Tours

Tours, a orillas del río Loira, es una ciudad Patrimonio la Humanidad, considerada el jardín de Francia. Toma el nombre de sus pobladores, los turones. La Civitas Turonerorum es desde el siglo III un importante centro cristiano, en buena medida por su santo local, San Martín de Tours, que la convirtió en centro de peregrinación y etapa imprescindible del Camino de Santiago. Fue capital de Francia durante el reinado de Luis XI. En torno a ella se levantan los famosos castillos del Loira, que atraen a turistas por millones.

Sobran, pues, motivos para visitar Tours, pero nosotros acudimos para resolver una duda: el Colega cree que estuvimos aquí hace muchos años, cuando no existía la fotografía digital, y yo sostengo que no. Ya de paso, queremos visitar la catedral y dar un paseo por esta ciudad que rinde tributo a los escritores clásicos franceses en su callejero y en la nomenclatura de sus comercios.

Buscando un hotel céntrico y con parking propio o cercano habíamos reservado uno situado frente al Gran Teatro de la Ópera, con el valor añadido de haber tenido entre sus huéspedes a Honoré de Balzac, el autor de La comedia humana. Deberíamos haber sopesado el hecho de que Balzac murió en 1850 pero omitimos ese pequeño detalle. Llegamos sin dificultad, GPS mediante. El establecimiento se encuentra en un primer piso sin ascensor, pero, afortunadamente, viajamos ligeros de equipaje. A primera vista, salvo la moqueta, la escalera puede ser la misma que pisó Balzac. La decoración sin duda que es la misma.

Pero, tras la experiencia del baño exterior de la abadía de Saintes, la pensión decimonónica nos parece bien. Después de haber dormido en la celda de una monja esta noche lo haremos en el cuarto de Balzac. ¿No buscábamos experiencias? Pues ahí las tenemos. El señor que nos atiende indica al Colega cómo tiene que llegar al parking concertado con el hotel, que está a la vuelta de la esquina, y yo me quedo preparando la ropa para salir a conquistar Tours.

Más, pasa el tiempo y el Colega no vuelve. A la media hora bajo a esperarlo a la calle. Nada, no aparece. Cuando han transcurrido tres cuartos de hora subo de nuevo y, tratando de disimular la preocupación, le digo al señor de recepción que mi marido no vuelve y no sé dónde ir a buscarlo. ¿Ha mirado en el parking?, me pregunta. No, no sé a qué parking ha ido, respondo. Entonces, el buen hombre mira a la escalera, me mira a mí y me dice muy sonriente: Ahí le tiene. Lo recibo casi tan efusivamente como él a mí cuando el haya de Turrientes. ¿Dónde estabas?, le pregunto. Hablando con el señor del parking, responde tan contento, con esa cachaza que le ha concedido la Providencia.

Esta inclinación del Colega a pegar la hebra con todo el mundo tiene su mérito cuando estamos fuera de España porque nunca ha estudiado inglés y francés, sólo en el bachillerato. Eso no impide que, con su francés macarrónico o su inglés de indio arapahoe sea capaz de mantener una conversación larga allá donde vayamos. Y hacerse entender.

Pasado el susto -mi susto, debo decir- nos lanzamos a las calles de Tours. Lo primero, una visita a la catedral, pero antes, una parada en la brasserie que hay junto el hotel, donde pido “un eau Perrier”, mi agua favorita, y el Colega, un café. Estamos sentados en la rue Corneille, a la sombra del Grand Théatre.

En un breve paseo, siguiendo la calle del hotel -rue de la Scellerie o de la Tabalardería-, llena de librerías de viejo y tiendas de antigüedades, llegamos a una bocacalle desde la que se ve la fachada de la catedral. Una obra de encaje en piedra y vidrio con un enorme rosetón en el centro, que nos deja sin palabras. El Colega se convence, por fin, de que nunca habíamos estado en Tours aunque, insiste, pasamos por aquí camino de París. Vale.

Como casi todos los grandes monumentos, este tiene también una larga historia. La primera iglesia fue levantada en el interior de la antigua muralla hacia el año 338, por el obispo San Lidoire, a quien sucederá San Martín. En el 558 un incendio arrasa el castro y deja la iglesia en ruinas. Dos años después, se reconstruye, consagrada a San Mauricio. Hacia 1160 el edificio estaba en tan mal estado que se levanta de nuevo, sin llegar a terminarse. Un siglo más tarde, esta construcción amenaza ruina y es entonces cuando se reconstruye en parte en estilo gótico flamígero, con un coro que recuerda en su parte superior a la Sainte Chapelle de París.

A partir del siglo XIV empieza a conocerse como de Saint Gatien, en honor al apóstol que habría precedido a San Lidoire. En el XV, tras el paréntesis obligado por la Guerra de los Cien Años, se construyen la nave y la fachada. En el XVI se culminan las dos torres. En 1793 los revolucionarios destruyen la estatuaria de las tres puertas que habían dejado indemnes los protestantes.

En 1858 fue restaurada la puerta central. La restauración parece no tener fin pues en nuestra visita encontramos cubiertas con lonas por obras la mitad de la iglesia.

Al acceder al interior, la primera impresión es de enorme altura, aunque solo alcance los 29 metros. Pero lo que impresiona realmente son sus vidrieras, originales en un 70%, que se diferencian claramente de las modernas del presbiterio, diseñadas para la visita a la catedral del papa Benedicto XIII en 2013.

Tras la visita a la catedral, deshacemos el camino y nos dirigimos hacia la iglesia de San Martín de Tours, soldado romano convertido al cristianismo, quien se dedicó a evangelizar a los campesinos y llegó a obispo en el siglo IV. Enterrado fuera de la ciudad amurallada o ciudad vieja, con el tiempo se fue desarrollando en torno al cementerio una población, el barrio de San Martín, que acabó fusionándose al anterior. La llegada del ferrocarril a Tours en 1845 dio lugar a un nuevo barrio, con edificios de arquitectura clásica francesa. La fusión de los tres conforma la ciudad actual.

Al cruzar la rue Nationale la rue Scellerie pasa a llamarse de Les Halles, que nos lleva a la basílica neobizantina de San Martín, construida en 1860 por el arquitecto Victor Laloux, el autor del ayuntamiento de París y de la estación de Orsay. El interior resulta un punto pomposo, muy contrario al espíritu del santo patrón, cuyo sepulcro se encuentra en la cripta, quien partió su capa en dos para compartirla con un pobre desharrapado.

La iglesia original de San Martín, que atraía miles de peregrinos de camino a Santiago, era de cinco naves, más grande que la catedral. La Revolución Francesa acabó con ella. En lo que ocupaba la nave central se abrió una calle, por donde ahora transitamos.

De la vieja fábrica solo quedan como testigos la Torre de Carlomagno -llamada así porque guarda la tumba de Luitgarde, su quinta esposa- y los restos de la Torre del Reloj. En 1993, durante la visita del papa Juan Pablo II, se arregló la calle y se colocaron indicadores de los lugares que ocupaban las columnas de la iglesia.

Seguimos callejeando tranquilamente hasta la plaza Plumereau o del Mercado, toda ella convertida en una enorme terraza de bar llena de un público joven y bullicioso, pues cerca de aquí se encuentra la universidad. Abundan en esta zona las casas à pan de bois o entramadas, ocupadas en los siglos XV y XVI por comerciantes y artesanos, entre las que destaca la llamada Casa de la Sagrada Familia, toda de pizarra, cuyas esculturas son originales del siglo XV, cuando se construyó el edificio. En el número 39 de la calle Colbert se recuerda que aquí se fabricó en 1426 la armadura de la Pucelle Armée, la santa francesa por excelencia, Juana de Arco.

En la misma calle Colbert se conserva el Hotel Gouin, una casa palaciega del siglo XV a la que en el XVI se añadió una fachada renacentista, salvada del incendio causado por el ataque alemán en 1940 por estar añadida al frontal. Actualmente, es un centro cultural.

Junto a la calle Nacional se encuentra la iglesia de San Julián, con su fachada románica del siglo XII, levantada sobre una abadía del VI. Antes de dirigirnos al río, cumplimos con el rito de visitar el mercado -Les Halles- con sus puestos de exquisiteces francesas.

La ribera del Loira ha sido acondicionada como paseo urbano. Nos sentamos en uno de los bancos a descansar un rato. Las ciudades con río son siempre más bonitas, más aún cuando el río es el Loira.

Cerca del Puente Wilson está la Guinguette -el merendero- un área de ocio con música y casetas de comida y bebida. Pensamos hacer un pica-pica allí pero lo que encontramos fue un botellón vulgar así que optamos por una brasería en la calle Nacional. La cama de la pensión de Balzac resultó ser muy confortable. El desayuno, no muy distinto al que se ofrecería al escritor, muy francés y rico.

El parking, efectivamente, estaba a la vuelta de la esquina, pero ahora el Colega no encuentra a nadie con quien hablar así que salimos de Tours enseguida, con el buen sabor que deja una ciudad volcada en la cultura y en sus escritores clásicos.

Fotos: ©Valvar

Una respuesta a «»

  1. Que agradable es recorrer éstos caminos con vosotros, callejear es estupendo las fotografías y sus descripciones es un placer gozarlas y como broche final esa magnífica acuarela de Jaime.
    Gracias , chicos !

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