Concarneau, Konk-Kerne en bretón, es una antigua plaza fortificada de Bretaña con un rico patrimonio arquitectónico y una arraigada vocación marítima y pesquera, conocida como la ciudad azul, por el color de las redes de pesca que en el siglo XIX se tendían en el puerto.
Situada en una preciosa bahía al sur del Finisterre bretón, en su fachada marítima coexisten las actividades náuticas y de talasoterapia con los muelles del puerto, barcos de pesca, astilleros y pantalanes. Es un importante puerto atunero y de otras pesquerías: cigala, eglefino, merluza, rape, sardina, y a la vez una estación balnearia con playas de arena fina. Las fábricas de conservas han sido una importante fuente de riqueza aquí como en toda Bretaña, y siguen siéndolo aunque en menor medida.

Empero, lo que ha hecho famosa a Concarneau, y lo que nos atrae a nosotros, es su ciudad fortificada, la Ville Close -ciudad cerrada- existente ya en la Edad Media en una pequeña isla en la bahía, al abrigo de ataques. A finales del siglo XIII aparece ya amurallada, en el XV, la duquesa Ana de Bretaña manda construir lo que se conoce como la herradura, de este siglo son también sus matacanes. Mediado el XVI se construye una muralla entre las torres del Mayor y del Gobernador. Hasta la Revolución se mantuvo una guarnición militar permanente.
Entre los años 1680 a 1694 sus murallas fueron reforzadas por el arquitecto Vauban, un ingeniero militar y arquitecto del Rey Sol, Luis XIV, experto en conquistar fortalezas, defenderlas y diseñar nuevas fortificaciones, como las de Saint Malo.
Esta es nuestra segunda visita a la ciudad, donde estuvimos en el año 1995. Pero entonces no habíamos leído las novelas de Bannalec ni conocíamos a su personaje, el comisario Dupin, policía parisino residente en Concarneau, que nos ha servido de guía en este viaje. La visita tiene, pues, el interés añadido de descubrir los lugares que hemos recorrido en las páginas de los libros.

Lo primero que encontramos al bajar del coche, justo frente a la fortaleza, es el restaurante Almiral, el favorito del comisario Dupin, y una furgoneta donde venden ostras, su plato favorito, de varios calibres.

La fortaleza impresiona tanto si la miras de cerca como de lejos, a pesar de sus reducidas dimensiones: 380 metros de este a oeste y 220 en su punto más ancho de norte a sur, con unos 60 metros en su parte más estrecha. Las murallas de granito que cierran la ciudad tienen una longitud de unos 980 metros, con un grosor de entre 2,5 y 3 metros. Las murallas están catalogadas como monumento histórico desde 1899 y han sido restauradas en 1980, una parte de ellas son accesibles y un corto tramo permanece cerrado.

Como hicimos entonces, y como repiten la mayoría de los viajeros que llegan hasta aquí, nos fotografiamos en el puente que une la isla con la tierra firme, junto al campanario o Torre del Reloj, que para ajustarse a la realidad debería ser en plural, pues dos son los mecanismos que dan la hora. Bajo el reloj de sol, una inscripción recuerda lo ya sabido: El tiempo pasa como una sombra. Comprobamos cuánto hay de verdad comparándonos en las fotos de entonces y las de ahora.


Para encontrarte dentro de las murallas todavía hay que atravesar seis puentes de madera, tres levadizos y tres firmes. Sobre ellas se levantan ocho torres: del Gobernador, del Mayor, Nueva, de la Puerta del Vino, del Pasaje, del Puerto del Perro, de la Herradura, del Moro y de la Fortuna. En tres de estas torres se abren otras tantas puertas: la del Vino, por la que se accedía al puerto comercial; del Pasaje, obra del siglo XVIII para dar acceso al pasaje; y de los Ladrones, por donde salían los reos que eran llevados al otro lado, al Pasaje, para ser ahorcados. Esta estuvo tapiada durante siglos y fue abierta de nuevo en 1991


La Casa del Gobernador está adosada a la Torre del mismo nombre, aunque ningún gobernador llegó a vivir en ella; durante un tiempo fue alquilada a un carpintero. Actualmente ofrece información sobre la programación estival de la ciudad para mayores y pequeños: conciertos, espectáculos, visitas guiadas, animaciones y talleres para grandes y pequeños.


Llegamos a Concarneau tan de mañana que aún no han abierto los comercios, bares y restaurantes de la calle Vauban, la arteria principal de la Ville Close, de la que parten a un lado y a otro pequeñas callejuelas.




En la misma calle Vauban se conserva la fachada de lo que fue capilla y hospital de la Trinidad, obra del siglo XVI, con capacidad para diez pacientes. Durante la Revolución fue expropiada y dedicada al culto cívico y a las fiestas laicas del calendario republicano. Luego, fue sucesivamente, iglesia parroquial, escuela, burdel durante la Primera Guerra Mundial, dispensario y espacio de exposiciones.

En el antiguo arsenal se encuentra el Museo de la Pesca; en la casa de la familia Le Guilloroux de Penanec’h estaban los hornos comunales de la ciudad.

Al final de la calle Vauban se distingue la iglesia de San Guénolé, levantada sobre un templo del siglo XII, demolido en 1830. La nueva iglesia se convirtió en hospital y asilo de mayores en 1937, demolido en la década de 1980; solo queda su fachada y el hastial del campanario. La iglesia parroquial se construyó fuera de las murallas en 1912.




Pasearse por las murallas de Concarneau retrotrae al visitante a los tiempos del ducado de Bretaña, a las casas señoriales -casi cada vivienda acogía a una familia noble- si se mira hacia el interior. Hacia el exterior a un lado se distingue el puerto pesquero y al otro, el puerto deportivo. Al frente, la ciudad burguesa crecida al amparo de las grandes conserveras. Es un lugar seductor, no es extraño que atrajera a pintores y escritores, Simenon, que pasó aquí largas temporadas, eligió la ciudad como escenarios de dos de sus novelas: El perro canelo y Las señoritas de Concarneau.




No alcanzamos a ver el Castillo de Keriolet, monumento histórico, situado a las afueras, escenario de una historia amorosa a la que solo le falta un guionista turco. Zenaida Narischkine Yusupov, princesa imperial rusa, tía del zar Nicolás II, ya viuda de Boris Nikolaevich Yusupov, mandó construir un castillo neogótico como regalo para su segundo marido, Louis Charles Honoré Chauveau, un plebeyo, capitán de la Guardia Nacional francesa, varios años más joven que ella. Generosa como debía de ser, también compró para él los títulos de marqués y conde. El ya conde de Chauveau fue nombrado supervisor del distrito de Finisterre.
Insensible a tanta generosidad -y a los posibles encantos de su esposa- Louis Charles mantenía simultáneamente una relación extramatrimonial con Jeanne Ducos, hija del ministro de Marina y de las Colonias, Théodore Ducos, con quien tuvo dos hijos. Murió el año 1885 legando el castillo a su amante. Zenaida salió al rescate, recomprándolo por millón y medio de francos; en 1891, lo vendió al gobierno francés con la condición de que se convirtiera en museo. En 1956, uno de los nietos de la princesa: Félix Yusupov, conocido por su participación en en el asesinato de Rasputín, pleiteó con el gobierno francés, argumentando que no se cumplía la condición impuesta por su abuela de dedicarlo a museo, consiguiendo que se le devolviera la propiedad de Kériolet. Necesitado de recursos, vendió el mobiliario y las obras de arte que la abuela había legado a los bretones. Adquirido de nuevo en 1971 por la ciudad de Concarneau, en 1988 fue finalmente vendido a un particular que lo restauró y abrió al público.

Mientras le cuento esta historia al Colega, observo que, a pesar del cielo azul y de la mañana soleada, veo el horizonte borroso. O estoy perdiendo vista o el enano maléfico de Lampaul 👇 vuelve a hacer de las suyas, le digo.




En efecto, el horizonte hacia el mar se ha tornado brumoso, apenas se distinguen los barcos. Ante nuestras narices, una especie de brazo de algodón gigante se va acercando a la Ville Close, en lo que asemeja un abrazo a la muralla. El enano maléfico lo ha tomado con nosotros o quiere lucirse.


Optamos por despedirnos de Concarneau, de la Ciudad Cerrada y del comisario Dupin, agradeciendo sus valiosas enseñanzas y la oportunidad brindada.
Fotos: ©Valvar


