Carnac

Carnac es una ciudad ubicada en la bahía de Quiberón, al sur de Bretaña. Una estación balneario con playas de arena fina, que reúne la mayor concentración de megalitos del mundo, más de tres mil menhires, túmulos, dólmenes y crómlechs de más de siete mil años de antigüedad.

En verdad, con este nombre se encuentran dos ciudades, muy distintas entre sí, Carnac-Plage no tiene nada que envidiar a cualquier población mediterránea de vacaciones, en verano se llena de turistas; Carnac-Ville es un pueblo tranquilo y pintoresco al que acuden visitantes del mundo entero, deseosos de conocer sus famosos alineamientos. Una maraña de megalitos, con construcciones dispersas a lo largo del tiempo. Estos son los que nos traen también a nosotros.

A pesar de su espectacularidad se sabe muy poco del significado de estas construcciones👇, ni cuántas personas intervinieron en su creación, ni cuánto tiempo emplearon en ello, si era un trabajo cotidiano o reservado a momentos excepcionales.

Se les ha atribuido un carácter religioso, culto al sol o a la luna, calendario agrícola, etc. Los expertos solo se ponen de acuerdo en que se trata de una arquitectura con un esquema estructurado en función de la topografía de los lugares en que se asientan las piedras, lo que revela una complejidad cultural y una desarrollada comprensión del entorno. Lo que no sorprende demasiado si se tiene en cuenta que en algunas excavaciones próximas a Carnac se han encontrado bramaderas👇 y flautas de hueso.

Hay constancia de que algunas de estas piedras se han reutilizado como monumentos funerarios y algunos parecen haber servido de lugar de culto durante el periodo galo-romano. En la Edad Media se instaló una primera capilla sobre el túmulo de Saint Michel.

En la época moderna las alineaciones se fragmentaron para levantar muretes parcelarios para el pastoreo. De hecho las ovejas siguen pastando entre las piedras, contribuyendo a mantener limpios los cercados.

Solo en el siglo XIX se organizan e intensifican las investigaciones y las piedras se perciben como un monumento a estudiar, restaurar y preservar. En las primeras décadas del siglo XX los alineamientos de Ménec, Kermario y Kerlescan son catalogados como monumentos históricos y las tierras adquiridas por el Estado francés. A partir de 1993 se cerró el espacio propiedad estatal a fin de controlar el acceso y proteger el lugar.

El resultado es un escenario que sobrecoge el ánimo, aunque no seamos capaces de adivinar el mensaje que quisieron transmitirnos esos antepasados nuestros.

La tradición bretona medieval presenta estas piedras enhiestas como soldados romanos petrificados por un castigo divino. Otros los ven como druidas realizando rituales secretos, altares druídicos o tumbas paganas. La datación científica que los sitúa en el Neolítico elimina cualquier vinculación celta o romana, pero sin aclarar cuál era su función.

Llegamos a Carnac👇 a primera hora de la mañana. Tan madrugadores, que aún no ha abierto la Casa de los Alineamientos. No importa, hemos reservado con antelación una visita guiada en un bus turístico👇, que acepta incluirnos en un viaje antes de la hora contratada. A punto de salir somos los únicos ocupantes, pero en el último instante aparece una familia de seis miembros y nos ponemos en marcha. Una ruta muy recomendable de algo menos de una hora.

Concluido el paseo, aprovechamos el resto de la mañana para conocer la Costa Salvaje, en la vertiente oeste de la península de Quiberón, un apéndice bretón para los amantes del mar, del senderismo y del sol. Vamos advertidos de que los acantilados son muy peligrosos por la fuerza del oleaje y las corrientes que aquí se cruzan. A mayor abundamiento, en la primera parada que hacemos nos topamos con un monumento al bombero voluntario y al gendarme que perdieron la vida el 17 de marzo de 1979 al intentar rescatar a una persona en el mar. “A un imprudente”, especifica la estela.

Hemos leído buenas críticas de un restaurante de esta misma costa y allí que nos presentamos. Descubrimos que somos muchos los que estamos en el secreto porque los mejores sitios están ya ocupados. Con suerte, nos hacen un hueco en el interior.

Observa que somos los únicos forasteros, me dice el Colega. No sé si los únicos, pero es seguro que este es territorio bretón. Naturalmente, la oferta pasa por las consabidas ostras, mejillones y cosas del mar. Comemos bien, el Colega paga al modo de los hidalgos castellanos, sin mirar la factura, y luego me comenta: nos han dado una pequeña clavada. ¿Pequeña? Miro la factura y compruebo que corresponde a una mesa de cuatro personas. La reclamación se resuelve con todo tipo de disculpas.

También en Quiberon abundan los megalitos, junto al restaurante se encuentra un curioso menhir, en bretón, el Beg es Goh Lannec, que unos identifican como la mitra del obispo y otros como un corazón. En Saint Pierre hay un cromlech entre las casas construidas en el siglo XX.

Recorremos el litoral, que ese día está lleno de gente disfrutando de las playas, los chiringuitos y los restaurantes. Aunque el GPS nos ha dicho que estamos en el arco de Port Blanc, no hemos sido capaces de ver el dichoso arco.

Pasamos junto al faro de Saint Pierre y por el fuerte Penthièvre, en el mismo istmo de la península. Es una construcción del siglo XVIII, levantada sobre un montículo rocoso, ha servido como prisión de soldados alemanes durante la Primera Guerra Mundial y como lugar de ejecución durante la Segunda. Una placa recuerda a los resistentes torturados y asesinados en lo que actualmente es una base de entrenamiento del ejército de tierra francés.

Volvemos a Carnac. Hemos encontrado en internet un alojamiento justo al lado de los alineamientos de Ménec, una casa rural con un pequeño jardín a la entrada. La habitación es sencilla pero dotada de nevera con dulces variados y cafetera con cafés de distintos tipos. La propietaria nos lleva una jarra de agua fresca para aliviar la calorina de la tarde. Tenemos los alineamientos al alcance de la mano.

En este de Ménec se cuentan más de 1.050 piedras alineadas en once hileras de líneas paralelas, los megalitos separados regularmente. El cercado se extiende a lo largo de un kilómetro, es el conjunto más emblemático. Nos parece espectacular.

Los monolitos más grandes se encuentran en el yacimiento de Kermario, 1.029 menhires distribuidos en diez líneas. Próximo al cercado está el cuadrilátero que roda al Gigante de Manio, el menhir más grande de Carnac, con una altura de 6,5 metros.

Después de acercarnos al túmulo de Saint Michel, nos dirigimos al yacimiento de Kerlescan, el más pequeño de los alineamientos. Vemos un indicador que apunta hacia un camino y allí que nos metemos. A medida que avanzamos el camino se va haciendo más estrecho, abundan los letreros dirigidos a corredores y ciclistas. Nos cruzamos con una corredora que nos parece que nos mira con mala cara, pero no dice nada. Llegamos a un punto en que el coche pasa a duras penas y seguimos sin ver ninguna piedra. Tampoco la salida.

Cuando por fin vemos una carretera perpendicular a nuestro camino, un grupo de parejas jóvenes con niños nos hacen señas de que paremos. Nos dicen lo que ya sabemos, que nos hemos metido en una senda peatonal, que no se puede pasar y que no hay salida de coches. Estamos medio encajonados, ni para adelante ni para atrás. Al Colega se le ha puesto cara de mecagüentó. Los jóvenes nos hacen indicaciones para ayudarnos a avanzar sin quedar atrapados, los niños de la cuadrilla se lo están pasando en grande. Yo voy preparando mentalmente lo que tengo que decir para llamar a una grúa que nos saque de allí, pero el Colega consigue salir sin un rasguño hasta el arcén de la carretera. Uno de los jóvenes ha descubierto una abertura que nos permite incorporarnos a la circulación. El grupo aplaude al Colega, que saluda como si fuera Fernando Alonso. Les agradecemos la ayuda.

En la vida me había visto en tal aprieto, vamos al pueblo a tomar algo que se me ha quedado la garganta seca, propone el Colega.

Cerca de la iglesia de Carnac encontramos un bar, en cuya terraza nos sentamos. Al lado, un grupo de talluditos/as están de tertulia. Nos advierten que no hay servicio de terraza, tenemos que pedir en el bar. El Colega va a hacer el pedido. Pasa el tiempo y no vuelve, le veo de tertulia en la barra con otros dos tipos de su quinta. Una de las talluditas me invita a unirme a su mesa, por si mi chico no vuelve. Los chicos son muy de irse y no volver, asegura. Eh, eh, habla por ti, le responden los talluditos. Y todos se ríen.

Cuando por fin llega el Colega con una tabla de quesos y un paté, le aclaman a voces. Ha vuelto, ha vuelto. He tardado un poco porque me estaban explicando cuál es el mejor vino para acompañar el paté, se justifica él. Cuando terminamos nos despedimos del grupo como si nos conociéramos de toda la vida. Qué amigable es la gente de Carnac, concluimos ambos.

Volvemos a los alineamientos para ver la puesta del sol sobre las piedras. Impresiona pensar que estamos contemplando el mismo paisaje y el mismo atardecer que verían quienes ordenaron y orientaron estas piedras de este modo y no de otro. ¿Se reunirían como nosotros a ver la llegada de la oscuridad?

Hemos elegido este alojamiento para ver amanecer en los alineamientos pero cuando salimos el sol ya ha aparecido. Será la edad, pero no puedo evitar emocionarme. Hay algo especial en este lugar, algo telúrico o ancestral, como en el Mont Saint Michel, o en San Pantaleón de Losa, esos sitios elegidos desde la antigüedad donde los humanos pretendemos trascender, que tiene que ver más con los sentimientos que con las palabras.

Recogemos nuestras cosas sintiéndonos muy afortunados de haber llegado hasta aquí, unidos a quienes midieron las distancias entre estas piedras y las dejaron enhiestas, como un mensaje que aún no hemos sido capaces de descifrar.

Fotos: ©Valvar

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