Mitos y leyendas en Bretaña

El oficio de conteuse -contadora, pues la mayoría son mujeres- goza de reconocimiento en la Bretaña francesa. Ellas relatan leyendas y tradiciones celtas ya recogidas en publicaciones, lo que no merma la audiencia de quienes siguen transmitiéndolas oralmente. Basta que preguntes por un lugar para que te cuenten su historia y la leyenda. Se diría que en Bretaña la realidad y la magia, como la vida y la muerte, transitan por una línea no del todo definida.

Empecemos por Saint Malo, la ciudad corsaria por excelencia, y el largo rompeolas de pilotes negros conocido como el Môle des Noires o Muelle de las Negras. La versión popular explica que las noires son las mujeres de los marineros muertos en el mar, que salían vestidas de luto esperando el regreso de los barcos de sus maridos.

En Saint Malo también hay una leyenda repetida en muchos otros lugares, la del tesoro escondido a la espera del rescate. Aquí, una leyenda medieval afirma que las riquezas se esconden en el Puits des Sarrasins o Pozo de los Sarracenos. Una variante de la misma historia atribuye el origen del tesoro a las capturas de los corsarios.

En Bretaña hay monstruos que causan espanto, gigantes y dragones que viven en los acantilados y montes, pero también habitan seres mágicos, como los Korrigans, duendes o enanos que viven en torno a las fuentes, dólmenes u menhires. Suelen ser benévolos y limitarse a gastar bromas más o menos pesadas a los humanos o castigar a los que invaden sus tesoros.

En la vertiente femenina encontramos a las Korriganed o lavanderas de la noche, fantasmas de mujeres condenadas a lavar sudarios a la orilla de los ríos, prestas a romper los brazos a quien se niegue a ayudarlas a retorcer la tela de la forma adecuada. También las ninfas de mar, mujeres inocentes que han sido maldecidas por un espíritu maligno. Las sirenas y nixes, criaturas femeninas, mitad pez, mitad ser humano, atraen a los hombres con cantos seductores y malas intenciones para conducirlos a la ruina y a la muerte en el fondo del mar.

En sirena quedó convertida la princesa Dahut, protagonista de una de las historias bretonas más repetidas. La criatura, hija del rey Gradlon de Cornualles y de la reina Malgven, salió un poco cabeza loca. Convenció a su padre de que le construyera una ciudad en el mar. Así surgió Ys, ganada al océano, que unos sitúan en la bahía de Duarnenez, y otros frente a la punta de Rad o de Penmarc’h, una ciudad de riqueza y belleza fabulosas, de murallas rojas, tejados de oro puro y una gran catedral. Ys estaba protegida del mar y de las mareas por un sistema de enormes diques y compuertas, que se abrían y cerraban con una única llave, que Gradlon llevaba siempre colgada al cuello.

Dahut hizo de su ciudad un lugar de fiestas, excesos y desenfreno, una Marbella medieval. San Guenolé, santo varón de la época, consejero de Gradlon, dejó correr la especie de que la princesa invitaba a un amante cada noche, para acabar asesinándolo y arrojando su cuerpo al mar o al bosque.

Así, hasta que un día apareció por allí un mozo seductor vestido de rojo, de donde la leyenda sospecha que fuera el diablo en persona, del que la joven se enamoró perdidamente. El pollo sedujo a la princesa y le pidió como prueba de amor la llave de la ciudad. A Dahut le faltó tiempo para quitarle la llave al padre mientras dormía y al mozo para abrir las puertas de Ys durante una tormenta.

El océano, que en este punto suele estar embravecido, engulló la ciudad en un santiamén. Gradlon pudo escapar montando su caballo -mágico, como no podía ser menos- en compañía de Guenolé. Una voz celestial, o quizá el mismo Guenolé, poco dado a contemplaciones con las jóvenes alocadas, ordenó al rey arrojar al mar a su hija para que le fuera perdonado su pecado.

Una versión dice que Dahut se ahogó como el resto de habitantes de la ciudad; otra, que se transformó en una sirena que aún gusta de atraer con sus cantos a los marineros que navegan por la bahía de Douarnenez. El avistamiento de Dahut se toma como anuncio de una desgracia. Hay quien afirma que en noches de calma se pueden oír las campanas de Ys que tañen en el fondo del mar.

Según la etimología popular, París deviene de Par-Ys, que significaría igual que Ys. Una profecía concluye que Ys surgirá, intacta y esplendorosa, cuando París sea tragada por el Sena.

Duarnenez se encuentra en la fachada atlántica occidental, lo que se conoce como el Finisterre bretón, un lugar particularmente proclive a mitos y leyendas, a cual más trágico. Enfrente de la ciudad de Duarnenez se encuentra Tristán, isla con una rica fauna y ruinas misteriosas, escenario de historias sangrientas y maravillosas. Allí descansarían juntos para toda la eternidad, los amantes protagonistas de una historia de amor imposible, Tristán e Isolda, a la sombra de dos árboles cuyas ramas se entrelazan entre sí. Es creencia que la sepultura de los amantes protege de la desgracia.

Un poco más al sur, en la Bahía de Trépassés, también conocida como bahía de los muertos, el día de los Difuntos se reúnen los espíritus de los ahogados. Hay quien sostiene haberlos visto deslizándose por las crestas de las olas, en forma de espuma blanca, lanzando gritos espeluznantes que se oyen incluso lejos de la bahía. Para cerrar el capítulo de malaventuras, hay que recordar que si el gallo canta antes de medianoche es presagio de desgracia.

Enfrente de la Punta de Raz, en los días claros se divisa la Isla de Sein, envuelta en múltiples historias. La más conocida es la que hace dos milenios narraron Estrabón y Pomponio Mela: que era un espacio sagrado, vetado a los hombres, en la que una diosa celta era servida por nueve sacerdotisas vírgenes, las Gallizenae, capaces de levantar y apaciguar tempestades, curar los males, predecir el futuro y tomar el cuerpo de cualquier animal. De estas brujas, primeras de las que ha quedado constancia escrita, se cuenta que curaron al rey Arturo de las heridas causadas en la batalla de Avalón.

Arturo y lo artúrico tienen su espacio propio en la Bretaña interior, en el bosque de Paimpont, identificado como el bosque de Brocéliande, donde se sitúan la fuente de Barenton, la tumba de Merlín y el Valle sin Retorno, donde el hada Morgana secuestraba a los caballeros infieles.

En Bretaña la muerte tiene su propio heraldo, el Ankou, representado indistintamente como un hombre alto y delgado o como una figura esquelética con sombrero y abrigo negro, sosteniendo un reloj de arena en una mano y una guadaña en la otra, que pasa a recoger a quienes se les acaba el tiempo. En ocasiones se presenta caminando y en otras, conduciendo el Garrig, un carro chirriante lleno de piedras, que arroja cuando el alma se sube al carro. El equivalente marino del Garrig es el Bag Noz, la nave nocturna. El primer ahogado del año está condenado a gobernar esa nave.

La isla de Ouessant 👇, situada en la entrada del Canal de la Mancha, a la altura de Brest, viene a ser un compendio de los mitos bretones, según relata el comisario Dupin. Procopio, un erudito griego del siglo VI que viajó a Armórica, dejó escrito que los habitantes de la isla tienen encomendado el traslado de las almas de este mundo al otro.

En medio de la noche, cuando los isleños duermen, se oyen unos golpes sordos en las puertas de sus casas, la llamada que los urge al servicio. El golpeteo los hace entrar en trance. En ese estado, se encaminan hacia la pequeña bahía de Lampaul hasta el puerto. Allí los esperan decenas de barcazas de madera. Naves vacías, pero hundidas en el agua y sacudiéndose de forma violenta de un lado a otro, como si estuvieran repletas. Son las almas de los difuntos, que en gran número ocupan cada una de las naves. Los ouessantinos se sientan a los remos y se ponen a bogar mientras las naves guían la navegación por sí mismas. Al cabo de una hora llegan a una costa envuelta en niebla, donde descargan su valiosa carga mientras unas voces suaves van pronunciando los nombres de los difuntos. Luego, los ouessantinos regresan remando a sus casas, se tumban en la cama y siguen durmiendo sin más.

La proella, que significa regreso a tierra, requería la colaboración del clero local; permitía una despedida simbólica a las familias de los ahogados cuyos cuerpos no habían sido recuperados. El cadáver se sustituía por una pequeña cruz de cera del tamaño de una mano grande, hecha y bendecida por el sacerdote, quien la llevaba al hogar del difunto alñ caer la tarde. La cruz debía apoyarse en la almohada de la persona desaparecida, sobre una sábana blanca y uno de los tocados tradicionales de la isla, junto a una fotografía del difunto y un cuenco de agua bendita. Cuando no existían fotografías, se utilizaba un objeto personal. La cruz era velada durante la noche por todos los miembros familiares, con la única dispensa de las criaturas menores de seis años. Después de la vigilia y de la misa de difuntos la cruz se depositaba en la iglesia. El rito tiene un origen pagano hábilmente adoptado por la iglesia, con el que se traía a la persona desaparecida a la isla, desde donde se transportaría al otro mundo. Para los familiares suponía el final de la incertidumbre y del duelo por la desaparición del ser querido. El rito se ha mantenido en Ouessant hasta 1962.

En la bahía de Lampaul hay un islote que asemeja un simple roca, habitada por una tribu de ninfas de mar, las morganezed. Son más bajitas y hermosas que sus congéneres, se relacionan con los delfines y viven en un palacio de piedras preciosas oculto a la vista de los humanos.

En las islas Glenan, frente a Concarneau, cuando el sol, la luna y la tierra coinciden en determinada posición las corrientes marinas pasan por Loc’h llevando a sus playas los cadáveres de los ahogados en el mar. Eran tantos los difuntos que los vecinos debían dar sepultura que en el siglo XIX se construyó un cementerio en la isla, para no tener que trasladarlos al cementerio de Saint Nicolas, el único del archipiélago hasta entonces.

Concarneau, la ciudad cerrada por sus murallas, tiene su propia leyenda, la de Siprian y Emilia, una pareja de enamorados obligada a enfrentarse a un terrible dilema. Se encontraba la ciudad amenazada por un barco de piratas salvajes, hecho frecuente en el medievo, cuando misteriosamente apareció un brujo prometiendo salvarla de la amenaza si Emilia aceptaba entregarse a él por una noche. La joven acepta. Efectivamente, cuando los piratas atacan, el brujo levanta los muros de piedra enormes en torno a la isla.

Llegada la noche de la promesa, Emilia da al brujo una pócima que le duerme. Al despertarse al día siguiente comprende la argucia de la joven y lanza su terrible maldición: Siprian y Emilia se amarán para siempre, no morirán nunca, pero ni Emilia podrá traspasar nunca las murallas de la Ville Close ni Siprian podrá poner un pie en la isla amurallada.

En nuestra visita a Concarneau estuve atenta a cualquier indicio que permitiera identificar a los viejos amantes solitarios. Nada, si estaban no se dejaron ver, pero confieso que de las muchas leyendas oídas durante nuestro viaje por Bretaña esta es la que me pareció más triste.

Fotos: ©Valvar

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