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San Pedro de Tejada

¿Por qué te gusta el impresionismo y te deja frío el cubismo? ¿Por qué te emociona más la Anunciación de Fra Angelico que la de El Greco? ¿Alguien puede responder? ¿Por qué te gusta tanto el románico?, me preguntan a veces y no sé qué responder. Todo lo más puedo sugerir que en el origen de esa afición se encuentra San Pedro de Tejada.

Ocurrió hace ya muchos años. Llegábamos con el ánimo aún sobrecogido por el espectáculo que se nos había ofrecido en el puerto de la Mazorra, en la carretera CL-629. Según supimos luego, en determinadas ocasiones, cuando se ponen de acuerdo el sol, las nubes, la temperatura y vete a saber qué mas elementos la luz se filtra de una manera especial en el Valle de Valdivielso brindando un paisaje que parece irreal.

De este valle, regado por el río Ebro, se cuenta que en otro tiempo fue conocido como la Tebaida burgalesa por la abundancia de conventos y eremitorios que escogieron este lugar para asentarse. Aún hoy conserva un buen puñado de iglesias que bien valen una visita. Nosotros empezamos por la de San Pedro de Tejada.


En Valdenoceda tomamos la N-232 y en Puente Arenas seguimos la indicación que conducía a nuestro destino. En la actualidad la propiedad se encuentra doblemente vallada, con un muro de piedra y una enrejada metálica, pero entonces era un lugar abierto, de manera que en una de las vueltas del camino creías hallarte ante una aparición, así de hermosa aparecía la pequeña iglesia, a la sombra de la Sierra de la Tesla. Añadiré, aunque hoy cueste creerlo, que la hallamos abierta y sin nadie alrededor. Pudimos, pues, recorrerla a nuestro antojo, entrar y salir de ella, subir a la torre, bajar y volver a subir las veces que quisimos.

La impresión que nos produjo en aquella primera oportunidad fue la de encontrarnos en una obra recién terminada, apenas se apreciaba en sus muros el paso del tiempo, excepto en la mutilación de penes de algunos canecillos. Después hemos vuelto decenas de veces, procuramos hacerle al menos una visita al año. Nos sigue pareciendo esplendorosa pero cada vez encontramos más dificultades. En la reja que cierra el acceso un letrero advierte del horario de visitas guiadas.

El monasterio de San Pedro de Tejada se fundó probablemente en las primera décadas del siglo X. Al frente de una comunidad de treinta y tres eclesiásticos estaba el abad Rodanio. En el siglo XII se incorpora como priorato al Monasterio de Oña; probablemente es en este tiempo cuando se levanta la iglesia que conocemos. Del monasterio no quedan restos, el edificio que encontramos junto a la iglesia es obra muy posterior, utilizada como almacén.




Estamos ante una construcción en piedra de sillería no muy grande pero de gran esbeltez. A esta sensación no es ajena su torre, que se levanta sobre el falso crucero del primer tramo de la nave. Es de dos cuerpos, separados por una moldura de baquetón, el inferior con arcos ciegos de medio punto en cada lienzo y el superior con dos arcos geminados también de medio punto; prototipo que se repite en las iglesias de El Almiñé y Tabliega. En los murosde la iglesia se abren cuatro ventanas, dos en el ábside y dos en los muros de la nave.



De esos y de otros detalles más los visitantes se percatan cuando han pasado un rato admirando su portada, que se abre en un antecuerpo del muro occidental de la nave, rematado por un tejaroz sostenido por ocho canecillos que representan a los cuatro evangelistas en versión tetramorfos y cuatro ángeles alados. En el centro, flanqueado por San Lucas y San Marcos, un relieve en mandorla representa a Cristo con los brazos extendidos.




Debajo del tejaroz dos bajorrelieves nos ofrecen un Apostolado, tres parejas a cada lado. Bajo el de la derecha, un altorrelieve representa a un hombre bajo las patas de un león, simbolizando el León de Judá, Cristo, que perdona a quien le implora. A la izquierda, una esquemática Última Cena: Cristo rodeado de dos discípulos. A un lado, Juan se recuesta sobre el Maestro, y al otro, Judas, recibe de su mano un trozo de pan mientras él hurta un pescado.


Historiadores y expertos en arte, como Pérez Carmona, han hallado similitudes entre esta portada y la del monasterio de San Quirce. Un monumento también de propiedad privada, como San Pedro de Tejada, que permanece cerrado al público, respondiendo al principio de que quien paga manda, si los responsables del patrimonio miran para otro lado.



Las arquivoltas y las columnas en que se apoyan están decoradas con motivos vegetales. El hastial remata en piñón agudo, en el que se distingue apenas un cuadrúpedo que parece un león, enmarcado en motivos florales. En este muro se abre un ventanal trilobulado.
La puerta da acceso a un interior al que los propietarios tienen prohibido hacer fotos. Estamos ante una iglesia de una sola nave, con bóveda de cañón y arcos fajones, rematada en ábside semicircular con arcos ciegos. Los capiteles del interior, en los que aún se conservan restos de la policromía original, están a la altura de la manufactura escultórica del monumento.
En el muro norte se abre una puerta que, según se cree, pudo comunicar con el antiguo monasterio desaparecido. Una escalera de caracol que se abre en el muro sur lleva a la torre, que en el exterior conforma un cubo a lo largo del muro.








Los canecillos distribuidos a lo largo de los muros y del ábside de la iglesia son un repaso a la iconografía románica. No falta nadie. Vemos un clérigo sosteniendo una cruz; a otro con un hisopo en la mano; uno más apoyado en un bastón en forma de tau; a otro sentado con un libro sobre las rodillas. Hay una figura que toca un instrumento de cuerda; una figura sentada, que mira de frente y sujeta entre las piernas un arpa que toca con ambas manos. Hay también un diablo con cabeza humana y cuernos que tiene bajo sus pies un ser humano; un acróbata desnudo, boca abajo y de espaldas.




Hay una profusión de animales: águilas, cabras, ciervos, leones, lobos, perros…

En lo que parece una escena social, cuyo significado se nos escapa, aparecen tres hombres: el del centro toca un instrumento de cuerda con arco, otro hace sonar un cuerno y el tercero se mesa las barbas.


No puede faltar un Sansón desquijarando a un león, o el mismo Sansón dormido mientras Dalila le corta el pelo.

Hay algunos personajes considerados eróticos o impúdicos. Los más explícitos son los de un hombre y una mujer, ambos levantándose la ropa para mostrar sus respectivos sexos. Desde que he leído a Isabel Mellén y su Tierra de Damas, no veo en estas poses nada procaz sino el propósito de demostrar publicamente la capacidad engendradora de estos personajes, la potencia de su linaje.

Me gusta especialmente la escena que evoca la tentación de Adán y Eva en la que aparece el árbol de la vida con la serpiente en el centro, junto a Adán comiendo el fruto prohibido y Eva tapándose el sexo. Ese rostro de ella mirando al frente no es exactamente el de la Eva de Autun que cinceló el maestro Gislebertus pero parece imbuida del mismo espíritu.
Una tradición que recorre el Valle de Valdivielso asegura que en 1603 llegó a San Pedro de Tejada un trozo de la Vera Cruz, reliquia que fue trasladada a Quintana en 1845. Para entonces todas las propiedades de la ermita habían sido adquiridas por la familia Huidobro. El secretismo que rodea cuanto se refiere a esta fábrica, declarada Bien de Interés Cultural, impide conocer cuanto se refiere a la situación de lo adquirido. El retablo del siglo XVI pintado por el Maestro de Oña, fray Alonso de Zamora, que permaneció en la cabecera de la iglesia hasta mediado el siglo XX, fue restaurado y actualmente puede contemplarse en el Museo del Retablo de Burgos.
San Pedro de Tejada pasa por ser, y a nosotros nos lo parece, una de las construcciones románicas más relevantes de los Valles de Valdivielso y de Manzanedo y aún de toda la provincia. Su influencia se percibe en las iglesias de Escóbados de Abajo, Gredilla de Sedano, El Amiñé o Tabliega. Pero sus tiempos gloriosos pertenecen al pasado. Sus actuales propietarios -quienquiera que sean- parecen más interesados en dificultar su conocimiento que en facilitarlo. Entre los aficionados al románico se pasan en secreto la forma de aproximarse a la ermita, si uno está lo suficiiente ágil. En nuestras, reitero, múltiples visitas nunca hemos encontrado dos veces a la misma persona que ejerce de guía. La rotación laboral debe ser otra de las características de la propiedad. Me encanta ver la cara que ponen los sucesivos guías cuando les decimos que nosotros hemos subido a esa torre. Varias veces, además.
Empero, San Pedro de Tejada sigue siendo un lugar fascinante, como recién levantado. Sea la luz del Valle de Valdivielso, la magia del entorno o el encanto que acertaron a crear los maestros constructores del románico compensan con creces el viaje.











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La Seu Vella de Lérida

No sé si os pasa a vosotros, que de pronto os parece descubrir un lugar en el que habéis estado antes. A nosotros nos pasó con la Seu Vella de Lleida -la Seo Vieja de Lérida- cuando la revisitamos el 11 de septiembre de 2022.

Confieso que desde hace décadas el recuerdo de este lugar me provoca cierto embarazo. Eran nuestras herederas dos criaturas inocentes cuando pasamos por Andorra y las compramos unos walkman con sus correspondientes cascos. Ellas se conectaron inmediatamente y durante todo el camino de vuelta fueron oyendo su música.
Los coches de entonces -al menos el nuestro- no tenían aire acondicionado y en verano se convertían en lo más parecido a una sauna. Llegamos, pues, a Lérida poco antes de mediodía con una buena sudada. Aparcamos en una explanada llena de gente, dispuesta como nosotros a visitar la Seu Vella. Acababa de poner pie en tierra cuando oí a la heredera pequeña, que, con sus walkman a todo volumen, gritaba a mi espalda: ¡¡¡Mamá, tienes el culo mojado!!! Escalofríos me dan cada vez que pienso en los cientos de ojos fijos en mis posaderas.
En esta ocasión llegamos también a mediodía, disfrutando del aire acondicionado del coche -a una temperatura aceptable para que no dañar al medioambiente-, solos el Colega y yo. Por si acaso, le pedí que echara una mirada a mi retaguardia. ¿Voy bien?, pregunté. Muy bien, respondió sin mirarme siquiera.



Como la mayoría de nuestras catedrales, la de Lérida es el resultado de sucesivos procesos constructivos. Levantada en un alto que domina la ciudad, probablemente sobre una mezquita musulmana; inicialmente fue románica para ser rematada ya en pleno gótico.
La ciudad musulmana de Larida había sido conquistada en 1149 por los condes Ramón Berenguer IV de Barcelona y Ermengol VI de Urgel, así que, una vez asentados los cristianos, se vio la necesidad de construir una catedral. Las obras se contrataron en 1193, encomendándose a Pere de Coma, con su proyecto románico. Se iniciaban en 1203, primero la cabecera, luego las naves y la fachada principal románica para acabar en la cùpula. En 1278 era consagrada por el obispo Guillermo de Montcada, prosiguiendo las obras hasta el siglo XVI, cuando alcanzó su máximo explendor. El resultado es una mezcla de estilos desde el punto de vista estructural y ornamental.


A partir del siglo XVII la Seu vivió una serie de vicisitudes. En la guerra de Els Segadors fue hospital y arsenal; durante la Guerra de Sucesión Felipe V la cerró al culto y luego, se convirtió en cuartel, integrada en la ciudadela militar levantada en este enclave estratégico. La Guerra de la Independencia vino a empeorar el grave deterioro sufrido por el edificio. En 1918 fue declarado monumento nacional, lo que no impidió ser utilizado como campo de concentración durante la guerra civil.
Al perder su carácter religioso los ilerdenses optaron por construir una catedral nueva en lugar menos estratégico pero más accesible. Entre los años 1761 y 1781, reinando ya Carlos III, se levantó en el corazón de la ciudad la barroca Catedral Nueva. La Vieja siguió como cuartel hasta 1947. Poco tiempo después se inició una reforma del monumento que se ha prolongado en distintas fases hasta ayer mismo.

Los accesos y el entorno han sido reformados en los últimos años pero ahora como antaño se puede llegar en coche hasta los cimientos y aparcar cómodamente. Encontramos las zonas de aparcamiento prácticamente llenas, lo que parece indicar que el monumento sigue teniendo tirón. El acceso se realiza ahora por una entrada de visitantes en la fachada oeste. Para sorpresa nuestra, ese día la entrada era gratuita, sea por ser domingo o por celebrarse la Diada de Cataluña.




Así es como nos damos de golpe con el magnífico claustro, iniciado a finales del siglo XIII y plenamente gótico, adosado al hastial de poniente de la iglesia. Es de planta ligeramente trapezoidal, de 48 metros de lado, cerrado por cuatro galerías y diecisiete ventanales, doce de ellos mirando al patio central y los cinco restantes en la galería sureste mirando a la ciudad. De estos diecisiete, solo dos son iguales. Los visitantes se esfuerzan por encontrarlos.




Estas filigranas que asombran al visitante deben su mérito a partes iguales a los canteros originales y a los que llevaron a cabo la restauración necesaria después de los años de utilización militar. En el vértice suroeste del claustro se levanta la torre campanario de 70 metros de altura, construida entre los años 1364 a 1426. Una escalera de caracol de 238 peldaños separa la base de la cima, desde la que se contempla una magnífica panorámica, al decir de la web de la propia catedral, nosotros no nos aventuramos. La torre llegó a disponer de once campanas, de las que quedan dos: Silvestra, de 1418, y Mónica, de 1486. Otras cinco campanas, fundidas ya en el siglo XX, suenan en las festividades señaladas: Bárbara, Cristo, Marieta, Meuca y Purísima.



En el claustro se abren tres puertas -una por cada nave- por las que se accede a la iglesia proyectada por Pere de Coma. Esta es de planta de cruz latina y ábsides semicirculares. La impresión es de grandiosidad, a la que no son ajenas sus dimensiones, 66 metros desde el ábside mayor al hastial, otros 60 metros de longitud del transepto, 34 metros de anchura, incluyendo las tres naves, la central de 19 metros de altura y de 10,40 las laterales. Sorprende la perfecta incardinación entre los prilares románicos y las bóvedas góticas.



Las cubiertas son de cuarto de esfera en los ábsides y de crucería en las naves y el transepto. Sobre el crucero se alza un cimborrio octogonal sobre trompas, en el que vuelven a mezclarse el gótico de los ventanales del piso superior con la cornisa románica de arquillos ciegos.



También en la decoración escultórica se aprecian los distintos estilos y las sucesivas etapas constructivas. Los capiteles del interior de la iglesia representan temas del Antiguo y Nuevo Testamento, pero también escenas profanas que ilustran las costumbres de la época: cacerías, músicos, además de una variedad de figuras zoomórficas, y un derroche de ornamentación de influencia mudéjar.



En el interior de la iglesia permanecen algunos restos de pinturas góticas .



A partir del XIV, cuando la catedral luce en todo su esplendor, las grandes familias y los altos cargos eclesiásticos de la ciudad pugnan por ser enterrados en sus propias capillas dentro de la Seo. Destacan entre estas la del obispo Guerau de Requesens, situada junto a la Puerta de los Fillols. Es obra de finales del siglo XIV y conserva la decoración escultórica de los nervios de sus bóvedas, mezcla de la heráldica familiar y el santoral.

La Seo tiene varias portadas, a cual más espectacular. En la fachada oeste, junto a la torre campanario, se abre una puerta del siglo XIV, la única gótica entre todas ellas, conocida como de los Apóstoles, con un Juicio Final en el tímpano.




Del resto de portadas románicas, las que se abren en el transepto, datadas hacia 1215, se conocen como la de San Berengario -al norte- y de la Anunciata -al sur-. Ambas muestran sendos crismones, muy sencillo en la primera, más elaborado el de la portada meridional. Las letras G y L que aparecen en el crismón de la Anunciata se interpretan como la firma del autor: Gilbertus Lapidarius. Esta es conocida también como Puerta del Palacio porque antaño se comunicaba con el palacio arzobispal, hoy desaparecido.




Un poco posterior, entre 1215 y 1220, es la Porta dels Fillols (Puerta de los Ahijados), llamada así porque por ella accedían los recién nacidos que iban a ser bautizados en la catedral. Es la única a la que se le añadió un pórtico en las obras realizadas a finales del siglo XIV y está considerada como la obra maestra del conjunto.





Estas tres puertas son de estilo románico leridano, con influencias islámicas, normandas y tolosanas. Destaca la sobreabundancia decorativa, que más parece obra de marfil: arquivoltas, capiteles, frisos, arquillos entrecruzados, medallones, animales, vegetales…



Nos hemos entretenido tanto en la visita que se nos hace la hora del cierre. Nos alojamos en el Parador, donde comemos muy bien, dicho sea de paso. El edificio que nos acoge fue antes convento de Santo Domingo, del Rosario o del Roser. Obra de la segunda mitad del siglo XVII, fue atacado durante el sitio de Lérida, de resultas de lo cual murieron cuatro personas de los siete centenares que habían buscado refugio en sagrado. Dada la coincidencia del aniversario con nuestra visita encontramos el zaguán del Parador con ramos de flores en memoria de las víctimas. Desamortizado el convento en el siglo XIX, tuvo diversos usos culturales: fue sede de las Facultades de Derecho y de Letras de la Universidad de Lérida, Museo de Arte Jaime Mores o sede de la Escuela Municipal de Bellas Artes. Desde 2017 pertenece a la red de Paradores de España.




A media tarde subimos de nuevo a la Seu Vella. En esta oportunidad utilizamos los ascensores dispuestos para superar el considerable desnivel que media entre el caserío y el altozano catedralicio. Las instalaciones son modernas; ambas muestran los signos de los tiempos, a saber, pintadas en su interior y unos contenedores de residuos en el exterior. En la terraza que forma el terreno en la vertiente sur se ha instalado un bar en el que, además de calmar la sed, se disfruta una magnífica perspectiva de la capital leridana por un lado, y de la Seu Vella por otro.







Volvemos a recorrer con calma el perímetro del monumento, deleitándonos en sus portadas meridionales, de la Anunciata y de los Fillols. La web de la Seo insiste en que el XIV fue su momento de mayor esplendor y sin duda tiene razón si nos atenemos a la riqueza de sus patronos, pero yo me deleito en imaginar la vida de la ciudad en las primeras décadas del siglo XIII, cuando se realizaron unas obras tan extraordinarias. Me pregunto dónde habían aprendido su arte los cientos de canteros, llegados quizá de la Normandía francesa, de Toulouse, de los reinos árabes del sur peninsular, de otros puntos de los reinos hispanos; adónde fueron después, a quién enseñaron su oficio; a quién retrataban o en quién pensaban cuando esculpían esos rostros que nos miran…

El sol ilumina con su último aliento la torre campanario en torno a la cual revolotean los grajos. Ambos tenemos la sensación de haber mirado la Seu Vella por primera vez.

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La Montaña Palentina (II)

San Cebrián de Mudá
Nuestra ruta por la Montaña Palentina nos conduce a San Cebrián de Mudá, localidad que conoció mejores días -entre 1885 y 1990- cuando las minas de carbón eran la primera industria de la comarca. Pero las minas se cerraron definitivamente hace más de tres décadas, el trazado del ferrocarril minero es un camino para bicicletas, uno de los silos del cargadero de Puente San Miguel se ha convertido en observatorio astronómico bautizado como Mirador de las Estrellas y en la misma plaza del pueblo unos vagones evocan el pasado minero de San Cebrián.

Nosotros venimos por otro tesoro que guarda el pueblo, más antiguo que las minas. La iglesia de San Cornelio y San Cipriano es obra del siglo XIII y desde 1993, Bien de Interés Cultural. La primera noticia que se tiene de ella es de 1285 en un privilegio en el que Sancho IV cede esta y otras iglesias y propiedades al monasterio de Santa María la Real de Aguilar de Campóo. Su fábrica románica de sillería rojiza y una sola nave, ha sufrido reformas en el siglo XV, donde su primitivo ábside se convirtió en una cabecera cuadrada, y el siglo XVIII, cuando se le añade el pórtico sur.


Bajo ese pórtico nos recibe Amparo, la guía, y nos invita a entrar. Cuando enciende la luz nos quedamos patidifusos: desde la crucería de la bóveda por sus muros se despliega un colorista cómic religioso. Estas pinturas al temple del siglo XV, ya plenamente góticas, se atribuyen al taller de San Felices, cuyo rastro puede seguirse en la zona que hoy corresponde al norte de Palencia y el sur de Cantabria, conservan cierta influencia románica en su composición; sus personajes son expresivos y didácticos y visten ropajes propios de la época en que se realizaron.





Fueron halladas casualmente en 1969, pues se encontraban ocultas por retablos y capas de encalado. Los murales desarrollan en el hastial escenas de la Natividad, la Presentación en el Templo; en el cuerpo bajo aparece San Cipriano entre la Epifanía y la Matanza de los Inocentes. En el lado del evangelio se identifica la Oración del Huerto, Cristo camino del Calvario, la Flagelación y una escena que puede ser Cristo ante Pilatos o el cobro de Judas. En el cuerpo bajo se representa la Última Cena, considerada por su expresividad la mejor de las pinturas de San Cebrían.



En el muro de la epístola se perdieron algunas pinturas al abrir un óculo para mejorar la iluminación y, al parecer, algunas escenas han sido retocadas. La Visitación, la Huida a Egipto, Santa Bárbara, Santa Catalina y Santa Apolonia y San Miguel son algunas de las escenas aquí representadas.




Mientras el Colega dispara su cámara a todo meter me dispongo a descubrir los murales trás el retablo mayor y lo que hallo es una insólita escena: la mitad de la corte celestial de cara a la pared. Distingo un Corazón de Jesús, una Virgen María y varios Santos.




De vuelta al exterior, observamos la tripe arquivolta de la portada apoyada en columnas con ornamentación vegetal. Los canecillos, como los capiteles del interior son algo rudos y esquemáticos.




Algunos de ellos parecen clamar al cielo por los cables que parecen a punto de ahogarlos. La espadaña repite el modelo ya visto en otras iglesias de la comarca, un cuerpo inferior con dos huecos para campanas y un cuerpo superior con un hueco, el conjunto rematado a piñón.


Sorprende que un pueblo tan cuidado como San Cebríán de Mudá permita el maltrato a sus canecillos y coloque un contenedor de basura a los pies de su iglesia de San Cornelio y San Cipriano que constituye hoy su principal patrimonio.
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La montaña palentina (I)

En España no es fácil encontrar abierta prácticamente ninguna iglesia rural salvo que en el lugar resida algún alma generosa que guarde las llaves y se preste a enseñar el que suele ser el tesoro del pueblo. Solo en algunas comarcas existen programas estables que ofrecen un horario de apertura, con apoyo de las administraciones públicas. Es el caso del Valle del Boí y del Valle de Arán, que nosotros conozcamos. Seguramente hay alguno más pero no podemos dar fe.

Yermo 
Yermo 
Puilampa 
Puilampa A Yermo, en Cantabria, hemos ido tres veces y no hemos logrado que nos abriera la puerta la persona que guarda la llave. En la primera ocasión, nos dijo que para evitar contagiarse del Covid -a pesar de la mascarilla-, en la segunda, que el obispo le tenía prohibido abrir, la última vez no la encontramos en casa. Dos veces hemos acudido a Puilampa y ambas la hemos encontrado cerrada. Siendo como es propiedad privada nos hemos encomendado a los dioses del capitalismo para hallar alguien que nos abriera, con tan poco éxito que solo hemos podido gozar del inmenso y sosegador paisaje en que se levanta.
En Castilla y León hay un programa estival de apertura de iglesias, muy reducido en el tiempo y en el número, pero menos es nada, que es lo que hay el resto del año. En agosto del 2022 nos dispusimos a hacer una visita a algunas de las iglesias incluidas en este programa en la montaña palentina.



Iniciamos el recorrido en Guardo, que conserva una pila bautismal en su iglesia parroquial de San Juan. Hemos partido de Burgos y llegamos con el tiempo justo de hacer unas fotos antes de empezar la misa, atentamente observados por las pocas personas que esperaban la salida del cura.

Desde Guardo retomamos la carretera CL-626 en dirección a Pisón de Castrejón, población cuyo principal patrimonio es la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, del primer tercio del siglo XIII. A la derecha de una rotonda se descubre su airosa espadaña, con dos cuerpos, de dos huecos para las campanas el inferior y un hueco el superior. La caja adosada en el muro este es obra del siglo XVIII.




Allí encontramos a Chemari, que en esos momentos despide a un visitante. Llegamos atraídos por el friso de su portada -del siglo XIV, ya plenamente gótico- y nos encontramos varias sorpresas. Vaya por delante que solo el friso, en el que se aprecia la influencia de Carrión y Moarves, vale la pena el viaje. Se trata de un Cristo en majestad inscrito en mandorla y rodeado del Tetramorfos; en su mano izquierda sostiene la bola del mundo mientras bendice con la derecha. Flanquean el conjunto los doce apóstoles, apeados en peanas con decoración vegetal y protegidos por doseles. La portada es sencilla, consta de cinco arquivoltas apuntadas, con guardapolvos de rombos, con capiteles de ornamentación vegetal.






La nave tiene cinco tramos, con bóveda de medio cañón apuntado, con arcos fajones que apean en columnas adosadas a los muros laterales. En el arco triunfal se repite un guardapolvos de rombos como en la portada. En sus capiteles varias cabezas humanas miran a los visitantes con misteriosa sonrisa, en uno de ellos se tallaron flores hexapétalas incritas en círculos, en el otro los brazos de estas figuras asen al collar sogueado. El resto de capiteles muestran un Cristo crucificado acompañado de flores de lis, y símbolos solares y extrañas figuras, piñas y círculos con flores de seis pétalos. La mesa del altar, apoyada en columnas góticas, está decorada con abundante follaje y animales fantásticos.




Chemari nos enseña la sacristía con evidente orgullo. En uno de sus muros luce un panel escultórico coronado con una imagen de San Miguel y escoltado por los escudos de los Mendoza y los Velasco, que vincula la iglesia con el Condestable de Castilla.


La pila bautismal es románica de forma de cubeta con una cenefa vegetal que remata en una especie de lazo, como nos señala el guía. Antes de irnos, observa que las losas de la iglesia fueron losas sepulcrales, que pueden abrirse mediante una palanca, que nos muestra. Él es uno de los guías que colaboran con el obispado para mantener las iglesias abiertas mediante una pequeña compensación pero sin contrato. En algunos casos se cobra entrada -por lo general, un euro- en otros simplemente se admite un donativo para el templo.



Rodeamos pausadamente los muros de la iglesia, lo que nos permite descubrir los curiosos canecillos que ornan el ábside.
Traspeña de la Peña, que dista apenas tres kilómetros de Pisón, es una pedanía de Castrejón de la Peña, donde encontramos a Alba, una joven que se ofrece a hablarnos de la iglesia de la Transfiguración. Aceptamos el ofrecimiento encantados.





El muro sur parece levantado sobre el mismo modelo que el de Pisón y, según se cree, por el mismo taller, el de Alonso del Portillo. La iglesia es obra del siglo XIV y ya claramente gótica, excepto su espadaña. La portada, protegida por un pórtico posterior a la obra principal, consta de cinco arquivoltas apuntadas con ornamentación vegetal y algunos animales y cabezas humanas y un sencillo tímpano. Es notable que, siendo la obra plenamente gótica repita aún los motivos ornamentales propios del románicos: dragones, basiliscos o green men. En las enjutas de la portada se identifican los altorrelieves de la Virgen con el Niño y Santa Catalina.




Como en Pisón, destaca el friso que corona la portada, donde igualmente se repiten modelos románicos: en el centro, Cristo en majestad, aquí con un libro en la mano derecha y rodeado del Tetramorfos, flanqueado por los doce Apóstoles, seis a cada lado, que se distribuyen en parejas, separado por columnas. Todos ellos se muestran con barba, excepto San Juan. En el muro este del pórtico, se encuentra un relieve de la Anunciación.


El interior ha sido modificado a lo largo de los siglos pero conserva una pila bautismal, de transición entre el románico y el gótico. Una pieza troncocónica ornada por una cenefa con motivos florales.
La joven Alba y su pareja, que viven todo el año en Castrejón, se turnan como guías. Salimos tan admirados de hallar tamaña maravilla en una pedanía perdida en la montaña palentina que se nos olvida fotografiar su no menos magnífico crucero. Tendremos que volver en otra ocasión.
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El Maestro de Cabestany y Colliure

Estás de vacaciones en la Costa Brava y amanece el día nublado, ¿qué hacer? Podemos dar una vuelta por el románico de la zona, propone el Colega y yo asiento. Aceptamos el concepto «zona» con cierta amplitud y organizamos una ruta que nos lleve a conocer dos de las obras del Maestro de Cabestany en el sureste de Francia. 137 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta.
Salimos hacia Le Boulou, pueblo francés cerca de la frontera española, que conserva en su portada una obra del artista, y desde allí nos acercamos a Cabestany, de donde partió el Maestro, quienquiera que fuese, pues nada se conoce de él. Observando que su obra se distribuye en zonas de influencia cátara, hay quien cree que pudo ser un hereje, de ahí su afán en preservar su identidad; incluso quien sostiene que se trataba de uno o varios monjes benedictinos que se diseminaron en comarcas francesas del Rosellón y el Languedoc, por el Ampurdán catalán, por el reino de Navarra y la Toscana. En total, se cifra en unas 120 obras la producción de este taller que se distingue por utilizar el mármol, por las grandes dimensiones de las manos y pies de sus figuras, el empleo del trépano para esculpir los ojos, el dominio de los planos y el tallado de los pliegues.



La firma del Maestro en Le Boulou se encuentra en el dintel de la portada de su iglesia, donde, de derecha a izquierda de quien mira, retrató la anunciación a los pastores, la Virgen y el Niño, ambos con idéntica y peculiar envoltura, el baño de Jesús, la adoración de los Reyes, la huida a Egipto, y la Virgen dormida. El interior de la iglesia guarda un retablo barroco y varias tablas del siglo XVII.
Cabestany es un pueblo, cercano a Perpignan -donde en otros tiempos los españoles iban a ver películas que en España estaban vedadas-, pequeño, pero muy aparente. Su atractivo principal es, justamente, la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles y su tímpano, debidamente señalizados para orientación de los visitantes, que corren el riesgo de errar porque el edificio es exteriormente bastante anodino. Entramos y, en medio de la oscuridad, identificamos lo que vamos buscando. Es una pieza no demasiado grande, que cuelga del arco que separa la nave central de una capilla lateral.



La oscuridad es tal que tememos no poder fotografiar la pieza que identificó al Maestro, hasta que descubrimos el interruptor que lo ilumina. Sin monedas ni gaitas, aprietas el botón y se hace la luz. La impresión nos deja sin palabras. Aunque conocíamos otras obras suyas, esto es como una tesis doctoral, tomando a la Virgen María como modelo. El tímpano se distribuye en tres escenas, a la izquierda-según miramos- María resucitada es recibida por su hijo a la salida del sepulcro, flanqueados por San Pedro y San Juan; en el centro, un Cristo en majestad, de nuevo con María y Santo Tomás, este sujetando el cinturón de la Virgen; a la derecha, la Asunción de María, que vemos en mandorla y con los ojos cerrados, llevada por los ángeles. Dentro de su sencillez, nos parece una pieza perfecta.

En la iglesia estamos nosotros solos, hemos encontrado la puerta abierta y abierta la dejamos cuando nos vamos. En el muro anexo un buzón advierte de que en caso de estar cerrada se pulse un timbre de llamada. Igualito que en las iglesias de España, comento.
De vuelta al coche, el Colega propone acercarnos a Colliure, que se encuentra a 26 kilómetros de Cabestany, a presentar nuestros respetos a don Antonio Machado. Enfilamos hacia la costa con el recuerdo de los miles de españoles que buscaron refugio en estas tierras al término de la guerra civil española y no siempre lo hallaron. Las playas de Argelès-sur-Mer son testigo del maltrato recibido por quienes huían de una muerte segura a manos del dictador y acabaron perseguidos, maltratados y muchos perdiendo la vida víctimas del hambre, del frío, de la insalubridad y de la indiferencia de las autoridades francesas.

No es el caso del poeta y su familia, que en Colliure encontraron asilo afectuoso y compañía durante el poco tiempo que les duró el exilio. Los Machado llegaban a Colliure el 28 de enero de 1939 y don Antonio murió el 22 de febrero. Tres días después fallecía su madre, doña Ana Ruiz. La lápida que cubre los restos de ambos suele tener siempre compañía, la mayoría españoles que, como nosotros, quieren honrar su memoria. En esta ocasión encontramos a dos hombres adultos, imaginamos que padre e hijo, en recogido silencio. Detrás de nosotros entra un grupo de gente más joven, están unos instantes y se van.


También nosotros nos vamos después de depositar una pequeña piedra sobre la losa del poeta. Hemos hecho idea de comer aquí pero enseguida comprendemos que no nos va a resultar fácil. Colliure es este martes 13 de septiembre de 2022 un pueblo tomado por los coches y los visitantes, lo más parecido a la Puerta del Sol en Navidad. Al fin encontramos mesa en el Restaurante La Fregate. Un joven nos pregunta qué queremos beber, el Colega pide un vino rosé -con una entonación muy francesa-, y yo una caña. Al poco, el chico viene y pregunta si quiero la caña blanc ou blonde, me extraña la pregunta y digo que blonde, por decir algo. Vuelve y deja sobre la mesa la copa de vino del Colega y una botella de un tercio y una copa para mí. Eso me pasa por no pedir champán, que es lo que me apetecía.
Pedimos una docena de ostras para compartir, rape con langostinos y verduritas para el Colega y anchoas con verduras y pan con tomate para mí. El Colega pregunta al camarero si podría traerle una aspirina u optalidón para su dolor de cabeza y le dice que sí; de una mesa próxima un señor se adelanta y le ofrece una caja de pastillas, que él se toma sin mirar. ¿Y si te da arsénico?, comento. ¿Para qué va a llevar él arsénico en el bolsillo?, responde. El camarero, sin duda por el barullo de la jornada, se olvida del analgésico.



Por lo que tardan en servirnos deducimos que han ido a por las ostras a Cancale (Breta), que tanto apreciaban los romanos. En la espera me entretengo en mirar la botella de cerveza y veo que «canya» es la marca registrada que me han servido, «la cervesa de Catalunya». Ya hemos observado en otros viajes que lo catalán goza aquí de tanto o más predicamento que al otro lado de los Pirineos. La comida es excelente, justo es reconocerlo. Damos un breve paseo por la playa, callejeamos por el pueblo, el Colega toma apuntes del castillo y volvemos al coche.

Ni el calor asfixiante ni la aglomeración serán capaces de enturbiar nuestro primer e indeleble recuerdo de Colliure y la emoción de visitar a don Antonio Machado. En aquella ocasión, hace bastantes años, entramos en una tienda a comprar unas piezas de la colorista cerámica local. La señora que nos atendió nos dijo que para Colliure era un orgullo haber acogido al poeta en el exilio y guardar sus restos. Lo dijo con tal sinceridad que nos conmovió y yo acabé llorando a moco tendido.






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Villavega de Aguilar

A media tarde de este caluroso verano de 2022, aprovechando la apertura de monumentos, llegamos a Villavega de Aguilar, en el término de Aguilar de Campóo, provincia de Palencia. Es un pueblo pequeño pero de aspecto pulcro y buenas casas de piedra, alguna con escudo. A la entrada encontramos una pequeña ermita dedicada a la Virgen del Amparo, pero su tesoro es la iglesia de San Juan Bautista, levantada a caballo de los siglos XII y XIII, con añadidos posteriores de una sacristía, el atrio y el baptisterio. Fue propiedad del Monasterio de Santa María la Real por donación del Conde Osorio y su mujer, Teresa Fernandez, en 1141. Se cree que en su construcción -con sillares de cantería- intervinieron las cuadrillas del entorno del Maestro de Piasca, que también trabajaron en Gama o Pozancos. Es Monumento Histórico Artístico desde 1993.




Tan pronto como el Colega aparca el coche aparece Begoña, dispuesta a abrirnos la puerta y mostrarnos su iglesia por dentro y por fuera. Observa que los contrafuertes apean los arcos fajones del interior y que todo el alero está decorado con modillones geométricos y unos pocos con figuras humanas y animales. El ábside se divide en tres paños mediante columnas geminadas rematadas con animales y una escena de cacería de osos. Una de ellas remata con una gran cabeza que parece querer comerse la columna (lo que se interpreta como la amenaza que suponen las herejías para la iglesia). Este glutón es uno de los detalles que vinculan la iglesia de Villavega con Rebolledo de la Torre y el entorno del Maestro de Piasca. Entre los canecillos del muro norte destacan un lector y un ave con una serpiente enroscada al cuello. El testero remata en una espadaña, maciza en su cuerpo inferior, en el intermedio se abren dos vanos en los que se instalan las campanas, el más elevado se remata a piñón; el conjunto da sensación de solidez a pesar de algunas resquebrajaduras que también se repiten en los contrafuertes añadidos al ábside.



Para acceder al interior hay que traspasar la hermosa portada abierta al sur, con cinco sencillas arquivoltas, las dos primeras adornadas con dientes de sierras, animales, vegetales y figuras humanas, mutilada en la parte superior al añadírsele el atrio en una de las reformas antes citadas.



Estamos ante una pequeña iglesia, mejor conservada de lo que permite intuir su exterior, de una sola nave con bóveda de cañón, dividida en cuatro tramos, el presbiterio se separa de la nave con un arco triunfal decorado con dientes de sierra, apoyado en dos pares de columnas rematadas en interesantes capiteles, en el lado del Evangelio dos grifos afrontados y una figura humana, en el de la Epístola, la lucha de dos caballeros con sus cotas de malla ante una dama hierática que parece representar un juicio de Dios. La cabecera está cubierta con bóveda de horno apuntada.

La pila bautismal es una sólida pieza de piedra arenisca y dos cuerpos; el inferior es un troncocónico invertido sin decoración; el superior es de forma cilíndrica, aderezada con flores cuadrifolias inscritas en círculos, “todo alrededor de la pila, no como la de Cillamayor, que solo está tallada la mitad”, puntualiza Begoña.

En la iglesia se rinde culto a la Virgen del Amparo -procedente quizá de la ermita-, que se nos muestra con el Niño en brazos, obra de los siglos XVII o XVIII. Las caras de la Virgen y el Niño son de marfil y fue traída de Filipinas por una religiosa, nos aclara Begoña. En el muro sur una pequeña talla del santo titular, de los siglos XV o XVI.


Recorriendo la imaginería del templo identificamos una imagen San Lorenzo. Es una talla de madera que luce esplendorosa, como recién acabada, de no ser porque le falta la mano derecha, en la izquierda porta un libro. La propia Begoña nos cuenta la historia de este pobre santo, que gozaba de la devoción de los feligreses hasta que en la guerra civil cuando entraron las tropas republicanas, le cortaron la mano y lo abandonaron en el campo. Al acabar la guerra, los feligreses compraron una efigie de escayola lo más parecida posible al santo desaparecido, esto es, con sayo rojo, al que le añadieron las inevitables parrillas. Cuando los devotos se habían acostumbrado a la presencia del nuevo San Lorenzo unos vecinos hallaron en el campo al titular maltratado, lo recogieron y, considerando su lamentable estado, lo guardaron en una casa del pueblo.
Mas, en los años noventa del pasado siglo, cuando se realizaron obras de restauración de la iglesia, alguien se acordó del maltrecho San Lorenzo, lo recuperaron de su retiro y los expertos decidieron que valía la pena restaurarlo. Cuando lo devolvieron a su iglesia una vez restaurado los vecinos lo recibieron con suspicacia, aquel no era su santo. Desconfiaban de la nueva imagen: despojada del sayo rojo, que no era sino una mano de pintura, recuperados sus colores originales y los dorados de pan de oro, aparecía refulgente. A este San Lorenzo le costó volver a hacerse con la parroquia, pero ahí sigue, en una hornacina, manco de la derecha. La imagen suplente descansa en la sacristía; privado de la parrilla, parece un santo del montón.
Agradecemos a Begoña su amabilidad y conocimiento. En el camino de vuelta voy imaginando los diálogos que mantendrán ambos San Lorenzo, el titular y el suplente, cuando la iglesia cierra sus puertas, los vecinos se recogen en sus casas y los visitantes volvemos a las nuestras.
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Las Bardenas Reales

A la hora de programar un viaje las razones que nos impulsan son tan variopintas como los viajes. A las Bardenas fuimos porque el Colega había estado en unas maniobras militares durante la mili, de las que guardaba dos recuerdos: la figura de un sargento chusquero borrachín y peleón y un paisaje impresionante. Para mí, que no he hecho la mili, era un territorio ignoto. Un día tenemos que ir, repetía él cuando pasábamos cerca, es un paisaje espectacular.
Como siempre que preparamos una salida, busqué información y me enteré de que las Bardenas Reales es un Parque Natural y Reserva de la Biosfera, que está en el sureste de la Comunidad Foral de Navarra, lindando con la Comunidad Autónoma de Aragón, en el centro de la depresión del Valle del Ebro y que ocupa una superficie de 41.845 hectáreas, con altitudes que oscilan entre los 280 y los 659 metros sobre el nivel del mar.



Las imágenes de su web son, efectivamente, espectaculares. ¿De dónde han surgido esas formaciones?, te preguntas. La explicación más directa es que esto que tienes ante ti son materiales del Terciario y del Cuaternario, que se fueron depositando en una cubeta limitada por las Cordilleras Ibérica y Costero-Catalana y los Pirineos, hasta que entre el Mioceno inferior -unos 20 millones de años atrás- y el Mioceno superior -unos 10 millones de años- se abre la cuenca por el Mediterráneo, se forma el río Ebro y comienza la erosión de los materiales que se habían sedimentado. En resumen, estamos ante el resultado del trabajo del tiempo y como al tiempo nadie le pide cuentas, a veces le da por sacar su vena artística y te monta un paisaje que te deja pasmado. Este es uno de los casos.

A poco de jubilarnos nos encaminamos a las Bardenas con intención de seguir viaje hacia Zaragoza. Mediaba el mes de septiembre y había salido un sol radiante, sin una nube. Entramos por el acceso de Arguedas, con el propósito de seguir la pista perimetral de 25 kilómetros que nos conduciría a los cabezos, la formación que identifica la zona. Por supuesto, siguiendo las indicaciones y procurando no dañar la flora ni la fauna del lugar, que incluye caracoles, cangrejos, insectos variados y arácnidos, peces, anfibios, reptiles, mamíferos y aves. No es un port aventura del pasado, es un territorio con una cabaña ganadera de ovino, caprino y vacuno. En honor a la verdad, en nuestra visita no encontramos ningún ejemplar de ninguna de las especies. Seguramente porque íbamos ciegos a descubrir las caprichosas formas cinceladas por el tiempo.




Las Bardenas Reales no defraudan. La sensación es que avanzas por un paisaje entre prehistórico y lunar, impresión subrayada por el hecho de que no encontráramos a nadie en nuestro camino.



Cuando ya habíamos recorrido un buen trecho y nos encontrábamos en mitad de la nada, el Colega se puso lírico. Para ser un par de jubilatas aún nos queda espíritu arriesgado, porque esto no deja de ser una pequeña aventura, comentó. Hombre, ir en un coche con aire acondicionado, conectado al mundo por el móvil y con GPS no parece mucha aventura, se me ocurrió responder. Al poco se oyó un plof seguido de pfffff. Hemos pinchado, dijo él. En efecto, la llanta besaba aquella tierra que tanto nos había gustado. ¿Qué hacemos? Llama al seguro, que para eso lo pagamos a todo riesgo. ¿Dónde digo que estamos?, pregunté. Mira las coordenadas del GPS.
Y ahí nos dimos cuenta de que, dondequiera que nos halláramos, no había cobertura. El colega, que, sin estar emparentado con Camilo José Cela, es de natural mal hablado, empezó a jurar contra la mitad del Olimpo. A mí me dio la risa. Resultó que era la primera vez que le pasaba un percance de este tipo y, aunque el coche tenía más de diez años, la rueda de repuesto estaba bajo el maletero tal como salió de fábrica.



Muévete a ver si encuentras conexión, insistía el Colega, entre denuesto y denuesto. No hubo forma, estábamos absolutamente incomunicados. Así que no le quedó más alternativa que cambiar la rueda por sí mismo, pues yo en esa materia soy una inutilidad. Mientras él sudaba la gota gorda yo le animaba filosofando acerca de las virtudes del espíritu aventurero. Pero cuando consiguió instalar la rueda nueva, subimos de nuevo al coche y se acabó la aventura. Ahora mismo nos vamos a comer unas pochas a Tudela, dijo.
Así fue como descubrimos el Restaurante Iruña de Tudela y sus maravillosas verduras. El Colega pidió pochas con perdiz y riñones al jerez, yo una menestra. Que los aventureros necesitan alimentar el cuerpo, además del espíritu.







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Jubilación viene de júbilo

Llegar a la jubilación, como todas las cosas, tiene una parte buena y otra buena tambien, pero con algún riesgo. La buena es que eres dueño de tu tiempo, te levantas y tienes todo el día para ti, puedes hacer lo que quieras y eso raramente te ha pasado en los 65 años anteriores. La parte buena también es que eres mayor, bastante mayor, tirando a vejete, y eso tiene algunos riesgos, el mayor de todos es que te dé el parasiempre y se fastidien todos los planes.
A nosotros nos llegó la jubilación en plenas facultades -loados sean todos los dioses- por lo que nos dedicamos con fruición a cultivar nuestras aficiones, cada uno la suya. El Colega, economista y gestor en su etapa productiva, tiene dotes artísticas y se puso a dibujar, pintar y escribir. Yo, periodista, hice lo único que sé hacer: escribir. Escribir de lo que quiera.
Aparte de nuestras aficiones privativas a ambos nos gusta viajar, la fotografía y el arte románico. Así es que hemos aprovechado todas las ocasiones que nos han surgido para ponernos en carretera, camino de cualquier iglesia, grande o pequeña. No hay ejemplar que nos parezca lo bastante lejos para desanimarnos el viaje. Y una vez en el lugar, no hay canecillo, capitel o inscripción que no sometamos al pacífico disparo de nuestra cámara.
El resultado son tropecientas gigas de fotos de las que nuestras herederas -Pubilla incluida- pasan olímpicamente y un puñado de anécdotas y vivencias recogidas por los caminos. Nos disponemos a hablar de estas y mostrar algunas de aquellas.

