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  • Mitos y leyendas en Bretaña

    El oficio de conteuse -contadora, pues la mayoría son mujeres- goza de reconocimiento en la Bretaña francesa. Ellas relatan leyendas y tradiciones celtas ya recogidas en publicaciones, lo que no merma la audiencia de quienes siguen transmitiéndolas oralmente. Basta que preguntes por un lugar para que te cuenten su historia y la leyenda. Se diría que en Bretaña la realidad y la magia, como la vida y la muerte, transitan por una línea no del todo definida.

    Empecemos por Saint Malo, la ciudad corsaria por excelencia, y el largo rompeolas de pilotes negros conocido como el Môle des Noires o Muelle de las Negras. La versión popular explica que las noires son las mujeres de los marineros muertos en el mar, que salían vestidas de luto esperando el regreso de los barcos de sus maridos.

    En Saint Malo también hay una leyenda repetida en muchos otros lugares, la del tesoro escondido a la espera del rescate. Aquí, una leyenda medieval afirma que las riquezas se esconden en el Puits des Sarrasins o Pozo de los Sarracenos. Una variante de la misma historia atribuye el origen del tesoro a las capturas de los corsarios.

    En Bretaña hay monstruos que causan espanto, gigantes y dragones que viven en los acantilados y montes, pero también habitan seres mágicos, como los Korrigans, duendes o enanos que viven en torno a las fuentes, dólmenes u menhires. Suelen ser benévolos y limitarse a gastar bromas más o menos pesadas a los humanos o castigar a los que invaden sus tesoros.

    En la vertiente femenina encontramos a las Korriganed o lavanderas de la noche, fantasmas de mujeres condenadas a lavar sudarios a la orilla de los ríos, prestas a romper los brazos a quien se niegue a ayudarlas a retorcer la tela de la forma adecuada. También las ninfas de mar, mujeres inocentes que han sido maldecidas por un espíritu maligno. Las sirenas y nixes, criaturas femeninas, mitad pez, mitad ser humano, atraen a los hombres con cantos seductores y malas intenciones para conducirlos a la ruina y a la muerte en el fondo del mar.

    En sirena quedó convertida la princesa Dahut, protagonista de una de las historias bretonas más repetidas. La criatura, hija del rey Gradlon de Cornualles y de la reina Malgven, salió un poco cabeza loca. Convenció a su padre de que le construyera una ciudad en el mar. Así surgió Ys, ganada al océano, que unos sitúan en la bahía de Duarnenez, y otros frente a la punta de Rad o de Penmarc’h, una ciudad de riqueza y belleza fabulosas, de murallas rojas, tejados de oro puro y una gran catedral. Ys estaba protegida del mar y de las mareas por un sistema de enormes diques y compuertas, que se abrían y cerraban con una única llave, que Gradlon llevaba siempre colgada al cuello.

    Dahut hizo de su ciudad un lugar de fiestas, excesos y desenfreno, una Marbella medieval. San Guenolé, santo varón de la época, consejero de Gradlon, dejó correr la especie de que la princesa invitaba a un amante cada noche, para acabar asesinándolo y arrojando su cuerpo al mar o al bosque.

    Así, hasta que un día apareció por allí un mozo seductor vestido de rojo, de donde la leyenda sospecha que fuera el diablo en persona, del que la joven se enamoró perdidamente. El pollo sedujo a la princesa y le pidió como prueba de amor la llave de la ciudad. A Dahut le faltó tiempo para quitarle la llave al padre mientras dormía y al mozo para abrir las puertas de Ys durante una tormenta.

    El océano, que en este punto suele estar embravecido, engulló la ciudad en un santiamén. Gradlon pudo escapar montando su caballo -mágico, como no podía ser menos- en compañía de Guenolé. Una voz celestial, o quizá el mismo Guenolé, poco dado a contemplaciones con las jóvenes alocadas, ordenó al rey arrojar al mar a su hija para que le fuera perdonado su pecado.

    Una versión dice que Dahut se ahogó como el resto de habitantes de la ciudad; otra, que se transformó en una sirena que aún gusta de atraer con sus cantos a los marineros que navegan por la bahía de Douarnenez. El avistamiento de Dahut se toma como anuncio de una desgracia. Hay quien afirma que en noches de calma se pueden oír las campanas de Ys que tañen en el fondo del mar.

    Según la etimología popular, París deviene de Par-Ys, que significaría igual que Ys. Una profecía concluye que Ys surgirá, intacta y esplendorosa, cuando París sea tragada por el Sena.

    Duarnenez se encuentra en la fachada atlántica occidental, lo que se conoce como el Finisterre bretón, un lugar particularmente proclive a mitos y leyendas, a cual más trágico. Enfrente de la ciudad de Duarnenez se encuentra Tristán, isla con una rica fauna y ruinas misteriosas, escenario de historias sangrientas y maravillosas. Allí descansarían juntos para toda la eternidad, los amantes protagonistas de una historia de amor imposible, Tristán e Isolda, a la sombra de dos árboles cuyas ramas se entrelazan entre sí. Es creencia que la sepultura de los amantes protege de la desgracia.

    Un poco más al sur, en la Bahía de Trépassés, también conocida como bahía de los muertos, el día de los Difuntos se reúnen los espíritus de los ahogados. Hay quien sostiene haberlos visto deslizándose por las crestas de las olas, en forma de espuma blanca, lanzando gritos espeluznantes que se oyen incluso lejos de la bahía. Para cerrar el capítulo de malaventuras, hay que recordar que si el gallo canta antes de medianoche es presagio de desgracia.

    Enfrente de la Punta de Raz, en los días claros se divisa la Isla de Sein, envuelta en múltiples historias. La más conocida es la que hace dos milenios narraron Estrabón y Pomponio Mela: que era un espacio sagrado, vetado a los hombres, en la que una diosa celta era servida por nueve sacerdotisas vírgenes, las Gallizenae, capaces de levantar y apaciguar tempestades, curar los males, predecir el futuro y tomar el cuerpo de cualquier animal. De estas brujas, primeras de las que ha quedado constancia escrita, se cuenta que curaron al rey Arturo de las heridas causadas en la batalla de Avalón.

    Arturo y lo artúrico tienen su espacio propio en la Bretaña interior, en el bosque de Paimpont, identificado como el bosque de Brocéliande, donde se sitúan la fuente de Barenton, la tumba de Merlín y el Valle sin Retorno, donde el hada Morgana secuestraba a los caballeros infieles.

    En Bretaña la muerte tiene su propio heraldo, el Ankou, representado indistintamente como un hombre alto y delgado o como una figura esquelética con sombrero y abrigo negro, sosteniendo un reloj de arena en una mano y una guadaña en la otra, que pasa a recoger a quienes se les acaba el tiempo. En ocasiones se presenta caminando y en otras, conduciendo el Garrig, un carro chirriante lleno de piedras, que arroja cuando el alma se sube al carro. El equivalente marino del Garrig es el Bag Noz, la nave nocturna. El primer ahogado del año está condenado a gobernar esa nave.

    La isla de Ouessant 👇, situada en la entrada del Canal de la Mancha, a la altura de Brest, viene a ser un compendio de los mitos bretones, según relata el comisario Dupin. Procopio, un erudito griego del siglo VI que viajó a Armórica, dejó escrito que los habitantes de la isla tienen encomendado el traslado de las almas de este mundo al otro.

    En medio de la noche, cuando los isleños duermen, se oyen unos golpes sordos en las puertas de sus casas, la llamada que los urge al servicio. El golpeteo los hace entrar en trance. En ese estado, se encaminan hacia la pequeña bahía de Lampaul hasta el puerto. Allí los esperan decenas de barcazas de madera. Naves vacías, pero hundidas en el agua y sacudiéndose de forma violenta de un lado a otro, como si estuvieran repletas. Son las almas de los difuntos, que en gran número ocupan cada una de las naves. Los ouessantinos se sientan a los remos y se ponen a bogar mientras las naves guían la navegación por sí mismas. Al cabo de una hora llegan a una costa envuelta en niebla, donde descargan su valiosa carga mientras unas voces suaves van pronunciando los nombres de los difuntos. Luego, los ouessantinos regresan remando a sus casas, se tumban en la cama y siguen durmiendo sin más.

    La proella, que significa regreso a tierra, requería la colaboración del clero local; permitía una despedida simbólica a las familias de los ahogados cuyos cuerpos no habían sido recuperados. El cadáver se sustituía por una pequeña cruz de cera del tamaño de una mano grande, hecha y bendecida por el sacerdote, quien la llevaba al hogar del difunto alñ caer la tarde. La cruz debía apoyarse en la almohada de la persona desaparecida, sobre una sábana blanca y uno de los tocados tradicionales de la isla, junto a una fotografía del difunto y un cuenco de agua bendita. Cuando no existían fotografías, se utilizaba un objeto personal. La cruz era velada durante la noche por todos los miembros familiares, con la única dispensa de las criaturas menores de seis años. Después de la vigilia y de la misa de difuntos la cruz se depositaba en la iglesia. El rito tiene un origen pagano hábilmente adoptado por la iglesia, con el que se traía a la persona desaparecida a la isla, desde donde se transportaría al otro mundo. Para los familiares suponía el final de la incertidumbre y del duelo por la desaparición del ser querido. El rito se ha mantenido en Ouessant hasta 1962.

    En la bahía de Lampaul hay un islote que asemeja un simple roca, habitada por una tribu de ninfas de mar, las morganezed. Son más bajitas y hermosas que sus congéneres, se relacionan con los delfines y viven en un palacio de piedras preciosas oculto a la vista de los humanos.

    En las islas Glenan, frente a Concarneau, cuando el sol, la luna y la tierra coinciden en determinada posición las corrientes marinas pasan por Loc’h llevando a sus playas los cadáveres de los ahogados en el mar. Eran tantos los difuntos que los vecinos debían dar sepultura que en el siglo XIX se construyó un cementerio en la isla, para no tener que trasladarlos al cementerio de Saint Nicolas, el único del archipiélago hasta entonces.

    Concarneau, la ciudad cerrada por sus murallas, tiene su propia leyenda, la de Siprian y Emilia, una pareja de enamorados obligada a enfrentarse a un terrible dilema. Se encontraba la ciudad amenazada por un barco de piratas salvajes, hecho frecuente en el medievo, cuando misteriosamente apareció un brujo prometiendo salvarla de la amenaza si Emilia aceptaba entregarse a él por una noche. La joven acepta. Efectivamente, cuando los piratas atacan, el brujo levanta los muros de piedra enormes en torno a la isla.

    Llegada la noche de la promesa, Emilia da al brujo una pócima que le duerme. Al despertarse al día siguiente comprende la argucia de la joven y lanza su terrible maldición: Siprian y Emilia se amarán para siempre, no morirán nunca, pero ni Emilia podrá traspasar nunca las murallas de la Ville Close ni Siprian podrá poner un pie en la isla amurallada.

    En nuestra visita a Concarneau estuve atenta a cualquier indicio que permitiera identificar a los viejos amantes solitarios. Nada, si estaban no se dejaron ver, pero confieso que de las muchas leyendas oídas durante nuestro viaje por Bretaña esta es la que me pareció más triste.

    Fotos: ©Valvar

  • Vannes

    Vannes

    Vannes es una ciudad medieval con sus murallas, sus puertas fortificadas, su catedral y sus calles y plazas empedradas considerada la capital del golfo de Morbihan, en el sur de Bretaña.

    El día ha salido soleado y cálido, nos congratula pensar que el fabricante de niebla nos ha olvidado. Pero en la Bretaña nunca se sabe. Nos sentamos a tomar un café en la plaza de Saint Pierre, rodeados de casas típicas teniendo la torre de la catedral a la vista. Como en tantos otros casos, esta iglesia gótica también está construida sobre los restos de otra anterior románica. Con sus 110 metros de longitud es uno de los mayores templos de Bretaña. Fue un centro religioso muy importante en la Edad Media, por albergar las reliquias de San Vicente Ferrer.

    Este dominico nacido en Valencia fue hombre de gran cultura, filósofo, taumaturgo y escritor, dominaba varias lenguas. Se le suele representar con dos alas, en alusión a su título de ángel del Apocalipsis que se había ganado con sus predicaciones por Europa. Todo un personaje en su tiempo, lo mismo predicaba a los judíos y los convertía por las buenas o por las malas, que intervenía en el Cisma de Aviñón o participaba en el Compromiso de Caspe, donde se decidía que Fernando de Antequera debía ser elegido rey de Aragón. Reyes, papas y obispos le reconocían como una autoridad.

    Sus predicaciones le trajeron a Vannes. Sintiéndose enfermo se dispuso a viajar a Valencia, pero una tremenda tempestad le impidió salir del puerto, lo que él interpretó como la voluntad divina de que permaneciera en esta ciudad. Aquí murió el 5 de abril de 1419, siendo enterrado en la catedral. En un tiempo que los creyentes atribuían gran valor a las reliquias, Vicente Ferrer, canonizado en 1455, se convirtió en el tesoro de Vannes, atracción de grandes peregrinaciones.

    Pues bien, en el momento de nuestra visita la catedral se encuentra en obras, cerrada al culto y cubierta de andamios.

    Esta es nuestra última parada en tierra bretona y, aunque ya tenemos vistos muchos modelos de casas con entramado de madera, aquí nos interesa una especialmente. Callejeamos en busca de la pareja que ocupa la casa más conocida de la ciudad, en la esquina de las calles Bienheureux-Pierre-René-Rogue y Noé. Dos bustos que representan a una pareja que parecen dar la bienvenida a los clientes. Se les conoce como Vannes y su mujer. Se cree que formaban parte del rótulo de una antigua tienda, simbolizan el espíritu medieval de la ciudad.

    Vannes conserva 170 casas de entramado de madera, de las 900 que llegó a tener en el siglo XV.

    En la misma calle Noé se encuentra el castillo Gaillard, que fue sede del Parlamento bretón, actualmente ocupado por el Museo de Historia y Arqueología de Morbihan. Como en el caso de la catedral, también está cerrado por obras.

    Un poco más abajo, en la plaza del Lices, damos con el mercado cubierto, del que hemos leído buenas críticas. Este no está en obras, pero cierra los lunes, que es el día de nuestra visita.

    Otro de los atractivos de esta ciudad son sus murallas medievales, bien conservadas, en algún tramo están rodeadas de grandes zonas ajardinadas. Cuando nos disponemos a subir a la pasarela, un señor nos dice que hoy no pueden recorrerse. Decididamente, no hemos escogido un buen día para visitar Vannes.

    Atravesamos la puerta de Saint Vicent y aprovechamos el sol y la buena temperatura para dar un paseo por el puerto, despidiéndonos de Vannes y, en ella, de la Bretaña, que tanto nos ha gustado.

    Fotos: ©Valvar

  • Carnac

    Carnac

    Carnac es una ciudad ubicada en la bahía de Quiberón, al sur de Bretaña. Una estación balneario con playas de arena fina, que reúne la mayor concentración de megalitos del mundo, más de tres mil menhires, túmulos, dólmenes y crómlechs de más de siete mil años de antigüedad.

    En verdad, con este nombre se encuentran dos ciudades, muy distintas entre sí, Carnac-Plage no tiene nada que envidiar a cualquier población mediterránea de vacaciones, en verano se llena de turistas; Carnac-Ville es un pueblo tranquilo y pintoresco al que acuden visitantes del mundo entero, deseosos de conocer sus famosos alineamientos. Una maraña de megalitos, con construcciones dispersas a lo largo del tiempo. Estos son los que nos traen también a nosotros.

    A pesar de su espectacularidad se sabe muy poco del significado de estas construcciones👇, ni cuántas personas intervinieron en su creación, ni cuánto tiempo emplearon en ello, si era un trabajo cotidiano o reservado a momentos excepcionales.

    Se les ha atribuido un carácter religioso, culto al sol o a la luna, calendario agrícola, etc. Los expertos solo se ponen de acuerdo en que se trata de una arquitectura con un esquema estructurado en función de la topografía de los lugares en que se asientan las piedras, lo que revela una complejidad cultural y una desarrollada comprensión del entorno. Lo que no sorprende demasiado si se tiene en cuenta que en algunas excavaciones próximas a Carnac se han encontrado bramaderas👇 y flautas de hueso.

    Hay constancia de que algunas de estas piedras se han reutilizado como monumentos funerarios y algunos parecen haber servido de lugar de culto durante el periodo galo-romano. En la Edad Media se instaló una primera capilla sobre el túmulo de Saint Michel.

    En la época moderna las alineaciones se fragmentaron para levantar muretes parcelarios para el pastoreo. De hecho las ovejas siguen pastando entre las piedras, contribuyendo a mantener limpios los cercados.

    Solo en el siglo XIX se organizan e intensifican las investigaciones y las piedras se perciben como un monumento a estudiar, restaurar y preservar. En las primeras décadas del siglo XX los alineamientos de Ménec, Kermario y Kerlescan son catalogados como monumentos históricos y las tierras adquiridas por el Estado francés. A partir de 1993 se cerró el espacio propiedad estatal a fin de controlar el acceso y proteger el lugar.

    El resultado es un escenario que sobrecoge el ánimo, aunque no seamos capaces de adivinar el mensaje que quisieron transmitirnos esos antepasados nuestros.

    La tradición bretona medieval presenta estas piedras enhiestas como soldados romanos petrificados por un castigo divino. Otros los ven como druidas realizando rituales secretos, altares druídicos o tumbas paganas. La datación científica que los sitúa en el Neolítico elimina cualquier vinculación celta o romana, pero sin aclarar cuál era su función.

    Llegamos a Carnac👇 a primera hora de la mañana. Tan madrugadores, que aún no ha abierto la Casa de los Alineamientos. No importa, hemos reservado con antelación una visita guiada en un bus turístico👇, que acepta incluirnos en un viaje antes de la hora contratada. A punto de salir somos los únicos ocupantes, pero en el último instante aparece una familia de seis miembros y nos ponemos en marcha. Una ruta muy recomendable de algo menos de una hora.

    Concluido el paseo, aprovechamos el resto de la mañana para conocer la Costa Salvaje, en la vertiente oeste de la península de Quiberón, un apéndice bretón para los amantes del mar, del senderismo y del sol. Vamos advertidos de que los acantilados son muy peligrosos por la fuerza del oleaje y las corrientes que aquí se cruzan. A mayor abundamiento, en la primera parada que hacemos nos topamos con un monumento al bombero voluntario y al gendarme que perdieron la vida el 17 de marzo de 1979 al intentar rescatar a una persona en el mar. “A un imprudente”, especifica la estela.

    Hemos leído buenas críticas de un restaurante de esta misma costa y allí que nos presentamos. Descubrimos que somos muchos los que estamos en el secreto porque los mejores sitios están ya ocupados. Con suerte, nos hacen un hueco en el interior.

    Observa que somos los únicos forasteros, me dice el Colega. No sé si los únicos, pero es seguro que este es territorio bretón. Naturalmente, la oferta pasa por las consabidas ostras, mejillones y cosas del mar. Comemos bien, el Colega paga al modo de los hidalgos castellanos, sin mirar la factura, y luego me comenta: nos han dado una pequeña clavada. ¿Pequeña? Miro la factura y compruebo que corresponde a una mesa de cuatro personas. La reclamación se resuelve con todo tipo de disculpas.

    También en Quiberon abundan los megalitos, junto al restaurante se encuentra un curioso menhir, en bretón, el Beg es Goh Lannec, que unos identifican como la mitra del obispo y otros como un corazón. En Saint Pierre hay un cromlech entre las casas construidas en el siglo XX.

    Recorremos el litoral, que ese día está lleno de gente disfrutando de las playas, los chiringuitos y los restaurantes. Aunque el GPS nos ha dicho que estamos en el arco de Port Blanc, no hemos sido capaces de ver el dichoso arco.

    Pasamos junto al faro de Saint Pierre y por el fuerte Penthièvre, en el mismo istmo de la península. Es una construcción del siglo XVIII, levantada sobre un montículo rocoso, ha servido como prisión de soldados alemanes durante la Primera Guerra Mundial y como lugar de ejecución durante la Segunda. Una placa recuerda a los resistentes torturados y asesinados en lo que actualmente es una base de entrenamiento del ejército de tierra francés.

    Volvemos a Carnac. Hemos encontrado en internet un alojamiento justo al lado de los alineamientos de Ménec, una casa rural con un pequeño jardín a la entrada. La habitación es sencilla pero dotada de nevera con dulces variados y cafetera con cafés de distintos tipos. La propietaria nos lleva una jarra de agua fresca para aliviar la calorina de la tarde. Tenemos los alineamientos al alcance de la mano.

    En este de Ménec se cuentan más de 1.050 piedras alineadas en once hileras de líneas paralelas, los megalitos separados regularmente. El cercado se extiende a lo largo de un kilómetro, es el conjunto más emblemático. Nos parece espectacular.

    Los monolitos más grandes se encuentran en el yacimiento de Kermario, 1.029 menhires distribuidos en diez líneas. Próximo al cercado está el cuadrilátero que roda al Gigante de Manio, el menhir más grande de Carnac, con una altura de 6,5 metros.

    Después de acercarnos al túmulo de Saint Michel, nos dirigimos al yacimiento de Kerlescan, el más pequeño de los alineamientos. Vemos un indicador que apunta hacia un camino y allí que nos metemos. A medida que avanzamos el camino se va haciendo más estrecho, abundan los letreros dirigidos a corredores y ciclistas. Nos cruzamos con una corredora que nos parece que nos mira con mala cara, pero no dice nada. Llegamos a un punto en que el coche pasa a duras penas y seguimos sin ver ninguna piedra. Tampoco la salida.

    Cuando por fin vemos una carretera perpendicular a nuestro camino, un grupo de parejas jóvenes con niños nos hacen señas de que paremos. Nos dicen lo que ya sabemos, que nos hemos metido en una senda peatonal, que no se puede pasar y que no hay salida de coches. Estamos medio encajonados, ni para adelante ni para atrás. Al Colega se le ha puesto cara de mecagüentó. Los jóvenes nos hacen indicaciones para ayudarnos a avanzar sin quedar atrapados, los niños de la cuadrilla se lo están pasando en grande. Yo voy preparando mentalmente lo que tengo que decir para llamar a una grúa que nos saque de allí, pero el Colega consigue salir sin un rasguño hasta el arcén de la carretera. Uno de los jóvenes ha descubierto una abertura que nos permite incorporarnos a la circulación. El grupo aplaude al Colega, que saluda como si fuera Fernando Alonso. Les agradecemos la ayuda.

    En la vida me había visto en tal aprieto, vamos al pueblo a tomar algo que se me ha quedado la garganta seca, propone el Colega.

    Cerca de la iglesia de Carnac encontramos un bar, en cuya terraza nos sentamos. Al lado, un grupo de talluditos/as están de tertulia. Nos advierten que no hay servicio de terraza, tenemos que pedir en el bar. El Colega va a hacer el pedido. Pasa el tiempo y no vuelve, le veo de tertulia en la barra con otros dos tipos de su quinta. Una de las talluditas me invita a unirme a su mesa, por si mi chico no vuelve. Los chicos son muy de irse y no volver, asegura. Eh, eh, habla por ti, le responden los talluditos. Y todos se ríen.

    Cuando por fin llega el Colega con una tabla de quesos y un paté, le aclaman a voces. Ha vuelto, ha vuelto. He tardado un poco porque me estaban explicando cuál es el mejor vino para acompañar el paté, se justifica él. Cuando terminamos nos despedimos del grupo como si nos conociéramos de toda la vida. Qué amigable es la gente de Carnac, concluimos ambos.

    Volvemos a los alineamientos para ver la puesta del sol sobre las piedras. Impresiona pensar que estamos contemplando el mismo paisaje y el mismo atardecer que verían quienes ordenaron y orientaron estas piedras de este modo y no de otro. ¿Se reunirían como nosotros a ver la llegada de la oscuridad?

    Hemos elegido este alojamiento para ver amanecer en los alineamientos pero cuando salimos el sol ya ha aparecido. Será la edad, pero no puedo evitar emocionarme. Hay algo especial en este lugar, algo telúrico o ancestral, como en el Mont Saint Michel, o en San Pantaleón de Losa, esos sitios elegidos desde la antigüedad donde los humanos pretendemos trascender, que tiene que ver más con los sentimientos que con las palabras.

    Recogemos nuestras cosas sintiéndonos muy afortunados de haber llegado hasta aquí, unidos a quienes midieron las distancias entre estas piedras y las dejaron enhiestas, como un mensaje que aún no hemos sido capaces de descifrar.

    Fotos: ©Valvar

  • Concarneau

    Concarneau


    Concarneau, Konk-Kerne en bretón, es una antigua plaza fortificada de Bretaña con un rico patrimonio arquitectónico y una arraigada vocación marítima y pesquera, conocida como la ciudad azul, por el color de las redes de pesca que en el siglo XIX se tendían en el puerto.

    Situada en una preciosa bahía al sur del Finisterre bretón, en su fachada marítima coexisten las actividades náuticas y de talasoterapia con los muelles del puerto, barcos de pesca, astilleros y pantalanes. Es un importante puerto atunero y de otras pesquerías: cigala, eglefino, merluza, rape, sardina, y a la vez una estación balnearia con playas de arena fina. Las fábricas de conservas han sido una importante fuente de riqueza aquí como en toda Bretaña, y siguen siéndolo aunque en menor medida.

    Empero, lo que ha hecho famosa a Concarneau, y lo que nos atrae a nosotros, es su ciudad fortificada, la Ville Close -ciudad cerrada- existente ya en la Edad Media en una pequeña isla en la bahía, al abrigo de ataques. A finales del siglo XIII aparece ya amurallada, en el XV, la duquesa Ana de Bretaña manda construir lo que se conoce como la herradura, de este siglo son también sus matacanes. Mediado el XVI se construye una muralla entre las torres del Mayor y del Gobernador. Hasta la Revolución se mantuvo una guarnición militar permanente.

    Entre los años 1680 a 1694 sus murallas fueron reforzadas por el arquitecto Vauban, un ingeniero militar y arquitecto del Rey Sol, Luis XIV, experto en conquistar fortalezas, defenderlas y diseñar nuevas fortificaciones, como las de Saint Malo.

    Esta es nuestra segunda visita a la ciudad, donde estuvimos en el año 1995. Pero entonces no habíamos leído las novelas de Bannalec ni conocíamos a su personaje, el comisario Dupin, policía parisino residente en Concarneau, que nos ha servido de guía en este viaje. La visita tiene, pues, el interés añadido de descubrir los lugares que hemos recorrido en las páginas de los libros.

    Lo primero que encontramos al bajar del coche, justo frente a la fortaleza, es el restaurante Almiral, el favorito del comisario Dupin, y una furgoneta donde venden ostras, su plato favorito, de varios calibres.

    La fortaleza impresiona tanto si la miras de cerca como de lejos, a pesar de sus reducidas dimensiones: 380 metros de este a oeste y 220 en su punto más ancho de norte a sur, con unos 60 metros en su parte más estrecha. Las murallas de granito que cierran la ciudad tienen una longitud de unos 980 metros, con un grosor de entre 2,5 y 3 metros. Las murallas están catalogadas como monumento histórico desde 1899 y han sido restauradas en 1980, una parte de ellas son accesibles y un corto tramo permanece cerrado.

    Como hicimos entonces, y como repiten la mayoría de los viajeros que llegan hasta aquí, nos fotografiamos en el puente que une la isla con la tierra firme, junto al campanario o Torre del Reloj, que para ajustarse a la realidad debería ser en plural, pues dos son los mecanismos que dan la hora. Bajo el reloj de sol, una inscripción recuerda lo ya sabido: El tiempo pasa como una sombra. Comprobamos cuánto hay de verdad comparándonos en las fotos de entonces y las de ahora.

    Para encontrarte dentro de las murallas todavía hay que atravesar seis puentes de madera, tres levadizos y tres firmes. Sobre ellas se levantan ocho torres: del Gobernador, del Mayor, Nueva, de la Puerta del Vino, del Pasaje, del Puerto del Perro, de la Herradura, del Moro y de la Fortuna. En tres de estas torres se abren otras tantas puertas: la del Vino, por la que se accedía al puerto comercial; del Pasaje, obra del siglo XVIII para dar acceso al pasaje; y de los Ladrones, por donde salían los reos que eran llevados al otro lado, al Pasaje, para ser ahorcados. Esta estuvo tapiada durante siglos y fue abierta de nuevo en 1991

    La Casa del Gobernador está adosada a la Torre del mismo nombre, aunque ningún gobernador llegó a vivir en ella; durante un tiempo fue alquilada a un carpintero. Actualmente ofrece información sobre la programación estival de la ciudad para mayores y pequeños: conciertos, espectáculos, visitas guiadas, animaciones y talleres para grandes y pequeños.

    Llegamos a Concarneau tan de mañana que aún no han abierto los comercios, bares y restaurantes de la calle Vauban, la arteria principal de la Ville Close, de la que parten a un lado y a otro pequeñas callejuelas.

    En la misma calle Vauban se conserva la fachada de lo que fue capilla y hospital de la Trinidad, obra del siglo XVI, con capacidad para diez pacientes. Durante la Revolución fue expropiada y dedicada al culto cívico y a las fiestas laicas del calendario republicano. Luego, fue sucesivamente, iglesia parroquial, escuela, burdel durante la Primera Guerra Mundial, dispensario y espacio de exposiciones.

    En el antiguo arsenal se encuentra el Museo de la Pesca; en la casa de la familia Le Guilloroux de Penanec’h estaban los hornos comunales de la ciudad.

    Al final de la calle Vauban se distingue la iglesia de San Guénolé, levantada sobre un templo del siglo XII, demolido en 1830. La nueva iglesia se convirtió en hospital y asilo de mayores en 1937, demolido en la década de 1980; solo queda su fachada y el hastial del campanario. La iglesia parroquial se construyó fuera de las murallas en 1912.

    Pasearse por las murallas de Concarneau retrotrae al visitante a los tiempos del ducado de Bretaña, a las casas señoriales -casi cada vivienda acogía a una familia noble- si se mira hacia el interior. Hacia el exterior a un lado se distingue el puerto pesquero y al otro, el puerto deportivo. Al frente, la ciudad burguesa crecida al amparo de las grandes conserveras. Es un lugar seductor, no es extraño que atrajera a pintores y escritores, Simenon, que pasó aquí largas temporadas, eligió la ciudad como escenarios de dos de sus novelas: El perro canelo y Las señoritas de Concarneau.

    No alcanzamos a ver el Castillo de Keriolet, monumento histórico, situado a las afueras, escenario de una historia amorosa a la que solo le falta un guionista turco. Zenaida Narischkine Yusupov, princesa imperial rusa, tía del zar Nicolás II, ya viuda de Boris Nikolaevich Yusupov, mandó construir un castillo neogótico como regalo para su segundo marido, Louis Charles Honoré Chauveau, un plebeyo, capitán de la Guardia Nacional francesa, varios años más joven que ella. Generosa como debía de ser, también compró para él los títulos de marqués y conde. El ya conde de Chauveau fue nombrado supervisor del distrito de Finisterre.

    Insensible a tanta generosidad -y a los posibles encantos de su esposa- Louis Charles mantenía simultáneamente una relación extramatrimonial con Jeanne Ducos, hija del ministro de Marina y de las Colonias, Théodore Ducos, con quien tuvo dos hijos. Murió el año 1885 legando el castillo a su amante. Zenaida salió al rescate, recomprándolo por millón y medio de francos; en 1891, lo vendió al gobierno francés con la condición de que se convirtiera en museo. En 1956, uno de los nietos de la princesa: Félix Yusupov, conocido por su participación en en el asesinato de Rasputín, pleiteó con el gobierno francés, argumentando que no se cumplía la condición impuesta por su abuela de dedicarlo a museo, consiguiendo que se le devolviera la propiedad de Kériolet. Necesitado de recursos, vendió el mobiliario y las obras de arte que la abuela había legado a los bretones. Adquirido de nuevo en 1971 por la ciudad de Concarneau, en 1988 fue finalmente vendido a un particular que lo restauró y abrió al público.

    Mientras le cuento esta historia al Colega, observo que, a pesar del cielo azul y de la mañana soleada, veo el horizonte borroso. O estoy perdiendo vista o el enano maléfico de Lampaul 👇 vuelve a hacer de las suyas, le digo.

    En efecto, el horizonte hacia el mar se ha tornado brumoso, apenas se distinguen los barcos. Ante nuestras narices, una especie de brazo de algodón gigante se va acercando a la Ville Close, en lo que asemeja un abrazo a la muralla. El enano maléfico lo ha tomado con nosotros o quiere lucirse.

    Optamos por despedirnos de Concarneau, de la Ciudad Cerrada y del comisario Dupin, agradeciendo sus valiosas enseñanzas y la oportunidad brindada.

    Fotos: ©Valvar

  • Quimper

    Quimper

    Quimper es la capital del Finisterre bretón. Una ciudad de arte e historia en la que coexisten el encanto del mundo antiguo en su catedral, sus calles empedradas, sus casas de entramado de madera, sus creperías o sus porcelanas artesanas y el dinamismo de la modernidad.

    Un espacio urbano en la confluencia de cuatro ríos: el Odet, el Steïr, el Front y el Jet, que le dan nombre, pues Quimper en bretón significa confluencia. Ha sido y sigue siendo un referente de la cultura celta, expresado cada mes de julio en el Festival de Cornoualle.

    Esta es nuestra segunda visita a la ciudad que ya en 1995 nos encandiló. No recordamos dónde nos alojamos entonces, esta vez hemos ido a un hotel de la compañía Oceanía👇, a 200 metros de la catedral, con aparcamiento anejo. Acierto pleno.

    La tarde es tan soleada que nos hace dudar de la niebla mañanera. No, no la hemos imaginado. Era la niebla más cerrada y amenazante que hemos visto en nuestra vida, da igual si la crea el enano cenizo o cualquiera de los seres maléficos que habitan en las aguas de este Finisterre bretón.

    Atravesamos el río por uno de los muchos y floreados puentes peatonales sobre el Odet, que bordea la ciudad siguiendo en esta parte el trazado de la vieja muralla. Estamos a un paso de la catedral de Saint Corentin, cuyas agujas gemelas de 75 metros de altura se divisan en toda la ciudad. Construida entre los siglos XIII y XV sobre una iglesia románica anterior es un edificio esbelto y armonioso, con la particularidad de que el ábside está desviado cinco grados respecto a la portada, para representar la posición de la cabeza de Cristo en la cruz.

    Desacralizada y dañada durante la Revolución, en la segunda mitad del siglo XIX fue restaurada, las vidrieras actuales son de este tiempo. También lo son las agujas, financiadas por el pueblo de Quimper. Una nueva restauración en la última década del siglo XX descubrió el aspecto del templo en el siglo XV: con los nervios en amarillo y ocre rojo.

    San Corentín, patrono de la catedral, era un ermitaño que allá por el siglo IV andaba dedicado a la oración en una cueva de Plomordiern hasta que un día el rey Gradlon de Cornouaille y su tropa, que habían salido a cazar, se perdieron en el bosque y fueron a dar al retiro del ermitaño. Corentín solo disponía de un pez para dar de comer a aquella hueste, pero resultó que a medida que partía un trozo el pescado iba creciendo, hasta alimentar a todos ellos. Admirado el rey, le concedió su propio castillo. En ese lugar levantó Corentín la primera iglesia sobre la que hoy se alza la catedral de Quimper.

    Lo del pez creciente es una bobadita al lado de Gradlon, fundador de Quimper después de escapar vivo de milagro -y pocas veces el término será utilizado tan a propósito- del hundimiento de la ciudad de Ys. Esta era una urbe prodigiosa que el rey había construido para complacer a su hija Dahut, joven de gran belleza pero un poco cabeza loca, dada a enrollarse con el primer tío bueno que aparecía por la ciudad. De la catástrofe solo se salvaron huyendo a uña de caballo Gradlon y San Guénolé, otro que también anda bailando en la cuerda floja entre la realidad y el prodigio.

    Sentados en una terraza frente a la portada de la catedral, observamos entre las agujas la estatua de Gradlon sobre su caballo Morvac’h👇. Desde esta posición vigila el devenir de la ciudad y otea el horizonte a la espera de que Ys emerja de nuevo.

    Metidos en el santoral, en el interior de la catedral encontramos a San Ives, abogado de los pobres, acompañado de un pobre y un rico, como ejemplo de una justicia imparcial, desmintiendo el axioma: Advocatus et non latro, res miranda populo, o sea, abogado y no ladrón, cosa rara es para la gente. De este Ives se cuenta que tenía su casa siempre abierta para dar comida y alojamiento a quien lo necesitaba, también que predicaba en lengua bretona para permitir la comprensión del evangelio.

    Aprovechando el día soleado nos lanzamos a callejear por el casco antiguo de Quimper, la mayor parte peatonal. Admiramos sus casas de entramado de madera, sus ventanas floridas, todo tan bien cuidado como recordamos. Paseamos repetidamente por la calle Kéréon, donde me fotografié antaño. Y nos paramos en el Puente Medard sobre el río Steïr, que cruza el centro de la ciudad.

    Finalmente, torcemos a la derecha y subimos por la rue des Gentilshommes hasta la Place du Beurre, el lugar donde antiguamente se vendía la famosa mantequilla salada bretona. Quimper tiene fama de ser la ciudad donde se hacen los mejores creps au blé noir, es decir, con harina de alforfón (trigo sarraceno). Nos sentamos en la terraza de La Krampouzerie👇, que asegura ser la creperie más antigua del lugar. El primer día optamos por creps dulces y el segundo, por saladas, que llaman galettes, a cual mejor. En ambos casos, acompañadas de la rica sidra bretona.

    Aparte de por su catedral y sus creps Quimper es famosa por su cerámica. Los artesanos se ubican en la barrio de Locmaria, al otro lado del río Odet, donde se encuentra también el Jardin du Prieuré, con plantas aromáticas del tiempo de la duquesa Ana de Bretaña. Pero casi en cualquier calle existen tiendas de las que lo difícil es salir solo con una pieza.

    Siempre que podemos visitamos el mercado de los lugares por donde pasamos, en el caso de Quimper con más motivo porque está en el centro del casco antiguo y porque recordamos que en nuestra primera visita cargamos con ostras y otras delicatessen para degustar de vuelta a casa. Las Halles (Mercado) de Saint François, edificado sobre el solar ocupado por el convento del que toma el nombre, se encuentra tal como lo recordamos, lo que no es extraño si se tiene en cuenta que fue inaugurado en 1847.

    En esta ocasión descubrimos anejo al mercado un restaurante –Le Iode👇– con gente joven que apuesta por los productos de proximidad, elaborados con gusto e ingenio y además nos ilustra sobre las excelencias de la sidra bretona. Pedimos el típico asiette de la mer -una docena de ostras, un centollo, cigalas, caracoles de mar (bigorneaux y boulots)- y otras especialidades de la casa, que aún salivamos al recordarlo.

    Callejeando desde la rue du Chapeau Rouge llegamos a la iglesia gótica de Saint Mathieu que, como la catedral, se levantó en el siglo XV sobre otra románica. La aguja fue construida en 1845 sobre la de 1580. Cuando pretendemos entrar a ver sus vidrieras encontramos que acaban de cerrar. La plaza Terre au Duc, antaño propiedad del duque y hoy poblada de terrazas, invita a sentarse en cualquier de ellas a refrescarse y a ver pasar la vida y a los quimpéroises.

    Quimper tiene una zona de expansión moderna, al otro lado del río Odet, con la rue Sainte Catherine como epicentro, donde abren firmas de moda francesas e internacionales. Tanto en la parte vieja como en la nueva se aprecia un gusto por la belleza y por el cuidado medioambiental.
    En la segunda jornada de estancia en Quimper muy de mañana nos encaminamos hacia la punta de Combrit, en la desembocadura del río Odet, donde se levanta el faro de Santa Marina.

    Este es un paisaje totalmente diferente al del norte de Bretaña, más parece el Mediterráneo, con un sol brillante, un cielo azul y unas aguas casi transparentes. Es sábado y a pesar de lo temprano de la hora empieza a notarse la afluencia de gente.

    Cerca del faro se encuentra el Fuerte de Santa Marina, una fortificación de 1862 mandada construir por Napoleón III para defender la costa, utilizado por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial como parte del Muro Atlántico. Declarado monumento histórico, se utiliza como espacio cultural.

    Seguimos viaje hacia Penmarc’h, por si se diera el caso de que se dejara ver la desaparecida ciudad de Ys, pero no hay suerte. Lo que sí encontramos es un pueblo con el nombre de Saint Guénolé.

    Con el comisario Dupin hemos aprendido que los pescadores se santiguan cuando pasan la Punta de Raz; también que en los días de tempestad se oye el tañido de campanas de la ciudad de Ys. Aquí está el Enfer de Plogoff, donde es creencia que el demonio se hundió en el mar. Nos aseguran que el enfer figura en las cartas de navegación, sin que podamos afirmarlo ni desmentirlo. Nosotros somos de secano.

    En una zona tan escarpada y poblada de riscos, con unas aguas siempre turbulentas, los faros son la guía que permite navegar con cierta seguridad. De ahí la abundancia de torres, que pueblan la costa, muchas de ellas abiertas al público. Del faro de Tevenneg, al norte de Punta de Raz, se dice que está maldito y que ninguno de sus guardianes ha salido indemne. No parece extraño que alguien aislado en un paraje inhóspito acabe en la depresión o en la locura pero los bretones aseveran que todo se debe a un espíritu maligno que los devoraba el alma. Por maligno que sean los espíritus de la costa, desde hace tiempo están condenados al ostracismo, pues los faros están automatizados.

    A medida que nos acercamos a la Punta de Raz el Colega descubre dos enemigos malignos y casi sañudos. Del lado del mar, una neblina, más ligera que la de ayer, pero que solo nos permite distinguir una masa de agua azul grisácea; del lado de la tierra, una circulación cada vez más espesa, de quienes acuden a disfrutar de un día de playa. Él sabe distinguir los avisos cuando los elementos se ponen en contra. Si nos damos la vuelta aún llegamos a comer en Le Iode, propone. Dicho y hecho.

    Fotos: ©Valvar

  • Los recintos parroquiales de Bretaña

    Los recintos parroquiales de Bretaña

    Los recintos parroquiales son monumentos religiosos testigos de la pujanza económica de la Bretaña entre los siglos XVI y XVII, por la producción de lino y cáñamo y la confección de telas utilizadas en la navegación a vela, que se exportaban a Italia o Flandes.

    Representan una fe basada en la pasión de Cristo conectada con las mitologías celtas del culto a los muertos, la fusión de leyendas paganas y una piedad ingenua y rural. Ejemplares similares se encuentran en otras regiones atlánticas, como Galicia o Irlanda, con el nexo común del uso de granito.

    En nuestro viaje por Bretaña habíamos previsto esta jornada para recorrer los faros históricos del Finisterre bretón, con Brest como punto de partida. Esta fue una las ciudades más castigadas por la aviación durante la Segunda Guerra Mundial, de manera que la Brest actual es una ciudad totalmente moderna o reconstruida, esto es, una ciudad sin ningún atractivo especial a nuestros ojos. Por si fuera poco, el entorno del hotel que habíamos reservado se encontraba en obras, con calles cortadas sin conocimiento del GPS, lo que nos llevó casi dos horas de vueltas y más vueltas en una tarde de lluvia fina y persistente. Gajes de viajar a nuestro aire.

    Cuando nos levantamos al día siguiente, encontramos la sorpresa de una niebla cerrada que impedía ver los edificios de la acera de enfrente.

    Advertencia imprescindible: en Bretaña no hay una separación clara entre lo natural y lo fantástico. Como ya conocíamos por las novelas de Bannalec y las aventuras del comisario Dupin, que tan útil nos ha sido en el viaje, aquí puedes encontrarte con personas totalmente solventes que te cuentan como lo más normal cosas que tú consideras inverosímiles.

    Bien, en el desayuno comentamos con un vecino de mesa la contrariedad que nos supone la niebla. El hombre nos aconseja cambiar de planes. Tómenlo como una advertencia, la niebla la crea un enano maléfico que habita en la orilla de la bahía de Lampaul, agitando el mar con una rama de retama. Lo hace por pura malicia, para desconcertar a los humanos, nos cuenta con toda seriedad. Lampaul está en la isla Ouessant, situada a la altura de Brest, en la boca del Canal de la Mancha. Ouessant por sí sola da para un tratado sobre lo fantástico.

    Estoy por seguir la historia en plan de broma pero se me quitan las ganas cuando compruebo que ya no se distingue ni la acera. Pese a todo, el Colega, hombre racional y cartesiano donde los haya, coge el coche dispuesto a seguir el plan previsto. Es inútil y arriesgado. Nunca hemos vista una niebla semejante, no se ve el coche que va delante. Juramos en arameo contra el personaje maléfico fabricante de niebla y optamos por renunciar a los faros y dedicar la jornada a recorrer los recintos parroquiales👇. Comprobamos que a medida que nos alejamos de la costa la niebla se va diluyendo, sin desaparecer del todo.

    Estos monumentos religiosos están rodeados de un muro que delimita el territorio profano del sagrado. Reflejan el poder de la religión de aquellos siglos y el poder económico de una burguesía campesina enriquecida -los juloded o ricachones-, aquí unidos, pues los recintos eran administrados por un consejo parroquial integrado por esos mismos burgueses. Se le considera arte popular, por su raíz en la cultura local, lejos de los grandes centros urbanos.

    Una cultura con protagonismo del Ankou, personaje que aparece como un esqueleto con zuecos y cubierto con una capa negra, con una guadaña con el filo hacia afuera, representación de la muerte. Cada pueblo rivalizaba con el más cercano por levantar un monumento más suntuoso que el vecino.

    Las construcciones de los recintos parroquiales demuestran asimismo la importancia del culto a los santos locales y a los muertos, y el sincretismo religioso de los bretones. Un ejemplo de esta fusión es la representación en dos de ellos de Katell (Caterine) Kollet, leyenda bretona basada en una persona real, nacida en La Roche-Maurice. “Amaba el placer y la diversión, bailar era su vida”, se escribió sobre ella.

    Tenida por una cabeza loca, el señor de La Roche la encerró en una torre de su castillo hasta que eligiera como esposo a uno de sus muchos pretendientes. Pero ella, ayudada por su sirviente Salaüin, huye a la romería de La Martyre, pueblo próximo, donde se dedica a bailar toda la noche. Al amanecer del día siguiente sobre la hierba se encontraron los cuerpos sin vida de Katell y Salaüin. Un enano maléfico los miraba con desprecio (Hay que fastidiarse con estos tipos maléficos). En adelante, la memoria popular añadirá al nombre de Katell el apellido Kollet, que significa condenada. En los calvarios de Plougastel y Guimiliau se la representa padeciendo los tormentos del infierno.

    Los recintos proliferaron hasta que en 1664 el primer ministro francés Jean-Baptiste Colbert fundó la Compañía Francesa de las Indias Orientales, un monopolio real para competir con el comercio inglés y holandés, y en 1675 introduce nuevos impuestos que hunden la región en una crisis de la que no se recuperará.

    Dos décadas después, el Parlamento de Bretaña prohíbe la construcción de nuevos edificios religiosos o el añadido no necesario en los ya existentes para evitar que los gastos suntuarios mermaran la recaudación de impuestos.

    Saint-Thégonnec👇 es considerado uno de los recintos más suntuosos. Nos admira el realismo con que el artista retrató a los personajes, con toda probabilidad juloded, que contribuirían a la realización del monumento.

    El conjunto parroquial incluye la iglesia, los muros perimetrales, una puerta monumental, el osario y el calvario, construido entre los siglos XIV al XVIII. El órgano de la iglesia es obra de Jacques Mascard en el siglo XVII.

    Muy próximo a Saint Thégonec se encuentra Guimiliau, famoso por su inmenso calvario, obra de 1581, con más de dos centenares de figuras.

    La iglesia es del siglo XVI, reconstruida a principios del siglo siguiente. Lo más notable es el pórtico sur. En su frontón triangular hay una estatua de San Milliau. En el interior destaca el baptisterio de roble tallado de 1675.

    Cuando llegamos a Plougastel hay una niebla ligera y pegajosa pero no llueve. El Colega propone darnos la extradosis de cafeína, como nuestro amigo Dupin. Hay varios locales abiertos pero elige el más lejano. La Bretagne, es su nombre.

    Al traspasar la puerta nos sumergimos en los años setenta: rótulos, motos, música, todo remite a ese lejano tiempo de nuestra juventud. El Colega, entusiasta de la música anglo, confraterniza con la señora que atiende el local, un poco más joven que nosotros, solo un poco. Casi tengo que darle las sales para hacerle volver del ataque de nostalgia. A mí me afecta menos porque soy de las que leían la revista Salut les copains y oían a Françoise Hardy, Jacques Brel, Adamo y compañía.

    Cruzamos la plaza para contemplar el calvario más grande de Bretaña, este de piedra de Kersanton, más fácil de tallar y más resistente a la erosión que el granito.

    Construido en 1604 en agradecimiento por haber superado la peste de 1598, en 180 estatuas representa escenas de la vida de Jesús. Y los padecimientos de la pobre Katell Kollet.

    La iglesia aneja está dedicada a San Pedro, resultó muy dañada por las bombas de la Segunda Guerra Mundial y restaurada en los años siguientes.

    El calvario se salvó de su destrucción por la intervención de un soldado norteamericano que escondió en el presbiterio del templo algunas de sus figuras. Posteriormente se restauró el conjunto.

    Así se lo contó al Colega una joven que encontramos allí. Ese es otro de los hechos extraordinarios del viaje, porque él habla francés como los indios arapahoes y los bretones hablan con un acento tan cerrado -un poco como los gallegos- que resulta difícil entenderlos. Excepto a él, claro.

    Aparte de por su calvario, Plougastel es famoso por sus fresas, que aquí se cultivan desde el siglo XVIII y se exportan desde el XIX . No hay más que entrar en la Oficina de Turismo para comprender que son el icono de la ciudad.

    El calvario de Pleyben, de 1555, es una lección de escultura distribuida en treinta escenas de la vida de Cristo.

    La iglesia se construyó entre 1564 y 1583. Su torre es de de estilo gótico sajón y el campanario renacentista. También el osario es de este siglo.

    A medida que nos alejamos de la costa y nos adentramos en territorio argoat o de interior, la niebla se va diluyendo. Pero ya es tarde para retomar la ruta de los faros, optamos por terminar la jornada en Quimper, donde tenemos reserva de hotel para dos días. La ciudad, de la que guardamos un recuerdo maravilloso de nuestra primera visita, nos recibe a pleno sol.

    Fotos: ©Valvar

  • La Costa de Granito Rosa

    La Costa de Granito Rosa

    La Costa de Granito Rosa forma parte de la Costa d’Armor👇, en el litoral norte de Bretaña. Una naturaleza magnífica, un coctel de playas salvajes, balnearios, abadías, faros, puertos pesqueros, archipiélagos y reservas naturales, bien agitado con historias y leyendas. Un resumen de Bretaña.

    Esta jornada es una de nuestras imprescindibles. Nunca antes hemos estado aquí. Hemos salido de Dinan con un sol espléndido pero a medida que nos vamos acercando a la costa el cielo se va nublando y cuando llegamos a Perros-Guirec el sol ha desaparecido totalmente. Vamos bien preparados, pues las previsiones meteorológicas previas al viaje anunciaban una estancia lluviosa en el norte de la región.

    Nos tomamos un café en el puerto del pueblo, balneario famoso, situado en lo alto de una península rocosa. Elegimos un coqueto local atendido por una señora que hace gala del humor bretón, alaba nuestra elección de recorrer la Bretaña, “que es un país muy bonito y no está lejos de Francia”. Otra de esas boutades que gustan a los bretones.

    Elogiamos el café que nos ha servido, muy rico, y aprovecha para darnos una lección sobre las categorías de cafés bretones. El más fuerte es el café torré o stier, el café más suave es el de bonne soeur o café de monja, y el aguado, conocido como pisse de bardot (meado de mula). Cuando le comentamos las previsiones de lluvia nos dice que no hagamos caso, que siempre ocurre lo contrario de lo que dicen los meteorólogos.

    La Costa de Granito Rosa va desde Perros-Guirec a Tréburden, unos 16 kilómetros que pueden hacerse a pie siguiendo el Sendero de los Aduaneros -oficialmente GR34-, que bordea el litoral ofreciendo panoramas de una belleza salvaje. El sendero bordea los acantilados de la costa bretona, tiene una longitud de 1.330 kilómetros y puede recorrerse a pie o en bicicleta. Antaño se utilizaba para vigilar la costa contra los contrabandistas y los depredadores de pecios, pues estas feroces aguas guardan miles de restos de naufragios.

    El color rosa del granito se debe a una mezcla especial de cuarzo, mica, feldespato y óxido de hierro, sometida a altas temperaturas. Es un fenómeno que también se da en Córcega y en algunas zonas de China.

    Queremos ver Castel Meur, la Casa entre las Rocas, que está en Plougrescant, pero nos despistamos en algún desvío y cuando queremos darnos cuenta estamos en Ploumanac’h, a media hora de distancia.

    Volvemos por la carretera de la costa, llena de hoteles, grandes mansiones y chalets a la orilla de playas enormes de arena rosada, pequeñas calas de aguas verdes y balnearios. Dan ganas de pararse en todos los pueblos del recorrido. Una de las ventajas de Bretaña es la abundancia de aparcamientos gratuitos en los que dejar el coche para seguir los caminos que conducen a lugares de gran belleza. A estas alturas el sol ha desaparecido dejando paso a una rara luz blanquecina.

    Castel Meur es quizá la casa más famosa de Bretaña, pues su imagen se ha utilizado profusamente como postal. Está incrustada entre dos enormes rocas, cerca de un abismo sobre el mar, al que da la espalda.

    Fue construida en 1861 y desde entonces lleva resistiendo a los elementos. Por eso, o por el carácter burlón de los bretones fue bautizada como Castel Meur, esto es, Gran Castillo. Su constructor vivió en ella hasta su muerte, ha sido residencia intermitente de sus herederos y actualmente es el hogar de una nieta.

    Estamos tentados de acercarnos y llamar a la puerta de la casa, pero por un lado, nos parece una invasión y, por otro, se ha hecho la hora de comer.

    No lejos del aparcamiento hemos visto un restaurante, el Ty Gouffre, que significa Casa del Abismo, como también es conocida la casa entre las rocas. El Colega, con su buen olfato para encontrar tesoros gastronómicos, no lo duda. Acabamos de entrar en el paraíso de los manjares del mar. Comemos ostras, vieiras, pulpo y ventresca de bonito, bien regado con una sidra y un muscadet frío. Cuando pido sidra el camarero me pregunto si dulce o brut. Brut, respondo, sin dudar. El hombre me sonríe y levanta el pulgar en señal de aceptación. Recuerdo entonces que ese es uno de los signos que identifican a los bretones. Luego, nos aconseja una tarta de mantequilla típicamente bretona de nombre impronunciable: kouign-amann. Rematamos la comida con el lambig, un aguardiente de manzana. Cuidado con confundir con el Calvados de Normandía, también de manzana. Nada que ver, este el lambig es mejor, asegura nuestro camarero.

    Cuando salimos del restaurante chispea ligeramente. Cogemos el coche hasta Perros-Guirec para retomar la Costa Rosa donde lo hemos dejado. Seguimos un tramo del Sendero de los Aduaneros en dirección al faro de Ploumanac’h, en bretón de Mean Ruz. En Bretaña abundan los faros históticos pero este no lo es: el original de 1860 fue bombardeado en la Segunda Guerra Mundial, en 1945 fue sustituido por esta construcción, de granito rosa, como cabe esperar.

    Vamos pertrechados para protegernos de la lluvia, que sigue cayendo finamente. Es lo que los bretones llaman el crachin, los vascos chirimiri y los castellanos calabobos, parece que no llueve pero acabas empapado. Los vientos húmedos del Atlántico aumentan los efectos del crachin,

    Pasamos por la Casa del Litoral, museo y centro de interpretación de la naturaleza, y por la Capilla del Diablo, llamado así por estar adornado con gárgolas con cabeza demoníacas. En realidad es un viejo cobertizo de barcas.

    Se diría que en algún momento del tiempo geológico la naturaleza se puso creativa y esculpió en el granito formas abstractas y algunas concretas. Algunos identifican al Sombrero de Napoleón, la Cabaña de los Enamorados, las Fauces del Tiburón, la Botella, la Bastilla, la Seta, el Pie, la Liebre… también hay una cueva de los bandidos, del leproso, de los piratas, de las sirenas… Nosotros a duras penas creemos ver un enorme sapo, cerca ya del aparcamiento.

    Más que ver, intuimos que estamos caminando por una costa exuberante y feérica, pero la lluvia nos impide disfrutarlo como nos gustaría. Ni siquiera alcanzamos a divisar las Siete Islas👇, que están ahí, enfrente de Ploumanac’h, la mayor reserva de aves marinas de Francia, poblada de alcatraces, frailecillos y focas grises, a la que nos hubiera gustado acercarnos en barco.

    Pasamos cerca del oratorio de San Guirec , el lugar donde la tradición afirma que el santo bajó del barco que lo traía de Gran Bretaña. Es costumbre que las jóvenes casaderas de la comarca metan una aguja en la nariz del santo. Si la aguja queda clavada, significa que encontrarán marido ese año. Las madres jóvenes besan los pies de la imagen para que sus hijos aprendan a andar pronto.

    Nos despedimos momentáneamente de Ar mor bras, el gran mar, como lo llamaban los celtas, antes de que los griegos lo bautizaran Atlantis thalasa, mar del titán Atlas, el Atlántico. Dejamos Armórica, la tierra del mar, y tomamos Argoat, la tierra de los árboles, camino a Brest, donde hemos reservado el alojamiento.

    Fotos: ©Valvar

  • Dinan

    Dinan

    Dinan👇 es un pequeño y pintoresco pueblo de la Bretaña, encaramado sobre el río Rance, con auténtico ambiente medieval: calles empedradas, casas con entramado de madera, murallas y castillo.

    Los bretones, para quienes todo lo suyo es lo más de lo más, afirman que este es uno de los pueblos más bellos de toda Francia, la joya de la Costa de Armor. Como no somos bretones ni conocemos todos los pueblos de Francia no podemos afirmar ni negar tal aserto, pero bonito es un rato largo.

    Aunque sobre el mapa este matiz no se aprecia, Dinan se extiende en dos niveles: arriba, la ciudad amurallada -casi tres kilómetros de muralla- con su castillo, su catedral, su torre del Reloj, sus casas de entramado de madera, sus calles de resonancia medieval; abajo, el puerto deportivo, un barrio alegre, lleno de pequeños bistrós y terrazas, alegre y bucólico, según la hora del día.

    Hemos reservado un alojamiento que se anuncia como casa típica bretona en la ribera del río Rance. La publicidad no miente: es una casona de la Bretaña antigua, bien podría ser de la época de la duquesa Ana. La planta baja es un restaurante y en la planta superior, en lo que debió de ser el pajar, se han habilitado las habitaciones -con gusto y confort, es verdad-. La escalera de acceso es estrecha y empinada, nada de ascensor. El Colega alardea ante las Herederas y la Nieta de haber dormido de niño en una “morena” (RAE: montón de mieses apiladas en el rastrojo o en la era), pero yo soy de la especie urbanita, siempre he dormido en colchón. Pasado el efecto escalera, lo anotamos como una experiencia viajera. A mi edad, ya no se me van a presentar muchas ocasiones de dormir en un pajar.

    A cambio, desde la ventana se nos ofrece una bonita vista y podemos aparcar el coche en la puerta. La cama es grande y cómoda.

    Dejamos el equipaje y subimos a la ciudad amurallada por una carretera tortuosa. La puerta de San Luis que nos lleva directamente a la basílica de San Salvador, que conserva un poco del escaso románico bretón.

    La fábrica original fue encargada por Rolland de Dinan, es mencionada ya en 1123. De esta época conserva el pórtico occidental y el muro sur, con algunas coincidencias con pórticos del Poitou y Saintonge.

    Pero es en el siglo XIV cuando se convierte en lugar emblemático: aquí reposa el corazón de Beltrán du Guesclin, héroe de la guerra de los Cien Años, el mismo Duguesclín famoso en España por aquello de que “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”. De él se cuenta que compensaba su extrema fealdad con un arrojo y astucia en la guerra que le llevaron a ser nombrado Condestable de Francia. Mediante la guerra de guerrillas logró expulsar a los ingleses de buena parte del territorio francés que entonces ocupaban.

    Fue enviado a Castilla al mando de las Grandes Compañías para apoyar a Enrique de Tratámara, que disputaba el trono castellano a su hermanastro Pedro I, el Cruel o el Justiciero, según como se mire. Tras la batalla de Montiel en 1369, Beltrán propició el asesinato del rey Pedro a manos de Enrique, despachándose ante la historia con la frase que le ha dado fama en España. Murió guerreando en 1380. Su cuerpo recibió sepultura en la basílica de Saint Denis, donde se enterraban los reyes de Francia, pero su corazón quedó en su Bretaña natal, en esta basílica de San Salvador. Dinan le tiene como uno de sus héroes, ha erigido una estatua en su honor y le ha dedicado una plaza.

    En el siglo XV se amplió la iglesia con una nave y nuevas capillas laterales; en el XVII se levantó el campanario que coronaba el conjunto. Las sucesivas guerras impidieron acabar las obras proyectadas, quedando un edificio asimétrico.

    La Revolución desacralizó el lugar, en el siglo XIX el arquitecto Victor Ruprich Robert dirigió una restauración para combinar armoniosamente los estilos románico y gótico de la iglesia.

    En su interior se guardan varias sepulturas de caballeros bretones, incluida la de Rolland de Dinan, su fundador, muerto en 1186.

    Del exterior, destaca su portada, de estilo románico, con un portal decorado con arquivoltas y esculturas, en la que se aprecian influencias orientales, quizá resultado de las cruzadas. No es frecuente encontrar en el corazón de la Bretaña una pareja de camellos y otros animales exóticos.

    El castillo de Dinan es obra del siglo XIV, residencia de los duques de Bretaña, dueños de una parte de la ciudad. Aquí se refugió la duquesa Ana, tras enviudar del rey Carlos VIII. También ha sido residencia del gobernador y luego, prisión hasta 1904. Actualmente acoge el museo de la ciudad.

    La torre del Reloj es otro de los monumentos del centro medieval de Dinan. Construida en el siglo XV, sus 47 metros de altura hacen de ella el edificio más alto de la ciudad. Su reloj data de 1502 y es de los más antiguos de Europa en funcionamiento, sigue dando sus campanadas cada cuarto de hora.

    La torre puede visitarse si una se ve dispuesta a subir 158 escalones. No es nuestro caso, ni siquiera el Colega, siempre presto a trepar, se anima.

    Cerca de la torre, en la misma calle del Reloj, se encuentra la Casa del Gisant, del siglo XI. En unas obras de restauración del edificio se encontró una escultura funeraria representando a Roland de Dinan, que ahora reposa sobre un murete de piedra.

    Otro lugar desde donde ver la ribera del río es la Torre de Santa Catalina, resto de una defensa medieval del siglo XIV,, al borde de la muralla, en una zona que llaman Jardín Inglés.

    Aunque a estas alturas ya llevamos vistas muchas casas medievales bretonas de entramado de madera, hay que admirar la belleza y buena conservación de estas de Dinan, más de un centenar que se extienden por las calles centrales de la ciudad: la del Reloj, Petit-Pain, Cordonnerie, Cordeliers, o Jerzal, antaño puerta de entrada a la ciudad, la calle donde se colocaban los puestos de los mercaderes.

    Mientras el Colega pasea por el claustro del antiguo convento los Cordeliers, aprovecho para entrar en una tienda de conservas bretonas -La belle-îloise-, famosas en el mundo entero desde tiempos inmemoriales, según me asegura la persona que me atiende. Me llevo sardinas en todas las preparaciones posibles. Cuando el Colega me coge las bolsas de la compra rezonga un poco. Tienes hambre ¿eh?, dice.

    Dinan presenta a esas horas de final de la tarde una animación sin barullo ni aglomeraciones. Las terrazas están concurridas, en un ambiente familiar. Creo que somos los únicos forasteros.

    Optamos por bajar de nuevo y cenar en la zona del puerto. Aquí hay animación y mayor presencia de visitantes. Nos sentamos en una terraza y pedimos una sopa de cebolla y una tabla de quesos y patés. En Cancale he descubierto la sidra bretona, que toman en unas tazas de cerámica, y le he cogido gusto. Al Colega le ha pasado algo parecido con el muscadet, un vino blanco que se obtiene de la variedad uva melón, también muy rico. En la espera, especulamos sobre la relación de la Costa de Armor y Dinan, que está a una veintena de kilómetros del mar. Recurrimos al comisario Dupin: en bretón, Armórica es la tierra del mar, frente a Argoat, que es la tierra de los árboles, el interior de la región. Dinan pertenece a la primera.

    Bien descansados en el colchón del pajar, a la mañana siguiente madrugamos tanto que aún no ha abierto el restaurante. La señora que lo atiende nos invita a dar un paseo por el río mientras lo prepara. Sabio consejo. Durante casi una hora recorremos la ribera a uno y otro lado, cruzándonos con apenas media docena de personas que hacen deporte.

    A la vuelta tenemos la mesa preparada. Panecillos y cruasanes recién hechos, , fruta, zumo, mantequilla salada, mermelada… Y un sol que reverbera en el río, a nuestro lado. Decididamente, la duquesa Ana no dormiría en el pajar, pero apuesto a que tampoco desayunaba mejor que nosotros.

    Fotos: ©Valvar

  • Saint Malo

    Saint Malo

    Saint Malo 👇es una ciudad corsaria, un fuerte amurallado que se mira en la mar. Sus habitantes conservan el espíritu independiente y combativo de sus días de gloria y ofrecen al visitante historia, monumentos, playas y gastronomía.

    Donde hoy se levanta la ciudad existió ya en época romana un asentamiento humano, pero fue en el siglo XII cuando los insistentes ataques normando obligaron a reforzar sus defensas. Algunos tramos de muralla son de ese siglo, en el que también se inicia su primitiva catedral románica.

    Situado en la frontera entre el ducado de Bretaña y el reino de Francia, convertido ya en importante puerto, fue indistintamente bretón y francés. Durante cuatro años, entre 1590 y 1594, se declaró independiente, la República de Saint Malo. De entonces es su lema: Ni francés ni bretón, malouin. Lo que viene a ser la quintaesencia del bretonismo, que lleva el independentismo en su núcleo existencial.

    Integrada definitivamente en la corona de Francia en el siglo XVI, su estratégica situación favoreció el comercio con las tierras recién descubiertas del continente americano al otro lado del océano, enriqueciendo a los grandes armadores y comerciantes. Ellos fueron los primeros constructores de las grandes mansiones, de granito de Chausey, llamadas malouinières, que bordean la ciudad como una segunda muralla.

    Entre los siglos XVI al XIX la ciudad vive su momento de esplendor económico favorecido primero por el comercio textil, pero, sobre todo, por la piratería legalizada por los monarcas franceses, la patente de corso. Aunque el botín era propiedad real, correspondían a los corsarios una parte de las riquezas conseguidas.

    El negocio corsario estaba en manos de mercaderes de Saint Malo, en cuyos barcos ondeaba la bandera de azul con la cruz blanca; el millar de barcos capturados con grandes cantidades de oro, plata y piedras preciosas fue una fuente de riqueza que hizo prosperar a la ciudad. Durante casi tres siglos dominaron los océanos: apresaban barcos mercantes enemigos, se hacían con la carga, secuestraban a la tripulación y la liberaban a cambio de un rescate. También escoltaban a las propias embarcaciones mercantes, además de ahuyentar a los barcos ingleses, el gran adversario.

    La Revolución frenó el negocio corso, entonces Saint Malo, además de potenciar su flota pesquera, se convierte en un punto de referencia en la trata de esclavos entre África y América, con destino a las plantaciones de caña del Nuevo Mundo. Algunas de las grandes fortunas malouinas tienen su origen en ese comercio.

    En el siglo XIX la gran burguesía francesa descubrió los encantos del veraneo en la Costa Esmeralda, que se extiende desde Cancale al Cabo Fréhel, con Saint Malo como ciudad principal. Por aquí pasaron Víctor Hugo o Picasso y, según se cuenta, aquí escribió Edmond Rostand su Cyrano de Bergerac. Dinard, al otro lado de la bahía del río Rance, fue el lugar favorito de los ingleses, que sembraron el litoral de villas neogóticas, muchas de las cuales aún permanecen.

    Tras el desembarco de los aliados en Normandía, en la Segunda Guerra Mundial, los alemanes se refugiaron en la ciudad, duramente bombardeada por la aviación aliada. Solo las murallas se salvaron. Los malouinos repiten con orgullo que ningún enemigo ha doblegado las defensas, Saint Malo siempre ha resistido.

    Después de la guerra la catedral y los edificios señoriales de estilo clasicista fueron reconstruidos siguiendo el modelo original. Hoy es una ciudad de 50.000 habitantes repartidos entre sus barrios periféricos y el casco antiguo, intramuros de sus murallas. El turismo de balneario tiene en esta zona uno de sus lugares predilectos.

    Las murallas de Saint Malo conforman una circunferencia de casi dos kilómetros, que se puede recorrer íntegramente, con acceso desde distintos puntos de la ciudad. Es una experiencia. O varias, pues además de las distintas perspectivas que ofrece, estas varían según la marea esté alta o baja.

    Desde el bastión de Hollande se ve la piscina dentro del mar, a la que en marea baja se accede desde la playa. También se distingue el camino que conduce a los islotes Gran Bé y Pequeño Bé. En el primero se encuentra la tumba del escritor François René Chateaubriand; en el segundo, el Fuerte Nacional, obra de 1689, construido en granito según proyecto de Vauban, arquitecto favorito del Rey Sol, Luis XIV, para proteger a la ciudad. Hoy es propiedad privada.

    La ciudadela fortificada -la Ville Close- es el corazón de Saint Malo. En palabras del escritor malouin Chateaubriand, su tamaño no supera el Jardín de las Tullerías de París, a pesar de lo cual, ha regalado al mundo más personalidades famosas que ciudades mucho mayores. Entre estos malouines ilustres hay que señalar a Jacques Cartier, explorador que llegó hasta la costa de Canadá, René Moreau de Maupertuis, director de la Compañía de las Indias Occidentales de Saint Malo o René Duguay-Trouin, entre cuyas hazañas se cuenta la toma de Río de Janeiro en 1811, donde liberó a un millar de presos franceses y obligó a la ciudad a pagar un gran rescate.

    Su trazado urbano es el de una ciudad medieval: calles estrechas de suelo empedrado, casas de piedra con sus peculiares chimeneas, tejados de pizarra… La multitud de locales turísticos, restaurantes, bares, tiendas de porcelana, de recuerdos, de ropa y de todo lo susceptible de compra y venta nos advierten que los malouinos viven el siglo XXI.

    La Bretaña no es pródiga en monumentos románicos, así que aprovechamos lo poco que queda de este estilo en la catedral de Saint Malo 👇para darnos un gusto. Dedicada a San Vicente, se encuentra en el centro de la ciudadela y es uno de sus monumentos emblemáticos.

    A partir de su primitiva construcción románica en los siglos sucesivos ha ido añadiendo estilos diversos, prevaleciendo el gótico. Fue prácticamente destruido por los bombardeos de 1944 y reconstruida de nuevo. Está declarada monumento histórico. Acoge los restos de Jacques Cartier y de René Duguay-Trouin.

    Nos gusta la pila bautismal, situada a la entrada.

    El gran rosetón es de 1968. Aún aceptando su modernidad, impresiona su belleza y la del resto de sus vidrieras. Es un templo de singular atractivo.

    En la calle Asfeld, se encuentra uno de los pocos palacios corsarios originales que se conservan: la Casa del Corsario, mandada construir por el poderoso armador François-Auguste Magon de la Lande, del siglo XVIII.

    Comemos en la zona baja de la Cité, junto al puerto deportivo, plagada de pequeños restaurantes, todos con una suculenta carta de pescados y mariscos. El Colega se decide por “La Perle Malouine”. Yo pido la especialidad de la casa, “la choucroute del pescador”, verdaderamente rica. El Colega pide un entrecot bretón, en honor del comisario Dupin, que tanto nos ha ilustrado sobre este viaje.

    Volvemos al lugar donde hemos dejado el coche recorriendo de nuevo la muralla. Ahí está el Castillo, sede del ayuntamiento de la ciudad, con sus cuatro torres angulares en torno a la del Homenaje: la General, de las Damas, de los Molinos y la Quic-en Groigne, que viene a significar porque yo lo digo. Esta es la respuesta dada por Ana de Bretaña a las protestas de los malouines, que se oponían a su construcción: “Quic-en-Groigne, ainsi sera, tel est mon bon plaisir”.

    En la plaza de Quebec encontramos la escultura de un corsario famoso bajo el mandato de Napoleón: Robert Surcouf. Fue casi todo: escritor, armador de barcos pesqueros, pirata y comerciante de esclavos.

    Ha empezado a subir la marea, ocultando la piscina interior que habíamos visto en nuestro primer paseo y cubriendo el camino a las islas Bé. Extramuros de las murallas se encuentra la Cité d’Alet, refugio de artistas y bohemios.

    Nos despedimos de la ciudad corsaria, tomada ahora por los turistas de media Europa, incluidos los ingleses, antaño enemigos. De camino a Dinan. cruzamos el río Rance por el puente de la central mareomotriz construida en 1961, un proyecto pionero que aprovecha el movimiento de las mareas para generar electricidad verde, de la que se benefician 350.000 habitantes. Donde el pasado y el futuro de Bretaña se dan la mano.

    Fotos: ©Valvar

  • El Mont Saint Michel

    El Mont Saint Michel

    El Mont Saint Michel es una imagen icónica, una enorme abadía sobre un peñasco en la bahía, imperturbable al paso de la historia y al aluvión permanente de sus miles de visitantes. Una visión que impresiona, conmueve y a veces irrita.

    La leyenda asegura que fue el mismo arcángel San Miguel quien eligió el lugar 👇apareciéndose al obispo Aubert el año 708 pidiéndole que levantara un santuario en la isla entonces conocida como Mont Tombe. A finales del siglo X el duque Ricardo I de Normandía creó una comunidad de benedictinos. Sobre la cima de aquel montículo, los monjes construyeron cuatro criptas y una abadía románica, enseguida convertida en lugar de peregrinación en el occidente cristiano. Por aquí pasaron reyes, nobles y villanos.

    Por añadidura, la abadía produjo y conservó muchos manuscritos, que hicieron de ella un importante centro cultural.

    Para atender este flujo de visitantes en la parte inferior del monte se fue creando un núcleo de población.

    En el siglo XIII se añadió el conjunto gótico llamado La Merveille (la Maravilla) formado por dos edificios de tres plantas rematados por el claustro y el refectorio de los monjes. Es lo que constituye la parte superior del montículo, rematado actualmente por una escultura dorada de San Miguel, a 170 metros sobre el nivel del mar.

    La guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra obligó a construir un refuerzo militar que permitió a la Roca, como también es conocido el lugar, resistir el asedio de tres décadas pero no pudo impedir el hundimiento del coro románico de la abadía, luego reemplazado por un coro gótico.

    La Revolución expulsó a los monjes, nacionalizó el Monte y lo convirtió en prisión estatal, una bastilla de los mares por la que pasaron 14.000 prisioneros.

    Los escritores románticos reclamaron el cierre de la prisión. El edificio fue restaurado y abierto al público, convertido en atracción para turistas ricos. Hasta entonces la Roca seguía siendo una isla, a la que solo se podía llegar a pie en la bajamar. La construcción de un dique de carretera convirtió la isla en península. En las primeras décadas del siglo XX un tranvía de vapor comunicaba la Roca con la ciudad de Pontorson.

    Durante la Segunda Guerra Mundial fue ocupado por los alemanes. Desde 1966 una comunidad religiosa ofrece asistencia espiritual a los visitantes, actualmente, las Fraternidades Monásticas de Jerusalén. Desde 1979 es Patrimonio Mundial de la UNESCO.

    Ya en el siglo XXI se ha acometido un proceso de transformación general de la bahía para evitar el progresivo entarquinamiento de las tierras limítrofes del Monte. Se construyó una presa en el Couesnon 👇 para repeler los sedimentos de las mareas, el antiguo camino del dique fue sustituido por un puente peatonal y se habilitaron aparcamientos en tierra firme.

    Como primera medida, se ha alejado el tráfico rodado. Antes, en marea baja llegabas en coche hasta los muros de las murallas. Ahora el acceso de vehículos está restringido hasta La Caserne -a dos kilómetros del Monte-mediante vallas que solo se abren introduciendo la clave que los hoteles confían a sus huéspedes. Cada hotel tiene su propio aparcamiento. Autobuses lanzadera conducen a los visitantes hasta el puente peatonal junto al Monte.

    Esta es una de nuestras etapas imprescindibles, no solo porque el lugar lo merece sino porque hemos planeado darle una segunda oportunidad y celebrar aquí mi cumpleaños. En septiembre de 1995 llegamos a la Roca con el propósito de pernoctar y recorrer la abadía pero encontramos tal muchedumbre en su calle Mayor que nos dimos media vuelta y salimos corriendo. En esta ocasión, al preparar el viaje a la Bretaña nos dijimos, ahora o nunca.

    Primer error. La Roca no pertenece a la Bretaña, sino a la Normandía. Le Couesnon par sa folie a mis le Mont en Normandie (El Couesnon en su locura ha puesto el Monte en Normandía), dice un aforismo local. La frontera entre ambas regiones lo señala el río, la ribera este es normanda y la oeste, bretona.

    Antes de empezar el viaje hemos sacado las entradas para visitar la abadía 👇a las 10 horas del día 10. Llegamos a media tarde del día 9. La lluvia que nos ha despedido de Cancale ha escampado al otro lado de la bahía. A ratos un rayo de sol se escapa entre las nubes. Tomamos un autobús para una primera visita a la Roca.

    La emoción al divisarlo es la misma que la primera vez. Ese cono casi perfecto coronado por la imagen de San Miguel tiene algo telúrico, conmovedor. Nos hemos hecho la ilusión de que las restricciones de acceso limitarán el número de visitantes. Otro error. Al bajar del autobús nos cruzamos con cientos de personas que van o vuelven. Tres millones de personas lo visitan cada año, 20.000 personas al día en temporada alta.

    Observamos que el nuevo acceso se ha movido hacia el oeste, pero hay que seguir atravesando las tres puertas -l’Avancée, que conduce al patio del Cuerpo de Guardia de los Burgueses, la del Boulevard, y la del Roy, con su puente levadizo- para entrar en la Grande rue o calle Mayor, cuajada de tiendas e igual de abarrotada que en nuestra primera visita. Encontramos un grupo de militares de vigilancia junto a la puerta.

    A la derecha de la entrada, una escalera sube a la muralla, que bordea la isla. A la izquierda, el Albergue de la Mère Polard 👇, una institución local, creadora de la famosa tortilla que lleva su nombre.

    Con el mejor de los espíritus subimos hasta la abadía, preguntamos si podemos adelantar la visita a esta tarde. El señor que nos atiende nos dice que sí, pero la señora que le acompaña se niega en redondo. Tienen que venir mañana, insiste con malos modos. Todavía tenemos la adrenalina intacta de reencontrarnos con la Roca y nos vamos sin protestar.

    Hemos leído elogios a la iluminación nocturna del Monte así que aprovechamos para recorrer los alrededores mientras anochece. Llegamos hasta la presa del río Couesnon, donde se han instalado unos sillones confortables para descansar contemplando la bahía. Todavía es de día cuando retornamos paseando hasta la explanada de acceso; en el camino vemos un rebaño de ovejas pastando en el prado salado, cuya carne es muy apreciada por su sabor. El cielo está encapotado. La mayor parte de los visitantes ya se han retirado, solo quedamos los recalcitrantes.

    De pronto, se abre un hueco entre las nubes y aparece el sol como fuego de un vivo color naranja. El espectáculo es de tal belleza que nos quedamos sobrecogidos. Hacemos mil fotos, ninguna de las cuales expresa el esplendor y grandiosidad de esta puesta de sol. Me lo tomo como un regalo de cumpleaños anticipado. La vida a veces es generosa.

    El naranja del sol se va disolviendo lentamente en una gama de morados, rosas y azules que se resisten a apagarse del todo.

    Luego, volvemos a entrar en la Roca. Para sorpresa nuestra, no hay nadie. Nadie es nadie. En la Grande rue estamos solos.

    En la iglesia de San Pedro ponemos una vela, como descreídos buenos, y acabamos cenando en Las Terrazas de la Bahía, que está enfrente.

    Los camareros miran a los pocos clientes que quedamos con cara de estar deseando cerrar e irse, en realidad en el recinto amurallado vive apenas una veintena de personas. Nadie sabe decirnos a qué hora se ilumina la abadía.

    Volvemos paseando hacia el hotel con parada de nuevo en la presa del río. Lentamente, se van encendiendo unas pocas luces del Monte, pero nada más.

    El día 10 madrugamos para llegar pronto a la Roca. Es un día luminoso y fresco. En la calle Mayor nos cruzamos con un grupo de militares muy jóvenes, que parecen acantonados aquí.

    Cerca de nuestro hotel hemos encontrado dos monolitos en memoria de los generales norteamericanos Eisenhower y Patton, respectivamente, en homenaje por la liberación de Francia en 1944.

    Tanto hemos madrugado, que tenemos que esperar un buen rato para la visita porque la señora del día anterior de nuevo se niega a dejarnos entrar. Vaya ejemplo de caridad cristiana en un lugar de peregrinación, me quejo. Este es un monumento nacional, no tiene nada que ver con la religión, responde. No me va a aguar el día, es mi cumpleaños, estoy contenta y jubilada, mientras usted está amargada y tiene que trabajar, le digo. Recorremos de nuevo la muralla desde la que se divisa la bahía, ahora con marea baja.

    El Colega propone bajar a una terraza a hacer fotos. Echo una ojeada a las escaleras, proyectadas para curtidos visitantes medievales y no para jubiladas modernas, y opto por esperarlo arriba. Menos mal, porque un joven dinámico resbala en el primer escalón, se pega una costalada y baja todo el tramo arrastrando el trasero. Una chica que sube no puede evitar la risa. Ahí se ve la juventud, me digo. Si me pasa a mí, tienen que evacuarme en camilla.

    Finalmente, a las 10 en punto, después de trepar por tercer vez la larga y empinada escalera, podemos entrar en la abadía. No sé a qué tantos remilgos con el control del acceso pues dentro somos legión.

    Hacemos un recorrido rápido, subiendo y bajando escaleras, disputando un hueco entre los visitantes. Verdaderamente, admira la obra de ingeniería levantada en unos siglos con los medios precarios del momento.

    Exponente de esos medios es la Gran Rueda, una grúa de tracción humana que servía para subir los materiales de construcción y los suministros para los residentes de la abadía, arrastrándolos por una enorme escala que parte de la base del monte.

    Por las cartelas comprobamos que la mayor de la ornamentación son reproducciones, incluida una Virgen negra, patrona del Monte. Va a resultar que lo más antiguo son las telarañas, le digo al Colega.

    Advertencia. Si eres mayor -y yo en esos momentos acabo de cumplir 79 años- hay que ser cauteloso para visitar Mont Saint Michel. Entre la multitud, las cuestas y las escaleras, te arriesgas a un pisotón, una costalada o un infarto.

    Salimos del recinto bordeando los enormes muros de la secular abadía. Tomamos un refresco en las Terrazas, desde donde contemplamos los viejos muros a un lado y la arena blanca de la bahía al otro.

    Todavía nos quedamos un rato largo despidiéndonos de la mítica Roca antes de volver al coche y seguir viaje.

    Fotos: ©Valvar