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  • San Pere de Rodes

    San Pere de Rodes

    Cuando se atisba la silueta del monasterio de San Pedro/Pere de Roda/Rodes admiras el olfato del que dieron prueba los monjes fundadores a la hora de buscar asentamiento. En lo alto de la sierra de Verdera, cerca del golfo de Rosas, del cabo de Creus y con la bahía de Port de la Selva a la vista, el lugar no puede ser más hermoso, pero el monasterio aún añade belleza, un magnífico ejemplar románico que mira de tú a tú al Mediterráneo.

    Dos son las versiones que explican la fundación del cenobio y su posterior grandeza. Una legendaria y otra más documentada. La versión legendaria refiere que el monasterio fue fundado el año 610 por monjes que llegaron hasta esta orilla con los restos de San Pedro y otras reliquias sacadas de Roma para evitar que fueran profanadas por los bárbaros, entonces a punto de invadir la ciudad, reliquias que nunca habrían retornado a su procedencia. Para acoger tan importante relicario, Bonifacio IV, papa benedictino de comienzos del siglo VII, encomendaría a monjes de su Orden levantar el monasterio.

    La versión más documentada dice que en el lugar donde ya se asentaron ya los romanos, como demuestran los fragmentos decorados hallados, existió una celda monástica dependiente de San Esteban de Bañolas, como se cita en un precepto del rey francés Luis II el Tartamudo del año 878; que el prior Tasi fue el último de este cenobio, entonces dependiente de Santa María de Rosas, según menciona un documento de 944; que en el 947 Roda se independiza, siendo su primer abad Hildesind, hijo de Tasi, comenzando así un itinerario que daría momentos de gloria a la iglesia y al poder civil.

    La iglesia se consagró en 1022 y, aunque fue parcialmente modificada, en lo esencial es la que aún se conserva. Estamos ante una fábrica de tres naves, las laterales más estrechas que la central, con crucero y tres ábsides, el central con deambulatorio. La nave central se cubre con bóveda de cañón que se apoya en pilares con columnas adosadas, sobre basamento de gran altura. Esto, la altura y el haber sido levantada en terrazas siguiendo la configuración del terreno, son dos de las características de Roda.

    El monasterio de San Pere gozó del favor de los condes de Ampurias/Empúries, que lo dotaron de tierras y privilegios hasta hacer de él un gran centro espiritual, el más importante del condado por el poder de sus abades y la abundancia de reliquias que guardaba. A la abadía pertenecía el poblado de Santa Creu de Rodes, dedicado a la producción artesana y al comercio, que le proveía de las necesidades materiales. El castillo de San Salvador de Verdera, de gran valor estratégico porque domina el cabo de Creus, fue donado por los condes de Empúries al monasterio; cuando intentaron recuperarlo provocaron enfrentamientos sin cuento con los abades.

    Durante el siglo XII se acometieron obras en las dependencias monacales, se construyó la galilea -vestíbulo anterior en las iglesias y monasterios medievales- una nueva portada y entre 1160 y 1163, una más, decorada en mármol por el Maestro de Cabestany con escenas de la vida de Cristo, y el nuevo claustro. De este tiempo debe ser también el campanario, parejo a la torre de defensa o del homenaje, levantada en el siglo X.

    Todo ello configuró unas instalaciones monásticas que debieron ser enormes para acoger a los muchos peregrinos que acudían hasta aquí, pero a partir del siglo XIV se conjugaron las desdichas: escasearon las donaciones y se relajó la vida monástica, a lo que en 1345 se unió una epidemia de peste negra que se llevó a veinticuatro monjes. Mediado el siglo XV se fortificó el conjunto para protegerse de los ataques piratas. Durante el siglo XVII sufrió sucesivos saqueos como consecuencia de las guerras con Francia. En 1693 fue sacada la Biblia de Rodes, que actualmente se encuentra en la Biblioteca Nacional de Francia. Los saqueos continuaron en el siglo XVIII; a finales de este siglo la comunidad benedictina se traslada a Vilasacra y en 1809, a Figueras. El monasterio es abandonado y, como el poblado de Santa Cruz, del que solo quedan las piedras de la iglesia de Santa Helena, y el castillo de San Salvador, reducido a ruinas.

    La primera vez que visitamos el monasterio de San Pere, a finales de los años ochenta del pasado siglo, lamentamos a la vez la mucha riqueza monumental de nuestro país y la proverbial desidia de nuestros paisanos. Durante nuestro paseo, casi solos, deploramos el estado ruinoso en que se encontraban este y el monasterio de San Pedro de Arlanza, ambos con un significado histórico más allá de su valor religioso, ambos se diría que abandonados. Nos equivocamos en parte.

    Cuando volvimos una década después supimos que durante las obras de restauración acometidas en los años 1990 y 1991 habían aflorado restos que arrojaban nueva luz sobre la fábrica de la iglesia. Volvimos en junio de 2019 y aquella era otra historia. Las ruinas habían sido consolidadas, había que sacar entrada para visitar el conjunto, se habían creado rutas con paneles que ilustraban su valor y contexto histórico (con la proverbial grandeur nacionalista), habían abierto un restaurante desde el que se divisaba el azul del mar y donde se comía muy bien, como enseguida pudimos comprobar. Era un martes sin ninguna connotación festiva y el lugar estaba atestado. Nada como entender de negocios para promover la cultura.

    En junio de 2021 visitamos el Museo Marés de Barcelona -que viene a ser como el cementerio del arte español perdido- y allí encontramos dos piezas originarias de San Pedro de Roda debidas al Maestro Cabestany, inconfundibles por sus grandes manos y cabezas, por sus ojos oblicuos, por el movimiento del ropaje y por el uso del trépano. Un fragmento del relieve que representa la curación del hombre de la mano seca y un Agnus Dei, clave de arquivolta de la portada; este último adquirido por la Asociación de los Amigos de los Museos de Cataluña y donado al Marés.

    Cierto es que nadie podrá devolver a San Pedro de Roda su antiguo esplendor ni espiritual ni arquitectónico, pero parece haberse salvado de la ruina total, al menos por este siglo. Lo que no es poco.

  • La Selva de Irati

    La Selva de Irati

    Llevábamos mucho tiempo haciendo planes de visitar el hayedo de la Selva de Irati para contemplar los ocres y rojos del otoño, en octubre de 2012 nos decidimos. Previamente habíamos llamado al teléfono de su web preguntando si las hayas habían amarilleado y nos dijeron que empezaban por esos días y la paleta estaría totalmente on fire en los días de nuestra visita. Escogimos un día entre semana y partimos de Burgos. Ventajas de jubilatas. Hicimos un alto en Eunate, siempre mágico, y en Puentelarreina, otro hito del Camino de Santiago, donde comimos.

    Bien reconfortados, nos encaminamos al Valle de Salazar, donde descubrimos una ermita románica junto a un cementerio. El paisaje ya promete.

    Como estábamos cerca, nos acercamos al Roncal. Aparte de los magníficos paisajes de este valle, recostado en los Pirineos, el pueblo tiene el atractivo del panteón erigido por Benlliure, que guarda el cuerpo de Gayarre, roncalés, y que destaca sobre todas las otras tumbas en el pequeño cementerio del pueblo. Cumplimos así uno de esos deseos que vamos arrastrando desde niños, cuando en los libros de texto veíamos esta imagen en los libros de lectura o de arte, asociados ambos nombres: Gayarre y Benlliure.

    Pasamos luego por Ochagavía, donde unos días antes las lluvias habían inundado el pueblo.

    La Selva de Irati, en el Pirineo navarro, es el segundo mayor hayedo abetal de Europa junto a la Selva Negra alemana. Sus más de 17.000 hectáreas de bosque se reparten en tres reservas naturales: Mendilatz y Truitibartea y la reserva integral de Lizardoia. Un paisaje que parece infinito, en el que se mezclan ríos, cascadas, cuevas, gargantas horadadas en la piedra, miradores y puentes colgantes a cual más espectacular.

    La web de la Selva de Irati advierte que es un lugar ideal para pasar unos días en contacto con la Naturaleza en cualquier momento. Los aficionados al deporte pueden escoger entre senderismo, paseos a caballo, parapente, descenso de cañones o paseos en canoa. Si vas en invierno puedes hacer paseos en esquí de fondo o raquetas de nieve en la estación de Abodi. En primavera disfrutarás del renacer de los hayedos de Irati, cuando las hojas de las hayas se visten de un verde fosforito. En verano podrás refrescarte a la orilla del río Irati. En otoño se anuncia como la explosión de color que transforma el bosque en una paleta de colores casi única.

    Como ya he dicho, nosotros elegimos el otoño y dedicamos dos días a recorrer el bosque, armados con nuestras cámaras de fotos. El primer día llegamos hasta la cumbre y volvimos creyendo haberlo visto todo. Al día siguiente hicimos el recorrido completo, según el plano que nos agenciamos en el centro de acogida, ubicado en las llamadas Casas de Irati o Casas del Rey, que de ambos modos son conocidas, una de las puertas de entrada más utilizadas, cerca de la ermita de la Virgen de las Nieves. De este punto parten varias sendas para hacer a pie o en bici. Comimos en la Casa de los Guardas, dentro del mismo complejo, y disfrutamos de dos estupendas jornadas de otoño. Lástima que, a pesar de las predicciones locales, aquel año las hayas decidieran colorear más tarde y nos perdiéramos la famosa explosión de la paleta de colores. Lo que vimos nos gustó lo suficiente para emplazarnos a volver cualquier otro año.

  • Ezcaray

    Cada viaje es una aventura distinta. Partiendo de la elección. ¿Por qué elegimos ir a Ezcaray en abril de 2016? Porque habíamos visto Olmos y Robles, una serie emitida por TVE, rodada en ese pueblo riojano, protagonizada por dos guardias civiles encarnados por Pepe Viyuela y Rubén Cortada, un tipo de una guapura inexpresiva. La fotografía de la serie alentaba a conocer el lugar, pero por entonces, una bloguera querida, Pilar de Abalorios, nos había hablado maravillas de la gastronomía local. No necesitábamos más.

    Ezcaray tiene a gala ser la primera villa turística de La Rioja. Motivos no le faltan. A sus once siglos de historia une su amplia oferta hotelera y restauradora y una habilidad especial para conjugar los viejos fueros, la tradición pañera y maderera y una oferta turística que abarca todo el año. Tres son sus tipos de visitantes: los de invierno, que frecuentan la estación de esquí de Valdezcaray, los de verano, que alivian los rigores estivales de sus lugares de residencia, y los que, como a nosotros, cualquier excusa les vale.

    Allí que nos presentamos un soleado día de abril, buscando lugar donde aparcar el coche después de comprobar que el casco antiguo era en la práctica era peatonal. En la Oficina de Turismo nos dieron la información que necesitábamos y nos aconsejaron un itinerario a pie como de una hora. Partimos de la Plaza de la Verdura, continuamos por la calle porticada hasta la Plaza del Quiosco, seguimos por Arzobispo Barroeta y llegamos hasta el crucero de San Lázaro. Desde allí torcimos a la izquierda y enseguida llegamos al río Oja, que bajaba rápido y caudaloso por el deshielo primaveral. Atravesamos el río por un puente de piedra que llaman romano y seguimos por la ribera derecha, que, según el plano, conducía hasta la Estación Vieja, un edificio pintado de azul, que parece estar habitado por historias mágicas, acondicionado como bar y restaurante, uno de los escenarios de la serie que nos había llevado a Ezcaray.

    Cruzamos de nuevo el río, tomamos la Avenida de Navarra y llegamos hasta la plaza del Ayuntamiento, que viene a ser el corazón histórico de la villa y es monumento de Interés Cultural desde 1992. Un espacio abierto flanqueado por dos edificios del siglo XVIII: la Real Fábrica de Paños, transformado en ayuntamiento, teatro y sala de exposiciones, y el edificio del Tinte, que servía de albergue.

    Ezcaray cuenta con una tradición textil que se remonta al menos al siglo XVI, pero la creación de la Real Fábrica de Santa Bárbara data de 1752, dedicada a la elaboración de paños y sarguetas. Toma el nombre de Bárbara de Braganza, esposa de Fernando VI, y fue una de las mejores fábricas de España en su especialidad. Durante el reinado de Carlos III obtuvo el privilegio de Compañía General, pasando a llamarse Compañía Real de San Carlos y Santa Bárbara. En 1758 se le añadió el edificio del Tinte, conocido también como el Fuerte, que contaba con doce calderas y estaba construido con materiales incombustibles. El complejo industrial sufrió los embates de la guerra de la Independencia y acabó cerrando en 1845. Quedaban entonces en Ezcaray 29 fábricas con un millar de obreros.

    Por la Avenida de Santo Domingo volvimos al centro de la villa, encontrándonos con la iglesia de Santa María la Mayor, del siglo XII, de la que nos gusta su original balconada de madera. Junto a la portada de la iglesia se alza un crucero de piedra.

    Sorprende la abundancia de edificios blasonados de Ezcaray: los palacios del arzobispo Barroeta, de Torremúrquiz y del Ángel, construidos con la piedra roja propia de la zona, que casan con su caserío tradicional, bien conservado. En el paseo eché el ojo a una bufanda de las que elaboran aquí, con pinta de quitar el frío por crudo que sea el invierno. A la vuelta la compramos, para no ir cargados, sugirió el Colega.

    En estas se nos había hecho la hora de comer. Nuestros amigos nos habían hablado del restaurante Echaurren, con dos estrellas Michelin, yo ya me estaba relamiendo, pero el Colega había visto de pasada una carta donde ofrecían caparrones y lomo de ciervo y no hubo manera de cambiarle de idea. Tampoco era cosa de montar un conflicto conyugal por cosa tan nimia. Comimos el El Rincón del vino y comimos muy bien, cocina tradicional en continente y contenido. Croquetas de boletus, pulpo a la brasa con careta de cerdo, caparrones, ciervo con salsa de cerezas, lomo de bacalao con salsa de hongos, ravioli de flan y helado, regados con un Marqués de Cáceres. Un mini celemín para servir el pan. ¿A que ha sido una buena elección?, insistió el Colega. Muy buena, pero la próxima no mires más cartas, vamos al Echaurren.

    Antes de volver al coche damos un último paseo por el callejero ezcayarense, buscando inútilmente escenarios de la serie de televisión. No identificamos ninguno y, para colmo, encontramos cerrada la tienda de la bufanda. Tenemos que volver, a comer en tu restaurante y comprar la bufanda, propuso el Colega.

    Aún no había acabado el mes de abril, cuando nos llegó un certificado remitido por la villa. Dentro, una multa “por circular por una vía contraviniendo la restricción de circulación”, hecho ocurrido a las 11:36 del día de nuestra visita. La infracción había sido detectada por una cámara. Era verdad que nos habíamos metido por una calle, que vimos el letrero de “vía peatonal” y que nos dimos la vuelta. Parece que no con la suficiente rapidez. La cosa eran 60 leuros, 30 si uno era rápido pagando. El Colega, hombre mesurado donde los haya, tiene su talón de Aquiles en el apartado correspondiente a la circulación. No es de referir lo que soltó por su boquita contra el ayuntamiento, contra el alcalde y contra toda la corporación municipal.

    Le sugerí que hiciera un pliego de descargo, respondió que él ya sabía por donde se meten los pliegos de descargo, en casos como este. Llama por teléfono, insistí. Llamó. Una voz femenina recibió los restos del enfado y la amenaza de que estaba dispuesto a contarlo en las redes. Él, que por entonces no sabía lo que era un tuit. La funcionaria le pasó con el concejal de Seguridad, que resultó llamarse Alberto -creemos que Díaz-, a quien reclamó que revisaran la grabación porque él estaba seguro de no haber pisado la zona peatonal, que se volvió en cuanto vio la señal. El concejal le pidió los datos de la multa y el teléfono. Le comunicaré algo esta tarde, prometió.

    Sé que no va a hacer nada, pagaré los 30 euros, pero al menos me ha escuchado y ha sido muy amable, admitió el Colega. Por raro que parezca, cinco horas después, en su móvil entró un sms del concejal Alberto. “Buenas tardes. Ya está anulada”. El Colega se quedó mudo. Te dije que Ezcaray era un pueblo modelo, remaché yo. Ya, ya, admitió. Y del PP, que lo sepas, me regodeé. Pensamos en estos concejales que están siempre a pie de obra -la mayoría-, a los que se les tienen que llevar los demonio cuando oyen generalizar sobre los políticos corruptos o inútiles.

    Por mi parte, con lo ahorrado de la multa y un poco más, compré en la Real Fábrica Española de Madrid un chal de lana para mí y una bufanda para el Colega made in Ezcaray, que en invierno son gloria bendita. Lo del Echaurren sigue pendiente.

  • El Palacio Real de Bussaco

    El Palacio Real de Bussaco

    A nosotros nos gusta Portugal. Nos gusta su paisaje, sus monumentos, su arquitectura, su costa, sus campos, sus pueblos, sus ciudades. Su gente, sobre todo su gente, tan educada, tan ceremoniosa, tan amable. Nos gusta Portugal, en suma. Por esa razón nos la hemos recorrido de norte a sur, de este a oeste y al bies, en invierno y en verano. Pero siempre queda algún rincón por descubrir.

    El año 2014 decidimos estrenarlo en Aveiro, del que ya hablaremos en otro momento, y desde allí hacer excursiones a Coimbra y Oporto. El Colega propuso pasar por Bussaco en el viaje de vuelta para conocer la Sierra y los bosques de la zona. Como encargada de la intendencia, reservé una noche en el “Palace Hotel de Bussaco”, que tenía muy buena pinta y estaba de oferta esos días.

    El parque de Bussaco es una mancha boscosa de 400 hectáreas, situado en el centro de Portugal, en el término de Luso. Parece que ya en el siglo II fue refugio de cristianos, en el VI acogió una comunidad de benedictinos. Luego, el Obispado de Coimbra se hizo con los terrenos y, a comienzos del siglo XVII, los cede a los carmelitas descalzos, que fundaron aquí un monasterio y tapiaron la propiedad con un muro de 5.750 metros de largo y tres metros de altura, para aislarse del mundanal ruido. En este ambiente de sosiego, los monjes dedicaron su tiempo a cuidar el entorno, plantando todo tipo de especies vegetales endémicas y exóticas, como una evocación del Monte Carmelo, lugar de fundación de la Orden, y, por extensión, del Edén.

    En 1622 los carmelitas obtuvieron del Papa Gregorio XV una bula que prohibía el acceso de las mujeres a este idílico lugar, abierto al exterior por dos únicos accesos: el de Sula y el de Coimbra. A finales de ese siglo, Catalina, reina viuda de Carlos II de Inglaterra, nacida infanta portuguesa, quiso visitar el jardín. Como estaba vedada la entrada por los accesos establecidos mandó abrir una nueva puerta, conocida desde entonces por Porta da Rainha.

    En 1628 los monjes levantaron el convento de Santa Cruz, del que solo se conservan en pie la iglesia y el claustro. También construyeron once eremitorios, de los que quedan nueve, algunos en ruinas, varias capillas y seis fuentes: de San Elías, Santa Teresa, San Silvestre, Fría, del Carregal y de la Samaritana. En 1643 el Papa aprobaba una nueva bula por la que se excomulgaba a quien talara un árbol o maltratara la propiedad del monasterio.

    Este sosiego fue roto por la guerra. Aquí se libró en 1810 una de las batallas de la guerra de la Independencia entre las tropas de Napoleón, mandadas por el mariscal Massena, y el ejército anglo-portugués, dirigidos por el duque de Wellington. Un monolito recuerda la victoria lusa. Aquello fue una señal de que los tiempos estaban cambiando. En 1834 Portugal prohibió las órdenes religiosas y los carmelitas tuvieron que abandonar el monasterio y su idílico entorno, cuya propiedad pasó al Estado portugués.

    Cuando terminaba el siglo XIX los reyes portugueses mandaron derribar una parte del monasterio y levantar en su lugar un pabellón de caza. Lo que ellos llamaban pabellón de caza es en realidad un palacio construido en estilo manuelino, convertido en un repaso a los estilos y a la monumentalidad lusa. De este modo, la torre que remata el cuerpo central se asemeja a la de Belém, mientras que por aquí y por allá se repite la ornamentación del monasterio de los Jerónimos y los arabescos del convento de Tomar.

    No menos lujoso se procuró el interior. Azulejos, esculturas y frescos hablan de los descubrimientos y conquistas del país. Las paredes se cubren con una buena colección de tapices, y en el mobiliario se funden piezas portuguesas y chinas.

    Empero, los cambios no solo iban a afectar a la iglesia. La familia real solo disfrutó del palacio en una ocasión, pues en 1910 Portugal eligió ser República. El último monarca, Manuel II, llamado el Patriota, partió al exilio con su familia. En 1917 el palacio se transformó en hotel de lujo, lugar de moda, frecuentado por la nobleza y la burguesía rica del momento. En 1996 fue catalogado como Edificio de Interés Público.

    La publicidad lo presentaba como un palacio de cuento de hadas en el bosque encantado… un gran viaje por el tiempo y por la historia… un refugio de paz, historia y verdor. Un poco desmesurado para una pareja de republicanos pero ese era el hotel que habíamos reservado.

    Una carretera serpeante pero en buen estado nos fue internando en el bosque hasta llegar a un control vallado. El vigilante solo nos abre el paso cuando comprueba que, en efecto, tenemos reserva en el hotel. Aún tenemos que recorrer un trecho hasta que se nos aparece el palacio, tal cual lo describe la publicidad, con sus jardines y sus árboles centenarios. Nos quedamos mudos de tanta hermosura.

    El interior era tal como uno se imagina que puede ser un palacio. La cortesía del personal parecía a medida del lugar. Nos dieron una habitación con acceso a una terraza enorme desde la que se veían los jardines y el parque. Sin deshacer el equipaje nos fuimos a descubrir el entorno.

    Cruzaban el bosque caminos bien señalados, rincones para descansar, mesas, fuentes… En lo alto había un mirador desde el que, según nos aseguraron, en los días claros se ve el mar; no podemos dar fe porque el día estaba lluvioso. Seguimos las rutas indicadas, disfrutando de la belleza del parque, del olor de los árboles y las plantas. Hay en él árboles de la flora europea: alcornoques, encinas, hayas, lentiscos, olivos, olmos, robles y tejos; y del mundo entero: abetos del Himalaya, acacias australianas, alcanforeros japoneses, araucarias brasileñas, cedros del Cáucaso, eucaliptos de Tasmania, fresnos de Pensilvania, ginkgos biloba, palmeras de Asia, pinos mejicanos, secuoyas, tilo y tuyas americanos… A primera vista el parque parecía estar como lo dejaron los carmelitas primero, y los reyes después. Solo lo parecía, algunos edificios amenazaban ruina total. Nos cruzamos con una camioneta que iba recogiendo ramas del camino.

    Volvimos al hotel cuando caía la tarde. Pasamos por el jardín que habíamos visto desde nuestra habitación en cuyo pequeño lago un cisne nos hacía cucamonas, como si también estuviera enseñado a ser amable.

    Nos refugiamos en el salón hasta la hora de la cena. El comedor es el mismo salón de los banquetes reales; las lámparas de cristas iluminan su artesonado mudéjar. Cenamos opíparamente, acompañando los platos con un vino embotellado especial para la casa, digno del palacio y de su entorno.

    “Paseamos por una de las galerías cubiertas. La fragancia del bosque nos traslada fuera del tiempo y del espacio hasta que el canto de un búho nos devuelve a la realidad. La luna no quiere perderse la escena y pugna por escaparse de las nubes que la ocultan. ¡Qué momento, Colega! Pues estábamos en el comienzo de la función”, anoté entonces.

    Mirada con detenimiento, la habitación sí parecía tal cual la dejaron su egregios propietarios. A las paredes les vendría bien una mano de pintura. Las cortinas están algo gastadas y la televisión aún es de tubo catódico. La calefacción está tan alta que hasta el Colega, que es friolero, tiene calor. Sea por el vino o por el cansancio, nos dormimos pronto.

    No sé que hora era cuando me despierté sudorosa. Me reconvengo por haber cenado demasiado. Se oyen las gotas de lluvia en la terraza. El Colega duerme plácidamente. Como me he espabilado, me da por pensar en los huéspedes que se han alojado en el palacio antes que nosotros. En la terraza arrecia la lluvia y, en un momento, me parece ver una sombra que cruza delante de nuestra ventana. Igual es un alma en pena, un príncipe o algo así, de aquellos que descansaron aquí de la Gran Guerra europea, un fantasma que vaga por el palacio, me digo. Inmediatamente me corrijo, qué tonterías piensas cuando cenas de más, pero me voy acercando al Colega, que sigue en coma onírico. Poco después, creo ver pasar otra sombra y, además, me parece oír un ruido cerca de la cama. Vaya nochecita, me digo, empujando al Colega al borde de la cama.

    Estaba a punto de despertarlo cuando me percato de que lo que me habían parecido sombras son relámpagos que se cuelan a través de las cortinas, que no hemos cerrado del todo. Continúa el bisbiseo, como si alguien se moviera en el baño. Me regaño de nuevo explicándome que en el baño no puede haber nadie porque la ventana da un foso, y me impongo dormirme para estar espabilada al día siguiente. A punto de obedecerme, se oye un estropicio en el baño. El Colega se levanta disparado y ambos corremos al baño. Nuestros estuches de aseo y todos sus archiperres están esparcidos por el suelo, empujados por la ventana, que se ha abierto por el agua y el viento. A punto de amanecer conseguimos dormirnos.

    El desayuno es igualmente regio, servido con profesionalidad. Esto es un palacio. El sitio es precioso y todo lo demás estupendo, comenta el Colega. Tiene razón, pero pienso en mis fantasmas nocturnos y me digo que una republicana encaja regulín en un palacio.

  • San Pedro de Arlanza (II)

    San Pedro de Arlanza (II)

    La mayoría de monasterios se levantan en lugares de plácida hermosura, parajes bendecidos por la naturaleza con una belleza de la que emana cierto sosiego de espíritu. Es el caso de San Juan de la Peña, Eunate, Loarre, San Andrés del Arroyo, San Pere de Roda, Santo Estevo de Sil… No importa cual sea su estado de conservación, frecuentemente unas ruinas que se sostienen en pie con dificultad.

    Ese principio puede aplicarse igualmente al monasterio de San Pedro de Arlanza, ubicado a orillas de Arlanza, en la Sierra de las Mamblas, protegido por altos cañones de piedra, en un valle de bosques frondosos, que en otoño se tiñen de todas las gamas de colores que una pueda imaginar. Bueno, pues a mí el lugar me pone de muy mal humor. Es volver la curva en la que se atisban sus ruinas y se me cortocircuitan las vibraciones pelágicas y noéticas de las que habla el Colega y me brota un mal talante que se me va en exabruptos contra todos los que han contribuido a convertir un grandioso monasterio en poco más que un pedregal.

    Vayamos por partes. En el complicado siglo IX el valle se pobló de eremitas que buscaban la paz en las numerosas cuevas de estos cañones, quienes más tarde abandonaran su aislamiento para acogerse en un cenobio como monjes, probablemente en San Pelayo, que se alza en lo alto de un peñasco, en estado ruinoso.

    San Pedro de Arlanza se levantó ya en el valle en el siglo XI, en pleno románico, sobre un templo anterior, del que acaso aprovechó sus muros laterales. Gobernando el abad Vicente, era 1119 (año 1081) hicieron esta obra Guillermo y su padre Osten, rezaba una inscripción, también perdida. Las obras se prolongaron durante siglos, favorecidas por la protección y las donaciones del propio conde Fernán González y de los reyes Fernando I de Castilla, Alfonso VII y Alfonso VIII.

    En el XII se construyó un claustro también románico, igualmente desaparecido, y las dependencias claustrales, de las que solo queda, y modificada, la sala capitular. En este tiempo se traen aquí los cuerpos del conde Fernán González y su esposa doña Sancha, que habían sido enterrados inicialmente en Santa María de Lara.

    Este programa constructivo dio lugar a un templo románico de planta basilical de tres naves con cuatro tramos y cabecera triabsidal. La bóveda de los presbiterios era de medio cañón y la de los ábsides de cuarto de esfera. La iglesia tenía una longitud de cuarenta metros. En el XIII se levantó parte de la torre actual, con fines defensivos, dado el precario equilibrio político de aquellos años.

    En los siglos sucesivos, XV, XVI, la fábrica del monasterio sufrió importantes modificaciones. Simón de Colonia proyectó una cubierta tardogótica que supuso el recrecimiento de la cabecera y la colocación de pilares góticos en los muros laterales. El refectorio se trasladó a la panda oeste, abovedado con una compleja crucería. La torre se amplió con un cuerpo superior. En el siglo XVII el claustro románico se sustituye por el actual, de estilo herreriano, obra de Pedro Díaz de Palacios, y se construye el llamado claustro menor.

    Lejos ya de sus siglos de gloria, pero en buen estado y con un buen pasar, debido seguramente a los extensos bienes que poseía el monasterio, la comunidad de benedictinos permaneció en él hasta la Desamortización de Mendizábal. El Estado puso a la venta el cenobio y sus bienes y a partir de ese momento, todo es ruina, expolio y vergüenza.

    Los sepulcros del conde Fernán González y de doña Sancha, fueron trasladados a la Colegiata de Covarrubias, donde aún permanecen. El sepulcro de Mudarra, hermanastro de los Siete Infantes de Lara, se trasladó al Claustro de la Catedral de Burgos. La valiosa y gran biblioteca que ocupaba la sala capitular fue a parar a manos privadas y anónimas. Una parte no menor se perdió pero otra parte acabó en el Monasterio de Santo Domingo de Silos.

    En 1890 el edificio sufrió un incendio que vino a empeorar su ya mala situación. En 1895, la puerta occidental de la iglesia se trasladó al Museo Arqueológico Nacional, a instancias de su director, Rodrigo Amador de los Ríos. La fuente que se alzaba en el centro del claustro mayor se trasladó al Paseo de la Isla de Burgos. Dos de sus campanas pasaron a la iglesia de Hortigüela, a cuyo término corresponde el monasterio. El Museo de Burgos conserva una primorosa imagen de la Virgen de las Batallas.

    Las pinturas murales de la sala capitular, un conjunto de animales mitológicos, de principios del siglo XIII, atribuidas al maestro Endestens, fueron puestas a la venta y hoy se encuentran distribuidas entre el Fogg Art Museum de la Universidad de Harvard, el Museo Metropolitano de Nueva York y el Museo Nacional de Arte de Cataluña.

    En 1931 la República declaró monumento nacional lo que quedaba para evitar el expolio total, lo que no impidió que los restos siguieran siendo utilizados como cantera.

    En 1950 se proyectó un pantano que anegaría el valle y las ruinas de la llamada cuna de Castilla. Todavía en 1973 se llegaron a numerar los sillares de la iglesia para su traslado. El pantano de Retuerta se descartó, finalmente, y desde la Junta de Castilla y León se diseñó un programa de consolidación de las ruinas para evitar su total desaparición.

    A finales de 1992 el Ministerio de Cultura ejerció el derecho de retracto para evitar que 500 hectáreas de los terrenos anexos al monasterio fueran vendidas por los herederos de Alejandro Rodríguez de Valcárcel -político burgalés, último presidente de las Cortes de la dictadura franquista- a la empresa que pretendía construir en ellos un refugio para cazadores. El propósito de esta adquisición del Ministerio era proteger el entorno del monumento.

    En los últimos años, al amparo de la torre monástica, el Grupo Teatral Tierra de Lara pone en escena la obra de Lope de Vega “El Conde Fernán González”. Las representaciones se inician cuando el sol declina y las sombras de las ruinas se funden con las de los árboles del entorno, convirtiendo la farsa teatral en un espectáculo cuasi mágico.

    El acceso a las ruinas monásticas se realiza a través de una portada clasicista sobre la que un caballero aplasta a un grupo de musulmanes. Hay quien lo identifica con Santiago Matamoros y quien ve en él al mismísimo Fernán González. Por encima de todos ellos asoma el pinsapo traído en 1840 desde la Sierra de Grazalema por la familia Barbadillo, uno de los compradores de alguno de los lotes puestos en venta.

    Sobre las ruinas de San Pedro de Arlanza sobrevuela sin cesar un grupo de buitres. Habrá algún animal muerto en el monte, razona con mentalidad cartesiana el Colega. No quiero llevarle la contraria, pero me gusta pensar que esos que nos parecen buitres son en verdad los (malos) espíritus de los carroñeros culpables de tanto desafuero, condenados a contemplar los despojos que causaron hasta el final de los tiempos.

  • San Pedro de Arlanza (I)

    San Pedro de Arlanza (I)

    Si usted decide visitar Covarrubias, un pueblo con aire medieval a orillas del Arlanza, y por una de esas afortunadas casualidades toma la carretera que va a Hortigüela, habrá de atravesar un par de puentes sobre el río, antes de abordar la cotarra de San Pelayo; al pasar esa misma curva se topará con unas ruinas, de las que abundan por Castilla.

    Si no va avisado, puede que le sorprenda la magnitud, para ser unos simples aunque nobles restos románicos. Aunque quizá haya oído algo sobre este monasterio, y de ser así no le sorprenderá que muestre sus costillares, como cerdo de diciembre destripado sobre la banca.

    La Compa y yo hicimos la ruta un sábado de noviembre, soleado y sin frío, lo que en Burgos peca de raro. Salimos a tomar imágenes de dos árboles singulares en Tordueles y Puentedura. En lo alto del cerro, sobre las bodegas deTordueles, permanece firme y recio un soberbio enebro que habrá sido testigo de unas cuantas risas y alguna que otra borrachera. Se le conoce como el Enebro de M porque esa es la letra que en un tiempo indeterminado un pastor grabó en su tronco. Parece alimentarse del olor del vino, ya que no de los pichones que tienen palomar, y de buena factura de piedra, a dos pasos.

    El otro árbol está al lado de la carretera de Tordueles a Puentedura, y es una hermosa y redonda encina, conocida como de David o del Concejo.

    Pues como era una hora apropiada, nos dio por ir a Covarrubias y seguir a San Pedro de Arlanza. Y, como decía, al coronar la cuesta donde ahora duerme lo poco que queda de la ermita de San Pelayo aparece el desmembrado monasterio.

    El lugar se presta para relatos en los que se mezcla leyenda e historia. El emplazamiento, ya de por sí algo mágico, tiene reminiscencias pelágicas o noéticas, y en efecto hubo un monje Pelayo que forma parte de la leyenda de Fernán González, y una ermita del mismo nombre al parecer situada junto a las márgenes del río o donde hoy quedan los restos de una pobre construcción medieval en la cúspide del risco, y un eremitorio.

    En fin, parece que San Pedro fue fundado por el primer conde de Castilla, recibido de sus padres los condes de Lara, de donde proviene la relación de Arlanza y Santa María de Lara, en Quintanilla de las Viñas, todavía en pie la cabecera. Pero tampoco es del todo cierto. Quizá el monasterio fuera obra del conde de Lantarón, Gonzalo Téllez, y se mezclan verdades y falsificaciones, como aseguran Escalona y otros medievalistas.

    Admitamos que el monasterio llamado cuna de Castilla fuera fundado en 912 por Fernán González, el Buen Conde; que en 1081 los maestros Guillermo y su padre Osten iniciaran las obras de la nueva construcción románica rehaciendo la cabecera y los muros prerrománicos existentes. Lo cierto es que la obra es de dimensiones muy superiores a lo normal, y que sus ruinas sobrecogen a todo visitante, sepa o no sepa de su historia.

    Lo cierto es que el claustro románico desapareció hace siglos, que tras la marcha de los benedictinos luego de la desamortización, se perdieron capiteles y frescos, unos en Cataluña y otros en Nueva York.

    ¿Y lo incierto? Pues si el caballero templario y el diablo jugaron aquí una partida de ajedrez o de tres en raya; que el fantasma de la doncella blanca se aparece en todo caso en la torre de doña Urraca de Covarrubias. Lo cierto, si bien a medias, es el vínculo de Arlanza con Baralanica, otro fantasma que hubo en los siglos IX y X aguas abajo, junto a los todavía llamados molinos de Valeránica, cerca de Tordómar; cierto que el monje Florencio fue el amanuense redactor de los documentos de Fernán González y singular autor de la Biblia de Oña.

    Es cierto que Urraca (hubo tantas en esos siglos que se llamaron así, al parecer sobrenombre de María) fue hija de Garci Fernández y nieta de Fernán González, y primera y poderosa abadesa de Covarrubias, para quien se creó el Infantado del mismo nombre, y que se interesó por el monasterio en ciernes de San Pedro; cierto que todo su poder no impidió, o más bien propició, que muriera asesinada. Cierto que la Christi ancilla, como firmaba, tenía posesiones en todo el reino, hasta en las salinas de Añana, entonces tierra de Lantarón.

    Pero volvamos a San Pedro de Arlanza y a un pasado mucho más reciente para hablar de un intruso; cierta familia trajo desde tierras de Cádiz un pinsapo (sí, como los de Grazalema) que se ha hecho al lugar y ya es residente del claustro y ocupante desde el sótano, restos románicos, hasta el ático.

    Y si el viajero se queda viéndolo un rato, quizá vea a otro de los ocupantes ya hechos al lugar: un hermoso trepador que va subiendo y bajando por el tronco. La amable funcionaria de la Junta me dijo que una pareja de esos pajarillos vive prácticamente allí. Ahora que ya no quedan frailes, árboles y animales no salen de San Pedro de Arlanza, a su vez rodeado por las antiguas y queridas sabinas del valle.

    Y a propósito, traigo estos versos olvidadados dedicados muchos años ha A San Pedro de Arlanza

    A los hermosos valles del Arlanza / se asoma San Palayo, vieja ermita / del monasterio por el que recita / su prolongado verso de alabanza. / En las alas del buitre, el aire lanza / su prosa securlar. El río habita / por las cuevas monásticas; su cita / frailuna se perdió en oscura danza. / San Pedro: soledad, ermita, viento, / agua, tiempo. Desde las piedras rectas / resulge aquel cabal conocimiento / de las sabias, monacales sectas / que esculpieron libros. Por un momento / todas las cosas parecen perfectas.

  • Bárcena de Pienza

    Bárcena de Pienza

    Acudimos a Bárcena de Pienza a finales de agosto de 2020 con el propósito de conocer lo que quede de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, que fue su parroquia hasta el siglo XIX. El pueblo es una pedanía de la Merindad de Montija (Burgos), tiene un núcleo urbano muy aseado y un grupo de chalets con toda la traza de ser segunda residencia. Si viajas de sur a norte se llega a él por la carretera N-626, tomando un desvío a la izquierda después de pasar Quintanilla de Pienza.

    Buscamos los restos de la antigua parroquial de la Asunción de Santa María, que fue abandonada en estado ruinoso en el XIX, un siglo después de haber tomado la decisión de trasladar el culto a un lugar más próximo al núcleo habitado, que no sufriera las inundaciones que padecía la vieja parroquia por hallarse entre el río Trueba y un cauce molinar. No encontramos ningún indicador que señale tales restos así que damos una vuelta por el pueblo y en la primera pasada nos metemos por un camino que conduce a una urbanización moderna en una de cuyas casas un cartel informa en lengua inglesa de que se trata de una propiedad privada y de que está prohibida la entrada. Nos queda la duda de si el resto de edificaciones que no lucen cartel serán de uso público y permitirán el libre acceso, aunque no lo parece. El camino acaba en el campo.

    En una segunda vuelta nos adentramos por otra senda rural desde la que se entrevé lo que buscamos. Lo que parece el acceso está cerrado por una verja metálica con una abrazadera que se abre sin dificultad a un prado en el que un grupo de vacas pace tranquilamente.

    El Colega empieza a andar y una, más urbanita que rural, le advierte de la presencia de las vacas. Ya las he visto, responde. ¿Y si vienen?, pregunto. No, vienen, contesta. Porque tú lo digas, insisto. Por eso mismo, dice él, sin mirar siquiera ni a las vacas ni a mí. Le sigo con no poco recelo, sin perder de vista a los animales. Así llegamos a una segunda cancela que da paso a un camino que conduce al cementerio.

    Ahí están los restos de la Asunción: el ábside y el presbiterio. Según supimos, si se mantienen en pie es porque hace una veintena de años fueron restaurados mediante suscripción privada. Los propios vecinos, que en lo que va de siglo no llegan al medio centenar, costearon la reparación de la cubierta.

    Los muros del ábside se dividen en cinco paños con otras tantas ventanas, de las que la central y las dos orientadas al sur tienen una abertura en saetera, solo algunas conservan la ornamentación.

    La chambrana de la ventana central está decorada con seis arquillos de medio punto en los que asoman otras tantas cabezas humanas, similares a las que encontramos sin salir de la provincia de Burgos en Butrera, San Pantaleón de Losa y Siones, atribuidas a un Taller de Mena. Las columnas se apoyan en capiteles muy desgastados y algo toscos, una cabeza caprina a la izquierda y un león que mira al frente, a la derecha.

    Las columnas que separan los paños del ábside rematan en capiteles historiados, entre los que se distingue un caballero que ataca con una lanza a un cuadrúpedo, un aspa con cabezas antropomorfas y felinas, seis soldados cubiertos con casco y protegidos por escudos ovalados, en lo que se quieren ver guerreros musulmanes, y cinco soldados con rodelas y cascos, uno de ellos blandiendo la espada. que se atribuyen a un grupo guerrero cristiano.

    Los canecillos de la cornisa son zoomorfos en su mayoría, de los que abundan en el bestiario propio del románico y otros menos habituales como una tortuga o un carnero con los cuernos enroscados. Hay también una cabeza humana que se atribuye a un clérigo y que, vista ahora en las fotos, a mí me parece una dama. No lo comento con el Colega porque dice que desde que he leido el libro de Isabel Meillén, Tierra de Damas solo veo mujeres en el románico.

    Lo que algún día fue la nave de la iglesia hoy lo ocupa el cementerio, al que se accede por una puerta de madera en el muro sur, donde quizá estuvo la portada de la iglesia. El interior del ábside es de bóveda de horno; su aspecto es peor que el exterior. Los ventanales se apoyan en una imposta ajedrezada. Algunos capiteles parecen retocados, los hay de buena factura y muy hermosos, los del ábside parecen reconstruidos.

    En uno de los del presbiterio aparecen seis cabezas de caballeros barbados, tocados con gorros; uno de ellos, situado en el ángulo que mira hacia la nave, lleva tres conchas de vieira prendidas en el gorro. Se les tiene por guerreros, pero el escritor Rafael Alarcón aventura que pudiera tratarse de una representación del apóstol Santiago y sus discípulos o de los comitentes que promovieron la edificación de la iglesia que hubieran peregrinado a Compostela.

    El capitel meridional del arco triunfal ofrece tres niveles de hojas lanceoladas, entre las que asoman pequeñas cabezas humanas; en el cimacio comparten espacio cabezas humanas y felinas.

    Muy interesante es el capitel septembrional. A la derecha dos leones afrontados miran hacia atrás mientras entre sus cabezas asoma una cabeza humana y entre sus pie una cabeza de felino. A la izquierda una persona de pie abraza a dos unicornios, imagen no muy frecuente en la escultura románica.

    El cesto meridional está muy deteriorado, a pesar de lo cual parece entreverse un caballero con la espada en la mano que mira a una figura que parece cubrirse con un manto, en lo que se interpreta como la escena en la que San Martín comparte su capa con un pobre.

    Los enterramientos llegan hasta el borde mismo de la construcción románica. El conjunto tiene algo de desolador. Volvemos al coche desandando el camino que hicimos al llegar con la sensación de habernos adentrado en un agujero del tiempo. Por esos días los periódicos se refieren a la España vaciada, deberían hablar de la España abandonada.

    Las vacas nos ignoran olímpicamente. Dirijo una última mirada al viejo ábside y se me ocurre que acaso quien ha colocado el cartel con la advertencia en lengua inglesa sea un magnate que está tomando las medidas de las ruinas. Ruinoso y deteriorado, lo que daría cualquier museo estadounidense por disponer de un ejemplar así.

  • El haya de Turrientes

    El haya de Turrientes

    Domingo 6 de noviembre de 2022. El día anterior hemos visto un hilo de twitter de @burgossinirmaslejos invitando a conocer un haya milenaria en el término burgalés de Turrientes.

    Ha amanecido un día como a propósito y hacia allá que nos vamos. Indicamos al GPS del coche nuestro destino y así llegamos al pueblo sin problema. Tomamos el camino rural que conduce al bosque, aparcamos el coche cerca de dos vehículos de cazadores y emprendemos el camino que, según las indicaciones, nos llevará en más o menos un cuarto de hora hasta nuestro árbol.

    Al poco, encontramos un edificio de buena piedra medio derruido. En una de sus paredes advierte: “Atención abejas”. Bien empezamos, me digo.

    De pronto, el camino se torna pendiente, cada vez más empinada. Subo esta cuesta y nada más, le digo al Colega, porque voy ya con la lengua afuera. Venga, que se sube bien, me anima él.

    No es verdad que se suba bien y, además, a lo lejos se oyen tiros de cazadores y ladridos de perros. Será una montería, aventura el Colega. Pues hemos escogido el día más adecuado para venir, respondo. Abrimos el GPS de mi móvil, indicamos “haya de Turrientes” y señala un punto no lejano de donde estamos.

    El camino es cada vez más cuesta arriba, literalmente, y el Colega me propone adelantarse para ver si encuentra nuestra haya, GPS mediante. Me parece bien. Sigo andando sin perderlo de vista. A ratos los tiros y las voces de los cazadores parecen más próximos. Esto es lo más parecido al periodismo de guerra que se nos puede ofrecer ya a estas alturas de nuestra edad y en estas latitudes, me digo para ahuyentar el miedo porque acabo de descubrir un jabato muerto a la orilla del camino.

    Al volver un recodo me percato de que he perdido de vista al Colega. Pues sí que va rápido, pienso, mientras yo voy a paso de tortuga. Me percato también de que llevo andando media hora pero sigo ascendiendo la cuesta hasta que me topo con una mujer joven, que viste chaleco naranja y la vestimenta propia del cazador.

    ¿Está usted cazando?, me pregunta amablemente, porque es evidente que no tengo ninguna pinta de cazadora. No, estamos buscando el haya milenaria y estoy siguiendo a mi marido, que me ha tomado la delantera, respondo. Es peligroso que esté aquí porque estamos en una montería, ¿no ha visto el cartel en la entrada?, pregunta. No, no lo he visto, digo. Debería volver por donde ha venido, ahora los cazadores están abajo pero si los jabalíes se vuelven es arriesgado, insiste. Tengo que advertir a mi marido, que estará más arriba, le digo. Por aquí no ha pasado nadie, pero si le veo ya se le digo yo, propone ella.

    Tomo el camino de vuelta mirando atrás cada pocos pasos pero el Colega no aparece. Como se ha llevado mi móvil no puedo llamarlo. Vuelven los tiros, los ladridos y las voces, ahora muy cerca, y pienso en mi admirada Almudena Ariza. Aquí quería verla yo, con mi plumífero de ir a la compra, las botas de paseo, el bolsito bandolera y la cámara de fotos sorteando una balacera o esquivando una piara de jabalíes.

    Observo ante mí unas huellas que no sé si son de perro o de jabalí pero lo que es seguro es que no son del Colega. Encuentro un palo, que me sirve de ayuda en la bajada y en caso de un hipotético ataque. Llevo casi una hora andando entre ida y vuelta.

    Dejo atrás al difunto jabato. Solo me falta que sus congéneres decidan ahora venir al duelo, pienso, pero ya no se oyen disparos ni voces ni ladridos.

    Justo cuando estoy llegando al punto de partida distingo al Colega, que corre hacia mí, me abraza y me besa con una emoción que me conmueve. ¿Qué te ha pasado?, pregunta. ¿Dónde te has metido?, pregunto a mi vez. He entrado dos minutos en el monte a hacer unas fotos y al salir no te he visto, creía que te habías vuelto y he bajado al coche pensando que estarías allí, al no verte he vuelto a subir, he preguntado a unos que he encontrado abajo y nadie te había visto, creí que te habías despeñado por un barranco…

    Le cuento mi peripecia y nos reímos juntos. Vámonos a casa antes de que nos pasen por las armas, propongo. Ah, no, ya que hemos venido vamos a buscar el haya, que me han dicho por dónde se va.

    Efectivamente, unos metros más allá nos encontramos con dos hombres que preguntan si yo soy “la señora que se había perdido”. Yo no me he perdido, aclaro, ni me he salido del camino.

    Comprobamos que antes habíamos equivocado el camino justo al empezar la cuesta. (Si vais, cosa harto recomendable, recordad que el camino es llano, si cogeis la cuesta es que os habeis equivocado, como nosotros). Tomamos ahora la senda de la izquierda, caminamos sobre el lecho de un riachuelo seco y nos encontramos con una familia que saluda amigablemente al Colega. Usted debe ser la que se había perdido, me dicen cuatro de ellos. Que no me había perdido, cuatri-repito, pero ellos me miran y ríen con cara de incredulidad.

    ¿A cuantos has contado que me había perdido?, pregunto al Colega. A esos y a otros dos más y estaba a punto de llamar a salvamento, me dice.

    Cuando, por fin, llegamos ante el haya milenaria, se nos olvidan los cazadores, los perros, los jabalíes, la cuesta y el susto. La belleza es apabullante. El lugar tiene algo de salón del trono, de escenario mágico y acogedor, ancestral, que nos enlaza con generaciones de hombres y mujeres que a lo largo de años y años llegaron a este mismo lugar, se reunieron bajo su ramaje, se apoyaron en su tronco…

    Volvemos sobre nuestros pasos y nos encontramos con un grupo de tres jóvenes y una mujer de mediana edad que también buscan el haya. Tenemos que esperar a que doblen la curva para hacer la foto, esto ya es un remedo del Espolón o la Gran Vía. Deberían poner algún cartel indicador, sugiero.

    Al salir a la carretera comprobamos que, efectivamente, en el inicio de camino rural un cartel advierte de la montería. Vaya par de cegatos somos.

    Ya en el coche, le comento al Colega, ¿te has dado cuenta de que todos han creído tu relato de que me he perdido, a pesar de mi desmentido? Porque la historia la escriben los hombres, ahí tienes otra prueba. Lo que tú digas, me responde.

  • Butrera

    Butrera

    Llegamos a Butrera en el mes de agosto del aciago verano de 2020, aprovechando un resquicio de la pandemia entre ola y ola de virus. Habíamos planeado una expedición románica por el norte de Burgos con tan mala fortuna que nos encontramos todas las iglesias cerradas: Escobados de Abajo, Ahedo de Butrón, San Pedro de Tejada, Incinillas, Bercedo…

    En esos casos yo acostumbro a jurar en arameo contra los i-responsables del abandono en que se encuentra el patrimonio cultural en Castilla y León -la Junta de Ídem- y, especialmente, en Burgos -la Excelentísima Diputación-. En Burgos, al contrario que en las vecinas Palencia o Soria, donde sin echar las campanas al vuelo, se ven tímidas iniciativas en favor del románico, aquí parece que no hubiera nadie al frente, falla hasta la señalética. Es lo que tiene convertir los organismos públicos en corral de los desechos de tienta de cada partido, suelo protestar. El Colega ya ni me escucha.

    Aquel día nos consolamos comiendo en el Mesón del Cid de Villarcayo y luego, nos encaminamos a Butrera pensando que tendríamos que conformarnos con ver su exterior. Mas, al llegar, nos ocurrió algo prodigioso. Eran las 15,30 cuando nos presentamos en la puerta donde un cartel indicaba el horario de visita bajo el cual había otro con el siguiente texto: «Por razones imprevistas no se podrá mantener este horario. Quizás se les pueda atender o concertar visitas en los siguientes teléfonos. (…) Perdón por las molestias. Gracias». Se indicaban cuatro números de móvil y tres nombres: Juanjo, Carmelo y Jorge.

    Llamamos a Juanjo y no cogió el teléfono. Al marcar el número de Jorge nos percatamos de que era la hora de la siesta y a punto de colgar, respondió. Pedimos disculpas, le contamos que estábamos en la puerta de la iglesia y preguntamos cuándo podríamos verla. Ahora voy, nos respondió. Cuando colgamos, entró una llamada de Juanjo, le explicamos que habíamos hablado con Jorge, insistió en que él también estaba dispuesto a ir.

    Poco minutos después apareció Jorge, con toda la cara de haberse levantado de la siesta. Pedimos disculpas de nuevo y quitó importancia al asunto. Resultó que el vecino que enseñaba la iglesia era una persona mayor que había muerto y ellos se habían ofrecido para enseñarla. Jorge vivía en Madrid y estaba pasando sus vacaciones en el pueblo. Nos señaló los puntos de interés de la iglesia y contestó a nuestras preguntas. No aceptó propina. Si quieren, pueden dejar una ayuda para la iglesia, sugirió.

    Estamos en la parroquia de Santa María de la Antigua o Nuestra Señora de Septiembre, que de ambos modos es conocida, perteneciente a la Merindad de Sotoscueva, situada en un prado cercano al caserío de Butrera y del río Trema. No se conocen muchos datos de su orígen, aunque resulta evidente que su construcción se produjo en al menos dos etapas, probablemente, entre las últimas décadas del siglo XII y las primera del XIII. De época muy posterior es la espadaña sobre el hastial occidental, el pórtico que protege la portada en el muro sur y la sacristía anexa.

    Levantada en sillería caliza, se encuentra en aparente buen estado a pesar de algunas mutilaciones ocasionadas en las ampliaciones. En su hastial occidental se ha descubierto una necrópolis altomedieval.

    Lo primero que nos encontramos al abrir la puerta fue un relieve del siglo XII, que un día fue frontal de altar, ahora adosado al muro norte: la Adoración de los Reyes Magos, de una rara expresividad. De derecha a izquierda vemos a San José, con aspecto adormilado, la mano apoyada en un cayado; una Virgen coronada sostiene en el regazo al Niño, que tiene un libro en su mano izquierda mientras bendice con la derecha; uno de los Reyes, de rodillas, los otros dos hablan entre ellos, todos portan ciborios con sus ofrendas. En los plácidos rostros de los personajes se aprecian restos de policromía.

    El relieve es casi idéntico al frontal del altar de Villasana de Mena -obsérvese la espuela del Rey postrado- y tiene similitudes muy evidentes a la portada de Ahedo de Butrón. Algunos estudiosos lo atribuyen a un Maestro de Cerezo de Tirón, de quien el Museo de los Claustros de Nueva York ofrece otra Adoración. Quienquiera que sea el autor, un verdadero maestro, parece influido por la Escuela de Silos.

    La iglesia es de una sola nave con bóveda de cañón, de planta de cruz latina, con hemiciclo absidial con bóveda de horno. Llaman la atención las pequeñas absidiolas semicirculares abiertas en los brazos del crucero, aprovechando el grosor del muro. La ventana central del ábside está ocupada por una imagen sedente de la Virgen María que, por el gesto de la mano, parece procedente de una Anunciación. Las columnas del arco triunfal rematan en capiteles historiados, uno de ellos representa un combate de jinetes armados con lanzas.

    De vuelta al exterior, contemplamos la portada, un arco de tres arquivoltas apuntadas, decoradas con motivos vegetales y puntas de diamante, que se abre en el muro sur, protegida por un pórtico de construcción posterior.

    En el muro exterior, se ha incrustado un relieve que representa a Adán y Eva y el Árbol de la Vida, todo él algo deteriorado.

    Lo más interesante del exterior está en su ábside semicircular, distribuido en tres paños separados por dos contrafuertes prismáticos. La ventana del paño meridional resultó mutilada al construirse la sacristía; la del septentrional es un arco de medio punto, con una especie de tímpano por el que asoma un canecillo zoomorfo que pasaba por aquí, no se sabe desde . Junto a este ventanal se abre otro ciego, con capiteles de expresión grotesca.

    En la ventana del paño central, de medio punto doblado, la rosca interna muestra dientes de sierra y la externa diez cabezas humanas abrazadas por serpientes que forman pequeños arquillos. Los arcos descansan en tres pares de columnas con capiteles que recuerdan los de Siones y San Pantaleón de Losa: una bestia de siete cabezas, dragones, un glutón, mascarones y lo que parece un batracio. Esta ornamentación escultórica -expresionista y algo tosca- parece corresponder a la primera etapa constructiva de la iglesia.

    Muy distintos son los canecillos que coronan el ábside: un jinete que somete con su espada a un animal fantástico, arpías, mascarones y, sobre todo, una figura de pensador -en la que bien pudiera haberse retratado el maestro, como el Micaeli de Revilla de Santullán (Palencia)-.

    El Maestro Micaelis de Revilla de Santullán

    Todos ellos corresponden a la segunda etapa constructiva y parecen influidos por la Escuela de Silos, con obra más cuidada y especializada en el bestiario: dragones, grifos o leones, con claras similitudes a la obra escultórica de las iglesias de Gredilla de Sedano y Moradillo de Sedano.

    Tan emocionados nos había dejado el gesto de los voluntarios de Butrera que cedían su tiempo de descanso para enseñar su iglesia a los visitantes, incluso tan extemporáneos como nosotros, tanto había denostado a los responsables autonómicos y provinciales que a esas horas estarían de vacaciones o descansando plácidamente, que se nos pasó por alto la figura de nuestro Pensador, que se encuentra algo oculto, sobre el tejadillo de la sacristía.

    Tuvimos, pues, que volver y lo hicimos en los últimos días del mes de agosto. En Butrera, como en la mayoría de los pueblos de la España de interior, se había iniciado ya el retorno de los veraneantes. No quisimos molestar a nuestros voluntarios. A ellos y a quienes con tanta entrega protegen nuestro patrimonio les agradecemos su labor impagada y no siempre valorada.

    Documentación: Tomé, José Manuel. Arteguías.

    Rodríguez Montañés, José Manuel. Fundación Santa María la Real.

  • Las Médulas

    Las Médulas

    Cada vez que oigo hablar de un meteorito que atraviesa el cielo me viene a la memoria la imagen de las Médulas. ¿Qué relación tiene una cosa con otra? Ocurrió hace años. Viajábamos de Galicia a Madrid una soleada mañana de enero con el propósito de hacer una parada en las Médulas, cuando por los espejos retrovisores vimos llegar una bola de fuego que pasó por encima de nuestro coche y fue a perderse en el horizonte. Nunca he visto un objeto volador incandescente de semejante tamaño. Aún no se nos había pasado el susto cuando la radio hablaba de un meteorito que había atravesado la Península Ibérica.

    Al rato, llegamos al mirador de Orellán y paramos para reponernos del sobresalto. Entonces, como si la Naturaleza quisiera obsequiarnos con un hit parade de sus éxitos, fuimos testigos de un espectáculo grandioso. Unos metros por debajo del soleado mirador, ante nuestros ojos se extendía un inmenso y brillante mar de nubes, blancas y espesas como de algodón, entre las que emergían unos picos rojizos, igualmente brillantes al sol. Aquel espectáculo nos pareció más extraordinario que el meteorito de marras y dejó en nosotros un recuerdo como de algo irreal.

    Cuando bajamos al lugar conocido como las Médulas, esas nubes tan maravillosas se habían convertido en una niebla igual de espesa, que no levantó en toda la mañana y nos impidió ver absolutamente nada. Decidimos, pues, que tendríamos que volver en otro momento.

    Volvimos en los primeros días de noviembre de 2015, aprovechando el veranillo de San Martín. Partíamos de Madrid y hasta Ponferrada seguimos el trazado de la A-6, sin problema. En ese punto le encomendamos al GPS que nos buscara la mejor ruta y el aparato decidió ponerse creativo. El resultado fue un itinerario por caminos casi intransitables y que llegáramos a Orellán más tarde de lo previsto, cuando ya caía el sol y las siluetas formidables de las Médulas empezaban a convertirse en enormes fantasmas. Como la temperatura era muy agradable, hicimos la ruta entre el pueblo y el mirador -al que ya no se podía ir en coche-, disfrutamos de los olores y colores otoñales y dejamos las fotos para el día siguiente, con sol.

    Las Médulas están en la comarca del Bierzo, a pocos kilómetros de Ponferrada y es lo más parecido a una maqueta gigante del Cañón del Colorado. Ese es el paisaje labrado por los romanos cuando idearon un mecanismo para extraer el oro oculto en estas tierras mediante la inyección del agua canalizada traída de los ríos Sil y Cabo -ruina montium-. Una mina de oro a cielo abierto para acuñar los áureos, moneda romana de unos 8 gramos. Un fracking en toda la regla, a la romana. La industria a gran escala duró mientras duró el imperio. Permanecen las heridas de la tierra, convertidas en surcos y pináculos de formas caprichosas, que parecen a punto de desmoronarse, pero que ahí están, entre bosques de robles y castaños. La zona fue declarada Bien de Interés Cultural en 1996, Patrimonio de la Humanidad en 1997 y Monumento Natural en 2002.

    Orellán era ya un pueblo metalúrgico en el época romana. Nos alojamos en el hotel rural O Palleiro do Pe do Forno, donde nos brindaron un trato familiar: Isabel, la propietaria, preservó el calor de la chimenea, se interesó por nuestros gustos para cenar y para desayunar al día siguiente, nos ofreció mermeladas artesanales, y nos regaló unas manzanas recién cogidas cuyo olor permaneció en nuestra casa varios días. Nos mimó, en fin.

    Desde la balconada de nuestra habitación vimos amanecer en el valle, en el silencio solo interrumpido por el ladrido de algún perro y el canto de los gallos, mientras asomaban unas nubes dispersas.

    Siguiendo su costumbre, el Colega pegó la hebra con Isabel, interesándose por la peculiaridad de la techumbre de madera y pizarra de las casas bercianas, mientras yo echaba un ojo a las noticias de aquellos días: las encuestas del CIS, la elaboración de las listas electorales, la ruptura de Cataluña con España. Un teatrillo de aficionados, visto desde la paz medulal.

    La dicha duró lo justo. El día se fue oscureciendo, nos llovió a ratos, al tiempo que una capa de niebla se adueñaba de Orellón y se extendía por la comarca. Así y todo, decidimos recorrer las Médulas. Ocultas sus peculiares formas geológicas, hallamos un parque temático, con sus tiendas de recuerdos, restaurantes y remedos de tabernas romanas, muchos de ellos cerrados. Obligados a dejar el coche o el autobús en las zonas de aparcamiento, los visitantes invadíamos las calles.

    Bajo una lluvia fina recorrimos de nuevo la ruta entre el Mirador y Orellán, con el propósito de visitar las galerías excavadas por los romanos. Comprobamos desde el balcón-mirador que la niebla ocultaba el valle. Los jóvenes que atendían los accesos a las galerías subterráneas nos aseguraron que es raro que llueva y haga niebla a la vez. Llegamos a la conclusión de que las Médulas se empeñaban en obsequiarnos con un despliegue de sus facultades y poderío.

    Volvimos con el GPS apagado. Sin ayuda tecnológica, paramos en Carucedo, para ver el lago formado por los desagües de las galerías que abrieron los romanos. Tomamos la N-536 y luego la A-6.

    A ver si sale el sol y volvemos.