Quimper es la capital del Finisterre bretón. Una ciudad de arte e historia en la que coexisten el encanto del mundo antiguo en su catedral, sus calles empedradas, sus casas de entramado de madera, sus creperías o sus porcelanas artesanas y el dinamismo de la modernidad.

Un espacio urbano en la confluencia de cuatro ríos: el Odet, el Steïr, el Front y el Jet, que le dan nombre, pues Quimper en bretón significa confluencia. Ha sido y sigue siendo un referente de la cultura celta, expresado cada mes de julio en el Festival de Cornoualle.


Esta es nuestra segunda visita a la ciudad que ya en 1995 nos encandiló. No recordamos dónde nos alojamos entonces, esta vez hemos ido a un hotel de la compañía Oceanía👇, a 200 metros de la catedral, con aparcamiento anejo. Acierto pleno.
La tarde es tan soleada que nos hace dudar de la niebla mañanera. No, no la hemos imaginado. Era la niebla más cerrada y amenazante que hemos visto en nuestra vida, da igual si la crea el enano cenizo o cualquiera de los seres maléficos que habitan en las aguas de este Finisterre bretón.


Atravesamos el río por uno de los muchos y floreados puentes peatonales sobre el Odet, que bordea la ciudad siguiendo en esta parte el trazado de la vieja muralla. Estamos a un paso de la catedral de Saint Corentin, cuyas agujas gemelas de 75 metros de altura se divisan en toda la ciudad. Construida entre los siglos XIII y XV sobre una iglesia románica anterior es un edificio esbelto y armonioso, con la particularidad de que el ábside está desviado cinco grados respecto a la portada, para representar la posición de la cabeza de Cristo en la cruz.





Desacralizada y dañada durante la Revolución, en la segunda mitad del siglo XIX fue restaurada, las vidrieras actuales son de este tiempo. También lo son las agujas, financiadas por el pueblo de Quimper. Una nueva restauración en la última década del siglo XX descubrió el aspecto del templo en el siglo XV: con los nervios en amarillo y ocre rojo.


San Corentín, patrono de la catedral, era un ermitaño que allá por el siglo IV andaba dedicado a la oración en una cueva de Plomordiern hasta que un día el rey Gradlon de Cornouaille y su tropa, que habían salido a cazar, se perdieron en el bosque y fueron a dar al retiro del ermitaño. Corentín solo disponía de un pez para dar de comer a aquella hueste, pero resultó que a medida que partía un trozo el pescado iba creciendo, hasta alimentar a todos ellos. Admirado el rey, le concedió su propio castillo. En ese lugar levantó Corentín la primera iglesia sobre la que hoy se alza la catedral de Quimper.



Lo del pez creciente es una bobadita al lado de Gradlon, fundador de Quimper después de escapar vivo de milagro -y pocas veces el término será utilizado tan a propósito- del hundimiento de la ciudad de Ys. Esta era una urbe prodigiosa que el rey había construido para complacer a su hija Dahut, joven de gran belleza pero un poco cabeza loca, dada a enrollarse con el primer tío bueno que aparecía por la ciudad. De la catástrofe solo se salvaron huyendo a uña de caballo Gradlon y San Guénolé, otro que también anda bailando en la cuerda floja entre la realidad y el prodigio.

Sentados en una terraza frente a la portada de la catedral, observamos entre las agujas la estatua de Gradlon sobre su caballo Morvac’h👇. Desde esta posición vigila el devenir de la ciudad y otea el horizonte a la espera de que Ys emerja de nuevo.

Metidos en el santoral, en el interior de la catedral encontramos a San Ives, abogado de los pobres, acompañado de un pobre y un rico, como ejemplo de una justicia imparcial, desmintiendo el axioma: Advocatus et non latro, res miranda populo, o sea, abogado y no ladrón, cosa rara es para la gente. De este Ives se cuenta que tenía su casa siempre abierta para dar comida y alojamiento a quien lo necesitaba, también que predicaba en lengua bretona para permitir la comprensión del evangelio.





Aprovechando el día soleado nos lanzamos a callejear por el casco antiguo de Quimper, la mayor parte peatonal. Admiramos sus casas de entramado de madera, sus ventanas floridas, todo tan bien cuidado como recordamos. Paseamos repetidamente por la calle Kéréon, donde me fotografié antaño. Y nos paramos en el Puente Medard sobre el río Steïr, que cruza el centro de la ciudad.

Finalmente, torcemos a la derecha y subimos por la rue des Gentilshommes hasta la Place du Beurre, el lugar donde antiguamente se vendía la famosa mantequilla salada bretona. Quimper tiene fama de ser la ciudad donde se hacen los mejores creps au blé noir, es decir, con harina de alforfón (trigo sarraceno). Nos sentamos en la terraza de La Krampouzerie👇, que asegura ser la creperie más antigua del lugar. El primer día optamos por creps dulces y el segundo, por saladas, que llaman galettes, a cual mejor. En ambos casos, acompañadas de la rica sidra bretona.


Aparte de por su catedral y sus creps Quimper es famosa por su cerámica. Los artesanos se ubican en la barrio de Locmaria, al otro lado del río Odet, donde se encuentra también el Jardin du Prieuré, con plantas aromáticas del tiempo de la duquesa Ana de Bretaña. Pero casi en cualquier calle existen tiendas de las que lo difícil es salir solo con una pieza.


Siempre que podemos visitamos el mercado de los lugares por donde pasamos, en el caso de Quimper con más motivo porque está en el centro del casco antiguo y porque recordamos que en nuestra primera visita cargamos con ostras y otras delicatessen para degustar de vuelta a casa. Las Halles (Mercado) de Saint François, edificado sobre el solar ocupado por el convento del que toma el nombre, se encuentra tal como lo recordamos, lo que no es extraño si se tiene en cuenta que fue inaugurado en 1847.

En esta ocasión descubrimos anejo al mercado un restaurante –Le Iode👇– con gente joven que apuesta por los productos de proximidad, elaborados con gusto e ingenio y además nos ilustra sobre las excelencias de la sidra bretona. Pedimos el típico asiette de la mer -una docena de ostras, un centollo, cigalas, caracoles de mar (bigorneaux y boulots)- y otras especialidades de la casa, que aún salivamos al recordarlo.

Callejeando desde la rue du Chapeau Rouge llegamos a la iglesia gótica de Saint Mathieu que, como la catedral, se levantó en el siglo XV sobre otra románica. La aguja fue construida en 1845 sobre la de 1580. Cuando pretendemos entrar a ver sus vidrieras encontramos que acaban de cerrar. La plaza Terre au Duc, antaño propiedad del duque y hoy poblada de terrazas, invita a sentarse en cualquier de ellas a refrescarse y a ver pasar la vida y a los quimpéroises.


Quimper tiene una zona de expansión moderna, al otro lado del río Odet, con la rue Sainte Catherine como epicentro, donde abren firmas de moda francesas e internacionales. Tanto en la parte vieja como en la nueva se aprecia un gusto por la belleza y por el cuidado medioambiental.
En la segunda jornada de estancia en Quimper muy de mañana nos encaminamos hacia la punta de Combrit, en la desembocadura del río Odet, donde se levanta el faro de Santa Marina.





Este es un paisaje totalmente diferente al del norte de Bretaña, más parece el Mediterráneo, con un sol brillante, un cielo azul y unas aguas casi transparentes. Es sábado y a pesar de lo temprano de la hora empieza a notarse la afluencia de gente.


Cerca del faro se encuentra el Fuerte de Santa Marina, una fortificación de 1862 mandada construir por Napoleón III para defender la costa, utilizado por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial como parte del Muro Atlántico. Declarado monumento histórico, se utiliza como espacio cultural.
Seguimos viaje hacia Penmarc’h, por si se diera el caso de que se dejara ver la desaparecida ciudad de Ys, pero no hay suerte. Lo que sí encontramos es un pueblo con el nombre de Saint Guénolé.

Con el comisario Dupin hemos aprendido que los pescadores se santiguan cuando pasan la Punta de Raz; también que en los días de tempestad se oye el tañido de campanas de la ciudad de Ys. Aquí está el Enfer de Plogoff, donde es creencia que el demonio se hundió en el mar. Nos aseguran que el enfer figura en las cartas de navegación, sin que podamos afirmarlo ni desmentirlo. Nosotros somos de secano.




En una zona tan escarpada y poblada de riscos, con unas aguas siempre turbulentas, los faros son la guía que permite navegar con cierta seguridad. De ahí la abundancia de torres, que pueblan la costa, muchas de ellas abiertas al público. Del faro de Tevenneg, al norte de Punta de Raz, se dice que está maldito y que ninguno de sus guardianes ha salido indemne. No parece extraño que alguien aislado en un paraje inhóspito acabe en la depresión o en la locura pero los bretones aseveran que todo se debe a un espíritu maligno que los devoraba el alma. Por maligno que sean los espíritus de la costa, desde hace tiempo están condenados al ostracismo, pues los faros están automatizados.

A medida que nos acercamos a la Punta de Raz el Colega descubre dos enemigos malignos y casi sañudos. Del lado del mar, una neblina, más ligera que la de ayer, pero que solo nos permite distinguir una masa de agua azul grisácea; del lado de la tierra, una circulación cada vez más espesa, de quienes acuden a disfrutar de un día de playa. Él sabe distinguir los avisos cuando los elementos se ponen en contra. Si nos damos la vuelta aún llegamos a comer en Le Iode, propone. Dicho y hecho.
Fotos: ©Valvar


