y cascos, uno de ellos blandiendo la espada. que se atribuyen a un grupo guerrero cristiano.

    Los canecillos de la cornisa son zoomorfos en su mayoría, de los que abundan en el bestiario propio del románico y otros menos habituales como una tortuga o un carnero con los cuernos enroscados. Hay también una cabeza humana que se atribuye a un clérigo y que, vista ahora en las fotos, a mí me parece una dama. No lo comento con el Colega porque dice que desde que he leido el libro de Isabel Meillén, Tierra de Damas solo veo mujeres en el románico.

    Lo que algún día fue la nave de la iglesia hoy lo ocupa el cementerio, al que se accede por una puerta de madera en el muro sur, donde quizá estuvo la portada de la iglesia. El interior del ábside es de bóveda de horno; su aspecto es peor que el exterior. Los ventanales se apoyan en una imposta ajedrezada. Algunos capiteles parecen retocados, los hay de buena factura y muy hermosos, los del ábside parecen reconstruidos.

    En uno de los del presbiterio aparecen seis cabezas de caballeros barbados, tocados con gorros; uno de ellos, situado en el ángulo que mira hacia la nave, lleva tres conchas de vieira prendidas en el gorro. Se les tiene por guerreros, pero el escritor Rafael Alarcón aventura que pudiera tratarse de una representación del apóstol Santiago y sus discípulos o de los comitentes que promovieron la edificación de la iglesia que hubieran peregrinado a Compostela.

    El capitel meridional del arco triunfal ofrece tres niveles de hojas lanceoladas, entre las que asoman pequeñas cabezas humanas; en el cimacio comparten espacio cabezas humanas y felinas.

    Muy interesante es el capitel septembrional. A la derecha dos leones afrontados miran hacia atrás mientras entre sus cabezas asoma una cabeza humana y entre sus pie una cabeza de felino. A la izquierda una persona de pie abraza a dos unicornios, imagen no muy frecuente en la escultura románica.

    El cesto meridional está muy deteriorado, a pesar de lo cual parece entreverse un caballero con la espada en la mano que mira a una figura que parece cubrirse con un manto, en lo que se interpreta como la escena en la que San Martín comparte su capa con un pobre.

    Los enterramientos llegan hasta el borde mismo de la construcción románica. El conjunto tiene algo de desolador. Volvemos al coche desandando el camino que hicimos al llegar con la sensación de habernos adentrado en un agujero del tiempo. Por esos días los periódicos se refieren a la España vaciada, deberían hablar de la España abandonada.

    Las vacas nos ignoran olímpicamente. Dirijo una última mirada al viejo ábside y se me ocurre que acaso quien ha colocado el cartel con la advertencia en lengua inglesa sea un magnate que está tomando las medidas de las ruinas. Ruinoso y deteriorado, lo que daría cualquier museo estadounidense por disponer de un ejemplar así.

  • El haya de Turrientes

    El haya de Turrientes

    Domingo 6 de noviembre de 2022. El día anterior hemos visto un hilo de twitter de @burgossinirmaslejos invitando a conocer un haya milenaria en el término burgalés de Turrientes.

    Ha amanecido un día como a propósito y hacia allá que nos vamos. Indicamos al GPS del coche nuestro destino y así llegamos al pueblo sin problema. Tomamos el camino rural que conduce al bosque, aparcamos el coche cerca de dos vehículos de cazadores y emprendemos el camino que, según las indicaciones, nos llevará en más o menos un cuarto de hora hasta nuestro árbol.

    Al poco, encontramos un edificio de buena piedra medio derruido. En una de sus paredes advierte: “Atención abejas”. Bien empezamos, me digo.

    De pronto, el camino se torna pendiente, cada vez más empinada. Subo esta cuesta y nada más, le digo al Colega, porque voy ya con la lengua afuera. Venga, que se sube bien, me anima él.

    No es verdad que se suba bien y, además, a lo lejos se oyen tiros de cazadores y ladridos de perros. Será una montería, aventura el Colega. Pues hemos escogido el día más adecuado para venir, respondo. Abrimos el GPS de mi móvil, indicamos “haya de Turrientes” y señala un punto no lejano de donde estamos.

    El camino es cada vez más cuesta arriba, literalmente, y el Colega me propone adelantarse para ver si encuentra nuestra haya, GPS mediante. Me parece bien. Sigo andando sin perderlo de vista. A ratos los tiros y las voces de los cazadores parecen más próximos. Esto es lo más parecido al periodismo de guerra que se nos puede ofrecer ya a estas alturas de nuestra edad y en estas latitudes, me digo para ahuyentar el miedo porque acabo de descubrir un jabato muerto a la orilla del camino.

    Al volver un recodo me percato de que he perdido de vista al Colega. Pues sí que va rápido, pienso, mientras yo voy a paso de tortuga. Me percato también de que llevo andando media hora pero sigo ascendiendo la cuesta hasta que me topo con una mujer joven, que viste chaleco naranja y la vestimenta propia del cazador.

    ¿Está usted cazando?, me pregunta amablemente, porque es evidente que no tengo ninguna pinta de cazadora. No, estamos buscando el haya milenaria y estoy siguiendo a mi marido, que me ha tomado la delantera, respondo. Es peligroso que esté aquí porque estamos en una montería, ¿no ha visto el cartel en la entrada?, pregunta. No, no lo he visto, digo. Debería volver por donde ha venido, ahora los cazadores están abajo pero si los jabalíes se vuelven es arriesgado, insiste. Tengo que advertir a mi marido, que estará más arriba, le digo. Por aquí no ha pasado nadie, pero si le veo ya se le digo yo, propone ella.

    Tomo el camino de vuelta mirando atrás cada pocos pasos pero el Colega no aparece. Como se ha llevado mi móvil no puedo llamarlo. Vuelven los tiros, los ladridos y las voces, ahora muy cerca, y pienso en mi admirada Almudena Ariza. Aquí quería verla yo, con mi plumífero de ir a la compra, las botas de paseo, el bolsito bandolera y la cámara de fotos sorteando una balacera o esquivando una piara de jabalíes.

    Observo ante mí unas huellas que no sé si son de perro o de jabalí pero lo que es seguro es que no son del Colega. Encuentro un palo, que me sirve de ayuda en la bajada y en caso de un hipotético ataque. Llevo casi una hora andando entre ida y vuelta.

    Dejo atrás al difunto jabato. Solo me falta que sus congéneres decidan ahora venir al duelo, pienso, pero ya no se oyen disparos ni voces ni ladridos.

    Justo cuando estoy llegando al punto de partida distingo al Colega, que corre hacia mí, me abraza y me besa con una emoción que me conmueve. ¿Qué te ha pasado?, pregunta. ¿Dónde te has metido?, pregunto a mi vez. He entrado dos minutos en el monte a hacer unas fotos y al salir no te he visto, creía que te habías vuelto y he bajado al coche pensando que estarías allí, al no verte he vuelto a subir, he preguntado a unos que he encontrado abajo y nadie te había visto, creí que te habías despeñado por un barranco…

    Le cuento mi peripecia y nos reímos juntos. Vámonos a casa antes de que nos pasen por las armas, propongo. Ah, no, ya que hemos venido vamos a buscar el haya, que me han dicho por dónde se va.

    Efectivamente, unos metros más allá nos encontramos con dos hombres que preguntan si yo soy “la señora que se había perdido”. Yo no me he perdido, aclaro, ni me he salido del camino.

    Comprobamos que antes habíamos equivocado el camino justo al empezar la cuesta. (Si vais, cosa harto recomendable, recordad que el camino es llano, si cogeis la cuesta es que os habeis equivocado, como nosotros). Tomamos ahora la senda de la izquierda, caminamos sobre el lecho de un riachuelo seco y nos encontramos con una familia que saluda amigablemente al Colega. Usted debe ser la que se había perdido, me dicen cuatro de ellos. Que no me había perdido, cuatri-repito, pero ellos me miran y ríen con cara de incredulidad.

    ¿A cuantos has contado que me había perdido?, pregunto al Colega. A esos y a otros dos más y estaba a punto de llamar a salvamento, me dice.

    Cuando, por fin, llegamos ante el haya milenaria, se nos olvidan los cazadores, los perros, los jabalíes, la cuesta y el susto. La belleza es apabullante. El lugar tiene algo de salón del trono, de escenario mágico y acogedor, ancestral, que nos enlaza con generaciones de hombres y mujeres que a lo largo de años y años llegaron a este mismo lugar, se reunieron bajo su ramaje, se apoyaron en su tronco…

    Volvemos sobre nuestros pasos y nos encontramos con un grupo de tres jóvenes y una mujer de mediana edad que también buscan el haya. Tenemos que esperar a que doblen la curva para hacer la foto, esto ya es un remedo del Espolón o la Gran Vía. Deberían poner algún cartel indicador, sugiero.

    Al salir a la carretera comprobamos que, efectivamente, en el inicio de camino rural un cartel advierte de la montería. Vaya par de cegatos somos.

    Ya en el coche, le comento al Colega, ¿te has dado cuenta de que todos han creído tu relato de que me he perdido, a pesar de mi desmentido? Porque la historia la escriben los hombres, ahí tienes otra prueba. Lo que tú digas, me responde.

  • Butrera

    Butrera

    Llegamos a Butrera en el mes de agosto del aciago verano de 2020, aprovechando un resquicio de la pandemia entre ola y ola de virus. Habíamos planeado una expedición románica por el norte de Burgos con tan mala fortuna que nos encontramos todas las iglesias cerradas: Escobados de Abajo, Ahedo de Butrón, San Pedro de Tejada, Incinillas, Bercedo…

    En esos casos yo acostumbro a jurar en arameo contra los i-responsables del abandono en que se encuentra el patrimonio cultural en Castilla y León -la Junta de Ídem- y, especialmente, en Burgos -la Excelentísima Diputación-. En Burgos, al contrario que en las vecinas Palencia o Soria, donde sin echar las campanas al vuelo, se ven tímidas iniciativas en favor del románico, aquí parece que no hubiera nadie al frente, falla hasta la señalética. Es lo que tiene convertir los organismos públicos en corral de los desechos de tienta de cada partido, suelo protestar. El Colega ya ni me escucha.

    Aquel día nos consolamos comiendo en el Mesón del Cid de Villarcayo y luego, nos encaminamos a Butrera pensando que tendríamos que conformarnos con ver su exterior. Mas, al llegar, nos ocurrió algo prodigioso. Eran las 15,30 cuando nos presentamos en la puerta donde un cartel indicaba el horario de visita bajo el cual había otro con el siguiente texto: «Por razones imprevistas no se podrá mantener este horario. Quizás se les pueda atender o concertar visitas en los siguientes teléfonos. (…) Perdón por las molestias. Gracias». Se indicaban cuatro números de móvil y tres nombres: Juanjo, Carmelo y Jorge.

    Llamamos a Juanjo y no cogió el teléfono. Al marcar el número de Jorge nos percatamos de que era la hora de la siesta y a punto de colgar, respondió. Pedimos disculpas, le contamos que estábamos en la puerta de la iglesia y preguntamos cuándo podríamos verla. Ahora voy, nos respondió. Cuando colgamos, entró una llamada de Juanjo, le explicamos que habíamos hablado con Jorge, insistió en que él también estaba dispuesto a ir.

    Poco minutos después apareció Jorge, con toda la cara de haberse levantado de la siesta. Pedimos disculpas de nuevo y quitó importancia al asunto. Resultó que el vecino que enseñaba la iglesia era una persona mayor que había muerto y ellos se habían ofrecido para enseñarla. Jorge vivía en Madrid y estaba pasando sus vacaciones en el pueblo. Nos señaló los puntos de interés de la iglesia y contestó a nuestras preguntas. No aceptó propina. Si quieren, pueden dejar una ayuda para la iglesia, sugirió.

    Estamos en la parroquia de Santa María de la Antigua o Nuestra Señora de Septiembre, que de ambos modos es conocida, perteneciente a la Merindad de Sotoscueva, situada en un prado cercano al caserío de Butrera y del río Trema. No se conocen muchos datos de su orígen, aunque resulta evidente que su construcción se produjo en al menos dos etapas, probablemente, entre las últimas décadas del siglo XII y las primera del XIII. De época muy posterior es la espadaña sobre el hastial occidental, el pórtico que protege la portada en el muro sur y la sacristía anexa.

    Levantada en sillería caliza, se encuentra en aparente buen estado a pesar de algunas mutilaciones ocasionadas en las ampliaciones. En su hastial occidental se ha descubierto una necrópolis altomedieval.

    Lo primero que nos encontramos al abrir la puerta fue un relieve del siglo XII, que un día fue frontal de altar, ahora adosado al muro norte: la Adoración de los Reyes Magos, de una rara expresividad. De derecha a izquierda vemos a San José, con aspecto adormilado, la mano apoyada en un cayado; una Virgen coronada sostiene en el regazo al Niño, que tiene un libro en su mano izquierda mientras bendice con la derecha; uno de los Reyes, de rodillas, los otros dos hablan entre ellos, todos portan ciborios con sus ofrendas. En los plácidos rostros de los personajes se aprecian restos de policromía.

    El relieve es casi idéntico al frontal del altar de Villasana de Mena -obsérvese la espuela del Rey postrado- y tiene similitudes muy evidentes a la portada de Ahedo de Butrón. Algunos estudiosos lo atribuyen a un Maestro de Cerezo de Tirón, de quien el Museo de los Claustros de Nueva York ofrece otra Adoración. Quienquiera que sea el autor, un verdadero maestro, parece influido por la Escuela de Silos.

    La iglesia es de una sola nave con bóveda de cañón, de planta de cruz latina, con hemiciclo absidial con bóveda de horno. Llaman la atención las pequeñas absidiolas semicirculares abiertas en los brazos del crucero, aprovechando el grosor del muro. La ventana central del ábside está ocupada por una imagen sedente de la Virgen María que, por el gesto de la mano, parece procedente de una Anunciación. Las columnas del arco triunfal rematan en capiteles historiados, uno de ellos representa un combate de jinetes armados con lanzas.

    De vuelta al exterior, contemplamos la portada, un arco de tres arquivoltas apuntadas, decoradas con motivos vegetales y puntas de diamante, que se abre en el muro sur, protegida por un pórtico de construcción posterior.

    En el muro exterior, se ha incrustado un relieve que representa a Adán y Eva y el Árbol de la Vida, todo él algo deteriorado.

    Lo más interesante del exterior está en su ábside semicircular, distribuido en tres paños separados por dos contrafuertes prismáticos. La ventana del paño meridional resultó mutilada al construirse la sacristía; la del septentrional es un arco de medio punto, con una especie de tímpano por el que asoma un canecillo zoomorfo que pasaba por aquí, no se sabe desde . Junto a este ventanal se abre otro ciego, con capiteles de expresión grotesca.

    En la ventana del paño central, de medio punto doblado, la rosca interna muestra dientes de sierra y la externa diez cabezas humanas abrazadas por serpientes que forman pequeños arquillos. Los arcos descansan en tres pares de columnas con capiteles que recuerdan los de Siones y San Pantaleón de Losa: una bestia de siete cabezas, dragones, un glutón, mascarones y lo que parece un batracio. Esta ornamentación escultórica -expresionista y algo tosca- parece corresponder a la primera etapa constructiva de la iglesia.

    Muy distintos son los canecillos que coronan el ábside: un jinete que somete con su espada a un animal fantástico, arpías, mascarones y, sobre todo, una figura de pensador -en la que bien pudiera haberse retratado el maestro, como el Micaeli de Revilla de Santullán (Palencia)-.

    El Maestro Micaelis de Revilla de Santullán

    Todos ellos corresponden a la segunda etapa constructiva y parecen influidos por la Escuela de Silos, con obra más cuidada y especializada en el bestiario: dragones, grifos o leones, con claras similitudes a la obra escultórica de las iglesias de Gredilla de Sedano y Moradillo de Sedano.

    Tan emocionados nos había dejado el gesto de los voluntarios de Butrera que cedían su tiempo de descanso para enseñar su iglesia a los visitantes, incluso tan extemporáneos como nosotros, tanto había denostado a los responsables autonómicos y provinciales que a esas horas estarían de vacaciones o descansando plácidamente, que se nos pasó por alto la figura de nuestro Pensador, que se encuentra algo oculto, sobre el tejadillo de la sacristía.

    Tuvimos, pues, que volver y lo hicimos en los últimos días del mes de agosto. En Butrera, como en la mayoría de los pueblos de la España de interior, se había iniciado ya el retorno de los veraneantes. No quisimos molestar a nuestros voluntarios. A ellos y a quienes con tanta entrega protegen nuestro patrimonio les agradecemos su labor impagada y no siempre valorada.

    Documentación: Tomé, José Manuel. Arteguías.

    Rodríguez Montañés, José Manuel. Fundación Santa María la Real.

  • Las Médulas

    Las Médulas

    Cada vez que oigo hablar de un meteorito que atraviesa el cielo me viene a la memoria la imagen de las Médulas. ¿Qué relación tiene una cosa con otra? Ocurrió hace años. Viajábamos de Galicia a Madrid una soleada mañana de enero con el propósito de hacer una parada en las Médulas, cuando por los espejos retrovisores vimos llegar una bola de fuego que pasó por encima de nuestro coche y fue a perderse en el horizonte. Nunca he visto un objeto volador incandescente de semejante tamaño. Aún no se nos había pasado el susto cuando la radio hablaba de un meteorito que había atravesado la Península Ibérica.

    Al rato, llegamos al mirador de Orellán y paramos para reponernos del sobresalto. Entonces, como si la Naturaleza quisiera obsequiarnos con un hit parade de sus éxitos, fuimos testigos de un espectáculo grandioso. Unos metros por debajo del soleado mirador, ante nuestros ojos se extendía un inmenso y brillante mar de nubes, blancas y espesas como de algodón, entre las que emergían unos picos rojizos, igualmente brillantes al sol. Aquel espectáculo nos pareció más extraordinario que el meteorito de marras y dejó en nosotros un recuerdo como de algo irreal.

    Cuando bajamos al lugar conocido como las Médulas, esas nubes tan maravillosas se habían convertido en una niebla igual de espesa, que no levantó en toda la mañana y nos impidió ver absolutamente nada. Decidimos, pues, que tendríamos que volver en otro momento.

    Volvimos en los primeros días de noviembre de 2015, aprovechando el veranillo de San Martín. Partíamos de Madrid y hasta Ponferrada seguimos el trazado de la A-6, sin problema. En ese punto le encomendamos al GPS que nos buscara la mejor ruta y el aparato decidió ponerse creativo. El resultado fue un itinerario por caminos casi intransitables y que llegáramos a Orellán más tarde de lo previsto, cuando ya caía el sol y las siluetas formidables de las Médulas empezaban a convertirse en enormes fantasmas. Como la temperatura era muy agradable, hicimos la ruta entre el pueblo y el mirador -al que ya no se podía ir en coche-, disfrutamos de los olores y colores otoñales y dejamos las fotos para el día siguiente, con sol.

    Las Médulas están en la comarca del Bierzo, a pocos kilómetros de Ponferrada y es lo más parecido a una maqueta gigante del Cañón del Colorado. Ese es el paisaje labrado por los romanos cuando idearon un mecanismo para extraer el oro oculto en estas tierras mediante la inyección del agua canalizada traída de los ríos Sil y Cabo -ruina montium-. Una mina de oro a cielo abierto para acuñar los áureos, moneda romana de unos 8 gramos. Un fracking en toda la regla, a la romana. La industria a gran escala duró mientras duró el imperio. Permanecen las heridas de la tierra, convertidas en surcos y pináculos de formas caprichosas, que parecen a punto de desmoronarse, pero que ahí están, entre bosques de robles y castaños. La zona fue declarada Bien de Interés Cultural en 1996, Patrimonio de la Humanidad en 1997 y Monumento Natural en 2002.

    Orellán era ya un pueblo metalúrgico en el época romana. Nos alojamos en el hotel rural O Palleiro do Pe do Forno, donde nos brindaron un trato familiar: Isabel, la propietaria, preservó el calor de la chimenea, se interesó por nuestros gustos para cenar y para desayunar al día siguiente, nos ofreció mermeladas artesanales, y nos regaló unas manzanas recién cogidas cuyo olor permaneció en nuestra casa varios días. Nos mimó, en fin.

    Desde la balconada de nuestra habitación vimos amanecer en el valle, en el silencio solo interrumpido por el ladrido de algún perro y el canto de los gallos, mientras asomaban unas nubes dispersas.

    Siguiendo su costumbre, el Colega pegó la hebra con Isabel, interesándose por la peculiaridad de la techumbre de madera y pizarra de las casas bercianas, mientras yo echaba un ojo a las noticias de aquellos días: las encuestas del CIS, la elaboración de las listas electorales, la ruptura de Cataluña con España. Un teatrillo de aficionados, visto desde la paz medulal.

    La dicha duró lo justo. El día se fue oscureciendo, nos llovió a ratos, al tiempo que una capa de niebla se adueñaba de Orellón y se extendía por la comarca. Así y todo, decidimos recorrer las Médulas. Ocultas sus peculiares formas geológicas, hallamos un parque temático, con sus tiendas de recuerdos, restaurantes y remedos de tabernas romanas, muchos de ellos cerrados. Obligados a dejar el coche o el autobús en las zonas de aparcamiento, los visitantes invadíamos las calles.

    Bajo una lluvia fina recorrimos de nuevo la ruta entre el Mirador y Orellán, con el propósito de visitar las galerías excavadas por los romanos. Comprobamos desde el balcón-mirador que la niebla ocultaba el valle. Los jóvenes que atendían los accesos a las galerías subterráneas nos aseguraron que es raro que llueva y haga niebla a la vez. Llegamos a la conclusión de que las Médulas se empeñaban en obsequiarnos con un despliegue de sus facultades y poderío.

    Volvimos con el GPS apagado. Sin ayuda tecnológica, paramos en Carucedo, para ver el lago formado por los desagües de las galerías que abrieron los romanos. Tomamos la N-536 y luego la A-6.

    A ver si sale el sol y volvemos.

  • San Antón de Castrojeriz

    San Antón de Castrojeriz

    El Camino de Santiago es una sucesión continua de monumentos, de paisajes, de emociones, amén del hecho mismo de hollar la tierra que en los diez últimos siglos pisaron millones de seres venidos de todos los puntos de la rosa de los vientos.

    Uno de estos monumentos, tenido como un hito de la ruta jacobea, es el convento de San Antón de Castrojeriz. En puridad, las ruinas del convento de San Antón. Añadimos de Castrojeriz porque los restos se encuentran a dos kilómetros de esta localidad, modelo de urbanismo del Camino, que cuenta con castillo propio, iglesias y buenos edificios.

    El convento fue fundado en 1146 por los monjes de la Orden de San Antón, conocida como de los Hermanos Hospitalarios o, más comúnmente, Antonianos, que establecieron aquí la sede de la Encomienda General de la Orden en la Península Ibérica, donde llegó a contar con una veintena de monasterios-hospitales.

    La Orden había sido fundada en Francia a finales del siglo XI por Gastón de Valloire, en agradecimiento a la curación del ergotismo de su hijo Guerín, por mediación de San Antonio Abad. A cambio, el Santo ordenó a Gastón que levantase un hospital para curar a los enfermos del mal que había contraído su hijo y le entregó como símbolo un báculo en forma de T, la tau que identifica a los Antonianos.

    La organización, inicialmente laica, pasó a convertirse en orden de canónicos regulares. Su rápida propagación se debió a la devoción al santo patrón y a las habilidades de los freres para curar el ergotismo, también conocido como Fuego sacro o de San Antón.

    El ergotismo era por entonces una enfermedad muy extendida en el norte y centro de Europa. Se contraía por el consumo de pan de centeno infectado por el cornezuelo, un hongo que se adhería a las espigas y se multiplicaba con la humedad, abundante en aquellas tierras. Los síntomas del mal se confundían con la lepra, el enfermo sufría grandes dolores, como si se le abrasaran las extremidades, que a veces se gangrenaban y debían ser amputadas. Los enfermos padecían alucinaciones y muchos acababan muriendo por asfixia.

    Los Antonianos ofrecían a los peregrinos un escapulario con la tau, unas campanillas y una bendición, pero, sobre todo, les ofrecían pan candeal -libre de cornezuelo- y vino. Cuando el estado del enfermo así lo requería se le acogía en el hospital. Si el peregrino llegaba a deshoras encontraba alimento y bebida en las alacenas abiertas en el muro, frente a la portada de la iglesia.

    La dieta y el descanso obraban el prodigio de sanar a los enfermos de ergotismo, de donde el convento fue haciéndose fama de milagroso.

    La Orden de San Antón fue anexionada a la también hospitalaria Orden de Malta en 1775 y suprimida por Pío VI en 1787. En España la orden fue suprimida en 1791 a petición de Carlos III, cuando en el Convento de Castrojeriz residían 27 religiosos. Parte de sus bienes pasaron entonces a la Colegiata de la Virgen del Manzano de Castrojeriz. Con la desamortización de Mendizábal el convento pasó a manos privadas.

    Lo que el viajero encuentra nada tiene que ver con aquella fundación primera. Las ruinas que tiene ante sí corresponden a la fábrica levantada en el siglo XIV, una iglesia y una hospedería en la que acoger a los peregrinos. A tenor de lo que permanece en pie debió ser un convento grandioso. Los peregrinos que siguen pasando junto a él pueden contemplar las seis arquivoltas de su enorme portada y muros muy mellados de lo que fueron sus naves.

    Mi descubrimiento ocurrió hace ya varias décadas, una anochecida de otoño que el Colega quiso impresionarme. Aparcó el coche unos metros antes de manera que pudiera contemplar el contraluz que formaba el enorme arco bajo el que pasa la carretera a la ya tenue iluminación del ocaso. La imagen era, efectivamente, impresionante, la exacta reproducción de un lienzo romántico.

    No me había dado tiempo a saborear el espectáculo cuando a nuestra espalda surgieron unos ladridos inquietantes. Empezaba a pensar que de allí no íbamos a salir ilesos, cuando el Colega cogió una piedra del suelo y la lanzó hacia donde venían los ladridos, gritando: ¡Fuera de aquí! Para mi sorpresa, los perros se callaron. Huelga decir que mi admiración por el Colega subió muchos enteros. Cuando acabó de ponerse el sol nos fuimos.

    Volvimos poco tiempo después para verlo con más calma y ahí pude descubrir dos cosas que no percibí en la primera ocasión: que los perros no hubieran podido atacarnos porque estaban detrás de una alambrada y que el interior de aquellas ruinas eran una mezcla de establo y almacén de aperos. Mi admiración por el Colega quedó intacta -es lo que tiene el amor- pero la indignación por el estado del antiguo convento me llevó a escribir un artículo en el periódico sobre el estado de abandono de un elemento de nuestro patrimonio cultural. El propietario defendió la legalidad de su propiedad y de su negocio. Y no hubo nada más.

    Tendría que pasar más de una década hasta que en 2002 el lugar volviera a servir de refugio a los peregrinos.

    En las alacenas que antaño ofrecieron alimento y bebida al caminante algunos peregrinos dejan mensajes de paz, de fe o de aliento, añadiendo eslabones a una cadena que se inició hace siglos.

    Cualquier momento es bueno para acercarse a Castrojeriz, pero ninguno tan hermoso como ese en que el sol declina y recorta sobre el cielo el arco gótico de las ruinas de San Antón.

  • Praga (II)

    Praga (II)

    Como en cualquier viaje, cada cual llega con su mochila. La mía traía imágenes y recuerdos de un tiempo ya lejano. Tenía 21 años cuando ví por primera vez las fotografías tomadas por Josef Koudelka en agosto de 1968, los tanques rusos del Pacto de Varsovia avanzando por la Plaza Wenceslao, finiquitando la tímida apertura política intentada por Alexander Dubcek, entonces presidente de la República checoslovaca, la primavera de Praga, el comunismo de rostro humano. Traía también la imagen del joven Jan Palach, que se había quemado a lo bonzo en protesta por aquella invasión,

    Mis amigos y yo discutimos durante semanas sobre el significado de aquellas imágenes, sobre las posibilidades de resistencia de Dubcek. Mis amigos y yo pertenecíamos a la categoría de los tontos útiles, según definición del gobierno franquista, los que hacíamos el trabajo de campo a los anti sistemas de la época, los militantes del Partido Comunista, para quienes la invasión de Praga supuso un desgarro absoluto. Mis amigos y yo no éramos comunistas pero los tanques aplastaron algunas de nuestras primeras ilusiones políticas y, en algún caso, quebraron relaciones personales, que no se recuperaron nunca.

    De aquellos acontecimientos conservaba las fotos de Koudelka y el deseo de visitar Praga. Habían pasado cuarenta y cuatro años -toda una vida- y ahí estaba yo, en la Plaza de Wenceslao, rodeada de praguenses, alguno de los cuales, quizá, se había jugado la vida frente a los tanques rusos aquel 20 de agosto, o había asistido al entierro de Palach, que se había suicidado en esa misma plaza.

    Preside la plaza el Museo Nacional y el monumento al rey Wenceslao. Cerca de él, una sencilla placa recuerda a Jan Palach, a Jan Zajic, que se incineró poco después, y a todas las víctimas del comunismo. Según nos contaron y pudimos constatar siempre hay flores frescas en este lugar, que tiene algo de sobrecogedor.

    En puridad, la Plaza de Wenceslao es una gran avenida, el corazón popular de la ciudad, lugar de reunión, entonces y ahora, de los praguenses. Lo que empezó siendo un mercado de caballos ahora es una de las zonas comerciales de la ciudad, rodeada de edificaciones lujosas. El edificio donde trabajó Franz Kafka estaba ocupado por una firma de moda.

    Abundaban los hoteles, los restaurantes, bares, terrazas, puestos de bocadillos, se respiraba la alegría de vivir. Nosotros paseábamos por la plaza uniéndonos a los praguenses, que aquí seguían manifestando sus alegrías y sus protestas. Tratando de comunicarnos con ellos. Las palabras nos iluminan, enriquecen nuestra vida. Las palabras de Seifert nos trasladaron a Praga antes de poner los pies en la ciudad. Las palabras de Dubcek nos señalaron que había un camino a la libertad, incluso tras la sombra de los tanques. Y ahí estábamos nosotros. Las fotos que nos hicimos en aquel lugar me devuelven un instante de felicidad.

    Rendí mi particular homenaje generacional evocando un pasado que in situ se percibía muy distante. En una suerte de justicia poética, aquí se formalizó la disolución del Pacto de Varsovia, el 1 de julio de 1991. En 1993, de forma consensuada, desaparecía Checoslovaquia para dar lugar a dos naciones nuevas, las Repúblicas Checa y Eslovaca. Praga pasaba a ser capital de Checa, Bratislava de Eslovaquia. El escritor Vaclav Havel sería el último presidente de Checoslovaquia y el primero de Chequia. Ni siquiera había espacio para la nostalgia, cuando quise visitar la tumba de Dubceck resultó que está enterrado en Bratislava, en el país donde había nacido.

    En Praga, en fin, hicimos las visitas obligadas para todo turista que se precie, pero nosotros no somos turistas, somos viajeros. Y queríamos conocer aquellos lugares que visitan los praguenses. Así que tomamos el funicular que sube al parque de Petrin, todo él un magnífico mirador de la ciudad. El parque tiene preciosos rincones para el descanso y está poblado de esculturas de personajes notables, entre ellos el poeta romántico Karel Hynek Mácha. En lo alto de la colina se alza una reproducción a escala de la Torre Eiffel.

    Cerca hay un observatorio un poco anticuado pero abierto al público. Nos atendió un joven, encantado de que el Colega le prestara atención, y nos mostró sus tesoros científicos.

    Fuera también de los circuitos turísticos encontramos un pequeño museo religioso que me pareció un encanto; se trata de la iglesia de Santa Inés – conocida como Galería Nacional de Praga-. Recomiendo una visita para apreciar las numerosas tallas, algunas de soberbia factura. Unas me parecieron románicas, pero la mayoría, góticas.

    Ir sin coche tiene ventajas e inconvenientes; cuando no hay más remedio, se acude al transporte público, como hicimos. Praga tiene una buena red de metro y buenos tranvías, y el 18 te lleva al parque de Visehrad en poco más de un cuarto de hora. La zona es tranquila tanto como el centro de Praga es bullicioso.

    Visehrad se hunde en la leyenda. Dice ésta que aquí vivía la princesa Libussa, fundadora y profeta del esplendor de Praga. En realidad, es un lugar algo mágico, que aúna un parque muy frecuentado por los vecinos y un cementerio de hombres ilustres.

    El monumento a Libussa convive con los panteones de Dvorak, Smetana, Mucha y otros notables checos. Cerca de allí se levanta una pequeña ermita románica dedicada a San Martín y anexo al cementerio, la iglesia de San Pedro y San Pablo.

    En una de nuestras andanzas por Praga el Colega entró en un urinario donde había que pagar 10 coronas. Resultó que no teníamos moneda suelta y tampoco había nadie que pudiera darnos el cambio así que se fue sin pagar. Tendríamos que volver a saldar la deuda.

  • Praga (I)

    Praga (I)

    Verano de 2012. Acabábamos de jubilarnos, sopesábamos adónde viajar y enseguida nos decidimos por Praga. ¿Por qué Praga? La Compa estaba empeñada en conocer el escenario por donde desfilaron los tanques rusos en 1968, yo quería ir por el Moldava y por la Moldava, por Dvorak… y por Libusa. No hay mucha literatura sobre esta mujer, sino más bien mitología. Según la leyenda fue la hija menor de Krok, otro rey también mítico que solo tuvo hijas, que eligió a la pequeña como gobernadora y juez de su pueblo. A los hombres de la tribu no les gustó ser mandados por una mujer y la pidieron que eligiera marido para que los gobernara. Libusa se enamoró de Premyls, un campesino de la aldea de Stadice, con el que se casó. Libusa pronosticó la fundación de Praga allá por el siglo VIII. Fue la iniciadora de la dinastía premyslida que gobernó Bohemia, pero también fue una de esas mujeres fuertes que merecen tener un lugar en la Historia.

    Mientras preparábamos el viaje leímos “Toda la belleza del mundo”, memorias del poeta y periodista checo Jaroslav Seifert (Premio Nobel de Literatura 1984), donde asegura que Praga da la bienvenida a todos aquellos que llegan con amor en el corazón. Con este ánimo permanecimos entre el 2 y el 10 de junio en una ciudad limpia, cuidada y hermosa, que nos regaló una estancia inolvidable.

    Nos alojamos en el Barceló Old Town que, como su nombre indicaba, estaba junto a la famosa Torre Vieja, la puerta gótica medieval. Llegamos a mediodía y lo primero que hicimos fue buscar un sitio donde comer. Encontramos mesa en un restaurante junto a la Torre Vieja, que resultó ser el restaurante del Ayuntamiento viejo, un famoso establecimiento modernista conservado con primor. Un pianista acompañaba con su música mientras comíamos. Allí descubrimos un licor digestivo típico checo, el Borovicka, hecho con enebro y coñac de ciruela. Empezábamos bien.

    Praga es una ciudad antigua y moderna a la vez. Nos sorprendió lo bien conservada que estaba, luego supimos que ese lavado de cara alcanzaba a la capital y poco más, lo que visitaba el turismo, que empezaba a ser la principal industria del país. Igualmente, era sorprendente lo poco que quedaba de la etapa soviética. El banco nacional era de los pocos restos de la época rusa.

    Callejear por Praga era como hacerlo por un museo al aire libre, allí donde miraras había un edificio singular, una escultura, una placa conmemorativa.

    La ciudad vieja lucía esplendorosa, como un pequeño París. Cierto es que íbamos predispuestos, pero es difícil no enamorarse de la ciudad, cuyo casco histórico es Patrimonio de la Humanidad.

    Por la plaza de la ciudad vieja pasa la vida toda de Praga. Muy cerca se encuentra el Reloj Astronómico, testigo de la Europa medieval. Cuando la esfera señala la hora exacta, la calavera situada a la derecha hace sonar una campanilla recordando que el tiempo de la vida es breve. Las otras figuras que flanquean el reloj: la vanidad, la lujuria, la avaricia, señalan las tentaciones del mundo mientras por las ventanas situadas inmediatamente encima de la esfera desfilan los doce apóstoles. Finalmente, el gallo dorado que culmina la escena aletea y canta la llegada del nuevo día poniendo una nota de esperanza.

    El tiempo pasa, en efecto, pero la vida se renueva. Desde lo alto de la torre un músico, vestido a la manera de los guardianes medievales, tocaba una melodía con la trompeta. Subimos en ascendor a la torre, desde la que se ve la ciudad entera.

    Junto a la torre del Reloj está la sala de bodas del ayuntamiento. Los novios se fotografían luego al pie de la torre. Y, a veces, coinciden con las manifestaciones que también pasan indefectiblemente por este lugar. Nosotros coincidimos con una procesión de hare krishnas.

    El puente de Carlos une la ciudad vieja con el barrio de Mala Strana y es el lugar más transitado y animado de Praga, había muchos puestos de artesanía y pintura, también músicos tocando sus instrumentos. Los dos accesos están protegidos por sendas torres.

    Sobre las balaustradas se levantan numerosas esculturas dedicadas a los santos vinculados a Praga, entre las que destaca una cruz del siglo XVII, que fue costeada por un judío para expiar una blasfemia. Una tradición dice que trae buena suerte pasar la mano por un relieve que recuerda un milagro de San Juan Nepomuceno, tradición con la que cumplimos.

    El barrio de Mala Strana es el más antiguo de la ciudad, se extiende sobre la colina del castillo. Sus viejos edificios estaban ocupados por las legaciones diplomáticas. También se encontraban aquí los restaurantes, bares y cafés más típicos. Una tarde nos sentamos en una terraza bajo el puente a tomar una cerveza y nos cayó el diluvio universal. Volvimos al hotel totalmente empapados. Fue una experiencia divertida porque hacía buena temperatura. En Mala Strana se encuentra también la iglesia de la Victoria, que guarda al Niño Jesús de Praga.

    El castillo es el núcleo en torno al que se construyó la ciudad de Praga. Su entorno está rodeado de hermosas leyendas y tradiciones, relatadas por Jaroslav Seifer, que hacen referencia a la torre de la Pólvora, al foso del ciervo y al Callejón de Oro, con sus casas enanas, en una de las cuales vivió Kafka y el propio Seifer.

    La catedral de San Vito, el Palacio Real, el Callejón de Oro, son algunos de los atractivos de esta zona. Las obras de la catedral de San Vito se han prolongado durante seis siglos. Se puso su primera piedra en 1344 y se dio por concluida en 1929. Del gótico original sólo conserva el transepto y los arbotantes, el resto es un neogótico bastante bien incardinado en el conjunto. En ella fueron coronados los reyes de Bohemia y están enterrados algunos de ellos, sus obispos y arzobispos. Me pareció curioso que siendo de culto católico en todo tiempo haya sido de propiedad estatal.

    San Vito es un conjunto de elementos dispares en ejecución y en tiempo, hasta el punto de que tiene capiteles con personajes actuales… ¡con americana y corbata! No pudimos sustraernos a dar unas vueltas por el antiguo castillo y las calles de los antiguos gremios. Nos gustó la sucesión de pequeñas casas del Callejón de Oro. Y naturalmente, posamos frente a la número 22, donde vivió Kafka, nombre que es una de las referencias obligadas de Praga.

    El Palacio Real era la sede del gobierno. La calle real parecía de andar por casa, nada raro, porque en ella se levantaban las casas y cantinas utilizadas por el personal del fuerte.

    El barrio judío de Praga es un permanente contraste porque en él perviven restos del primitivo gueto y el nuevo barrio, construido sobre aquél a partir del siglo XIX. El resultado es un barrio totalmente parisino, de edificios modernistas y tiendas de marcas de lujo. Las sinagogas se habían convertido en museos hebraicos, vigilados por aguerridas jubiladas que obligaban a los hombres a cubrirse la cabeza con la kipá.

    El cementerio judío sobrecoge. A mi me pareció un campo de concentración para muertos, y da fe de los sobresaltos y las estrecheces que tuvo que pasar este pueblo desde la Edad Media, sea en el gueto de Venecia o en el Toledo del siglo XIV, por no hablar de los Matthaussen que en el mundo han sido.

    En el cementerio judío se puede ver la tumba del rabino Low, el creador del Golem.

    Las aguas del río Moldava -que parecen arrastrar el eco musical de Smetana- atraviesan la ciudad y, cuando se desbordan, ocasionan grandes destrozos. En sus orillas se alzan edificios señoriales testigos de un pasado esplendoroso, junto a construcciones vanguardistas como la Casa Danzante, también conocida como Ginger y Fred, diseñada por los arquitectos Vlado Milunic y Frank Gehry.

    Barcos turísticos recorren el tramo urbano del río mediante exclusas que permiten salvar las presas existentes en esta zona.

    Sobre una colina, al final de la calle Parizska, se levanta un gran metrónomo que, según supimos, había sustituido al enorme monumento en honor de Stalin, que los praguenses habían volado en 1962. Cuentan que se eligió un metrónomo porque en este lugar, con el Moldava a la vista y Praga a sus pies, Mozart exclamó: “Me gusta esta ciudad, tiene ritmo”.

    Es imposible no coincidir con Mozart. Praga tiene ritmo y una música que se expande por todos sus rincones. Dvorack y Smetana son sus dioses. Saludamos a ambos, como buenos visitantes.

    Era difícil resistirse a tantas sugestiones como ofrece Praga. La iglesia de San Nicolás, además de ser sala de conciertos, tiene una lámpara preciosa. El museo de cristal y porcelana esconde obras de arte primorosas. El Teatro Negro de la calle Karlova, dicen que el más antiguo, estaba lleno de españoles. Se siente la magia del teatro de títeres. Naturalmente, compramos una marioneta, de las que los checos son auténticos artistas. El palacio de la ópera estaba en obras. A cambio, pudimos contemplar sin reparo la infinidad de portadas y fachadas artísticas de la ciudad.

    En una placa de la plaza de la ciudad vieja leimos: «Aqui, en el salón de la Sra. Berta Fanta, Albert Einstein, profesor de la Universidad de Praga en 1911 a 1912, formulador de la teoría de la relatividad, ganador del Premio Novel, tocó el violín y se reunió con sus amigos, los famosos escritores Max Brob y Frank Kafka». Descubrimos también que la policía local estaba muy bien motorizada.

    En un viaje tan grato e interesante solo tuvimos un sobresalto. Estábamos durmiendo plácidamente una siesta cuando sonó el teléfono en la habitación. Medio dormidos aún, solo acertábamos a comprender que nos estaban buscando y nos esperaban en una dirección. Finalmente, entendimos lo que había pasado. Esa mañana habíamos entrado en una joyería a comprar la inevitable sortija de granates, tan típica de Praga. Como es costumbre, el Colega pegó la hebra con quien nos atendía y, probablemente, le habló que nos alojábamos cerca de la Puerta Vieja. La joyera, muy amable, nos obsequió con una tarjeta de descuento para futuras visitas. Entre la cháchara y el obsequio el Colega había olvidado recoger su tarjeta de crédito. Cuando la joyera se percató del olvido nos buscó por los hoteles hasta dar con nosotros y nos esperaba para devolvernos la tarjeta.

  • San Pedro de Tejada

    San Pedro de Tejada

    ¿Por qué te gusta el impresionismo y te deja frío el cubismo? ¿Por qué te emociona más la Anunciación de Fra Angelico que la de El Greco? ¿Alguien puede responder? ¿Por qué te gusta tanto el románico?, me preguntan a veces y no sé qué responder. Todo lo más puedo sugerir que en el origen de esa afición se encuentra San Pedro de Tejada.

    Ocurrió hace ya muchos años. Llegábamos con el ánimo aún sobrecogido por el espectáculo que se nos había ofrecido en el puerto de la Mazorra, en la carretera CL-629. Según supimos luego, en determinadas ocasiones, cuando se ponen de acuerdo el sol, las nubes, la temperatura y vete a saber qué mas elementos la luz se filtra de una manera especial en el Valle de Valdivielso brindando un paisaje que parece irreal.

    De este valle, regado por el río Ebro, se cuenta que en otro tiempo fue conocido como la Tebaida burgalesa por la abundancia de conventos y eremitorios que escogieron este lugar para asentarse. Aún hoy conserva un buen puñado de iglesias que bien valen una visita. Nosotros empezamos por la de San Pedro de Tejada.

    En Valdenoceda tomamos la N-232 y en Puente Arenas seguimos la indicación que conducía a nuestro destino. En la actualidad la propiedad se encuentra doblemente vallada, con un muro de piedra y una enrejada metálica, pero entonces era un lugar abierto, de manera que en una de las vueltas del camino creías hallarte ante una aparición, así de hermosa aparecía la pequeña iglesia, a la sombra de la Sierra de la Tesla. Añadiré, aunque hoy cueste creerlo, que la hallamos abierta y sin nadie alrededor. Pudimos, pues, recorrerla a nuestro antojo, entrar y salir de ella, subir a la torre, bajar y volver a subir las veces que quisimos.

    La impresión que nos produjo en aquella primera oportunidad fue la de encontrarnos en una obra recién terminada, apenas se apreciaba en sus muros el paso del tiempo, excepto en la mutilación de penes de algunos canecillos. Después hemos vuelto decenas de veces, procuramos hacerle al menos una visita al año. Nos sigue pareciendo esplendorosa pero cada vez encontramos más dificultades. En la reja que cierra el acceso un letrero advierte del horario de visitas guiadas.

    El monasterio de San Pedro de Tejada se fundó probablemente en las primera décadas del siglo X. Al frente de una comunidad de treinta y tres eclesiásticos estaba el abad Rodanio. En el siglo XII se incorpora como priorato al Monasterio de Oña; probablemente es en este tiempo cuando se levanta la iglesia que conocemos. Del monasterio no quedan restos, el edificio que encontramos junto a la iglesia es obra muy posterior, utilizada como almacén.

    Estamos ante una construcción en piedra de sillería no muy grande pero de gran esbeltez. A esta sensación no es ajena su torre, que se levanta sobre el falso crucero del primer tramo de la nave. Es de dos cuerpos, separados por una moldura de baquetón, el inferior con arcos ciegos de medio punto en cada lienzo y el superior con dos arcos geminados también de medio punto; prototipo que se repite en las iglesias de El Almiñé y Tabliega. En los murosde la iglesia se abren cuatro ventanas, dos en el ábside y dos en los muros de la nave.

    De esos y de otros detalles más los visitantes se percatan cuando han pasado un rato admirando su portada, que se abre en un antecuerpo del muro occidental de la nave, rematado por un tejaroz sostenido por ocho canecillos que representan a los cuatro evangelistas en versión tetramorfos y cuatro ángeles alados. En el centro, flanqueado por San Lucas y San Marcos, un relieve en mandorla representa a Cristo con los brazos extendidos.

    Debajo del tejaroz dos bajorrelieves nos ofrecen un Apostolado, tres parejas a cada lado. Bajo el de la derecha, un altorrelieve representa a un hombre bajo las patas de un león, simbolizando el León de Judá, Cristo, que perdona a quien le implora. A la izquierda, una esquemática Última Cena: Cristo rodeado de dos discípulos. A un lado, Juan se recuesta sobre el Maestro, y al otro, Judas, recibe de su mano un trozo de pan mientras él hurta un pescado.

    Historiadores y expertos en arte, como Pérez Carmona, han hallado similitudes entre esta portada y la del monasterio de San Quirce. Un monumento también de propiedad privada, como San Pedro de Tejada, que permanece cerrado al público, respondiendo al principio de que quien paga manda, si los responsables del patrimonio miran para otro lado.

    Las arquivoltas y las columnas en que se apoyan están decoradas con motivos vegetales. El hastial remata en piñón agudo, en el que se distingue apenas un cuadrúpedo que parece un león, enmarcado en motivos florales. En este muro se abre un ventanal trilobulado.

    La puerta da acceso a un interior al que los propietarios tienen prohibido hacer fotos. Estamos ante una iglesia de una sola nave, con bóveda de cañón y arcos fajones, rematada en ábside semicircular con arcos ciegos. Los capiteles del interior, en los que aún se conservan restos de la policromía original, están a la altura de la manufactura escultórica del monumento.

    En el muro norte se abre una puerta que, según se cree, pudo comunicar con el antiguo monasterio desaparecido. Una escalera de caracol que se abre en el muro sur lleva a la torre, que en el exterior conforma un cubo a lo largo del muro.

    Los canecillos distribuidos a lo largo de los muros y del ábside de la iglesia son un repaso a la iconografía románica. No falta nadie. Vemos un clérigo sosteniendo una cruz; a otro con un hisopo en la mano; uno más apoyado en un bastón en forma de tau; a otro sentado con un libro sobre las rodillas. Hay una figura que toca un instrumento de cuerda; una figura sentada, que mira de frente y sujeta entre las piernas un arpa que toca con ambas manos. Hay también un diablo con cabeza humana y cuernos que tiene bajo sus pies un ser humano; un acróbata desnudo, boca abajo y de espaldas.

    Hay una profusión de animales: águilas, cabras, ciervos, leones, lobos, perros…

    En lo que parece una escena social, cuyo significado se nos escapa, aparecen tres hombres: el del centro toca un instrumento de cuerda con arco, otro hace sonar un cuerno y el tercero se mesa las barbas.

    No puede faltar un Sansón desquijarando a un león, o el mismo Sansón dormido mientras Dalila le corta el pelo.

    Hay algunos personajes considerados eróticos o impúdicos. Los más explícitos son los de un hombre y una mujer, ambos levantándose la ropa para mostrar sus respectivos sexos. Desde que he leído a Isabel Mellén y su Tierra de Damas, no veo en estas poses nada procaz sino el propósito de demostrar publicamente la capacidad engendradora de estos personajes, la potencia de su linaje.

    Me gusta especialmente la escena que evoca la tentación de Adán y Eva en la que aparece el árbol de la vida con la serpiente en el centro, junto a Adán comiendo el fruto prohibido y Eva tapándose el sexo. Ese rostro de ella mirando al frente no es exactamente el de la Eva de Autun que cinceló el maestro Gislebertus pero parece imbuida del mismo espíritu.

    Una tradición que recorre el Valle de Valdivielso asegura que en 1603 llegó a San Pedro de Tejada un trozo de la Vera Cruz, reliquia que fue trasladada a Quintana en 1845. Para entonces todas las propiedades de la ermita habían sido adquiridas por la familia Huidobro. El secretismo que rodea cuanto se refiere a esta fábrica, declarada Bien de Interés Cultural, impide conocer cuanto se refiere a la situación de lo adquirido. El retablo del siglo XVI pintado por el Maestro de Oña, fray Alonso de Zamora, que permaneció en la cabecera de la iglesia hasta mediado el siglo XX, fue restaurado y actualmente puede contemplarse en el Museo del Retablo de Burgos.

    San Pedro de Tejada pasa por ser, y a nosotros nos lo parece, una de las construcciones románicas más relevantes de los Valles de Valdivielso y de Manzanedo y aún de toda la provincia. Su influencia se percibe en las iglesias de Escóbados de Abajo, Gredilla de Sedano, El Amiñé o Tabliega. Pero sus tiempos gloriosos pertenecen al pasado. Sus actuales propietarios -quienquiera que sean- parecen más interesados en dificultar su conocimiento que en facilitarlo. Entre los aficionados al románico se pasan en secreto la forma de aproximarse a la ermita, si uno está lo suficiiente ágil. En nuestras, reitero, múltiples visitas nunca hemos encontrado dos veces a la misma persona que ejerce de guía. La rotación laboral debe ser otra de las características de la propiedad. Me encanta ver la cara que ponen los sucesivos guías cuando les decimos que nosotros hemos subido a esa torre. Varias veces, además.

    Empero, San Pedro de Tejada sigue siendo un lugar fascinante, como recién levantado. Sea la luz del Valle de Valdivielso, la magia del entorno o el encanto que acertaron a crear los maestros constructores del románico compensan con creces el viaje.