Los recintos parroquiales son monumentos religiosos testigos de la pujanza económica de la Bretaña entre los siglos XVI y XVII, por la producción de lino y cáñamo y la confección de telas utilizadas en la navegación a vela, que se exportaban a Italia o Flandes.
Representan una fe basada en la pasión de Cristo conectada con las mitologías celtas del culto a los muertos, la fusión de leyendas paganas y una piedad ingenua y rural. Ejemplares similares se encuentran en otras regiones atlánticas, como Galicia o Irlanda, con el nexo común del uso de granito.

En nuestro viaje por Bretaña habíamos previsto esta jornada para recorrer los faros históricos del Finisterre bretón, con Brest como punto de partida. Esta fue una las ciudades más castigadas por la aviación durante la Segunda Guerra Mundial, de manera que la Brest actual es una ciudad totalmente moderna o reconstruida, esto es, una ciudad sin ningún atractivo especial a nuestros ojos. Por si fuera poco, el entorno del hotel que habíamos reservado se encontraba en obras, con calles cortadas sin conocimiento del GPS, lo que nos llevó casi dos horas de vueltas y más vueltas en una tarde de lluvia fina y persistente. Gajes de viajar a nuestro aire.
Cuando nos levantamos al día siguiente, encontramos la sorpresa de una niebla cerrada que impedía ver los edificios de la acera de enfrente.

Advertencia imprescindible: en Bretaña no hay una separación clara entre lo natural y lo fantástico. Como ya conocíamos por las novelas de Bannalec y las aventuras del comisario Dupin, que tan útil nos ha sido en el viaje, aquí puedes encontrarte con personas totalmente solventes que te cuentan como lo más normal cosas que tú consideras inverosímiles.

Bien, en el desayuno comentamos con un vecino de mesa la contrariedad que nos supone la niebla. El hombre nos aconseja cambiar de planes. Tómenlo como una advertencia, la niebla la crea un enano maléfico que habita en la orilla de la bahía de Lampaul, agitando el mar con una rama de retama. Lo hace por pura malicia, para desconcertar a los humanos, nos cuenta con toda seriedad. Lampaul está en la isla Ouessant, situada a la altura de Brest, en la boca del Canal de la Mancha. Ouessant por sí sola da para un tratado sobre lo fantástico.

Estoy por seguir la historia en plan de broma pero se me quitan las ganas cuando compruebo que ya no se distingue ni la acera. Pese a todo, el Colega, hombre racional y cartesiano donde los haya, coge el coche dispuesto a seguir el plan previsto. Es inútil y arriesgado. Nunca hemos vista una niebla semejante, no se ve el coche que va delante. Juramos en arameo contra el personaje maléfico fabricante de niebla y optamos por renunciar a los faros y dedicar la jornada a recorrer los recintos parroquiales👇. Comprobamos que a medida que nos alejamos de la costa la niebla se va diluyendo, sin desaparecer del todo.

Estos monumentos religiosos están rodeados de un muro que delimita el territorio profano del sagrado. Reflejan el poder de la religión de aquellos siglos y el poder económico de una burguesía campesina enriquecida -los juloded o ricachones-, aquí unidos, pues los recintos eran administrados por un consejo parroquial integrado por esos mismos burgueses. Se le considera arte popular, por su raíz en la cultura local, lejos de los grandes centros urbanos.
Una cultura con protagonismo del Ankou, personaje que aparece como un esqueleto con zuecos y cubierto con una capa negra, con una guadaña con el filo hacia afuera, representación de la muerte. Cada pueblo rivalizaba con el más cercano por levantar un monumento más suntuoso que el vecino.
Las construcciones de los recintos parroquiales demuestran asimismo la importancia del culto a los santos locales y a los muertos, y el sincretismo religioso de los bretones. Un ejemplo de esta fusión es la representación en dos de ellos de Katell (Caterine) Kollet, leyenda bretona basada en una persona real, nacida en La Roche-Maurice. “Amaba el placer y la diversión, bailar era su vida”, se escribió sobre ella.
Tenida por una cabeza loca, el señor de La Roche la encerró en una torre de su castillo hasta que eligiera como esposo a uno de sus muchos pretendientes. Pero ella, ayudada por su sirviente Salaüin, huye a la romería de La Martyre, pueblo próximo, donde se dedica a bailar toda la noche. Al amanecer del día siguiente sobre la hierba se encontraron los cuerpos sin vida de Katell y Salaüin. Un enano maléfico los miraba con desprecio (Hay que fastidiarse con estos tipos maléficos). En adelante, la memoria popular añadirá al nombre de Katell el apellido Kollet, que significa condenada. En los calvarios de Plougastel y Guimiliau se la representa padeciendo los tormentos del infierno.

Los recintos proliferaron hasta que en 1664 el primer ministro francés Jean-Baptiste Colbert fundó la Compañía Francesa de las Indias Orientales, un monopolio real para competir con el comercio inglés y holandés, y en 1675 introduce nuevos impuestos que hunden la región en una crisis de la que no se recuperará.
Dos décadas después, el Parlamento de Bretaña prohíbe la construcción de nuevos edificios religiosos o el añadido no necesario en los ya existentes para evitar que los gastos suntuarios mermaran la recaudación de impuestos.

Saint-Thégonnec👇 es considerado uno de los recintos más suntuosos. Nos admira el realismo con que el artista retrató a los personajes, con toda probabilidad juloded, que contribuirían a la realización del monumento.




El conjunto parroquial incluye la iglesia, los muros perimetrales, una puerta monumental, el osario y el calvario, construido entre los siglos XIV al XVIII. El órgano de la iglesia es obra de Jacques Mascard en el siglo XVII.



Muy próximo a Saint Thégonec se encuentra Guimiliau, famoso por su inmenso calvario, obra de 1581, con más de dos centenares de figuras.


La iglesia es del siglo XVI, reconstruida a principios del siglo siguiente. Lo más notable es el pórtico sur. En su frontón triangular hay una estatua de San Milliau. En el interior destaca el baptisterio de roble tallado de 1675.






Cuando llegamos a Plougastel hay una niebla ligera y pegajosa pero no llueve. El Colega propone darnos la extradosis de cafeína, como nuestro amigo Dupin. Hay varios locales abiertos pero elige el más lejano. La Bretagne, es su nombre.


Al traspasar la puerta nos sumergimos en los años setenta: rótulos, motos, música, todo remite a ese lejano tiempo de nuestra juventud. El Colega, entusiasta de la música anglo, confraterniza con la señora que atiende el local, un poco más joven que nosotros, solo un poco. Casi tengo que darle las sales para hacerle volver del ataque de nostalgia. A mí me afecta menos porque soy de las que leían la revista Salut les copains y oían a Françoise Hardy, Jacques Brel, Adamo y compañía.

Cruzamos la plaza para contemplar el calvario más grande de Bretaña, este de piedra de Kersanton, más fácil de tallar y más resistente a la erosión que el granito.



Construido en 1604 en agradecimiento por haber superado la peste de 1598, en 180 estatuas representa escenas de la vida de Jesús. Y los padecimientos de la pobre Katell Kollet.

La iglesia aneja está dedicada a San Pedro, resultó muy dañada por las bombas de la Segunda Guerra Mundial y restaurada en los años siguientes.

El calvario se salvó de su destrucción por la intervención de un soldado norteamericano que escondió en el presbiterio del templo algunas de sus figuras. Posteriormente se restauró el conjunto.

Así se lo contó al Colega una joven que encontramos allí. Ese es otro de los hechos extraordinarios del viaje, porque él habla francés como los indios arapahoes y los bretones hablan con un acento tan cerrado -un poco como los gallegos- que resulta difícil entenderlos. Excepto a él, claro.





Aparte de por su calvario, Plougastel es famoso por sus fresas, que aquí se cultivan desde el siglo XVIII y se exportan desde el XIX . No hay más que entrar en la Oficina de Turismo para comprender que son el icono de la ciudad.




El calvario de Pleyben, de 1555, es una lección de escultura distribuida en treinta escenas de la vida de Cristo.

La iglesia se construyó entre 1564 y 1583. Su torre es de de estilo gótico sajón y el campanario renacentista. También el osario es de este siglo.




A medida que nos alejamos de la costa y nos adentramos en territorio argoat o de interior, la niebla se va diluyendo. Pero ya es tarde para retomar la ruta de los faros, optamos por terminar la jornada en Quimper, donde tenemos reserva de hotel para dos días. La ciudad, de la que guardamos un recuerdo maravilloso de nuestra primera visita, nos recibe a pleno sol.
Fotos: ©Valvar


